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20 dic. 2013

Salman Rushdie: La Bella y la Bestia (fragmento)

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Una vez, uno de los Mayores Poetas Vivientes del mundo me explicó —nosotros, los simples emborronadores de prosa, tenemos que acudir a los poetas en busca de sabiduría, razón por la que este libro está plagado de ellos; mi amigo, colgado cabeza abajo, al que le sacaron la poesía a cintarazos, y Babar Shakil, que quiso ser poeta, y supongo que Omar Khayyam, al que le pusieron el nombre de uno aunque nunca llegara a serlo— que la fábula clásica de La Bella y la Bestia es, sencillamente, la historia de un matrimonio concertado.

—Un comerciante ha tenido mala suerte, de forma que promete su hija a un terrateniente rico pero solitario. Bestia Sahib, y recibe a cambio una dote generosa... un gran cofre, creo, de gruesas monedas de oro. Bella Bibi se casa obedientemente con el zamindar, reconstituyendo la fortuna de su padre y, como es natural, su marido, un completo extraño, le parece al principio horrible, hasta monstruoso. Sin embargo, con el tiempo, bajo la influencia benéfica de su amor obediente, él se convierte en príncipe. 

—¿Quieres decir —sugerí yo— que hereda un título? —El Gran Poeta Viviente me miró con tolerancia, echando atrás su melena plateada que le llegaba a los hombros.

—Esa es una observación burguesa —me regañó—. No, naturalmente, la transformación no se produjo en su condición social ni en su personalidad real, corpórea, sino en la forma en que ella lo veía. Imagínatelos acercándose mutuamente, aproximándose con los años desde los polos opuestos de la Belleza y la Bestialidad, para convertirse al fin, felizmente, en simples Marido y Mujer. 

El Gran Poeta Viviente era conocido por sus ideas radicales y por la caótica complejidad de su vida amorosa extramarítal, de modo que pensé que le agradaría comentando maliciosamente: 

—¿Por qué los cuentos de hadas consideran siempre que el matrimonio es el final? ¿Y por qué es siempre un final tan feliz?

Pero en lugar del guiño entre-hombres o de la carcajada que esperaba yo (era muy joven), el Gran Poeta Viviente adoptó una expresión seria. 

—Esa es una pregunta muy masculina —respondió—, ninguna mujer se plantearía eso. La tesis de la fábula es clara. La mujer tiene que hacer de tripas corazón; porque si no ama al Hombre, bueno, él muere, la Bestia perece, y la Mujer se queda viuda, es decir, es menos que una hija, menos que una esposa, algo sin valor. —Suavemente, bebió un traguito de su whisky escocés. 

—¿Ysi, ysi —tartamudeé yo—, quiero decir, tío, ysi la chica no puede soportar realmente al marido que le han escogido? —El Poeta, que había empezado a tararear versos persas en voz baja, frunció el ceño, con decepción distante.

—Te has occidentalizado demasiado —me dijo—. Deberías pasar algún tiempo, unos siete años o cosa así, no demasiado, con las gentes de nuestras aldeas. Entonces comprenderías que se trata de una historia completamente oriental, y te dejarías de esas idioteces de ysis.

Por desgracia, el Gran Poeta no vive ya, de forma que no puedo preguntarle: ¿ysi la historia de Buenas Noticias Hyder fuera cierta? Tampoco puedo esperar contar con su consejo en un tema aún más espinoso: ¿ysi, ysi una Bestiaji estuviera de algún modo acechando dentro de Bella Bibi? ¿Ysi la bella fuera la bestia? Pero creo que hubiera dicho que estaba confundiendo las cosas: «Como ha mostrado el Sr. Stevenson en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde, esas combinaciones de santo-y-monstruo son imaginables en el Hombre; ésa es, ¡ay! nuestra naturaleza. Pero la esencia misma de la Mujer rechaza tal posibilidad.

Es posible que el lector haya adivinado, por mis últimos ysis que tengo dos matrimonios que describir; y el segundo, que espera en la periferia del primero, es, desde luego, la nikah, hace tiempo insinuada, de Sufiya Zinobia y Omar Khayyam Shakil.


Omar Khayyam se armó por fin del valor necesario para pedir la mano de Sufiya Zinobia cuando supo de los esponsales de su hermana menor. Cuando llegó, cincuentón gris y respetable, a la casa de mármol de ella y formuló su extraordinaria petición, Maulana Dawood, el santón inverosímilmente viejo y decrépito, soltó un alarido que hizo que Raza Hyder buscase con la mirada los demonios.

—Engendro de brujas obscenas —le dijo Dagwood a Shakil—, desde el día en que bajaste al suelo en la máquina de la iniquidad de tus madres te conocí. ¡Qué asquerosas sugerencias vienes a hacer en esta casa de amantes de Dios! Que tu estancia en el infierno dure más de mil vidas.

—La furia de Maulana Dawood produjo en Bilquis un talante de perversa obstinación. En aquellos tiempos todavía era dada a cerrar las puertas con furia, para defenderse de las incursiones del viento de la tarde; la luz de sus ojos era un poco demasiado brillante. Pero el compromiso de Buenas Noticias había dado una nueva finalidad a su vida, como había esperado Rani; de forma que le habló a Omar Khayyam con algo bastante aproximado a su antigua arrogancia:

—Comprendemos que hayas tenido que presentar tu propia proposición a causa de la ausencia de tos miembros de tu familia en esta ciudad. Perdonamos la irregularidad, pero ahora tenemos que deliberar en privado. Nuestra decisión se te comunicará a su debido tiempo.

—Raza Hyder, sin habla por la reaparición de la antigua Bilquis, no pudo mostrar su desacuerdo hasta que Shakil se había marchado; Omar Khayyam, al levantarse y ponerse el sombrero gris sobre el pelo gris, fue traicionado por un súbito enrojecimiento bajo la palidez de su piel.

—Ruborizarse —chilló Maulana Dawood alargando un dedo de uña afilada— es sólo un truco. Esas personas no tienen vergüenza.

Después de que Sufiya Zinobia se recuperó de la catástrofe inmunológica que siguió a la matanza de los pavos, Raza Hyder descubrió que no podía seguir viéndola a través del velo de la decepción por su sexo. El recuerdo de la ternura con que se la había llevado del escenario de su sonambúlica violencia se negaba a abandonarlo, lo mismo que la conciencia de que, cuando ella estaba enferma, se había visto asaltado por emociones que sólo podían describirse como surgidas del amor paterno. En pocas palabras, Hyder había cambiado de opinión con respecto a su hija retrasada, y había empezado a jugar con ella, enorgulleciéndose de sus pequeñísimos progresos. Con el ayah Shahbanou, el gran héroe de guerra jugaba a ser un tren o una apisonadora o una grúa, y levantaba a la niña y la tiraba por los aires como si realmente fuera aún la niña pequeña cuyo cerebro ella había tenido que conservar. Ese comportamiento nuevo había dejado perpleja a Bilquis, cuyo afecto seguía concentrado en la hija menor... En cualquier caso, el estado de Sufiya Zinobia había mejorado. Había crecido dos pulgadas y media, y ganado algo de peso, y su edad mental había aumentado hasta unos seis años y medio. Tenía diecinueve años, y había concebido por su padre, últimamente adorable, una versión infantil de la misma devoción que Arjumand sentía por su padre el presidente.

—Hombres —le dijo Bilquis a Rani por teléfono—, no te puedes fiar de ellos.

En cuanto a Omar Khayyam: se ha examinado ya la complejidad de sus motivos. Se había pasado siete años sin poder curarse de la obsesión que lo libraba de sus ataques de vértigo, pero durante esos años de lucha se las había arreglado también para reconocer a Sufiya Zinobia con intervalos regulares, y se había congraciado con su padre, aprovechando la gratitud que Raza sentía hacia él por haber salvado la vida de su hija. Pero una proposición de matrimonio era algo muy distinto y, cuando estuvo fuera de la casa, Raza Hyder  comenzó a expresar sus dudas.

—Es un hombre gordo —razonó Raza—. Y además feo. Y tampoco hay que olvidar su pasado libertino.

—Una vida de libertinaje de un hijo de personas libertinas —añadió Dawood—, y un hermano fusilado por motivos políticos.

Pero Bilquis no aludió a su recuerdo de Shakil borracho en Mohenjo. En lugar de ello dijo:

—¿Dónde vamos a encontrar mejor partido para la chica?

Raza comprendió entonces que su mujer estaba tan ansiosa por deshacerse de aquella niña difícil como de perder de vista a su amada Buenas Noticias. La comprensión de que había en ello una especie de simetría, algo así como un intercambio justo, debilitó su resolución, de forma que Bilquis detectó en su voz la incertidumbre cuando él preguntó:

—Pero se trata de una niña deteriorada: ¿debemos buscarle un marido? ¿No deberíamos aceptar nuestra responsabilidad, esposa? ¿Qué sentido tiene todo esto del matrimonio cuando se trata de una niña así?

—Ya no es estúpida —adujo Bilquis—, se sabe vestir sola e ir al retrete, y no moja la cama.

—Por amor del cielo —gritó Raza—, ¿es que eso la capacita para ser una esposa?

—Esa baba de renacuajo —exclamó Dagwood—, ese mensajero de Shaitán. Ha venido con su proposición para dividir a esta santa casa.

—Su vocabulario está aumentando —añadió Bilquis—, se sienta con Shahbanou y le dice a la dhobi lo que tiene que lavar. Es capaz de contar la ropa y de manejar dinero.

—Pero es una niña —dijo Raza desesperadamente.

Bilquis se hizo más fuerte a medida que él flojeaba.

—En un cuerpo de mujer —respondió—, la niña no se ve por ninguna parte. Una mujer no tiene que ser una calculadora. En opinión de mucha gente, la inteligencia es un auténtico inconveniente para una mujer casada. Le gusta meterse en la cocina y ayudar al khansama en su trabajo. En el bazar, sabe distinguir la verdura buena de la mala. Tú mismo has elogiado sus chutneys. Sabe cuando los criados no han sacado brillo a los muebles como es debido. Lleva sostén y, también en otros sentidos, su cuerpo se ha convertido en el de una mujer adulta. Y ni siquiera se sonroja.

Eso era verdad. Los alarmantes rubores de Sufiya Zinobia pertenecían, al parecer, al pasado; y tampoco se había repetido la violencia asesina de pavos. Era como si la chica hubiera quedado curada por su única y devastadora explosión de vergüenza. 

—Es posible —dijo Raza Hyder lentamente— que me preocupe demasiado.

—Además —dijo Bilquis con tono definitivo—, ese hombre es su médico. Le salvó la vida. ¿En qué manos podríamos ponerla que estuviera más segura? En las de nadie, te lo digo yo. Esa proposición nos viene del cielo.

—Tápate los oídos —chilló Dawood—, ¡tobah, tobah! Pero tu Dios es grande, grande en su grandeza, y quizá te perdone esa blasfemia.

Raza Hyder parecía viejo y triste. 

—Enviaremos a Shahbanou con ella —insistió—. Y la boda será tranquila., Demasiado jaleo podría asustarla.

—Déjame que acabe con Buenas Noticias —dijo Bilquis encantada—, y tendremos una boda tan tranquila que sólo cantarán los pájaros. 

Maulana Dawood se retiró del escenario de su derrota. —Las chicas se casan en orden equivocado —dijo al marcharse—. Lo que empezó con un collar de zapatos no puede terminar bien.



En Vergüënza, Cap. 8
Título original: Shame (1983)
Barcelona, 1985
Traducción de Miguel Sáenz
Foto: Inge Morath:Salman Rushdie with Arthur Miller in a restaurant, London 1993

24 abr. 2013

Doris Lessing: Su larga cabellera ondeando al viento

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La leyenda dice que Apolo, en un momento de solaz, volvió la mirada hacia aquellos pequeños seres terrenales que perseguían afanosamente sus destinos, como es nuestro deber. Al ver a Casandra, joven y deliciosa, le dijo: «Y bien, ¿qué tal uno rápido? No vas a perder nada. Es más, te daré el poder de la profecía». «No me importa tenerlo», repuso ella, pero una vez supo que podía predecir el futuro no hizo honor a su palabra. Apolo se enfadó. Y además era vengativo, una cualidad admirada por aquel entonces. «Al menos déjame besarte», le dijo, y ella accedió. Con ese beso le quitó la mitad de su regalo; podría profetizar, sí, pero nadie la creería. Algunas versiones dicen que Apolo le insufló su aliento en la boca; otras, no menos remilgadas, que «le quitó el aliento». Lo que en verdad sucedió, al parecer, fue que le escupió en la boca, como una serpiente. Los orígenes de Casandra se entrelazan con serpientes. Sus padres eran borrachos y olvidadizos; un día, después de una juerga, la abandonaron junto con su hermano gemelo en un santuario. Cuando, llena de arrepentimiento, la pareja regresó en busca de sus niños, «las serpientes sagradas del santuario les lamían los oídos». Ésta es una versión del modo en que Casandra recibió el poder de profetizar.

Con «su cabellera ondeando al viento», Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, advirtió a su padre de la desastrosa guerra que se avecinaba, pero nadie le hizo caso. Troya, a su vez, también contribuyó a iniciar la guerra, pues cometió algunos desaciertos; no se puede echar toda la culpa a la bella Helena. Ambos bandos actuaron como si fuese lo indicado para que la contienda resultase inevitable. Empezó porque tenía que empezar. Luego siguió su curso.

No faltó lo que nosotros llamaríamos colaboracionismo. La propia Casandra, hija del rey de Troya, tuvo dos hijos con Agamenón, rey de las fuerzas agresoras. En cuanto a Helena, hay que decir que se trata de un caso interesante. En las versiones resumidas de la historia, o en versiones infantiles, se nos presenta pasiva, pasada de mano en mano, jugada a los dados, codiciada, disputada, inocente de todo ello; como una muñeca, o una estatua sonriente imbuida de santidad. Por ser la hija de Zeus, se la consideraba divina. ¿Era bella porque era divina, o divina porque era bella? Se decía que toda Troya estaba enamorada de ella; parecería la Virgen María de algunos países. Pero resulta mucho más atractivo creer que fue irresistiblemente bella.

Y ciertamente no fue pasiva.

Tanto ella como Casandra a menudo reflejaban diferentes facetas del mismo atributo; uno de los epítetos o alabanzas con que se bautizó a Casandra fue: «la que enreda a los hombres».

A Casandra la enviaron de regreso a Micenas con el botín de guerra, como propiedad de Agamenón. Clitemnestra, celosa de ella, la condenó a muerte. Casandra se enteró del complot para acabar con la vida de ella y de Agamenón; podía «oler la sangre». Ciertamente, aun sin el olor a sangre no era muy difícil adivinar que la esposa de su amante pudiese estar enfadada. Se negó a entrar en la habitación donde Agamenón, su amante, su enemigo, el padre de sus dos hijos, estaba siendo degollado. Si no lo hubiesen matado, ella, por supuesto, habría seguido, en sus momentos de mayor desasosiego, haciendo sus inteligentes predicciones con su cabellera suelta y ondeando libre.

Y nadie le habría hecho el mínimo caso.

Ahora es otra cosa. Hemos cambiado, y también nuestra opinión sobre los dioses ha cambiado. (En cualquier momento nuestra visión de éstos puede compararse con un papel de tornasol, o un contador Geiger, una medida de nuestro desarrollo, o nuestra fase en la evolución.) Ya no son vengativos ni malhumorados ni seres caprichosos que juegan con el destino de los hombres, apareándose cuando les viene en gana con cualquier bonita mortal, dados a payasadas y vergonzosas bromas pesadas. Podemos imaginarlos rumiando su preocupación por los desatinos humanos, preguntándose cuándo, si acaso alguna vez, sus protegidos aprenderán a tener sentido común. «Si sólo pudiesen lograr una pizca de Nuestro nous! ¿No es ya hora de que absorban Nuestro sentido de la previsión, del futuro, la habilidad de prever el resultado de lo que hacen, de lo que piensan? Siempre estamos haciendo cuanto podemos para prevenir esta o aquella estupidez; aunque, por supuesto, pocas veces reconocen Nuestra intervención en sus asuntos, ya que son demasiado engreídos. Ponemos ideas en sus mentes y ellos las creen propias. Así es, hacemos tanto como nos permiten hacer. Y siempre hay un grupito, gente maravillosa que trata de acercarse a Nosotros, ser como Nosotros, absorber Nuestra sabiduría; y es a través de ellos que logramos ejercer alguna influencia sobre el destino de los hombres. Pero les falta aprender la primera regla: saber cuándo hablar y cuándo callar. El problema está en que varios de ellos, cuando apenas alcanzan a percibir cómo somos, pierden la cabeza y creen saberlo todo; se sueltan el pelo y siguen la corriente. No quieren andar el largo y aburrido camino de la preparación de sí mismos para estar a la altura de tener una conversación con Nosotros, nada de eso, en su lugar corren de un lado a otro, balbuceando cosas sobre la Perspicacia y la Intuición, imbuidos de sí mismos, suministrando fragmentos de información inoportuna, fuera de contexto y de momento: santos, profetas, mártires...»

Lo que me gustaría saber es quién, además de Casandra, estuvo hablando de la inminente guerra en el palacio de Príamo. ¿Sólo Casandra? Por supuesto que no. Probablemente fueran unos cuantos, una minoría considerable para la cual el nombre de Casandra constituía un símbolo. Era una princesa enloquecida, de largas trenzas, que no paraba de lamentarse; pero en las cocinas, las viejas esposas que ya lo habían visto todo murmuraban entristecidas. Un pordiosero que había sido soldado, lisiado en una guerra anterior, y que frecuentaba las almenas de Troya, tomaba por el brazo a cuanta persona pasaba por allí y le gritaba (pues era un poco sordo por una herida de lanza): «Esta guerra será una calamidad para todos nosotros, no sólo para los griegos». El pobre había perdido el juicio, y todos sabían que Casandra era demasiado histérica para su propio bien.

En un tiempo muy remoto existieron personas especiales, individuos con talento para profetizar. Había unos pocos en cada palacio, poblado o granja. Ahora son una multitud. En estos días Casandra no es un ser inspirado por los dioses, ni una vieja llorona abandonada en una esquina, ni un soldado veterano que lo perdió todo en alguna guerra. Casandra es un grito de alerta que viene de todas partes, en particular de los científicos, cuya función es saber qué puede suceder, de la gente de todas partes que se preocupa por los asuntos públicos, de cualquier ser pensante. Podría decirse que todo el mundo se ha convertido en Casandra, pues no queda nadie que no vea el desastre que se avecina. Todos los desastres son evitables, es decir, evitables si en verdad controlásemos nuestro destino, como creemos que hacemos, o como se supone que pensamos que hacemos, a juzgar por lo que decimos.

Todos sabemos, o hablamos como si supiéramos, que no debemos destruir las selvas tropicales del mundo, ni deforestar las laderas de las montañas, donde las corrientes de agua pueden arrastrar la valiosa capa orgánica y llevarla hasta el océano, ni favorecer la extensión de los desiertos (que por otra parte lleva siglos, milenios). No deberíamos envenenar los océanos, ni liberar radiactividad, puesto que hace inhabitables regiones enteras del mundo. No deberíamos fabricar armas nucleares; somos una raza imprudente e irresponsable. No deberíamos ir a ninguna guerra, hay otras formas más sensatas de arreglar las diferencias. No deberíamos..., no deberíamos..., no deberíamos... Y deberíamos, deberíamos, deberíamos...

Sentada en una colina que domina Sydney, vi el cielo oscurecerse sobre los campos, como si una nube de langostas lo cubriese. Pensé en langostas pues de joven a menudo vi esa franja baja y oscura sobre el horizonte hacerse más grande y alta, hasta cubrir la mitad del cielo, y luego el cielo entero; pero no, era polvo, era la tierra de miles de granjas llevada por el viento sobre Sydney y hasta el mar, millones de toneladas de capa vegetal perdidas para siempre a causa de la deforestación. Australia ha cortado un tercio de sus árboles, sabiendo, no hace falta decirlo, que con eso contribuye a la extensión de los desiertos.

Este año hemos visto el accidente de Chernobyl, ya Suiza envenenando el Rin; ambas catástrofes son como las que Casandra sabía que sucederían, aun cuando los expertos lo ignorasen. Y volverán a ocurrir. Una vez y otra.

Hace poco, Paul Erlich (uno de los que han alertado sobre el invierno nuclear) decía que la verdadera pregunta que la humanidad debía formularse era: «¿Por qué seguimos haciendo cosas que todos sabemos que nos hacen daño, quizá de forma irreversible? ¿Qué nos está pasando a todos?». Claro que ha habido otros que se han hecho esa pregunta, Koesder entre ellos.

Resulta divertido imaginar (por lo improbable del caso) una conferencia secreta convocada por las naciones, donde éstas acordaran dejar de lado sus lemas y gritos de guerra, así como la búsqueda de mejores posiciones (sólo durante la conferencia), para preguntarse: «¿Qué nos está pasando? ¿Cuál es ese defecto humano que no nos permite escuchar a Casandra? Parece que el mundo, que nosotros, estuviésemos siendo arrastrados por una resaca de estupidez demasiado fuerte para resistirse a ella, y de repente unos frenéticos y desesperados gritos de alerta aparecen en escena revoloteando como gaviotas centelleantes para luego bajar y desaparecer gritando: “Si hacéis esto, sucederá aquello”. Seguro que tiene que haber algo que podamos hacer, todos juntos, quizás aprender a escuchar...»

Probablemente cuando asesinaron a Casandra en las afueras del grandioso palacio de Agamenón, no fue sólo porque era la favorita del rey, sino porque todos sabían que iba a seguir profetizando calamidades, y no querían escucharla. Sabían que no podían evitar hacerlo.

Pero ¿por qué nosotros no podemos dejar de hacerlo?

Lo ignoramos.

Sin embargo, a lo largo del camino hay claves y señales que reflejan nuestras actitudes y propensiones.

Cuando le preguntaron a Velikovsky cómo era posible que no recordásemos todas las terribles catástrofes que él situaba en las bases de nuestra historia, o que si las recordábamos era sólo en tanto que mitos o leyendas, respondió: «Olvidamos las catástrofes. No podemos hacer perdurar en la memoria los males que han sucedido, planetas o meteoritos que chocan contra nosotros, cambios bruscos de clima, el nivel del mar que sube repentinamente acabando con ciudades enteras, con civilizaciones...»

Recuerdo que mientras leía a Velikovsky pensaba: «Pero ¿qué dice? ¿Es cierto que olvidamos? Nuestros libros de historia son crónicas del desastre: guerras, hambrunas, epidemias. No sólo recordamos lo sucedido sino que, además, en ocasiones acompañamos los recuerdos con una nota de solemnidad satisfecha, de fruición, una verdadera nota musical de conmemoración placentera. ¿Y dices que olvidamos? ¿Qué pruebas tienes?».

Consideremos lo siguiente: la Primera Guerra Mundial dejó cuatro millones de muertos, una cifra modesta si la comparamos con los horrores que vendrían poco después. La colectivización forzada impulsada por Stalin mató entre siete y nueve millones de campesinos rusos. En los gulags murieron unos veinte millones de personas. El Gran Salto Hada Delante aniquiló a veinte millones poco más o menos. La Revolución Cultural dejó un saldo de alrededor de sesenta millones de muertos. No obstante, éstos fueron asesinatos deliberados, el resultado de políticas criminales planeadas y llevadas a cabo. Los cuatro millones de muertos de la Primera Guerra Mundial no fueron planeados ni deseados; sucedieron, sencillamente. En su momento fue terrible, impensable, tremendo; toda Europa estaba estremecida por la cantidad de muertos, pues quizá sentía que marcaban el inicio de nuestro ocaso. Se reconoció la posibilidad del desastre provocado por el hombre y con ella el desasosiego y los malos presagios. Sin embargo, cuando terminó la guerra, con sus cuatro millones de muertos, llegó una calamidad mucho mayor, la epidemia de gripe española, que arrasó al mundo entero y acabó con la vida de veintinueve millones de personas. Los años 1918, 1919, 1920 fueron horribles, pero no sólo por la gran epidemia, sino también por los refugiados, los lisiados, la devastación y la pobreza que la guerra había dejado a su paso. La gente moría. De hecho, murieron muchos millones más que los cuatro que desde entonces recordamos. Nadie supo de dónde ni por qué vino la terrible epidemia de gripe española. También hubo una epidemia de la enfermedad del sueño, igualmente misteriosa y, por suerte, menos agresiva. (Mucho después de que todo el mundo la olvidase, se revivió el recuerdo de esta epidemia en el libro del doctor Oliver Sacks, Despertares, sobre gente que vivió en el vacío por décadas, sobrevivientes.) La Primera Guerra Mundial ha sido recordada, debatida, analizada. Se han escrito historias sobre ella, se ha rendido homenaje a sus héroes, y una vez al año nos ponemos firmes y lamentamos tantos muertos. Pero la gran epidemia de gripe española que mató siete veces más gente raramente se menciona.

En The Chronology of the Modem World se lee, en el registro correspondiente al año 1918: «Epidemia de gripe (mayo, junio y octubre)». En el de 1919: «Severa epidemia de gripe (marzo)». Cualquiera que hojee este libro de consulta impulsado por la curiosidad de conocer algo del progreso de la humanidad tendrá por fuerza que ir mucho más allá de estos dos registros. Todos los años hay epidemia de gripe. Incluso hemos tenido algunas «severas». Podemos leer un titular que rece: «Severa epidemia de gripe en el centro de Inglaterra: 79 personas han muerto». Pero ¿veintinueve millones de personas? Uno jamás llegaría a pensar en esa cantidad con un comentario así, ni en ese libro de consulta ni en cualquier otro.

Hace poco, un joven de talento me pidió que fuese a ver una película que él había realizado sobre el año 1919. Enseguida le pregunté: «¿Es acerca de la gran epidemia de gripe?». «¿Qué epidemia de gripe?» fue su respuesta. Ni siquiera había oído hablar de ella. Mucha gente preparada no tiene la menor idea del drama que se abatió sobre el mundo por espacio de tres años, y del que aún podemos oír hablar a algún anciano sobreviviente de la época, con esa mirada perdida que acompaña el recuerdo de cierta clase de desastres que nadie puede entender ni prevenir ni predecir, y que rápidamente se olvidan como si alguien los borrase de la mente de la gente, de su memoria.

Quizá debiéramos preguntamos: «¿Por qué hemos olvidado esta terrible calamidad? ¿Qué otras calamidades hemos decidido olvidar? ¿Qué tienen esos desastres que nublan la mente humana?».

Se pueden leer historias sobre la calamitosa campaña de Napoleón a Rusia sin encontrar nada que indique que la mayoría de la tropa murió de tifus, disentería y cólera. A los generales Nieve y Hielo se les conmemora abundantemente. Guerra tras guerra, las fuerzas decisivas han sido el tifus, la disentería y el cólera, y aun la peste negra. Pero la historia muy pocas veces los menciona.

¿Será que nuestra mente está preparada para asimilar un tipo de calamidades y no otros? ¿Acaso sólo podemos recordar aquello de lo que somos responsables, como la guerra? ¿Significa esto que a medida que aprendamos a relacionar las causas con los efectos, recordaremos cada vez más?

Casandra no hubiera podido alertamos sobre la epidemia de gripe española, ni ahora podría alertarnos diciendo: «Si sois lo bastante estúpidos para desatar guerras, entonces sufriréis epidemias». A la Primera Guerra Mundial la siguieron la gripe y la enfermedad del sueño, pero no hubo epidemias mundiales después de la Segunda Guerra Mundial, ni de la guerra de Corea, Vietnam, Camboya, o cualquiera de las otras guerras menores.

He escuchado a gente mayor que al recordar la gripe española dice: «Dios nos estaba castigando por la maldad de la guerra». De ser así, Dios a veces castiga y a veces no.

Las epidemias son imposibles de predecir, pero es cierto que varías catástrofes nos esperan en el camino.

Hace muy poco que empezamos a preparamos para hablar de las alteraciones en el nivel del mar, que en el pasado tomaban a todos por sorpresa.

Y seguirá tomándonos por sorpresa, pues parece que no hemos aprendido nada.

Si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar», los científicos señalarían que quizá comience la semana próxima, o en mil años. De hecho (dicen ellos) estamos atrasados en lo que al período glaciar se refiere. Toda la historia, lo que nos hemos contado mutuamente desde Egipto hasta Babilonia, desde China hasta las grandes civilizaciones que una vez florecieron en las islas frente a las costas del norte de Europa, todo ello sucedió en el breve y cálido intervalo entre dos violentos ataques glaciales que cubrieron casi toda Europa alterando el clima del resto del mundo y cambiando la faz de la Tierra. Cuando esto vuelva a pasar, estaremos indefensos ante ello. ¿Cómo podremos huir a zonas más cálidas superpobladas con gente que estará luchando contra las nuevas condiciones climáticas? De ninguna manera, pues sin duda moriríamos. El hielo cubrirá nuestras ciudades, nuestros logros, nuestras civilizaciones, nuestros jardines y bosques, nuestros campos y huertos, nos cubrirá a nosotros. Quién sabe en qué forma sobrevivirán las civilizaciones que logren subsistir, y cómo reaparecerá la vida cuando el hielo se retire de nuevo descubriendo las tundras de Europa.

De modo que si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar» la gente haría como que no nos oye. Cuando lo dicen los científicos, la reacción es de fastidio, como si se tratase de una broma de deliberado mal gusto.

En la historia de Casandra hay pasajes donde parece que la gente no quisiera reconocer la evidencia, como si «los dioses la hubiesen cegado a la verdad» (y así se dice en ocasiones).

Hay una escena muy curiosa en el palacio de Príamo. El caballo de Troya está ahí, inmóvil en medio del gran patio, después de introducirlo en la ciudad tras muchas discusiones. Se oye el sonido del choque de armaduras dentro del caballo. Casandra, para variar, exclama entre lágrimas: «¡Pobres de nosotros! Hay hombres armados en su interior». Pero predominan los optimistas. Casi se les puede oír razonando amigablemente: «La verdad es que ese ruido no parece de hombres armados, y si así fuese, probablemente se trata de amigos. Es un error ver una amenaza en todo». Mientras tanto, algo más sucedía. Casandra no era la única que observaba el caballo. También estaba Helena. Helena no era pitonisa ni ciega, y sin embargo sabía que dentro del caballo había hombres, porque los oía. Se divertía dando vueltas alrededor del caballo a la vez que lo golpeaba e imitando las voces de sus esposas llamaba a los griegos que estaban en el interior de éste. ¿En qué se parece esta imagen de Helena con la doliente bella y eterna de la leyenda? La acompañaba quien entonces era su marido, Deífobo, un individuo de carácter sombrío de quien se podía decir que se había casado con Helena en un intento por hacer de ella una mujer decente. Recordemos que había estado casada (o el equivalente de entonces) con Aquiles, con Teseo, con Menelao y con París. Toda Troya estaba enamorada de ella, y los ancianos temblaron cuando la vieron caminando por las almenas.

Se reunieron y escogieron a uno de ellos para hablarle. «Escucha, debes verlo desde nuestro punto de vista. Se trata de un asunto de orden público. ¿Por qué no te limitas a conseguir un anillo de boda?», le dijo con tono áspero, como si estuviese enfadado y deprimido a la vez, igual que un hombre cuando le gusta la mujer indebida, Helena rió y repuso: «Como mejor os parezca».

Poco después del episodio del caballo de Troya, Helena colocó una luz en su ventana para guiar a los griegos que aún no habían llegado al patio central a matar a sus amigos, a sus amantes, a sus anfitriones, con quienes obviamente había convivido amistosamente durante años. Odiseo y Menelao mataron a Deífobo, su amante marido, y luego ella marchó a Egipto, donde vivió con el segundo.

Sin duda, durante el episodio del caballo de Troya los dioses, por alguna oscura razón que sólo ellos conocen, cegaron a los hombres a la verdad.

¿O acaso a los troyanos les disgustaba vivir allí, o estaban tan agotados por la tensión de la espera (la guerra siempre es una cuestión de esperar, esperar, esperar el desastre) que lo único que querían era que terminase, ponerle fin a cualquier precio? Quizá muchos de ellos pensasen que todo aquello era, al fin y al cabo, absurdo. ¿Para qué estaban combatiendo? Si Grecia era tan horrible, ¿qué hacía Casandra teniendo dos hijos con su rey, los cuales probablemente pertenecerían a una clase gobernante que reinaría sobre ambos estados y acabaría por poner fin a la reyerta?

¿Y los hijos de Helena? ¿Tuvo alguno? Seguramente. Era esa clase de mujer. Puede que fuera divina, pero en su aspecto terrenal fue una conciliadora famosa. La imagino como una mujer saludable, sensible, práctica, rodeada de crios y animales, reinando en su jardín o en su cocina, dirigiendo a sus criadas en la destilación de podones y elixires. Todas ellas ríen y hacen bromas que los hombres no deben escuchar.

O la imagino con Casandra, en las almenas batidas por el viento, y abajo, en el patio central, la figura del caballo de Troya. Pronto saldrán los hombres de su interior. Helena conduce a Casandra fuera del patio y suben a lo alto del castillo; cree que un poco de aire fresco le hará bien a esa pobre chica enloquecida.

Casandra está histérica y no se deja aplacar.

Ahí está, en las almenas, temblando, sollozando, dando un espectáculo lamentable. Casandra y Helena son muy distintas físicamente. La troyana es delgada, pálida, delicada, con grandes ojos negros y una cabellera oscura y abundante que luce opaca y sin vida a la sombra, pero que ahora, debido al sol y el viento, es un torrente de un negro iridiscente, como el petróleo.

«Oh Helena —se lamenta Casandra—, si sólo hubiese mantenido mi trato con Apolo, si sólo hubiese usado la cabeza y aceptado la sabiduría que se me ofrecía, si hubiese aprendido de los dioses en qué momento hablar y cuándo callar, si sólo, si sólo... Pero tema que ser una ciega, sencillamente una pitonisa, y ahora mira lo que me ha pasado: estoy condenada a vivir para siempre domeñando mi despeinada cabellera y gritando advertencias que nadie escucha, y si no fíjate en lo que está sucediendo: el caballo está lleno de griegos, me lo dice mi sexto sentido, y ¿alguien me hace caso? ¡No! lodo es por mi culpa. Si hubiese mantenido mi trato con los dioses, quizá no habría estallado esta guerra ni las negras naves de los griegos estarían tras la colina, cargadas de hombres armados y listos para arrasar con este palacio y todos sus habitantes hasta hacerlo desaparecer.»

Así deliraba Casandra, mesándose los cabellos.

Helena, con el codo apoyado en la almena, está inclinada sobre ella. Esboza una sonrisa, mientras cavila sobre si se habrá equivocado al no dejar nunca su rubia cabellera suelta y flotando en nubes hermosas y brillantes. Lleva el cabello recogido, arreglado en moños sencillos o elaborados, y todos los días ella y las doncellas que la arreglan se divierten imaginando que cada hombre que la vea ese día soñara con el placer de deshacerle ese moño dorado, lentamente, mechón a mechón. No, decide Helena, ha hecho lo correcto al llevarlo siempre bien arreglado, su cabello es pesado, grueso, nunca volaría al viento, como el fino cabello de Casandra.

Helena escucha distraídamente a Casandra. Está de perfil, mirando las negras naves que, a lo lejos, se acercan despacio; no tardaran en llegar a la playa, y esa noche, en cuanto oscurezca, vomitarán su carga de hombres armados. Ella es una mujer fuerte, hermosa, rebosante de salud, capaz de despertar una fascinación que no se explica por su mera apariencia, alta, fuerte, bien formada, cabello rubio y ojos pardos (y todo lo demás). Incluso en este momento, cuando la mayoría de los habitantes del palacio se lamenta en sus habitaciones reforzadas —porque no todo el mundo es ciego y sordo, ni incapaz de asociar los ruidos que proceden del interior del caballo con la inminente ronda de muerte, violaciones e incendios que se aproxima—, Helena se cuida de mantener su rostro bajo el velo, no permite tampoco que sus preciosos brazos escapen desnudos de los pliegues de su traje blanco; sabe que su belleza se realza al escondería, debe mostrarse sólo en provocativos instantes. Quizás alguien esté mirando, oculto tras los contrafuertes.

Encuentra a Casandra todavía en su delirio y, aunque siente cariño por ella, le molesta que sea tan insistente. ¡Qué egoísta! ¡Qué egocéntrica! Por la cosa más insignificante se pone a cantar y a bailar, ¡de verdad! Como en el caso de las serpientes; a menudo Helena se escapa a alguno de los muchos santuarios cercanos a Troya; va a visitar a los dioses (sus parientes y amigos), y las sierpes sagradas se acercan a saludarla, se enroscan en su cuello y sus brazos, lamen sus párpados y sus labios, le susurran noticias de ese otro mundo que nos cubre sin ser visto, pero no por eso hay que contarlo una y otra vez como hace Casandra. Casandra sigue con la misma cantinela. «Sangre, sangre, veo mucha sangre...»

«Natural», piensa Helena, y se pregunta si Menelao alcanzará a divisarla allá arriba, en las torres.

Suavemente comienza a cantar, sonriendo. Es una canción que le gusta mucho. Una canción muy antigua. Helena ignora su origen, tampoco lo conocen los habitantes de Troya o de Grecia, que también la cantan con cariño.

Hay una leyenda que cuenta cómo Troya fue saqueada una vez en el pasado; Helena supone que la canción se remonta a aquella época. Cerrad las puertas, ¡oh!, hombres de Troya [o Grecia, o Esparta, o lo que sea].

Se acercan las negras naves del enemigo.
Corren como lobos hacia nosotros,
Como lobos negros de brillantes colmillos...

De hecho, Troya ha sido levantada, saqueada y reducida a cenizas en seis ocasiones. (La Troya de Homero es la séptima.) Helena ignora que este rosario de calamidades ha sido difuminado para mostrarlo como una sola calamidad genérica. En estas tierras los relatos históricos sólo son verbales, la memoria de los hombres ha tomado la forma de leyendas, de canciones, y así se transmite de generación en generación. «Escuchad, pequeños, os cantaré nuestra historia, el pasado de nuestra gloriosa ciudad, Troya la de los vientos, la joya de estas costas, donde todo hombre es valiente y toda mujer bella. Escuchad, reinaban entre nosotros la felicidad, la bonanza y la paz, pero entonces aparecieron las naves negras de nuestros enemigos armados tras la colina, y como lobos...». Saquearon la ciudad. Una vez. No seis veces, no una vez tras otra. Resulta casi vergonzoso llevar una relación de estos sucesos, una y otra vez. Y otra más. Como si nuestros gloriosos ancestros no hubiesen tenido ni rastro de sentido común entre ataque y ataque para impedir que volviera a suceder. Y volviera a repetirse. Cualquiera pensaría que con una vez sería suficiente, ¿no?

De modo que en el pasado Troya fue saqueada una vez, lo explican nuestros cuentos y leyendas. Fue saqueada, ay de mí, y las negras naves...

Preguntémonos qué responde Helena si le dicen: «Troya, esta ciudad donde has estado cautiva durante diez años, ya ha sido saqueada y quemada seis veces. ¿Qué te parece?». Ni siquiera lo asimila de inmediato. Significa descubrir el tiempo anterior a ella, el pasado se hace largo, lejano, no puede ver su final. Hasta ese momento casi ha creído que el pasado no va mucho más allá de su propia existencia. «Seis veces —piensa Helena, las almenas parecen temblar bajo sus pies—. Esta ciudad se ha levantado seis veces sobre el polvo de su propia versión anterior... y yo no estaba aquí». Helena controla el pánico, hace un esfuerzo para sonreír y, asintiendo con la cabeza, dice: «Sí, así es la vida. ¿Acaso ha habido algo duradero en mi vida, algo que no haya sido causado y después destruido por la guerra?». No, ciertamente no está sorprendida.

Imaginemos que además le dicen algo así como: «Helena, cuando esta séptima destrucción termine, Troya volverá a levantarse, y será sitiada y quemada tres veces más; diez Troyas en total, y al final habrá un montón de escombros que el viento enterrará en el polvo». Esto la impresiona todavía más. De verdad cree que su cuerpo, fuerte y hermoso, es inmortal, aun cuando su inteligencia le dice lo contrario. «Tres veces más, y yo no estaré aquí, no seré parte de ello...». Se estremece, siente frío en la tarde cálida, aunque comienza a refrescar a medida que se acerca la noche, esa noche que verá en llamas a la séptima Troya. La repentina certeza de su mortalidad le resulta intolerable. Opta por olvidarlo, recupera su pulso suave y pausado y piensa: «La desaparición de Troya quizás esté cerca, pero la mía está muy lejos».

Está segura de tener una vida muy larga por delante. Una nueva etapa está a punto de comenzar, esta noche. En pocas horas. Casandra sigue delirando: «Las naves negras están esperando en las costas de Troya». El viento alborota su negra cabellera. «Ay, cuántos muertos, muchos muertos se amontonarán en estas mismas almenas, ay, la sangre correrá a raudales de cada portal del palacio de mi padre... Ay de mí, ay de mí...»

Helena vuelve su hermosa cabeza hacia ella, suspirando. Mira a Casandra largamente y sonríe. Es una sonrisa íntima, taimada, llena de recuerdos. Está pensando en la noche en que la robaron del castillo de su padre para traerla aquí, y en la sensación de aquel momento, en la excitación. Está pensando de qué manera, luego, cuando anochezca, pondrá la lámpara en la ventana de su habitación. Falta poco para que en el palacio, ahora en silencio y después aturdido de terror, se oigan los gritos de los hombres al salir atropelladamente desde el interior del caballo de madera, el choque de sus armaduras, los alaridos y el clamor de los otros griegos ganando la playa desde las naves negras hasta las puertas que esperan abiertas gracias a la ayuda de los aliados secretos. ¡El tumulto! Los gritos acompañando el derramamiento de sangre, y luego el olor acre del humo y el crepitar de las llamas. Helena saldrá con frío aplomo de su habitación, pasará por encima del cadáver de su esposo, sonreirá a Menelao y a Odiseo, quienes lo habrán matado. El olor de la sangre hará latir su corazón y dilatará sus pupilas. Cuando los tres salgan para huir deprisa por una escalera secreta que los llevará fuera del palacio y de ahí a la playa y las naves, Helena pondrá por un instante la mano sobre la de Odiseo y rozará con sus labios la boca de Menelao; éste soltará un gemido, aquél una carcajada...

Helena, sonriendo, se pasará suavemente la lengua por los labios. Esa sonrisa... Casandra la ve. De verdad la ve; ve a Helena de pie, sonriendo. Casandra interrumpe sus lamentos. Se queda mirando fijamente a esta mujer, durante largo rato, en silencio, Helena, su amiga, su enemiga. Helena se estremece. Oculta la cara.


En El viento se llevará nuestras palabras, Primera parte
Título original: The Wind Blows Away Our Words
Traducción: José Arconada Rodríguez
© Doris Lessing, 1987
Madrid, Suma de Letras, 2003
Foto 1993 © Inge Morath © The Inge Morath Foundation/Magnum Photos

18 ene. 2013

Octavio Paz: Los reinos de Pan

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La realidad sensible siempre ha sido para mí una fuente de sorpresas. También de evidencias. En un lejano artículo de 1940 aludí a la poesía como el testimonio de los sentidos. Testimonio verídico: sus imágenes son palpables, visibles y audibles. Cierto, la poesía esta hecha de palabras enlazadas que despiden reflejos, visos y cambiantes: ¿lo que nos enseña son realidades o espejismos? Rimbaud dijo: Et j'ai vu quelquefois ce que L'homme a cru voir. Fusión de ver y creer. En la conjunción de estas dos palabras esta el secreto de la poesía y el de sus testimonios: aquello que nos muestra el poema no lo vemos con nuestros ojos de carne sino con los del espíritu. La poesía nos hace tocar lo impalpable y escuchar la marea del silencio cubriendo un paisaje devastado por el insomnio. El testimonio poético nos revela otro mundo dentro de este mundo, el mundo otro que es este mundo. Los sentidos, sin perder sus poderes, se convierten en servidores de la imaginación y nos hacen oír lo inaudito y ver lo imperceptible. ¿No es esto, por lo demás, lo que ocurre en el sueno y en el encuentro erótico? Lo mismo al sonar que en el acoplamiento, abrazamos fantasmas. Nuestra pareja tiene cuerpo, rostro y nombre pero su realidad real, precisamente en el momento más intenso del abrazo, se dispersa en una cascada de sensaciones que, a su vez, se disipan. Hay una pregunta que se hacen todos los enamorados y en ella se condensa el misterio erótico: ¿quien eres? Pregunta sin respuesta... Los sentidos son y no son de este mundo. Por ellos, la poesía traza un puente entre el ver y el creer. Por ese puente la imaginación cobra cuerpo y los cuerpos se vuelven imágenes.

La relación entre erotismo y poesía es tal que puede decirse, sin afectación, que el primero es una poética corporal y que la segunda es una erótica verbal. Ambos están constituidos por una oposición complementaria. El lenguaje -sonido que emite sentidos, trazo material que denota ideas incorpóreas- es capaz de dar nombre a lo más fugitivo y evanescente: la sensación; a su vez, el erotismo no es mera sexualidad animal: es ceremonia, representación. El erotismo es sexualidad transfigurada: metáfora. El agente que mueve lo mismo al acto erótico que al poético es la imaginación. Es la potencia que transfigura al sexo en ceremonia y rito, al lenguaje en ritmo y metáfora. La imagen poética es abrazo de realidades opuestas y la rima es copula de sonidos; la poesía erotiza al lenguaje y al mundo porque ella misma, en su modo de operación, es ya erotismo. Y del mismo modo: el erotismo es una metáfora de la sexualidad animal. ¿Que dice esa metáfora? Como todas las metáforas, designa algo que esta más allá de la realidad que la origina, algo nuevo y distinto de los términos que la componen. Si Góngora dice púrpura nevada, inventa o descubre una realidad que, aunque hecha de ambas, no es sangre ni nieve. Lo mismo sucede con el erotismo: dice o, más bien: es, algo diferente a la mera sexualidad.

Aunque las maneras de acoplarse son muchas, el acto sexual dice siempre lo mismo: reproducción. El erotismo es sexo en acción pero, ya sea porque la desvía o la niega, suspende la finalidad de la función sexual. En la sexualidad, el placer sirve a la procreación; en los rituales eróticos el placer es un fin en si mismo o tiene fines distintos a la reproducción. La esterilidad no solo es una nota frecuente del erotismo sino que en ciertas ceremonias es una de sus condiciones. Una y otra vez los textos gnósticos y tántricos hablan del semen retenido por el oficiante o derramado en el altar. En la sexualidad la violencia y la agresión son componentes necesariamente ligados a la copulación y, así, a la reproducción; en el erotismo, las tendencias agresivas se emancipan, quiero decir: dejan de servir a la procreación, y se vuelven fines autónomos. En suma, la metáfora sexual, a través de sus infinitas variaciones, dice siempre reproducción; la metáfora erótica, indiferente a la perpetuación de la vida, pone entre paréntesis a la reproducción.

La relación de la poesía con el lenguaje es semejante a la del erotismo con la sexualidad. También en el poema -cristalización verbal- el lenguaje se desvía de su fin natural: la comunicación. La disposición lineal es una característica básica del lenguaje; las palabras se enlazan una tras otra de modo que el habla puede compararse a una vena de agua corriendo. En el poema, la linealidad se tuerce, vuelve sobre sus pasos, serpea: la línea recta cesa de ser el arquetipo en favor del círculo y la espiral. Hay un momento en que el lenguaje deja de deslizarse y, por decirlo así, se levanta y se mece sobre el vacío; hay otro en el que cesa de fluir y se transforma en un sólido transparente -cubo, esfera, obelisco- plantado en el centro de la página. Los significados se congelan o se dispersan; de una y otra manera, se niegan. Las palabras no dicen las mismas cosas que en la prosa; el poema no aspira ya a decir sino a ser. La poesía pone entre paréntesis a la comunicación como el erotismo a la reproducción.

Ante los poemas herméticos nos preguntamos perplejos: ¿que dicen? Si leemos un poema más simple, nuestra perplejidad desaparece, no nuestro asombro: ¿ese lenguaje límpido -agua, aire- es el mismo en que están escritos los libros de sociología y los periódicos? después, superado el asombro, no el encantamiento, descubrimos que el poema nos propone otra clase de comunicación, regida por leyes distintas a las del intercambio de noticias e informaciones. El lenguaje del poema es el lenguaje de todos los días y, al mismo tiempo, ese lenguaje dice cosas distintas a las que todos decimos. Esta es la razón del recelo con que han visto a la poesía mística todas las Iglesias. San Juan de la Cruz no quería decir nada que se apartase de las enseñanzas de la Iglesia; no obstante, sin quererlo, sus poemas decían otras cosas. Los ejemplos podrían multiplicarse. La peligrosidad de la poesía es inherente a su ejercicio y es constante en todas las épocas y en todos los poetas. Hay siempre una hendedura entre el decir social y el poético: la poesía es la otra voz, como he dicho en otro escrito. Por esto es, a un tiempo, natural y turbadora su correspondencia con los aspectos del erotismo, negros y blancos, a que he aludido antes. Poesía y erotismo nacen de los sentidos pero no terminan en ellos. Al desplegarse, inventan configuraciones imaginarias: poemas y ceremonias.


No me propongo detenerme en las afinidades entre la poesía y el erotismo. En otras ocasiones he explorado el tema; ahora lo he evocado solo como una introducción a un asunto distinto, aunque íntimamente asociado a la poesía: el amor. Ante todo, hay que distinguir al amor, propiamente dicho, del erotismo y de la sexualidad. Hay una relación tan intima entre ellos que con frecuencia se les confunde. Por ejemplo, a veces hablamos de la vida sexual de fulano o de mengana pero en realidad nos referimos a su vida erótica. Cuando Swann y Odette hablaban de faire catleya no se referían simplemente a la copulación; Proust lo señala: aquella manera particular de decir hacer el amor no significaba para ellos exactamente lo mismo que sus sinónimos. El acto erótico se desprende del acto sexual: es sexo y es otra cosa. Además, la palabra talismán, catleya, tenía un sentido para Odette y otro para Swann: para ella designaba cierto placer erótico con cierta persona y para el era el nombre de un sentimiento terrible y doloroso: el amor que sentía por Odette. No es extraña la confusión: sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida. El más antiguo de los tres, el más amplio y básico, es el sexo. Es la fuente primordial. El erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces, incognoscible. Como en el caso de los círculos concéntricos, el sexo es el centro y el pivote de esta geometría pasional.

El dominio del sexo, aunque menos complejo, es el más vasto de los tres. Sin embargo, a pesar de ser inmenso, es apenas una provincia de un reino aun más grande: el de la materia animada. A su vez, la materia viva es solo una parcela del universo. Es muy probable, aunque no lo sabemos a ciencia cierta, que en otros sistemas solares de otras galaxias existan planetas con vida parecida a la nuestra; ahora bien, por más numerosos que pudiesen ser esos planetas, la vida seguiría siendo una ínfima parte del universo, una excepción o singularidad. Tal como lo concibe la ciencia moderna, y hasta donde nosotros, los legos, podemos comprender a los cosmólogos y a los físicos, el universo es un conjunto de galaxias en perpetuo movimiento de expansión. Cadena de excepciones: las leyes que rigen al movimiento del universo macrofísico no son, según parece, enteramente aplicables al universo de las partículas elementales. Dentro de esta gran división, aparece otra: la de la materia animada. La segunda ley de la termodinámica, la tendencia a la uniformidad y la entropía, cede el sitio a un proceso inverso: la individuación evolutiva y la incesante producción de especies nuevas y de organismos diferenciados. La flecha de la biología parece disparada en sentido contrario al de la flecha de la física. Aquí surge otra excepción: las células se multiplican por gemación, esporulación y otras modalidades, o sea por partenogénesis o autodivisión, salvo en un islote en el que la reproducción se realiza por la unión de células de distinto sexo (gametos). Este islote es el de la sexualidad y su dominio, más bien reducido, abarca al reino animal y a ciertas especies del reino vegetal. El género humano comparte con los animales y con ciertas plantas la necesidad de reproducirse por el método del acoplamiento y no por el más simple de la autodivisión.

Una vez delimitadas, en forma sumaria y grosera, las fronteras de la sexualidad, podemos trazar una línea divisoria entre esta y el erotismo. Una línea sinuosa y no pocas veces violada, sea por la irrupción violenta del instinto sexual o por las incursiones de la fantasía erótica. Ante todo, el erotismo es exclusivamente humano: es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres. La primera nota que diferencia al erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se manifiesta, en todas las épocas y en todas las tierras. El erotismo es invención, variación incesante; el sexo es siempre el mismo. El protagonista del acto erótico es el sexo o, más exactamente, los sexos. El plural es de rigor porque, incluso en los placeres llamados solitarios, el deseo sexual inventa siempre una pareja imaginaria... o muchas. En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación, el deseo. En el acto erótico intervienen siempre dos o más, nunca uno. Aquí aparece la primera diferencia entre la sexualidad animal y el erotismo humano: en el segundo, uno o varios de los participantes puede ser un ente imaginario. Solo los hombres y las mujeres copulan con íncubos y súcubos.

Las posturas básicas, según los grabados de Giulio Romano, son dieciséis, pero las ceremonias y juegos eróticos son innumerables y cambian continuamente por la acción constante del deseo, padre de la fantasía. El erotismo cambia con los climas y las geografías, con las sociedades y la historia, con los individuos y los temperamentos. También con las ocasiones, el azar y la inspiración del momento. Si el hombre es una criatura ondulante, el mar en donde se mece esta movido por las olas caprichosas del erotismo. Esta es otra diferencia entre la sexualidad y el erotismo. Los animales se acoplan siempre de la misma manera; los hombres se miran en el espejo de la universal copulación animal; al imitarla, la transforman y transforman su propia sexualidad. Por más extraños que sean los ayuntamientos animales, unos tiernos y otros feroces, no hay cambio alguno en ellos. El palomo zurea y hace la ronda en torno a la hembra, la mantis religiosa devora al macho una vez fecundada, pero esas ceremonias son las mismas desde el principio. Aterradora y prodigiosa monotonía que se vuelve, en el mundo del hombre, aterradora y prodigiosa variedad.

En el seno de la naturaleza el hombre se ha creado un mundo aparte, compuesto por ese conjunto de prácticas, instituciones, ritos, ideas y cosas que llamamos cultura. En su raíz, el erotismo es sexo, naturaleza; por ser una creación y por sus funciones en la sociedad, es cultura. Uno de los fines del erotismo es domar al sexo e insertarlo en la sociedad. Sin sexo no hay sociedad pues no hay procreación; pero el sexo también amenaza a la sociedad. Como el dios Pan, es creación y destrucción. Es instinto: temblor pánico, explosión vital. Es un volcán y cada uno de sus estallidos puede cubrir a la sociedad con una erupción de sangre y semen. El sexo es subversivo: ignora las clases y las jerarquías, las artes y las ciencias, el día y la noche: duerme y solo despierta para fornicar y volver a dormir. Nueva diferencia con el mundo animal: la especie humana padece una insaciable sed sexual y no conoce, como los otros animales, periodos de celo y periodos de reposo. O dicho de otro modo: el hombre es el único ser vivo que no dispone de una regulación fisiológica y automática de su sexualidad.

Lo mismo en las ciudades modernas que en las ruinas de la Antigüedad, a veces en las piedras de los altares y otras en las paredes de las letrinas, aparecen las figuras del falo y la vulva. Príapo en erección perpetua y Astarte en jadeante y sempiterno celo acompañan a los hombres en todas sus peregrinaciones y aventuras. Por esto hemos tenido que inventar reglas que, a un tiempo, canalicen al instinto sexual y protejan a la sociedad de sus desbordamientos. En todas las sociedades hay un conjunto de prohibiciones y tabúes -también de estímulos e incentivos- destinados a regular y controlar al instinto sexual. Esas reglas sirven al mismo tiempo a la sociedad (cultura) y a la reproducción (naturaleza). Sin esas reglas la familia se desintegraría y con ella la sociedad entera. Sometidos a la perenne descarga eléctrica del sexo, los hombres han inventado un pararrayos: el erotismo. Invención equivoca, como todas las que hemos ideado: el erotismo es dador de vida y de muerte. Comienza a dibujarse ahora con mayor precisión la ambigüedad del erotismo: es represión y es licencia, sublimación y perversión. En uno y otro caso la función primordial de la sexualidad, la reproducción, queda subordinada a otros fines, unos sociales y otros individuales. El erotismo defiende a la sociedad de los asaltos de la sexualidad pero, asimismo, niega a la función reproductiva. Es el caprichoso servidor de la vida y de la muerte.


Las reglas e instituciones destinadas a domar al sexo son numerosas, cambiantes y contradictorias. Es vano enumerarlas: van del tabú del incesto al contrato del matrimonio, de la castidad obligatoria a la legislación sobre los burdeles. Sus cambios desafían a cualquier intento de clasificación que no sea el del mero catalogo: todos los días aparece una nueva práctica y todos los días desaparece otra. Sin embargo, todas ellas están compuestas por dos términos: la abstinencia y la licencia. Ni una ni otra son absolutas. Es explicable: la salud psíquica de la sociedad y la estabilidad de sus instituciones dependen en gran parte del dialogo contradictorio entre ambas. Desde los tiempos más remotos las sociedades pasan por periodos de castidad o continencia seguidos de otros de desenfreno. Un ejemplo inmediato: la cuaresma y el carnaval. La Antigüedad y el Oriente conocieron también este doble ritmo: la bacanal, la orgía, la penitencia pública de los aztecas, las procesiones cristianas de desagravio, el Ramadán de los musulmanes. En una sociedad secular como la nuestra, los periodos de castidad y de licencia, casi todos asociados al calendario religioso, desaparecen como prácticas colectivas consagradas por la tradición. No importa: se conserva intacto el carácter dual del erotismo aunque varía su fundamento, deja de ser un mandamiento religioso y cíclico para convertirse en una prescripción de orden individual. Y esa prescripción casi siempre tiene un fundamento moral, aunque a veces también acude a la autoridad de la ciencia y la higiene. El miedo a la enfermedad no es menos poderoso que el temor a la divinidad o el respeto a la ley ética. Aparece nuevamente, ahora despojada de su aureola religiosa, la doble faz del erotismo: fascinación ante la vida y ante la muerte. El significado de la metáfora erótica es ambiguo. Mejor dicho, es plural. Dice muchas cosas, todas distintas, pero en ella aparecen dos palabras: placer y muerte.

Nueva excepción frente a la gran excepción, que es el erotismo frente al mundo animal: en ciertos casos la abstención y la licencia, lejos de ser relativos y periódicos, son absolutos. Son los extremos del erotismo, su más allá y en cierto modo su esencia. Digo esto porque el erotismo es en sí mismo deseo: un disparo hacia el más allá. Señalo que el ideal de una absoluta castidad o de una licencia no menos absoluta son realmente ideales; quiero decir, muy pocas veces, tal vez nunca, pueden realizarse completamente. La castidad del monje o de la monja está continuamente amenazada por las imágenes lúbricas que aparecen en los sueños y por las poluciones nocturnas; el libertino, por su parte, pasa por periodos de saciedad y de hartazgo, además de estar sujeto a los insidiosos ataques de la impotencia. Unos son víctimas durante el sueño del abrazo quimérico de los íncubos y los súcubos; otros están condenados durante la vigilia a atravesar los páramos y desiertos de la insensibilidad. En fin, realizable so no, los ideales de absoluta castidad y de total libertinaje pueden ser colectivos o individuales. Ambas modalidades se insertan en la economía vital de la sociedad, aunque la segunda, en sus casos más extremos es una tentativa personal por romper los lazos sociales y se presenta como una liberación de la condición humana.

No necesito detenerme en las órdenes religiosas, comunidades y sectas que predican una castidad más o menos absoluta en conventos, monasterios, ashrams y otros lugares de recogimiento. Todas las religiones conocen esas cofradías y hermandades. Es más difícil documentar la existencia de comunidades libertinas. A diferencia de las asociaciones religiosas, casi siempre parte de una iglesia y por tal razón reconocidas públicamente, los grupos libertinos se han reunido casi siempre en lugares apartados y secretos. En cambio es fácil atestar su realidad social: aparecen en la literatura de todas las épocas, lo mismo en las de Oriente que en las de Occidente. Han sido y son no sólo una realidad clandestina, sino un género literario. Así han sido y son doblemente reales. Las prácticas eróticas colectivas de carácter público han asumido constantemente formas religiosas. No es necesario, para probarlo, recordar los cultos fálicos del neolítico o las bacanales y saturnales de la antigüedad grecorromana; en dos religiones marcadamente ascéticas, el budismo y el cristianismo, figura también y de manera preeminente la unión entre la sexualidad y lo sagrado. Cada una de las grandes religiones históricas ha engendrado, en sus afueras o en sus entrañas mismas, sectas, movimientos, ritos o liturgias, en las que la carne y el sexo son caminos hacia la divinidad. No podía ser de otro modo: el erotismo es ante todo y sobre todo sed de otredad. Y lo sobrenatural es la radical y suprema otredad.

Las prácticas eróticas religiosas sorprenden lo mismo por su variedad como por su recurrencia. La copulación ritual colectiva fue practicada por las sectas tántricas de la India, por los taoístas en China y por los cristianos gnósticos en el Mediterráneo. Lo mismo sucede con la comunión con el semen, un rito de los adeptos del tantrismo, de los gnósticos adoradores de Barbelo y de otros grupos. Muchos de estos movimientos erótico-religiosos, inspirados por sueños milenaristas, unieron la religión, el erotismo y la política; entre otros, los Turbantes amarillos (taoístas) en China y los anabaptistas de Jean de Leyden en Holanda. Subrayo que en todos esos rituales, con dos o tres excepciones, la reproducción no juega papel alguno, salvo negativo. En el caso de los gnósticos, el semen y la sangre menstrual debían ser ingeridos para reintegrarlos al Gran Todo, pues creían que este mundo era la creación de un demiurgo perverso; entre los tántricos y los taoístas, aunque por razones inversas, la retención del semen era de rigor; en el tantrismo hindú, el semen se derramaba como una oblación. Probablemente este era también el sentido del bíblico pecado de Onan. El coitus interruptus formaba parte, casi siempre, de aquellos rituales. En suma, en el erotismo religioso se invierte radicalmente el proceso sexual: expropiación de los inmensos poderes del sexo en favor de fines distintos o contrarios a la reproducción.


El erotismo encarna asimismo en dos figuras emblemáticas: la del religioso solitario y la del libertino. Emblemas opuestos pero unidos en el mismo movimiento: ambos niegan a la reproducción y son tentativas de salvación o de liberación personal frente a un mundo caído, perverso, incoherente o irreal. La misma aspiración mueve a las sectas y a las comunidades, solo que en ellas la salvación es una empresa colectiva -son una sociedad dentro de la sociedad- mientras que el asceta y el libertino son asociales, individuos frente o contra la sociedad. El culto a la castidad, en Occidente, es una herencia del Platonismo y de otras tendencias de la Antigüedad para las que el alma inmortal era prisionera del cuerpo mortal. La creencia general era que un día el alma regresaría al Empíreo; el cuerpo volvería a la materia informe. Sin embargo, el desprecio al cuerpo no aparece en el judaísmo, que exalto siempre los poderes genésicos: creced y multiplicaos es el primer mandamiento bíblico. Tal vez por esto y, sobre todo, por ser la religión de la encarnación de Dios en un cuerpo humano, el cristianismo atenuó el dualismo platónico con el dogma de la resurrección de la carne y con el de los cuerpos gloriosos. Al mismo tiempo, se abstuvo de ver en el cuerpo un camino hacia la divinidad, como lo hicieron otras religiones y muchas sectas heréticas. ¿Por que? Sin duda por la influencia del neoplatonismo en los Padres de la Iglesia.

En Oriente el culto a la castidad comenzó como un método para alcanzar la longevidad: ahorrar semen era ahorrar vida. Lo mismo sucedía con los efluvios sexuales de la mujer. Cada descarga seminal y cada orgasmo femenino eran una perdida de vitalidad. En un segundo momento de la evolución de estas creencias, la castidad se convirtió en un método para adquirir, mediante el dominio de los sentidos, poderes sobrenaturales e incluso, en el taoísmo, la inmortalidad. Esta es la esencia del yoga. A pesar de estas diferencias, la castidad cumple la misma función en Oriente que en Occidente: es una prueba, un ejercicio que nos fortifica espiritualmente y nos permite dar el gran salto de la naturaleza humana a la sobrenatural.

La castidad solo es un camino entre otros. Como en el caso de las prácticas eróticas colectivas, el yogui y el asceta podían servirse de las prácticas sexuales del erotismo, no para reproducirse sino para alcanzar un fin propiamente sobrenatural, sea este la comunión con la divinidad, el éxtasis, la liberación o la conquista de lo incondicionado. Muchos textos religiosos, entre ellos algunos grandes poemas, no vacilan en comparar al placer sexual con el deleite extático del místico y con la beatitud de la unión con la divinidad. En nuestra tradición es menos frecuente que en la oriental la fusión entre lo sexual y lo espiritual. Sin embargo, el Antiguo Testamento abunda en historias eróticas, muchas de ellas trágicas e incestuosas; algunas han inspirado textos memorables, como la de Ruth, que le sirvió a Víctor Hugo para escribir Booz endormi, un poema nocturno en el que la sombra es nupcial. Pero los textos hindúes son más explícitos. Por ejemplo, el famoso poema sánscrito de Jayadeva, Gitagovitulay canta los amores adúlteros del dios Krishna (el señor Obscuro) con la vaquera Radha. Como en el caso del Cantar de los cantares, el sentido religioso del poema es indistinguible de su sentido erótico profano: son dos aspectos de la misma realidad. En los místicos sufíes es frecuente la confluencia de la visión religiosa y la erótica. La comunión se compara a veces con un festín entre dos amantes en el que el vino corre en abundancia. Ebriedad divina, éxtasis erótico.

Aludí más arriba al Cantar de los cantares de Salomón. Esta colección de poemas de amor profano, una de las obras eróticas más hermosas que ha creado la palabra poética, no ha cesado de alimentar la imaginación y la sensualidad de los hombres desde hace más de dos mil años. La tradición judía y la cristiana han interpretado esos poemas como una alegoría de las relaciones entre Jehová e Israel o entre Cristo y la Iglesia. A esta confusión le debemos el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, uno de los poemas más intensos y misteriosos de la lírica de Occidente. Es imposible leer los poemas del místico español únicamente como textos eróticos o como textos religiosos. Son lo uno, lo otro y algo más, algo sin lo cual no serian lo que son: poesía. La ambigüedad de los poemas de San Juan ha tropezado, en la época moderna, con resistencias y equívocos. Algunos se empeñan en verlos como textos esencialmente eróticos: otros los juzgan sacrílegos. Recuerdo el escándalo del poeta Auden ante ciertas imágenes del Cántico Espiritual: le parecían una grosera confusión entre la esfera carnal y la espiritual.

La crítica de Auden era más platónica que cristiana. Debemos a Platón la idea del erotismo como un impulso vital que asciende, escalón por escalón, hacia la contemplación del sumo bien. Esta idea contiene otra: la de la paulatina purificación del alma que, a cada paso, se aleja más y más de la sexualidad hasta que, en la cumbre de su ascensión, se despoja de ella enteramente. Pero lo que nos dice la experiencia religiosa -sobre todo a través del testimonio de los místicos- es precisamente lo contrario: el erotismo, que es sexualidad transfigurada por la imaginación humana, no desaparece en ningún caso. Cambia, se transforma continuamente y, no obstante, nunca deja de ser lo que es originalmente: impulso sexual.

En la figura opuesta, la del libertino, no hay unión entre religión y erotismo; al contrario, hay oposición neta y clara: el libertino afirma el placer como único fin frente a cualquier otro valor. El libertino casi siempre se opone con pasión a los valores y a las creencias religiosas o éticas que postulan la subordinación del cuerpo a un fin trascendente. El libertinaje colinda, en uno de sus extremos, con la crítica y se transforma en una filosofía; en el otro, con la blasfemia, el sacrilegio y la profanación, formas inversas de la devoción religiosa. Sade se jactaba de profesar un intransigente ateísmo filosófico pero en sus libros abundan los pasajes de religioso furor irreligioso y en su vida tuvo que enfrentarse a varias acusaciones de sacrilegio e impiedad, como las del proceso de 1772 en Marsella. André Bretón me dijo alguna vez que su ateísmo era una creencia; podría decirse también que el libertinaje es una religión al revés. El libertino niega al mundo sobrenatural con tal vehemencia que sus ataques son un homenaje y, a veces, una consagración. Es otra y más significativa la verdadera diferencia entre el anacoreta y el libertino: el erotismo del primero es una sublimación solitaria y sin intermediarios; el del segundo es un acto que requiere, para realizarse, el concurso de un cómplice o la presencia de una víctima. El libertino necesita siempre al otro y en esto consiste su condenación: depende de su objeto y es el esclavo de su víctima.

El libertinaje, como expresión del deseo y de la imaginación exasperada, es inmemorial. Como reflexión y como filosofía explicita es relativamente moderno. La curiosa evolución de las palabras libertinaje y libertino puede ayudarnos a comprender el no menos curioso destino del erotismo en la Edad Moderna. En español, libertino significo al principio hijo de liberto y solo más tarde designo a una persona disoluta y de vida licenciosa. En francés, la palabra tuvo durante el siglo XVIII un sentido afín al de liberal y liberalidad: generosidad, desprendimiento. Los libertinos, al principio, fueron poetas o, como Cyrano de Bergerac, poetas-filósofos. Espíritus aventureros, fantásticos, sensuales, guiados por la loca imaginación como Theophile de Víau y Tristán L'Hermite. El sentido de ligereza y desenvoltura de la palabra libertinaje en el siglo XVIII lo expresa con mucha gracia Madame de Sevigne: Je suis tellement libertine quand j'ecris, que le premier tour que je prends regne tout le long de ma lettre. En el siglo XVIII el libertinaje se volvió filosófico. El libertino fue el intelectual crítico de la religión, las leyes y las costumbres. El deslizamiento fue insensible y la filosofía libertina convirtió al erotismo de pasión en crítica moral. Fue la mascara ilustrada que asumió el erotismo intemporal al llegar a la Edad Moderna. Ceso de ser religión o profanación, y en ambos casos rito, para transformarse en ideología y opinión. Desde entonces el falo y la vulva se han vuelto ergotistas y fiscalizan nuestras costumbres, nuestras ideas y nuestras leyes.

La expresión más total y, literalmente, tajante, de la filosofía libertina fueron las novelas de Sade. En ellas se denuncia a la religión con no menos furia que al alma y al amor. Es explicable. La relación erótica ideal implica, por parte del libertino, un poder ilimitado sobre el objeto erótico, unido a una indiferencia igualmente sin límites sobre su suerte; por parte del objeto erótico, una complacencia total ante los deseos y caprichos de su señor. De ahí que los libertinos de Sade reclamen siempre la absoluta obediencia de sus víctimas. Estas condiciones nunca se pueden satisfacer; son premisas filosóficas, no realidades psicológicas y físicas. El libertino necesita, para satisfacer su deseo, saber (y para el saber es sentir) que el cuerpo que toca es una sensibilidad y una voluntad que sufren. El libertinaje exige cierta autonomía de la víctima, sin la cual no se produce la contradictoria sensación que llamamos placer/dolor. El sadomasoquismo, centro y corona del libertinaje, es asimismo su negación. En efecto, la sensación niega, por un lado, la soberanía del libertino, lo hace depender de la sensibilidad del objeto; por el otro, niega también la pasividad de la víctima. El libertino y su víctima se vuelven cómplices a costa de una singular derrota filosófica: se rompe, al mismo tiempo, la infinita impasibilidad del libertino y la infinita pasividad de la víctima. El libertinaje, filosofía de la sensación, postula como fin una imposible insensibilidad: la ataraxia de los antiguos. El libertinaje es contradictorio: busca simultáneamente la destrucción del otro y su resurrección. El castigo es que el otro no resucita como cuerpo sino como sombra. Todo lo que ve y toca el libertino pierde realidad. Su realidad depende de la de su víctima: solo ella es real y ella es solo un grito, un gesto que se disipa. El libertino vuelve fantasma todo lo que toca y el mismo se vuelve sombra entre las sombras.

En la historia de la literatura erótica Sade y sus continuadores ocupan una posición singular. A pesar de la rabiosa alegría con que acumulan sus lóbregas negaciones, son descendientes de Platón, que exalto siempre al Ser. Descendientes luciferinos: hijos de la luz caída, la luz negra. Para la tradición filosófica Eros es una divinidad que comunica a la obscuridad con la luz, a la materia con el espíritu, al sexo con la idea, al aquí con el allá. Por estos filósofos habla la luz negra, que es la mitad del erotismo: media filosofía. Para encontrar visiones más completas hay que acudir no solo a los filósofos sino a los poetas y a los novelistas. Reflexionar sobre Eros y sus poderes no es lo mismo que expresarlo; esto último es el don del artista y del poeta. Sade fue un escritor prolijo y pesado, lo contrario de un gran artista; Shakespeare y Stendhal nos dicen más sobre la enigmática pasión erótica y sus sorprendentes manifestaciones que Sade y sus modernos discípulos, encarnizados en transformarla en un discurso filosófico. En los escritos de estos últimos las mazmorras y los lechos de navajas del sadomasoquismo se han convertido en una tediosa cátedra universitaria en la que disputan interminablemente la pareja placer/dolor. La superioridad de Freud reside en que supo unir su experiencia de medico con su imaginación poética. Hombre de ciencia y poeta trágico, Freud nos mostró el camino de la comprensión del erotismo: las ciencias biológicas unidas a la intuición de los grandes poetas. Eros es solar y nocturno: todos lo sienten pero pocos lo ven. Fue una presencia invisible para su enamorada Psiquis por la misma razón que el sol es invisible en pleno día: por exceso de luz. El doble aspecto de Eros, luz y sombra, cristaliza en una imagen mil veces repetida por los poetas de la Antología Griega: la lámpara encendida en la obscuridad de la alcoba.

Si queremos conocer la faz luminosa del erotismo, su radiante aprobación de la vida, basta con mirar por un instante una de esas figurillas de fertilidad del neolítico: el tallo de arbusto joven, la redondez de las caderas, las manos que oprimen unos senos frutales, la sonrisa extática. O al menos, si no podemos visitarlo, ver alguna reproducción fotográfica de las inmensas figuras de hombres y mujeres esculpidas en el santuario budista de Karli, en la India. Cuerpos como ríos poderosos o como montanas pacificas, imágenes de una naturaleza al fin satisfecha, sorprendida en ese momento de acuerdo con el mundo y con nosotros mismos que sigue al goce sexual. Dicha solar: el mundo sonríe. ¿Por cuanto tiempo? El tiempo de un suspiro: una eternidad. Si, el erotismo se desprende de la sexualidad, la transforma y la desvía de su fin, la reproducción; pero ese desprendimiento es también un regreso: la pareja vuelve al mar sexual y se mece en su oleaje infinito y apacible. Allí recobra la inocencia de las bestias. El erotismo es un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza reconciliada. El más allá erótico esta aquí y es ahora mismo. Todas las mujeres y todos los hombres han vivido esos momentos: es nuestra ración de paraíso.

La experiencia que acabo de evocar es la del regreso a la realidad primordial, anterior al erotismo, al amor y al éxtasis de los contemplativos. Este regreso no es huida de la muerte ni negación de los aspectos terribles del erotismo: es una tentativa por comprenderlos e integrarlos a la totalidad. Comprensión no intelectual sino sensible: saber de los sentidos. Lawrence busco toda su vida ese saber; un poco antes de morir, milagrosa recompensa, nos dejo en un fascinante poema un testimonio de su descubrimiento: el regreso al Gran Todo es el descenso al fondo, al palacio subterráneo de Plutón y de Perséfone, la muchacha que cada primavera vuelve a la tierra. Regreso al lugar del origen, donde muerte y vida se abrazan:

Dadme una genciana, una antorcha! Que la antorcha bífida, azul, de esta flor me guíe por las gradas obscuras, a cada paso más obscuras, hacia abajo, donde el azul es negro y la negrura azul, donde Perséfone, ahora mismo, desciende del helado Septiembre al reino ciego donde el obscuro se tiende sobre la obscura, y ella es apenas una voz entre los brazos platónicos, una invisible obscuridad abrazada a la profundidad negra, atravesada por la pasión de la densa tiniebla bajo el esplendor de las antorchas negras que derraman sombra sobre la novia perdida y su esposo.*


(*) Bavarian Gentians, la traducción del fragmento es mía.

En La llama doble
Mexico, 1993
Véase también
Foto: OP en 1959, Inge Morath © The Inge Morath Foundation/Magnum Photos