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16 may. 2010

Theodor Mommsen - Roma en los últimos tiempos de la república

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Desorden de las costumbres

Ya hemos dicho que las buenas costumbres y la honrada vida de familia no eran, en todas las clases de la escala social, más que cosas despreciables. La pobreza no solo había llegado a ser el peor de los vicios y una gran vergüenza, sino que se la proclamaba por aquel entonces como el único vicio. Por dinero vendían su patria el hombre político y su libertad el ciudadano; por dinero se obtenían grados en la milicia y se conseguían los votos de los jurados; por dinero se entregaba la noble dama como la prostituta pública. Las escrituras falsas y los perjurios eran muy frecuentes, y un poeta popular llama al juramento judicial "un emplasto para ponerlo a las deudas". No se conocía el sentido de la palabra honor, y aquel que hubiera pretendido rechazar la corrupción no habría sido estimado como hombre digno, sino más bien como enemigo. La estadística criminal de todos los tiempos y de todos los países no presentará fácilmente, que yo sepa al menos, el cuadro de crímenes dobles, odiosos y contra la naturaleza, que presenta a nuestra vista el proceso de Aulo Cruencio, en el seno mismo de una de las familias notables de una pequeña aldea agrícola de Italia.


Las amistades

Mientras en el fondo de la sociedad romana iban acumulándose diariamente espesas y envenenadas capas de lodo, en la superficie solo aparecía un barniz brillante y delicado: distinguidas maneras y un concierto universal de amistades. Todo eran idas y venidas y visitas recíprocas, de modo que en las casas de los grandes al levantarse el señor todas las mañanas, era menester disponer, por este mismo o por su ayuda de cámara, el arreglo, el orden y la marcha de lo más urgente. Las personas de distinción eran generalmente admitidas en audiencia particular; a los demás se los admitía en grupos, y después, para terminar, entraban los restantes todos juntos. Cayo Graco, el primer fundador de la monarquía, : como sabemos, fue el que introdujo esta costumbre. Igual que las visitas de cumplido, estuvo muy en boga el intercambio de esquelas de cortesía, y entre gentes que no tenían ni relaciones personales ni negocios estuvo de moda dirigirse "misivas amistosas" por tierra y por mar. Por el contrario, no se escribían ya cartas serias sobre asuntos reales, a menos que la carta se dirigiese a alguna corporación. De igual manera, las invitaciones a un banquete, las felicitaciones usuales de los cumpleaños y las fiestas domésticas ya no tenían nada de su carácter íntimo, y todo llegó a ser solemnidad pública.

La muerte misma no se libraba de la innumerable muchedumbre de "allegados"; y, si el rico romano quería tener un fin digno, debía dejar a cada uno de ellos un recuerdo. Como sucede en ciertas regiones de nuestra sociedad de la alta banca, la vida doméstica, con sus discretas costumbres y sus familiaridades íntimas y escogidas, se había perdido totalmente en la Roma de aquel tiempo. Aquello no era más que un tumulto de gentes de negocios, de conocimientos simples, que se intercambiaban forzadas reverencias y forzadas palabras galantes completamente insustanciales. En vez del genio vivo de la amistad, se levantaba su espectro, que era, a mi juicio, uno de los más terribles que el siglo de las preocupaciones y de la guerra civil había evocado del infierno.


Las mujeres

La emancipación de las mujeres ofrece otro aspecto característico de aquella harto manifiesta decadencia de la época. Hacía ya muchos años que la mujer había adquirido la libre facultad de sus bienes. En este tiempo encontramos los procuradores especiales que ponen todo su celo en el servicio de las damas ricas que viven independientes, ellos administran su fortuna, siguen sus procesos, las dominan por su práctica en los negocios y su conocimiento en la jurisprudencia, y sacan de sus aflicciones muchas propinas y muchos legados que los hacen más ricos que los corredores de Bolsa. Pero no es suficiente para la mujer el haberse librado de la tutela económica del padre o del marido. Las mimos y danzarinas, con su conocimiento de la música y otras varias artes, se ponen al mismo nivel de lo que han llegado a ser en nuestras modernas capitales; y las prima donnas, las cuereas y otras, cualesquiera que sean sus nombres, se presentan en cada página del libro de la historia.

A decir verdad, las artistas libres de la clase aristocrática vienen a hacer competencia y a ocasionar perjuicios a las comediantas de oficio. En las primeras casas de Roma ya no se toman en consideración los enlaces ilegales; es menester que un acontecimiento sea muy grande para que produzca escándalo, y era en extremo ridículo acudir a la justicia. Un día se cometió un escándalo sin igual: Publio Clodio penetró en la casa del gran pontífice, donde se celebraba la fiesta de las matronas. Cincuenta años antes, por un crimen mil veces menos odioso, fueron condenados a muerte muchos culpables; pero esta vez puede decirse que no se instruyó causa, y Clodio quedó impune.

Llegado el mes de abril, cuando se paralizaban en Roma los negocios, y la selecta sociedad acudía a Baia y a Puzzoli, se abría la estación de los baños. Su principal atractivo consistía en la facilidad de las relaciones lícitas o ilícitas, en los paseos en góndola o por la playa, animados por la música, el canto y los festines espléndidos. Allí las mujeres reinaban sin rival, pero bien pronto no les bastó ser soberanas en su imperio y se lanzaron a la política, se presentaron en los conciliábulos de los partidos, y con su oro y sus intrigas influyeron en el movimiento de las pandillas. Al ver a estas mujeres de Estado agitarse en el teatro de los Escipiones y Catones; al ver a aquellos hermosos jóvenes con la barba afeitada, de atiplada voz, andando a saltitos, con la gasa sobre la cabeza y el pecho, con adornos en las bocamangas y sandalias de mujer en los pies, imitando finalmente a las rameras, nos habremos de lamentar de aquel mundo trastornado, en el que los dos sexos parecían querer cambiar sus papeles.

Veamos lo que se pensaba del matrimonio, aun en los círculos aristocráticos. Uno de los mejores y más puros hombres de su tiempo, Marco Catón, no vaciló en divorciarse de su mujer por solicitud de un amigo que la quería, y, cuando después murió este amigo, la recibió de nuevo y se casó con ella por segunda vez. El celibato y las uniones estériles se hacían cada día más frecuentes en las clases altas. Antes se consideraba el matrimonio como una carga que había que sufrir en interés del Estado. Pero, en este tiempo, Catón el Joven y todos sus discípulos profesan la misma máxima considerada un siglo antes por Polibio como una de las causas de disolución de la sociedad griega: "Es deber del ciudadano conservar las grandes fortunas, y, para ello, no tener muchos hijos". ¿Qué había sido de aquellos tiempos en que llamarse proletarius era para todo romano un título de honor?

Historia de Roma