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14 jun. 2015

Jorge Luis Borges retratado por Silvina Ocampo

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Jorge Luis Borges retratado por Silvina Ocampo

Jorge Luis Borges retratado por Silvina Ocampo

Tarjeta de fin de año publicada por Solanas S.A. con un texto de Jorge Luis Borges y un retrato del escritor realizado por Silvina Ocampo

6 nov. 2014

Silvina Ocampo - La música de la lluvia

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Silvina Ocampo - La música de la lluvia


Las piedritas del camino cantaban bajo las ruedas del coche de plaza. En el atento jardín no podía confundirse el ruido pausado y rítmico del coche de caballos con el ruido seco y rápido del automóvil. Aquel día todo parecía musical: la roldana del aljibe que subía el balde, las voces, las toses, las risas.

—¿Quién llegó? —preguntaron gritos aflautados.

—Octavio Griber —contestó una voz grave.

—¿Quién? —insistió la pregunta impaciente.

—El pianista —contestó la voz grave.

—¿En coche de plaza? En un día de lluvia. ¿Acaso no pudieron venir en automóvil?.

—El pianista está loco por los coches de caballos y la lluvia; dice que son musicales. Por lo menos relinchan a veces los caballos.

En la sala se sentó la gente, en los sillones demasiado cómodos, tan cómodos que después de un rato era difícil para algunas personas incorporarse, de modo que la actitud que tomaron sugería la permanencia. En el jardín, de vez en cuando, un relámpago seguido de un trueno iluminaba la sala.

El dueño de casa, que sabía tocar el piano, se apostó junto a la ventana. Estaba tan habituado en su ilusión a que lo retrataran que adoptó esa postura romántica.

Iluminado por un relámpago, el pianista entró por fin. Ninguna timidez suavizaba su rostro. Saludó con un movimiento de cabeza, que lo despeinó, a todos los invitados. Cuando vio el enorme espejo que había junto al piano, ordenó que lo taparan. (Esta exigencia causó revuelo. No había con qué taparlo. Por fin encontraron un edredón floreado y lo colocaron, como pudieron, sobre el espejo.) Luego el pianista se dirigió ceremoniosamente a un rincón donde había un biombo decorado con espigas, racimos de uvas y palomas, sacó de un portafolio una chaqueta de terciopelo, con alamares dorados, y se la puso después de quitarse el abrigo, los zapatos y las medias.

Obedeciendo a su pedido, varias manos anilladas levantaron la tapa del piano. El pianista sacó de su bolsillo diminutos papeles de seda blanca y los puso cuidadosamente, uno por uno, debajo de cada martillo de felpa, en el interior del piano, que previamente había examinado, como un médico a un enfermo. El dueño de casa disimuló su inquietud al ver debajo de los martillos todos esos papelitos, pero no pudo contener su impaciencia y exclamó con una voz incongruente:

—Es un excéntrico. —Y preguntó amablemente a la madre del pianista:

—¿Por qué hace eso?.

—Es un nuevo sistema que enseña los tonos del piano. Suena como un clavicordio.

—¿Sueña o suena?. Un sistema no es más nuevo que otro, pues ningún sistema es nuevo. El clavicordio es un instrumento antiguo. ¿Qué ventaja hay en utilizar efectos modernos para conseguir antigüedades?. Pero ante todo no me gusta que me toquen el interior del piano. Ya bastantes polillas le han entrado.

Octavio Griber miró con severidad al dueño de casa, encendió un cigarrillo y murmuró:

—Yo no toco sin papel de seda. —Siguió acomodando sus papelitos y murmuro dirigiéndose al dueño de casa:

—Me han dicho que usted es un gran pianista. ¿No nos hará oír su repertorio?.

—Sí, pero no toco con los pies —contestó el dueño de casa secamente—.

Era muy celoso. Cuando lo estaba, se le notaba en la barba: se le ponía tan áspera que ni un beso podían darle, por suave que fuera la brillantina que usaba.

—Después de estas reuniones me siento más viejo —me susurró al oído—.

Advertí por primera vez que era bizco, de tanto mirar su barba, y que esto era el secreto de la inteligencia de su mirada.

La lluvia arreciaba en el jardín. Se la oía golpear los vidrios como si fuera piedra en vez de lluvia. En ese momento se distribuyeron los programas manuscritos con letra de colegial. De Liszt figuraban varias obras: Al borde de una fuente, San Francisco de Paula sobre las aguas, Juegos de agua en la Villa d'Este. Los nombres de Debussy, Ravel, Chopin, Respighi estaban escritos en tinta verde. Los papeles volaban de mano en mano.

Cuando cesaron de volar los papeles de los programas, que sirvieron de abanico, el pianista se sentó en el taburete, colocó el cigarrillo encendido sobre el borde del piano y giró varias vueltas buscando la altura que convenía a su estatura. Miró sus pies, los pedales, sus pies, los pedales y luego comenzó a tocar escalas con el dedo gordo del pie. Las notas se sucedían con un staccato originalísimo. Los invitados no sabían si tenían que admirar o reír.

—Qué gracia —dijo alguien—. Yo también puedo hacer lo mismo.

—Pero ¿por qué no toca como la gente con todos los dedos? —preguntó una voz femenina como un alfiler.

—Porque sería muy difícil. Tendría que ser equilibrista para tocar con los cinco dedos del pie.

—Pero yo digo con las manos, como Dios manda. ¿Por qué hay que tocar con los pies?.

—Hay personas que pintan con los pies o con la boca. ¿Qué tiene de malo?.

—Pero son inválidos.

—Es su manera de tocar; toca a veces con el dedo gordo del pie. Fiel a la primera composición que interpretó, vuelve a repetirla siempre. El comienzo de su carrera fue brillante. Nunca siguió los consejos de ningún maestro —dijo la señora de Griber, lentamente extasiada—. Cuando mi hijo empezó a estudiar, me decía, mirándose el pie: "¿Por qué tantos dedos?". Inútil fue que la profesora le diera caramelos de naranja, de limón o de frambuesa, hasta de chocolate, que le provocaban urticaria. Rehusaba tocar el piano con todos los dedos. Tocaba exclusivamente con el dedo gordo. Después de aquella primera experiencia recurrió a los papelitos de seda y luego a la desafinación del piano para conseguir, según lo proclamaba, sonidos más naturales. Un afinador le reveló todos los secretos del instrumento. Solía exclamar: "Voy a desafinarlo en mi bemol y en re menor". Nadie sabía lo que esto quería decir. Tal vez él mismo no lo sabía, pero los sonidos que obtenía del mismo eran tan extraordinarios que del piso de abajo de mi casa vinieron un día a averiguar qué disco de Wanda Landowska habíamos puesto en el fonógrafo, porque nunca habían oído algo tan maravilloso. Aquí no se atreve, pero en otras casas desafina los pianos. No hay que contrariar a los genios —decía la señora de Griber—.

Octavio Griber, que ya estaba tocando el piano con todos los dedos de la mano, de improviso giró en el taburete y miró a la concurrencia, como diciendo: ¿Quién se atreve a hablar, cuando sólo están aquí para escuchar?. No dijo nada, pero moviendo la cabeza impuso el silencio, para que pudieran oír su interpretación de la Balada en si menor, de Brahms.

—Esta música no tiene nada que ver con el agua —dijo alguien que comprendía el sentido acuático del concierto hasta en los más mínimos detalles.

—Con los relámpagos —contestó imperiosamente Octavio—.

Jardín bajo la lluvia, La catedral sumergida, Pez de oro, de Debussy, y Juegos de agua, de Ravel, adquirían una sonoridad perfecta a pesar de la sordina impuesta por el papel de seda. Cuando tocó la canción A orillas del agua, de Fauré, otra de sus innumerables originalidades, tarareó la melodía con tanta suavidad que desencadenó un aplauso estruendoso: el Preludio de la gota de agua, de Chopin, alcanzó un éxito mayor. Indudablemente, el contacto de los pies desnudos del virtuoso en los pedales influía sobre la interpretación de cada obra. Había que atenerse a la crítica que salió el día anterior en el diario; había que admitirlo cómo el público lo admiró en el último concierto del Teatro Colón.

—Pero todas las piezas que toca son de músicos franceses —protestó una señora.

—Chopin no es francés, Liszt tampoco, Respighi tampoco.

—Van Gogh fue el primer pintor en pintar la lluvia. ¿No es extraño?.

—¿Qué tiene que ver la pintura con la música?.

—Van Gogh asociaba la música con la pintura. Y el primer músico en cantar la lluvia fue Debussy.

—No es exacto.

—¿Qué es lo que no es exacto?.

—Que Van Gogh asociara la música con la pintura. Si lo hizo fue en uno de sus desvaríos, cuando mandó de regalo una de sus orejas envuelta. Además no era francés. Haendel, Grieg, Schubert, hasta Wagner en El oro del Rin, se inspiraron en el agua.

—Pero se trata de música de orquesta y no de piano. ¡El oro del Rin, a quién se le ocurre!.

—¿Cuál pieza era la de Chopin?. —interrogó un joven—.

—¿No leíste el programa?.

—Uno de los Estudios, el de La gota de agua.

—¿Quién tiene gota?. —preguntó una señora que estaba en la otra punta de la sala—.

—Es una pieza de música —le contestaron—.

—Es el colmo de la aberración: inspirarse en una enfermedad.

Resonaba el piano con un misterio nuevo. Nadie lo escuchaba, salvo una invitada, que exclamó:

—¡Hay músicas que matan!. —sollozaba con la cara entre las manos—.

—Nunca pude oír Jardín bajo la lluvia sin llorar.

A través de los vidrios de las ventanas parecía que los árboles del jardín crecían. De pronto el concertista se detuvo. Pidió que le abrieran las ventanas y dijo:

—Que me escuchen por lo menos los árboles o la lluvia.

Vio mil hermosos ojos con lágrimas, lágrimas más bien con ojos. Sonrió. Si hubiese podido guardar esas lágrimas en un frasquito, las hubiera guardado como una esencia de azahar, para su amargura. "Las lágrimas de la novia, mi próxima obra, llevará ese título", pensó. Pero le ofrecían una naranjada helada y una fuente con tarteletas de frutilla. Bebió la naranjada y comió las tarteletas con apremio. Entre cada bocado se chupó algún dedo como si fuera una golosina. Le ofrecieron en bandeja una servilleta de hilo bordada para que se limpiara. Miró la bandeja, tomó la servilletita y la metió en el bolsillo rápidamente. Giró de nuevo en el taburete y volvió a posar las manos sobre el teclado del piano, mirando el cielo raso, como lo había visto hacer a Paderewski, en un teatro de Rino Bandini. Una señora se le acercó, le tomó del mentón y le dijo:

—Qué amor de niño precoz: pensativo como sus tatarabuelos.

Cuando volvió a resonar el piano, algo le molestó. Inclinó la cabeza hasta tocar las teclas con la oreja. Se agachó para examinar los pedales. Una nota resaltaba más que las otras. Se incorporó, hurgó en el interior del piano, descubrió que uno de los martillos no tenía su papelito. Octavio Griber pidió que trajeran un papel de seda. Buscaron el papel por todos los rincones de la casa, con linternas, porque ya se hacía de noche y los altillos sin luz eran inaccesibles.

Finalmente encontraron unas manzanas envueltas en papel verde, que trajeron a la sala en una bandeja. ¿Serviría este papel, aunque no fuera del más fino?.

Octavio Griber colocó las tiras de papel en el sitio donde faltaban, cuidadosamente hizo repicar las notas y apreció la superioridad del papel de envolver manzanas.

Juegos de agua resonó nuevamente en el piano, como nunca había resonado, con el nuevo aditamento de papel verde. A veces un trueno precedido de un relámpago conmovía los caireles de la araña, pero no a las personas que oían, cuando no hablaban, resonar aquel piano. Los aplausos, tímidos al principio, llenaron después la sala de entusiasmo. Octavio, temblando de ambición, pidió a dos jóvenes que estaban a su lado que abriesen de nuevo el piano. Indicó los pormenores de la operación. De su bolsillo sacó lo que nos pareció una pequeña pinza, que era un diapasón, y se acercó a los jóvenes que abrían enérgicamente las entrañas del piano.

—Es cosa de un momento —dijo Octavio al piano, como si se tratara de una operación quirúrgica—.

Alguien protestó, pero la vergüenza se apoderó del que protestaba. ¿Cómo prohibir a un genio las manifestaciones de su originalidad?. Para distraerlo, alguien llevó al dueño de casa al antecomedor a buscar unos cubiertos que faltaban. Octavio ajustó o aflojó algunas cuerdas del piano. Consiguió la total desafinación del instrumento, con la máxima rapidez.

No se reconocía ni Carnaval, de Schumann, ni Jardín bajo la lluvia, de Debussy, ni Juegos de agua, de Ravel. Todo se había transformado en algo diferente, que él solo interpretaba.

La tormenta no amainaba. La lluvia golpeteaba sobre los vidrios.

Después de servir el chocolate a la española y las masitas de distintas formas y colores, después de rogar al dueño de casa que tocara su repertorio, Octavio Griber, suspirando, se quitó la chaqueta de terciopelo en el mismo rincón en donde se la había puesto, la guardó en el portafolio, se vistió, se alisó el pelo, se puso las medias y los zapatos. Cuando me miró para despedirse le presenté mi álbum para que firmara un autógrafo.

—¿Cómo te llamas? –preguntó—.

—Anabela —respondí.

Firmó "Para Anabela, su admirador, Octavio".

Ya estaba esperando el coche en la puerta.

El dueño de casa corrió a buscar algo y volvió con un sobre y un pianito de juguete, con un pianista.

—Para Octavito —dijo amargamente, como si estuviese repitiendo una lección aprendida—.

—No —susurró la señora de Griber, deteniéndolo—. Puede ofenderlo. No le gustan los diminutivos.

—Los japoneses regalan juguetes a los grandes. Además no tiene edad de ofenderse —dijo el dueño de casa, acariciándose la barba, áspera como un felpudo—.

—Algunos nacemos ofendidos —exclamó la señora de Griber—.

—Pero ¿qué edad tiene su hijo, señora?.

—Es un secreto. Se quita la edad. La poquita edad que tiene. Nunca quiso mirarse en un espejo, en la ilusión quizá de conservarse siempre niño. Me dijo una vez a los cinco años, cuando insistí para que se mirara: "La música no se ve en el espejo". ¿Le parece avejentado?.

—De ninguna manera. Toca el piano como un niño de cinco años.

El dueño de casa entregó el sobre a la señora de Griber, que subía al coche, y el pianito a Octavio, que se demoraba en la puerta, bajo la lluvia. Octavio examinó el juguete, le dio cuerda, lo dejó en el suelo. El pianista de lata se puso en movimiento y la cajita de música entonó el principio de un vals. Octavio recogió el juguete, quería y no quería oír esa música, quería y no quería mirar al pianista de lata. Luego, con ímpetu, arrojó el juguete y subió al coche. Cuando el coche doblaba en la curva del camino, Octavio se asomó detrás de la cortinita negra de hule para mirar; la lluvia, los árboles escuchaban el vals de Brahms interpretado por el pianista de juguete.


En Cuentos Complejos
Imagen: s/d


4 oct. 2014

Silvina Ocampo - Memorias secretas de una muñeca

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Silvina Ocampo por Adolfo Bioy Casares



Hace mucho que la vida me trata como a una muñeca la trata una niña, sin atenciones que no sean pasatiempos. Soy como soy, sin pretensiones, ni siquiera para conseguir algo que sería importante dentro de mi celda, pues vivo como en una celda donde nadie puede entrar, salvo yo misma con mis innumerables exigencias, a veces imposibles, otras tan posibles que parecen a veces de niña. Mi vida transcurre como la vida de una monja, sin que las privaciones me duelan o me den tristeza; esto no significa que soy indiferente a las bellezas del amor o de la dulce amistad. Quisiera ser clara para contar mi vida y la sensibilidad de mi corazón. Muchos creen que soy un ser aparte de todos los que viven en este mundo tan desprestigiado. Espero que sepan interpretarme de modo racional y despojado de coquetería. La soledad me vuelve totalmente sincera y lo que escribo se vuelve totalmente increíble para gente que vive en una sociedad hermética. Soy independiente y libre de pensar y sentir como siento, sin la menor vergüenza. Un día, tal vez, salga de mi secreto, feliz de imaginar otros mundos más decorativos y audaces, que asombran a cualquiera, con la profundidad de mi confianza. Soy lo que quiero ser para la eternidad imperturbable. Nada me pertenece de esta casa. Quiero describir su geometría: un hall enorme de forma hexagonal une los cuartos. Un pasillo penetra en cada habitación. Tengo un altar con santos, una cocinita con ollas, cucharas, cuchillos y tenedores. Vivo en un mundo en que el agua se apoderó de la tierra. Hace una semana que llueve sin cesar y estos lugares de la ciudad se anegaron totalmente. La electricidad no funciona, no hay agua potable en las casas, sólo se ve en la inundación agua podrida. Algo me alegra porque de este modo nadie me baña. No funcionan los teléfonos, no funciona el gas en las cocinas. "Hay que resignarse", dice una viejita que se alegra, pues para ella la resignación es su única esperanza. ¿Resignarse?. ¿Qué significará esa palabra?. La he oído en algún sueño en que nadie encuentra lo que busca ni se entristece porque no lo encuentra. Yo pienso que se parece a la esperanza, aunque dicha en distinto tono de voz podría parecerse mucho a esa capitalización tan extraña de los hombres de mi infancia. ¿Habré sido chica alguna vez?. No tengo vestiditos chicos, ni zapatitos, ni sombreritos que prueben que he sido chica, ni juegos de muebles diminutos, ni carritos. No, no he sido chica, o no puedo recordar cuando lo fui. Mi juego es la computadora. Sin embargo cuando yo era chica, tan chica que nadie me veía, ni siquiera me miraban ni alababan mi pelo rubio lacio, ni mi peinado, ni mi vestido ni mi modo de hablar, yo asistí a una inundación. Dormí sobre el agua como sobre un colchón muy suave y líquido, que podía beber; veía las casas sumergidas en el agua, levantaba los pies, para que respiraran, y la cabeza, y alguien gritó en la calle: "Es un ángel. Miren el ángel". Una persona a la que no puedo nombrar, porque he sabido que la gente es perversa y podría interpretar mal mis palabras, me salvó del agua donde floté durante unas horas. Era cerca de Olivos, en el bajo, donde había sauces y hortensias azules. La persona que me salvó me llevó en sus brazos hasta su casa sin averiguar quién era mi dueña o mi dueño, porque una muñeca es como un perro que pertenece a alguien muy seriamente. Me llevó a su casa que quedaba en las barrancas, desde donde se veía el río. Corrió al baño de la casa en busca de toalla y servilletas; me secó los pies con una toalla celeste y el pelo con una servilleta blanca llena de bordados. Me quitó el vestido, creo que lo planchó y me lo volvió a poner, con íntimo cuidado. En sus brazos oí su voz diciéndome: "Bárbara, te llamas Bárbara, no lo olvides, y serás mía."

Pasaron dos o tres días sin que nada nos perturbara. Ella me conocía, yo la conocía. "Me llamo Bárbara", le dije un día, "pero vos ¿cómo te llamás?”. "Me llamo Andrómaca", me dijo reteniendo su respiración; "un nombre tal vez raro, pero es mío desde que me bautizaron y espero que siga siendo raro hasta que me muera". “Tú nunca morirás", le contesté. "Antes moriré yo". Y así fue como esperamos un día de primavera para cortar flores y distribuirlas en los floreros de la casa. Jazmines, hortensias, crisantemos, corona de novia; los nombres no nos faltaban y así me enseñó a conocer las flores y los perfumes y los colores. Se sentó en una silla y me dijo: "Voy a colmarte de caramelos y de vestidos y de juguetes, pero no lo digas a nadie, a nadie". Entonces me besó y puso su lengua en mi boca. Parecía una frutilla recién cortada. "Dormirás conmigo en mi cama, ¿me comprendes?. No te hagas la bebita ni cierres los ojos cuando te hablo."

El primer día dormimos la siesta juntas. Era extraño despertar en esa casa tan diferente, en un mundo lleno de personas desconocidas y de extraños pájaros en las jaulas doradas. "Espero que me quieras como yo te quiero o te mataré". Cerró los ojos al decir estas palabras y yo abrí los míos. "No te asustes, nunca te mataré porque soy razonable. Mírame bien en el fondo de mis ojos". La miré y ella me miró. Pero la felicidad no puede durar. Los relámpagos y los truenos llenaron el cielo. Algo sucedió ese día de tormenta. Había vuelto el mal tiempo. Era la hora de la siesta. En su cuarto como en un sueño descubrí una muñeca distinta a todas; estaba vestida de sultana, se movía, cerraba los ojos, gritaba. Estaba en la casa de Andrómaca. Era tan linda que no me atreví a mirarla y le di un beso como el que me dio a mí. Pero Andrómaca la tomó en sus brazos y la acunó hasta que se durmió totalmente. "¿Sabes lo que Andrómaca significa?. Felicidad en el matrimonio", exclamó. Yo protesté: "Pero no sos casada". "Me voy a casar ahora mismo". "Pero no es posible" dije. "Es tan posible que aquí esta el anillo". Se oscureció el día y caí desmayada. Nunca volví a revivir porque el cuarto desapareció.

El que me lea pensará que miento y que Andrómaca nunca existió. Estas palabras están dentro de mi cuerpo. "Ábranme si se atreven. Tal vez hoy, tal vez mañana, tal vez nunca me tiraré de esta ventana". Se acercó a la ventana, la abrió y miro a su alrededor. "Mírenme", dijo. Dio un salto y cayó por el aire. Se disolvió como un terrón de azúcar. Sólo quedó el azul de sus ojos perdidos en la extraordinaria soledad de los celos.

Pero aquí no terminó mi vida. La vida sigue ya sin cuerpo y se interna entre las plantas aspirando los perfumes de cada flor. La vida sigue con sus curiosidades. Se vuelve detective. Entro de nuevo en la casa de Andrómaca de noche. Entré en su cuarto. Abrazada a la muñeca que no era una odalisca, era una sultana. Las dos dormían. Un dúo de ronquidos llamó mi atención antes de que cantaran los zorzales; tenía que oírlo, tenía que desencantarme totalmente para poder olvidar mi tristeza. En medio de los relámpagos que las iluminaban, me tiré al suelo para mirarlas mejor y con el último relámpago que cayó sobre la casa, grité con un grito sordo. Me pareció salir del fondo de la tierra cuando quedamos fulminadas las tres, yo sin cuerpo, ellas con sus cuerpos llenos de esperanzas, sin futuro, sin cielo ni infierno, para la eternidad de mi conciencia.


En Cuentos completos
Imagen: Adolfo Bioy Casares

19 may. 2014

Silvina Ocampo: La Furia

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Para mi amigo Octavio

Por momentos creo que oigo todavía ese tambor. ¿Cómo podré salir de esta casa sin ser visto? Y, suponiendo que pudiera salir, una vez afuera, ¿cómo haría para llevar al niño a su casa? Esperaría que alguien lo reclamara por radio o por los diarios. ¿Hacerlo desaparecer? No sería posible. ¿Suicidarme? Sería la última solución. Además ¿con qué podría hacerlo? ¿Escaparme? ¿Por dónde? En los corredores, en este momento, hay gente. Las ventanas están tapiadas.
Me formulé mil veces estas preguntas a mí mismo hasta que descubrí el cortaplumas que el niño tenía en la mano y que guardaba de vez en cuando en el bolsillo. Me tranquilicé pensando que podía, en última instancia, matarlo, cortándole, en la bañadera, para que no ensuciara el piso, las venas de las muñecas. Una vez muerto lo colocaría debajo de la cama.
Para no volverme loco saqué la libreta de apuntes que llevo en el bolsillo, y mientras el niño jugaba de un modo inverosímil con los flecos de la colcha, con la alfombra, con la silla, escribí todo lo que me había sucedido desde que conocí a Winifred.
La conocí en Palermo. Sus ojos brillaban, ahora me doy cuenta, como los de las hienas. Me recordaba a una de las Furias. Era frágil y nerviosa, como suelen ser las mujeres que no te gustan, Octavio. El pelo negro era fino y crespo, como el vello de las axilas. Nunca supe qué perfume usaba, pues su olor natural modificaba el del frasco sin etiqueta, decorado con cupidos, que vislumbré en el interior revuelto de su cartera.
Nuestro primer diálogo fue breve:
—Che, no parecés argentina, vos.
—Es claro. Soy filipina.
—¿Hablás inglés?
—Es claro.
—Podrías enseñarme.
—Para qué.
—Para estudiar me vendría bien.
Ella paseaba con un niño que cuidaba: yo, con un libro de matemáticas o de lógica, debajo del brazo. "Winifred no era muy joven; lo advertí por las venas de las piernas, que formaban pequeños arbolitos azules a la altura de la rodilla y por la hinchazón pronunciada de los párpados.
Me dijo que tenía veinte años.
La veía los sábados por la tarde. Durante un tiempo, recorriendo el mismo trayecto del primer día, desde el busto de Dante, que queda junto a un aguaribay, hasta la jaula de los monos, mirando la punta de nuestros zapatos tiznados con polvo, o dando carne ruda a los gatos, repetimos el mismo diálogo, con distinto énfasis, casi podría decir con distinto significado. El niño tocaba sin cesar el tambor. Nos cansamos de los gatos el día en que nos tomamos de la mano: no alcanzaba el tiempo para cortar tantos pedacitos de carne cruda. Un día llevamos pan a las palomas y a los cisnes: esto fue un pretexto para retratarnos al pie del puente que comunica con la isla clausurada del lago, cuyo portón abunda en inscripciones pornográficas. Quiso escribir su nombre y el mío junto a una de las inscripciones más obscenas. Le obedecí con desgano.
Me enamoré de ella cuando pronunció un alejandrino (Octavio, me enseñaste métrica).
—Me acuerdo de mis plumas de ángel, cuando era chica.
Para no turbarme, la miré en el agua. Creí que lloraba.
—¿Tenías plumas de ángel? —pregunté con voz sentimental.
—Eran de algodón y muy grandes —me respondió—. Encuadraban mi cara. Parecían de armiño. Para el día de la virgen, las hermanas del colegio me vistieron de ángel, con un vestido celeste; una túnica, no un vestido. Debajo llevaba una malla celeste y zapatos celestes también.
Me hicieron rulos y me los pegaron con goma arábiga. Le coloqué mi brazo alrededor de la cintura, pero siguió hablando: —Sobre la cabeza me pusieron una corona de azucenas artificiales. Las azucenas son muy fragantes, creo que eran nardos. Sí, nardos. Vomité durante toda la noche. Nunca olvidaré ese día. Mi amiga Lavinia, a quien estimaban tanto como a mí en el colegio, recibió la misma distinción: la vistieron de ángel, de ángel rosado (el ángel rosado era menos importante que el ángel celeste).
(Recordé tus consejos, Octavio, no hay que ser tímido para conquistar a una mujer.)
—¿No querés que nos sentemos? —le dije, abrazándola, frente a un banco de mármol.
—Sentémonos en el césped —me dijo.
Dio unos pasos y se echó al suelo.
—Me gustaría encontrar un trébol de cuatro hojas ... y me gustaría darte un beso.
Prosiguió, como si no me hubiera oído:
—Mi amiga Lavinia murió aquel día: fue el día más feliz y más triste de mi vida. Feliz, porque las dos estábamos vestidas de ángel; triste porque perdí para siempre la felicidad.
Para que tocara sus lágrimas, puso mi mano sobre su mejilla.
—Siempre que la recuerdo, lloro —dijo, con voz entrecortada—. Aquel día festivo terminó en tragedia. Una de las alas de Lavinia se encendió en la llama del cirio que yo llevaba en mi mano. El padre de Lavinia se precipitó para salvar a su hija: la cargó, corrió al presbiterio, atravesó el patio, entró en el cuarto de baño con esa antorcha viva. Cuando la sumergió en el agua de la bañadera ya era tarde. Mi amiga Lavinia yacía carbonizada. De su cuerpo quedó sólo este anillo que cuido como oro en polvo —me dijo, mostrando en su anular un anillito con un rubí—.
Un día, jugando, me prometió que me regalaría el anillo cuando muriera. No faltó gente mal intencionada que me acusara de haber incendiado a propósito las alas de Lavinia. La verdad es que sólo puedo jactarme de haber sido bondadosa con una persona: con ella. Yo vivía dedicada como una verdadera madre a cuidarla, a educarla, a corregir sus defectos. Todos tenemos defectos: Lavinia era orgullosa y miedosa.
Tenía el pelo largo y rubio, la piel muy blanca. Para corregir su orgullo, un día le corté un mechón que guardé secretamente en un relicario; tuvieron que cortarle el resto del pelo, para emparejarlo. Otro día, le volqué un frasco de agua de Colonia sobre el cuello y la mejilla; su cutis quedó todo manchado.
El niño tocaba el tambor junto a nosotros. Le dijimos que se alejara, pero no nos obedeció.
—¿Si le quitásemos el tambor? —inquirí con impaciencia.
—Tendría un ataque de nervios —me respondió Winifred.
—¿Podré verte algún día, sin el chico o sin el tambor?
—Por ahora, no —respondió Winifred.
Llegué a creer que era hijo de ella, tanto lo complacía.
—¿Y la madre, la madre nunca puede estar con él? —le pregunté un día, con acritud.
—Para eso me pagan —me contestó, como si la hubiera insultado.
Después de una serie de besos, que cambiamos entre los follajes, continuó sus confidencias, sin que el niño dejara de tocar el tambor.
—En las Filipinas hay paraísos.
—Aquí también —le respondí, creyendo que hablaba de árboles.
—Paraísos de felicidad. En Manila, donde yo nací, las ventanas de las casas están adornadas de madreperla.
—¿Con ventanas adornadas de madreperla logra uno ser feliz?
—Estar en el paraíso equivale a lograr la felicidad; pero siempre llega la serpiente y uno la espera. Los temblores de tierra, la invasión japonesa, la muerte de Lavinia, todo ocurrió después. Lo presentí, sin embargo.
Mis padres siempre colocaban afuera de nuestra casa, junto a la puerta principal un platito con leche para que las víboras no entraran en la casa. Una noche se olvidaron de colocar la leche afuera. Cuando mi padre se metió en la cama, sintió algo caliente entre las sábanas. Era una víbora. Para matarla de un balazo tuvo que esperar hasta la mañana. No quería asustarnos con la detonación. Aquella vez presentí todo lo que iba a ocurrir. Fue una premonición. Arrodillada en la capilla del colegio trataba de pedir protección a Dios, pero siempre que estaba arrodillada, mis pies me molestaban. Los doblaba hacia afuera, hacia adentro, para un lado, para el otro, sin hallar postura adecuada para el recogimiento.
Lavinia me miraba con asombro; ella era muy inteligente y no podía comprender que uno tuviera esas dificultades frente a Dios. Ella era sensata; yo era romántica. Un día, vagando con un libro, en un campo cubierto de lirios, me dormí. Era ya tarde. Me buscaron con linternas: el cortejo iba encabezado por Lavinia. Allí los lirios dan sueño, son flores narcóticas. Si no me hubieran encontrado, seguramente usted no estaría hablando hoy conmigo.
El niño se sentó junto a nosotros, tocando el tambor.
—¿Por qué no le sacamos el tambor y se lo tiramos al lago? —me aventuré a decir—. Me aturde el ruido.
Winifred dobló su impermeable rojo, lo acarició y siguió hablando:
—En los dormitorios del colegio, Lavinia lloraba de noche, porque temía a los animales. Para combatir sus inexplicables terrores, metí arañas vivas adentro de su cama. Una vez metí un ratón muerto que encontré en el jardín, otra vez metí un sapo. A pesar de todo no conseguí corregirla; su miedo, por lo contrario, durante un tiempo se agravó. Llegó al paroxismo el día en que la invité a mi casa. Alrededor de la mesita donde estaba dispuesto el juego de té con las masas, coloqué todas las fieras que mi padre había cazado en África y había mandado embalsamar: dos tigres y un león. Lavinia no probó la leche ni las masas aquel día. Yo jugaba a darle de comer a las fieras. Ella lloraba. La llevé a las hamacas del jardín, para consolarla. No cesó de llorar, hasta el momento en que anocheció. Entonces aproveché la oscuridad para esconderme detrás de unas plantas. El miedo secó sus lágrimas. Creyó que estaba sola. El sitio de las hamacas quedaba retirado de la casa. Permaneció de pie, junto a un banco rústico, rascándose nerviosamente las rodillas, hasta que aparecí cubierta de hojas de banano. En la oscuridad adiviné la palidez de su cara y los hilitos de sangre de sus rodillas arañadas. Dije su nombre, tres veces: Lavinia, Lavinia, Lavinia, tratando de cambiar mi voz. Palpé su mano helada.
Creo que se desvaneció. Esa noche tuvieron que ponerle bolsas de agua caliente en los pies y bolsas de hielo en la cabeza. Lavinia dijo a sus padres que no quería verme más. Nos reconciliamos, como es natural.
Para celebrar nuestra reconciliación, fui a su casa con varios regalos: chocolate y una pecera con un pez rojo; pero lo que más le desagradó fue un monito, vestido de verde, con cuatro cascabeles. Los padres de Lavinia me recibieron con cariño y me agradecieron los regalos, que Lavinia no me agradeció. Creo que el pez y el mono murieron de inanición. En cuanto al chocolate, Lavinia no lo probó. Tenía la manía de no comer dulces, razón por la cual la reprendían, cuando no le metían a la fuerza en la boca, bombones o dulces que yo siempre le regalaba.
—¿No querés que paseemos por otra parte? —le dije, interrumpiendo sus confidencias—. Está lloviendo.
—Bueno —me contestó, poniéndose el impermeable.
Caminamos, cruzamos la avenida de las palmeras, llegamos al Monumento a los Españoles. Buscamos un taxímetro. Di las instrucciones al chauffeur. En el camino compramos chocolate y pan, para el niño. La casa era como las otras de su género, un poco más grande, tal vez. La habitación tenía un espejo con molduras doradas y un perchero, cuyas perchas lucían en sus extremidades cuellos de cisne. Escondimos el tambor debajo de la cama. —¿Qué hacemos con el niño? —pregunté, sin recibir otra respuesta que el abrazo que nos condujo a un laberinto de otros abrazos. Penetramos, nos demoramos en la oscuridad como en un túnel, cegados por la luz del jardín donde habíamos estado.
—¿Y el niño? —volví a interrogar, viendo su ausencia, su sombrero de paja y sus guantes blancos en la penumbra—. ¿No estará debajo de la cama?
—Ese andariego andará por los corredores de la casa.
—¿Y si alguien lo ve?
—Pensarán que es el hijo del dueño.
—Pero no permiten traer niños.
—¿Cómo lo dejaron pasar?
—No lo vieron, debajo de tu impermeable.
Cerré los ojos y aspiré el perfume de Winifred.
—Qué cruel fuiste con Lavinia —le dije.
—¿Cruel, cruel? —me respondió, con énfasis—. Cruel soy con el resto del mundo. Cruel seré contigo —dijo, mordiendo mis labios.
—No podrás.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Ahora comprendo que sólo quería redimirse para Lavinia, cometiendo mayores crueldades con las demás personas. Redimirse a través de la maldad. Después salí en busca del niño, porque ella me lo pidió. Vagué por los corredores. No había nadie. Me detuve en el patio donde llegaban los taxímetros con parejas que ocultaban risas, alegría, vergüenza. Un gato blanco se trepó a una enredadera. El niño estaba orinando junto a la pared. Lo alcé y lo llevé escondiéndome lo mejor que pude. Al entrar en el cuarto, primeramente no vi nada; la oscuridad era absoluta. Luego advertí que Winifred ya no estaba. Nada de ella había quedado, ni su cartera, ni sus guantes, ni el pañuelo con iniciales celestes. Abrí bruscamente la puerta para ver si la alcanzaba en el corredor, pero no hallé ni el perfume de ella. Volví a cerrarla y mientras el niño jugaba peligrosamente con los flecos de la colcha, descubrí el tambor. Revisé todos los rincones en donde Winifred hubiera podido, en su distracción, dejar algo de ella, algo que me ayudara a encontrarla de nuevo: su dirección, la dirección de una amiga, el apellido de ella.
Intenté varios diálogos con el niño, que me fueron de poca utilidad.
—No toques el tambor. ¿Cómo te llamas?
—Cintito.
—Ése es un sobrenombre, ¿cuál es tu verdadero nombre? —Cintito.
—¿Y tu niñera?
—Niní.
—¿Y qué más?
—Nada más.
—¿Dónde vive?
—En una casita.
—¿Dónde?
—En una casita.
—¿Dónde está esa casita?
—No sé.
—Te doy bombones, si me decís cómo se llama tu niñera.
—Dame bombones.
—Después. ¿Cómo se llama?
Cintito siguió jugando con la colcha, con la alfombra, con la silla, con los palillos del tambor.
¿Qué haré?, pensaba, mientras hablaba con el niño.
—No toques el tambor. Más divertido es hacerlo rodar.
—¿Por qué?
—Porque no hay que hacer ruido.
—Si yo quiero.
—No toques te digo.
—Entonces devolveme el cortaplumas.
—No es un juguete para niños. Podrías lastimarte.
—Tocaré el tambor.
—Si tocas el tambor, te mato.
Comenzó a gritar. Lo tomé del cuello. Le pedí que se callara. No quiso escucharme. Le tapé la boca con la almohada. Durante unos minutos se debatió; luego quedó inmóvil, con los ojos cerrados.
Vacilar es una de mis perdiciones. Durante minutos que me comunicaron con la eternidad, repetí: ¿Qué haré?
Ahora sólo espero que se abra la puerta de mi cárcel donde todavía estoy encerrado. Siempre fui así: por no provocar un escándalo fui capaz de cometer un crimen.


En La furia y otros cuentos
Buenos Aires, 1976
Foto s-d

29 mar. 2014

Silvina Ocampo - La próxima vez

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Ella estaba muriendo, imaginando su propia muerte. La luz de la tarde bañaba los objetos en un brillo extraordinario. Nunca los había visto tan nítidos. También vio las caras que venían a visitarla. Una se distinguía entre todas. No lloraba. ¿Por qué no lloraba? Estaba apoyada contra una pared con cuadros que reproducían a los miembros más importantes de la familia. Una curiosidad malsana se apoderó de ella, una irritación que no podía controlar. Su corazón latía vertiginosamente, a tal punto que no podía mantener sus ojos quietos. La que no lloraba estaba devorando con sus miradas a alguien; no se movía de su puesto de observación. ¿A quién miraba? Quiso incorporarse para ver lo que no alcanzaba a ver, pero, aún moribunda, se desplomó. Presintió lo que sucedía. Detrás del biombo de la sala apareció la misteriosa persona que invitaba a todos los ojos a mirarla. Sintió que se le paralizaba el corazón. Se besarían tan furtivamente que nadie lo advertiría. Y así fue. Cómo pudieron alejarse del lugar tomándose de las manos, como dos niños lúbricos. En su imaginación tomó la pluma para escribir lo que estaba viendo, pero una moribunda no puede escribir por más que trate de hacerlo. Recorrió los detalles más minuciosos del ocaso, del vestido que miraba. «Moriré», pensó, «pero ahora no, por favor, Dios mío. Tengo que ver el final de este encuentro, que me mata.»

Ya el mundo había cambiado, las flores se habían marchitado con el murmullo de las voces. Lejos, lejos como a través de un invertido anteojo de largavista, vio el mundo con todas sus perspectivas. El amor era lo único que se destacaba. No, no moriría esta vez, sino la próxima… «Dios mío, no tengo valijas, baúles donde llevar mis manuscritos y prefiero morir mil veces antes que perderlos».


En Cornelia frente al espejo
Imagen s/d

5 ene. 2014

Silvina Ocampo - La llave maestra

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La luz de su cuarto me habla de él cuando no está,
me acompaña cuando tengo miedo,
y siempre tengo miedo porque soy valiente;
oye su paso sobre los mosaicos de la entrada
va a su encuentro cuando abre la puerta lentamente
cuando lo espero, y siempre lo espero;
lo mismo es para la luz eléctrica que para la luz del sol,
lo mismo para el sol que la luna o la estrella.
Un tapiz forma la luz complicada
es la vida y siempre la vida.
Si me quedara ciega la vería con mis patas
o tal vez con mi frente cuando llega.
El tapiz no lo forma la luz sino su llegada, el sonido
que cambia de oscuro en claro.
El tablero de la luz tiene varias llaves
pero una gobierna el resto:
se llama la llave maestra.
Del mismo modo el tablero de mi luz
tiene una sola llave que gobierna las otras
la llave que está en sus manos.
Apagaría todas las luces si quisiera
pero yo cierro los ojos para no ver
la oscuridad que podría ser luz
para no herirlo.



Foto: SO en su casa de Buenos Aires 1959
tomada por A. Bioy Casares

5 nov. 2013

Silvina Ocampo - Los libros voladores

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Silvina Ocampo - Los libros voladores


Había muchos libros en aquella casa, tantos que nadie pudo contarlos, porque todos los días aparecían nuevos ejemplares que se alojaban en los anaqueles sin que supieran quién los traía ni dónde estarían. Pero de noche los libros seguramente se levantaban, cambiaban de sitio o se juntaban para parecer más numerosos. Entonces yo, con una curiosidad ridícula, resolví mirarlos en la tenue oscuridad, para ver en el silencio si se movían, en cuanto empecé a sospechar. ¿Qué pasaba con esos libros de noche, cuando el sol se acostaba, los sonidos de la calle morían meticulosamente y las hojas, que no eran hojas sino páginas, se movían con rumores de alas y de nidos en los estantes? A mi hermano le gusta jugar con ellos, pero papá dice que es un pecado y me mira a mí.

Yo tenía cinco años, mi hermano siete, y el resto de la casa eran personas mayores. En lugar de mesitas teníamos libros apilados; en lugar de banquitos, sillones, sofás o sillas, teníamos libros y, en lugar de tener la ropa y los zapatos en los roperos, teníamos libros dentro de los roperos. Todo el mundo cree que somos desordenados y no se equivocan. Llegó un momento en que ni siquiera la cocina sirvió para cocinar. En una mesa de libros pusieron un calentador para hacer distintos platos, aunque ya el gusto por la cocina se había perdido.

Me contaron que en una oportunidad unos hombres resolvieron asaltar la casa, viéndola de afuera tan linda, pero no pudieron llegar a la cocina, donde creyeron que sería fácil entrar, ya que en el camino varios libros se habían subido los unos sobre los otros, formando una barricada. No podían imaginar otra manera de asaltar una casa tan impenetrable y se fueron diciendo malas palabras con los más horribles puntapiés que propinaron a cuanto libro encontraron: grandes, chicos, de papel de Biblia, de papel de arroz, de papel de diario, de papel de tornasol, de papel de pluma, de estraza, de madera, de tisú, de papel grueso y ordinario para niños. Yo contemplé el desastre cerrando los ojos, pensando qué había retenido de esos libros y tratando de contener las lágrimas, que parecían de papel, ya secas en las mejillas.

Fue entonces cuando nuestros padres resolvieron que nos mudáramos de casa y nos instalamos en un departamento, con jardín. Porque éramos ambiciosos regalamos los libros para una biblioteca que llevaría nuestro nombre. Pero todo era un engaño para entusiasmarnos.

Dormí tranquilamente la primera y la segunda noche en la nueva casa. Habían comprado algunos libros lindos, llenos de figuras, un diccionario en ocho volúmenes, muy raro, con árboles y flores, y animales de todos los colores y de todas las razas. Yo pensaba que esos libros no ocuparían lugar. Entonces me dediqué a mirarlos con mayor interés. No salía a pasear, ni iba al cine para mirarlos, para imaginar qué pensarían al ver cómo yo los colocaba en los desvanes de la casa, en los lugares más solitarios y vacíos. ¿Dónde estarían los libros pornográficos? Eso me preocupaba un poco.

El tiempo fue pasando. Yo apenas lo sentí. Cómo podía imaginar que en tan poco tiempo se acumularía un mundo de libros, todos idénticos a los anteriores, con las mismas tapas, las mismas primeras hojas, las mismas enormes, resignadas apariencias. No podía creer que el tiempo, tan ingenioso, hubiera pasado y que me viera preso en un mundo idéntico al anterior y acorralado de nuevo en una desordenada biblioteca. Siempre hay que temer las ocurrencias del tiempo. Desde mi nacimiento lo sentí. Vi plantas, almohadones, lámparas verdes que en la otra casa no había. Vi un cupido de mármol, con sombrero de paja, luchando contra el viento, con los pies desnudos, pero los mismos libros grises, azules, colorados, violetas estaban. ¡Yo no sé qué decir de este milagro! ¿Cómo pasó el tiempo? El tiempo pasa sin hacerse ver, me dijo mi tía; sólo deja líneas en la cara y pelo blanco en la cabeza. Habría que nombrar detectives no sólo para los crímenes, sino para muchas otras cosas: para vigilar a los médicos y a sus enfermos, para vigilar el tiempo y a sus víctimas, para vigilar la vida clandestina de los libros. Yo no sirvo para vigilar el movimiento de cosas tan precisas. ¿Quién dirá que estos libros quieren vivir? A mí me están matando. La vida está en ellos. Parece que vivieran, como si todo fuera a redimirlos.

La casa ya tiene muebles hechos con libros: una repisa, una ensaladera de libros, un reclinatorio de libros, una cama de libros. Ya progresó el mundo, desaparecen los colores; la luz intensa del amanecer no es la misma. Tengo en mis manos un libro. Tiene voces, no tiene letras. Nunca se me ocurrió quedarme en éxtasis oyéndolas. ¿Moriré porque los libros de pronto hablan sólo de muertes o de crímenes? A veces escucho las voces de dos libros que se mezclaron. Son voces angélicas: una es la voz de un Narciso, me dijo un amigo, que abraza el agua, toda la largura del agua; era un loco, se enamoraba de sí mismo; otra, la voz contraria de san Gabriel, que abraza el mundo. Y creo que podré vivir, pero no sé si es verdad o si será verdad.

Lo más incongruente o dramático de todo fue cuando los libros se unieron. Me llamaba la atención la posición que adoptaron algunos. No se separaban. A cualquier hora estaban juntos. Recuerdo que aparecieron unos libros chiquitos, tan chiquitos que eran ilegibles. Estaban Baudelaire, Rimbaud, Racine, Verlaine y algunos pensamientos de Pascal. Inmediatamente imaginé que eran los hijos de nuestros libros, sin descartar la idea de la copulación, tan importante. Traté de reunir algún libro y mezclarlo con el que tenía al lado, pero era muy largo de hacer y además resultaba casi imposible. Sin embargo, traté de olvidar esta idea absurda que se me había ocurrido. ¿Realmente los libros copulaban o se me había ocurrido a mí dentro de todos los argumentos que siempre me perseguían? Fue entonces cuando mi padre buscó a un psicoanalista para que me analizara. Yo tendría siete años, la idea le parecía demasiado inocente y complicada, casi peligrosa. Mezclé a escritores de diferentes épocas o edades; resultaron muy pintorescos, pero nunca salió un recién nacido de estas mezcolanzas, ni nada que pudiera parecerse a la realidad. Tuve que admitir que me había equivocado y renunciar a mi fantasía. ¡Yo era demasiado chico!

Un día el cielo se lleno de nubes y la casa estaba a oscuras. Iluminados por relámpagos los libros no cesaban de aumentar; hablaban, discutían con fervor, con esa tremenda voz que tienen las personas cuando se enojan. No puedo decir que tuve miedo. No podía sentir miedo ante semejante disparate. ¿Estaría soñando? Nunca siento que sueño cuando ocurre algo anómalo. Siento que me he vuelto loco o que el mundo ya no es el mismo y me someto a cualquier tipo de resignación o de fervor. Vi que los libros se movían, que la agitación era profunda como en las manifestaciones políticas. Comprendí que algo terrible sucedía. Me acerqué a dos libros que estaban moviendo las primeras páginas con pasión. Hablaban de suicidio colectivo. Se acercaban a las ventanas más altas de la casa. Sin mirar por dónde avanzaban, tropezaban con las sillas, de donde caían libros tras libros, y finalmente retomaban sus verdaderas posiciones, volviendo a los anaqueles. Entonces, muy entrada ya la noche, empezaron a caer de los balcones los libros, tan infinitos que nadie podía contarlos. Yo trataba de salvarlos, en vano. Miles y miles cayeron, grandes y chicos, con tapas gruesas y blandas. Me asomé a mirarlos desde arriba. De pronto sentí que morían. Montones de libros en el suelo, sobre flores caídas, sobre el barro, en todas partes, hasta que el último que vi comenzó a volar como un extraño pájaro, y así uno tras otro, hasta que el cielo se cubrió de una extraña nube. Bajé a la calle. El pueblo se había reunido para ver la nube de libros voladores. Vieron también otro montón de libros sin alas, en el suelo, y eran tal vez más numerosos que los anteriores, como aquellos que volaban con tanto alborozo. Alguien preguntó:

  —¿Y estos libros?

  —Son los libros que nadie supo escribir.

  —¿Alguien pudo leerlos?

  —Nadie supo leerlos. Fue como si empezaran a leer. Por eso los quemaron. Hicieron grandes fogatas de libros.

—¿Por qué no sabían escribir aquellos que los escribieron?

—No sabían lo que era un adjetivo ni un verbo ni un pronombre.

—Pero algo tenían que decir.

—Eso no bastaba. Tenían que escribirlo de un modo lógico, de un modo claro, de un modo perfecto. Todo había cambiado; los buenos libros no servían. Lo atribuyeron a causas políticas. Servían como cajas de bombones cuando venían las polillas, ¿cómo matarlas sin matar los libros?

—¿Es tan difícil escribir? ¿Más difícil que vivir?

—Menos arduo pero más difícil.

—¿Más divertido? ¿Menos real? ¿Menos cierto?

—Hay que conformarse. Vamos a ver qué hacemos con los libros que quedan, porque ya la casa vuelve a llenarse de libros. No son perros, no basta decirles «fuera de aquí». Nunca se van ni se irán. ¿Acaso se acostumbraron?

Pero ahora existe la televisión. Nuestra casa se llenó de cassettes. ¡Es lo único que faltaba! Yo defiendo los libros hasta la muerte. Dejaré de ser chico, seré grande y llevaré bajo el brazo un libro. ¡Es tan decorativo! ¡Tan cómodo! Si alguien me pregunta ¿qué hacés?, contesto: Estoy leyendo. ¿Tenés los ojos bajo el brazo? Idiota.


En Cuentos completos
Imagen: Diario La Nación

31 ago. 2013

Silvina Ocampo: El incesto A Juana Ivulich

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¡Todavía me gustan las muñecas! En mi dormitorio sobre una carpeta de macramé, estaba sentada mi predilecta, la última que me regalaron, la más bonita de todas.

–Quisiera tener una mujercita y no un varón –solía decirle a mi marido, pensando en alguna muñeca.

Siempre oía una cariñosa respuesta:

–La tendrás. –Y luego la recomendación habitual: No te canses –cuando salía de casa y tomaba el tranvía en la esquina. ¡Otro marido tan bueno como el mío no habrá en todo Buenos Aires!

Yo estaba encinta y la alegría, la infalibilidad y el asombro de la perspectiva me impedían tal vez padecer los malestares de otras mujeres cuando están encintas. Además, mi afición por la costura no me dejaba desfallecer. Tenía que acudir todas las mañanas al taller de Dionisia Ferrari, donde aprendía a cortar y a coser, con otras chicas de mi edad, durante el invierno. Yo tenía la impresión de otorgar un placer a mis manos cuando manejaban las tijeras las agujas y los alfileres: un placer del cual yo estaba a menudo excluida pues mi pensamiento, preocupado por otras cosas, me desvinculaba de mi cuerpo. A veces, por las tardes, la señora Dionisia, que me trataba como una madre, me servía chocolate con leche y vainillas. El placer lo sentía mi paladar y mi estómago y no mi verdadero yo. Mientras relamía mis labios golosos, esa preocupación, que iría acrecentándose como una enfermedad, me carcomía.

¿Acaso la desventura de los demás debe de ser también nuestra? ¿Acaso debemos sentirnos siempre tan solidarios con el género humano? Yo atribuía mi estado de sensibilidad al hecho de estar encinta. ¿Qué podría importarme del drama que se desarrollaba en la familia de Dionisia Ferrari? Si bien Dionisia me trataba como una madre, dándome chocolate con crema y vainillas por la tarde, ofreciéndome, para coser, un asiento junto a la ventana, prestándome a veces su dedal de oro con perlitas y su tijera de sastre, la verdad es que no le preocupaba que mi marido perdiera su empleo, que mi madre tuviera flebitis. Hay que ver las cosas como son: en el fondo me hacía mala sangre por motivos egoístas. Iba a ser madre y tal vez todo lo que sucedía a una madre o a una hija tenía, en cierto modo, que preocuparme, y como todas las mujeres son madres e hijas, me preocupaba por todas las mujeres, cosa que nunca me había sucedido, pues antes la humanidad me era indiferente.

El taller de Dionisia quedaba en la calle Necochea, en la Boca. La casa era amarilla como el jabón de lavar los pisos, tenía una reja pintada de negro, con adornos de bronce y en el jardín de entrada, dos palmeras con penachos tristes, que se agitaban con el viento, daban la ilusión de barrer las nubes del cielo cuando había tormenta. En el frente de la casa quedaban las habitaciones de los parientes de Dionisia, en los fondos, detrás de un patio con numerosas plantas, las dependencias de Dionisia y de su familia, que se reducían al taller de costura, separado por una cortina floreada del angosto y largo dormitorio.

Inútilmente yo trataba de distraerme cuando regresaba a casa. Leía Caras y Caretas. Soy aficionada a la lectura. He gastado más velas en leer que en rezar, no me da vergüenza decirlo. Soy franca y digo las cosas feas, con naturalidad. En las fotografías miraba a la reina Ranavalona Manjaka, la ex reina de Madagascar, con su cara negra, vestida con tanta elegancia, en una berlina, paseando por las calles de París y no me daba risa. Miraba al ganador del primer premio de carrera de automóviles París–Berlín, sin asombro. Miraba el paletot de última moda para señoras del Palacio de Cristal: no hubiera dado ni un paso ni un peso por tenerlo. Miraba el retrato de la pobre secuestrada de Poitiers: no me horrorizaba. No me daban ganas de estar en Nápoles, para la fiesta de San Genaro. Leía con indiferencia las recomendaciones para las madres: "El estómago es el cochero del sistema nervioso". El estreno de Nerón, por la compañía de la Guerrero, no despertaba mi curiosidad. El ombú donde habitaba el ermitaño Witner, en San Nicolás de los Arroyos, no me impresionaba ni un poquito; Jacquets para señoras: al ver los avisos no ambicionaba tener ninguno. Digo la verdad. Miraba el cuadrante solar del bañado de Flores, en una fotografía: no hubiera dado un centavo por verlo personalmente. El cura Frabricci, circulador de moneda falsa, no me escandalizaba. "¿Estaré enferma?", me preguntaba a mí misma. Si no hubiera sido por las confidencias de Dionisia, no habría advertido lo que sucedía en esa casa donde yo trabajaba.

Horacio Ferrari no amaba a su mujer. No dormía con ella, prefería acostarse en un catre incómodo, junto a la ventana, para evitar la promiscuidad de su cuerpo. Decían las malas lenguas que el dinero que tenía lo dilapidaba en jugar. ¿Jugar a qué? ¡No lo sabré nunca! ¿Riñas de gallos, carreras de caballos, naipes? Dionisia lloraba de la mañana la noche. Horacio era buen mozo, demasiado buen mozo, lo que impedía que yo le tuviera fastidio o que pensara mal de él. Su cara era noble y tranquila y sus modales correctos.

En cuanto el matrimonio estaba junto, discutía. Los motivos de discordia no tenían mayor importancia. Una vez fue por la estrella del escudo de la casa de gobierno: si tenía ochocientas o novecientas lámparas ocupó una parte de exaltado diálogo. Otra vez fue por la casa del Rey del Son: si quedaba en la calle Florida al 220 o al 340 pareció cuestión de vida o muerte. Otra vez fue por la noticia que salió en una revista, de una gata que dio a luz cinco gatos y tres perros: el matrimonio Ferrari no estaba de acuerdo sobre el número de perros o de gatos que habían nacido. Pero todo sucedía, a mi juicio, por culpa de Livia. Livia sacaba la conversación de esto y del otro y de lo de más allá para perturbar la tranquilidad de sus padres. Yo no digo que lo hiciera a propósito, era inocente porque tenía doce años, pero la cuestión es que en ese hogar no había paz. Yo misma empecé a sentirme culpable. Soy cavilosa, me enseñaron a serlo en la infancia, cuando orinaba en la cama.

Horacio a menudo se sentaba a mi lado para verme coser. Yo me ponía nerviosa. Felizmente Livia siempre estaba con nosotros. Horacio la besaba mirándome como diciendo: "Estoy besando a Livia, pero en mi imaginación te beso a ti". Un día me corté un dedo con la tijera. Horacio, serio como de costumbre, hizo algo increíble: tomó mi mano en su mano, miró mi dedo que tenía una herida como una boca abierta, y me dijo:

–Hay que chupar toda la sangre para que no se infecte.

Acto seguido metió mi dedo en su boca para chupar la sangre. Sentí el calor mojado de su lengua y me estremecí. En ese momento pensé que Horacio se asemejaba mucho a un animal, y me repugnó. Me ruboricé y Lila comenzó a reír como si le hicieran cosquillas. Me limpié la mano en la falda y seguí cosiendo como si nada hubiera sucedido pero sentía la mirada de Horacio ardiendo sobre mi nuca. Esa mirada húmeda y brillante me recordaría para el resto de mi vida la blandura cálida del interior de su boca. Lo miraba ya sin verlo y lo veía sin mirarlo. Ningún asomo de coquetería hubo en mí. Si se enamoró no fue por mi culpa. Muchos malpensados dirán que traté de seducirlo cuando, detrás del biombo o frente a él en el cuarto de costura por orden de Dionisia, me ponía los trajes suntuosos, que le encargaban las clientas, y luego ataviada con vestido de baile, de amazona, de novia o de viuda, daba unos pasos frente al espejo, para que pudiera yo misma comprobar que todo estaba en orden: el lazo, el ruedo, las puntillas del cuello, los puños del vestido. Creo que las otras chicas me envidiaban, pues ¿cómo habría de interpretar la actitud que asumieron el día en que me puse la copia del vestido de la artista francesa Henriot que había muerto hacía dos meses, en el incendio del Teatro de la Comedia? Yo había gritado desde una azotea, al ver el entierro escandalosamente lujoso:

"Fuera blancura y azahares" hasta que los vigilantes me hicieron callar. Pensé: estas chicas saben que no soy partidaria de la francesa loca, ni de sus admiradores, que murió por salvar a su perro ¿entonces por qué me miran con severidad y no me hablan, al verme con el vestido de la francesa? Por envidia y por ninguna otra razón. Mi cuerpo es esbelto a pesar de estar encinta; tengo una cintura de avispa y mi estatura es mediana, más alta que el común de las mujeres argentinas. Mi mamá dice que me distingo por mi silueta.

Tuve un hijo. Durante un año, para cumplir con mis deberes maternales, no fui al taller de costura. Cuando volví a lo de Ferrari, nada había cambiado. Volví a reanudar mi trabajo. Dionisia, Horacio, Livia me trataron como siempre. Mi amor por Horacio había crecido.

Un día, que jamás olvidaré, Dionisia me dijo:

–Tengo que hablar contigo. Saldremos hoy a las cinco. Diré que vamos a comprar géneros y cintas.

Dionisia nunca tuvo que dar explicaciones por sus salidas. Nos vestimos para salir, nerviosamente. En la calle, lejos de la casa, Dionisia me habló:

–Sabes que Horacio es un hombre raro, un degenerado. –Cobardemente yo asentí con la cabeza. –No me importa que me engañe, pero que ande detrás de su propia hija es un pecado mortal, que no tolero.

Cobardemente me escandalicé. Yo sabía que Horacio estaba enamorado de mí y que utilizaba a su hija para disimular.

–Dentro de cuatro semanas –prosiguió– huiré con Livia de mi casa. Nos iremos a España. Tienes que acompañarme al puerto. Diré que voy a despedir a una amiga. A último momento me esconderé para que nadie me vea. Tengo aquí los pasajes. Me embarcaré en el Marsella.

Sacó de su corpiño un sobre, lo abrió y me mostró los papeles. Yo podía disponer de cuatro semanas para defender a Horacio, diciendo simplemente la verdad. Para declarar su inocencia, yo tenía que acusarme. No dije nada. Dionisia confiaba en mí. Me quería más tal vez que a su hija, que era una coqueta.

El día en que salía el barco fui más temprano que de costumbre a la casa de Dionisia Ferrari. Debajo de la cama estaban escondidos dos paquetes, poquita ropa de las viajeras.

Vislumbré a Horacio tomando el desayuno, antes de salir para el trabajo. Dos horas después fuimos en un coche a la dársena. Temblando, esperé que saliera el barco. Debajo de mi sombrilla abierta oculté las lágrimas, que quemaban mis ojos.


Cuentos completos, I
Buenos Aires, Emecé, 1999
Foto de Sara Facio: Ambas en el taller de Silvina Ocampo

16 feb. 2013

Silvina Ocampo - La máscara

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Silvina Ocampo


Soy como un árbol sin belleza, pensaba; las marcas que dejó el tiempo se borran, pero peores son las marcas de las marcas. Hay hojas en este árbol que podrían ser preciosas, pero quién descubre belleza cuando descifrarla lleva paciencia y tiempo, tanto tiempo que se empeora el mal. Soy un mero disfraz de mí misma. Si algún crimen cometí, ¿estaré pagándolo?.

Existía en una vieja casa un armario con innumerables antifaces, caretas, dominós, vestidos con capuchón de raso que inundaban los estantes. Había un vestido largo, amarillo de un lado y negro del otro; brillaba; era mi preferido; pero a mí me tocaba siempre, para carnaval, el disfraz de diablo, que no me gustaba; o el de holandesa, demasiado abrigado; o el de manola, demasiado lujoso.

Todos los años aparecía algún nuevo disfraz en el armario; disfraces nacidos de un almohadón o de una cortina que servirían de manto o de falda, pero yo nunca conseguía el amarillo de un lado y el negro del otro; era para personas grandes y yo era chica. En alguna oportunidad se habló de achicarlo para mi talle, pero se retractaron diciendo que sería un crimen, puesto que era de seda natural.

—¡De seda natural, ya ni los ángeles se visten! Alguien dijo:

—Guárdenlo para una fiesta.

Y la fiesta un día tuvo lugar en el salón de un hotel, pero no me disfrazaron con el célebre dominó negro y amarillo, sino con el vestido de holandesa: un auténtico traje de aldeana. Las trenzas de lana que me pusieron y la falda abrigada y la cofia y el delantal, todo era de lana, salvo la careta, que era de sultana. Era verano y me moría de calor. "No se divierte esta chica", dijo alguien, al ver mi inmovilidad. Se estaba derritiendo mi careta. Me miré en un espejo. No me reconocí. En vano cambié la posición de la careta sobre mi cara: a la altura de la boca, para poder tirar la lengua, quedaron los ojos, para ver mejor. La máscara impávida no condescendía a obedecerme y seguía mirándome sin verme, con sus ojos ocultos. Las mejillas palidecían, el dibujo de los párpados también. Debajo del cartón, el sudor cayó de mi frente a mis ojos, prorrumpiendo casi en llanto, pero nadie veía lo que pasaba detrás de ese cartón, duro e interminable como la máscara de hierro. Poco a poco la careta embelleció un poco; la miré de nuevo en el espejo, creyendo que el cambio se debía a que entonces me miraba en un espejo diferente. Pensé que habría obrado la magia. Me acerqué hasta tocarlo, lo sentí frío sobre mi frente, tierno de pronto como un abrazo. La humedad del sudor me refrescó. Sentí renacer el triunfo de una pequeñísima belleza en aquella máscara extraña, porque se había humanizado. Nunca fui tan linda, salvo algún día de extraordinaria felicidad en que tuve una cara idéntica a otra cara que me gustaba.


En Cuentos completos

27 may. 2012

Silvina Ocampo: La cara

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Me sigue, sombra
latido del corazón,
sin hacerse ver por mí pero mostrándose a los demás
como una máscara
que jamás me quita.
Ventana donde están los ojos.
Deseaba a veces que no fuera mía
o por lo menos, no siempre aparentemente mía
asimismo, siendo menos mía que otras más amadas,
que corresponden exactamente a mis sentimientos,
tuve que sobrellevarla como si fuera realmente mía.
Ah, qué lejana en aquel tiempo, en cualquier tiempo está
lejana como un campo añorado.
Ah, cuánta sonrisa simulada
cuánto odio y amor
cuánto celo y terror, piedad y curiosidad
sin contar el asombro
marcan todas las facciones
con tatuajes que nada ni nadie puede borrar
del sitio donde están grabadas.
Queda y aún me sigue como las manos que puedo ver.
Luego en días más largos que el resto de la vida
modifica notablemente su propia y extraña invisibilidad.
La conocí diminuta
adentro de una luciente cuchara de plata
abría y cerraba la boca
cuando yo no sabía aún quién era.
Como a un simio curioso la contemplé.
Di vuelta la cuchara: la vi al revés.
¿Por qué al revés?
Para mirarla me sacrifiqué: dejé de comer el dulce que la empañaba.
Después la busqué ansiosa
como un perro busca un hueso
en cuchillos, vidrios, agua, ojos, fondos de aljibe,
en un botellón monstruoso.
Finalmente con más claridad y proporciones normales
en un verdadero espejito la arrinconé
o más bien ella me arrinconó con su mirada aviesa.
En otros espejos más importantes volví a encontrarla,
en el cuarto de vestir de mi madre, por ejemplo;
junto a un vestido de baile delirante,
cinturones de terciopelo,
largos guantes de cabritilla,
flores de plumas,
subiendo o bajando por los ascensores, en los trenes,
en las tiendas, en las confiterías, perturbada, desdichada, feliz,
a veces más a veces menos que yo.
Nadie sabe cuánto me esforcé por imaginarla preciosa
como una actriz de cine en boga
o una heroína de una novela leída por una institutriz
antes de llegar al espejo donde cambiaba mis subterfugios
pasando de la belleza perdida
a la inteligencia subrepticiamente hallada,
de la imagen fría de mármol que inspira amor
a la imagen sensible que da amor,
de la reina coronada de papel plateado
a la esclava rebelde con tintineos de pulseras de cortina.
La corregí, en vano, minuciosamente
juntándole las cejas
agregándole lágrimas
adornándola con levísima sonrisa
tirándole la lengua para volverla graciosa
mordiéndole los labios para volverla cruel
alejándola inclinada para volverla misteriosa.
Entonces, sólo entonces
creía encontrar la más conveniente
hasta que un "¿Qué hacés?" fatídico
me arrancaba de la representación;
porque era un pecado
para la dueña infantil de una cara
mirarse demasiado en un espejo.
Tal vez Narciso temblaba en aquellos ojos azules
y profería secretos eróticos
que la comunicaban inocentemente
cuando la luna se empañaba
con el diablo,
o tal vez ya iba urdiendo
las líneas que después, mucho después,
desearía ardientemente borrar.
Anhelo penetrar en el mundo del esteroscopio
donde su madre paseaba en misteriosos jardines
pero no se lo permitieron las frías instantáneas de papel
a las cuales se sometió urgida por el tiempo.
En la primera fotografía toda rosada
aprendió con mucha facilidad
la preocupación que puede expresar la boca mirando una mano
en el acto de lanzar una pelota
sin desanudar el moño del peinado.
En la segunda aprendió
con una muñeca de frondosa cabellera
la postura que requiere el amor maternal
para iluminar un retrato impuesto por la familia.
En la tercera
el ademán absorto que inspira la soledad
del mundo de las personas mayores
la crueldad secreta de los niños
en un patio de un hotel a la hora de la siesta.
En la cuarta
la falaz inocencia
del tul de la primera comunión,
el peinado recogido
el éxtasis del rosario de perlitas junto a la boca
herida por lo guantes de hilo blanco.
En la quinta
el rubor que revela hasta en blanco y negro
los ojos escondidos
debajo del ala del sombrero
y el pelo, el único esplendor visible, escamoteado
adentro de la copa alta de fieltro.
En la sexta
el incómodo atuendo de los quince años,
la organiza del vestido tieso, sin gracia
debido a la moda subsiguiente,
el monedero,
los zapatos de charol morderé
el polvo que vuelve opacas las mejillas
y los ojos fuera de foco.
En la séptima entre las piedras
vista a través del agua de una cascada su originalidad.
En la octava el mar
y la irisiada luz del sol ¿dónde está? No se ve. Por eso está tan bien.
En la novena, dos leones en Roma
escupen agua en una fuente acompañando sus primeras arrugas.
No. Miento. No son sus primeras arrugas.
¿En qué momento nacen? Nunca se sabe.
En la décima ¿dónde está? Ya tomó la costumbre de esconderse.
Entre las caras del barco, vestidas de odalisca,
De cocinero o de gitana, se pierde al pasar la línea.
Sus orejas escuchan la música de un piano desafinado.
En la onceava, en Zurcí, hojas de un bosque la esconden.
Cruzando tanta belleza ¿cómo no se embellece?
¿No existe acaso el mimetismo?
Y en otra, ya perdí la cuenta,
la llanura apenas la muestra.
Y en otra, la sierra.
Y en otra ¡Cuánta indecisión!
la policía marca su culpabilidad ¿víctima o asesina?
Y en otra, superpuesta; se recuesta contra ella misma.
con un título que podría ser "hermafrodita"
o "retrato de un espíritu bizco".
Y en otra, "cebú amaestrado".
Y en otra. No, no quiero otra. Basta.
Demasiadas fotografías son culpables.
Buscándole un parecido
en los perfiles egipcios
como de animales
que han quedado grabadas
en algunas monedas antiguas
pudo morigerar su antagonismo.
¡Cuchara, vidrio, cuchillo, aljibe, espejo!
No quiero más fotografías de esa cara
que no es la misma cara que estaba adentro de una cuchara
ni en el vidrio, ni en el cuchillo, ni en el aljibe,
ni siquiera en el espejo.


Foto: Sara Facio

2 mar. 2012

Silvina Ocampo - En el bosque de los helechos

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En el bosque infinito de los helechos, donde acampaban los gladiadores, sin aclaración de tiempo ni de lugar, me perdí un día, hace tantos siglos que no puedo rememorar ni la hora, ni el color del cielo, ni la temperatura del aire. Yo tendría once años, no puedo imaginar otra edad. ¿Cómo llegué a esos sitios del mundo?. Nunca lo sabré. Tengo recuerdos de una madre que me quería mucho y que no me descuidaba; de un padre que me miraba apenas. ¿Cómo llegué a ese bosque extraño, tan lejos del lugar de mi nacimiento?. Tal vez me enamoré de un gladiador, que después de violarme bruscamente, me regaló un caramelo. No había caramelos en esas épocas pero, por costumbre, llamo caramelos a todo lo dulce y pegajoso que hay en la naturaleza: un higo bien maduro, rojo como el corazón abierto de una niña. El gladiador no me amaba ni traté de seducirlo, pero no me separé más de su lado y durante unos momentos, con dificultad, lo tomaba de la mano izquierda, tan áspera, que yo gritaba de dolor.

—¿Por qué gritas? –preguntó—.

—Porque me duele.

—La próxima vez te dolerá mucho más.

—No quiero —protestó la niña—.

—Ya verás —le dijo el gladiador—, te haré doler más. No tendrás ganas de reír ni de llorar ni de dormir, me pedirás que me quede contigo.

Y con estas palabras se dormía, hasta que un día tuvo miedo y se fue corriendo al bosque de los helechos para rezar y comer raíces, que eran su único alimento.

Esta niña se llamaba Agnus; nunca se sabrá por qué. Sólo lo supe después, no por el lecho que siempre buscaba para dormir, sino por los helechos del bosque que siempre la seducían con sus blandas plumas verdes, tan altas que nunca las alcanzaba y que brillaban en el cielo.

Un día, entrada la noche, Agnus se acostó en unas preciosas rocas que mantenían intactas las voces de las personas que por ahí habían pasado. Algunas voces cantaban, otras susurraban, otras utilizaban los plumeritos de los helechos para hablar con una voz tan clara que Agnus se quedaba las horas y las horas escuchándolas con amor. Para oírlas bien tenía que pegar su oreja a la tierra. Fue entonces cuando la revelación se produjo: alguien la llamaba con la voz del gladiador. Era una voz perfecta, repleta de dulzura, que nunca tuvo para ella. Se incorporó para oírla mejor.

—Estoy acá, en el bosque de los helechos Estos helechos son más altos que los árboles más altos de toda la creación. Te busco, mi amada, han pasado dos mil años de mi muerte. Yo había nacido para morir en este bosque; donde te encontré por fin. Dos mil años no arrugaron mi cara. Once años de mi vida son los tuyos. Escúchame. Nadie me escucha, salvo el viento atroz del invierno y la blancura de la nieve, para recordar la piel de tu mejilla divina donde apenas una rosa dejó un día su color. Soy el alma del silencio. De todos los países me quisieron echar. No quieren a gladiadores y yo te pregunto a ti que me has abandonado ¿qué hago...?. Si has desaparecido, ayúdame; contéstame, voz adorable del helecho: moriré contigo si lo aceptas. Ahora, tan envejecido estoy que no me reconocerás. Sólo si me arrodillo a tus pies, como antaño. Porque te amo ni mi cuerpo ni mi alma ni mis movimientos envejecieron. Vivo con la eternidad porque nunca he existido ni existiré. Sólo el sentimiento que me obligó a violarte una noche de abril quedó entre los helechos que aspiro, y yo, débil como un niño, ando vagando por los bosques donde nadie me ve ni me adivina, ni contesta mi silencio.



En Cuentos completos


13 dic. 2011

Silvina Ocampo - El piano incendiado

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Empecé por las fotografías: eran de 1950. Las miré con horror, luego me conmovieron y llegué a ver a niños vestidos de blanco, con los delantales recién planchados, en un teatro de posturas y movimientos. Miré mi cara. Lo que más me gustó fueron los ojos. Tenían un color indefinido, azul, verde, violeta. No puedo explayarme sobre el color de los ojos. Los ojos son lo mejor que tenemos, pero el color desaparecía en esa foto borrosa. Qué lindos ojos tenía entonces. Ahora se nota el tiempo, que arrugó los contornos de los párpados y dejó el resto casi borrado. La foto de mi abuela, tan famosa por su belleza, no tenía belleza alguna para mi gusto. Un vestido largo, que parecía un batón, la cubría hasta los pies. El pelo, aparentemente rubio, trenzado, no la favorecía. Pobre, cómo se enojaría si supiera que no me gusta este retrato. La foto de papá era horrible, con esas manchas de humedad que lo afeaban; la de mamá, en cambio, era tan preciosa que durante media hora la miré atentamente, sin sacar los ojos de encima. Estaba acodada al balcón, sola, como si no existiera otra persona que la quisiera; los ojos tristes, la boca entreabierta, mirando más allá de donde es posible mirar. A medida que iba buscando nuevas fotografías y que se alegraba el tiempo con polleras más cortas y pequeñas travesuras en los tablones de las faldas, surgió de pronto Herminia, con ese rostro que no dejaba saber si era buena o mala o simplemente distraída. Nada en el rostro anticipaba la tristeza profunda que me trajo a lo largo de los años. Pensé que era (como siempre pensé) perversa, pero no por su culpa, sino por la culpa terrible del tiempo que va deformando lo bueno y caricaturizando lo malo. Qué triste mundo nos unía y nos desunía. Qué haría yo para alejarme de su lado, sino los subterfugios que Dios me ofrecía. Dediqué toda mi vida a quererla, sin pedirle nada, ni siquiera el amor que no era amor sino atención, atención por tal cosa o tal otra; y así fue cómo llegamos a una situación despareja, en que ella reinaba sobre mí, porque, debo confesarlo, yo la odiaba. Poco a poco advertí que la odiaba. No podía soportar que me tocara para pedirme un vaso de agua o un terrón de azúcar; tampoco que me agradeciera por haberlos traído. El odio subió en mí con su efervescencia, hasta el día en que Herminia (tal vez por ser mayor que yo) se unió a una gente en un rincón de la casa donde había un piano negro, de cola. Que un piano sea maligno no parece posible; el nuestro, en ese momento, lo fue. En una mesa de vidrio había miles de vasos de distintas bebidas. Lo primero que pensé fue cuál sería más inflamable. ¿Por qué pensé eso?.

Herminia, con desenvoltura, se sentó frente al piano. Salieron los acordes más armoniosos que oí en mi vida. Herminia, en vez de mirar el piano, miraba a un joven a los ojos como si fuera la música. Entonces, sin saber lo que hacía, me acerqué y le dije: 

 —Si sigues tocando el piano, lo incendio. 

No parecieron oír mi voz. Apoyado en el piano, el joven escuchaba con atención. Tan rápida como silenciosa, fui al antecomedor y busqué una tela y un frasco de alcohol, algo para incendiar el piano. ¿Para qué hice esto?. En el momento más íntimo, sin que nadie me viera, pensé colocar dentro del piano, que tenía la tapa abierta, la tela empapada en alcohol. Pensé incendiarla y esperar. Pero ahí estaban los vasos, las bebidas. Dejé caer el alcohol de algunos vasos, rocié el piano. No tardó en arder, pero nadie lo notó. Estaban entregados al deseo de oír. Por último alguien gritó:  

—Se incendió algo en este cuarto. ¿No sienten olor a quemado?. 

Nos asomamos para mirar el piano y vimos llamas altísimas. Herminia y el joven se asomaron al balcón, abrieron todas las ventanas, buscaron un balde con agua. Todo fue inútil. El piano se quemaba. Yo me tiré al suelo y recé. Nadie me miraba, porque miraban el fuego. El fuego ardía menos que yo. Entonces sucedió lo increíble. Herminia se arrodilló a mi lado y me dijo: 

 —¿Te das cuenta?. Toqué el piano con tanta pasión que se incendiaron las notas. 

Advertí que el joven la tenía de la mano. Mi odio creció, como crecen las plantas cuando han estado mucho tiempo sin agua y se les da de beber. 

Cuando se apagó el fuego (costó mucho trabajo apagarlo) quedaron unas pocas notas que todavía sonaban, como si fuera en un sueño. 

Durante algún tiempo se habló del piano misterioso. Nadie pensó que alguien lo había incendiado. Bastaba imaginar el resto, y muchos lo imaginaban: la colilla de un cigarrillo, un fósforo encendido, cualquier cosa. ¿No se incendian los campos enteros sin que nadie sepa por qué?. Yo prefiero no imaginar nada y dejar que la gente siga suponiendo cosas realmente absurdas. ¿Qué era lo que el piano tocaba y que podía por sus propios medios incendiar?. Todo era Brahms, los valses de Brahms. Nunca sabré cuál era, aunque podría hasta cantarlo, pero si lo canto alguien me contesta: "Esto no es de Brahms" y, si lo canto a otra persona, dice que es Schumann o Grieg, pero yo sigo con mi música dentro de mi oído, sin poder saber si es ésa o si cantando desafino tanto que la gente no la reconoce. Qué bueno sería reproducirla y que alguien me dijera: "Mirá, aquí la tengo, no busques más”, sin saber que las notas se fueron en el fuego para siempre. Recordé sin embargo las canciones serias, profundas, que duelen. Creo que nadie olvida ni el aire de la voz que las canta ni el acompañamiento solo, triste, en el piano. Creo que se trata de dos obras: una la voz, otra la voz del piano, que la acompaña. Si alguien siente la gran tristeza de estas canciones sin resucitar, no siente el valor de la música. Hay algo en el dolor tan idéntico al más gran goce que sólo un músico puede apreciar, y por eso, cuando me piden de contar toda la historia del piano incendiado, la cuento a mi modo. No fui yo quien lo incendió, fue él mismo el que produjo fuego con sus acordes, y me dejó un recuerdo tan lleno de amor que sólo así puedo contarlo de un modo más real y más íntimo, más penetrante, ya que no puedo recurrir a la misma obra, pues perdí su título, su partitura, todo lo que permitiría demostrar su grandeza, su inimitable perfección. Pienso que a veces sólo con música puedo descubrirlo, sin saber de qué autor es la melodía que recuerdo. Probablemente le cambio el tono y la voz y siempre vuelvo a interpretar la auténtica melodía, dando con la verdadera luz que la ilustra. No creo que el amor a la música sea único, como tal vez no creo que la pintura de un cuadro se parezca a la de otro. En el mundo de un cuadro o de una música, de ese mundo visual surge la faz del amor en una resolución perfecta que da un goce inasible, como la luz que sale de una composición lograda. Yo quisiera morir un día de la perfección de un cuadro o de una música o de un poema.

En Cuentos completos
Imagen: Sara Facio