Mostrando las entradas con la etiqueta Morin Edgar. Mostrar todas las entradas

10 jul. 2012

Edgar Morin: El expulsado que sabe cazar

No hay comentarios. :




Donde no parecía existir otra cosa que un terreno de clara delimitación entre el hombre y el primate, aparece, no sólo un pequeño homínido con un cerebro de reducidas dimensiones (800 cm3), sino también un desconcertante ser ante el que dudamos si presentarlo como un mono (australopiteco) o como un hombre (australántropo) y que no es ni el último de aquellos ni el primero de éstos.

Donde no se veía otra cosa que una fosa, un vacío y un abismo entre el primate y el hombre, aparece el fértil valle de la hominización. Donde aparecía el homo sapiens desprendiéndose de la naturaleza mediante un salto majestuoso para producir con su hermosa inteligencia la técnica, el lenguaje, la sociedad y la cultura, vemos ahora, por el contrario, que la naturaleza, la sociedad, la inteligencia, la técnica, el lenguaje y la cultura colaboran durante algunos millones de años en la coproducción del homo sapiens. Las señas de identidad del hombre se enturbian y surge la confusión. ¿Faber? ¿Socius? El australántropo con un cráneo de 600 cm3 y el Man 1470 con su cráneo de 800 cm3 ya lo son. ¿Faltan aún el lenguaje y la cultura? Tal como veremos, tanto el lenguaje como la cultura deben preceder cronológicamente a sapiens y, lógicamente, condicionar la evolución biológica última que hará alcanzar los 1.500 cm3 a su cerebro. En tales condiciones, el hombre pierde incluso su fecha de nacimiento. Como dice Geertz «los hombres han nacido en una determinada fecha, pero el hombre no» (Geertz, 1966). De hecho, con tal expre¬sión quiere significarse que la humanidad ha nacido varias veces, antes de sapiens, durante sapiens y después de sapiens, y quizá se prepara un nuevo nacimiento para ella en una época futura.


Una morfogénesis multidimensional

Dado que no es posible dar una explicación del hombre tan sólo en base al cerebro de sapiens, pues es el resultado de un proceso de hominización sumamente largo y complejo, nos hallamos tentados de retornar a la base, es decir, a los pies del primate que descendió de los árboles para andar sobre el suelo.

Ante todo, el homínido se distingue del chimpancé no por el peso de su cerebro, ni probablemente por sus aptitudes intelectuales, sino por la locomoción bípeda y la posición vertical. Desde sus orígenes la hominización no dejará de avanzar sobre los pies, tal como ha remarcado con énfasis Leroi-Gourhan (1964). La verticalidad es el elemento decisivo que liberará a la mano de toda actividad locomotora. En este aspecto no debe olvidarse que la oposición del pulgar, acrecentando la fuerza y la precisión de la prensión, convertirá a la mano en un instrumento polivalente. De golpe, el bipedismo abre la posibilidad de evolución que conduce hasta sapiens. La posición vertical libera a la mano, la mano libera a la mandíbula, la verticalización y la liberación de la mandíbula eximen a la caja craneana de las tensiones mecánicas que hasta entonces pesaban sobre ella y ésta puede ensancharse en beneficio de un «inquilino» de mayor volumen.

Pero tal esquema (enderezamiento anatómico —› desarrollo tecnológico —› liberación craneana) en modo alguno puede haber sido casual ni lineal, sino el resultado de la intervención de factores de los más diversos órdenes interaccionándose entre sí. 

Presupone, en efecto, mutaciones genéticas que llevaran a cabo las necesarias transformaciones anatómicas y el aumento del tamaño del cerebro, una «selección» del bipedismo efectuada por un medio natural adecuado (la sabana), un nuevo tipo de vida que, convirtiendo a este animal en presa y predador a la vez, desarrollara aptitudes cerebrales hasta entonces no explotadas sistemáticamente por el chimpancé en una dialéctica pie-mano-cerebro para compelirlo a la utilización de armas defensivas y ofensivas, así como a la construcción de refugios, a iniciar su desarrollo tecnológico en el seno de una nueva praxis y, finalmente, a impulsar un despliegue de la propia complejidad social desarrollada por el nuevo tipo de vida, la nueva praxis, la actualización de las virtualidades cerebrales, y desarrollándolas a su vez.

Son, pues, las múltiples interrelaciones, interacciones e interferencias existentes entre los factores genéticos, ecológicos, práxicos (la caza), cerebrales, sociales y culturales los que nos permitirán concebir el proceso multidimensional de hominización que acarreará finalmente la aparición sobre nuestro planeta de homo sapiens.

La hominización no podrá ser concebida por más tiempo como resultado de una evolución biológica estricta, ni tampoco como producto de estrictas evoluciones espirituales o socio-culturales, sino como una morfogénesis compleja y multidimensional que es la resultante de interferencias genéticas, ecológicas, cerebrales, sociales y culturales.




Tal grado de complejidad es de esperar que nos suma en la confusión desde un principio y, no dejaría de ser tentador buscar un hilo conductor. Pero este hilo conductor no había de ser un rasgo reductor; a pesar de las magníficas hipótesis que han surgido durante la última década para dar una explicación al proceso de homonización (que no sólo han despertado, sino también alimentado en gran parte nuestra reflexión), tienden a reducir el conjunto de procesos que la integran a una dirección privilegiada. No daremos preeminencia ni al aspecto anatómico, que apoya la hominización exclusivamente en los pies, ni al aspecto psicológico, que la apoya en la cabeza, ni al aspecto genético, que se limita a hacer saltar al homínido de mutante en mutante, ni al aspecto ecológico, que se contenía con hacer avanzar a la sabana hacia el homínido y al homínido sobre la sabana, ni al aspecto sociológico, que tan sólo pone en movimiento una dinámica social, a pesar de que Moscovici haya sustituido generosamente la clásica biogénesis del hombre por una sociogénesis más ajustada a la realidad. Todos los aspectos enumerados son esenciales, pero lo son por encima de todo en su relación de unos para con otros. Ello no quiere decir que dejemos a nuestra investigación que se disperse sin rumbo fijo por un laberinto de casualidades, interrelaciones e innovaciones, pues tal como veremos más adelante la cerebralización vincula y aglutina a todo el conjunto de desarrollos organizativos. Sin embargo, repitámoslo una vez más, la última expresión no significa en modo alguno que queramos reducir la hominización al desarrollo cerebral. Significa que vincularemos el desarrollo cerebral a todos los demás, causados por él pero a un mismo tiempo causas de la aparición de éste. Debo hacer hincapié en que el cerebro no será considerado como un «órgano», sino como el epicentro de todo cuanto para nosotros es esencial dentro del proceso de hominización, un proceso de complejificación multidimensional que se desarrolla en función de un principio de auto-organización o autoproducción.

Este principio no pretende en modo alguno ser un deus ex machina, pues presupone, no sólo en su funcionamiento, sino por encima de todo en su evolución, la intervención de sucesos aleatorios, de accidentes, de interacciones. Este principio-guía, que tiene la ventaja de perseguir la inteligibilidad sin imponer una racionalidad o una finalidad a priori, nos permite considerar la hominización como una historia real y «no como una fuerza mística que empuja al hombre a evolucionar según algún principio ortogenético» (Washburn, 1963). En efecto, jamás debe olvidarse que la hominización es un juego de interferencias que presupone la existencia de acontecimientos, eliminaciones, selecciones, integraciones, migraciones, fracasos, éxitos, desastres, innovaciones, desorganizaciones, reorganizaciones.

La hominización no es tan sólo aquello que surge, sino también lo que desaparece, es asimismo la extinción de las especies triunfantes en otro tiempo, australopiteco, homo habilis, Man 1470, homo erectus, homo neanderthalensis, quizá todos y cada uno de ellos cazado y devorado por su sucesor. No se trata de una especie que evoluciona desde los primeros homínidos hasta llegar a homo sapiens. Se trata de saltos esporádicos de especie a especie, de sociedad a sociedad, de individuo a individuo, que tienen lugar durante un período extraordinariamente prolongado en el que el medio natural se modifica a cámara lenta y los individuos y grupos sociales se multiplican de modo invariable. En cada uno de estos saltos aparece, bien como un Adán mutante que deja descendencia, como un Prometeo desconocido que aporta una nueva técnica, o bien como una colonia que quebranta el destierro a que se ve sometido un determinado modelo y lo rehabilita. De tarde en tarde surgen divergencias, disidencias; muchas de ellas fracasan, mientras otras acaban imponiéndose, extendiéndose, y los disidentes que alcanzan el éxito convierten en disidentes a aquellos que anteriormente les habían impulsado a apartarse del grupo.


El rebelde de los bosques y el mutante de las sabanas

Ínfimas perturbaciones en el movimiento de relojería que mantiene la tierra alrededor del sol causan auténticas revoluciones en el universo vivo. Los ecosistemas se transforman, ciertas especies mueren, otras emigran, otras aparecen y se desarrollan. Hacia finales de la era terciaria la sequía hace retroceder al bosque, y la sabana se expande sobre vastas extensiones. Los primeros homínidos, cuyos fósiles aparecen en las regiones afectadas por aquella sequía, son primates africanos que han dejado los árboles, que se han visto privados de los árboles, y que se han afincado en la sabana. 

La suerte de la hominización ha debido ponerse en juego por primera vez entre el bosque y la sabana, allí donde la presión ecológica hacía progresar la sequía, allí donde la presión demográfica para los habitantes del bosque estrechaba el cerco constantemente y hacía retroceder hacia sus linderos a la mayor parte de la población, allí donde las tensiones sociales entre adultos y jóvenes, así como la curiosidad exploradora de los adolescentes, empujaban, tanto por repulsión como por atracción, a los pequeños grupos en el destierro a intentar sobrevivir en tierras de matorrales.

Así pues, tanto las presiones ecológica y demográfica como los antagonismos estructurales inherentes a la sociedad compleja de los antropoides han concurrido para favorecer el exilio definitivo de un grupo mutante al que el bipedismo iba a permitir superar los problemas fundamentales de supervivencia que presentaba la sabana de una forma diversa a la adoptada por las bandas de babuinos (cf. p. 76). La hominización tiene sus orígenes en la conjunción de una desgracia ecológica, una desviación genética y una disidencia sociológica, o en otros términos, a causa de una modificación en la autorreproducción del ecosistema (bosque convirtiéndose en sabana), una modificación en la autorreproducción genética de un primate evolucionado (mutación) y una modificación en el curso de una autorreproducción sociológica, consistente en la escisión de un grupo juvenil para fundar una colonia extraterritorial. Por consiguiente, parece ser que los anormales, los rechazados, los heimatlos, los aventureros, los rebeldes, son los iniciadores de la revolución representada por el proceso de hominización. El mutante de las sabanas presupone la existencia del rebelde de los bosques. Pero éste, para dar con la solución revolucionaria, necesitaba transformarse en el mutante de las sabanas.

La sustitución progresiva de una sabana agresiva y cruel por la selva protectora y abastecedora de alimentos estimula y encauza el proceso de hominización. La sabana crea las condiciones necesarias para que las aptitudes bípedas, bimanas y cerebrales sean empleadas a pleno rendimiento gracias a las necesidades y peligros que entraña. En efecto, el nuevo ecosistema aporta sus coacciones, sus orientaciones y peligros, que se convierten en estímulos para desarrollar aptitudes de todo tipo que pudieran ya existir en el antepasado de los bosques, quien, pariente del chimpancé, poseía ya un cerebro despierto, una mirada aguda y un apetito omnívoro aptos para transformar una rama en garrote y un guijarro en proyectil, y para acosar colectivamente a pequeños mamíferos. La desaparición de los árboles arroja a los peligros de la sabana a un ser que ofrece su sexo y abdomen a la garra y a los colmillos del depredador. La búsqueda de alimento se hace peligrosa y, además, difícil si la presa es rara y huidiza; la vigilancia, la atención y la artimaña se hacen vitales. Se hace necesario poder interpretar por sus signos los más tenues movimientos, los indicios de huellas más sutiles. Es necesario estar preparado, individual y colectivamente, para la defensa y, cuando es necesario cazar, para el ataque.

Bajo tales condiciones se van extendiendo por la sabana pequeños grupos que, aunque probablemente salidos de un mismo tronco, con el paso de centenares de miles o de millones de años se irán diferenciando genéticamente, pero que no por ello dejarán de coexistir y practicar en un principio el mismo tipo de vida pedestre, manual e inteligente que comportaba la utilización de bastones y piedras para la defensa o el ataque y la construcción de rudimentarios refugios. Posteriormente serán estos mismos seres los que a través de una serie de mutaciones genéticas adquirirán aptitudes cada vez más complejas (oposición entre pulgar e índice, enderezamiento total de su cuerpo, aumento del volumen y, por consiguiente, de la complejidad de su cerebro) que les permitirán lanzarse a la aventura cinegética.

Es posible que inicialmente hayan sido los pesados y vegetarianos «australopitecus robustos» quienes, al monopolizar los escasos alimentos vegetales, hayan empujado a los gráciles mutantes omnívoros a orientar su alimentación hacia el mundo animal, quizá a la búsqueda de carroñas, pero por encima de todo, a la caza de pequeñas presas. Como consecuencia, será sobre estos seres gráciles sobre los que actuarán las presiones selectivas en favor de todo aquello que tienda a desarrollar la agilidad, la habilidad, la técnica, es decir, aquellos rasgos cada vez más y más hominizados. El pie de los mutantes se verá forzado, mucho más que en el caso de los vegetarianos, a resistir marchas cada vez más prolongadas, es decir, a explorar, a correr para perseguir o para huir; por el contrario las cuadrillas de robustos vegetarianos no tienen necesidad de dispersarse, galopar o batirse en retirada precipitadamente. Todos los rasgos anatómicos, y sus correspondientes aptitudes, que le permitan no sólo correr con cierta rapidez durante largo tiempo, sino huir arrastrando una presa o perseguirla blandiendo un bastón o con una piedra en la mano, se irán desarrollando en el cazador expulsado. La oposición de pulgar e índice se acusará en homo habilis y en Man 1470, dándoles la fuerza y la precisión necesarias para la aprensión de objetos y, por encima de todo, para conseguir su transformación. A partir de este momento la mano no deja de actuar continuamente en los más diversos menesteres y la técnica, que en el chimpancé hippie de los bosques sólo emergía en pálidos destellos y que se limitaba casi exclusivamente a funciones de defensa en el seno de los grupos formados por los pesados vegetarianos, se convierte en una característica permanente del homínido grácil. En adelante, técnica y praxis cinegética podrán desarrollarse paralelamente.

Los pequeños homínidos, originariamente muy débiles (al menos uno de ellos), fueron ganando en agilidad, habilidad e inteligencia. De forma progresiva fueron mejorando, genética, anatómica, técnica y prácticamente, acabando por patentizar una superioridad manifiesta respecto a los robustos. Sin duda alguna ambos tipos pudieron coexistir durante largo tiempo de forma más o menos pacífica en la medida en que sus alimentaciones fueran suficientes o bien diferentes. Pero en el preciso instante en que se suscitó la competencia, ya fuera bajo la presión demográfica, ya fuera a causa del acrecentamiento de la sequedad, los más hominizados acabaron suplantando a los otros, sea empujándolos hacia territorios cada vez más estériles, sea convirtiéndolos en presa de sus cacerías. A continuación, el más desarrollado de entre los gráciles, es decir, el poseedor de un mayor cerebro (que con toda probabilidad debía corresponder al de talla superior), fue quien acabó dominando a los demás.

Así pues, es el nuevo ecosistema, la sabana, el que desencadena la dialéctica (fenoménica y genética) pie-mano-cerebro, madre de la técnica y de todo ulterior desarrollo. Posteriormente favoreció todo acrecentamiento en las cualidades y aptitudes del cazador expulsado y después creó las condiciones competitivas entre las diversas especies coexistentes que han conducido por fin a la victoria en solitario del homínido dotado del cerebro más evolucionado.

Una relación cada vez más intensa y compleja se va estableciendo entre ecosistema y homínido. Para el cazador expulsado que se mantiene al acecho, el ecosistema es un emisor de informaciones múltiples que de forma progresiva irá descifrando más sutilmente. Desde este punto de vista el ecosistema es coproductor y co-organizador de la caza, praxis productiva y organizativa que hiperestimulará su desarrollo físico, cerebral, técnico, cooperativo y social.


La caza civilizadora

Era sabido desde épocas bastante pretéritas que cronológicamente la caza había marcado de forma determinante el destino de la humanidad. Sin embargo se ignoraba que su impronta sobre el proceso de hominización no era simplemente cronológica sino también lógica. Man the hunter: El título de esta obra fundamental (Lee y De Vore, 1968) debe ser interpretado en el sentido de la formulación de Serge Moscovici, quien nos sugiere que observemos cómo «el cazador se convirtió en hombre y no cómo el hombre se convirtió en cazador» (Moscovici, 1972, p. 102). Lo propio de homo sapiens será conseguir emanciparse de la caza que, a su vez, le había emancipado en épocas pretéritas. Pero deberá esperar. La caza se inicia hace algunos millones de años, progresa lentamente, se acentúa su desarrollo, y se acelera en los últimos 500.000 años. Homo sapiens la cultiva como forma de subsistencia y alcanza su pleno apogeo durante el período magdaleniense; no desaparecerá como eje del desarrollo de la humanidad hasta estos 8.000 últimos años y sobrevive aún en algunas regiones desheredadas de África, Australia y Asia.

La caza es el gran continuum en una evolución que ha visto sucederse discontinuamente unas especies a otras, desde el homínido de pequeño cráneo hasta el sapiens de gran cerebro.

La caza debe ser considerada como un fenómeno humano total, pues no sólo actualizará y exaltará las aptitudes débilmente utilizadas y suscitará otras nuevas, no sólo se limitará a transformar la relación entre el hombre y su medio ambiente, sino que transformará la relación de hombre a hombre, de hombre a mujer, de adulto a joven. Más aún, su propio desarrollo, correlativamente a las transformaciones operadas, acabará transformando al individuo, a la sociedad, a la especie. Pisamos por fin el sólido terreno del transformismo antropológico, desdeñado, mal conocido o rechazado, tanto por el biologismo como por el antropologismo, que ha emergido a la luz del día durante estos últimos años gracias a las obras pioneras de investigadores marginales.

La caza en la sabana da habilidad y capacita al homínido, convirtiéndole en un ser capaz de interpretar un gran número de ambiguos y tenues estímulos sensoriales. Tales estímulos se convierten en señales, indicios, mensajes, y aquel que sólo era capaz de reconocer ya puede conocer. Pone frente a frente la inteligencia con lo más hábil y astuto que existe en la naturaleza, la lucha entre la presa y el depredador, con sus disimulos, maniobras y equivocaciones mutuas. Le obliga a encontrarse frente a y competir con lo más peligroso que existe: el gran carnívoro. Estimula sus aptitudes estratégicas: atención, tenacidad*, combatividad, audacia, astucia, señuelo, trampa, acecho.

Sin duda alguna la larga aventura tiene sus orígenes en las depredaciones menores y esporádicas realizadas por los monos superiores omnívoros. Posteriormente, desde los primeros homínidos hasta llegar a homo sapiens, la práctica de la caza se convierte progresivamente en algo más básico, más organizado, más organizador. Pasa de la caza de pequeñas piezas a la caza media, de la caza furtiva y temerosa a la caza con lucha y con peligro, de la búsqueda de presas al azar a la búsqueda orientada según indicios, de la simple detección al rastreo perseverante, de la táctica improvisada a la estrategia experimentada, de las precauciones y los ardides a la ingeniosidad de la trampa y de la emboscada, de las armas groseras y polivalentes a las armas delicadas y especializadas.

La caza intensifica y da complejidad a la dialéctica pie-mano-cerebro-herramienta, que a su vez intensifica y hace compleja a la caza. Esta dialéctica entraña el desarrollo técnico que afina y diversifica el arma y la herramienta, a la vez que introduce mejoras en el acondicionamiento de los refugios. Entre 700 u 800.000 años antes de nuestra era empieza a utilizarse el fuego. El fuego no debe concebirse exclusivamente como una innovación que acrecienta el savoir-faire y hace posible la utilización técnica de materiales leñosos. Se trata en realidad de una adquisición de alcance multidimensional. La predigestión externa de los alimentos pasados por el fuego aligera el trabajo del aparato digestivo; a diferencia del carnívoro que se sume en un pesado sueño digestivo después de devorar a su presa, el homínido, dueño del fuego, tiene la posibilidad de hallarse activo y alerta después de haber comido; el fuego libera la vigilia y lo propio hace con el sueño, pues da seguridad tanto a la expedición nocturna de cazadores como a las mujeres y niños que han quedado en el refugio sedentario; el fuego crea el hogar, lugar de protección y refugio; el fuego permite al hombre dormir profundamente, a diferencia de los demás animales que deben descansar siempre en un estado de alerta. Quizá el fuego haya incluso favorecido el incremento y la libertad de los sueños...

Por otro lado, la cocción favorece nuevas mutaciones hominizantes que tienden a reducir la mandíbula y la dentición, así como a liberar la caja craneana de parte de sus tareas mecánicas, con lo cual se favorece el crecimiento del volumen del cerebro. También completa y amplifica la dialéctica mano-herramienta que favorece el desarrollo cerebral, tanto en el plano filogenético como en el de la praxis fenoménica.

Finalmente, el desarrollo de la caza y sus consecuencias desempeñan un papel transformador de primer orden en el terreno social, pues caminan al unísono con una sociogénesis que disocia el modelo social creado por el homínido del que caracteriza a las sociedades de los primates más avanzados y constituye un nuevo tipo de sociedad a la que a partir de ahora llamaremos paleosociedad.



* Quizá el defecto genético de la no-metabolización del ácido úrico aparecido en época muy temprana y su sobretasa tóxica para las células cerebrales parece desempeñar un cierto papel en la formación de este carácter tan extendido en la humanidad, la tenacidad llevada hasta límites extremos (achievement). Evidentemente, este defecto no podía por más que constituir una ventaja de orden selectivo teniendo en cuenta las condiciones y el grupo en que alcanzó difusión (C. Escoffier-Lambiotte, 1971).

En El paradigma perdido 
Traducción: Doménec Bergada
© Editions du Seuil, 1973
© de la edición en castellano: 1974 by Editorial Kairós, S.A.
Foto © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

21 sept. 2011

Edgar Morín - El mensaje del chimpancé

No hay comentarios. :





Entre todos los primates vivientes, el más próximo al hombre desde todos los puntos de vista es el chimpancé. El estudio llevado a cabo por J. van Lawick-Goodall (1971) nos ha aportado un testimonio de incalculable valor sobre una sociedad de chimpancés en libertad. El chimpancé es omnívoro y ocasionalmente carnívoro. Practica ocasionalmente la caza y es posible observar a un mismo tiempo cooperación y estrategia de acorralamiento y distracción cuando su objetivo es cobrar pequeños potamoqueros. Ocasionalmente se sirve de bastones que blande contra un adversario de otra especie y, también de modo ocasional, da forma a una herramienta, es decir, modifica un objeto natural, como sucede con esa especie de canuto que introduce en el termitero para succionar las termitas. Ocasionalmente anda o corre apoyándose tan sólo en sus miembros posteriores. Como muy bien ha destacado Moscovici, manifiesta de forma esporádica y ocasional algunos de los rasgos hasta hace poco considerados como específicos de la especie humana, para la que se han convertido en básicos y permanentes: la caza, la técnica y el bipedismo.

Entre los chimpancés la relación madre-hijo es particularmente prolongada: 4 años. La pubertad se manifiesta relativamente tarde, entre los 7 y 8 años, y la adolescencia social acostumbra a durar otros 7 u 8 años más. Los sentimientos afectivos de ternura y amistad parecen hallarse particularmente desarrollados entre ellos. El hijo mantiene durante mucho tiempo, una especial relación con su madre, probablemente hasta su muerte; el hermano y la hermana que han sido educados conjuntamente siguen siendo amigos a lo largo de toda su vida. El chimpancé transporta al campo de las amistades adolescentes las manifestaciones de ternura como abrazos y proto-besos (lips-smacking). De modo idéntico a como sucede con el hombre (aspecto muy frecuentemente olvidado), para el chimpancé la mano es un instrumento de comunicación afectiva: caricias, apretones de manos. Incluso es fácil ver cómo dos jóvenes amigos salen de paseo dándose el brazo.

El chimpancé no sólo es afectuoso, también es profundamente afectivo, y este aspecto le aproxima asimismo al hombre. Es emotivo, ansioso, juguetón, entra fácilmente en resonancia con la vida del medio ambiente que le rodea y se observa la aparición de instrumentación rítmica y danza en los brotes de «carnaval» que organiza (Reynolds).

El desarrollo de la afectividad va paralelo (e incluso creemos que se halla vinculado con él) al desarrollo de la inteligencia. Desde hace ya bastante tiempo se había hecho hincapié en la capacidad de adaptación a condiciones de vida sumamente diversas que posee el chimpancé, capacidad que se traduce en múltiples manifestaciones de ingenio. Se habían llevado a cabo en el laboratorio experimentos célebres en los que el chimpancé resolvía problemas tales como coger un plátano que parecía hallarse fuera de su alcance. Sin embargo ha sido necesario alcanzar los últimos años de la década de los 60 para que dos tipos de experimento, el de Premack (1971) sobre el chimpancé Sarah y el de Gardner (1969, 1971) sobre el chimpancé Washoe, nos revelaran aptitudes intelectuales invisibles hasta entonces para el observador o inexplotadas en las condiciones naturales en que se desenvuelve su existencia social. Todas las tentativas anteriores para enseñar el lenguaje humano a jóvenes chimpancés habían fracasado hasta entonces y la teoría dominante al respecto era de que el chimpancé no podía disponer de la aptitud cerebral necesaria al aprendizaje y uso del lenguaje. Los Gardner han enseñado a Washoe los rudimentos de un lenguaje de gestos basado en el que emplean los sordomudos. Premack ha enseñado a Sarah un lenguaje compuesto por signos escritos sobre fichas. Washoe disponía a los cinco años de edad de un repertorio compuesto por 550 símbolos (entre ellos, vamos, dulce, sucio, abrir, juguemos al escondite, etc.) que utilizaba para construir determinadas frases según una sintaxis elemental. Asimismo. Sarah podía dialogar con Premack componiendo frases con los signos dibujados en sus fichas. Parece ser, pues, que lo que le falta al chimpancó para, disponer de un sistema de comunicaciones más rico que el que le basta para su existencia hippie en el bosque no es la aptitud cerebral, sino la aptitud glótica y el estímulo social necesarios. Más aún que el hecho de ser perfectamente apto para emplear de forma elemental un lenguaje no fonético y, evidentemente, no alfabético, lo que se puso de manifiesto, precisamente a través de su aptitud para emplear tal lenguaje, es que el joven chimpancé poseía dos cualidades que se creían sólidamente vinculadas a la cultura e inteligencia humanas, la conciencia de su propia identidad y el ejercicio de la computación. Una película filmada por los Gardner nos revela el primero de los aspectos apuntados. Washoe se divertía mucho con un espejo. Un día el ayudante de los Gardner le preguntó por gestos, señalando la imagen reflejada en el espejo, «¿quién es éste?» y Washoe respondió:  «Yo (índice señalando a su pecho), Washoe (caricia sobre una de sus orejas que, convencionalmente, significaba Washoe).

Por su parte, Gallup (1970) confirmaba de forma ingeniosa el descubrimiento dejando a una serie de chimpancés que se miraran en un espejo, durmiéndoles posteriormente y embadurnándoles las mejillas durante el sueño. Al despertar, todos los chimpancés se llevaban las manos a sus mejillas en cuanto se les colocaba ante un espejo.

Tomados aisladamente, los dos experimentos que acabamos de indicar tal vez puedan ser sospechosos de ser el producto de un azar seleccionado por investigadores demasiado ávidos por demostrar su tesis o el resultado mimético de una conducta sugerida por los experimentadores. Sin embargo, la convergencia de sus resultados nos autoriza a poner ya en entredicho el dogma que reserva exclusivamente al hombre, no sólo la conciencia de su propia identidad, sino también la vinculación existente entre el ego subjetivo y la imagen objetiva de sí mismo.

Por otro lado, Premack observó cómo Sarah efectuaba operaciones lógicas en problemas planteados en base a objetos empíricos, es decir, que manifestaba poseer a un mismo tiempo pensamiento y conocimiento. Previamente había introducido en su lenguaje, a través de signos gráficos, los símbolos de identidad, equivalencia, diferencia, posible, imposible, más, menos, afirmación y negación. El «yo» de Washoe y el «pienso» de Sarah constituyen, una vez relacionados, un extraordinario cogito simiesco: «yo pienso». Bien es verdad que el simio no podía operar este cogito valiéndose exclusivamente de sus propios medios y que le ha sido necesaria la ayuda tutelar del hombre. Aunque así sea, no por ello deja de transmitirnos un mensaje preexistente a nuestra ayuda: «Yo, yo soy capaz de pensar»



En El paradigma perdido
Traducción: Doménec Bergada
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis