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27 dic. 2011

Steven Millhauser: La princesa, el enano y la mazmorra (fragmentos)

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La mazmorra. Se dice que la mazmorra se encuentra a tal profundidad en las cámaras más subterráneas del castillo que surge naturalmente una pregunta: ¿la mazmorra es parte del castillo? Otros recintos subterráneos, como las bodegas, la cámara de torturas y las celdas usadas para la detención durante el juicio, son apenas los más bajos en una ordenada progresión de recintos descendentes, y mantienen una relación clara y razonable con los niveles superiores del castillo. Pero la mazmorra está tan por debajo de las demás que más parece parte de un oscuro submundo, como ese lugar bajo la montaña donde los ogros se alimentan con la sangre de niños asesinados.

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Cuentos de la princesa. Erase una vez una bella princesa; su cutis era más blanco que el alabastro, su cabello más brillante que el oro remachado, y su virtud, celebrada en toda la comarca. Un día desposó a un príncipe que era tan apuesto como ella era hermosa; se amaban con plenitud, pero al cabo de un año su felicidad se volvió desesperación. Algunos culpaban al príncipe, diciendo que era arrogante y celoso por naturaleza, pero otros acusaban a la princesa de una debilidad secreta. Con esto se referían nada menos que a su virtud. Pues su virtud, que nadie cuestionaba, la protegía de las atenciones de los admiradores, y le impedía siquiera imaginar la posibilidad de una infidelidad. A causa de su profundo amor por el príncipe, y conociendo bien su propia firmeza, no se fortaleció con altanería, reserva y un temible sentido del decoro. En cambio, aunque siempre respetaba las estrictas normas de la etiqueta cortesana, era natural en sus modales, generosa de espíritu y abierta en su amistad con los miembros del círculo íntimo de su esposo. Más aún, su amor por el príncipe la inducía a seguir de cerca los asuntos de la corte, con el objeto de comprender todo lo que a él concernía y aconsejarlo sabiamente. En consecuencia, no era inusual que se interesara por el forastero que llegó una noche en un caballo ricamente aparejado, y que pronto ganó la amistad del príncipe merced a la nobleza de su porte, la osadía de su ánimo, su sed de conocimientos y su don para la elocuencia, pero que no obstante, y diciendo sólo que era un margrave de una tierra distante, lucía en su emblema la palabra Infelix. el Desdichado.

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La orilla del río. Recto hacia el oeste de la ciudad, en la orilla entre la fundición de cobre y una molienda, se extiende nuestro ejido más ancho. Para llegar allí debemos cruzar el foso seco por un puente de tablones de roble, que se baja todas las mañanas con unas cadenas, desde el interior de la muralla externa, y se alza todas las noches, cerrando el paso. El ejido tiene árboles de sombra generosa, la mayoría limas y robles; hay una senda a lo largo del río, y fuentes talladas con cabezas de demonios y monos. En los días festivos y los domingos de verano, la gente juega a los bolos, lucha, baila, come salchichas, pasea junto al río o se tiende en la orilla. Los comerciantes ricos y sus esposas se mezclan con carniceros, albañi-les, fabricantes de cáñamo, lavanderas, aprendices de herreros, aprendices de tejedores de alfombras, criados, braceros. En cualquier momento, cuando nos reímos echando la cabeza hacia atrás, o movemos levemente los ojos, podemos ver, a través del ramaje atravesado por el sol, el río que titila, el abrupto risco, el alto castillo brillando bajo el sol.

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La torre. Desde el alba hasta el atardecer ella permanece en la torre. Llegamos a ver lo que parece ser su rostro en la ventana, pero es probable que sólo veamos relumbrones de sol o sombras de aves pasajeras en las altas vidrieras. En todo otro sentido ella es invisible, pues nuestros solemnes poetas la encierran en palabras de elevada y formal alabanza: su cabello es más radiante que el sol, sus senos más blancos que el plumón de cisne o la nieve recién caída. La vimos una vez, cabalgando por la plaza del mercado en un día festivo, montando su caballo blanco con negros penachos de avestruz, y nos asombró el destello del cabello renegrido bajo la cogulla azul. Pero en los largos días de verano, cuando los tejados brillan al sol como si estuvieran por derretirse, su cabello del color del cuervo poco a poco es reemplazado por el cabello rubio de los poetas, hasta que la visión de la princesa montada en el caballo blanco sólo parece un sueño diurno. En lo alto de la torre, desde el alba hasta el anochecer, ella se pasea con su pesadumbre, ¿y quién puede saber siquiera si su pena le pertenece?



En Pequeños reinos
Traducción de Carlos Gardini
Foto: Associated Press