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23 abr. 2015

Haruki Murakami – El espejo

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Haruki Murakami – El espejo


Desde hace un rato os oigo hablar de experiencias que habéis vivido y, no sé, a mí me da la impresión de que este tipo de relatos puede dividirse en ciertas categorías. En la primera categoría se encuentran aquellas historias donde el mundo de los vivos está en esta orilla y el de los muertos en la opuesta, pero existen unas fuerzas que hacen que, bajo determinadas circunstancias, pueda cruzarse de una orilla a la otra. Son las historias de fantasmas, por ejemplo. Otras historias se basan en la existencia de ciertos fenómenos o de ciertas facultades que trascienden el común conocimiento tridimensional del hombre. Me refiero a la videncia o a los presentimientos. Creo que, grosso modo, podríamos dividirlas en estos dos grupos.

   Pues bien, según he podido constatar, las experiencias de la gente, pertenezcan a una u otra categoría, se limitan a un solo ámbito. Es decir, las personas que ven fantasmas los ven con frecuencia, pero no tienen presentimientos, y las personas que sí tienen presentimientos no suelen ver fantasmas. Desconozco la razón de que esto sea así, pero es evidente que existen ciertas disposiciones personales al respecto. Vamos, al menos ésa es mi impresión.

   Luego, por supuesto, están los que no se encuadran en ninguna de ambas categorías. Yo, por ejemplo. Llevo viviendo más de treinta años, pero jamás he visto una aparición. Sueños premonitorios o presentimientos jamás los he tenido. Me ha sucedido que, encontrándome con dos amigos en el mismo ascensor, ellos han visto un fantasma y a mí se me ha pasado por alto. Mientras ellos dos veían a una mujer vestida con un traje chaqueta gris, de pie a mi lado, yo habría jurado que allí, mujer, no había ninguna. Que estábamos los tres solos. No miento. Y ellos no son de los que van tomándole el pelo a los amigos. En fin, ésta es una experiencia muy siniestra, pero no altera el hecho de que yo no haya visto jamás un fantasma. Ni se me ha parecido nunca un espíritu, ni tengo poder paranormal alguno. Vamos, que mi vida debe de ser terriblemente prosaica.

   Sin embargo, una vez, una sola vez, me sentí tan aterrado que se me pusieron los pelos de punta. Hace ya más de diez años que pasó aquello, pero aún no se lo he contado a nadie. Incluso hablar de ello me causa terror. Me da la impresión de que, si lo menciono, volverá a ocurrir. Por eso me he callado hasta hoy. Pero esta noche todos habéis ido contando, por turno, experiencias aterradoras que habéis vivido y yo, como anfitrión, no puedo dar por finalizada la velada sin relataros, a mi vez, mi historia. Así que voy a atreverme a hablar de ello. ¡No, por favor! Ahorraos los aplausos. No creo que mi historia los merezca.

   Tal como he dicho antes, ni he visto fantasmas ni tengo ningún poder paranormal. Así que es posible que mi historia os parezca poco terrorífica y que os decepcione. En fin, si es así, que así sea. Aquí la tenéis.

   Acabé el instituto a finales de la década de los sesenta, unos años turbulentos, ya lo sabéis; era, de pleno, la época de las luchas estudiantiles contra el sistema. También yo me vi arrastrado por aquella oleada, así que rehusé ingresar en la universidad y decidí vagar unos cuantos años por Japón, trabajando con mis propias manos. Creía que ése era el modo de vida correcto. En fin, cosas de la juventud. Ahora, cuando pienso en aquellos días, me parecen muy felices. Dejando aparte la cuestión de si aquél era el modo de vida correcto o equivocado, si volviera a nacer, posiblemente volvería a hacer lo mismo.

Durante el otoño de mi segundo año errático trabajé un par de meses como vigilante nocturno en una escuela. En un instituto de una pequeña población de Niigata. Durante todo el verano había trabajado muy duro y me apetecía tomarme un respiro. Y hacer de vigilante nocturno no era un trabajo que deslomara a nadie. Durante el día me dejaban dormir en las dependencias de los bedeles y, por la noche, sólo tenía que dar dos rondas por el recinto de la escuela. En las horas que me quedaban libres escuchaba discos en la sala de música, leía en la biblioteca o jugaba al baloncesto en el gimnasio. Allí solo, por la noche, se estaba muy bien. ¿Que si tenía miedo? No, no. ¡Qué va! A los dieciocho o diecinueve años se desconoce el miedo.

   Seguro que no habéis trabajado nunca de vigilante nocturno, así que, antes que nada, voy a explicaros un poco qué es lo que hay que hacer. Hay dos rondas de inspección, la primera a las nueve de la noche y la segunda a las tres de la madrugada. Así está establecido. La escuela era un edificio bastante nuevo, de hormigón, de tres plantas, y el número de aulas estaba sobre las dieciocho o veinte. No era muy grande. También estaban la sala de música, el aula de labores del hogar, el aula de dibujo y, además, la sala de profesores y el despacho del director. Aparte de las dependencias de la escuela estaban el comedor, la piscina, el gimnasio y el salón de actos. Y yo sólo tenía que darme una vuelta por allí.

   Eran veinte los puntos que tenía que inspeccionar, y yo iba de una dependencia a otra, echaba una ojeada y ponía con el bolígrafo «OK» en el papel. Sala de profesores: OK; Laboratorio: OK... Claro que habría podido quedarme tumbado en la habitación de los bedeles y haber ido marcando OK, OK en todas las casillas. Pero nunca descuidé mi trabajo hasta ese punto. En primer lugar, no requería un gran esfuerzo y, además, de haberse colado algún tipejo dentro, al primero a quien hubiera sorprendido durmiendo habría sido a mí.

   Así que, a las nueve de la noche y a las tres de la mañana, me hacía con una linterna grande y una espada de madera y recorría la escuela de una punta a la otra. Con la linterna en la mano izquierda y la espada en la derecha. En el instituto había practicado kendo y tenía gran confianza en mi habilidad. Mientras mi contrincante no fuera un profesional, no me daba miedo aunque llevase una auténtica espada japonesa. Hablo de aquella época, claro. Hoy, saldría corriendo.

   Era una noche ventosa de principios de octubre. No hacía frío. Más bien hacía calor. Desde el anochecer pululaban los mosquitos. A pesar de estar en otoño, recuerdo que había tenido que encender dos barritas de incienso para ahuyentar los mosquitos. El viento ululaba. Justo aquel día, la puerta de la piscina se había roto y golpeaba con furia agitada por el viento. Se me pasó por la cabeza arreglarla, pero estaba demasiado oscuro. Y la puerta estuvo toda la noche abriéndose y cerrándose con estrépito.

   En la ronda de las nueve no descubrí nada anormal. OK en los veinte puntos. Las puertas estaban cerradas con llave, todo estaba donde tenía que estar. Ninguna novedad. Volví a las dependencias de los bedeles, puse el despertador a las tres y me dormí.

   Cuando el despertador sonó a las tres de la madrugada, me asaltó una extraña e indefinible sensación. No puedo explicarlo bien, pero me sentía raro. En concreto, no me apetecía levantarme. Era como si hubiera algo que estuviese anulando mi voluntad de incorporarme. A mí nunca me había costado levantarme de la cama, así que aquello me resultaba inconcebible. Con gran esfuerzo logré ponerme en pie y me dispuse a hacer la ronda. La puerta seguía golpeando con estrépito. No obstante me dio la sensación de que el sonido era distinto. Podían ser simples impresiones, ya lo sé, pero me sentía extraño en mi propia piel. «¡Qué raro! No me apetece nada hacer la ronda», pensé. Pero fui, claro está. Porque ya se sabe. En cuanto haces trampas una vez, ya no hay quien lo pare. Así que agarré la linterna y la espada de madera y salí de las dependencias de los bedeles.

   Era una noche odiosa. El viento soplaba cada vez más fuerte, el aire era más y más húmedo. La piel me picaba, no lograba concentrarme. En primer lugar, miré el gimnasio y el salón de actos. OK en ambos. La puerta seguía abriéndose y cerrándose con estrépito, parecía la cabeza de un demente haciendo gestos afirmativos y negativos. Sin regularidad alguna. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...» Ya sé que es una comparación extraña, pero a mí me dio esa sensación. De verdad.

   En el interior de la escuela tampoco hallé ninguna anomalía. Todo estaba como siempre. Di una vuelta rápida y marqué OK en todas las casillas. Después de todo, no había ocurrido nada. Aliviado, me dispuse a volver a las dependencias de los bedeles. El último punto que había que inspeccionar era el cuarto de las calderas, en el extremo este del edificio. Las dependencias de los bedeles estaban en el extremo oeste. Por lo tanto, yo tenía que cruzar un largo pasillo de la planta baja para volver a mi habitación. Un pasillo negro como el carbón. Si había luna, estaba iluminado por su pálida luz, pero si no, no se veía nada en absoluto. Yo avanzaba dirigiendo el haz de luz de la linterna hacia delante. Aquella noche se aproximaba un tifón y no había luna. Muy de cuando en cuando se abría un jirón entre las nubes, pero la noche volvía a ser pronto tan oscura como boca de lobo.

   Avanzaba a un paso más rápido de lo habitual. Las suelas de goma de las zapatillas de baloncesto producían pequeños chirridos al pisar el pavimento de linóleo. El pavimento era de color verde. De un verde oscuro como el musgo. Aún lo recuerdo.

   A medio pasillo se encontraba el vestíbulo. Me disponía a dejarlo atrás cuando: «¡Oh!», tuve un sobresalto. Me había parecido ver una figura en la oscuridad. Un sudor frío manó de mis axilas. Agarré con fuerza la espada de madera, me volví en aquella dirección. Apunté hacia allí el haz de luz de la linterna. Era por la zona donde estaba el mueble zapatero.

   Y era yo. Es decir, un espejo. Ni más ni menos. Era mi figura reflejada en un espejo. La noche anterior no había ninguno, seguro que acababan de colocarlo allí. ¡Vaya susto! Era un espejo grande, de cuerpo entero. Al tiempo que me tranquilizaba, me iba sintiendo ridículo. «¡Seré imbécil!», pensé. Plantado ante el espejo dirigí hacia abajo el haz de luz de la linterna, me saqué un cigarrillo del bolsillo y lo encendí. Di una calada contemplando mi imagen reflejada en el espejo. La tenue luz de las farolas penetraba por las ventanas y llegaba hasta el espejo. A mis espaldas, la puerta de la piscina seguía dando golpes impulsada por el viento.

   A la tercera calada me asaltó, de pronto, una sensación muy extraña. La imagen del espejo no era la mía. De hecho, sí, su aspecto exterior era idéntico al mío. No cabía la menor duda. Pero no acababa de ser yo. Lo supe instintivamente. No. No es exacto. Hablando con precisión, sí era yo. Pero era otro yo. Un yo que jamás debería haber tomado forma.

   No me lo explico, me entendéis, ¿verdad? Es que ésa es una sensación terriblemente difícil de traducir en palabras.

   Sin embargo, lo único que comprendí entonces era que él me odiaba con todas sus fuerzas. Con un odio parecido a un poderoso iceberg que flota en un mar oscuro. Con un odio que no podrá ser jamás aliviado por nadie. Eso es lo único que comprendí.

   Me quedé plantado ante el espejo, atónito. El cigarrillo se me escapó por entre los dedos y cayó al suelo. El cigarrillo del espejo también cayó al suelo. Nos contemplábamos el uno al otro. No podía moverme, como si estuviera atado de pies y manos.

   Poco después, él movió una mano. Se acarició el mentón con las yemas de los dedos de la mano derecha y, luego, muy despacio, fue deslizando los dedos hacia arriba, como un insecto que le reptara por el rostro. Me di cuenta de que yo estaba imitando sus gestos. Como si fuera yo la imagen del espejo. O sea, que era él quien estaba intentando controlarme a mí.

   En aquel momento hice acopio de las fuerzas que me quedaban y solté un alarido. Exclamé «¡Uoo!» o «¡Uaa!», o algo así. Entonces, las ataduras se aflojaron un poco y arrojé con todas mis fuerzas la espada de madera contra el espejo. Se oyó un ruido de cristales rotos. Eché a correr hacia mi habitación sin volverme una sola vez, cerré la puerta con llave y me cubrí con la manta. Me preocupaba el cigarrillo que había dejado caer en el pasillo. Pero fui incapaz de volver. El viento siguió soplando. La puerta de la piscina continuó golpeando con estrépito hasta poco antes del amanecer. «Sí, sí, no, sí, no, no, no...»

   Supongo que adivinaréis cómo termina la historia. Eso es, el espejo no había existido jamás.

   Cuando el sol ascendió por el horizonte, el tifón ya se había alejado. El viento amainó y el sol continuó arrojando sus rayos cálidos y claros. Me acerqué al vestíbulo. Había una colilla en el suelo. Había una espada de madera en el suelo. Pero no había ningún espejo. Nunca lo hubo. Nadie había emplazado jamás un espejo al lado del mueble zapatero. Ésta es la historia.

   Así que no vi ningún fantasma. Lo único que yo vi fue... a mí mismo. Pero aún no he podido olvidar el terror que experimenté aquella noche. Y siempre pienso lo siguiente: «El hombre únicamente se teme a sí mismo». ¿Qué opináis vosotros?

   Por cierto, posiblemente os hayáis dado cuenta de que en esta casa no hay ningún espejo. Y, ¿sabéis?, se tarda bastante tiempo en aprender a afeitarse sin mirarse al espejo. De verdad.

En Sauce ciego, mujer dormida

Traducción: Lourdes Porta

28 mar. 2014

Haruki Murakami - Un día perfecto para los canguros

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   Al otro lado de la empalizada había cuatro canguros en total. Un macho, dos hembras y una cría recién nacida. Frente a la empalizada, sólo estábamos mi novia y yo. Para empezar, aquél no era un zoológico que gozara de gran popularidad y, encima, era lunes por la mañana. El número de animales superaba con creces al de los visitantes. No exagero. Era exactamente así, ni más ni menos.

   El centro de nuestras miradas era, cómo no, la cría de canguro. ¿Había allí, por casualidad, alguna otra cosa digna de verse? 

   Hacía un mes que nos habíamos enterado del nacimiento del canguro por la edición local del periódico. Y durante todo el mes habíamos estado aguardando pacientemente la mañana propicia para ir a visitarlo. Sin embargo, la ocasión no acababa de presentarse. Una mañana llovía. Y la mañana siguiente, como era de esperar, también. Y la otra, el suelo estaba embarrado, y durante los dos días siguientes soplaba un viento de espanto. Una mañana a mi novia le dolía una muela; y otra era yo quien tenía que ir al ayuntamiento. Con ello no pretendo decir nada del otro mundo. Pero, si se me permite postularlo, la vida es así.

   Y, de ese modo, transcurrió todo un mes. Porque un mes, en verdad, pasa en un abrir y cerrar de ojos. No logro recordar qué diablos estuve haciendo durante todo ese tiempo. Me da la impresión de que hice muchas cosas y, a la vez, de que no hice nada. Yo no me di cuenta de que había transcurrido hasta que el mes llegó a su fin y vino el cobrador del periódico.

   Sí, en efecto. La vida es así.

   Pese a todo, finalmente llegó el día de ir a ver al canguro. Nos despertamos a las seis de la mañana, descorrimos las cortinas y, al instante, descubrimos y comprobamos que aquélla era la mañana ideal para los canguros. Nos lavamos la cara a toda prisa, desayunamos, dimos de comer al gato, hicimos la colada, nos pusimos un sombrero para protegernos del sol y salimos de casa.

   —Oye, la cría de canguro todavía debe de estar viva, ¿verdad? —me preguntó mi novia en el tren.

   —Pues claro. No ha salido ningún artículo diciendo que haya muerto. Si hubiese muerto, lo habríamos leído en alguna parte.

   —Sin ir tan lejos, puede que esté enferma y que se la hayan llevado a algún hospital.

   —Eso también habría salido en el periódico, seguro.

   —O puede que esté neurótica y que se haya escondido en algún rincón.

   —¿La cría?

   —¡No, hombre, no! ¡La madre! Que haya sufrido un gran trauma y que se haya recluido en el rincón más oscuro de la guarida llevándose consigo al bebé.

   Las mujeres, en verdad, tienen una gran capacidad a la hora de hacer suposiciones, me admiré yo. ¡Un trauma! ¿Qué tipo de trauma podía sufrir un canguro? 

   —Es que, ¿sabes?, a mí me da la impresión de que si me pierdo esta oportunidad, ya no podré volver a ver jamás una cría de canguro.

   —No, quizá no.

   —Porque, ¿has visto tú alguna vez una cría de canguro? 

   —No, nunca.

   —¿Y crees que volverás a ver otra en el futuro? 

   —Pues, ¡quién sabe! Ni idea.

   —¿Ves? Por eso estoy preocupada.

   —Sí, de acuerdo —argumenté yo—. Es posible que tengas razón. Pero tampoco he presenciado nunca el nacimiento de una jirafa, ni he visto nadar una ballena. ¿Por qué tanto revuelo por una cría de canguro, precisamente? 

   —¡Qué cosas preguntas! —dijo ella—. Pues porque se trata de un bebé canguro. No es lo mismo.

   Me di por vencido y me puse a mirar el periódico. Jamás en toda mi vida he logrado derrotar a una mujer en una discusión.

   La cría de canguro estaba viva, por supuesto. Ella (o él) era mucho más grande que en la fotografía del periódico y correteaba con brío por el interior de la empalizada. Más que un bebé era ya un canguro de pequeño tamaño. Este hecho decepcionó un poco a mi novia.

   —Pero si ya no parece una cría.

   —Sí lo parece —la consolé.

   —Deberíamos haber venido antes.

   Rodeé con el brazo su cintura, le di unas cariñosas palmaditas. Ella arqueó el cuello. Deseaba consolarla por el hecho de que el canguro hubiese crecido tanto. Claro que, por más que la consolara, lo cierto era que el canguro había crecido. Así que no dije nada.

   Me dirigí al quiosco de los helados, compré dos de chocolate y, cuando regresé junto a ella, seguía apoyada en la empalizada con los ojos clavados en los canguros.

   —Ya no es una cría —repetía ella.

   —¿Ah, no? —repuse tendiéndole un helado.

   —No. Porque si fuera una cría, estaría dentro de la bolsa de la barriga de su madre.

   Asentí y le di un lametón al helado.

   —Y no lo está.

   Buscamos a la madre con la mirada. Al padre no nos costó descubrirlo. Era el más grande, el más tranquilo. Estaba absorto en la contemplación de las hojas verdes del cajón de la comida con un semblante que hacía pensar en un compositor de talento marchito. Las otras dos eran hembras, ambas de una complexión corporal semejante, de un color similar y de cara parecida. Cualquiera de las dos podía ser la madre del canguro pequeñín.

   —Pero una de ellas es la madre y la otra no lo es —dije yo. 

   —Sí.

   —Entonces, si la otra no es la madre, ¿qué diablos es? 

   Ella me respondió que no lo sabía.

   Ajena a todo, la cría correteaba por el suelo, abriendo agujeros con las patas delanteras, aquí y allá, sin motivo aparente. Ella/él parecía desconocer el aburrimiento. Daba vueltas alrededor de su padre, mordisqueaba la hierba verde, excavaba en el suelo, importunaba a las dos hembras, se tendía en el suelo, volvía a incorporarse, empezaba a correr.

   —¿Por qué deben de dar los canguros saltos tan rápidos? —me preguntó mi novia.

   —Para huir de sus enemigos.

   —¿Enemigos? ¿Qué enemigos? 

   —Los seres humanos —dije—. Los seres humanos matan a los canguros con boomerangs y, luego, se los comen.

   —¿Y por qué los bebés se meten en la barriga de su madre? 

   —Para poder escapar juntos. Porque las crías no pueden saltar tan rápido.

   —Qué protegidos están, ¿verdad? 

   —Sí —dije—. Las crías siempre lo están.

   —¿Y durante cuánto tiempo las protegen? 

   Debería haberme leído todo lo que la enciclopedia ilustrada de animales decía sobre los canguros. Porque ese aluvión de preguntas era previsible.

   —Un mes o dos, diría yo.

   —Pero, entonces, esta cría sólo tiene un mes —dijo ella señalando el pequeño canguro—. Así que debería estar metida en la bolsa de su madre.

   —Pues, sí —reconocí—. Tal vez.

   —Oye, eso de ir metido dentro de la bolsa debe de ser fantástico, ¿no crees? 

   —Sí, claro.

   El sol estaba ya muy alto. Desde una piscina cercana llegaba el alegre griterío de los niños. En el cielo flotaban unas nubes veraniegas de contornos recortados.

   —¿Te apetece comer algo? —le pregunté.

   —Un perrito caliente —dijo ella—. Y una Coca-Cola.

   El puesto de perritos calientes lo llevaba un joven estudiante que trabajaba a tiempo parcial y que tenía dentro de aquel tenderete con forma de furgoneta un enorme radiocasete. Stevie Wonder y Billy Joel me amenizaron la espera mientras el perrito caliente se asaba a la plancha.

   —¡Mira! —me dijo ella cuando volví a la empalizada, entonces señaló a una de las hembras—: ¡Mira! Se ha metido dentro de la bolsa.

   Efectivamente, la cría se había escondido dentro de la bolsa de la que (cabe suponer) era su madre. La bolsa de la barriga aparecía grande e hinchada y sólo asomaban unas orejitas erguidas y la punta de la cola. Era una imagen maravillosa.

   Valía la pena haber venido a verla.

   —Debe de pesar mucho, ¿no? Ahí dentro metido.

   —No te preocupes. Los canguros son muy fuertes.

   —¿De verdad? 

   —Pues, claro. Por eso han sobrevivido hasta hoy.

     Bajo los ardientes rayos del sol, la madre no parecía sudar en absoluto.

   Como si estuviera fumándose un pitillo en una cafetería después de haber hecho la compra en un supermercado de Aoyama a primeras horas de la tarde.

   —Está bien protegido, ¿verdad? 

   —Sí.

   —¿Crees que el bebé estará dormido? 

   —Pues, tal vez.

   Nos comimos el perrito caliente, nos bebimos la Coca-Cola y dejamos atrás la empalizada de los canguros.

   Cuando nos fuimos, el padre canguro seguía buscando la nota musical perdida dentro del cajón de comida. La madre canguro con la cría, convertidas en una, se habían abandonado al discurrir del tiempo, y la canguro misteriosa brincaba dentro de la empalizada como si quisiera poner su cola a prueba.

   Parecía que iba a hacer calor, por primera vez después de varios días.

   —Oye, ¿nos tomamos una cerveza por ahí? —sugirió ella. 

   —¡Vale! —dije yo.


En Sauce ciego, mujer dormida
Traducción: Lourdes Porta
Imagen:  © Elena Seibert, 2005 Corbis


15 ene. 2014

Haruki Murakami: Tony Takitani

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El nombre real de Tony Takitani era, verdaderamente, Tony Takitani.

Debido a su nombre (en el registro civil figuraba, por supuesto, Tony Takitani) y a que tenía las facciones muy pronunciadas y el pelo rizado, cuando era pequeño solían tomarlo por un niño mestizo. Porque, en plena posguerra, había montones de niños por cuyas venas corría la sangre de los soldados americanos.

Sin embargo, lo cierto era que tanto su padre como su madre eran japoneses de pura cepa. Su padre se llamaba Shózaburó Takitani y era un trombón de jazz que había disfrutado de cierta fama en la preguerra. Pero cuatro años antes de que estallara la guerra del Pacífico se metió en un lío de faldas, tuvo que dejar Tokio y, puestos a marcharse, se fue a la China llevándose sólo su instrumento. En aquella época, zarpando de Nagasaki, se tardaba un día en llegar a Shangai. No tenía nada, ni en Tokio ni en Japón, que le importara dejar atrás. Se marchó sin pesar alguno.

Además, los encantos artísticos que ofrecía el Shangai de aquella época parecían irle, a un hombre de sus características, como anillo al dedo. Desde el instante en que avistó, de pie en la cubierta del barco que remontaba el río Yangtzé, las hermosas calles de Shangai iluminadas por el sol de la mañana, se sintió fascinado por la ciudad. Aquella luz parecía traerle promesas de un futuro brillante y feliz.

Tenía entonces veintiún años.

De este modo, Shózaburó Takitani se pasó los agitados tiempos de contienda, desde la guerra chino-japonesa al ataque de Pearl Harbor y al lanzamiento de las bombas atómicas, tocando despreocupadamente el trombón en los clubes nocturnos de Shangai. La guerra se desarrollaba en un lugar que nada tenía que ver con él. En definitiva, que se puede afirmar que Shózaburó Takitani no tenía ni un ápice de voluntad o reflexión frente a la historia. Tocar el trombón, comer tres veces al día y disponer de algunas mujeres a su alrededor era todo cuanto deseaba. Era un hombre modesto, pero también arrogante. Fundamentalmente era un gran egoísta, pero solía ser muy amable y simpático con quienes le rodeaban.

Por lo tanto, gustaba a la mayoría de la gente. Era joven, guapo y, encima, tocaba muy bien el trombón, así que, fuera a donde fuese, destacaba como un cuervo en un día de nieve. Se había acostado con tantas mujeres que había perdido la cuenta.

Desde japonesas a chinas, pasando por rusas blancas, desde prostitutas a mujeres casadas, desde mujeres hermosas a otras que no lo eran tanto, él se acostaba con cuantas mujeres tuviera al alcance de la mano. Y, pronto, Shózaburó Takitani se convirtió en un sujeto emblemático del Shangai de la época gracias a la dulzura de su trombón y a la actividad de su enorme pene.

Otra cualidad que lo adornaba (aunque él no fuese especialmente consciente de ello) era la de saber trabar amistades «útiles». Estaba en excelentes términos con militares de alta graduación del ejército de tierra japonés, con ricachones chinos, aparte de con unos tipejos forrados de dinero que habían obtenido enormes beneficios económicos de la guerra por medios poco claros. La gran mayoría era el tipo de sujetos que esconden una pistola bajo la chaqueta y que, al salir de un edificio, lo primero que hacen es echar una ojeada calle arriba y calle abajo, pero Shózaburó Takitani, curiosamente, se llevaba bien con ellos. Y ellos lo protegían con mimo. Si tenía algún problema, ellos le proporcionaban los medios para solucionarlo. En aquella época, la vida le sonreía a Shózaburó Takitani.

Sin embargo, los talentos notables como el suyo también tienen, a veces, efectos adversos. Al acabar la guerra, el ejército chino puso el ojo en sus juergas con tipos poco recomendables y él fue a dar con los huesos en la cárcel durante una larga temporada. La mayoría de los encarcelados eran ejecutados sin ser juzgados siquiera. Un buen día, sin previo aviso, los arrastraban hasta el patio de la cárcel y con una pistola automática les volaban la cabeza de un disparo. Las ejecuciones siempre tenían lugar a las dos de la tarde. Y el sonido duro y comprimido de los disparos de las automáticas resonaba por el patio de la cárcel.

Ésa fue la mayor crisis en la vida de Shózaburó Takitani. La distancia entre la vida y la muerte era, literalmente, del grosor de un pelo. Él era consciente de que podía encontrar la muerte en aquel lugar. Morir, en sí mismo, no le daba miedo.

Total, te pegaban un tiro y listos. El dolor no debía durar más que un instante.

«Hasta ahora he vivido como me ha dado la gana y me he acostado con un montón de mujeres», se decía. «He comido muy buena comida, he tenido mucha suerte en esta vida. No dejo atrás nada que valga la pena. Aunque me maten, así por las buenas, no tengo ningún derecho a quejarme. ¡En fin! Así están las cosas. Pedir más sería abusar. En esta guerra han muerto millones de japoneses. Y montones de personas han tenido una muerte infinitamente peor que la mía.» Resignado a su suerte, se pasaba el día tumbado en el calabozo, silbando. Día tras día contemplaba cómo pasaban las nubes al otro lado del ventanuco enrejado de su celda y se representaba los rostros y los cuerpos de todas las mujeres con las que se había acostado sobre las paredes rezumantes de humedad. Sin embargo, después de todo, Shózaburó Takitani fue uno de los dos únicos japoneses que lograron salir de aquella prisión con vida y volver a Japón. El otro era un militar de alta graduación que casi había enloquecido. De pie en la cubierta del barco que lo repatriaba, mientras miraba cómo la ciudad de Shangai se iba empequeñeciendo en la distancia, justo al contrario de lo que había sucedido a su llegada, pensó: «¡La vida no hay quien la entienda!»

Shózaburó Takitani volvió a Japón demacrado y sólo con lo puesto, en la primavera del año 21 de Shówa.

A su llegada a Tokio se encontró con que su casa había ardido y que sus padres habían muerto en los grandes bombardeos aéreos de marzo del año anterior. Su único hermano había desaparecido en el frente de Birmania. O sea, que Shózaburó Takitani estaba solo en el mundo. Este hecho, sin embargo, no lo afligió demasiado ni tampoco representó un golpe terrible para él.

Por supuesto que experimentó cierta sensación de pérdida. «Pero esto, en la vida, te pasa antes o después», se dijo. «Tomes el camino que tomes, un día u otro acabarás solo.» Él tenía entonces treinta años. Y ya no era una edad en la que pudiera reprocharle a nadie haberse quedado solo. Le daba la sensación de haber envejecido algunos años de golpe. Sólo eso. Fue el único sentimiento que brotó de su pecho.

Sí. Shózaburó Takitani había logrado, de una manera u otra, sobrevivir, y ya que lo había conseguido, ahora tendría que estrujarse los sesos para seguir sobreviviendo.

No sabía hacer otra cosa, así que llamó a sus antiguos conocidos, formó una pequeña banda de jazz y empezó a recorrer las bases del ejército norteamericano.

Allí hizo uso de su innato don de gentes y trabó amistad con un comandante amante del jazz. El comandante era un americano de origen italiano, de Nueva Jersey, bastante buen clarinete. Como el comandante trabajaba en el departamento de abastecimiento, podía traerle de América todos los discos que necesitara. En sus ratos libres solían interpretar jazz juntos. Shózaburó Takitani frecuentaba también el cuartel del comandante y, mientras bebían cerveza, escuchaban discos de alegre jazz de Bobby Hackett, Jack Teagarden o Benny Goodman, y se esforzaban en copiar sus frases. El comandante le proporcionaba, en las cantidades que él quería, leche, chocolate y otros alimentos muy difíciles de conseguir en aquella época.

«¡Pues no son tan malos tiempos!», pensaba Shózaburó Takitani.

Se casó el año 22 de Shôwa.

La novia era una pariente lejana por parte de madre. Un día se la encontró por la calle, fueron a tomar un té, intercambiaron noticias de la familia y hablaron de los viejos tiempos. Después volvieron a verse y, pronto, no se sabe por qué —lo más plausible es que fuera porque ella se hubiese quedado embarazada— decidieron irse a vivir juntos.

Esto es, al menos, lo que Tony Takitani había oído de boca de su padre. No sabía cuánto había querido Shózaburó Takitani a su esposa. «Era una mujer muy bonita y callada, pero de constitución débil», le había dicho su padre.

Al año de la boda nació un niño. La madre murió tres días después del parto.

Murió en un abrir y cerrar de ojos y fue incinerada en un abrir y cerrar de ojos. Tuvo una muerte muy tranquila. Sin ningún conflicto, sin sufrir apenas, murió consumiéndose lentamente. Como si alguien, a sus espaldas, hubiera apagado la luz.

Shózaburó Takitani no sabía cómo debía sentirse frente a aquella muerte. Se sentía perdido ante ese tipo de emociones. Era incapaz de comprender con exactitud qué significaba la muerte. Y no podía deducir ni juzgar qué consecuencias le reportaría a él en concreto aquella pérdida. Lo único que podía hacer era asimilarlo como un hecho consumado. En consecuencia, tenía la sensación de que llevaba una especie de disco plano metido en el pecho. Pero no tenía ni idea de qué tipo de objeto se trataba ni de por qué se hallaba allí. Sólo sabía que llevaba aquello metido dentro y que le impedía pensar en otra cosa. Por esta razón, Shôzaburô Takitani se pasó la semana posterior a la muerte de su esposa casi sin pensar en nada. Ni siquiera se acordó de su hijo, al que había dejado en el hospital.

El comandante permaneció a su lado e intentó consolarlo. Todos los días bebían juntos en el bar de la base. El comandante lo aleccionaba. Le decía que tenía que ser fuerte. Porque lo más importante, en aquel momento, era criar a su hijo como era debido. Shózaburó Takitani no comprendía de qué diablos le estaba hablando, pero asentía en silencio. El afecto que se desprendía de aquellas palabras podía captarlo incluso él. Luego el comandante le dijo, como si se le ocurriera de repente, que si estaba de acuerdo, él podía ser el padrino de su hijo. Sí, porque, pensándolo bien, Shózaburó Takitani todavía no había dado ningún nombre a su hijo.

El comandante sugirió ponerle al niño su nombre, Tony. El nombre de Tony, lo mires como te lo mires, no parece muy adecuado para un niño japonés, pero si era apropiado o no, al comandante ni siquiera se le pasó por la cabeza. Shózaburó Takitani, al llegar a casa, escribió «Tony Takitani» en un papel, lo pegó en la pared y lo estuvo contemplando durante unos cuantos días. «¿Tony Takitani? Pues no está mal», pensó. La era americana aún continuaría durante algún tiempo y tal vez fuese una buena idea ponerle al niño un nombre americano. A lo mejor le sería útil.

Sin embargo, para el niño que llevaba ese nombre, la vida no fue precisamente un camino de rosas. En la escuela se burlaban de él llamándolo mestizo, y la gente, cuando pronunciaba su nombre, ponía cara de extrañeza o de desagrado. La mayoría se lo tomaba como una broma de mal gusto e incluso había quien se enfadaba. Cierto tipo de personas, por el mero hecho de estar frente a un niño que se llamara de ese modo, sentía cómo se le abrían las viejas heridas del pasado.

Todo esto hizo de Tony Takitani un muchacho con una marcada tendencia a encerrarse en sí mismo. No trabó una sola amistad que pudiera considerarse como tal, pero este hecho no parecía afectarle demasiado. Para él, estar solo era lo más natural del mundo, o, incluso, una especie de premisa de su vida. Desde que tuvo uso de razón, su padre estaba ausente, de gira con la banda de jazz. De pequeño, lo cuidó una empleada doméstica y, a partir del último año de primaria, empezó a apañárselas solo. Cocinaba solo, echaba la llave solo y dormía solo. No sentía soledad. Era más cómodo hacerse las cosas por sí mismo que tener a alguien encima todo el día. Shózaburó Takitani, después de la muerte de su esposa, fuera por la razón que fuese, no volvió a casarse. No hace falta decir que siguió teniendo una novia tras otra, pero jamás llevó a una sola mujer a casa. Tanto el padre como el hijo estaban acostumbrados a apañárselas solos. Su relación no era tan distante como cabría esperar de dos personas que vivan de ese modo. Sin embargo, ambos estaban muy avezados a la soledad y, por lo tanto, ninguno de los dos dio el primer paso para abrirle su corazón al otro. Simplemente, no necesitaban hacerlo.

Shózaburó Takitani no estaba hecho para ser padre y a Tony Takitani tampoco le iba el papel de hijo.

A Tony Takitani le gustaba el dibujo y se pasaba las horas encerrado en su habitación dibujando. Le gustaba especialmente reproducir aparatos. Con la punta del lápiz afilada como una aguja plasmaba con asombrosa exactitud cada detalle de bicicletas, radios y todo tipo de máquinas. Incluso cuando dibujaba flores captaba cada uno de los nervios de las hojas. Sólo sabía dibujar de esa forma. En las demás asignaturas, sus notas no eran nada del otro mundo, pero en dibujo eran excelentes.

Y en los concursos siempre solía ganar el primer premio.

Por lo tanto, el hecho de que al acabar el instituto ingresara en la facultad de bellas artes y luego se hiciera ilustrador, fue lo más natural del mundo (a partir del primer año de universidad, sin que ninguno de los dos lo propusiera, como si fuera lo más lógico, padre e hijo empezaron a vivir cada uno por su cuenta). De hecho, ni siquiera tuvo la necesidad de considerar otras posibilidades. Mientras los demás jóvenes a su alrededor sufrían y se sentían perdidos, él iba trazando sus precisos dibujos mecánicos, en silencio, sin pensar en nada. En una época como aquélla, en la que los jóvenes se rebelaban con violencia contra el poder y el sistema, casi ninguna de las personas que lo rodeaban valoraba aquellos dibujos tan extremadamente prácticos. Al mirarlos, los profesores de bellas artes, no tenían más remedio que sonreír. Sus condiscípulos le criticaban su falta de contenido ideológico. A su vez, Tony Takitani no lograba encontrarles la gracia a los dibujos «con contenido ideológico» de sus compañeros. A sus ojos, eran inmaduros, feos e inexactos.

Una vez fuera de la universidad, la situación dio un vuelco. Gracias a su técnica extremadamente práctica, realista y utilitarista, a Tony Takitani nunca le faltó el trabajo. Porque no había otro que fuera capaz de reproducir con tanta precisión máquinas y elementos arquitectónicos complicados. «Es más real que el original», afirmaba todo el mundo. Sus dibujos eran más exactos que una fotografía y tan fáciles de comprender que cualquier explicación era superflua. En un abrir y cerrar de ojos se convirtió en el ilustrador más solicitado. Desde dibujos de portadas de revistas de automóviles hasta ilustraciones para anuncios, mientras se tratara de mecanismos, él aceptaba cualquier encargo. Trabajar le divertía, aparte de reportarle unos beneficios considerables.

Mientras tanto, Shózaburó Takitani continuaba tocando incansablemente el trombón. Llegó la época del jazz moderno, llegó la época del jazz libre, llegó la época del jazz electrónico, pero Shózaburó Takitani siguió siempre con el viejo jazz. No era un músico de primera categoría, pero su nombre era bastante conocido y siempre tuvo trabajo. Podía comer comida buena, no le faltaban mujeres. Si consideramos la vida en términos de satisfacción o insatisfacción personal, la suya fue una de las más afortunadas.

Tony Takitani trabajaba sin desperdiciar un instante y no tenía ninguna afición cara, así que a los treinta y cinco años ya había amasado una pequeña fortuna. Aconsejado por alguien, compró una gran casa en Setagaya y adquirió varios apartamentos para ponerlos en alquiler. Un asesor fiscal se ocupaba de todo.

Tony Takitani había salido con unas cuantas chicas. Cuando era joven, incluso había vivido con una, aunque sólo durante un corto periodo de tiempo. Pero jamás había pensado en casarse. No sentía la menor necesidad de hacerlo. La comida, la limpieza y la colada se las hacía él solo y, cuando el trabajo se lo impedía, contrataba a una asistenta doméstica. Jamás había deseado tener hijos.

Tampoco tenía amigos a quienes consultar las cosas o a quienes poder abrirles el corazón. Ni siquiera tenía a alguien con quien irse de copas. Eso no significa que fuera una persona huraña. No era tan simpático como su padre, pero en su vida diaria se relacionaba con absoluta normalidad con quienes lo rodeaban. No fanfarroneaba ni presumía. No se justificaba a sí mismo, no hablaba mal de nadie.

Prefería escuchar a los demás que hablar de sí mismo. Así que la mayoría de personas lo apreciaba. Sin embargo, era absolutamente incapaz de establecer relaciones personales que fueran más allá del nivel práctico. A su padre sólo lo veía, siempre por algo en concreto, una vez cada dos o tres años. En cuanto se encontraban y resolvían el asunto que los ocupaba, ya no tenían nada más que decirse. La vida de Tony Takitani discurría de una manera extremadamente tranquila y apacible. «No creo que me case nunca», pensaba.

Sin embargo, un día, de repente, sin previo aviso, Tony Takitani se enamoró.

Sucedió de forma tan inesperada que parecía increíble. Ella era una empleada a tiempo parcial de una editorial, que había ido a su estudio a recoger unas ilustraciones. Tenía veintidós años. Mientras estuvo allí, lució siempre una serena sonrisa en los labios. Tenía un rostro agradable y simpático, pero, mirándola con objetividad, no se la podía considerar una belleza. Sin embargo había algo en ella que golpeó con violencia el corazón de Tony Takitani. Desde que la vio por primera vez sintió una opresión en el pecho que casi le impedía respirar. No sabía qué tenía aquella chica que le había asestado un golpe tan fuerte. Pero, aunque lo hubiera sabido, no podía explicarse con palabras.

Además, también se sintió atraído por su modo de vestir. A él no le interesaba demasiado la ropa y apenas se fijaba en cómo iban vestidas las mujeres, pero, sin embargo, se quedó profundamente admirado al ver cómo aquella chica sabía llevar la ropa. Incluso puede decirse que lo conmovió. Había muchas mujeres que vestían con buen gusto. Muchas que iban más elegantes que ella. Pero el caso de aquella chica era diferente. Ella vestía con tanta naturalidad, con tanta gracia, que parecía un pájaro envuelto en un aire especial que se dispusiera a alzar el vuelo hacia otro mundo. Nunca había visto a alguien que llevara la ropa con tanta alegría.

Incluso la ropa, al envolverla, adquiría una vida nueva. Ella le dio las gracias y se marchó. Pero incluso después de que ella recogiera el trabajo y se fuera, él siguió sin poder pronunciar una palabra. Permaneció sentado ante la mesa, aturdido, incapaz de hacer nada hasta que anocheció y la habitación quedó a oscuras.

Al día siguiente llamó a la editorial y se inventó la primera excusa que le vino a la cabeza para que ella tuviera que volver a su estudio. Después del trabajo la invitó a comer. Mientras, charlaron de cosas sin importancia. Pese a llevarse más de quince años, curiosamente tenían muchos temas en común. Hablaran de lo que hablaran coincidían. Era la primera vez que tanto a él como a ella les ocurría una cosa semejante. La chica, al principio, estaba un poco tensa, pero luego se fue relajando y empezó a reír y a charlar por los codos.

—Tienes muy buen gusto en el vestir —la alabó Tony Takitani al despedirse.

—Es que me gusta mucho la ropa —repuso ella tímidamente—. Casi todo el sueldo me lo gasto en ropa.

Luego se vieron varias veces más. No iban a ningún sitio en especial, simplemente se sentaban en algún lugar tranquilo y charlaban. Hablaban de sí mismos, hablaban del trabajo, hablaban de cómo se sentían o de qué pensaban sobre diversas cosas. Hubieran podido continuar charlando eternamente sin hartarse. Hablaban y hablaban, como si estuvieran llenando algún vacío. Y, a la quinta vez que se vieron, Tony Takitani le pidió que se casara con él. Pero ella tenía un novio con el que salía desde el instituto. Con el paso del tiempo, la relación con su novio se había ido deteriorando y habían llegado al punto de pelearse por cualquier tontería cada vez que se veían. A decir verdad, cuando estaba con él, ella no se sentía tan libre como con Tony Takitani, ni tampoco se divertía tanto.

Pero no podía romper el noviazgo de un día para otro. Ella tenía sus razones. Y además se llevaban quince años. Ella todavía era joven, apenas tenía experiencia. Y no podía prever lo que esa diferencia de edad podía significar en el futuro. Le pidió tiempo para pensárselo.

Mientras ella reflexionaba, Tony Takitani vivió unos días infernales. No podía trabajar. Bebía, todos los días, solo. La soledad se le hizo tan opresiva que lo paralizaba, provocándole una gran angustia. La soledad empezó a parecerle una prisión. «¡Y pensar que nunca me había dado cuenta!», se decía. Contemplaba con ojos desesperados los fríos y gruesos muros que lo rodeaban. «Si ella no quiere casarse conmigo, me moriré», pensó.

Fue a su encuentro y se lo explicó todo. Que hasta entonces había estado siempre solo y que se había perdido una infinidad de cosas. Y que ella le había hecho ser consciente de su soledad.

Ella era una chica inteligente. Tony Takitani le gustaba como persona. Al principio le había caído simpático y, conforme lo había ido tratando, le había ido gustando cada vez más. Si a ese sentimiento se lo podía llamar amor, ella no lo sabía. Pero ella sentía que dentro de él se escondía algo maravilloso. Y pensaba que podía ser muy feliz a su lado. Y se casaron.

Al casarse con ella se terminaron los días de soledad en la vida de Tony Takitani. Al despertarse por la mañana, lo primero que hacía era buscar a su mujer con la mirada. En cuanto descubría su figura durmiendo se tranquilizaba. Cuando no la encontraba, recorría inquieto toda la casa buscándola. Para él, no estar solo era algo paradójico. Ya que en cuanto había dejado de estarlo le había asaltado una angustia espantosa pensando en qué sería de él si volvía a quedarse solo. De vez en cuando ese pensamiento le venía a la cabeza y se sentía tan aterrado que le entraba un sudor gélido. El pánico continuó hasta tres meses después de la boda. Sin embargo, conforme fue acostumbrándose a su nueva vida, conforme fue haciéndose más remota la posibilidad de que ella desapareciera de súbito, el terror fue alejándose gradualmente. Y, por fin, se tranquilizó y se sumergió en una plácida felicidad. En una ocasión, los dos fueron a ver una actuación musical de Shôzaburô Takitani. Ella quería saber qué instrumento tocaba el padre de su marido.

—¿Crees que le importará que vayamos? —preguntó ella.

—No lo creo —repuso él.

Y acudieron a un club de Ginza donde tocaba Shózaburó Takitani. Excepto durante su infancia, era la primera vez que Tony Takitani presenciaba una actuación de su padre. Éste tocaba exactamente el mismo tipo de música de entonces. Todas las melodías las había escuchado Tony Takitani en disco, desde niño, multitud de veces. La interpretación de su padre era fluida, elegante, dulce.

Aquello no era arte. Pero sí una música ejecutada hábilmente por un profesional de primera categoría que lograba que el público se sintiera bien. Tony Takitani, cosa infrecuente en él, tomó una copa tras otra mientras escuchaba.

Sin embargo, poco después, mientras permanecía atento a la música, algo que había en ella empezó a asfixiarlo y a causarle un terrible desasosiego, como si fuera un estrecho tubo en el que fuera acumulándose de forma lenta pero certera la basura. Le pareció que aquella música era un poco diferente de la que él recordaba.

Claro que había transcurrido mucho tiempo y que, en aquel entonces, la escuchaba con los oídos de un niño. Pero le pareció que la diferencia era muy importante.

Quizá fuera mínima. Pero era esencial. Y eso él podía percibirlo con toda claridad.

Hubiera querido subir al escenario, agarrar a su padre del brazo y preguntarle:

«¡Papá! ¿Dónde diablos está la diferencia?». Pero no lo hizo, por supuesto.

Después de todo, ni siquiera era capaz de explicar esa sensación. Sin decir nada, siguió escuchando a su padre hasta el final mientras tomaba whisky con agua. Y, junto a su esposa, aplaudió y volvió a casa.

Sobre su matrimonio no se proyectaba sombra alguna. Su trabajo seguía como siempre, ellos dos no se peleaban nunca. Solían pasear, iban al cine, viajaban. Considerando su edad, ella era bastante buena ama de casa y sabía dar una respuesta acertada a cualquier cuestión.

Desempeñaba con eficacia las labores domésticas y no le creaba a su marido ningún problema superfluo. Con todo, había una cosa, una única cosa, que preocupaba a Tony Takitani. Y era que compraba demasiada ropa. No es exagerado decir que, cuando veía un vestido, casi no podía contenerse. La expresión de su cara cambiaba de súbito, incluso se le alteraba la voz. La primera vez que lo notó, Tony Takitani casi pensó que se había sentido indispuesta de repente. Esa tendencia ya la tenía antes de casarse, pero fue durante la luna de miel en Europa cuando tomó proporciones alarmantes. Durante el viaje, ella compró ropa hasta cansarse. En Milán y París, de la mañana a la noche, recorrió las boutiques como una posesa. No vieron nada. No fueron ni al Duomo ni al Louvre. El único recuerdo que tiene Tony Takitani del viaje son las tiendas de ropa. Valentino, Missoni, Sant Laurent, Givenchy, Ferragamo, Armani, Cerruti, Gianfranco Ferré...

Como hechizada, ella compraba un traje tras otro mientras él iba detrás pagando las facturas. Casi temía que la banda magnética de la tarjeta de crédito acabara desgastándose por el uso.

Incluso después de volver a Japón no se aplacó la fiebre. Todos los días iba de compras. El número de trajes que poseía experimentó un incremento acelerado.

En consecuencia, tuvieron que encargar varios armarios roperos más. También hicieron construir muebles zapateros. Pero pronto los armarios no fueron suficientes y tuvieron que acondicionar un cuarto entero como ropero. No obstante, la casa era grande y sobraban las habitaciones. Tampoco les faltaba el dinero.

Además, su esposa vestía con un gusto exquisito. Y sólo con tener ropa nueva ya era feliz. Así que Tony Takitani no encontraba nada que objetar al respecto. «¡En fin! No hay nada de malo en ello», pensó. «En este mundo nadie es perfecto.» Sin embargo, cuando los trajes de su esposa ya no cupieron en una habitación, empezó a inquietarse. Una vez, mientras ella no estaba, contó las piezas de ropa que tenía. Según sus cálculos, aunque se cambiara de ropa dos veces al día, tardaría casi dos años en poder ponérsela toda. Y eso, lo miraras como lo mirases, era una exageración. No podía entender por qué había de comprar un vestido tras otro. Estaba tan ocupada comprándolos que ni siquiera tenía tiempo de ponérselos.

Consideró la posibilidad de que se tratara de algún problema psicológico. Y, en ese caso, debía ponérsele freno.

Un día, después de cenar, decidió abordar el tema. Le sugirió que no comprara tanta ropa. Le dijo que no era cuestión de dinero. Que podía comprar todo lo que necesitara, por supuesto. Que él estaba contento de que ella se pusiera guapa, pero ¿era realmente necesario comprar tanta ropa cara? Su esposa bajó la mirada y estuvo reflexionando durante unos instantes.

Luego le dio la razón. No necesitaba toda aquella ropa. Eso lo veía hasta ella. Pero no podía hacer nada. Cuando tenía un vestido bonito delante, sentía la pulsión de comprarlo. No se trataba de que lo necesitara o no, o de que tuviera muchos o de que tuviera pocos. Se trataba de que no podía evitarlo. Sin embargo, dijo, aquello (y lo comparó con una adicción a las drogas) no podía continuar. Se curaría.

Porque si seguía así, acabaría llenando la casa de ropa.

Se pasó una semana sin ir de compras, encerrada en casa. Para ella, aquellos días fueron terribles. Se sentía como si estuviese andando por la superficie de un planeta con poco oxígeno. Todos los días entraba en el ropero, cogía todos sus vestidos, uno tras otro, y los contemplaba. Acariciaba el tejido, olía su aroma, se los probaba y se miraba al espejo. No se cansaba de contemplarlos. Y cuanto más los miraba más le apetecía tener vestidos nuevos. No podía controlar las ganas de comprar más.

Simplemente, no podía aguantarse.

Sin embargo, amaba profundamente a su marido y lo respetaba. Creía que él tenía razón. No necesitaba tanta ropa. «Yo sólo dispongo de un cuerpo», se dijo.

Llamó a una de las boutiques que frecuentaba y le preguntó al encargado si podía devolver un abrigo y un vestido que había comprado diez días antes y que no había estrenado. Le contestaron que no faltaba más. Que si tenía la amabilidad de llevarlos a la tienda, le devolverían el importe de los artículos. No podían hacer menos, ya que ella era una de sus mejores dientas. Cargó el abrigo y el vestido en el coche y se dirigió a Aoyama. Devolvió las prendas a la boutique y le reintegraron el importe en la tarjeta de crédito. Ella les dio las gracias, salió de la tienda, voló al coche intentando no mirar a su alrededor y emprendió el regreso a su casa pasando por la 246. Después de devolver la ropa sentía el cuerpo más liviano. «Sí, es verdad. No los necesitaba», se dijo a sí misma tratando de convencerse. «Tengo abrigos y vestidos suficientes para llevar mientras viva.» Pero mientras esperaba en una encrucijada, ante el semáforo, no podía quitarse de la cabeza ni el abrigo ni el vestido. Su color, su forma, su tacto. Veía cada detalle de las prendas de ropa tan vívidamente como si las tuviera delante. Sintió cómo su frente se cubría de sudor. Acodada en el volante, aspiró una gran bocanada de aire.

Cerró los ojos y, al abrirlos, vio que el semáforo ya había cambiado a verde. En un acto reflejo pisó el acelerador.

En aquel momento un enorme camión, empeñado en cruzar con el semáforo en ámbar, embistió a toda velocidad el lateral del Renault Sank de color azul que ella conducía. No tuvo tiempo de sentir nada.

A Tony Takitani sólo le quedó una habitación llena de trajes de la talla treinta y seis. Contando únicamente los zapatos, había ciento doce pares. No tenía ni idea de qué haría con todo aquello. No quería guardar hasta el fin de los tiempos lo que había llevado su esposa, así que para desprenderse de los accesorios llamó a un comerciante del ramo y le pidió que se los llevara todos por el precio que le ofreciera. Las medias y la ropa interior las quemó juntas en la incineradora del jardín. Vestidos y zapatos había demasiados, así que los dejó tal cual. Después de los funerales se encerró solo en el ropero y se pasó allí de la mañana a la noche mirando aquellos trajes alineados, apretados el uno contra el otro.

Diez días después del funeral, Tony Takitani puso un anuncio en el periódico solicitando una ayudante. «Se necesita mujer de metro sesenta y uno de estatura, talla 36 y número 35 de pie. Muy bien remunerado. Buenas condiciones laborales», rezaba la oferta de trabajo. El sueldo que ofrecía era excepcionalmente alto, así que a la entrevista, que tuvo lugar en su estudio de Minami-Aoyama, se presentaron trece candidatas. Cinco de ellas mentían de modo ostensible respecto a su talla.

Entre las ocho restantes, escogió a la que tenía la constitución física más similar a la de su esposa. Una mujer de unos veinticinco años de rostro anodino. Vestía una blusa blanca sin adornos y una falda ceñida de color azul marino. Llevaba, tanto la ropa como los zapatos, pulcros y limpios, pero se veían bastante desgastados por el uso.

Tony Takitani se lo explicó a la mujer. El trabajo, en sí mismo, no era difícil.

Tenía que estar todos los días en el estudio de nueve de la mañana a cinco de la tarde y atender al teléfono, enviar ilustraciones, ir a recoger material y hacer fotocopias. Nada más. Pero había una condición. El hecho era que él acababa de perder a su esposa y que ésta había dejado una gran cantidad de ropa. La mayoría era nueva, o casi nueva. Y él quería que ella se la pusiera en horas de trabajo como si fuera un uniforme. Por eso los requisitos para conseguir el empleo eran la talla, la estatura y el número de zapatos. Quizás eso le sonara raro. También él era consciente de ello. Pero en su propuesta no se ocultaba ninguna segunda intención.

Él necesitaba tiempo para hacerse a la idea de que su esposa había muerto. Así de simple. En resumen, que era como si tuviera que ir ajustando, poco a poco, la presión atmosférica del aire que había a su alrededor. Necesitaba ese periodo de tiempo. Y, mientras tanto, le era preciso que ella estuviera cerca de él vistiendo la ropa de su esposa. De esa forma, él iría tomando conciencia real de su muerte.

Mordiéndose los labios, la chica consideró en un abrir y cerrar de ojos la cuestión. Realmente, aquélla era una historia extraña. A decir verdad, ella no acababa de entender del todo la lógica del asunto. Que la esposa de aquel hombre había muerto hacía poco, eso lo había entendido. Que había dejado un montón de ropa al morir, también. Lo que no lograba comprender era por qué razón ella tenía que trabajar vestida con aquella ropa delante de él. De ordinario, cualquiera pensaría que allí se ocultaba algo raro. «Pero no parece mal hombre», se dijo. Se notaba por su modo de hablar. Quizá le había trastornado un poco perder a su esposa, pero tampoco parecía un loco peligroso capaz de hacerle daño a alguien.

Además, y por encima de todo, ella necesitaba trabajar. Se había pasado los últimos meses buscando un empleo. El mes siguiente se le acababa el subsidio del paro. Y entonces se encontraría en serias dificultades a la hora de pagar el alquiler del piso.

Posiblemente no volvería a encontrar nunca más un trabajo tan bien remunerado.

Aceptó. Le dijo que había algunos aspectos que no le habían quedado claros, pero que, posiblemente, sería capaz de desempeñar su cometido. ¿Podría, sin embargo, enseñarle la ropa antes? Pensaba que era mejor comprobar que de verdad fuera de su talla. Él repuso que no faltaba más. Llevó a la mujer a su casa y le mostró la habitación llena de ropa. Excepto en los grandes almacenes, era la primera vez que la mujer veía tanta ropa junta. Y toda, eso se apreciaba a simple vista, era ropa de primera calidad que debía de costar una fortuna. De un gusto, además, irreprochable. Era una visión cegadora. La mujer sintió que le faltaba el aire. Los latidos del corazón se le aceleraron sin motivo. «Se parece a la excitación sexual», pensó ella.

Tony Takitani le pidió que se la probara, la dejó dentro del ropero y salió.

Ella se sobrepuso y se vistió con los trajes que tenía más cerca. También se probó los zapatos. Tanto la ropa como los zapatos le iban tan bien como si hubieran sido hechos a medida para ella. Los fue tomando en las manos y los contempló. Los acarició con la punta de los dedos, aspiró su aroma. Cientos de preciosos vestidos estaban allí colgados, uno al lado del otro. Sus ojos se anegaron en lágrimas. No pudo evitarlo. Las lágrimas fueron brotando, una tras otra, de sus ojos. No podía contenerse. Rodeada de la ropa que había dejado una mujer muerta, ella lloraba, intentando ahogar los sollozos. Poco después, Tony Takitani se acercó a ver cómo iban las cosas y le preguntó por qué estaba llorando. Sacudiendo la cabeza, ella le respondió que no lo sabía. Era la primera vez que veía tantos vestidos bonitos juntos y eso, quizá, la había trastornado. Le pidió excusas. Y se secó las lágrimas con un pañuelo.

—Si te parece bien, puedes empezar mañana —le dijo Tony Takitani con tono expeditivo—. Y llévate ropa y zapatos para una semana. Coge los que más te gusten.

Ella eligió, tomándose su tiempo, ropa para seis días. Luego, escogió calzado a juego. Y lo metió todo en una maleta. Tony Takitani le dijo que se llevara también un abrigo por si tenía frío. Ella escogió un cálido abrigo de cachemir de color gris. Era ligero como una pluma. Nunca había tenido en las manos una prenda tan liviana.

Después de que la mujer se marchara, Tony Takitani entró en el ropero, cerró la puerta y permaneció unos instantes mirando vagamente los trajes que había dejado su esposa. No lograba entender por qué aquella mujer se había echado a llorar al ver la ropa. Para él, aquellos vestidos no eran más que las sombras que había dejado su esposa. Una serie de sombras de la talla treinta y seis que se sucedían, una tras otra, colgadas de las perchas. Parecían unas muestras, reunidas y colgadas en aquel lugar, de las ilimitadas (teóricamente, al menos) posibilidades que comprende la vida del ser humano.

Aquellas sombras estaban adheridas antes al cuerpo de su esposa, recibían su cálido aliento, se movían junto a ella. Sin embargo, lo que en su momento tenía ante los ojos, una vez perdida la raíz de la vida, no era más que una sucesión de sombras miserables que se iban marchitando, minuto a minuto. Se trataba sólo de vestidos usados, desprovistos de significado. Mientras los miraba, sintió que cada vez se le hacía más difícil respirar. Los diferentes colores volaban al viento como el polen y penetraban en sus ojos, sus orejas, sus fosas nasales. Aquellos volantes, los botones, los adornos de los hombros, los encajes, los cinturones enrarecían el aire de la habitación. El olor de la gran cantidad de sustancia antipolillas batía el aire sin hacer ruido, como incontables y minúsculas alas de insecto. De repente se dio cuenta de que, en ese momento, odiaba aquella ropa. Se recostó en la pared, se cruzó de brazos y cerró los ojos. La soledad se había infiltrado de nuevo en él como un tibio caldo de oscuridad. «Ya todo ha terminado», pensó. «Haga lo que haga, ya todo ha terminado.»

Llamó a casa de la mujer y le dijo que olvidara el asunto del trabajo. Que lo sentía muchísimo, pero que ya no la necesitaba. Ella, sorprendida, le preguntó qué diablos había ocurrido. Él repuso que le sabía mal, pero que las circunstancias habían cambiado. Que podía quedarse con todos los trajes que se había llevado, y también con la maleta, pero que olvidara aquel asunto. Que no se lo contara a nadie. Ella no entendía nada, pero conforme escuchaba fue perdiendo las ganas de seguir preguntando. Le dijo que «muy bien» y colgó.

Al principio, la mujer estaba enfadada con Tony Takitani. Pero después acabó teniendo la impresión de que había sido mejor así. Desde el comienzo, toda aquella historia había sido muy extraña. Era una lástima quedarse sin trabajo, pero ya se las apañaría. Fue desplegando con mimo, uno tras otro, los vestidos que se había traído de casa de Tony Takitani, los fue colgando dentro del armario y metió los zapatos en cajas. Comparados con los recién llegados, sus viejos vestidos y zapatos se veían todos terriblemente miserables. A ella le dio la impresión de que eran de una materia diferente, confeccionados con materiales de otra dimensión completamente distinta. Se quitó la ropa que había llevado puesta en la entrevista, la colgó de una percha, se puso unos tejanos y una sudadera, se sentó en el suelo, sacó una cerveza de la nevera y se la bebió. Luego, al recordar el ropero de casa de Tony Takitani lleno a rebosar de ropa, lanzó un suspiro. «¡Cuántos vestidos bonitos!», pensó.

«¡Uf! Pero si aquel ropero era más grande que mi piso entero.» Reunir semejante cantidad de ropa debía de haberle costado a aquella mujer un montón de dinero, y también de tiempo. Seguro. Pero ella había muerto Había dejado una habitación llena de vestidos de la talla treinta y seis. ¿Qué debía de sentirse al morir dejando atrás tantos vestidos bonitos? Sus amigos, que sabían muy bien lo pobre que era, se sorprendieron mucho al ver que, cada vez que quedaban, ella acudía con un vestido nuevo. Y todo ropa de marca, cara, sofisticada. Todos sus amigos le preguntaban dónde diablos los había conseguido y cómo. Ella les decía que no podía contárselo, que lo había prometido. Y sacudía la cabeza con un gesto negativo. Además, añadía, aunque lo explicase, nadie la creería.

Tony Takitani, al final, llamó a un ropavejero y le entregó todos los vestidos que su esposa había dejado. No le resultó rentable. Ni siquiera debió de recuperar una vigésima parte del dinero que le habían costado. Pero eso a él no le importaba.

Se los hubiera regalado con gusto, lo único que quería era que se los llevara, todos, sin dejar ni uno. Lejos, a un lugar donde él no pudiera volver a ponerles los ojos encima.

Y el antiguo ropero, ya vacío, continuó así durante muchos años.

A veces entraba en aquella habitación y permanecía allí, distraído, sin hacer nada. Durante una o dos horas se quedaba sentado en el suelo, con la vista clavada en las paredes vacías. Allí estaban las sombras de las sombras de la muerta. Sin embargo, con el paso del tiempo dejó de poder recordar lo que antes había en el cuarto. El recuerdo de aquellos colores y olores se fue borrando. Incluso la emoción tan viva que un día lo embargó reculó fuera del reino de la memoria, como si se hubiera acobardado. Los recuerdos fueron cambiando de forma despacio, como la neblina agitada por el viento, y cada vez que cambiaban de forma iban palideciendo un poco más. Ahora eran ya las sombras de las sombras de las sombras. Lo único que aún podía percibir era la sensación de pérdida dejada por algo que había existido. A veces ni siquiera lograba recordar con claridad el rostro de su esposa. Pero, de vez en cuando, se acordaba de aquella mujer desconocida que, en aquella habitación, había derramado lágrimas mirando los vestidos que había dejado atrás su difunta esposa. Recordaba su cara anodina, los zapatos de charol gastados. Y aquel sollozo revivía en su memoria. No quería acordarse de ello pero no podía evitar que le volviera una y otra vez a la cabeza. Ahora que había ido olvidando tantas cosas iba a acordarse, ni más ni menos, que de una mujer de quien ni siquiera recordaba el nombre.

Dos años después de la muerte de la esposa de Tony Takitani, murió de cáncer de hígado Shózaburó Takitani. Pese a tratarse de cáncer, no fue una muerte muy dolorosa y pasó poco tiempo en el hospital. Se fue muriendo como si estuviera conciliando el sueño. También, en este sentido, la suerte le sonrió hasta el final.

Aparte de algún dinero en metálico y algunas acciones, no dejó nada que pudiera llamarse fortuna. Lo único que quedó de él como recuerdo fue su instrumento musical y una enorme colección de viejos discos de jazz. Tony Takitani los puso, dentro de las mismas cajas en que los había traído, sobre el suelo del ropero. Como olían a moho, tenía que abrir periódicamente la ventana para ventilar la habitación.

Exceptuando esas ocasiones, jamás ponía los pies en el cuarto.

Y así transcurrió un año. Sin embargo, a él le fue molestando cada vez más tener bajo su techo aquel enorme montón de discos. Por el mero hecho de pensar que estaban allí sentía que le faltaba el aire. Se despertaba a medianoche y era incapaz de volver a conciliar el sueño. Los recuerdos eran poco nítidos. Pero todavía estaban allí, con todo el peso que deben tener.

Llamó a una tienda de discos de segunda mano y les pidió que tasaran la colección. Como había muchos discos valiosos que ya no se grababan desde hacía mucho tiempo, le reportó un buen dinero. Una cifra suficiente para poder adquirir un coche pequeño, pero eso, a él, no le importaba.

Cuando aquel montón de discos desapareció, Tony Takitani se quedó, entonces sí, completamente solo.


En Sauce ciego, mujer dormida
Traducción del japonés de Lourdes Porta
Foto © Elena Seibert/Corbis


31 jul. 2013

Haruki Murakami: El hombre de hielo

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Me casé con un hombre de hielo.
Encontré al hombre de hielo en el hotel de unas pistas de esquí. Es posible que aquél fuera el lugar más indicado para conocerlo. En el vestíbulo de aquel bullicioso hotel, atestado de gente joven, el hombre de hielo estaba solo, leyendo tranquilamente un libro en el rincón más alejado de la estufa. Ya casi era mediodía, pero a mí me dio la impresión de que la límpida y fría luz de la mañana todavía seguía brillando sólo a su alrededor.
—¡Mira! Aquél es el hombre de hielo —me susurró una amiga. Pero yo, entonces, no tenía la menor idea de qué era un hombre de hielo. Tampoco mi amiga lo tenía muy claro. Lo único que sabía era que se llamaba de ese modo.
—Seguro que está hecho de hielo. De ahí le debe de venir el nombre —me dijo ella con una expresión muy seria. Como si hablara de algún fantasma o de alguna víctima de una enfermedad contagiosa.
El hombre de hielo era alto y sus cabellos, a ojos vista, rígidos. De cara parecía joven, pero su pelo, tieso como el alambre, estaba entreverado de algo blanco como la nieve cuajada en el suelo. Sin embargo, dejando eso aparte, su aspecto no difería apenas del de un hombre normal. No se le podía llamar guapo, pero, según cómo te lo miraras, tenía un aire muy atractivo. Había algo punzante en él que se te clavaba muy hondo en el corazón. Y ese algo residía, especialmente, en su mirada. En sus ojos silenciosos y transparentes que centelleaban como un carámbano en una mañana de invierno. Aquellos ojos parecían poseer un destello de vida verdadera dentro de un cuerpo transitorio. Permanecí unos instantes allí de pie, contemplando desde lejos al hombre de hielo. Pero él no alzó la cabeza ni un solo instante. Siguió leyendo el libro, inmóvil, sin hacer ningún movimiento. Como si estuviera convenciéndose a sí mismo de que estaba completamente solo.
La tarde del día siguiente, el hombre de hielo se encontraba en el mismo lugar, leyendo el mismo libro. Tanto al mediodía, cuando fui al comedor a almorzar, como al atardecer, cuando volví de las pistas con mis amigos, él estaba en la misma silla del día anterior proyectando la misma mirada sobre las páginas del mismo libro. Al día siguiente, igual. Cayera la tarde, avanzara la noche, él seguía allí, solo, leyendo con una placidez semejante a la del invierno al otro lado de la ventana.
En la tarde del cuarto día, esgrimí una excusa y no subí a las pistas. Me quedé sola en el hotel y estuve vagando un rato por el vestíbulo. Todo el mundo había ido a esquiar y el vestíbulo estaba desierto como una ciudad abandonada. El aire, muy caliente y húmedo, contenía un extraño tufo melancólico. Era el olor de la nieve que la gente arrastraba, adherida a la suela de sus botas, al interior del hotel, y que en ese momento se deshacía ante la estufa sin que a nadie le importara.
Atisbé afuera por una ventana, y por otra, hojeé el periódico. Luego me acerqué al hombre de hielo dispuesta a dirigirle la palabra. Yo soy más bien tímida, no suelo abordar a desconocidos si no tengo necesidad. Pero, en aquel momento, algo me impelía a hablar, a toda costa, con el hombre de hielo. Era mi última noche en el hotel y, si perdía aquella ocasión, ya no se me volvería a presentar otra.
—¿Usted no esquía? —le pregunté intentando dar a mi voz un tono natural.
Él alzó la cabeza despacio. Con cara de estar pensando: «No sé por qué, pero me ha dado la impresión de haber oído soplar el viento a lo lejos». Me clavó aquellos ojos suyos. Luego sacudió la cabeza en silencio.
—No, yo no esquío. Me basta con estar aquí leyendo mientras contemplo la nieve. —Sus palabras formaban una blanca nube parecida al bocadillo de un manga. Yo pude ver las palabras, tal y como lo digo, con mis propios ojos. Él les quitó la escarcha frotándolas suavemente con el dedo.
Yo ya no supe qué añadir a continuación. Me ruboricé y me quedé allí plantada. El hombre de hielo me miró a los ojos. Me pareció verlo sonreír por un instante. Pero no estoy segura. ¿Había sonreído realmente? Quizá sólo me había dado esa impresión.
—¿Por qué no se sienta un momento? —me dijo el hombre de hielo—. Podemos hablar un rato si quiere. Tengo la sensación de que usted siente curiosidad por mí. Debe de querer saber cómo es un hombre de hielo, ¿verdad? —Y se rió, aunque sólo un instante—. No se preocupe. Aunque hable conmigo, no va a resfriarse.
Así que hablé con el hombre de hielo. Nos sentamos juntos en un sofá de un rincón del vestíbulo y hablamos con reserva mientras contemplábamos la nieve que danzaba al otro lado de la ventana. Yo pedí un cacao y me lo bebí. Él no tomó nada. El hombre de hielo no parecía mejor conversador que yo. A eso hay que añadir que no teníamos en común ningún tema de conversación. Primero hablamos del tiempo. Luego, de lo cómodo que era el hotel. ¿Está aquí solo?, le pregunté. Sí, me respondió. El hombre de hielo me preguntó si me gustaba esquiar. No mucho, le respondí. La verdad es que he venido porque mis amigas insistieron mucho. Pero yo apenas sé esquiar. Yo me moría de ganas de saber cómo era el hombre de hielo.
Si era verdad que estaba hecho de hielo. Qué comía. Dónde vivía en verano. Si tenía familia o no... Ese tipo de cosas. Pero el hombre de hielo parecía reticente a hablar de sí mismo. Y yo no me atrevía a preguntar. Porque pensaba que, tal vez, a él no le apeteciera tocar esos temas.
En cambio, sí habló de mí. Es realmente difícil de creer, pero el hombre de hielo, fuera por la razón que fuese, me conocía a fondo. La composición de mi familia, mi edad, mis aficiones, mi estado de salud, la universidad a la que iba, los amigos con quienes salía, lo sabía absolutamente todo. Incluso conocía al dedillo cosas de un pasado lejano que yo ya había olvidado por completo.
—No lo entiendo —le dije sonrojándome—. Me da la impresión de haberme quedado desnuda delante de la gente. ¿Cómo es posible que sepas tantas cosas de mí? —le pregunté—. ¿Puedes leer la mente de las personas?
—No, yo no puedo leer la mente de los demás. Pero lo sé. Así, sin más —dijo el hombre de hielo. Como si clavara la mirada en el interior del hielo—. Si te miro así, fijamente, puedo saberlo todo sobre ti.
—¿Ves el futuro? —le pregunté.
—El futuro no lo conozco —me dijo el hombre de hielo con semblante inexpresivo. Y sacudió la cabeza despacio—. El futuro no me interesa lo más mínimo. A decir verdad, en mí no cabe el concepto de futuro. Porque en el hielo no existe el futuro. Sólo contiene el pasado, y lo contiene cerrado de una manera hermética. Dentro de él existe la totalidad de las cosas, nítidamente selladas como si estuvieran vivas. El hielo es capaz de conservar muchas cosas de esta forma. De una manera limpia y clara. Ésta es la función del hielo, su esencia.
Nos seguimos viendo incluso después de volver a Tokio. Pronto empezamos a quedar todos los fines de semana. Pero nunca íbamos al cine, ni entrábamos en una cafetería. Tampoco comíamos juntos. Porque el hombre de hielo apenas comía.
Siempre nos sentábamos en el banco de algún parque y hablábamos. Hablábamos realmente de muchas cosas. Pero, por más tiempo que pasara, el hombre de hielo no parecía decidirse a hablar de sí mismo.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué no hablas nunca de tus cosas? A mí me gustaría saber más cosas sobre ti. Dónde has nacido. Quiénes son tus padres. Cómo te has convertido en un hombre de hielo.
El hombre de hielo se me quedó mirando unos instantes a los ojos. Luego, sacudió la cabeza despacio.
—Es que yo no lo sé —dijo el hombre de hielo con tono calmado, pero resuelto. Y exhaló una compacta y blanca nube de aliento—. Yo no tengo pasado. Yo conozco el pasado de todas las cosas. Conservo el pasado de todas las cosas.
»Pero en mí no hay pasado. No sé dónde he nacido. No conozco el rostro de mis padres. Ni siquiera sé si realmente los he tenido. Ni siquiera sé cuántos años tengo.
»Ni siquiera sé si, en verdad, tengo edad.
El hombre de hielo estaba solo como un iceberg en medio de las tinieblas.
Y yo me enamoré profundamente del hombre de hielo. Y el hombre de hielo amaba, simplemente, a mi yo del presente, sin pasado, sin futuro. Y yo amaba al hombre de hielo del presente, sin pasado ni futuro. Era maravilloso. Incluso empezamos a hablar de casarnos. Yo acababa de cumplir veinte años. Y el hombre de hielo era el primer hombre de quien me enamoraba en serio en toda mi vida.
Qué significaba amar al hombre de hielo era algo que yo, en aquellos momentos, no podía ni imaginar. Pero creo que, aunque hubiera estado enamorada de otra persona, tampoco lo hubiera sabido.
Mi madre y mi hermana mayor se opusieron de forma categórica a mi boda con el hombre de hielo. Eres demasiado joven para casarte, me decían. Ni siquiera conoces exactamente su identidad. Ni siquiera sabes dónde ha nacido, ni cuándo.
¿Cómo vamos a decirles a nuestros parientes que te casas con un tipo así? Además, ¡él es de hielo! ¿Qué harías si, por casualidad, se te deshiciera?, decían ellas.
Parece que no lo entiendas, pero al casarse, uno tiene que estar dispuesto a asumir una serie de responsabilidades. ¿Y cómo puede un hombre de hielo asumir sus responsabilidades como marido? Pero esas preocupaciones eran innecesarias. En realidad, el hombre de hielo no estaba hecho de hielo. El hombre de hielo sólo era frío como el hielo. Por lo tanto, aunque estuviera en un sitio cálido, no se derretía. Su frialdad se parecía al hielo. Pero su cuerpo no se componía de hielo. Y aunque ciertamente era de una frialdad extrema, ésta no robaba la temperatura corporal de los demás.
Y nos casamos. La nuestra fue una boda sin felicitaciones. Ni mis amigos, ni mis padres, ni mis hermanas, nadie se alegró de nuestro casamiento. Ni siquiera celebramos la ceremonia nupcial. Tampoco pudimos inscribirnos en el registro civil porque él no tenía certificado de nacimiento. Simplemente, los dos decidimos que nos habíamos casado. Compramos un pequeño pastel y nos lo comimos. Ésa fue nuestra pequeña celebración. Alquilamos un pequeño apartamento y el hombre de hielo, para ganarse la vida, entró a trabajar en unos almacenes frigoríficos de carne de ternera congelada. Él resistía muy bien el frío y, por más que trabajara, no se cansaba. Apenas comía. Por lo tanto, su jefe lo tenía en gran estima. Y le pagaba un sueldo mucho más alto que a los demás empleados. Y nosotros vivíamos tranquilos y felices sin que nadie nos molestara y sin molestar a nadie.
Cuando nos abrazábamos, yo pensaba en un bloque de hielo que debía de existir, silencioso y solo, en alguna parte. Me preguntaba si el hombre de hielo conocía el lugar donde se encontraba aquel bloque. Era una roca de hielo congelada, tan dura que costaba imaginar que pudiera existir algo más duro. Era el bloque de hielo más grande del mundo. Se encontraba en algún lugar remoto. El hombre de hielo traía a este mundo el recuerdo de aquel bloque de hielo. Al principio, cuando me abrazaba, me sentía invadida por el desconcierto. Sin embargo, pronto me acostumbré. Incluso empecé a amar encontrarme entre sus brazos. Él seguía sin decir una palabra sobre sí mismo. Tampoco sobre cómo se había convertido en un hombre de hielo. Yo no le preguntaba nada. Nos abrazábamos en la oscuridad y compartíamos en silencio aquel bloque gigantesco.
Dentro de ese hielo estaba encerrado con pulcritud todo el pasado del mundo a lo largo de cientos de millones de años.
En nuestro matrimonio, no existía ningún problema propiamente dicho. Nos amábamos de forma profunda el uno al otro, nadie se interponía en nuestro amor.
La gente que nos rodeaba no acababa de acostumbrarse al hombre de hielo, pero, a pesar de ello y con el paso del tiempo, al menos empezaron a dirigirle la palabra.
Empezaron a decir que, en fin, tampoco era tan diferente de la gente normal. Pero ellos, en el fondo de su corazón, no aceptaban al hombre de hielo ni, por supuesto, tampoco a mí por haberme casado con él. Nosotros éramos un tipo de personas distinto a ellos y, por más tiempo que pasara, esa zanja era imposible de rellenar.
Tampoco lográbamos concebir un hijo. Quizás entre un ser humano y un hombre de hielo hubiera incompatibilidades genéticas que lo impidieran. En cualquier caso, al no tener ningún niño, a mí me sobraba el tiempo. Por la mañana arreglaba la casa en un santiamén y, luego, no tenía nada más que hacer. Carecía de amigos con quienes charlar o ir a alguna parte, tampoco conocía a nadie en el barrio. Mi madre y mis hermanas todavía estaban enfadadas conmigo por haberme casado con el hombre de hielo y no me dirigían la palabra. Para ellas yo era la oveja negra de la familia, alguien de quien se avergonzaban. Ni siquiera contaba con alguien con quien hablar por teléfono. Mientras el hombre de hielo trabajaba en el almacén frigorífico, yo permanecía siempre en casa leyendo o escuchando música. Por mi carácter, yo era una persona a quien le gustaba más estar en casa que salir, tampoco me asustaba la soledad. Sin embargo, todavía era joven y pronto me agobió esa sucesión de días idénticos sin cambio alguno. Lo que me hacía sufrir no era el aburrimiento. Lo que yo no podía soportar era la reiteración. No sé por qué, pero empecé a verme a mí misma como una sombra repetida dentro de esa reiteración.
Entonces, un día se lo propuse a mi marido. ¿Por qué no hacíamos un viaje, para cambiar de aires?
—¿Un viaje? —dijo el hombre de hielo. Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Y por qué diablos quieres ir de viaje? ¿Acaso no eres feliz aquí conmigo?
—No se trata de eso —le dije—. Yo soy feliz. Entre nosotros no hay ningún problema. Pero me aburro. Quiero ir lejos y ver algo que no haya visto nunca. Respirar un aire que no haya respirado jamás. ¿Lo entiendes? Además, todavía no hemos ido de luna de miel. Tenemos dinero ahorrado, a ti te deben un montón de días de vacaciones. Creo que éste es el momento ideal para marchamos tranquilamente de viaje.
El hombre de hielo lanzó un suspiro tan profundo que casi parecía congelado. El suspiro cristalizó en el aire de una manera audible. Cruzó sobre las rodillas sus largos dedos cubiertos de escarcha.
—Bueno, pues si a ti te apetece ir de viaje, yo no tengo nada que objetar. A mí no me parece muy buena idea, la verdad. Pero, en fin, si eso te hace feliz, estoy dispuesto a marcharme, iré a donde tú quieras. En el almacén, si las pido, creo que podré tomarme unas vacaciones. Hasta ahora he trabajado muy duro. Dudo que haya algún problema. Por cierto, ¿ya has pensado adónde te gustaría ir?
—¿Qué te parece ir al Polo Sur? —le dije.
Lo elegí pensando que, haciendo tanto frío, seguro que a él le interesaría ir.
Además, a decir verdad, yo siempre había querido ir al Polo Sur. Quería ver la aurora boreal y los pingüinos. Me imaginé a mí misma cubierta con un abrigo de pieles con capucha, bajo la aurora boreal, mirando jugar a los pingüinos.
Cuando lo oyó, el hombre de hielo clavó sus ojos en los míos. Fijamente, sin parpadear. Y, como un afilado carámbano de hielo, me atravesó los ojos hasta llegar al fondo de mi cerebro. Él permaneció unos instantes reflexionando en silencio, pero al final, con voz sorda, me dijo que le parecía bien.
—De acuerdo, si tú quieres ir al Polo Sur, vayamos al Polo Sur. ¿Estás segura de que es ése el lugar al que prefieres ir?
Asentí.
—Creo que, dentro de dos semanas, podré tomarme unas vacaciones. Imagino que te dará tiempo de prepararlo todo para el viaje. ¿Estás de acuerdo? ¿Seguro?
No pude responder de inmediato. Porque notaba la cabeza fría y embotada debido a aquella mirada, tan fija, parecida a un carámbano, que me había lanzado el hombre de hielo.
Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a arrepentirme de haberle propuesto a mi marido ir de viaje al Polo Sur. No sé por qué. Pero tenía la sensación de que, en cuanto yo acabé de pronunciar las palabras «Polo Sur», algo había cambiado en su interior. Los ojos de mi marido eran dos carámbanos mucho más agudos que antes, su aliento era mucho más blanco que antes, sobre sus dedos había mucha más escarcha que antes. Se volvió mucho más taciturno que antes, mucho más obstinado que antes. Dejó de comer por completo. Todo eso me causó una enorme inquietud. Cinco días antes de partir me decidí a pedírselo. Que abandonáramos la idea de ir al Polo Sur. Pensándolo bien, hacía demasiado frío allí y eso no sería bueno para la salud, le dije. He pensado que sería mejor que fuéramos a otro lugar más normal. Europa estaría muy bien. Podríamos ir a España, por ejemplo, a descansar. A beber vino, comer paella y ver corridas de toros. Pero mi marido hizo oídos sordos a lo que yo decía. Permaneció unos instantes con la mirada clavada a lo lejos. Luego me miró. Me miró fijamente a los ojos. Su mirada era tan profunda que sentí como si mi cuerpo fuera desapareciendo gradualmente.
Yo no quiero ir a España, dijo mi marido, el hombre de hielo, con voz resuelta. Lo siento, pero en España hace demasiado calor para mí, y hay demasiado polvo. La comida es demasiado picante. Además, ya hemos adquirido los dos billetes para ir al Polo Sur. Incluso ya te has comprado un abrigo de pieles y unas botas forradas para el viaje. No podemos tirar todo eso. Ahora tenemos que ir allí.
A decir verdad, yo tenía miedo. Presentía que si íbamos al Polo Sur nos ocurriría algo irreparable. Tuve un sueño horrible, recurrente. Estoy paseando y me caigo dentro de un profundo agujero que se abre en el suelo, y allí dentro me voy congelando sola, sin que nadie me encuentre. Encerrada en el hielo, clavo la vista en el cielo. Estoy consciente. Pero no puedo mover ni un dedo. Es una sensación terriblemente extraña. Me doy cuenta de que, minuto a minuto, me voy convirtiendo en pasado. No hay futuro en mí. Sólo un pasado que se va acumulando. Y entonces, de repente, todos me están contemplando, ellos están mirando el pasado.
La visión de cómo yo voy pasando de largo mirando hacia atrás.
Luego me despierto. A mi lado, el hombre de hielo está profundamente dormido. Duerme sin un suspiro. Como algo muerto y congelado. Pero yo amo al hombre de hielo. Lloro. Mis lágrimas caen sobre su mejilla. Entonces él se despierta y me abraza.
—He tenido una pesadilla espantosa —le digo.
Él sacude la cabeza despacio en la oscuridad.
—Es sólo un sueño —me dice—. Los sueños vienen del pasado. No del futuro. Ellos no tienen que controlarte a ti. Eres tú quien debe controlarlos a ellos. ¿De acuerdo?
—Sí —le digo. Pero no estoy convencida.
Mi marido y yo cogimos el avión para el Polo Sur. No logré encontrar ningún pretexto para impedir el viaje. Tanto el piloto como las azafatas de aquel avión que se dirigía al Polo Sur eran terriblemente taciturnos. Quería contemplar la vista por la ventanilla del avión, pero unas gruesas nubes me lo impidieron.
Además, las ventanillas pronto se cubrieron de una capa de hielo. Mientras, mi marido permaneció en silencio leyendo un libro. Yo no sentía ni un ápice de la excitación y alegría que suele acompañar a un viaje. Simplemente estaba haciendo algo que había decidido hacer.
Cuando bajamos la escalerilla del avión y tocamos tierra, noté cómo un gran temblor sacudía el cuerpo de mi marido. Fue más breve que un parpadeo, la mitad de un instante, y nadie se dio cuenta de ello, ni siquiera se reflejó en su rostro. Pero a mí no se me pasó por alto. Dentro del cuerpo de mi marido algo se había estremecido con gran violencia, aunque de manera secreta. Clavé la vista en su perfil. Plantado allí, contempló el cielo, se miró las manos y respiró hondo. Luego me miró y sonrió alegremente.
—¿Aquí es adónde querías venir? —me dijo.
—Sí —contesté.
Ya lo suponía hasta cierto punto, pero el Polo Sur resultó ser una tierra todavía más solitaria de lo que imaginaba. Allí no vivía casi nadie. Sólo había un pequeño pueblo anodino. En el pueblo sólo había un pequeño hotel, evidentemente, anodino. El Polo Sur no es un lugar turístico. Ni siquiera se veían pingüinos. Ni tampoco la aurora boreal. A veces me dirigía a la gente con la que me cruzaba por la calle y les preguntaba dónde podía encontrar a los pingüinos. Sin embargo, la gente se limitaba a sacudir la cabeza en silencio. Ellos no entendían mi lengua. Así que dibujé un pingüino en un papel. Con todo, ellos siguieron sacudiendo la cabeza sin decir una palabra. Yo me sentía sola. A la que dabas un paso fuera de la ciudad, ya no veías más que hielo. No había ni árboles, ni flores, ni ríos, ni lagos. Fueras a donde fueses, no encontrabas más que hielo. Una vasta superficie de hielo que se extendía hasta donde te alcanzaba la vista.
Pero mi marido, con su aliento blanco, las manos cubiertas de escarcha y aquellos ojos como carámbanos clavados en la distancia, iba todo el día de aquí para allá, incansable, lleno a rebosar de energía. Enseguida aprendió la lengua de aquella tierra y empezó a hablar con la gente de la ciudad con un tono de resonancia duro como el hielo. Hablaban durante horas, con la seriedad pintada en el rostro. Pero yo no podía entender de qué diablos hablaban tan apasionadamente.
Mi marido estaba fascinado por aquella tierra. Tenía algo que lo embelesaba. Al principio, eso me irritó. Sentía que me había dejado atrás. Me sentía traicionada, ignorada.
Pero pronto, en aquel mundo silencioso rodeado por una gruesa capa de hielo, fui perdiendo todas las fuerzas. Despacio, poco a poco. Y pronto desapareció incluso mi irritación. Parecía haber perdido en alguna parte la brújula de mis sensaciones. Perdí el sentido de la dirección, perdí la noción del tiempo, me perdí de vista a mí misma. No sé cuándo empezó, ni cuándo acabó. Pero, a la que me di cuenta, estaba encerrada sola dentro de la insensibilidad, en aquel mundo de hielo, en un invierno eterno que había perdido todos los colores. Incluso después de perder la mayoría de sensaciones, yo lo sabía. Que ese marido mío que estaba en ese momento en el Polo Sur no era mi marido de antes. No es que fuera diferente.
Él seguía siendo tan atento conmigo como siempre, me hablaba con cariño. Y yo sabía muy bien que las palabras que pronunciaba eran sinceras. Pero yo lo sabía, por supuesto. Que era un hombre de hielo distinto al que yo había conocido en el hotel de las pistas de esquí. Pero no tenía a nadie a quien quejarme. Toda la gente del Polo Sur apreciaba a mi marido y no había nadie que entendiera una palabra de lo que yo les decía. Todos exhalaban un aliento blanco, tenían la cara cubierta de escarcha y bromeaban, discutían y cantaban en la sorda lengua del Polo Sur.
Encerrada sola en la habitación del hotel, contemplaba aquel cielo gris sin perspectivas de que despejara a meses vista, y aprendía la terriblemente complicada (y que yo no creía poder llegar a saber jamás) gramática de la lengua del Polo Sur.
En el aeródromo ya no había ningún avión. Después de que partiera el avión que nos trajo a nosotros, ya no volvió a aterrizar ninguno más. Y la pista de aterrizaje pronto quedó enterrada bajo el duro hielo. Como mi corazón.
—¡Ha llegado el invierno! —exclamó mi marido—. Es un invierno muy largo. Los aviones ya no vendrán, ni tampoco los barcos. Todo, absolutamente todo, está congelado. Al parecer, no nos quedará más remedio que esperar hasta la primavera —dijo.
Tres meses después de llegar al Polo Sur descubrí que estaba embarazada. Y yo lo sabía. Que el niño que yo pariría sería un pequeño hombre de hielo. Mi útero se congelaría, finos trozos de hielo se mezclarían con mi líquido amniótico. Podía sentir su gelidez dentro de mi vientre. Yo lo sabía. El niño tendría la mirada de carámbano igual que su padre, y sus dedos estarían cubiertos de escarcha. Yo lo sabía. Que nuestra familia ya nunca más saldría del Polo Sur. El eterno pasado, con su peso desmesurado, nos aferraba los pies con fuerza. Y nosotros ya no nos podríamos soltar jamás.
A mí, ahora, apenas me queda corazón. Mi calor ya se ha esfumado en la distancia. Incluso a veces me olvido de que alguna vez lo tuve.
Pero aún puedo llorar. Estoy verdaderamente sola. En el lugar más frío y solitario del planeta. Cuando lloro, el hombre de hielo me besa la mejilla. Y mis lágrimas se convierten en hielo. Entonces, él toma en su mano mis lágrimas de hielo y se las pone sobre la lengua. «Oye, te quiero», me dice. Y no miente. Lo sé muy bien. El hombre de hielo me ama. Pero el viento que viene soplando de alguna parte se lleva atrás, muy atrás, hacia el pasado, sus palabras convertidas en blanco hielo. Yo lloro. Continúo derramando grandes lagrimones de hielo. En una casa de hielo del Polo Sur congelada en la distancia.


En Sauce ciego, mujer dormida (Comp. 1996) 
Traducción directa del japonés: Lourdes Porta
Tusquets, 2009
Foto © Marco García