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26 oct. 2013

Descargar: Yukio Mishima - La corrupción de un ángel

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Descargar: Yukio Mishima - La corrupción de un ángel

Esta novela fue concluida por Mishima la misma mañana del día de su suicidio. Se inicia con la adopción del joven Toru por parte de Honda, viejo y acaudalado jurista. Toru, prototipo de belleza masculina, frío e imperturbable, evoluciona desde un talante ejemplar hasta alcanzar una sublimación del individualismo de modo cada vez más inhumano y autodestructivo. Una gran novela en donde Mishima expresa su desprecio por el Japón moderno y por el progreso económico, causa de la pérdida de los valores espirituales.

17 ago. 2013

Javier Marías: Yukio Mishima en la muerte

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La muerte de Yukio Mishima fue tan espectacular que casi ha logrado hacer olvidar las numerosas majaderías en que incurrió a lo largo de su vida, como si el constante exhibicionismo previo hubiera sido sólo la manera de asegurarse la atención en el momento culminante, el único que probablemente le interesaba de veras. Así hay que entenderlo, al menos, a raíz de su inveterada fascinación por la muerte violenta, que —si el muerto era joven y tenía buen cuerpo— consideraba la cumbre de la belleza. Bien es verdad que esta idea no era enteramente original suya, y menos aún en su país, el Japón, donde, como es sabido, ha habido siempre una apreciada tradición consistente en sacarse las entrañas con gran aparato y perder a continuación la cabeza de un solo tajo propinado por un amigo o un subordinado. En épocas no muy lejanas, al final de la Segunda Guerra Mundial, fueron no menos de quinientos los oficiales que se suicidaron (así como un buen puñado de civiles) para «responsabilizarse» de la derrota y «presentar disculpas al Emperador». Entre ellos se encontraba un amigo de Mishima, Zenmei Hasuda, quien antes de honrar «la cultura de mi nación, que es morir joven» y saltarse la tapa de los sesos, aún tuvo tiempo de asesinar a su inmediato superior por haber éste criticado al Emperador divino. Quizá se comprende que todavía veinticinco años después el Ejército japonés siguiera deprimido, vendido y sin capacidad de reacción, según las acusaciones del propio Mishima.

Su deseo de muerte, nacido a temprana edad, no era sin embargo indiscriminado, y si bien puede entenderse su terror a ser envenenado, ya que la definición por este procedimiento difícilmente podía ser «bella», resulta menos explicable que cuando con veinte años fue llamado a filas, en 1945, aprovechara la momentánea fiebre de un proceso gripal para mentir al médico militar que le hizo el reconocimiento y presentarle tal historial de síntomas ficticios que propició un erróneo diagnóstico de tuberculosis incipiente y lo libró del servicio. No es que Mishima no fuera consciente de lo que eso suponía para la veracidad de sus ideales: antes al contrario, en su famosa novela autobiográfica Confesiones de una máscara se preguntó larga y vanidosamente al respecto. Como no podía ser menos en un hombre de considerable astucia, al final encontró una justificación estética para haber evitado lo que en principio deseaba tanto (a saber, «Lo que quería era morir entre desconocidos, sin intromisiones, bajo un cielo sin nubes...»), y concluyó que «en lugar de eso, prefería con mucho pensar en mí mismo como en alguien que había sido abandonado hasta por la Muerte... Me deleitaba imaginando los curiosos dolores de alguien que quería morir pero a quien la Muerte había rechazado. El grado de placer mental que así obtenía parecía casi inmoral». Sea como fuera, lo cierto es que Mishima no padeció grandes ni curiosos dolores hasta el día de su verdadera muerte, lo cual quiere decir que cuando le llegó la prueba tenía sus fuerzas y su determinación intactas gracias a la ignorancia. Con anterioridad, en cambio, su pavor a ser envenenado era tan obsesivo que cuando iba al restaurante sólo pedía platos poco aptos para la ponzoña y luego se lavaba los dientes frenéticamente con sifón o soda.

Todo esto no le impidió fantasear cuanto quiso, no sólo sobre su propia supresión erótica (esto es, violenta), sino sobre la de muchos otros entes de ficción, todos ellos muy bien parecidos: «El arma de mi imaginación mató a muchos soldados griegos, a muchos esclavos blancos de Arabia, príncipes de tribus salvajes, ascensoristas de hoteles, camareros, jóvenes matones, oficiales del ejército, trotamundos circenses... Besaba los labios de los que habían caído y aún se movían espasmódicamente». Como es natural, tampoco se privó de ensoñaciones caníbales, de las cuales hizo predilecto objeto a un compañero de colegio bastante atlético: «Le clavaba el tenedor directamente en el corazón. Un chorro de sangre me golpeaba de lleno el rostro. Con el cuchillo en la mano derecha, empezaba a cortar la carne del pecho, suavemente, ligeramente al principio...». Hay que dar por sentado que en estas figuraciones alimenticias desaparecía el temor a ser envenenado, lo cual sin duda era una suerte.

Esta fascinación erótica por los viriles cuerpos torturados, despedazados, despellejados, trinchados o asaeteados marcó a Mishima desde la adolescencia. Fue un escritor lo bastante impúdico para poner a la posteridad al tanto de sus eyaculaciones, por lo que hay que colegir que les otorgaba extremada importancia; y así, no nos queda más remedio que estar enterados de que su primera eyaculación la tuvo contemplando una reproducción del torso de San Sebastián que pintó Guido Reni con unas cuantas flechas horadándolo. No es de extrañar, por tanto, que cuando ya adulto le dio por hacerse fotografías artístico-musculares, Mishima se representara en una de ellas con el mismo atuendo, es decir, un pañolón atado a la cintura y un par de saetas hincadas en los costados, los brazos en alto y las muñecas atadas por cuerdas. Este último detalle no carece de trascendencia, habida cuenta de que la imagen preferida de sus masturbaciones (de las que asimismo tuvo a bien dejar constancia) eran las axilas muy pobladas y es de temer que malolientes. Esa célebre fotografía, así pues, debió de prestar considerables servicios a su narcisismo.

No menos cómicos resultan otros retratos que legó a los entusiastas más infantiles del sexo de calendario: Mishima observándose el aún escuálido pecho ante un gran espejo, Mishima con mirada pirómana y una rosa blanca entre los dientes, Mishima haciendo pesas para procurarse unos bíceps decentes; Mishima semidesnudo y metiendo estómago, con una cinta en el pelo y espada de samurái en las manos, la cara al borde de una falsa apoplejía; Mishima con uniforme paramilitar, sorprendentemente discreto para tratarse de un modelo ideado por él mismo para su ejército privado, el Tatenokai. También hizo algunos papeles en películas propias o de tres al cuarto, de yakuza o gangsters japoneses; grabó canciones, y un disco en el que interpretaba a los cuarenta personajes de una de sus obras de teatro. Su imagen le preocupaba hasta el punto de lograr que, en las fotos en las que aparecía junto a hombres mucho más altos que él, fuera él quien pareciera un gigante.

No debe inferirse, no obstante, que Yukio Mishima se pasara la vida ocupado en estos folklorismos y zarandajas. Tenía necesariamente que escribir sin parar, ya que a su muerte dejó más de cien títulos, y se sabe que uno de ellos, de ochenta páginas, lo redactó durante un encierro de tan sólo tres días en un hotel de Tokyo. A esta actividad hay que añadir la de su promoción en el extranjero, que lo llevó a hacer numerosos viajes a Europa y América y a preparar una cuidadosa y frustrada escenificación cuando en 1967 se rumoreó que el Premio Nobel iba a recaer en un autor japonés por vez primera. Hizo coincidir su regreso de un periplo con la fecha en que debía anunciarse el fallo y alquiló una lujosa habitación en un hotel céntrico. Pero cuando aterrizó el avión y él salió antes que nadie con una enorme sonrisa, se encontró con un aeropuerto alicaído, ya que el galardonado había sido un molesto escritor guatemalteco. Un año después su depresión aumentó: el Nobel fue por fin al Japón, pero a manos de su amigo y maestro Yasunari Kawabata. Mishima hizo gala de reflejos: salió corriendo a casa de Kawabata para ser el primero en felicitarlo y por lo menos aparecer en las fotos. No hace falta decir que Mishima se consideraba no sólo digno del Nobel, sino —sin más— un genio. «Quiero identificar mi propia obra literaria con Dios», le dijo una vez a un fanático de la extrema derecha, posiblemente acostumbrado a los delirios de grandeza.

Según cuentan los que lo trataron, Mishima era un hombre de gran simpatía y con sentido del humor, muy activo, aunque su risa resultaba bestial y estridente y la prodigaba en exceso. Sus relaciones con las mujeres fueron más bien escasas, excepción hecha de su abuela (que prácticamente lo secuestró en la infancia para desesperación de la nuera), su madre, su hermana, su mujer y su hija, el elemento femenino imprescindible hasta para los más misóginos. Si se casó fue por una falsa alarma: se creyó que su madre iba a morir pronto de cáncer, y Mishima pensó en hacerle como último obsequio su matrimonio: ella moriría más tranquila suponiendo asegurada la descendencia. El cáncer resultó una fantasmagoría y la madre sobreviviría al hijo, pero para cuando lo primero se supo Mishima ya se había desposado con Yoko Sugiyama, joven de buena familia que, es de suponer, cumplió con los seis requisitos previos impuestos por el novio a los casamenteros, a saber: la novia no debía ser ni una marisabidilla ni una cazafamosos; debía querer casarse con el ciudadano particular Kimitake Hiraoka (su verdadero nombre), no con el escritor Yukio Mishima; no debía ser más alta que su marido, ni siquiera con tacones; debía ser bonita y con la cara redondeada; debía prestarse a cuidar de sus suegros y ser capaz de llevar la casa; por último, no debía molestar a Mishima mientras éste trabajara. La verdad es que poco más se ha sabido de ella después de la boda, aunque los hagiógrafos del escritor (entre ellos la tan babeante como luego babeada Marguerite Yourcenar) cuentan con fervor cómo Mishima llevaba frecuentemente a Yoko en sus viajes al extranjero, lo cual no era la costumbre entre los japoneses de su tiempo. Con eso, en opinión de Yourcenar y otros, parece haber cumplido: al fin y al cabo, podía perfectamente haberla dejado en casa.

Fue en el último periodo de su vida cuando Mishima creó la organización paramilitar Tatenokai, a la que gustaba referirse por sus siglas en inglés, SS (Shield Society o Sociedad del Escudo). Se trataba de un pequeño ejército de cien hombres, tolerado y fomentado por las Fuerzas Armadas japonesas. Los cien eran sobre todo estudiantes y admiradores incondicionales, devotos todos del Emperador y del Japón más rancio. Durante un tiempo se limitaron a hacer acampadas, ejercicios tácticos, maniobras pseudomilitares y a abrirse la piel para entremezclar y beber sus sangres. Su primera y última acción verdadera tuvo lugar el 25 de noviembre de 1970, cuando Mishima y cuatro acólitos se presentaron con sus uniformes amarillentos en la base de Ichigaya, en Tokyo. Allí tenían cita con el general Mashita, al que iban a cumplimentar y a mostrar una valiosa espada antigua de samurai, en posesión de Mishima y sin duda muy digna de verse. Una vez en el despacho del general, los cinco falsos soldados maniataron a éste, se hicieron fuertes con sus armas blancas y exigieron que las tropas se concentraran ante el balcón para escuchar una arenga de Mishima. Algunos oficiales desarmados (el Ejército japonés tiene prohibido el uso de las armas contra civiles) intentaron reducirlos y se llevaron unos cuantos sablazos (a un sargento Mishima casi le cortó la mano). Cuando por fin pudo dirigirse a las tropas, el discurso de Mishima no fue muy bien recibido: los soldados le interrumpían continuamente gritándole barbaridades como «¡Bésate el culo!», o bien Bakayaro!, de difícil traducción, aunque al parecer lo más aproximado sería «¡A joder a tu madre!» (hay quien, sin embargo, le da sólo un valor equivalente a «tarugo»).

Las cosas no salieron del todo como había planeado. Entró de nuevo en el despacho y se preparó para el harakiri. A su hombre de confianza y posible amante, Masakatsu Morita, le había pedido que lo decapitara con la valiosa espada en cuanto él se hubiera abierto las tripas, sin dejarlo sufrir demasiado. Pero Morita (que también iba a hacerse el harakiri luego) falló el golpe nada menos que tres veces, rajándole los hombros, la espalda, el cuello, pero sin acertar con la cabeza. Otro de los acólitos, Furu Koga, más ducho o menos nervioso, le arrebató la espada y se encargó de la decapitación. Luego hizo lo propio con Morita, quien, falto de fuerzas desde el principio, sólo logró hacerse un arañazo en el estómago con la daga. Las cabezas quedaron sobre la alfombra. Mishima tenía cuarenta y cinco años, y se dice que, siempre teatral, esa misma mañana había entregado al editor su última novela. En una ocasión había dicho del harakiri que era «la masturbación definitiva». Su padre se enteró de lo ocurrido por la televisión: al oír la noticia del asalto a Ichigaya pensó: «Ahora tendré que ir a pedir disculpas a la policía y demás. ¡Vaya lata!». Luego oyó el resto, harakiri y decapitación, y confesó más tarde: «No me sentí muy sorprendido: mi cerebro rechazaba la información».


En Vidas escritas (1999)
Alfaguara, 2012
Foto: JM en Madrid © Ferdinando Scianna/Magnum Photos

13 ago. 2013

Descarga: Yukio Mishima - Confesiones de una máscara

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Descarga: Yukio Mishima - Confesiones de una máscara

«Hasta la idea de mi propia muerte me hacía estremecer con un placer desconocido. Tenía la sensación de poseer todo.» Koo-chan, el joven narrador de Confesiones de una máscara, es un alma atormentada por una sensibilidad turbadora que va creciendo con el estigma de saberse diferente a los demás. De aspecto débil y enfermizo, solitario y taciturno, de extracción menos favorecida que sus compañeros, irá descubriendo sus inclinaciones homosexuales cuando se siente atraído por Omi, un chico de fuerte constitución. Pero, esclavo de lo convencional, no puede aceptar que trasciendan sus diferencias y deseos, por lo que establece una relación con Sonoko, la hermana de su amigo Kasuno, intentando convencerse de que está enamorado de ella. Mientras asume su escaso poder para amar, irán aflorando sus fantasías y su fascinación por la belleza entremezclada con la sangre, la violencia, la muerte..., escenificado en el cuadro de Guido Reni que representa el martirio de San Sebastián. Confesiones de una máscara, traducida por primera vez del japonés, es un clásico de la narrativa moderna. Narrada en primera persona, ha sido considerada como una de las novelas más autobiográficas de Mishima.

2 jul. 2013

Yukio Mishima: Los pañales

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El marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso.

Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu.

Aquella noche se había reunido, momentos antes, con su marido en un night club y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente». Sentado allí, con su traje de estilo americano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño.

—Es un cuento increíble —decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta—, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... —hizo chasquear los dedos— «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse! —¿Y salió el gato encerrado? —preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko.

—¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero!

—No me cabe la menor duda —apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír.

Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre.

Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico.

Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón.

Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería.

Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo.

«Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en diarios y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca.

«Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón...»

Se retiraron del night club y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella.

—Lleve a esta señora a Ushigomé —ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de tweed no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente.

El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente.

Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida.

Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se aya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje...»

La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron.

«No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo...»

El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios.

Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre. No cabía duda de que aquellos sombríos pensamiemos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar.

El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes.

Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros.

El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar. «Diarios...», recordó Toshiko, y su mente retomó el hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida.

«Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto... El secreto de una vida...» Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores. Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado.

Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en diarios, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad.

Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color kaki y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo.

La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud.

Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de diarios crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko.

Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años!

El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.


Trad.: Magdalena Ruiz Guiñazú, Antonio Cabezas
En La perla y otros cuentos
Madrid, Ediciones Siruela, 2008
Foto: YM en Japón 1979 © Elliott Erwitt/Magnum Photos

27 mar. 2013

Henry Miller: Reflexiones sobre la muerte de Mishima

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No tiene excusa que escriba yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo, sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro país.

Actualmente Japón es el país que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.

Estoy relacionado con japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas, ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios, editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.

Sin embargo, como pueblo tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que me estimulen, me sacudan, me asombren.

Por eso cuando leí acerca de la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello: lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de antiguos Samurai hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad de la violencia.

La juventud, la belleza, la muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones, podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir que los cristianos primitivos.

¡Era un fanático! Es la primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima relación con un acto de creación.

No, no estoy explicando el suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los Samurai? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país, Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.

Se dice que preparó su muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos. ¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)

Afortunadamente para Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar los sesos.

Y a propósito de Hemingway, qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental y el pensamiento occidental, haya sin embargo muerto no sólo según el estilo japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón. No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo, la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los paladines del progreso.

La tradición, para los americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—, el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor lo deciden los teóricos de la política.

Sé que parezco querer blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo, me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros, legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?

Uno de mis primeros héroes fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas, temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final no ha llegado.”

Mishima era demasiado inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético, demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero no al punto de intentar lo imposible.

El aspecto más flojo de su intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger “nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra, cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué estúpido, qué absurdo, qué arrogante!

No, por mucho que los japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación. No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables? ¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.

En alguna parte he leído la frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los maestros Zen. “Faites mourir la mort".

Hoy se acepta como si tal cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión "guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más? ¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo. Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros. Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.

Mirándolo de otra manera, ¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo? Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”? Sabemos que admiraba el espíritu del Samurai y el culto de la espada pero, ¿de qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además, ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurai, ¿qué hay de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurai, entrenado para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la muerte. ¿Quién quiere vencer, en definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores, militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros. Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos que nada en su juez.

Me pregunto si Mishima realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez, fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente, pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".

Lo que se interpuso en el camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es que esta falta de humor lleva a la rigidez. Aun en el cultivo de su propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura, de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno. Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurai. La sodomía en los ejércitos modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan rastros del "esplendor melancólico”.

Si algo hubo de heroico entre los Samurai, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos, aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones, hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas, ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron en aras a sus creencias.

Pero volvamos al sentido del humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello. Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del primer capítulo de esa obra:

El feroz poeta de la Edad Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas, pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde. Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.

¡Qué estilo tan Zen tiene esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas. A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces. Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra. Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.

Si lo que se quiere es alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más eficaz que la espada del Samurai o la corta daga del seppu —ku es el humor de Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.

Sé lo difícil que es conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción. Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.

¿Habrá sido su extremada seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de América: “Pourri avant d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai, en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente indestructible Pablo Casals. En los últimos años numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado. Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan, no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro. Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se los recordase por sus hazañas después de muertos.

El sacudón que experimenté al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo, en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.

Siempre imaginé que si se cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría "en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y, cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes. Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.

***

En cuanto al parecido entre las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—, un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de la de un desconocido.

Fue una impresión fugaz que nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos hubiéramos encontrado en vida.

Algunos de estos temas post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado] parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.

Entonces, ¿es posible el amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta? Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible. Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su fe.

En el territorio del amor todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces, este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los mortales, conocemos apenas.

El amor de Mishima por la juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado, como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas, ¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?

¿Quién puede aliviar al exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas. El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado, atomizado, desolado.

Por encima de todo, para el hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto, evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos. Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.

Muchas veces me pregunto, cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais, el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)

Una noche, hace poco, en la cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese): debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:

Laotsé o san Francisco de Asís
Leonardo o Pico della Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o Saladino
Changtsú o Rabelais

Mi ignorancia, por desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.

Hay muchas cosas que me habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado, creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje, sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea, sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor —es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum. Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud, Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos. "Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la realidad, no por principios e ideas.

¡Qué divertido! Nada más que el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer, indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común, no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.

¿Somos árbitros de nuestro destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa: ¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba espacio para la imaginación?

En El pabellón del templo dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada". Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación es un mito inventado por algún monje?

Sí, mi querido Mishima, hay mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas. Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?

Estoy seguro de que el silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas. Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad humana, Pico della Mirándola escribió:

En medio del mundo el Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni incluyente en ti mismo!

Nuestros ancestros hicieron muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo, soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos, en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni nuestra perdición ni nuestra salvación.

Probablemente de aquí a un siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu. En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.

Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos. En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombies exactamente como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo, tu condicionador, tal como América es el mío.

Quizá me engañe, pero siento que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y a quienes no pelearon.

Con el tiempo los cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la pared.

Desde el instante mismo en que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y dinero pusiste.

Puede parecerte una afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de esta índole.

Hoy todo el mundo “civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.

Hayas sido lo que sea, tu ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común, “una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores. Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.

Pero, ¿qué hay de los innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores, algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal. La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino "el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo” quiere decir.

Ahora que ya no formas parte de él, ¡descansa en paz!


Traductor: Mario Muchnik
©1971, Del Taller de Mario Muchnik
Barcelona, 1999

Publicado en japonés en The Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima
Foto: HM en California, 1947 por Henri Cartier-Bresson/Magnum

21 sept. 2012

Yukio Mishima (1925-1970): Muerte en el estío

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La mort… nous affecte plus profondément sous le règne pompeux de l’été.
Charles Baudelaire: Les Paradis Artificiéls

Una playa, cercana al extremo sur de la península de Izu, aún permanece inviolada para los bañistas. El fondo del mar es allí pedregoso y accidentado, el oleaje un poco fuerte, pero el agua es límpida y el declive suave. Reúne condiciones excelentes para los nadadores.

Por estar completamente fuera de camino, A. Beach no tiene las estridencias ni la suciedad de los lugares frecuentados en las cercanías de Tokio. Está situada a dos horas de ómnibus de Itó.

La única hostería es, prácticamente, la de Eirakusö, que también ofrece casitas en alquiler. Sólo cuenta con uno o dos quioscos de refrescos de los que, generalmente, afean las playas en verano. La arena es blanca y abundante y a medio camino hacia la playa, una roca, coronada de pinos, se inclina sobre el mar como si resultara de la obra de un paisajista. Al subir la marea queda semi- sumergida por las aguas.

La vista es hermosísima. Cuando el viento del oeste trae la niebla del mar, las islas lejanas se vuelven visibles. Oshima al alcance de la mano y Toshima más alejada y, entre ellas, una pequeña isla triangular llamada Utoneshima. Detrás del promontorio de Nanago yace Cabo Sakai, parte de la misma masa montañosa, que echa profundamente sus raíces en el mar. Más allá se divisan el cabo conocido como el Palacio del Dragón de Yatsu y el cabo Tsumeki, en cuyo extremo sur se enciende un faro por las noches.

Tomoko Ikuta dormía la siesta en su habitación del Eirakusö. Era madre de tres hijos aun cuando resultaba imposible imaginarlo al contemplar su cuerpo sumido en el sueño. Las rodillas asomaban bajo el corto vestido de lino rosa salmón. Los brazos llenos, la expresión confiada y los labios ligeramente curvados transmitían una frescura de niña. La transpiración mojaba su frente y los costados de su nariz. Las moscas zumbaban pesadamente y la atmósfera era semejante a la que reina bajo un techo de metal caldeado. El lino rosa salmón se agitaba apenas como si fuera parte de aquella tarde pesada y sin viento.

La mayoría de los huéspedes habían bajado a la playa. La habitación de Tomoko estaba situada en el segundo piso. Debajo de su ventana se balanceaba una blanca hamaca para niños. Se habían distribuido mesas y sillas sobre el césped y no faltaba tampoco una estaca para jugar al tejo. Parte del juego yacía en desorden. No había nadie a la vista y el zumbido ocasional de una abeja era ahogado por las olas que rompían más allá del cerco donde los pinos se erguían para perderse, luego, en la arena. Un curso de agua pasaba debajo de la hostería, y formaba un estanque antes de hundirse en el océano.

Todas las tardes, catorce o quince patos nadaban y eran alimentados allí, mostrando bien a las claras que eran parte integrante del lugar.

Tomoko tenía dos hijos, Kiyoo y Katsuo, de seis y tres años de edad, y una hija, Keiko, de cinco. Los tres estaban en la playa con Yasue, la cuñada de Tomoko.

Tomoko no sintió escrúpulos en pedir a Yasue que se ocupara de los niños mientras ella se otorgaba un corto descanso.

Yasue era solterona. Necesitaba de ayuda después del nacimiento de Kiyoo. Tomoko lo había consultado con su marido y había invitado a Yasue, que vivía en la provincia. No había ninguna razón en particular para que Yasue no se hubiera casado. No era particularmente atractiva, pero tampoco fea. Había rehusado partido tras partido hasta pasar la edad del matrimonio. Atraída por la idea de convivir con su hermano en Tokio había aceptado la invitación de Tomoko. Su familia abrigaba el plan de casarla con una celebridad provinciana.

Yasue estaba lejos de poseer una mente brillante, pero era bondadosa y se dirigía a Tomoko, más joven que ella, como a una hermana menor hacia la cual sentía la mayor deferencia. El acento de Kanazawa había casi desaparecido. Además de ayudar con los niños y en las labores de la casa, Yasue asistía a una escuela de corte y confección en la que cosía vestidos para ella, Tomoko y los chicos. Sacaba su cuaderno de apuntes frente a los escaparates y copiaba los modelos exhibidos en ellos bajo la mirada reprobadora y también las reprimendas de alguna vendedora.

En aquel momento llevaba una elegante malla verde que no era obra suya, sino una compra efectuada en las grandes tiendas de la ciudad. Estaba orgullosa de su tez pálida, típica de las comarcas del norte, y apenas mostraba las huellas del sol. Los niños habían construido un castillo de arena a orillas del mar y Yasue se divertía haciendo caer la arena húmeda sobre su pierna blanquísima. La arena se secaba de inmediato y brillaba entremezclada con pequeños fragmentos de caracoles. Yasue se limpió bruscamente, atemorizada ante la idea de mancharse. Un insecto semitransparente saltó de la arena y se alejó rápidamente.

Yasue estiró las piernas y se apoyó en sus manos. Observó el mar. Grandes masas de nubes se elevaban inmensas en su tranquila majestad. Parecían absorber todo sonido, incluso el clamor del mar.

Era el apogeo del verano y los rayos del sol se habían vuelto agresivos.

Los chicos se cansaron del castillo de arena y se alejaron corriendo y salpicando. Arrancada abruptamente al pequeño mundo privado y confortable en el que se había refugiado, Yasue corrió tras ellos.

Pero no cometieron ninguna imprudencia. El fragor de las olas les infundía temor. Había un suave declive más allá de la rompiente. Kiyoo y Keiko, tomados da la mano, permanecieron sumergidos en el agua hasta la cintura con los ojos brillantes de alegría. Nadaror, contra la corriente, sintiendo la arena suave en la planta de los pies.

-Es como si alguien empujara -dijo Kiyoo a su hermana.

Yasue se aproximó y los instó a no internarse más en el agua. Señaló a Katsuo. No debían dejarlo solo, debían volver y jugar con él. Pero los niños no prestaron atención. Se miraban y sonreían alegremente, tomados de la mano. Tenían un secreto compartido: la sensación de la arena escurriéndose bajo sus pies.

Yasue temía el sol. Miró sus hombros y sus pechos y pensó en la nieve de Kanazawa. Se pellizcó un pecho y sonrió al sentir el calor. Sus uñas estaban un poco demasiado largas y había arena oscura debajo de ellas. Se las cortaría al regresar a su habitación.

No divisó a Kiyoo y Keiko. Debían haber regresado a la playa. Pero Katsuo estaba solo y su rostro estaba curiosamente tenso. Señalaba algo frente a ella.

El corazón de Yasue latió violentamente. Miró el agua que se retiraba nuevamente bajo sus pies y la espuma en la que, algo más lejos, un cuerpo pequeño y tostado rodaba una y otra vez. Abarcó con una ojeada el pantalón de baño azul oscuro de Kiyoo.

Su corazón latió aún más violentamente. Intentó acercarse a aquel cuerpo como si luchara por desasirse de algo. Llegó una ola más rápida que las anteriores, relumbró ante sus ojos con un sordo fragor. Yasue cayó en el agua. Acababa de sufrir un ataque cardíaco.

Katsuo comenzó a llorar y un joven corrió hacia él. Pronto se le incorporaron otros jóvenes. El agua lamía sus cuerpos desnudos y oscuros.

Dos o tres personas habían presenciado la caída sin darle demasiada importancia. La mujer se levantaría por sus propios medios. Pero en esas circunstancias existe siempre una premonición que, mientras se acercaban corriendo, parecía indicarles que había algo malo en aquella caída.

Yasue fue llevada hasta la arena ardiente. Sus ojos estaban abiertos y parecían contemplar alguna horrenda visión que hacía castañetear sus dientes. Uno de los hombres le tomó el pulso. Era casi inexistente.

-Se aloja en el Eirakusö -alguien la había reconocido.

Era necesario avisar al gerente de la hostería. Un muchacho del pueblo, decidido a no dejarse arrebatar tan digna tarea, se lanzó a la carrera hacia la casa.

Llegó el gerente. Era un hombre de cuarenta años. Llevaba pantalones cortos y una camiseta gastada. Una faja de lana cubría su estómago. Discutió acerca de la conveniencia de dispensar los primeros auxilios a Yasue en la hostería. Alguien se opuso. Sin esperar ulteriores decisiones, dos muchachos cargaron a Yasue. Una forma humana se dibujaba en la arena húmeda sobre la que había descansado su cuerpo.

Katsuo los siguió llorando. Alguien lo advirtió y lo tomó en brazos.

Tomoko fue despertada por el gerente que, bien entrenado para su trabajo, lo hizo con toda deferencia. Tomoko alzó la cabeza y preguntó si había sucedido algo malo.

-La señora llamada Yasue…

-¿Qué le ha sucedido?

-Le hemos impartido los primeros auxilios. El médico no ha de tardar.

Tomoko saltó de la cama y siguió al gerente. Habían acostado a Yasue sobre el césped cerca de la hamaca y un hombre semidesnudo se arrodillaba, indeciso, a su lado. Le estaba practicando la respiración artificial. Habían dispuesto a su lado un atajo de paja y ramas de naranjo y dos hombres trataban por todos los medios de encender el fuego. Las llamas producían humo, pues la noche anterior una tormenta había humedecido la madera. Un tercer hombre abanicaba el humo para alejarlo del rostro de Yasue.

Su cabeza cayó exánime y Tomoko trató de distinguir, con toda la ansiedad del mundo, si aún respiraba. Los rayos de sol que se filtraban a través de los árboles relucieron en el sudor que cubría la espalda del hombre que estaba a horcajadas sobre ella. Las piernas blancas estaban extendidas sobre el césped y parecían apáticas, completamente alejadas de la lucha que se libraba allí.

Tomoko se dejó caer de rodillas.

-¡Yasue! ¡Yasue!

¿Salvarían a su cuñada? ¿Por qué había sucedido aquello? ¿Qué le diría a su esposo? Sollozante y confusa, saltaba de una pregunta a otra. De pronto se volvió bruscamente hacia los hombres que la rodeaban. ¿Dónde estaban los niños?

-Mira, aquí está tu madre -un pescador de mediana edad llevaba al asustado Katsuo en sus brazos. Tomoko echó una mirada al niño y agradeció al hombre.

Llegó el médico y continuó la respiración artificial. Con las mejillas ardiendo en la despiadada luz, Tomoko apenas sabía lo que estaba pensando. Una hormiga cruzó el rostro de Yasue. Tomoko la espantó con un gesto. Otra hormiga comenzó a moverse desde el pelo hacia la oreja. Tomoko la espantó también y, desde aquel momento, se dedicó a esa tarea.

Prosiguieron con la respiración artificial por espacio de cuatro horas. Por fin aparecieron señales de que el rigor mortis había comenzado a manifestarse y el médico abandonó la tarea. Cubrieron el cuerpo con una manta y lo transportaron hasta el segundo piso. La habitación estaba a oscuras. Un hombre dejó el cuerpo y corrió a encender la luz.

Exhausta, Tomoko se sintió invadida por una especie de dulce vacío. No estaba triste. Pensó en sus hijos.

-¿Y los chicos?

-Están abajo en el cuarto de juego con Gengo.

-¿Los tres?

Los hombres se miraron entre sí.

Tomoko los apartó y corrió escaleras abajo. El pescador Gengo, envuelto en un kimono de algodón, estaba sentado en el sofá y enseñaba un libro de figuras a Katsuo, que llevaba una camisa de adulto sobre sus pantalones de baño. Katsuo parecía ausente y no miraba el libro.

Cuando Tomoko penetró en la habitación, los huéspedes, ya enterados de la tragedia, dejaron de abanicarse y la miraron.

Prácticamente se abalanzó sobre Katsuo.

-¿Kiyoo y Keiko? -preguntó ansiosamente.

Katsuo la miró con timidez: -Kiyoo… Keiko… todas burbujas…-y comenzó a llorar.

Tomoko corrió descalza hacia la playa. Las agujas de pino la lastimaban mientras cruzaba la arboleda. La marea había subido y tuvo que trepar por la roca para llegar a la playa. La arena se extendió muy blanca frente a ella. Miró a lo lejos y vio una sombrilla amarilla y blanca abandonada. Era la suya.

Los otros la alcanzaron en la playa. Tomoko se internaba temerariamente en el oleaje. Cuando intentaron detenerla, los apartó violentamente:

-¿No se dan cuenta ustedes? Hay dos chicos allí.

Muchos ignoraban las palabras de Gengo y pensaron que Tomoko se había vuelto loca.

Era difícil concebir que nadie hubiera pensado en los otros dos niños durante las cuatro horas en las que habían tratado de reanimar a Yasue. La gente de la hostería estaba acostumbrada a ver a los tres hermanos juntos y, por más trastornada que pudiera sentirse su madre, resultaba extraño que no la hubiera asaltado ningún presentimiento acerca de la muerte de sus dos hijos.

A veces, sin embargo, un incidente de este tipo pone en movimiento una especie de psicología de grupo que permite la transmisión de los más elementales pensamientos. No es fácil permanecer fuera. No es fácil registrar una desavenencia. Al interrumpir el sueño, Tomoko había asumido sencillamente cuanto le transmitían los demás sin preocuparse por preguntar nada.

Durante toda la noche se encendieron fogatas a lo largo de la playa. Cada treinta minutos los muchachos se zambullían en busca de los cuerpos. Tomoko permanecía en la playa junto a ellos.

No podía dormir en parte, sin duda, porque lo había hecho durante la tarde.

Siguiendo la opinión del comisario, a la mañana siguiente no se echaron las redes.

El sol amaneció hacia la izquierda de la playa y la brisa del alba vino a golpear el rostro de Tomoko. Había temido aquel momento. Le parecía que con la luz del día la verdad se mostraría en su desnuda crudeza, y que, por primera vez, la tragedia se volvería real.

-¿No cree usted que debería descansar? -dijo uno de los hombres-. La llamaremos si encontramos algo. Confíe en nosotros.

- Por favor, hágalo -insistió el gerente de la hostería con los ojos enrojecidos por la falta de sueño-. Ya hemos tenido bastante mala suerte. ¿Qué diría su esposo si usted enfermara?

Tomoko temía enfrentarse con su marido. Era como comparecer ante un tribunal. Pero tenía que hacerlo. Se acercaba el momento… y le pareció experimentar presagios de nuevos desastres.

Acumuló coraje para enviarle un telegrama. Ello le brindó una excusa para abandonar la playa. Al alejarse miró hacia atrás. El mar estaba tranquilo. Un destello plateado resplandeció cerca de la costa. Los peces saltaban y parecían ebrios de placer. No era justo que Tomoko se sintiera tan desgraciada.

Su esposo, Masaru Ikuta, tenía treinta y cinco años. Se había graduado en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio y había comenzado a trabajar antes de la guerra en una compañía americana. Hablaba un buen inglés y conocía su trabajo. Era más capaz de lo que indicaban sus silenciosos modales. Ahora desempeñaba el cargo de jefe de la sucursal japonesa de una compañía automotriz norteamericana, tenía un coche de la compañía asignado a su uso personal como una forma de propaganda y ganaba 150.000 yens por mes. Tenía algunos ahorros y Tomoko y Yasue, a las que ayudaba una sirvienta que se ocupaba de los niños, vivían cómoda y tranquilamente.

Tomoko envió un telegrama, porque no quería hablar por teléfono con Masaru. Como era habitual en los suburbios, la oficina de correos transmitió telefónicamente el cable apenas recibido. El mensaje llegó cuando Masaru se disponía a partir para su trabajo. Pensando en una llamada de rutina, levantó tranquilamente el receptor.

-Tenemos un cable urgente proveniente de A. Beach -dijo la empleada y Masaru comenzó a sentirse incómodo-. Voy a leérselo. ¿Está usted listo? «Ya-sue fallecida. Kiyoo y Keiko desaparecidos. Tomoko.»

-¿Puede leerlo nuevamente, por favor?

Las palabras resonaron nuevamente: «Yasue fallecida. Kiyoo y Keiko desaparecidos. Tomoko.» Masaru estaba enojado. Era como si, sin saber por qué, hubiera recibido súbitamente la noticia de su despido de la compañía.

Llamó inmediatamente a la oficina y avisó que no podría ir. Consideró la posibilidad de conducir su coche hasta A. Beach. Pero el camino era largo y peligroso y estaba tan trastornado que no confiaba en su manejo del volante. A decir verdad, acababa de tener un accidente de circulación días atrás. Decidió tomar el tren hasta Itó y un taxi desde allí.

El proceso por el cual lo imprevisto se desliza en la conciencia del hombre es extraño y sutil. Masaru, que emprendía viaje sin siquiera saber la índole del accidente, tomó la precaución de llevar consigo una buena cantidad de dinero. Los accidentes siempre conllevan gastos.

Tomó un taxi hasta la estación de Tokio. No sentía nada que pudiera llamarse realmente emoción. Más bien lo embargaba una sensación semejante a la que debe experimentar un detective rumbo al escenario del crimen. Más sumergido en la deducción que en la especulación, temblaba de curiosidad por conocer más detalles sobre el accidente que tan profundamente lo afectaba.

«Hubiera podido llamarme por teléfono. Me tiene miedo…» Con la intuición de los maridos, Masaru presentía la verdad. «Pero, sea como sea, el primer problema es ir allí y formarme mi propia opinión.»

A medida que se acercaban al centro, se asomó a la ventanilla. El sol de aquella mañana de verano era aún más enceguecedor por el reflejo de las camisas blancas que llevaban los transeúntes. Los árboles que flanqueaban la calle proyectaban su sombra verticalmente y en la entrada de un hotel el vistoso toldo blanco y rojo estaba tenso como si la luz del sol fuera un pesado metal. La tierra recién removida por una reparación callejera ya se había vuelto seca y polvorienta.

El mundo que lo rodeaba era el mismo de siempre. Nada había sucedido y era como para creer que tampoco él había sufrido ningún cambio en su vida. Lo invadió un fastidio de niños. En un sitio desconocido se había producido un accidente en el cual no tenía nada que ver, pero que lo había aislado del mundo exterior.

Entre todos aquellos pasajeros ninguno era tan desgraciado como él. Este pensamiento parecía situarlo en un nivel superior o inferior con respecto al Masaru habitual, y ni siquiera podía definir cuál de los dos le correspondía. Se había convertido en un marginado, en un ser especial.

Cuando un hombre tiene una mancha de nacimiento en la espalda, a veces siente la necesidad de proclamarlo: Óiganme todos, ustedes no lo saben, pero yo tengo una gran mancha color púrpura en mi espalda.» Y Masaru deseaba gritar a los demás pasajeros: «Óiganme todos, ustedes no lo saben, pero acabo de perder a mi hermana y a dos de mis tres hijos.»

Su coraje lo abandonó. Si por lo menos se hubieran salvado los niños… Comenzó a elucubrar distintas formas de interpretación para aquel telegrama. Posiblemente Tomoko, perturbada por la muerte de Yasue, había supuesto que los chicos habían muerto cuando, en realidad, sólo se habían extraviado. Quizás un segundo telegrama había llegado en aquel momento a su casa. Masaru se entregó a sus sentimientos como si el accidente fuera menos importante en sí mismo que su reacción frente a él. Lamentó no haber llamado al Eirakusö de inmediato.

La plaza frente a la estación de Itó brillaba en la luz del verano. Junto a la parada de taxis se encontraba una pequeña oficina del tamaño de una garita. En su interior, la luz del sol se proyectaba despiadadamente y los bordes de las hojas de despacho pegadas a las paredes se curvaban amarillentos.

-¿Cuánto es hasta A. Beach?

-Dos mil yens -el hombre llevaba una gorra de chófer y tenía una toalla alrededor del cuello-.

Si usted no está apurado puede ahorrar dinero y tomar el ómnibus que sale dentro de cinco minutos -agregó por gentileza o, simplemente, porque emprender viaje costaba demasiado esfuerzo.

-Estoy muy apurado. Una persona de mi familia acaba de morir allí.

-¡Oh! ¿Es usted un pariente de la gente que se ahogó en A. Beach? ¡Qué barbaridad! Dicen que se trataba de una mujer y dos chicos…

Masaru se sintió mareado bajo el sol. No volvió a dirigir la palabra al chófer hasta llegar a A. Beach.

No había ninguna particularidad notable en el paisaje que iban cruzando. El taxi se encaramó primero sobre unas montañas polvorientas y pasó a las siguientes, con breves apariciones del mar. Cuando se adelantaron a otro coche en un paso estrecho del camino, las ramas de los árboles golpearon como pájaros asustados en la ventanilla semiabierta y arrojaron arena y suciedad sobre los impecables pantalones de Masaru.

Masaru no sabía cómo enfrentarse con su mujer. No estaba seguro de que hubiera algo como «un encuentro natural». Ninguna de las emociones que lo embargaban parecía encajar en algo semejante. Quizás lo antinatural era, en efecto, natural.

El taxi cruzó la oscura y antigua verja del Eirakusö. Cuando se acercó a la casa, el gerente corrió hacia ellos con un repiquetear de zuecos de madera. Masaru buscó automáticamente su billetera.

-Soy Ikuta -dijo.

-Una cosa terrible -dijo el gerente, inclinándose profundamente. Después de pagar al chófer, Masaru agradeció al gerente y le dio un billete de diez mil yens.

Tomoko y Katsuo se hallaban en la habitación contigua a aquella en la que habían depositado el ataúd de Yasue. El cuerpo estaba rodeado de hielo traído de Itó y sería cremado en cuanto llegara Masaru.

Masaru se adelantó al gerente y abrió la puerta. Tomoko, que dormitaba, se despertó precipitadamente al escuchar ruido. Su pelo estaba enredado y vestía un arrugado kimono de algodón. Como un criminal convicto, apretó el kimono contra su cuerpo y se arrodilló mansamente frente a él. Sus movimientos eran sorprendentemente rápidos como si los hubiera planeado con anticipación. Echó una mirada a su esposo y rompió a llorar.

Masaru no quiso que el gerente viera cómo apoyaba compasivamente una mano en el hombro de su mujer. Aquello hubiera sido peor que ser sorprendido en el más íntimo secreto de alcoba. Masaru se quitó el abrigo y buscó un sitio donde colgarlo.

Tomoko lo advirtió y, tomando una percha, colgó la sudada chaqueta en el ropero. Masaru se sentó junto a Katsuo, quien se había despertado al escuchar los sollozos de su madre y los miraba desde la cama. Luego, sentado en las rodillas de su padre, parecía un muñeco. ¿Cómo pueden ser tan pequeños los niños? -se preguntó Masaru. Era como si hubiera alzado un juguete.

Tomoko sollozaba, arrodillada, en el otro extremo de la habitación.

-Todo fue culpa mía -dijo. Aquéllas eran las palabras que Masaru deseaba escuchar.

Tras ellos, el gerente también lloraba: -Sé que no es asunto mío, señor, pero por favor no reproche nada a la señora Ikuta. Todo sucedió mientras ella dormía la siesta y, por lo tanto, no tiene culpa alguna.

Masaru se sintió como si hubiera escuchado o leído aquello alguna vez.

-Comprendo, comprendo… -dijo.

Siguiendo las conveniencias, se puso de pie con el niño en brazos y, yendo hacia su esposa, apoyó cariñosamente una mano en su hombro. El gesto le brotó fácilmente.

Tomoko sollozó aún más amargamente.

Los dos cuerpos fueron hallados al día siguiente. Finalmente los encontró un gendarme que rastreaba cuidadosamente la playa. Los peces se habían ensañado con ellos y había dos o tres sabandijas junto a sus pequeñas narices.

Desde luego que este tipo de accidentes iba mucho más lejos que los dictados de las tradiciones; pero es, sin embargo, en estos trances en los que se observa cuan ligadas están las personas a los menores detalles. Tomoko y Masaru no olvidaron ninguna de las respuestas ni el trueque de regalos que exigen las costumbres.

Una muerte es siempre un problema desde el punto de vista administrativo. Los trámites los obligaron a desarrollar una frenética actividad. Y hasta podría decirse que Masaru en particular, como cabeza de la familia, no tenía tiempo ni para el dolor. Para Katsuo cada día parecía una festividad en la que los adultos desempeñaban sus respectivos papeles.

Sea como fuere, cada uno seguía su propio camino en aquellos complicados problemas. Las ofrendas para el funeral alcanzaron una cifra considerable. Las ofrendas son siempre mayores cuando el que desempeña el papel de cabeza de familia es uno de los deudos y no protagonista de su propio funeral.

Masaru y Tomoko estaban sumergidos de algún modo en todo cuanto debía ser hecho. Tomoko no podía comprender cómo aquella pena inconmensurable y aquella atención por todos los detalles podían coexistir. También le resultaba sorprendente comer tanto sin saborear siquiera los alimentos.

Temía por encima de todo enfrentarse con los padres de Masaru, que llegaron de Kanazawa a tiempo para el funeral. «Todo sucedió por mi culpa», se obligó a decir otra vez y, como compensación, se dirigió a sus propios padres: -Pero ¿por qué deberían sentir pesar? ¿Acaso no soy yo la que he perdido dos hijos? Allí están todos, acusándome. Me culpan y yo debo excusarme ante ellos. Me miran como si yo fuera la sirvienta atontada que deja caer el niño en el río. Pero, ¿acaso no fue Yasue? Yasue tiene suerte de estar muerta. ¿Cómo no ven quién ha sido realmente el afectado? Soy una madre que acaba de perder a sus dos hijos.

-Eres injusta. ¿Quién te está acusando? ¿Acaso no era tu suegra la que, entre lágrimas, dijo compadecerte más que a nadie?

-Eran sólo palabras.

Tomoko estaba profundamente insatisfecha. Se sentía como alguien condenado a la oscuridad, alguien cuyos verdaderos méritos pasan desapercibidos. Le parecía que tan tremendas desgracias deberían traer aparejados especiales privilegios. Su principal insatisfacción era hacia sí misma, disculpándose servilmente frente a su suegra. Descargó su enojo en su propia madre.

Sin saberlo, su desesperación se centraba en la pobreza con que, en estos casos, se manifiestan las emociones humanas. ¿No era acaso irracional que no hubiera otra cosa que hacer, excepto llorar, frente a la muerte de tres personas como único medio de expresión y como si se tratara de la muerte de un solo ser?

Tomoko se preguntó cómo podía tenerse en pie, bajo aquel sol sofocante, bajo sus vestiduras de luto. A veces sentía un pequeño vahído y lo que venía a salvarla era un nuevo sentimiento de repulsión hacia la muerte. «Soy más fuerte de lo que pensaba», dijo volviendo un rostro lloroso hacia su madre.

Mientras hablaba con sus padres acerca de Yasue, Masaru no pudo contener las lágrimas al recordar que había muerto siendo una solterona, y Tomoko experimentó una pizca de resentimiento también hacia él.

Hubiera deseado preguntar: ¿quién era más importante para Masaru, Yasue o los niños?

No cabía duda de que estaba tensa y rígida. No pudo dormir durante la noche del velatorio aun cuando sabía que debería haberlo hecho. Pese a ello, no sentía el más leve dolor de cabeza y su mente estaba alerta y lúcida.

Cuando los visitantes querían ocuparse de ella, les contestaba secamente que no era necesario preocuparse por su salud, ya que daba lo mismo estar viva o muerta.

Los pensamientos de locura y suicidio se fueron alejando. Por un tiempo, Katsuo sería su mejor razón de vivir. A veces pensaba en que le había faltado coraje, pero cuando, ya vestida por las mujeres del velatorio, miró a su hijo, se alegró de no haberse matado. En noches como ésta, mientras yacía en brazos de su esposo, Tomoko fijaría su mirada asustada en el círculo de luz del velador, y repetiría incesantemente, como en una defensa judicial: «Me equivoqué. Debería haber sabido que era un error dejar a los tres chicos con Yasue.»

La voz sonaba tan lejana cono el eco de las montañas.

Masaru sabía lo que significaba aquel obsesivo sentido de responsabilidad. Tomoko esperaba algún tipo de castigo. Hasta podría decirse que lo anhelaba.

Luego de los catorce días de ceremonias, la vida volvió a la normalidad. Les sugirieron que se ausentaran y tomaran un corto descanso; pero tanto las playas como las montañas aterrorizaban a Tomoko. Tenía el convencimiento de que las desgracias nunca vienen solas.

Hacia el fin del verano, Tomoko fue a la ciudad con Katsuo. Debía encontrarse con su marido después del trabajo para comer juntos.

No había nada que Katsuo no pudiera tener. Tanto su padre como su madre se mostraban demasiado complacientes. Terminaba por resultar molesto. Lo manejaban como un muñeco de vidrio y hasta hacerle cruzar una calle se volvía una comprometida empresa. Su madre observaba primero los autos y camiones detenidos por la luz roja y luego corría con él por la calzada, apretando fuertemente su mano en la suya.

En los escaparates, los últimos trajes de baño llamaron la atención de Tomoko. Alejó la vista de una malla verde semejante a la de Yasue. Luego se preguntó si el maniquí tenía cabeza. Parecía que no la tuviera… y luego que sí, y con un rostro exactamente igual al de Yasue muerta y pálida en medio de su cabellera húmeda y enredada. Todos los maniquíes parecían cuerpos de ahogados.

Si al menos terminara el calor. La sola palabra «verano» traía consigo obsesivos pensamientos de muerte. Y en el sol del atardecer, Tomoko sintió una dolorosa punzada.

Como aún era temprano, llevó a Katsuo a una gran tienda. Faltaba alrededor de media hora para el cierre del establecimiento.

Katsuo quiso ver los juguetes y subieron hasta el tercer piso. Pasaron rápidamente entre los juegos para playa. Un grupo de madres luchaba frenéticamente por encontrar lo buscado en una gran montaña de trajes de baño para niños a precios de saldo. Una mujer alzó un par de pantalones de baño hacia la ventana y el sol del atardecer se reflejó en la hebilla del cintu-rón. «Estoy buscando un sudario», pensó Tomoko.

Después de haber comprado un juguete, Katsuo quiso ir hasta el último piso. En la terraza soplaba un viento fresco, proveniente del puerto, que hacía restallar los toldos.

A través del alambre tejido, Tomoko observó el puente Kachidoki en el otro extremo de la ciudad y los muelles de Tsukishima y los barcos de carga anclados en la bahía.

Desprendiendo su mano, el niño corrió hasta la jaula del mono. Tomoko permaneció un poco alejada. Quizás a causa del viento el olor del mono era muy fuerte. El animal los observó con su arrugada frente. Mientras se movía de una rama a otra, con una mano cuidadosamente apoyada en la cadera, Tomoko pudo observar a un lado de la carita arrugada una sucia oreja surcada por venas rojas. Tomoko nunca había observado a un animal con tanta atención.

Había un estanque junto a la jaula. La fuente situada en el centro estaba cerrada. Había macizos de flores junto al borde de ladrillos por el que se balanceaba cuidadosamente un niño de la edad de Katsuo. Sus padres no estaban a la vista.

«Ojalá se caiga. Ojalá sé caiga y se ahogue…»

Tomoko observó las piernitas inseguras. El niño no se cayó. Rió orgullosamente al notar que Tomoko lo observaba, pero ella no correspondió a su sonrisa. Era corno si el niño se burlara de su pena.

Tomó a Katsuo de la mano y se alejó apresuradamente de la terraza.

Durante la comida, Tomoko habló después de una pausa desmesuradamente larga: -Qué tranquilo estás. No pareces ni siquiera triste.

Asombrado, Masaru miró a su alrededor para asegurarse de que nadie había escuchado. -¿No te das cuenta? Estoy tratando de animarte. -No hace falta.

-Es lo que tú crees. Pero, ¿qué me dices del efecto que podría causarle mi tristeza a Katsuo?

-Sea como fuere, ya no merezco ser una madre. Y así, la cena resultó un fracaso. Masaru tendió más y más a retraerse frente al dolor de su mujer. Un hombre tiene que trabajar. Podría distraerse en sus tareas. Mientras tanto, Tomoko acunaba su pena, y Masaru tuvo que enfrentarse con esa monótona tristeza al volver a su casa por las noches. Comenzó entonces a llegar cada vez más tarde.

Tomoko llamó a una sirvienta que había trabajado para ella en otros tiempos y le regaló todos los juguetes y la ropa de Kiyoo y Keiko. La mujer tenía hijos de la misma edad.

Una mañana, Tomoko se despertó algo más tarde de lo habitual. Masaru, que había bebido la noche anterior, estaba echado a un lado de la cama matrimonial. Aún lo rodeaba un pesado olor a alcohol. Los resortes del colchón crujieron cuando se estiró en su sueño. Ahora que Katsuo estaba solo, su madre lo dejaba dormir con ellos, sabiendo, por otra parte, que hacía mal en permitírselo. Observó la carita dormida del niño a través del tul del mosquitero. Un ligero malhumor parecía deslizarse en su fisonomía.

Tomoko estiró la mano fuera del mosquitero y tiró de la cuerda que movía la cortina. La dureza del hilo tirante fue una agradable sensación contra su mano húmeda. La cortina se entreabrió ligeramente. La luz pareció inundar el árbol de sándalo y los racimos de hojas se le antojaron a Tomoko aún más blandos y tiernos que de costumbre. Los gorriones eran habitual-mente ruidosos. Cada mañana se despertaban y comenzaban a parlotear entre ellos hasta formar una prolija hilera y volar hacia el alero. Las confusas huellas de sus patitas se extendían en todos los sentidos. Tomoko sonrió al escucharlos.

Era aquélla una mañana bendita. Así era, sin ningún motivo en especial. Tomoko permaneció acostada y tranquila con la cabeza apoyada en la almohada. Una sensación de felicidad se difundió por su cuerpo.

De pronto, ahogó una exclamación. Supo por qué se sentía tan feliz. Por primera vez, no había soñado con sus hijos. Desde el día del accidente la acosaban siempre las mismas pesadillas. En cambio, durante aquella noche la habían asaltado breves y placenteras ensoñaciones.

Entonces, ya había comenzado a olvidar…; su crueldad se le apareció como algo terrible. Sollozó lágrimas de pesar dedicadas a los espíritus de los niños. Masaru abrió los ojos y la miró. Pero vio en su llanto un cierto tipo de paz y no la angustia habitual.

-¿Estás pensando otra vez en ellos?

-Sí -parecía demasiado complicado explicar la verdad.

Pero ahora que había dicho una mentira, le molestaba que su marido no llorara con ella. Si hubiera visto lágrimas en sus ojos, Tomoko hubiera sido capaz de creer en su propio engaño.

Los cuarenta y nueve días de oficios religiosos llegaron a su fin. Masaru compró un lote de terreno en el cementerio de Tama. Sus hijos eran los primeros muertos en su rama de la familia, y aquéllas, también, las primeras tumbas. Yasue fue encargada de velar por las niños aun en la Lejana Orilla. Después de consultarlo con la familia, sus cenizas fueron enterradas en el mismo terreno.

Los temores de Tomoko parecieron volverse infundados a medida que se hundía en la tristeza. Fue con Masaru y Katsuo a conocer el nuevo terreno del cementerio.

Era un hermoso día en los albores del otoño. El calor comenzaba a abandonar el alto y claro cielo.

A veces, el recuerdo hace que las horas corran a nuestro lado o, también, las acumula. Por dos veces durante aquel día, Tomoko fue víctima de una ilusión. Quizás, con aquel cielo y el atardecer demasiado claros, los límites de su subconsciente se volvieron, de alguna manera, semitransparentes.

Dos meses antes de la desgracia, había ocurrido aquel accidente de automóvil. Masaru no había sufrido daño alguno; pero, después de la muerte de sus hijos, Tomoko no salía nunca en el coche con él y Katsuo. También, en aquella oportunidad, Masaru se había visto obligado a tomar el tren.

En M. transbordaron a la pequeña línea que llevaba al cementerio. Masaru fue el primero en salir del vagón, llevando a Katsuo. Algo más atrás, Tomoko apenas pudo abrirse paso entre la gente y logró pasar las puertas un segundo o dos antes de que se cerraran. Escuchó el crujido de la puerta al cerrarse tras ella y, casi gritando, intentó abrirla nuevamente. Creyó haber dejado a Kiyoo y a Keiko dentro del tren.

Masaru la tomó del brazo. Ella lo miró, desafiante, como si se tratara de un detective que intentara detenerla. Al volver en sí, instantes más tarde, intentó explicarle cuanto había sucedido. Tenía que hacerlo. Pero aquello no sirvió más que para poner incómodo a Masaru. Pensó que su mujer fingía.

El pequeño Katsuo estaba encantado con la antigua locomotora que los llevaba hasta el cementerio. Echaba una densa humareda hacia lo alto y era muy grande. La viga de madera en la que se apoyaba el maquinista parecía hecha de carbón. La locomotora gruñó, suspiró, rechinó y, finalmente, se desplazó hacia los anodinos jardines de los suburbios.

Tomoko, que jamás había ido antes al cementerio de Tama, estaba asombrada por su amplitud.

¿Era tanto el espacio que se dedicaba a la muerte? El verde césped, las calles de árboles y el cielo azul y diáfano, perdiéndose en la distancia, volvían la ciudad de los muertos mucho más limpia que la de los vivos. Ni ella ni su marido habían tenido motivo alguno para conocer cementerios, pero aquel paseo no estaba de más, ya que ahora se habían convertido en sus calificados visitantes.

Aun cuando ninguno de los dos se hubiera detenido a pensarlo, era como si el período de luto y oscuridad les hubiera brindado un determinado tipo de seguridad, algo estable, fácil y hasta placentero. Se habían condicionado a la muerte y, como en el caso de quienes se acostumbran a la depravación, comenzaron a pensar que la vida no encerraba ya nada que pudiera inspirarles temor.

El terreno estaba situado en el extremo más alejado del cementerio. Transpirando copiosamente atravesaron la verja de entrada, observaron con curiosidad la tumba del Almirante T. y rieron frente a un amplio y feo mausoleo decorado con espejos.

Tomoko escuchó el ligero rumor del otoño, distinguió en el aire el perfume del incienso y del césped verde y tierno.

-¡Qué hermoso lugar! Tendrán suficiente espacio para jugar y no se aburrirán. No puedo dejar de pensar en que será un buen sitio para ellos. ¡Qué extraño!, ¿no es cierto?

Katsuo tenía sed. En el cruce de caminos había una alta torre marrón. Los escalones circulares de la base estaban gastados por las fuentes centrales. Varios niños, cansados de cazar insectos, tomaban agua ruidosamente y se salpicaban unos a otros. De vez en cuando, el agua formaba un fino arco iris a través del aire.

Katsuo era un niño activo. Quería tomar agua y no había forma de distraerlo. Aprovechando el hecho de que su madre no lo tomaba de la mano, subió corriendo los escalones.

-¿A dónde vas? -gritó ella, secamente. El niño contestó por encima del hombro:

-A tomar agua.

Ella corrió tras él y lo tomó firmemente por los hombros.

-Me duele -protestó el niño, asustado, como si alguna terrible criatura le hubiera saltado a la espalda.

Tomoko se arrodilló en el suelo y volvió el niño hacia ella. El pequeño miró a su padre que, asombrado, observaba la escena desde cierta distancia.

-No tienes que tomar de esta agua. Aquí tengo un termo -y comenzó a destaparlo.

Llegaron a su terreno. Estaba situado en una sección recién inaugurada tras las hileras de tumbas. Algunos frágiles arbolitos estaban plantados aquí y allá, y si se observaba bien, siguiendo un diseño definido. Las cenizas no habían sido trasladadas aún desde el templo familiar y todavía no se veía ninguna lápida.

-Y aquí estarán los tres juntos -apuntó Masaru.

El comentario no afectó a Tomoko. ¿Cómo era posible que los hechos fueran tan absolutamente improbables? Que un chico se ahogara en el océano no era completamente imposible. Incluso, a nadie se le hubiera ocurrido ponerlo en duda. En cambio, el tratarse de tres personas hasta parecía ridículo. Aun diez mil personas hubieran constituido una cifra absurda. Había algo grotesco en lo excesivo y, sin embargo, ni una catástrofe ni una guerra lo eran. Una muerte era siempre algo tan grave y solemne como un millón de muertes. El leve exceso era lo diferente.

-¡Tres personas! ¡Qué disparate! Tres personas… -murmuró Tomoko.

Era una cifra demasiado importante para una sola familia y demasiado pequeña para la sociedad.

Sin contar con que, en este caso, no existía ninguna de las implicaciones sociales de una muerte en el campo de batalla o en algún puesto determinado. Femenina hasta en su egoísmo, Tomoko se planteaba una y otra vez el acertijo de aquel número de muertes.

Masaru, sociable por excelencia, reflexionó con el correr del tiempo que era menester ver el suceso desde el punto de vista de la sociedad: podían, en efecto, considerarse afortunados de que no hubieran surgidc complicaciones.

Al volver a la estación, Tomoko fue nuevamente víctima de un juego ilusorio. Debían esperar veinte minutos a que llegara el tren y Katsuo deseaba compra una insignia de juguete que vendían en el andén. La insignias colgaban de altos palos, eran de algodón y, cosidos a su forro, pendían ojos, orejas y colas.

-Parece que los chicos siguen gustando de estas cosas…

-Yo tuve una cuando era pequeño…

Tomoko compró una insignia a la anciana que las vendía y se la dio a Katsuo. Un momento después se sorprendió curioseando en los otros kioscos del andén. Quería adquirir algo para Kiyoo y Keiko, que habían permanecido en casa.

-¿Qué te pasa? -inquirió Masaru.

-No sé lo que me sucede. Estaba pensando en que también debía comprar algo para los otros… - Tomoko alzó sus blancos brazos y se restregó fieramente con los puños los ojos y las sienes. Sus rasgos temblaron y pareció a punto de llorar. -Anda y compra algo. Algo para ellos -el tono de Masaru era tenso y suplicante a la vez-. Lo pondremos en el altar.

-No. Tendrían que estar vivos. -Tomoko oprimió el pañuelo contra su nariz. Existía, y los otros, en cambio, habían muerto. Aquello resultaba espantoso. ¡Cuan cruel era vivir!

Miró a su alrededor. Observó las rojas banderas de los bares y restaurantes situados frente a la estación, los relucientes bloques de granito en venta en las marmolerías, las amarillentas puertas de los pisos superiores, las tejas del techo contra el azul del cielo que hacia el anochecer se volvía transparente como una porcelana. Todo estaba tan claramente definido. Dentro de la crueldad de la vida dormía una paz tan profunda como un hondo letargo.

Al promediar el otoño, la existencia familiar se volvió más y más tranquila. La pena no había sido ciertamente superada, pero al notar más tranquila a su esposa, Masaru volvió a apreciar las alegrías del hogar y el afecto de Katsuo contribuyó a hacerlo regresar del trabajo a horas más tempranas que las habituales. Y aun cuando, al acostarse Katsuo, la conversación recaía en temas que deseaban evitar, aquello les brindaba un cierto tipo de consuelo.

El proceso por el cual un hecho terrible se mezcla con la vida cotidiana trajo aparejado para el matrimonio un nuevo tipo de temor mezclado con vergüenza, como si ambos hubieran cometido un crimen que finalmente iba a ser descubierto.

A veces el hecho de que faltaran tres miembros de la familia les confería un extraño sentimiento de cosa concluida.

Nadie perdió la razón ni recurrió al suicidio. Ni siquiera hubo enfermos. El espantoso suceso había pasado dejando apenas una sombra. Tomoko comenzó a aburrirse. Era como si esperara algo.

Durante largo tiempo no se habían permitido ir al teatro ni a conciertos, pero Tomoko esgrimió el pretexto de que tales esparcimientos no harían sino aliviar su pesar. Un famoso violinista norteamericano ofrecía algunos recitales y decidieron asistir a uno. Katsuo tuvo que quedarse en casa, pues Tomoko quiso ir al concierto en compañía de su marido.

Tardó mucho tiempo en prepararse. Era difícil peinar aquellos cabellos que, durante meses, no habían recibido ningún cuidado. Pero cuando Tomoko contempló su rostro en el espejo la asaltaron antiguas alegrías. Había olvidado cuan halagador puede volverse un espejo. No cabía duda de que la tozuda insistencia del dolor termina por apartarnos de tan agradables consuelos.

Se probó sus kimonos hasta elegir, finalmente, uno rico y alhajado, color púrpura, con un obi de brocado. Masaru, que esperaba junto al automóvil, quedó sorprendido por la belleza de su mujer.

En el vestíbulo del teatro la gente se volvía para mirarla, lo cual complacía inmensamente a Masaru. Tomoko sentía, en cambio, que, pese a la admiración que despertaba en aquella gente elegante, algo faltaba para su contento. En otras épocas, hubiera vuelto a su casa profundamente satisfecha por haber atraído la atención. Se dijo que aquella insatisfacción que la carcomía debía ser sólo producto de la alegría y el bullicio que no hacían sino subrayar cuan lejos del olvido se encontraba su dolor. A fin de cuentas, no era más que la repetición del impreciso disgusto que le producía el no haber sido tratada como corresponde a una mujer afligida por el luto.

La música contribuyó a deprimirla, y cruzó el hall del teatro con una triste expresión en el rostro. Habló con una amiga y su aspecto pareció coincidir con las palabras de pesar que aquélla le prodigara.

Pero esa señora le presentó a un joven que, no conociendo el pesar de Tomoko, no pronunció ninguna frase de consuelo. Su conversación resultó de las más comunes e incluyó una o dos críticas acerca del concierto.

-¡Qué hombre tan mal educado! -pensó Tomoko, mientras seguía con la mirada su cabeza reluciente entre el público-. No dijo una sola palabra, cuando sin duda debería haber advertido mi profunda tristeza.

El joven era muy alto y sobresalía entre la gente. En determinado momento, Tomoko se encontró con sus ojos risueños y observó el mechón que le caía sobre la frente. Sintió una punzada de celos al contemplar a la mujer que lo acompañaba. ¿Acaso había esperado de aquel joven algo más que consuelo? ¿Quizás alguna palabra en especial? Toda su estructura tambaleó frente a tal pensamiento. La sospecha era totalmente irrazonable. Jamás había sentido la menor insatisfacción junto a su esposo.

-¿No tienes sed? -Masaru se había aproximado-. Allí hay un quiosco donde venden naranjada.

El público tomaba el refresco directamente de las botellas. Tomoko observó furtivamente la escena.

No tenía sed. Recordó el día en que había apartado a Katsuo de la fuente y lo había obligado a beber agua hervida. Katsuo no era el único ser en peligro. Aquella naranjada debía contener millones de gérmenes nocivos.

Su búsqueda de esparcimientos se volvió ligeramente demencial. Había algo vengativo en la certeza de que tenía que divertirse.

No se trataba, desde luego, de ser infiel a su marido. Iba a todas partes con él, o, por lo menos, deseaba hacerlo.

Su espíritu seguía sumergido en la muerte. Cuando, al volver de alguna reunión, observaba el sueño de Katsuo, a quien la criada había acostado a la hora debida, no podía dejar de pensar en los otros dos niños, y el remordimiento volvía nuevamente a asaltarla. No cabía duda de que la búsqueda de diversiones se había convertido en la manera más segura de remover el dolor de su corazón.

Tomoko anunció, súbitamente, que quería volver a la costura. No era la primera vez que los altibajos y ocurrencias de su mujer se le antojaban a Masaru difíciles de seguir. Tomoko comenzó a coser y su afán de diversiones se volvió menos ansioso. Comenzó a ocuparse tranquilamente de sí misma en un intento de convertirse en una buena ama de casa. Sintió que estaba «mirando la vida de frente».

La casa mostraba claras huellas de descuido. Erl como si Tomoko hubiera emprendido un largo viaje. Pasaba los días lavando y ordenando cosas. La anciana sirvienta observaba cómo su señora le quitaba el trabajo.

Tomoko encontró un par de zapatos de Kiyoo y unas zapatillas celestes de Keiko. Tales reliquias la sumergieron en hondas meditaciones y la hicieron sollozar a gusto, pero se le antojaron vehículos de mala suerte. Llamó a una amiga que estaba sumergida en obras de caridad y, sintiéndose en la cumbre del altruismo, regaló muchas cosas a un orfelinato, incluso ropa que hubiera sido aprovechable para Katsuo.

Al dedicarse Tomoko nuevamente a la costura, el pequeño Katsuo vio aumentar considerablemente su guardarropa. La joven pensó en confeccionarse algunos sombreros a la última moda, pero no le quedó tiempo para ello. Frente a la máquina de coser olvidaba sus pesares. El zumbido y el mecánico andar de la aguja aventajaron a cualquier otra melodía como la de sus altos y bajos emocionales.

¿Cómo no lo había intentado antes? Aquella ayuda llegaba ahora en un momento en el que su corazón ya no tenía la fortaleza de tiempo atrás. Un día se pinchó un dedo, y al ver brotar la sangre se atemorizó profundamente. Asociaba el dolor a la muerte.

Pero el temor fue seguido por una emoción diferente de las anteriores. Si tan trivial incidente podía provocar la muerte, ¿no sería quizás aquélla una respuesta a sus oraciones? Pasó horas y horas frente a la máquina que, sin embargo, era el instrumento más seguro del mundo. Ni siquiera la rozaba.

Aún ahora se sentía insatisfecha. A la espera de algo. Masaru se desentendió de aquella vaga búsqueda y pasaron todo un día sin dirigirse la palabra.

Se aproximó el invierno. La tumba estaba pronta y las cenizas enterradas.

En la soledad del invierno se piensa con nostalgia en el verano. Los recuerdos del estío reflejaron oscuras sombras sobre la vida de los Ikuta. Y, sin embargo, lo sucedido parecía algo extraído de una obra de ficción. No cabía duda, tampoco, que junto a la chimenea encendida todo toma un aire de irrealidad.

Hacia mediados del invierno, Tomoko dio muestras de estar embarazada. Por primera vez el descuido había reivindicado sus naturales derechos. Nunca habían tomado tantas precauciones. Parecía extraño que el niño pudiera nacer normalmente. Lo natural hubiera sido perderlo.

Todo iba bien. Trazaron una línea divisoria con los recuerdos. Tomando coraje del niño que llevaba en sus entrañas, Tomoko tuvo por primera vez la fuerza de admitir que su dolor había terminado. No hizo sino reconocer un hecho concreto.

Tomoko intentó comprender. Sin embargo, es difícil interpretar los hechos cuando están aún a nuestro alcance. El entendimiento llega más tarde. Es entonces cuando se analizan las emociones; se efectúan las deducciones y todo tiene una posible explicación. Mirando atrás, Tomoko no podía sino sentirse insatisfecha frente a sus incongruentes sentimientos. No cabía duda de que el descontento permanecería en su corazón durante un lapso mucho más prolongado que el dolor mismo. Pero no era posible volver atrás e intentarlo todo de nuevo.

Se negó a ver falla alguna en sus reacciones. Era una madre y, por otra parte, no podía enfrentarse con dudas sobre su comportamiento.

Aun cuando no hubiera alcanzado el verdadero olvido, algo cubría el dolor de Tomoko como una fina capa de hielo sobre un lago. Podría quebrarse ocasionalmente; pero, durante la noche, volvería a formarse de nuevo.

El olvido llegó, inadvertidamente, cuando nadie lo esperaba. Logró filtrarse por un ínfimo intersticio e invadió el organismo como un germen invisible, abriéndose paso lenta pero seguramente. Tomoko atravesaba inconscientes presiones como cuando uno se resiste a un sueño. Rechazaba el olvido y se decía que aquél provenía de la fuerza transmitida por el nuevo hijo que había concebido. Pero el niño sólo ayudaba.

Los contornos del incidente iban diluyéndose lentamente, mitigándose y esfumándose por su propio desgaste.

En una oportunidad Tomoko había observado en el cielo de verano una espantosa imagen marmórea que se había disuelto, luego, en una nube. Los brazos caían, la cabeza se volvía invisible y la larga espada que llevaba en la mano se precipitaba al vacío. La expresión de aquel rostro pétreo era suficiente como para erizarle los cabellos a cualquiera. Finalmente se había borrado para desaparecer totalmente.

Un día encendió la radio y sintonizó un serial que hablaba de una madre que había perdido a su hijo. Tomoko se, asombró de la velocidad con que dispuso su ánimo para el pesar. Una madre embarazada de su cuarto hijo, tiene, reflexionaba, la obligación moral de resistirse a la morbosa complacencia del dolor. En aquellos últimos meses, Tomoko había cambiado mucho.

Ahuyentaba las oscuras ondas de emoción que eran susceptibles de dañar al niño. Quería preservar su equilibrio interior. Y se sentía más complacida al seguir los dictados de cierta higiene mental que de someterse a insidiosas formas de olvido. Por encima de toda otra cosa, se sentía libre. Pese a todas las limitaciones, había salido de su cárcel. Lógico es reconocer que el olvido estaba demostrando su poder. Tomoko estaba sorprendida frente a la sencillez de su corazón.

Perdió la costumbre de recordar, y ya no le pareció extraño carecer de lágrimas en los funerales o en el transcurso de las visitas al cementerio. Creyó que, en su magnanimidad, había logrado olvidarlo todo.

Cuando, por ejemplo, al llegar la primavera, llevó a Katsuo hasta una plaza vecina, ya no pudo experimentar, aun intentándolo, el desgarramiento que la hubiera atenazado después de la tragedia, al ver a otros niños jugando en la arena. Aquellos niños podían vivir en paz. Tomoko los había perdonado. O al menos así lo creía ella.

Aun cuando el olvido llegó para Masaru antes que para su esposa, no había frialdad alguna en él. Masaru se había debatido dentro del más profundo pesar. Aun en su inconstancia, un hombre es, en general, más sentimental que una mujer. Incapaz de expresar su emoción y consciente del hecho de que el dolor no lo perseguía con particular tenacidad, Masaru se sintió de pronto muy solitario y se permitió una insignificante infidelidad. Pronto se cansó de ella. Tomoko le anunció su embarazo y Masaru corrió hacia su mujer como un niño en busca de su madre.

El incidente los había dejado como los náufragos de un buque. Pronto fueron capaces de verlo todo con los ojos con que el resto de la gente lo había leído en un rincón de los diarios de la fecha. Tomoko y Masaru hasta llegaron a dudar de su participación en el trágico suceso. ¿No habían sido acaso sólo los espectadores más cercanos del caso?

La tragedia brillaba a lo lejos como una luz en la montaña. Resplandecía con mayor o menor intensidad como el faro de Cabo Tsumeki, al sur de A. Beach. Más que una ofensa, aquello se volvió una moraleja. Era la transformación de un hecho concreto en una metáfora. Había dejado de ser propiedad de la familia Ikuta. Era un hecho público. Así como un faro brilla sobre las playas y en la blanca espuma de la rompiente junto a solitarios acantilados durante las largas noches, del mismo modo la tragedia se reflejaba en la compleja vida cotidiana que los rodeaba. La gente aprendería la lección. Una vieja y simple enseñanza que los padres deben llevar grabada en la mente: «Hay que vigilar continuamente a los niños cuando se los lleva a la playa. La gente se ahoga donde jamás hubiéramos podido suponerlo.»

No se trataba, desde luego, de que Masaru y Tomoko hubieran sacrificado a una hermana y a dos hijos para impartir una enseñanza. Sin embargo, la pérdida de aquellas tres vidas no había servido para otra cosa. Y, a veces, una muerte heroica tampoco produce algo más. El cuarto hijo de Tomoko fue una niña nacida hacia el fin del verano. Su felicidad no tuvo límites. Los padres de Masaru llegaron de Kanazawa para conocer a su nueva nieta, y mientras permanecieron en Tokio, Masaru los llevó hasta el cementerio.

Llamaron a la niña con el nombre de Momoko. Madre e hija se encontraban bien. Tomoko sabía cómo cuidar de la pequeña y Katsuo no ocultaba su alegría de tener nuevamente una hermana.

Corría el verano siguiente. Dos años habían pasado desde el accidente y uno desde el nacimiento de Momoko.

Tomoko sorprendió a Masaru anunciándole que deseaba ir a A. Beach.

-¿No habías dicho que jamás volverías allí?

-Quiero ir.

-Qué extraña eres. Yo no siento el menor deseo de hacerlo.

-¿Sí? Bueno, no hablemos más del asunto. Permaneció cavilosa durante dos o tres días y, finalmente, dijo: -Me gustaría ir.

-Hazlo por tu cuenta.

-No puedo.

-¿Por qué? -Tendría miedo.

-¿Para qué quieres ir a un sitio que te inspira temor?

-Quiero que vayamos todos allí. Nada hubiera sucedido si tú hubieras estado con nosotros. Quiero que vengas.

-Es imposible prever lo que puede suceder si te quedas por mucho tiempo. Yo no dispongo más que de cortas vacaciones.

-Con una noche será suficiente.

-Pero, es un sitio tan apartado y de acceso difícil…

Nuevamente preguntó a Tomoko qué motivaba su decisión. Ella repuso que no lo sabía. Luego, Masaru recordó una de las claves de las novelas policiacas a las cuales era tan afecto: el asesino vuelve siempre al escenario del crimen, pese a todos los riesgos que ello implica. Un extraño impulso llevaba a Tomoko a retornar al sitio donde habían muerto sus hijos.

Tomoko insistió por tercera vez, sin demasiada apremio, en el mismo tono monótono en que lo hiciera desde el comienzo, y Masaru decidió tomarse dos días de vacaciones, evitando las multitudes de los fines de semana.

El Eirakusö era la única hostería en A. Beach. Reservaron habitaciones en el extremo más alejado de las que ocuparan anteriormente. Como siempre, Tomoko se negó a viajar en el auto con su esposo en compañía de los niños. Tomaron, pues, un taxi en Itó.

Era el apogeo del verano. Junto a las casas que bordeaban el camino, los girasoles parecían hirsutas melenas de león. El taxi echaba tierra en sus honestas y francas caritas, pero los girasoles no parecían molestarse por ello.

Cuando divisaron el mar, Katsuo prorrumpió en gritos de júbilo. Tenía cinco años ahora y hacía ya dos que no iba a una playa.

Hablaron poco en el trayecto. El taxi se sacudía en forma tal que resultaba imposible mantener una conversación. De vez en cuando, Momoko decía algo que todos comprendían. Katsuo procedió a enseñarle la palabra «mar» y la pequeña señalaba hacia el otro lado fas rojas montañas murmurando «mar».

A Masaru se le antojó que Katsuo estaba enseñándole una palabra colmada de desventuras. Llegaron al Eirakusö y el mismo gerente se precipitó a saludarlos. Masaru le deslizó una propina. Recordaba demasiado bien cuánto temblaba su mano con aquel otro billete de mil yens.

La hostería parecía tranquila. Aquél era un mal año. Masaru comenzó a recordar cosas y se volvió irritable. Reprendió a su mujer frente a los niños: -¿Qué diablos estamos haciendo aquí?

¿Recordando cosas que desearíamos olvidar? ¿Cosas que habíamos logrado superar? Hay por lo menos cien lugares diferentes a los que podíamos haber ido en este primer veraneo con Momoko. Trabajo demasiado como para que me arrastren a viajes estúpidos.

-¿Pero no estabas de acuerdo en venir?

-Tú me obligaste a hacerlo.

El césped se doraba bajo el sol de la tarde. Todo estaba exactamente igual que dos años atrás. Una malla azul, verde y roja se secaba en la hamaca blanca. Dos o tres tejos desaparecían entre la hierba. Allí donde había reposado el cuerpo de Yasue, el césped tenía una tonalidad algo más oscura. Los rayos del sol parecieron, a través de las ramas, reproducir el verde ondular del traje de baño de Yasue. Masaru no sabía que allí habían depositado el cuerpo de su hermana. Sólo Tomoko sufrió aquella alucinación. Como para Masaru el episodio en sí no había ocurrido hasta que se lo notificaron, aquella porción de césped sería siempre para él sólo un sombreado rincón. Para él y para los demás huéspedes, reflexionó Tomoko.

Su esposa guardaba silencio y Masaru estaba cansado de reñirla. Katsuo descendió al jardín y arrojó un tejo por el césped. Se agachó para ver hasta dónde llegaba. El tejo rebotó desganadamente entre las sombras, tomó súbito impulso y, por fin, cayó. Katsuo lo observaba sin moverse. Pensaba que quizás siguiera andando.

Las cigarras canturreaban, y Masaru, ahora silencioso, sintió cómo el sudor mojaba su cuello. Recordó sus deberes de padre: -Vamos a la playa, Katsuo.

Tomoko alzó a su hija y los cuatro se dirigieron a través del cerco hacia el bosquecillo de pinos. Las olas salpicaban la playa. Masaru caminó por la arena ardiente con zuecos prestados por el administrador de la hostería.

No había ninguna sombrilla y no más de veinte personas ocupaban la playa que comenzaba detrás de las rocas.

Permanecieron en silencio a la orilla del mar.

Aquel día también había grandes racimos de nubes. Parecía imposible que una masa tan cargada de luz pudiera mantenerse en el aire. Frente a las pesadas nubes del horizonte, otras, más livianas, flotaban en el espacio como abandonadas allí por una escoba. Aquellas más bajas parecían sostener alguna cosa. Excesos de luz y sombra velaban una oscura forma arquitectónicamente delineada como si fuera una melodía.

Debajo de las nubes avanzaba el mar, más amplio e inmutable que la tierra. Ésta nunca parece adueñarse del mar aun en sus bahías. El agua todo lo invade.

Las olas llegan, se rompen y se retiran. Su estruendo es como la intensa tranquilidad del sol de estío. Apenas un ruido. Más bien un silencio ensordecedor. Una lírica transformación de las olas, ondas que bien podrían llamarse luz, irrisión de las mismas olas… Ondas que llegan hasta sus pies y se retiran.

Masaru observó de reojo a su esposa.

Tomoko contemplaba el mar. La brisa agitaba su pelo y el sol no parecía desalentarla. Su mirada húmeda tenía algo regio. Los labios se apretaban en una fina línea, y en sus brazos llevaba a la pequeña Momoko, a quien un sombrerito de paja protegía de los rigores del sol.

Masaru recordaba haberle visto aquella expresión. Desde el accidente eran muchas las veces en que el rostro de Tomoko parecía no pertenecerle y trasuntaba la espera de algo que debería acontecer.

-¿Qué esperas? -quiso preguntar él en tono liviano. Pero no pudo pronunciar palabra. Pensó que lo sabía sin necesidad de preguntar nada. Apretó con fuerza la mano de Katsuo.



Trad. Magdalena Ruiz Guiñazú y Antonio Cabezas
Madrid, Siruela, 2007
Foto: Yukio Mishima ca.1950s 1960s © Bettmann Corbis