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27 dic. 2014

Juan Carlos Onetti - Justo el treintaiuno

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Juan Carlos Onetti - Justo el treintaiuno


Cuando toda la ciudad supo que había llegado por fin la medianoche yo estaba, solo y casi a oscuras, mirando el río y la luz del faro desde la frescura de la ventana mientras fumaba y volvía a empeñarme en buscar un recuerdo que me emocionara, un motivo para compadecerme y hacer reproches al mundo, contemplar con algún odio excitante las luces de la ciudad que avanzaban a mi izquierda.

Había terminado temprano el dibujo de los dos niños en pijama que se asombraban matinalmente ante la invasión de caballos, muñecas, autos y monopatines sobre sus zapatos y la chimenea. De acuerdo con lo convenido, había copiado las figuras de un aviso publicado en Companion. Lo más difícil fue la expresión babosa de los padres espiando desde una cortina y abstenerme de usar el carmín para cruzar el dibujo con letras peludas de pincel de marta: "Biba la felisidá".

Pero en cambio pude dedicar los cuarenta minutos que me separaban del año nuevo, de mi cumpleaños y del prometido regreso de Frieda pintando en letras verdes un nuevo cartelito para el cuarto de baño. El viejo estaba desteñido, salpicado, con manchas de jabón y dentífrico. Además había sido hecho con letras cursivas y espantosas, con esa caligrafía que se emplea en las tablitas que cuelgan los cretinos en las paredes: casa chica, corazón grande, bienvenidos, barco joven capitán viejo.

Había comprado para Frieda un regalo que la estaba esperando, envuelto en papel celeste, junto a su vaso, a la botella de caña, al platito con frutas abrillantadas, turrón y nueces, en el lugar de la mesa que ella acostumbraba ocupar. También le había comprado un toscano y un paquete de hojas de afeitar para que se cortara el pelo. Aunque hacía pocos meses que vivíamos juntos estos regalos eran tradicionales para los aniversarios que respetábamos o inventábamos. Ella los agradecía con insultos de obscenidad asombrosa, a veces convincentes, prometía venganzas, terminaba siempre aceptando mi buena voluntad, mi estima y mi comprensión descuidada. Sus regalos, en cambio, eran empleos, formas de ganar poco dinero, artilugios para que yo olvidara que estaba viviendo del suyo.

Los sábados de noche, cuando había mucha gente, cuando empezaba a estar borracha, Frieda iba a sentarse en el inodoro y durante minutos o cuartos de hora, mientra no fuera nadie a buscarla, se estaba casi inmóvil, con las bombachas en las rodillas, cortándose con una hojita de afeitar, con avaricia, el pelo que le cubría la frente, mirando con sus ojos alerta de pájaro el cartelito clavado entre el botiquín y la pileta, el mismo que yo estaba renovando para sorprenderla, los versos de Baudelaire que dicen: "Gracias, Dios mío por no haberme hecho mujer, ni negro ni judío ni perro ni petizo". Nadie que usara el inodoro podía alejarse sin haberlos rezado.

Pero en aquella víspera de año nuevo habíamos querido -o nos habíamos envuelto en mentiras hasta comprometernos- estar solos e intentar sentirnos felices. Ella había jurado dejarlo todo, alumnas de baile, clientas del taller de vestidos, proposiciones inesperadas, para estar sola conmigo antes de la medianoche. Yo no tenía muchas cosas que dejar para corresponder: en la noche de fin de año alguien, alguna, de la tribu siniestra se dedicaría a contemplar hasta el alba las oscilaciones de la cabeza del viejo.

No era la felicidad pero era el menor esfuerzo. Frieda llegaría, pero no llegó, antes del año nuevo. Comeríamos algo y nos dedicaríamos, expertos, demorando las cosas para no estropearlas, a emborracharnos: yo haría preguntas de interés fingido para animarla a repetir el monólogo sobre su infancia y su adolescencia en Santa María, la historia de su expulsión, las caprichosas, variables evocaciones del paraíso perdido.

Tal vez, al final de la noche, hiciéramos el amor en la cama grande, la alfombra del primer cuarto o en el balcón. A mí me daría lo mismo hacerlo o no; pero nunca había conocido a una mujer tan capacitada para seguir sorprendiendo, tan dispuesta a confesarse. Cuando se le ocurría acostarse conmigo y la borrachera la obligaba a conversar, era como poseer a decenas de mujeres y saber de ellas. Tal vez, además, aceptara celebrar el año nuevo colocándose de espaldas al piso o al colchón.

Estaba fumando y bebiendo con mucha agua, en la ventana, cuando empezaron a sonar las bocinas y los tiros. Me era imposible ocuparme de mí; de modo que pensé en María Eugenia y en Seoane mi hijo, me esforcé en sufrir y en acusarme, recordé anécdotas que nada lograban significar.

Todo, simplemente, había sido o era así, de tal manera, aunque acaso fuera de otra, aunque cada persona imaginable pudiera dar una versión distinta. Y yo, definitivamente, no sólo no podía ser compadecido sino que ni siquiera resultaba creíble. Los demás existían y yo los miraba vivir, y el amor que les dedicaba no era más que la aplicación de mi amor por la vida.

Ya se habían olvidado en Montevideo de la medianoche. Las luces del lado de Ramírez comenzaban a ralear y ya estarían las parejas del baile en el Parque Hotel yendo y viniendo de la arena, cuando empezó de veras el añ­o nuevo. Algún tamboril de negro volvió a sonar, profundo, solitario, no vencido, en las proximidades del cuartel, e hizo confusas las palabras.

Pero reconocía la voz de Frieda, insegura, entregándose. perdiendo la energía. Gritó "Himmel" y yo crucé el departamento, bajé sin ruido unos peldaños de la escalera de ladrillos, a oscuras, que llevaba al jardín y a la entrada.

Allí no había más luz que la que llegaba, diluida, del Proa. Pero pude verla, bien plantada entre dos canteros secos, atlética, balanceando su vigor, mientras un aborto de padres tuberculosos, negruzco y con polleras, con la cabeza fantásticamente agrandada por una jornada de trabajo de un peluquero barato, le decía: "porque a mí, guacha, porque si te creíste que me vas a tomar para la farra. Porque si andás conmigo no andás con nadie más". Le golpeaba la cara con la mano y Frieda se dejaba; luego empezó a pegarle con la cartera, metódica y sin descanso.

Me senté en un peldaño y encendí un cigarrillo. "Frieda puede aplastarla con solo mover un brazo -pensé-. Frieda puede hacerla llegar al río con solo una patada".

Pero Frieda había elegido empezar así el año: con las manos en las nalgas, exagerando la anchura de los hombros del traje sastre, dejándose pegar y gozándolo, contestando a los carterazos con sus roncos "Himmel" que parecían sonar para pedir más golpes.

Cuando la inmundicia se cansó de pegar, lloraron las dos y salieron del jardín a la calle. Las vi detenerse, jadeantes, y caminar después abrazadas. Entonces subí para prender todas las luces y ofrecerle a Frieda una buena recepción de año nuevo.

La tuve bajo el lujo de la lámpara de pie, o solo ella estuvo allí, en el sillón, con su pelo rubio, tapándole la frente, la boca torcida en vicio y amargura, la ceja derecha alzada como siempre y curvándose ahora sobre un ojo amoratado. Con los labios partidos y sangrantes que no quiso curarse, me obligó a entrar en el año nuevo hablando de Santa María. Su familia la había echado de allí y le giraba dinero todos los meses porque desde los catorce años ella se había dedicado a emborracharse y a practicar el escándalo y el amor con todos los sexos previstos por la sabiduría divina.

Digo esto en homenaje a ella, que se mostraba más católica cada domingo y que me llenaba cada sábado, cada madrugada de sábado, el departamento-pagado por ella- de mujeres cada vez más viejas, asombrosas y abyectas. Habló de su infancia provinciana y de su familia de junkers, absolutamente culpable de que ahora, en Montevideo, ella no tuviera más camino que emborracharse y reiterar el escándalo y el crapuloso amor. Habló hasta la madrugada de ese primero de enero, de desencuentros y culpas ajenas, borracha desde antes de llegar, acariciándose el ojo casi cerrado del todo, disfrutando del dolor de los labios partidos e hinchados.

-Me pareció- dijo sonriendo- no vas a creerme, me pareció que estaba Seoane en la esquina.

-¿A estas horas? Además, hubiera subido a verme.

-A lo mejor no vino para verte.

-Sí, querida -dije.

-No para visitarte. Tal vez para espiar la casa por si salías o entrabas.

-Puede ser -asentí, porque no me gustaba hablar de Seoane con Frieda y tal vez con nadie.

Hablaba, como todas las mujeres, de una Frieda ideal, se admiraba del triunfo incesante de la injusticia y la incomprensión, buscaba, ofrecía culpables sin odiarlos.

No dijo nada de la repugnancia inexplicable que le había estado golpeando la cara con la cartera. Yo ya estaba acostumbrado a su necesidad de traerse amantes cada vez más sucias y baratas. Como el tiempo carece de importancia, como la simultaneidad es un detalle que depende de los caprichos de la memoria, me era fácil evocar noches en que el departamento donde Frieda me permitía vivir estaba poblado por numerosas mujeres que ella se había traído de la calle, de bares del puerto, del Victoria Plaza. Las hubo hermosas y bien vestidas, con pocas joyas, con ajorcas, con trajes oscuros completados por perlas.

Pero en los últimos tiempos abundaron las mestizas insolentes y sucias, las malas palabras, los cigarrillos quemándose colgados de la boca. Con frecuencia, los diálogos enconados me impedían dormir y saltaba de la cama y recorría el departamento mordiendo un cigarrillo como una ramita de olivo, desplazándome con trabajo entre las mujeres en cuclillas, sentadas sobre la mesa, abiertas en el diván, arrodilladas en la cocina, cambiándose en el cuarto de baño, recibiendo el sol o la luna en las baldosas coloradas del balcón.

-Herrera pagó -dijo Frieda-. Hizo bien, así empieza mejor el año y tal vez le traiga suerte.

Los billetes habían caído de mi pecho a la mesa. Los levanté sin aflojar la goma que los rodeaba; eran de cien pesos.

-¿Pagó todo? -pregunté.

Frieda se puso a reír y después se chupó el labio partido.

-Dame un trago y un pucho. Esa pobre atorranta. Pero es tan lindo dejar y dejar, que te hagan lo que quieran, que ni sospechan siquiera quien sos vos. Dejar hasta que de pronto a alguien se le ocurre que se acabó y entonces uno deja de soportar y de tener placer en dejarse y hace con todas las ganas y la felicidad del mundo la barbaridad más grande. En revancha; y no por orgullo ni por ganas de desquitarse, sino porque de pronto el placer consiste en pegar y no en dejarse golpear. ¿Si?

-Entiendo -dije. La escuchaba haciendo bailar sobre mi mano el cilindro de billetes.

-¿Me vas a ayudar? Cuando llegue el momento, digo, si llega.

-Claro. Me guardé el dinero en el bolsillo del pantalón, llené un vaso de caña y se lo di, le puse un cigarrillo en la boca y le acerqué un fósforo. -Cuando quieras. ¿Pagó o no? Quiero decir, ¿pagó todo y para siempre?

Frieda se incorporó con un ataque de risa y se dejó caer de costado salpicando el piso con la baba.

-Creo que esa sucia...-se apretó las costillas y puso después una cara infantil para escuchar lo que iba quedando de la noche-. Que esa perra inmunda me dio un rodillazo en el vientre. No es nada. Sí, pagó todo. Yo le dije que era la última cuota. No sé si es cierto, no sé si dentro de una semana, cuando esté jugando con los hijos y los regalos de Reyes no me aparezco para pedirle más dinero. Y no me importa el dinero de Herrera. Ya ves, ya te lo guardaste. Me importa joderlo, esa es mi relación con él y tendrá que seguir así.

-Frieda -dije en voz muy alta. Se removió en el sillón y terminó por levantar la cabeza. Estaba borracha, tenía la sonrisa de niña, empezaban a caerle las lágrimas. Puse el dinero sobre la mesa, cuidando que no rodara. Está mal. Hay que dar por terminado el asunto de Herrera.

Se encogió de hombros y me estuvo mirando como si me quisiera, con una sonrisa tan triste y asombrada, mientras movía perezosa la lengua para tocarse las lágrimas.

-Como quieras-dijo-. Dame otro trago, vamos a festejar el año.



11 jul. 2014

Juan Carlos Onetti - De regreso al Sur

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Cuando estuvo solo en el rincón del café, Oscar volvió a pensar en la cabeza pálida de tío Horacio en la camilla, que parecía haber aceptado definitivamente la expresión de leve interés y cortesía con que se enmascaraba al escuchar hablar de personas y cosas que habían estado o atravesado el sur de Buenos Aires, la zona extranjera que se iniciaba en la calle Rivadavia, y a partir del Carnaval de 1938. Tío Horacio alzaba las cejas y casi sonreía para esperar el fin de aquellas conversaciones. Recordando su rostro muerto, era nuevamente imposible adivinar en qué sentido y con qué intención el odio y el desprecio actuaban sobre las imágenes y los seres del barrio sur, cuál había sido la deformación obtenida «o —tal vez no era más que esto— en qué tono de luz el odio y el desprecio envolvían para tío Horario los paisajes proscritos del Sur.

El primer sábado del Carnaval del 38, tío Horacio y Perla pasearon por Belgrano después de la comida; salieron del departamento y caminaron despacio por Tacuarí y Piedras, tomados del brazo. Oscar supo que habían ido a beber cerveza a un café alemán y que habían conversado allí hasta pasada la medianoche. Cuando volvieron, ella estuvo dando vueltas sin motivo por la casa, tarareando una música de Albéniz, y casi en seguida se acostó. Tío Horacio quedó un rato sentado junto a la mesa donde Oscar estudiaba. Parecía cansado, y se quitó el cuello. Jugaba con el reloj, metiendo un dedo en el bolsillo del chaleco, y miraba pensativo la mesa, en las pausas, entre las preguntas distraídas. Oscar vio que sonreía suavemente, y lo oyó reír un poco cuando se levantó y estuvo un rato de pie, las piernas muy separadas, sacudiendo la cabeza. Después suspiró, hizo la última pregunta sobre libros y exámenes y subió al dormitorio.

El domingo no salieron de casa; durante todo el día se movieron con pesadez y silencio por el calor de la casa, mal vestidos, tendiendo a los rincones frescos y semioscuros, donde marcaban su presencia con gruesos diarios de la mañana, revistas y libros ajados, de fecha antigua. Cuando Oscar se fue al anochecer, tío Horacio estaba solo en el escritorio contando unas gotas de remedio. "Ella se quiere ir y él no quiere presionarla hablándole de su enfermedad —pensó Oscar—, o ella se quiere ir y él va a buscar la forma de presionarla haciéndole saber, sin decirlo, que está otra vez enfermo."

El lunes de Carnaval estuvieron todo el día juntos y afuera; Oscar los vio de noche, nuevamente amigos; tío Horacio habló de muchas cosas, un poco excitado y feliz, con sudor en la frente y un jadeo al sonreír. El martes Oscar llegó a la calle Belgrano al anochecer; tío Horacio estaba solo, junto a una ventana, la camisa desprendida, los lentes colgando por una patilla de los dedos; y la quinta edición de un diario junto a los pies descalzos. Se saludaron, y Oscar no le vio más que sueño en la cara. Después no pudo comprender —porque aquello representaba a un desconocido cualquiera y no tenía relación alguna con tío Horacio— el encontrar encima de la carpeta del comedor, cerca del vaso de leche y el sandwich de jamón que le dejaba todas las noches Perla, una carta escrita con tinta muy azul, desplegada, sujeta con el centro de mesa, con cuatro dobleces bien marcados. La leche, el sandwich y la carta habían sido puestos allí por tío Horacio, por el hombre que estaba junto a la ventana de la otra habitación: quería enterarlo, sin preguntas, de que Perla se había ido con perdones, olvido, felicidad y el irrenunciable derecho a la realización de la propia vida. No volvieron a hablar de Perla; cuando Oscar volvió en la madrugada, la carta no estaba en la mesa, y tío Horacio continuaba espiando por la ventana la noche caliente de Carnaval, todavía blando en la cara el gesto de bondadoso hastío que habría de señalarlo hasta el final.

En el tiempo de Belgrano, el hijo de Horacio, Walter, iba pocas veces a visitarlos; pero cuando se mudaron a una pensión de Paraná y Corrientes comenzó a llegar casi todas las noches demasiado bien vestido, perfumado, con el largo pelo endurecido y brillante echado hacia la nuca. Oscar lo oía taconear en el corredor y luego veía aparecer su cara blanca, hecha de una materia exangüe y envejecida, mucho más vieja que él, como si Walter la hubiese prestado para que otro hombre la gastara en años rellenos de miserias, de mirar sin nobleza y de estirar sonrisas falsas y vacilantes.

—Hola qué tal —decía por encima de la lámpara la cara solitaria entre la pared oscura y el traje negro. Saludaba a tío Horacio y comenzaba a pasearse entre el balcón y la cama, contando historias de gentes del teatro y la radio, del dinero que iba a ganar en la temporada, de ganancias fabulosas en el hipódromo de La Plata. Construía el esqueleto de su vida, y Oscar, sobre los libros, lo iba rellenando y cubriendo con madrugadas sin consuelo, caras abyectas, mujeres sin sombrero, de largos trajes de colores deprimentes, que balbuceaban sobre mesitas y bajo música, siempre bajo música de bandoneones o trompetas, o poblando, cubiertas con salidas de baño, en horas de siesta, el patio de la pensión.

La valla de la calle Rivadavia se levantó gracias a Walter. No se animó a decirlo directamente al viejo; estaba detrás de tío Horacio y habló dirigiéndose a Oscar, que se ponía la corbata frente al espejo.

—Vi a Perla en un café de la Avenida. No me dijo nada especial, pero está bien.

Después, en otras noches, supieron que Perla se había ido con un hombre que tocaba la guitarra en un café español, y la cara oscura y aceitosa del amante de Perla se hizo para Oscar inseparable del recuerdo de la mujer. Tío Horacio no hizo comentarios, y no parecía haberse enterado de la proximidad nocturna de Perla, cinco cuadras al Sur. Oscar supo que había oído a Walter, porque en los paseos de la noche, cuando salían a tomar un café liviano a alguna parte, comenzó a llegar por Paraná hasta Rivadavia, donde se abría la Plaza del Congreso y hacia donde miraba con curiosidad idéntica noche tras noche; luego doblaba a la izquierda y continuaban conversando por Rivadavia hacia el Este. Casi todas las noches; por Paraná, por Montevideo, por Talcahuano, por Libertad. Sin hablar nunca de aquello, Oscar tuvo que enterarse de que la ciudad y el mundo de tío Horacio terminaban en mojones infranqueables en la calle Rivadavia; y todos los nombres de calles, negocios y lugares del barrio sur fueron suprimidos y muy pronto olvidados. De manera que cuando alguien los nombraba junto a él, tío Horacio parpadeaba y sonreía, sin comprender, pero disimulando, esperando con paciencia que la historia o los personajes cruzaran Rivadavia y él pudiera situarlos.

Así estaban en el año 38, y así siguieron en el 39, hasta el principio de la guerra, golpeándose los dos sin violencia casi todas las noches contra el muro de Rivadavia, sabiendo por Walter que la avenida "estaba llena de gente gorda y el otro día andaba un torero". Sabían también que casi cada semana inauguraban un nuevo café, con canciones y música; en todos ellos instalaba Oscar al guitarrista junto a una Perla remozada y locuaz que bebía manzanilla y golpeaba las palmas a compás. "Es por la guerra de España", comentaba Walter.

Pero la guerra de España había terminado hacía mucho tiempo, y por muchos meses la Avenida de Mayo fue para Oscar —y él pensaba que también para tío Horacio— diez cuadras flanqueadas de cafés ruidosos en la noche, con hombres y mujeres gordos tomando cerveza en las aceras, mientras a la luz del día muchos toreros iban y venían con paso apresurado. Y las pocas veces en que Oscar atravesó solo de noche Rivadavia y vio una Avenida de Mayo reconocible, volvió sin decir una palabra a tío Horacio y olvidó en seguida lo que había mirado. Así que estaba seguro de que dentro de tío Horacio seguía paralizada la visión fantástica del territorio perdido, donde Perla conversaba y reía y donde era frecuente que hubiese una Perla en cada café ruidoso, cerca de un torero, cerca de un hombre de pelo retinto, inclinado encima de una guitarra.

La última vez que tío Horacio estuvo enfermo, el médico lo había mirado con ojos desganados al ponerle la inyección. "No se sabe cuánto —dijo después—. A lo mejor vive más que usted." Oscar decía que sí; pero Walter no quería creer y murmuraba con el cigarrillo en la boca —la boca un poco torcida por el cigarrillo, el perfil alto, tal como Oscar lo veía atrás de las ventanas de los cafés—: "Un día nos da un susto."

El susto llegó una noche en que salieron a caminar los tres, tío Horacio en el medio, un sábado en el principio del verano. Tío Horacio caminaba despacio, hablando, palabra por palabra, de la organización de los productores de trigo de Canadá, y Oscar lo vigilaba de reojo, mientras Walter, taconeando, los delgados hombros hacia adelante, afirmaba, sacudiendo la cabeza donde el pequeño sombrero mostraba el lado izquierdo del peinado brillante. Siempre sacudía así la cabeza cuando tío Horacio comenzaba a repetir, en tono familiar y sin énfasis, lo que había leído en libros y revistas. Oscar pensaba en Walter, tomando mate en los atardeceres de la pensión, entre los gritos y las perezas de las mujeres que chancleteaban con sus batas manchadas de rouge, repitiendo con voz seria los artículos que le había transmitido su padre unos días antes sobre la distribución de productos en la posguerra, la talla de diamantes y la ola de crímenes sexuales en los Estados Unidos.

Tío Horacio iba hablando de Manitoba y reduciendo "bushels" a kilos en la esquina de Talcahuano y Rivadavia, y sin interrumpirse, sin un gesto de anuncio, sin nada que revelara que comprendía lo que estaba haciendo, continuó andando y hablando, cruzó la valla invisible de Rivadavia y llegó a la otra acera. Se detuvo un momento para respirar con lentitud, y en seguida continuó andando despacio, recorriendo la corta cuadra que llevaba a la Avenida de Mayo. Por arriba y por atrás de tío Horacio, Oscar se miró con Walter y vio cómo el otro le hacía una sonrisa, un signo de alegría, como si acabara de enterarse de que su padre no estaba ya enfermo.

Durante las dos cuadras que caminaron por la avenida, tío Horacio dijo que el único país digno de total respeto entre los que estaban metidos en la guerra era la China. Dijo algunos nombres geográficos, algunos nombres de generales y conductores y una profecía sobre el futuro de Asia. Frente al tercer café con música, tío Horacio se detuvo y miró sonriendo, hacia adentro. "Bueno —dijo—, vamos a tomar algo." Otra vez se miraron a sus espaldas y como Walter sonreía ahora francamente, a punto de comentar lo que estaba sucediendo, Oscar se tranquilizó e inició la entrada en el pequeño salón, donde un aparato de música sonaba tocando "Capricho árabe".

Tío Horacio pidió tres cervezas, miró un poco alrededor y comenzó a hablar de la industrialización de los países coloniales. En una pausa Walter dijo: "Hay poca gente esta noche. Si cruzamos enfrente..." Pero tío Horacio siguió hablando, con la cara distraída y bondadosa. Cuando trajeron la cerveza estuvo un rato inclinado, con el vaso apoyado en la boca, sin beber, inmóvil, los ojos bajos, Oscar miró a Walter, que examinaba el fondo del salón, arreglándose los puños salientes de la camisa; no pudo encontrarle los ojos y se echó hacia atrás, observando a tío Horacio y esperando. Esperó hasta que él bebió un trago, dejó el vaso sobre la mesa y se apoyó en el respaldo de la silla, la boca abierta para hablar, y comenzó a resbalar en el asiento. Walter dio un salto, se puso atrás de su padre y trató de levantarlo, tomándolo de las axilas. Entre el mozo y un hombre que se acercó a la mesa, Oscar se inclinó para aflojar el nudo de la corbata del viejo. Vio que la cabeza giraba con trabajo, se inclinaba hacia un hombro y volvía a levantarse. Entonces Walter gritó: "Hacete una corrida y traé las gotas".

Oscar salió corriendo del café, consiguió un taxi y viajó a Paraná y Corrientes a buscar el remedio; no quería pensar en nada, solamente recordaba a tío Horacio cruzando la calle Rivadavia y preguntando con voz paciente, sin presionar, seguro de que él mismo podría dar en seguida la respuesta exacta: "¿Y cuál es el secreto de la fuerza de los agricultores canadienses?"

Oscar dijo al chófer que esperara y subió corriendo la escalera. No había nadie en el hall; empezaba la buena estación y era sábado, todos debían haber salido. Entró en la pieza y vio a Perla sentada en la cama, un brazo muy separado del cuerpo, con la mano hundida en la colcha, el pecho bastante más saliente que cuando vivía en Belgrano, tal vez más gorda en todo, muy pintada. La mujer sonrió, inclinando la cabeza como las niñas; era el gesto de siempre para tío Horacio, el gesto de ganar discusiones, hacerse perdonar, llevarlo a la cama.

—¿Cómo le va? —dijo ella, y bajó la cabeza, sin dejar la sonrisa, hasta casi tocarse el hombro con la mejilla.

Oscar no le contestó nada y por un momento se olvidó del remedio, del coche que esperaba, de tío Horacio resbalando en la silla. Se sacó el sombrero y se apoyó en la mesa, frente a ella, mirándola. Después también él sonrió, porque Perla dijo:

—¿Qué le pasa? ¿Se asombra de verme, verdad? Parece que no se alegrase mucho —empezó a levantar la cabeza—. ¿Horacio salió? Yo quería verlo...

Oscar volvió a ponerse el sombrero, fue a buscar el frasquito al botiquín, y mientras lo revolvía le habló:

—Está ahí, en un café de la Avenida, con un ataque.

La oyó levantarse, caminar de un lado a otro y asegurar varias veces que era imposible. Repetía: "tan luego ahora"; y Oscar no supo lo que quería decir. Encontró el frasco y le dijo:

—Tengo un automóvil esperando para ir al café. Si quiere venir, se apura.

En el primer viaje en taxi no hablaron; Oscar estaba con el cuerpo inclinado, mirando la calle por encima del brazo del chófer, con el frasquito apretado entre las rodillas. Cuando llegaron al café, el aparato de música tocaba un pasodoble, y la mesa estaba vacía, con un mozo de pie, al lado, comentando con alguien de una mesa vecina, mientras movía sin sentido la servilleta.

—Ya se lo llevaron —dijo el mozo—. Seguía peor, y de aquí mismo llamamos y se lo llevaron. No sé adonde. Lo habrán llevado a Esmeralda al 66. Le voy a preguntar al patrón si sabe.

El patrón no sabía, pero hablaron en la calle con el vigilante, y les dijo que habían llevado a tío Horacio a Esmeralda 66.

—¿Cómo estaba? —preguntó Perla.

—No sé —dijo el vigilante—. Estaba mal. Cuando yo llegué se desmayó del todo.

Siguieron en otro coche hasta la Asistencia Pública, y en este segundo viaje Perla mostró un pañuelo en la mano y comenzó a llorar, la cabeza otra vez inclinada, como si hubiera cerca alguien a quien pedir alguna cosa.

En la Asistencia Pública los dejaron entrar en seguida, los guiaron por .un corredor, caminaron por un laberinto hecho de bastidores y entraron después en una sala grande, donde Walter estaba tironeándose desconcertadamente de los puños de la camisa, y tío Horacio estaba muerto, acostado en una camilla.

En el último viaje de la noche Perla estuvo arrinconada en el asiento, la mano larga abierta contra el pañuelo que le tapaba la cara. El automóvil iba a poca velocidad por Esmeralda, y cuando ella bajó la mano en una bocacalle, Oscar le vio los ojos enrojecidos y la nariz hinchada; la boca, pintada y bien hecha, con un poco de vello bajo la nariz, seguía tranquila, avanzando un poquito, con el gesto que le servía a Oscar para identificarla cuando la recordaba, igual a la boca de los retratos que tío Horacio había tenido escondidos en un cajón del escritorio.

—Me echaron como si yo fuera... —empezó a rezongar la mujer.

—No; la echaron como a todo el mundo. No había nada que hacer allí.

—Yo quería estar.

Oscar prefería soportar el ruido que hacía cuando lloraba a escucharla hablar. Perla volvió a recostarse en el asiento, sin llorar ahora, la mano enrulando el pañuelo en la falda. Oscar recordaba la cabeza de tío Horacio en la camilla y a Walter dando vueltas alrededor, con el perfume del cosmético, el traje de compadrito, los blancos puños de la camisa escondiéndole las muñecas, repitiendo, deteniéndose para hacer inútilmente otra frase, las mismas palabras que había dicho Perla: "Tan luego ahora..." Suspiraba, movía nerviosamente los labios como para echar una mosca, y continuaba arrastrando el estribillo alrededor de la camilla: "Tan luego ahora". La enfermera escribía de pie en un rincón, y el médico se secaba las manos en el otro lado de la sala.

—Oiga —dijo Perla—. ¿Usted tomó las disposiciones?

El la miró en silencio, y a la luz que entraba cortándoles las caras la vio temblar de rabia.

—Ah —dijo Oscar un rato después—, ese animal de Walter se va a ocupar de todo.

—Pobre Walter —dijo ella—. Se quedó muy afectado.

Oscar se volvió a mirar la calle, pensando: "disposiciones" y "afectado"... "Además está gorda como una vaca."

—Usted siempre el mismo —dijo ella con amargura y debilidad—. Parece que no le importa mucho. En cambio, Walter...

—Puede ser —dijo Oscar—. Tiene razón; a Walter, sí.

Hizo detener el coche en Paraná y Corrientes, mientras ella sacudía la cabeza y repetía el ruido del llanto. Oscar esperó un momento y después le dijo que él se bajaba allí, pero que si ella quería seguir podía darle dinero para el taxi. Ella dijo que no y bajó, y mientras Oscar pagaba al chófer estuvo esperando recostada a la pared, más gorda que antes, metida en la sombra con su vestido claro; quedaron luego mirándose en silencio, y él sintió el perfume que venía en olas sin fuerza desde el pecho de Perla, que subía y bajaba junto al portal vacío.

Después Oscar entró en el café y fue a buscar el rincón solitario, pensando en cuál sería la frase que tal vez hubiese esperado la mujer, parada e inmóvil, frente a él, hasta que se separaron sin hablar, y pudo verla de espaldas, alejándose hacia la Avenida, hacia el muro invisible de Rivadavia, de regreso al Sur.


En Cuentos completos
Imagen: Onetti.net


24 jun. 2014

Juan Carlos Onetti: Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo

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Cruzó la avenida, en la pausa del tráfico, y echó a andar por Florida. Le sacudió los hombros un estremecimiento de frío, y de inmediato la resolución de ser más fuerte que el aire viajero quitó las manos del refugio de los bolsillos, aumentó la curva del pecho y elevó la cabeza, en una búsqueda divina en el cielo monótono. Podría desafiar cualquier temperatura; podría vivir más allá abajo, más lejos de Ushuaia.

Los labios estaban afinándose en el mismo propósito que empequeñecía los ojos y cuadriculaba la mandíbula.

Obtuvo, primeramente; una exagerada visión polar, sin chozas ni pingüinos: abajo, blanco con dos manchas amarillas, y arriba, un cielo de quince minutos antes de la lluvia.

Luego, Alaska — Jack London — las pieles espesas escamoteaban la anatomía de los hombres barbudos — las altas botas hacían muñecos incaíbles a pesar del humo azul de los largos revólveres del capitán de Policía Montada — al agacharse en un instintivo agazapamiento el vapor de su respiración falsificaba una aureola para el sombrero hirsuto y las sucias barbas castañas — Tanga's hacía exposición de su dentadura a orillas del Yukón — su mirada se extendía como un brazo fuerte para sostener los troncos que viajaban río abajo — la espuma repetía: Tanga's es de Sitka — Sitka bella como un nombre de cortesana.

En Rivadavia un automóvil quiso detenerlo; pero una maniobra enérgica lo dejó atrás, junto con un ciclista cómplice. Como trofeos del fácil triunfo, llevó dos luces del coche al desolado horizonte de Alaska. De manera que en mitad de la cuadra no tuvo mayor trabajo para eludir el ambiente cálido que sostenían en el "affiche" los hombros potentes de Clark Gable y las caderas de la Crawford; apenas si tuvo un impulso de subir al entrecejo las rosas que mostraba la estrella de los ojos grandes en medio del pecho. Tres noches o tres meses atrás había soñado con la mujer que tenía rosas blancas en lugar de ojos. Pero el recuerdo del sueño fue apenas un relámpago para su razón; el recuerdo resbaló rápido, con un esbozo de vuelo, como la hoja que acaba de parir la rotativa, y se acomodó quieto debajo de las otras imágenes que siguieron cayendo.

Instaló las luces robadas al auto en el cielo que se copiaba en el Yukón y la marca inglesa del coche, hizo resonar el aire seco de la noche nórdica con enérgicos What que no estaban enterrados en la cámara con sordina sino que estallaron como tiros en el azul frío que separaba los pinos gigantes, para subir luego como cohetes hasta el blanco estelar de la Peñascosas.

Cuando Brughtton se agachó, cubriendo con su cuerpo enorme la fogata, y él, Victor Suaid, se irguió con el Coronel listo para disparar, una mujer hizo brillar sus ojos y un crucifijo entre la piel de su abrigo, tan cerca suyo que sus codos intimaron. En el misterio de la espalda, el chaleco de Suaid marcó dos profundos ecuadores al impulso de la aspiración con que quiso incrustarse en el cerebro el perfume de la mujer y la mujer misma, mezclada al frío seco de la calle.

Entre las dos corrientes de personas que transitaban, la mujer fue pronto una mancha que subía y bajaba, de la sombra a la luz de los negocios y nuevamente a la sombra. Pero quedó el perfume en Suaid, aventando suave y definitivamente el paisaje y los hombres; y de la costa del Yukón no quedó más que la nieve, una tira de nieve del ancho de la calzada.

—Norte América compró Alaska a Rusia en siete millones de dólares.

Años antes, este conocimiento hubiera suavizado la estilográfica del mayor Astin en la clase de geografía. Pero ahora no fue más que un pretexto para un nuevo ensueño.

Hizo crecer, a los lados de la tira de nieve, dos filas de soldados a caballo. El, Alejandro Iván, Gran Duque marchaba entre los soldados, al lado de Nicolás II, limpiando a cada paso la nieve de las botas con el borde de un "úlster" de pieles.

El Emperador caminaba balanceándose, como aquel inglés, segundo jefe de tráfico del Central. Las pequeñas botas brillaban al paso marcial, que ya era la única expresión posible de su movilidad.

—Stalin suprimió la sequía en el Volga.

—¡Alegría para los boteros, Majestad!

El colmillo de oro del Zar lo confortó. Nada importaba nada — energía, energía — los pectorales contraídos bajo la comba de los cordones y la gran cruz, las viajes barbas de Verchencko el conspirador.

Se detuvo en la Diagonal, donde dormía el Boston Building bajo el cielo gris, frente a la playa de automóviles.

Naturalmente, María Eugenia se puso en primer plano con el vuelo de sus faldas blancas.

Sólo una vez la había visto de blanco; hacía años. Tan bien disfrazada de colegiala, que los dos puñetazos simultáneos que daban los senos en la tela, al chocar con la pureza de la gran moña negra, hacían de la niña una mujer madura, escéptica y cansada.

Tuvo miedo. La angustia comenzó a subir en su pecho, en golpes cortos, hasta las cercanías de la garganta. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la pared.

Tenía las piernas engrilladas de indiferencia y su atención se iba replegando, como el velamen del barco que ancló. Con el silencio del cinematógrafo de la infancia, las letras de luz navegaban en los carriles del anunciador:

AYER EN BASILEA — SE CALCULAN EN MÁS DE DOS MIL LAS VÍCTIMAS.

Volvió la cabeza con rabia.

—¡Que revienten todos!

Sabía que María Eugenia venía. Sabía que algo tendría que hacer y su corazón perdía tontamente el compás. Lo desazonaba tener que inclinarse sobre aquel pensamiento; saber que, por más que aturdiera su cerebro en todos los laberintos, mucho antes de echarse a descansar encontraría a María Eugenia en una encrucijada. Sin embargo, hizo automáticamente un intento de fuga:

—Por un cigarrillo... iría hasta el fin del mundo...

Veinte mil "affiches" proclamaron su plagio en la ciudad. El hombre de peinado y dientes perfectos daba a las gentes su mano roja, con el paquete mostrando — 1/4 y 3/4 — dos cigarrillos, como dos cañones de destructor apuntando al aburrimiento de los transeúntes.

—...hasta el fin del mundo.

María Eugenia venía con su traje blanco. Antes de que hicieran fisonomía los planos de la cara, entre las vertientes de cabello negro, quiso parar el ataque. El nivel de miedo roncó junto a las amígdalas:

—¡Hembra!

Desesperado, trepó hasta las letras de luz que iban saliendo una a una, con suavidad de burbujas, de la pared negra:

EL CORREDOR MC CORMICK BATIO EL RECORD 
MUNDIAL DE VELOCIDAD EN AUTOMÓVIL

La esperanza le dio fuerzas para desalojar de un solo golpe el humo, uniendo la o de la boca con el paisaje.

DAD EN AUTOMÓVIL — HOY EN MIAMI

El chorro de humo escondió en oportuno "camouflage" el perfil que comenzaba a cuajar. Haciendo triángulo con el cutis áspero de la pared y el suelo cuadriculado, el cuerpo quedó allí. El cigarrillo entre los dedos, anunciaba, el suicidio con un hilo lento de humo.

HOY EN MIAMI ALCANZANDO UNA VELOCIDAD MEDIA

Sobre la arena de oro, entre gritos enérgicos, Jack Ligett, el "manager", pulía y repulía las piezas brillantes del motor. El coche, con nombre de ave de cetrería, semejaba una langosta gigante y negra, sosteniendo incansable, con dos patitas adicionales, la hoja de afeitar de la proa.
Los retorcidos tubos de órgano, a babor y estribor, dieron veinte y veinte detonaciones simultáneas una a una, que se fueron en nubecillas lentas. Con el filo de las ruedas a la altura de las orejas se inició la carrera. Cada estampido tenía resonancias de júbilo dentro de su cráneo y la velocidad era el espacio entre las dos huellas, convertido en una viborilla que danzaba en el vientre.

Miró el rostro de Mc Cormick, piel oscura ajustada sobre huesos finos. Bajo el yelmo de cuero, tras las antiparras grotescas estaban duros de coraje los ojos y en la sonrisa sedienta de kilómetros que apenas le estiraba la boca, se filtró la orden breve, condensada en un verbo en infinitivo.

Suaid se inclinó sobre la bomba y empujó el coche a golpes. Golpeó hasta que el viento se hizo rugido, y en la navegación las ruedas tocaban suavemente el suelo, que las despedía rápido, como la ruleta, a la bola de marfil. Golpeó hasta que sintió dolerle la viborilla del vientre, fina y rígida como una aguja.

Pero la imagen era forzada, y la inutilidad de este esfuerzo se patentizó, cierta, sin subterfugios posibles.

La fuga se apagó como bajo un golpe de agua y Suaid quedó con la cara semihundida en el suelo, los brazos accionando en movimientos precisos de semáforo.

—Esconderme...

Pero se puso debajo de sí mismo, como si el suelo fuera un espejo y su último yo la imagen reflejada.

Miraba los ojos velados y la tierra húmeda en la cuenca del izquierdo. La nariz apenas aplastada en la punta, como la de los niños que miran tras las vidrieras, y los maxilares tascando la lámina dura y lisa de la angustia. El escaso pelo rubio rayaba la frente y la mancha de la barba en el cuello se iba haciendo violeta.

Cerró los ojos fuertemente, y trató de hundirse; pero las uñas resbalaron en el espejo. Vencido aflojó el cuerpo, entregándose, solo, en la esquina de la Diagonal.

Era el centro de un círculo de serenidad que se dilataba borrando los edificios y las gentes.

Entonces se vio, pequeño y solo, en medio de aquella quietud infinita que continuaba extendiéndose. Dulcemente, recordó a Franck, el último de los soldados de pasta que rompiera; en el recuerdo, el muñeco solo tenía una pierna y la renegrida U de los bigotes se destacaba bajo la mirada lejana.

Se miraba desde montones de metros de altura, observando con simpatía el corte familiar de los hombros, el hueco de la nuca y la oreja izquierda aplastada por el sombrero.

Lentamente, desabrochóse el saco, estiró las puntas del chaleco y volvió a deslizar los botones en los tajos de los ojales. Terminada la despaciosa operación, se quedó triste y sereno, con María Eugenia metida en el pecho.

Ahora caían las costras de indiferencia que protegieran su inquietud y el mundo exterior comenzaba a llegar hasta él.

Sin necesidad de pensarlo inició el retroceso por Florida. La calle, desierta de ensueños, había perdido la dentadura de Tanga's y la barba rubia de Su Majestad Imperial.

La claridad de los escaparates y las grandes luces colgadas en las esquinas daban ambiente de intimidad a la estrecha calzada. Se le antojó un salón del siglo anterior, tan exquisito, que los hombres no necesitaban quitarse el sombrero.

Apuró el paso y quiso borrar un sentimiento indefinido, con algo de debilidad y ternura, que sentía insinuarse.

Con una ametralladora en cada bocacalle se barría toda esta morralla.

Era la hora del anochecer en todo el mundo.

En la Puerta del Sol, en Regent Street, en el Boulevard Montmartre, en Broadway, en Unter den Linden, en todos los sitios más concurridos de todas las ciudades, las multitudes se apretaban, iguales a las de ayer y a las de mañana. ¡Mañana! Suaid sonrió, con aire de misterio.

Las ametralladoras se disimulaban en las terrazas, en los puestos de periódicos, en las canastas de flores, en las azoteas. Las había de todos los tamaños y todas estaban limpias, con una raya de luz fría y alegre en los cañones pulidos.

Owen fumaba echado en el sillón. La ventana hacía pasar por debajo del ángulo que formaban sus piernas los guiños de los primeros avisos luminosos, los ruidos amortiguados de la ciudad que se aquietaba y la lividez del cielo.

Suaid, junto al transmisor telegráfico, acechaba el paso de los segundos con una sonrisa maligna. Más que las detonaciones de las ametralladoras, esperaba que el momento decisivo, agitara los músculos de Owen, transparentándose emociones tras la córnea de los ojos claros.

El inglés siguió fumando, hasta que un chasquido del reloj anunció que el pequeño martillo se levantaba para dar el primer golpe de aquella serie de siete, que se iban a multiplicar, en forma inesperada y millonaria, bajo las campanas de todos los cielos de Occidente.

Owen se incorporó y tiró el cigarrillo.

—Ya.

Suaid caminaba, estremecido de alegría nerviosa. Nadie sabía en Florida lo extrañamente literaria que era su emoción. Las altas mujeres y el portero del Grand ignoraban igualmente la polifurcación que tomaba en su cerebro el Ya de Owen. Porque Ya podía ser español o alemán; y de aquí surgían caminos impensados, caminos donde la incomprensible figura de Owen se partía en mil formas distintas, muchas de ellas antagónicas.

Ante el tráfico de la avenida, quiso que las ametralladoras cantaran velozmente, entre pelotas de humo, su rosario de cuentas alargadas.

Pero no lo consiguió y volvióse a contemplar Florida. Se encontraba cansado y calmo, como si hubiera llorado mucho tiempo. Mansamente, con una sonrisa agradecida para María Eugenia, se fue hacia los cristales y las luces policromas que techaban la calle con su pulsar rítmico.


En Cuentos completos
Buenos Aires, 2009
Foto: Posiblemente Dorothea Muhr (1980s)

30 may. 2014

Juan Carlos Onetti - El cerdito

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La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua, en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que envolvían el dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada. La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.
  
Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimiento de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de la cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

 — Dale otro golpe. Por las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno y su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.


En Cuentos completos
Imagen:  Claudio F Pérez Miguez y Raúl Manrique Girón


22 abr. 2014

Juan Carlos Onetti: Recuerdo para Susana Soca

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En un principio era un fantasma lejano – los hay demasiado próximos – que gastaba sus millones en París dándose el gusto de editar una revista llamada “La Licorne” en la que colaboraron los más destacados escritores, en aquella época, de Francia.
Cuando la horda teutona se puso en movimiento, Susana – como la primera persona de la chanson – tenía dos amores: su país y Paris. Eligió el último porque era el que más la necesitaba en aquellos años. De manera que se sumergió en el maquis. Es fácil imaginarla, diminuta, torcida en su bicicleta, recorriendo Francia, llevando y trayendo mensajes, bordeando el precipicio de la muerte. Terminada la guerra, Susana volvió a Montevideo con algún centenar de recuerdos que no podía suprimir y docenas de poemas que no quiso publicar. Y trajo también su idea fija: La Licorne.
No conocía a Susana Soca sino algunos poemas sueltos, en español o francés, que me produjeron más respeto que admiración. Y el deseo de saber más de ella.
Es natural en los provincianos un afán indudable por la clasificación veloz y definitiva. Por eso escuché en Madrid, de boca de un turista:
- ¿Susana Soca? Claro. Era una esnob millonaria que compró un palacio en la calle San José y lo convirtió en museo.
Mucho y muy inteligente se ha escrito sobre los esnobs. Pertenecen a todas las categorías sociales. La palabra me hace recordar una definición de Benavente sobre la cursilería: quiero y no puedo. Porque el “museo” de Susana estaba hecho con obras maestras, de esas que contribuyen a creer que la vida no es tan mala, al fin y al cabo. Susana sufría, sufrió durante toda su vida. Pero me atrevo a suponer que mirar diariamente un Picasso, un Cezanne, un Modigliani ayuda a vivir y seguir viviendo. El arte justifica la vida, espectáculo, lectura o creación.
Ya instalada en su museo y con La Licorne a cuestas e impresa en español, Susana siguió luchando por la supervivencia de la revista, a pesar de las vallas presumibles.
Así, un día, le pidió al director de la revista – Guido Castillo – que me extrajera un cuento y fijara el precio. Por entonces yo también estaba influido por el ambiente “antilicorne”. De modo que pedí un precio increíble para aquellos tiempos y me tomé la mezquina venganza de colocarle un título casi tan largo como una página.
Susana pagó agregando su lamento por no ofrecerme más, ya que la revista mostraba un déficit implacable y previsto. El cuento fue publicado sin mutilar el título. Y hasta logré encontrarme con personas que me dijeron que se trataba de mi mejor relato, nombre incluido.
Unos meses después, convencida no sé por quién de que lo de cuentista no quitaba la buena educación, Susana Soca me invitó a una reunión en su casa. Me acerqué con timidez media hora antes a una esquina de café en la manzana de la residencia de Susana y estuve presenciando la descarga de comestibles y botellas que se hacía desde una camioneta, propiedad de la mejor confitería que teníamos entonces en Montevideo.
Yo estaba muy bien trajeado para la ocasión. Pero, en los llamados días laborales también actuaba como un esnob al revés. Tenía camisas de hilo de Irlanda, zapatos hechos a medida, una serie de corbatas cuyo origen había olvidado. Pero me vestía y ambulaba con una tricota gastada, pantalones viejos, alpargatas barbudas.
Era la hora, terminé de envidiar y toqué el timbre. Un mayordomo, claro. Después, demasiada gente, demasiadas voces. Algún amigo o conocido con el que pude apartarme y remover los lugares comunes que parecen constituir el suelo de los hombres de letras. De pronto surgió Susana Soca para saludarme. Era pequeña, nerviosa, más hecha que yo para habitar un mundo de silencio. Recordaba una frase de Anatole France: “Tenemos que vivir y eso es una cosa muy difícil.” Sigo viendo sus hermosos ojos, siempre intimidados, su cuerpo frágil, apenas tembloroso, tan parecido al de un pájaro, armado para huir. Parecía estar en eterna actitud de pedir perdón por algún pecado inexistente.
Creo que esto se expresa mejor en el poema “La Demente” que publicamos.
Luego todo continuó como cualquier reunión o fiesta, hasta que la mezcla de intelectuales y semiaristócratas juzgó que era prudente marcharse. Pero una pausa: en un momento tal vez calculado, Susana se acercaba sonriente:
– Mi madre quiere saludarlos.
Entonces peregrinamos hasta una habitación lejana y nos era dado ver a la gran hechicera sentada en un sillón, entre almohadones dispersos, inmóvil y desconfiada, con ojos incongruentemente policiales. Iba extendiendo la mano seca y enjoyada mientras Susana recitaba nombres. Para mí se trataba de un trasplantado Saint-Germain y yo era Marcelo en el mundo de los Guermantes.
Terminada la ceremonia todo seguía igual; no para mí que había aumentado mi odio por la anciana. Porque sabía que su misión en la tierra era estropear todo posible destino de felicidad a Susana, dominarla, exigir que rogara su visto bueno antes de que la hija tomara cualquier resolución.

* * *

Una noche, después del besamanos y la bebida, quedamos solos Castillo y yo como resaca de la fiesta. Estábamos en el desordenado escritorio donde ella trabajaba y leía.
Uno de los muros de la biblioteca daba a un jardín lleno de perros enfurecidos e invisibles que reprochaban nuestra presencia. No queríamos irnos sin despedirnos de Susana. Pero los minutos pasaban entre frases tediosas y Susana no aparecía. De pronto y sin ruido se materializó en una puerta, con un abrigo oscuro y lista para marcharse. Balbuceando, encogida y temerosa. Nos dijo: – Recibí un mensaje y tengo que salir. Pero ustedes pueden quedarse. Les dejo una botella. Revuelvan donde quieran y si algún libro les gusta... No tienen que llamar; el portón queda abierto.
Aparte de vicios menores, Castillo era bibliómano; de modo que, revolviendo libracos, encontró muchos motivos de asombro y alegría. Por mi parte, pretextando novelas que nunca iba a escribir me dediqué a revolver escritorios y secretaires. Y esta indelicadeza fue pronto y bien recompensada. Entre poemas y proyectos descubrí una carta de Pasternak a Susana. Estaba escrita en un francés casi peor que el mío, con grandes letras retintas y una grafía exótica.
Susana había hecho un viaje a Moscú para conversar con Pasternak, a quien admiraba mucho y dedicó un hermoso poema. La carta era muy anterior al premio Nobel y al vergonzoso escándalo y a las doscientas ediciones piratas de “Doctor Zhivago” que surgieron en español. Todas espantosas.
En aquella carta Pasternak le explicaba a Susana por qué no habían podido encontrarse: sus relaciones con la asociación oficial de escritores rusos patentados ya no eran buenas. Así que Susana fue despistada: un día Pasternak estaba en su dacha, al siguiente en Siberia, al otro internado por hidrofobia en un castillo de los Cárpatos.
En otro tono, claro, el poeta explicaba con dulzura la razón de los desencuentros y autorizaba a Susana a publicar en Uruguay o Francia (primera edición en todo el mundo) la novela hoy famosa.
Pero, siempre en mi labor de comisario, encontré otra carta. Era de una hermana del escritor y le suplicaba abandonar el proyecto porque su realización significaría la muerte civil de Pasternak en la U.R.S.S. o, simplemente, la muerte a la que todos podemos aspirar y que lograremos comportándonos con bondad y obediencia.
Por eso Zhivago permaneció enrejado tantos años. Y aunque no se crea, hablamos aún de Susana Soca, que prefirió archivar los originales de la obra.
Hay escritores que sufren mucho para dar remate a sus obras. Otros padecen del principio al fin y también sus lectores. El final de Susana Soca tiene cierta afinidad con su persona. Había ido a Francia, libre ahora de autodenominadas razas superiores, para pedir un sencillo milagro a Nuestra Señora de Lourdes. No se trataba directamente de ella sino de una persona enferma y querida.
De vuelta en Paris, se encontró con una vieja amiga que tenía un pasaje de regreso a Montevideo para el día miércoles en un avión alemán; el de Susana era para el jueves, en avión norteamericano. Susana fue impulsada al juego misterioso que todos jugamos, sin saberlo y tal vez en este preciso momento. Rogó y obtuvo el cambio de pasajes para llegar a su destino veinticuatro horas antes. Llegó a la costa de Brasil, donde el aparato aterrizó entre agua y tierra para terminar incendiado.
Cuando se confirmó la muerte – el cambio de pasajes había provocado confusiones y esperanzas – mucha gente rezó por su alma; otra prefirió comprar una botella y seleccionar blasfemias polvorientas. Hay testigos.
Tal vez por todo esto uno de mis mejores amigos le dedicó un libro con estas palabras: Para Susana Soca: Por ser la más desnuda forma de la piedad que he conocido; por su talento.



Fuente: http://www.onetti.net/
Fuente foto s-d


12 feb. 2014

Juan Carlos Onetti: Donde Magda es nombrada

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Una vez más, más la historia comenzó, para mí, en el día-noche de Santa Rosa. Estábamos con Lamas, en una cervecería bautizada Munich, en Lavanda. El calor aumentaba en el local, lleno de ansiosos, humo y voces. Había un repicar continuo y acrónico de jarras y cubiertos. Fue entonces que nacieron y se fueron extendiendo, aunque truncadas, Magda y su vida.
Volvía Santa Rosa y amenazaba bromeando a Lavanda y Buenos Aires. Treinta de setiembre. Siempre cumple y arrastra la primavera. Pero es necesario soportarla como amiga y sudar, casi boqueando, calores y humedades.
Ahora era en Lavanda y era forzoso esperar la llegada estruendosa de la única puta simpática, que figura, con ofensa, en el santoral de Gregorio XIII.
Yo no recordaba haber conocido a una mujer de coquetería comparable. Ninguna con su lejano tronar, bromas como niños jugando con cohetes, para de inmediato presidir, tan alta, nuestra consciente respiración, con truenos que anunciaban el final del podrido mundo, para cesar de pronto y alejarse con un distante carcajeo de carnaval.
Se sabe que sólo una vez descendió a la Tierra y fue para amar al teniente Glahn, allá en Sirilund de Noruega, atraída con engaño.
No encontraba alivio para mi casi angustia, mi mal humor en la cara siempre burlona de Lamas. Lo veía distraerse a tragos con la cerveza a la que los alemanes del bar sabían quitarle sobras de espuma con palas diminutas; vieja costumbre, perfección admirable. La cervecería mostraba falso alivio para el calor con sus paredes de madera bruñida aplicada, con cabezas de astados ciervos, tal vez hechas con cartón, pero convincentes. Susurraban, desde el techo y rincones inubicables, ventiladores de voluntad pretenciosa e incapaz.
También luchaban contra el calor las jarras de porcelana con tapas metálicas y coloreadas escenas de caza y hogar. Nosotros bebíamos jarra tras jarra sin otro beneficio que aumentar los sudores, sin librarnos de la humillación de cruzar entre mesas de jadeantes hombres en mangas de camisa, mujeres en blusas de gran escote, para llegar al urinario disputado que ya desbordaba e invadía.
Sólo nos habíamos permitido aflojar el nudo de las corbatas. Las voces trepaban en el largo local, teutón y cervecero, las voces se iban agolpando, acomodándose allá arriba, groseras o corteses contra el techo. Tal vez descendieran para mezclarse con nuevas hermanas, tal vez se ayudaran con la cacofonía de las tapas de las jarras, que golpeaban la impaciencia y el aburrimiento.
Allá lejos, en un rincón invisible, empezó a temblar una canción a dos voces:

Mein hutt er hat drei ecken, 
drei ecken hat mein hutt, 
und hat er nicht drei ecken, 
dann ist er nicht mein hutt.

—Puta que los parió —dijo, suave, Lamas—. Ya empiezan. Si la cosa se contagia me voy. Ahora anochece y acaso ya refresque. Y yo que le contaba de la Magda.
—No embrome. No importa. Se desahogan con dulces canciones insoportables.
—Será. Pida otra vuelta y se la pago regalándole una confesión que tenía reservada para mi lecho de muerte. El Dante me revienta. Algo así.
—Comediante, tragediante —me reí mientras buscaba al mozo de chaqueta blanca y rubia cabeza cúbica que se me había extraviado dentro del humo que llenaba la cervecería, apenas conmovido por los ventiladores.
—Prosit, como ladran los gringos —dijo Lamas alzando su nueva jarra—. Se va a aguantar la historia mientras no llegue el temporal que nos tienen prometido.
—Dele; escucho, obedezco.
—No juro que se llamara Magda, Magdalena. Tal vez fuera así, tal vez el nombre lo inventó alguno de los parásitos, ya borracho. Uno de los tantos que rodeaban la mesa tan generosa. Ella y el capitán de las tropas de Flandes. Señor capitán. Alguno interrumpió los hipos para murmurar: María de Magdala y samaritana, todo junto en tu belleza. Algo así. Das de beber al sediento. De lo otro no sé nada. Todos los imbéciles festejamos riendo. No ella, la Magda recién nacida, y tampoco el militar que tenía el perfil de una medalla oscura. No, ni negro ni mestizo. Morocho. Y un cuerpo de ésos que levantan pesas. Como si no hubiera oído. Le dio un tinguiñazo a la botella de whisky como ofreciendo. Si seguimos con las jarritas, soy capaz de decirle que el idiota parecía un noble de alguna de esas noblezas indias que vivían en el continente hasta que apareció, por error, la peste genovesa, don Cristóforo, y arrastró a centenares de delincuentes españoles en busca de oro y más oro. Mire, los que estuvieron bien fueron sus charrúas que se comieron, a las brasas, a Díaz de Solís.
—Ya se le subió la cerveza. Nada de textos de historia. Deme más de María Magdala y del milico.
—Respeto. Capitán, agregado militar.
—¿De veras? Yo creía que era agregado cultural.
—No se preocupe que ya vendrán. Hasta me han dicho que hay algunos que hasta escriben. Perdón: que escriben versitos y todo. —Sí, los creo capaces de cualquier impudor. Pero María de Magdala.
—Lo que le dije era útil para que comprendiera la historia. Ahora se la escribo. Corríjame la puntuación. Más cerveza, porque es medio largo.
—No hay truenos. Buena señal para la lluvia. Digo. Nadie puede apostar con la loca ésta.
—Para loca, Magda. Como terminamos diciéndole. Alguno de la barra nuestra la bautizó Flor de Té. Nunca se supo su nombre verdadero. Alguien dijo o escribió que con las mujeres nunca se sabe. Un amigo comentaba: sobre todo si son maestras de escuela. Pido perdón porque el chiste o lo que sea no tiene gracia. Pero hay que volver a Magda, con su permiso.
Ahora el calor se iba haciendo distinto; ya no era estático, entraba como gruesos chorros silenciosos por las dos grandes puertas de vidrio con armazones de hierro.
—Debimos darnos cuenta de cómo se cocinaba la cosa. O por lo menos yo. Los demás eran tres o cuatro muchachos porteños que hacían honor a la consigna de trasnochar en día sábado. Aquí hago una pausa y le explico. Algún día se escribirá un estudio, psicología, sociología o lo que se necesite, para definir al porteño, fauna aparte de los argentinos. Pero de esto hablaremos en otra ocasión. Por ahora…
—Ahora, sin cuentagotas, María Magdalena.
—De acuerdo. Vuelvo. Lo sagrado de la noche del sábado. Cada uno tenía sus tareas o diversiones pero a medianoche, poco antes de que comenzara el domingo con sus problemas hípicos, a veces en la pista de Palermo, barro endurecido o húmedo; otras, en el césped de San Isidro donde los pura sangre, roncadores o no, corrían con gracia de bailarinas, como escondiendo el esfuerzo. A medianoche, repito, los muchachos nos íbamos reuniendo en Eldorado, el cabaret donde sabíamos que estaba siempre hermosa y burlona, nuestra Magda. Entonces en su mesa junto a la pista de baile, acompañada por el militar, al que sólo una vez vi uniformado. Porque, si tuviera costumbre de jurar, le juraría que ella nunca subió a un palco o reservado donde se tomaban botellitas de cuarto litro de champán, falsificación perfecta, hasta con etiquetas de la viuda, y se usaban las mesas como camas. Los kamasutrismos los ordenaban los clientes y las mujeres obedecían sin mostrar su asco. No sé por qué hablo en pasado cuando lo mismo sucede ahora en el ancho mundo occidental y cristiano. Y no hablemos de Oriente. Nunca el diario me mandó al Japón y no puedo desmentir, como testigo, el chiste viejo que usted está pensando. Se le ve en la cara. Olvídese. Las que subían a los palcos o reservados lo hacían por necesidades de comida y alquiler de la pensión. Ahora dos cosas: ésas mujeres son un poco menos putas que las putonas patrias de la aristocracia de mi país que, después del nuevo enriquecimiento que les regalaron los pundonorosos, aún conservan su tufillo a bosta y a sudor de vascos alambradores. Segunda cosa: ¿qué opina de un par de costillitas de cerdo ahumadas?
—Tengo apetito —dije—. Aquí son especialistas en delicatessen, como buenos alemanes. Pero todo fifty-fifty. Sin tratar de desviar el tema.
—Ay. Usted se va a enamorar de Magda; un amor imposible tipo Werther, ya que estamos en ambiente.
Lamas se levantó ágil y fue hasta el mostrador para conversar con el gran teutón, rey sin cetro pero manejador indiscutido de la palita de madera con que decapitaba, implacable, los excesos de espuma que florecían en las jarras.
Después de las diminutas costillas y el vinagre del chucrut, después de nueva incursión en el ya inevitable chapoteo en el urinario:
—Y a esa hora —siguió Lamas— siempre estaban en la misma mesa, pocas veces se levantaban para bailar también un poco. Como éramos muy inteligentes llegamos a sospechar, a comprender que nuestras visitas, demasiado frecuentes a la mesa consagrada, no eran recibidas con mucha cordialidad. Ah, Magda alegre y bromista. Pero él. Él, sonriente y generoso ofreciendo tragos, con su blanca sonrisa de negro, erguido el ancho busto en la silla como si se tratara de un desfile militar con milicos sentados. Su cara de caoba, definitiva, que nunca alteraría el tiempo. Luego vine a saber que estaba curtida por el sol permanente de su país y que su cuerpo era blanco, anémico como el de una muchacha inglesa. Supe y nada más le digo. Con Magda, siempre hubo respeto. Alguna confidencia sí; pero siempre respeto. Así, casi sin palabras, moviendo los ojos café para señalarnos sin necesidad de nombrar. Dije negro pero nunca lo creí. Indio, sí; algunas gotas de sangre oscura que le bastaban para separarlo con desprecio y silencio. Supimos que sólo nos soportaba, más indudable cada sábado. No todos los sábados, claro, no como quien tiene que marcar tarjeta cuando entra en la oficina.
Lamas volvió a su jarra y me mostró una casi sonrisa de excusa.
—Tal vez estos ataques de delación me llegan cuando se produce cierta conjunción de astros. En mi nacimiento presidió o, mejor, reinó Virgo. Se me fue muy pronto como podrá suponer.
Se echó hacia atrás, ceñudo y con la cara nublada. El estrépito de la cervecería pareció disminuir. En el cielo, un trueno inconvincente sonando sin compromiso. Como si lo obedeciera, Lamas avanzó el cuerpo hasta apoyarse en la mesa con los codos. No me miraba a mí sino hacia algo invisible que se había colocado a mis espaldas.
Después de un silencio alargado, Lamas dijo sin amargura:
—Todos condenados al fracaso porque ya sabemos cuál es el final de todo triunfo pasajero. Pero hablo, digo, de sentirse fracasado antes de que nos toque la hora. Balance, a favor y en contra. No puedo quejarme si me comparo. Salud buena o por lo menos ignoro lo que están construyendo los días. El dinero me basta y a veces me sobra. Como antenoche. Me iba muy mal en la rula y tuve que hacer la seña de la caja de fósforos. Usted sabe, las que vienen con un billete plegado de mil pesos, a devolver dos mil en veinticuatro horas. Y, le aseguro, conviene cumplir con la mafia ruletera. Entonces las cosas cambiaron, las parejas negras se volvieron locas, estuvieron trabajando para mí todo el resto de la noche.
—Pero cuando hago balance, me encuentro con anotaciones contrarias y decisivas. Emparejan y anulan salud, dinero y lo que llamamos amor. Todo eso muere al enfrentarse con la indiferencia, primer anuncio de vejez. Todo es déjà vu y ni ganas tengo de pedirle que se detenga a ningún momento fugaz.
—Todo pasa, después de hastiarme. Mi madre adoraba la música y me contagió en la infancia. Ella misma daba lecciones de piano. Era un fracaso que parecía no entristecerla. Algo escribí sobre eso. Si lo encuentro, se lo voy a mostrar un día de éstos. Yo pasé muchas horas escuchando música. Hoy todo acaba en el rock y la ordinariez histérica de los que ven, oyen, bailan y se dopan. También a ellos les llegará su fracaso.
Se incorporó un poco avergonzado y la cara no mostraba si ya estaba borracho o no. Como si buscara aclarárselo, pidió dos jarras más.
—Me escapé de Magda. Traición canalla. Pero antes, una pregunta. Oh, no para que me la conteste ahora. Digo, si lo colocaran contra una pared, obligado a confesar cuál tipo de fracasado lamenta más, cuál le resulta más conmovedor y más le hace odiar la crueldad del destino o los destinos.
—Todos —lo interrumpí—. ¿Por qué voy a dar a uno mi preferencia de dolor?
—Piénselo. Después hablamos. No soy descortés. Estábamos en Eldorado, una sola palabra, no hay artículo. El cafishio que lo bautizó supo poner nombre; tal vez haya sido un marica decorador. El príncipe indio que pagaba sin protesta, la divina Magda y yo mismo, entre los parásitos nocheros. Y como una de las coincidencias que impone siempre la vida, aquello terminó. O empezó a terminarse. Me lo avisó la sorpresa. A mí me había fallado un programa de primera cita y antes de las once caía al cabaret.
Y allí estaba Magda, sentada a la mesa de siempre que, aplicando con prisas la ley treintenal, era definitivamente suya; estaba Magda sola, sin botella, sin agregado militar. Sola, me dijo riendo, pero todavía no fané. Podemos pedir lo que quieras. El hombre dejó cuenta abierta. No te hagas problemas porque él cobra en dólares, le manda dinero a la esposa o se lo descuentan cada mes. Mientras le dure el entusiasmo tenemos que aprovechar. Tuvo que irse por otro golpe de estado que esta vez lo favorece. Son amigos. Ahora va y vuelve. Hoy todo será distinto, dije. El whisky lo compro yo aunque me cueste el sueldo. Señor, dijo ella inclinando la cabeza como forma burlona de respeto. Si está idiota, haga lo que quiera. El cobrizo estaba enamorado o ella tenía más fuerza que una yunta de bueyes. Nunca se sabe y es posible que todo sea lo mismo. Pero lo curioso, y tal vez todo sea así en esta clase de asuntos, fue que yo empecé a enamorarme, pero muy despacito. Y no le hablo de la Magda de Eldorado estrenando modelitos cada pocas noches para mayor odio de las otras mujeres. Justo; porque el capitán cobrara en dólares. Una Magda, una cintura, unos pechos, unas caderas, que sólo pensarla desnuda ya era un lujo chiquito. Hablo de otra, de la que acompañé todas las noches, madrugadas, a las tres, durante los quince o veinte días en que el militar estuvo ausente. Casi siempre íbamos a tomar la última copa al No name, en la calle Corrientes, y ahí me daba el gusto de invitar y pagar. Entonces, sí. Porque ella salía con un tapado que nada tenía de armiño. Una ropa que no estaba hecha a su medida, más grande que ella, marrón y amarillo, algo de ese nilón que consuela a las mujeres pobres y no del todo resignadas. Vaya apuntando los elementos que se fueron juntando para hacer un final. Magda tenía modales, nunca le oí una palabra ordinaria; ya dije de su hermosura y era más inteligente, sin mostrarlo, que la mayoría de los hombres que la rodeaban. Más que el milico, seguro. Y llevaba un sombrero negro, varonil, de alas anchas, anticipándose a la moda de ahora, según veo por las calles y en revistas, para idiotas de ambos sexos. Y, así vestida, nada tenía que ver con la hembra tan deseable que exhibía vestidos en Eldorado y reía cariñosa, humilde y embobada mirando al macho impasible que cubría todos los gastos de nosotros, los parásitos. Porque ella sólo tomaba té en grandes vasos que simulaban jaibols. Lo que hacía fatal que tuviera que ir alguna vez a los lavatorios, oportunidad que nos permitía sufrir silenciosos, espiando el lento y corto vaivén de nalgas. Así, vestida o cubierta, con el tapado barato y el sombrero de gitano, no me inspiraba deseo sino ternura. Y ella tal vez lo adivinara al exagerar voces de niña y caminando con largos pasos ambiguos. Más de una vez se me ocurrió que la mujer del cabaret y la muchacha que yo acompañaba en aquellas madrugadas, no existían de verdad, que eran dos farsas y que sólo Dios sabía cuántas más guardaba en su repertorio. Así hasta el No name, el barman negro y la casi siempre última copa, porque ella necesitaba muchas horas de sueño para resplandecer mañana en Eldorado.
Lamas se levantó perezoso, irguiendo su cuerpo un tramo tras otro.
—Aquí se acabó mi historia; para mí, tragedia que a veces me asalta y me enferma. También el No name y mi amigo, el negro Simons —por favor, con una sola eme—, compartieron el epílogo sin nunca saberlo. Se acabó por ahora. Tal vez otra noche.
Construyó una sonrisa y dijo que había que irse, que había que pagar. Saqué mi cartera y la puse sobre la mesa. Intuía la presencia de algo muy serio que merecía respeto. Ya no quedaban clientes, tal vez alguna pareja en la oscuridad de un rincón. En la tibieza de la calle, Lamas dijo:
—Mire la humedad de las baldosas. Pero sigue el calor. Su santa puta preferida amenazó y no vino.
—Es siempre así. Santas, putas y ese intermezzo que llamamos mujeres. Antes de separarnos quiero hacerle una pregunta, sin obligación de respuesta.
—Venga.
—Es una vieja curiosidad. Usted era secretario de redacción del diario de mayor venta en Baires. ¿Por qué se vino a Lavanda a dirigir el periodicucho en que estamos?
Lamas se recostó en una pared agitado por una risa casi grosera. Cuando pudo respirar, mantuvo los restos de una sonrisa y apoyó una mano en mi hombro.
—Muy simple —dijo—. En Buenos Aires no hay ruleta y en Lavanda sí. Un raro amor, compañero. Cuando llega a adueñarse del pecho, consigo noches de gran felicidad. Otras, la mayoría, salgo endeudado. Pero un vicio, cualquiera, sólo puede comprenderlo otro vicioso. ¿Caminamos? —propuso.
—En la plaza Cagancha hay parada de taxis.
Nos movimos. Yo iba perdiendo el dolor de piernas que me había dado la silla de alto respaldo. Fuimos lentos, hundiéndonos en el final intrascendente de la noche que mantenía su negrura. Una manzana en silencio. Después, Lamas dijo con voz de estar hablando a solas:
—Si le viene bien, dígame cuando quiera qué tipo de fracasado impresiona con mayor fracaso. Y escúcheme: no fue sólo por la ruleta que me vine. Necesitaba limpiarme de Magda. Pienso que en toda la noche no hice otra cosa que un intento de catarsis.
Aquella primavera llegó sin el aviso creíble de una tormenta. Lavanda se convirtió en una ciudad donde las calles eran túneles de viento y el paso hacia el verano fue marcado por fríos injustos y chubascos repentinos. Nubes sin bordes plateados ocupaban, tenaces, el cielo; se burlaban diariamente de la esperanza de un color azul y sosegado. Se burlaban, sobre todo, de la gran esperanza colectiva: calor para asaltar las playas más bellas del mundo, calor para agregar a la suciedad de las arenas municipales papeles grasientos, envases de bebidas refrescantes y gringas. Y durante aquella ingrata primavera mis relaciones con Lamas no existieron fuera de la sala de redacción del diario. Lamas ordenó escribir artículos sobre temas tan valiosos como «El último tranvía», «Lolita de Nabokov», «Marilyn de Sábat» o «Los ocho pianos para el tango». Yo cumplí esmerándome. Pero nunca encontré, en mi casi amigo, una brecha para que se reuniera otra vez en la cervecería con el hombre de Santa Rosa. Aquello me dolió, pero no constituía una experiencia extraña. Tal vez y tal vez seguramente, la cortina que había bajado Lamas tenía como origen el permanente auto-reproche del confesado, por la apertura de su intimidad a su mismo yo. Siempre creí notar algo femenino en estas reacciones y en estos arrepentimientos hijos de una entrega sin amor.


En Cuando entonces, 1987, Cap. I
Foto: JCO en la ceremonia del Premio Cervantes (1980)


22 oct. 2013

Juan Carlos Onetti – La novia robada

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En Santa María nada pasaba, era en otoño, apenas la dulzura brillante de un sol moribundo, puntual, lentamente apagado. Para toda la gama de sanmarianos que miraban el cielo y la tierra antes de aceptar la sinrazón adecuada del trabajo.
Sin consonantes, aquel otoño que padecí en Santa María nada pasaba hasta que un marzo quince empezó sin violencia, tan suave como el Kleenex que llevan y esconden las mujeres en sus carteras, tan suave como el papel, los papeles de seda, sedosos, arrastrándose entre nalgas.
Nada sucedió en Santa María aquel otoño hasta que llegó la hora —por qué maldita o fatal o determinada e ineludible—, hasta que llegó la hora feliz de la mentira y el amarillo se insinuó en los bordes de los encajes venecianos.
Me dijeron, Moncha, que esta historia ya había sido escrita y también, lo que importa menos, vivida por otra Moncha en el sur que liberaron y deshicieron los yanquis, en algún fluctuante lugar del Brasil, en un condado de una Inglaterra con la Oíd Vic.
Dije, Moncha, que no importa porque se trata, apenas, de una carta de amor o cariño o respeto o lealtad. Siempre supiste, creo, que yo te quería y que las palabras que preceden y siguen se debilitan porque nacieron de la lástima. Piedad, preferías. Te lo digo, Moncha, a pesar de todo. Muchos seran llamados a leerlas pero sólo tú, y ahora, elegida para escucharlas.
Ahora eres inmortal y, atravesando tantos años que tal vez recuerdes, conseguiste esquivar las arrugas, los caprichosos dibujos varicosos en las piernas hinchadas, la torpeza lamentable de tu pequeño cerebro, la vejez.
Hace unas horas apenas que tomé café y anís rodeado por brujas que sólo dejaban de hablar para mirarte. Moncha, para ir al baño o sorberse los mocos detrás de un pañuelo. Pero yo sé más y mejor, yo te juro que Dios aprobó tu estafa y, también, que supo premiarla.
Me dicen, además, que si persisto, debo comenzar por el final, volver a tus marchas incomprensibles, en cuatro patas, de cuando tenias un año de edad, saltar sobre tu susto de la primera menstruación, tocar otra vez con misterio y trampa el final, regresar a tus veinte años y al viaje, moverme de inmediato hacia tu primer, siniestro, desconsolado aborto.
Pero tú y yo, Moncha, hemos coincidido tantas veces en la ignorancia del escándalo que prefiero contarte desde el origen que importa hasta el saludo, la despedida. Me darás las gracias, te reirás de mi memoria, no moverás la cabeza al escuchar lo que acaso no deba decirte. Como si ya estuvieras capacitada para saber que las palabras son más poderosas que los hechos.
No, nunca, para ti. Nunca entendiste, en el fondo, palabras que no anunciaran, afónicas, dinero, seguridad, alguna cosa que te permitiera acomodar las grandes nalgas de tu cuerpo flaco en un amplio, dócil sillón de viuda reciente.
No es carta de amor ni elegía; es carta de haberte querido y comprendido desde el principio inmemorable hasta el beso reiterado sobre tus pies amarillos, curiosamente sucios y sin olor.
Moncha, otra vez, recuerdo y sé que regimientos te vieron y usaron desnuda. Que te abriste sin otra violencia que la tuya, que besaste en mitad de la cama, que te hicieron, casi, lo mismo.
Ahora llegan las señoras para verte una desnudez novedosa y definitiva; para limpiarte con las carcomidas esponjas y una puritana concentrada obstinación. Tus pies continúan consumidos y sucios.
Comparado con tu boca, por primera vez suave y bondadosa, nada que pueda decirte recordando tiene importancia. Comparándolo con el olor que te invade y te rodea, nada importa. Menos yo, claro, entre todos, yo que empiezo a oler la primera, tímida, casi grata avanzada de tu podredumbre. Porque yo siempre estuve viejo para ti y no me inspiraste otro deseo posible que el de escribirte algún día lejano una orillada carta de amor, una carta breve, apenas, un alineamiento de palabras que te dijeran todo. La corta carta, insisto, que yo no podía prever te veía pasar, grotesca y dolorosa por las calles de Santa María, o te encontraba grotesca y dolorosa, impasible, con la terca resolución de tu disfraz entre la nunca revelada burla en cualquier rincón, y yo contribuía sin palabras a crear e imponer un respeto que se te debía desde siglos por ser hembra y transportar recatada e ineludible tu persona entre las piernas.
Y es mentira pero te vi desfilar frente a la iglesia, cuando Santa María se sacudió el primer, tímido, casi inocente prostíbulo, joven, vigorosa y torpe equivocando el paso, con tu expresión de prescindencia y desafio, detrás del cartelón donde flameaban con audacia y timidez las altas, estrechas letras negras: "Queremos novios castos y maridos sanos".
La carta, Moncha, imprevisible, pero que ahora invento haber presentido desde el principio. La carta planeada en una isla que no se llama Santa María, que tiene un nombre que se pronuncia con una efe de la garganta, aunque tal vez sólo se llame Bisinidem, sin efe posible; una soledad para nosotros, una manía pertinaz de obseso y hechizado.
Por astucia, recurso, humildad, amor a lo cierto, deseo de ser claro y poner orden, dejo el yo y simulo perderme en el nosotros. Todos hicieron lo mismo.
Porque es fácil la pereza del paraguas de un seudónimo, de firmas sin firma: J. C. O. Yo lo hice muchas veces.
Es fácil escribir jugando; según dijo el viejo Lanza o algún irresponsable nos dijo que informó de ella: una mirada desafiante, una boca sensual y desdeñosa, la fuerza de la mandíbula.
Ya se hizo una vez.
Pero la vasquita Moncha Insurralde o Insaurralde volvió a Santa María. Volvió, como volvieron, vuelven todos, en tantos años, que tuvieron su fiesta de adiós para siempre y hoy vagan, vegetan, buscan sobrevivir apoyados en cualquier pequeña cosa sólida, un metro cuadrado de tierra, tan lejos y alejados de Europa, que se nombra París, tan lejos del sueño, el gran sueño. Podría decir regresan, retornan. Pero la verdad es que volvemos a tenerlos en Santa María y escuchamos sus explicaciones sobre el olvidable fracaso, sobre el injusto por qué no. Protestan desde la iracundia en voz de bajo hasta el gemido de recién nacidos. En todo caso, protestan, explican, se quejan, desprecian. Pero nos aburrimos, sabemos que mascarán con placer el fracaso y las embellecidas memorias, falsificadas por necesidad, sin intención pensada. Sabemos que volvieron para que-darse y, otra vez, seguir viviendo.
De modo que la clave, para un narrador amable y patriótico, es, tiene que ser, la incomprensión ajena e incomprensible, la mala suerte, también ajena, igualmente incomprensible. Pero vuelven, lloran, se revuelven, se acomodan y se quedan.
Por eso en esta Santa María de hoy, con carreteras altas, tan distinta, tenemos, sin necesidad de trámites de expropiación y a precio triste pero barato lo que puede y tiene cualquier gran ciudad. Reconocemos la proporción adecuada: diez a cien, cien a mil, millar al millón. Pero hay y habrá, siempre en Santa María, con nuevas caras y codos que sustituyen al último desaparecido, nuestro Picasso, nuestro Bela Bártok, nuestro Picabia, nuestro Lloyd Wright, nuestro Ernesto Hemingway, peso pesado, barbudo y abstemio, tan saludable cazador de moscas paralizadas por el frío.
Muchos más fracasos, caricaturas que ofrecen pensar, réplicas torpes y obstinadas. Decimos que sí. aceptamos, y hay, parece, que intentar seguir viviendo.
Pero todos volvieron aunque no hayan viajado todos. Díaz Grey vino sin habernos dejado nunca. La vasquita Insurralde estuvo pero nos cayó después desde el cielo y todavía no sabemos; por eso contamos.
Misteriosamente, todavía, Moncha Insurralde volvió de Europa para no hablar con ninguno de nosotros, los notables. Se encerró, con llave, en su casa, no quiso recibir a nadie, por tres meses la olvidamos. Después, sin buscarlas, las noticias llegaron al Club y al bar del Plaza. Era inevitable, Moncha, que nos dividiéramos. Unos no creíamos y pedíamos otra copa, naipes, un tablero de ajedrez para matar el tema. Otros creíamos desapasionados y dejábamos arrastrarse las ya muertas tardes de invierno al otro lado de los vidrios del hotel, jugando al poker, aguardando con la cara inmóvil una confirmación esperada e indudable. Otros sabíamos que era cierto y flotábamos entre la lujuria imposible de entender y un secreto sellado.
Las primeras noticias nos pusieron incómodos pero traían esperanza, volaban nacidas en otro mundo, tan aparte, tan ajeno. Aquello, el escándalo, no llegaría a la ciudad, no iba a rozar los templos, la paz de las casas sanmarianas, especialmente la paz nocturna de las sobremesas, las horas perfectas de paz, digestión e hipnotismo frente al mundo absurdo por torpe, de la imbecilidad crasa y jubilosamente compartida que parpadeaba y decía tartamuda en los aparatos de televisión.
Los muros, ociosamente altos, de la casa del muerto vasco Insaurralde nos protegían del grito y la visión. El crimen, el pecado, la verdad y la débil locura no podían tocarnos, no se arrastraban entre nosotros dejando, para injuria o lucidez, una fina, temblorosa baba de plata.
Moncha estaba encerrada en la casa, excluida por los cuatro muros de ladrillos y de altura insólita. Moncha, guardada, además, por ama de llaves, cocinera, chófer inmóvil, jardinero, peonas y peones, era una mentira lejana, fácil de olvidar y no creer, una leyenda tan remota y blanca.
Sabíamos, se supo, que dormía como muerta en la casona, que en las noches peligrosas de luna recorría el jardín, la huerta, el pasto abandonado, vestida con su traje de novia. Iba y regresaba, lenta, erguida y solemne, desde un muro hasta el otro, desde el anochecer hasta la disolución de la luna en el alba.
Y nosotros a salvo, con permiso de ignorancia y olvido, nosotros, Santa María toda, resguardados por el cuadrilátero de altas paredes, tranquilos e irónicos, capaces de no creer en la blancura lejana, ausente, en la raya blanca ambulante bajo la blancura siempre mayor de la luna redonda o cornuda.
La mujer bajando del coche de cuatro caballos, del olor de azahares, del cuero de Rusia. La mujer, en el jardín que ahora hacemos enorme y donde hacemos crecer plantas exóticas, avanzando implacable y calinosa, sin necesidad de desviar sus pasos entre rododendros y gomeros, sin rozar siquiera los rectos árboles de orquídeas, sin quebrar su aroma inexistente, colgada siempre y sin peso del brazo del padrino. Hasta que éste murmuraba, sin labios, lengua o dientes, palabras rituales, insinceras y antiguas para entregarla, sin violencia, apenas un inevitable y elegante rencor de macho, para entregarla al novio en los jardines abandonados, blancos de luna y de vestido.
Y luego, lentamente, rada noche clara, la ceremonia de la mano, ya infantil, extendida con su leve, resucitado temblor, a la espera del anillo. En este otro parque solitario y helado ella, de rodillas junto a su fantasma, escuchando las ingastables palabras en latín que resbalaban del cielo. Amar y obedecer, en la dicha y en la desgracia, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe.
Tan hermoso e irreal todo esto, repetido sin fatiga ni verdadera esperanza en cada inexorable noche blanca. Encerrado en la insolente altura de cuatro muros, aparte de nuestra paz, nuestra rutina.
Había entonces tantos médicos nuevos y mejores en Santa María, pero la vasquita. Moncha Insaurralde, casi en seguida de su regreso de Europa, antes de la clausura entre los muros, llamó por teléfono al doctor Días Grey, pidió consulta, trepó una siesta los dos tramos de escalera y sonrió estupidizada. sin aliento, la mano apretada contra el pecho para levantar la teta izquierda y apoyarla sobre donde ella creía tener el corazón, excesivamente próxima al hombro.
Dijo que iba a morirse, dijo que iba a casarse. Estaba o era tan distinta. El inevitable Díaz Grey trató de recordarla, algunos años atrás, cuando la huida de Santa María, del falansterio, cuando ella creyó que Europa garantizaba, por lo menos, un cambio de piel.
—Nada, no hay síntomas —dijo la muchacha—. No sé por qué vine a visitarlo. Si estuviera enferma hubiera ido a ver un médico de verdad. Perdóneme. Pero algún día sabrá que usted es más que eso. Mi padre fue amigo suyo. Tal vez haya venido por eso.
Se levantó flaca y pesada, balanceándose sin coquetería, empujando con resolución envejecida al cuerpo desparejo.
"Una todavía linda potranca, yegua de pura sangre, con sobrecañas dolorosas", pensó el médico. "Si pudiera lavarte la cara y auscultarla, nada más que eso, tu cara invisible debajo del violeta, el rojo, el amarillo, las rayitas negras que te alargan los ojos sin intención segura o comprensible".
"Si pudiera verte otra vez desafiando la imbecilidad de Santa María, sin defensa ni protección ni máscara, con el pelo mal atado en la nuca, con el exacto ingrediente masculino que hace de una mujer, sin molestia, una persona. Eso inapresable, ese cuarto o quinto sexo que llamamos una muchacha".
"Otra loca, otra dulce y trágica loquita, otra Julita Malabia en tan poco tiempo y entre nosotros, también justamente en el centro de nosotros y no podemos hacer más que sufrirla y quererla".
Avanzó hasta el escritorio mientras Díaz Grey se desabrochaba la túnica y encendía un cigarrillo; abrió la cartera boca abajo para derramar todo y algún tubo, algún fetiche femenino rodó sin prisa. El médico no miró; sólo le veía, quería verle la cara.
Ella apartó billetes, los barajó con un gesto de asco y los puso junto al codo del médico.
"Loca, sin cura, sin posibilidad de preguntas".
—Pago —dijo Moncha—. Pago para que me recete, me cure, repita conmigo: me voy a casar, me voy a morir.
Sin tocar el dinero, sin rechazarlo, Díaz Grey se puso de pie, se arrancó la túnica, tan blanca, tan almidonada y miró el perfil crispado, la grosera pintura que cambiaba ahora, contra la luz del ventanal, sus asombrosas combinaciones de color.
—Usted se va a casar —recitó dócil.
—Y me voy a morir.
—No es diagnóstico.
Ella sonrió brevemente, recuperando la adolescencia, mientras volvía a llenar la cartera. Papeles, carnets, joyas, perfume, papel higiénico, una polvera dorada, caramelos, pastillas, un bizcocho mordido, acaso algún sobrecito arrugado, mustio por el tiempo.
—Pero no alcanza, doctor. Tiene que venir conmigo. Tengo el coche abajo. Es cerca, estoy viviendo, unos días o siempre, no se sabe quién gana, en el hotel.
Díaz Grey fue y vio como un padre. Mientras miraba el secreto acarició distraído la nuca inquieta de Moncha: le rozó los codos, tropezó sus ademanes contra un pecho.
Vio. Díaz Grey, la décima parte de lo que hubiera visto y podido explicar una mujer. Sedas, encajes, puntillas, espuma sinuosa sobre la cama.
—¿Comprende ahora? —dijo la mujer sin preguntar—. Es para mi vestido de novia. Marcos Bergner y el Padre Bergner —se rió mirando la blancura encrespada en la colcha oscura—. Toda la familia. El Padre Bergner me va a casar con Marquitos. Todavía no fijamos fecha.
Díaz Grey encendió un cigarrillo mientras retrocedía. El cura había muerto en sueños dos años antes; Marcos había muerto seis meses atrás, después de comida y alcohol, encima de una mujer. Pero, pensó, nada de aquello tenía importancia. La verdad era lo que aún podía ser escuchado, visto, tocado acaso. La verdad era que Moncha Insaurralde había vuelto de Europa para casarse con Marcos Bergner en la Catedral, bendecida por el cura Bergner.
Aceptó y dijo, acariciándole la espalda:
—Sí. Es cierto. Yo estaba seguro.
Moncha se puso de rodillas para besar los encajes, suave y minuciosa.
—Allá no pude ser feliz. Lo arreglamos por carta.
Era imposible que toda la ciudad participara en el complot de mentira o silencio. Pero Moncha estaba rodeada, aún antes del vestido, por un plomo, un corcho, un silencio que le impedían comprender o siquiera escuchar las deformaciones de la verdad suya, la que le habíamos hecho, la que amasamos junto con ella. El Padre Bergner estaba en Roma, siempre regresando de coloreadas tarjetas postales con el Vaticano al fondo, siempre pasando de una cámara a otra, siempre diciendo adiós a cardenales, obispos, sotanas de seda, una teoría infinita de efebos con ropas de monaguillos, vinajeras, espirales veloces del humo del incienso.
Siempre estaba Marcos Bergner volviendo con su yate de costas fabulosas, siempre atado al palo mayor en las tormentas ineludibles y cada vez vencidas, cada día o noche jugando con la rueda del timón, un poco borracho, acaso, la cara inolvidable entrando en el regreso, en la sal y el iodo que le hacían crecer y enrojecían la barba como en el final feliz de una marca inglesa de cigarrillos.
Esto, la ignorancia de las fechas de los seguros regresos, la validez indudable, incontestable de la palabra o promesa de un Insaurralde, palabra vasca o de vasco que caía y pesaba sin necesidad de ser dicha y de una vez para siempre en la eternidad. Un pensamiento, apenas, tal vez no pensando nunca por entero; una ambición de promesa puesta en el mundo, colocada allí e indestructible, siempre en desafío, más fuerte y rotunda si llegaba a cubrirla el mal tiempo, la lluvia, el viento, el granizo, el musgo y el sol enfurecido, el tiempo, solo.
De modo que todos nosotros, nosotros, la ayudamos, sin presentir ni remordernos, a hundirse en la breve primera parte, en el prólogo que se escribe para beneficio de ignorantes. Le dijimos si, aceptamos que era urgente y necesario y es posible que le tocáramos un hombro para que subiera al tren, es posible que esperáramos, deseáramos no volver a verla.
Y así, impulsada apenas por nuestra buena voluntad, por nuestra bien merecida hipocresia, Moncha, Moncha Insaurralde o Insurralde, bajó a la Capital —en el lenguaje de los escribas de El Liberal— para que Mme. Carón convirtiera sus sedas, encajes y puntillas en un vestido de novia digno de ella, de Santa María, del difunto Marcos Bergner, muerto pero en el yate, del difunto Padre Bergner, muerto pero despidiéndose sin fin en el Vaticano, en Roma, en la carcomida iglesia de pueblo que fuéramos capaces de soñar.
Pero, otra vez, ella fue a la Capital y regresó a nosotros con un vestido de novia que las decaídas cronistas de notas sociales podrían describir en su hermético, añorante estilo:
"El día de su casamiento celebrado en la basílica Santísimo Sacramento, lució vestido de crepé con bordado de strass que marcaba el talle alto. Una vincha de strass en forma de cofia adornaba la cabeza y sostenía el velo de tul de ilusión; en la mano llevó un ramo de phaleopnosis y en la basílica Nuestra Señora del Socorro fue bendecido su matrimonio, llevando la novia traje realizado en organza bordada, de corte princesa. El peinado alto tenía motivos de pequeñas flores alrededor del rodete, de donde partía el velo de tul de ilusión, y en la mano llevó un rosario. Mientras en San Nicolás de Bari llevó la novia traje de línea enteriza de tela bordada, con sobrepollera abierta que dejaba entrever en el ruedo un zócalo de camelias de raso, detalle que se repetía en el tocado que sujetaba un manto de tul de ilusión; y de nuevo en la Iglesia Matriz de Santa María lució un original vestido de corte enterizo, velo largo de tul de ilusión tomado al peinado con flores de nácar que se prolongaban sobre los lados formando mangas sujetas a los puños, y en la mano llevó un ramo de tulipanes y azahares".
Fue, golpeó, rebotó, como una pelota de fútbol notablemente rellena de aire, no aplastada y muerta todavía. Fue y vino a nosotros, a Santa María.
Y entonces todos pensamos; nos enfrentamos con la culpa inverosímil. Ella, Moncha, estaba loca. Pero todos nosotros habíamos contribuido por amor, bondad, buenos propósitos, lánguida burla, deseo respetable de sentirnos cómodos y abrigados, deseo de que nadie, ni Moncha, loca, muerta, viva, bien, admirablemente vestida, nos quitara minutos de sueño o de placeres normales.
La aceptamos, en fin, y la tuvimos. Dios, Brausen, nos perdone.
No nos habló de cielorrasos de hoteles, ni de partidas campestres, ni monumentos, ruinas, museos, nombres históricos que refirieran batallas, artistas o despojos. Nos daba, cuando el viento o la luz o el capricho lo imponían. Nos dio, nos estuvo dando sin preguntas, sin comienzos ni finales:
"Había llegado a Venecia al alba. Casi no pude dormir en toda la noche, la cabeza apoyada contra la ventana, viendo pasar las luces de ciudades y pueblos que veía por primera y última vez, y cuando cerraba los ojos olía el fuerte olor a madera, a cuero, de los incómodos asientos y oía las voces que murmuraban de vez en cuando frases que no comprendía. Cuando bajé del tren y salí de la estación con las luces todavía encendidas eran ahí por las cinco y media de la mañana. Caminé medio en sueños por las calles vacías hasta el San Marcos que estaba absolutamente desierto, excepto por las palomas y algunos mendigos echados contra las columnas. Desde lejos, era tan idéntico a las fotos de las postales que había visto, tan perfectos los colores, la complicada silueta de los techos curvados contra el sol naciente, era tan irreal como el hecho que yo estuviese allí, que yo fuese la única persona allí en ese momento. Caminé despacio, como una sonámbula y sentía que lloraba y lloraba —era como si la soledad, verlo tan perfecto como esperaba, lo convirtiese en parte mía para siempre aunque era lo más cerca de un sueño despierto que se puede tener. Y después —lo fue antes, una noche en Barcelona— el muchacho que bailó, vestido de torero, con ajustados pantalones rojos, en el círculo formado por las mesas. Recuerdo cuando fuimos arriba, a una mesa que daba sobre la pista de baile, cuando ya casi no quedaba gente y a los dos muchachos bailando juntos, muy apretados. De la misma altura, morochos, y el dueño que me ofrecía una pareja y el susto que tenía, no sabiendo si me ofrecía un hombre o una mujer. Y una calle, no sé dónde, las viejas casas pintadas con pintura chillona descolorida, la ropa colgada de un lado a otro de la estrecha vereda, los chicos haraposos, los pies descalzos resbalando sobre los adoquines mojarlos entre los puestos de pescados y pulpos de extrañas formas y colores".
Para entonces, después del indudable suplicio de meses que se llamaron, llamamos los notables para olvidar Juntacadáveres, el mancebo o manceba de la botica de Barthé había crecido, era ancho y fuerte y sólo disponía de la pronta blancura de su sonrisa para recordar su timidez de años atrás.
—Barthé jugó con fuego— dijo una vez sin fecha el más imbécil de nosotros mientras repartía naipes en la mesa del Club.
Nosotros. Nosotros sabíamos que sí, que el boticario Barthé había jugado con fuego, o con el robusto animal que fue chiquilín en un tiempo, que había jugado y terminó quemándose.
Pero, entre paréntesis, puede ser conveniente señalar que la cara, la sonrisa del mancebo de botica no tenían nunca el resplandor brillante del cinismo. Exhibía, mostraba, sin propósito, bondad y la simple aceptación de estar ubicado, o amoldarse, a la vida, al mundo para él ilimitado, a Santa María.
Alguno de nosotros, mientras daba o recibía cartas en el juego del poker, habló del brujo ausente, del solitario aprendiz de brujo. No comentamos porque cuando se trata de poker está prohibido hablar. —Veo.
—No veo. Me voy. —Veo y diez más.
La crónica policial no dijo nada y la columna de chismes de El Liberal no se enteró nunca. Pero todos sabíamos, unidos en la mesa de juego o de bebida que la vasquíta Insaurralde, tan distinta, se encerraba de noche en la botica con Barthé —que tenía encuadrado y a la vista su título de farmacéutico, indudable y muy alto detrás del mostrador— y con el mancebo-manceba que ahora sonreía con distracción a todo el mundo y que era, en los hechos sin base conocida, el dueño de la farmacia. Los tres adentro y sólo quedaba para nuestra curiosidad avejentada, para adivinanzas y calumnias el botón azul sobre la pequeña chapa iluminada: Servicio de urgencia.
Movíamos fichas y naipes, murmurábamos juegos y desafíos, pensábamos sin voz: los tres; dos y uno mira, dos y mira el que dijo estoy servido, me voy, no veo pero siempre mirando. O nuevamente, los tres y las drogas, líquidos o polvos escondidos en la farmacia del propietario confuso, equívoco, intercambiable.
Todo posible, hasta lo físicamente imposible, para nosotros, cuatro viejos rodeando naipes, trampas legitimas, bebidas diversas.
Como podría decir Francisco, jefe de camareros, cada
uno de los cuatro habíamos aprendido, acaso antes de conocer el juego, a mantener inmóviles durante horas los músculos de la cara, a perpetuar un mortecino, invariable brillo de los ojos, a repetir con indiferencia voces arrastradas, monótonas y aburridas.
Pero al matar toda expresión que pudiera trasmitir alegría, desencanto, riesgos calculados, grandes o pequeñas astucias, nos era forzoso, inevitable mostrar en las caras otras cosas, las que estábamos resueltos, acostumbrados a esconder diariamente, durante años, cada día, desde el final del sueño, todas las jornadas, hasta el principio del sueño.
Porque fue muy pronto que supimos y reimos discretos, sacudiendo las cabezas con fingida lástima, con simulacro de comprensión, que Moncha se encerraba en la botica con Barthé y el mancebo; siempre, ella, vestida de novia, siempre el muchacho mostrando sin recordar el torso desnudo, siempre el boticario con gota, pantuflas y el eterno, indefinible malhumor de las solteronas.
Inclinados los tres encima de las cartas de tarot y brujería, simulando creer en retornos, golpes de suerte, muertes esquivadas, traiciones previsible; y aguardadas.
Un momento no más; la gordura blanda de Barthé, su boca expectante y fruncida; los músculos crecientes del muchacho que ya no necesitaba alzar la voz para dar órdenes; el inverosímil traje de novia que Moncha arrastraba entre mostradores y estantes, frente a los enormes frascos color caramelo y con etiquetas blancas, todas o casi incomprensibles.
Pero siempre estaban sobre la mesa los extraños naipes del tarot y era irresistible volver a ello, asombrarse, temer o vacilar.
Y hay que señalar, para beneficio y desconcierto de futuros, tan probables, exégetas de la vida y pasión de Santa María, que los dos hombres habían dejado de pertenecer a la novela, a la verdad indiscutible.
Barthé, gordo y asmático, en retirada histérica, con estallidos tolerados y grotescos, no era ya concejal, no era más que el diploma de farmacéutico sucio de años y moscas que colgaba detrás del mostrador, no era más que líder esporádico de alguno de los diez grupos trotskistas, completado cada uno por tres o cuatro peligrosos revolucionarios que redactaban y firmaban, con ritmo menstrual, manifiestos, declaraciones y protestas sobre temas exóticos y diversos.
El muchacho no era ni fue más que el exacerbado tímido cínico que se acercó un invierno, al caer la tarde, a la cama de un Barthé aterrorizado por el miedo, la gripe, la sucia conciencia, el más allá, treinta y ocho grados de fiebre para recitar claro y cauteloso:
—Dos cosas, señor, y disculpe. Usted me hace socio y ya tengo el escribano. O me voy, cierro la botica. Y el negocio se acabó.
Firmaron el contrato y sólo le quedó a Barthé, para creer en la supervivencia, la tristeza de que las cosas no hubieran tenido un origen distinto, que la sociedad en la que él había pensado desde mucho tiempo atrás como en un tardío regalo de bodas hubiera sido impuesta por la extorsión y no por la armoniosa madurez del amor.
De modo que, de los tres, Moncha, a pesar de la parcial locura y de la muerte que sólo puede estimarse como un detalle, una característica, un personal modo de ser, fue la única que se mantuvo, Brausen sabrá hasta cuándo, viva y actuante.
¿Como un insecto? Puede ser. También se acepta, por igualmente novedosa, la metáfora de la sirena puesta sin compasión fuera del agua, soportando paciente los bandazos y el mal de tierra en el antro de la botica. Como un insecto, se insiste, atrapado en la media luz pringosa por los extraños naipes que destilaban el ayer y el hoy, que exhibían confusos, sin mayor compromiso, el futuro inexorable. El insecto, con su caparazón de blancura caduca, revoloteando sin fuerzas alrededor de la luz triste que caía sobre la mesa y las cuatro manos, alejándose para golpear contra garrafas y vitrinas, arrastrando sin prisas y torpe la cola larga, silente, tan desmerecida, que un día lejano diseñó e hizo Mme. Carón en persona.
Y cada noche, después de cerrada la botica y encendidas en la pared externa las luces violetas que anunciaban el servicio nocturno, el largo insecto blanquecido recorría los habituales grandes círculos y pequeños horizontes para volver a inmovilizarse, frotando o sólo uniendo las antenas, sobre las promesas susurradas por el tarot, sobre el balbuceo de los naipes de rostros hieráticos y amenazantes que reiteraban felicidades logradas luego de fatigosos laberintos, que hablaban de fechas inevitables e imprecisas.
Y, aunque sea lo menos, le dejó al muchacho semidesnudo una sensación no totalmente comprendida de fraternidad; y le dejó al resto de vejez de Barthé un problema irresoluble para masticar sin dientes, hundido en el sillón en que se trasladó a vivir, girando los pulgares sobre el vientre nunca enflaquecido:
—Si estaba aquí y la casa era como suya. Si andaba y curioseaba y revolvía. Si nosotros dos la quisimos siempre, por qué no robó veneno, que de ninguna manera hubiera sido robar, y terminó más rápido y con menor desdicha.
Y entonces empezó a sucedemos y nos siguió sucediendo hasta el final y un poco más allá.
Porque, insistimos, así como una vez Moncha regresó del falansterio, golpeó en Santa María y se nos fue a Europa, ahora llegaba de Europa para bajar a la Capital y volver a nosotros y estar, convivir en esta Santa María que, como alguno dijo, ya no es la de antes.
No podíamos, Moncha, ampararte en los grandes espacios grises y verdes de las avenidas, no podíamos aventar tantos miles de cuerpos, no podíamos reducir la altura de los incongruentes edificios nuevos para que estuvieras más cómoda, más unida o en soledad con .nosotros. Muy poco, sólo lo imprescindible, pudimos hacer contra el escándalo, la ironía, la indiferencia.
Dentro de la ciudad que alzaba cada día un muro, tan superior y ajeno a nosotros —los viejos—, de cemento o cristal, nos empeñábamos en negar el tiempo, en fingir, creer la existencia estática de aquella Santa María que vimos, paseamos; y nos bastó con Moncha.
Hubo algo más, sin importancia. Con la misma naturalidad, con el mismo esfuerzo y farsa que usábamos para olvidar la nueva ciudad indudable, tratamos de olvidar a Moncha encima de las copas y los naipes, en el bar del Plaza, en el restaurante elegido, en el edificio flamante del club.
Tal vez alguno impuso el respeto, el silencio con alguna mala frase. Aceptamos, olvidamos a Moncha, y conversamos nuevamente de cosechas, del precio del trigo, del río inmóvil y sus barcos —y de lo que entraba y salía de las bodegas de los barcos— del subibaja de la moneda, de la salud de la esposa del Gobernador, la señora, Nuestra Señora.
Pero nada servía ni sirvió, ni trampas infantiles ni caídas en el exorcismo. Aquí estábamos, el mal de Moncha, la enfermedad de setenta y cinco mil dólares de la Señora, primera cuota.
De modo que tuvimos que despertar y creer, decirnos que sí, que ya lo veíamos desde tantos meses atrás y que Moncha estaba en Santa María y estaba como estaba.
La hablamos visto, sabido que paseaba en taxis o en el ruinoso Opel 1951, que hacía desgastadas visitas de cumplido, recordando —tal vez con organizada maldad— fechas muertas e ilevantables de aniversarios. Nacimientos, bodas y defunciones. Posiblemente —exageran— el día exacto en que era aconsejable y bueno olvidar un pecado, una fuga, una estafa, una ensuciada forma del adiós, una cobardía.
No supimos si todo esto estaba en su memoria y nunca encontramos una libreta, un simple almanaque con litografías optimistas que pudiera explicarlo.
Santa María tiene un río, tiene barcos. Si tiene un rio tiene niebla. Los barcos usan bocinas, sirenas. Avisan, están, pobre bañista y mirador de agua dulce. Con su sombrilla, su bata, su traje de baño, canasta de alimentos, esposa y niños, usted, en un instante en seguida olvidado de imaginación o debilidad, puede, pudo, podría pensar en el tierno y bronco gemido del ballenato llamando a su madre, en el bronco, temeroso llamado de la ballena madre. Está bien: así, más o menos, sucede en Santa María cuando la niebla apaga el río.
La verdad, si pudiéramos jurar que aquel fantasma estuvo entre nosotros y nos duró tres meses, es que Moncha Insaurralde viajaba, casi diariamente, desde su casa, en taxi o en el Opel, vestida siempre y con el olor y aspecto de eternidad —tal como resultó— con el vestido de novia que le había hecho en la Capital, Mme. Carón, cosiendo las sedas y encajes que se había traído de Europa para la ceremonia de casamiento con alguno de los Marcos Bergner que hubiera inventado en la distancia, bendecida por un Padre Bergner inmodificable. grisáceo y de piedra. Sólo a ella le faltaba morir.
Todas las cosas son así y no de otro modo; aunque sea posible barajar cuatro veces trece después que ocurrieron y son irremediables.
Asombros varios, afirmaciones rotundas de ancianos negados a la entrega, confusiones inevitables impiden fechar con exactitud el día, la noche del primer gran miedo. Moncha llegó al hotel del Plaza en el coche bronquítico, hizo desaparecer al chófer y avanzó en sueños hasta la mesa de dos cubiertos que había reservado. El traje de novia cruzó, arrastrándose, las miradas y estuvo horas, más de una hora, casi sosegado ante el vacío —platos, tenedores y cuchillos— que sostuvo enfrente. Ella, apenas contenta y afable, preguntó a la nada y detuvo en el aire algún bocado, alguna copa, para escuchar. Todos percibieron la raza, la mamada educación irrenunciable. Todos vieron, de distinta manera, el traje de novia amarillento, los encajes desgarrados y en partes colgantes. Fue protegida por la indiferencia y ef temor. Los mejores, si es que estuvieron, unieron el vestido con algún recuerdo de dicha, también agotado por el tiempo y el fracaso.
No muy temprano ni tarde, el maítre en persona — Moncha se llama Insaurralde— trajo la cuenta doblada sobre un platito y la dejó exactamente entre ella y el otro ausente, invisible, separado de nos, de Santa María, por una incomprensible distancia de millas marinas, por las hambres de los peces. Preguntó, apenas estuvo, inclinó la gorda, impasible cabeza sonriente. Parecía bendecir y consagrar, parecía habituado. El smoking de verano otoño también pudo ser entendido como una sobrepelliz convincente.
Era necesario organizar secretas y solitarias peregrinaciones al restaurante donde había comido con Marcos. Tarea difícil y compleja porque no se trataba de un simple traslado físico. Requería la creación previa y duradera de un estado de ánimo, a veces, sentía, perdido para siempre, un espíritu adecuado para la espera de la cita y para saber que iba a prolongarse, gozoso, indeclinable, hasta el final de la noche, hasta la hora exacta en que puede afirmarse en Santa María que todo está cerrado. Y más allá; el estado de ánimo debía mantenerse y atravesar la hora del cierre general, permanecer en la soledad nocturna y engendrar la dulzura de los sueños. Porque debe entenderse que todo lo demás, lo que nosotros, sanmarianos, insistimos en llamar realidad, era para Moncha tan simple como un acto fisiológico cumplido con buena salud. Llamar al maitre del Plaza, pedirle una mesa "ni muy cerca ni muy lejos", anunciarle el regreso de Marcos y el festejo correspondiente, discutir, provocando, sobre las posibilidades de la comida, reclamar el vino favorito dé Marcos, vino que ya no existía, que ya no nos llegaba, vino que había sido vendido en botellas alargadas que ofrecían etiquetas confusas.
Envejecido y sin sonrisas Francisco, el maître, mantenía calmoso el juego telefónico, no abandonaba sus tan antiguas convicciones, reiteraba que el vino imposible debía ser servido, de acuerdo, sin dudas, chambré, no demasiado lejos, no demasiado cerca del punto de temperatura ideal, inalcanzable.
La fecha consta al pie y parece irrevocable. Sin embargo, alguien, alguno puede jurar que vio, cuarenta años después de escrita esta historia, a Moncha Insaurralde en la esquina del Plaza. No interesan los detalles de la visión, los progresos edilicios de Santa María que festejaría El Liberal. Sólo importa que todos contribuyan a verla y sepan coincidir. Mucho más pequeña, con el vestido de novia teñido de luto, con un sombrero, un canotier con cintas opacas excesivamente pequeño aun para la moda de cuarenta años después, apoyada casi en un delgado bastón de ébano, en el forzoso mango de plata, sola y resuelta en el comienzo de una noche de otoño —tan suave el aire, tan discretos los mugidos de los remolcadores en el río—, esperando con ojos pacientes y burlones que se fueran los ocupantes de exactamente aquella mesa, situada ni muy cerca ni muy lejos de la puerta de entrada y de la rocina. Y siempre, en aquel tiempo infinito que existirá cuando pasen cuarenta años, llegaba el momento verdadero y prometido, el momento en que la mesa quedaba desocupada y ella podía avanzar, fingiendo por coquetería ayudarse con el bastón, saludar a Francisco o al nieto tan crecido de Francisco, avanzar hasta la impaciencia de Marcos y excusarse sin énfasis por haberse retrasado. Dios estaba en los cielos y reinaba sobre la tierra, Marcos, ya borracho, inmarcesible, la perdonaba entre bromas y palabras sucias acercándosele sobre el mantel un ramito de las primeras violetas de aquel otoño cuarentón.
Como estaba dispuesto, nosotros, los viejos, nos separamos. Ni hubo necesidad de palabras para el respeto y la comprensión. Algunos olvidaron mientras les fue necesario y hubieron podido continuar durante cuarenta años la construcción de su olvido. Olvidaron, no supieron que Moncha Insaurralde se paseaba por las calles de Santa María, entraba en negocios, visitaba exacta caserones de ricos y los ranchos que intentan bajar hasta la costa vestida siempre con su traje de novia que esperaba el regreso de Marcos para incorporarse las prescritas flores blancas, frescas y duras.
Algunos pensaron en el también muerto vasco Insaurralde, en lealtad a una memoria, en la misma mujer alucinada que arrastraba, adhería la inevitable mugre a la cola de su vestido. Y éstos eligieron también cuidar del fantasma, simular que creían en él, usar la riqueza, el prestigio, los restos aún no cubiertos de ceniza de la tierna brutalidad adolescente.
Hubo poco, para unos y otros; en todo caso, vieron y se enteraron de mucho menos. Vieron, simplemente.
Si hay nardos y jazmines, si hay cera o velas, si hay una luz sobre una mesa y papeles vírgenes en la mesa, si hay bordes de espuma en el río, si hay dentaduras de muchachas, si hay una blancura de amanecer creciendo encima de la blancura de la leche que cae caliente y blanca en el frío del balde, si hay manos envejecidas de mujeres, manos que nunca trabajaron, si hay un corto filo de enagua para la primera cita de un muchacho, si hay un ajenjo milagrosamente bien hecho, si hay camisas colgadas al sol, si hay espuma de jabón y pasta para afeitarse o pasta para el cepillito, si hay escleróticas falsamente inocentes de niños, sí hay, hoy, nieve intacta, recién caída, si el Emperador de Siam conserva para el Vicevirrey o Gobernador una manada de elefantes, sí hay capullos de algodón rozando el pecho de negros que sudan y cortan, si hay una mujer en congoja y miseria capaz de negativa y surgimiento, capaz de no contar monedas ni el futuro inmediato para regalar una cosa inútil.
Esto, tan largo, en la imposibilidad de contar la historia del inadmisible vestido de novia, corroído, tuerto y viejo, en una sola frase de tres líneas. Pero fue así, vestido, salto de cama, camisón y mortaja. Para todos, los que habían preferido con prudencia refugiarse en la ignorancia, para los que habían elegido formar una dislocada guardia de corps, reconocer su existencia y proclamar que protegeríamos, en lo que nos fuera posible, el vestido de novia que envejecía diariamente, que se acercaba sin remedio a una condición de trapo, proteger el vestido y lo ignorado, imprevisible, que llevaba dentro.
Las estériles, silenciosas, opuestas, nunca bélicas posiciones de los viejos que nos reuníamos en el Plaza o en el nuevo edificio del Club, duraron poco. Menos de tres meses, como ya se dijo. Porque suavemente y de pronto, tan suavemente que se nos hizo de pronto después, cuando lo supimos, o cuando empezamos a olvidar, todas las imaginables blancuras moribundas, cada día más amarillentas y con el irreversible tono de ceniza, crecieron inexorables, las tomamos como verdad.
Porque Moncha Insaurralde se había encerrado en el sótano de su casa, con algunos —pero no bastantes— seconales, con su traje de novia que podía servirle, en la placidez velada del sol del otoño sanmariano como piel verdadera para envolver su cuerpo flaco, sus huesos armónicos. Y se echó a morir, se aburrió de respirar.
Y fue entonces que el médico pudo mirar, oler, comprobar que el mundo que le fue ofrecido y él seguía aceptando no se basaba en trampas ni mentiras endulzadas. El juego, por lo menos, era un juego limpio y respetado con dignidad por ambas partes: Diosbrausen y él.
Quedaban Insaurraldes lejanos, fanáticos, deseosos de colocar en la muerta un síncope imprevisible. En todo caso, lo consiguieron, no habría autopsia. Por eso es posible que el médico haya vacilado entre la verdad evidente y la hipocresía de la posteridad. Prefirió, muy pronto, abandonarse al amor absurdo, a una lealtad inexplicable, a una forma cualquiera de la lealtad capaz de engendrar malentendidos. Casi siempre se elige así. No quiso abrir las ventanas, aceptó respirar en comunión intempestiva el mismo aire viciado, el mismo olor a mugre rancia, a final. Y escribió, por fin, después de tantos años, sin necesidad de demorarse pensando.
Temblaba de humildad y justicia, de un raro orgullo incomprensible cuando pudo, por fin, escribir la carta prometida, las pocas palabras que decían todo: nombres y apellidos del fallecido: María Ramona Inaurralde Zamora. Lugar de defunción: Santa María. Segunda Sección Judicial. Sexo: femenino. Raza: blanca. Nombre del país en que nació: Santa María. Edad al fallecer: veintinueve años. La defunción que se certifica ocurrió el día del mes del año a la hora y minutos. Estado o enfermedad causante directo de la muerte: Brausen, Santa María, todos ustedes, yo mismo.


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Imagen: Agustín Sciammarella