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20 jul. 2015

Descarga: Henry Miller - Los libros en mi vida

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Los libros en mi vida anuncia el título de un ensayo de carácter autobiográfico escrito por el novelista Henry Miller (1891-1980), bien conocido por sus novelas Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio; y por su ciclo novelesco La crucifixión rosada. Libros de escándalo, que fueron vapuleados en su tiempo por los conservadurismos de todo tipo, desde los religiosos y políticos, a los académicos y literarios. Su autor recibió los anatemas de pornógrafo y obsceno. Pero Henry Miller fue y sigue siendo amado por los rebeldes, los disconformes, los incrédulos y los raros de toda laya. Miller destaca en su ensayo a los autores que lo influyeron o deleitaron. Grandes, medianos y pequeños. Menciona también sus cien libros predilectos. No los voy a repetir.

11 jun. 2015

Descarga: Henry Miller - Primavera negra

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Nexo de unión entre Trópico de Cáncer (1934) y Trópico de Capricornio (1939), Primavera negra es el libro que más a fondo y mejor introduce al lector en el personalísimo mundo literario de Henry Miller, pues en él vemos a la imaginación creativa actuando en todos los niveles. En un subyugante ir y venir de la memoria (de la infancia a la madurez, de Nueva York a París, de la ternura al desengaño más amargo –al que el autor se enfrenta con rabia, sarcasmo y desprecio–), Miller nos ofrece lo mejor de sí mismo y de su indiscutible talento artístico en una serie de capítulos que pueden leerse también independientemente, pero que en su conjunto conforman una sólida novela unitaria.. Las evocaciones nostálgicas que despliega y sobrepone Miller en esta obra son indudablemente de raíz proustiana, su fraseo y el ritmo de su prosa beben a morro de la retórica de Walt Whitman, su portentosa imaginación es tal vez hija putativa de Lewis Carroll y es evidente que el espíritu del fluir de la conciencia de Joyce se ha colado por la puerta trasera en estas páginas, pero con todo ello, y mucho más (la escritura automática y el léxico surrealista, la potencia expresiva del impresionismo pictórico, las visiones herederas de la novela gótica, la sublevación lingüística de Céline...), Henry Miller creó una de las obras más personales, arrebatadoras e influyentes del siglo XX.

4 abr. 2015

Descarga: Henry Miller - Nueva York ida y vuelta

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Es verdaderamente fascinante cómo Henry Miller sabe crearse a voluntad el instrumento expresivo que se adapte con natural elasticidad a lo que tiene que decir en determinado momento. En este caso particular, el vehículo es una especie de carta-diario en la cual ha vertido torrencialmente de su memoria la sustancia vital o el costado insólito de una serie de experiencias cotidianas, vividas casi todas sobre el filo de la madrugada y en compañía de los más dispares, sórdidos o extraños personajes del secreto submundo neoyorquino. Miller es un hombre y un escritor impar, conectado a la vitalidad terrestre por varios cordones umbilicales y dotado de una percepción multifacetada pero justa, aunque nunca común, de los verdaderos valores existenciales de nuestro tiempo.

El descreído, insobornable autor de Trópico de Cáncer, Pesadilla de aire acondicionado, Nexus, Plexus, Sexus, Los libros de mi Vida y otras obras, tiene como permanentes compañeros de navegación, en Nueva York, ida y vuelta, los agridulces componentes de su intelecto: la ironía, la crítica implacable, el elogio generoso, el humor sin diques, el desprecio absoluto, la inocencia vital, el sarcasmo, la estremecida pero no sensiblera evocación de su juventud y sus luchas y, sobre todo, su indiscutible genio verbal. Así viaja en el «Champlain», de Nueva York a Europa, y absorbe tanto del aire del mar como de la respiración interior de los hombres y las cosas. Se siente un ser en marcha, al revés de ese neoyorkino que vive en una cadena de montaje, que tiene el mejor reloj, pero que ignora qué es el tiempo.

Miller ha dinamitado las bases del idioma meramente inteligible y lo ha trasmutado en material altamente comunicante. Es como él mismo dijo de su amigo Blaise Gondrars «un hombre realmente desplegado».

13 dic. 2014

Henry Miller – La edad de oro

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Henry Miller – La edad de oro


En la actualidad el cine es la gran forma artística popular, lo que equivale a decir que no es arte en absoluto. Desde que apareció se nos dijo que al fin había nacido un arte que llegaría a las masas y quizá las liberaría. La gente afirma ver en el cine posibilidades negadas a las restantes artes. ¡Tanto peor para el cine!

No existe un arte llamado cinematógrafo, pero hay, como en todas las artes, una forma de producción para los más y otra para los menos. Desde la muerte de las películas de vanguardia -creo que Le Sang d'un Poéte, de Cocteau, fue la última - sólo queda la producción masiva de Hollywood.

Las escasas películas que podrían justificar la categoría de "arte" aparecidas desde el nacimiento del cinematógrafo (ocurrido hace unos cuarenta años) murieron casi en embrión. Se trata de uno de los lamentables y sorprendentes hechos relacionados con el desarrollo de una nueva forma artística. A pesar de todos los esfuerzos el cinematógrafo parece incapaz de afirmarse como arte. Quizás ello se deba a que el cinematógrafo, más que cualquier otra forma artística, se ha convertido en una industria controlada, en una dictadura en la que se domina y silencia al artista.

Inmediatamente se define un hecho sorprendente, a saber, !que las películas más grandes se han producido a poco costo! No se necesitan millones para producir una película artística; en realidad, es axiomático que cuanto más dinero cuesta una película peor será probablemente.

¿Por qué, pues, no cobra realidad el auténtico cine? ¿Por qué el cinematógrafo permanece en manos de la turba o de sus dictaduras? ¿Se trata simplemente de un problema económico?

Debe recordarse que se fomenta en nosotros el reconocimiento .de las restantes artes. Más aún, nos son impuestas casi desde la cuna. Nuestro gusto está condicionado por siglos de inoculación. En la actualidad uno se siente casi avergonzado de confesar que no gusta de éste o aquel libro, de éste o aquel cuadro, de ésta o aquella pieza de música. Puede ser que nos sintamos mortalmente aburridos, pero no lo reconoceremos. Fuimos educados para fingir placer y admiración por las grandes obras de arte con las que, lamentablemente, no tenemos ya ninguna relación.

El cinematógrafo ha nacido y es un arte, otro arte... pero nació demasiado tarde. El cinematógrafo nació de un gran sentimiento de cansancio. En realidad, cansancio es una palabra excesivamente suave. El cinematógrafo nació en el preciso momento en que estamos muriendo. Lo mismo que un patito feo, el cinematógrafo se imagina más o menos relacionado con el teatro, cree que quizá nació para reemplazar al teatro, que ya está muerto. Nacido en un mundo desprovisto de entusiasmo y de gusto, el cinematógrafo se desempeña como un eunuco: agita un abanico de plumas de pavo real ante nuestros ojos somnolientos. El cinematógrafo cree que lo que nosotros le pedimos es que nos adormezca. Ignora que estamos muriéndonos. Por lo tanto, no culpemos al cinematógrafo. Preguntémonos por qué hemos de permitir que esa forma artística auténticamente maravillosa perezca ante nuestros propios ojos. Preguntémonos por qué cuando realiza los esfuerzos más heroicos para conmovernos, sus gestos son desatendidos.

Hablo del cinematógrafo como hecho real, como algo que existe, que tiene validez, exactamente como la música, o la pintura o la literatura. Me opongo resueltamente a los que creen que el cinematógrafo es un medio de explotar las restantes artes, o aun de resumirlas. El cinematógrafo no es otra forma de esto o de aquello, ni el producto sintético de todos los demás éstos - y - aquéllos. El cine es el cine, y nada más. Lo cual es bastante. En realidad, es algo magnífico.

Como cualquier otro arte, el cine encierra en sí mismo todas las posibilidades de creación de antagonismos, de promoción de la revuelta. El cine puede hacer por el hombre lo que las otras artes han hecho, y es posible que más, pero la primera condición, el prerrequisito es, en realdad ¡que lo saquen de las manos de la turba! Comprendo muy bien que la turba no crea las películas que vemos... por lo menos técnicamente. Pero en un sentido más profundo la turba es la que realmente crea las películas. Por primera vez en la historia del arte la turba ha dictaminado lo que el artista debe hacer. Por primera vez en la historia del hombre ha surgido un arte que complace exclusivamente a las masas. Quizá cierta oscura comprensión de este hecho original y deplorable explique la tenacidad con que "el estimado público" se aferra a su arte.

¡La pantalla silenciosa! ¡Imágenes de sombras! ¡Ausencia de color! Comienzos espectrales, fantasmales. Las masas mudas visualizándose ellas mismas en esos féretros malolientes que desempañaron el papel de primeras salas de proyección. Una curiosidad abismal por verse reflejadas en el espejo mágico de la era de la máquina. ¿De qué tremendos temores y ansias surgió el arte "popular"?

Me imagino perfectamente que el cine no hubiera nacido nunca. Me imagino una raza de hombres para quienes el cine habría sido absolutamente innecesario. Pero no puedo imaginar a los autómatas de esta era sin un cine, sin cierta forma de cinematógrafo. Nuestros hambreados instintos han clamado durante siglos en procura de más y más sustitutos. Y como sustituto de la vida el cinematógrafo es ideal. ¿Alguien observó la expresión de esas alimañas del cine cuando abandonan la sala? ¡Ese soñador aire de vaciedad, esa mirada inexpresiva del pervertido que se masturba en la oscuridad! Apenas puede distinguírselo de los adictos a las drogas: salen de la sala cinematográfica como sonámbulos.

Por supuesto, eso es lo que desean nuestras gastadas y maltratadas bestias de trabajo. Que no haya más temor ni lucha, ni misterio, ni maravilla y alucinación, sino paz, el fin de la inquietud, la irrealidad del ensueño. ¡Pero que sean sueños gratos! ¡Sueños tranquilizadores! Al llegar aquí es difícil no pronunciar una palabra de consuelo para los pobres diablos que afrontan la tarea de calmar esta inextinguible sed de la turba. Está de moda en la intelectualidad ridiculizar y condenar los esfuerzos realmente hercúleos de los directores de películas, y particularmente de los narcotizadores de Hollywood. Se aprecia escasamente la inventiva necesaria para crear diariamente una droga que contrarreste el insomnio de la turba. Es inútil condenar a los directores, y tampoco tiene sentido deplorar la falta de gusto del público. Se trata de hechos concretos e irremediables. El que prostituye y el prostituido deben ser eliminados... /al mismo tiempo! No existe otra solución.

¿Qué diremos de un arte al que nadie reconoce la condición de tal? Sé que ya se ha escrito mucho sobre el "arte cinematográfico". Casi cotidianamente podemos leer artículos sobre el tema en diarios y revistas. Pero esos materiales no examinan el arte cinematográfico... sino más bien el horrible y remendado embrión que ahora se lanza ante nuestros ojos, el aborto destrozado en el vientre por los obstétricos del arte.

Hace cuarenta años que el cinematógrafo se esfuerza por nacer apropiadamente. ¡Imaginemos las perspectivas de una criatura que se ha pasado cuarenta años de su vida naciendo! ¿Qué puede ser sino un monstruo y un idiota?

¡A pesar de todo, reconozco que espero de este monstruoso idiota las cosas más tremendas! Espero que este monstruo devore a su propio padre y a su propia madre, que pierda el control de sus actos y destruya al mundo, que empuje al hombre hacia el frenesí y la desesperación. Me parece imposible que las cosas ocurran de otro modo. Existe una ley de las compensaciones, y ella exige que aún este monstruo justifique su razón de ser.

Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1927 Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1927

Hace cinco o seis años tuve la rara fortuna de ver La edad de oro, la película de Luis Buñuel y Salvador Dalí que provocó un escándalo en Studio 28. Por primera vez en mi vida tuve la sensación de que presenciaba una película que era cine puro y nada más que cine. Desde entonces estoy convencido de que La edad de oro es única e incomparable. Antes de seguir quiero señalar que desde hace casi cuarenta años voy regularmente al cine; durante ese lapso he visto varios miles de películas. Por lo tanto debe entenderse que al exaltar la película de Buñuel y Dalí no olvido que he visto producciones tan notables como:

La última carcajada ( Emil Jannings ) .
Berlín.
Un sombrero de paja de Italia ( René Clair ) .
El camino hacia la vida.
La souriante Madame Beudet (La sonriente señora Beudet)
(Germaine Dulac ) .
Mann Braucht Kein Gelt ( No se necesita dinero).
La mélodie du monde (La melodía del mundo) (Walter Rutt- mann).
Le ballet mécanique ( El ballet mecánico).
Of What Are the Young Films Dreaming ( En qué sueñan las jóvenes películas) ( Conde de Beaumont).
Rocambolesque (Roeamboleseo).
Three Comrades and One Invention (Tres camaradas y unainvención).
Iván el Terrible (Emil Jannings).
El gabinete del doctor Caligari.
The Crowd (La multitud) ( King Vidor).
La Maternelle ( La maternal). Otero (Krause y Jannings). Éxtasis (Machaty).
Grass (Pasto).
Eskimo.
Le Maudit (El maldito).
Lilliane (Bárbara Stanwyck).
A Nous la Liberté (René Clair ) .
La Terulre Ennemie (Mi adorable enemiga) (Max Ophuls).
The 1'rackwalker (El vagabundo).
El acorazado Potemkin. Los marinos de Cronstadt. Codicia (Eric von Stroheim) .
Tormenta sobre México (Eisenstein) .
La ópera de los mendigos.
Muchachas de uniforme (Dorothea Wieck ) .
El sueño de aria noche de verano ( Reinhardt ) .
Crimen y castigo (Picrre Blanchard ) .
El estudiante de Praga ( Corvad Veidt ) .
Pelo de zanahoria.
Banquier Pichler ( El banquero Pichler ) .
El delator ( Víctor MaeLaglen ) .
EL ángel azul ( Marlene Dietrich ) .
L'Homme a la Barbiehe.
L'Af f aire est dans le Sac ( Problema resuelto) ( Préver t ) .
Moana ( O'Flaherty ) .
Mayerling ( Charles Boyer y Danielle Darrieux ) .
Kriss.
Varieté ( Krause y Jannings ) .
Chang.
Sunrise ( Amanecer ) ( Murnau ) .

NI
Tres películas japonesas (Japón antiguo, medieval y moderno) cuyos títulos olvidé.
NI
un documental sobre la India.
NI
un documental sobre Tasmania.
NI
un documental de Eisenstein sobre los ritos funerarios en México.
NI
ciertas películas de Lon Chaney, particularmente una basada en una novela de Selma Lagerlof, en la que actuó junto a Norma Shearer.
NI
EL gran Ziegfield, ni Mr. Deeds Goes to Toum (El señor Deeds va ala ciudad).
NI
Horizontes Perdidos (Frank Kapra), la primera película significativa producida en Hollywood.
NI
la primera película que vi en mi vida, que era un noticioso que mostraba el puente de Brooklyn y un chino con su coleta caminando sobre el puente bajo la lluvia. Tenía solamente siete u ocho años cuando vi esta película en el sótano de la vieja iglesia presbiteriana de Brooklyn, en la calle Tres al sur. Después vi centenares de películas en las que siempre parecía llover y siempre se desarrollaban terribles persecuciones, se derrumbaban las casas y la gente desaparecía a través de una puerta trampa, y se arrojaban tortas, y la vida humana era cosa de poco valor, y faltaba totalmente la dignidad humana. Y después de ver millares de películas de Mack Sennett con abundancia de pasteles y otras grotescas bufonadas, después que Carlitos Chaplin agotó su reserva de trucos, después de Fatty Arbuckle, Harold Lloyd, Harry Langdon y Buster Keaton, cada uno de ellos con su propio estilo de payasadas, vino la obra maestra de todos los festivales con lanzamiento de pasteles y bofetadas, una película cuyo título he olvidado, pero que se cuenta entre las primeras producciones de Laurel y Hardy. En mi opinión se trata de la película cómica más grande de todos los tiempos... porque lleva hasta la apoteosis el lanzamiento de pasteles. La película era una sucesión de pasteles arrojados en todas direcciones, nada más que pasteles, millares de pasteles, y todo el mundo los arrojaba a derecha e izquierda. Fue la cumbre del burlesco y ya ha sido olvidada.

En todas las artes la cima se alcanza sólo cuando el artista desborda los límites del arte que utiliza. Esto último es tan cierto para la obra de Lewis Carrol como para la Divina Comedia de Dante, para Laotsé como para Buda o Cristo. Es preciso poner patas arriba, saquear y trastornar el mundo para que pueda proclamarse el milagro. En La edad de oro contemplamos nuevamente una frontera milagrosa que despliega ante nosotros un mundo nuevo y desconcertante que nadie ha explorado.

Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1933 Luis Buñuel y Salvador Dalí en 1933

"Mon idée générale -escribió Salvador Dalí - en écrivant avec Buñuel le scénario de L'Age d'Or, a été de présenter la ligne droite et pure de conduite d'un étre qui pursuit 1'amour a travers les ignorables idéaux humanitaires, patriotiques et autres misérables mécanismes de la róalité." ( "Cuando escribí con Buñuel el escenario de La edad de oro, mi idea general fue presentar la recta y pura línea de conducta de un ser que persigue el amor a través de los desdeñables ideales humanitarios y patrióticos, y otros miserables mecanismos de la realidad:'). No ignoro el papel desempeñado por Dalí en la creación de esta gran película, y sin embargo no puedo dejar de verla como el producto particular de su colaborador, el hombre que dirigió la película: Luis Buñuel. Todo el mundo, aun los norteamericanos y los ingleses, están familiarizados con el nombre de Dalí, el surrealista moderno de mayor éxito. Ahora está temerariamente de moda, principalmente porque no se le comprende y principalmente porque su obra es sensacional. En cambio, parece que Buñuel ha desaparecido. Dícese que se encuentra en España, y que está reuniendo silenciosamente una colección de películas documentales sobre la revolución. Si Buñuel conserva siquiera sea una parte de su antiguo vigor, dicha colección será simplemente asombrosa. Pues lo mismo que los mineros de Asturias, Buñuel es hombre que arroja dinamita. Buñuel está obsesionado por la crueldad, la ignorancia y la superstición que aflige a los hombres. Comprende que el hombre no tiene esperanza sobre esta tierra, a menos que se haga tabla rasa y se empiece de nuevo. Aparece sobre la escena en el momento en que la civilización se encuentra en su nadir.

Fotograma del film La edad de oro 2 Fotograma del film La edad de oro

No cabe la menor duda de ello: el aprieto en que se encuentra el hombre civilizado es feo asunto. Está entonando el canto del cisne sin haber tenido la alegría de haber sido cisne. Ha caído en la trampa de su propio intelecto, y está maniatado, estrangulado y destrozado por su propia simbología. Está atacado en su arte, sofocado por sus religiones, paralizado por su conocimiento. No glorifica la vida, puesto que ha perdido el ritmo vital, sino la muerte. Reverencia la decadencia y la putrefacción. Está enfermo, y todo el organismo social está infectado.

Han aplicado a Buñuel todos los calificativos: traidor, anarquista, pervertido, calumniador, iconoclasta. Pero no se atreven a llamarlo loco. Es cierto que en sus películas refleja la locura, pero ésta no es creación de Buñuel. Ese caos maloliente que durante una breve hora, poco más o menos, se fusiona bajo su varita mágica, es la locura de las realizaciones humanas después de diez mil años de civilización. Para demostrar su reverencia y su gratitud, Buñuel pone una vaca en la cama y envía un camión recolector de basura a través del salón. La película está formada por una sucesión de imágenes sin secuencia, cuyo significado debe ser buscado bajo el umbral de la conciencia. Quienes se sintieron decepcionados porque no lograron hallar orden o significado en esta película, no lo encontrarán en ninguna parte, salvo quizás en el mundo de las abejas o de las hormigas.

Recuerdo ahora el encantador y breve documental que precedió a la película de Buñuel, la noche que ésta fue proyectada en Studio 28. , Se trataba de un agradable y breve estudio del matadero, perfectamente apropiado y significativo para las vestales de la cultura de estómago débil que habían ido a silbar la gran película. Aquí todo era familiar y comprensible, aunque quizá de mal gusto. Pero había orden y significado, del mismo modo que hay orden y significado en un rito caníbal. Y finalmente se agregó aún cierto toque de esteticismo, porque cuando acabó la matanza y los cuerpos decapitados fueron retirados, las cabezas de los lechones fueron infladas cuidadosamente con aire comprimido hasta que adquirieron una apariencia tan monstruosamente vital, tan sabrosa y suculenta que involuntariamente fluía la saliva. (¡Sin olvidar los tréboles que taponaban el ano de todos y cada uno de los cerdos!) Como dije, reflejaba una actividad carnicera perfectamente comprensible, y en realidad el trabajo estaba tan bien hecho que arrancó una salva de aplausos a algunos de los más elegantes miembros del público.

Fotograma del film La edad de oro 3 Fotograma del film La edad de oro

Hace aproximadamente cinco años que vi la película de Buñuel, y por lo tanto no puedo sentirme absolutamente seguro, pero abrigo la casi total certidumbre de que su producción no incluía escenas de matanzas humanas organizadas, ni guerras, ni revoluciones, ni inquisiciones, ni linchamientos, ni interrogatorios de tercer grado. A decir verdad, aparecía un ciego a quien se maltrataba, un perro que recibía un puntapié en el estómago, un niño cruelmente baleado por el padre, una anciana viuda abofeteada en el curso de una fiesta y escorpiones que luchaban a muerte entre las rocas, cerca del mar. Pequeñas crueldades aisladas que, debido a que no estaban entretejidas en una pequeña pauta comprensible, parecían impresionar a los espectadores mucho más que el espectáculo de una matanza al por mayor en el campo de batalla. Hubo algo que conmovió aún más sus delicadas sensibilidades, y fue el efecto de Tristán e Isolda de Wagner sobre uno de los protagonistas. ¿Era posible que la divina música de Wagner excitara los apetitos sexuales de un hombre y de una mujer al extremo de impulsarlos a rodar en el sendero cubierto de grava y morderse y masticarse mutuamente hasta sacarse sangre? ¿Era posible que esa música se posesionara de la joven hasta el punto de llevar a chupar con perversa lascivia el dedo del pie de una estatua? ¿Acaso la música provoca orgasmos, suscita actos perversos, y enloquece realmente a la gente? Ese gran tema legendario inmortalizado por Wagner, ¿tiene algo que ver con un vulgar hecho como el amor sexual? La película parece sugerir una respuesta afirmativa. Se diría que sugiere más, pues a través de las ramificaciones de esta Edad de Oro, Buñuel, como un entomólogo, ha estudiado lo que llamamos amor, con el fin de descubrir, bajo la ideología, la mitología, las vulgaridades y las fraseologías el total y sangriento mecanismo del sexo. Ha aislado para nosotros los ciegos metabolismos, los venenos secretos, los reflejos mecánicos, las secreciones de las glándulas, el complejo total de fuerzas que unen al amor y a la muerte en la vida.

¿Es preciso agregar que en esta película hay escenas con las que jamás se había soñado hasta ahora? Por ejemplo, la escena en el excusado. Cito de las notas del programa:

"Il est mutile d'ajouter qu'un des points culminante de la pureté de ce film nous semble cristallisé done la vision de 1'heroine dans les cabinets, oú la puissance de 1'esprit arrive á sublirnor une situation généralement baroque en un élément poétique de la plus pure noblesse et solicitude” (Es innecesario agregar que uno de los puntos culminantes de la pureza de esta película se encuentra cristalizado, a nuestro entender, en la visión de la heroína en el excusado, momento en que la potencia espiritual logra sublimar una situación por lo general barroca en un elemento poético de la mayor nobleza y soledad.)

¡Una situación por lo general barroca! Quizá lo que hay de barroco en la vida humana, o más bien en la vida del hombre civilizado, es lo que confiere a las obras de Buñuel ese aspecto de crueldad y de sadismo. Crueldad y sadismo aislados, porque la gran virtud de Buñuel consiste en que se niega a dejarse atrapar en el deslumbrante tejido de lógica y de idealismo que procura disimular la naturaleza real del hombre. Quizá, como Lawrence, Buñuel es un idealista al revés. Quizá su profunda ternura, la gran ternura y poesía de su visión lo obliga a revelar lo abominable, lo malicioso, lo horrible y los hipócritas postizos del lumbre. Como a sus precursores, aparentemente le anima un odio tremendo por la mentira. Como es un ser normal, instintivo, sano, alegre y modesto, se encuentra solo en la loca marea de las fuerzas sociales. Porque es absolutamente normal y honesto se le mira como a un ser raro. También como en el caso de Lawrence su obra divide al mundo en dos campos opuestos: los que están por él y los que están contra él. No hay términos medios. O se está loco, como el resto de la humanidad civilizada, o se está bueno y sano como Buñuel. Y cuando uno está sano y bueno se es anarquista y se tiran bombas. El gran honor conferido a Luis Buñuel cuando se exhibió esta película, consistió en que los ciudadanos franceses le reconocieron la condición de auténtico anarquista. El teatro fue tomado por asalto y la policía limpió la calle. Por lo que sé, la película no ha vuelto a ser exhibida, salvo en funciones privadas, y ello muy de raro en raro. Fue llevada a Estados Unidos, exhibida ante un público especial, y la única impresión que suscitó fue de perplejidad. Entre tanto, Salvador Dalí, el colaborador de Buñuel, estuvo varias veces en Estados Unidos y allí provocó furor. A Dalí, cuya obra es enfermiza, aunque muy espectacular y provocativa, se le aclama como un genio. Dalí infunde conciencia del surrealismo al público norteamericano, y crea una moda. Dalí regresa con los bolsillos llenos de dinero. Se acepta a Dalí... como a otro aborto del mundo. Aborto por aborto: en ello se expresa una justicia divina. El mundo enloquecido reconoce la voz del amo. La yema del huevo se cortó. Dalí se inclina por los Estados Unidos, Buñuel recibe los desechos.

Fotograma de La edad de oro Fotograma del film La edad de oro

Quiero repetirlo: ¡La edad de oro esa mi entender la única película que revela las posibilidades del cinematógrafo! No apela al intelecto ni al corazón: golpea en el plexo solar. Es como descargar un puntapié en el vientre de un perro enloquecido. ¡Y aunque fue un valiente puntapié en el vientre, y estuvo bien dirigido, no es bastante! Luis Buñuel tendrá que producir otras películas aún más violentas que ésta. Pues el mundo está en coma y el cinematógrafo continúa agitando ante nuestros ojos un abanico de plumas de pavo real.

A veces reflexiono sobre lo que Buñuel puede ser y en lo que quizás está haciendo, y me pregunto lo que podría hacer si se lo permitieran, y acabo pensando en todo lo que se elimina en las películas. ¿Alguien nos ha mostrado el nacimiento de un niño, o por lo menos el de un animal? De insectos sí, porque el elemento sexual es débil, porque no hay tabúes. Pero aun en el mundo de los insectos, ¿nos han mostrado a la mantis religiosa, y el festín amoroso que es el acné de la voracidad sexual? ¿Nos han mostrado cómo nuestros héroes ganaron la guerra... y murieron por nosotros? ¿Nos han mostrado las heridas abiertas, y los rostros destrozados? ¿Nos muestran ahora lo que ocurre diariamente en España cuando las bombas llueven sobre Madrid? Casi todas las semanas se abren cines destinados a presentar noticiosos, pero no hay noticias. Una vez por año nos ofrecen un repertorio de los acontecimientos más destacados del mundo preparado por los cronistas de noticias. No es más que una serie de catástrofes: catástrofes ferroviarias, explosiones, inundaciones, terremotos, accidentes automovilísti-cos, desastres aéreos, choques de trenes y de barcos„ epidemias, linchamientos, asesinatos entre pistoleros, desórdenes, huelgas, conatos de revoluciones, golpes de mano, muertes. El mundo parece un manicomio, y es un manicomio, pero nadie se atreve a mirar en él. Cuando se prepara la presentación de un sorprendente fragmento de locura, ya apropiadamente castrado, se advierte a los espectadores que no deben manifestar sus opiniones. El edicto es: ¡Manténgase imparcial! ¡No perturbe su propio sueño! Se lo ordenamos en nombre de la locura... /mantenga la calina! Y en general se atiende a las exhortaciones. Se las atiende involuntariamente, porque cuando el espectáculo concluyó todos se han sumergido en el drama innocuo de una pareja sentimental, gente honesta y sencilla como nosotros mismos, que hacen exactamente lo mismo que nosotros, con la única diferencia de que por hacerlo se les paga bien. Se nos ofrece esta nulidad y esta vaciedad como el plato principal de la velada. El entremés es el noticiosa sazonado de muerte, ignorancia y superstición. Entre ambas fases de la vida no existe la menor relación, salvo el vínculo establecida por el dibujo animado. Pues el dibujo animado es el censor que nos permite soñar las más horribles pesadillas, violar y matar, y corromper y saquear sin despertarnos. La vida cotidiana es como la vemos en la película principal: el noticioso es el ojo de Dios, el dibujo animado es el alma sacudida en su propia angustia. Pero ninguna de las tres formas es la realidad común a todos los que pensamos y sentimos. Se las han arreglado para cubrirnos con un camuflaje, y aunque se trata de nuestro propio camuflaje, aceptamos la ilusión como realidad. Y la razón de ello consiste en que la: vida tal como la conocemos se ha convertido en algo absolutamente insoportable. Huimos de ella con un sentimiento de terror y de disgusto. Los hombres que vengan después de nosotros descubrirán la verdad oculta por el camuflaje. Que nos compadezcan del mismo modo que quienes somos entes vivos y reales compadecemos a los que nos rodean.

Cierta gente cree que La edad de oro es un sueño del pasado, y otras la conciben como el milenio que ha de venir. Pero La edad de oro es la realidad inmanente a la que con nuestra vida cotidiana contribuimos o dejamos de contribuir. El mundo es según lo hacemos diariamente, o según no logramos hacerlo. Si hoy vivimos en una atmósfera de locura, ello obedece a que estamos locos. Si uno acepta que éste es un mundo loco, quizá logre adaptarse a él. Pero quien experimenta en sí mismo un sentido creador no desea realmente adaptarse. Voluntaria o involuntariamente, influimos los unos sobre los otros. Esa recíproca influencia puede ser simplemente negativa. Cuando escribo sobre Buñuel en lugar de hacerlo sobre cualquier otro tema, tengo conciencia de que produciré cierto efecto... y para la mayoría sospecho que un efecto desagradable. Pero no puedo abstenerme de escribir como lo hago con respecto a Buñuel, del mismo modo que no puedo dejar de lavarme la cara por la mañana. Mi anterior experiencia de la vida conduce a este momento, y lo gobierna despóticamente. Afirmando el valor de Buñuel, afirmo mis propios valores, mi propia fe en la vida. Si he elegido a este hombre, repito con ello lo que hago constantemente en todos los dominios de la vida: elegir y valorar. El mañana no es fruto del azar, no es un día como cualquier otro día: mañana es el resultado de muchos ayeres, y adviene con un efecto potente y acumulativo. Soy mañana lo que elegí ser ayer y anteayer. No es posible que mañana pueda negar y anular todo lo que me llevó al momento presente.

Del mismo modo deseo señalar que la película La edad de oro no es un accidente, y no lo es tampoco su eliminación de las pantallas. El mundo ha condenado a Luis Buñuel, desechándolo por inepto. No todo el mundo, porque como dije antes, apenas se conoce la película fuera de Francia, en realidad fuera de París. Si he de juzgar por la tendencia de las cosas desde que ocurrió este trascendente acontecimiento, no puedo afirmar que me sienta optimista respecto de la reposición de esta película en el momento actual. Quizá la próxima película de Buñuel produzca mayor escándalo aún que La edad de oro. Lo espero fervientemente. Pero mientras tanto -y aquí debo agregar que ésta es la primera oportunidad, aparte de una breve reseña para The New Review, que he tenido de escribir públicamente sobre Buñuel- mientras tanto, decía, este demorado tributo a Buñuel puede contribuir a despertar la curiosidad de quienes nunca oyeron hablar de él. Sé que el nombre de Buñuel no es desconocido en Hollywood. Ciertamente, como muchos hombres geniales de quienes los norteamericanos tuvieron noticia, Luis Buñuel fue invitado a ir a Hollywood para ofrecer el fruto de su talento. En resumen, se le invitó para que no hiciera nada y respirara. Vaya por la gente de Hollywood...

No, el viento no soplará por ese lado. Pero en este mundo las cosas están organizadas de un modo extraño. Hay hombres que han sido deshonrados y arrojados de su país, y que retornan para recibir la corona real. Algunos regresan para convertirse en azote. Algunos dejan solamente el nombre, o el recuerdo de sus hazañas, pero en nombre de éste o de aquél se han revitalizado y recreado épocas enteras. Por una parte creo que, a pesar de todo lo que he dicho sobre el cine tal como lo conocemos, todavía puede surgir de él algo maravilloso y vital. Que ello ocurra o no depende completamente de nosotros, de usted que ahora está leyendo esto. Mis palabras pueden ser simplemente una gota en la corriente, pero quizá tengan consecuencias. Lo importante es que el agua de la corriente no se pierda. Bien, creo que es posible encauzar la corriente. Creo que es posible reunir a los hombres alrededor de una realidad vital tanto como es posible agruparlos alrededor de lo falso y lo ilusorio. El efecto de Luis Buñuel sobre mí no se perdió. Y quizá tampoco se pierdan mis palabras.

En El ojo cosmológico, 1939
Imagen: © Bettmann/CORBIS

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6 dic. 2014

Descarga: Henry Miller - Trópico de Capricornio

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Descarga: Henry Miller - Trópico de Capricornio

Tras la fama que le reportó Trópico de Cáncer (1934), Henry Miller confirmó la valía de su propuesta literaria con Trópico de Capricornio (1939), que lo situó definitivamente entre las voces más recias y profundas del siglo XX. Las experiencias sexuales, laborales y familiares de un empleado de la Western Union sirven de hilo conductor a una ficción autobiográfica de la que surge con inusitada fuerza la crítica mirada de Miller hacia el mundo y los hombres que le rodean, sus disquisiciones filosóficas y su poderoso canto a la individualidad. Convencido de que el futuro de la literatura estaba en lo autobiográfico, una senda que tendría continuidad en Jack Keoruac y posteriormente toda una legión de escritores norteamericanos, Miller dio un paso realmente importante en la evolución de la literatura con su personal modo de enfocar el arte narrativo. Junto con Trópico de Cáncer, esta es sin duda la novela más lograda de todo un clásico de las letras en lengua inglesa.

27 nov. 2014

Descarga: Henry Miller - Trópico de Cáncer

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Descarga: Henry Miller - Trópico de Cáncer

Esta obra narra las peripecias de un álter ego del autor en Paris en los años previos a la segunda guerra mundial. El equilibrio entre las peripecias de una vida bohemia (marcada por las experiencias sexuales y el desenfreno etílico) y las reflexiones acerca de la situación del ser humano individual en un mundo en crisis es uno de los aspectos que lo convirtió inmediatamente en una de las novelas más apreciadas por la crítica literaria de su época, y el hecho de que en Estados Unidos fuera prohibida por lo explícita que era en el relato de las relaciones sexuales hizo que también muy pronto surgiera un vivo interés entre los lectores. La mejor novela, la más espontánea, la más iconoclasta y que mejor refleja su tiempo. Carlos Manzano ha revisado la traducción en la que se restituyen algunos fragmentos eliminados en versiones anteriores.

6 jul. 2014

Henry Miller - Epaminondas y Louis Armstrong

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Señora, es así... Había una vez un país... Y no había en él ni vallas ni huertos. Había un tipo Boogie Woogie, cuyo nombre era Agamenón. Al cabo de un tiempo engendró dos hijos. Epaminondas y Louis Armstrong. Epaminondas estaba hecho para la guerra y la civilización, y a su traicionero modo (que hizo llorar hasta a los mismos ángeles) realizó sus sueños llevando la peste blanca que terminó en los sótanos del palacio de Clitemnestra, donde está hoy día la letrina. Louis estaba hecho para la paz y la alegría. «La paz es maravillosa», cantaba durante todo el día.

Agamenón, viendo que uno de sus hijos era inteligente, le compró una trompeta de oro y le dijo: «Ve ahora por el mundo a trompetear paz y alegría». No dijo ni una palabra sobre vallas, jardines o huertos. Sólo dijo: «Ve, hijo mío, y lleva tu mensaje por la Tierra». Y Louis se fue por el mundo, que había ya caído en un estado de tristeza, llevando solamente la trompeta de oro. Louis se dio cuenta en seguida de que el mundo se dividía en blanco y negro, con sus facetas vivas y crueles. Louis quiso transformar todo en oro, no como las monedas o los iconos, sino como espigas de trigo maduro, dorado como el cetro, de un oro que todos pudieran mirar, palpar y revolcarse en él.

Llegó hasta Monemvasia, que está en la extremidad meridional del Peloponeso. Allí subió al directo de Memphis. El tren estaba abarrotado de blancos, a los que su hermano Epaminondas había enloquecido de miseria. Louis tenía un gran deseo de bajar del tren y atravesar con sus pies dolientes el Jordán. Quería darse una vuelta por el azul, hacer saltar la tapadera que lo oprimía. Ocurrió que el tren se detuvo en el empalme de Tuxedo, no lejos de la esquina de Munson Street. Ya era hora de que llegase, porque Louis estaba a punto de desplomarse. Y entonces se acordó de lo que su padre, el ilustre Agamenón, le había dicho un día: «Primero emborráchate tranquilamente, ¡y luego, sopla!» Louis llevó la trompeta a sus gruesos labios y sopló. Sopló una sola nota, grande, enorme y agria, como una rata que explota, y se le inundaron los ojos de lágrimas y el sudor le corrió por la nuca. Louis sentía que llevaba paz y alegría al mundo. Llenó de nuevo sus pulmones y sopló una nota fundida, que subió tan alto en el azul que se heló y permaneció suspendida en el cielo como un diamante astral. Louis se levantó y retorció la trompeta hasta que se quedó convertida en un brillante pan¬deo de éxtasis. El sudor regaba su cuerpo. Louis era tan feliz, que incluso sus ojos comenzaron a sudar y formaron dos alegres estanques de oro, a uno de los cuales bautizó con el nombre de rey de Tebas, en honor de Edipo, su pariente más próximo, que había vivido para encontrar la Esfinge.

Y un día llegó, el cuatro de julio, que es el día de Dipsy-Doodle en Walla Walla. Louis había hecho por ese tiempo algunos amigos, mientras proseguía su camino a través del mundo. Uno de ellos era un conde y otro un duque. Llevaban pequeñas ratas blancas en la punta de sus dedos, y cuando no podían permanecer por más tiempo en ese triste cubo de porquería que es el mundo de los blancos, mordían con la punta de sus dedos, y el sitio donde mordían se parecía a esos laboratorios llenos de conejos de Indias enloquecidos por los experimentos. El conde era un especialista de dos dedos, de pequeña estatura, redondo como una rotonda y con un pequeño bigote. Él siempre comenzaba de esta manera: bink-bink. Bink para el veneno y bink para el incendio premeditado. Era tranquilo y juicioso, una especie de gorila introvertido que, cuando se sumergía en las profundidades del gerundio, hablaba francés como un marqués o chapurreaba el polaco o el lituano. Nunca comenzaba dos veces de la misma manera. Y cuan¬do llegaba al final, a diferencia de otros envenenado¬res e incendiarios, se detenía. Se detenía de repente y el piano se hundía con él, y también las pequeñas ratas blancas. Hasta la próxima vez...

El duque, por su parte, se dejaba caer de lo alto del cielo en un albornoz forrado de plata. El duque había sido educado en el Paraíso, donde desde muy temprana edad había aprendido a tocar el arpa y otros instrumentos vibrátiles del reino celeste. Era de modales suaves y siempre dueño de sí mismo. Cuando sonreía se formaban en sus labios guirnaldas de ectoplasma. Su capricho favorito era el añil, que es el de los ángeles cuando el universo está hundido en el sueño.

Naturalmente, no eran ésos sus dos únicos amigos; estaba también Joe, el querubín de chocolate; Chick, a quien le nacían ya las alas; Big Sid, Fats y Ella; y a veces Lionel, un muchacho de oro, que lo llevaba todo en su sombrero. Y Louis estaba siempre, Louis tal como es, con su gran sonrisa de un millón de dólares, como la misma llanura de Argos, con las ventanas de su nariz lisas, pulidas, brillantes como las hojas de la magnolia.

El día de Dipsy-Doodle se reunían todos alrededor de la trompeta de oro, y hacían mermelada, mermelada de misioneros. Dicho con otras palabras, Chick, que era como un relámpago pigmentado, luciendo siempre sus dientes y escupiendo globos y dados, tejía su tela de araña hasta la jungla ida y vuelta en menos que canta un gallo. ¿Para qué hacía eso?, se preguntará usted. Pues para traer un misionero gordo y grasiento, y hacerlo hervir en aceite. Joe, que tenía por oficio dar esa tranquilizadora sensación que confiere la presencia de alguien, quedaba al fondo, como una pelvis de caucho.

Hervidos vivos, con plumas y todo, así es como funciona el Dipsy-Doodle. Es bárbaro, señora, pero es así. No hay más huertos, no hay más vallas. El rey Agamenón dice a su hijo: «Tráeme ese país, muchacho». Y el muchacho tiene que traerle el país entero. Tiene que traerlo a toques de trompeta. Tiene que traer cetros dorados y amarillos sasafrás, tiene que traer gallipollos y perros de agua, sanguíneos como tigres. No más misioneros con su cultura, no más Pammy Pamondas. Podría ser Aníbal en el Missouri, podría ser Cartago, Illinois. Podría ser la Luna que está baja, podría ser una especie de funeralización. Podría no ser nada, por¬que no he encontrado todavía nombre para darle.

Señora, voy a soplar en tono bajo, tan bajo que va usted a estremecerse como una serpiente. Voy a dar una nota a la manera de esas ratas que explotan, y a enviarle a usted al reino del futuro. ¿Oye ese barullo? ¿Oye ese gemir y ese deshincharse? Es Boogie Woogie que toma aliento. Es el señor misionero que echa espuma en la olla. ¿Oye esos gritos agudos? Es Meemy la Meemer. Es pequeña, como hecha a ras de tierra. Mermelada para hoy, mermelada para mañana. Nadie tiene pesar, nadie se preocupa por nada. Ya nadie muere triste. Porque el viejo país de la alegría está lleno de trompetas. ¡Sopla, viento! ¡Sopla en el ojo, polvo! ¡Sopla, quema y seca, sopla, broncea, desnuda! ¡Sóplame bajo esos huertos, sóplame bajo esas vallas! Boogie Woogie ha vuelto. Boogie Woogie hace bink-bink. Bink para el veneno, bink para el incendio premeditado. Boogie Woogie no puede tener pies, no puede tener manos. Boogie Woogie da latigazos arriba y abajo. Boogie Woogie grita. Boogie Woogie vuelve a gritar. Boogie Woogie, una y otra vez, grita, grita de nuevo. Ya no hay vallas, ya no hay árboles, ya no hay absolutamente nada. Tich y pich y pich y tich. Ratas que se mueven. Tres ratas, cuatro ratas, diez ratas. Un gallipollo, una rata.

Locomotora que hace chou-chou. El sol brilla y la carretera está quemada y polvorienta. Árboles que se derriten, hojas que se desvainan. No hay rodillas, no hay manos, no hay dedos de los pies, no hay dedos de las manos. Sólo hay maíz molido, y eso es todo. Boogie Woogie camina por la carretera con un banjo en las rodillas. Hay un tap-tap y un clac-clac. Hay un tap-tap Tappa-hanna y un clac-clac Claccahanna. Hay sangre en los dedos, y hay sangre en los cabellos. Hay un flap-flap, y hay un flapí, hato y violín, sangre en las rodillas.

Louis ha vuelto al país, con una herradura alrededor del cuello. Está preparado para soplar una de esas notas semejantes a la rata que explota, nota que golpeará el azul y el gris hasta dejarlos en torcida torquemada. ¿Por qué tiene que hacer eso? Sólo para demostrar que está contento. ¿Qué han traído de bueno a nadie todas las guerras, todas las civilizaciones? Nada más que sangre por todas partes, y gente que ruega por la paz.

En la tumba en que lo enterraron vivo, gime su padre Agamenón. Agamenón era un hombre deslumbrante como un dios; era, en efecto, un dios. Engendró dos hijos, que se fueron lejos, cada uno por su lado. Uno sembró por el mundo la miseria, el otro la alegría.

Señora, pienso en usted en este momento. Pienso en ese dulce y fétido hedor del pasado que usted exhala. Usted es la señora Nostalgia, pudriéndose en el cementerio de los sueños invertidos. Usted es el fantasma en raso negro de todo lo que rehúsa morir de muerte natural. Usted es el clavel de papel de la débil y vana feminidad. La repudio a usted, a su país, a sus vallas, a sus huertos, a su clima templado y a su cielo blanquea¬do a mano. Llamo a los malévolos espíritus de la selva, para que os asesinen en vuestro sueño. Vuelvo contra usted la trompeta de oro, para que le acose en sus últimos momentos. Usted es lo blanco de un huevo podrido. Usted hiede.

Señora, hay que elegir siempre entre dos caminos a tomar; uno lleva a la seguridad y a la comodidad de la muerte, el otro conduce no se sabe dónde, pero va recto. A usted le gustaría volver a sus curiosas tumbas de piedra y a sus vallas de cementerio familiar. Vaya, pues, caiga de nuevo en lo más profundo, en el fondo impenetrable del océano de la destrucción. Vuelva a caer en ese sangriento letargo que permite a los idiotas coronarse reyes. Vuelva a caer y retuérzase convulsiona¬da con los gusanos de la evolución. Yo sigo adelante. Sigo adelante, pasados los últimos escaques blancos y negros. La partida ha terminado, las piezas han desaparecido, las líneas se han borrado, el ajedrez se ha enmohecido. Todo se ha vuelto bárbaro.

¿De dónde viene tan exquisita barbarie? Del pensamiento de destrucción. Boogie Woogie ha vuelto con las rodillas llenas de sangre. Ha hecho un one o'clock jump en el país de Josafat. Lo llevaron para dar una vuelta en calesa. Han vertido petróleo en su ensortijado cabello, y después lo han hecho freír boca abajo. A veces, cuando el conde hace bink-bink, cuando se dice, ¿qué clase de doliente tonada voy a tocar ahora?, se oye la carne encogerse y estirarse. Cuando aún era pequeño y humilde lo aplastaron contra el suelo, como si fuera patata prensada. Cuando se hizo mayor y más importante, lo engancharon de la tripa con una horquilla.

Epaminondas hizo una buena tarea civilizando a to¬dos a fuerza de asesinatos y odio. El mundo se ha con¬vertido en un enorme organismo muriéndose con veneníf de ptomaína. Se ha envenenado en el preciso momento en que todo estaba magníficamente organizado. Se ha convertido en un cubo de tripa, en la blanca y gusarapienta tripa de un huevo podrido y muerto en la cáscara. Ha traído ratas y piojos, ha traído pies mutilados en las trincheras y dientes cariados en las trincheras, ha traído declaraciones, preámbulos, protocolos, ha traído gemelos estevados y calvos eunucos, ha traído la Christian Science, los gases venenosos, la ropa interior de plástico y zapatos de cristal y dientes de platino.

Señora, tal como lo entiendo, usted quiere conservar este ersatz —tristeza, proximidad y statu quo, envuelto todo en una gruesa pelota de carne. Usted quiere ponerlo en la sartén y freírlo cuando tenga usted hambre, ¿no es así? Es reconfortante, aunque no sea nutritivo, llamarlo civilización ¿me equivoco? Señora, usted está horrible, miserable, lastimosa e irrefragablemente equivocada. Le han enseñado a deletrear una palabra que carece de sentido. La civilización no existe. Lo que existe es un mundo enorme y bárbaro, y el nombre del cazador de ratas es Boogie Woogie. Éste tenía dos hijos, y uno de ellos se quedó atrapado en una retorcedora de ropa y murió completamente destrozado y contraído, golpeando con su mano izquierda como si fuera una enloquecida uña de ancla. El otro está vivo y procrea como las huevas de la alosa. Vive en una bárbara alegría sin nada más que su trompeta de oro. Un día adquirió la singular taberna de Monemvasia y, cuando llegó a Memphis, se levantó y sopló esa nota semejante a la rata gorda que explota, la cual percutiendo en la bola de carne la hizo saltar de la sartén.

La voy a dejar ahora, señora, a dejarla secar en su propia manteca ahumada. Voy a dejar que usted se disuelva hasta quedar en una mancha de grasa. La dejo para permitir que salga de mi corazón una canción. Me voy a Faestos, el último paraíso de la Tierra. Y es esto solamente un bárbaro ritmo para que usted tenga los dedos ocupados, cuando haga el punto hacia atrás. Si usted quisiera comprar una máquina de coser de segunda mano, póngase en contacto con Asesinato, Muerte, Estrago & Cía. de Oswego, Saskatchewan, ya que soy el único representante vivo y autorizado de esta firma en este lado del océano, y no tengo casa central permanente. A partir de este día, y en fe de lo cual, solemnemente sellado y registrado, firmemente renuncio, abdico, abrogo todos los poderes, firmas, sellos y buenos oficios en favor de la paz y alegría, polvo y calor, mar y cielo, Dios y ángel, habiendo desempeñado con mi mayor habilidad todos los deberes de comerciante, asesino, violador, matachín, y traidor de la manchada y civilizada máquina de coser, fabricada por Asesinato, Muerte, Es¬trago & Cía. de los Dominios de Canadá, Australia, Terranova, Patagonia, Yucatán, Schleswig-Holstein, Pomerania y otras provincias aliadas y satélites, registradas en el acta de muerte y destrucción del planeta Tierra durante la antigua hegemonía de la familia del Homo Sapiens en estos últimos veinticinco mil años.

Y ahora, señora, ya que por los términos de este contrato tenemos solamente unos pocos miles de años para correr, digo bink-bink y le deseo un buen día. Definitivamente, éste es el final. ¡Bink-bink!


En El coloso de Maroussi

Traducción: Eduardo Gil Novales
Imagen: © Bettmann/CORBIS

13 jun. 2013

Henry Miller - Maníaco megalopolitano

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Henry Miller - Maniaco megalopolitano


La ciudad es más encantadora cuando empieza el dulce alboroto de la muerte. Su propia vida vivida en desafío a la naturaleza, su electricidad, sus frigoríficos, sus paredes a prueba de ruidos. En una caja dentro de otra, cría paredes secas, el destello de uñas laqueadas y las plumas que flamean a través del cielo acanalado. Aquí, en las profundidades del ataúd, crecen las eternas flores enviadas por telégrafo. En las bóvedas, por debajo del lecho del río, están los lingotes de oro. Es un desierto rutilante de mica, con el teléfono sonando con fuerza.

En el atardecer, cuando la muerte sacude la espina dorsal, la multitud se mueve compacta, codo con codo, cada miembro del gran rebaño arreado por la soledad; pecho contra pecho hacia el muro del propio ser, frustrados, aislados, sardina sobre sardina, todos en busca del abrelatas universal. Al atardecer, cuando la multitud está salpicada de electricidad, toda la ciudad se pone de pie sobre sus patas traseras y tira las puertas abajo violentamente. En la espantada, el hombre abstracto se disgrega, gris consigo mismo, girando en el reguero de su profunda soledad.

Un nombre profundamente marcado al rojo vivo. Una identidad. Todos fingen no saber, no recordar, pero el nombre está profundamente marcado, tan profundamente adentro, como la más lejana estrella está afuera. Llenando todo el tiempo y el espacio, creando una soledad infinita, este nombre se expande y se convierte en lo que siempre fue y en lo que siempre será: Dios. En medio del rebaño, moviéndose con silenciosas patas en la estampida, más salvaje que el más grande pánico, está Dios. Dios, que arde como una estrella en el firmamento de la conciencia humana: el Dios de los búfalos, el Dios de los renos, el Dios de los hombres. Dios.

Nunca hay más Dios que entre la atea multitud. Nunca hay más Dios que en la estampida del atardecer, cuando la espina dorsal da sacudidas mortales y telegrafía la canción de amor a través de todas las neuronas, y desde todas las tiendas de Broadway, la radio contesta con megáfonos y transmisores, con amplificadores y conexiones. Nunca hay más soledad que entre la apiñada multitud; el hombre solitario de la ciudad está rodeado por sus invenciones, el buscador perdido se ahoga en la común identidad. Con la desesperada y solitaria falta de amor se construye la última fortaleza, la entretejida ciudadela de Dios, que ha sido formada después del laberinto. De este último refugio no hay salida, salvo para el cielo. Desde aquí, volamos a casa, registrando los extraños canales del éter.

Acabada su vida subterránea, el gusano echa alas. Privado de la vista, del oído, del olor, del sabor, se zambulle directamente en lo desconocido. ¡Afuera! ¡Afuera! ¡A cualquier parte fuera del mundo! A Sa­turno, Neptuno, Vega – ¡no importa dónde o hacia dónde, pero afuera, fuera de la tierra! Allí, en el cie­lo azul, con petardos estallándole en el culo, el gusano ángel se vuelve chiflado. Come y bebe cabeza abajo; duerme cabeza abajo; jode cabeza abajo. A la máxima vitesse, su cuerpo es más liviano que el aire; al máximo tempo, no existe más que la espontánea combustión del sueño. Sigue volando hacia Dios, soli­tario en el azul, con ronroneantes dínamos. ¡El último vuelo! El último sueño del nacimiento antes de que pinchen la bolsa.

¿Dónde está ahora aquel que se abrió paso hacia la luz desde las interminables pesadillas? ¿Quién está sobre la superficie de la tierra con los pulmones en colapso, con un cuchillo entre los dientes y los ojos estallando? Vulcanizado por el dolor y la agonía, permanece aterrorizado en medio del rápido y corrupto flujo del mundo superior. ¡Qué glorioso es contemplar el mundo con los ojos ensangrentados! ¡Qué brillante y sangriento es el imperio del hombre! ¡EL HOMBRE! Míralo, allí está moviéndose en el cajoncito con ruedas, con las piernas amputadas y los ojos estallados. ¿No les oyes tocar? Toca la Canción de Amor, mientras rueda en su cajón. En el café, está sentado otro hombre, un hombre enfermo de amor, sólo con sus sueños y con un revólver bajo el corazón. Todos los clientes se han ido, salvo un esqueleto que lleva sombrero. El hombre está solo con su soledad. El revólver está silencioso. A su lado hay un perro y un hueso, pero al perro no le importa el hueso. El perro también está solo. El sol entra a raudales por la ventana; resplandece con espantoso brillo sobre el cráneo verde del abandonado. El sol se pudre con un espantoso brillo.

¡Qué hermoso es el otoño de la vida con el sol pudriéndose y los ángeles volando hacia el cielo con petardos bien metidos en los culos! Suave y medi­tativamente marchamos por las calles. Los gimnasios están abiertos y uno puede ver a los hombres nuevos, hechos de tubos de chimenea y cilindros, guiándose por una carta de navegar y un diagrama. Los hombres nuevos que nunca se gastan, porque las partes pueden ser recambiadas. Hombres nuevos sin ojos, sin nariz, sin oídos ni boca, hombres con cojinetes de bolas en las articulaciones y patines en los pies. Hombres inmunes a las revueltas y a las revoluciones. ¡Qué alegres y atestadas están las calles! En la puerta de un sótano está Jack el destripador blandiendo un hacha; el cura sube al cadalso y una erección le estalla la bragueta: los notarios pasan con sus abultados portafolios; las bocinas suenan a toda marcha. Los hombres deliran en su nueva libertad encontrada. Una perpetua sesión espiritista con megáfonos y cintas de télex, hombres sin brazos dictando a cilindros de cera; fábricas trabajando día y noche, produciendo más embutidos, más roscas de pan, más botones, más bayonetas, más carbón de coc, más láudano, más hachas afiladas, más pistolas automáticas.

No puedo pensar en otro día más hermoso que éste, con el siglo XX en plena flor, con el sol pu­driéndose y un hombre en un cajoncito con ruedas, tocando la Canción de Amor en su flautín. Este día resplandece en mi corazón con un brillo tan espantoso, que aunque yo fuera el hombre más triste del mundo, no me gustaría dejar la tierra.

¡Qué magnífica eyaculación este último vuelo hacia el cielo desde la sagrada ciudadela! Mirando hacia abajo, la tierra vuelve a aparecer dulce y encantadora. La tierra desnuda de hombres. Esta tierra sin hombres es inenarrablemente dulce y encantadora. La madre de todo lo viviente vuelve a girar de nuevo con gracia y dignidad, liberada de los cazadores de Dios, liberada de su putesca progenie. La tierra no reconoce ningún Dios, ninguna caridad, ningún amor. La tierra es el útero que crea y destruye. Y el hombre no es de la tierra, sino de Dios. Dejémosle entonces que vaya hacia Dios, desnudo, destrozado, corrompido, dividido, más solo que el más profundo abismo.

Todavía hoy, algo de Progreso e Invención me acompañan mientras marcho hacia la cumbre de la montaña. Mañana caerán todas las ciudades del mundo. Mañana, todos los seres civilizados de la tierra morirán por culpa del veneno y el acero. Pero hoy todavía puedes bañarme con las maravillosas líricas amorosas de Dios. Todavía oyes música de cámara, sueño, alucinación. ¡Los últimos cinco minutos! Un sueño, una fuga sin coda. Cada nota se pudre como la carne muerta colgada de los ganchos. Una gangrena en la que se ahoga la melodía, por su propio hedor supurante. Cuando el organismo siente la muerte cercana, se estremece con arrobamiento. Una aceleración que culmina en una agonía triunfal –la agonía del último estertor, donde la comida y el sexo se unen–. ¡El remolino! ¡Y que se lleve consigo todo lo que arrastra! El ignorante y bárbaro salvaje que empezó en la circunferencia persiguiendo su cola, se acerca cada vez más hacia el centro en grandes espirales laberínticas, llegando ahora al mismo centro, donde gira en el pivote de sí mismo con una incandescencia que lanza un enceguecedor torrente de luz, a través de todas las alcantarillas del alma: el profanador y ladrón de almas, gira allí loco e insaciable, en una lujuriosa furia centrífuga, hasta que sale chisporroteando por el agujero que tiene en el centro; desciende como una bolsa de gas –bóveda, sótano, costillas, piel, sangre, tejidos, mente, y corazón todo consumido, devorado, borrado en la aniquilación final.

Esta es la ciudad y ésta es la música. De las negras cajitas surge un interminable río de romance donde lloran los cocodrilos. Todos caminan hacia la cumbre de la montaña. Todos van al paso. Desde la estación eléctrica de arriba, Dios inunda la calle de música. Es Dios quien pone la música todas las tardes, justo cuando salimos del trabajo. A algunos nos da una corteza de pan, a otros un Rolls Royce. Todos vamos hacia las Salidas y el pan duro está encerrado en los cubos de basura. ¿Qué es lo que mantiene nuestros pies al unísono, mientras vamos hacia la brillante cumbre de la montaña? Es la Canción de Amor que oyeron en el pesebre los tres reyes magos de Oriente. Un hombre sin piernas y con los ojos volados la tocaba en su flautín, mientras iba por la calle de la ciudad sagrada en su cajón con ruedas. Es esta Canción de Amor la que ahora se derrama desde millones de cajitas negras en el momento cronológico preciso, para que hasta nuestros hermanos morenos de las Filipinas puedan oírla. Es esta hermosa Canción de Amor la que nos da fuerza para construir los más altos edificios, para botar al agua los más grandes buques de guerra, para construir puentes sobre los ríos más anchos. Esta es la Canción que nos da coraje para matar a millones de hombres a la vez, con apretar sólo un botón. Es esta Canción la que nos proporciona energía para saquear la tierra y dejar todo diezmado.

Caminando hacia la cumbre de la montaña, estudio los rígidos contornos de vuestros edificios, que mañana se desplomarán y se desmenuzarán como humo. Estudio vuestros programas de paz, que terminarán mañana en una lluvia de balas. Estudio vuestros brillantes escaparates abarrotados de inventos que mañana serán inútiles; estudio vuestras caras gastadas por el trabajo. Vuestras plantas de los pies rotas. Vuestros estómagos caídos. Os estudio individualmente, y en el enjambre. ¡Y cómo apestáis todos! Apestáis como Dios y todo su misericordioso amor y sabiduría. ¡Dios, el devorador de hombres! ¡Dios, el tiburón que nada con sus parásitos!

No olvidemos que es Dios quien pone la radio todas las noches. Es Dios quien inunda nuestros ojos con la brillante y desbordante luz. Pronto estaremos con El, apretados en su seno, recogidos en dicha y eternidad, al mismo nivel que la Palabra, iguales ante la Ley. Esto llegará por medio del amor, un amor tan grande que, a su lado, la dínamo más poderosa es sólo como un zumbador mosquito.

Y ahora os dejo a vosotros y a vuestra sagrada ciudadela. Voy a sentarme en la cumbre de la monta­ña, a esperar otros diez mil años, mientras lucháis por alcanzar la luz. Pero deseo, sólo por esta noche, que apaguéis un poco las luces, que bajéis los altavoces. Esta noche quisiera meditar un poco en paz y silencio. Quisiera olvidar por un rato que estáis revoloteando en vuestro baratísimo panal de miel.

Mañana quizás procuréis la destrucción de vuestro mundo. Mañana quizás cantaréis en el Paraíso sobre las humeantes ruinas de vuestras ciudades del mundo. Pero esta noche yo quisiera pensar en un hombre, un solo individuo, un hombre sin nombre ni país, un hombre a quien respeto porque no tiene absolutamente nada en común con vosotros: YO MISMO. Esta noche meditaré sobre lo que yo soy.

Louveciennes-Clichy-Villa Seurat
1934-35

En Primavera negra
Traducción: Carlos Bauer y Julián Marcos.
Imagen: © Bettmann/CORBIS

27 mar. 2013

Henry Miller: Reflexiones sobre la muerte de Mishima

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No tiene excusa que escriba yo este artículo para los lectores japoneses. No soy erudito sobre Japón ni lo he visitado jamás —aunque a punto estuve, varias veces. Es verdad que mi esposa es japonesa y que he recibido a muchos japoneses en mi casa. Amigos de mi mujer han residido con nosotros durante cierto tiempo. Cuando me encuentro con un japonés, sea hombre o mujer, lo bombardeo con preguntas sobre Japón, su pueblo, sus usos, sus problemas. Añádase que soy un devoto de la cinematografía japonesa, cuyas mejores películas están muy por encima de las de cualquier otro país.

Actualmente Japón es el país que más me interesa, aparte la China. Y debo afirmar con toda humildad que el Zen me interesa más que cualquier otra visión del mundo o modo de vida.

Estoy relacionado con japoneses de todos los sectores sociales —escritores, actores, cineastas, ingenieros, arquitectos, pintores, cantantes, animadores, hombres de negocios, editores, coleccionistas de arte, etc. Todos tienen opiniones y comportamientos diferentes, como cualquier sector de europeos o americanos.

Sin embargo, como pueblo tanto como individualmente, los rodea siempre un aura de misterio, de impenetrabilidad. Hasta cierto punto los comprendo y simpatizo con ellos —con las mujeres más que con los hombres —y luego... me pierdo. Nunca estoy seguro de cuándo ocurrirá lo inesperado, lo impredecible. No por ello me siento incómodo: me intrigan, eso sí. Siempre me ha encantado lo foráneo. Me gusta que me estimulen, me sacudan, me asombren.

Por eso cuando leí acerca de la dramática desaparición de Mishima me invadieron sentimientos opuestos. Pensé inmediatamente en sus contradicciones y, al mismo tiempo, me dije: ¡Qué japonés es todo esto! Quizá me haya familiarizado —sin jamás perder la sorpresa, el choque y el encanto —con la mezcla japonesa de crueldad y ternura, de violencia y sosiego, de belleza y fealdad, por las películas japonesas. Los japoneses no son los únicos en ser así. Pero, a mi modo de ver, en ellos la ambigüedad es mucho más abrupta y acerba. Hasta cierto punto eso explica su consumado oficio en todas las artes, la poesía, el teatro, la pintura. Lo estético siempre está perfectamente ensamblado con lo emotivo. Lo horroroso puede ser también bello: lo monstruoso y lo bello no están en conflicto, se complementan como colores primarios hábilmente yuxtapuestos. Una mujer con el corazón destrozado, me refiero a una japonesa, una mujer en la desesperación de la derrota total, es capaz de mostrar la sonrisa de un ángel misericordioso. En las películas de antiguos Samurai hay personajes, generalmente Señores, que se han dedicado por entero a la espada; sin embargo son capaces de demostrar la absoluta futilidad de la violencia.

La juventud, la belleza, la muerte —son los temas que impregnan la obra de Mishima. Sus obsesiones, podríamos decir. Típicas, se diría, de los poetas occidentales, al menos de los románticos. Por esta trinidad Mishima se crucifica a sí mismo, no menos mártir que los cristianos primitivos.

¡Era un fanático! Es la primera acusación, y la más fácil, que le hace un occidental. Pero hay fanáticos y fanáticos. En opinión del mundo indudablemente Hitler lo era. Pero también lo fue san Pablo. Estoy convencido de tener yo mismo una fibra fanática: me daría miedo asumir los poderes de un dictador. A veces, fingiendo disponer de poderes totales, fingiéndome Dios, me digo a mí mismo: “¿Qué harías para cambiar el mundo a tu guisa?” Y me paralizo. Instantáneamente me doy cuenta de que no haría nada, de que un trabajo de reparación no tiene la mínima relación con un acto de creación.

No, no estoy explicando el suicidio de Mishima como resultado de su fanatismo. Si realmente tenía esa determinación, o esa obsesión, ¿a qué dedicó o en qué empleó su vida? ¿En cultivar un hermoso cuerpo, en su arte, en la restauración del espíritu de los Samurai? En todo ello, pero en primer lugar y por encima de todo, en su país, Japón. Fue un patriota en el más estricto sentido de la palabra. No sólo amó a su país: estaba listo para a sacrificarlo todo por salvarlo.

Se dice que preparó su muerte sensacional con meses de antelación. Había por cierto vivido años pensando en la muerte, la muerte por su propia mano. Se dice también que quería morir en la flor de la edad, en el apogeo de su belleza, de su fuerza física y de su carrera. No quería una muerte de perro, como muchos compatriotas suyos. ¿Y por qué no elegir el momento y la manera de su propia muerte? ¿Acaso los antiguos no recurrían al suicidio, ahítos de los placeres y tristezas de la vida? (Sin embargo, ¡qué diferente, la manera romana de abrirse las venas en un baño caliente! Nada había de dramático, de sensacional en ese espectáculo. Era como si sencillamente se facilitaran salir de este mundo.)

Afortunadamente para Mishima, fue capaz de amalgamar sus ideas sobre cómo quitarse la vida con la de, con ello, ser útil a su país. El artista que llevaba dentro fue sin duda quien decidió cómo hacer el mejor uso de la muerte. Por muy horrible que nos parezca su muerte, tanto a nosotros como a sus compatriotas, no se puede negar que tuvo un toque de nobleza. Nadie dirá que fue obra de un loco, ni siquiera de un momento de locura. Por espantosa que haya sido, no nos afectó como el suicidio de Hemingway, por ejemplo —que se puso una escopeta en la boca y se hizo saltar los sesos.

Y a propósito de Hemingway, qué curioso que Mishima, deliberadamente tan sumergido en la cultura occidental y el pensamiento occidental, haya sin embargo muerto no sólo según el estilo japonés tradicional sino para preservar las tradiciones peculiares del Japón. No lo veo meramente preocupado por restaurar la monarquía, ni siquiera por reconstruir un ejército japonés, sino más bien por despertar al pueblo japonés a la belleza y eficacia de su propio modo de vida tradicional. ¿Quién, mejor que él en Japón, para presentir los peligros que amenazan a un Japón que sigue las pautas de nuestras ideas occidentales? Todos, fascistas, comunistas o demócratas, conocemos el veneno que contienen nuestras raquíticas ideas de progreso, eficiencia, seguridad, etc. El precio de estos supuestos progresos cacareados por Occidente es demasiado alto: la muerte, no las pequeñas muertes sino la muerte al por mayor. La muerte del individuo, la muerte del colectivo, la muerte del planeta entero —eso esconden las halagüeñas palabras de los paladines del progreso.

La tradición, para los americanos, es palabra de poco peso. No tenemos más tradición que la de los pioneros. Ya no hay fronteras; nuestro mundo se empequeñece día a día. Sólo hay lugar para quien tiene mente de pionero —no me refiero a los astronautas. Los verdaderos pioneros son iconoclastas; ellos conservan la tradición, no quienes luchan por conservarla y nos asfixian. La tradición sólo se expresa por el espíritu de coraje y desafío, no por la observancia y preservación superficial de las costumbres. Es en este sentido que Mishima intentó restaurar los usos de sus ancestros. Quiso restaurar la dignidad, el respeto de sí, la verdadera fraternidad, la autoconfianza, el amor por la naturaleza —y no la eficiencia—, el amor por el país —y no el chauvinismo—, el Emperador como guía en contraposición al rebaño que sigue, obediente, ideologías cambiantes cuyo valor lo deciden los teóricos de la política.

Sé que parezco querer blanquear a Mishima (conozco todo de lo que se lo acusa). Pero mi intención no es blanquearlo ni condenarlo. No soy su juez. Su muerte, en su forma y fondo, me incitó a cuestionar algunos de mis propios valores, a hacer un examen de conciencia. Cuando pongo en duda las ideas de Mishima, sus motivos, su modo de vivir o lo que sea, pongo en duda también los míos. Siento que es hora de que el mundo cuestione los valores, las creencias, las verdades que sostiene. Más que nunca necesitamos preguntamos —todos, santos y pecadores, pordioseros, legisladores, militares—¿a dónde vamos? ¿Podemos parar? ¿Podemos dar media vuelta? ¿Podemos creer en nosotros mismos? ¿O ya es demasiado tarde?

Uno de mis primeros héroes fue Aguinaldo, el rebelde filipino que hizo frente durante años a las fuerzas americanas después de la rendición de España. Como Ho Chi Minh, Aguinaldo era un verdadero líder de su pueblo. Otro héroe fue para mí John Brown, conocido por haberse apoderado con su banda de rebeldes, en 1859, del arsenal de Harper's Ferry, en Virginia. Después fue capturado, juzgado y ahorcado. Brown se jactaba de que con sólo cien hombres como él habría derrotado al ejército americano, y me inclino a creerle. No diría que Aguinaldo haya sido un fanático, pero John Brown lo fue, sin duda. Logró maravillas con sus hazañas, temerarias, fantásticas, para liberar a los esclavos. Tanto Aguinaldo como John Brown habían dedicado sus vidas a una gran causa, y aunque su triunfo nunca fue obvio, moral o espiritualmente sí lo fue. Tengo entendido que el pequeño ejército de Mishima ya se ha desbandado, pero el gesto dramático de Mishima, su desafío a los poderes fácticos, puede todavía damos sorpresas. "El final no ha llegado.”

Mishima era demasiado inteligente, demasiado intelectual, demasiado sensible, demasiado estético, demasiado narcisista, demasiado artista para organizar no más que un simulacro de ejército, un ejército simbólico. No lo concibo retirado a las plazas fuertes de la montaña para embarcarse en una larga guerra de guerrillas contra las fuerzas armadas de su país. Su preocupación no era la de una pronta victoria sobre las fuerzas contrarias sino la de despertar a sus compatriotas a los peligros en acecho. Mishima era un extraordinario individualista pero también un hombre de razón, de discernimiento, con una idea clara de las limitaciones humanas. Conocía el poder y la magia de la palabra, como conocía el poder dramático y simbólico del acto. Creía en sí mismo, en sus propios poderes, pero no al punto de intentar lo imposible.

El aspecto más flojo de su intento de recomponer el ejército japonés fue, a mi juicio, el no haber comprendido que el poder corrompe, que Japón, exento de poderío militar, logró lo que muy pocos países han logrado aun con ese poderío. Como Alemania, Japón ha prosperado en la derrota. Parece raro, casi increíble, y sin embargo es muy simple. La derrota militar no sólo devolvió la razón al pueblo japonés sino que, mediante una paz impuesta, le permitió conseguir lo que sus conquistadores no consiguieron. Hablaré sólo de América. ¡Mirad esta nación supuestamente poderosa! ¿No os da la impresión de estar enferma, sumida en el caos y la locura? Libra una guerra insensata contra una pequeña nación a miles de millas de distancia —¿para qué? ¿Para preservar la independencia de una parte de esa nación, un pueblo con el que no tiene vínculos ni parentesco? ¿Para proteger “nuestros intereses” en Asia? ¿Para no perder la cara? ¿Para salvaguardar el mundo para la democracia? Mientras tanto, independientemente del motivo, nuestro propio país se desmorona: ciudades y estados están al borde de la quiebra, cunde el disenso, faltan fondos para la educación, millones viven al borde del hambre, el racismo está desatado, el alcohol y las drogas minan las vidas de jóvenes y viejos, el crimen va en aumento, disminuye el respeto de las leyes y el orden, la polución de nuestros recursos naturales raya niveles de miedo y no se ve un líder en el horizonte... Se podría seguir enumerando los males que nos aquejan. Y sin embargo vamos por el mundo jactándonos de que nuestro modo de vida es el mejor, nuestra democracia un regalo para el mundo, etc. ¡Qué estúpido, qué absurdo, qué arrogante!

No, por mucho que los japoneses tengan derecho a su propio ejército, a su marina, a sus armas nucleares, a sus propias bombas, al entero arsenal de la destrucción, como cualquier otra nación, mi ferviente deseo es que no sucumban a esta tentación. No quiera Dios que los militares se hagan cargo, que otra vez lleven al pueblo japonés al matadero. Si tiene que haber un ejército, ¿por qué no un ejército de emisarios de paz, un ejército de hombres y mujeres fuertes y determinados que rechacen la guerra, que no teman vivir sin defensa, abiertos y vulnerables? ¿Por qué no un ejército que crea en el poderío de la vida, no de la muerte? ¿No podría haber otro tipo de héroe en lugar de estos mártires obedientes que matan y mueren por la nación, por el honor, por esta o aquella ideología o por ninguna razón? El Japón está en una encrucijada. Pronto será la segunda o tercera potencia mundial. ¿Podrá seguir creciendo, dominando los mercados mundiales, superando la producción de sus competidores sin el respaldo de un formidable ejército? ¿Puede conquistar el mundo por vías pacíficas? Es lo que pregunto. No hay precedentes. Pero es posible.

En alguna parte he leído la frase acerca de Mishima: “una explosión pirotécnica: la muerte En contraste con esto, existe otra clase de explosión: Satori. Entre ambas la diferencia es de la noche al día, como entre la ignorancia y la lucidez, entre el dormir y el estar despierto. Pese a lo que Mishima sostenía de la muerte, pese a que desde los dieciocho años cultivó el anhelo romántico de la autoeliminación, Mishima también creía en el estar vivo y despierto en cada uno de sus poros y de sus células. Ser perfectamente consciente, despertar del sueño profundo en el que estamos sumidos, ése era el propósito de los antiguos gnósticos —y de los maestros Zen. “Faites mourir la mort".

Hoy se acepta como si tal cosa que el matar —individualmente o en masa —esté al orden del día. El horror ante la guerra parece haberse disipado; se la da como inevitable. La expresión "guerra fría” lo resume. ¿Qué pretende la gente que piensa así? ¿La victoria? ¿Qué victoria? Si el matar está al orden del día, ¿quiénes son los matarifes más excelsos: los que matan menos (y vencen) o los que matan más? ¿Hay que aniquilar al enemigo, derrotarlo y humillarlo, o sencillamente ponerlo fuera de combate? ¿Y cómo debemos considerar al líder que da la orden de apretar el botón de una bomba que no perdona a viejos ni a jóvenes, a tullidos ni a locos, a los animales ni a las cosechas ni a la tierra misma? ¿Será un héroe, un salvador, un monstruo, un demente o un idiota? ¿Hace falta, con todo nuestro progreso tecnológico, matar a inocentes y culpables? Y si el enemigo de hoy ha de ser el aliado de mañana, ¿qué sentido tiene barrer con él? O, si solamente es derrotado, puesto de rodillas, ¿por qué el vencedor lo vuelve a poner en pie a expensas de sí mismo? Todos conocemos la respuesta a este acertijo. Tenemos que mantener vivos a los demás para mantener vivos a los nuestros. Negocios. Éste es el emblema heráldico del mundo moderno. No tiene la menor lógica. Es una forma de demencia, la demencia de la civilización.

Mirándolo de otra manera, ¿no es el guerrero cosa del pasado, tan inútil y ridículo como el pájaro dodo? Cuando Mishima, en Sol y acero, dice que "el objetivo de mi vida fue conseguir todos los atributos del guerrero”, ¿hablaba de "decoración”? Sabemos que admiraba el espíritu del Samurai y el culto de la espada pero, ¿de qué sirven espadas y espíritus de caballería cuando existe un arma como la bomba? Ya no estamos en la era en que Ricardo Corazón de León, admirador de su adversario, invitaba a Saladino a hacerse miembro de su propia Orden. Además, ya que hablamos de las escuelas de espada del tiempo de los Samurai, ¿qué hay de la Escuela Sin Espada? ¿La ignoraba Mishima? El mismo Samurai, entrenado para matar, viviendo sólo para matar, había comprendido que la mejor demostración de su habilidad estaba en vivir evitando tener que defenderse con la espada. Veo en esta actitud la manifestación del uso inteligente de la fuerza y de la habilidad, en contraposición al uso heroico de vencer por la muerte. ¿Quién quiere vencer, en definitiva? Sólo la gente estúpida, artera, malvada. Lo que realmente queremos todos es mantenemos vivos lo más posible, conservando toda nuestra lucidez y nuestro apetito por la vida. No nos han creado héroes, poetas, legisladores, militares, eruditos ni jueces; nos hemos inventado nosotros estas divisiones con nuestro modo de mirar las cosas, nuestra complicada manera de vivir. El hombre primitivo, que vivió miles de veces más que nosotros, no tenía necesidad de estas diversificaciones. Como tampoco la tienen los más sabios de nosotros. Son gente ejemplar pero jamás asumen el liderazgo de un pueblo. No intentan cambiar el mundo: cambian mundos, como san Francisco, que instaba en ese sentido a sus discípulos demasiado fervorosos. Es decir, cambian su perspectiva y con ello aceptan el mundo, lo que significa comprenderlo, apiadarse del prójimo, convertirse en su hermano y no en su rival ni su competidor —y menos que nada en su juez.

Me pregunto si Mishima realmente pensaba cambiar el comportamiento de sus compatriotas. ¿Llegó a contemplar seriamente un cambio fundamental, una genuina emancipación? No cuestiono la sabiduría o la futilidad de su dramática llamada a la daga y la espada. Con su notable inteligencia, ¿cómo no se percató de la imposibilidad de cambiar la mentalidad de las masas? Nadie lo ha logrado. Ni Alejandro Magno, ni Napoleón, ni Buda, ni Jesús, ni Sócrates, ni Marción, ni ningún otro, que yo sepa. La gran masa de la humanidad dormita, ha dormitado a lo largo de la historia y probablemente seguirá dormitando cuando la bomba atómica se cobre su última víctima. (¿Hace falta esperar final tan dramático? ¿No nos estaremos matando rápidamente de mil maneras, perfectamente conscientes del ya visible final?) No, uno puede mover a las masas como troncos, como piezas de ajedrez, fustigarlos hasta el frenesí, ordenarles matar sin cuartel —especialmente en nombre de la justicia. Pero no hay modo de despertarlas, incitarlas a vivir inteligente, pacífica, bellamente. Siempre hay y habrá "los vivos y los muertos”. Y ya Jesús dijo: "Dejad que los muertos entierren a los muertos".

Lo que se interpuso en el camino de Mishima, creo, fue su total falta de humor. Esta seriedad radical es un rasgo muy japonés. Sólo hallo un auténtico sentido del humor en los maestros Zen. Es un tipo de humor ajeno al humor occidental. Si lo entendiéramos, si verdaderamente lo apreciáramos, nuestro mundo se derrumbaría. Lo importante es que esta falta de humor lleva a la rigidez. Aun en el cultivo de su propio cuerpo, cosa que hacía a las mil maravillas, Mishima fue tan sumamente serio que lo convirtió en un fin en sí mismo. También en América tenemos culturistas, hombres-músculo. Se contonean en las playas como pavos reales. Cultivan sus cuerpos para lograr hazañas extraordinarias. A veces parecen capaces de mover montañas. Pero, ¿las mueven? ¿Cuál es la finalidad de tanta musculatura, de esta fuerza hercúlea, esta perfección divina? ¿Mirarse en el espejo satisfechos y orgullosos? ¿No hay algo afeminado, algo ridículo en este culto del cuerpo? Recuerdo de chico haber leído acerca del puñado de espartanos que defendieron hasta el último hombre el paso de las Termópilas. Mi libro de historia traía ilustraciones de los espartanos peinándose y trenzándose los largos cabellos antes de la batalla. Eran bellos y afeminados, por muy héroes que fueran. El libro hablaba del sentimiento de hermandad que los vinculaba. Yo ignoraba el significado de la palabra hermandad. Era una hermandad de otro tipo, no obstante, que el de la homosexualidad del atleta moderno y su entorno. Era una forma mucho más amplia y profunda del amor entre hombre y hombre; se practicaba abierta y comunitariamente, como muchísimo más tarde fue el caso frecuente de los grupos religiosos hermana / hermano, que florecieron en Europa y América. Eran sin dudas así los antiguos Samurai. La sodomía en los ejércitos modernos, no hace falta decirlo, es completamente distinta. Aquí no quedan rastros del "esplendor melancólico”.

Si algo hubo de heroico entre los Samurai, los espartanos y hasta los kamikazes, hoy se lo han arrogado hombres de otros órdenes, no del militar. El mundo tiene cada vez menos interés en misiones de vida o muerte. La conquista de la luna, por ejemplo, fue una misión que pidió la inteligencia y la cooperación de cientos de individuos, aparte de quienes realmente alunizaron. Antes que nada fue una hazaña de la ingeniería, un triunfo de la tecnología. No lo digo en menoscabo del valor de los astronautas, pero, como se ha dicho repetidamente, éstos fueron gente extremadamente "normal. No eran del tipo heroico. Siguieron instrucciones, hazaña de por sí difícil en este caso. No se les pidió morir en las barricadas, ni cargar como la Brigada Ligera, ni cometer suicidio voluntario como los pilotos kamikaze. La probabilidad de éxito era casi del cien por ciento. Y sus logros, el tiempo lo confirmará, tal vez resulten más importantes para la humanidad que los heroicos sacrificios de todos los héroes y mártires que murieron en aras a sus creencias.

Pero volvamos al sentido del humor. O a su ausencia. Ya lo dije, no he leído todo Mishima, lejos de ello. Pero en lo que he leído no he detectado el mínimo sentido del humor. Por alguna extraña razón soy incapaz de comparar a Mishima con Charles Dickens, tan admirado por Dostoievski, que era su polo opuesto. ¡Qué revelación leer el libro de Chesterton sobre Dickens, hace pocos años, y descubrir la enorme dosis de humor y sentimientos que hay en su obra! Ningún escritor mejor que Chesterton para apreciar el humor de Dickens. He aquí un pasaje del final del primer capítulo de esa obra:

El feroz poeta de la Edad Media escribió: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis", sobre el portal del infierno. Los poetas emancipados de hoy lo han escrito sobre los portales de este mundo. Pero para comprender la historia que sigue debemos borrar esa línea apocalíptica, aunque sea por una hora. Debemos recrear la fe de nuestros padres, aunque sólo sea como telón de fondo. Si sois pesimistas, pues, apartad por un momento, para leer esta historia, los placeres del pesimismo. Soñad, por un breve instante de locura, con que la hierba es verde. Olvidad la enseñanza que tan clara os parece, negad esos conocimientos letales que creéis poseer. Deponed la flor misma de vuestra cultura; abandonad la joya misma de vuestro orgullo; abandonad la desesperanza, quienes aquí entráis.

¡Qué estilo tan Zen tiene esta llamada de Chesterton! En unas pocas líneas demuele los puntales de nuestra paupérrima visión del mundo. Regresemos a la humanidad. A la humanidad rasa. Descartemos nuestras gafas, microscopios y telescopios, nuestras diferencias nacionales y religiosas, nuestra sed de poder, nuestras ambiciones insensatas. A gatas ¡y a enseñar el alfabeto a las hormigas! —si somos capaces. Cuestionemos todo, pero no perdamos el sentido del humor. La vida no es un asunto sumamente serio, es una tragicomedia. Somos a la vez el actor y la obra. Somos todo lo que hay. Ni más ni menos. Es lo que leo yo en sus palabras.

Si lo que se quiere es alterar o mover el mundo, qué mejor manera que alzar el espejo para que nos veamos como somos, que nos riamos de nosotros y de nuestros problemas. Más eficaz que la espada del Samurai o la corta daga del seppu —ku es el humor de Swift, que no paraba ante nada para lograr su objetivo. El hombre capaz de hacer reír a Hitler podría haber salvado millones de vidas. Lo afirmo. Los que quieren hacer el bien, sean santos o monstruos, crean más mal que bien. Louis Armstrong es un rey, Billy Graham sólo un predicador más.

Sé lo difícil que es conservar el sentido del humor en un mundo que fabrica bombas atómicas como verduras. Pero si tuviéramos un sentido del humor más sólido quizá no habría que recurrir a ese doloroso experimento de autodefensa por mutua extinción. Cuando, dice la leyenda, Alejandro Magno ordenó comparecer ante él a cierto sabio indio so pena de muerte, el sabio largó la carcajada. "¿Matarme a mí?", exclamó. “Yo soy indestructible." ¡Que maravilloso sentido del humor! Un despliegue, más que de coraje, de certidumbre. Y una confianza serena, suprema, en el poder de la vida sobre la muerte.

¿Habrá sido su extremada seriedad lo que llevó a Mishima a sentir que había agotado su poderío, a los cuarenta y cinco años, una edad a la que muchos escritores comienzan apenas a caminar? ¡Qué desgracia agotar las propias energías antes de haber empezado de veras! Un famoso escritor, Duhamel, una vez escribió acerca de América: “Pourri avant d’être mûri". Un fruto que se pudre antes de madurar. Pensad en Hokusai, en cambio, en Ticiano, en Miguel Ángel, en Picasso y en ese aparentemente indestructible Pablo Casals. En los últimos años numerosos escritores japoneses me dieron la desagradable impresión de oficiar de esclavos para ganarse la vida o para mantener su reputación. Cualquier sentido lúdico que hayan tenido en el pasado, hoy parece perdido, abandonado. Tengo además la impresión de que los miembros de la entera clase obrera japonesa trabajan como hormigas, se matan en esta loca carrera que se llama ganarse la vida. Como los alemanes, su contrapartida, parecen vivir para trabajar. Y de vivir como esclavos a morir como moscas en el campo de batalla sólo hay un paso, desde luego inevitable. Es cosa de preguntarse: si un día los trabajadores del mundo se unieran, ¿cuál sería el resultado? ¿La Utopía o el suicidio en masa? El mundo deportivo, campo en el que los japoneses descuellan, no es una expresión del instinto lúdico sino, como el mundo industrial, la expresión de la competencia, del récord, del lenocinio de la chusma, del lucro. Los viejos sabios chinos que se divertían remontando cometas lo tenían claro, vivían más, se reían más fuerte y más a menudo. Quizá no tuvieran músculos para matar una mosca, pero no terminaban mutilados ni chalados, ni les importaba que se los recordase por sus hazañas después de muertos.

El sacudón que experimenté al enterarme del fin dramático y truculento de Mishima estuvo acentuado por el recuerdo de un extraño episodio que viví en París hace treinta y cinco años. Lo recordé haciendo antesala en la consulta de mi médico, cuando cogí un número de Life (creo) en donde mostraban las cabezas decapitadas de Mishima y su amigo, en el suelo. Dos cosas me impresionaron de inmediato: uno, que las cabezas no yacían de lado sino "de pie"; dos, que una de las cabezas exhibía un inquietante parecido con la mía propia, que una vez vi en el suelo hecha pedazos. Real o imaginario, el parecido daba miedo.

Siempre imaginé que si se cortaba una cabeza ésta rebotaría y rodaría por el suelo —pero nunca terminaría "en pie". Hace años había leído el libro Tres geishas en donde se narraba una historia, supuestamente verdadera, titulada “Tsumakichi, la belleza sin brazos". Es una historia que conocen todos los japoneses. En ella, el patrón de la escuela de geishas vuelve una noche del teatro fuera de sí y, cogiendo una enorme espada, cercena las cabezas de las bellas durmientes. Tsumakichi, que duerme en la planta baja, se despierta por el ruido de las cabezas que ruedan como bolas de bowling. Abre los ojos y aterrorizada ve a su jefe de pie junto a ella, blandiendo la espada destellante. Antes de lograr moverse, éste le corta ambos brazos y le desfigura la cara. Sobrevive por milagro y llega a ser una de las geishas más famosas de la historia.

***

En cuanto al parecido entre las dos cabezas... Alrededor de 1936, en el estudio de un amigo en Villa Seurat, en París, una joven yugoslava, Radmila Djoukic, quiso hacer una escultura de mi cabeza. El día en que acabó —la arcilla todavía estaba húmeda—, un joven estudiante chino estaba discutiendo de literatura inglesa conmigo. Él había mencionado el nombre de Shakespeare una o dos veces, lo que me llevó a preguntarle si había leído Hamlet. Repitió este título con cierta duda y luego exclamó: "Ah sí, ya recuerdo... quiere usted decir la novela de Jack London". Mi sorpresa fue tan grande que lancé los brazos al aire y sin querer le di a la cabeza de arcilla, que estaba sobre el taburete de la artista. Para mi desmayo se hizo añicos —y ni todos los caballos del rey ni todos los hombres del rey lograron reparar al pobre Humpty Dumpty... Por suerte el día anterior la cabeza había sido fotografiada. Esta foto sirvió para la sobrecubierta de mi libro Un domingo después de la guerra. Desde entonces la cabeza, que me parecía un muy buen retrato mío, me obsesiona. Podéis imaginar mi horrorizada sorpresa cuando la vi "de pie” en el suelo en compañía de la de un desconocido.

Fue una impresión fugaz que nunca me abandonó. Desde el aquel reconocimiento hasta mi encuentro con Mishima en el más allá, mediaba un paso. Es aquí donde interrumpo mi narración para comenzar un diálogo con Mishima en el limbo. Habiendo mi muerte seguido de cerca a la de Mishima, es como si nuestros cuerpos todavía estuviesen calientes, vivos en todo sentido. Me sucede a veces que, durmiendo, continúe mi diálogo con Mishima y que abordemos temas que habríamos discutido si nos hubiéramos encontrado en vida.

Algunos de estos temas post-mortem los trató él en su libro Confesiones de una máscara. "¿Puede existir un amor”, se pregunta, "que no tenga nada que ver con el deseo sexual? ¿No sería un absurdo claro y obvio?” Antes de contestar quiero citar otras palabras del mismo libro. “Para mí, Sonoko [la joven de quien estaba enamorado] parecía ser la encamación de mi amor por la normalidad misma, mi amor por las cosas del espíritu, de las cosas eternas.” Espero no olvidar nunca estas palabras cuando piense en Mishima y su destino cruel.

Entonces, ¿es posible el amor exento de deseo sexual? Permitidme agregar otra pregunta frecuentemente discutida: ¿es posible seguir amando a alguien cuando ya no hay respuesta? Estas dos preguntas se ensamblan. Piden la misma solución aparentemente imposible. Sólo los monstruos o los seres sobrenaturales serían capaces de contestar semejantes acertijos. Llamo monstruos específicamente a los religiosos devotos que no sólo son capaces de vivir, por así decir, como los dioses sino que precisamente con este tipo de problemas fortalecen su espíritu, su valentía, su fe.

En el territorio del amor todo es posible. Para el amante devoto nada es imposible. Para él o para ella lo importante es... amar. Gentes así no se enamoran, simplemente aman. No piden poseer sino ser poseídos, poseídos por el amor. Cuando, como sucede a veces, este amor se torna universal y engloba al hombre, el animal, la piedra, incluso los gusanos, uno se pregunta si el amor no será algo que nosotros, los mortales, conocemos apenas.

El amor de Mishima por la juventud, la belleza, la muerte, también parece entrar en una categoría particular. No tiene relación con el amor que acabo de describir. Exagerado, como en su caso, es extremadamente raro. Y está teñido de narcisismo. Basta abrir uno cualquiera de sus libros para conocer inmediatamente las pautas de su vida y de su inevitable destino. Como un músico, repite una y otra vez el triple tema: la juventud, la belleza, la muerte. Da la impresión de ser un exiliado en la tierra. Obsesionado por el amor de lo espiritual, por las cosas eternas, ¿cómo no iba a ser un exiliado entre nosotros?

¿Quién puede aliviar al exiliado solitario? Sólo el gran “Consolador” —interpretadlo como queráis. Pero en la vida de Mishima aparentemente nunca hubo un gran "Consolador”. No era un hombre de fe sino un hombre de principios. Era un estoico en la edad no del hedonismo sino del materialismo crudo. Le repugnaba la manera con que sus compatriotas parecían revolcarse en su recién conseguida libertad. Como los occidentales a quienes emulaban, su modo de ver la vida se había rebajado al nivel de los sapos. Las visiones apolínea y dionisíaca de la vida: cosas idas. El dinero, la comodidad, la seguridad: he aquí los nuevos objetivos. ¿Era extirpable el cáncer de la vida moderna? Él pensaba que sí. ¿Lo pensó realmente? ¿Cómo injertar el antiguo espíritu, las virtudes salvadoras de nuestros ancestros, en el patrimonio genético desgastado y degenerado del hombre moderno? Este supuesto hombre moderno evidentemente todavía no ha nacido. El hombre de hoy no es sino la sombra del hombre moderno por venir. No puede avanzar ni retroceder; está atascado en el pantano creado por su propia visión miope de la vida. No se siente en casa consigo mismo ni en el mundo que intenta dominar. Tiene el instinto social atrofiado, vive aislado, fragmentado, atomizado, desolado.

Por encima de todo, para el hombre de hoy la vida no parece tener sentido. Se dice a menudo que el fenómeno primigenio, el estado de ánimo primero, es el de la maravilla. También esto, evidentemente, lo ha perdido. Tratamos de explicar el universo con teorías científicas, pero somos incapaces de explicar los fenómenos más sencillos. Pasamos por alto el hecho de que el significado nace sólo cuando descubrimos que la creación no tiene propósito. Confundimos el orden y la taxonomía con la explicación. No toleramos la idea de desorden o caos, y sin embargo admitirlo sería esencial. Y también que el sinsentido total es necesario. Sólo el genio parece capaz de comprender y apreciar la alegría del total sinsentido. El sinsentido es el antídoto para la monotonía y el vacío creado por nuestra incesante búsqueda del orden, nuestro orden, el antídoto para nuestros esfuerzos compulsivos por hallar significado y propósito donde no los hay.

Muchas veces me pregunto, cuando me cruzo con los nombres de los famosos de la historia europea citados por Mishima, quiénes eran sus héroes. (Recuerdo que de niño adoró a Juana de Arco, hasta que descubrió que era una mujer. También menciona a Gilíes de Rais, el esplendoroso y tan enigmático monstruo de los días de la caballería cuyo comportamiento sigue intrigándonos hasta hoy.)

Una noche, hace poco, en la cama pasé lista a los nombres de las personas que tuvieron este tipo de influencia en nuestra vida cultural. Y mientras los iba anotando los iba pareando, con el fin de plantear la pregunta siguiente (a quien le interese): debiendo escoger, ¿con cuál de los dos se quedaría? Aun como simple juego, las respuestas, me parece, pueden revelar cosas interesantes. En cualquier caso, a quien tenía en mente haciendo mi lista era a Mishima. ¿A quién habría seleccionado él, si se le hubiera obligado a responder?:

Laotsé o san Francisco de Asís
Leonardo o Pico della Mirandola
Sócrates o Montaigne
Hitler o Tamerlán
Alejandro Magno o Napoleón
Lenin o Thomas Jefferson
Voltaire o Emerson
Juana de Arco o Mary Baker Eddy
Keats o Bashó
Rimbaud o Walt Whitman
Sigmund Freud o Paracelso
Moctezuma o Hernán Cortés
Pendes o Carlomagno
Karl Marx o Gurdieff
Hokusai o Rembrandt
Ricardo Corazón de León o Saladino
Changtsú o Rabelais

Mi ignorancia, por desgracia, me ha hecho excluir muchos nombres de japoneses famosos que Mishima habría puesto en lugar de algunos de los que yo doy.

Hay muchas cosas que me habría gustado discutir con Mishima en nuestro encuentro imaginario en el Devachan. Para empezar me habría disculpado por mi grosería cuando lo conocí vivo, en Alemania, en la época en que todavía él era desconocido. (Me habría olvidado completamente de ello a no ser por la prensa alemana y japonesa que recordaron el hecho.) Habría pedido champagne y puros —champagne de sueño y puros de sueño, es claro, pero ni él ni yo nos habríamos percatado de la diferencia. Me habría esforzado por que se sintiera cómodo y bajara la guardia, por hacerlo reír, de ser posible. Hacerlo reír a carcajadas. Lograrlo habría significado, creo yo, que nuestro encuentro habría valido la pena. (¿Pero cómo lograr que riera? Eso me atormentaba.) Sí, lo habría embarcado en una conversación fantástica, sobre los ángeles —budistas o no—, sobre las finuras del lenguaje, sobre los absurdos de la metafísica, sobre el Zen en la literatura europea, sobre el amor en Occidente y el amor en Oriente, sobre la fisiología del amor —es decir, el amor entre insectos, entre gérmenes y bacilos, entre átomos y moléculas—, sobre el amor celestial, el amor pervertido, el amor satánico, el amor estéril, el amor por los no nacidos, el amor eterno, y así ad infinitum. Le habría explicado que ahora, esperando renacer, tendría tiempo de leer todos sus libros y tal vez discutirlos con él, si le parecía bien. Nos habríamos metido con todo, salvo con sus problemas personales. Habríamos tenido tiempo de discutir acerca de Freud, Hegel, Marx, Blavatsky, Ouspensky, Proust, Rimbaud, Nietzsche, acerca de quien se quisiera, como se quisiera. Habríamos podido hasta afrontar el enigma del universo, tanto desde el punto de vista de Haeckel como del nuestro. Habríamos invocado las huríes y las hadas, las diosas y los superhombres, los extraterrestres y los astros, los héroes y los monstruos. "Os prometí llevaros hasta el fin del mundo”, dijo Alejandro Magno a sus soldados hastiados de la guerra. Es lo que yo habría querido brindarle. Un trip, un auténtico trip. Un trip provocado por las ideas, no por las drogas. Un trip del brazo por la Vía Láctea, escoltados por ángeles. Un viaje por la realidad, no por principios e ideas.

¡Qué divertido! Nada más que el tiempo, o la ausencia de tiempo, como equipaje. Aplazar nuestro renacimiento tanto como quisiéramos, hasta decidir el momento y el lugar de nuestra próxima reencarnación. Elegir meticulosamente nuestros padres, y también nuestras nuevas identidades. Otra vez la elección. ¿Quién le gustaría ser en la próxima encamación, un líder o un pescador? ¿Un héroe o un nadie? Por mi parte ya lo habría pensado antes de morir: sería un nadie, uno cualquiera. Hombre o mujer, indiferentemente. Una vida de los sentidos, no del intelecto. Un hombre común, no famoso. Alguien que pasa desapercibido en la multitud.

¿Somos árbitros de nuestro destino? ¡Cuánto me habría gustado conocer la elección de Mishima! Habría sido demasiado discreto como para presionarlo en esto. Tal como jamás se me ocurriría preguntarle sobre su matrimonio, o si había esperado hallar la felicidad en el amor, ya sea con un hombre, una mujer, un chimpancé o una palmera. Más que nada habría querido saber si todavía consideraba importante cambiar el mundo —este mundo o el próximo, o el mundo entre los mundos. Eso y otra cosa: ¿qué sabor tenía la muerte? ¿Era realmente la culminación de todo o dejaba espacio para la imaginación?

En El pabellón del templo dorado, mi querido Mishima, para describir un aspecto de su belleza usaste una frase que nunca olvidaré. Hablaste de "adumbraciones de la nada". Cómo suena esto en japonés nunca lo sabré, pero en inglés tenía magia. Y en otra parte, en Sol y acero creo, dijiste que estabas planeando una unión entre el arte y la vida. Me quedé pensando con qué seriedad, con qué profundidad habías sopesado esta idea. Me pregunté si nunca habías sentido la contradicción implícita en una idea tan noble. Siempre ibas empalándote en los cuernos de alguna contradicción, ¿no es cierto? Toda tu vida fue un dilema cuya única solución era la muerte. Ataste tu propio nudo gordiano y resolviste el problema cortándolo con la espada. Quizás fuera en ese mismo libro donde afirmabas que tu mente siempre estuvo acosada por el aburrimiento. Impensable. ¿No había nada que realmente pudiera satisfacerte? ¿Estás satisfecho, ahora que cumpliste, o no cumpliste, tu cometido? ¿Te has puesto cara a cara con el Absoluto? ¿Crees que puede haber “un héroe de la iluminación"? ¿O crees que la iluminación es un mito inventado por algún monje?

Sí, mi querido Mishima, hay mil preguntas que me habría gustado plantearte, no por creer que pudieras responderlas hoy, cuando es demasiado tarde, sino porque me intriga cómo funciona tu mente. Trabajaste tanto, tan duramente, toda tu vida, ¿para qué? ¿No podrías darnos otro libro, desde el más allá, acerca de la futilidad del trabajo? Tus compatriotas lo necesitan —trabajan como abejas o como hormigas. Pero, ¿están gozando de los frutos de su labor, como era la intención del Creador? ¿Miran su trabajo y lo hallan bueno? Quisiste implantar en ellos las virtudes de sus antecesores, imagino que con la intención de conferir calidad y substancia a sus vidas. ¿Pero cómo fueron las vidas de sus antecesores, o de los míos si es por eso? ¿Estudiaste alguna vez las vidas privadas de los millones de nadies que hacen el trabajo del mundo? ¿Crees que un hombre tiene una vida más llena, más rica, por el hecho de ser noble y virtuoso? ¿Quién es juez en estos asuntos? Sócrates tenía una respuesta, Jesús otra. Y antes de ellos hubo Gautama el Buda. ¿Tenía él la respuesta? ¿O su respuesta fue el silencio?

Estoy seguro de que el silencio fue la cosa que tú supiste finalmente apreciar. Afanosamente quisiste decirlo todo, y luego hacerlo todo. Fuiste prodigioso en tus proteicas hazañas. Lo único que omitiste en tu carrera turbulenta fue el ser payaso. Escribiste sobre los ángeles pero pasaste por alto su contrapartida, el payaso. Son de la misma semilla, sólo que uno es celestial y el otro terrenal. De aquí a cien mil años, cuando hayamos conquistado el espacio —¿qué significará esto?—probablemente estaremos en contacto con los ángeles. Es decir, aquellos entre nosotros que ya no den tanta importancia al cuerpo físico, los que hayan aprendido a usar su cuerpo astral. En otras palabras, los hombres que hayan descubierto que todo es Mente, que somos lo que pensamos y que lo que tenemos es lo que realmente queremos. Aun en un día tan lejano quizás existan dos mundos —el infierno que siempre ha sido el mundo y el mundo de los espíritus libres que saben que el mundo es su propia obra. En su oración Sobre la dignidad humana, Pico della Mirándola escribió:

En medio del mundo el Creador dijo a Adán, te he colocado aquí para que puedas mirar en derredor más fácilmente y ver todo lo que hay. Te creé como un ser ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal solamente, para que puedas ser tu propio libre plasmador y domador; puedes degenerar hacia el animal, o por ti mismo renacer a una existencia divina... Sólo tú tienes el poder de desarrollarte y crecer según tu propio albedrío; en una palabra, ¡llevas las semillas de la vida omni incluyente en ti mismo!

Nuestros ancestros hicieron muchos experimentos, entre los cuales el tuyo debe parecerte también a ti insignificante. Hasta en tiempos remotos hubo gente que estuvo cinco o diez mil años por delante de sus tiempos. Y si pudiéramos remontamos lo suficiente descubriríamos sin dudas que una vez también las mujeres gobernaron el mundo, soñaron con poner fin a las desgracias y las miserias terrenales. (Es irónico que sólo el hombre primitivo haya conseguido adaptarse a su entorno y proseguir con su antiquísimo modo de vivir sin mayor dificultad.) Hay nombres y hechos, en la oscura niebla del pasado, que nosotros, que pensamos que los problemas del mundo son nuevos y agobiantes, hemos olvidado. El Tiempo lo barre todo, lo bueno tanto como lo malo. La vida continúa como un torrente sin fin, y acumula más y más escombros que, fatuos, llamamos historia. ¿Qué es la historia sino una ficción que nos arrulla y duerme o aguza nuestros temores? ¿Somos parte de la historia o la historia es parte nuestra? Dentro de cinco o diez mil años tal vez ya no haya Japón. Podría morir de inanición o sucumbir en un glorioso encuentro armado. ¿Quién sabe cuál será su fin? No podemos prever nada, ni nuestra perdición ni nuestra salvación.

Probablemente de aquí a un siglo el pequeño ejército que te creaste, por así decir tu cuerpo de élite, ya ni se recuerde. Tu nombre podrá sobrevivir, no como el de otro presunto salvador de su país sino como el de un animador, un hilador de palabras. Se te podrá recordar como un amante de la belleza cuyas palabras provocaron una leve oleada de agitación. Las palabras y los hechos viven vidas separadas. Las palabras pueden tocar el espíritu, pero sólo el espíritu responde al espíritu. En cuanto a los hechos, son sólo polvo. A nuestro alrededor yacen las ruinas de antiguos esplendores; no nos inspiran cometidos más nobles ni grandiosos.

Soy tan culpable como tú, mi querido Mishima, de intentar hacer del mundo un lugar mejor. Al menos así empecé. De alguna curiosa manera la práctica de la escritura me enseñó la futilidad de esta pretensión. Aun antes de leer las palabras sabias de san Francisco había tomado la decisión de mirar el mundo con otros ojos, aceptarlo como es y contentarme con hacer mi propio mundo. Este cambio radical no me cegó a los males que existen, ni me hizo indiferente al sufrimiento y a las desgracias que soportan los hombres. Tampoco me hizo menos crítico de las leyes, las instituciones, los códigos de comportamiento bajo los cuales seguimos viviendo. Me resulta francamente difícil imaginar un mundo más absurdo, más irreal que el que tenemos. Me parece —como decían los gnósticos —más bien un “error cósmico”, la obra de un falso Creador. Para que el mundo sea vivible tendría que ocurrir lo que Nietzsche llamó "una transvaluación de valores". Poniéndolo en términos suaves, es un mundo demente en el que, ay, los dementes andan sueltos. En una palabra, así parece cuando uno pretende salirse con la suya. Japón no es más demente ni más cuerdo que el resto del mundo. Tiene sus zombies exactamente como los tiene Haití; tiene sus señores de la guerra exactamente como los tiene Alemania; tiene sus inescrupulosos magnates industriales exactamente como los tiene América. También tiene sus genios, ni mayores ni menores que los de otras naciones. Sus problemas no son únicos, ni tampoco sus soluciones. Fue tu mundo, tu condicionador, tal como América es el mío.

Quizá me engañe, pero siento que he encontrado mi propio manicomio. También yo puedo estar loco, pero de manera diferente de la de mis compatriotas. Ya no me importa ver cómo mis compatriotas marchan hacia su propia destrucción, si es eso lo que quieren. Es su funeral, no el mío. He aprendido a vivir con los obstáculos que me ponen en el camino, pero a medida que pasa el tiempo son cada vez menos espantosos, cada vez menos inhibitorios. Uno aprende a jugar el juego —no respetando las reglas sino evitándolas. No hay más escuela que la vida misma donde se aprende este arte. Y sólo se logra una aparente maestría. Al final nos darán a todos por culo, a todos y cada uno de nosotros, también a quienes pelearon por su país y a quienes no pelearon.

Con el tiempo los cementerios dan lugar a granjas y habitaciones para los vivos. Si los muertos sólo pudieran hablar —¡no sobre el más allá sino sobre el más acá! ¡Si sólo aprendiéramos de la experiencia de los demás! Pero no aprendemos así, si es que aprendemos algo durante nuestra breve estancia aquí abajo. Todo lo que podemos aspirar a aprender es cómo vivir, pero para eso no hay profesores. Cada uno debe aprender por sí mismo o, como dicen algunos, hallar su propio Sendero y encamarse en él. La ironía del asunto está en que los errores que cometemos son tan importantes, y tal vez más importantes, que los aciertos. A la verdad por el error, a la verdad por el error —hasta que uno deja de intentarlo, lo cual es simplemente otra manera de decir que uno deja de darse la cabeza contra la pared.

Desde el instante mismo en que un soldado se va a la guerra su obsesión permanente es la paz. Quizás los generales y los almirantes sueñen con la victoria, pero no así los hombres que pelean. A juzgar por lo que leí de ti, mi querido Mishima, el tema de la paz no parece ocupar una parte apreciable de tu obra. Lo pensé cuando leí acerca de tu pequeña pandilla de soldados bien vestidos —y perdóname el toque burlón. Cada vez que veo un ejército bien entrenado que marcha a la guerra pienso en el aspecto que tendrán esos impecables uniformes, esas botas bruñidas y esos bruñidos botones después de la primera batalla. Pienso en que esos millones de brillantes uniformes están destinados, no más que como harapos mugrientos y andrajosos, a cubrir cuerpos muertos o mutilados. Es extraña esta importancia que se le da al uniforme. Como si uno hubiera alquilado su cuerpo por el tiempo que dura el uniforme. Me pregunto si cuando formaste tu pequeño ejército pensaste en el final de esos uniformes en los que tanto tiempo, esfuerzo y dinero pusiste.

Puede parecerte una afirmación sin sentido, a la vista de tus altos propósitos, pero el hombre de acción cuyo papel presumiste asumir se debe de haber dado cuenta de que cosas como el barro, la sangre, la mierda y los gusanos forman parte del juego de la guerra. Para hablar únicamente del primero y el último de los objetos mencionados, ambos tienen una importancia fundamental en toda guerra. Pero quizás el esteta y el dandy que llevabas dentro te vedaban consideraciones de esta índole.

Hoy todo el mundo “civilizado" no es sino un campo armado en donde las víctimas gritan silenciosamente: “¡Paz, paz, dadnos paz!” Y tú, mi querido Mishima, pareces haber estado curiosamente al pairo. ¿Dabas por sentado que no bien hubieras hecho tu jueguecito todo procedería sin baches? ¿O te importaban un bledo las consecuencias del rearme? ¿Te bastaba confesar el fracaso y expiarlo mediante el honroso seppuku? No puedo creer que estuvieras tan inmunizado, que fueras tan solipsista. Éste es un asunto del que, por supuesto, me habría encantado discutir contigo en el limbo. Sólo nos queda ahora la conjetura. Algunos se darán por satisfechos llamándote necio, otros fanático, otros héroe.

Hayas sido lo que sea, tu ausencia es una pérdida para el mundo. Así solemos decir cuando se nos muere un hombre genial. En realidad no hay nadie, nada, que se ajuste a ese lugar común, “una gran pérdida para el mundo". Piensa en los millones y millones asesinados sólo en las guerras, para no hablar de los terremotos, los maremotos, la peste y demás. Cuando se anuncian las bajas, suele proclamarse la pérdida de unos pocos individuos de clase. Los generales que mueren en combate reciben menciones exageradas. Pero son ellos quienes constituyen la gran pérdida para la sociedad. Ellos son los supuestos héroes cuyo deber es arriesgar la vida en el campo de batalla. No, lo que lloramos es la muerte de los artistas y de los pensadores. Es posible hacer generales y almirantes en cualquier momento, en cualquier parte, pero no individuos creadores. Habitualmente, cuando reciben atención las palabras y los hechos de los creadores es demasiado tarde; lo arreglamos agregando sus nombres a los de los muertos ilustres ya embalsamados que ocupan los panteones del mundo.

Pero, ¿qué hay de los innumerables millones que murieron o fueron mutilados o perdieron la razón? ¿No había entre ellos algunos destinados a ser más grandes aun que los ya enaltecidos? ¿No habrá habido entre ellos algunos pensadores e inventores, algunos hombres de visión fuera de lo común que, de haber vivido, habrían podido transformar el mundo? Piensa en los tremendos cambios debidos a hombres como Edison, Marconi, Einstein, para mencionar sólo a éstos. Seguro que no todos los desconocidos y olvidados que murieron en combate eran mastuerzos e idiotas. ¿Los echa de menos el mundo, los llora? El mundo no tiene tiempo para estas especulaciones. Avanti! Avanti!, grita. ¡Adelante! aunque adelante pueda significar hacia atrás. ¡Adelante! aunque signifique la destrucción universal. La vida, dicen, lo pide. Pero ya sea la vida o la muerte lo que nos empuje, el mundo se las arregla para sobrevivir. Tal vez no mi mundo ni el tuyo, sino "el mundo". Uno se pregunta a veces lo que esta extraña palabra “mundo” quiere decir.

Ahora que ya no formas parte de él, ¡descansa en paz!


Traductor: Mario Muchnik
©1971, Del Taller de Mario Muchnik
Barcelona, 1999

Publicado en japonés en The Weekly Post de Tokio, en 1971, después de la muerte de Yukio Mishima
Foto: HM en California, 1947 por Henri Cartier-Bresson/Magnum