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18 may. 2013

Mo Yan: El retozar de un cerdo

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XIX Entre protestas por la injusticia regreso al salón de Yama. 
De nuevo engañado para renacer como un humilde cerdo 


Después de despojarme de mi piel de buey, mi indomable espíritu se cernió por encima de los uno coma seis acres de tierra de Lan Lian. La vida como buey había sido una existencia trágica. Después de mi encarnación como burro, el señor Yama había pronunciado la sentencia de que fuera enviado de nuevo como ser humano, pero acabé deslizándome por el canal de parto de una vaca. Estaba ansioso por presentar mis quejas, ya que habían cometido una injusticia conmigo aunque, no obstante, deseaba continuar cerca de Lan Lian y no me apetecía abandonarle. Bajé la mirada hacia el cadáver sangrante del buey y la cabeza plateada de Lan Lian mientras se desplomaba sobre la cabeza del animal y lloraba desesperadamente; y observé la obtusa expresión en el rostro de mi hijo adulto Jinlong, al joven muchacho de rostro azul, nacido de mi concubina Yingchun, y el rostro del amigo del joven, Mo Yan, cubierto de mocos y de lágrimas, así como los rostros de todas las demás personas que me resultaban tan familiares. Mientras mi espíritu abandonaba el cuerpo del buey, los recuerdos de mi vida como buey comenzaron a desvanecerse y fueron sustituidos por los de Ximen Nao. Yo era un buen hombre que no había merecido morir pero, aún así, me habían disparado. El señor Yama sabía que se había cometido un error y que iba a resultar muy difícil subsanarlo.

—Sí —dijo el señor Yama fríamente—, se ha cometido un error. Así pues, ¿qué crees que debería hacer al respecto? No estoy autorizado para enviarte de vuelta como Ximen Nao. Después de haber pasado por dos reencarnaciones, sabes tan bien como yo que el periodo de vida de Ximen Nao ha tocado a su fin. Sus hijos han crecido, su cadáver se ha descompuesto en la tierra y de su expediente no quedan más que cenizas. Se han saldado todas las cuentas que estaban pendientes. ¿Por qué no borras de tu mente los malos recuerdos y buscas la felicidad?

Me arrodillé sobre el frío suelo de mármol del salón del señor Yama.

—Gran Señor —dije, con cierto tono de agonía en mi voz—, no hay otra cosa en el mundo que desee más, pero no puedo. Todos esos recuerdos tan dolorosos son como parásitos que se aferran obstinadamente a mí. Cuando me reencarné en burro, me recordaron los agravios que se cometieron con Ximen Nao, y cuando me reencarné en buey, me recordaron todas las injusticias que tuve que sufrir. Todos esos viejos recuerdos me atormentan sin descanso, Gran Señor.

—¿Quieres decir que el elixir de la amnesia de Abuela Meng, que es mil veces más poderoso que las gotas adormecederas, no funcionó contigo? —preguntó el señor Yama con cierto tono de duda—. ¿Fuiste derecho a la Terraza del Hogar sin beberlo?

—Gran Señor, si te digo la verdad, no bebí el tónico cuando me enviaron de vuelta a mi mundo en forma de burro. Pero antes de reencarnarme en buey, tus dos sirvientes me pellizcaron la nariz y vertieron un cuenco del elixir en mi garganta. Incluso me amordazaron para que no lo vomitara.

—Pues sí que es extraño —respondió el señor Yama. Luego se volvió hacia el juez que se encontraba sentado junto a él—. ¿Es posible que la señora Meng hubiera elaborado un tónico adulterado?

Los jueces sacudieron la cabeza.

—Ximen Nao, ya no necesitamos nada más de ti. Si todos los fantasmas dieran tantos problemas como tú, el caos reinaría en este salón. Teniendo en cuenta tus actos de caridad cuando eras un ser humano y el sufrimiento por el que has pasado cuando te reencarnaste en burro y en buey, voy a mostrar una misericordia especial hacia ti y te enviaré de vuelta para que te reencarnes en un país lejano y estable cuyos ciudadanos son ricos, un lugar plagado de una belleza natural en el que es primavera todo el año. Tu futuro padre tiene treinta y seis años y es el alcalde más joven del país. Tu madre es una cantante profesional hermosa y dulce cuya voz le ha reportado multitud de premios internacionales. Serás su único hijo, una joya depositada en sus manos. Tu padre tiene un futuro brillante ante sí: a los cuarenta y ocho años ascenderá al cargo de gobernador. Cuando alcance la mediana edad, tu madre abandonará su carrera profesional y creará un negocio como propietaria de una famosa compañía de cosméticos. Tu padre conduce un Audi, tu madre un BMW y tú conducirás un Mercedes. Gozarás de una fama y de una fortuna mayores de lo que puedas imaginar y serás afortunado en el amor..., multitud de veces. Serás ricamente recompensado por el sufrimiento y las injusticias por las que has pasado hasta ahora en la Rueda de la Vida.

El señor Yama dio un golpe en la mesa con la punta del dedo e hizo una breve pausa. Levantó la mirada hacia la oscuridad de la marquesina de la sala y dijo mordazmente:

—Lo que acabo de decir debería hacerte muy feliz.

Antes de que se llevara a cabo esta reencarnación, me taparon los ojos con una venda negra. En la Terraza del Hogar fui recibido por un viento endiabladamente frío y por un hedor insoportable. La anciana, con su voz ronca, me maldijo con acritud por haberla acusado en falso, me golpeó en la cabeza con una cuchara de madera, luego me agarró por la oreja y vertió su caldo sobre mi boca. Tenía un sabor muy extraño, como si fuera salamanquesa sazonada con pimienta.

—Espero que te ahogues, cerdo estúpido, por insinuar que mi caldo estaba adulterado. Quiero que te hundas en tus recuerdos, que te hundas en tus vidas anteriores, y que te quedes sólo con el recuerdo de la basura y los excrementos. 

Los sirvientes demoníacos que me habían llevado hasta allí me sujetaban todo el tiempo por los brazos mientras esa malvada anciana me torturaba. Su risa de satisfacción inundó mis oídos.

Me caí de bruces en la plataforma, todavía agarrado por los sirvientes, que me hacían correr a tanta velocidad que no creo que mis pies tocaran el suelo. Me sentía como si estuviera volando. Finalmente, mis pies tocaron algo blando, casi como una nube. Cada vez que quería preguntar dónde me encontraba, una garra peluda me metía algo maloliente en la boca antes de que pudiera hablar, y un sabor amargo llenaba mi paladar, como si fueran los desechos de un licor añejo o de un pastel de alubias fermentado. Yo sabía que se trataba del olor del comedor de la Brigada de Producción de la aldea de Ximen.

Dios mío, mis recuerdos como buey todavía permanecían en mi interior. ¿Todavía soy un buey? ¿Todo lo demás sólo ha sido un sueño? Comencé a luchar, peleando como si tratara de liberarme de una pesadilla.

Grité y me asusté de mí mismo. A continuación, dirigí la mirada a mi alrededor y descubrí que había una docena o más de trozos retorcidos de carne junto a mí. Algunos eran negros, otros blancos, otros amarillos, incluso había varios de color blanco y negro. Tumbada en el suelo, delante de todos esos trozos de carne, se encontraba una puerca blanca. Escuché la voz familiar de una mujer agradablemente sorprendida:

—¡Número dieciséis! ¡Dios mío! ¡Nuestra puerca ha parido una carnada de dieciséis lechones!

Parpadeé para limpiarme la mucosidad que me cubría los ojos. No necesitaba mirarme para saber que esta vez había regresado reencarnado en un cerdo y que todos esos trozos de carne que se retorcían y chillaban eran mis hermanos y hermanas. Sabía muy bien en qué tenía que haberme convertido y estaba furioso al ver cómo ese traidor del señor Yama me había vuelto a engañar. Cómo odiaba a los cerdos, esas bestias inmundas. Me habría conformado con haberme reencarnado de nuevo en forma de burro o de buey, pero no en forma de cerdo, condenado a revolearme por el lodo y las inmundicias. He decidido que me voy a morir de hambre, eso es lo que haré, para así poder regresar cuanto antes al inframundo y ajustar las cuentas con ese maldito señor Yama.

Era un bochornoso día de verano. Según mis cálculos —los girasoles que se encontraban detrás de la pared de la cochiquera todavía no habían florecido, aunque las hojas ya estaban grandes y rellenas—, nos encontrábamos en algún momento del sexto mes lunar. Había moscas por todas partes y las libélulas dibujaban círculos en el aire por encima de mi cabeza. Sentía que mis patas se hacían cada vez más fuertes y que mi sentido de la vista mejoraba con rapidez. Mientras la puerca paría su carnada, me di cuenta de que había dos personas cerca: una de ellas era la hija mayor de Huang Tong, Huzhu, y la otra era mi hijo, Ximen Jinlong. Mi piel se erizó al ver el rostro familiar de mi hijo y me empezó a doler la cabeza. Era casi como si una enorme forma humana, o un espíritu desquiciado, estuvieran confinados en mi diminuto cuerpo de lechón. ¡Me estoy asfixiando! ¡Miseria, oh miseria! ¡Dejadme salir, dejadme expandirme, dejadme mudar esta abominable piel de cerdo, crecer y recuperar la forma humana de Ximen Nao! Pero, por supuesto, nada de todo aquello fue posible. Luché como un loco, pero acabé en la palma de la mano de Huang Huzhu. Ella me pellizcó la oreja con el dedo y dijo:

—Jinlong, al parecer, éste sufre convulsiones.

—¿Y a quién le importa? La vieja puerca no tiene bastantes tetas para todos, así que sólo espero que se muera —dijo con encono.

—De eso nada, todos van a vivir.

Huzhu me dejó en el suelo y me limpió con un paño rojo suave. Era tan dulce. Su tacto era maravilloso. Sin pretenderlo, lancé ese maldito sonido que emiten los cerdos.

—¿Ya ha tenido la carnada? ¿Cuántos han sido? —aquella potente voz salía del exterior de la cochiquera y me resultaba familiar. Cerré los ojos invadido por la desesperación. No sólo reconocí la voz de Hong Taiyue, sino que incluso podía asegurar que había recuperado su puesto de oficial. Señor Yama, oh, señor Yama, todas esas dulces promesas que me hiciste sobre la posibilidad de reencarnarme como el hijo acomodado de un alto oficial en un país extranjero, cuando lo único que pretendías era enviarme a una cochiquera de la aldea de Ximen. Me has engañado, maldito sinvergüenza, completo mentiroso. Luché tratando de liberarme de las manos de Huzhu y aterricé en el suelo con un golpe seco. Lancé un chillido y me desmayé.

Cuando me desperté, me encontraba tumbado en un lecho de hojas, con el sol brillante que se filtraba a través de las ramas de un albaricoquero. El olor del yodo flotaba en el ambiente. El suelo estaba lleno de ampollas brillantes. Me dolían los oídos, al igual que el trasero, supe que me habían traído de regreso de las puertas de la muerte. De repente, ante mi vista se materializó un rostro encantador y me di cuenta de que pertenecía a la persona que me había puesto las inyecciones. Sí, era ella, mi hija, Ximen Baofeng. Se había preparado para ser la doctora del pueblo, aunque a menudo también trataba a los animales enfermos. Vestida con una camisa de cuadros azules de manga corta, parecía sentirse preocupada por algo. Pero siempre tenía ese aspecto. Me pellizcó la oreja con su frío dedo y dijo a la persona que estaba a su lado:

—Ahora se encuentra bien, así que ya puedes llevártelo de nuevo a la pocilga para que se amamante.

Hong Taiyue avanzó y me frotó mi piel sedosa con su mano áspera.

—Baofeng —dijo—, no pienses que curar a un cerdo supone desmerecer tu talento.

—Nunca he pensado tal cosa, secretario del Partido —respondió Baofeng sinceramente mientras cogía su equipo médico—. Por lo que a mí respecta, no hay ninguna diferencia entre los animales y los seres humanos.

—Me alegra oír eso —dijo Hong—. El Presidente Mao ha pedido al pueblo que críe cerdos. Criar cerdos es un acto político y cuando se hace un buen trabajo en ese sentido estás mostrando lealtad al Presidente Mao. ¿Entendéis lo que os digo, Jinlong y Huzhu? Huzhu asintió, pero Jinlong se apoyó contra el albaricoquero; fumaba un cigarrillo barato.

—Te he hecho una pregunta, Jinlong —dijo Hong, evidentemente enojado.

Jinlong levantó la cabeza.

—Te estoy escuchando, ¿no? —dijo—. ¿Quieres que te recite palabra por palabra la directiva del Presidente Mao sobre la necesidad de criar cerdos?

—Jinlong —dijo Hong mientras me acariciaba la espalda—. Sé que estás molesto, pero no debes olvidar que Li Renshun, de la aldea de Taiping, envolvió un pescado en un periódico con la imagen del Presidente Mao y fue condenado a ocho años. Ahora mismo, mientras hablo, está realizando trabajos forzados. ¡Tu problema es mucho peor que el suyo!

—Lo mío fue sin querer, ésa es la diferencia.

—Si lo tuyo hubiera sido intencionado, te habrían fusilado —respondió Hong, cuyo enfado iba en aumento—. ¿Sabes por qué te protejo? —preguntó, mientras desviaba la mirada hacia Huzhu—. En parte porque Huzhu y tu madre se pusieron de rodillas ante mí y me suplicaron. Pero la razón principal fue que yo lo sabía todo de ti. Procedes de un mala cuadra, pero creciste bajo la bandera roja y fuiste la clase de joven que queríamos promocionar en el periodo anterior a la Revolución Cultural. Eres un joven culto, un licenciado en educación media, justo lo que la revolución necesita. No pienses que criar cerdos es algo indigno para una persona de tu talento. Teniendo en cuenta las actuales circunstancias, ningún trabajo es más glorioso ni más arduo que criar cerdos. ¡Al asignarte aquí, el Partido está poniendo a prueba tu actitud hacia la línea revolucionaria del Presidente Mao!

Jinlong arrojó su cigarrillo al suelo, se incorporó e hizo una reverencia con la cabeza para recibir la reprimenda de Hong Taiyue.

—Vosotros dos estáis de suerte..., pero como el proletariado no ve con buenos ojos la suerte, será mejor que hablemos de las circunstancias.

Hong extendió la mano y yo estaba en ella.

—Nuestra puerca de la aldea ha parido una carnada de dieciséis lechones, algo insólito en toda la provincia. El gobierno del condado busca en este instante un modelo que permita criar cerdos —dijo, y bajando la voz, añadió entre susurros, con una nota de misterio—: Un modelo a seguir, ¿sabes a lo que me refiero? Conoces muy bien el significado de esa expresión, ¿verdad? Los arrozales de Dazhai son un modelo a seguir. Los campos de aceite de Daqing, en Xiadingjia, son un modelo a seguir. Incluso las danzas de las ancianas que se organizan en Xujiazhai son un modelo a seguir. Entonces, ¿por qué las granjas de cerdos de la aldea de Ximen no pueden ser un modelo a seguir? Lan Jinlong, hace unos años estableciste un modelo a seguir de ópera, ¿no es cierto? Llevaste a Jiefang y al buey de tu padre a la comuna, ¿verdad? ¿Acaso no estabas intentando crear modelos a seguir?

Jinlong levantó la mirada, con los ojos relucientes. Yo conocía perfectamente el temperamento de mi hijo y cómo en su mente aguda se formaban ideas brillantes que solían equivaler a lo que hoy se podría considerar como absurdas, pero que en aquel momento se elogiaban con entusiasmo.

—Me estoy haciendo viejo —dijo Hong—, y ahora que me han dado una segunda oportunidad, lo único que espero es hacer un buen trabajo en el desarrollo de la aldea y ser digno de la confianza de las masas y de mis superiores. Pero el porvenir de los jóvenes como tú es ilimitado. Mientras hagas todo lo que está en tu mano, podremos confiar en que triunfarás y, si surge algún problema, yo asumiré toda la responsabilidad.

Hong Taiyue señaló a los miembros de la comuna que se encontraban cavando zanjas y levantando paredes en el huerto de albaricoqueros.

—Dentro de un mes habrá doscientos criaderos de cerdos aquí, con el objetivo de asignar cinco cerdos a cada persona. Cuantos más cerdos criemos, más fertilizante conseguiremos y mayores serán las cosechas que obtengamos. Rollos de grano dentro, preocupaciones fuera; zanjas profundas, amplios graneros. No más hegemonía, sólo apoyo para la revolución en todo el mundo. Cada cerdo es una bomba que se arroja al corazón de los imperialistas, de los revisionistas y de los reaccionarios. Así que esta puerca nuestra, con su carnada de dieciséis lechones, nos ha traído dieciséis bombas. Las puercas viejas son cargueros que lanzarán todos nuestros ataques contra los imperialistas, los revisionistas y los reaccionarios de todo el mundo. Ahora los dos debéis comprender la importancia que tiene haberos asignado este puesto.

Clavé la mirada en Jinlong mientras escuchaba el grandioso discurso de Hong Taiyue. Ahora que había pasado por varias reencarnaciones, nuestra relación padre e hijo se había debilitado hasta llegar a convertirse en poco más que un vago recuerdo, en unas cuantas palabras inscritas en el registro familiar. El discurso de Hong Taiyue influyó en Jinlong como un potente estimulante, y puso a funcionar su mente e hizo que su corazón latiera con fuerza. Estaba ansioso por ponerse en marcha. Frotándose las manos excitado, se acercó a Hong, con las mejillas crispadas, sus orejas grandes y finas palpitando, y me preparé para escuchar el habitual dilatado monólogo que estaba a punto de pronunciar. Pero esta vez me equivoqué, ya que no hubo ningún monólogo. Los diversos reveses que le había dado la vida le hicieron madurar. Me cogió de las manos de Hong Taiyue y me sostuvo tan cerca de él que podía sentir cómo latía su corazón. Se acercó y me besó en la oreja. Ese beso algún día se convertiría en un detalle importante en el glorioso dosier del granjero de cerdos modelo Lan Jinlong: «Lan Jinlong realizó la resurrección boca a boca en un intento por salvar la vida a un lechón recién nacido, arrebatando al lechón de manchas púrpuras de las garras de la muerte. El lechón celebró su salvación con los chillidos propios de su especie. Pero Lan Jinlong, enervado por el esfuerzo, se desmayó en la cochiquera después de afirmar resueltamente:

»—¡Secretario del Partido Hong, de hoy en adelante, todos los cerdos son mi padre y todas las puercas son mi madre!».

—Eso es lo que quería oír —dijo Hong con alegría—. Los jóvenes que consideran que nuestros cerdos son sus madres y padres son exactamente lo que necesitamos.


En La vida y la muerte me están desgastando, Libro Tercero
Título Original: Shengsi pilao
Traductor: Carlos Ossés Torrón
Madrid, Editorial Kailas, 2009
Foto original color © Zhu Zheng/Xinhua Press/Corbis

12 oct. 2012

Mo Yan (Premio Nobel 2012): Las Baladas del Ajo (Cap. 20)

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[Contiene spoiler ]

Canto al mes de mayo del año 1987; a un proceso criminal acaecido en Paraíso: la policía vino de todas partes, arrestando a noventa y tres de sus conciudadanos. Algunos murieron, otros fueron a la cárcel... 
¿Cuándo verá el pueblo llano el cielo azul de la justicia?
Extracto de una balada cantada por Zhang Kou en una calle del lado oeste del edificio de oficinas del gobierno.


Después de terminar el verso sintió cómo el suelo de la cantina retumbaba. Un trago de agua fresca humedeció su parcheada y abrasiva garganta. Todo lo que escuchó a su alrededor fue un aplauso y de vez en cuando algún grito lanzado por las jóvenes voces: «¡Bravo Zhang Kou! ¡Otra, otra, otra!». Mientras escuchaba sus voces, apenas podía ver los cuerpos polvorientos y los ojos resplandecientes que había ante él. Era finales de otoño y todo el revuelo que desataron los incidentes del ajo acaecidos en el Condado Paraíso se había aplacado. Más de veinte campesinos, entre los que se encontraba Gao Ma, que fue considerado su cabecilla, habían sido condenados a permanecer en un campo de trabajo para reformarse; el jefe del Condado, Zhong «Servidor del Pueblo» Weimin, y el secretario del partido del Condado, Ji Nancheng, habían sido trasladados a otro destino. Sus suplentes, después de entregar una serie de informes a los dignatarios locales, organizaron un programa obligatorio para los trabajadores del Condado con el fin de rastrillar el ajo podrido de las calles de la ciudad y arrojarlo al río Agua Blanca, que pasaba por la ciudad. Calcinado por el sol de mediados de verano, el ajo desprendía un hedor que se extendía por toda la ciudad hasta que un par de tormentas de verano aliviaron el martirio. Al principio, los incidentes fueron la comidilla de todo el mundo, pero las tareas del campo y la conciencia de que el tema se estaba estancando tuvieron el mismo efecto en las conversaciones que el de la lluvia sobre el olor del ajo. Zhang Kou, cuya ceguera le había servido para obtener la clemencia del jurado, resultó ser la excepción. Salvaguardado en una calle lateral que se extendía junto al edificio de oficinas del gobierno, tañía sin descanso su erhu y cantaba una balada sobre el ajo que se cultivaba en Paraíso, donde cada versión se construía sobre la base de la anterior.

... Dijeron que los oficiales amaban al pueblo. Entonces, ¿por qué trataban a la gente como si fueran sus enemigos?
Los gravosos impuestos y los aranceles cobrados por debajo de la mesa, como bestias abominables, obligaron a los campesinos a dirigirse a las colinas.
El pueblo llano tiene una montaña de protestas, pero no se atreve a expresarlas. Ya que, en cuanto abren la boca, las porras eléctricas se la cierran de golpe...

En este punto de su canción algo caliente le aguijoneó sus ciegos ojos, como si las lágrimas se hubieran materializado desde alguna parte de su cuerpo, y recordó lo mucho que había sufrido en la prisión del Condado.

El policía sostuvo la caliente porra eléctrica en su boca hasta que se escuchó cómo crujía.

—¡Cierra el pico, maldito ciego cabrón! —espetó el policía envenenadamente. A continuación, la chisporroteante porra tocó sus labios y un relámpago le golpeó como si le hubieran clavado un millar de agujas. Sus dientes, sus encías, su lengua y su garganta... Un estallido de dolor golpeó la parte superior de su cabeza y descendió por el resto del cuerpo. Un grito salió de su garganta, enviando multitud de escalofríos por toda la columna vertebral. La sangre emanaba de las marchitas cuencas de sus ojos.

—Puedes obligarme a comer mierda —dijo—, pero no puedes hacer que mantenga la boca cerrada aunque quisiera. En mi interior hay cosas que se deben expresar. Yo, Zhang Kou, estoy unido para siempre a la gente del pueblo...

—¡Así se habla, Tío Abuelo Zhang Kou! —gritaron dos jóvenes compañeros—. ¡Hay medio millón de personas en el Condado Paraíso y la tuya es la única boca que se atreve a hablar claro!

—¡Zhang Kou, deberías ser elegido jefe del Condado! —se mofó alguien.

Todo el mundo dice que nuestros líderes locales son elegidos por las masas. 
¿Pero por qué los funcionarios siguen gastándose todo el dinero de sus amos? 
Nosotros, el pueblo llano, sudamos sangre como si fuéramos bestias de carga, sólo para que los oficiales corruptos y codiciosos puedan engordar y no hacer nada.

En este punto de su canción, Zhang Kou pronunció cada palabra con rabia, en voz alta y clara, lanzando a su público a un frenesí de palabrería incontrolada.

—¡Maldición! Se llaman a sí mismos siervos públicos, ¿verdad? ¡Unos demonios chupasangre, eso es lo que son!

—¡Dicen que pueden nombrarte líder del Condado por cincuenta mil yuan al año!

—La residencia celebra a diario un banquete de lujo, con comida suficiente como para alimentarnos durante todo un año.

—¡Están corrompidos hasta la médula!

La voz de un anciano se unió a la discusión.

—Vosotros, los jóvenes, será mejor que tengáis cuidado con lo que decís. Tú también, Hermano Zhang Kou. ¡No olvides lo que le pasó a la gente que destrozó las oficinas del gobierno!

Zhang Kou cantó a modo de respuesta.

—Buen hermano, permanece ahí plácidamente y escucha mi historia...

Apenas empezaron a salir las palabras de su boca cuando varios hombres se abrieron paso a codazos gritando entre la multitud.

—¿Qué hace aquí toda esta gente? Estáis bloqueando el tráfico e interrumpiendo el orden. ¡Disolveos, moveos!

Dándose cuenta enseguida de que las voces pertenecían a los policías que le habían tratado en la prisión, Zhang Kou comenzó de nuevo a tañer su erhir.

Canto a una chica m uy atractiva, con unas hermosas y enormes tetas y una cintura esbelta, que se pasea por la calle, haciendo girar la cabeza a todos los jóvenes...

—¿Zhang Kou, todavía sigues cantando esa mierda de rimas? —preguntó uno de los policías.

—Oficial, no me juzgues de forma precipitada —respondió Zhang Kou—. Como soy ciego, tengo que recurrir a mi boca para poder vivir. No soy un delincuente.

Un compañero joven que se encontraba entre la multitud habló:

—Zhang Kou debe estar agotado después de llevar toda la tarde cantando. Se merece un descanso. Vamos, amigos, rascaos el bolsillo. Aunque no os podáis permitir darle diez yuan, al menos una sencilla moneda de cobre será mejor que nada. Si todo el mundo contribuye, podrá comprarse unos ricos y deliciosos bollos.

Se escuchó el sonido metálico característico de las monedas que caían delante de él y el crujido de los billetes de papel en contacto con el suelo. «Muchas gracias —dijo una y otra vez—. Gracias a todos, jóvenes y ancianos».

—Oficiales, buenos tíos, vuestras raciones proceden del tesoro nacional y recibís un salario suficiente como para no lamentar que se deslicen algunas monedas por entre los dedos. Tened un poco de clemencia con este anciano ciego.

—¡Y una mierda! ¿Qué te hace pensar que tenemos dinero? —respondió airado uno de los policías—. ¡Tú ganas más con media hectárea de ajo de lo que ganamos nosotros jugándonos el culo durante todo el año!

—¿Otra vez hablando del ajo? ¡Seguro que tus nietos son lo bastante estúpidos como para plantar ajo el próximo año! —se burló un joven.

—Eh, tú —demandó el policía—. ¿Qué has querido decir con eso?

—¿Yo? Nada. Lo único que digo es que, para mí, se ha acabado el ajo. De ahora en adelante, voy a plantar alubias y quizá un poco de opio —se quejó el joven.

—¿Opio? ¿Cuántas cabezas tienes sobre los hombros, pequeño rufián? —preguntó el policía.

—Sólo una. ¡Pero me verás pidiendo limosna en la calle antes de plantar un solo tallo de ajo! —dijo el joven, alejándose.

—¡Detente ahora mismo! ¿Cómo te llamas? ¿De qué aldea eres? —exigió el policía, corriendo tras él.

—¡Corred todos! ¡La policía vuelve a la carga de nuevo! —gritó alguien. Entre gritos y lamentos, la multitud se dispersó en todas las direcciones, dejando a Zhang Kou envuelto en un manto de silencio. Ahuecó la oreja para averiguar lo que estaba sucediendo, pero su público fiel se había escabullido como un pez en las profundidades del océano, dejando tras de sí un paño de silencio y el hedor de su sudor.

Desde algún punto en la lejanía llegó el sonido de una corneta, seguida por el ruido de los niños en su camino a la escuela. Sintió sobre su espalda el calor del sol de la tarde propio de finales de otoño. Después de coger su erhu, anduvo a tientas por el suelo para recoger las monedas y los billetes que la gente había arrojado a sus pies. La gratitud inundó su corazón cuando cogió un billete gigantesco de diez yuan y su mano comenzó a temblar. La intensidad de sus sentimientos hacia su anónimo benefactor era insondable.

Después de ponerse de pie, avanzó por la bacheada carretera, bastón en mano, dirigiéndose hacia la estación de ferrocarril y abandonó el almacén al que él y otros viejos vagabundos llamaban hogar. Desde que salió de la prisión, donde fue sometido a todo tipo de abusos físicos, se había ganado la admiración de los ladrones, de los mendigos y de los adivinos de la localidad, los llamados despojos de la sociedad. Los ladrones robaron una esterilla para dormir hecha de junco y suficiente forro de algodón como para prepararle una blanda y confortable cama, y los mendigos compartieron con él su mísero botín. A lo largo de los días y de las semanas fue mejorando, ya que había personas que cuidaban de él, haciéndole recuperar la fe en la naturaleza humana. Por lo tanto, subordinando su propia seguridad al amor por sus amigos marginados, cantó a pleno pulmón una balada sobre el ajo para protestar por el maltrato al que estaba sometido el pueblo llano.

Aproximadamente a medio camino de casa, además del olor familiar de las hojas blanqueadas de un viejo árbol, también percibió la esencia intensa y metálica del aceite resistente al óxido. Apenas tuvo tiempo para reaccionar antes de que una mano se posara sobre su hombro. De manera instintiva, metió la cabeza entre los hombros y cerró los labios con fuerza, esperando ser abofeteado. Pero fuera quien fuera el desconocido, se limitó a reír amistosamente y dijo con voz suave:

—¿De qué tienes miedo? No voy a hacerte daño.

—¿Qué quieres? —preguntó con voz trémula.

—Zhang Kou —dijo el hombre amablemente—, no habrás olvidado lo que una porra eléctrica es capaz de hacer en tu boca, ¿verdad?

—No he dicho nada.

—¿De veras?

—No soy más que un anciano ciego que canta historias para poder vivir. Así es como consigo matar el hambre.

—Sólo pienso en tu bienestar —dijo el hombre—. No más canciones sobre el ajo, ¿me oyes? ¿Qué crees que se va a agotar antes, tu boca o la porra eléctrica?

—Muchas gracias por la advertencia. Lo he comprendido perfectamente, —Eso está bien. Ahora no cometas ninguna locura. Tener la boca demasiado grande es la causa de la mayor parte de los problemas.

El hombre se dio la vuelta y se alejó. Unos segundos después, Zhang Kou escuchó el ruido de una motocicleta arrancando y perdiéndose por la carretera. Permaneció mucho tiempo detrás del viejo árbol sin atreverse a mover un dedo. La mujer que regentaba una tienda de alimentación situada cerca del enorme viejo árbol le vio.

—¿Eres tú, Tío Abuelo Zhang? —le llamó con voz cálida—. ¿Por qué estás ahí? Ven a comer unos esponjosos bollos, recién sacados del horno. Invito yo.

Una risa irónica escapó de los labios del ciego mientras golpeaba el tronco del árbol con el bastón; después, comenzó a lanzar gritos furiosos:

—¡Malditas hienas de corazón oscuro! ¿Realmente creéis que podéis cerrarme la boca tan fácilmente? ¡Sesenta y seis años son suficiente vida para un hombre!

La pobre mujer gritó alarmada.

—Tío Abuelo, ¿con quién estás tan enfadado? ¿Es algo por lo que merezca la pena ponerse histérico?

—Ciego y pobre, mi vida nunca ha valido más que un puñado de monedas de cobre. ¡Cualquiera que piense que puede cerrar la boca a Zhang Kou será mejor que se prepare para revocar los veredictos del caso del ajo!

De vuelta a la calle, comenzó a cantar a pleno pulmón.

La propietaria lanzó un profundo suspiro mientras veía bajar por el callejón la enjuta silueta del anciano ciego.

Tres días más tarde las lluvias de otoño convirtieron la calle lateral en un mar de lodo. Mientras la propietaria de la tienda de alimentación permanecía en el umbral de la puerta contemplando la farola que se encontraba en el otro extremo de la calle, con las gotas de lluvia bailando entre su pálida luz amarilla, experimentó una sensación de soledad y aburrimiento desesperante. Antes de cerrar la puerta e irse a la cama, creyó haber escuchado el sonido de una monótona canción de Zhang Kou rondando su casa. Abrió la puerta de golpe y miró a un lado y a otro de la calle, pero la música cesó. Después de cerrar la puerta, volvió a escuchar la música, más íntima y conmovedora que antes.

A la mañana siguiente encontraron el cuerpo de Zhang Kou desplomado sobre la calle lateral, con la boca llena de un lodo hediondo. Tumbado junto a él se encontraba el cadáver sin cabeza de un gato.

Las nubes de lluvia trajeron consigo el insoportable hedor del ajo podrido, que invadió toda la ciudad. Los ladrones, los mendigos y otros indeseables transportaron el cuerpo de Zhang Kou a través de la calle, lanzando gemidos y lamentos desde el alba hasta que cayó la noche, momento en el que cavaron una fosa cerca del enorme árbol viejo y enterraron a Zhang Kou.

Desde ese día, la propietaria de la tienda de alimentación cada noche escucha cantar a Zhang Kou. La pequeña calle lateral no tardó en convertirse en una calle habitada por fantasmas. Uno por uno, los residentes se vieron obligados a marcharse, salvo la propietaria, que un día se ahorcó en el enorme árbol, uniéndose a la población espectral que moraba en el barrio.

Durante toda la noche Cuarta Tía respiró emitiendo un silbido, tosió y armó mucho ruido, robando el sueño a sus compañeras de celda. La presa a la que llamaban Muía Salvaje maldijo enfadada: —¡Si te estás muriendo, maldita sea, hazlo ya...! —Estoy tratando de no toser, muchacha —dijo Cuarta Tía en tono de disculpa—, y ten por seguro que dejaría de estornudar si pudiera...

La muchacha de cejas largas y hermosas que dormía en la litera situada encima de Cuarta Tía protestó:

—Es un crimen el modo en el que obligan a una anciana enferma a cumplir una condena. Dolida en el alma al recordar la injusticia que se estaba cometiendo con ella, Cuarta Tía sintió cómo las lágrimas inundaban sus ojos y resbalaban por sus mejillas. Y cuanto más pensaba en ello, peor se sentía, hasta que un gemido de agonía ahogó su garganta.

Sus compañeras de celda —aproximadamente una docena en total— se levantaron. Las que tenían el corazón más blando se colocaron el abrigo sobre los hombros y se acercaron a ver qué ocurría, mientras que las que no se conmovían con tanta facilidad se limitaron a protestar y a maldecir.

—¡Déjalo ya! —ordenó Muía Salvaje—. Sabía que esto iba a pasar. Se supone que eras dura como la piedra, pero te has venido abajo fácilmente: ¡cinco años por quemar un edificio del gobierno!

Entre sollozos y respiraciones con silbidos, Cuarta Tía gimió:

—Muchacha, sé que voy a morir en este campo...

Una guardiana con los ojos somnolientos apareció en la ventana y dio un golpe en las barras.

—¿Qué está pasando ahí? ¿Quién está haciendo todo ese ruido a estas horas de la noche? —Informando, oficial —dijo la muchacha de cejas largas—. Número Treinta y Ocho está enferma.

—¿Qué le ocurre?

—No puede dejar de toser y de estornudar.

—Eso no es nada nuevo. Ahora déjalo ya y ponte a dormir. Hay gimnasia a primera hora de la mañana, no lo olvides. Después de que la guardiana se fuera, la muchacha de cejas largas vertió un poco de agua en una taza, la acercó a los labios de Cuarta Tía v sacó de debajo de la almohada algunas pastillas.

—Toma, tía —dijo—, son para aliviar el dolor y la inflamación. Toma un par de ellas, te ayudarán.

—No puedo gastar tus medicinas, cariño —objetó Cuarta Tía.

—Todos estamos metidos en esto —respondió la muchacha—, así que ahora no debes preocuparte por nimiedades como ésta.

La muchacha ayudó a Cuarta Tía a tomar las pastillas.

—Jovencita —dijo llorosa Cuarta Tía—, ¿cómo puedo compensarte por esto?

—Conviértela en tu nuera —intervino Muía Salvaje.

—¿Con los hijos que tengo? —comentó Cuarta Tía—. No se merecen a una persona como ella.

—Y tú, mientras vendes una muía por delante, la cabeza de una tortuga se acerca sigilosa por detrás —soltó la muchacha.

Muía Salvaje se puso de pie airada y la miró directamente.

—¿Con quién estás hablando?

—Contigo —respondió la muchacha desafiante—. ¡Te estoy llamando puta apestosa que vende su coño!

Primero mortificada y luego enrabietada, Muía Salvaje cogió un zapato rayado de cuero y lo arrojó hacia su contendiente.

—¿Que yo vendo mi coño? —gruñó—. ¿Acaso tú no lo haces? Deja de mostrarte tan engreída. Las pequeñas virgencitas no salen vivas de un sitio como éste.

La muchacha de cejas largas se agachó justo a tiempo para que el zapato pasara por encima de ella y golpeara a una mujer con aspecto de comadreja que ocupaba la cama número tres y cumplía condena por ahogar a su propio hijo. Tras recibir el impacto, se puso de pie y golpeó a la muchacha de cejas largas en la cabeza.

Entonces se armó un terrible alboroto, con la muchacha de cejas largas y Muía Salvaje arañándose, la comadreja desatando una tormenta y Cuarta Tía gritando entre lágrimas. Las demás prisioneras se unieron golpeando los barrotes, aullando o repartiendo algunos golpes por su cuenta.

Dos carceleras armadas con porras entraron precipitadamente en la celda y redujeron rápidamente a las combatientes sin preocuparse de hacer distinciones.

—La próxima que haga un solo ruido —amenazó una de ellas—, se queda sin comer tres días. La otra dijo:

—¡Números Veintinueve y Cuarenta, fuera! Os venís con nosotras.

—Yo no he hecho nada —se quejó la muchacha de cejas largas.

—Cierra el pico —dijo la carcelera, recalcando su orden con un golpe bien dirigido de su porra.

Muía Salvaje sonrió tímidamente. —Oficiales, admito que me he portado mal, pero prometo que no volveré a hacerlo. Sólo quiero dormir un poco.

—¡No me vengas con ésas! Vestios y venid conmigo.

Cuarta Tía, doblada por la cintura, intercedió por sus compañeras de celda.

—No las culpe, oficial, todo es por mi culpa. No soy más que una anciana que no es capaz de dejar de toser y de estornudar. Las otras chicas no podían soportarlo.

—Ya basta —dijo la carcelera—. ¡No utilicéis a esta santa madre para que influya sobre nosotras!

Mientras la carcelera condujo a la muchacha de cejas largas y a Muía Salvaje fuera de la celda, Cuarta Tía tuvo que taparse la boca sin dejar de llorar en voz alta. Aquella noche, tuvo una serie de pesadillas. En la primera soñó con que Jinju acudía a visitarla, pero cuando Cuarta Tía avanzó hacia ella, la lengua de su hija embarazada salió de su boca y sus ojos saltaron de sus cuencas. Cuarta Tía se despertó dando un grito, con la piel fría y húmeda. Los cables telefónicos que se extendían por fuera del muro de la prisión emitían un cántico con el viento de otoño. Los rayos de luna atravesaban sesgados la ventana y aterrizaban sobre el rostro de la ladrona que dormía en la cuarta cama. La muchacha, que apenas había madurado como mujer, dormía con la nariz ronzada y rechinando los dientes ante uno de sus sueños.

Cuarta Tía apenas había vuelto a cerrar los ojos cuando Cuarto Tío apareció junto a su cama, con la cabeza ensangrentada, y dijo:

—Madre de mis hijos, ¿por qué todavía sigues aquí? Te quiero a mi lado.

Alargó el brazo para llegar hasta Cuarta Tía, quien de nuevo se despertó asustada. Su corazón latía violentamente. Más allá de la cocina del campamento, cantó un gallo. Un canto más y ya despuntaría el alba.

Sonó el toque de diana. Cuarta Tía salió a duras penas de la cama, se tambaleó brevemente y se desplomó como si fuera una muñeca de trapo. Los gritos de sus compañeras de celda, que estaban haciendo sus camas, hicieron que la carcelera llegara corriendo. Cuando abrió la puerta, Cuarta Tía yacía boca abajo.

—¡Levantadla del suelo! —ordenó la carcelera.

Las compañeras de celda de Cuarta Tía así lo hicieron, con más rapidez que eficacia. A continuación la carcelera llamó al médico del campamento, que le puso una inyección. Tenía la boca crispada y por sus ojos resbalaba un torrente de lágrimas amargas mientras el médico colocaba una tirita sobre un corte que se hizo en la cabeza. Justo después del desayuno, la carcelera dijo:

—Puedes tomarte el día libre, Número Treinta y Ocho. Cuarta Tía se quedó muda de agradecimiento. Después de que las demás internas hubieran formado varias filas en el complejo y marcharan hacia los campos para empezar las tareas del día, un silencio inundó el bloque de celdas, amplificando el sonido de las enormes ratas que se deslizaban por el patio de la prisión y ahuyentando a los hambrientos gorriones que picoteaban algunas migas de pan en el lodo. Algunos de los pájaros se refugiaron sobre la repisa de la ventana, donde giraron las cabezas y fijaron sus ojos negros y redondos sobre Cuarta Tía. Completamente sola, y abrumada por la tristeza, se echó a llorar. Después, una vez que remitieron las ganas de llorar, murmuró:

—Es hora de unirme a ti, esposo...

Se quitó los pantalones, pasó el cinturón alrededor del marco de metal de la litera que estaba encima de la suya y enganchó el botón superior. Otro sollozo, un último pensamiento —esposo, no puedo soportar más esto—, antes de deslizar el ojal del pantalón por encima de su cabeza y dejarse caer hacia delante.

Pero Cuarta Tía no murió, al menos no en ese momento. Fue salvada por una carcelera que pasaba por allí quien, con una sonora bofetada en el rostro, maldijo:

—¿En qué diablos estás pensando, maldita vieja mofeta? Mientras lanzaba un sonoro gemido, Cuarta Tía cayó de rodillas.

—Sé una buena chica y déjame morir, por favor... La carcelera dudó por unos instantes y su rostro adquirió una amable femineidad. Mientras ayudaba a Cuarta Tía a ponerse de pie, dijo dulcemente:

—Vieja Madre, no digas a nadie lo que hoy ha pasado aquí. Será nuestro secreto. Si dejas de armar jaleo y te esfuerzas por ser una prisionera modelo, trataré de hacer que te suelten pronto.

Esta vez, mientras Cuarta Tía caía de nuevo de rodillas, la carcelera la detuvo: —Eres una buena chica —dijo Cuarta Tía—. Pero alguien tiene que pagar por la muerte de mi marido.

—Deja ya de decir esas cosas —la consoló la carcelera—. Encabezar a una muchedumbre para destruir las oficinas del gobierno es un grave delito...

—Perdí la cabeza. Prometo que no lo voy a volver a hacer...

Un mes más tarde, Cuarta Tía fue liberada por prescripción facultativa y poco tiempo después estuvo de vuelta en casa.

El día de Año Nuevo de 1988 era festivo para los varios cientos de prisioneros que se encontraban encerrados en el campo de trabajo. Algunos lo pasaron durmiendo, otros escribiendo a casa y otros se agolparon en el patio que se extendía al otro lado de la ventana de la sala de ocio para ver un programa de variedades en un aparato de televisión en blanco y negro.

Gao Ma y Gao Yang se sentaron en una enorme baldosa de mármol que había en el patio, desnudos de cintura para arriba mientras despiojaban sus chaquetas. Los rayos de sol calentaban el lodo que se extendía a su alrededor y caían sobre su bronceada piel. Aquí y allá otros pequeños grupos de prisioneros se sentaban bajo el sol a conversar entre susurros. Los guardias armados ocupaban las torres que se levantaban más allá de la puerta interior, sin perder de vista ni un instante a los hombres que había abajo. La puerta principal, cubierta con una malla de acero, estaba cerrada con llave. Algunos oficiales del campo cortaban el pelo a los prisioneros, haciendo bromas y riendo alegremente.

Las ratas gigantes entraban y salían de la letrina. En la zona que había entre las dos puertas, un enorme gato negro se había visto obligado a subir a un árbol ante la llegada de un enjambre de roedores.

—Cuando las ratas alcanzan ese tamaño, hasta los gatos se asustan de ellas —comentó Gao Yang.

Gao Ma sonrió.

—Le dije a mi esposa que te trajera un par de zapatos después de primero de año —dijo Gao Yang.

—No le des más trabajo por mi culpa —dijo Gao Ma, visiblemente conmovido—.Tu mujer está muy ocupada con los dos niños. Un soltero como yo necesita pocas cosas.

—Resígnate, primo, y soporta el próximo año de la mejor manera posible. Entonces, cuando salgas, encuentra una esposa y sienta la cabeza.

Gao Ma sonrió lánguidamente, pero no dijo nada.

—Después de todo, eres un veterano del ejército —prosiguió Gao Yang—. Los líderes del campo te han echado el ojo. Sé que puedes conseguir que te liberen pronto si haces lo que te dicen. Podrías estar fuera de aquí antes que yo.

—Tarde o temprano, ¿eso qué importa? —respondió Gao Ma—. Prefiero cumplir la condena por ti para que te puedas ir a casa y cuidar de nuevo de tu familia.

—Primo —dijo Gao Yang—, estamos destinados a tener mala suerte. Para los hombres, sufrir de esta manera no es gran cosa, pero piensa en la pobre Cuarta Tía...

Ansiosamente, Gao Ma preguntó:

—¿No la habían liberado por motivos de salud?

Dudando unos instantes, Gao Yang dijo:

—Mi esposa me pidió que no te lo dijera...

—¿Que no me dijeras qué? —exigió Gao Ma ansiosamente, agarrando la mano a Gao Yang.

Gao Yang suspiró.

—Después de todo, era tu suegra, así que no estaría bien ocultártelo.

—Habla, primo. No me tengas en suspenso.

—¿Te acuerdas el día que vino mi esposa a visitarme? —dijo Gao Yang—. Fue entonces cuando me lo contó.

—¿Qué te dijo?

—Los hermanos Fang son unos malditos cabrones. ¡No merecen llamarse seres humanos!

La paciencia de Gao Ma se estaba acabando.

—Primo Gao Yang, es hora de sacar las alubias de la cesta. Me estás volviendo loco con tu forma de divagar.

Gao Yang volvió a suspirar.

—Muy bien, te lo cuento. El adjunto Yang tampoco es una buena persona. ¿Te acuerdas de su sobrino, Cao Wen? Pues bien, se cayó a un pozo y su familia decidió arreglar un matrimonio en el Inframundo.

—¿Un qué?

—¿Ni siquiera sabes lo que es un matrimonio en el Inframundo?

Gao Ma sacudió la cabeza.

—Es un lugar donde dos personas muertas se unen en matrimonio. Así que, después de que Cao Wen muriera, su familia enseguida pensó en jinju.

Gao Ma se puso de pie de un salto.

—Déjame acabar, Primo —dijo Gao Yang—. La familia Cao quería que el fantasma de Jinju fuera la esposa de su hijo muerto, así que pidieron al adjunto Yang que actuara como casamentero.

Gao Ma apretó los dientes y maldijo:

—¡Que les jodan a sus piojosos antepasados! ¡Jinju me pertenece!

—Eso es lo que me pone más furioso —dijo Gao Yang—.Todo el mundo de la aldea sabía que Jinju te pertenecía. Llevaba a tu hijo en su vientre. Pero los hermanos Fang aceptaron la propuesta del adjunto Yang y vendieron los restos de Jinju a la familia Cao por ochocientos yuan, que dividieron entre los dos. Entonces, los Cao enviaron a alguien para que abriera la tumba de Jinju y le entregaran sus restos.

Gao Ma, con el rostro del color del hierro, no emitió un solo sonido.

Gao Yang prosiguió:

—Mi esposa dijo que la ceremonia superó a cualquier boda normal que hubiera visto. Contrataron a músicos procedentes de alguna parte del Condado, que tocaron mientras los invitados disfrutaban de un gran banquete. Entonces, los restos de Jinju y Cao Wen se colocaron en un ataúd de color rojo intenso y los enterraron juntos. Los aldeanos que acudieron a observar los festejos maldijeron a la familia Cao, al adjunto Yang y los hermanos Fang. ¡Todo el mundo decía que aquello era un insulto al Cielo y un crimen contra la razón!

Gao Ma permaneció en absoluto silencio.

Gao Yang miró a Gao Ma.

—Primo —prosiguió rápidamente—, no te hace ningún bien dar vueltas a este asunto. Han cometido este crimen contra el Cielo, y el Anciano que está ahí arriba los castigará debidamente... Todo es culpa mía. Mi esposa me dijo que cerrara el pico, pero esta boca apestosa que tengo no es capaz de guardar un secreto.

Una sonrisa helada asomó por el rostro de Gao Ma.

—Primo —soltó Gao Yang temeroso—. No concibas ideas raras. Eres un veterano del ejército, así que no puedes creer en fantasmas ni en cosas parecidas.

—¿Qué pasó con Cuarta Tía? —preguntó Gao Ma en voz baja.

Gao Yang carraspeó unos segundos y, a continuación, dijo a regañadientes:

—El día en que los Cao fueron a por los restos de Jinju... se ahorcó.

Un grito de angustia salió de la garganta de Gao Ma, seguido por una bocanada de sangre.

Poco después del día de Año Nuevo cayó una fuerte tormenta de nieve.

Los prisioneros la retiraron con palas y la cargaron en unos carros de mano para depositarla en un campo de mijo cercano.

Gao Ma, el primero en presentarse voluntario, sacó un carro cargado de nieve al otro lado de la entrada. No había apostados más guardianes de los habituales, ya que sólo dejaban salir más allá de la puerta a unos cuantos prisioneros. Por eso, únicamente había un oficial de campo vigilando la entrada, con los brazos cruzados, como si estuviera hablando con un guardián de torre.

—Viejo Li —dijo el guardián—, ¿tu esposa ya ha tenido el bebé?

El oficial, con la preocupación reflejada en su rostro, respondió:

—Todavía no. Ya lleva un mes de retraso.

—No te preocupes —le consoló el guardia—. Como dice el refrán, un melón sólo se cae cuando está maduro.

—¿Cómo no me voy a preocupar? ¿Cómo te sentirías si tu vieja dama llevara un mes de retraso? Qué fácil es hablar.

Gao Ma, empapado de sudor, regresó con el carro vacío.

El oficial le miró con simpatía.

—Descansa un poco, Número Ochenta y Ocho. Pediremos a otro que lleve el carro un rato. —Ese Número Ochenta y Ocho es un buen muchacho —comentó el guardia.

—Es veterano del ejército —dijo el oficial—. A veces es un poco fogoso. Lo cierto es que hoy en día ya no me sorprende nada.

—Si quieres saber mi opinión, esos cabrones de oficiales del Condado Paraíso fueron demasiado lejos —dijo el guardia—. El pueblo llano no se merece cargar con toda la culpa de lo que sucedió.

—Por esa razón recomendé que la sentencia de este preso fuera rebajada. Personalmente, creo que fueron demasiado duros con él.

—Pero así es como son las cosas hoy en día.

Gao Ma se acercó a la entrada con otra carga de nieve.

—¿No te he dicho que descansaras? —le preguntó el oficial.

—Después de sacar esta carga —dijo dirigiéndose hacia el campo de mijo.

—He oído que al comisario adjunto Yu le han cambiado de destino —dijo el guardia.

—Ojalá me cambiaran de destino a mí —dijo el oficial melancólicamente—. Este trabajo es una mierda. No tienes vacaciones, ni siquiera el día de Año Nuevo, y el sueldo es una miseria. Si tuviera otro lugar donde ir, no pasaría un segundo más aquí.

—Si esto es tan malo, te puedes marchar siempre que quieras —apuntó el guardia—. Yo he decidido hacerme empresario.

—Con los tiempos que corren, si eres listo puedes llegar a ser oficial. Pero si no eres capaz de soportarlo, debes ganar el dinero de la mejor manera que puedas.

—Por cierto, ¿dónde está Número Ochenta y Ocho? —preguntó el guardia alarmado.

El oficial se giró hacia el campo, donde la luz del sol hacía que la nieve centelleara con extraordinaria belleza.

La sirena de la torre de vigilancia sonó con fuerza.

—Número Ochenta y Ocho —gritó el guardia—, ¡alto o disparo!

Gao Ma corría directo hacia el sol, casi cegado por su resplandor. El aire fresco de la libertad le envolvía como las olas sobre los campos nevados. Corría como un poseso, ajeno a todo lo que le rodeaba, totalmente decidido a tomarse la revancha. Se elevó en el aire como si cabalgara sobre las nubes y atravesara la niebla, hasta que se dio cuenta con sorpresa de que estaba tumbado sobre la helada nieve, boca abajo. Sintió que algo caliente y pegajoso salía a borbotones de su espalda. Con un dulce «Jinju» entre sus labios, enterró el rostro en la húmeda nieve.



Título Original: T'ien-t ang suan t'ai chich ko
Traductor: Ossés Torrón, Carlos
Autor: Mo Yan
©2008, Kailas
Foto Yo Man © Imaginechina Corbis 2009