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11 ene. 2013

Alberto Muñoz - Contrabajo

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Alberto Muñoz


Fue en la pascua del 53
cuando su padre cambió
las cuerdas del contrabajo,
y el Parsifal de madera caoba
volvía su alma a las polillas.
El hijo del músico no dio cuenta
de sus actos, pero se supo de su
rápida intervención en comités a la cal
y dejó evidencia de su oído en los
nietos del músico pascuense
que en primavera descubrieron el instrumento
en un sótano de la calle Agrelo
ruinoso del moho,
sosteniendo una camisola bordada en el canesú.
El arco no figuraba entre trastos
y faltaba una clavija.
Toda aquella familia había sido seducida
por los sonidos graves y delicados,
resistían el trueno
por su final de luz líquida
y tintineo.
Ahora
los pequeños descubrieron una caja
de partituras
y pomadas
y polvo de arroz Feraldy.
En la pascua del 53
el abuelo cayó muerto en escena,
el pato que tocaba el bandoneón
siguió en fervoroso réquiem
hasta que la sala descubrió
que no era cansancio aniquilante
sino
la cierta torcaza que daba su mal amor.
El animal
cayó sobre el instrumento haciéndole
saltar una clavija.
Se fue del mundo aquel amante de la “Paráfrasis
sobre el Díes Iraes”, “La danza de la muerte”
de su amado Liszt, se fue del mundo
bajo réquiem
y una lucecita de bambalinas.


En Acordeón a piano, 1985

28 may. 2011

Alberto Muñoz: Dos textos de "El naturalista"

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Mirar una mosca

Meter una mosca en un frasco, taparlo. Esperar.
Acercar la lupa a la pared de vidrio, anotar todo aquello que presumiblemente pasa por su cabeza: pan, leche, espirales, azúcar, mierda.
Si el insecto palpa la pared vidriosa acercarle estampas que contengan espectáculos del mundo moderno; remover las estampas y anotar en caso de júbilo o decepción.
El envejecimiento de una mosca es apreciable en su sistema óptico, una película viscosa recubre el gran ojo facetado. La mosca del frasco es vieja.
Retirar la tapa del frasco para que el aire se renueve y observar su desvarío: quedarse y participar de los vidrios a los que esta acostumbrada por la complejidad de su sistema visual o huir al mundo que conoce y desconoce.
Opta por lo primero y me da tiempo a buscar una hoja y pinturitas. La dibujo apoyada sobre el vidrio, la trato sin demasiados detalles, un retrato naif. Vuelvo a la libreta y apunto lo nuevo que le pasa por la cabeza: el aluminio es frío, lo nuestro no llega a ser un reino, hoy dormiré sobre un alambre, quisiera morir adentro de este ojo.
Verde el cuerpecito, marrón la cabeza.



Mirar a un león cautivo

Estás ahí, como una enorme bolsa de dinero, entre la indulgencia y los regalos que Dios te ha dado para alegrar tu círculo pavoroso.
Preparan una foto con África de fondo: son niños japoneses de visita en nuestro país.
Ninguno de los niños tiene actitud de cazador. El fondo africano está pintado por ellos y desearían un rugido, pero tu cuerpo inmóvil descansa y sueña. Sus gestos exagerados son para provocarte el rugido ¡que mejor entrega escolar que tu amenaza sobre el decorado de témperas! pero se resignan; nada habrá de mover tu ejemplo rubio y fáustico. Cae una piedra cerca de tu hocico. Los niños japoneses miran al agresor, es un hombre cualquiera, alguien que ha querido colaborar con la fotografía. Levantas tu cabeza monumental y nos miras a todos. Tenemos miedo. Actuando como ese cualquiera, los que presenciamos la escena tomamos piedras del suelo y las arrojamos contra el espantoso decorado africano para que los niños japoneses se vuelvan a Japón y dejen de joder a nuestros leones.



Buenos Aires, Ediciones La Danza, 2010