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28 may. 2013

Alice Munro: Alga marina roja

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Al final del verano Lydia cogió una barca para ir a una isla de la costa sur de Nueva Brunswick, donde iba a quedarse a pasar la noche. Le quedaban sólo unos días para tener que volver a Ontario. Trabajaba como directora para un editor de Toronto. También era poeta, pero ella no lo mencionaba a menos que fuese algo que la gente ya supiera. Durante los pasados dieciocho meses había estado viviendo con un hombre en Kingston. Por lo que ella creía, aquello se había terminado.
Se había dado cuenta de algo acerca de ella misma en aquel viaje a las Marítimas: La gente ya no estaba tan interesada en conocerla. No era que hubiese creado mucha conmoción anteriormente, pero había habido algo con lo que ella podía contar. Tenía cuarenta y cinco años y hacía nueve que estaba divorciada. Sus dos hijos habían iniciado sus propias vidas, aunque todavía había retiradas y confusiones. No había engordado ni adelgazado, su aspecto no se había deteriorado de forma alarmante pero, no obstante, había dejado de ser una clase de mujer para convertirse en otra, y se había dado cuenta en el viaje. No se había sorprendido porque se encontraba en un estado nuevo y extraño. Hacía un esfuerzo tras otro. Colocaba pequeños bloques uno encima del otro y ya tenía un día. A veces casi no podía hacerlo. Otras veces la misma premeditación, la aparente arbitrariedad de lo que estaba haciendo, la forma en que vivía, la estimulaban.
Encontró una casa de huéspedes que daba al puerto, con sus montones de trampas para langostas y las pocas tiendas y casas diseminadas que constituían el pueblo. Una mujer aproximadamente de su edad estaba haciendo la cena. Esta mujer la llevó a una habitación del piso de arriba, barata y anticuada. No se veían otros huéspedes aunque la habitación contigua estaba abierta y parecía estar ocupada, quizá por una criatura. Fuera quien fuese había dejado varios libros de historietas en el suelo junto a la cama.
Fue a dar un paseo por el empinado sendero que había detrás de la casa de huéspedes. Se entretuvo nombrando arbustos y malas hierbas. La vara de san José y la reina Margarita estaban en flor y el boj japonés, una rareza en Ontario, parecía algo común allí. La hierba era larga y gruesa y los árboles eran pequeños. La costa atlántica, que nunca había visto anteriormente, era exactamente como ella había esperado que fuese. La hierba inclinada, las sobrias casas, la luz del mar. Empezó a preguntarse cómo sería vivir allí, si las casas seguirían siendo baratas o si personas forasteras habrían comenzado a comprarlas. A menudo en el viaje se había mantenido ocupada haciendo cálculos de esa clase, y también con ideas sobre cómo podría ganarse la vida de alguna forma nueva, romper con todo lo que había hecho antes. No pensaba ganarse la vida escribiendo poesía, no sólo porque los ingresos serían muy pequeños, sino porque pensó, como tantas veces en su vida había pensado, que probablemente ya no escribiría más poemas. Estaba pensando en que no cocinaba lo suficientemente bien como para hacerlo por un sueldo, pero podía limpiar. Al menos había otra casa de huéspedes al lado de la que ella estaba, y había visto un letrero anunciando un motel. ¿Cuántas horas de limpieza podía conseguir si limpiase los tres sitios, y a cuánto se pagaba la hora de limpieza?
Había cuatro mesas pequeñas en el comedor, pero sólo había un hombre sentado, bebiendo zumo de tomate. No la miró. Salió de la cocina un hombre que probablemente era el marido de la mujer que había visto antes. Tenía una barba rubia y canosa, y una mirada alicaída. Le preguntó el nombre a Lydia y la llevó a la mesa en la que estaba el hombre sentado. Éste se levantó ceremoniosamente, y Lydia le fue presentada. El apellido del hombre era Stanley y a Lydia le pareció que debía tener unos sesenta años. Cortésmente, él le pidió que se sentase.
Entraron tres hombres con traje de faena y se sentaron a otra mesa. No eran ruidosos de forma estridente ni ofensiva, pero con sólo entrar y colocarse alrededor de la mesa, creaban una agradable agitación. Es decir, lo disfrutaban, y parecía que esperasen que otros también lo hicieran. El señor Stanley les saludó con una inclinación de cabeza. Era realmente una inclinación, no sólo un gesto con la cabeza. Dijo buenas tardes. Ellos le preguntaron qué había para cenar, y dijo que creía que eran escalopes y de postre pastel de calabaza.
—Estos caballeros trabajan para la Compañía Telefónica de Nueva Brunswick —le dijo a Lydia—. Están tendiendo un cable hasta una de las pequeñas islas, y se alojan aquí durante la semana.
Era mayor de lo que ella había pensado en un principio. No se revelaba en su voz, que era clara y americana, ni en los movimientos de sus manos, sino en sus dientes pequeños, separados y parduscos, y en sus ojos, que tenían una delicada piel lechosa sobre el iris marrón claro.
El marido les llevó la cena y habló con los trabajadores. Era un camarero eficiente, pero bastante estirado y distante, de hecho bastante parecido a un sonámbulo, porque no realizaba el trabajo en su vida real. Las verduras las presentaban en grandes cuencos, de los que cada uno se servía. A Lydia le encantó ver tanta comida: brécoles, puré de nabos, patatas, maíz. El americano se sirvió un poco de todo y empezó a comer de forma muy pausada, dando la impresión de que el orden en el que se llevaba los tenedores llenos de comida a la boca no era casual, de que había una razón para que los nabos siguieran a las patatas, y para que los escalopes, que no eran grandes y estaban muy fritos, fuesen hábilmente cortados por la mitad. Él levantó la cabeza un par de veces como si fuese a decir algo, pero no lo hizo. Los trabajadores también estaban callados en aquel momento, comiendo.
El señor Stanley habló finalmente. Dijo:
—¿Conoce usted a la escritora Willa Cather?
—Sí —Lydia se sobresaltó, porque no había visto a nadie leyendo un libro en las últimas dos semanas; ni siquiera había visto estantes de libros de bolsillo.
—¿Sabe usted que pasaba aquí todos los veranos?
—¿Aquí?
—En esta isla. Tenía aquí su casa de verano. A no más de un kilómetro y medio de donde estamos ahora sentados. Vino aquí durante dieciocho años, y escribió aquí muchos de sus libros. Escribió en una habitación que tenía vistas al mar, pero ahora los árboles han crecido y la han tapado. Estaba con su gran amiga, Edith Lewis. ¿Ha leído usted Una dama perdida?
Lydia dijo que sí.
—De todos sus libros es mi favorito. Lo escribió aquí. Al menos, una gran parte.
Lydia era consciente de que los trabajadores estaban escuchando, aunque no levantaban la vista de su comida. Se dio cuenta de que incluso sin mirar al señor Stanley o sin mirarse los unos a los otros podían conseguir comunicar un desdén condescendiente. Pensó que no le importaba si ella estaba incluida o no en ese desdén, pero quizá fuese por esa razón que no encontrase mucho que decir sobre Willa Cather, o que no le dijese al señor Stanley que trabajaba para un editor, y mucho menos que ella misma era una especie de escritora. O pudo ser simplemente que el señor Stanley no le diese demasiada oportunidad.
—He sido admirador suyo durante más de sesenta años —dijo. Hizo una pausa, sosteniendo el cuchillo y el tenedor sobre su plato—. La he leído y releído, y mi admiración crece. Sencillamente crece. Hay aquí personas que la recuerdan. Esta noche voy a ver a una mujer, a una mujer que conoció a Willa y tuvo conversaciones con ella. Tiene ochenta y ocho años, pero dicen que no ha olvidado. Las personas de aquí están empezando a conocer mi interés y recordarán a alguien así y me pondrán en contacto. —Es un placer para mí —dijo solemnemente.
Durante todo el rato que estuvo hablando, Lydia intentaba pensar qué le recordaba su estilo de conversación. No le recordaba a nadie en especial, aunque podía haber tenido uno o dos profesores de la facultad que hablasen así. En lo que le hizo pensar fue en un tiempo en el que unas cuantas personas, sólo unas cuantas, no se habían preocupado nunca de ser democráticas, ni de congraciarse por su forma de hablar; hablaban con frases formales, bien pensadas, alabándose ligeramente, aunque vivían en un país donde su formalidad, su pedantería, no podía acarrearles más que burla. No, esa no era toda la verdad. Acarreaba burla, y una admiración incómoda. En lo que hacía pensar a Lydia realmente era en la cultura pasada de moda de las ciudades de provincias de hacía tiempo (algo que, desde luego, no había conocido nunca, pero había percibido por los libros); la nobleza, la corrección; butacas lujosas para el concierto y bibliotecas silenciosas. Y su adoración de la escritora escogida era de esta misma clase; estaba tan pasada de moda como su conversación. Pensó que no podía ser un profesor, una adoración tal no era del estilo de los profesores, ni siquiera de los de su edad.
—¿Da usted clases de literatura?
—No, oh no. No he tenido ese privilegio. No. Ni siquiera he estudiado literatura. Empecé a trabajar cuando tenía dieciséis años. En mis tiempos no había mucha elección. He trabajado en periódicos.
Pensó en algún periódico de Nueva Inglaterra absurdamente discreto y conservador con un anticuado estilo de prosa.
—Oh, ¿en qué periódico? —dijo, y luego se dio cuenta de que su curiosidad debía parecerle bastante grosera a cualquiera que fuese tan prudente.
—No es un periódico del que haya oído usted hablar. Es sólo el diario de una ciudad industrial. Y en otros periódicos anteriormente. Esa ha sido mi vida.
—¿Y ahora quisiera usted hacer un libro sobre Willa Cather?
Aquella pregunta no le parecía tan fuera de lugar, porque siempre estaba hablando con personas que querían escribir libros sobre algo.
—No —dijo sombríamente—. Mis ojos no me permiten leer ni escribir más allá de lo estrictamente necesario.
Aquella era la razón por la que era tan pausado comiendo.
—No —prosiguió—. No digo que en un momento dado no hubiera pensado en eso, en hacer un libro sobre Willa. Hubiese escrito algo sobre su vida aquí en la isla. Se han escrito biografías, pero no mucho de esa etapa de su vida. Ahora he abandonado la idea. Hago mis investigaciones sólo para mi propio placer. Me llevo una silla de tijera hasta allí y me puedo sentar bajo la ventana en la que ella escribía y miraba el mar. Nunca hay nadie allí.
—¿No se conserva? ¿No es una especie de monumento?
—Oh, no, en absoluto. No está nada conservado. Las gentes de aquí, ¿sabe?, mientras que estaban muy impresionadas con Willa, y algunas reconocieron su genio, quiero decir el genio de su personalidad (porque eran incapaces de reconocer el genio de su obra), otras la consideraron hostil y no la querían. Se ofendieron porque era huraña, como tenía que ser, para escribir sus libros. —Podría ser un proyecto —dijo Lydia—. Quizá podrían conseguir algún dinero del gobierno. Del gobierno canadiense y del americano también. Podrían conservar la casa.
—Bueno, no soy yo quien debe decirlo. —Sonrió, sacudió la cabeza—. No lo creo. No.
No quería que ningún otro devoto viniese a molestarle en su silla de tijera. Debería haberse dado cuenta. ¿Qué valdría este peregrinaje particular suyo si otras personas se metieran en el acto, y se pusieran indicadores, se imprimiesen folletos, si esta casa de huéspedes, que ahora se llamaba Vista del Mar, tuviese que cambiarse el nombre a Sombras en la Roca? Preferiría ver la casa derruida y que la hierba creciese sobre ella antes que ver eso.
Después del último intento de Lydia de llamar a Duncan, el hombre con quien había estado viviendo en Kingston, había andado por la calle en Toronto sabiendo que tenía que ir al banco, que tenía que comprar comida, que tenía que ir al metro. Tenía que recordar las direcciones y el orden en el que hacer las cosas: abrir el talonario, ir hacia adelante cuando le tocase el turno en la cola, preferir una clase de pan a otra, dejar caer una ficha en la ranura. Parecían ser las cosas más difíciles que hubiese hecho nunca. Tenía una gran dificultad en leer los nombres de las estaciones de metro y en bajarse en la adecuada para poder ir al apartamento en el que vivía. Le hubiese parecido difícil describir esta dificultad. Sabía perfectamente bien cuál era la parada correcta, sabía cuál venía después, sabía dónde estaba. Pero no podía establecer la relación entre ella y las cosas que la rodeaban, de forma que levantarse y dejar el coche, subir las escaleras, ir por la calle, todo parecía implicar un grotesco esfuerzo. Pensó después que se había atascado, como dicen que se atascan las máquinas. Incluso en aquel momento tenía una imagen de sí misma. Se veía como algo parecido a una caja de huevos, agujereada por detrás.
Cuando llegaba al apartamento se sentaba en una silla de la sala. Se sentaba durante una hora aproximadamente, luego iba al cuarto de baño, se desnudaba, se ponía el camisón y se iba a la cama. En la cama sentía triunfo y alivio por haber superado todas las dificultades, haber llegado a donde se suponía que debía estar y no tener que recordar nada más.
No sentía en absoluto ganas de suicidarse. No hubiera podido conseguir los instrumentos ni los medios, ni siquiera podría haber pensado en qué utilizar. Le asombraba pensar que había escogido la barra de pan y el queso, que estaban ahora en el suelo de la sala. ¿Cómo se había podido imaginar que iba a masticarlos y tragarlos?


Después de cenar, Lydia se sentó fuera, en la galería, con la mujer que había hecho la comida. El marido de la mujer limpiaba.
—Claro, desde luego que tenemos un lavavajillas —dijo la mujer—. Tenemos dos congeladores y una nevera de gran tamaño. Hay que invertir. Las tripulaciones se alojan aquí, hay que alimentarlas. Este sitio chupa el dinero como una esponja. El año que viene vamos a poner una piscina. Necesitamos más atracciones. Hay que correr para quedarse en el mismo sitio. La gente piensa «qué vida más fácil y agradable». ¡Pues sí!
Tenía un rostro duro y arrugado, y el pelo largo y estirado. Llevaba tejanos, una camisa bordada y un jersey de hombre.
—Hace diez años estaba viviendo en una comuna en los Estados Unidos. Ahora estoy aquí. A veces trabajo dieciocho horas diarias. Esta noche todavía tengo que envolver la comida de los trabajadores. Cocino y hago cosas al horno, cocino y hago cosas al horno. John hace el resto.
—¿Tiene alguien que limpie?
—No podemos contratar a nadie. John lo hace. Él hace la colada... todo. Tuvimos que comprar una planchadora mecánica para las sábanas. Tuvimos que poner un horno nuevo. Tuvimos que pedir un préstamo en el banco. Me pareció divertido, porque yo estaba casada con un director de banco. Le dejé.
—Yo también estoy sola ahora.
—¿Sí? No se puede estar sola para siempre. Encontré a John, y él estaba en el mismo barco.
—Estaba viviendo con un hombre en Kingston, en Ontario.
—¿De veras? John y yo somos muy felices. Él era pastor, pero cuando le encontré estaba haciendo de carpintero. Ambos nos habíamos separado de alguna forma. ¿Ha hablado con el señor Stanley?
—Sí.
—¿Había oído hablar de Willa Cather?
—Sí.
—Eso le habrá hecho feliz. Yo apenas leo, no me dice nada. Soy una persona visual, pero creo que es un tipo estupendo, este viejo señor Stanley. Es un verdadero hombre de letras.
—¿Hace mucho que viene aquí?
—No. Éste es sólo su tercer año. Dice que había querido venir aquí toda la vida, pero no podía. Tuvo que esperar hasta que un pariente que estaba cuidando se murió. No era su esposa... quizá un hermano. De todos modos, tuvo que esperar. ¿Qué edad cree que tiene?
—¿Setenta? ¿Setenta y cinco?
—Ese hombre tiene ochenta y un años. ¿No es asombroso? Realmente admiro a las personas así. Realmente las admiro. Admiro a la gente que no se para.


El hombre con el que vivía, es decir, el hombre con el que vivía en Kingston —dijo Lydia—, una vez estaba poniendo unas cajas de papeles en el maletero de su coche, esto era fuera, en el campo, en una vieja granja, y sintió que algo le tocaba ligeramente y miró abajo. Era casi al anochecer de un día bastante oscuro. Así que pensó que era un perro grande y amistoso, un perro grande y negro que le estaba dando un codazo suave, y no le prestó mucha atención. Sólo dijo «vamos, chico, vete ahora, sé bueno». Luego, cuando tuvo las cajas colocadas se dio la vuelta, y vio que era un oso. Era un oso negro.
Ella contaba esto más tarde, aquella misma noche, en la cocina.
—¿Y qué hizo él entonces? —dijo Lawrence, que era el jefe del equipo de trabajo de la telefónica.
Lawrence y Lydia y Eugene y Vincent estaban jugando a cartas.
Lydia se puso a reír:
—Dijo «perdón». Eso es lo que dice que dijo.
—¿Eran papeles todo lo que tenía en las cajas? ¿No llevaba nada para comer?
—Es un escritor. Escribe libros de historia. Era material que necesitaba para su trabajo. A veces tiene que ir y recoger material de gente que es muy extraña. Ese oso no había salido del monte. De hecho era un animal de compañía al que le habían soltado la cadena, como broma. Donde tuvo que recoger los papeles había dos hermanos ancianos, y simplemente le soltaron la cadena para darle un susto.
—¿Eso es lo que hace, recoge material antiguo y escribe sobre él? —dijo Lawrence—. Supongo que es interesante.
En el acto lamentó haber contado aquella historia. La había sacado a relucir porque los hombres estaban hablando de osos, pero no tenía mucha gracia si no era Duncan quien la contaba. Podía hacer que le vieras a él, grande, benigno y civilizado, presentando sus corteses disculpas al oso. Podía hacer que vieras a los diabólicos ancianos detrás de sus andrajosas cortinas.
—Tendrían que conocer a Duncan —era lo que casi dijo.
¿Y no había dicho aquello simplemente para demostrar que había conocido a Duncan, que recientemente había estado con un hombre, y con un hombre interesante, con un hombre divertido y aventurero? Quería asegurarles que no siempre estaba sola, haciendo viajes sin objeto. Tenía que mostrarse unida a alguien. Un error. No era probable que pensasen que era aventurero un hombre que recogía papeles viejos de excéntricos y avaros para poder escribir libros sobre cosas que habían sucedido cien años antes. No debería haber dicho siquiera que Duncan era un hombre con el que había vivido. Todo lo que podía significar, para ellos, era que ella era una mujer que se había acostado con un hombre con el que no estaba casada.
Lawrence, el jefe, no tenía los cuarenta todavía, pero había triunfado. Estaba encantado de hablar de sí mismo. Era un contratista de mano de obra independiente y propietario de dos casas en St. Stephen. Tenía dos coches, un camión y un barco. Su esposa daba clases en la escuela. A Lawrence se le estaba poniendo una cintura gruesa, una barriga de camionero, pero todavía parecía ágil y vigoroso. Se veía que sería lo bastante listo, en la mayoría de situaciones, para sus propósitos: lo bastante seguro, lo bastante insensible. Bien vestido, podía resultar vulgar. Y determinados lugares y personas podían ser capaces de ponerle pesimista, inseguro, pendenciero.
Lawrence dijo que todo no era cierto, todo lo que escribían sobre las Marítimas. Dijo que había muchísimo trabajo para personas a quienes no les diese miedo trabajar. Hombres o mujeres. Dijo que él no estaba en contra de la liberación de la mujer, pero que el hecho era, y siempre sería, que había trabajos que los hombres hacían mejor que las mujeres y trabajos que las mujeres hacían mejor que los hombres, y que si hombres y mujeres sentaran la cabeza y se dieran cuenta de ello, serían más felices.
Sus hijos eran unos frescos, dijo. Lo tenían demasiado fácil. Lo tenían todo... así es como era hoy en día, ¿qué podía uno hacer? Los demás niños también lo tenían todo. Ropa, bicicletas, educación, discos. A él no le habían dado nada. Había salido y trabajado, había conducido camiones. Había ido a Ontario, había llegado hasta Saskatchewan. Sólo había llegado hasta el décimo grado de la escuela elemental, pero no había dejado que eso le detuviera. No obstante, a veces deseaba haber tenido más educación.
Eugene y Vincent, que trabajaban para Lawrence, dijeron que ellos nunca pasaron del octavo grado, cuando hasta ahí era hasta donde se podía llegar en las escuelas rurales. Eugene tenía veinticinco años y Vincent cincuenta y dos. Eugene era franco-canadiense del norte de Nueva Brunswick. Parecía más joven. Tenía un color rosado, una mirada aterciopelada y soñadora, una belleza masculina que sin embargo era de suaves contornos, complaciente, tímido. Difícilmente hay hombres o chicos que tengan esa mirada hoy en día. A veces se puede ver en una fotografía antigua de un novio, de un jugador de baloncesto: el tupido cabello peinado con agua, el floreciente rostro del muchacho en el cuerpo del hombre nuevo. Eugene no era muy listo, o quizá no era muy competidor. Perdió dinero en la partida que estaban jugando. Era un juego de cartas que los hombres llamaban Skat. Lydia recordó haber jugado cuando era niña y que le llamaba treinta y uno. Jugaban a veinticinco centavos la partida.
Eugene permitía que Vincent y Lawrence le tomasen el pelo por perder a las cartas, por perderse en Saint John, por las mujeres que le gustaban, y por ser franco-canadiense. Las bromas de Lawrence llegaban a ser pesadas. Lawrence ponía una expresión cuidadosamente afable, pero parecía como si algo duro y pesado hubiese arraigado dentro de él, una carga de amor propio que le hundía en lugar de mantenerlo a flote. Vincent no tenía un peso adicional parecido, y aunque también era implacable en sus bromas (gastaba bromas tanto a Lawrence como a Eugene) no daba sensación de crueldad ni de peligro. Se podía ver que su tono natural era de burla sorda y moderada. Era mordaz y socarrón, pero no insistente; siempre era capaz de decir las cosas más pesimistas y no parecer triste.
Vincent tenía una granja, era la granja de su familia, donde había crecido, cerca de St. Stephen. Decía que en la actualidad no se podía sacar lo suficiente para mantenerse sólo con cultivar la tierra. El año anterior sembró una cosecha de patatas. Hubo heladas en junio, nieve en septiembre. Una temporada demasiado corta. Nunca se sabía, dijo, cuando podía ser así. Y el mercado está ahora todo controlado, todo lo llevan los peces gordos, los grandes intereses. Cada cual hace lo que puede antes que confiar en la agricultura. La mujer de Vincent también trabaja. Hizo un curso y aprendió a peinar. Sus hijos no son trabajadores como sus padres. Todo lo que quieren es ir por ahí haciendo ruido con los coches. Se casan y lo primero que quieren sus mujeres es una cocina nueva. Quieren una cocina que prácticamente haga sola la comida y ponga la mesa.
Antes no era así. La primera vez que Vincent tuvo unas botas propias, unas botas nuevas que no hubiese llevado nadie antes que él, fue cuando entró en el ejército. Estaba tan encantado que andaba de espaldas en el lodo para ver las huellas que dejaban, nuevas y completas. Más tarde, después de la guerra, fue a Saint John en busca de trabajo. Había estado trabajando en su casa, en la granja, durante un tiempo y la ropa del ejército se le había desgastado, y sólo le quedaba un par de pantalones decentes. En una cervecería de Saint John un hombre le dijo:
—¿Quiere usted conseguir barato un buen par de pantalones?
Vincent contestó que sí y el hombre le dijo:
—Sígame.
Y así lo hizo Vincent. ¿Y dónde fueron a parar? ¡A la funeraria! Porque el hecho era que la familia de un hombre muerto normalmente lleva un traje para vestirlo, y sólo necesita que le vistan de la cintura para arriba, eso es todo lo que se ve en el ataúd. El enterrador vendía los pantalones. Aquello era cierto. El ejército le dio a Vincent su primer par de botas nuevas y un cadáver le había proporcionado el mejor par de pantalones que había llevado hasta entonces.
Vincent no tenía dientes. Eso se apreciaba de inmediato, pero no le hacía parecer sin atractivo; sencillamente intensificaba su apariencia de discreción y humor. Su rostro era largo y su barbilla hundida, su mirada no era desafiante, pero tampoco necia. Era un hombre delgado, con excelentes músculos y un pelo negro con canas. En él podían verse todos los años de duro trabajo, y los años que le quedaban, y el cuerpo siempre igual, hasta que se convirtiese en un anciano de brazos correosos, encogido, resignado, aferrándose siempre a unas cuantas bromas.
Mientras jugaban al Skat la charla era bulliciosa y era interrumpida constantemente por exclamaciones, amenazas en broma que tenían que ver con el juego, risas. Después se hizo más seria y personal. Habían estado bebiendo una cerveza local llamada Moose, pero cuando terminó la partida Lawrence se fue al camión y trajo cerveza de Ontario, que se consideraba que era mejor. La llamaban «el género importado». La pareja dueña de la casa de huéspedes se había ido a la cama hacía mucho rato, pero los trabajadores y Lydia estaban sentados en la cocina, como si ésta perteneciese a uno de ellos, bebiendo cerveza y comiendo algas marinas rojas, que Vincent había bajado de su habitación. Eran una especie de algas de color pardo verdoso, saladas y con gusto a pescado. Vincent dijo que era lo último que comía por la noche y lo primero por la mañana; no había nada mejor. Ahora que se había visto que era tan bueno para uno, lo vendían en las tiendas, envueltas en pequeños paquetes a un precio criminal.
El día siguiente era viernes y los hombres se marcharían de la isla para ir al continente. Hablaron de coger el barco de las dos treinta en lugar del que tomaban habitualmente, a las cinco treinta, porque la predicción del tiempo era de tormenta; estaba previsto que la cola de uno de los huracanes tropicales alcanzase la bahía de Fundy antes de la noche.
—Pero los transbordadores no funcionarán si hace un tiempo demasiado malo, ¿no? —dijo Lydia—. ¿No funcionarán si es peligroso? —Pensó que no le importaría quedarse aislada, que no le importaría no tener que viajar de nuevo por la mañana.
—Bueno, hay un montón de tíos que esperan marcharse de la isla el viernes por la noche —dijo Vincent.
—Queriendo llegar a casa para estar con sus mujeres — dijo Lawrence con aire burlón—. Siempre hay personal trabajando aquí, siempre hombres fuera de sus hogares.
Luego comenzó a hablar de una forma pausada pero insistente sobre sexo. Habló sobre lo que él llamaba la inmoralidad en la isla. Dijo que una vez las autoridades iban a poner en cuarentena a toda la isla, por las enfermedades venéreas. Aquí venían equipos a trabajar y se quedaban en el motel, en el Ola del Océano, y allí había fiestas que duraban toda la noche cada noche, con bebidas y chicas jóvenes presentándose y ofreciéndose en venta. Chicas de catorce y quince años, oh, hasta de trece. En la isla, dijo, las cosas eran de tal forma que una mujer de veinticinco podía prácticamente ser una abuela. El lugar era famoso. Aquellas chicas podían hacer cualquier cosa por dinero, a veces por una cerveza.
—Y a veces por nada —dijo Lawrence. Disfrutaba explicándolo.
Oyeron que se abría la puerta de delante.
—Su viejo amigo —dijo Lawrence a Lydia.
Se quedó desconcertada por un momento, pensando en Duncan.
—El tipo mayor de la mesa —dijo Vincent.
El señor Stanley no entró en la cocina. Atravesó el comedor y subió escaleras arriba.
—¡Hey! ¿Ha estado en el Ola del Océano? —dijo Lawrence dulcemente, levantando la cabeza como si fuese a llamar a través del techo—. El viejo maricón no sabría qué hacer con ello —dijo—. No lo hubiera sabido hace cincuenta años mejor que ahora. Yo no dejo que nadie de mis equipos vaya a ese lugar. ¿No es así Eugene?
Eugene se sonrojó. Puso una expresión solemne, como si estuviera siendo importunado por un profesor de la escuela.
—Vamos, Eugene —dijo Vincent.
—¿No es cierto lo que estoy diciendo? —dijo Lawrence apremiante, como si alguien hubiese estado discutiendo con él—. Es cierto, ¿no es así?
Miró a Vincent y Vincent dijo:
—Sí, sí.
No parecía gustarle tanto el tema como a Lawrence.
—Hubiese creído que todo era tan inocente aquí —dijo Lawrence a Lydia—. ¡Inocente! ¡Madre mía!
Lydia subió a por veinticinco centavos que debía a Lawrence de la última partida. Cuando salió de su habitación hacia el oscuro vestíbulo, Eugene estaba allí de pie, mirando por la ventana.
—Espero que la tormenta no sea muy mala —dijo.
Lydia se quedó junto a él, mirando al exterior. La luna podía verse, pero vagamente.
—¿No se ha criado cerca del agua? —preguntó ella.
—No.
—Pero si toman el barco de las dos treinta todo irá bien, ¿no?
—Eso espero.
Era bastante infantil y no se avergonzaba de su miedo.
—Una cosa que no me gusta es la idea de morir ahogao.
Lydia recordó que de niña ella decía «ahogao». La mayoría de los adultos y todos los niños que conocía decían eso.
—No te ahogarás —dijo, con firmeza, maternalmente. Bajó las escaleras y pagó sus veinticinco centavos.
—¿Dónde está Eugene? —dijo Lawrence—. ¿Está arriba?
—Está mirando por la ventana. Está preocupado por la tormenta.
Lawrence se puso a reír.
—Dígale que se vaya a la cama y que se olvide de eso. Está en la habitación justo al lado de la suya. Pensé que debería saberlo por si grita en sueños.


La primera vez que Lydia había visto a Duncan fue en una librería, en la que trabajaba su amigo Warren. Esperaba a Warren para comer con ella. Él había ido a buscar su abrigo. Un hombre preguntó a Shirley, la otra dependienta de la tienda, si le podía buscar un ejemplar de Las cartas persas. Aquél era Duncan. Shirley fue delante de él hasta donde estaba el libro, y en la silenciosa tienda Lydia le oyó decir que debía ser difícil saber dónde poner Las cartas persas. ¿Se tenía que clasificar como novela o como ensayo político? Lydia percibió que al decir aquello, revelaba algo. Revelaba una necesidad que ella suponía era común a los clientes de la librería, una necesidad de distinguirse, de parecer bien informado. Más tarde recordaría este momento e intentaría imaginarle de nuevo tan impotente, congraciándose ligeramente, mostrando un poco de necesidad. Warren volvió con el abrigo puesto, saludó a Duncan, y cuando Lydia y él hubieron salido, Warren le dijo en voz baja: «El guardabosque de hojalata». Warren y Shirley alegraban sus días poniendo apodos a los clientes. Lydia ya había oído hablar de Boca de Mármol, Garbanzo y la Duquesa Colonial. Duncan era el Guardabosque de Hojalata. Lydia pensó que debían de llamarle así por el abrigo gris liso que llevaba, y por su pelo, de un blanco plateado que, evidentemente, antes había sido rubio. No era delgado ni anguloso, y no parecía tener las articulaciones crujientes. Era flexible y bien proporcionado, ennoblecido y agradable, de piel clara, descaradamente sombrío, brillante.
Ella nunca le contó lo del apodo. Nunca le dijo que le había visto en la librería. Aproximadamente una semana más tarde le encontró en la fiesta de un editor. Él no recordaba ni siquiera haberla visto antes, y ella supuso que no la había visto, ocupado en charlar con Shirley.
Lydia confía en lo que ella entiende, normalmente. Confía en lo que piensa sobre su amigo Warren, o sobre su amiga Shirley, y sobre amistades fortuitas, como la pareja que regentaba la casa de huéspedes, el señor Stanley, y los hombres con quienes había estado jugando a cartas. Piensa que sabe por qué las personas se comportan como lo hacen, y pone más de lo que admitiría en sus propias teorías no probadas y sospechas injustificadas. Pero es tonta e incapaz cuando piensa en el choque entre Duncan y ella. Tiene mucho que decir sobre ello, si se le concede la oportunidad, porque la explicación es su hábito, pero no cree en lo que dice, ni siquiera a sí misma; no la ayuda. Daría lo mismo que se cubriese la cabeza y se sentara en el suelo a lamentarse. Se pregunta a sí misma ¿qué le dio a él su poder? Ella sabe quién lo hizo, pero pregunta qué, y cuándo... ¿cuándo tuvo lugar la cesión?, ¿cuándo se produjo la abdicación de todo orgullo y sensatez?


Leyó durante hora y media después de meterse en la cama. Luego fue pasillo abajo hasta el cuarto de baño. Era pasada la medianoche. El resto de la casa estaba a oscuras. Había dejado entornada la puerta y, al volver hacia su habitación, no encendió la luz del pasillo. La puerta del dormitorio de Eugene estaba también entreabierta, y al pasar oyó un sonido débil y cauteloso. Era como un gemido, y también como un susurro. Recordó que Lawrence había dicho que Eugene gritaba en sueños, pero aquel sonido no lo hacía dormido. Sabía que estaba despierto. La miraba desde la cama de su oscura habitación y la estaba invitando. La invitación era amorosa y directa y sonaba indefensa, como su confesión de miedo junto a la ventana. Ella siguió hasta su habitación, cerró la puerta y echó el pestillo. Aunque lo hizo, sabía que no tenía por qué hacerlo. Él nunca intentaría entrar, en él no había espíritu intimidatorio.
Luego permaneció despierta. Las cosas habían cambiado para ella; no aceptaba aventuras. Podía haber ido con Eugene, y antes podía haberle hecho una señal a Lawrence. En el pasado podría haberlo hecho. Podría, o podría no haberlo hecho, dependiendo de cómo se sintiera. Ahora no parecía posible. Se sentía como si estuviese apagada, envuelta en capas y capas de saber opaco, bien protegida. No era algo malo por completo, dejaba la mente despejada. La especulación puede ser más benévola, puede tomarse el tiempo, cuando no la impulsa el deseo.
Pensó en cómo habrían sido aquellos hombres, como amantes. Lawrence hubiese sido su elección razonable. Estaba más próximo a su propia edad, fácil de predecir, y probablemente muy acostumbrado al encuentro discreto. Su forma de abordar era vulgar, pero eso no la hubiera molestado necesariamente. Él sería jovial, espontáneo, prudente, quizá algo pagado de sí mismo, atento de una forma práctica, y en medio de sus atenciones conseguiría insinuar un aviso: una broma, un insulto amistoso, una advertencia de cómo estaban las cosas.
Eugene nunca sentiría la necesidad de hacer aquello, aunque tendría un recuerdo aún más corto que Lawrence (mucho más corto, porque Lawrence, aunque no despreciaba las ocasiones, iría luego pensando en alguna mala consecuencia, para la que debería tener dispuesta una presta línea de defensa). Eugene no sería menos experimentado que Lawrence; durante años, las chicas y las mujeres debían haber estado respondiendo la clase de petición que Lydia había oído, la confesión ingenua. Eugene sería generoso, pensó. Sería un amante agradecido, que se olvidaría de sí mismo, mostrando tal amabilidad hacia sus mujeres que cuando se marchase ellas nunca le causarían problemas. No intentarían atraparle, no irían gimoteando tras él. Las mujeres les hacen eso a los hombres que se han vuelto atrás, que se han contradicho a sí mismos, que han prometido, mentido, que se han burlado. Estos son los hombres de los que las mujeres quedan embarazadas, a quienes envían cartas desesperadas, a quienes predican su propio amor superior, de quienes se vengan. Eugene quedaría libre, sería un inocente y feliz prodigio de amor, hasta que decidiera que ya era el momento de casarse. Entonces se casaría con una chica bastante corriente y maternal, quizá algo mayor que él, algo más lista. Sería fiel y bueno con ella, y se las arreglarían; tendrían una gran y católica familia.
¿Y Vincent? Lydia no podía imaginárselo tan fácilmente como imaginaba a los otros: sus ruidos y movimientos, sus hombros desnudos y su agradable piel caliente; su poder, sus esfuerzos, sus momentos de debilidad. Le daba vergüenza pensar tales cosas de él. No obstante, era el único en quien podía pensar ahora con un interés verdadero. Pensó en su cortesía, en su discreción y en su humor, en su incapacidad para mejorar su suerte. Le gustaba por las mismas cosas que le hacían distinto de Lawrence y le aseguraban que toda la vida estaría trabajando para Lawrence, o para alguien como él, nunca al revés. Le gustaba también por las cosas que le hacían distinto de Eugene: la ironía, la paciencia, la reserva. Era la clase de hombre que había conocido cuando era una niña que vivía en una granja no tan distinta de la suya, la clase de hombre que debió de estar en su familia durante cientos de años. Ella conocía su vida. Con él podía prever puertas que se abrían a lo que conocía y había olvidado; habitaciones y paisajes que se abrían; allí. Las noches lluviosas, una tierra con riachuelos y cementerios, cerezos silvestres y pinzones en las esquinas de las vallas. Se tenía que preguntar si esto era lo que sucedía, después de los años de apetito y voracidad: ¿se volvía a las fantasías tiernas de corazón? O era sólo la verdad de lo que necesitaba y quería; ¿debería haberse enamorado, y casado, con un hombre como Vincent, años atrás?, ¿debería haberse concentrado en la parte de ella que se hubiese contentado con un arreglo como ese, y haber olvidado el resto?
Es decir, ¿debería haberse quedado en el lugar donde deciden el amor por uno, y no haber ido donde uno tiene que inventarlo, y reinventarlo, sin saber nunca si estos esfuerzos bastarán?


Duncan hablaba de sus antiguas novias. De la eficiente Ruth, de la impertinente Judy, de la alegre Diane, de la elegante Dolores, de Maxine, que parecía una esposa. De Lorraine, la belleza de pelo rubio y pecho abundante; de Marian, la políglota; de Caroline la neurótica; de Rosalie, que era salvaje y agitanada; de la genial y melancólica Louise; de la apacible Jane, de la alta sociedad. ¿Qué descripción le iría ahora a Lydia? Lydia la poetisa. Malhumorada, desordenada, inaceptable Lydia. La poetisa inaceptable.
Un domingo, yendo en coche por las colinas de los alrededores de Peterborough, él habló de los efectos de la belleza de Lorraine. Quizá el voluptuoso paisaje se lo recordaba. Era casi una broma, le dijo. Era casi tonta. Se detuvo a poner gasolina en una pequeña ciudad y Lydia cruzó la calle para ir a un supermercado que estaba abierto los domingos. Compró maquillaje en tubos que había en un estante. En el frío y sucio lavabo de la gasolinera intentó transformarse, poniéndose el líquido color ante por la cara dándose golpecitos con la mano y frotándose una pasta verde por los párpados.
—¿Qué te has hecho en la cara? —le preguntó cuando volvió al coche.
—Maquillaje. Me he puesto maquillaje para tener una cara más animada.
—Se ve en el cuello donde acaba la raya.
En momentos como aquél ella se sentía sofocada. Era frustración, le dijo después al doctor. La brecha entre lo que quería y lo que podía obtener. Creía que el amor de Duncan, su amor por ella, estaba en algún lugar de su interior, y que por medio de gigantescos esfuerzos para agradar, o ataques de angustia que destruían todos aquellos esfuerzos, o indiferencia aparente, podría arrancarlo o atraerlo.
¿Qué fue lo que le dio una idea como aquélla? Él. Al menos él indicaba que podía amarla, que podían ser felices si ella respetaba su intimidad, si no le exigía nada, e intentaba cambiar aquellas cosas de su persona y de su conducta que a él no le agradaban. Las enumeró con precisión. Algunas eran de naturaleza muy íntima y gritaba avergonzada y se tapaba los oídos y le rogaba que se retractase o que no dijese nada más.
—No hay forma de tener una discusión contigo —le dijo.
Dijo que odiaba las manifestaciones histéricas y emocionales por encima de todo, y no obstante, ella creyó ver un estremecimiento de satisfacción, una profunda sensación de alivio corriendo por todo su ser cuando ella finalmente se hundió bajo el peso de sus tranquilas y detalladas objeciones.
—¿Podría ser eso? —le preguntó al doctor—. ¿Podría ser que quiera a una mujer cerca, pero que tiene tanto miedo de ello que tiene que intentar hundirla? ¿Es eso simplificar demasiado? —preguntó ansiosamente.
—¿Y usted? —le dijo el doctor—. ¿Qué quiere usted?
—¿Para que él me quiera?
—¿No para que usted le quiera a él?
Pensó en el apartamento de Duncan. No había cortinas; estaba por encima de los edificios circundantes. No se había hecho ningún intento por arreglar las cosas para crear un ambiente; nada estaba en relación con ninguna otra cosa. Varias exigencias especiales habían sido atendidas. Una determinada escultura estaba en un rincón detrás de unos archivadores porque a él le gustaba tenderse en el suelo y mirarla en la penumbra. Los libros estaban en montones junto a la cama, que estaba transversal en la habitación para captar la brisa de la ventana. Todo el desorden era orden en realidad, cuidadosamente pensado y en el que no había que interferir. Había una pequeña y bonita alfombra al final del pasillo, donde se sentaba y escuchaba música. Una butaca grande y fea, una pieza maestra de ingeniería, con todos sus accesorios para la cabeza y las extremidades. Lydia preguntó por los invitados, ¿cómo se acomodaban? Él respondió que no tenía ninguno. El apartamento era para él. Él era un invitado popular, ingenioso y agradable, pero no era un anfitrión, y eso le parecía razonable, puesto que la vida social era una necesidad y una invención de otras personas.
Lydia llevó flores y no había ningún sitio donde ponerlas, excepto en una jarra en el suelo junto a la cama. Compró regalos en sus viajes a Toronto: discos, libros, queso. Aprendió senderos por los alrededores del apartamento y encontró lugares donde podía sentarse. Desanimó a sus antiguos amigos, o a cualquier amigo, de que la telefoneasen o la fueran a ver, porque había demasiadas cosas que no podía explicar. A veces veía a los amigos de Duncan, y se ponía nerviosa porque pensaba que la estaban añadiendo a una lista, especulando. No le gustaba ver cuánto les daba de aquel almacén de regalos: anécdotas, parodias, ingenio halagador, que también utilizaba para deleitarla. No podía soportar la torpeza. Ella notaba que despreciaba a las personas que no eran ingeniosas. Había que ser rápido para estar a su altura en la conversación, se necesitaba energía. Lydia se veía como una bailarina sobre sus puntas, toda ella delicadamente temblorosa, con miedo de fallarle la siguiente vez.
—¿Quiere usted decir que no le quiero? —le preguntó al doctor.
—¿Cómo sabe que le quiere?
—Porque sufro cuando está harto de mí. Quisiera ser borrada de la faz de la tierra. Es cierto. Quiero esconderme. Salgo a la calle y cada rostro que miro parece despreciarme por mi fracaso.
—Su fracaso de hacer que él la quiera.
Ahora Lydia debe acusarse a sí misma. Su ensimismamiento iguala al de Duncan, pero está más artificiosamente oculto. Compite con él en cuanto a quién puede amar mejor. Compite con todas las demás mujeres, aunque es ridículo que lo haga. No puede soportar escuchar cómo son alabadas ni saber que se las recuerda bien. Como muchas mujeres de su generación, tiene una idea del amor que es destructiva, pero que de algún modo no es seria, no es respetuosa. Es codiciosa. Habla de forma inteligente e irónica, y de este modo encubre sus insostenibles expectativas. Los sacrificios que ella hizo con Duncan (arreglos en la forma de vivir, en cuanto a amigos, así como también en la periodicidad del sexo y en el tono de las conversaciones) eran violaciones, no cometidas en serio, pero sí descaradamente. Eso es lo que no era respetable, aquello era lo que era indecente. Le regaló dicho poder, y luego se quejó implacablemente a sí misma, y finalmente a él, de que él lo tenía. Estaba decidida a derrotarle.
Eso es lo que ella le dice al doctor. Pero, ¿es la verdad?
—Lo peor es no saber lo que es cierto de todo esto. Paso todas mis horas de vigilia intentando resolver lo nuestro y no llego a ninguna parte. Expreso deseos. Incluso rezo. Echo dinero en esos pozos de los deseos. Creo que hay algo en él que es absolutamente independiente. Hay algo en él que tiene que librarse de mí, de modo que encontrará motivos. Pero él dice que eso es un disparate, dice que si yo pudiera dejar de reaccionar de forma tan exagerada seríamos felices. Tengo que pensar que quizá tenga razón, quizá todo lo haga yo.
—¿Cuándo es usted feliz?
—Cuando está contento conmigo. Cuando hace broma y se divierte. No. No. No soy feliz nunca. Lo que siento es alivio, como si hubiese vencido un reto, es más triunfante que feliz. Pero él siempre puede dejarme tirada en la cuneta.
—Entonces, ¿por qué está con alguien que siempre puede dejarla tirada?
—¿No hay siempre alguien? Cuando estaba casada era yo. ¿Cree usted que sirve de ayuda hacer estas preguntas? Suponga que es sólo orgullo. Que no quiero estar sola, que quiero que todo el mundo piense que he conseguido un hombre tan deseable. Suponga que es la humillación, que quiero ser humillada. ¿Qué bien me hará saber eso?
—No lo sé. ¿Qué piensa usted?
—Creo que estas conversaciones están bien cuando uno está ligeramente preocupado e interesado, pero no cuando uno está desesperado.
—¿Está usted desesperada?
Se sintió repentinamente cansada, casi demasiado cansada como para hablar. La habitación donde ella y el doctor estaban hablando tenía una alfombra azul oscuro y tapicería a rayas azules y verdes. En la pared había un cuadro de barcas y pescadores. Confabulación en alguna parte, percibió Lydia. Seguridad fingida, consuelo provisional, graves decepciones.
—No.
A Lydia le parecía que Duncan y ella eran monstruos con muchas cabezas, en aquellos días. De la boca de una cabeza podían salir insultos y acusaciones, calor y frío; de otra falsas disculpas y simplemente excusas; de otra una charla exactamente tan hipócrita, razonable, verdadera y falsa como la que había puesto en práctica con el doctor. No se abría ni una boca que tuviese algo útil que decir. Ninguna boca tenía la sensatez de cerrarse. Al mismo tiempo ella creía, aunque no sabía que lo creía, que esas cabezas de monstruos con su charla cruel, ridícula y excesiva, podían todas retraerse de nuevo, encogerse e irse a dormir. No importaba lo que dijeran, no importaba. Entonces ella y Duncan con esperanza, confianza y recuerdos en blanco podrían volverse a presentar, podrían encontrar el deleite intacto con el que habían comenzado, antes de que empezaran a utilizarse el uno al otro con otros fines.
Cuando estuvo en Toronto, un día intentó recobrar a Duncan, por teléfono, y se encontró con que él había actuado rápidamente. Había cambiado el número y el nuevo no figuraba en la guía. Le escribió a la atención de su patrón, diciéndole que empaquetaría sus cosas y se las enviaría.


Lydia desayunó con el señor Stanley. El equipo de la telefónica había comido y se había ido a trabajar antes de que se hiciera de día.
Le preguntó al señor Stanley por su visita a la mujer que había conocido a Willa Cather.
—Ah —dijo el señor Stanley, y se limpió las comisuras de los labios después de un bocado de huevo escalfado—. Era una mujer que había regentado un pequeño restaurante cerca del puerto. Era una buena cocinera, dijo. Debía de serlo, porque Willa y Edith acostumbraban a comprarle la cena. Ella se la subía por medio de su hermano, en coche. Pero a veces a Willa no le gustaba la cena, quizá no sería exactamente lo que ella quería, o pensaba que no estaba tan bien hecha como debería, y la devolvía. Pedía que le enviaran otra cena.
Sonrió y dijo de un modo confidencial:
—Willa podía ser arrogante. Ya lo creo. No era perfecta. Todas las personas con grandes capacidades tienen tendencia a ser algo impacientes con los asuntos cotidianos.
—Tonterías —tenía ganas de decir Lydia—, da la impresión de que era una verdadera zorra.
A veces el despertarse era bueno, y a veces muy malo. Aquella mañana se había despertado con la fría convicción de un error: algo evitable e irreparable.
—Pero a veces ella y Edith bajaban al café —prosiguió el señor Stanley—. Si les parecía que necesitaban compañía, cenaban allí. En una de aquellas ocasiones Willa tuvo una larga conversación con la mujer que fui a visitar. Hablaron durante más de una hora. La mujer estaba pensando en casarse. Tenía que pensar si hacer un casamiento que me dio a entender que era una especie de proposición de negocios. Compañía. No era cuestión de romance, el caballero y ella no eran jóvenes y alocados. Willa habló con ella durante más de una hora. Por supuesto, ella no le aconsejó directamente que hiciese una cosa u otra, le habló en términos generales con mucha sensatez y amabilidad y la mujer todavía lo recuerda vívidamente. Me alegré de escucharlo, pero no me sorprendió. —De todos modos, ¿qué sabría ella? —dijo Lydia.
El señor Stanley levantó los ojos del plato y la miró con un asombro apesadumbrado.
—Willa Cather vivía con una mujer —dijo Lydia.
Cuando el señor Stanley respondió parecía turbado, y lo hizo en un tono de ligero reproche.
—Eran leales amigas.
—Nunca vivió con un hombre.
—Sabía cosas como un artista las sabe. No necesariamente por experiencia.
—Pero, ¿qué pasa si no las conocen? —insistió Lydia—. ¿Qué pasa si no?
Siguió comiendo el huevo como si no hubiera oído aquello. Finalmente dijo:
—La mujer consideraba que la conversación de Willa le fue de mucha ayuda.
Lydia hizo un sonido de asentimiento dudoso. Sabía que había sido grosera, incluso cruel. Sabía que tendría que pedir perdón. Fue hasta el aparador y se sirvió otra taza de café.
La mujer de la casa entró desde la cocina.
—¿Se mantiene caliente? Creo que yo también voy a tomarme una taza. ¿Se va usted hoy realmente? A veces creo que también me gustaría subir a bordo e irme. Es maravilloso esto y me gusta, pero ya sabe cómo va.
Se bebieron el café de pie junto al aparador. Lydia no tenía ganas de volver a la mesa, pero sabía que tendría que hacerlo. Al señor Stanley se le veía frágil y solitario, con sus hombros estrechos, su pulcra cabeza calva, su chaqueta deportiva a cuadros marrones, que era ligeramente grande. Se tomaba la molestia de ser limpio y pulcro, y debía de ser una molestia, con su vista. De todas las personas, él no se merecía una grosería.
—Oh, me olvidaba —dijo la mujer. Fue a la cocina y volvió con una gran bolsa de papel marrón. —Vincent le dejó esto. Dijo que le gustó. ¿Le gusta?
Lydia abrió la bolsa y vio las hojas largas, oscuras y dentadas de las algas marinas, con aspecto oleoso incluso cuando estaban secas.
—Bueno —dijo.
La mujer se puso a reír.
—Lo sé. Hay que haber nacido aquí para tener el gusto.
—No, realmente me gusta —dijo Lydia—. Me iba acostumbrando.
—Debe usted haber caído en gracia.
Lydia llevó la bolsa hasta la mesa y se la mostró al señor Stanley. Probó una broma conciliadora.
—Me pregunto si Willa Cather comió de estas algas rojas alguna vez.
—Algas rojas —dijo el señor Stanley pensativamente. Alargó la mano hacia la bolsa y sacó algunas hojas y las miró. Lydia sabía que él estaba viendo lo que Willa Cather podía haber visto—. Casi seguramente que las conocería. Las habría conocido.
Pero ¿tuvo suerte o no?, ¿fue todo bien con aquella mujer? ¿Cómo vivió? Eso era lo que Lydia quería decir. ¿Habría sabido el señor Stanley de lo que ella estaba hablando? Si ella hubiese preguntado cómo vivió Willa Cather, ¿no hubiera él respondido que ella no tenía que encontrar una forma de vivir, como las demás personas, que ella era Willa Cather?
Qué precioso y duradero refugio había hecho para él. Lo podía llevar a todas partes y nadie podía interferir. Llegaría el día en que Lydia se consideraría afortunada de hacer lo mismo. Mientras tanto, estaría a ratos bien y a ratos mal.
—A ratos bien y a ratos mal —acostumbraban a decir en su infancia, hablando de la salud de las personas que no iban a recobrarla—. ¡Ah!, a ratos está bien y a ratos mal.
Sin embargo, muestra cómo ese regalo la reconforta furtivamente, desde la distancia.


En Las lunas de Júpiter
Traducción de Esperanza Pérez Moreno
Título de la obra original: The Moons of Jupiter
© 1982, Alice Munro
Barcelona, Ediciones Versal,1990
Foto: Alice Munro por Andrew Testa/Rex

29 mar. 2013

Alice Munro: Las lunas de Júpiter

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Encontré a mi padre en el ala de cardiología, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitación semi-privada. La otra cama estaba vacía. Dijo que su seguro hospitalario cubría sólo una cama en el pabellón, y que estaba preocupado de que le pudieran cobrar suplemento.
—Yo no he pedido una semi-privada —dijo.
Le dije que probablemente las salas estuvieran llenas.
—No. He visto algunas camas vacías cuando me llevaban con el sillón de ruedas.
—Entonces será porque te tenían que conectar con esa cosa —le dije—. No te preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.
—Eso será probablemente —dijo—. No querrán esos como se llamen en las salas. Supongo que eso estará cubierto.
Le dije que estaba segura de que sí.
Tenía cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba por encima de su cabeza. En ella, una línea brillante y dentada parpadeaba continuamente. El parpadeo estaba acompañado de un nervioso zumbido electrónico. El comportamiento de su corazón estaba a la vista. Intenté ignorarlo. Me parecía que prestarle tanta atención, escenificar, de hecho, lo que debería ser una actividad totalmente secreta, era buscar problemas. Cualquier cosa exhibida de aquel modo era propensa a estallar y volverse loca.
A mi padre no parecía importarle. Decía que le tenían con tranquilizantes. «Ya sabes —decía—, las pastillas felices». Parecía tranquilo y optimista.
Había sido distinto la noche anterior. Cuando le traje al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y con la boca cerrada. Abrió la puerta del coche, se quedó de pie y dijo despacio:
—Quizá sea mejor que me traigas una de esas sillas de ruedas.
Utilizaba la voz que siempre ponía en una crisis. Una vez, nuestra chimenea se incendió; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor poniendo alfileres en un vestido que estaba haciendo. Entró y dijo con aquella misma voz flemática y admonitoria:
—Janet, ¿sabes dónde hay polvos de levadura?
Los quería para echarlos al fuego. Luego dijo:
—Supongo que ha sido culpa tuya... coser en domingo.
Tuve que esperar durante más de una hora en la sala de espera de urgencias. Llamaron a un especialista de corazón que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo pasar a una sala y me explicó que una de las válvulas del corazón de mi padre se había deteriorado tanto que debía ser operado inmediatamente.
Le pregunté qué sucedería si no.
—Tendría que estar en la cama —dijo el médico.
—¿Cuánto tiempo?
—Quizá tres meses.
—He querido decir, ¿cuánto tiempo vivirá?
—Eso es lo que yo también he querido decir —dijo el doctor.
Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama que había en el rincón, con la cortina descorrida.
—Es malo, ¿verdad? —me preguntó—. ¿Te ha dicho lo de la válvula?
—No es tan malo como pudiera ser —le dije. Luego repetí, incluso exageré, cualquier cosa esperanzadora que el doctor me hubiese dicho—. No estás en peligro inmediato. Tu condición física es buena, por lo demás.
—Por lo demás —dijo mi padre con pesimismo.
Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish para ir a recogerle, y de vuelta a Toronto desde el mediodía, preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo. Yo había estado en Inglaterra durante dos meses, de modo que no había visto antes aquel artículo, pero me pasó por la cabeza mientras lo estaba leyendo que mi padre lo habría leído. Podía oírle diciendo: «Bueno, no he visto nada sobre ti en Maclean's». Y si hubiese leído algo sobre mí diría: «Bueno, no tengo una gran opinión de ese reportaje». Su tono sería festivo e indulgente, pero produciría en mí una familiar tristeza de espíritu. El mensaje que recibí de él era sencillo: Hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdón por ella. Tanto si la consigues como si no, tú tendrás la culpa.
No me sorprendieron las noticias del doctor. Estaba preparada para oír algo parecido y estaba contenta conmigo misma por tomármelo con calma, del mismo modo que estaría contenta conmigo misma por vendar una herida o por mirar desde el frágil balcón de un edificio alto. Pensé: «Sí, es la hora; tiene que haber algo, aquí está». No sentí la protesta que hubiera sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que él la sentía, que el rechazo le subía de un salto tan prontamente como si hubiese sido treinta o cuarenta años más joven, mi corazón se endureció, y hablé con una especie de atormentadora alegría.
—Por lo demás estás pletórico —dije.

Al día siguiente era de nuevo él mismo.
Así es como yo lo hubiese hecho. Dijo que ahora le parecía que el joven, el doctor, pudiera haber estado demasiado impaciente por operar.
—Un bisturí un poco fácil —dijo. Estaba burlón y alardeando de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor le había examinado, un hombre mayor, y le había expresado su opinión de que descanso y medicación podrían surtir efecto.
Yo no pregunté qué efecto.
—Dice que tengo una válvula defectuosa. Está ciertamente dañada. Querían saber si tuve fiebres reumáticas cuando era niño. Yo le dije que no creía, pero entonces la mitad de las veces no se te diagnosticaba lo que tenías. Mi padre no era alguien que fuese a buscar al doctor.
El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me había imaginado como sombría y peligrosa, la modesta granja, las hermanas atemorizadas, el severo padre, me hicieron menos resignada ante su muerte. Pensé en él huyendo para irse a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vías del ferrocarril hacia Gorderich, a la luz del anochecer. Acostumbraba a contar aquel viaje. En algún lugar de la vía encontró un membrillo. Los membrillos son raros en nuestra zona del país; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontró mi padre, aunque una vez nos llevó de excursión para ir a buscarlo. Pensó que conocía el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No pudo comer el fruto, desde luego, pero quedó impresionado por su existencia. Le hizo pensar que había llegado a una nueva parte del mundo.
El muchacho fugado, el superviviente, un anciano atrapado aquí por su corazón estropeado. Yo no buscaba estos pensamientos. No me importaba pensar en su personalidad de joven. Incluso su torso desnudo, grueso y blanco (tenía el cuerpo de un trabajador de su generación, raramente expuesto al sol) era un peligro para mí; parecía tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos manchados por la edad, la estrecha y comedida cabeza, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecían más a lo que yo estaba acostumbrada.
—¿Y para qué quiero que me operen? —decía mi padre razonablemente—. Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Eso es todo lo que se puede hacer a mi edad. Tu actitud cambia, ¿sabes? Se sufren cambios mentales. Parece más natural.
—¿El qué? —le pregunté.
—Bueno, la muerte. No hay nada más natural. No, a lo que yo me refiero, en particular, es a no operarme.
—¿Eso parece más natural?
—Sí.
—Tú tienes que decidir —le dije, pero yo lo aprobaba. Eso era lo que yo hubiese esperado de él. Siempre que hablaba a la gente de mi padre subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su paciencia. Trabajaba en una factoría, trabajaba en su jardín, leía libros de historia. Podía hablar de emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba.

Judith, mi hija pequeña, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el chico con el que estaba viviendo, y cuyo nombre era Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me iba a quedar en su apartamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que tengo mi centro de operaciones en Vancouver.
—¿Dónde está Nichola? —pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis. Nichola es mi hija mayor. Era estudiante del Conservatorio, después se hizo camarera, luego se quedó sin trabajo. Si hubiese estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se hubiese apartado el cabello hacia atrás con elegancia y hubiera dicho: «¿Planes?», como si fuese una palabra que yo hubiera inventado.
—Sabía que lo primero que harías sería preguntar por Nichola.
—No es así. He dicho hola y...
—Bueno, coge tu maleta —dijo Don con voz neutral.
—¿Está bien?
—Estoy segura de que sí —dijo Judith con un falso tono de diversión—. No estarías así si fuese yo quien no estuviera aquí.
—Pues claro que sí.
—No. Nichola es el bebé de la familia. ¿Sabes? Tiene cuatro años más que yo.
—Yo debería de saberlo.
Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que Nichola se había ido de su apartamento (¡aquel basurero!) y que la había telefoneado incluso (lo que ya es mucho, se podría decir, que Nichola telefonee) para decir que quería estar incomunicada durante un tiempo, pero que estaba bien.
—Le dije que te ibas a preocupar —dijo Judith más amablemente, camino de la camioneta. Don iba delante, con mi maleta—. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.
La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que él oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que debían haber tenido, Don y Judith. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith estaban a veces en buenas relaciones. O Don, Judith, Nichola y otros cuyos nombres ni siquiera conocía. Habrían hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando opiniones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiese tenido un chico y una chica. O dos chicos. No hubieran hecho eso. Los chicos probablemente no puedan saber tanto de una.
Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigos en la cafetería de la facultad, o por la noche, tomando café en nuestras habitaciones baratas. Cuando tenía la edad que Nichola tiene ahora, yo la tenía a ella en un capazo, o revolviéndose en mi regazo, y tomaba también café todas las tardes lluviosas de Vancouver, con una vecina amiga, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba desconcertada por su situación, como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante algún tiempo no hablamos de nuestros matrimonios. Cuán minuciosamente tratamos de nuestros padres y madres, lamentamos sus casamientos, sus equivocadas ambiciones, o su miedo a la ambición, con cuánta competencia les archivamos, les definimos más allá de ninguna posibilidad de cambio. Qué presunción.
Observé a Don caminando delante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a la manera de los franciscanos y un afectado asomo de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas de mí misma que probablemente yo había olvidado? Decidí que su barba y su estilo de peinado eran afectados.
Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:
—¿Sabes? Esos años en los que crecías, bueno, son sólo una especie de impresión borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.
Yo me ofendí. Yo recordaba cada año distinto con dolor y claridad. Podría haber dicho la edad que tenía cuando iba a ver los trajes de noche en el escaparate de Benbow's Ladies' Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un traje nuevo, iluminado (el de lentejuelas y tul, el rosa y lila, el zafiro, el narciso trompón) y yo, una adoradora fría en la fangosa acera. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en un boletín de malas calificaciones, cuando tuve el sarampión, cuando empapelamos la habitación delantera. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando yo vivía con su padre... sí, borrosos sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recoger y doblar pañales; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres secuaces, Divertirama. Cuando empezaba Divertirama era el momento de dar la luz y de hacer la cena. Pero no podía diferenciar los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un barrio dormitorio: Dormir, Dormitorio, Dormilón... algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y los biberones nocturnos, y la lluvia incesante de la costa oeste. Oscuros cedros goteando, el laurel brillante goteando, las esposas bostezando, sesteando, haciendo visitas, bebiendo café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por la noche desde la ciudad atravesando el agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba a casa con su Burberry empapada y esperaba que pudiera despertarme; servía carne y patatas y una de las cuatro verduras que él toleraba. Comía con un apetito voraz, y luego se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más de mediana edad a nuestros veinte años de lo que lo seríamos en la edad madura.
Esos torpes años son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus mentes.
—¿No quería verme Nichola? —le pregunté a Judith.
—La mitad del tiempo no quiere ver a nadie —respondió.
Judith se adelantó y tocó el hombro de Don. Yo conocía ese gesto: una disculpa, una seguridad ansiosa. Tocas a un hombre de ese modo para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que está haciendo por ti algo que le aburre o que hace peligrar ligeramente su dignidad. El ver a mi hija tocar a un hombre, a un chico, de ese modo me hacía sentir mayor de lo que me harían sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, podía predecir sus sumisas atenciones. Mi franca y robusta hija, mi cándida y rubia hija. ¿Por qué iba yo a pensar que ella no sería susceptible, que siempre sería directa, de paso firme, confiada en sí misma? Del mismo modo que voy por ahí diciendo que Nichola es tímida y solitaria, fría, seductora. Muchas personas deben conocer cosas que contradirían lo que yo digo.
Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí. Telefoneé a un antiguo amante mío, pero respondió un contestador: «Al habla Tom Shepherd. Voy a estar fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono».
La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abrí la boca para preguntarle el significado de su disparate. Después colgué. Sentí como si me hubiera fallado deliberadamente, como si hubiésemos quedado en encontrarnos en un lugar público y luego no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.
Me puse un vaso de vermut, aunque aún no eran las doce, y telefoneé a mi padre.
—¡Vaya! —dijo—. Quince minutos más tarde y no me hubieras encontrado.
—¿Ibas a ir al centro?
—Al centro de Toronto.
Me explicó que se iba al hospital. Su médico de Dalgleish quería que los médicos de Toronto le mirasen, y le había entregado una carta para que la enseñara en la sala de urgencias.
—¿En la sala de urgencias? —dije.
—No es una urgencia. Parece ser que él cree que ésta es la mejor forma de hacerlo. Conoce el nombre de alguien de allí. Si me tuviese que dar hora, podría ser cuestión de semanas.
—¿Sabe tu médico que piensas conducir hasta Toronto? —le pregunté.
—Bueno, no me dijo que no pudiera.
El resultado de esto fue que alquilé un coche, fui hasta Dalgleish, vine con mi padre hasta Toronto y estaba con él en la sala de urgencias a las siete de la tarde.
Antes de que Judith se fuera le dije:
—¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aquí?
—Bueno, yo se lo he dicho —me contestó.
A veces sonaba el teléfono, pero siempre era un amigo de Judith.

—Bueno, parece que me la voy a hacer —dijo mi padre. Aquello fue el cuarto día. Había cambiado completamente de postura en una sola noche—. Parece que no haya razón para no hacerlo.
No sabía lo que me quería decir. Pensé que quizá esperaba de mí una protesta, un intento de disuadirle.
—¿Cuándo lo harán? —pregunté.
—Pasado mañana.
Le dije que iba al lavabo. Fui hasta donde estaban las enfermeras y encontré allí a una mujer que pensé que era la enfermera jefe.
En todo caso, tenía el pelo cano, era amable y parecía seria.
—¿Va a ser operado mi padre pasado mañana? —le pregunté.
—Sí.
—Sólo quería hablar de ello con alguien. Creí que se había llegado a la decisión de que era mejor no hacerlo. Por su edad.
—Bueno, es su decisión y la del doctor —me sonrió sin condescendencia—. Es duro tomar estas decisiones.
—¿Cómo están sus pruebas?
—Bueno, no las he visto todas.
Yo estaba segura de que sí. Al cabo de un momento dijo:
—Tenemos que ser realistas, pero los doctores son muy buenos aquí.
Cuando volví a la habitación mi padre dijo, con voz sorprendida:
—Mares sin playa.
—¿Cómo? —dije. Me pregunté si se había enterado de cuánto, o de qué poco tiempo podía esperar vivir. Me pregunté si las pastillas le habían dado una euforia precaria. O si había querido jugar. Una vez que me hablaba sobre su vida, me dijo: «El problema era que yo siempre tenía miedo a arriesgarme».
Yo acostumbraba a decirle a la gente que él nunca hablaba con pesar de su vida, pero eso no era cierto. Era sólo que yo no lo escuchaba. Decía que debería haberse alistado en el ejército, que hubiera estado en mejor posición. Decía que debería haberse instalado por su cuenta, como carpintero, después de la guerra. Debería haberse ido de Dalgleish. Una vez dijo: «¿Una vida malgastada, eh?». Pero se estaba burlando de sí mismo al decir aquello, porque era algo muy dramático de decir. También cuando recitaba poesía tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer.
—Mares sin playa —dijo de nuevo—. Detrás de él las grises Azores, / detrás las puertas de Hércules; / delante de él una traza de playas, / delante de él sólo mares sin playa. Eso era lo que tenía en la cabeza anoche. ¿Pero crees que podía recordar qué clase de playas? No podía. ¿Playas solitarias? ¿Playas vacías? Estaba en el buen camino, pero no podía acordarme. Pero ahora, cuando has entrado en la habitación y no estaba pensando en ello, me vino la palabra a la cabeza. Siempre ocurre lo mismo, ¿verdad? No es tan sorprendente. Le hago una pregunta a mi mente. La respuesta está allí, pero yo no puedo ver todas las relaciones que está estableciendo mi mente para llegar a ella. Como un ordenador. Nada fuera de sitio. ¿Sabes?, en mi situación sucede que, si hay algo que no puedes explicar de inmediato, hay una gran tentación de, bueno, de hacer de ello un misterio. Hay una gran tentación a creer en... ya sabes.
—¿El alma? —dije, con delicadeza, sintiendo un asombroso torrente de amor y entrega.
—Oh, supongo que se le puede llamar así. ¿Sabes?, cuando llegué a esta habitación había un montón de diarios al lado de la cama. Alguien los había dejado allí, eran esa clase de periódicos sensacionalistas que nunca he leído. Empecé a leerlos. Hubiese leído cualquier cosa fácil. Había una serie de experiencias personales de gente que había muerto, médicamente hablando, la mayoría de paro cardíaco, y que había vuelto a la vida. Era lo que ellos recordaban del tiempo en que estuvieron muertos. Sus experiencias.
—¿Agradables o no? —le dije.
—Agradables. Sí, sí. Flotaban hasta el techo y miraban hacia abajo y se veían y veían a los doctores trabajando en ellos, en sus cuerpos. Luego flotaban un poco más y reconocían a algunas personas que conocían y que habían muerto antes que ellos. No es que los vieran exactamente, sino que era algo así como si los percibiesen. A veces había un canturreo y a veces una especie de... ¿cómo se llama esa luz o ese color que hay alrededor de una persona?
—¿Aura?
—Sí, pero sin la persona. Eso es casi a todo lo que les daba tiempo; luego se encontraban de nuevo en el cuerpo sintiendo todo el dolor mortal y todo eso, devueltos a la vida.
—¿Parecía... convincente?
—Oh, no sé. Todo está en si quieres creer en esa clase de cosas o no. Y si vas a creértelas, a tomártelas en serio, me imagino que tienes que tomarte en serio todo lo demás que publican esos diarios.
—¿Qué más publican?
—Basura: curas de cáncer, de calvicie, cólicos en la generación joven y en los holgazanes ricos. Disparates de las estrellas de cine.
—Ah, sí, ya.
—En mi situación, hay que vigilar —dijo—, o empezarías a gastarte jugarretas a ti mismo.
Luego dijo:
—Hay unos cuantos pormenores prácticos que deberíamos poner en orden —y me habló de su testamento, de la casa, del solar del cementerio. Todo era sencillo.
—¿Quieres que telefonee a Peggy? —le pregunté. Peggy es mi hermana. Está casada con un astrónomo y vive en Victoria.
Se lo pensó.
—Supongo que deberíamos decírselo —dijo finalmente—. Pero no les alarmes.
—De acuerdo.
—No, espera un momento. Sam va a ir a una conferencia a finales de esta semana, y Peggy estaba pensando en acompañarle. No quiero que se planteen cambiar sus planes.
—¿Dónde es la conferencia?
—En Amsterdam —dijo con orgullo. Se enorgullecía realmente de Sam, y estaba al corriente de sus libros y de sus artículos. Cogía uno y decía:
—Míratelo, ¿quieres? ¡Y yo que no entiendo ni una palabra! —con una voz maravillada que conseguía no obstante mostrar una sombra de ridículo.
—El profesor Sam —decía—. Y los tres pequeños Sams.
Así es como llamaba a sus nietos, que se parecían a su padre en inteligencia y en un casi atractivo empuje, un inocente y enérgico alardeo. Iban a una escuela privada que apoyaba la disciplina anticuada y que comenzaba el cálculo en el quinto grado.
—Y los perros —podía seguir enumerando—, que han ido a una escuela de adiestramiento. Y Peggy...
Pero si yo decía:
—¿Crees que ella también ha ido a una escuela de adiestramiento? —él no seguía con el juego. Yo imagino que cuando estuviera con Sam y Peggy hablaría de mí del mismo modo, que aludiría a mi frivolidad del mismo modo que aludía a su pesadez, que haría bromas suaves a mi costa, que no ocultaría del todo su sorpresa (o haría ver que no la ocultaba) de que la gente pagase dinero por cosas que yo había escrito. Tenía que hacer esto para que no pareciese nunca que alardeaba, pero paraba cuando las bromas se hacían demasiado pesadas. Y desde luego, después encontré en la casa cosas mías que había guardado: unas cuantas revistas, recortes de periódicos, cosas por las que yo nunca me había preocupado.
En aquel momento sus pensamientos iban de la familia de Peggy a la mía.
—¿Has sabido algo de Judith? —preguntó.
—Aún no.
—Bueno, aún es pronto. ¿Iban a dormir en la furgoneta?
—Sí.
—Supongo que será lo suficientemente segura, si paran en los lugares adecuados.
Sabía que tenía que decir algo más y sabía que surgiría como una broma.
—Supongo que pondrán una tabla en medio, como los pioneros.
Yo sonreí, pero no respondí.
—Entiendo que no tienes nada que objetar.
—No —le dije.
—Bien, yo siempre lo vi también así. No te metas en los asuntos de tus hijos. Yo intenté no decir nada. Nunca dije nada cuando dejaste a Richard.
—¿Qué quieres decir con «no dije nada»? ¿Criticar?
—No era asunto mío.
—No.
—Pero eso no quiere decir que me gustase.
Me sorprendió, no sólo por lo que decía, sino porque considerase que no tenía ningún derecho, ni siquiera ahora, a decirlo. Tuve que mirar por la ventana, al tráfico de abajo, para controlarme.
Hace mucho tiempo me dijo, en su forma suave:
—Es curioso. La primera vez que vi a Richard me recordó lo que mi padre acostumbraba a decirme. Decía: «si aquel tipo fuese la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad».
Me volví para recordarle aquello, pero me encontré mirando la línea que iba describiendo su corazón. No era que nada pareciese funcionar mal, que hubiera ninguna diferencia en los zumbidos y en los puntos. Pero allí estaba.
Él vio donde miraba.
—Ventaja desleal —dijo.
—Lo es —le respondí—. A mí también me van a tener que conectar.
Reímos, nos dimos un beso formal y me fui. Al menos no me había preguntado por Nichola, pensé.

La tarde siguiente no fui al hospital, porque a mi padre tenían que hacerle más pruebas, para prepararlo para la operación. Tenía que ir por la noche. Me encontré paseando por las tiendas de ropa de Bloor Street, probándome vestidos. Me había entrado una preocupación por la moda y por mi propio aspecto parecida a un rabioso dolor de cabeza. Miré a las mujeres por la calle, a la ropa en las tiendas, intentando descubrir cómo podría llevar a cabo una transformación, qué tendría que comprar. Reconocía que era una obsesión, pero tenía problemas para desprenderme de ella. Había gente que me había dicho que esperando noticias de vida o muerte se había quedado delante de una nevera abierta comiendo cualquier cosa que viera: patatas hervidas frías, salsa de chile, cuencos de nata. O había sido incapaz de dejar de hacer crucigramas. La atención se limita a algo, alguna distracción, se agarra a ella, fanáticamente seria. Revolví prendas de los percheros, me las probé en pequeños probadores en los que hacía calor, delante de crueles espejos. Sudaba; una o dos veces creí que me iba a desmayar. De nuevo en la calle, pensé que debía alejarme de Bloor Street, y decidí ir al museo.
Recordaba otra vez, en Vancouver. Fue cuando Nichola iba al jardín de infancia y Judith era un bebé. Nichola había ido al médico por un resfriado, o quizá para un examen de rutina, y el análisis de sangre mostraba algo en sus glóbulos blancos, o que había demasiados o que se habían hecho grandes. El doctor pidió más análisis y yo llevé a Nichola al hospital para que se los hicieran. Nadie mencionó la leucemia, pero yo sabía, desde luego, lo que estaban buscando. Y cuando llevé a Nichola a casa le pedí a la canguro que había estado con Judith que se quedase por la tarde y me fui de compras. Me compré el vestido más atrevido que haya tenido nunca, una especie de funda de seda negra con algún adorno de encaje en el delantero. Recuerdo aquella radiante tarde de primavera, los zapatos altos en los grandes almacenes, la ropa interior con estampado de leopardo.
También recuerdo la vuelta a casa desde el hospital de St. Paul por el puente de Lions Gate en el autobús atestado llevando a Nichola sobre mis rodillas. De repente ella recordó el nombre que le daba de pequeñita al puente y me dijo en voz baja: «Pente, po el pente». No evité tocar a mi hija (Nichola era esbelta y grácil incluso entonces, con un culito precioso y un cabello oscuro y fino), pero me di cuenta de que la estaba tocando de una forma distinta, aunque yo no creía que pudiera ser nunca detectada. Había un cuidado (no exactamente un retraimiento, sino un cuidado) para no sentir demasiado. Vi que las formas del amor se pueden mantener con una persona condenada, pero con el amor en realidad medido y disciplinado, porque hay que sobrevivir. Se podía hacer de forma tan discreta que el objeto de dicho cuidado no sospecharía, del mismo modo que tampoco sospecharía la misma sentencia de muerte. Nichola no sabía, no lo sabría. Le llegarían juguetes y besos y bromas; nunca lo sabría, aunque a mí me preocupaba que sintiera el viento entre las grietas de las vacaciones inventadas, de los días normales inventados. Pero todo estaba bien. Nichola no tenía leucemia. Creció, aún seguía viva, y probablemente feliz. Incomunicada.
No podía pensar qué quería ver realmente del museo, de modo que fui hasta el planetario. Nunca había estado en uno. La sesión iba a empezar dentro de diez minutos. Entré, compré una entrada y me puse a la cola. Había toda una clase de escolares, quizá dos, con profesores y madres voluntarias llevando el grupo. Miré alrededor para ver si había otros adultos sueltos. Sólo uno, un hombre con la cara roja y los ojos hinchados, que parecía estar allí para evitar ir a un bar.
Una vez dentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cómodos que estaban reclinados hacia atrás de modo que estabas en una especie de hamaca, con la atención dirigida a la parte cóncava del techo, que pronto se convirtió en azul oscuro, con un ligero reborde de luz alrededor. Había una música espléndida e impresionante. Los adultos iban haciendo callar a los niños, intentando que dejasen de hacer crujir sus bolsas de patatas fritas. Entonces la voz de un hombre que salía de las paredes, una voz profesional y elocuente, comenzó a hablar, despacio. La voz me recordaba un poco a la forma en que los locutores de radio anunciaban una pieza de música clásica o describían el avance de la familia real hasta la abadía de Westminster en una de sus ocasiones reales. Había un ligero efecto de cámara de resonancia.
El oscuro techo se estaba llenando de estrellas. No salían todas a la vez, sino una detrás de otra, de la forma en que las estrellas salen realmente por la noche, aunque más rápidamente. Apareció la vía láctea, se acercó, las estrellas flotaban en el brillo y seguían, desapareciendo más allá de los límites de la pantalla estelar, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente de luz continuaba, la voz presentaba los sorprendentes hechos. «Hace unos cuantos años luz —anunciaba—, el sol aparece como una estrella brillante, y los planetas no son visibles. Hace unas cuantas docenas de años luz, el sol tampoco es visible, a simple vista. Y aquella distancia, unas cuantas docenas de años luz, es sólo aproximadamente la milésima parte de la distancia desde el sol al centro de nuestra galaxia, una galaxia que contiene unos doscientos mil millones de soles. Y es, a su vez, una entre millones, quizá miles de millones, de galaxias». Repeticiones innumerables, variaciones innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como fogonazos.
Luego se abandonaba el realismo, en aras del artificio familiar. Un modelo del sistema solar iba dando vueltas con su elegante estilo. Un aparato brillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Puse mi esquiva y evasiva mente a tomar firmemente nota de los hechos. La masa de Júpiter, dos veces y media la de los demás planetas juntos. La gran mancha roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a la excéntrica órbita de Plutón, los helados anillos de Saturno. De nuevo en la Tierra y pasando al caliente y brillante Venus. La presión atmosférica, noventa veces la nuestra. Mercurio, sin luna, que da tres vueltas de rotación mientras gira dos veces alrededor del sol; un arreglo extraño, no tan satisfactorio como el que nos contaban: que daba una vuelta de rotación mientras giraba alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos después que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el fluorescente cielo rojo.
Cuando terminó la sesión me quedé en la silla mientras los niños trepaban por encima de mí sin comentar nada de lo que acababan de ver o de oír. Estaban importunando a sus cuidadores para que les dieran chucherías y más diversión. Habían hecho un esfuerzo para captar su atención, para apartarla de las palomitas y de las patatas fritas y fijarla en distintas cosas conocidas y desconocidas y en inmensidades horribles, y parecían haber fracasado. Algo bueno, también, pensé. Los niños tienen una inmunidad natural, la mayoría de ellos, y no debería ser alterada. En cuanto a los adultos que lo lamentaran, quienes habían promovido aquel espectáculo, ¿no eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podían añadir los efectos de la cámara de resonancia, la música, la solemnidad eclesiástica, simulando el temor que suponían que los niños debían de sentir? Temor... ¿qué se suponía que era? ¿Escalofríos al mirar por la ventana? Una vez que se sabía lo que era, no se podía provocar.
Llegaron dos hombres con escobas para barrer los desperdicios que la audiencia había dejado a su paso. Me dijeron que la siguiente sesión empezaría al cabo de cuarenta minutos. Mientras tanto, tenía que salir.

—Fui a la sesión del planetario —le dije a mi padre—. Fue muy interesante... sobre el sistema solar. —Pensé en la palabra tan tonta que había utilizado: «interesante»—. Es como un templo ligeramente falsificado —añadí.
Él ya estaba hablando:
—Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde esperaban encontrarlo. Mercurio, Venus, Tierra, Marte —recitaba—, Júpiter, Saturno, Nept... no, Urano, Neptuno y Plutón. ¿Es así?
—Sí —dije. Me alegraba de que no hubiese oído lo que dije del templo falsificado. Lo dije para ser sincera, pero sonaba a tramposo y a superior—. Dime las lunas de Júpiter.
—Bueno, no conozco las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?
—Dos, pero no son nuevas.
—Nuevas para nosotros —dijo mi padre—. Te has vuelto muy descarada ahora que me van a rajar.
—Rajar. Qué expresión.
Aquella noche no estaba en la cama, su última noche. Le habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a la ventana. Tenía las piernas desnudas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo pero de buen humor, un anfitrión afable.
—Ni siquiera has dicho las antiguas —le dije.
—Dame tiempo. Galileo les puso el nombre. Io.
—Ya has empezado.
—Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio —dijo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo—. No fue Galileo quien les dio los nombres, tampoco; era un alemán. Io, Europa, Ganímedes, Calixto. Ahí las tienes.
—Sí.
—Io y Europa ¿eran novias de Júpiter, verdad? Ganímedes era un chico. ¿Un pastor? No se quién era Calixto.
—Creo que también era una novia —le dije—. La mujer de Júpiter, la convirtió en un oso y la enganchó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era su niña.
El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.
—Te veré cuando salgas de la anestesia —le dije.
—Sí.
Cuando llegué a la puerta me llamó.
—Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.

Cuando me marché del planetario aquella tarde, atravesé el museo hacia el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en un banco que daba a Bloor Street. A través de los matorrales siempre verdes y la alta verja de hierro observé a la gente pasar a la luz de la caída de la tarde. El espectáculo del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo; me había tranquilizado, me había secado. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba un impermeable y una bolsa de comestibles. Era más baja que Nichola, realmente no se parecía mucho a ella, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría por alguna calle quizá no lejos de allí, agobiada, preocupada, sola. Ella era ahora una de las personas adultas del mundo, uno de los compradores volviendo a casa.
Si realmente la veía, podría quedarme sentada y mirar, pensé. Me sentía como una de aquellas personas que habían flotado hasta el cielo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dura. Mi padre había escogido y Nichola había escogido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero equivalía a lo mismo.
Pensé en levantarme y llegarme hasta la tumba, para ver las tallas en relieve, los cuadros en piedra, que están a su alrededor. Siempre pensaba en verlas y nunca lo hacía. Tampoco lo haría esta vez. Hacía frío fuera, de modo que entré a tomar un café y a comer algo antes de volver al hospital.


En Las lunas de Júpiter
Trad.: Esperanza Pérez Moreno
Barcelona, Random House Mondadori, Debolsillo, 2010
Foto: Alice Munro por Barbara Woodley