Mostrando las entradas con la etiqueta Michon Pierre. Mostrar todas las entradas

20 sept. 2014

Descarga: Pierre Michon - Vidas minúsculas

No hay comentarios. :


Mezcla sabia e irrepetible de géneros, este libro crea la figura del biógrafo biografiado, o de una biografía hecha a base de la reconstrucción de vidas ajenas: vidas minúsculas de sus abuelos, sus compañeros de clase en la provincia francesa o el niño huérfano que, como un «Rimbaud fracasado», se va a África en busca de una fortuna quimérica. Un libro minúsculo y grandioso, convertido en todo un clásico contemporáneo de las letras francesas.

14 sept. 2014

Pierre Michon: Volvamos a la estación del Este

No hay comentarios. :




Volvamos a la estación del Este. Volvamos a esos primeros días de París en los que quizá, para Rimbaud, todo se desarrolló en tres breves actos: la inmediata reputación de poeta de mucha categoría, la conciencia aguda de la vanidad de una reputación, y su arruinamiento.
No fue Verlaine el único. Ya que es sabido que en París, en septiembre, desde los primeros días, Verlaine lo llevó a esos cafés, a esas cavernas donde, tras caer la noche, encima de mesas de mármol, humeaban el té con aguardiente y las pipas, se desbordaba la espuma de las jarras de cerveza, se desplegaban las gacetas, y detrás de las jarras y de las gacetas, a la ruin luz azul del gas, había barbas de poetas, poses de poetas, impasibilidades fingidas, bromas fingidas, y ojos de poetas que lo miraban a uno llegar de Charleville. Y tras todas esas cortinas, al fondo de esas cavernas, en Le café de Madrid, en Le Rat mort, Chez Battur, en Le Delta, en las mil dependencias anejas de la Académie d'absinthe, había algo más, que Rimbaud reconoció en el acto, antes quizá que el té con aguardiente en esta taza y el ajenjo en la de más allá; y fue, muy pegada a la piel de cada cual, cortina última, que segregaba todas las demás y de la que nacían todas las demás, las barbas, las gacetas, las jarras, algo así como una cortina de enfurruñamiento más opaca. El poeta era ese hombre múltiple enfurruñado en París.
Y todos aquellos hijos enfurruñados estaban a la espera de que llegase un padre y diese el espaldarazo a su personal enfurruñamiento, lo sacase del montón, lo sentase a su diestra en un trono invisible; todos querían hurtarse a la sociedad civil, no estar donde estaban, reinar como en huecograbado; pero habían clausurado el monasterio, la sangre azul no era ya sino folklore, el cuartel se había desmoronado entre los hielos arrastrando consigo a los hijos de altos penachos, los mariscales del Imperio, allá por Esmolensko o a orillas del Beresina; así que todos esos hijos, para dejar clara constancia de que eran huérfanos y desterrados, es decir, superiores a los demás, todos esos hijos no se hicieron capitanes, ni barones, ni monjes, sino poetas; pues tal era la costumbre desde 1830; aunque desde 1830 la canción se había ido desgastando, quizá la entonaron demasiadas gargantas; había exceso de postulantes al reparto de premios del más allá; y sobre todo no quedaba nadie en este bajo mundo que pudiera salir fiador de ese reparto. Baudelaire estaba muerto; el Viejo sólo se hablaba con Shakespeare, en las cuatro patas de su mesa; hacía ya mucho que no había un rey en Saint-Cyr que pudiera zanjar el asunto en última instancia; se había perdido el criterio electivo. La consagración que con tanta vehemencia exigía Rimbaud, que seguramente exigían todos los hijos, aunque con menor vehemencia, la consagración no era ya competencia de nadie. Y todos esos Rastignac del más allá tascaban el freno parapetados tras confusos sonetos de poca monta y comportamientos brujos, parapetados detrás de jarras, detrás de gacetas, esperando, y cada cual tenía la seguridad de ser el elegido, la seguridad de no serlo; cierto es que todos poseían el esquejillo, mas ¿de qué vale un esqueje tan uniformemente repartido?
Mientras esperaban, se hacían fotos. Pues todos se habían dado cuenta de que, allende los sonetos confusos, esos menudos puños cerrados de catorce versos enarbolados hacia el futuro, allende la poesía, muy próxima a las poses de exilio con dos dedos metidos en el chaleco y la melena al viento, fluyendo de la caperuza negra, acudía la posteridad; y sentados en el taburete de los fotógrafos, se estremecían ante la posteridad: el Viejo, frente a Nadar, frente a Carjat, miró la caperuza negra y contuvo el aliento; Baudelaire, frente a Nadar, frente a Carjat, contuvo el aliento; y frente a esos mismos, el dulce Mallarmé contuvo el aliento; y, de igual forma, Dierx, Blémont, Creissels, Coppée, unos frente a Nadar, otros frente a Carjat, se estremecieron. Y hasta el propio Rimbaud...

Anochece, estamos en octubre. Aún no ha anochecido del todo, es una tarde muy hermosa del antiguo octubre. Es domingo, estamos en Montmartre y, como esto casi es el campo, no hay nadie por las empinadas calles. Cuántos árboles en lontananza: castaños o plátanos, que deslumbran y oprimen el corazón, amarillos y arruinados contra el cielo azul. Se yerguen en la luz. Las hojas doradas nos corren bajo los pies, la cuesta arriba parece conducirnos al cielo. Y, de repente, ahí llegan: son cuatro o cinco, vienen subiendo la cuesta, todos ellos hijos irredentos, ni monjes ni capitanes, por más que todos vayan arropados en un hábito invisible, hijos sin más, poetas como solía decirse; Verlaine y Rimbaud, y, de propina, cualesquiera otros, Forain, o Valade, o Cros, y Richepin, a quien llamaban Richoppe. Levitas negras, sombreros, aspecto pulcro, todo ello resolviéndose en brillos bajo la luz del sol; porque hoy van de tiros largos: a Rimbaud alguien le ha prestado el uniforme, alguien con su misma talla, Richepin quizá. Lleva la corbata algo torcida, pero no le falta de nada, ropa blanca, betún, y chistera, la cabeza de la mismísima poesía tocada con ese elevado cilindro, ese cilindro que aparenta ser la poesía, toda la parafernalia de los pesarosos hijos de la tercera generación, mas sin la pieza de satén chino bermellón, que tan bien entonaría con esas frondas, sin el chaleco rojo, que sólo se lució tres horas y una única vez, en el estreno de Hernani, y sólo el tiempo preciso para entrar en el campo del catalejo de la Historia. Ya no lo luce nadie: por lo demás; a esa misma hora, con el espléndido chaleco rojo inflado, inmerso en su edema y con el gorrito rojo y blanco de lana encasquetado, Gautier apenas llega a vernos entre los párpados hinchados y ya no nos reconoce; está escuchando un fragor más fuerte que el de Hernani; va a morir este 23 de octubre, mañana o pasado, llegará hinchado al cementerio de Montmartre, aquí al lado, y quiero creer que allí estarán los hijos, también de tiros largos; dirán que era una basura vieja, se reirán fuerte y se emocionarán; entre dos vasos de vino, oirán el fragor de Hernani. Es posible que Rimbaud se acuerde de Izambard, de los tiempos en que Izambard le daba a conocer Esmaltes y camafeos. Van calle de Notre-Dame-de-Lorette arriba, a plena luz. Fuman en pipas que les acunan la resaca; también las frondas de los árboles acunan a estos hijos; Rimbaud dice que menuda murga, está de un humor de perros. Abren la puerta del número 10, se quitan las chisteras, los hijos bromean: hay otro patio interior, una cristalera, al fondo, en la que resplandece octubre. Entran. Ya han llegado.
Es el estudio de Carjat.
Carjat también es hijo, aunque sea algo mayor que estos cinco. Un hijo incierto, pero hijo a la postre. Sabido es -los libros lo saben- que era de familia humilde; que su madre vivía en un chiscón de portera al fondo de un patio parisino, en la finca de unos sederos, con lo que el patio era muy hondo y estrecho, maloliente quizá, con tintes de densos colores corriendo por el arroyo y un pedacito de cielo, allá, muy arriba, como en un brocal; pero no sabemos si había excavado en sí, para acoger a su madre, un pozo a la medida de este patio; los concisos prólogos de los catálogos a él dedicados no se tomaron tantas molestias, pues es un hijo menor. Carece de leyenda dorada. Lo vemos cruzar como una ráfaga de viento por la leyenda dorada de los demás, la de Baudelaire, la de Courbet, la de Daumier, la del Viejo, y ello se debe a la veneración que por ellos sentía, y a la que ellos no correspondían, se debe a la amistad que por ellos sentía, a la que algunos correspondieron, se debe también a la caja negra en la que los introdujo por la gracia de los halogenuros de plata. Cuenta con sus propias cartas de hidalguía: dicen que fue el único artista que caminó tras el féretro de Daumier, al que todos dieron de lado, el único junto con Nadar, el amigo Nadar, el decano, el rival, el mejor. No le viene de ahí su fama, sino de haber colaborado con la luz, con los obturadores que la impulsan y la internan a toda velocidad, con los cloruros que la fijan, aquel día en que vio la luz de octubre el retrato oval de dieciocho por doce y medio al que voy a referirme, ese que es tan conocido como el lobo blanco y el paño de la Verónica; y hasta sucede que, a veces, su propio apellido, Carjat, figura en el retrato oval, pero debajo del otro apellido, entre paréntesis, o en letra más menuda. No llegó a ver cómo ese retrato se convertía definitivamente en el lobo blanco; murió en 1906; y, en vida, no tuvo especial empeño en que lo conocieran por esa obra suya, sino porque era un hijo, un artista; porque de artista era su ser y su aspecto; y quería que todos lo supieran, tal es la pauta; y no lo consiguió porque, o por hedonismo o por desesperanza, que pueden ser virtudes de hijo, o, a lo mejor, por sentido común y compostura, que no son virtudes de hijo, no tuvo la jactancia de afirmar que su oficio era lo principal del orbe; no quiso enterarse a tiempo de que hay que aferrarse con pasión a una única manía, a un arte como suele decirse, y sólo a una, encerrarse ferozmente con ella en algo así como un saco a cuyo fondo hay que haber arrojado a la madre que se tiene, a los hijos que no se tendrán, a todos los hombres; y sobre ese universal apisonamiento hay que tejer la tenue labor que lo convierte a uno en hijo perpetuo. Pues la obra es de la raza de los ogros. Carjat temía devorar y que lo devorasen; y, en consecuencia, arrinconó no poco su manía para hacer sitio a una esposa y a la hija que ésta le dio; y como esa manía suya lo asustaba, sola y monolítica lo asustaba, la dividió en trocitos y ejercía varias artes; era fotógrafo, cierto es, pero también pintor y hombre de teatro; y su más caro deseo, más allá de las apariencias, era que lo tomasen por poeta, pues poeta se creía y, por lo tanto, lo era en verdad: manía, creencia, deseo que es posible que le sobreviniese en el año 48, cuando tenía veinte años, más o menos igual que Baudelaire, y oyó silbar las balas, igual que Baudelaire, e, igual que él, tomó la insurrección por la varita mágica que nos libra de los padres sin instarnos a que nos convirtamos en padres; igual que Baudelaire, remozó, en esos días, el chaleco rojo y lo ocultó cuidadosamente bajo el chaleco largo y negro; igual que Baudelaire, escribió los versos huérfanos posteriores a 1850. Pero, al contrario que Baudelaire, del que era amigo, no agarró a tiempo la cantarela, que en la juventud pasa a nuestro alcance en las banderas de éxtasis, no la agarró entonces ni la pulsó prescindiendo para ello de cualquier otra empresa: de forma tal que en vez de ceñirse el chaleco negro y, envuelto en él, rimar los doce pies, los mantra de Occidente, incluyendo el me cago en diela, es decir, ser poeta, no fue sino artista, un hombre libre sin agobios de tiempo que cambiaba de chaleco y dudaba de si el padre sería Nadar o Hugo, Courbet o Gambetta. Escribía versos y hacía fotos. Un individuo de segunda fila.

Ve en el patio, bajo la luz del sol, las cinco mitras a lo Mallarmé, y, debajo, las melenas.
Estaba esperando a los hijos, los recibe. El también es robusto y de elevada estatura, como Rimbaud (y, por un momento, podemos dar en la suposición de que no les faltó prestancia, tres meses después, en pleno invierno, aquel día que, en Les Vilains Bonshommes, se enzarzaron en una pelea a la antigua usanza de 1830, y Rimbaud hirió a Carjat con el mítico bastón-estoque). Precisamente, a Rimbaud anima el grupo para que dé un paso al frente. Se estrechan la mano; Carjat está al tanto, por éste o por el de más allá, de que hoy le toca retratar a ese muchacho tan joven que escribe versos hermosos y al que no conoce. Y como está también al tanto de que ese genio en ciernes no tiene muy buen carácter, el anfitrión se muestra de entrada muy afable, quiere conseguir que se haga la foto a gusto y ya es ducho en esas lides. Nada sabemos de lo que se dijeron en 1871. Las chisteras se han quedado en el perchero grande de la entrada, inclinadas a derecha o a izquierda, y una de ellas, colocada en la parte de arriba, está recta. Es posible que tomasen una copa. Carjat se queda de pie. Rimbaud tiene que sentarse, y no dice nada, pero si estuviéramos presentes nos daríamos cuenta de que tanta preparación, la levita, la embajada dominical, la espontaneidad del anfitrión, lo disgustan: se acuerda del brazal y del quepis, en aquellos tiempos en que aparecía por Charleville, tras bajarse de trenecillos de mala muerte, un fotógrafo marchito, y la madre, inclinándose hacia el brazo del niño, retocaba el inverosímil harapo de lencería clerical, colocaba un alfiler, ahuecaba los encajes. Rimbaud se ruboriza. Y oculto tras esa remota vergüenza, ese remoto amor, siente miedo y se enfurruña una barbaridad, porque ahora el fotógrafo no es un vagabundo insomne que acaba de bajarse de un trenecillo, sino un parisino, un maestro. Ha fotografiado a Baudelaire.
El maestro, inclinado hacia él, lo observa.
Así que aquí tenemos, frente por frente, a los dos hijos: el que no ha escrito aún más que versos hugólatras, pero que muy hugólatras, y cuyo destino está en la cuerda floja porque conoce a todos los del Parnaso y se malicia que ser la poesía en persona no equivale a ocupar el primer puesto en el Parnaso, ni en ningún otro lugar, pues no hay ratificación posible, y, sobre todo, porque se da cuenta de que la poesía va cuesta abajo, igual que la calle de Notre-Dame-de-Lorette, es una cuesta por la que se despeña uno y cae al vacío para ir a parar luego a un hotel de Bruselas, o a Guernesey, ante un velador de espiritista, soberano, brujo, charlatán: si hay mucha suerte, la cuesta conduce a Guernesey. Y ante esa cuesta, Rimbaud vacila. Así que ahí están, él y el otro hijo que hacia él se inclina, el fotógrafo, consciente de su importancia aunque no sepa muy bien por qué es importante, pero piensa que se debe a que es un artista, siendo así que es un puro y simple agente del Tiempo, irresponsable y fatal, lo mismo que Monsieur de París. Contempla a su modelo. Se fija en la corbata torcida: ve de qué color es, cosa que nosotros no sabemos. El chaleco es rojo, o negro, va a dar lo mismo, la foto es en blanco y negro. Se dice para sus adentro que dentro de un rato habrá que poner derecha esa corbata; aunque, bien pensado, mejor no enderezarla, este joven es un poeta, la corbata de los poetas queda mejor torcida. En el perchero de la entrada, los sombreros relucen en la oscuridad. Rimbaud dice algo, algo obsceno seguramente, porque todos se echan a reír, todo se desperdiga; vistiendo levitas negras se mueven en un charco de sol, están a pie firme. Ya han entrado todos juntos en el taller.
Baja octubre desde la cristalera, la luz es intensa y azul. Se nota que fuera se ha levantado viento, el cielo se torna aún más anchuroso. Hay plantas altas en unas macetas, a las que también la luz aviva y abrasa, menos deprisa que las sales de plata, pero con idéntica pasión. El enorme aparato está a la espera sobre su trípode, con sus fuelles de vagón. Un cilindro cubre ajustadamente ese cañón encaramado en un soporte: grandes piezas de cobre amarillo y baquelita negra, encajadas unas en otras, relucientes. Están, además, la tarima y el taburete, y, detrás, la tristona sábana negra. Rimbaud toma asiento en el mismo lugar en que se sentó Baudelaire. Los individuos de segunda fila están enfrente, pegados a la pared y opinan; todos tienen la esperanza de que su opinión sea la de un individuo de primera fila. Carjat vuelve con las placas y se queda en mangas de camisa. Destapa el cilindro. Se mete bajo la caperuza negra. Rimbaud ha escrito El barco ebrio; como si estuviera en trance de muerte, eso es lo que recuerda; aunque El barco ebrio no sea poesía propiamente dicha, y aunque lo puliera y repuliera para el Parnaso, eso no quita para que lo haya escrito. El eje que le mantiene derecho el cuello se pone cada vez más tieso. Allá arriba, el cielo se llena de cobres. Las hojas de oro resbalan por los cristales empañados. Entre Rimbaud y el brazal, entre Rimbaud y el pozo, chorrea la cascada de los cien versos de El barco ebrio. Empieza Rimbaud desde el principio, baja por los ríos impasibles, luego corre, luego danza; no mueve los labios; su madre se incorpora. Está inclinada sobre el harapo, ha escrito los cien versos definitivos del Parnaso, solloza y se desploma, vuelve a erguirse y se alza con la victoria. Se hunde y sale a flote, igual que un corcho en el agua. Metido debajo de la caperuza negra, Carjat manda a Rimbaud que mueva un poco la cabeza, que la ponga así y de la otra manera. Y Rimbaud hace lo que manda; dentro de la cabeza, que apenas mueve, van cayendo las estrofas impecables, las estrofas impasibles, un verso encima de otro, como olas, como viento. Los hemistiquios se tambalean, las sílabas gotean, de doce en doce, corriendo por encima de la hembra campesina, que llora y ríe a carcajadas. Ella lo escribió. Ella fue aguas abajo del Parnaso. Más arriba, el cielo es ancho como un padre. Rimbaud lleva un buen rato conteniendo el aliento. Carjat dispara. La luz se abalanza sobre los halogenuros, los abrasa. En ese preciso instante, Rimbaud está echando de menos Europa.

Todo el mundo está enterado de ese momento concreto de octubre. Posiblemente es un hecho del alma y del cuerpo; sólo vemos el cuerpo. ¿Quién no conoce ese pelo revuelto, esos ojos, quizá de un azul blanquecino, que no nos miran, tan claros como la luz del día y apuntando por encima de nuestro hombro izquierdo hacia el lugar en que Rimbaud divisa una maceta en la que una planta se encarama hacia octubre y quema carbono; pero nosotros pensamos que esa mirada apunta al vigor futuro, la capitulación futura, la Pasión futura, la Temporada y Harar, la sierra sobre la pierna en Marsella; y seguramente él piensa, y nosotros también, que apunta hacia la poesía, ese espectro acorde que acordadamente se confirma en el pelo revuelto, el óvalo angelical, el nimbo de enfurruñamiento, pero que, de forma nada acorde, se halla también ahí, tras el hombro izquierdo, y, cuando nos volvemos, ya ha desaparecido. Sólo vemos el cuerpo. Y en los versos ¿se ve acaso el alma? Pasa el viento entre toda esa luz. En el pasillo, sin brillos ni testigos, están las mitras. Los individuos de segunda fila llevan las manos colgando. Están muy formales. No saben a ciencia cierta que esos labios apretados acaban de recitar El barco ebrio, pero sospechan que han estado recitando versos: también a ellos les hicieron en su día una foto, y en ese taburete recitaron con ansias de muerte su obra maestra de segunda fila. No saben, como tampoco lo sabemos nosotros, por qué estrofa iban cuando disparó Carjat, qué palabra apresó en la caja; no, no sabemos si Rimbaud en ese preciso instante estaba echando Europa de menos. No están a la vista las manos de lavandera. La corbata se ha quedado torcida por toda la eternidad; no sabemos de qué color es.
Carjat tira más placas, y de ésas nada sabemos. Las destruyó más adelante, después de la pelea que los enfrentó a ambos. No está enterado de que acaba de realizar su obra maestra. Los hijos se han sentado en el suelo y bromean. Rimbaud está taciturno, esos poetas que se comportan como monaguillos bebiéndose el vino de consagrar lo fastidian una barbaridad. De repente, casi ni se los ve. No es cosa de quedarse aquí toda la tarde. Se acabó. Carjat se lleva las placas al cuarto de al lado: cubetas, nitratos, el asunto no admite espera, los hijos ya saben por dónde se sale. Cogen las chisteras, el perchero desposeído queda a solas en el pasillo. Desciende el cielo sobre los cinco hijos; hemos salido a la calle, la luz de octubre declina, los árboles oscilan, las hojas de oro vuelan al compás de la sencilla cadencia del viento. Son gemas bajo los pies. Se sujetan los sombreros con la mano, los brillos negros bajan la cuesta a todo correr. Cruzan París, siete veces aparece una estrella en la Osa Mayor, ésta es la Académie d'absinthe.


En Rimbaud el hijo, VI
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon en Orleans 1996 © Sophie Bassouls Sygma Corbis

23 ago. 2014

Pierre Michon: San Hilarius

No hay comentarios. :




El obispo Hilarius ha dejado la mitra. Su barba está completamente blanca. Ha entregado el báculo. Ha fundado una comunidad de hermanos no se sabe dónde a orillas del Tarn, en el lugar sin duda al que vendrá más tarde Enimia, la santa de la sangre de Meroveo.
Hilarius se hace viejo. Podemos saber que se hace viejo, pero sabemos pocas cosas sobre él. Sabemos lo que no es. No es Hilario de Poitiers, quien de ultratumba volvió para sostener la espada de Clodoveo, contra Alarico en la batalla de Vouillé. No es Hilario de Carcasona, que el día de Pentecostés estaba allí en el bastidor divino con San Sernín, que vio entonces las pequeñas llamas sobre la cabeza de los apóstoles, que vio a los apóstoles girar y canturrear bajo este fuego como muchachas haciendo rondas, que se convenció de que era la verdad la que de esta manera danzaba y flameaba, y que siguió a San Sernín hacia las Galias, el episcopado y el martirio. No es Hilario de Padua, a quien pintó Correggio, de memoria. No es tampoco aquel Hilarión de Gaza, el amigo de San Antonio, de quien Flaubert dice intrépidamente que era el diablo. Y también el nuestro, Hilarius, conoce bastante bien al diablo.
Se ha hecho una pequeña ermita, a medio camino entre el Tarn abajo y, allá arriba, el causse de Sauveterre, sobre el borde del acantilado, en un lugar llamado Les Baumes. Es plano como la mano. Reúne las ventajas del abismo y el desierto. Allí se está en la mazmorra universal y, sin embargo, en la cima del mundo: es una buena ermita. Es allí que Hilarius va cada vez más a menudo, para huir de la cháchara de los hermanos, para hablarle en sí mismo a aquel otro que es Dios, para hablarle también a aquel otro que él fue, cuando su barba era negra. Y ahí, en esta larguísima conversación consigo mismo, suele suceder que el diablo llega.
Toma durante días enteros la forma benigna de muchachas completamente desnudas. Otras veces, toma la forma del mismo Hilarius, con una tiara sobre el trono de San Pedro. Y, a veces, no tiene ninguna forma, es un poco de viento, de hermoso sol y hermosas hojas nuevas en los álamos a lo largo del Tarn, un poco de júbilo, un deseo de estirar las piernas. «Voy a subir hasta el borde del causse», se dice el ermitaño.
Es muy largo, hay que dar rodeos interminables. El anciano se detiene a menudo.
Está sobre el causse. El viento pasa por allí como el Espíritu. Es infinito pero definible, como el nombre de Dios, que se deja tejer en tres Personas. Es la palma abierta de la Creación, que tiende hacia Dios a un pequeño bienaventurado, apoyado sobre su bastón. «Entonces, milagrosamente, la tierra se levantó en forma de un hermoso troño más alto que los demás y todos los asistentes quedaron estupefactos», está en las Escrituras e Hilarius lo recuerda. Se repite esta frase y el viento pasa por su corazón. El viento juega con los árboles. Es el viento quizás el que le habla: ¿Para qué necesitas mitra? ¿Para qué necesitas a Roma? He aquí tu trono episcopal. He aquí las siete colinas, y Dios está justo arriba, sin intermediario entre Hilarius y Él. Está ebrio de orgullo. Abre los brazos, corre, queda casi sin aliento... y, Dios mío, cuánto ha caído el sol, hay que volver a bajar antes de que anochezca. Da la espalda al causse, el trono de San Pedro, la espalda pelada de la tierra, donde nada crece: cree ver a un monje pequeño y anciano, apoyado sobre un bastón, riendo. Es tan sólo un enebro. «Así que eres tú, Satán», dice con un tono de reproche. Baja mientras anochece. Escucha su aliento avaro de anciano en la noche. Unos murciélagos pasan: es nuestro pequeño corazón negro, que palpita allá arriba. Es el pequeño corazón negro del Papa, de Hilarius o del último vaquero, no se sabe. Un hombre es todos los hombres, un lugar, todos los lugares, piensa Hilarius. Se pregunta si este pensamiento es de Dios o del diablo.


En Mitologías de Invierno ("Nueve pasajes del causse")
Título Original: Mythologies d'hiver
Traductor: Nicolás Valencia
Autor: Pierre Michon
©2009, Ediciones Alfabia


7 feb. 2014

Pierre Michon: Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif

No hay comentarios. :




Dicen que Vitalie Rimbaud, de soltera Cuif, mujer del campo y hembra perversa, sufridora y perversa, fue la autora de los días de Arthur Rimbaud. No sabemos si renegó primero y padeció después, o si renegó del padecimiento que la aguardaba y en ese reniego persistió; o si el anatema y el padecimiento, asociados en su mente como los dedos de la mano, se superponían, se alternaban, se hostigaban, de suerte que, entre sus dedos negros que se irritaban con el contacto mutuo, Vitalie trituraba su vida, y a su hijo, a sus vivos y a sus muertos. Pero sí sabemos que el marido de esa mujer, que era el padre de ese hijo, llegó a ser en vida un fantasma, en el purgatorio de las guarniciones remotas donde no fue sino un nombre allá por la época en que el hijo contaba seis años. Hay quienes disputan acerca de si ese padre de liviano peso, que era capitán, que gustaba de añadir fútiles anotaciones a las gramáticas y sabía leer en árabe, tuvo sobrados motivos para abandonar a esa hembra de sombra que a su sombra quería arrastrarlo, o si ella sólo se volvió tal por la sombra a la que la arrojó esa ausencia; de ello nada sabemos. Dicen que aquel niño, teniendo a aquel fantasma a un costado del pupitre, y al otro a esa hembra de imprecaciones y desastre, fue idealmente escolar y sintió por el ejercicio antiguo de los versos una intensa atracción: es posible que el viejo tempo escueto de doce pies fuera para él eco de la corneta fantasmal de las guarniciones remotas, y también de los padrenuestros de la hembra de desastre, quien, para medir cadenciosamente su sufrimiento maligno, halló a Dios, de la misma forma que su hijo con análoga pretensión halló el verso; y en esa cadenciosa medida desposó idealmente la corneta y los padrenuestros. El verso es casamentera vieja. Parece ser, pues, que compuso desde la edad más tierna gran cantidad de versos, latinos unos y franceses otros; en esos versos, que pueden consultarse, no aconteció el milagro: son obra de un niño de provincias con buenas dotes, cuya ira no ha dado aún con su cadencia personal y consustancial podría decirse, esa cadencia exacta que permite que la ira se convierta en caridad sin mella alguna, en ira y caridad confundidas en un mismo impulso, alzándose en un único surtidor y volviendo a caer por su propio peso, o alzando el vuelo sin dejar por ello de estar presentes, confundidas, grávidas, tullidas, como un cohete que se nos va en humo entre las manos por más que estalle en impecable salpicadura, es decir, con todo cuanto más adelante llevó el nombre de Arthur Rimbaud. Son escalas de principiante. Y, en los años en que Rimbaud cubría páginas cuadriculadas con esas escalas, podemos estar seguros de que su mayor habilidad no era la grata sonrisa, y solía andar enfurruñado, como lo demuestran esas fotos que algunas manos devotas han reunido acá y acullá para que se multiplicasen como panecillos y fuesen pasando inalteradas por todas las manos devotas del mundo, y en las que ora sostiene en las rodillas esa miniatura de quepis de artillero de la Institución Rossat de Charleville, ora luce en el brazo el indescriptible harapo de lencería clerical que antaño infligían las madres a los hijos en el día de su comunión. Y, en esta foto, los deditos se hunden entre las páginas de un misal que no nos extrañaría que fuera verde como un repollo; mientras que, en la otra, se hallan bien ocultos en la recóndita copa del quepis; pero en ambas la mirada es siempre aviesa y directa, proyectada hacia adelante igual que un puño, como si le inspirara gran aborrecimiento o gran deseo el fotógrafo, que, en aquellos años, se metía bajo una caperuza negra para fabricar artesanalmente el porvenir con el pasado, para manipular el tiempo, y el niño está de morros, inasequible al desaliento. Y su vida posterior, o nuestra devoción, nos informan de que bajo esa apariencia el auténtico alcance de su ira era considerable: no sólo contra el brazal y el quepis, aunque también contra el brazal y el quepis. Ya que, tras esos trapajos, según dicen, se hallaban la sombra del Capitán y la tangible hembra de rechazo y desastre, de rechazo en nombre de Dios; y ambos le fustigaban el alma para que se convirtiese en Rimbaud, no ellos en persona, sino su efigie fabulosa a ambos lados del pupitre; y es posible, aunque odiase con todas sus fuerzas a ambos, y odiase, pues, los versos en que se desposaban los padrenuestros y las cornetas, que sintiera el niño un amoroso afán por la misión que de él exigían. Por eso estaba de morros. En ello persistió y ya sabemos lo que pasó luego.

O también puede ser que no los odiase ni poco ni mucho: el odio no es buen casamentero. Los versos son para darlos y que, a cambio, nos den un algo que tiene que ver con el amor; los versos trenzan coronas de novia; y, por muy desastrosa que fuese, o quizá porque lo era, la hembra tenía más vocación que ninguna otra para recibir amor y, ¿por qué no?, para darlo: igual que las demás, aspiraba a imposibles nupcias, sin saberlo o sabiéndolo. Pero por haberse abismado en padrenuestros y haberse abocado al negro, al vaivén de los dedos negros que deshilachaban su gozo, por estar hundida hasta el cuello en lo irremediable, en lo inconmensurable, porque, en resumidas cuentas, también estaba enfurruñada, los usuales presentes infantiles, las flores y las sonrisas mimosas, las blandenguerías de los poemas de Víctor Hugo que, en último término, también son ciertas y permiten que circule el amor entre seres no desastrosos, todo lo recién enumerado no venía a cuento con ella. Deshilachaba las flores y las sonrisas mimosas, al igual que todo lo demás: porque no quería a ese hijo, que era ella misma, o porque no se quería a sí misma, vete tú a saber; porque lo único que quería de sí misma era ese pozo desmedido en que todo se sumía; y estaba demasiado absorta palpando a tientas los costados del pozo y buscando el fondo para fijarse en las florecillas que crecían en el brocal. Precisaba de ofrendas de más enjundia. Y el hijo, sabedor desde siempre de que no bastaban ni los ramos de flores o las monerías, ni el nudo de la corbata bien hecho, ni el pantalón impecable, ni la compostura de hombrecito y la boquita de cereza, ninguno de esos artificios filiales que se atienen a lo que Víctor Hugo manda, de que ninguno funcionaba, de que ninguno era de recibo, de que iban a parar al pozo triturados entre dos dedos negros, aquel hijo suyo había dado con una solución que no desmerecía de la solución de la madre, y fabricaba artesanalmente para aquel inconmensurable luto unos regalitos inconmensurables, unos padrenuestros de su propia cosecha: parrafadas de lengua rimada, que su madre no entendía, pero en las que, inclinando quizá hacia ellas la cabeza sin conseguir leerlas, vislumbraba un algo tan desaforado como su pozo y tan obstinado como sus dedos, la señal de una pasión arrolladora que ya no conservaba memoria alguna de su causa y trascendía su efecto, un amor puro carente de efecto; creaciones que parecían cosa de iglesia y se arropaban en lúgubres remates, que olían a botas de tortura y recónditos calabozos; una lengua huera cuya primicia le brindaba el hijo como un regalo de año nuevo; tostones en latín que hablaban de Yugurta, de Hércules, de los muertos Capitanes de la lengua muerta; y cierto es que en esos tostones había bandadas de palomas y mañanas de junio, y trompetas, pero todo se le venía encima a la página en un idioma opaco, un absoluto diciembre, y adoptando la disposición caligráfica de los versos, es decir, con un margen a cada lado, un delgado pozo de tinta despeñándose abruptamente, hasta cuyo fondo vamos cayendo al hilo de las páginas. Y es posible que la madre, aun sin decir palabra, se exaltase al ver esas creaciones, que se reconociese en ellas; y, en un comedor de Charleville, el niño sentado que hacia su madre alzaba la cabeza veía que se quedaba un momento boquiabierta, como asombrada, como embargada de respeto, como envidiosa, pero los dedos dejaban de triturar los negros pensamientos, y se agostaba la fuente del reniego, como si en esa lengua huera que no era capaz de leer intuyese la obra de un excavador de pozos más poderoso que ella, que ahondaba más y de forma más irremediable, que era su amo y maestro y, en cierto modo, la liberaba. Le acariciaba entonces la cabeza, cabe dentro de lo posible. Pues, hasta cierto punto, se trataba efectivamente de un regalo. Y cuando, en otras ocasiones, el niño leía en voz alta la más reciente molienda de sus tostones virgilianos pulidos al máximo con vistas a concursos provincianos, como podemos suponer que hizo frecuentemente ante su madre, lo mismo que en Saint-Cyr leían las muchachas ante el rey, mientras ella, la hembra campesina, permanecía sentada igual que el rey, extrañadísima pero reticente, desdeñosa, regia, es decir, implacable, así que cuando en presencia de su madre soltaba el niño sus insignes padrenuestros, asimismo regio y exaltado, admirable y ridículo como Bonaparte niño en Brienne, y, como éste, un tanto aterrador, podemos suponer que a la sazón se hallaban ambos más próximos entre sí de lo que hubieran podido figurarse, aunque muy alejados, cada cual en su trono, del que no querían bajarse, a semejanza de dos soberanos de capitales distantes que mantuviesen mutua correspondencia. Así que, en sus tiernos años, decía él su poema y ella lo escuchaba, estoy seguro. Se hacían ese mutuo regalo, igual que otros regalan un ramo y su madre les da después un beso, mientras los contempla el risueño padre; y también en este caso estaba presente el padre, en la lengua huera oían los dos la corneta perdida. Sí, aquellos dos desaforados, en mutua compañía en unos cuantos comedores de Charleville, se restregaban uno contra otro, se brindaban algo parecido al amor: y lo hacían mediante esa lengua suspendida en el aire y cadenciosa. Pero mientras la lengua, en las alturas, rumbo a la araña del techo, organizaba su aquelarre, ellos, sus cuerpos, abajo, sentada ella en una silla, o de pie, y recitando él, apoyado en una mesa, sus cuerpos, en cambio, estaban de morros.

Y esto también se ha dicho, seguramente, porque acerca de aquel mohín infantil ante el fotógrafo, y acerca del mohín de Vitalie Rimbaud, que nadie conoce porque ningún fotógrafo lo aprehendió de forma definitiva bajo la caperuza negra, se ha dicho ya cuanto puede decirse. Y también se ha dicho casi todo de aquel que tampoco debía de ser la alegría de la huerta, de la sombra que asistía in absentia a esas justas verbales del comedor, del Capitán, con cuya foto tampoco contamos hoy por hoy, aunque no cabe duda que alguna vez debió de posar ante un objetivo, en el purgatorio, junto con unos cuantos suboficiales de remotas guarniciones, atusándose con dos dedos la perilla, o jugando a las cartas, o con la mano en la empuñadura del sable, y quizá en ese preciso instante se estaba acordando del niño, de Arthur. Ahí está recordando a Arthur, en un sobrado de las Ardenas, en una cartulina sepia que ya amarillea; hace cien años que no lo ha visto nadie; detrás de él suena una corneta que nadie oye. Los devotos localizarán esa foto un buen día, y todos podrán mirarla pensativos, todo el mundo verá esa mano en la empuñadura, o atusándose el bigote, y nadie sabrá en qué estaba pensando el Capitán. Pero, hoy por hoy, nadie sabe qué cara tenía.

Se sabe en cambio cómo era la otra parentela del niño, porque de ella sí hay fotos, y, anteriormente, retratos pintados, de esa época en que sólo la mano del pintor manipulaba el tiempo con pigmentos nacidos de la tierra, y no lo manipulaban aún las sales de plata en la caja mágica, bajo la caperuza negra. Ya que sabido es que lo echaron al mundo otros antepasados, y permanecieron a su lado, en carne y hueso, ellos y no únicamente sus fotos, y fueron tan disponibles y fáciles de someter cuanto arisca era la madre, y menos fantasmales, en resumidas cuentas, que el padre, más evidentes, más atestiguados, en gruesos tomos en que constan sus nombres, de lo que lo estuvo aquel padre en la gramática Bescherelle que olvidó en Charleville con las prisas de la partida, gruesa también por cierto, pero en cuyos márgenes dejó una huella mínima: eruditos comentarios y patas de mosca; y, además, en aquella gramática no figuraba en letras de molde el apellido Rimbaud, sino el de los hermanos Bescherelle. Sí, ajenos a cualquier parentesco con el Capitán o con la mujer del Capitán, y quizá tan contingentes en relación con ellos como los siete planetas distantes en relación con la luna o el sol, surgieron magistralmente los abuelos, los faros, como solía decirse, las remotas estrellas, en la oscuridad de los colegios de segunda enseñanza: Malherbe y Racine, Hugo, Baudelaire, y el bendito Banville, quienes, procedente cada cual del anterior, se alumbraron más o menos en ese mismo orden, reanudando con la filiación canónica que templa, de dos en dos, los doce pies, ese común origen del que todos proceden, todos enhebrados en la larga varilla de doce pies como otros tantos arillos relucientes, diversos aunque semejantes, y naciendo de esa sutil variación, tomando de ella nombre; y todos, mediante ese prolongado cordón umbilical, se remontaban hasta Virgilio, Virgilio que no precisó de los doce pies porque él fue el Anciano, el fundador, y suyas eran las licencias; y es posible que, remontándose más allá de Virgilio y más allá de Homero, tuvieran quizá firmemente echada el ancla en el Nombre inefable; que, para perpetuar el linaje, contasen todos con una licencia singular del más allá; que, para engendrarse de ese modo, usasen por turno ciertas mujeres, ciertas imprecadoras, y voceasen más alto que las imprecadoras en gruesos tomos mudos; y el último retoño tenía a su completa disposición, en Charleville, en su pupitre infantil, ese montón de antepasados. No podía estar seguro de si algún día llegaría a verse incluido en sus filas; aunque ya lo estaba porque, si bien los veneraba con absoluta lealtad, no se limitaba a venerarlos, sino que los aborrecía con igual arrebato: existían, interpuestos entre él y el Nombre inefable, abultaban y estaban de más. Sabido es que acabó por superarlos, que los domeñó y se convirtió en su maestro: partió la varilla y también, visto y no visto, se partió la cara contra ella.



En Rimbaud el hijo, I
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001
Foto: Pierre Michon © Eric Fougere-VIP Images-Corbis

10 ago. 2013

Pierre Michon: Fervor de Brigid

No hay comentarios. :




Muirchú abad, cuenta que Leary, rey de Leinster, tiene tres hijas jóvenes y tiernas. Brigid es la mayor. De las otras dos, el abad sólo conoce la juventud y la ternura, no el nombre. Tres muchachas. Amanece en abril, en Dun Laoghaire, ciudad de madera y turba que medita bajo la ley de un montículo fortificado: es una ciudad real. El rey es viudo y poderoso, duerme; se ha descubierto en el sueño agitado del alba. Brigid, desvelada, ve a través de la ventana el río bajo los primeros rayos de luz. Quiere ese río. Es una chica lista que tiene la costumbre de pedir a su padre lo que su padre no sabe negarle; se desliza en el cuarto del rey, no alcanza a ver que está desnudo y posa suavemente su mano sobre su hombro. Al tocarlo, el rey tiene un sueño que lo emociona como una mujer. Brigid ve esta emoción. Se despierta. Se miran como extraños o esposos. Ruborizada, pide que les permita a ella y a sus hermanas bañarse en el río. Él se sonroja y asiente.

Las tres corren en el alba de primavera. Bajan por el talud, tiran sus vestidos bajo los follajes. Los pequeños pies prueban el agua y sobre los pequeños pies, las carnes lechosas, rojizas, cien veces desnudas, las carnes de Irlanda y el paganismo. Brigid, por primera vez, ve que esta carne es excesiva como un rey que sueña.

Ríe más fuerte que sus hermanas. Las tres gritan cuando sienten el frío cortante en el vientre, golpean el agua con sus palmas, los pájaros levantan el vuelo, toda esta algazara llega hasta el camino que da sobre el río.

Muirchú dice que por este camino viene alguien.

Es Patricio, arzobispo de Armagh, el galo apátrida, el taumaturgo, el fundador. Es un coloso entrecano. Es viudo por vocación y poderoso: hay detrás de él treinta discípulos y sirvientes con báculos y relicarios, escudos redondos, libros y espadas. No es exactamente un paseo: si camina de este modo de Armagh a Clonmacnoise, de Armagh a Dun Ailinne, de Armagh a Dun Laoghaire, es porque debe convertir a la fe de Cristo a los reyes que en sus montículos fortificados adoran indolentemente a Lug, Ogrna, calderos, harpas, simulacros. Y esto, piensa Patricio por este camino de primavera, esto no es difícil: basta con algunos abracadabras druídicos, dos compinches bien advertidos y he ahí la nieve convertida en mantequilla, el agua, en cerveza, he ahí las llamas del purgatorio en la punta del bastón mágico y la Santa Trinidad en la hoja de trébol... basta con estos juegos de manos para embaucar a los reyes, risueños y pensativos, dubitativos. Y, tal vez porque envejece y se embotan en él el ardor y la malicia, Patricio, por este camino, lamenta tanta facilidad: quisiera que un verdadero milagro ocurriera, una vez, que una vez en su vida y ante sus ojos la materia opaca se convirtiera a la Gracia. Mira el polvo a sus pies, no se ha percatado de que el camino bordea un río. Oye los gritos de las muchachas.

Levanta la cabeza, ve la carne rojiza y lechosa a través de las hojas. La tropa se detiene. El solo baja un tramo del talud, ellas están absortas en sus juegos y no saben que estos hombres las miran. Patricio las ama con el corazón y el cuerpo, por un instante: son flagrantes y excesivas como la Gracia. Las llama. Ellas suspenden sus gestos, ven recortarse sobre el sol de la mañana a este hombre poderoso que tiene la apariencia de un rey, la túnica de lino, el manto, el oro en la grapa; y ven por encima del cortejo real a treinta sirvientes detenidos, báculos y escudos, silencio. Están desnudas allá abajo. Saludan como unas princesas saludan a un rey, sin prisa pisan la orilla, se ponen los vestidos. Él ha bajado cerca de ellas, es muy grande. Pregunta de quién son hijas. Pregunta si conocen al verdadero Dios: ellas ven que el oro en la grapa es una cruz. Dicen que no Lo conocen, pero que una esclava les ha hablado de El, que Lo quieren conocer. Ríen, esta hermosa mañana les trae al baño un rey, un dios. Hacen una especie de ronda pagana alrededor del viejo coloso. Hacen preguntas como golpeaban el agua, como corrían, con toda el alma y el cuerpo: «¿Es apuesto?», dicen. «¿Es joven o viejo? ¿Tiene hijas? —dice Brigid—. ¿Sus as son apuestas y deseadas por los hombres de este mundo?». Patricio responde que Su belleza fulmina y que todas las muchachas de este mundo son Sus hijas. Aunque es joven, tiene un hijo, pero el Hijo no es más joven que el Padre, ni el Padre más viejo que el Hijo. Él es el Prometido de todas las muchachas de este mundo.

Las dos hermanas se han sentado, Brigid no. Se ha alejado algunos pasos por la orilla, mira sus pies descalzos, da la espalda a medias a Patricio. Se estremece. Con una voz áspera dice: «Yo Lo quiero ver».

«Nadie Lo ha visto —dice Patricio— si no está bautizado». Habla del Jordán, de los ángeles en la orilla, del agua que redime, de Juan y el Maestro. Ellas quieren el bautizo. Helas aquí, de nuevo desvestidas en el río, muy serias y con los ojos cerrados. Patricio se remanga las calzas, sobre esas carnes excesivas hace los pequeños gestos necesarios. Brigid abre los ojos, el sol ha girado, es casi mediodía. «No Lo veo», dice.

Llegan los sirvientes del rey Leary, quien se inquieta por sus hijas. Hablan un poco. El cortejo deja el río, pasan los manteletes y los cañizos del montículo, la puerta fortificada se vuelve a cerrar detrás de los báculos, el bienaventurado coloso y las muchachas: Patricio sujeta de los hombros a las dos hermanas contra él, Brigid camina delante. Ya no se ven; Patricio, sin duda, da su repertorio habitual para uso de los reyes holgazanes. Se oyen las carcajadas de Leary, fórmulas druídicas, latín. Se oyen los preparativos de un banquete. Luego, toda la noche, los cantos, la ebriedad. Las muchachas están en su cuarto.

Una vez más, amanece en primavera. Brigid, en su ventana, cierra violentamente los ojos, los abre: sólo ve el día, que poco a poco llega; el hilo de plata del río, que crece. El sol asciende como un prometido, pero no es el Prometido. Suavemente empuja la puerta del cuarto del rey: Leary, envuelto en sus pellizas, duerme como un hombre ebrio, sueña con razias, con bueyes. Tiene la boca abierta, es más viejo que ayer, pero brutal y hermoso. Habla dormido. Dice un nombre. En este nombre de sueño, Brigid cree escuchar el suyo, toda su sangre se agolpa en su corazón, huye desaforadamente por los corredores, entra al cuarto de huéspedes. Patricio abre los ojos. Sobre él, está Brigid de pie. Parece muy grande. Está pálida. Es excesiva y determinada como una reina. Dice: «Quiero ver a tu Dios cara a cara».

Patricio suspira. Se sienta sobre su cama.

Ahora podemos imaginar, durante toda la mañana y quizás hasta el atardecer, sin moverse de este cuarto de huéspedes, podemos imaginar que Patricio, sentado, mirándola fijamente, evangeliza a esta muchacha, cuya alma desnuda ve como ha visto los senos rojizos y lechosos. Esto sin argucias druídicas, sino con la verdad árida, griega y judía: la caída que nos vela el Santo Rostro, el espejo oblicuo en que el hombre caído puede entrever, no obstante, el Santo Rostro, y la promesa de que por fin se arrancará el velo, promesa que Se nos ha hecho a orillas del Jordán y repetido durante una cena en Jerusalén. Brigid escucha o no escucha; pero escucha bien, con una dolorosa claridad, que puede suceder que uno vea el rostro de Dios cuando ha recibido en su propio cuerpo el cuerpo del Prometido en forma de una pequeña oblea de pan que se funde sobre la lengua. Quiere esto. Y, en consecuencia, el día siguiente como los días que siguen, el coloso prepara para la comunión a las tres vírgenes con el permiso del rey, quien a veces, risueño o pensativo, se asoma a la puerta de la sala donde Patricio hace su santo oficio de pedagogía. Ocho días pues, ocho días de estudio y maceraciones, el tiempo para que abril derive en mayo... y afuera, todavía el río de plata, adonde las muchachas no van: aprenden palabras latinas en libros, que leen poniendo debajo sus pequeños dedos. El corazón de Patricio se enternece.

Por fin es la víspera. Se han probado los vestidos de lino blanco, la fíbula de oro.

Duermen, salvo Brigid. Se ha quedado con el vestido y la fíbula, sobre la punta de los pies, entra en el cuarto del rey. La luna la ilumina. En el calor de mayo, el rey yace desnudo y tranquilo, distendido, no sueña con mujeres. Brigid tiene ganas de llorar. Llorando, corre al cuarto de huéspedes. Se arrodilla junto a Patricio: éste duerme sombríamente, se ve sobre sus rasgos un dolor proveniente del sueño. Sueña que Cristo está muerto y, Dios, qué jóvenes parecen las santas mujeres, acarician ese cuerpo desnudo con sus dedos rojizos y lechosos. Brigid le toca el hombro, él se yergue con presteza, se ha asustado y este susto vago lo irrita. Ve la carne excesiva en el lino blanco, la huele. «Júrame —dice Brigid— que Lo veré mañana». Él la miro con sorpresa, es un gran anciano irascible, arrojado del sueño a esta tierra. Dice: «Lo verás cuando estés muerta, como todos nosotros en este mundo».

Ella está en el jardín bajo la luna. Sabe adonde va. Coge las bayas rojas del tejo, que llegan a principios del invierno y están todavía allí en la primavera, más concentra das y traicioneras, fulminantes. Las desmenuza, es un pequeño polvo que sostiene en la cavidad de la mano... y va a amanecer. Regresa, el puño apretado sobre este polvo oscuro. Las sirvientas ya han traído la leche de las princesas. Brigid abre la mano, el polvo se mezcla con la leche. Comulgan vestidas de blanco. Leary está allí, dubitativo. Se ha peinado la barba, se ha puesto la gran pelliza. Se arrodillan, Patricio es muy grande sobre ellas, reciben de su mano el cuerpo del Prometido. Ya están en Su presencia, aunque El permanezca escondido. Han cerrado los ojos; Brigid, al abrirlos, sólo ve el rostro impasible del rey. Eso es todo. Salen al sol de mayo y, bajo este sol, una tras otra se desploman: una, sobre los peldaños; la otra, sobre el sendero; Brigid, cerca del rosal. Una tiene la cabeza entre su brazo; la otra, en el polvo del camino; Brigid, hacia el cielo con los ojos completamente abiertos. Están impecablemente muertas. Contemplan la cara de Dios.


De Tres prodigios en Irlanda
En Mitologías De Invierno. El Emperador De Occidente
Título Original: Mythologies d'hiver
Traductor: Nicolás Valencia
©2009, Ediciones Alfabia
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis

23 jun. 2012

Pierre Michon: Volvemos a la Vulgata

No hay comentarios. :




Volvemos a la Vulgata.

Dicen que Arthur Rimbaud, en ese combate en el que pugnaba pie ante pie con el hada mala, pues es posible que el obturador del tabuco interno no estuviese cerrado del todo, hizo para sacudírsela de encima alguna escapada que otra por la campiña de las Ardenas; y que, en circunstancia tal, sus zancadas lo condujeron hasta rincones solemnes y tétricos como cañonazos, como pañuelos metidos en la boca, Warcq, Voncq, Warnécourt, Pussemange, Le Theux; y que estaba hambriento de esos lugares, esos pañuelos y esos cañonazos, y los versos que iba dejando caer por el camino así lo decían; y que tenía un apetito voraz y distraía el hambre con piedrecitas cadenciosas, y era ogro y Pulgarcito, tal y como lo afirma su leyenda. Dicen que una escapatoria de mayor alcance, un sueño, a finales de verano, lo condujo hasta Bélgica, por las inmediaciones de Charleroi, recorriendo senderos en que probablemente había moras, molinos en los árboles, fábricas que se alzaban al final de un campo de avena, y nunca sabremos con exactitud por dónde pasó, ni dónde su joven mente cazó al vuelo determinado cuarteto más conocido hoy en este mundo que Charleroi, ni dónde se le quedó en la mano el lazo del zapatón, bajo la Osa Mayor, pero sabemos que, de regreso, se detuvo en Douai, en casa de las tías de Izambard, tres dulces Parcas en lo hondo de un jardín grande, modistas, hostigadoras de piojos, y que esos días en un jardín grande, a finales de verano, fueron los más hermosos de su vida, los únicos hermosos quizá. Dicen también que en ese jardín escribió ese poema que todos los niños saben, en el que convoca a sus estrellas igual que silbamos para que acudan nuestros perros, en el que acaricia a la Osa Mayor y se tiende a su lado; y ese final de verano no fue sino cadencia, casi siempre de doce pies, y él, colgado de la varilla en el Septentrión, aunque, al tiempo, con ambos pies bajo la mesa en la posada verde, conseguía que todo cupiera a la vez en la varilla, la bonita muchacha que sirve el jamón, la glorieta en donde se come ese jamón, y la Estrella Polar que sube por el cielo hasta situarse encima. Y todo ello es dicha pura. Es la sencillísima manifestación de lo verdadero, que se parece a Dios o a una niña muerta, tras un macizo de flores en septiembre. Dicen que hubo, ante todo, dos escapatorias, pero sin estrellas, lejos de los jardines, lejos de lo verdadero, que lo condujeron hasta París. Y nadie lo estaba esperando.

Existe la duda de si en París combatió junto con los partidarios de la Comuna; de si sintió el placer y el temor de estar apuntando con un fusil de aguja a un enemigo patente, la maldad en carne y hueso, es decir, y de propina, un pobre infeliz de alguna zona rural remota a quien había entregado el señor Thiers en Versalles penacho y fusil; y la duda de si, con los dos platillos antitéticos sonándole a todo sonar en el corazón, llegó a disparar; o de si fue un tamborcillo en lo más alto de la barricada; y de si, al pie de la barricada, compartió rancho con los míseros, los obscenos, los lelos inofensivos, y fumó picadura con ellos; hay a quien le agradaría mucho creer tal cosa, pero bien parece que no es posible. Esa historia está en Los miserables del Viejo, y no en la vida de Arthur Rimbaud. Pudo ser partidario de la Comuna o no serlo, pero el caso es que volvió a Charleville condecorado con unos cuantos huevos fritos sobre el corazón. Dicen que desde Charleville, en mayo, el 15 de mayo, escribió a Paul Demeny, poeta de Douai, autor de Las espigadoras, a quien también los nitratos de plata aprehendieron de forma definitiva e hicieron llegar hasta nosotros por razones que nada tienen que ver con el libro de poemas Las espigadoras, y en esa foto, en la página cincuenta y cuatro, después de la de Izambard, después de la de Banville, vemos la perilla del poeta, los quevedos pequeños, la melena al viento, el arrogante perfil, la mirada clavada deliberadamente en la lontananza del horizonte azul de las glorias póstumas: es sabido que Rimbaud envió a ese destinatario famoso y con muy pocos méritos para serlo, famoso porque recibió en una ocasión diez o veinte cuartillas, esa carta a la que llaman del Vidente, que es un avatar de la veterana justificación idealista, voluntariosa, misionera, maga, del poeta; fanfarronada, cortina de humo pro domo, que luce el atuendo recién estrenado del orfismo democrático, pues lo que pretende es agradar a los poetas de Douai, y a los demás, aunque la carta es mucho más que eso, porque la escribe un muchacho que hace cuanto puede por creer fervientemente en lo que escribe. Pero, trátese de una fanfarronada o de un rasgo de genialidad, leemos la carta y la rumiamos, inclinados sobre nuestros escritorios de poetas, la contestamos, igual que lo hizo la primera vez Demeny: pues «dar con una lengua» y «hacerse vidente» son palabras literales de esa carta. Y todas esas cosas que estaban en el aire desde hacía veinte años, o dos siglos, esas cosas que ya dijeron de forma más o menos escandalosa el chaleco rojo, el Viejo, y el otro chaleco rojo, el auténtico, el que lucía de verdad un chaleco rojo bajo el frac en la algarada de Hernani, Gautier, y que también dijeron Baudelaire, que llevaba un chaleco negro y largo, y Nerval, y Mallarmé, todas esas cosas se dicen aquí de forma más convincente, más juvenil, más belicosa: y es, pues, justo que, en nuestros escritorios de poetas, estemos tácitamente de acuerdo en que aquí se dicen por vez primera. A nosotros nos parece algo nuevo, sempiternamente nuevo; pero quiero creer fervientemente que, para Rimbaud, eran ya antiguallas poéticas en el preciso instante en que echó la carta al buzón, quizá en el preciso instante en que la estaba firmando, por mucho que se esforzase en creer fervientemente en todo aquello. Dicen que envió al joven Verlaine una carta del mismo tenor, voluntariosa, cautivadora, espléndida; no se ha conservado. Dicen que Verlaine mordió el anzuelo y se lo tragó del todo; y que a finales de otro verano, en septiembre de 1871, un tren soltó por tercera vez a Rimbaud en París; pero, esta tercera vez, es probable que Cros y Verlaine estuvieran esperando a aquel queridísimo corazón cabal en la estación del Este; y Rimbaud, en el bolsillo de aquel pantalón demasiado corto por el que le asomaban los calcetines de perlé azul, lo sabemos de buena tinta, que el hada mala le había tejido sintiendo por él algo de lo que no estamos seguros, amor quizá, en aquel bolsillo llevaba los deberes impecablemente hechos de El barco ebrio pulidos y repulidos de cabo a rabo para agradar al Parnaso y ser, en ese Parnaso, el primero.

Verlaine, sabido es, entra en esta historia tocado con sombrero derby y en el andén de la estación del Este; y su historia personal entra ahora en derechura en la prisión de Mons, el tonel de ajenjo y la baladronada trágica, el jergón y la Leyenda Dorada; y, junto al jergón, monjas de calendario, putas y aquel jovencito, Létinois, que era una muchacha muy bien plantada; pero a todos, por muy menesterosos que fueran, los vemos inclinarse hacia Verlaine, que se halla aparentemente mucho más abajo que ellos, como si anduviera tirado por los suelos; pues él también se vio rebajado y dio en tierra, igual que Izambard.

Cierto es que no necesitaba para nada a Rimbaud; tenía ya edad suficiente para liquidarse a sí mismo y gran empeño en hacerlo; pero Rimbaud fue el pretexto soñado, la piedra en la que tropieza un destino. Y, más que ninguna otra cosa en el mundo, a Verlaine le gustaba tropezar.

Por el momento, luce sombrero derby, duerme en una estupenda cama con una mujer hermosa. Sólo él sabe que tropieza a cada paso, es joven y todavía no se le nota. Dicen que, con o sin sombrero, tropezando o sin tropezar, agradó a Arthur Rimbaud y, ciertamente, fue algo recíproco: sin disimulos, sin más reserva mental que la pretensión de cada uno de ser el primero, cosa que admitían ante el otro, sabemos que les gustaban sus mutuos escritos, que se tomaban mutuamente por videntes, o hacían como si lo creyesen porque por aquel entonces estaba de moda suponer que de la videncia, nebulosa, inefable, secreta, postulada, nacían los poemas más rotundos, los soberbios sistemas semejantes a sistemas planetarios, donde en doce sílabas crecen árboles, en los que el universo se encarna; y de esa encarnación segunda ambos se decían que quizá el otro poseía la llave. Ambos se alegraron al percatarse de que esa llave, si es que existía, estaba en manos de un compadre que les caía simpático. Pero es sabido que pocos días después de la estación del Este, jóvenes ambos y exaltados, se gustaron de forma diferente: y sucedió que a veces, en un cuarto oscuro tras las contraventanas cerradas, estuvieron ambos desnudos, erguidos ante el otro, y, rebasando las armonías y los números fruto de la videncia, rebasando todo poema, se entendieron; tras esas contraventanas brincaron marcando los pasos de la antigua danza de los cuerpos desnudos, buscándose mutuamente la flor del ojo moreno; y, habiéndola encontrado, a ese dique se arrimaron y, suspendidos de ese mástil que no era la varilla, sucedió que a veces se estremecieron y se desvanecieron por unos instantes de este mundo, del cuarto oscuro, de las contraventanas de septiembre, y sus cuerpos se expandieron universalmente sin dejar por ello de concentrarse totalmente en el mástil, con la mirada muerta y la lengua perdida. Y esa primera danza que juntos trenzaron, sin que sepamos ni dónde ni cómo, de cuya turbación sabe todo el mundo, ese trajín doméstico del palo mayor levantó por el mundo de las letras un vendaval tan fuerte como la tempestuosa ola de Hernani, pues los hombres de letras son fútiles. No cabe, empero, duda alguna de que acontecimiento tal, ya fuera tempestad o brisa, oreó los escritos de Arthur Rimbaud y les resultó beneficioso: pues el joven había estado muy hambriento de esa danza, de la flor de ese ojo, que quizá andaba buscando por las inmediaciones de Charleroi el verano anterior, y, al no encontrarla, para engañar el hambre y convocarla, fue dejando caer piedrecitas por el sendero: cierto es que las piedrecitas resultan muy gratas, pero no le bastan a una Obra que es de la raza de los ogros; y si la longitud de la varilla no da cabida también, además de a la bonita muchacha y la posada verde, además de a la Wanderlust bajo el frufrú de las estrellas, si la varilla no da cabida también a la sombría, la ridícula flor del ojo moreno, es que la aleación de la varilla es mala, y se doblará, como se doblaba en manos de Banville.

Dicen que ese amor se les metió en el alma y acabó mal, como suele suceder cuando se mete el amor en el alma; dicen también que, al tocar todos los palillos e interpretar todos los papeles, el de amante, el de compadre, el de poeta, sacaron de quicio a la esposa, a la auténtica, a la de Verlaine, con las mil tretas arteras que dicta el ajenjo; pues eran unos bromistas; pulsaron cuanto pudieron la cantarela del destino poético, esa misma que, en resumidas cuentas, tanto pulsó Baudelaire hasta que se atascó en el famoso me cago en diela; hay quien piensa que, de los dos, era Rimbaud el que más la pulsaba; y la esposa tenía a su favor la ya antigua cantarela de Eva, que no tolera que le vengan con esas coplas: de forma tal que las vomitonas órficas a cuatro patas a las cuatro de la mañana en las escaleras conyugales dieron pie a la ya antigua penitencia conyugal, y la mujercita de Verlaine lo puso de patitas en la calle. Cuentan que los dos poetas, expulsados de aquel paraíso conyugal, tras muchas vueltas y revueltas y muchas evasivas de borracho en casa de Cros, en casa de Banville, en el Hotel de los Forasteros, donde paraban los miembros del grupo de los Zutistes, tomaron el camino del Este y se fueron a otra parte con la música de aquella danza luminosa, brincadora, sin que ésta decayera, por más que la agusanase el vermiforme verso del sentimiento; y que, primero en Bruselas y luego en Londres, quizá para recuperar el puro fulgor anterior al sentimiento, cortejaron con ahínco aún más feroz al hada verde, el ajenjo, y también el oro intenso del whisky y la cerveza inglesa y el cieno de la cerveza negra; y que entonces, al fondo de esos pubs, se los veía enfrentados, cantarela contra cantarela, con la cara encendida y la nota atascada; y, por supuesto, en otras ocasiones, se inclinaban, frente a frente, aplicados y formales, sobre un mismo escritorio de poeta de Londres, en la ciudad de Londres, negra y destripadora, como la mismísima boca de Baal o las letrinas de Baal, encima de cuya cortina de humo está subido, sentado a lo moro, el Capital, en flagrante delito subido, pues corrían a la sazón los tan añorados tiempos del capitalismo duro, cuando estaba muy claro quién tenía que apuntar con el fusil y quién tenía que estar en el punto de mira, en qué culata había que hincar el diente, por qué sangre concreta había que pisar; en esa ciudad de Londres de Antiguo Testamento, frente a frente en un escritorio de poeta, quiero creer que uno escribió las Romanzas sin palabras y el otro las Canciones ningunas, a las que, más adelante, puso otro título, y todas esas composiciones llenas eran de gracia, hechas de liviano aire, casi inexistentes, escritas en la boca de Baal, aunque muy por encima de Baal y del cieno de la cerveza negra; pues a la sazón pulsaban como es debido la cantarela, sólo para sí y también para los muertos; y, cuando amainaba el canto, ante ese escritorio se gastaban bromas, se envidiaban, se perdonaban. O se recitaban esas composiciones aéreas, uno de pie, sentado el otro, igual que en Saint-Cyr las muchachas ante el rey; y el que estaba sentado sentía pasar la gracia y la fuerza y la elevada retórica; y ninguno de los dos sabía que nunca más tendrían un público así, un escenario así. Pero cuando la composición hecha de aire ya había salido volando, ellos, que allí seguían (así es al menos como lo veían ellos, el vuelo remontado del poema y el desmoronamiento de los cuerpos, pues sus almas seguían vistiendo subrepticiamente el chaleco rojo), ellos, que allí seguían, se ponían la hopalanda y se metían arrojadamente en la boca de Baal, que es también sus letrinas, y al fondo de un pub se enfangaban en unas jarras de cerveza negra. Entre esa pez de Antiguo Testamento, sus devotos consiguen diferenciarlos sin dificultad y atribuir fácilmente a cada cual lo suyo: aquí, el vidente, el innovador; y acá, el infeliz apegado a las lunas viejas; aquí, el hijo del sol, que camina en cabeza, y, a la cola, el tropezador, hijo de la luna; los devotos tienen el don de videncia; yo, en cambio, no veo nada: los rasgos de ambos se confunden en el smog de Babilonia. ¿Quién tiene barba y quién cara de pocos amigos? Está demasiado oscuro para saber quién es la virgen loca y quién la esposa infernal: en ambos hay igual violencia bajo los chalecos igualmente negros. Son dos destripadores, tal para cual, que se abren paso hasta el fondo del pub como un cuchillo por la mantequilla; y el cochero que carga con lo que de ellos queda al salir del pub, a las cuatro de la madrugada, los sujeta del brazo, los recoge, los arroja como puede al fondo del carruaje con las hopalandas revueltas; el coachman encaramado allá arriba, que habla a los caballos en la lengua de Babel y se desvanece, lleva un gabán igual. El látigo restalla escondido en la niebla, es posible que Rimbaud, dentro del carruaje, vaya voceando: mierda. Van a la estación, regresan a Europa; pues es sabido que acabaron por tener una bronca por un asunto de arenques; que, tras ese asunto, se marcharon de Babilonia; y que se dejaron caer de nuevo por Bruselas muy trastornados, desencajados, aterrados, y uno de los dos, el del sombrero derby, a las tres de la tarde, con doce o veinte hadas verdes aposentadas en permanencia en el cuerpo y pataleándole dentro desde las ocho de la mañana, fue a las Galerías Saint-Hubert y, aterrado, compró una browning, que no era una browning, sino un revólver, de seis tiros y siete milímetros, de cuya marca no estoy al tanto, y con él le metió cierta cantidad de plomo en el ala al arcángel aterrado. Y helo aquí en la prisión de Mons; da en tierra, y el otro se larga a su Patmos, a Roche, en las Ardenas, cerca de Rilly-aux-Oies. En el tabuco interior, Verlaine yace, muy formal, junto a Izambard. Y, por lo que a Rimbaud y a él se refiere, la danza ha concluido.

Dicen que si se agredieron así fue porque tenían formas de ser idealmente opuestas, como opuestos son el sol y la luna; porque de uno de ellos eran el fulgor del día, la fogosidad del día, la fuerza y las botas de siete leguas, mientras que el otro aspiraba a titilar apenas, a asomar apenas entre unas ramas, a dar en tierra, a huir; porque uno de ellos propiciaba la poesía moderna mientras que el otro se conformaba con las antiguallas, es decir, recurría a la antiquísima y eficaz mezcla de sentimiento y pies forzados que nos hemos acostumbrado a disculpar en Malherbe, en Villon, en Baudelaire, mas no en Verlaine; porque además éste, Verlaine, indeciso y dividido como la luna, no se entregaba con toda el alma, no estaba del todo en Londres y había dejado una parte de sí mismo en París, desde donde su mujercita le escribía cartas y pulsaba con tino la cantarela de Eva. Formas de ser tan dispares tienen que ser artificiales por fuerza, las hemos pulido sentados ante nuestros escritorios de poetas.

Dicen también, para explicar lo de los arenques y el revólver de seis tiros, que los había minado aquel desenfreno de todos los sentidos en el que, sin andarse con rodeos, ponían ambos gran empeño, pues vestían subrepticiamente el chaleco rojo; y en ese desenfreno pusieron gran empeño; no consiguieron hallar en él la condición de videntes y buscaron la videncia en la borrachera pura, que tanto se le parece; y no nos extraña nada que diez meses de cogorzas compartidas convirtieran a dos jóvenes impetuosos en esos convulsionarios de Bruselas el día en que en el caldero de la cerveza negra salió a flote como una flor la boca del revólver de seis tiros. No me creo esa explicación tan vista que afirma que Rimbaud, consciente de su genialidad, como solemos decir con el bonete de seda encasquetado, despreciaba a Verlaine, despreciaba la poesía de Verlaine y le echó en cara que careciese de genialidad; pues Verlaine tenía genialidad; y Rimbaud, aunque destrozado e incurable, era moderno de forma menos absolutista que nosotros. Pero ya he dicho que opino que sus respectivas cantarelas se desgastaban de tanto oponerse: esa cuerda pequeña que ambos poseían, la cantarela órfica, la del destino poético sin par, desmedido, que Baudelaire les enseñó a tocar a ambos, y que se atasca con tanta facilidad, esa que pulsaban cuanto podían, con la que hay que tocar para sí, convencerse a sí mismo, y no se puede pulsar mucho rato si hay otra cantarela chirriando cerca. Por la sencilla razón de que era imposible que, en una única habitación de Camden Town, dos fueran al tiempo el verso en persona. Es algo que dos seres vivos no pueden compartir, una de las dos cantarelas tiene por fuerza que romperse.

Y hete aquí que Rimbaud la pulsaba con más brío.

Rimbaud tocaba con mayor vehemencia, apostaba más fuerte. Ansiaba ser la poesía en persona con mayor intensidad que Verlaine, es decir, excluyendo a todos los demás: pues sólo cumpliendo esa condición podía tener la esperanza de calmar a la vieja que llevaba en el pozo interior, permitirle que descansara un poco, olvidada al fin de los dedos negros, dejando la mano abierta, dejando de manipular, adquiriendo ese mimo que hay siempre en la carne dormida. La vieja de dentro, para consolarse y adormecerse, precisaba que el hijo fuera el mejor, que es como decir el único, y no tuviera maestro alguno. De esto tengo la seguridad: Rimbaud rechazaba y aborrecía a todo maestro, y no tanto porque quería y creía serlo él cuanto porque su propio maestro, es decir, el del hada mala, el Capitán, lejano al igual que el zar y difícilmente concebible al igual que Dios, y soberano aún en mayor grado, al igual que ellos, por el hecho de vivir recluido tras unos kremlins, tras unas nubes, ese maestro suyo de toda la vida era una efigie fantasmal que inefablemente emanaba de las cornetas fantasmales de guarniciones remotas, una efigie perfecta, fuera del alcance de cualquiera, infalible y muda, postulada, cuyo Reino no era de este mundo; y el haberlo visto aparecer en este mundo ni tan siquiera como aparición sino como amago de ella, apariencia de ella, sombra proyectada, lugarteniente, encarnación venida a menos que trasegaba cerveza negra por entre las barbas y escribía versos hermosos, sacaba de quicio a Rimbaud, lo despojaba; y es muy probable que se enrabietase, en el colmo de la indignación y sin saber por qué, igual que un fariseo a quien el Dios opaco de las Tablas selladas inflige la injuria de manifestarse con absoluta claridad en el piojoso de Nazaret. Verlaine se secaba la barba húmeda de cerveza negra y miraba, risueño, a aquel muchachote al que tanto quería; y éste, indignado, escupía en el suelo, daba media vuelta y salía con un portazo. A ese rechazo de un maestro visible se lo llama, en el caso de Rimbaud, rebeldía, rebeldía juvenil, pero es algo muy antiguo, como la antigua serpiente en el antiguo manzano, como la lengua que hablamos. Está en la lengua que dice yo, cuando esa lengua se remonta por encima de todas las criaturas visibles y no se digna dirigirse sino a Dios. Y el desventurado Verlaine, ese ser superlativo que resultaba, con su barba y sus bromas, de lo más manifiesto, que tenía veintisiete años, era poeta de Escuela y auspiciado por las Escuelas, que conocía al Viejo del chaleco rojo y estaba en posesión de cartas suyas, que manejaba la retórica de arte mayor con mucha más soltura que un chiquillo de dieciocho años, Verlaine, a pesar suyo, tenía a la fuerza que resultar decano, y regio por más que llevase la corona torcida, maestro a medias: y no quedaba más remedio que abatirlo para conseguir ser Rimbaud del todo, que desbaratar ese verso, forzosamente imperfecto porque otros también lo usaban, que pulsar con fuerza, apostando fuerte por ella, la cuerda pequeña de las prosas no mensurables y pudrirse prolongadamente en el Cuerno inútil de África, entre tribus sin violines, allí donde no hay más maestros que el desierto, la sed, la Suerte, soberanos todos ellos poco manifiestos y enterrados en la arena como esfinges, pero soberanos empero, capitanes, susurrando inefables zafarranchos entre el viento que sopla sobre las dunas, las cornetas fantasmales del viento. Así pues, de camino hacia ese desierto, abatió a Verlaine; a Verlaine que, no obstante, no era Izambard, que lo miraba todo cara a cara, que sabía que el hada mala de los combates danza en el corazón de la lengua y no sólo en Sedan o en el Capital, antiguas lunas; y que, pese a saberlo, quizá precisamente porque lo sabía, fue a toda prisa a las Galerías Saint-Hubert y volvió con un revólver de seis tiros para abatir a la lengua en persona, para ser maestro y amo suyo, disparó dos veces contra la lengua, que lo estaba mirando con ojos de niño, enfurruñados, claros, soberanos, sabiendo pese a todo, antes incluso de apretar el gatillo, que no se puede abatir a la lengua, es imposible cargársela, porque el tiro rebota y se vuelve hacia el que lo disparó. Y, tras ese rebote, dio en tierra con un rosario en las manos.


Ya no me escuchas, te has puesto a hojear la Vulgata. ¡Qué razón tienes! Todo está ahí: las pasiones y los hombres, la poesía aérea y las cogorzas plúmbeas, la rebeldía de altos vuelos, los mezquinos arenques, e incluso el rosario en las manos de Verlaine, al que Rimbaud aludió así: un rosario en las zarpas. Y la luminosa danza con la que todo empezó, esa que bailaron tras las contraventanas de septiembre, también está ahí. Pero, con gran delicadeza, la Vulgata, en lo referido a este asunto, insinúa y calla.

Es la Vulgata, nunca mejor dicho; no tiene ni un fallo. No da pie a polémica alguna. Pero polémica hay, no obstante, respecto al capítulo ese de la danza: que si a Rimbaud sólo le gustaban los hombres o si le daba igual un sexo que otro con tal de que la cosa resultara pasional; que si lo que quería era abrazar por fin la sombra del Capitán o la desdichada carne de Vitalie Cuif. Nada se sabe. Y lo más seguro es que, desde el punto de vista de ese gran sofisma mágico de doce pies que quiso morir en Londres, estuvo a punto de desbaratarse, se rehízo y, en vaivén tal, late igual que un corazón, lo más seguro es que desde el punto de vista de la poesía semejante polémica sea vana.

La Vulgata no tiene fallos, y en ningún momento es tan intachable como al referirse a esa temporada de Londres y Bruselas, la de los desvalidos amores y el revólver de seis tiros; pero no refiere cómo en esos pocos meses Rimbaud, que tenía diecisiete años, envejeció en lo tocante al verso, tanto como si en Londres hubiese escrito de un plumazo La leyenda de los siglos, que no estaba rematada, Las flores del mal, que ya lo estaban, y una Divina Comedia que hubiera podido nacer de los tiempos del capitalismo duro, en el noveno círculo, de la pocilga más pocilga, entre las zarpas del Capital en persona. Nada sabemos. De Baal, de los amorosos abrazos, del escritorio de poeta de Camden Town, de eso estamos seguros; y también de otros detalles más mimosos, que nos enternecen: lo jóvenes que eran los dos, su torpeza de cachorro, sus dientes de cachorro; que a uno se le caía el pelo a puñados mientras que el otro lo llevaba más largo que en 1830; lo esperanzados que estaban y ese gusto por las bromas que nunca perdieron pese al martillo pilón de Baal, ni tampoco, mucho más adelante, tras todos los suicidios. Y esas ternezas nos dan pie para no leer la poesía, pues leer no puede nadie, salvo quizá quienes creen en la existencia de una clave cifrada. ¿Y acaso leen más ésos? Somos unos crápulas románticos. No, no leemos, yo tampoco. Lo que hacemos es escribir un poema, cada cual a nuestro aire, con los bonetes de seda calados, como se hacía antaño, dando vueltas a las lucidas tramas de Troya y Grecia. Es nuestro poema, y los poemas de Rimbaud andan escondidos dentro del nuestro, bien recónditos, reservados, como postulados: nuestro poema abulta tanto que, a veces, al abrir ese libro delgado en el que yacen los escritos de Arthur Rimbaud, nos asombramos de que existan. Nos habíamos olvidado de ellos. Volvemos a echarles una ojeada, presurosos, ciegos, medrosos como la hormiguita que, sin importarle nada las líneas, cruza al bies por nuestra página cuando la dejamos en el suelo, a nuestro lado, en el jardín.

En el jardín, echamos una ojeada a esos poemas de 1872. Los soñamos. Pensamos en cómo llegaron a este mundo, en la primera vez, aquella en que una mano de lavandera dio a la luz esas canciones sencillas, como del pueblo, de muchacha del pueblo, donde el antiguo alejandrino tararea que ha de morir y no consigue resignarse a ello, se convierte en dos versos separados de seis pies, pero perdura. Y da la impresión de que también el corazón de Rimbaud se parte en dos: quizá es que ahora ya sabe que no hay Salvación para la poesía, que no hay día de reparto de premios con Dios padre haciendo las veces de subprefecto y la madre de uno, una chiquilla aún, mirando, tan orgullosa, sentada, con el vestido de los domingos, detrás de los macetones del paraíso. Oímos cómo se rompen ambas cosas, el corazón y el verso. Lo que nos llega es el eco de una batalla muy lejana, las derrotas conjuntadas de una infancia de provincias y del alejandrino. El alejandrino ha querido perecer con ese corneta humilde. Están juntos en lo alto del cerro, al caer la tarde tras la batalla. La antigua bandera ha ido hacia las líneas enemigas demasiadas veces, ahora está hecha jirones; el anciano general, que ha perdido ambas piernas, titubea. Y, mientras titubea, le late el corazón, como un redoble; los tambores se alejan; desplomado contra un árbol, recuerda sus batallas, Saint-Cyr, Guernesey, y piensa que ahora toca morir; y es quizá por eso por lo que le pasa rozando esa brisa de infancia, de alborada, bajo unos árboles de verano. Ése es el susurro que suena dentro del breve padrenuestro; y suena bien afinado porque, con el anciano general, es la infancia de Arthur Rimbaud la que muere. Lleva puesta la miniatura de quepis de artillero. Toca la corneta con todas sus fuerzas. Y eso es lo que suena tan bien afinado, lo que lo iguala todo con el mismo rasero, la tarde cayendo tras la batalla y la siguiente alborada, la hormiguita y la Eternidad, el pozo hondo y las estrellas, igual que en los recuerdos de un hombre que va a morir. Ese es el vínculo entre las témporas y los castillos, de la misma forma que, cada día que Dios hace, el tiempo y el espacio se vinculan, se alza junio despreocupadamente sobre una fachada clara, y enseguida ya es diciembre. Está oscuro. Miramos el cometa. Llevamos las manos colgando. En el jardín, dejamos de leer, un soplo de viento pasa por los avellanos de más arriba; de repente sabemos, como si lo contase la brisa, que la muerte del alejandrino no es más trascendental ni más cierta que la Vulgata popular, esa historia un tanto simple de dos jóvenes a los que les rebosa el genio, que se aman y se pegan tiros. Es otra Vulgata, la del alejandrino, no mucho menos bobalicona que la Vulgata de la videncia, que hemos cocido bajo nuestros bonetes de seda, para uso de nuestros iguales. Una Vulgata completamente moderna.

Bajo los avellanos, volvemos a titubear, sin saber ya a qué carta quedarnos; damos de lado la letra, cerramos el librito, regresamos a la carne del poeta de la que nada sabremos; no veremos esa mano de lavandera sin misterio, ni videncia, ni código cifrado, tan sencilla, que acomoda en una única línea las témporas y los castillos; ni la ardorosa paciencia y, de pronto, el chasquido de arranque, la exultante certidumbre de la mano que escribe, que deja blancos donde es menester, añade una breve línea, otra, con certidumbre se detiene; no sabremos si es Dios o Baal quien mueve esa mano, y rezamos para que no sea Baal. Si en ese preciso instante, a la sombra de los avellanos, nos fuera dado ver aquella mano como la vio Verlaine, y, algo más arriba, superponiéndose gradualmente a las frondas, aquella cara de pocos amigos, aquel pelo revuelto, si la boca dijese mierda, si, más probablemente, dijese: lee, tendiéndonos un poema con cara pordiosera, enfurruñada, soberana, si leyéramos mientras nos mira, sólo sabríamos lo que es lícito saber en esta tierra, lo que sabe la hormiga que, indiferente a las líneas, sigue su camino presuroso por mi página, muda como el jardín.



En Rimbaud el hijo
Título Original: Rimbaud le fils
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Barcelona, Anagrama, 2001 
Foto: Sophie Bassouls/Corbis

13 may. 2012

Pierre Michon - Vida de Claudette

No hay comentarios. :

Pierre Michon - Vidas minúsculas


En París, adonde iba a mendigarle al cielo una segunda oportunidad en la que no creía, la ausencia de Marianne acabó de pudrir en mí. Pasé ahí dos años vociferantes, nulos, en sueños: imploraba auxilio en voz alta para tener la oportunidad de rechazarlo mejor; decuplicaba mi desamparo torturando a las pocas almas caritativas o débiles a las que habían conmovido mis excesivas llamadas. Me mudaba siguiendo a esas pobres chicas, en la indiferencia, en el furor: en la rué Vaneau, rompía puertas por la noche, y temblaba al día siguiente, frente a la conserje; en la rué du Dragón, reclutado por puntillosos desechos humanos de mi misma condición, fui promovido a la categoría de hashishín y dormía debajo de un fregadero; en Montrouge, quedé extraviado todo un invierno: la jovencita a la que martirizaba entonces recorría todo París, con los bolsillos llenos de recetas médicas falsificadas, y me traía barbitúricos a carretadas; sus ojos muy verdes y clementes me miraban, su mano de niña me alcanzaba dulcemente esa oscura provisión, todo se tambaleaba, mi velar era sueño; me temblaba tanto la mano que las innumerables páginas escritas en ese coma son misericordiosamente ilegibles: el Cielo hace bien lo que hace. Una vez, vi por la ventana una lila en flor, y era primavera. Ignoro el nombre del barrio elegante de donde, una noche de invierno, huí o me echaron de un estudio en el último piso de una casa art nouveau: había estucos con risitas socarronas entre la madera fría, faunos, fauces abiertas bajo la luna; insulté a alguien; mis manos rasguñadas buscaban rejas, heridas, salidas. Ni la caminata ni la helada me quitaron la borrachera: vuelvo a ver el agua de plomo del canal Saint-Martin, un siniestro cafetucho cerca de la Bastilla, y bajo las luces de neón a giorno la deserción de caras prometidas a la noche, ruinas de mi conciencia entonces devastada y del recuerdo que hoy se eclipsa. Los grandes trenes miserables sobre las viguetas temblorosas trajeron el alba; una población de espectros agotados y muy tranquilos llegaba de las afueras, con el día pisándole los talones: estaba en la estación de Austerlitz, no me marchaba.

Y sin embargo escapé, salvado de los fastos de la capital por una ceguera de mujer, que me creyó autor; el asunto se arregló en una noche, en un bar de Montparnasse donde un camarero burlón me servía vino blanco en un vaso para cerveza: llevé la complacencia hasta las lágrimas. Ella me escuchaba bebiendo limonada tras limonada; me encontró amable, me llevó consigo. Era rubia y bonita, sin maldad, devota del psicoanálisis.

Claudette era normanda, así que fui a Normandía; sólo las leyes de una exogamia caprichosa son bastante fuertes para hacerme cambiar de lugar. En Caen, me instalaron en el primer piso de una casita, entre los libros y los árboles de un gran jardín que se agitaban en las ventanas, cargados de lluvia atlántica. Uno de ellos, evidentemente un roble, aunque sometido al aguacero común, era más elocuente que los otros; tenía un pasado, lo cual es una forma de tener nombre y lenguaje: a sus pies, me dijo Claudette, Charlotte Corday había jurado antaño matar al matador de reyes antes de alejarse con su pañoleta sobre los hombros, en el alba mojada de Auge, hacia la muerte de otro y la suya propia, la cuchilla y la salvación. Abracé a Claudette, la besé, le toqué los senos; mientras tanto imaginaba a Charlotte, demente y razonadora, con su paquetito de viaje envuelto en un pañuelo, obtusa, contándole a la obtusa corteza historias deshilvanadas de reinas profanadas, de matanzas en septiembre, de puñal y de mandato divino: como un autor, pensé, que no sabe de qué habla ni para quién, pero que se basa en la proliferación de palabras huecas para exigir a los cielos una categoría única, y en la muerte desastrosa, asumir un nombre memorable. El árbol ciego chorreaba.

A pesar de ese ilustre modelo y de su público frondoso, no escribí nada. Salía del largo sueño de los barbitúricos, había destruido desde el primer día las recetas, tal vez por desafío y por hacer un gesto, o, más banalmente, para conformarme a la risible fantasía del segundo nacimiento; y la solicitud de Claudette evitaba que mis ojos se encontraran con botellas. Pero soñaba que escribía: me ayudaban en esa ficción festines de anfetaminas, a las que me había convertido sin dificultad una amiga de Claudette menos prudente que ella.

Visto por el prisma agudo de esa droga fría, Caen fue para mí un desierto: estaba luminoso, estaba tenso, cuando me acercaba luminosas tensiones desgarraban el espacio masificado alrededor de ángulos duros; matices y profundidades se me escapaban, y se me escapaba el milagroso descanso de las sombras progresivas, las azules y las pardas y aquellas en que los azules de oro se desvanecen poco a poco, la humilde rebeldía y el último refugio de las cosas frente a la lucidez intransigente del cielo; duros cubos de viejos maestros sieneses cortaban la ciudad, sus horizontes y sus climas, y en esa helada el aire impalpable cuajaba en grandes poliedros fríos: yo estaba jubiloso en ese banco de hielo, con una mano aterida alrededor del corazón, ojos de vidrio nítido y una inteligencia lívida de condenado del último círculo. En vano los dulces campanarios de Caen, tan queridos por Proust en sus bosquecillos húmedos y su aureola de aire lluvioso, me hacían señales: sólo la verticalidad batalladora de la Abadía de los Hombres enfrentándose a los cielos violentos encontraba un eco en mí: toda mi alma crispada en un puño de nieve, como una fachada deslumbrante contra la que viene a dar, invariable y sin esperar ningún apagavelas nocturno, un rayo duro de sol petrificado.

Sobre esa fachada yo escribía, en sueños.

Me instalaba desde temprano frente a mi mesa de trabajo, ante la mirada cada día más dubitativa de Claudette; antes había desaparecido algunos segundos en el baño para tragar una dosis triple o cuádruple, y la hermosa rubia no se dejaba engañar por ese juego del escondite del que regresaba con la mirada alegre y las manos duras, avergonzado tal vez pero rebosante de alegría malvada. Dolida, se iba por fin a su consultorio, donde la esperaban casos sociales y débiles mentales a los que rodeaba de atentos cuidados que tal vez eran menos desde que escondía entre sus muros un caso mayúsculo, poco decorativo e incorregible; yo reía con sorna. ¿Qué me importaban esas tonterías, a mí a quien un poco de polvo blanco me consagraba cotidianamente como Gran Escritor? Empezaba una mañana exaltada, infecunda y fúnebre, pero, repito, alegre; yo era llama y fuego frío, era hielo que alguien rompe y cuyas hermosas esquirlas, tan variadas, resplandecen; frases demasiado apresuradas, profusas y siniestramente vivarachas, pasaban sin tregua por mi mente, en un instante variaban, se enriquecían con su volatilidad, y florecían en mis labios que las echaban al espacio triunfal del cuarto; ningún tema ni estructura, ningún pensamiento ponía trabas a su prodigioso parloteo; escondida en todos los rincones, tiernamente inclinada sobre mí y bebiendo en mis labios, una gran Madre deslumbrada, benévola y toda oídos, acogía la menor de mis palabras como oro contante y sonante; y a oro sonaba a mis oídos la menor de mis palabras, se decuplicaba en mi mente, y volvía a salir por mi boca como segundo oro: avaro, no le confiaba ni una onza al papel. ¡Qué bien iba a escribir!, declamé sin embargo; ¿acaso no bastaba con que mi pluma dominara la centésima parte de esa fabulosa materia? Pero ¡ay! sólo lo era porque no tenía ni toleraba amo alguno, aunque fuera mi propia mano. Si la hubiera escrito no hubiese dejado en la página más que cenizas, como un leño después de quemarse o una mujer después del placer. Vamos, de todos modos iba a escribir, al rato; no había prisa. A las cinco de la tarde, me castañeteaban los dientes. Con el agotamiento del artificio que lo había suscitado, mi ojo solar se eclipsaba bajo una noche gris que llenaba de tinieblas el universo: miraba sobre la mesa una pila de papel blanco intocado; ningún eco en la habitación muda celebraba la memoria de la obra impotente una vez más proferida, eludida. Así pasaba el tiempo: el árbol histórico afuera de la ventana se adornaba cada día de hojas más parlanchinas que nada debían a la locuacidad de una mujer antes inspirada, muerta.

Las anfetaminas me destrozaban: pero hoy pienso, con un sentimiento de corazón y una añoranza como de mujer que una vez hubiera sido mía y que ya no tuviera, que les debo los instantes de felicidad más pura, y de algún modo literaria. Cuando las había tomado, estaba impecablemente solo; era rey de una población de palabras, su esclavo y su par; estaba presente; el mundo se ausentaba, los vuelos negros del concepto lo recubrían todo; entonces, sobre esas ruinas de mica radiantes con mil soles, mi escritura postiza, virtual y soberana, espectral pero única superviviente, planeaba y se zambullía, desenrollando una banda interminable con la que envolvía el cadáver del mundo. Yo, sobre esa tumba cuyo epitafio declamaba incesantemente, única boca que devanaba la infinita filacteria, triunfaba: pasaba del lado del amo, del lado del mango, del lado de la muerte. Esa dicha no le debía nada a la fuerza del alma, sino que era quizás, superlativamente, dicha de hombre; como la jubilación de las bestias viene de que no difieren de la naturaleza de la que participan, la mía venía de coincidir exactamente con lo que, según dicen, es naturaleza para el hombre: de las palabras y del tiempo, de las palabras echadas como vana pitanza al tiempo, sin importar cuáles palabras, las falsas y las verídicas, las bien sentidas y las insensibles, el oro y el plomo, precipitadas con pérdida y estruendo en la corriente siempre íntegra, insaciable, vacía y tranquila.

Esperaba que Claudette me diera mi provisión de veneno; se negó. Le hacía el amor sin miramientos, bruscamente: hubiera querido que su carne fuera tan lábil y servil como lo eran para mí las palabras; pero no, era efectivamente parte del mundo, existía sin mí, tenía voluntad y resistía, y yo me vengaba dándole placer: de sus gritos al menos me creía la causa, eran palabras a las que la obligaba. A pesar de mis vagas negaciones y de mis simulacros matutinos, ella sabía muy bien que yo no escribía: el autor fanfarrón de Montparnasse era esa piltrafa exaltada, ese maniático sentado a la mesa frente a las hojas vírgenes; además, había rechazado con indignados sarcasmos los trabajitos profesionales que sus relaciones le permitían ofrecerme; ella me alimentaba; se desesperaba, pues mi risa había llenado de ridículo las pobres pasiones de biblioteca romántica, o que mi presunción creía tales, que le daban una imagen no demasiado irrisoria de sí misma: el tenis, el piano, el psicoanálisis y los vuelos en chárter.

Y sin embargo tenía nobleza. Recuerdo su mirada, un día de invierno, al borde del mar; empezaba a desengañarse ya, pero no había perdido toda esperanza: ciertamente yo no era un autor, era perezoso y un poco mentiroso; pues bien, lo aceptaría, haría todo lo posible, pero por lo que más quería, que le hiciera el favor de dignarme permitir que viviese en este mundo como ella permitía que yo viviera fuera de él: y todo eso, lo decía su mirada sobre mí, sin insistencia ni lágrimas, con dignidad, con amor. Llevaba un gorrito de lana tejida, botas de caucho amarillas, infantiles y alegres sobre la arena triste; el frío la sonrosaba, el grito brusco de las gaviotas añadía a su melancolía; mis ojos la dejaron, recorrieron el inmenso horizonte de las playas que el invierno condenaba a la violencia neutra, a la lamentación, al embotamiento de siempre; vi un Volkswagen blanco detenido lejos en las dunas, un cielo intenso, gris de hierro con toques enloquecidos de aguada de albayalde, y la gran reptación marina irritada, hinchada, sin fin miserable: el mundo, y menos fútil que inalienable. Y debajo de eso Claudette, pequeñita en la arena con sus zapatos amarillos, llena de buena voluntad, que se detiene un poco en mi memoria, camina valientemente entre ese verde y ese gris que la borran, unos pasos más, todavía un poco de amarillo, la bruma del mar se la lleva, desaparece.

A Claudette la decepcioné, y es poco decir; el último sentimiento que tuvo hacia mí, la última mirada que me dirigió, fue quizás de repulsión, de temor y lástima entremezclados. Huyó de lo que la desposeía, y quizás se encontró a sí misma en el curso de las cosas. Seguramente se casó con algún universitario, deportista e ingenioso, de pensamiento marginal o devenir de notable; corre por el verde de los campos de golf, en falda de tenis da saltos de la sombra a la luz, el bonito ruido de la pelota llega con precisión, sus muslos tiernos se detienen, arrancan otra vez, en su cintura baila la tela suave; seguramente terminó su tesis y se ruborizó por los elogios del jurado; ríe debajo de una pequeña vela en el mar alegre, las manos que la abrazan le cortan el aliento, el mundo inagotable está hecho de distancias kilométricas, de altas mezquitas y de flores exultantes inclinadas sobre playas infinitas, de horarios de vuelo y de hombres apresurados, que pasean su gran nombre y su ropa de gala en los jardines de verano, voluntariosos y serenos como estatuas, gloriosos como patriarcas, ardientes como jovenzuelos, y que la cortejan. Su análisis interminable está preñado de saltos imprevistos que hacen su vida a falta de hacerle otra vida; hay desapariciones que la agobian, huidas, la felicidad no viene; o bien a lo mejor está muerta y hubiera merecido una Vida Minúscula más amplia. Que no se acuerde de mí.

Me fui de Caen en circunstancias vergonzosas. En la estación donde Claudette me dejó, los dos estábamos agobiados, nuestras manos se evitaban, instalados temerosamente en lo inevitable. Recuerdo que me había esperado allí mismo una noche, con vestido largo y maquillada, ofrecida al duro deseo de los ferroviarios, al rebaño abrumado de hombres de mirada brutal, de manos ávidas y negras, destrozados por trabajos lejanos, para los cuales el lujo de una mujer escotada, fresca belleza entre los billetes arrugados y los soldados borrachos, resulta un insulto. Yo había sido devuelto a ese rebaño, ya no le desabrocharía la ropa interior; huyó; la noche de fin de verano corría sobre los rieles deslumbrantes, los trenes ardientes resplandecían. Vacilé indistintamente entre varios destinos; una suerte bromista o hastiada echó los dados, me subí a un vagón, los cambios de agujas hicieron el resto: llegué a Auxanges.

Allí conocí a Laurette de Luy.


En Vidas minúsculas
Traducción: Flora Botton-Burlá
© Sophie Bassouls/Sygma/Corbis