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16 dic. 2014

Descarga: Ovidio - Metamorfosis

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Descarga: Ovidio - Metamorfosis

El poema Metamorfosis es para la crítica la obra cumbre de Ovidio. Representa, en palabras de V. Cristóbal, «una cantera durante siglos para artistas y literatos, tal vez la más fecunda obra de la antigüedad». Elogio que adquiere proporciones casi desmesuradas en boca de P. B. Marzolla.

Integran el poema doscientas cincuenta historias, mitos y leyendas, distribuidas en quince libros y agrupadas en seis grandes períodos. En los libros I y II se cuentan los cambios y transformaciones de la era de los grandes cataclismos que van a suponer el nacimiento de la humanidad y la creación del mundo. Los libros III al IX encierran un período indeterminado, de muy difícil calificación y que termina con la aparición de los aedos. Viene a continuación la era de Orfeo, que abarca el libro X y comienzo del XI. La guerra de Troya ocupa el final del libro XI y el libro XII, cerrando ella sola el cuarto período. Los libros XIII y XIV nos acercan a Italia, siguiendo las huellas de Eneas. Y, por último, el sexto y último período, final del libro XIV y el libro XV con que termina el poema, que sobrevuela por encima de los siglos y abarca desde el final de la guerra de Troya hasta la muerte y apoteosis de César.

19 oct. 2011

Publio Ovidio Nasón - Licaón

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La mala fama de la época había tocado mis oídos;
deseándola falsa me deslizo de la cumbre del Olimpo
y, aunque dios, bajo imagen humana, recorro la tierra.
Gran demora sería contar cuánta maldad ha sido hallada
en todas partes: menor que la verdad fue la mala fama misma.
Yo había atravesado el Ménalos, terrible por sus guaridas de fieras,
y junto con el Cilene los pinares del helado Liceo;
aquí las sedes e inhóspitas moradas del tirano Arcadio
arrastrando a la noche los últimos crepúsculos, entero.
Di la señal de que había llegado un dios, y la gente había empezado
a rezar; ríese primero Licaón de las piadosas súplicas,
dice después: "experimentaré con prueba clara si éste es dios
o mortal; y no sea dudosa la verdad".
Se dispone a perderme a la noche, preso del sueño,
con imprevista muerte: complácele esta prueba de la verdad.
Y no queda con ello satisfecho: de un rehén enviado
desde el pueblo de los Colosos cortóle el cuello con la espada.
y así sus miembros medio muertos en parte los ablandó
con agua hirviente, en parte los tostó con fuego colocado debajo.
Tan pronto puso esto sobre las mesas, yo con mi llama vengadora
derribé los penates dignos de su amo sobre su morada.
Aterrorizado, el mismo huyó, y habiendo alcanzado las soledades del campo
ulula y en vano intenta hablar; desde lo íntimo de sí mismo
su boca acumula la rabia y su habitual avidez de matanza
la emplea contra ganados y aún ahora se goza en la sangre.
En pelos transfórmase su vestimenta, en patas sus brazos:
se hace lobo y conserva vestigios de su antigua forma.
Su canicie es la misma, la misma la violencia de su rostro,
bríllanle los mismos ojos y es la misma su imagen de fiereza.
Cayó una sola casa, mas no una sola casa
fue digna de perecer; por donde se extiende la tierra, reina fiera la Erinis.
Diríase que se han juramentado para el crimen; sufran todos de inmediato
los castigos que han merecido padecer: así firme está mi sentencia.[1]




[1] Ovidio; Metamorfosis, Libro I (traducción, prólogo y notas de Alfredo J. Schroeder), Buenos Aires, Ediciones Biblos, sin mención de fecha.
En Jorge Fondebrider, Licantropía (Buenos Aires, 2004)
Imagen: Escultura de Ettore Ferrari


18 ene. 2009

Bodas de Perseo y extraño síntoma de Medusa

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[…]

Cefeo y su esposa, locos de contento, aplaudían a su futuro yerno y redentor de sus dolores. Andrómeda, ya libre, se da como precio al vencedor. Perseo elevó inmediatamente tres altares para dar gracias a los dioses. En el del entro sacrifica un toro al padre de los dioses; en el de la derecha, a Palas, una vaca; en el de la izquierda, a Mercurio, un becerro. Después abraza a Andrómeda. Amor e Himeneo los acompañan con las antorchas encendidas. Un perfume intenso se apodera de todos los olfatos. Se perciben dulcísimas músicas lejanas. Se agitaban los entusiasmos como si fueran banderolas. Abriéronse de par en par las puertas del palacio de Cefeo… y en él ya estaban preparadas las mesas del convite nupcial y el lecho e los desposados. Al final del banquete, cuando ya estaban todos los ánimos arrullados por el optimismo de los vinos, habló Perseo acerca de las costumbres y usos de l país. Cefeo rogóle que le contara cómo consiguió aquella cabeza de Medusa cuyos cabellos no eran sino víboras. “En el reino del Atlas –dijo Perseo- existe una ciudad fortificada con altas murallas, cuya custodia fue confiada a las hijas de Forcis, que tenían un solo ojo para ambas. Aprovechando el momento en que una de ellas prestaba el ojo a la otra, yo penetré en la ciudad y llegué hasta el palacio de las Gorgonas, adornado con las figuras de las fieras y de los hombres a los que la vista de Medusa había petrificado. Para evitar que me encantase a mí ya no la miré sino reflejada en mi escudo. Aproveché su sueño y le cercené la cabeza”.

Preguntáronle después a Perseo por qué Medusa tenía serpientes en vez de cabellos. “Es una historia digna de vuestra curiosidad. Os la voy a contar. Medusa, en un tiempo, fue la más amable de las criaturas. Inspiró grandes pasiones. Pero estaba enamorada sobre todo de sus cabellos. Neptuno y ella profanaron un templo de Palas, ante cuyos ojos pusieron su propio escudo para que no viera sus expansiones (sic). Para castigar tamaño desacato, cada cabello de seda y oro de Medusa se transformó en una inmunda víbora, víboras que, grabadas en su escudo, utiliza ahora ella para vengarse de sus enemigos”.

 

Benvenuto_Cellini-Perseus_With_the_Head_of_Medusa_-_A_detail-Loggia_dei_Lanzi

 

 

        

 

Transcripto de Publio Ovidio Nasón,

Las Metamorfosis,  Libro Cuarto, V.

 

Traducción [insatisfactoria]:

Federico Carlos Sainz de Robles

 

Madrid, Espasa Calpe, 2ª edición, 1972

 

 

 

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1 jul. 2007

Ovidio - Las metamorfosis, Libro Sexto, III

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Argumento. Se mencionan la curiosa transformación de unos labriegos licios en ranas, y el singular combate de Apolo y Marsias.


Un castigo tan terrible sembró de pánico el mundo entero; hombres y mujeres se apresuraron a redoblar el culto que acostumbraban rendir a Latona. Uno de los presentes contó a los tebanos una notoria hazaña de esta misma diosa: La aventura no se hizo célebre por la calidad de la gente en quien recayó. Yo mismo he visto el lugar y el estanque en donde este extraño suceso se hizo famoso en la comarca. Sintiéndose mi padre muy viejo y cansado para emprender viajes, me envió hacia aquel lugar con unos cuantos cuartos para comprar unos bueyes, dándome por guía a un hombre del país. Recorrimos todos los pastos, y mientras pacíamos al borde del lago, divisé un altar antiguo, ennegrecido por el hollín y rodeado de rosales. Mi guía, arrodillándose con voz trémula, imploró: “Sedme propicia”. Después que yo hube hecho el mismo ruego, pregunté al licio si aquel altar era consagrado a las Náyades o a los Faunos o a cualquier otra divinidad del país.

No está este altar elevado a los dioses de estas montañas, sino a la diosa que Juno arrojó del mundo entero y a la cual la isla de Delos, que flotaba por entonces en medio del mar, le prestó asilo: oculta allí bajo un olivo parió dos gemelos, malogrando así las persecuciones de su rival, quien, poco tocada del estado en que Latona se encontraba, la obligó a salir de esta isla con los dos hijos que acababa de traer al mundo. Un día que hacía fuerte calor, después de caminar largo rato, llegó a la Licia, país al que la montaña de la Quimera (1) ha dado fama. Fatigada por la sed y el cansancio, con el seno exhausto por los recién nacidos, percibió en el fondo de un valle un estanque, al que se aproximó para calmar su sed. Había por allí unos labradores, que se entretenían en cortar rosales y otras plantas. Ya se había arrodillado para beber más a su gusto, cuando éstos se lo impidieron brutalmente. "¿Por qué me vedáis beber, si el uso del agua alcanza a todo el mundo, lo mismo que el aire y la luz que la Naturaleza no niega a nadie? Hermanos, consentid en que beba, yo os lo ruego. No he venido a bañarme, sino a aplacar mi ardiente sed; apenas si puedo hablar, mi garganta se encuentra tan seca que las aguas de vuestro estanque serán para mí más deliciosas que el néctar de los dioses; si me dejáis beber os deberé la vida. Si no os compadecéis de una madre en este estado deplorable, hacedlo al menos por estas dos criaturas que os tienden los brazos."

Sin embargo de todo esto, se obstinaron en negársela; y después de haber proferido injurias, la amenazaron con maltratarla si no se alejaba. No contentos de su insolente brutalidad, enturbiaron el agua con los pies y las manos, haciendo que el cieno del fondo, al salir a la superficie, le impidiera beber. La cólera que la diosa sintió renacer fue tan grande que olvidó su sed y, hablándoles en diosa, les dijo, levantando las manos al cielo: "Viviréis para siempre en este estanque." El efecto siguió a la amenaza. De pronto, a estos labradores se les vio entre el fango sacando de vez en cuando la cabeza y nadar sobre la superficie. Como continuaban profiriendo injurias a la diosa, su voz se enronqueció, su garganta se infló, su boca se alargó y sus espaldas se tiñeron de un color verde, conservando solamente el vientre, que es extremadamente grueso y de color blanco. De esta manera quedaron transformados en ranas, viéndoseles continuamente saltar y barbotear entre el cieno de este estanque.

Cuando el licio acabó de contar esta historia había allí otro hombre que recordó la aventura de Marsias, a quien Apolo castigó por haber tocado la flauta mejor que él. Al tiempo que lo despellejaban vivo, el pobre Marsias gritaba: ¡Ay de mí! ¿Por qué me destináis a esta suerte de castigo? ¿Es posible que esta maldita flauta me cueste tan cara? Todo su cuerpo era una pura llaga, la sangre le corría por todos lados; se le apreciaban todos los nervios, sus venas, sus intestinos, y se le podían contar hasta las más insignificantes fibras de su cuerpo. Los faunos y los sátiros de los prados vecinos, Olimpo, el discípulo de Marsias, las ninfas y los pastores, todos lloraron esta horrorosa muerte. La Tierra recibió todas las lágrimas en su seno, haciendo salir de ellas el río que lleva el nombre de Marsias. De todos los ríos de la Frigia, éste es el que más claras lleva las aguas.

El recitado de estas antiguas historias olvidó la tragedia acabada de suceder. Se lloró la desgracia de Anfión y sus hijos; pero el orgullo de Níobe causó una gran indignación. Solamente Pélope (2), su hermano, lloró su muerte. En el transporte de su dolor se desgarró sus vestiduras, dejando ver su hombro de marfil. Al nacer, los dos hombres eran de carne; pero su padre, en una comida que dio a los dioses, le eligió para que sirviera en el banquete; después de haberle deshecho y ayuntado nuevamente los miembros, no encontrando el hombro izquierdo, lo sustituyeron por uno de marfil.


(1) Quimera. Montaña de Licia, volcánica, siempre en erupción, en cuyas faldas vivían cabras, leones y serpientes. De aquí que los poetas crearan la Quimera, monstruo con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola serpentina.

(2) Pélope. Rey de Élida, hijo de Tántalo. Instituyó los Juegos Olímpicos. Y refiere Clemente de Alejandría que el Palladium de Troya se había construido con sus huesos.


Madrid, Espasa Calpe, 1972, 2ª ed. Trad. Federico Carlos Sainz Robles


4 abr. 2007

Ovidio: Las metamorfosis

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Las metamorfosis: Libro sexto


Argumento

Deseosa de aventuras, Minerva se transforma en vieja. Nárrase cómo la diosa de la sabiduría se encontró con la orgullosa Aracne, lo que discutieron acerca de las diferentes hilazas y de su utilidad y belleza, y, por fin, el castigo que dio Minerva a la ensoberbecida, transformándola en araña.


Minerva, después de haber escuchado a las musas, elogió profundamente su canto, y aprobó la forma cómo ellas se habían vengado de sus rivales. Ella recordó entonces la vana presunción de Aracne (1), que en una ocasión le había dicho que la aventajaba en el arte de trabajar la lana. Esta doncella no era ilustre por su nacimiento ni por la categoría de sus padres. Solamente su industria y su habilidad la habían proporcionado la celebridad de que disfrutaba. Idmón, su padre, era un simple tintorero de lanas en la ciudad de Colofón, y su madre, que ya había muerto, era de tan humilde familia como su marido. Sin embargo, su hija había adquirido una gran reputación por el primor con que ejecutaba sus labores. Vivía en la pequeña ciudad de Hipepo, atrayendo hasta allí la curiosidad de las ninfas de Mole y del Pactolo, que abandonaban a menudo sus encantadoras viñas y las aguas de este río para admirar la belleza de las obras de Aracne. No constituía solamente un placer infinito ver esas obras maestras cuando estaban acabadas, sino el encanto de vérselas ejecutar con tan significada gracia. Sea porque ella misma tejía sus lanas, o porque imitaba con inusitada perfección los colores de las nubes, se hubiera dicho que fuera Minerva en persona quien las había ejecutado. Con la misma presteza y gracia que hilaba, trabajaba con la aguja. Ella, sabedora de su habilidad, no reconocía a la diosa superioridad en su arte. Puede venir -decía ella- y disputar conmigo cuál de las dos es más hábil; no rehúyo el combate. Y quiero, si soy vencida, someterme a toda suerte de castigos.

Picada por el discurso de la insolente, Minerva, tomando la figura de una viejecita de blanca cabellera y apoyándose sobre un bastón, le habló así a Aracne: No se debe despreciar la vejez. Los años dan la experiencia, y no debes dejar de escuchar los consejos que te voy a dar. Conténtate con la reputación con que por tu habilidad has sobrepasado a todas las mujeres del mundo; pero no trates jamás de igualarte a una diosa. Debes satisfacer con alguna explicación las palabras ofensivas que acabas de proferir; ella está presta a perdonarte si demuestras arrepentimiento. Este discurso ofendió de tal manera a Aracne, que, habiéndose quitado de delante la labor y echando sobre la viejecilla miradas de indignación y tratando de golpearla, le habló así: Vieja insensata -le dijo con grandes muestras de indignación-, parece en verdad que los años os han dotado de gran juicio y que el peso de los años os es de una gran utilidad. Id, id a dar estos sanos consejos a vuestra hija, si es que la tenéis; yo, desde luego, os aseguro que no los necesito de nadie, y que vuestras demostraciones no me harán cambiar de sentimiento. ¿Por qué Minerva no se presenta tal como es? Por qué rehúye el desprecio que le he hecho? - Lo acepta, dijo la diosa, desapareciendo la vieja bajo la cual su verdadera figura se ocultaba, y mostrándose con las señales de su dignidad. Las ninfas y mujeres que por allí andaban le rindieron sus honores; Aracne se conservó imperturbable; solamente un levísimo rubor cubrió sus mejillas. Le duró poco tiempo. Pronto le volvió su blanco color de antes. La diosa no cuida ya de darle inútiles consejos; acepta el desafío y quiere disputar la victoria en el acto. Ved a la una y a la otra cómo preparan sus obras. La lanzadera rueda con una agilidad increíble y cada vez que el hilo pasa a través de ella tienen el cuidado de separarlo con un peine especial, necesario en esta clase de trabajo. Tanto la una como la otra trabajan con una destreza y ligereza admirables, poniendo ambas un gran celo en quererse sobrepasar. La unión de los más bellos colores formaban sobre sus telas una mezcla tan agradable de claros y oscuros, y las nubes eran tan delicadas y diluidas, que se hubiera podido compararlas a los colores del Arco Iris. Imagináos los rayos del Sol a través de suavísima lluvia, descomponiéndose en los siete maravillosos colores; no es posible discernir cómo pasan de un color a otro; la que tocan ahora parece ser la misma de antes; sin embargo, hay una gran diferencia entre la una y la otra.

El oro iba mezclado con la seda de una manera ingeniosísima. Cada una de ellas trazó sobre sus tejidos antiguas historias. Minerva representó en el suyo el pleito que Atenea (2) tuvo con Neptuno sobre el nombre que se debía de dar a esta ciudad. Veíanse allí los doce grandes dioses sentados sobre sus tronos con su majestad característica, y Júpiter en el centro. Cada uno de estos dioses estaba allí representado al natural, pero Júpiter con un aire de grandeza tal que anunciaba ser el maestro del mundo. Neptuno, golpeando la tierra con estridencia, hizo salir un caballo; esto parecía que lo autorizaba a dar un nombre a la ciudad. Minerva estaba representada con su casco, su lanza y su escudo, sobre el cual estaba la vencida cabeza de Medusa. Dio un golpe a la tierra con su lanza, viéndose salir un olivo repleto de hojas y fruto. Perplejos de admiración los dioses por este prodigio, decidieron en su favor la victoria. Con esto la diosa había terminado su obra.

Sin embargo, para hacer comprender mejor a su rival el castigo que la esperaba por su temeridad, trazó en pequeño en las cuatro esquinas del lienzo la historia de cuatro combates. En uno se veía la aventura de Hemo, rey de Tracia, y de Ródope, su esposa, que fueron convertidos en roca por haber tenido la audacia de llevar los nombres de Júpiter y Juno. En el otro ángulo estaba la historia de Piga, reina de los pigmeos, a quien Juno, para castigarla por su presunción, cambió en grulla con el fin de que ella misma estuviera en guerra continua con su pueblo. En el tercer ángulo se veía a Antígona, que había tenido la audacia de compararse con la esposa de Júpiter. Esta diosa la metamorfoseó en cigüeña; ni la ciudad de Ilión, ni Laomeolón, su padre, lograron impedir que la revistiera de blancas plumas, de las cuales tuvo la vanidad de celebrarlo. Al fin, en la cuarta esquina, se veía a la infortunada Cinara abrazando con lágrimas en los ojos las gradas de un templo. Eran sus propias hijas, a quienes los dioses así las habían metamorfoseado. Minerva rodeó el borde de su trabajo con ramos de olivo entrelazados. Tal era el dibujo que en su obra maestra trazó la diosa, empleando en ella el árbol que le era consagrado.

Aracne, por su lado, representó sobre su lienzo a Europa seducida por Júpiter bajo la figura de un toro. La obra estaba tan acabada, que hubiera creído ver, en efecto, un verdadero toro y una verdadera mar. Europa aparecía allí con los ojos vueltos hacia la ribera que acababa de dejar. Parecía llamar a sus compañeras en su socorro, retirando sus pies por el temor de que fueran mojados. También se veía allí dibujado a Aster luchando con el águila de la que Júpiter había tomado la figura, y a Leda acariciada por el cisne. Las demás aventuras de este dios se veían allí representadas con inusitada delicadeza. Ora aparecía en forma de sátiro con la bella Antíope, de la que tuvo dos hijos gemelos; mudado en Anfitrión, gozando con la hermosa Alcmena; transformado en lluvia de oro, penetrar en la torre donde estaba encerrada Dánae y poseerla de esta manera; bajo la figura de pastor, gozar a Mnemosina; en serpiente transformado, seducir a Dórida y cambiado en fuego, burlarse de Argina. También pintó Aracne sobre su lienzo a Neptuno metamorfoseado en toro en la aventura que tuvo con una de las hijas de Eolo; bajo la forma de río Enípeo procreó a Ato y Efialte; en carnero transformado engañó a Bisálpida; de caballo verdadero sintióle Ceres; de pájaro, en la intriga que tuvo con Medusa, y de delfín con Melanco. Todo ello dibujado con tal naturalidad y vida que daba espanto. También estaba representado en el mismo tapiz Apolo cambiado en traciano, en halcón, en león y en pastor. De esta manera metamorfoseado, se hizo amar de Isse, hija de Macareo. Finalmente aparecía Baco en forma de racimo burlando a Erigone; también estaba Saturno en forma de caballo para engañar a Filira, de la cual tuvo al centauro Quirón. Hojas de hiedra entrelazadas, con mucho arte dispuestas, bordeaban esta bella obra de tapicería.

Estaba tan bien ejecutada, que Minerva no pudo encontrar en ella ningún defecto. La diosa, de ira despechada, reprendió con violencia la veracidad de los crímenes de los dioses allí representados. Con la lanzadera rasgó de arriba abajo el tapiz y golpeó fuertemente la cabeza de Aracne, quien poseída de gran desesperación, huyó de la gente. Minerva, que no se sabe qué resto de piedad, la sostuvo en el aire y le habló así: Vivirás, insolente Aracne, siempre de esta forma suspendida; tal será tu castigo para toda la posteridad. Al marcharse Minerva, le arrojó el jugo de una hierba envenenada que le hizo caer los cabellos, la nariz y las orejas; su cabeza y su cuerpo disminuyeron; las piernas y los brazos en patas sutilísimas se tornaron, y el resto del cuerpo no presentó más que un grueso vientre. De esta manera, en araña transformada, sigue tejiendo con sus hilos la tarea a que ella estaba acostumbrada.



Notas

(1) Aracne. Natural de Lidia. Inventó el arte de hacer telas y redes. Se ahorcó. Parece que se transformó en araña.

(2) Al fundar Cécrope la ciudad de Atenas -cuenta San Agustín, tomándolo de Varrón- fueron encontrados un olivo y una fuente. Consultado el oráculo, manifestó que Minerva y Neptuno, de quienes eran símbolos aquellas cosas, tenían derecho a dar nombre a la nueva ciudad. El pueblo se decidió por el de la diosa.

Ovidio, Las metamorfosis
Madrid, Espasa Calpe, 1972, 2ª edición
Trad. Federico Carlos Sainz de Robles