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13 jul. 2009

Voltaire - Sobre Descartes y Newton

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Un francés que llega a Londres encuentra las cosas muy cambiadas en filosofía, como en todo lo demás. Ha dejado el mundo lleno; se lo encuentra vacío. En París, se ve el universo compuesto de torbellinos de materia sutil; en Londres, no se ve nada de eso. Entre nosotros, es la presión de la luna la que causa el flujo del mar; entre los ingleses, es el mar el que gravita hacia la luna, de tal forma que, cuando creéis que la luna debería darnos marea alta, esos señores creen que debe haber marea baja; lo que desdichadamente no puede verificarse, pues habría hecho falta, para aclararlo, examinar la luna y las mareas en el primer instante de la creación.

Notaréis además que el sol, que en Francia no interviene para nada en este asunto, contribuye aquí por lo menos en una cuarta parte. Entre vosotros, cartesianos, todo sucede por impulso del que nada se comprende; en el Sr. Newton, es por una atracción cuya causa no se conoce mejor. En
París, os figuráis la tierra hecha como un melón; en Londres, está aplastada por los dos lados. La luz, para un cartesiano, existe en el aire; para un newtoniano, viene del sol en seis minutos y medio. Vuestra química hará todas sus operaciones con ácidos, bases y materia sutil; la atracción domina hasta en la química inglesa.

La esencia misma de las cosas ha cambiado totalmente. No estaréis de acuerdo ni sobre la definición del alma ni sobre la de la materia. Descartes asegura que el alma es lo mismo que el pensamiento, y Locke prueba bastante bien lo contrario. Descartes asegura que sólo la extensión hace la materia; Newton le añade la solidez. He aquí unas, furiosas contradicciones.

Non nostrum inter vos tantas componere lites.

Este famoso Newton, este destructor del sistema cartesiano, murió en el mes de marzo del año pasado, 1727. Ha vivido honrado por sus compatriotas y ha sido enterrado como un rey que hubiera hecho el bien a sus súbditos. Aquí han leído con avidez y han traducido al inglés el elogio que el Sr. de Fontenelle ha pronunciado del Sr. Newton en la Academia de Ciencias. Se esperaba en Inglaterra el juicio del Sr. Fontenelle como una declaración solemne de la superioridad de la filosofía inglesa; pero, cuando se ha visto que comparaba Descartes a Newton, toda la Sociedad Real de Londres se ha sublevado. Lejos de asentir al juicio, se ha criticado ese discurso. Incluso algunos (y esos no son los más filósofos) se han sentido chocados por esta comparación solamente porque Descartes era francés.

Hay que confesar que estos dos grandes hombres han sido muy diferentes uno de otro en su conducta, en su fortuna y en su filosofía. Descartes había nacido con una imaginación viva y fuerte, que hizo de él un hombre singular tanto en su vida privada como en su manera de razonar. Esta imaginación no puede ocultarse ni siquiera en las obras filosóficas, en las que se ven en todo momento comparaciones ingeniosas y brillantes. La naturaleza había hecho de él casi un poeta, y en efecto compuso para la reina de Suecia un divertimento en verso que por el honor de su memoria no se ha hecho imprimir. Intentó durante algún tiempo el oficio de la guerra, y habiéndose hecho después completamente filósofo, no creyó indigno de él hacer el amor. Tuvo como amante a una chica llamada Francine, que murió joven y cuya pérdida lamentó mucho. De este modo experimentó todo lo que a la humanidad atañe.

Creyó durante largo tiempo que era necesario huir de los hombres, y sobre todo de su patria, para filosofar en libertad. Tenía razón; los hombres de su tiempo no sabían lo bastante para ilustrarle y no eran capaces más que de dañarle. Abandonó Francia porque buscaba la verdad, que estaba perseguida entonces por la miserable filosofía de la Escuela; pero no encontró más razón en las universidades de Holanda, a las que se retiró. Pues en la época en la que se condenaban en Francia las únicas proposiciones de su filosofía que eran verdaderas, fue también perseguido por los pretendidos filósofos de Holanda, que no le entendían mejor y que, viendo de más cerca su gloria, odiaban más su persona. Se vio obligado a salir de Utrecht; soportó una acusación de ateísmo, último recurso de los calumniadores; y él, que había empleado toda la sagacidad de su espíritu en buscar nuevas pruebas de la existencia de un Dios, fue sospechoso de no reconocer ninguno.

Tantas persecuciones suponían un gran mérito y una reputación resonante: de este modo tuvo realmente uno y otra. Incluso llegó la razón a despuntar un poco en el mundo a través de las tinieblas de la Escuela y los prejuicios de la superstición popular. Su nombre hizo finalmente tanto ruido que se le quiso atraer a Francia por medio de recompensas. Se le propuso una pensión de mil escudos; vino con esta esperanza, pagó los gastos de la patente, que entonces se vendía, no obtuvo la pensión, y se volvió a filosofar en su soledad del norte de Holanda, en la época en que el gran Galileo, a la edad de ochenta años, gemía en las prisiones de la Inquisición, por haber demostrado el movimiento de la tierra. Finalmente murió en Estocolmo de una muerte prematura y causada por un mal régimen, en medio de algunos sabios enemigos suyos y entre las manos de un médico que le odiaba.

La carrera del caballero Newton ha sido completamente diferente. Ha vivido ochenta y cinco años, siempre tranquilo, feliz y honrado en su patria. Su gran dicha ha sido no sólo haber nacido en un país libre, sino en una época en que las impertinencias escolásticas habían sido barridas y sólo se cultivaba la razón, y el mundo no podía ser más que su alumno, no su enemigo. Una oposición singular en la que se encuentra con Descartes es que, en el curso de una vida tan larga, no tuvo ni pasión ni debilidad; nunca se acercó a ninguna mujer: es lo que me ha sido confirmado por el médico y el cirujano en cuyos brazos ha muerto. Se puede admirar por eso a Newton, pero no hay que censurar a Descartes.

La opinión pública en Inglaterra sobre esos dos filósofos es que el primero era un soñador y que el otro era un sabio. Muy pocas personas en Londres leen a Descartes, cuyas obras efectivamente se han hecho inútiles; muy pocas leen tampoco a Newton; porque hace falta ser muy sabio para comprenderle; empero, todo el mundo habla de ellos; no se concede nada al francés y se da todo al inglés. Alguna gente cree que, si hoy ya no estamos en lo del horror al vacío, si se sabe que el aire es pesado, si se utilizan gafas para acercar, se debe agradecer a Newton. Es como el Hércules de la fábula, a quien los ignorantes atribuían todas las hazañas de los otros héroes.

En una crítica que se ha hecho en Londres del discurso del Sr. de Fontenelle, se han atrevido a aventurar que Descartes no fue un gran geómetra. Los que así hablan pueden acusarse de pegar a su nodriza; Descartes ha hecho tanto camino desde el punto en que encontró la geometría hasta el punto en que la llevó, como Newton ha hecho tras de él: es el primero que ha encontrado la manera de dar las ecuaciones algebraicas de las curvas. Su geometría, que gracias a él ha llegado a ser común hoy, era en su tiempo tan profunda que ningún profesor se atrevió a intentar explicarla, y que no había más que Schooten en Holanda y Fermat en Francia que la entendiesen.
Llevó este espíritu de geometría y de invención a la dióptrica, que se convirtió en sus manos en un arte completamente nueva; y si se equivocó en algunas cosas, es porque un hombre que descubre nuevas tierra no puede de golpe conocer todas sus propiedades; los que vienen detrás de él y convierten esas tierras en fértiles, le deben al menos el mérito del descubrimiento. No negaré que todas las otras obras del Sr. Descartes abundan en errores.

La geometría era una guía que él mismo había formado en cierta forma y que le habría conducido seguramente en su física; sin embargo, abandonó finalmente esa guía y se entregó al espíritu de sistema. Entonces su filosofía no fue más que una novela ingeniosa y todo lo más verosímil para los ignorantes. Se engañó sobre la naturaleza del alma, sobre las pruebas de la existencia de Dios, sobre la materia, sobre las leyes del movimiento, sobre la naturaleza de la luz; admitió ideas innatas, inventó nuevos elementos, creó un mundo, hizo al hombre a su modo, y se dijo con razón que el hombre de Descartes no es en efecto más que el de Descartes, muy alejado del hombre verdadero.

Llevó sus errores metafísicos hasta pretender que dos y dos no hacen cuatro más que porque Dios lo ha querido así. Pero no es decir demasiado afirmar que era estimable incluso en sus desvaríos. Se engañó, pero lo hizo al menos con método y con un espíritu consecuente; destruyó las quimeras absurdas con las que se engañaba a la juventud desde hace dos mil años; enseñó a los hombres de su tiempo a razonar y a servirse contra él mismo de sus armas. Si no pagó con moneda buena, ya es mucho que denunciase la falsa.

No creo que se pretenda, en verdad, comparar en nada su filosofía con la de Newton: la primera es un ensayo, la segunda una obra maestra. Pero quien nos ha puesto en la vía de la verdad vale quizá tanto como el que ha ido después hasta el final de ese camino. Descartes devolvió la vista a los ciegos; vieron las faltas de la antigüedad y las suyas. La carretera que abrió ha llegado a ser, a partir de él, inmensa. El librito de Rohaut ha sido considerado, durante mucho tiempo, como una física completa; hoy, todas las compilaciones de las Academias de Europa no forman ni siquiera un comienzo de sistema: profundizando este abismo, se ha encontrado que es infinito. Se trata ahora de ver lo que el Sr. Newton ha excavado de este precipicio.




Cartas filosóficas, 14ª (1734)



8 sept. 2007

Jorge Wagensberg - Beethoven versus Newton

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Barcelona, un sábado en el estudio de mi amigo compositor Jordi Cervelló. Está desesperado. Nos conocemos desde el año 1972. Jordi se había comprado un enorme y ultramoderno mag­netofón profesional. Pero las instrucciones estaban en alemán, así que, por mediación de un amigo común, requirió mi ayuda para hacerlo funcionar. Desde entonces hemos conversado mu­cho sobre música y, sobre todo, hemos escuchado mucha música juntos. Sin embargo, aquella tarde estaba desesperado. Su estu­dio está instalado en el sobreático de la vivienda y tiene un am­plio ventanal que da sobre una vegetación relativamente silvestre del barrio de Sarria. Al fondo se ve Vallvidrera y la montaña del Tibidabo. Es un lugar espléndido para pensar la música. Pero está desesperado. Hace dos meses que no escribe ni una corchea. Un vecino de una torre cercana se ha comprado un perro que la­dra de sol a sol. Lo ha probado todo, pero la normativa sólo se ocupa de los perros que ladran de noche. Y todos, empezando por el dueño del animal, se encogen de hombros. Ha escrito al al­calde, a los periódicos: «Piedad, yo soy un compositor...». Y mien­tras el cachorro ladra hasta a los caracoles, él se pasa el día imaginando venganzas ultrasónicas, croquetas narcotizadas, pro­yectiles sedantes, anónimos con sugerencias, campañas pro lin­chamiento en el vecindario... He acudido a su llamada de socorro para ver si se me ocurre algo y, lo confieso, porque me he com­prometido a dar una conferencia sobre Beethoven. Recordaba que un día, analizando la partitura del concierto de violín en aquel lugar, acabamos construyendo toda una teoría y yo acabé citando a Newton. ¿Cómo iba todo aquello? La conversación nos atrapó de nuevo y nos olvidamos del perro, que hoy, por cierto, ya no ladra. Se ha hecho mayor.


El Concierto de violín en Re de Ludwig van Beethoven, opus 61, está ahí, en la historia de la música, como una torre visible desde cualquier distancia y dirección. Conviene un sencillo ejercicio doble: escucharlo y leerlo a la vez. Para se¬guir una audición de esta obra con la partitura bastan unos rudimentos intuitivos de solfeo (más arriba, más agudo; más blanco, más largo). Lo primero que se percibe es un claro contraste entre lo que se oye y lo que se ve. Por el oído entra todo un mundo de serena belleza y espiritualidad luminosa: es una grandiosidad. Pero ante la vista desfilan elementos muy simples, dibujos melódicos y rítmicos casi geométricos, escalas cromáticas, acordes arpegiados en séptima, largos trinos, octavas..., se diría incluso que se trata de estudios de mecanismos para dedos y golpes de arco. Ni una fórmula virtuosística. Es la grandeza: lo extenso y complejo es inteli¬gible porque se comprime en lo breve y lo simple. ¿Dónde he visto antes la grandeza de una grandiosidad?

Este tipo de grandeza, la de la comprensión por compre¬sión, no es obligatoria en música. No ocurre, por ejemplo, en el concierto de violín de Brahms (enorme, pero de compleji¬dades poco reducibles). Ni siquiera ocurre con los íntimos cuartetos o las densas sonatas de piano del propio Beethoven. En ciencia, sin embargo, este tipo de inteligibilidad es, como mínimo, prioritaria. Ocurre con las leyes de la mecánica de Newton, cuya grandeza está en comprimir grandiosidades tan dispares como el movimiento de un planeta o el vuelo de un insecto. Estas leyes son aún, para muchos, la referencia cen¬tral de la ciencia moderna. Muchas otras disciplinas se cons¬truyen sumando, combinando, simulando o emulando tales fundamentos. Digamos que este tipo de inteligibilidad es, en ciencia, una exigencia y, en arte, una opción, como la de Beethoven en este concierto. ¿Por qué?

El concierto de violín de Beethoven es una investigación científica sobre la inteligibilidad del instrumento. ¿Cómo sa¬ber, de una vez por todas, cuál es la eficacia de un violín? El primer tiempo, el Allegro ma non troppo, lleva el peso de la prueba. El violín no se pelea contra la orquesta, sino que re¬quiere su colaboración, pregunta, contrasta, duda, confirma, dialoga, busca... y encuentra. En el segundo tiempo, el Larghetto, se aplican los resultados con emoción contenida. Un tema, bellísimo, se mueve, oscila, evoluciona, acepta nuevas ideas frescas y, de repente..., se hace la luz. La belleza es casi insoportable. ¡Funciona! El científico que ha vivido esta clase de júbilo reconoce también el tipo de inquietud que le sigue inmediatamente después. ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo convencer a los demás de esta trascendencia? ¡Hay tantas aplicaciones posibles! ¿Y si resulta que es incluso más uni¬versal de lo que parece? ¡Queda tanto por hacer! ¿Y si no es tan trascendente? ¿Y si no lo es nada? Es el momento justo de valorar la conquista, de la autocrítica, la hora de desdra¬matizar, de recurrir a una mínima dosis de humor. Es el Rondó, el movimiento final. El violín y la orquesta juegan el uno con el otro y la tensión se esfuma: se insinúa cierta continuación, pero el violín da un quiebro y, en lugar de ce¬der la palabra a la orquesta, la retoma, sin permiso aparente, en un registro más agudo... El cerebro acepta gozoso el reto de ahora predecir, ahora sorprenderse. No vayamos a olvidar que cualquier verdad tiene un límite y una vigencia.

La obra divide hondamente la historia de la música en dos. Preguntemos a los violinistas, a los compositores, a los melómanos. Alguien tenía que escribir los fundamentos de la mecánica, alguien tenía que escribir este concierto.


En Ideas para la imaginación impura