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17 abr. 2015

Descarga: Robert Graves - Dioses y héroes de la antigua Grecia

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Descarga: Robert Graves - Dioses y héroes de la antigua Grecia

Robert Graves pone al alcance de todos, jóvenes y mayores, los mitos griegos, imprescindibles para comprender no sólo la civilización griega y aun la romana, sino también para disfrutar en toda su riqueza del arte y la cultura occidentales. Las entretenidas historias protagonizadas por dioses como Zeus, Hera, Hermes o Poseidón, o por héroes como Heracles y Perseo, se trasforman, gracias a la maestría de Graves, en ágiles relatos llenos de sabiduría, en ocasiones hilarantes, en una obra destinada a acercar a los lectores a seres tan fascinantes como el caballo alado Pegaso, la hermosa Andrómeda, el cazador Orión o el centauro Quirón, y deleitarse con narraciones como las de los Siete contra Tebas, Leda y el cisne, Orfeo y Eurídice, o las orejas del rey Midas.

3 feb. 2014

Luciano de Samósata (S. II a.JC) - Diálogos con los muertos

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La muerte de Faetón
(Júpiter y el Sol)

Júpiter.- ¿Qué has hecho, miserable Titán? Has destruido cuanto hay en la Tierra por haber confiado tu carro a un joven inexperto, que ha abrasado una parte por llevarlo muy cerca de la Tierra, y ha hecho que la otra perezca de frío por haber alejado demasiado el fuego, y, en una palabra, no ha habido cosa que no haya trastornado y confundido. Si no advierto yo lo que ocurría y le derribo con el rayo, no queda seguramente ni resto del género humano: tan excelente auriga y conductor nos pusiste al frente del carro.

Sol.- Reconozco mi falta, Júpiter; pero perdóname si he cedido a las reiteradas súplicas de mi hijo. ¿Cómo podía esperar que sobreviniese tal desastre?

Júpiter.- ¿Pues no sabías el exquisito cuidado que requiere el oficio, y que, a poco que uno se desvía del camino, todo está perdido? ¿Ignorabas acaso la fogosidad de los caballos, y que es preciso tenerlos fuertemente de las riendas? Si se les abandona, se desenfrenan al punto; y en efecto, como era de esperar, han llevado al conductor ya a la derecha, ya a la izquierda, atrás, arriba, abajo, y, en fin, adonde han querido, sin que el desdichado supiera qué hacer con ellos.

Sol.- Todo eso lo sabía; y por lo mismo me negué durante mucho tiempo a confiarle la dirección del carro; pero tantas fueron sus instancias y sus lágrimas, y tal también el empeño de su madre, Clymenes, que al fin le permití subir al carro, advirtiéndole cómo había de mantenerse firme; hasta qué punto debería dar rienda para vencer la subida y acortarla después en la bajada, y cómo había de dominar siempre las bridas sin abandonarlas jamás al ímpetu de los caballos; también le previne el gran peligro que corría si no marchaba en línea recta. Pero él, que es un niño, al verse sobre tanto fuego y en medio del profundo abismo que a su alrededor se abría, se aterrorizó, como es natural. Los caballos conocieron que no era yo quien los regía, y, burlándose del chiquillo, se salieron del camino e hicieron todas esas atrocidades. Y él temiendo caerse, a lo que yo presumo, soltó las bridas y se agarró a la delantera del carro. Mas ya pagó su cometido; y en cuanto a mí, oh Júpiter, satisfágate mi dolor.

Júpiter.- ¿Satisfágame tu dolor, dices, después de tan enorme atrevimiento? Por esta vez, sin embargo, te otorgo mi perdón; pero si en lo sucesivo cometes una falta semejante, o envías para que te sustituya un suplente por el estilo, has de experimentar bien pronto cuánto más abrasador que tu fuego es mi rayo. Ahora, que sepulten a ése sus hermanas a la orilla del Eridano, donde cayó cuando fue precipitado del carro; que viertan sobre él lágrimas de ámbar y que se transformen ellas mismas en álamos en conmemoración de este suceso. Y tú compón el carro, que está roto y tiene destrozada la lanza y una de las ruedas; engancha los caballos y continúa la carrera. Pero acuérdate bien de todo esto.



El juicio de las diosas
(Júpiter, Venus, Juno, Mercurio, Minerva y Paris o Alejandro)

Júpiter.- Mercurio, toma esta manzana y vete a Frigia en busca del hijo de Príamo, el pastor, que apacienta sus bueyes en el Gárgaro del Ida, y le dices: "Paris, Júpiter te manda, puesto que eres hermoso y perito en asuntos de amor, que decidas cuál de estas diosas es la más bella; y la que obtenga la victoria que reciba esta manzana como premio del certamen". Y vosotras, oh diosas, marchad también a la presencia de vuestro juez. Yo me eximo del arbitraje, porque a las tres os amo igualmente, y, si fuera posible, vería con gusto que todas tres salíais vencedoras. Pero de pronto sucedería necesariamente que al dar a una el premio de la hermosura había de incurrir de lleno en el odio de las demás. Por esto no soy yo el juez a propósito para vosotras; mas ese joven frigio, a cuya presencia vais, es de estirpe real, pariente de nuestro Ganimedes, sencillo, como acostumbrado a vivir en las montañas, y nadie podrá juzgarle indigno de una inspección de este género.

Venus.- Yo, Júpiter, aunque nos impusieses por juez al mismo Momo, iría con toda confianza a la prueba. ¿Qué podría censurar en mí? Pero es preciso que el árbitro sea también del agrado de éstas.

Juno.- Tampoco nosotras, Venus, abrigamos temor alguno, ni aunque tu Marte fuese el encargado de la decisión, y aceptamos a ese Paris, quienquiera que sea.

Júpiter.- ¿Y tú, hija mía, eres también del mismo parecer? ¿Qué dices? ¿Vuelves la cabeza y te poner colorada? Es natural que a las doncellas os causen rubor estas cosas. Pero estás conforme. Id, pues, y no os agraviéis contra el juez las que salgan vencidas, ni ocasionéis mal alguno a ese joven, porque no es posible que las tres seáis igualmente bellas.

Mercurio.- Marchemos rectamente a Frigia; yo os guiaré; seguidme vosotras sin dilación, y tened buen ánimo; yo conozco a ese Paris: es un joven hermoso, enamorado y muy a propósito para resolver estas cuestiones; seguramente que no será desacertado su juicio.

Venus.- Lo que dices de la justificación de nuestro juez es bueno y favorable para mí. ¿Pero es acaso soltero, o tiene en su compañía a alguna mujer?

Mercurio.- No es completamente soltero, Venus.

Venus.- ¿Cómo dices?

Mercurio.- Creo que vive con él una muchacha del Ida, no desagradable, aunque agreste y en extremo montaraz; mas no parece que se cuida mucho de ella. ¿Por qué me lo preguntas?

Venus.- Lo preguntaba sin objeto.

Minerva.- ¡Eh, tú! Estás faltando a los deberes de tu comisión hablando a solas con ésa.

Mercurio.- Nada de particular decíamos, Minerva, ni mucho menos perjudicial a vosotras; sino que me preguntaba si Paris es soltero.

Minerva.- ¿Y a qué viene esa curiosidad impertinente?

Mercurio.- No sé; dice que le ocurrió por casualidad y me lo preguntaba sin objeto.

Minerva.- Y qué: ¿es soltero?

Mercurio.- Parece que no.

Minerva.- Di: ¿y a las cosas de la guerra tiene afición? ¿Es amante de la gloria? ¿O es meramente un pastor?

Mercurio.- No podré decírtelo con seguridad; pero es de suponer que siendo joven tenga aspiraciones y quiera ser el primero en los combates.

Venus.- ¿Estás viendo? Yo no me incomodo ni te acrimino porque hables aparte con ella. No es del carácter de Venus el andar siempre con quejas.

Mercurio.- Me preguntaba casi lo mismo que tú: por lo cual no debes inquietarte ni creerte en condición menos ventajosa, porque le contestado con la misma sencillez que a ti. Pero con la conversación hemos caminado mucho y alejándonos tanto de las estrellas, que estamos ya casi en Frigia; y aún veo el Ida y todo el Gárgaro perfectamente; y, si no me engaño, distingo también a vuestro juez Paris.

Juno.- ¿Dónde está? Yo no lo veo.

Mercurio.- Mira por allí, Juno, a la izquierda, no en la cima del monte, sino en la ladera, donde ves una gruta y una manada de bueyes.

Juno.- Pero no veo los bueyes.

Mercurio.- ¿Qué dices? ¿No ves, siguiendo la dirección de mi dedo, aquellas terneras que salen de entre los riscos, y aquel hombre que corre desde lo alto de la roca con un cayado en la mano para impedir que el ganado se disperse?

Juno.- Ahora lo veo, si es que es aquél.

Mercurio.- Pues aquél es. Y ya que estamos cerca, bajémonos a Tierra, si os parece, y caminemos a pie, para no asustarle descendiendo ante su vista de improviso.

Juno.- Dices bien; así debemos hacerlo. Y cuando estemos abajo, a ti, Venus, te corresponde ir delante y enseñarnos el camino, porque es natural que conozcas bien el terreno, habiendo venido muchas veces, según voz pública, a visitar a Anquises.

Venus.- No me hacen gran efecto, oh Juno, tus provocaciones.

Mercurio.- Yo seré vuestro guía; he permanecido algún tiempo en el Ida cuando Júpiter estaba enamorado del jovencito frigio, y muchas veces vine aquí comisionado por él para espiar al niño; y cuando ya se transformó en águila, yo volaba a su lado y le ayudé a levantar su amada presa. De esta roca, si no recuerdo mal, le arrebató. Casualmente estaba en aquel momento tocando la flauta junto a su rebaño, cuando Júpiter, bajando su vuelo por detrás de él, le asió muy suavemente con las uñas, mordió con el pico el casquete que llevaba en la cabeza y remontó al pobre muchacho, que aturdido volvía sin cesar el cuello para mirarle. Yo entonces recogí la flauta que él de miedo había dejado caer. Pero nuestro juez está ya cerca: hablémosle.

-Salud, pastor.

Paris.- Igualmente, joven. ¿Quién eres y a qué vienes por aquí? ¿Quiénes son esas mujeres que traes contigo? Ciertamente que no han nacido para vivir en las montañas, tan bellas como son.

Mercurio.- Es que no son mujeres: tienes ante tu vista, oh Paris, a Juno, a Minerva y a Venus; y a mí, que soy Mercurio, enviado por Júpiter. Mas ¿por qué tiemblas? ¿Por qué palideces? Nada temas, no venimos a molestarte; sino que Júpiter ha ordenado que tú seas el juez de la hermosura de estas diosas. "Pues que tú eres hermoso -dice- y versado en los lances del amor, a ti remito el arbitraje". Ahora bien; el premio del certamen lo sabrás leyendo lo que hay escrito en esta manzana.

Paris.- Trae, veré lo que dice: "Recíbala la más hermosa". ¿Cómo, soberano Mercurio, podré yo, simple mortal e ignorante campesino, ser juez en un examen tan extraño y superior a lo que a un pastor puede alcanzársele? El resolver tales cuestiones es propio de hombres de más fino gusto, y educados en la elegancia de las ciudades; en cuanto a mí, podría cuando más discernir con algún conocimiento de la materia si una cabra o una ternera es más hermosa que otra. Además estas diosas son igualmente bellas, y no sé cómo podría separar los ojos de una para dirigirlos a otra; porque no quieren ceder fácilmente, sino que donde primero se inclinaron allí permanecen fijos y alaban lo que presencian; y si por acaso se vuelven a otra parte, ven allí otra hermosura igual y se detienen extasiados ante lo que contemplan; en una palabra, la hermosura de estas diosas me cautiva y me arrebata por completo, sintiendo verdaderamente no poder, como otro Argos, mirar con todo mi cuerpo. Me parece que el fallo más acertado sería dar la manzana a las tres. Por otra parte, sucede que ésta es hermana y esposa de Júpiter, y estas otras sus hijas. ¿Cómo, pues, no me será enojosa en tales circunstancias la resolución?

Mercurio.- No sé; pero no es posible eludir el mandato de Júpiter.

Paris.- Una sola cosa, oh Mercurio: aconséjales que no se incomoden conmigo las dos que salgan vencidas, sino que lo consideren exclusivamente como error de mis ojos.

Mercurio.- Así dicen que lo harán. Conque ya es tiempo de que procedas al juicio.

Paris.- Lo intentaremos, ¿qué remedio me queda? Pero antes deseo saber si bastará examinarlas, tal como están, o si convendría que se desnudasen para mayor escrupulosidad del examen.

Mercurio.- Eso tú, como juez, lo has de decir; ordena cómo quieres.

Paris.- ¿Cómo quiero? Quiero verlas desnudas.

Mercurio.- ¡Ah! ¡Vosotras, desnudaos! Tú examina; yo ya me vuelvo de espaldas.

Venus.- Bien, Paris; yo me desnudaré la primera para que veas que no tengo solamente los brazos blancos, ni me envanezco por tener los ojos grandes, sino que soy igualmente bella en todo y por todos.

Paris.- Desnúdate, pues, Venus.

Minerva.- Que se desnude, Paris, antes de quitarse el ceñidor, porque es hechicera y podría alucinarte con él; así como así, no debiera presentarse tan compuesta y enjabelgada de colorete, verdaderamente como una cortesana, sino mostrar su belleza tal como es.

Paris.- Dices bien en lo del cinturón; quítatelo.

Venus.- ¿Y por qué tú, Minerva, no te quitas también el capacete y muestras tu cabeza desnuda, sino que agitas el penacho y asustas a nuestro juez? ¿Es que temes que desagraden tus ojos azules, vistos sin la expresión de terror que les imprime el casco?

Minerva.- ¡Vamos! Ya me quité el casco.

Venus.- He aquí también el cinturón.

Juno.- Ea, desnudémonos.

Paris.- ¡Oh, Júpiter portentoso! ¡Qué espectáculo! ¡Qué hermosura! ¡Qué deleite! ¡Oh! ¡Qué doncella ésta! ¡Con qué esplendor tan regio, tan majestuoso, tan digno en realidad de Júpiter, se ostenta aquélla! ¡Cuán dulcemente mira esta otra, y qué tierna y seductoramente sonríe! Estoy completamente satisfecho; con todo, si lo lleváis a bien, quiero examinaros a cada una por separado, porque ahora me encuentro perplejo, y no sé adónde dirigir la vista, solicitados mis ojos por todas partes.

Venus.- Estamos a tus órdenes.

Paris.- Marchaos, pues, vosotras dos, y quédate tú, Juno.

Juno.- Me quedo; y luego que me hayas visto detenidamente, será ocasión de que consideres también si te serán gratos los dones con que he de recompensar tu voto a mi favor; pues si me declaras, oh Paris, la más hermosa, serás señor de toda el Asia.

Paris.- Yo no hago las cosas por expectativa del premio. Puedes retirarte: resolveré la cuestión según estime conveniente. Acércate tú, Minerva.

Minerva.- Heme aquí; y si me juzgas la más bella, Paris, nunca saldrás vencido en la batalla, sino siempre vencedor, pues he de hacerte guerrero, y guerrero invencible.

Paris.- No tengo necesidad, Minerva, de guerras ni de batallas; la paz, como ves, reina al presente en Frigia y en la Lidia, y están libres de enemigos los dominios de mi padre. Ten confianza, sin embargo; que no serás menospreciada, aunque al fallar no tenga en cuenta tus ofrecimientos. Vístete, pues, y ponte el casco, que ya te he visto lo bastante. Ahora toca el turno a Venus.
Venus.- A tu lado me tienes: examíname minuciosamente parte por parte sin pasar nada por alto, antes bien fijándote con detenimiento en cada uno de mis miembros. Y si te place, hermoso, oye lo que voy a decirte: desde que, hace tiempo, te vi joven y gallardo como no sé que haya otro en Frigia, celebro tu belleza, y te acrimino por no dejar esas breñas y estos riscis e irte a vivir a la ciudad en vez de consumir tu gentileza en este desierto. ¿Qué vas a adelantar en estas montañas? ¿De qué sirve a las vacas tu hermosura? Por otra parte, te convendría ya estar casado, no por cierto con una mujer agreste y zafia, como son las del Ida, sino con una de la Grecia, de Argos, de Corinto o espartana, como Helena, que es joven, hermosa, en nada inferior a mí y, lo que es más, enamoradiza. Con sólo que ella te viese, estoy segura de que, abandonándolo todo y entregada por completo a ti, te seguiría y viviría contigo. Pero seguramente has oído ya algo de ella.

Paris.- Nada, Venus; mas ahora escucharía con sumo gusto cuanto de ella me contares.

Venus.- Es hija de Leda, de la hermosa Leda, a quien Júpiter visitó convertido en cisne.

Paris.- ¿Y qué tal es de figura?

Venus.- Blanca, como es natural, habiéndola engendrado un cisne; delicada, como nutrida en un huevo; ejercitada en la gimnasia y hábil en la lucha; y de tal manera solicitada, que se originó una guerra por haberla robado Teseo, siendo aún muy niña. Después, cuando llegó a la flor de la edad, todos los príncipes de Grecia se apresuraron a pedir su mano, y fue preferido Menelao, de la familia de los Pelópidas. Ahora, si tú quieres, yo agenciaré tu boda con ella.

Paris.- ¿Qué dices? ¿Boda con una mujer casada?

Venus.- Eres niño y cándido, a fuer de campesino; yo sé cómo se conviene tratar el asunto.
Paris.- ¿Cómo? Yo también quiero saberlo.

Venus.- Tú emprenderás un viaje como para visitar la Grecia; y cuando llegues a Lacedemonia, Helena te verá. Lo demás corre de mi cuenta: yo haré que se enamore de ti y que te siga.

Paris.-Pero se me hace increíble que abandone a su marido y se decida a embarcarse con un extranjero, con un advenedizo.

Venus.- No te preocupes por eso. Tengo yo dos hijos, los dos a cual más hermosos, Deseo y Amor, que te entregaré para que sean tu guía en la expedición: Amor se apoderará por completo de ella y la obligará a amarte; y Deseo, rodeándose a ti, te hará, como él es, deseable e irresistible. Yo estaré también con vosotros, y rogaré además a las Gracias que nos acompañen. Y así, todos a una, persuadiremos a Helena.

Paris.- No sé cómo saldrá ello, Venus; pues es lo cierto que ya estoy enamorado de Helena; y no sé por qué arte pienso que la veo y que navego rectamente a la Grecia, y llego a Esparta, y vuelvo trayéndola conmigo; y me desespero porque no veo al punto realizado todo esto.

Venus.- No te enamores, oh Paris, antes de recompensar con tu voto a quien ha de ser tu agente y mediadora; conviene que os acompañe con la alegría de la victoria y que celebremos a la par tu casamiento y mi triunfo. De ti sólo depende el adquirir por esa manzana el amor, la hermosura, el matrimonio.

Paris.- Temo que te olvides de mí, una vez verificado el juicio.

Venus.- ¿Quieres que te lo jure?

Paris.- No; pero prométemelo otra vez.

Venus.- Prometo con verdad que he de entregarte a Helena por esposa; que ella ha de seguirte y marchar contigo a Troya, y que yo estaré presente e intervendré en todo.

Paris.- ¿Y llevarás a Amor, a Deseo y a las Gracias?

Venus.- Con toda seguridad; y a más llevaré también a Pasión y a Himeneo.

Paris.- Pues con tales condiciones te doy la manzana; recíbela con las mismas.



Traducción de D. Cristóbal Vidal y F. Delgado
Buenos Aires, 1954


7 ene. 2014

James George Frazer - El mago público

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El lector recordará que nos enfrascamos en el laberinto de la magia por una consideración de dos diferentes tipos de "hombre-dios". Esta pista ha guiado nuestros errantes pasos a través del embrollo y al fin a un terreno firme, desde donde, descansando un poco del viaje, podemos mirar hacia atrás el sendero que acabamos de andar y hacia adelante al más largo y escarpado camino que todavía hemos de subir.

Como resultado del examen precedente, pueden distinguirse convenientemente los dos tipos de "hombre-dios", el religioso y el mágico, respectivamente. En el primero se supone que un ser de orden diferente y superior al hombre llega a encarnar, por mucho o poco tiempo, en un cuerpo humano, manifestando su poder y sabiduría sobrehumanos, haciendo milagros y profecías reveladas por medio del tabernáculo carnal que se ha dignado tomar como morada. También este tipo de hombre-dios puede denominarse apropiadamente el inspirado o encarnado. En él, su cuerpo humano es sólo un frágil vaso de barro lleno de un espíritu inmortal y divino. En cambio, el hombre-dios de la clase mágica no es otra cosa que un hombre que posee en grado inusitado los altos poderes que la mayoría de sus compañeros se arrogan, aunque en más pequeña escala, pues en una sociedad primitiva no es fácil encontrar una persona que no sea ducha en magia. Así, mientras un hombre-dios del tipo primero o inspirado deriva su divinidad de una deidad que ha condescendido a ocultar su esplendor celestial tras una máscara opaca de barro moldeado, un hombre-dios del segundo tipo deriva su poder extraordinario de una especial simpatía con la naturaleza. No es meramente el receptáculo de un espíritu divino. Su ser entero, cuerpo y alma, está así tan delicadamente acorde con la armonía universal, que un toque de su mano o un giro de su cabeza producirá una conmoción vibrante en la estructura universal de las cosas; y a la inversa, su organismo divino será agudamente sensible a los más ligeros cambios del ambiente, que dejarían enteramente impasibles a la mayoría de los mortales. Mas el límite entre los dos tipos de hombre-dios, por muy fácil que nos sea diseñarlo en teoría, raras veces puede delinearse en la práctica, por lo que no insistimos más en la distinción.

Hemos visto que el arte mágico en la práctica puede emplearse para el beneficio de los individuos o de la sociedad en general, y que según que se dirija a uno u otro de los dos objetivos puede denominársele magia pública o privada. Además, dejamos señalado que el mago público ocupa una posición de gran influencia, desde la cual, si es hombre prudente y hábil, puede avanzar poco a poco al rango de jefe o rey. Un examen de la magia pública nos conduce a la comprensión de la realeza primitiva, puesto que en la sociedad salvaje y bárbara muchos jefes y reyes en gran medida parecen deber su autoridad a su reputación como magos.

Entre los objetivos de utilidad pública que puede proponerse la magia, el más esencial es el suministro adecuado de víveres. Los ejemplos citados en las páginas anteriores prueban que los proveedores de alimentos, cazador, pescador, labrador, recurren todos a las prácticas mágicas en la consecución de sus variadas ocupaciones; mas ellos lo hacen sólo como individuos y para su beneficio y el de sus familias, y no como funcionarios públicos que actúan en interés general. Sucede lo contrario cuando los ritos no se ejecutan por los cazadores, pescadores y labriegos, sino por magos profesionales y para todos. En la sociedad primitiva, donde la uniformidad de las ocupaciones es la regla y apenas ha empezado la diferenciación de la comunidad en varias clases de trabajadores, cada hombre es más o menos su propio mago; él practica conjuros y encantamientos para su propio bien y en daño de sus enemigos. Cuando se instituye una clase especial de magos se realiza un gran progreso; en otras palabras, cuando se escoge a cierto número de hombres con el expreso propósito de beneficiar a la sociedad en general por su habilidad, ya dirigiendo su pericia contra las enfermedades, el pronóstico del futuro, la regulación del tiempo o cualquier otro designio de utilidad general. La importancia de los medios adoptados por la mayoría de estos prácticos en el cumplimiento de sus fines no debe ocultarnos la inmensa importancia de la institución misma. Aquí encontramos, al menos en los más altos grados de salvajismo, a un grupo de hombres relevados de la necesidad de ganarse la vida con el duro trabajo manual, lo que les permite y aun les anima a seguir investigando en las secretas vías de la naturaleza. Era a la vez su deber y su interés saber más que sus compañeros para familiarizarse con todo lo que pudiera ayudar al hombre en su lucha ardua con la naturaleza, todo lo que pudiera mitigar sus sufrimientos y prolongar la vida. Las propiedades de las drogas y minerales, las causas de la lluvia y de las sequías, del trueno y del relámpago, los cambios de las estaciones, las fases de la luna, la jornada diaria y el viaje anual del sol, los cambios de las estrellas, el misterio de la vida y el misterio de la muerte: todas estas cosas debieron excitar el deseo de estos tempranos filósofos, estimulándolos a encontrar soluciones a los problemas que indudablemente llamaron su atención con más frecuencia en la forma más práctica, debido a las demandas apremiantes de sus clientes, que esperaban de ellos no sólo entender, sino regular los grandes procesos naturales para el bien del hombre. No es de extrañar que sus primeros disparos dieran muy lejos del blanco. La aproximación lenta y nunca terminada hacia la verdad consiste en una perpetua formación y comprobación de hipótesis, aceptando las que en cada momento creemos adecuadas a los hechos y rechazando las demás. Las perspectivas de las causas naturales acogidas por el mágico salvaje no es dudoso que ahora parezcan manifestaciones falsas y absurdas. En su día fueron hipótesis legítimas, aunque no soportaran la prueba de la experiencia. Ridículos y vituperables son los justos calificativos, no a los que inventaron estas teorías rudas, sino a los que obstinadamente las aceptaron después de haberse propuesto otras mejores. Es indudable que ningún hombre pudo tener nunca mayores incentivos en la prosecución de la verdad que estos hechiceros salvajes. Mantener por lo menos una apariencia de sabiduría era absolutamente necesario; una simple equivocación que se descubriese podía costarles la vida. Sin duda que esto les condujo a practicar la impostura con el propósito de encubrir su ignorancia, pero también les dio el motivo más poderoso para sustituir el conocimiento fingido por el real, puesto que si se desea aparentar que se conoce alguna cosa, el mejor método es conocerla de verdad. Así, sin embargo, aunque podemos justamente rechazar las pretensiones extravagantes de los magos y condenar las supercherías con que engañaron a la humanidad, la institución original de esta clase de hombres, tomándola en su conjunto, ha producido un bien incalculable para los humanos. Ellos fueron los predecesores directos, no sólo de nuestros médicos y cirujanos, sino de nuestros investigadores y descubridores en cada una de las ramas de la ciencia natural. Ellos empezaron la obra que desde entonces llevaron sus sucesores a tan gloriosas y benéficas consecuencias, y si el comienzo fue pobre y débil, impútese a las dificultades inevitables que obstruían el sendero del conocimiento más bien que a la incapacidad natural o a la testarudez de los hombres.



La Rama dorada (1890), cap. 5
Traducción Elizabeth y Tadeo Campuzano (1943) 
Foto: Sir James George Frazer en 1929 / Corbis

14 nov. 2013

Descarga: Friedrich Georg Jünger - Mitos griegos

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En este libro no se explican los mitos griegos desde una perspectiva científica o filosófica ni tampoco simbólica o alegórica. Friedrich Georg Jünger trata de comprenderlos en su expresividad sensorial, en su corporeidad nítidamente definida, asumiendo al pie de la letra y con exactitud lo que nos ha sido transmitido.A través de la interpretación poética surge una imagen del mito que parece tan plástica y tan viva como las esculturas griegas. Allí radica la novedad y originalidad de este fascinante viaje por la Grecia antigua.

La obra está estructurada de un modo arquitectónico, como el propio mito. Por tanto, la primera parte es cosmogónica y abarca desde Caos hasta la caída de Prometeo. La segunda, la teogonía, conforma el centro, el mundo de los dioses. Y desde allí, el camino conduce a los héroes, pues éstos surgen sólo donde hay dioses y están, por tanto, impregnados de un halo divino.

Friedrich Georg Jünger nació el 1 de septiembre de 1898 en Hannover. En 1924 obtuvo el título de doctor en Derecho, pero muy pronto descubrió su vocación de escritor y se consagró por entero ala creación literaria.

Su pensamiento gira en torno a cuatro temáticas esenciales: la antigüedad clásica, la esencia de la existencia, la técnica y el poder de lo irracional. Publicó numerosos libros entre los que destacan: Griechische Götter (1943), Die Titanen (1944) y Perfektion der Technik (1946), entre otros.

Friedrich Georg Jünger murió el 20 de julio de 1977 en Überlingen.

3 oct. 2013

Paracelso (1493-1541): Ninfos, Silfos, Pigmeos, Salamandras y otros seres

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Lo que son el espíritu y el alma

Hay dos especies de naturaleza: la de Adán y la que no le pertenece. La primera es palpable, objetivable, por estar formada de tierra. La segunda no es ni palpable ni visible, porque es sutil, porque no está formada de tierra. La naturaleza de Adán es compuesta; el hombre — que es de esta naturaleza— no puede pasar a través de los muros si en ellos no existe una abertura. Para los seres de la otra naturaleza los muros no existen, penetran a través de los obstáculos más densos sin tener necesidad de deteriorarlos. Por último, existe una tercera naturaleza que participa de las dos.

A la primera naturaleza pertenece el hombre, que está formado de sangre, carne, huesos, que se reproduce, bebe, evacua, habla; a la segunda pertenecen los espíritus, que no pueden hacer nada de esto. A la tercera pertenecen los seres que son ligeros, como los espíritus, y que engendran como el hombre, poseen su aspecto y su régimen.

Esta última naturaleza participa a la vez de la del hombre y de la del espíritu, sin llegar a constituir ni una ni otra de dichas naturalezas. Efectivamente, los seres que pertenecen a esta categoría no podrían ser clasificados entre los hombres, puesto que vuelan de la misma forma que lo hacen los espíritus; no podrían tampoco clasificarse entre los espíritus, puesto que evacuan, beben, tienen carne y huesos, de la misma forma que los hombres. El hombre tiene un alma, el espíritu no la necesita; las criaturas en cuestión no tienen alma y, por lo tanto, no son semejantes a los espíritus; estos últimos no mueren nunca, pero aquellos sí mueren. ¿Estas criaturas que mueren y tienen alma, son acaso animales? No son animales, efectivamente, hablan y nada de cuanto hacen pueden realizarlo los animales. En consecuencia, se parecen más a los hombres que a los animales. Pero se asemejan a los hombres sin llegar a ser seres humanos, de forma parecida a como un mono se parece por sus gestos y su industria, y el cerdo por su anatomía, sin dejar por ello de ser un mono o un cerdo. Se puede decir también que son superiores a los hombres por ser impalpables como los espíritus; pero, conviene añadir que el Cristo, habiendo nacido y muerto para rescatar a los seres dotados de alma y que descienden de Adán, no ha rescatado a estas criaturas, que no poseen alma y no descienden de Adán.

Nadie puede asombrarse o dudar de su existencia. Es preciso solamente sentir admiración por la inmensa variedad que ha dado Dios a sus obras. Es verdad que no se ve todos los días a estos seres, no siendo posible verlos más que muy raramente. Yo mismo no los he visto si no era en una especie de ensueño. Pero no se puede sondar la profunda sabiduría de Dios, ni apreciar sus tesoros, ni conocer todas sus maravillas. Los que guardan estos tesoros y nos los descubren de cuando en cuando no pertenecen a la naturaleza de Adán, esto lo volveré a decir en mi último tratado.

Estas criaturas se reproducen dando a luz seres que se les parecen y no se asemejan a nosotros. Son seres prudentes, ricos, sabios, humildes, a veces maniáticos, como nosotros. Son la imagen grosera del hombre, como éste es la imagen grosera de Dios. Continúan siendo tal como fueron concebidos por Dios, que no quiere que sus criaturas puedan elevarse a un rango superior o proseguir otro objetivo que el que les es propio y les prohíbe obtener un alma y prohíbe, igualmente, que el hombre trate de igualársele.

Estos seres no temen ni al fuego, ni al agua. Están sometidos, sin embargo, a las enfermedades y las indisposiciones humanas. Mueren como seres salvajes y su carne se pudre como la carne animal. Virtuosos o viciosos, puros o impuros, mejores o peores, como los hombres, tienen sus costumbres, sus gestos, su lenguaje, como ellos difieren en su aspecto externo y viven bajo una ley común, trabajando con sus manos, tejiendo sus propios vestidos, gobernándose con sabiduría y justicia, dando pruebas en todo momento de razón. Para ser hombres sólo les falta el alma y no pueden ni servir a Dios ni seguir sus mandamientos; el instinto solamente les impulsa a conducirse honestamente.

Así, de la misma forma que entre las criaturas terrestres el hombre es la que se aproxima más a Dios, entre los animales son nuestros seres lo que están más cerca del hombre.


Por qué razón estos seres se nos aparecen

Todo cuanto Dios ha creado termina por manifestarse ante el hombre. Dios algunas veces le envía el Diablo y los espíritus con el fin de que el hombre quede persuadido de su existencia. De lo alto del cielo, le envía también los ángeles, sus servidores. Estos seres se nos aparecen, por tanto, no para permanecer con nosotros o aliarse a nosotros, sino con el fin de que podamos comprenderlos. Estas apariciones son raras, en verdad; pero, ¿por qué no habían de serlo?, ¿no basta que uno de nosotros perciba un ángel para que todos nosotros creamos en los demás ángeles?

Por otra parte, para que la prueba de su existencia sea más manifiesta, Dios permite que los ninfos no solamente sean vistos por ciertos hombres, sino que mantengan comercio carnal con ellos y les den hijos. Permite igualmente que los hombres no vean solamente a los pigmeos, sino que de ellos reciban plata, y que otros viajen con los silfos.

De la misma forma que un hombre no aparece semejante ante dos personas, los ninfos se nos presentan de forma diferente a como nosotros aparecemos. Los ninfos y nosotros no juzgamos de manera paralela, porque diferimos en nuestro medio y cada uno juzga según las ideas de su propio medio ambiente. Los ninfos y los pigmeos no se dan cuenta de que pueden venir a vivir, morar y amar entre nosotros, porque siendo sutiles, soportan nuestro caos, mientras que nosotros, siendo espesos, no sabríamos soportar el suyo.

Hemos dicho que estos seres podían mantener comercio carnal con los hombres y tener hijos. Estos hijos son de raza humana porque el padre, siendo hombre y descendiendo de Adán, les da un alma que los hace semejantes a él y eternos. Y yo creo que la hembra que recibe este alma con la semilla, es, como la mujer, rescatada por el Cristo. Nosotros no llegamos al reino divino más que en cuanto comulgamos con Dios. De la misma forma, esta mujer no adquiere un alma más que al conocer un hombre. Lo superior, en efecto, comunica su virtud a lo inferior.

He aquí, por tanto, una de las razones de la aparición de estos seres: buscan nuestro amor para elevarse, como los paganos buscan el bautismo para adquirir un alma y renacer con el Cristo.

Es preciso añadir que si se aproximan a nosotros es porque se nos asemejan, como el lobo se parece a un perro salvaje. Todos estos seres, efectivamente, no tienen relaciones carnales con el hombre. Los ninfos son los que las tienen en mayor grado, les siguen los silfos y en cuanto a los pigmeos, no tienen en absoluto este tipo de relaciones con el hombre y se contentan con servirle. Se considera generalmente a los pigmeos y las salamandras como espíritus, porque aparecen como seres brillantes y deslumbradores, y es que no se reflexiona que su carne y su sangre son de naturaleza luminosa. Los pigmeos y las salamandras son ágiles y ligeros como los espíritus, conocen el presente, el futuro y el pasado, revelan a los hombres lo que está oculto; tienen la razón del hombre sin poseer el alma, tienen la ciencia y la inteligencia de los espíritus sin poseer su conocimiento de Dios.

Hemos dicho que los ninfos dejan las aguas para venir a vernos, hablar y aliarse con nosotros. Los silfos son más groseros, y no conocen en absoluto nuestra lengua. Los gnomos hablan el mismo lenguaje que los ninfos. Las salamandras hablan poco. Los silfos son más tímidos que los hombres. Los gnomos son más pequeños y se les toma con frecuencia por llamas errantes, espíritus, almas en fuego o fantasmas. Las llamas que vuelan por encima de los prados, se alejan y se aproximan, no son otra cosa que gnomos. Las salamandras son parecidas, pero, a causa de su naturaleza, frecuentan poco al hombre, prefieren el trato con las mujeres viejas y con las hechiceras. Por ello, su vecindad es peligrosa, porque en ellas bulle el Diablo. Por lo demás el Diablo se inmiscuye algunas veces en el cuerpo de los gnomos, de los silfos, sobre todo en el de los individuos del sexo femenino, complaciéndose en hacerles parir fetos afectos de lepra, sífilis u otra enfermedad incurable.

Que el hombre que tiene relaciones con una ninfa no la atormente cerca del agua; que el que tiene relaciones con un pigmeo no lo moleste cerca de sus cavernas; ninfa y pigmeo desaparecerán. Esta desaparición no puede cumplirse más que cuando la pareja se encuentre cerca del elemento de la ninfa o el pigmeo, lejos de este elemento, el hombre puede siempre forzarlos a seguir morando a su lado.

Los gnomos, cuando han acudido a nuestra llamada, nos sirven con fidelidad a condición de que cumplamos sus deseos. Si nosotros mantenemos nuestras promesas, ellos mantienen las suyas y nos dan plata; efectivamente, ellos tienen mucha plata a su disposición, ya que la extraen y trabajan por sí mismos. Pero no nos la regalan si no es con la condición de no atesorarla, sino de distribuirla.


Por qué Dios ha creado a estos seres

Dios ha hecho estos seres para proporcionar unos guardianes a su creación. De tal manera que los gnomos guardan los tesoros de la tierra, metales y otros: e impiden que se vean a la luz del día antes del tiempo querido. Porque esos tesoros, oro, plata, hierro, etc. no deben ser encontrados todos el mismo día, sino ser distribuidos poco a poco y no a algunas personas solamente, sino a todos. Las salamandras guardan los tesoros de las regiones ígneas. Los silfos guardan los tesoros que llevan los vientos, los ondinos los que se encuentran en el agua. Es en las regiones ígneas, por el cuidado de las salamandras, donde son fabricados todos los tesoros para ser inmediatamente distribuidos y guardados en los demás medios.

Las sirenas, los gigantes, los manes y las escintillas (que son monstruos engendrados por las salamandras) han sido creados con otro fin: deben prevenir de los acontecimientos graves a los hombres, indicarles que estalla un incendio, advertirles de la ruina de un reino. Los gigantes anuncian más especialmente la devastación de un país, los manes el hambre y las sirenas la muerte de los reyes y los príncipes.

La causa inicial del universo sobrepasa nuestro entendimiento. Pero, a medida que el mundo se aproxima a su fin, las cosas se manifiestan a nosotros, cada vez con mayor claridad; vemos así su naturaleza y su utilidad. El día postrero todo aparecerá claro, todo será conocido y nada quedará ignorado, cada uno recibirá la recompensa de sus esfuerzos y de su amor a la verdad. Entonces no será médico o profesor el que lo desee. La cizaña será separada del grano, la paja del trigo. Entonces se inhibirá aquel que hoy grita. Aquel que cuenta el número de las páginas que tiene todavía por escribir sucumbirá bajo el peso de su obra. Entonces será feliz aquel que en este momento trata de ver. Y se podrá comprobar si yo he mentido.


Anotación del editor


El Libro de las Ninfas, los Silfos, los Pigmeos, las Salamandras y los demás espíritus es una de las obras de Paracelso que más han influido en los cuentos y leyendas de tradición popular. Su lectura nos sumerge en los brumosos torbellinos de los arquetipos ancestrales, en el universo mágico de lo maravilloso, de lo sobrenatural. Goethe, los hermanos Grimm, Heine y todos los autores que posteriormente se han referido al mundo de las hadas, las ninfas, los elementales y los espíritus, se han basado en esta apasionante obra traducida y anotada por Pedro Gálvez. Una obra que, hasta la presente edición, ha sido inédita en lengua castellana y que ahora presentamos junto con una reproducción del texto original. Paracelso (1493-1541) fue un alquimista, médico y astrólogo suizo. Fue conocido presuntamente por haber logrado la transmutación del plomo en oro mediante procedimientos alquimistas y por haberle dado al zinc su nombre, llamándolo zincum. Estaba contra la idea que entonces tenían los médicos de que la cirugía era una actividad marginal relegada a los barberos. Sus investigaciones se volcaron sobre todo en el campo de la mineralogía. Viajó bastante, en busca del conocimiento de la alquimia. Produjo remedios o medicamentos con la ayuda de los minerales para destinarlos a la lucha del cuerpo contra la enfermedad. Otro aporte a la medicina moderna fue la introducción del término sinovial; de allí el líquido sinovial, que lubrica las articulaciones. Además estudió y descubrió las características de muchas enfermedades (sífilis y bocio entre otras) y para combatirlas se sirvió del azufre y el mercurio. Se dice que Paracelso fue un precursor de la homeopatía, pues aseguraba que «lo parejo cura lo parejo» y en esa teoría fundamentaba la fabricación de sus medicinas. Lo que le importaba a él en primer lugar era el orden cósmico, que encontró en la tradición astrológica. La doctrina del Astrum in corpore es su idea capital y más querida. Fiel a la concepción del hombre como microcosmos, puso el firmamento en el cuerpo del hombre y lo designó como Astrum o Sydus. Fue para él un cielo endosomático cuyo curso estelar no coincide con el cielo astronómico sino con la constelación individual que comienza con el «Ascendente» u horóscopo. 


En Paracelso: Tratado De Los Ninfos, Silfos, Pigmeos, Salamandras Y Otros Seres
Edición traducida y anotada por Pedro Gálvez
Ediciones Obelisco, 2003
Imagen: Efigie en Bronce de Paracelso (Phillippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenhei)/Corbis Images

9 sept. 2013

Pascal Quignard: El canto de las Sirenas

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En el canto IX de la Odisea, Ulises{34} estalla en llanto y confiesa su nombre. El aeda deja su cítara y calla. En adelante Ulises toma la palabra, habla en primera persona, narra la continuación de sus aventuras: primero la gruta, luego la isla de Kirké{35}, en fin el viaje al país de los muertos.

Al regresar del país de los muertos, Ulises costea la isla de las Sirenas.

Kirké quiere decir pájaro de presa, Gavilán. Kirké canta en la isla de Aiaié. En griego, Aiaie dice el Lamento. Kirké entona un canto plañidero y lánguido y su canto transforma en cerdos a quienes lo escuchan{36}." Kirké la cantante alertó a Ulises: el canto taoide) agudo y penetrante (liguré) de las Sirenas "tira" (thelgousin) a los hombres: atrae y enlaza en el embrujo a quienes lo escuchan. La isla de las Sirenas es un prado húmedo (leimoní) cubierto de osamentas humanas y carnes corrompidas{37}. Y Las dos tretas que la chamán gavilán sugiere a Ulises son tan simples como precisas: los hombres de Ulises deben tener ambas orejas taponadas con pequeños fragmentos de cera heñida, tomados con un cuchillo de bronce de un pastel de miel. Sólo Ulises puede conservar las orejas destapadas, a condición de ser atado tres veces con cuerdas: manos enlazadas, pies ligados y -enhiesto en cubierta- el tórax sujeto al mástil.

Cada vez que pueda ser desatado, Eurilocos y Perimedes ajustarán los nudos. Entonces podrá escuchar lo que ningún mortal ha oído sin morir: los gritos-canto (a la vez phthoggos y aoidé) de las Sirenas.

El final de la escena de Hornero es más inconsecuente.

Cuando el silencio retorna al mar, parece que los marinos -cuyas orejas están taponadas- oyen el alejamiento del canto de las Sirenas, pues el convenio obligaba a que Eurilocos y Perimides reajustaran los nudos cada vez que Ulises pudiera ser desatado. En otras palabras, los dos marinos de orejas taponadas, oyendo el silencio, se apresuran a quitar de sus orejas los trozos de pastel de miel que Ulises talló con su daga de bronce y amasó con sus manos.

Sólo entonces Eurilocos y Perimedes desatan (anetysan) a Ulises.

Ocurre además que es la primera vez que el vocablo "análisis" aparece en un texto griego.

***

Creo que el simple hecho de invertir el episodio le otorga su significado más seguro.

Algunos pájaros atraen con un canto sobrenatural a ciertos hombres hacia el lugar cubierto de huesos donde anidan: algunos hombres atraen con un canto artificial a ciertos pájaros hacia el tugar cubierto de huesos donde se cobijan.

El canto artificial para halar pájaros se llama señuelo. Las Sirenas son la vindicta de los pájaros por los señuelos que los transforman en víctimas de su propio canto. Los estratos arqueológicos de las grutas más antiguas dejan al descubierto silbatos y señuelos. Indistintos de sus presas, los cazadores paleolíticos engañaban con mímica a los animales que perseguían. En las entenebradas paredes figuraban cuernos de reno, de íbix. Se los exhibe en libros y a plena luz como ilustraciones, pero no debe excluirse que los cuernos también pudieran cornear.

Las primeras figuraciones humanas suelen sostener un cuerno en la mano. ¿Para beber su sangre? ¿Para llamar al animal del cual es signo (y siendo ese signo aquello que cae en el bosque durante la muda) hasta el punto de convertirse en el sonido que lo señala? Entonces la conjetura puede articularse así: el texto de Hornero repite, en modo inverso, una fábula prototípica acerca del origen de la música, según la cual la primera música fue la de los silbatos-señuelo de caza. Los secretos de la cacería (las voces de los animales, es decir los gritos que emiten y los atraen) se enseñaban durante la iniciación. Kirke es el Gavilán. Así como buitres y halcones, águilas y búhos se "deificaron" poco a poco debido a su estatus de celestes (a los que los cazadores abandonaban una parte de las presas abatidas en el instante ritual del sacrificio -del despojo de la piel, del troceo de los miembros, del reparto de los órganos y las carnes), los señuelos que los atraían se "teologizaron" poco a poco. Así, en un segundo tiempo, la música se transformó en un canto que atrae a los dioses hacia los hombres, luego de atraer a los pájaros hacia los cazadores. Se trata de un segundo tiempo, pero es la misma función.

***

Los oídos los llevan al mucílago donde sus patas se traban: la cera en los oídos les impide oír el apelante.

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En Roma se consideraba que los ciervos eran animales timoratos, indignos de los senadores (que preferían los jabalíes), porque huían al ser atacados y supuestamente adoraban la música. Se daba caza al ciervo con el señuelo o con el apelante: ya fuera una suerte de siringa{38} con timbre de muda, ya un ciervo vivo amarrado, cuyo bramido servía de señuelo. La caza del ciervo, juzgada servil, no se hacía con venablos sino con redes: las cornamentas se enredaban inextricablemente en las mallas.

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Todas las narraciones relatan historias de jóvenes que adquieren, en el transcurso de la iniciación, el lenguaje de los animales. El señuelo y el apelante halan al emisor hacia su canto. La música no atrae hacia una ronda humana: induce a penetrar en una reproducida ronda zoológica. Las imitaciones se atraen entre sí. Los pájaros son los únicos, junto con los humanos, que saben imitar los cantos de las especies vecinas. Los sones simulados (las máscaras sonoras de las presas) introducen al animal de los cielos, al animal terrestre, al animal acuático, a todos los animales -comprendidos los hombres, el trueno, el fuego, el mar y el viento- en la ronda predadora. La música hace girar la ronda con los sonidos de los animales en la danza, con las imágenes de los animales y los astros en las paredes de las grutas más antiguas. Intensifica su rotación. Porque el mundo y el sol y las estrellas giran, y las estaciones y las mudas, y las floraciones y las frutas, y el celo y la reproducción de los animales.

Después de la predación, asegura la domesticación. Un señuelo ya es un domador. Un apelante ya es un domesticado.

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Ulises tiene algo de ateniense En Atenas el ritual de las Anthesterias{39} se basaba en la cuerda y el pez. Una vez al año, las almas de los muertos retornaban a la ciudad y los atenienses uncían los templos con cuerdas y embadurnaban las puertas de las casas con pez. Si los alientos errantes de los ancestros intentaban penetrar en la morada donde habían vivido, quedaban encolados fuera del umbral, igual que moscas.

Durante todo el día, los potes de arcilla, repletos con alimentos que se les había preparado, eran expuestos en medio de las calles.

Después estos alientos (psyché) fueron apodados fantasmas (daimôn), o también brujas-vampiro (kères).

Sir James George Frazer señala que a principios del siglo veinte los búlgaros conservaban la costumbre siguiente: para apartar de su casa a los malos espíritus, pintaban en la puerta una cruz de brea y colgaban en el umbral un ovillo enmarañado de incontables hilos. Antes que el fantasma contara todos los hilos, se apostaba fuerte a que el gallo cantara y a que la sombra debería retomar de prisa a su tumba antes que la luz se expandiera y arriesgara borrarlo.

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Ulises ceñido al mástil es también una infatigable escena egipcia.

Al salir de los infiernos, Ulises conoce la muerte y la resurrección por el canto mágico, rodeado de momias con orejas tapiadas con carbonato de sodio y resina. Faraón en su barca solar cruza el océano celeste.

Osiris itifalico fecunda sobre los muros de las tumbas enterradas de las pirámides a la pájara Isis, que cabalga su vientre mientras concibe al hombre con cabeza de pájaro, el halcón Horus.

El muerto (sombra negra) figura en la puerta de los infiernos precedido por su ba (la sirena coloreada que despliega o recoge sus alas).

El canto de los embalsamadores acompañaba la momificación de los cadáveres. En las cuentas de los funerales, el primer artículo presupuestado es el lino, el segundo la máscara, el tercero la música. El Canto del Arpista, anotado en cada tumba, repite en forma de estribillo:

"La llamada del canto no ha salvado a nadie de la tumba. Vive por ello un día dichoso y no escuches el clamor fúnebre. Mira que nadie ha llevado sus bienes consigo. Mira que no ha vuelto ninguno de los que se han marchado."

***

El ba es el pájaro interior de cabeza humana y manos humanas, buscador de aliento. Deja el cuerpo e ingresa en la momia. El ba de los antiguos egipcios está muy cerca de la psyché de los antiguos griegos. En realidad, los alfareros griegos copiaron meticulosamente el ba pájaro de cabeza humana y manos humanas para bosquejar en sus vasijas a las Sirenas tentando a Ulises. Lo que denominamos Cantos del desesperado del antiguo Egipto se titulaba verdaderamente Diálogo entre el hombre y su bao. El amparo nocturno de la tumba, su frescor, el agua y los alimentos son el señuelo que atrapa los alientos que deambulan en el aire agobiados de calor, de hambre, de sed.

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Ulises está atado igual que una gavilla de cereales. Igual que el oso del carnaval, ceñido antes de ser empujado al río al son de zamponas y carracas.

Parece un chamán yakut: en lo alto del árbol, con sogas, se casa con el águila y en la ribera del río Grosella se hunde hasta las rodillas en los huesos de los muertos{40}.

Es Sargón ante el pájaro Ishtar.

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Todo cuento, incluso antes de trocar en la intriga particular que escenifica, es en sí mismo una historia-señuelo (una ficción, una trampa) para apaciguar el espíritu de los animales victimados. Toda cacería con señuelo se expía con una ofrenda que solo es un contraseñuelo. Del mismo modo deben ser purificadas con cantos y sacrificios las armas inficionadas por los espíritus de los cuerpos que derribaron a tierra en la sangre y en la muerte.

Al confesar la estratagema que invierte en el cuento, el cazador que vuelve de ver a Kirke exorciza la vindicta de los pájaros que el señuelo hizo venir hacia el canto. El relato exorciza hasta las cuerdas de las redes (que ciñen a Ulises). Incluso la cera (que tapona los oídos de los compañeros del héroe).

Hasta ese tórax (kithará) cubierto de cuerdas que es Ulises ante el pájaro.

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La palabra griega harmonia describe la manera de atar las cuerdas para tensarlas.

El primer nombre de la música en la Grecia antigua (sophia) designaba la habilidad para construir navíos.

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Cuando Myron quiso representar al dios de la música esculpió a Marsias ceñido al tronco de un árbol, mientras era desollado vivo.

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El halcón peregrino cae sobre el plato salvaje.

El ulular del vuelo en picada, por efecto de la velocidad de la caída petrifica a la presa.

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Arpas, flautas y tambor concurren en toda música. Cuerdas y dedos, vientos y boca, percusión de las manos o pisoteo, todas las partes del cuerpo danzan bajo su influjo.

Las piezas musicales del antiguo Japón siempre se dividían en tres partes: jo, ha, kyou. El comienzo se denominaba "introducción", el interludio "desgano", el final era denominado "presto".

Penetración, rasgadura, velocísimo. La forma sonata japonesa.

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El gavilán-chamán se yergue ante el espíritu-alondra.

El chamán es un predador, un cazador de almas: prepara las trampas, los nudos, los cepos, las argucias, las breas. Sabe cómo sujetar almas en cautiverio, cómo obligarlas con cabezas decapitadas y cabellos enlazados. Conoce uno por uno los caminos (los cantos) para llegar donde moran las almas. Lo que el chamán denomina camino (odos, una oda) es un relato mitad recitado y mitad canción.

Son añagazas. La imagen del pez arrojado al mar atrae bancos de congéneres. La música es cepo como la imagen es cebo.

El color fue cebo incluso antes que la imagen. Untar la pared con sangre es teñir la pared con el animal muerto.

El primer color es el negro (la noche, después el negro más absoluto, propio de la oscuridad de las cavernas). El segundo es el rojo.

***

El trueno es el señuelo de la lluvia de tormenta. El bull-roarer{41} es el señuelo del tiempo.

El cháman no genera lluvia al tamborilear: quien tamborilea llama al fragor del trueno, que a su vez llama a la lluvia de la tormenta.

***

La música no es un canto específico de la especie Horno. El canto específico de las sociedades humanas es su lengua. La música es una imitación de los lenguajes enseñados por las presas en el momento de la reproducción del canto de las presas a la hora de su reproducción.

Son conciertos de natura. La música incita a mugir, a rebuznar, a bramidar.

Relincha.

Retira del vientre del chamán al animal ausente que el cuerpo mima y que la piel y la máscara muestran.

La danza es una imagen. Así como la pintura es un canto. Los simulacros simulan. Un rito repite una nustaphora (un viaje). En la Grecia moderna, los camiones de mudanza llevan inscrita al costado la palabra METAPHORA. Un mito es la imagen danzada del rito mismo, del cual se espera ejerza atracción sobre el mundo.

***

El chamán es especialista en rugidos animales. El amo de los espíritus puede metamorfosearse en cualquiera o en cualquier cosa, incluso en el pájaro de vuelo más raudo, capaz de atravesar el mar, de sobrepasar las montañas. El pájaro es el más nómada de los nómadas. El chamán es un acelerador del transporte, del tiempo, es decir de la metáfora, de la metamorfosis. Es, en fin, el más sonoro de los sonoros.

Su territorio es aire acotado de cantos.

***

1. La música convoca al lugar donde tiene lugar, 2. sojuzga los ritmos biológicos hasta la danza, 3. hace caer a tierra, en el círculo del trance, el mugido que habla en el chamán.

Si la voz tiembla, el cuerpo cabriola. Saltar no es brincar, trepar no es resbalar. Salto de carpa, tarantela, baile o mascarada son originariamente lo mismo. ¿De dónde vienen bullir, patalear, titubear? Las listas que registran gritos animales en las gramáticas ejercen un atractivo irresistible, provocan competencias sin fin entre los niños y entre los adultos que las prosiguen.

Huracanar, aullar, ladrar, vociferar, abuchear, abroncar, bramar, alborotar...

Los etnólogos han clasificado las técnicas musicales para intimidar al tomado para flagelar el huracán, para aniquilar la ráfaga, para calmar el fuego, para sembrar el pánico en las lluvias (a fin de comandar su raudal tamborileando), para atraer rebaños a su pisoteo, para embrujar el ingreso de la fiera en el cuerpo del brujo, para aterrorizar a la luna, las almas y el tiempo hasta la obediencia.

***

En Saint-Genou aún se puede contemplar las Dames Oiselles esculpidas en la iglesia. Son grullas que aprietan piedras vivientes con sus pinzas. Su cuello anudado sofoca el grito que escapa de su gaznate. Es un grito tan denso que aniquila a todo ser que lo escucha, pero a la vez tan agudo que se anula en el silencio y que ningún ser viviente escucha, recordando que el lenguaje es el canto precedió al lenguaje de las lenguas.

***

Los hombres remontan infiernos y deambulan en un mar sonoro.

El mar sonoro amenaza engullir a todos los seres vivientes. La música los atrae. La música es el señuelo que atrae hacia la muerte.

Que atrae las voces a la semejanza que las pierde.

***

El río en su estuario ya no revela nada de lo tenue de la fuente.

Salvar la fuente: mi deseo. Salvar la fuente del río que la fuente engendra y que el río engulle a fuerza de acrecerla. Se excava Troya y se descascarilla una cebolla sin fin: las grandes ciudades de eras antiguas no volvieron a la condición del bosque que roturaron. Ni volverán. Las civilizaciones sólo dejan, en el mejor de los casos, ruinas, En el peor, desiertos irreversibles. Formo parte de los que he perdido.


Notas

[34]Ulises ( o Ulixes) es el nombre latino de Odiseo ( que significa "enfadado"). (N. del T.)
[35]La grafía castellana (y francesa) habitual es Circe, pero su pronunciación griega es Kirkè. La isla de Aiaié es en castellano, Eea (que parece una interjección). He conservado las grafías griegas adoptadas por el autor. (N. del T.)
[36]Ulises es inmune al embrujo y las drogas de Kirkè -que transforma a los hombres en puercos-, porque Hermes le dio a oler una flor blanca y perfumada, de raíz negra, llamada "moly". Esta flor sólo era conocida por los dioses. Ulises permaneció un tiempo en la isla de Aiaié y tuvo tres hijos con Kirkè: Agrio, Latino y Telégono. (N. del T.)
[37]Las sirenas, demonios fúnebres, eran hijas de Aqueloo. Según Ovidio, son pájaros de plumaje rojizo y rostro de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo para arriba son mujeres y en lo restante pájaros. Dice la leyenda que Afrodita las transformó en aves, porque no querían entregar su virginidad a los dioses ni a los hombres. Pero las Musas las vencieron en un certamen musical y les arrancaron las plumas para hacerse una corona. De allí que no puedan volar y atraigan a los hombres con su canto sobrenatural. Según el geógrafo Estrabón, su lugar de residencia eran las islas Sirenusas, frente a Pesto. (N. del T.)
[38]Original: syrinx. La siringa es una especie de flauta. (N. del T.)
[39]La Anthesteria (de ánthesis: floración) era uno de los festivales en honor de Dionisio efectuado en Atenas en el mes de Anthesterion (febrero-marzo), al comenzar la primavera. Se celebraba la maduración del vino de guarda. Duraba tres días. El primero se dedicaba a ofrecer libaciones en honor de Dionisio. El segundo era una fiesta popular paralelamente a la cual se celebraba una ceremonia secreta en el santuario de Dionisio, donde la esposa del rey arconte se unía en matrimonio con el dios. Se suponía que las almas de los muertos aparecían y transitaban por el mundo de los vivos. El tercer día era el día de los muertos. (N. del T.)
[40]El "sháman" ("el que sabe") es elegido por los espíritus, que le dan muerte simbólicamente y lo cortan en pedazos. Resucita de esta muerte y "asciende a los cielos" por el árbol del mundo, un poste con siete, nueve o doce sogas. Ver Mircea Eliade. Le chamanisme. (N. del T.)
[41]El "bull-roarer" es un rombo de 15 cm de largo y 3 de ancho que tiene en un extremo un orificio por el que pasa un cordel. La ceremonia iniciática entre ciertas tribus de la costa Este de Australia (p. ej., los Karadjeri) consiste en la revelación solemne de este instrumento cuya rotación produce un sonido análogo al trueno y al mugido del toro (de allí su nombre inglés: bull-roarer). Ver Mircea Eliade, Tratado de la historia de las religiones (p.60, Ediciones Era, México, 1972) y Howitt, The Native Tribes (p. 494 y ss., p. 528 y ss.). (N. del T.)


El odio a la música, diez pequeños tratados, Quinto tratado
Título original: La Haine de la Musique
© 1996, Calmann-Lévy
© de la traducción y notas: Pierre Jacomet, 1998
Foto: Sophie Bassouls, Paris 1986, Sygma Corbis

3 may. 2013

William Butler Yeats: Teólogos felices e infelices

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I

Una mujer de Mayo me dijo en una ocasión: «Conocí a una sirvienta que se ahorcó por el amor a Dios. Se sentía sola sin el cura y su congregación*, y se colgó de la barandilla con una bufanda. Apenas había muerto, cuando se puso blanca como un lirio. Si hubiese sido un asesinato o un suicidio, se habría puesto completamente negra. Le dieron cristiana sepultura y el cura dijo que nada más morir, ya estaba con el Señor. De modo que no importa lo que uno haga por amor a Dios». No me asombra cuánto disfruta contando la historia, pues ella también ama todas las cosas sagradas con un ardor que hace que le vengan rápidamente a los labios. Una vez me contó que no hay nada que oiga describirse en un sermón que ella no vea después con sus propios ojos. Me ha descrito las puertas del Purgatorio tal como se apareció ante sus ojos, pero no recuerdo nada de la descripción, excepto que no pudo ver las almas en pena, sino únicamente la puerta. Su mente se recrea continuamente en lo agradable y lo bello. Un día me preguntó qué mes y qué flor eran los más bellos. Cuando le respondí que no lo sabía, me dijo: «El mes de mayo, por la Virgen, y el lirio del valle, porque nunca ha pecado, sino que surgió puro entre las rocas», y luego preguntó: «¿Cuál es la causa de los tres meses fríos del invierno?». Yo no sabía eso siquiera, de modo que ella dijo: «El pecado del hombre y la venganza de Dios». El propio Cristo no sólo estaba bendito, sino que para ella Él era perfecto en sus proporciones humanas, de tan unidos que van la belleza y la santidad en sus pensamientos. Sólo Él, entre todos los hombres, medía exactamente seis pies de altura; todos los demás miden un poco más o un poco menos.

Sus pensamientos y sus visiones de los seres feéricos también son agradables y bellos, y nunca la he oído llamarlos Ángeles Caídos. Son personas como nosotros, sólo que más guapos, y en muchas ocasiones ella se ha acercado a la ventana para verlos conducir sus carros por el cielo, uno tras otro, en una larga fila, o a la puerta para oírlos cantar y bailar en el exterior. Al parecer, cantan principalmente una canción llamada «La cascada distante», y aunque en una ocasión la derribaron de un golpe, ella nunca piensa mal de ellos. Los veía con mayor facilidad cuando estaba sirviendo en King's County. Una mañana, hace ya un tiempo, me dijo: «Anoche estaba esperando al Señor, y eran las once y cuarto de la noche. Oí un golpe en la mesa. "King's County tenía que ser" dije yo, y me reí tanto que casi me muero. Era una advertencia de que me estaba quedando ahí demasiado tiempo. Querían el lugar para ellos». En una ocasión le hablé de alguien que vio un duende y se desmayó, y ella me dijo: «No puede haber sido un duende; debía de ser algo malo. Nadie podría desmayarse ante un duende. Sería un demonio. Yo no me asusté cuando casi me hacen atravesar el techo, a mí y a la cama que tenía debajo. Tampoco tuve miedo cuando tú estabas haciendo algún trabajo y oí que una cosa, como una anguila, subía pesadamente por las escaleras dando chillidos. Fui a todas las puertas. No pudo entrar donde yo estaba. La habría lanzado a través del universo como una ráfaga de fuego. Había un hombre en mi casa, un tipo violento, y acabó con una de ellas. Salió a encontrarse con ella en la carretera, pero seguramente le dijeron las palabras. Pero los duendes son los mejores vecinos. Si eres bueno con ellos, ellos serán buenos contigo, aunque no les gusta que te interpongas en su camino». En otra ocasión me dijo: «Siempre son buenos con los pobres».


II

Sin embargo, hay un hombre en una aldea de Galway que no es capaz de ver más que maldad. Algunos lo creen muy santo, y otros lo creen un poco desquiciado, pero algunas de sus palabras recuerdan a esas antiguas visiones irlandesas de los Tres Mundos, que supuestamente le dieron a Dante el plan de la Divina Comedia. Pero yo no podría imaginar a este hombre viendo el Paraíso. Está especialmente enojado con el pueblo feérico y describe las patas de fauno —tan corrientes entre ellos, que son verdaderamente hijos de Pan— para demostrar que son hijos de Satanás. El no admite que «se lleven a las mujeres, aunque muchos digan que lo hacen», pero está seguro de que «son tan numerosos como la arena del mar que nos rodea, y tientan a los pobres mortales». Dice: «Conozco a un cura que estaba mirando el suelo como si estuviera buscando algo, y una voz le dijo: "Si quiere verlos, los verá hasta hartarse" y sus ojos se abrieron y vio el suelo repleto de ellos. A veces cantan y bailan, pero siempre tienen las patas hendidas». Sin embargo, tal era su desdén por todo lo que no era cristiano, con todos esos bailes y cantos, que cree que «sólo tienes que ordenarles que se vayan y se irán. Una noche» dice, «después de haber regresado andando desde Kinvara y bajando por el bosque de más allá, sentí que uno venía a mi lado y pude percibir al caballo que estaba montando y la forma en que levantaba las patas, pero no suenan como los cascos de un caballo. Así que me detuve y me di la vuelta y dije muy alto: "¡Márchate!". Se fue, y después de eso nunca más volvió a molestarme. Conocí a un hombre que estaba muriendo y uno de ellos se subió a su cama, y él le gritó: "¡Sal de ahí, animal antinatural!" y el duende se marchó. Ángeles caídos, eso es lo que son, y después de la caída, Dios dijo: "Que se haga el Infierno" y en un instante estuvo ahí». Y mientras él decía esto, la anciana que estaba sentada junto al fuego intervino con la frase «Dios nos salve. Es una lástima que El dijera esas palabras, pues podría no haber un Infierno». Pero el vidente no se percató de sus palabras y continuó: «Y entonces le preguntó al Demonio qué quería a cambio de las almas de toda la gente. Y el Diablo dijo que nada le satisfaría, excepto la sangre del hijo de una virgen, de modo que la consiguió, y entonces las puertas del Infierno se abrieron». Al parecer, él entendía la historia como si se tratara de alguna vieja y enigmática leyenda popular.

«Yo mismo he visto el Infierno. Lo vi una vez, en una visión. Estaba rodeado de una muralla muy alta, toda de metal, y había una arcada, y un sendero recto que conducía a su interior, como el que te llevaría al huerto de un caballero, pero los bordes no estaban adornados con boj, sino con metal al rojo vivo. Y dentro de la muralla había veredas, y no estoy seguro de qué había a la derecha, pero a la izquierda había cinco grandes hornos, llenos de almas retenidas ahí con grandes cadenas. Así que di media vuelta rápidamente y me alejé, y al girarme vi el muro otra vez y no pude ver su final.

»En otra ocasión, vi el Purgatorio. Parecía estar en un sitio plano, y no había murallas a su alrededor, sino que era todo una gran llamarada brillante, y las almas estaban en su interior. Y sufren casi tanto como en el Infierno, sólo que ahí no hay demonios y tienen la esperanza del Cielo.

»Y oí que me llamaban desde ahí: "¡Ayúdame a salir de aquí!". Y cuando miré, vi a un hombre al que había conocido en el ejército, un irlandés y de este país, y creo que era descendiente del rey O'Connor de Athenry.»

»Así que en un primer momento le tendí mi mano, pero luego exclamé: "Me quemaría en las llamas antes de poder acercarme a tres metros de ti". Entonces él dijo: "Bueno, entonces ayúdame con tus plegarias", y eso es lo que hago.

»Y el padre Connellan dice lo mismo, que ayudes a los muertos con tus rezos, y es un hombre muy listo para hacer sermones y ha curado a muchos con el Agua Bendita que trajo de Lourdes.»

1902


(*) La congregación religiosa a la que pertenecía

En El crepúsculo celta. Mito, fantasía y folclore
Traducción: Javier Marías
Barcelona, Ediciones Obelisco, 2007
Foto: William Butler Yeats en 1911 por George Charles Beresford