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30 ene. 2015

Vladimir Nabokov - Música

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Vladimir Nabokov @Philippe Halsman


El vestíbulo rebosaba de abrigos de ambos sexos; desde el salón se oía el rápido desgranar de una serie de notas de piano. El reflejo de Víctor en el espejo se estiró el nudo de una corbata que no era sino reflejo de la de Víctor. Alzándose para llegar a la percha, la doncella colgó su abrigo, que inmediatamente se desprendió del perchero, llevándose a otros dos consigo en su caída, por lo que la doncella tuvo que empezar la operación de nuevo.

De puntillas, Víctor llegó al salón, y en ese momento la música se hizo más potente y ruidosa. Al piano estaba Wolf, un invitado poco frecuente en esa casa. El resto, unas treinta personas en total, escuchaba en una gran variedad de actitudes, algunos con la barbilla apoyada en la mano, otros fumando y exhalando el humo hacia el techo mientras la incierta iluminación concedía a su inmovilidad una cualidad vagamente pintoresca. Desde lejos, la señora de la casa le indicó un asiento vacío a Víctor con una sonrisa elocuente, una butaca con respaldo de rejilla que estaba casi a la sombra del piano de cola. Él respondió con gestos, como si quisiera pasar desapercibido, está bien, está bien, estoy bien de pie; pero al final empezó a moverse en la dirección indicada, se sentó con cautela y con la misma cautela se cruzó de brazos. La esposa del pianista, con la boca medio abierta y sin dejar de parpadear, se dispone a pasar la página; ya la ha pasado. Una selva negra de notas en crescendo, una colina, un vacío, luego un grupo separado de trapecistas que inician el vuelo. Wolf tiene unas pestañas largas, rubias: sus orejas translúcidas muestran un delicado tono rojizo; toca las notas con velocidad y rigor extraordinarios y, en las profundidades lacadas de la tapa abierta del teclado del piano, se deja ver la réplica de sus manos ocupadas en un remedo intrincado, fantasmal, incluso vagamente circense.

Para Victor, cualquier música que le resultara desconocida, y toda la que conocía se reducía a una docena de melodías convencionales, se asemejaba al parloteo de una conversación en una lengua extranjera: tratas en vano de definir al menos los límites de las palabras, pero todo resbala y se entremezcla, de forma que el oído rezagado empieza a aburrirse. Victor intentó concentrarse en la música pero muy pronto se sorprendió a sí mismo observando las manos de Wolf y sus reflejos espectrales. Cuando la música se convertía en un trueno insistente el cuello del pianista se hinchaba, sus dedos abiertos entraban en tensión y emitía una especie de débil gruñido. En un momento dado, su esposa se le adelantó; él detuvo la página con un golpe seco de su palma izquierda abierta y luego, a increíble velocidad, la pasó de un manotazo y al instante siguiente ambas manos atacaban ya de nuevo el sumiso teclado. Victor hizo un estudio detallado del hombre: nariz puntiaguda, párpados saltones, una cicatriz en el cuello, herencia de un grano, pelusa rubia a guisa de pelo, espaldas amplias bajo la americana negra. Por un momento Victor trató de prestar atención de nuevo a la música, pero apenas se hubo fijado en ella su atención empezó a dispersarse.

Lentamente abandonó su lugar junto al piano, sacó su pitillera y empezó a examinar a los otros invitados.

Entre los rostros extraños descubrió a algún conocido -el gordinflón de Kocharovsky, tan buena persona… ¿debería saludarle? Le saludó, pero erró el gesto porque fue otro conocido suyo, Shmakov, el que le devolvió el saludo: yo creía que se había marchado de Berlín, a París, se lo tendré que preguntar. En un diván, flanqueado por dos damas ancianas, estaba Anna Samoylovna, tan pelirroja y corpulenta, medio reclinada con los ojos entreabiertos mientras que su marido, un otorrino-laringólogo, se sentaba apoyando el codo en el brazo de la silla. ¿Qué es ese objeto reluciente con el que juega su mano libre? Ah, sí, unas lentes con una cinta chejoviana. Más allá, con un hombro en la sombra, un hombre barbudo y jorobado conocido por su amor a la música escuchaba con máxima atención, con el índice apoyado en la mejilla. Victor nunca se acordaba de su nombre ni de su apellido. ¿Boris? No, no era Boris. ¿Borisovich? Tampoco. Más rostros. Me pregunto si estarán aquí los Haruzins. Sí, allí están. No me ven. Y al momento siguiente, justo detrás de ellos, Victor vio a su ex mujer.

Al punto agachó la cabeza, dando golpecitos al cigarrillo para tirar la ceniza que no había tenido todavía tiempo de formarse. Desde algún lugar de su interior surgió su corazón como un puño dispuesto a lanzar un buen derechazo pero se retiró, luego volvió a golpear para a continuación empezar a latir desordenada y velozmente, en contrapunto al ritmo de la música y ahogándola. Sin saber dónde mirar, observó de refilón al pianista pero sin oír una sola nota. Parecía como si Wolf estuviera tocando en un teclado silencioso. Victor sintió tal angustia en el pecho que tuvo que estirarse y respirar a fondo: luego, y como si retornara desde algún lugar distante, luchando por encontrar su hueco, la música volvió a la vida y el corazón reanudó sus latidos con un ritmo más regular.

Se habían separado hacía dos años, en otra ciudad, donde el mar tronaba por las noches y donde habían vivido desde su boda. Sin atreverse todavía a alzar la vista, trató de rechazar el ruido y la avalancha del pasado con pensamientos triviales; por ejemplo, que ella debía de haberle visto hacía unos minutos cuando, con pasos titubeantes y de puntillas, había atravesado toda la habitación para llegar a su asiento. Era como si alguien le hubiera sorprendido desnudo o comprometido en una ocupación estúpida; y mientras recordaba cómo en su inocencia se había deslizado y precipitado bajo su mirada (¿hostil?, ¿burlona?, ¿curiosa?), se interrumpió para considerar si su anfitriona u otra persona en la habitación sería consciente de la situación, y cómo había llegado ella hasta allí, y si habría venido sola o con su nuevo marido, y qué debía hacer él; ¿quedarse como estaba o ponerse a mirarla? No, mirarla era todavía imposible; antes tenía que acostumbrarse a su presencia en aquel salón que aunque grande era al tiempo limitado, porque la música les había puesto cerco y se había convertido para ellos en una suerte de prisión en la que ambos estaban destinados a permanecer cautivos hasta que el pianista acabase de construir y mantener sus bóvedas de ruido. ¿Qué había tenido tiempo de ver en aquella breve ráfaga en que sus ojos se encontraron hacía un minuto?

Tan poco: sus ojos huidizos, sus pálidas mejillas, un mechón de pelo negro, y también, como si fuera una actriz secundaria, creía haber distinguido una serie de perlas o algo parecido rodeando su cuello. ¡Tan poco! Y sin embargo, aquel esbozo descuidado, aquella imagen truncada ya, era su mujer, y aquella fusión momentánea de resplandor y sombras la constituía desde aquel momento en el único ser que llevaba su nombre. ¡Qué lejano parecía todo!

Se había enamorado perdidamente de ella una noche de bochorno, bajo un cielo desmayado, en la terraza del pabellón de tenis, y, un mes más tarde, en su noche de bodas, llovió tanto que el ruido del agua les impedía escuchar el mar. Qué felicidad fue aquélla. Felicidad -qué palabra tan húmeda, tan similar a una lengua que te lame el cuerpo chapoteando sin cesar, qué palabra tan viva, tan dócil, que sonríe y que llora por sí misma. Y la mañana siguiente: aquellas hojas relucientes en el jardín, aquel mar casi silencioso, aquel mar lánguido, lechoso, plateado.

Tenía que hacer algo con la colilla del cigarrillo.

Volvió la cabeza y de nuevo el corazón le dejó de latir. Alguien se había movido y su mujer había desaparecido casi por completo tras aquel extraño, que sacaba un pañuelo tan blanco como la muerte; pero el brazo de aquel extraño se movía de nuevo y ella reaparecería, en un segundo reaparecería ante su vista.

No, no soporto mirar. Hay un cenicero en el piano.

La barrera de sonidos seguía su curso, potente, impenetrable.

Las manos espectrales en sus profundidades de laca seguían con sus contorsiones habituales.

«Seremos felices para siempre», ¡qué melodía, qué resplandor trémulo en aquellas palabras!

Ella era toda como de terciopelo y uno no quería sino abrazarla como abrazaría. a un potrillo con las piernas dobladas. Abrazarla, envolverla. ¿Y luego, qué? ¿Qué había que hacer para poseerla por completo? Amo tu hígado, tus ríñones, tu sangre. Y ella le contestaba:

«No seas desagradable». No vivían con gran lujo, pero tampoco eran pobres, e iban a nadar al mar en cualquier época del año. Las medusas, arrojadas por el mar a la playa de guijarros, temblaban con el viento. Las rocas de Crimea brillaban con la espuma. En una ocasión vieron a unos pescadores que se llevaban el cuerpo de un ahogado; sus pies descalzos sobresalían por debajo de la manta y parecían sorprendidos. Por las noches solía hacer chocolate caliente.

Volvió a mirar. Ahora estaba sentada con los ojos bajos, las piernas cruzadas, y la barbilla apoyada en los nudillos: era muy musical, Wolf debía de estar tocando una pieza famosa, hermosa. No podré dormir en varias noches, pensó Victor mientras contemplaba su cuello blanco y el suave ángulo de su rodilla. Llevaba un ligero vestido negro, que le resultaba desconocido, y su collar atrapaba la luz en sus cuentas. No, no podré dormir, y tendré que dejar de venir aquí. Todo ha sido en vano: dos años luchando, esforzándome y cuando ya casi había alcanzado cierta paz mental… y ahora tengo que volver a empezar de nuevo, tratar de olvidarlo todo, todo lo que ya estaba casi olvidado, y además, por si fuera poco, aún me queda toda esta noche. Y de repente le pareció que ella le miraba furtivamente, y volvió la cara.

La música debía estar tocando a su fin. Cuando llegan esas cuerdas violentas, jadeantes, suele significar que el final está cerca. Otra palabra misteriosa, final …

El desgarro final, la inminencia del fin… El trueno que desgarra el cielo, las nubes de polvo que anuncian tragedia. Con la llegada de la primavera se volvió como insensible. Hablaba como sin mover los labios. Él preguntaba:

«¿Qué te ocurre?».

«Nada. Nada en particular.» A veces se le quedaba mirando fijamente con ojos escrutadores, con una expresión enigmática.

«¿Qué ocurre?» «Nada.» Al caer la noche estaba como muerta. No podías hacer nada por ella, porque, aunque era una mujer pequeña, delgada, se volvía pesada y torpe, como si estuviera hecha de piedra. «¿No me vas a decir por fin qué te ocurre?» Y así durante un mes.

Entonces, una mañana, sí, fue la mañana de su cumpleaños, dijo sencillamente, como si hablara de algo sin importancia: «Separémosnos durante un tiempo. No podemos seguir así». La niña del vecino irrumpió en la habitación a enseñarnos su gatito (el único superviviente de una camada que se había ahogado).

«Vete, vete, ven más tarde.» La niña se fue. Se hizo un silencio, largo.

Después de un rato, lenta, silenciosamente, él empezó a frotarse las manos, a preparar sus puños, deseaba romperla por completo, dislocarle todas las articulaciones con crujidos violentos. Ella empezó a llorar. Entonces él se sentó a la mesa y pretendió leer el periódico. Ella salió al jardín, pero volvió pronto. «No puedo mantenerlo en secreto por más tiempo. Tengo que contártelo todo.» Y con una especie de asombro raro ante sus propias palabras, como si estuviera hablando de otra mujer y se extrañara de lo que ésta contaba y además invitándole a que compartiera su extrañeza, ella se lo contó todo, todo, con pelos y señales. El hombre en cuestión era un tipo fornido, modesto, reservado; solía ir a jugar una partida de whist con ellos y le gustaba hablar de pozos artesianos. La primera vez fue en el parque, luego en su casa.

El resto era muy vago. Caminé por la playa hasta que cayó la noche. Sí, parece que la música se acaba.

Cuando le abofeteé en el muelle, me dijo: «Esto lo pagará caro», cogió su gorra del suelo y se fue. No me despedí de ella. Qué estúpido fui al querer matarla.

Vive, sigue viviendo. Vive como vives ahora, en este preciso momento, sentada ahí para siempre. Vamos, mírame, te lo imploro, por favor, mírame. Te perdonaré todo, porque de algún modo, todos vamos a morir algún día, y entonces nos enteraremos de todo, y todo será perdonado -así que ¿por qué dilatar el perdón? Mírame, mírame, vuelve hacia mí tus ojos, mis ojos, mis queridos ojos. No. Se acabó.

Los últimos acordes, poderosos, complejos, otro más, y ya no queda sino el último pero cuando completó el acorde, con el que la música parecía haber entregado su alma definitivamente, el pianista apuntó y, con precisión felina, tocó una nota, una sola, sencilla, separada del resto, una nota dorada. El muro de música se disolvió. Aplauso. Wolf decía: «Hace mucho tiempo que no tocaba esta pieza». La esposa de Wolf decía:

«Hace mucho tiempo, sabe usted, que mi marido no tocaba esta pieza». El otorrino se acercó a Wolf, lo acorraló, lo apuntaló contra su tripa para decirle:

«¡Maravilloso! Siempre he defendido que es lo mejor que escribió nunca. Creo que al final usted moderniza el colorido de los sonidos un poco demasiado. No sé si me explico pero, verá usted…».

Victor miraba hacia la puerta. Allí, una dama morena, delgada con una sonrisa de desamparo se despedía de la anfitriona, que no hacía sino repetir sorprendida: «No se lo acepto, ahora todos vamos a tomar el té, y luego vamos a escuchar a un cantante». Pero ella seguía sonriendo indefensa mientras se abría camino hasta la puerta, y Victor se dio cuenta de que la música que antes le había parecido una estrecha cárcel donde, aprisionados por el fragor de los sonidos, se habían visto obligados a permanecer frente a frente a unos centímetros de distancia, en realidad había constituido una felicidad increíble, una cúpula mágica de cristal que le había abrazado y aprisionado en su seno junto con ella, que le había dado la oportunidad de respirar el mismo aire que ella respiraba; y ahora todo aquello se había roto en mil fragmentos y estaba disperso, ella estaba a punto de desaparecer por la puerta, Wolf había cerrado el piano, y aquel cautiverio encantador había desaparecido para siempre.

Ella se fue. Nadie pareció darse cuenta de nada. Le saludó un hombre llamado Boke que le dijo en tono amable: «No he parado de mirarle. ¡Vaya reacción la suya a la música! Sabe, parecía tan aburrido que me ha dado lástima. No puedo creer que la música le resulte totalmente indiferente».

- No, no estaba aburrido -contestó Victor con torpeza-.

Sencillamente, carezco de oído, y soy mal juez para la música. Por cierto ¿qué tocaba?

- Lo que usted prefiera -dijo Boke con el susurro de preocupación de un intruso-. El lamento de la doncella o quizás La sonata a Kreutzer . Elija.


En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
Imagen: Philippe Halsman

20 dic. 2014

Vladimir Nabokov - El arte de la literatura y el sentido común

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Vladimir Nabokov por Philippe Halsman 1968


A veces, en el curso de los acontecimientos, cuando el flujo del tiempo se convierte en un torrente fangoso y la historia inunda nuestros sótanos, las personas serias tienden a reconocer una correlación entre el escritor y la comunidad nacional o universal; y los mismos escritores empiezan a preocuparse por sus obligaciones. Me refiero al escritor en abstracto. Aquellos que podemos imaginar concretamente, sobre todo los de cierta edad, están demasiado pagados de su talento o demasiado resignados a la mediocridad para interesarse por las obligaciones. Ven muy claramente, a media distancia, lo que el destino les promete: la hornacina de mármol o el nicho de yeso. Pero tomemos a un escritor que sí se asombra y se preocupa. ¿Saldrá de su concha para inspeccionar el cielo? ¿Y sus dotes de mando? ¿Tendrá, debería, tener, don de gentes?

Es conveniente, por numerosos motivos, mezclarse de cuando en cuando con la multitud, y debe de ser bastante tonto o miope el autor que renuncia a los tesoros de la observación, el humor y la compasión, cualidades que el autor puede adquirir profesionalmente manteniendo un estrecho contacto con sus semejantes. Además, para esos autores desorientados que andan buscando a tientas temas morbosos, puede ser una buena cura, dejarse seducir por la apacible normalidad de sus pueblecitos natales, o conversar en apostrófico dialecto con los recios hombres del terruño, suponiendo que existen. Pero en general, yo recomendaría la muy denigrada torre de marfil, no como prisión del escritor sino sólo como dirección estable, provista naturalmente de teléfono y ascensor por si a uno le apetece bajar un momento a comprar el periódico de la tarde o pedirle a un amigo que suba a jugar una partida de ajedrez, cosa ésta sugerida en cierto modo por la forma y la textura de la morada. Es un lugar fresco y agradable, con un inmenso panorama circular, y cantidades de libros y de aparatos prácticos. Pero antes de construirse uno su torre de marfil debe tomarse la inevitable molestia de matar algunos elefantes. El precioso ejemplar que pretendo capturar para beneficio de aquellos que pueden estar interesados en ver cómo se hace es, casualmente, una increíble mezcla de elefante y de caballo. Se llama: sentido común.

En el otoño de 1811, Noah Webster, abriéndose paso decididamente entre los de grado C, definió el sentido común como «un sentido corriente bueno y saludable... exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales... el sentido de los caballos». Es una opinión bastante halagadora para el animal, ya que la biografía del sentido común constituye una lectura antipática. El sentido común ha pisoteado a varios genios bondadosos cuyos ojos se habían deleitado en el temprano rayo de una luna demasiado prematura perteneciente a una verdad demasiado prematura; el sentido común ha coceado los cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol azul como una locura; el sentido común ha impulsado a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero frágiles vecinas cuando éstas se aprestaban a aprovechar una ocasión, brindada por un resquicio de la historia, que habría sido ridículo no aprovechar. El sentido común es fundamentalmente inmoral; porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común, en el peor de los casos, es sentido hecho común; por tanto, todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado. El sentido común es cuadrado mientras que las visiones y valores más esenciales de la vida tienen siempre una hermosa forma circular, son tan redondos como el universo o los ojos de un niño cuando asiste por primera vez al espectáculo del circo.

Es instructivo pensar que no hay una sola persona en esta clase, ni en ninguna clase del mundo, que en determinado momento espacio temporal histórico no hubiese muerto allí y entonces, aquí y ahora, a manos de una mayoría con sentido común movida por una justa ira. El color del credo, la corbata, los ojos, los pensamientos, las costumbres, o la lengua de uno tropezaría indefectiblemente en algún lugar del espacio o del tiempo con la objeción fatal de una multitud que detesta ese tono particular. Y cuanto más brillante y más excepcional es el hombre, más cerca está de la hoguera. Stranger [extraño, extranjero] rima siempre con danger [peligro]. El humilde profeta, el mago en su cueva, el artista indignado, el pequeño escolar inconformista, todos comparten el mismo peligro sagrado. Y puesto que es así, bendigámosles, bendigamos al monstruo; pues en la evolución natural de los seres, el mono no se habría convertido en hombre si no hubiese aparecido un monstruo en la familia. Cualquiera cuya mente es lo bastante orgullosa como para no formarse en la disciplina lleva oculta, secreta, una bomba en el fondo del cerebro. Y sugiero, aunque sólo sea por diversión, que coja esa bomba particular y la deje caer con cautela sobre la ciudad modelo del sentido común. La explosión producirá un fulgor, y muchas cosas curiosas aparecerán bajo esa luz brillante; nuestros sentidos más raros y excelsos suplantarán durante un instante a ese personaje vulgar y dominante que atenaza a Simbad por el cuello en el combate de lucha libre entre el yo adoptado y el yo interior. Estoy haciendo una mezcla triunfal de metáforas, pues ésa es la razón de ser de las metáforas cuando siguen el curso de sus conexiones secretas... lo cual, desde el punto de vista del escritor, constituye el primer resultado positivo en la lucha contra el sentido común.

La segunda victoria se produce cuando la fe irracional en la bondad del hombre (a la que esos absurdos personajes fraudulentos llamados Hechos se oponen con tanta solemnidad) se convierte en algo más que el tambaleante fundamento de las filosofías idealistas. Se convierte en una verdad sólida e iridiscente. Es decir, la bondad pasa a ser un elemento central y tangible del mundo de uno mismo, mundo que al principio resulta difícil identificar con el mundo moderno de los editores de periódicos y otros brillantes pesimistas; éstos os dirán que resulta cuando menos ilógico celebrar la supremacía del bien en una época en que algo llamado Estado policíaco, o comunismo, trata de transformar la Tierra en cinco millones de millas cuadradas plagadas de terror, estupidez y alambre de espino. Y pueden añadir que una cosa es brillar en el propio universo particular, en un confortable rincón situado en un país bien alimentado y sin minar y otra muy distinta tratar de conservar el juicio en un mundo de edificios que estallan en medio de la noche entre rugidos y aullidos. Pero en el mundo que proclamo como hogar del espíritu, con su decidida e inquebrantable falta de lógica, los dioses de la guerra son irreales. Y no lo son porque estén físicamente lejos de la realidad de una lámpara de lectura y la solidez de una estilográfica, sino porque no consigo imaginar (y eso es decir mucho) que tales circunstancias puedan incidir en un mundo hermoso y encantador que sigue su curso con placidez, mientras que sí puedo imaginar muy bien que mis compañeros de sueños, los miles que vagan por la tierra, siguen estas mismas normas irracionales y divinas en las horas más tenebrosas y deslumbrantes de peligro físico, de dolor, de polvo y de muerte.

¿Qué representan exactamente estas normas irracionales? Representan la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte que está más viva que el todo, de lo pequeño que el hombre observa y saluda con un amable gesto de su espíritu mientras la multitud a su alrededor es arrastrada por un impulso común hacia un objetivo común. Yo me descubro ante el héroe que se lanza al interior de una casa en llamas y salva al hijo de su vecino; pero le estrecharé la mano si arriesga cinco preciosos segundos en buscar y salvar, junto con el niño, su juguete favorito. Recuerdo una historieta en la que un deshollinador se caía del tejado de un edificio alto, observaba en su caída un cartel con una palabra mal escrita, y mientras caía se iba preguntando por qué a nadie se le había ocurrido corregirla. En cierto modo, todos estamos sufriendo una caída mortal desde lo alto de nuestro nacimiento a las losas del cementerio, y nos vamos maravillando con la inmortal Alicia ante los dibujos de la pared. Esta capacidad de asombro ante fruslerías —sin importarnos la inminencia del peligro—, estos apartes del espíritu, estas notas a pie de página del libro de la vida, son las formas más elevadas de la conciencia; y es allí, en este estado mental infantil y especulativo, tan distinto del sentido común y de la lógica, en donde sabemos que el mundo es bueno.

En este mundo divino y absurdo de la mente no prosperan los símbolos matemáticos. Su interacción, por muy delicada y obediente que sea imitando las circunvoluciones de nuestros sueños y los quanta de nuestras asociaciones mentales, no puede expresar una realidad totalmente extraña a su naturaleza, en particular si tenemos en cuenta que el principal placer de la mente creadora es el predominio concedido a un detalle incongruente en apariencia sobre una generalización aparentemente dominante. Una vez rechazado el sentido común junto con su máquina calculadora, los números dejan de turbar la mente. La estadística nos da la espalda y, ofendida, nos deja. Dos y dos ya no son cuatro porque ya no hace falta que sumen cuatro. Si sumaban cuatro en el mundo lógico y artificial que hemos dejado, se debía a una mera cuestión de hábito: dos y dos solían sumar cuatro de la misma manera que los invitados a una cena esperan sumar número par. Pero yo invito a los míos a un picnic al tuntún y a nadie le preocupa si dos y dos son cinco o cinco menos algo. En determinada etapa de su desarrollo, el hombre inventó la aritmética con el fin puramente práctico de conseguir algún tipo de orden humano en un mundo gobernado por dioses que, sin que el hombre pudiera evitarlo, devastaban sus sumas cuando se les antojaba. Aceptó ese inevitable indeterminismo llamado magia que ellos introducían de vez en cuando y procedían con serenidad, a contar las pieles que había trocado en rayas de tiza sobre la pared de su cueva. Puede que se entrometiesen los dioses; pero al menos él estaba decidido a seguir un sistema que había inventado con el propósito expreso de seguirlo.

Luego, al transcurrir los miles de siglos, retirarse los dioses con una jubilación más o menos adecuada, y volverse los cálculos humanos cada vez más acrobáticos, las matemáticas trascendieron su estado inicial y se convirtieron, por así decir, en parte natural del mundo al que meramente se habían aplicado. En vez de basar los números en ciertos fenómenos en los que encajaban por azar, porque nosotros mismos encajábamos en las estructuras que percibíamos, el mundo entero se fue basando gradualmente en los números, y nadie parece sorprenderse ante el extraño hecho de que la red exterior se haya convertido en esqueleto interior. En efecto, excavando un poco más profundamente en cierta región próxima a la cintura de Sudamérica un afortunado geólogo puede descubrir un día, al chocar su pala contra un metal, el fleje del ecuador. Hay una especie de mariposa en cuyas alas posteriores una gran mancha redonda imita una gota de líquido con tan misteriosa perfección que la raya que cruza el ala se desvía ligeramente al atravesarla; esta parte de la raya parece desviarse por refracción, como si se tratase de una auténtica gota globular y estuviésemos viendo dicha raya a través de ese líquido. A la luz de la extraña metamorfosis experimentada por las ciencias exactas desde lo objetivo a lo subjetivo, ¿qué puede impedirnos suponer que un día cayó una gota de verdad, y que se ha conservado de alguna manera, filogenéticamente, como lunar? Pero quizá la consecuencia más divertida de nuestra extravagante creencia en el ser orgánico de las matemáticas es la manifestada hace unos años, cuando a un astrónomo decidido e ingenioso se le ocurrió atraer la atención de los habitantes de Marte, si los había, trazando unas líneas luminosas de varias millas de longitud, de manera que formasen algún teorema geométrico, con idea de que, al comprobar nuestros conocimientos sobre el comportamiento de los triángulos, los marcianos concluirían que era posible establecer contacto con los ¡oh inteligentes telúricos!

Llegados a este punto, el sentido común vuelve furtivamente para susurrar con voz ronca que, me guste o no, un planeta y un planeta hacen dos planetas, y que cien dólares son más que cincuenta. Si yo replico que tal vez el otro planeta resulte ser un doble, o que como es sabido, una cosa llamada inflación puede hacer que cien sea menos que diez en espacio de una noche, el sentido común me acusará de sustituir lo concreto por lo abstracto. Sin embargo, este último es otro de los fenómenos esenciales del mundo que os invito a examinar.

He dicho que este mundo era bueno; y la «bondad» es algo irracionalmente concreto. Desde el punto de vista del sentido común, la «bondad» de un alimento, pongamos por caso, es tan abstracta como su «maldad», ya que el sano juicio no puede percibir estas cualidades como objetos tangibles y completos. Pero cuando realizamos ese giro mental necesario, que es como aprender a nadar o hacer cambiar súbitamente la trayectoria de una pelota, nos damos cuenta de que la «bondad» es algo redondo y cremoso y hermoso y sonrosado, algo con delantal limpio y cálidos brazos desnudos que nos ha criado y nos ha dado consuelo; algo, en una palabra, tan real como el pan o la fruta aludidos en el anuncio; los mejores anuncios son ideados por individuos astutos, conocedores de los métodos que ponen en marcha los cohetes de la imaginación; su saber es el sentido común, comercial, utilizan los instrumentos de la percepción irracional para fines totalmente racionales.

En cambio, la «maldad» es una desconocida para nuestro mundo interior; se sustrae a nuestra comprensión; la «maldad» es en realidad carencia de algo, más que una presencia nociva; y al ser abstracta e incorpórea, no ocupa un espacio real en nuestro mundo interior. Los criminales son por lo general personas sin imaginación, ya que si ésta se hubiera desarrollado, aunque fuera siguiendo la mediocre trayectoria trazada por el sentido común, les habría impedido hacer el mal revelando sus ojos mentales el grabado de unas esposas; por otra parte, la imaginación creadora les habría inducido a buscar una salida en la ficción y a hacer que los personajes de sus libros realizasen de forma más completa y profunda lo que ellos sólo podrían hacer en forma de chapucería en la vida real. Faltos de verdadera imaginación, se conforman con banalidades imbéciles tales como verse conduciendo por Los Angeles un fastuoso coche robado al lado de la rubia fastuosa que les ha ayudado a destripar al dueño. Sin duda, esta realidad puede convertirse en arte cuando la pluma del escritor conecta las corrientes necesarias; pero, en sí mismo, el crimen es el triunfo de la vulgaridad, y cuanto más éxito tiene, tanto más idiota parece. Jamás admitiré que el oficio del escritor consista en mejorar la moral de su país, en señalar ideales elevados desde las enormes alturas de una tribuna callejera, administrar los primeros auxilios escribiendo libros de segunda categoría. El púlpito del escritor está peligrosamente cerca de la novela barata, y lo que los críticos llaman novela fuerte es generalmente un penoso montón de lugares comunes o un castillo de arena en una playa populosa: y no hay nada más triste que ver deshacerse su foso fangoso cuando se han ido los domingueros y las frías olas empiezan a roer las arenas solitarias.

Hay, no obstante, una mejora que, sin querer, todo auténtico escritor aporta al mundo que le rodea. Cosas que el sentido común tacharía de banalidades insustanciales o exageraciones grotescas e irrelevantes; la mente creadora las utiliza de tal forma que vuelve absurda la iniquidad. El convertir al malo en bufón no es objetivo prefijado en vuestro auténtico escritor: el crimen es una farsa lastimosa tanto si el recalcarlo ayuda a la comunidad como si no; por lo general sí ayuda, pero ése no es el objetivo directo o el deber del autor. El guiño del autor al advertir el labio colgante e imbécil del asesino, o al observar el dedo índice rechoncho de un tirano profesional explorando un agujero productivo de la nariz en la soledad de su suntuoso dormitorio, ese guiño castiga a vuestro hombre más certeramente que la pistola de un conspirador solapado. Y viceversa, no hay nada más odioso para los dictadores que un resplandor inatacable, eternamente inaprensible, eternamente provocativo. Una de las principales razones por las que el valeroso poeta ruso Gumilev fue asesinado por los rufianes de Lenin hace treinta y pico años es que durante toda la dura prueba, en las oscuras oficinas del fiscal, en la cámara de tortura, en los tortuosos corredores que conducían al furgón, en el furgón que le llevó al lugar de ejecución, y en ese sitio mismo, con la tierra revuelta por los pies pesados de un pelotón sombrío y desmañado, el poeta no dejó de sonreír.

Que la vida humana no es sino la primera entrega de un alma seriada y que el secreto de uno no se pierde en el proceso de la disolución terrenal, es algo más que una conjetura optimista, e incluso más que una cuestión de fe religiosa, si tenemos en cuenta que sólo el sentido común excluye la inmortalidad. Un escritor creador —creador en el sentido particular que estoy intentando explicar— no puede por menos de sentir que al rechazar el mundo de lo práctico, al tomar partido por lo irracional, lo ilógico, lo inexplicable y lo fundamentalmente bueno, está haciendo algo parecido, aunque con medios rudimentarios bajo los cielos nublados del planeta gris Venus.

El sentido común me interrumpirá en este momento para advertirme que una mayor intensificación de tales fantasías puede conducir a la más completa locura. Pero eso sólo ocurre cuando la exageración morbosa de tales fantasías no enlaza con la obra deliberada y fría del artista creador. Un loco es reacio a mirarse en el espejo porque el rostro que ve no es el suyo: su personalidad está decapitada; la del artista, en cambio, está incrementada. La locura no es más que el sentido común un poco enfermo, mientras que el genio es la mayor cordura del espíritu; y el criminólogo Lombroso, cuando trató de descubrir las afinidades entre el loco y el artista, se embarulló al no percibir las diferencias anatómicas entre obsesión e inspiración, entre un murciélago y un pájaro, una ramita seca y un insecto en forma de rama. Los lunáticos son lunáticos porque han desmembrado, de forma completa y temeraria, el mundo que nos es familiar; pero no tienen o han perdido el poder necesario para crear un mundo nuevo tan armonioso como el anterior. El artista, en cambio, desconecta lo que quiere, y al hacerlo es consciente de que una parte de sí mismo conoce el resultado final. Cuando examina su obra terminada se da cuenta de que, cualquiera que sea la lucubración inconsciente implícita en su inmersión creadora, el resultado final es consecuencia de un plan preciso que estaba contenido en el shock inicial, como se dice que el desarrollo futuro del ser vivo está contenido en los genes de su célula germinal.

El paso del estadio disociativo al asociativo está marcado por una especie de estremecimiento espiritual que en inglés se denomina a grosso modo inspiration. Un transeúnte silba una tonada en el momento exacto en que observamos el reflejo de una rama en un charco que a su vez, y simultáneamente, nos despierta el recuerdo de una mezcla de hojas verdes y húmedas y una algarabía de pájaros en algún viejo jardín y el viejo amigo, muerto hace tiempo, emerge súbitamente del pasado sonriendo y cerrando su paraguas mojado. La escena sólo dura un radiante segundo, y la sucesión de impresiones e imágenes es tan vertiginosa que no podemos averiguar las leyes exactas que rigen su reconocimiento, formación y fusión —por qué este charco y no otro, por qué este sonido y no otro—, ni la precisión con que se relacionan todas esas partes; es como un rompecabezas que, en un solo instante, se ensambla en nuestro cerebro, sin que el cerebro llegue a darse cuenta de cómo y por qué encajan las piezas; en ese momento, una sensación de magia nos estremece, experimentamos una resurrección interior, como si reviviese un muerto en virtud de una pócima centelleante mezclada a toda velocidad en nuestra presencia. Esta impresión se encuentra en la base de la llamada inspiración, ese estado tan condenable para el sentido común. Pues el sentido común subrayará que la vida en la tierra, desde el percebe al ganso, desde la lombriz más humilde a la mujer más bonita, surgió de un limo carbonoso coloidal activado por fermentos, al tiempo que la tierra se iba enfriando servicialmente. Puede que la sangre sea el mar silúrico en nuestras venas, y estamos dispuestos a aceptar la evolución al menos como fórmula modal. Puede que los ratones del profesor Pavlov y las ratas giratorias del doctor Griffith deleiten a las mentes prácticas; y puede que la ameba artificial de Rhumbler llegue a ser una mascota preciosa. Pero repito, una cosa es tratar de averiguar los vínculos y etapas de la vida, y otra muy distinta tratar de comprender la vida y el fenómeno de la inspiración.

El ejemplo que he puesto —la tonada, las hojas, la lluvia— supone un tipo de emoción relativamente simple. Es una experiencia familiar a muchas personas que no necesariamente son escritores; otros, sin embargo, no se molestan en observarla. En el ejemplo, la memoria desempeña un papel esencial, aunque inconsciente, y todo depende de la perfecta fusión del pasado y el presente. La inspiración del genio añade un tercer ingrediente: el pasado, el presente y el futuro (nuestro libro) se unen en un fogonazo repentino; de este modo percibimos el círculo entero del tiempo, que es otra forma de decir que el tiempo deja de existir. Sentimos a la vez que el universo entero penetra en nosotros y que nosotros mismos nos disolvemos en el universo que nos envuelve.

El muro de la prisión del ego se desmorona de repente, y el no-ego irrumpe desde el exterior para salvar al prisionero... que danza ya en el aire libre.

La lengua rusa, aunque relativamente pobre en términos abstractos, define dos tipos de inspiración: vostorg y vdokhnovenie, que pueden parafrasearse como «rapto» y «recuperación». La diferencia entre una y otra es sobre todo de intensidad; la primera es breve y apasionada, la segunda fría y sostenida. Hasta ahora me he estado refiriendo a la pura llama del vostorg, al rapto inicial, que no se propone ningún objetivo consciente pero que es importantísimo a la hora de conectar la disolución del viejo mundo con la construcción del nuevo. Cuando llega el momento y el escritor se pone a escribir su libro, confiará en la segunda y serena clase de inspiración, en la vdokhnovenie, compañera fiel, que ayuda a recuperar y reconstruir el mundo.

La fuerza y la originalidad implícitas en el primer espasmo de inspiración son directamente proporcionales al valor del libro que el autor escribirá. En el extremo inferior de la escala un escritor de segunda fila puede experimentar un ligero estremecimiento al observar, digamos, la íntima conexión entre la chimenea humeante de una fábrica, un lilo desmedrado en el patio, y un niño de cara pálida; pero la combinación es tan simple, el triple símbolo tan evidente, el puente entre las tres imágenes tan gastado por los pies de los peregrinos literarios y por las carretas de las ideas estereotipadas, y el mundo que surge de esa interrelación es tan parecido al normal y corriente, que la obra de ficción puesta en marcha tendrá necesariamente un valor modesto. Por otro lado, no pretendo insinuar que el impulso inicial de una gran obra sea siempre consecuencia de algo visto, oído, olido, gustado o tocado por un artista de pelos largos durante sus vagabundeos sin rumbo. Aunque no debe desdeñarse el cultivo del arte de trazar en uno mismo súbitamente diseños armoniosos con hebras muy separadas, y aunque, como en el caso de Marcel Proust, la idea actual de una novela puede surgir de sensaciones tales como la de notar cómo se deshace una magdalena en el paladar o de un enlosado desigual bajo nuestros pies, sería precipitado concluir que la creación de todas las novelas ha de tener como base una especie de experiencia física glorificada. El impulso inicial puede revelar tantos aspectos como talentos y temperamentos existentes; puede ser la serie acumulada de varios shocks prácticamente inconscientes o una combinación inspirada de varias ideas abstractas sin un fondo físico definido. Pero de una forma o de otra, el proceso puede reducirse incluso a la forma más natural del estremecimiento creador: una imagen súbita y viva construida en un relámpago con unidades desemejantes que son aprehendidas instantáneamente, en una explosión estelar de la mente.

Cuando el escritor emprende su obra de reconstrucción, la experiencia creadora le dice lo que debe evitar en determinados momentos de ceguera que doblegan de vez en cuando incluso a los más grandes, cuando los duendes gordos y verrugosos del convencionalismo o los astutos trasgos llamados «llenadores de lagunas» tratan de trepar por las patas de su escritorio. El llameante vostorg ha cumplido su misión y la fría vdokhnovenie se pone las gafas. Las páginas todavía están en blanco, pero hay una sensación milagrosa de que todas las palabras están ahí, escritas con tinta invisible y clamando por hacerse visibles. Si quisierais podríais desarrollar cualquier parte del cuadro, pues la idea de secuencia no existe en realidad por lo que se refiere al autor. La secuencia surge sólo porque las palabras han de escribirse una tras otra en páginas sucesivas, del mismo modo que el lector debe tener tiempo para recorrer el libro, al menos la primera vez que lo lee. Tiempo y secuencia no pueden existir en la mente del autor porque ningún elemento temporal ni espacial habían gobernado la visión inicial. Si la mente estuviese construida con líneas opcionales y si un libro pudiera leerse de la misma manera que la mirada abarca un cuadro, es decir, sin preocuparse de ir laboriosa mente de izquierda a derecha y sin el absurdo de los principios y los finales, ésta sería una forma ideal de apreciar una novela, porque así es como el autor lo ha visto en el momento de su concepción.

De modo que ahora está preparado para escribirla. Se encuentra completamente equipado. Tiene la estilográfica llena, la casa está tranquila, el tabaco y las cerillas a un lado, la noche es joven... y nosotros le dejamos en su grata ocupación, salimos furtivamente, cerramos la puerta, y al marcharnos, echamos de la casa al monstruo ceñudo del sentido común que subía pesadamente a gimotear que el libro no es para el público en general, que el libro nunca nunca se... Y entonces, antes de que ese falso sentido común profiera la palabra v, e, n, d, e, r, á, tendremos que pegarle un tiro.



En Curso de literatura europea
Traducción de Francisco Torres Oliver
Imagen: Philippe Halsman 1968


30 jun. 2014

Javier Marías: Vladimir Nabokov en éxtasis

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Es muy probable que Vladimir Nabokov no tuviera más manías y antipatías que cualquier otro colega escritor suyo, pero sin duda lo parece porque se atrevía a reconocerlas, proclamarlas y fomentarlas continuamente. Eso le valió una cierta fama misantrópica, como no podía por menos de sucederle en un país tan convencido de su rectitud y tolerancia como el que lo adoptó durante los años cruciales de su vida literaria: en Estados Unidos, sobre todo en Nueva Inglaterra, no está muy bien visto que los extranjeros tengan opiniones contundentes, menos aún que las expresen con desenvoltura. «Ese viejo desagradable» es un comentario que se repite entre quienes trataron a Nabokov superficialmente.

En esa región del país pasó Nabokov bastantes años, siempre como profesor de literatura. Primero enseñó en Wellesley College, una de las escasas universidades exclusivamente femeninas que en el mundo quedan, una reliquia apreciable. Se trata de un lugar idílico, dominado por el hermoso Lago Waban y el otoño perenne de sus inmensos árboles cambiantes poblados de ardillas. Aunque hay algunos profesores varones, por el campus no se ven más que mujeres, la mayoría muy jóvenes (alumnae son llamadas) y de familias conservadoras, exigentes y adineradas (también son llamadas princesas). Allí existe la vana ilusión de que Nabokov debió de inspirarse algo en aquellas multitudes cuasi-adolescentes con faldas (aunque mucho short ya se llevaba) para su más famosa creación, Lolita; pero según él mismo explicó en numerosas ocasiones, el germen de esa obra maestra se encontraba ya en un relato de su época europea, El hechicero, todavía escrito en ruso. Sus más largos años de docencia los dedicó a Cornell University, que es mixta pero no más sabia, y al parecer Nabokov nunca tuvo una vocación muy fuerte, es decir, se tomaba demasiadas molestias y sufrimientos para dar sus clases, que siempre redactaba y leía luego pausadamente con el texto sobre un atril y como para sus adentros. Una de sus muchas manías era la llamada Literatura de Ideas, así como la Alegoría, por lo que sus lecciones sobre el Ulises de Joyce, La metamorfosis de Kafka, Anna Karenina o Jekyll & Hyde, versaban principal y respectivamente, sobre el plano exacto de la ciudad de Dublín, el exacto tipo de insecto en que se transformó Gregor Samsa, la exacta disposición de los vagones del tren nocturno Moscú-San Petersburgo hacia 1870 y la visualización exacta de la fachada y el interior de la mansión del Doctor Jekyll. Según aquel profesor, la única manera de hallar placer en la lectura de esas novelas pasaba por tener una idea muy precisa de tales cosas.

Con su fama de misántropo, es curioso que las palabras placer, dicha o éxtasis aparecieran tan frecuentemente en su boca. Confesaba que escribía por dos razones: por placer, dicha o éxtasis y para quitarse de encima el libro que estuviera haciendo. Una vez empezado, decía, el único modo de deshacerse de él es terminarlo. En una ocasión, sin embargo, estuvo tentado de recurrir a un método más rápido e irreversible. Un día de 1950 su mujer, Vera, logró detenerlo cuando iba camino del jardín de la casa para quemar los primeros capítulos de Lolita, agobiado por las dudas y las dificultades técnicas. En otra oportunidad achacó a su propia conciencia asustada la salvación del manuscrito, convencido, dijo, de que el fantasma del libro destruido lo acosaría durante el resto de su vida. No cabe duda de que Nabokov tuvo gran debilidad por ese título suyo, ya que, tras tanto denuedo como le costó, todavía encontró fuerzas para traducirlo personalmente al ruso, a sabiendas de que no podría leerse en su país de origen durante más años de los que él viviría.

Hay que pensar, además, que quien no pudo renunciar a esa novela era un hombre acostumbrado a la renuncia: según Nabokov, todos los artistas vivían en una especie de constante exilio, subrepticio o manifiesto, pero esas palabras resultan irónicas en su caso. Nunca se recuperó (por así decirlo) de la pérdida no tanto de su tierra natal cuanto del escenario de su niñez, y aunque estaba seguro de que jamás regresaría a Rusia, de vez en cuando acariciaba la idea de hacerse con un pasaporte falso y visitar como turista americano la antigua propiedad rural de su familia en Rozhestveno, convertida en escuela por los soviéticos, o su casa de la actual calle Herzen de lo que fue y vuelve a ser San Petersburgo. Pero en el fondo, como todo exiliado «manifiesto», sabía que el regreso no le daría nada y en cambio le dañaría, alterándolos, sus inmóviles recuerdos. Seguramente por causa de esa pérdida, Nabokov nunca tuvo una casa verdaderamente propia, ni en París, ni en Berlín (ciudades en las que pasó sus primeros veinte años fuera de Rusia), ni tampoco en América, ni al final en Suiza. En este último país vivía en el Hotel Palace de Montreux, asomado al Lago de Ginebra, en una serie de habitaciones intercomunicadas y, según varios visitantes, de aspecto tan provisional como si estuviera recién llegado. Uno de esos visitantes, el también escritor y lepidopterólogo Frederic Prokosch, mantuvo con él una larga conversación sobre mariposas, la gran pasión de ambos, y a pesar de que durante la charla aparecieron más de una vez las mencionadas palabras placer, dicha o éxtasis, la voz del huésped Nabokov le sonó «muy cansada, melancólica, desencantada». En la penumbra de un salón lo vio sonreír varias veces, «quizá divertido o tal vez con dolor».

Todas estas percepciones hubieron de ser muy sutiles, ya que Nabokov nunca se lamentaba abiertamente de su condición. Es más, durante sus años americanos y después (conservaba la nacionalidad), no dejó de proclamar lo feliz que se hallaba en Estados Unidos y lo bien que le parecía todo en su nuevo país. La insistencia resultaba sospechosa: en una ocasión llegó a declarar con inverosimilitud notoria que era «tan americano como abril en Arizona», y en sus aposentos del Hotel Palace se podía ver, extravagantemente, una bandera con barras y estrellas encima de una repisa. Pero también era consciente de que los exiliados «acaban por despreciar la tierra que los ha acogido», y recordaba cómo Lenin y Nietzsche odiaron la Suiza que ahora lo acogía a él, con una invencible nostalgia por sus lugares de infancia.

Sin embargo, y según contó en su extraordinaria autobiografía Habla, memoria, en el momento de dejar Rusia, a los veinte años, el mayor aguijón fue la conciencia de que todavía durante algunas semanas, o acaso meses, seguirían llegando cartas de su novia Támara a su abandonada dirección en el sur de Crimea, donde se había establecido durante un breve periodo antes de su partida y tras huir de San Petersburgo. Cartas nunca leídas ni respondidas, y eso así por los siglos de los siglos: sobres cerrados eternamente en el momento de pasar por ellos los labios queridos que los remitían. Antes de París y Berlín, repletas de emigrados rusos durante los años veinte y treinta, Nabokov y su hermano Serguei pasaron tres cursos en Cambridge, en cuya universidad se graduaron. El recuerdo que Nabokov guardó de allí no es muy halagüeño, predominando en él el contraste entre la abundancia rusa dejada atrás y la miseria deliberada de las cosas inglesas. Sus recuerdos más afectuosos se referían al fútbol, deporte al que siempre fue aficionado y que practicó, con notable éxito tanto en su país natal como en Cambridge, en el puesto de portero. Al parecer salvó goles cantados, y en todo caso prestó encarnación perfecta a la figura misteriosa y ajena de los guardametas más legendarios. Según sus propias palabras, era visto como «un fabuloso ser exótico disfrazado de futbolista inglés, que componía versos en una lengua que nadie entendía sobre un país remoto que no conocía nadie». Nabokov debió de ser contenido en sus relaciones familiares, como si incluso en Rusia, antes de la dispersión y el exilio, no hubiera sido capaz de mantener mucho trato con sus dos hermanos y sus dos hermanas (quizá algo más con sus padres). Del más cercano en edad, Serguei, al que llevaba once meses, apenas si tenía recuerdos infantiles, y contaba con sobriedad excesiva su muerte en 1945 en Hamburgo, en un campo de concentración nazi al que había sido trasladado bajo la acusación de ser un espía británico y en el que pereció de inanición. Con algo más de estremecimiento hablaba de la de su padre, asesinado por dos fascistas a la salida de una conferencia pública en Berlín, en 1922: aunque atentaban contra el conferenciante, el padre de Nabokov se interpuso, derribó a uno de ellos y cayó abatido por las balas del otro.

Si bien es cierto que no logró celebridad mundial hasta los cincuenta y seis años con la absurdamente escandalosa publicación de Lolita, Nabokov estuvo siempre persuadido de su talento. Al disculparse por su torpeza oral, aprovechó para dictaminar: «Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño». Le molestaba enormemente que le atribuyeran influencias, fueran de Joyce, Kafka o Proust, pero sobre todo de Dostoyevski, al que detestaba, considerándolo «un sensacionalista barato, torpe y vulgar». En realdad detestaba a casi todos los escritores, Mann y Faulkner, Conrad y Lorca, Lawrence y Pound, Camus y Sartre, Balzac y Forster. Toleraba a Henry James, a Conan Doyle y a H G Wells. De Joyce admiraba el Ulises, pero juzgaba Finnegans Wake «literatura regional», de la que asimismo abominaba en términos generales. Salvaba el Petersburgo de su compatriota Biely, la primera mitad de En busca del tiempo perdido, Pushkin y Shakespeare, poco más. El Quijote no lo entendió, y pese a estar él en su contra, acabó emocionándolo. Pero por encima de todo aborrecía a cuatro doctores —«el doctor Freud, el doctor Zhivago, el doctor Schweitzer y el doctor Castro de Cuba»—, sobre todo al primero, una de sus bestias negras al que solía llamar «el matasanos vienés» y cuyas teorías consideraba medievales y equiparables con la astrología y la quiromancia. Sus manías y antipatías, no obstante, llegaban mucho más lejos: odiaba el jazz, los toros, las máscaras folklóricas primitivas, la música ambiental, las piscinas, los camiones, los transistores, el bidet, los insecticidas, los yates, el circo, los gamberros, los night-clubs y el rugido de las motocicletas, por mencionar sólo unos pocos ejemplos.

Es innegable que era inmodesto, pero en él su petulancia parecía tan genuina que a veces resultaba justificada y siempre burlona. Se preciaba de poder rastrear los orígenes de su familia hasta el siglo XIV, con Nabok Murza, príncipe tártaro rusianizado y supuesto descendiente de Gengis Khan. Pero aún más orgulloso se mostraba de sus rebuscados antecedentes literarios, no tanto reales (su padre escribió varios libros) cuanto legendarios: así, uno de sus antepasados había tenido algún tipo de relación con Kleist, otro con Dante, otro con Pushkin, otro más con Boccaccio. La verdad es que esas cuatro ya parecen demasiadas coincidencias.

Padecía de insomnio desde la niñez, fue mujeriego en su juventud y fidelísimo en su madurez (casi todos sus libros están dedicados a su mujer, Vera), y en conjunto quizá hay que verlo como a un solitario. El mayor placer, la mayor dicha, los mayores éxtasis los experimentó a solas: cazando mariposas, fraguando problemas de ajedrez, traduciendo a Pushkin, escribiendo sus libros. Murió el 2 de julio de 1977 en Montreux, a la edad de setenta y ocho años, y yo me enteré de esa muerte en la calle Sierpes de Sevilla al abrir un periódico mientras desayunaba en el Laredo.

Lo irritaba la gente que encomiaba el arte «sencillo y sincero», o que creía que la bondad del arte dependía de su sencillez y sinceridad. Para él todo era artificio, incluidas las emociones más auténticas y sentidas, a las que no fue ajeno. También lo dijo de otro modo: «En el arte elevado y en la ciencia pura el detalle lo es todo». No regresó nunca a Rusia ni volvió a saber de Támara. O acaso supo de ella tan sólo en las largas cartas que escribió a su pasado mientras se iba quitando de encima cada uno de sus emocionantes y artificiales libros.


En Vidas escritas (1992-99)
Foto: Vladimir Nabokov, Ithaca NY 1958 by Carl Mydans
Time & Life Pictures-Getty Images

29 nov. 2013

Vladimir Nabokov: El Navaja

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Sus compañeros de regimiento tenían sus buenas razones para llamarle El Navaja . El rostro de aquel hombre carecía de fachada. Cuando sus amigos pensaban en él sólo lograban imaginárselo de perfil, y ese perfil era extraordinario: la nariz afilada como el compás de un dibujante; la barbilla, prominente, como si fuera un codo; las pestañas, largas y suaves; características de un temperamento obstinado y también cruel. Se llamaba Ivanov.

Aquel apodo, conferido en sus años jóvenes, resultó ser extrañamente profetice No es extraño que un tipo que se llame Rubin o Rubi acabe siendo un gemólogo de prestigio. El capitán Ivanov, después de una fuga épica y tras una serie de peripecias insípidas, dio con sus huesos en Berlín, y escogió precisamente el oficio al que aludía su apodo, el de barbero.

Trabajaba en una barbería pequeña pero limpia, compartiendo su oficio con otros dos empleados, que trataban al «capitán ruso» con un respeto no exento de jovialidad. El negocio incluía asimismo al propietario, una severa masa humana que hacía girar la manivela de la caja registradora con un sonido argentino, así como a una manicura, anémica y translúcida, que parecía haberse amojamado al contacto con los innumerables dedos que, en grupos de a cinco, habían posado ante sus artes en un pequeño cojín de terciopelo.

Ivanov hacía muy bien su trabajo, y eso que no había conseguido hablar bien alemán. Sin embargo, pronto ideó una forma de resolver el problema: colocar un nicht al final de la primera frase, un interrogativo was en la siguiente, y luego, de nuevo nicht , alternándolos de este modo al infinito. Y aunque hasta que no llegó a Berlín no aprendió a cortar el pelo, manejaba la navaja y las tijeras con extraordinaria destreza, casi como los peluqueros rusos, con su proverbial afición a hacer todo tipo de fiorituras con las tijeras cuyos chasquidos adoran -hay que verlos cuando se echan atrás para apuntar el próximo gesto, y cómo cortan un par de mechones para luego chascar indefinidamente las hojas de la tijera como si se vieran impelidos a ello por una especie de inercia. Precisamente, aquel ágil zumbido gratuito era lo que le había conseguido el respeto de sus colegas.

No cabe duda de que las tijeras y las navajas son armas y había algo en su zumbido metálico que gratificaba el alma guerrera de Ivanov. Era un hombre rencoroso y de agudo ingenio. Un bufón había arruinado su patria, noble, espléndida, grandiosa, por mor de una inteligente frase escarlata, y aquello era algo que no podía olvidar. La venganza, como un muelle apretado y contenido al máximo en su alma, acechaba expectante, esperando que llegara su hora.

Una azulada y cálida mañana de verano, aprovechando que apenas había clientes por el horario de las oficinas, los dos colegas de Ivanov se tomaron una hora de descanso. Su jefe, muerto de calor y de deseo insatisfecho, había escoltado en silencio a la pálida y complaciente manicura hasta el cuarto trastero. Solo en la peluquería, agobiado de calor, Ivanov empezó a hojear un periódico y luego encendió un pitillo, salió a la puerta y se dispuso a observar a los transeúntes.

La gente cruzaba deprisa, perseguida por las sombras azulencas de sus cuerpos, que se rompían en el filo de la acera para deslizarse intrépidas bajo las relucientes ruedas de los coches cuyas huellas dejaban sobre el asfalto recalentado unas cintas de seda que se asemejaban al florido encaje de la piel de las serpientes. De repente, un caballero de baja estatura, fornido, vestido con un terno negro y un sombrero hongo, dejó la acera y se dirigió derecho hacia donde estaba Ivanov. Cegado por el sol, Ivanov parpadeó un instante, luego se hizo a un lado para permitirle entrar en la peluquería.

El rostro del recién llegado se reflejó a un tiempo en todos los espejos: se veían tres cuartos de su rostro, de perfil, y también la calva cerúlea de la coronilla donde había reposado hasta ese momento el sombrero negro que ahora colgaba de una percha. Y cuando aquel hombre se volvió para enfrentar su cara a los espejos, que se reflejaban en superficies de mármol, brillantes todas ellas con el fulgor verde y dorado de los frascos de colonia, Ivanov reconoció al punto aquel rostro móvil y carnoso, con sus ojos penetrantes y el lunar junto al lóbulo derecho de la nariz.

El caballero tomó asiento delante del espejo en silencio. Luego, murmurando entre dientes, se palpó la mejilla sucia con un dedo rechoncho. Su gesto indicaba una orden: «Afeíteme, por favor». Atónito, como en una nube, Ivanov desplegó una sábana sobre su regazo, batió un poco de espuma en un bol de porcelana, la extendió por las mejillas de aquel hombre, por su barbilla y labio superior, circunnavegó cautelosamente el lunar, y empezó a aplicar la espuma con el dedo índice. Pero todos sus movimientos eran mecánicos, tan conmocionado estaba de haber visto de nuevo a aquella persona.

Una ligera máscara de jabón blanca le cubría ya el rostro hasta los ojos, ojos minúsculos que relucían como las ruedecillas de la máquina de un reloj. Ivanov había abierto la navaja y cuando se disponía a afilarla en la correa, se recobró de su estupor y se dio cuenta de que aquel hombre estaba en su poder.

Entonces, inclinándose sobre la calva cerúlea, acercó la cuchilla azul junto a la máscara jabonosa y dijo con toda suavidad: «Mis respetos, camarada. ¿Cuánto tiempo hace que abandonó nuestra querida patria? No, no se mueva por favor, no sea que le dé un corte antes de tiempo».

Las ruedecillas resplandecientes del reloj de sus ojos empezaron a moverse cada vez más deprisa, hasta quedarse fijas, detenidas, contemplando el perfil aquilino de Ivanov. Ivanov limpió la espuma que sobraba con el perfil romo de la navaja y siguió hablando: «Lo recuerdo muy bien, camarada. Lo siento, pero me resulta desagradable pronunciar su nombre. Me acuerdo de que usted me interrogó hace seis años, en Kharkov, recuerdo su firma, querido amigo… Pero como ve, sigo vivo».

Y entonces ocurrió lo que sigue. Los ojillos empezaron a moverse de un lado al otro, luego se cerraron con fuerza, los párpados apretados como los de un salvaje que pensara que al cerrarlos se convertiría de inmediato en un ser invisible.

Ivanov movía con parsimonia la navaja a lo largo de la fría mejilla que parecía crujir con un susurro a su contacto.

- Estamos completamente solos, camarada. ¿Me entiende?

Un mínimo desliz de la navaja y correrá la sangre -aquí, en este punto, noto el latir de la carótida-. Así que habrá mucha, muchísima sangre. Pero primero quiero que su cara esté decentemente afeitada; además, hay algo que tengo que contarle.

Cautelosamente, con dos dedos, Ivanov levantó la punta carnosa de su nariz y, con la misma ternura, empezó a afeitarle el labio superior.

- Sucede, camarada, que me acuerdo de todo. Me acuerdo perfectamente, y quiero que usted también recuerde… -y con un tono muy dulce de voz, Ivanov empezó su relato, mientras afeitaba sin apresurarse aquel rostro recostado, inmóvil. El relato que hizo debió de ser en verdad aterrador porque, de cuando en cuando, su mano se detenía y entonces se inclinaba hasta casi rozar al caballero que seguía sentado con los párpados cerrados, como un cadáver cubierto por el sudario de la sábana.

- Eso es todo -dijo Ivanov, con un suspiro-, ésa es la historia. Dígame ¿qué reparación le parecería justa para todo esto? ¿Con qué puedo sustituir aquella espada afilada?



En Cuentos completos
Prólogo de Dimitri Nabokov, San Petersburgo (Rusia) y Montreux (Suiza), junio de 1995
Traducción al español: María Lozano
Madrid, 2009
Foto: Vladimir Nabokov por Sophie Bassouls

13 oct. 2013

Vladimir Nabokov - El duende del bosque

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Yo trataba, pensativo, de encerrar entre mis trazos la silueta vacilante de la sombra circular del tintero. En un cuarto lejano un reloj dio la hora, mientras que yo, soñador como soy, me imaginé que alguien llamaba a mi puerta, suave al principio, luego más y más fuerte.

Llamó doce veces y se detuvo expectante.

- Sí, aquí estoy, pase…

El pomo de la puerta crujió tímidamente, la llama de la vela ya gastada se ladeó un tanto, y él entró a saltos desde un rectángulo de sombra, jorobado, gris, cubierto con el polen de la helada noche estrellada.

Conocía su rostro. ¡Lo conocía desde tanto tiempo atrás!

Su ojo derecho seguía en la sombra, pero el izquierdo me escrutaba temerosamente, alargado, verde humo. ¡La pupila brillaba como si estuviera oxidada… aquel mechón gris de musgo de su sien, la ceja de pálida plata apenas visible, la cómica arruga junto a su boca sin bigote -todo ello intrigaba y molestaba un punto a mi memoria!

Me levanté. Él dio un paso adelante.

Su abriguito raído estaba abotonado al revés, como los de las mujeres. En la mano llevaba una gorra, no, era un fardo mal atado de color oscuro, y no había la más mínima señal de una gorra…

Sí, claro que lo conocía, incluso le había tenido un cierto aprecio, pero sencillamente no conseguía recordar dónde ni cuándo nos habíamos conocido. Y debíamos habernos visto con frecuencia, de otra manera no tendría aquel firme recuerdo de sus labios de arándano, de aquellas orejas puntiagudas, de aquella nuez tan divertida…

Con un murmullo de bienvenida estreché su fría mano, tan ligera, y luego la posé en el dorso de un sillón raído. Él se encaramó como un cuervo en el tocón de un árbol y empezó a hablar apresuradamente.

- Dan tanto miedo las calles. Por eso vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? En otros tiempos tú y yo solíamos retozar y jugar juntos durante días enteros.

En nuestro viejo país. ¿No me dirás que te has olvidado?

Su voz me cegó, literalmente. Me encontré turbado y aturdido: recordé la felicidad, la felicidad reverberante, interminable, irreemplazable…

No, no puede ser. Estoy solo… es tan sólo un delirio antojadizo. Y sin embargo había alguien sentado junto a mí, un ser de carne y hueso totalmente inverosímil, con botines alemanes de largas vueltas, y su voz tintineaba, susurraba -dorada, voluptuosamente verde, familiar-, mientras que las palabras que pronunciaba eran tan sencillas, tan humanas…

- Ya, ya te acuerdas. Sí, soy un duende del bosque, un gnomo travieso. Y aquí estoy, me han obligado a huir, como a todos los demás.

Suspiró profundamente, y volvieron a mi mente visiones de agitados nimbos y también frondosas sierpes de arrogante follaje, y vivos destellos de corteza de abedul como salpicaduras de espuma marina, contra el fondo de un dulce zumbido perpetuo… Se inclinó hasta mí y me miró con dulzura a los ojos. «¿Recuerdas nuestro bosque, los abetos tan negros, los abedules tan blancos?

Lo han talado entero.

El dolor fue insoportable, vi cómo caían crepitando mis queridos abedules ¿y qué podía hacer yo? Me empujaron a los pantanos. Lloré y aullé, troné como un avetoro, luego me fui corriendo a un bosque de pinos vecino. »Y allí languidecía sin parar de sollozar. Apenas me había acostumbrado al mismo cuando se acabaron los pinos, ya sólo quedaban cenizas azulencas. Me vi obligado a marchar. Me encontré un bosque, un bosque maravilloso, espeso, oscuro, fresco. Pero de alguna manera no era lo mismo. En los viejos tiempos jugueteaba desde el alba hasta que el sol se ponía, silbaba con furia, aplaudía sin cesar, aterrorizaba a los paseantes. Tú te acuerdas bien, en una ocasión te perdiste en un oscuro escondrijo de mis bosques, tú y un vestidito blanco, y yo me divertí anudando los senderos, dando vueltas a los troncos de los árboles, haciendo guiños en el follaje. Me pasé toda la noche disponiendo mis engaños. Pero todo lo que hacía era para divertirme, era un puro juego, por más que me maldijerais. Pero ahora tuve que volverme serio, porque mi nueva residencia no era un lugar divertido. Noche y día crepitaban en mi entorno todo tipo de cosas extrañas. Al principio pensé que otro duende se agazapaba por allí; le llamé, escuché. Algo crepitaba junto a mí, algo había que retumbaba… Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. En una ocasión, a la caída de la tarde, salté hasta un claro del bosque ¿y qué vi allí? Gente por el suelo, algunos de espaldas, otros caídos de bruces. Bueno, pensé, los despertaré, ¡voy a ponerlos en movimiento! Y empecé a trabajar batiendo las ramas, bombardeándoles con piñas, ululando, susurrando… Trabajé así durante una hora entera, sin conseguir nada. Luego miré detenidamente y me quedé horrorizado. Un hombre tenía la cabeza separada del cuerpo y sólo los unía un frágil hilo carmesí. El otro tenía una colonia de gusanos por estómago… No pude soportarlo. Di un aullido, salté por los aires, y empecé a correr. »Durante mucho tiempo estuve vagando por diferentes bosques, pero no encontraba la paz. O bien era la inmovilidad completa, pura desolación, mortal aburrimiento, o un horror tal que es mejor ni pensar en ello. Finalmente me decidí a transformarme en un rústico, un mendigo con su mochila, y me fui para siempre. ¡Adiós Rusia! Y entonces un espíritu amigo, el duende de las aguas, me ayudó. El pobre tipo también andaba huyendo. No salía de su asombro, no hacía sino decir: "¡Qué tiempos nos han tocado vivir, qué calamidad!". Porque, aunque en los viejos se divirtió tendiendo trampas a las gentes, seduciéndolas hasta sus profundidades de agua (¡y vaya que si era hospitalario!), cuando las tenía allí abajo las mimaba y consentía en el fondo dorado del río. ¡Qué maravillosas canciones les cantaba para embrujarles!

Ahora, dice, sólo llegan por el agua hombres muertos, flotando en grupos, muchos, y el agua del río es como la sangre, espesa, caliente, pegajosa y ya no puede respirar… Por eso me llevó consigo. »Fue a llamar a la puerta de un mar lejano, y me asentó en una costa nubosa. "Vete, hermano, búscate una espesura amiga." Pero no encontré nada, y acabé en esta espantosa ciudad de piedra extranjera. Y así fue que me convertí en humano, con el atuendo completo, cuello duro y botines, e incluso he aprendido a hablar como vosotros…»

Se quedó en silencio. Sus ojos relucían como hojas húmedas, tenía los brazos cruzados, y a la luz vacilante de la vela que se ahogaba, le brillaban unos mechones pálidos peinados a la izquierda.

«Sé que también tú languideces -su voz rielaba de nuevo-, pero tu nostalgia, comparada con la mía, tempestuosa, turbulenta, no es sino la respiración acompasada de quien duerme tranquilo. Piensa en eso: no queda nadie de nuestra tribu en Rusia. Algunos de nosotros nos fuimos en remolinos como espirales de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos maternos están melancólicos, ya no hay manos retozonas que jueguen a chapotear con los rayos de luna. Las campánulas que el azar ha querido conservar, las que han logrado escapar a la guadaña, están silenciosas, los gusli azul pálido que en tiempos servían a mi rival, el duende de los campos, para sus canciones, también permanecen en silencio. El duende del hogar, desaliñado y cariñoso ha abandonado con lágrimas en los ojos tu casa humillada y envilecida y los bosquecillos se han marchitado, aquellas arboledas patéticamente luminosas, mágicamente sombrías… »Rusia, nosotros éramos Rusia, ¡tu inspiración, tu belleza insondable, tu magia secular! Y nos hemos ido todos, desaparecidos, empujados al exilio por un agrimensor loco. »Amigo mío, moriré pronto, dime algo, dime que me quieres, a mí, un fantasma sin hogar, ven siéntate a mi lado, dame la mano…».

La vela chisporroteó y se apagó. Unos dedos fríos me tocaron la mano. Oí la vieja risotada de melancolía, tan conocida, que repicó una vez antes de callarse.

Cuando di la luz no había nadie en el sillón… ¡Nadie!… No quedaba nada en el cuarto sino un aroma maravillosamente sutil de abedul, de húmedo musgo…


En Cuentos completos
Traducción: María Lozano
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

12 jul. 2013

Vladimir Nabokov: El dragón

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Vivía recluido en una cueva profunda, lóbrega, en el mismo corazón de una montaña rocosa, alimentándose tan sólo de murciélagos, ratas y mantillo. Es verdad que, ocasionalmente, algún cazador de estalactitas o algún viajero curioso llegaba merodeando hasta la cueva, y su visita acababa resultando un verdadero festín. Entre sus recuerdos más placenteros se contaba el de un bandolero que trataba de escapar a la justicia y el de dos perros que alguien había soltado en la cueva con el fin de asegurarse de que existía un pasadizo que llegaba hasta el otro lado de la montaña. La naturaleza en torno a aquel lugar era salvaje, las rocas estaban salpicadas de nieve porosa y unas cascadas batían el aire con su rugido helado. El había sido incubado hacía unos mil años y, quizás porque su llegada a la vida se produjo de forma bastante inesperada -el inmenso huevo se rompió gracias al impacto de un relámpago en una noche de tormenta-, el dragón resultó ser más bien cobarde y no demasiado inteligente. Además, la muerte de su madre le había afectado mucho… Durante mucho tiempo su madre había sido el terror de los pueblos vecinos, había escupido fuego por su boca, provocando el enfado del rey que consecuentemente ordenó que su guarida estuviera constantemente vigilada por caballeros, los cuales eran destrozados y devorados por ella como si fueran nueces. Pero en una ocasión se tragó a un corpulento jefe real, y después se tumbó a echar la siesta sobre una roca al sol, y el gran Ganon en persona llegó al galope con su armadura de hierro, en un corcel negro cubierto de malla de plata. La pobre, soñolienta, trató de retirarse, su grupa verde y oro llameando como fuego al viento, pero el caballero cargó contra ella y consiguió atravesar el suave pecho blanco con su lanza. Ella se derrumbó y rápidamente el corpulento caballero surgió de la herida rosa, con el corazón enorme y todavía humeante bajo el brazo.

El joven dragón contempló todo esto escondido detrás de una roca y, desde entonces, no podía pensar en los caballeros sin ponerse a temblar. Se retiró a las profundidades de la cueva, de la que nunca salió. Y así pasaron diez siglos, el equivalente a veinte años para un dragón.

Y entonces, de repente, se sintió presa de una melancolía insoportable…

De hecho, el alimento putrefacto de la cueva le producía problemas gástricos feroces, dolores y ruidos desagradables. Tardó nueve años en tomar una determinación, pero finalmente, al décimo año se decidió. Despacio y con cautela, con un movimiento sinuoso de los anillos de su cola que se recogían para luego extenderse sobre el suelo, reptó fuera de su cueva.

De inmediato se dio cuenta de que era primavera. Las rocas negras, mojadas todavía con la lluvia reciente, brillaban todas; la luz del sol hervía en el torrente de la montaña; el aire estaba impregnado de caza salvaje. Y el dragón, olfateando con todas sus fuerzas, empezó su descenso hacia el valle. Su estómago satinado, blanco como los lirios, casi rozaba el suelo, unas manchas carmesí destacaban en sus flancos verdes, y las duras escamas se fundían, en su espalda, en una sierra de dientes de fuego, una cresta de rojizas grupas dobles que disminuían de tamaño al llegar a la cola flexible, poderosa y siempre en movimiento. Su cabeza era suave y verdosa; de su labio inferior, lleno de verrugas, colgaban burbujas de moco llameantes y sus gigantescas patas cubiertas de escamas, dejaban a su paso huellas profundas, concavidades en forma de estrella.

Lo primero que vio al descender al valle fue un tren que viajaba a lo largo de las laderas rocosas. La primera reacción del dragón fue de placer, porque confundió al tren con un pariente con el que podía jugar. No sólo eso, pensó que bajo aquella concha dura y brillante tenía que haber, con toda seguridad, una carne muy tierna. Así que se dispuso a seguirlo, con sus pies abofeteando el suelo con un ruido húmedo y seco, pero, justo cuando estaba a punto de engullir al último vagón, el tren se metió en un túnel. El dragón se detuvo, introdujo la cabeza en la guarida negra en la que se había perdido su presa, pero no consiguió meterse allí dentro. Se despachó con un par de estornudos tórridos que lanzó en aquellas profundidades y luego sacó la cabeza, se sentó en los flancos traseros y se dispuso a esperar -quién sabe, a lo mejor volvía a salir corriendo de aquel agujero. Después de aguardar durante algún tiempo sacudió la cabeza y emprendió la marcha. Justo en aquel momento un tren salió a toda velocidad de la guarida negra, emitió un furtivo relámpago de fulgor en el cristal de sus ventanas, y desapareció tras una curva. El dragón volvió la vista herido y, alzando la cola como una pluma, reanudó su viaje.

Caía la noche. La niebla flotaba sobre los campos de hierba. La bestia gigante, grande como una montaña de verdad, fue vista por algunos campesinos que regresaban a sus casas, y que quedaron petrificados de asombro. Un cochecillo que pasaba deprisa por la carretera vio cómo le explotaban las cuatro llantas de puro miedo, dio una vuelta de campana y acabó en una zanja. Pero el dragón seguía caminando, sin darse cuenta de nada; desde lejos le llegaba el aroma cálido de la masa de humanos concentrados, y hacia allí dirigía sus pasos. Y, de nuevo, contra la extensión azul del cielo nocturno, se alzaron frente a él las negras chimeneas de las fábricas, guardianes de una gran ciudad industrial.

Los personajes principales de esta ciudad eran dos: el propietario de la Compañía de Tabaco Milagro y el de la Compañía de Tabaco Casco de Hierro. Entre ambos hervía el odio de una hostilidad acerba y antigua como el tiempo, sobre la que se podría escribir todo un poema épico. Rivalizaban en todo -en los colores abigarrados de sus anuncios, en sus técnicas de distribución, en sus precios, en sus relaciones laborales-, pero no había manera de saber quién era el ganador en esta guerra continua.

Aquella noche memorable, el propietario de la Compañía Milagro se quedó hasta muy tarde en su despacho. Junto a él, sobre su mesa, había una pila de anuncios nuevos, recién salidos de imprenta que los obreros de la cooperativa iban a pegar por la ciudad al amanecer.

De repente, una campana rompió el silencio de la noche y, unos segundos más tarde, entró un hombre pálido, macilento, con una verruga como una bardana en la mejilla derecha. El propietario le conocía: era el dueño de una taberna modelo que la Compañía Milagro había abierto en las afueras de la ciudad.

- Van a dar las dos de la mañana, amigo mío. La única justificación que se me ocurre para su visita ha de ser un acontecimiento de inusitada importancia.

- Exactamente -dijo el tabernero en un tono tranquilo, aunque la verruga no dejaba de moverse. Esto es lo que contó:

Había echado a la calle a cinco obreros completamente borrachos.

Debían de haber visto algo extraordinariamente raro en el exterior, porque todos ellos se echaron a reír: «Oh, oh, oh -gruñía una de las voces-, igual es que he bebido de más, ya que veo ante mis narices, grande como la vida, la hidra contrarrevoluciona…».

No tuvo tiempo de terminar, porque se produjo un estallido, un ruido aterrador, poderoso, y alguien dio un grito. El tabernero salió fuera a ver qué pasaba. Un monstruo, brillando en las tinieblas como una montaña mojada, se estaba tragando algo enorme, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando al descubierto su cuello blanquecino que al moverse conformaba como una cadena de colinas; se tragaba aquello y chupaba los huesos, sin dejar de balancearse con todo su cuerpo, hasta que finalmente se acomodó tumbado en medio de la calle. 

- Creo que se ha quedado dormido -acabó el tabernero, sujetándose su verruga crispada con el dedo.

El propietario de la fábrica se levantó. Los robustos empastes de sus muelas destellaban con el fuego dorado de su inspiración. La llegada de un dragón de carne y hueso no le sugería otro sentimiento distinto del deseo apasionado que guiaba su existencia entera, el deseo de infligir una derrota a la compañía rival.     -¡Eureka! -exclamó-. Escucha, buen hombre, ¿hay algún otro testigo? 

- No creo -replicó el otro-. Estaba todo el mundo en la cama, y decidí no despertar a nadie y venir directamente a verle. Para evitar el pánico.

El propietario de la fábrica se puso el sombrero.

- Espléndido. Coge esto, no, no hace falta que cojas toda la pila, cuarenta serán suficientes, y trae también esa lata y el cepillo. Y ahora, muéstrame el camino.

Salieron a la noche oscura y muy pronto se encontraron en la calle tranquila en cuyo extremo, según el tabernero, reposaba un monstruo. Primero, a la luz de una solitaria farola amarilla, vieron a un policía boca abajo en medio de la calzada. Luego se supo que, mientras hacía su ronda nocturna, se había topado con el dragón y se había dado tal susto que se quedó boca abajo petrificado en aquella posición. El propietario de la fábrica, un hombre del tamaño y fuerza de un gorila, lo volvió a su posición vertical y lo apoyó contra el poste de la farola, y luego se acercó al dragón. El dragón estaba dormido, como no podía ser menos. Resulta que los individuos que había devorado estaban empapados en vino, y se habían reventado entre sus mandíbulas. El alcohol, en un estómago vacío, se le había subido directamente a la cabeza por lo que había dejado caer la fina película de sus pestañas con una sonrisa de beatitud. Estaba tumbado con las patas delanteras recogidas bajo su panza, y el resplandor de la farola destacaba el brillo de los arcos de sus dobles protuberancias vertebrales.

- Saca la escalera -dijo el propietario de la fábrica-.

Y yo mismo procederé a pegarlas.

Y escogiendo las zonas planas de los flancos verdes y viscosos del monstruo, empezó a extender sin prisa pasta de pegar en las escamas de la piel colocando después en ella enormes carteles de propaganda. Cuando hubo utilizado todas las hojas disponibles, le dio al tabernero un apretón de manos significativo y, dando chupadas contundentes a su puro, volvió a casa.

Y llegó la mañana, una magnífica mañana de primavera dulcificada con una neblina lila. Y de repente la calle volvió a la vida con un clamor alegre, excitado, las puertas y también las ventanas se cerraban de golpe, la gente se apresuraba a bajar a la calle, mezclándose con todos aquellos que corrían hacia algún lugar sin parar de reírse. Lo que veían era un dragón que parecía de carne y hueso, cubierto completamente con anuncios de colores, que no paraba de chasquear su cuerpo contra el asfalto. Tenía un cartel pegado incluso en la calva coronilla de la cabeza. «Fume sólo Brand», retozaban las letras azul y carmesí de los anuncios.

«Los locos son los únicos que no fuman mis cigarrillos», «Los cigarrillos Milagro convierten el aire en miel», «¡Milagro, Milagro, Milagro!».

Realmente es un milagro, decía la gente sin parar de reír, y cómo lo habrán hecho, ¿será una máquina o habrá gente dentro?

El dragón estaba destrozado después de su borrachera involuntaria. El vino barato le había revuelto el estómago, se sentía débil, y pensar en el desayuno lo ponía peor. Además, le atormentaba un agudo sentimiento de vergüenza, la insoportable timidez de una criatura que se encuentra por primera vez en presencia y rodeado de una multitud. En verdad que lo que deseaba en aquel momento era volver lo más pronto posible a su cueva, pero eso habría sido aún más vergonzante, así que siguió con su inexorable marcha a través de la ciudad.

Unos hombres que llevaban unos carteles a la espalda le protegían de los curiosos y de los chavales que querían deslizarse bajo su vientre blanco, encaramarse a lo alto de su espalda o tocarle el hocico. Había música, gente que miraba asombrada desde cada ventana, y detrás del dragón marchaba una procesión de automóviles en fila india, en uno de los cuales iba repantigado el propietario de la fábrica, el héroe del día.

El dragón caminaba sin mirar a nadie, consternado ante el regocijo que había provocado.

Mientras tanto, en una oficina soleada, el fabricante rival, el propietario de la Compañía del Gran Casco de Hierro, recorría sin descanso y con los puños cerrados, en un gesto de exasperación, una alfombra suave como el musgo. Junto a una ventana abierta y sin dejar de observar tamaña procesión, se encontraba su novia, una menuda bailarina de cuerda floja.

- Esto es un ultraje -gritaba sin cesar el fabricante, un hombre de mediana edad, calvo, con bolsas azules bajo los ojos-. La policía debería poner fin a semejante escándalo… ¿Cómo y cuándo ha conseguido llenar con carteles a ese muñeco relleno?

- Ralph -gritó de repente la bailarina, dando palmadas-. Ya sé lo que tienes que hacer. En el circo tenemos un número que se llama El Torneo y…

Con un suspiro tórrido, mirándole desorbitada con sus ojos de muñeca ribeteados de rímel, le contó su plan.

El rostro del fabricante rebosaba de satisfacción. Al minuto siguiente ya estaba en el teléfono hablando con el manager del circo.

- Ya está -dijo el fabricante, colgando el teléfono-.

El títere está hecho de goma. Veremos lo que queda de él cuando le hayamos dado un buen pinchazo.

Mientras tanto, el dragón había cruzado el puente, la plaza del mercado y la catedral gótica, que le despertó recuerdos repugnantes, había continuado por el bulevar principal y cuando se disponía a atravesar una gran plaza, apareció, abriéndose paso entre la multitud, un caballero armado, que se dirigía a la carga contra él.

El caballero llevaba una armadura de hierro, con la visera baja, un penacho fúnebre en el casco y cabalgaba a lomos de un impresionante caballo negro con cota de malla. Junto a él unas mujeres vestidas de pajes portaban las armas, con unos pendones pintorescos diseñados a toda velocidad en los que se anunciaba:

«Gran Casco», «Fume sólo Gran Casco de hierro», «Casco de hierro es el mejor»

El jinete del circo que se hacía pasar por caballero hincó espuelas y aprestó su lanza. Pero por alguna razón el corcel empezó a retroceder, echando espuma, y luego, de repente se alzó de manos para acabar dejándose caer pesadamente sobre sus cuartos traseros. Derribó al caballero, que cayó al asfalto, con semejante estrépito que hubiera podido pensarse que alguien había tirado la vajilla entera por la ventana. Pero el dragón no vio nada de esto. Al primer movimiento del caballero se detuvo abruptamente, y luego, se dio la vuelta a toda velocidad, derribando a su paso con la cola a dos ancianas que contemplaban la escena desde un balcón, y aplastando a los espectadores que habían comenzado a dispersarse, emprendió la huida. De un salto, se colocó fuera de la ciudad, voló a través de los campos, trepó como pudo por las pendientes rocosas, y se zambulló en su caverna sin fondo. Una vez allí, se dejó caer de espaldas, con las patas encogidas y, mostrando su blanco y satinado estómago que no dejaba de temblar bajo las oscuras bóvedas, dio un suspiro profundo, cerró sus ojos asombrados y murió.


«El dragón» («Drakon»), escrito en noviembre de 1924, se publicó por primera vez en traducción francesa de Vladimir Sikorsky

En Cuentos completos
Prólogo de Dimitri Nabokov, San Petersburgo (Rusia) y Montreux (Suiza), junio de 1995
Traducción al español: María Lozano
Alfaguara, 2009 
Foto: Irving Penn