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2 nov. 2014

Roberto Bolaño - El gran fresco del Renacimiento

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Roberto Bolaño - El gran fresco del Renacimiento


Durante la primera mitad del siglo XX, en Buenos Aires, vivieron y formaron parte de una misma generación, y por lo tanto se conocieron, escritores de la talla de Roberto Arlt, Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, José Bianco, Eduardo Mallea, Jorge Luis Borges. Algunos tuvieron como maestro a Macedonio Fernández. Como si esto no bastara, un día llegó a la Argentina Witold Gombrowicz y allí se quedó.

 A este grupo disímil perteneció Manuel Mujica Láinez, a simple vista el menos profesional de todos, en el sentido en que nos es difícil imaginar a Mujica Láinez como un escritor que vive de y para la literatura, sino más bien todo lo contrario, es decir un hombre que vive de rentas y que dedica sus ocios, por otra parte escasos, a escribir novelas sin otra ambición que la de ser leídas por su amplio grupo de amigos. Sin embargo, Mujica Láinez fue tal vez el más prolífico de los narradores argentinos de su tiempo.

No el más ambicioso ni el más seminal (un papel reservado probablemente a Julio Cortázar y Ernesto Sábato), ni el más cercano a la realidad argentina (un papel que se le puede adjudicar, según baje o suba el grado de delirio, a Arlt, a Cortázar, a Sábato, a Bioy), ni el más adelantado en concebir estructuras literarias capaces de internarse por territorios ignotos (como Borges y Cortázar), ni el que más ahonda en el misterio de la lengua (reino absoluto de Jorge Luis Borges, que además de ser un gran prosista, no hay que olvidarlo, fue un gran poeta). Mujica Láinez, en este sentido, fue de una discreción absoluta. De hecho, su figura, junto a la de esos escritores irrepetibles y gigantescos como Borges, Cortázar, Arlt, Bioy Casares y Sábato, parece empequeñecerse y buscar un refugio tranquilo en la literatura estrictamente argentina, el refugio de las literaturas provincianas, pero esta impresión, a poco que se lea su obra, resulta absolutamente equivocada.

Desde su primera novela, Don Galaz de Buenos Aires (1938), es dable hallar en las páginas de Mujica Láinez dos constantes que lo acompañarán durante toda su vida de escritor. Por un lado, un manejo exquisito del idioma, que es preciso, rico, lleno de variantes, sin caer nunca en el español recargado y castizo. Por otro lado, y esto es posiblemente lo que de verdad importa, una disposición feliz ante el hecho de narrar.

Es verdad que nunca asumió riesgos muy grandes y que comparado con los grandes narradores latinoamericanos del siglo XX su obra, de alguna manera, es la obra de un autor menor. ¡Pero qué lujo de autor menor! Capaz de escribir, por ejemplo, Misteriosa Buenos Aires, o El viaje de los siete demonios, o El unicornio, o Los viajeros, todos ellos libros gratos de leer, libros discretos (y también algo nerviosos) como su autor, y suficientes como para asegurarle su nombradía al lado de autores, asimismo menores, como Mallea o José Bianco.

Pero Mujica Láinez aún nos tenía reservada su mayor sorpresa y esta sorpresa es Bomarzo. Publicada en 1962, la novela obtuvo el Premio Nacional de Literatura argentino y después el premio John F. Kennedy, en 1964, premio compartido con Rayuela, de Cortázar, el cual (como nos recuerda Marcos Ricardo Barnatán) le sugirió a Mujica Láinez la posibilidad de publicar ambas novelas en una edición conjunta y con un título único, que podía ser Ramarzo o Boyuela.

Mi generación, demás está decirlo, se enamoró de Rayuela, porque eso era lo justo y lo necesario y lo que nos salvaba, y sólo leímos Bomarzo algunos años después, casi como un ejercicio de arqueología. Contra lo que esperábamos, no salimos indemnes de esta lectura, entre otras cosas porque nadie o casi nadie puede salir indemne de cualquier lectura y mucho menos si son las más de 600 páginas de Bomarzo, una novela feliz, es decir una novela que hará feliz a todo lector mínimamente sensible, es decir inocente, y que no le enseñará nada a ningún escritor joven.

La vida y aventuras del duque de Orsini, las mil aventuras del duque y sus incontables desgracias y hazañas son el escenario en donde se despliega una escritura, un arte de narrar, que al tiempo que recuerda a los clásicos del siglo XIX, introduce lujos apócrifos del siglo XVI, el siglo del monstruoso y angelical Orsini.

A simple vista Bomarzo se asemeja a una novela de resistencia, a una novela de supervivencia, a una novela histórica, a una novela de intriga, a un folletón. Puede que sea, efectivamente, todas esas cosas.

Pero también es muchas cosas más: es una novela sobre el arte y es una novela sobre la decadencia, es una novela sobre el lujo de novelar y es una novela sobre la exquisita inutilidad de la novela. También es, entre líneas, el comentario o el epílogo jocoso que Mujica Láinez hace de sí mismo y de su familia. Y también es, por supuesto, una novela para leer en voz alta y en familia, aunque esta última posibilidad siempre conlleva el riesgo de que los niños huyan en tropel.

Después de Bomarzo poco más es lo que le restaba por decir a Mujica Láinez. Viajó mucho y como un señor por diferentes lugares del planeta. Escribió De milagros y melancolías y El gran teatro, aparentemente sin la más mínima dificultad.

Y antes de morir, en 1984, a la edad de 74 años, tuvo tiempo para escribir y publicar, en 1982, El escarabajo, una novela de más de 500 páginas que narra las vicisitudes de los poseedores de un talismán egipcio a través del tiempo, y que es una obra inteligente, bien escrita, grata de leer (posiblemente grata de escribir), con dosificadas gotas de humor, dolor y algo de turismo, una novela feliz como la mayoría de sus obras.


En Entre paréntesis
Foto sin data


15 ago. 2014

Manuel Mujica Láinez: Los espías

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A Guillermo Whitelow 


Querido Billy:

El viernes pasado, en lo de Nini Gómez, me pediste que contara el episodio de Cór­doba. Inesperadamente, ese episodio de Córdoba ha llegado a adquirir cierta fama en determinados círculos de Buenos Aires, por­que donde voy me preguntan qué me suce­dió allí. Lo cierto es que todavía nadie, nadie, conoce el asunto, ya que he preferido callar, por tratarse de algo tan insólito que ni si­quiera yo, su casual testigo, logro conven­cerme de que tuvo lugar. Pero sí, sí tuvo lugar, fue un hecho real, concreto, y no una pavorosa alucinación. Alguna vez, en el curso de estos últimos dos meses, he aludido a él, ante ti, ante los más íntimos -pues por momentos me resulta muy difícil callarlo-, y eso ha provocado la marea de pequeños comentarios que mencionaste en la comida de Nini, mas, como te digo, hasta ahora na­die sospecha, nadie podría imaginar qué acon­teció, aparte, por supuesto, de que el motivo de tanta curiosidad es misterioso, acaso espantoso.

He resuelto, a raíz de tu pedido, que debo revelárselo a alguien y compartir el peso de su  enigma.  Ese  alguien eres  tú,  mi  mejor amigo, tal vez el único que me creerá cabalmente. No tendría sentido que te mintiese a ti. Te confieso que lo hago con algún remordimiento, puesto que desde hoy seremos dos los depositarios de un secreto incalifica­ble. Eso sí, te encarezco que hagas lo posible por no divulgarlo.  Insisto  en  que no  será fácil.  Por  lo  que  a  mí  respecta,  la  razón fundamental que me impulsa a declarar lo que sé del mismo finca en que podría desa­parecer, morirme (por causas naturales o de las otras, quizás de las otras), y en que la responsabilidad de partir de este mundo con una carga tan descomunal agobia mis débiles hombros.

Me fui a Córdoba, como recordarás, a la pensión "El Miosotis", ubicada cerca de San Antonio, con el propósito de descansar. Lo merecía luego del ajetreo de estos últimos tiempos, de tanto barullo triste. Lucille me recomendó el sitio, verdaderamente encan­tador. Claro que ni ella ni nadie hubieran podido prever lo que allá pasaría.

Es un establecimiento pequeño, dirigido por un matrimonio inglés, que sólo recibe a una docena de huéspedes. Cuando llegué no lo habitaban, fuera de los dueños y el redu­cido personal de servicio, más que tres ma­trimonios (dos de ellos de recién casados) y una señora anciana, la cual, según se me informó en seguida, vive allí permanente­mente. La primera semana transcurrió en medio de la paz absoluta: los jóvenes matri­monios se ocupaban de sí mismos; los ingleses -Mr. y Mrs. Bridge- evidenciaban ser mode­los de discreta prudencia; y la dama vieja, la señora de Morales Rivas, limitó su parca conversación a los temas convencionales. Me apliqué a bañarme en el solitario arroyo vecino; a beber naranjadas y vasos de vino blanco en el bar "El Cordobés"; y a pasear por los alrededores (no hay mucho que ver), respi­rando el aire seco que languidecía entre las quintas escasas. Una tarde, mi caminata se estiró una legua, hasta el instituto cuyo largo título no he podido aprender y que se especializa, según me explicaron, en investi­gaciones vinculadas con los estudios aero-espaciales. Espero no equivocarme; dema­siado conoces mi ignorancia total en lo que a esa materia se refiere. Creo que en el insti­tuto en cuestión se realizan esos estudios o búsquedas parecidas. En el Di Tella te lo aclararán. De todos modos, no me adelanté más allá de sus muros, ni me pasó por la mente entrar al caserón, el cual nada difiere de los restantes que, hundidos en el follaje, flanquean los caminos de la zona. Sólo des­pués se me ocurrió atribuirle importancia a la proximidad de aquel centro ignoto, al que, por lo demás, probablemente no hubiera tenido acceso, de haberme propuesto tan peregrina excursión.

Mi vida se desenvolvió, en consecuencia, agradablemente: baños, paseos, lecturas; de noche, la tertulia familiar, en torno de la radio inestable, o vagas partidas de canasta, con el matrimonio mayor y la señora de Morales Rivas. Hasta que los Kohn (así de­clararon llamarse) aparecieron en "El Mio­sotis".

A todos nos desconcertó desde el primer momento -y lo comentamos con broma ocio­sa- su aspecto singular. Aquel matrimonio de rasgos porcinos, que supusimos cuarentón, acompañado por un hijo y una hija de apa­rentes diez o doce años, nos sorprendió por su obesidad excesiva, por su impasibilidad exagerada y por cierta torpeza de los movimientos, que atribuimos a su pesadez. Tam­bién nos llamó la atención que vistieran ropas demasiado abrigadas, de corte antiguo, y (eso era lo más chocante, en un lugar donde la diversión máxima consistía en variar mo­destamente el atavío) que vistieran siempre las mismas. Pero los cuatro Kohn hicieron patente su propósito de no participar de nuestras intrigas y de consagrar la tempo­rada que pasarían cerca de nosotros a su exclusiva intimidad. Respondían a nuestros saludos, inclinando las graves testas acartonadas; hablaban entre sí en voz inaudible y en un idioma que no llegamos a discernir, aunque parecía un dialecto alemán; y su actividad se reducía a los largos paseos que, después del desayuno, los eliminaban rumbo a las sierras. En varias ocasiones topé con ellos en algún recodo de la carretera que conduce al instituto que te mencioné, o al "castillo" de Nieva Funes, o a la Granja Suiza, y nos limitamos a reiterar los mudos cabezazos. Andaban lentamente, guiando sus corpachones como escafandras. No me in­mutó su indiferencia, pues, como compren­derás, fuera de su traza absurda no había en ellos nada que me atrajese y, como el resto de los huéspedes, prescindí de los Kohn. Hubiera sido un error proponerles que interviniesen en nuestras canastas nocturnas a tan morosos compañeros. Por lo demás, los Gordos -así los designábamos, sin esforzar la imaginación- se esfumaban al tranco de paquidermos y se encerraban en sus dormitorios, en seguida después de comer.

-Esa gordura -dictaminó durante una so­bremesa la señora de Morales Rivas- no es natural.

Y no lo era, ciertamente. Tampoco ese color marchito, que el sol de Córdoba no vencía, ni esa impavidez taciturna, especial­mente rara en el caso de los niños, que pa­recían ignorar los juegos más simples y res­tringían su acción a acompañar a sus padres, en las largas andanzas cadenciosas, callados e indolentes, constantemente al lado de ellos, de modo que el grupo de los Gordos, cuando lo avistaba en el pueblo de San Antonio o en los senderos de las serranías, me daba la impresión de estar integrado por cuatro ani­males macizos, cuatro domesticados jabalíes blancos, que caminaban sobre las dos patas traseras y usaban unos trajes oscuros, mer­ced a la infinita (e improbable) paciencia de un domador de circo. Acumulo ahora estos datos y observaciones por la importancia increíble que los Kohn cobraron para mí más tarde, pero porfío en que hasta el instante de la revelación los Gordos me interesaron tan poco como a los demás residentes de "El Miosotis". De no haberse producido esa revelación, hoy los hubiera olvidado, o tal vez los recordaría como a cuatro ejemplares de las groseras proporciones que puede al­canzar lo caricaturesco en el pobre ser hu­mano.

Una mañana en que el calor apretó so­bremanera, me dispuse a reanudar la salu­dable diversión del chapaleo en el arroyo próximo. Sombríos árboles escoltan su del­gado caudal, que el capricho de las piedras enriquece, y allá me dirigí más temprano que de costumbre. Con el pantalón de baño por toda ropa, remonté el curso de agua siguiendo sus variaciones, siempre bajo la bóveda de ramas que apenas dejaba filtrar una indecisa luz. Quizás anduve un par de horas de esa suerte, saltando de roca en roca, hundiendo los pies en la corriente, deteniéndome a observar un insecto o una planta, pensando en las cosas absurdas que me habían acae­cido en Buenos Aires y tratando de descartarlas de mi memoria, para gozar felizmente de la frescura del lugar y de su fascinación. El arroyo se tornaba, a medida que nos ale­jábamos de "El Miosotis", más y más mis­terioso. Se estrechaba, se encajonaba y tenía yo la sensación de moverme en el interior de una gruta, dentro de la cual crecían árboles tupidos. Como no había llevado reloj me inquietó la idea de haber extendido desme­didamente la salida y opté por buscar el camino, del que me separaba una barrera de marañas y peñas, para regresar en menos tiempo a la pensión. Abandoné, pues, en un giro más del arroyo, el laberinto de agua, me calcé las zapatillas y me introduje en la tra­bazón frondosa. Hallé un sendero, probable­mente obra de cabras, y por él me adentré, calculando que desembocaría en la ruta. Treinta metros más allá me percaté de que se ensanchaba un poco, en un paraje despejado que a través de la espesura alcancé a divisar. Me costó, sin embargo, franquearme paso en la maleza, y a duras penas lo conseguí, luego de enzarzarme en filosas espinas. Debí dar un brinco para atravesar el último cerco del ramaje, y al llegar por fin al breve espacio libre tropecé con un cuerpo, con tan mala suerte que junto a él caí.

Ese cuerpo era el de la señora de Kohn. Mi cara quedó a escasos centímetros de la suya; cuando la reconocí, latiéndome el co­razón por lo inopinado del lance, me incor­poré rápidamente y tartamudeé unas excusas imprecisas. De inmediato me asombró su expresión. Es cierto, como antes señalé, que los Gordos se destacaban por su apatía inalterable, pero aquello superaba lo previsible. Estaba la gruesa señora echada en el pasto, cara al cielo que se entreveía en la blanda oscilación de las copas. Tenía los ojos y la boca abiertos, y sin embargo no se movió, ni parpadeó, ni respondió a mis disculpas. Retrocedí, entre atónito y agraviado -con ser yo el ofensor- por su despreciativa displicencia, y al hacerlo mis piernas rozaron un cuerpo más. Me volví y entonces se multiplicó mi turbación, porque detrás de mí, en posturas similares a la de la señora y con la misma repudiante insensibilidad fija en los rostros, se hallaban los demás miembros de la familia. Los cuatro yacían, abandonados, cara arriba, y los cuatro tenían abiertos los ojos y las bocas. Ninguno se levantó ni in­sinuó un ademán. Continuaron inmóviles, en la sofocación de sus ropas de invierno, como si yo no hubiera aparecido tan bruscamente por allí. No dormían, empero. Torné a hablar a borbotones, en parte para establecer el desagrado que me causaba mi aturdimiento inocente y en parte también para quebrar un silencio que resultaba anormal, pero nadie se inmutó y en ese momento tuve miedo por primera vez. Aquello no encajaba dentro de las leyes de la lógica, y por eso, por quebrar con su inercia el compromiso equilibrado que a todos nos une, me asustó mucho más que si los cuatro se hubieran puesto a gritar o se hubieran arrojado sobre mí, con el peso de sus corpulencias, golpeándome o mordiéndome. Fíjate bien en lo irreal de la escena: el calvero cordobés en el que las abejas zumbaban; yo, casi des­nudo, goteante todavía, monologando sin sen­tido; y los cuatro voluminosos personajes tum­bados, impávidos, con los quietos ojos que apuntaban a la altura, y que no me respondían. Transcurrieron unos segundos antes de que reparase en que una abeja, dos abejas, tres abejas, se habían posado sobre las meji­llas y los labios del señor Kohn, sin que eso inmutase al interesado en lo mínimo, pues ni siquiera tuvo la precaución elemental de cerrar los párpados. Las espanté y fueron a revo­lotear y a pararse encima de la frente de su hija. Las espanté de nuevo y se alejaron, coléricas. Mientras esto sucedía y yo mano­teaba en torno de los horizontales, ninguno evidenciaba cuánto les concernía mi opera­ción protectora. Como cuatro ridículas es­culturas abatidas, olvidadas entre las plantas silvestres, se ofrecían incólumes a la arbitra­riedad de la naturaleza. Todo ello, repito, tuvo lugar en un lapso mucho menor que el que se requiere para narrarlo. Sólo entonces, sólo cuando iba de acá para allá, saltando sobre los corpazos tendidos de espalda, se me ocurrió que los Kohn podían haber muerto. Mi terror había crecido, y lo zamarreé al jefe de la familia, cosa ardua dada la importancia de su fardo, para comprobar que mi sospecha no era descabellada. ¿Muertos? ¿Los cuatro muertos? Pero ¿cómo? Y, por imposición del raciocinio, supuse que los habían asesinado. Sin embargo, a simple vista, ninguno daba muestras de haber sido objeto de un ataque violento: antes bien, las expresiones de los cuatro proclamaba que   hasta   el   instante postrero siguieron dueños de la densa inalte­rabilidad que los caracterizaba.

Tal vez -me dije- les hayan suministrado un veneno; o tal vez me halle ante un caso de suicidio colectivo; aunque, vaya uno a saber por qué, mi desesperación determinó que la eliminación de los Gordos no era voluntaria, sino el fruto de una acción criminal externa.

La certidumbre del cuádruple homicidio, escasamente podía contribuir a serenarme. Al contrario; acto continuo imaginé la even­tualidad de que me acusasen de haber muerto a los Kohn. También me sobresaltó la pers­pectiva de que el asesino o los asesinos que habían suprimido a los Gordos, quizá con el propósito de robarles -aunque es obvio calcular que lo robable a cuatro turistas de la vecina pensión, dos de ellos niños, sería una insignificancia- anduvieran aún por los alre­dedores. Y si en el reflexivo relámpago ba­rrunté que lograría demostrar mi falta de culpa, ya que mis antecedentes hasta ahora no me sindican como un espontáneo ultima­dor de gordos o de flacos, y la antipatía que en mí provocaban los Kohn no bastaba para arrojar sobre mí la sospecha de haber origi­nado su tránsito al otro mundo, en cambio la vislumbre de que el o los criminales fuesen muy capaces de seguir merodeando por el contorno, y de que a lo peor yo sería su víctima inmediata, me angustió intensamente porque es indiscutible que, al enfrentarme con quienes habían despachado con tanta limpieza a un cuarteto robusto, mis pers­pectivas de salvación serían nulas.

Aquel planteo me aguzó los sentidos y me dio la medida plena de mi situación peli­grosa. Estaba solo, en un lugar aislado, entre cuatro cadáveres inmensos, y cualquier acontecimiento desagradable encuadraría a la perfección en esta escena, que contrastaba con la calma pura del cielo cordobés y con el trajín rezongante de las abejas, las cuales    -ahora sin que yo importunase sus paseos-habían vuelto a establecer su dominio sobre los rostros de los Kohn. Un rumor, que oí a la derecha, como de alguien que se acercase a pasos furtivos, confirmó mis prevenciones. Temblando, me refugié en las breñas rasguñadoras, y aguardé. Era un rumor sutil, más que de pasos como de algo que se desliza o que repta sobre las hojas. Progresaba, que­damente, hacia los petrificados Gordos, y la popular noción acerca del criminal que re­gresa al paraje de su crimen acentuó mi espanto. Se adelantaba, pero tardaba en lle­gar, como si no se resolviera. Por fin, cuando esperaba ya que se entreabriesen las ramas y que en el hueco surgiera el intruso, advertí, estupefacto, la invisible causa de aquellos crujidos.

Esto, Billy, es lo más embarazoso de re­ferir, si se aspira a transmitir la verdad exacta, porque aquí lo increíble, acaso lo diabólico, comienza a afirmar su imperio, destructor del orden convencional. Y es casi imposible componer la narración justa, pues a lo largo de ella lo absurdo y lo repugnante, con un toque de adefesio, de esperpento atroz, se entrelazan tan apretadamente que el relator debería poseer mañas de equilibrista para soslayar los riesgos que proceden de esas percepciones contradictorias y dar la impre­sión cabal de lo que presenció sin caer en la trampa de lo grotesco.

Mis ojos, que se negaban a testimoniarlo, no vieron entonces a un hombre o varios hombres cautelosos, como presentí modera­damente. Vieron que quien aparecía en el despejado lugar era una especie de gusano gris, peludo, de unos setenta centímetros de largo, y detrás otro y otro y otro. Se arras­traban sobre los vientres inmundos y de vez en vez alzaban las cabezas y las giraban, haciendo relampaguear los ojos redondos, negros, que invadían esas cabezas anilladas. Creo que uno de ellos me descubrió, pese a que me ocultaba la fronda. No estoy seguro, pero lo confirma el hecho de que emitiese un breve silbido y de que los restantes mirasen también en mi dirección. ¿Aprecias en su totalidad mi pánico? Las ramas me trababan con sus garfios, impidiéndome retroceder; para librarme de ellas y de la pesadilla, no me quedaba más escapatoria que el claro donde yacían los Kohn y que obstruían las larvas de los ojos malignos; porque eran malignos, eran indiscutiblemente lúcidos. Así que opté por permanecer tieso y acechando; en el momento oportuno, si me atacaban, trataría de defenderme, de escabullirme. Quizá no me hubieran visto; quizá mi imaginación añadiera pavor al que la realidad me ofrecía; quizá los engendros continuaran, sin moles­tarme, su camino rumbo al arroyo.

Entretanto los vermes aquellos, o lo que fuesen, habían reanudado sus pegajosas ondulaciones y fue patente que avanzaban hacia los Kohn. Mi alarma se intensificó ante la perspectiva de que me tocase asistir a un festín horrible, que probablemente no podría soportar y que desencadenaría con mi reac­ción mi propio final, pero lo que tuve que atestiguar fue, por extraño y repulsivo, más tremendo aún.

Cada uno de los monstruos se apoderó de uno de los cuerpos. Pausadamente treparon a las moles abandonadas y sobre ellas se estiraron, como otros tantos amantes inverosímiles que buscaban las abiertas bocas. En esas bocas de peces muertos introdujeron sus ca­bezas y poco a poco -¿me entenderás bien?-, poco a poco se fueron metiendo en su interior, impulsándose con los infinitos tentáculos ve­lludos, hasta que uno a uno desaparecieron dentro de los grandes organismos inanimados. Y de súbito, pero también muy despacio, los Kohn empezaron a esbozar muestras vacilantes de vida. Respiraron, pestañearon, contrajeron las manos, se estremecieron apenas. No resistí más y aproveché el lapso corto que los devolvería a su presunta normalidad para salir de mi madriguera, sin ocuparme ya de que me oyesen, y a la carrera crucé el espacio que todavía interceptaban los cuatro seres, las cuatro boas engullidoras de gusanos o, más apropiadamente, que a los gusanos amparaban en su envoltura, para zambullirme una vez más en la maraña que me separaba de la ruta principal.

Desemboqué en un parque descuidado, que luego reconocí como el del instituto de estudios aeroespaciales que arriba mencioné, ya que a la sazón mi mente no estaba en condiciones de funcionar como de costum­bre.

Salí a la carretera y por ella me volví, lo más velozmente que consintieron mis pier­nas, a "El Miosotis". La tranquilidad de los Bridge, de la señora de Morales Rivas y de los matrimonios, que se aprestaban a almor­zar, no logró por cierto serenarme. Hubiera sido   peliagudo   comer,   y  peor   digerir,  los macarrones que me ofrecían, tras lo que había contemplado,  ni  menos sostener  una   con­versación lógica con los huéspedes, pues toda mi atención se centraba en la inminencia de la entrada de los Gordos en "El Miosotis". ¿Qué secreto abominable había penetrado yo casualmente? ¿Quiénes eran, qué eran los Kohn? ¿En qué consistían? ¿De dónde pro­cedían?  ¿Qué  se  proponían?  ¿Rondaban el instituto con algún objeto preciso? ¿Habría en el mundo otros Kohn semejantes, mitad cajas de hechura humana y mitad gigantes­cas lombrices,   desconocidas   en   la   Tierra? ¿Debía yo comunicar lo que había observado contra mi voluntad, para que los huéspedes pacíficos me tildaran de loco, de visionario de quimeras nauseabundas, o para sembrar entre ellos una confusión y una zozobra más que disculpables? Estas y otras preguntas se agolpaban en mi cerebro, mientras aguarda­ba la vuelta de las cuatro siniestras arma­zones. Y sobre todas, una interrogación: ¿cuál sería mi actitud frente a los Kohn apócrifos?

Pero no regresaron a "El Miosotis". Llegó en su lugar, traída por un muchacho men­sajero, una carta garabateada que anunciaba su retorno urgente a Buenos Aires; incluía el dinero de la pensión (los imagino contándolo y los pelos se me ponen de punta); e indicaba el sitio al que Mr. Bridge remitiría las male­tas. Era, según anoté, el depósito de equi­pajes de la Estación Retiro, pero presumo que nadie las habrá reclamado y que no contendrían nada concreto. Esa misma noche me vine a la capital. La señora de Morales Rivas usó en vano su encanto antiguo, en su afán de retenerme.

Voilà mon histoire. Ahora estás tan ente­rado del asunto como yo y puedes sacar tus deducciones propias. La diferencia entre nosotros finca en que actuarás en tu pleno derecho al no creerme, pero ¿con qué motivo iba yo a inventar un cuento tan insufriblemente fantástico? Y hay una diferencia más: a ti no te vieron; en ti no se fijaron los ojos redondos, negros, feroces, de los cuatro gu­sanos Kohn, segundos antes de recuperar sus carnales envolturas demasiado abrigadas; los cuatro gusanos que yo vi cerca del arroyo, que saben que los vi, que sin duda andarán buscándome, vaya uno a adivinar bajo qué nueva traza, y que de repente me encontra­rán.

Te abrazo


Manucho
1968


En El brazalete y otros cuentos (1978)
Foto de Alicia D´Amico

21 abr. 2014

Jorge Luis Borges: A Mujica Láinez

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Manuel Mujica Láinez 11.09.1910 / 21.04.1984




Isaac Luria declara que la eterna escritura
tiene tantos sentidos como lectores. Cada
versión es verdadera y ha sido prefijada
por quien ideó el lector, el libro y la lectura.

Tu versión de la patria, con sus fastos y brillos,
entra en mi vaga sombra como si entrara el día
y la oda se burla de la oda. (La mía
no es más que una nostalgia de ignorantes

cuchillos y de viejo coraje.) Ya se estremece el canto,
ya, apenas contenidas por la prisión del verso,
surgen las muchedumbres del futuro y diverso

reino que será tuyo, su júbilo y su llanto.
Manuel Mujica Láinez, alguna vez tuvimos
una patria – ¿Recuerdas? – y los dos la perdimos.






Introducción al poemario de Manuel Mujica Láinez
Canto a Buenos Aires, Edición Kraft Ltda. 1943
con ilustraciones de Héctor Basaldúa

26 sept. 2013

Manuel Mujica Láinez: El tapir (1835)

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Mister Hoffmaster no se ha quitado todavía la pintura del rostro. Brillan sus ojos de mico en la máscara blanca, azul y roja que le retuerce los labios y le inventa unas cejas angulares. Al terminar la última función, terció una capa sobre el traje de fantoche, ocultó bajo ella el bulto que tenía preparado y echó a andar por los senderos del Vaux-Hall. Ese es el nombre que le dan los europeos: Vaux-Hall, pero los criollos prefieren llamarlo sencillamente Parque Argentino.

El frío de junio hace tiritar los árboles y las plantas, bajo un cielo fúnebre y unas estrellas que también tiritan, casi celestes. Ya se despobló el jardín. El invierno no tienta a trasladarse desde el centro de la ciudad hasta el parque de diversiones creado por Santiago Wilde donde fue la antigua quinta de Zamudio, en la manzana comprendida por las calles Córdoba, Paraná, Uruguay y del Temple, frente a las tunas de la quinta de Merlo. La función de adiós de la compañía contó con un público escaso, difícil de entusiasmar. Sí: Mister Laforest tiene razón; lo mejor es irse a otra parte. Hace un año que trabajan allí y Buenos Aires empieza a cansarse del espectáculo.

Mister Hoffmaster no se preocupa por estas cosas. Lo que ansia ante todo es que no le descubran a la claridad de las linternas que mueve la brisa. Se esconde ahora detrás de un aguaribay y se hace más pequeñito, él que es casi enano, porque los mulatos desafinadores de la orquesta atraviesan entre las mesas abandonadas, con los bombos a la espalda y las cornetas erguidas como cuernos bestiales dentro de sus fundas.

El payaso sigue su camino. Aquí está, en su jaula, el jaguar del Chaco. Mister Hoffmaster se detiene y lo contempla. Siempre le pareció que el felino tenía los mismos ojos verdes de Mister Laforest, y que cuando se desliza con sinuoso paso recuerda a Peter Smith, el rápido y grácil Peter Smith, orgullo del circo. Pero él no ha venido a ver al tigre. El tigre es su enemigo, como lo son los bellos bailarines ecuestres.

La señora Laforest se aleja hacia su carromato por la avenida de paraísos. Camina canturreando el aria de Rossini que tantos aplausos le valió. Y Mister Hoffmaster vuelve a emboscarse, temeroso de que le encuentren. Sena muy grave que le descubrieran.

¡Qué hermosa es la señora Laforest! ¡Cómo espejea su traje de luces! En las pantomimas no hay quien se le compare. Cuando representó la parte de Torilda en Timour, el Tártaro, la concurrencia alfombró la pista de flores. Ella lo hace todo bien: lo mismo emociona con una canción de Weber que transporta con sus danzas. Mister Hoffmaster la prefiere en el ballet de El tirano castigado o El naufragio feliz. Y su marido, Mister Laforest, es también insuperable cuando aparece en el ruedo guiando sus ocho caballos de la Banda Oriental. Todos son insuperables en el Circo Olímpico de los ingleses. Peter Smith, con sus audaces dieciocho años, se lleva las ojeadas y el corazón de las porteñas.

Este Peter Smith llega a realizar pruebas asombrosas. Una tarde, de pie sobre el lomo de Selim, el mejor de los caballos, se despojó de nueve chalecos que, con ser tantos, apenas desfiguraban su elegancia de junco. Luego se arrebujó en un manto de pieles y se puso un sombrero de mujer crepitante de plumas sobre el pelo dorado. Todo ello sin que Selim parara de trotar. Mister Hoffmaster le perseguía tropezando y cayendo, dando vueltas de carnero y pegándose unos golpes sonoros, porque así lo exige su condición de clown. Cazaba al vuelo las prendas arrojadas por el muchacho con tan fina desenvoltura y las revestía a su vez. El público rió hasta no poder más. Los negros pateaban en la galería llena del humo de los cigarros. Hasta se esbozó una sonrisa sobre los labios de don Juan Manuel de Rosas, el gobernador, en el palco ennoblecido por el oro de los uniformes.

Sale de su escondite, frente a la jaula del jaguar, y se dirige hacia el corral de troncos duros donde el tapir le estará aguardando como todas las noches. El tapir es su amigo, su único amigo. Los demás no le buscan más que para reírse.

Pero el payaso tiene que disimularse de nuevo en los matorrales. Aprieta, bajo la capa, el bulto que envolvió tan cuidadosamente. Las linternas chinas le muestran a Peter que avanza del brazo de una muchacha. Es una muchacha bonita, de ojos oscuros, y Mister Hoffmaster recuerda haberla visto muchas veces, en uno de los escaños del circo, acompañando con la mirada anhelosa los brincos mortales del adolescente. Van hacia el pórtico oriental de siete arcos. Detrás, en el palenque los gauchos pobres atan sus mancarrones junto a los parejeros de los paisanos ricos y a los caballitos nerviosos de los dandis. Mister Hoffmaster les oye partir al galope. Tendrán que aprovechar la noche bien, porque es la última. Mañana el circo se irá con sus carros, con sus toldos, con sus gallardetes.

El payaso bordea el pequeño lago artificial donde la luna ascendente copia su mueca. Se asoma al agua pacífica, entre los patos inmóviles y los flamencos de biombo, para observar su faz pintarrajeada, blanca como la luna y como ella triste.

He aquí los troncos que limitan la morada del tapir. Dulcemente, el clown lo llama, y el animal acude a su voz. Mister Hoffmaster le pasa la mano sobre el lomo áspero y lo contempla largamente. El tapir es su amigo, su hermano.

Cuando hace buen tiempo, en el centro de la ciudad de Buenos Aires, en la azotea de la casa de don Pablo Villarino, izan cuatro banderas, dos blancas y dos encamadas, visibles desde muy lejos. Entonces los porteños saben que hay función en el Parque; saben que podrán llegar hasta su pórtico de siete arcos, porque el agua turbia del Zanjón de Matorras no alcanza a cubrir el puente de ladrillo levantado por Santiago Wilde. Señoras y señores hacen el viaje a caballo o en volanta. Muchos lo hacen a pie, saltando los charcos entre grandes risotadas, para no enlodarse. El general Rosas fue así una vez desde el Fuerte, con sus edecanes.

Mister Hoffmaster piensa en ese extraño general Rosas, mientras acaricia el lomo del tapir. Dijérase que el payaso trata de que otros pensamientos le distraigan del que esta noche le guía hasta el corral. Piensa en Rosas presidiendo el palco del Gobierno, en el circo, el día en que asumió el mando por segunda vez. Le rodeaban unos militares, unos perfiles de litografía enmarcados por las patillas crespas. Al mirarles desde la pista, deslumbrantes de alamares y charreteras, áureos, escarlatas y azules, tuvo la curiosa sensación de que no eran hombres sino imágenes esculpidas; iconos terriblemente quietos, y aunque no los había, se le antojó que la luz surgida de sus rostros y de sus bordados procedía de centenares de cirios que temblaban alrededor. Ahora el retrato del Héroe del Desierto pende sobre la entrada del circo.

¡Cuánta gente desfiló por allí desde que iniciaron las funciones hace un año! Iban a admirar los terciopelos y las fosforescencias del tigre y a burlarse del tapir, que es una caricatura de animal, un poco jabalí y un poco rinoceronte, con algo de mulo y algo de cebú. Iban a admirar el ritmo majestuoso de Selim, de Bucephalus, de Poppet, de los caballos de larga cola y revueltas crines; a admirar la destreza con que Mister Laforest dibuja arabescos en el aire, restallante el látigo sutil; a admirar a Peter en el cuadro del regreso de Napoleón de la isla de Elba, en el que treinta y un corceles relinchan entre nubes de polvo. Iban a pasmarse con los gorgoritos de la señora Laforest, que cuando canta crispa los dedos en que chispean las piedras falsas, sobre el pecho redondo. E iban a reír hasta las lágrimas de Mister Hoffmaster, el clown. Mister Laforest siempre inventaba algo nuevo, ingenioso, para que el payaso lo hiciera. Una vez el mamarracho debió vestirse de mujer, coronarse con el enorme peinetón de moda, y así ataviado sentarse en la cazuela entre las damas. ¡Cómo reían! Le palmeaban y él repetía en su castellano tartamudo la frase que le enseñara Mister Laforest:

—¿Cómo está, compadre? ¿Cómo está, comadre?

Otra vez le hicieron trepar a la punta de una barra larguísima, colocarse allí de cabeza, con los pies en alto, y aguardar para descender a que se encendieran las ruedas de fuegos de artificio ubicadas en la parte inferior. Pero las ruedas no se encendían. Mister Laforest arrimaba una antorcha, guiñando un ojo al público, y luego la apartaba. La gente enronquecía de reír. Y él, allá arriba, esperaba, muerto de miedo, muerto de miedo.

No se elige. El tapir hubiera preferido ser jaguar; tener una piel como el manto de un príncipe, en lugar de su cuero; tener una cabeza fina y astuta como la del tigre, en lugar de la que prolonga su trompa grotesca. Y él también, él hubiera preferido ser esbelto como Peter; hubiera preferido no embadurnarse la cara. Hubiera querido revestir una malla de lentejuelas y no el levitón disparatado que destaca su ridícula pequeñez. Hubiera querido... Sobre todo hubiera querido no provocar la risa todo el tiempo, no hacer reír con cualquier gesto, con cualquier ademán, aun los más naturales, los más simples, los que no persiguen la carcajada. Pero no se elige. Quien elige es el destino.

Y Mister Hoffmaster piensa que el tapir es su hermano, su único hermano. Por eso, noche a noche, ha acudido a verlo, a consolarlo. Le hablaba a media voz, mientras se extinguían las postreras linternas sobre los canteros diseñados al modo inglés. Así le habla ahora, quedamente. Le dice que el circo se irá mañana. Le dice que el jaguar y él permanecerán en el Vaux-Hall, el uno para entusiasmar con su soberbia afelpada, el otro para que la concurrencia, después de estallar en carcajadas rotundas o de aguzar la risa hasta el silbido, declare, meneando la cabeza:

—Es un monstruo. Este animal es un monstruo.

¿Será un monstruo él también? Mister Hoffmaster se palpa la nariz respingada, los pómulos manchúes, la boca cuyo carmín le pinta las yemas. Se toca las canillas, el pecho hundido, los hombros desiguales. Súbitamente ese impulso trae a su mente otro similar que tuvo hace muchos años, quizá treinta.

Fue en Stratford-on-Avon, su ciudad natal. Vivía en una casa vieja, revieja, en Henley Street, casi frente a la morada donde Shakespeare vio la luz. De niño soñaba con ser poeta. Vagaba cerca del río Avon y sus cisnes, y recitaba los versos de Hamlet. A los catorce años se enamoró de una niña del vecindario, rubia como Peter Smith. Juntos paseaban por las calles torcidas. A veces se asomaban a las ventanas de la casa del bardo, para espiar su interior, y creían adivinar al espectro del gran Will en la penumbra, cerca de la chimenea, volcado sobre el jubón el cuello de encaje isabelino, con un libro en la mano, la alta frente iluminada por el fuego.

Una tarde le declaró su amor a la mocita y le rogó que huyera con él. Ella se echó a reír con la crueldad inocente de los chicos. —¡Mi pobre Harry —pudo entenderle—, estás loco! ¿Nunca te has mirado bien?

Y Harry Hoffmaster, como hoy ante el tapir, deslizó sus dedos sobre su cara, sobre sus bracitos, sobre su pecho magro. Al día siguiente escapó solo de Stratford. Unos saltimbanquis le recogieron en Warwick y le llevaron con ellos. Desde entonces pasó de un circo al otro, sin cesar, y siempre haciendo de payaso, siempre con la cara pincelada de blanco, de amarillo, de azul.

El tapir entrecierra los ojos tímidos bajo la presión que se demora sobre su pelambre. A la distancia, Mister Hoffmaster oye a Mister Laforest que le está llamando. Tendrá que ir a ayudarle a embalar las ropas de las pantomimas, los trajes de La batalla de Montereau, la plumajería de Los caciques rivales, a la cual la lisonja británica agregó una que otra divisa punzó. ¡Bah!, que le ayude Fay, el pintor de telones... él tiene otras cosas de que ocuparse.

Se pone de hinojos y deshace el envoltorio. Saca de él una barra de hierro y un cuchillo filoso, grande, y entra resueltamente en el corral del tapir. De un golpe en la nuca, derriba al confiado animal. Luego le hunde entre las vértebras la hoja fría. Es tan duro el cuero, que debe afirmarse con ambas manos para que el facón penetre. La sangre mana a borbotones y mancha el levitón del payaso.

Ya no tomarán a hacer mofa del tapir. Ha regresado a sus bosques verdes, donde lo aguardan los papagayos relampagueantes, como él quisiera regresar a Stratford-on-Avon, a sus cisnes melancólicos, a lo que fue de niño, cuando recorría las calles medievales entre las enseñas antiguas que el viento hacía chirriar, rumbo a la casita de Anne Hathaway, la mujer del poeta; ha vuelto como él quisiera volver, a lo suyo, lejos de este mundo de generales impávidos y de muchachas que ríen sin fin.

Mister Hoffmaster, el diminuto clown, está llorando en la soledad de la noche. Limpia el cuchillo en las hierbas que el rocío abrillanta; alza la muerta cabezota horrible, la besa con sus labios pintados y murmura:

- Alas, poor Yorick!

Después corre hacia el circo, donde los hombres robustos como gladiadores empaquetan las armaduras de latón.


En Misteriosa Buenos Aires, XXXVI
Buenos Aires, 1950
Foto: Sara Facio (Retratos y autorretratos)

3 jun. 2012

Manuel Mujica Láinez: Las alas

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Cuando Eusebio resolvió dejar la casa, que compartía con su hermana, en Flores, sus compañeros de redacción ensayaron algunas bromas. Obedecían al aferrado convencionalismo que impone que en cuanto un solterón se decide a abandonar el reducto de su familia y a vivir solo, se lo atribuya a cosas vinculadas con la organización de la sensualidad. Pero esas bromas no duraron mucho. Demasiado sabían quienes se las daban, que Eusebio no era hombre para suscitar amantes. Bastaba verlo y oírlo. Y leerlo. A los cuarenta y cinco años, flaco y ventrudo, calvo, de ojos redondos, negros y protuberantes, dueño de una macabra palidez y de un marchito sonreír, roía los verbos y trituraba los adverbios, mientras rumiaba sus frases de ironía turbia. No, no era hombre para amantes. Al contrario.

Alquiló en el barrio del Congreso una bohardilla disimulada dentro de una cúpula de comienzos de siglo. En esa habitación circular y ceñida, de combo techo, ubicó su pequeña biblioteca, su mesa de escritor y su cama. La pobre luz procedía de dos ventanucos y de la puerta de cristales que comunicaba con el exterior como si abriese al vacío. Por esta última se accedía al inesperado lujo de Eusebio, pues, sin transición, se pasaba de un desván miserable a un balcón que rodeaba totalmente a la cúpula de pizarras y que oficiaba de mirador sobre techos, calles y azoteas. Si adentro, cerradas la puerta y las ventanas, se imponía un silencio vibrátil de zumbidos, reinaba afuera el esplendor sonoro. Y con ser el contraste extraordinario, lo que más marcaba la diferencia de los ámbitos, condenando lo interno a la ruindad y exaltando lo externo al pródigo despilfarro, era la decoración que abrazaba a la bóveda.

Allí era evidente la generosa pompa de la arquitectura de esa época, tan dada a los adornos espectaculares. Una ronda de personajes alados, semidesnudos, hombres y mujeres de esculpida piedra, envolvía la construcción, como si descansara después del vuelo, trémulas las alas todavía. Y cada vez que Eusebio salía a caminar por el breve espacio que limitaban los balaustres y el muro, lo rozaban los pies descalzos y las plumas severas.

Eusebio desempeñaba en su revista semanal las funciones de crítico. No era un crítico literario, ni de teatros, ni de cine, ni de bellas artes, ni de política, ni de costumbres, sino un crítico en general. Todo lo criticaba, todo lo desmenuzaba, todo se afanaba en destruir, con una saña monótona. Abría un libro o contemplaba un cuadro, trazaba una biografía o narraba una anécdota, y en seguida volcaba sobre el asunto elegido su previsible acritud hecha de adjetivos reiterados. No escribía mal, y sus engendros excitaban el aplauso de sus colegas y de ciertos lectores igualmente inclinados a la amargura y famélicos de elemental escándalo. En cuanto a su acerba ironía, fácil era rastrear sus orígenes, pues, como en infinitos casos similares, derivaba de la frustración. Eusebio, que manejaba con agilidad la máquina de escribir cuando se trataba de demoler a un novelista, a un poeta o a un pintor, llevaba dentro de sí, como triple cruz, las huellas de un pintor, un novelista y un poeta fracasados. Hacía largos años ya que había renunciado a la poesía y a la pintura, pero la obsesión de la novela seguía encandilándolo con su inalcanzable lumbre. Desde niño, la había intentado a menudo, sin lograrla. El desengaño destiló hieles, y las hieles aquí se derramaron sobre aquellos que, seriamente, arduamente, victoriosamente, recorrían el negado camino. De ahí provenía su palidez; de ahí su prosa; de ahí su redactada furia. No había renunciado, por cierto, pese a los abortos sucesivos, a redondear por fin la novela que aseguraría, indiscutiblemente, su nombre; que probaría que era algo más, mucho más, que un bufón inteligente y triste, y continuaba escribiendo, tachando, desgarrando, desesperándose y buscando un alivio a su descorazonamiento impaciente en la censura y la sátira de quienes lo dejaban atrás en la áspera carretera. Pero ahora, a medida que transcurría el tiempo, la tarea se volvía más dolorosa, ya que no se le escapaba a su lucidez la certidumbre de que no bien apareciese su obra, los criticados se transformarían en críticos, cambiados los papeles, con el arbitrario fiscal puesto en el banquillo del reo. Grande tenía que ser, en verdad, su ansia de reconocimiento artístico para que, no obstante ese riesgo, persistiese en el trabajo y no se resignase al éxito fugaz de sus burlas.

Con el anhelo de dar cima a su novela había alquilado la bohardilla. Se le ocurrió que allá arriba, en fecundo soliloquio, descubriría la meta, y muy secretamente -a mil leguas de amantes imposibles- colocó sobre la mesa la máquina y, tarde y noche, se consagró a enmendar, a rehacer, a planear, a indagar, a sufrir. La novela avanzaba y retrocedía. Ducho en observaciones, en espiar bajo el agua, en cazar flaquezas, era la víctima de su propio oficio; a cada instante, aunque no lo quisiese, aunque luchase contra influencias y sugestiones, las sombras de los criticados se volcaban sobre sus carillas, y discernía de continuo en lo que acababa de componer, los rasgos y los tics que ridiculizara. Con todo, seguía adelante, lívido, melancólico, sofocado, atormentado, comiéndose las uñas, mirando sin ver las ventanitas donde morían las estrellas o languidecía el sol.

Había transcurrido un mes desde que reanudara la tarea de Sísifo, cuando su vela fue distraída por un rumor distinto a los que poblaban su aislamiento. Era poco antes del amanecer. Aquel rumor, vago pero insistente, pudo más que su frenesí ensimismado, porque pronto se convirtió en un duro traqueteo. Prestó atención y dedujo que se trataba, tal vez, de un batir de alas. Por la intensidad de los golpes, infirió que no podían proceder de las palomas que encontraban refugio en el alero de la cúpula. No; de ser alas, éstas debían de ser unas grandes alas, alas de águila o de cóndor. La idea era tan absurda que la desechó. ¿Cabía, acaso, la eventualidad de que un ave enorme hubiese extraviado el vuelo hasta caer sobre Buenos Aires? ¿Cabía suponer que hubiese huido de su jaulón del Zoológico? Temeroso, asombrado, Eusebio vaciló frente a la loca alternativa. Pero el ruido aumentó, y en breve fue como si no sólo una rapaz gigantesca, sino dos, tres, cinco, diez, hubiesen elegido por alcándara a su cúpula y allí agitasen los remos emplumados hasta ensordecer al insomne morador. Luego, tal como había empezado, cesó de repente la bulla; entonces se atrevió a levantarse, a empujar la puerta de la alta galería y a asomarse a ella tímidamente, en pos de una explicación del fenómeno. Nada insólito halló; el barrio reposaba inmóvil bajo la solemne bóveda; abajo zigzagueaba un carrito y un niño gimoteaba en alguna parte. Eusebio, excluidas las tesis del Zoológico y del vuelo perdido, consideró la de la aeronave quimérica y la de la alucinación auditiva, y optó por esta última. El exceso de trabajo, sobre todo de trabajo sin fruto, de vueltas y vueltas en la misma noria ineficaz, crea fantasmas. Lo mejor era acostarse, y se durmió con atribulado sueño.

Al día siguiente, su malhumor se concretó en un artículo. Harto de escarnecer a los escritores y a los artistas, elogiados, en cambio, por los críticos sinceros, se le ocurrió un procedimiento que juzgó novedoso, para llevar adelante su antigua campaña desconcertadora del público, que tanto divertía a los espíritus superficiales, y escogió dentro de la pila de libros que aguardaban su parecer el que conceptuó más oscuro e insulso. Lo hojeó apenas y le asignó un panegírico entusiasta. Él mismo se reía, en su celda, en tanto aderezaba los párrafos.

Esas gárgaras ácidas le devolvieron el buen ánimo, y por la tarde prosiguió su novela. Pero, como en otras oportunidades, pronto comprobó que su máquina de escribir, lista para correr, retozar y campanillear si se le solicitaban malignos destrozos, progresaba con ritmo remolón por el laberinto de la literaria aventura. Varias horas guerreó contra la inspiración adversa, la cual se mofaba de él como él se mofaba de sus cofrades, hasta que advirtió que se le nublaban los ojos. Entonces, como en el alba fatal, tornó a oír el aleteo enérgico, los cadenciosos golpes. Pudieron más la curiosidad y la ira que el temor, y volvió a salir a la galería llevando esta vez sus páginas recientes. Caminaba tambaleándose, a causa de la visión velada, del cansancio y de la cólera, y -esto es muy extraño- notó que sin que de su voluntad dependiese, sus brazos, sus codos, sus manos, remedaban desmañadamente las actitudes de un pájaro a punto de emprender el vuelo.

Afuera, lo ensordeció un fragor de alas violentas, ya que en esa ocasión el estruendo no se detuvo con su salida. Tuvo la impresión de entrar en un círculo tempestuoso, atravesado por inmensas aves, en medio de las cuales él aleteaba también, pero sin elevarse, sin dejar el aro angosto de la baranda. Los tumbos que daba lo proyectaron contra los pies de las grandes estatuas, y allá su desvarío creció, pues lo acongojó la certeza de que habían cobrado vida esas extremidades. Penosamente, alzó los párpados y, en la indecisión de la niebla que lo arropaba y del alboroto estentóreo, creyó distinguir que la custodia de hombres y de mujeres, que lo dominaban con su porte, movía al compás las colosales alas de piedra. Sólo un instante permaneció Eusebio así, agitando los codos en una parodia de gallináceo, porque acto continuo verificó que los personajes se desprendían de sus soportes, desplegaban las plumas simétricas y se echaban, con limpieza feliz, al aire porteño. -¡Yo también puedo volar! -gritó Eusebio-. ¡Yo también puedo volar!

Arrojó por encima de la balaustrada las páginas, que descendieron girando, girando, y detrás de ellas se fue, ave de tierra, ave de alas débiles, graznando, graznando, hacia el fragor de la calle, bajo la quieta ronda de la esculturas.


En El brazalete
Buenos Aires, Sudamericana, 1980
Foto: Sara Facio

24 mar. 2012

Manuel Mujica Láinez: Zoológico

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Las señoras más importantes y también pesadas del prado, componen la Comisión de Damas Benéficas del Museo. Por ende, no sorprenderá encontrar en el grupo a la Hija del Faraón de Tintoretto; a la Artemisa de Rembrandt; a la María de Médicis de Rubens; y a la María de Inglaterra, «María la Sangrienta», de Antonio Moro. Llevan a cabo una obra generosa y una fiscalización estricta; están al tanto de cuanto sucede, lo lamentan y desmenuzan; salen, de repente, formando un dramático cuarteto, extremadamente lujoso, y los pradenses reconocen sus bondades, pero prefieren no verlas. Infatigables, viven imaginando tómbolas, soñando colectas y planeando rifas. Esta vez se les ha ocurrido organizar, para diversión de los niños, un Jardín Zoológico. La idea ha sido bien acogida, y todos los que pueden han ofrecido contribuir, como cuando se hizo el Concurso de Elegancias.

Lo que más hay en el Prado, perteneciente al reino animal, son caballos y perros. Unos y Otros han sido facilitados por sus propietarios, en gran número. Así, en la exposición podrán admirarse los canes de distintas razas que provienen de pinturas de Fernando Gallego, Botticelli, Velázquez, Alonso Cano, Murillo, Tiziano, Tintoretto, Veronés, Goya, Snyders y Van Loo. Esta variada perrera, que incluye al dogo, al perdiguero, al faldero y al lebrel, ha sido distribuida coordinadamente en la galería principal del Museo. Entre los caballos, los hay magníficos, y además de algunos nombrados, presentan los suyos Carreño de Miranda, Rubens, Berruguete, Luca Giordano y Poussin. La búsqueda de otras especies fue más complicada, pero las señoras la desarrollaron con un empeño que hubiese merecido el aplauso mejor, si no la hubieran realizado ellas. Gracias a afanosas indagaciones, que contaron con la colaboración eficaz de Leandro da Ponte Bassano, autor del «Arca de Noé», ha sido posible presentar un conjunto suficientemente digno, al cual Velázquez envió un toro y un cuervo; asnos, Murillo, Goya, Memling, Patinir y Maino; tigres, Cornelis de Vos; un búho, Hans Baldung Grien; ciervos, el Viejo Cranach y Paul de Vos; el Bosco, una nutrida delegación de camellos, cerdos, jirafas y unicornios; corderos, Rubens, Claudio Coello, Murillo, Rafael, Rubens y Vouet; Patinir, un mono; Durero, una serpiente; Snyders, un jabalí; palomas, Anibal Carracci y Horacio Gentilleschi; otras aves, Breughel de Velours, el Bosco, Snyders y Jan Fyt; el propio Bassano, de su Arca, leones, conejos, pavos, gallinas y liebres; y Rubens, un dragón. Se vaciló en admitir al macho cabrío goyesco que, al fin de cuentas, es el Demonio, pero se lo terminó aceptando, siempre que se limitase a su condición caprina, y se lo ubicó junto al cabrito del Fauno romano.

Ese muestrario complejo se repartió más bien con intención estética que con rigor científico, en la galería. Abundaron, durante la noche inaugural, los visitantes, no sólo infantiles sino individuos mayores y provectos. El novelista anduvo por ahí. A dicha abundancia se sumó la de ladridos, relinchos, bramidos, balidos, rebuznos, gruñidos, cacareos y gorjeos, que pese a su emisión sotto voce, estremecieron la casa. Las señoras benéficas se hicieron presentes, sin ocultar su satisfacción, y María de Médicis, que es sumamente supersticiosa, le comunicó a quien quiso prestarle oídos, que el pavo real falta, no obstante que los hay soberbios en el Prado, porque trae mala suerte.

Puede el lector imaginar con facilidad el espectáculo: el incesante ir y venir de curiosos con atavíos de diversas épocas, por el centro de la galería de la segunda planta; el corretear y extasiarse juvenil, en particular de los pequeños de Bartolomé Esteban Murillo; y a ambos lados, contra los cuadros, sin necesidad de jaulas o vallas, el amistoso sucederse de los irracionales, quienes toleraban que los toqueteasen, acariciasen y aun, en el caso de los caballos, la jirafa, los unicornios y los camellos, que los montasen y condujesen a pasear, con tímidos niños afirmados en las grupas. El Zoológico era un éxito, y las damas más sensibles, la Sangrienta y la heredera de los banqueros Médicis, con mucho titilar de joyas y aletear de encajes, arrullando como palomas pero calculando como economistas, propusieron que la noche siguiente se cobrase la entrada.

Mucho faltaba todavía, sin embargo, para que la noche aquella concluyese, y si bien los pictóricos amos de los animales, en reiteradas ocasiones señalaron la conveniencia de que la fauna regresase a sus marcos con orden y tiempo, se fue postergando la exhibición, el manso cabalgar y el juguetear con conejos, liebres y corderos, para alegría de todos.

Observó el novelista que, avanzada ya la claridad diurna, el macho cabrío se metió en cabildeos con los leones, los tigres y el dragón, prevaleciéndose de que la atención de los concurrentes estuviera fija en los párvulos cabalgantes. Al principio, las fieras menearon las testas escépticamente, pero fue obvio que el cabrón acentuaba su prédica —asombra que los demás, en el contorno, no lo advirtiesen— y ganaba las voluntades de las bestias colmilludas. Volvióse el chivo al lugar asignado, junto al cabrito, y pronto se evidenciaron los frutos de la semilla demoníaca, ya que los animales feroces dieron muestras de inquietud, acentuando la potencia de los rugidos, enseñando los dientes y aprontando las garras. Instantes después, el dragón azotó el aire con sus alas membranosas, y los tigres y leones se alzaron en actitud rampante, como aparecen en el campo de los escudos. Tan peligroso proceder comunicó una desazón, en seguida transformada en pavor, al resto de los brutos más notorios. Espantáronse los caballos, cocearon y se encabritaron con metálico estrépito de los arreos, arrojando a los niños, que rompieron a llorar. Gritaron los parientes de las víctimas; se dispersaron en loca confusión los gallináceos, los ovinos, las piaras y las pajareras; y saltaron los grandes carniceros sobre los indefensos bichos. El macho cabrío huyó a la sala negra de Goya, distinguiéndose por terribles risotadas. Sacudió al palacio el atropellamiento; las voces se multiplicaron en ecos insólitos, y encima del clamoreo fugitivo, se oyó a los que reclamaban la vuelta a la cordura y a los respectivos cuadros, pues era hora de recobrar la serenidad y de aguardar estáticamente al público. Apenas alcanzaron los últimos segundos de plazo, para que cada uno, debatiéndose la lengua afuera o erizado el plumaje, recuperase su sitio. Abriéronse por fin las puertas, y el Museo quedó como tembloroso, después de la demente aventura.

Los turistas suelen estar distraídos; el tremendo cansancio los vence, y apenas escuchan el ronroneo en inglés, francés, japonés, italiano o alemán (a ratos en español), que los apresura de sala en sala. ¡Han visto tanto y les falta tanto por ver, ese mismo día y los siguientes; ¡les duelen tantísimo los pies y las piernas! Dóciles, mudos, fotografiantes, dejan vagar en torno los ojos fatigados. Saben que no bien dejen atrás al Museo recorrido velozmente (un museo más) y que hayan comprado media docena de tarjetas postales, treparán en los ómnibus inexorables, y rodarán a Segovia, a Toledo y a Ávila. Miran, miran, pero en la mayoría de las etapas, casi no ven. Por eso, esta vez han pasado por las salas con respetuosa indiferencia, incapaces de atestiguar el desbarajuste que en ellas se ha producido. Es cierto que en cada cuadro y en cada estatua, para el desatento, aparentemente no se introdujo nada que modifique su inicial y normal composición. Pero si las fuerzas le diesen para aguzar el interés y los ojos, tendría que percatarse el turista de que, sobre determinadas obras, se ha superpuesto una sutil, imprecisable veladura, que perturba vagamente las imágenes. Ello se debe (¿cómo se lo figuraría el viajero?) al hecho de que, en el apuro y los tropezones del pánico, muchos animales equivocaron su emplazamiento. Así, por ejemplo, aunque en la tela de Albrecht Dürer la serpiente, fiel al texto bíblico, persiste seduciendo a la primera mujer con la manzana, es posible discernir la silueta de un mono (el mono de Patinir), el cual, según se coloque quien examina el cuadro, resultará el verdadero tentador. En cuanto a la serpiente, se insinúa, enroscada entre los trofeos, al pie del retrato ecuestre de Carlos II, por Luca Giordano. Además de su caballo negro de Mühlberg, Carlos V espoleó un translúcido unicornio; y además del caballo blanco de largas crines, la Reina Isabel, esposa de Felipe IV, monta un vaporoso y extraviado jabalí. El marmóreo cabrito del Fauno brincó a los hombros de la escultura de Diadumeno, y ahí se lo adivina, como una ilusión. La sombra de la jirafa del Bosco se anexiona al ciervo de Snyders; el perrazo de las Meninas cohabita con el faldero de la familia de Felipe V; el dragón de Rubens se suma al cortejo del Arca de Noé; y así sucesivamente... ¡Qué desconcierto! Y ¡qué miedo de que los descubran, de que se quejen a los calmos guardianes, y de que se desate en el Museo del Prado un inexplicable barullo! Felizmente, nadie cayó en la cuenta de esas mudanzas.

Los guías avanzan de un cuadro al otro, azuzando a los remolones; repiten las anécdotas, las bromas, con un tono hastiado que pretende ser entusiasta; y ninguno repara en irregularidades.

A la una de la tarde, disminuye significativamente la afluencia de público, en el Museo. Es hora de almorzar; de proceder a la revisación de las postales y los folletos acumulados durante la mañana; de lanzar un hondo suspiro de alivio, al sentarse; de encarar el menú políglota y concluir pidiendo una comida ignota; de proyectar la tarde y vislumbrar el ajetreo de nuevas traslaciones. El novelista se retrasó, porque esperaba detenerse frente a los Velázquez, en un ámbito semivacío; y, en efecto, se desvanecieron los caminadores y se acallaron los murmullos.

Entonces quien esto escribe, avezado por su privilegiada y mágica situación, capta algo como un palpitar que conmueve la serenidad majestuosa de las obras de arte. Y comprueba que de algunas de ellas se desprende una levísima tela de araña, que al flotar en el aire asume la forma ingrávida y diáfana de un corcel, de unas liebres, de un perro, de un ondulante dragón. Todo ese inmaterial entrelazarse de diseños, gira, vacila y termina por posarse donde exactamente le corresponde. Ya puede, sin riesgos, tornar a colmarse de huéspedes el Museo del Prado. La curiosidad hace que, de salida, el novelista se asome a la sala de las pinturas negras de la Quinta del Sordo. Nota allí que las brujas que rodean al diabólico macho cabrío parecen haber intensificado su fervor; que se dijera que lo están aplaudiendo, sin moverse; y que el Diablo levanta la cabezota cornuda y probablemente, en la oscuridad, tuerce el hocico en un arduo intento de sonrisa.


Un novelista en el Museo del Prado
Primera edición en Biblioteca de Bolsillo: noviembre 1997
Editorial Seix Barral
Fotografía (1970's) reproducida en Cruz (1996: 17)



17 feb. 2012

Manuel Mujica Láinez - La sirena

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Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.

La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio en la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros le interrogaban, burlones:

—¿Has encontrado? ¿Has encontrado?

Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente. No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de muía y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.

Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.

Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.

—¿Has encontrado? ¿Has encontrado?

La mofa: ¿has encontrado?

Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.

Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.

En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.

Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.

Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.

¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.

Al amanecer prosigue la carga de los bergantines. Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.

¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?

Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.

La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.

La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.

La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.

Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.

Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.

El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.

Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.

La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera. Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.

Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados. Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.

Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.


En Misteriosa Buenos Aires


16 may. 2011

Manuel Mujica Láinez - El embrujo del Rey (1699)

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Fragmento de una carta enviada desde Buenos Aires 
al enano milanés don Nicolasito Pertusato, 
criado de los reyes Felipe IV y Carlos II.


“...y sin duda asombrará a vuesa merced recibir esta carta mía, pues me habrá echado en olvido después de tanto tiempo; por ello refrescaré su memoria y le recordaré que tuve el honor de conocerle en Madrid ha veinte años, gracias a una casualidad feliz.

Hallábame en las cocinas del Real Alcázar, con mi amigo el enano inglés Bodson, aquel que el Duque de Villahermosa trajo de Flandes y regaló a Su Majestad cuando vuesa merced llegó en busca de la vianda, en cumplimiento de su función de Ayuda de Cámara. De inmediato vuesa merced y el inglés comenzaron a disputar por unas codornices, y Bodson la hubiera pasado muy mal, pues vuesa merced medio le había metido en un ojo la llave del cuarto regio, de no haber intervenido para separarles este visitante curioso y Mari-Bárbola, la enana de la Reina. Con el fin de hacer las paces, sugirió esta última que, siendo yo forastero y recién venido de Segovia, me mostraran el cuadro de la Infanta Margarita, la que casó con el Emperador, y en el cual el pintor Velázquez incluyó también las figuras de vuesa merced y de la enana. La idea fue del gusto de todos y allá nos dirigimos.

Conservo en la mente como una de las escenas más preciosas de mi vida vagamunda el cruce de tantos aposentos tendidos de tapices y adornados de maravillas, hasta alcanzar el cuarto bajo de Su Majestad, la pieza del despacho, donde el cuadro me tuvo buen espacio boquiabierto. ¡Ay, señor don Nicolasito, paréceme estarlo viendo ahora, con aquella luz que despedían el rostro y el traje de la Infanta, y aquella reverencia de las meninas, y a un lado el pintor, y al otro la Mari-Bárbola, pesada, robusta, feísima, y vuesa merced, tan fino, tan delicado, tan pequeñito, el pie apoyado graciosamente sobre el lomo de un mastín! Veinte años de penurias y mudanzas han transcurrido desde entonces y nada se me perdió.

En aquel instante oímos pasos y mi corazón golpeó desordenadamente, pues temí que fuera el Rey quien venía a sentarse a aquella mesa del despacho, que colmaban las carpetas, los papeles, los sellos y las plumas. Echamos a correr por las mismas salas vacías, sonoras, y la mona vestida de raso amarillo, plantada sobre la cabezota de Mari-Bárbola, lanzaba unos chillidos agudos, mientras el inglés se defendía de los topetazos contra las sillas que le obligaba a dar con sus brincos un negro y revoltoso lebrel. Por una de las puertas que a ambos lados se abrían, desapareció vuesa merced secretamente y ya no torné a verle en mi vida. Le narro el lance tan por lo menudo, pues sé que, así como yo lo he guardado en la mente, vuesa merced lo habrá olvidado, con tantos episodios memorables como le habrá ofrecido su larga experiencia palaciega.

No detallaré a vuesa merced lo que mis andanzas fueron desde entonces. Estuve en Mallorca, en Brujas y en el Milanesado, siempre con adversa fortuna, probándolo todo, a v veces de volatinero, pues he sido diestro en ejecutar piruetas y saltos de payasería, otras de paje de algún hidalgo pobre, de marinero, de vihuelista y hasta de sacamuelas. Encontrándome en Sevilla con una agujereada bolsa por hacienda, decidí desgarrarme hacia estas malditas Indias alabadas, movido por la tentación de la gloria y del oro. Ni oro ni gloria llovieron sobre mí, sino sinsabores infinitos. Conocí las ciudades de México, de Panamá y del Brasil, donde puse las botas como flecos y ejercí tantas profesiones que ni yo mismo acertaría a enumerarlas, y por fin mis huesos maltrechos y roídos (he cumplido cincuenta y seis años) rodaron hasta este desgraciado Puerto de Santa María de los Buenos Aires, donde ni es bueno el aire ni María nos alivia con el dulzor de su sonreír.

El destino aciago, ya que no la bienandanza que de muchacho soñé, me ha brindado algunas amistades fieles. Una de ellas es la del estudiante Felipe Blasco, llamado el Cojo, que es quien escribe esta carta, porque tan luengos trajines y la urgencia de aprender la ciencia de la vida y del pan diario no me dejaron asueto para estudios de universidad. Otra, es la del perrero de la Catedral, Marcelino Peje, cuya función finca en echar los canes del templo, que siempre hay algunos merodeando por los altares. Y otra, finalmente, la de Sebastián Milagros, un negro maestro en el arte de curar lo incurable. Juntos hemos formado una cofradía para venirnos en mutua ayuda. Por eso la carta que vuesa merced tiene en sus nobles manos se compone en nombre de los cuatro.

Trazado este exordio, diré a vuesa merced don Nicolasito que mi modo de lograr el cotidiano mantenimiento, compartido con el estudiante que mencioné, consiste por ahora en el humilde oficio de sopista, o sea que ambos acudimos muy de mañana a los conventos de San Francisco y de Santo Domingo y a la Compañía, provistos de sendas escudillas, en pos de la ración de sopa que la caridad de los Padres provee, con más agua que otras especies, a quienes la solicitan por el amor de Dios y de la Virgen. Este año la ración se ha debilitado, pues sabrá vuesa merced que la Divina Majestad prueba nuestra paciencia con una terrible sequía por la falta de lluvias. De vez en vez alternamos la pitanza conventual, insuficiente para los reclamos de un estómago inquieto, con otros auxilios habidos honestamente. Así, por ejemplo, guiamos en la ciudad a los escasos viajeros, conduciéndoles a las mejores pulperías, o servimos de correo a señores y damas, cuando han menester de mensajeros de especial discreción.

Ayer quiso nuestra estrella que el gobernador don Agustín de Robles agasajara en el Fuerte a varios cabildantes y funcionarios y que el Cojo y yo fuéramos llamados para atenderles. Entre plato y plato (no fueron muchos y regresaban tan limpios que defraudaron nuestras esperanzas), nos fue dado escuchar la conversación de esas personas principales, departiendo con autoridad. Fue así como nos enteramos del hechizo de Su Majestad a quien Dios guarde.

Su Señoría don Agustín había recibido pliegos de la Corte y a media voz comunicó a sus huéspedes compungidos la novedad que, según revelaciones hechas por un demonio a Fray Antonio Álvarez de Argüelles, dominico del convento de Cangas y conjurador famoso, Su Majestad padece desde la edad de catorce años un hechizo que se le dio en una taza de chocolate, dentro de la cual se deshicieron entre otros ingredientes que no me atrevo a citar, los sesos de un hombre muerto de mala muerte. Ya podrá imaginar, señor Pertusato, cómo temblaron en nuestras manos las jícaras y los jarros de plata al oír tan espantosos pormenores, y más aun al saber que, en opinión del mismo diablo informante, se debieron a la ambición de la Reina Madre doña Mariana de Austria, que en gloria esté.

Terminado el yantar y recogida la vajilla, nos reunimos como solemos hacerlo en la choza de Marcelino Peje, perrero catedralicio: el Cojo, el negro Sebastián Milagros y este indigno servidor de vuesa merced.

Comentamos, como era justo, lo que habíamos escuchado contra nuestra voluntad en el Fuerte, y resolvimos de común acuerdo, validos de la circunstancia de haber tratado yo pasajeramente a vuesa merced veinte años ha, enviarle la carta que estoy dictando y que el Cojo adereza con donaire más sutil.

Tiene ella por objeto comunicar a vuesa merced, Señor Ayuda de Cámara, una fórmula que en casos graves aplica Sebastián Milagros y cuyas virtudes han sido hasta hoy infalibles. Consiste en una cocción de palma, romero y olivo tostados en una vasija de arcilla, con los cuales se sahumará la alcoba del embrujado, asperjando también los rincones con agua sacra. Quien realice el exorcismo deberá revestir una capa y aletear con ella, a manera de quien espanta, en dirección a la puerta. En ésta se habrá enterrado previamente un cuí negro, clavado con alfileres. Acaso vuesa merced ignore que el cuí o cuy es un conejillo de tierras cálidas.

Nuestro deseo, como buenos vasallos, es que la razón de este remedio, cuya eficacia podría salvar al Imperio de daños crueles, llegue a oídos de nuestro glorioso Monarca. ¿Qué embajador más titulado que vuesa Merced, don Nicolasito, con su privanza en la cámara de Su Majestad? Le encarecemos por ello que nos facilite su concurso.

Marcelino Peje ha apartado algunas economías en años de duro rigor y ha dispuesto que si vuesa merced accede a transmitir al regio Amo la fórmula antes dicha, se honrará presentándole un bellísimo jubón de gamuza verde llegado por misteriosa equivocación a Buenos Aires, que tiene faldillas a lo francés y un ancho pasamanos de hebras de oro, y que luciría a las mil lindezas sobre la figura de vuesa merced.

A cambio de nuestra voluntad nada pedimos, que sólo cumplimos un deber y nos inspira la ahincada lealtad del súbdito hacia quien es dueño de nuestras vidas por gracia de Dios. Agradeceríamos tal vez se nos tuviera en cuenta para algún socorrillo, pues todos lo necesitamos en esta hora amarga, lo mismo Marcelino Peje que el moreno Sebastián Milagros y Felipe Blasco el Cojo y este criado de Vuestra Señoría, quien espera no cerrar los ojos para el sueño último sin que los acaricie el sol de Madrid y sin ver una vez más, en la pieza del despacho de Su Majestad, el cuadro donde el aposentador Velázquez pintó a Vuestra Señoría de pie en un ángulo, como si fuera un menudo Príncipe...”


Misteriosa Buenos Aires
Buenos Aires, Sudamericana, 1951