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5 ago. 2015

Descarga: Jules Michelet - La bruja

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Descarga: Jules Michelet - La bruja

El estudio de Michelet sobre las brujas constituye un clásico indiscutible en la materia. En sus distintos capítulos se ofrece un completo análisis sobre la figura de la bruja y los rituales a ella vinculados (pactos con Satán, aquelarres, misas negras) a lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna europea. Asimismo, se incluyen numerosos datos sobre los principales procesos de brujería de los siglo XVII y XVIII (País Vasco, Loudun, etc.). Todo ello hace de este libro, en palabras de la "Encyclopaedia Britannica", "la obra más importante sobre supersticiones medievales escrita hasta la fecha".

23 oct. 2012

Jules Michelet (1798-1874): Las Sirenas

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Acabo de abordar; heme aquí en tierra. Basta ya de naufragios: yo quisiera razas durables. El cetáceo desaparecerá. Resumamos nuestras concepciones, y de esa poesía gigantesca de los recién nacidos, de las mamas, la leche y la sangre caliente, conservémoslo todo menos el gigante.

Conservemos, sobre todo, la afabilidad, el amor y la ternura de la familia. Esos dones divinos debemos guardarlos cuidadosamente en las razas más humildes, pero buenas, en que los dos elementos mancomunan su espíritu.

Ya presentimos las bendiciones de la tierra: al abandonar la vida del pez, varias cosas de absoluta imposibilidad para él fácilmente se armonizarán.

Así que, la ballena, madre cariñosa, conoció el abrazo y estrechó á su hijuelo, mas no sobre sus mamas: sus brazos estaban muy arriba, y las mamas en ese navío viviente debían estar en la parte posterior, entre los seres nuevos que nadan, pero que al mismo tiempo se encaraman á la tierra (morsa, lamantín, foca, etc.), las mamas, para que no se arrastren y topen, suben hasta el pecho. De suerte que se nos presenta como una sombra de la mujer, forma y actitud graciosa que, de lejos, ilusiona.

Vista de cerca, si exceptuamos la blancura, el encanto, es exactamente la mama femenina, ese globo que, hinchado de amor y de la dulce necesidad de amamantar, reproduce con sus movimientos todos los suspiros del corazón que late debajo, reclamando á la criatura para sostenerla, alimentarla y darla descanso. Todo esto fué negado á la madre que nada; aquel bien es para lo que se posa. La fijeza de la familia, la ternura, que de día en día va echando hondas raíces (más diremos, la Sociedad), esas grandes cosas comienzan desde que el niño duerme en el seno de la madre.

Mas, ¿cómo se obró la metamorfosis del cetáceo al anfibio? Vamos á ver si acertamos á explicarlo.

Su parentesco es evidente. No pocos anfibios arrastran todavía, por desgracia suya, la pesada cola de la ballena, y ésta (á lo menos una de sus especies) ha escondido en su cola el bosquejo y el comienzo evidente de los dos pies traseros que tendrán los anfibios de un grado superior.

En los mares sembrados de islas, cortadas por lenguas de tierra á cada paso, los cetáceos, detenidos continuamente en su carrera, tuvieron que modificar sus hábitos. Sus contracciones menos rápidas, su vida cautiva, disminuyó su grandor, reduciéndolo de la ballena al elefante. Entonces apareció el elefante de mar. Conservando el recuerdo de las preciosas defensas con que se armaron ciertos cetáceos en su grande vida marítima, nos muestra aún muy sólidos dientes delanteros, si bien poco temibles: ni los dientes de la masticación están en él bien definidos, sea como herbívoros ó como carnívoros, pues se prestan mal á cualquiera de los dos regímenes y deben operar con lentitud.

Dos cosas aligeraban á la ballena: su masa aceitosa que la hacía flotar sobre el agua y la poderosa cola cuyo choque alternativo, golpeando por ambos lados, empujábala hacia avante. Mas todo eso aniquila al anfibio que barbota en la profundidad de las aguas y se encarama por las rocas cual pesado caracol. El ágil pez, ríese de un pez que no puede cazarlo, no siéndole dado apresar más que los moluscos, tan pesados como él. Poco á poco, acostúmbrase á comer los abundantes y gelatinosos fucos, que sustentan y engordan sin dar el vigor del alimento animal.

Así, puede verse en el Mar Rojo, en el de las islas Malayas y las de Australia, arrastrarse, fijarse allí el raro coloso llamado dugongo, que domina el agua con su pecho y sus mamas. Nómbrasele á veces dugongo de los tabernáculos, inerte ídolo que impone, mas apenas sabe defenderse, y pronto desaparecerá entrando en el dominio de la fábula, en el número de esas leyendas reales de las que nos reímos atolondradamente.

¿Quién produjo ese gran cambio, quién crió ese cetáceo terrestre, el dugongo y la morsa, hermana suya? La suavidad de la tierra, en extremo pacífica antes de aparecer el hombre en ella—el atractivo de alimentos vegetales que no se escabullen como la presa marina,—sin duda que también el amor, tan difícil para la ballena y tan fácil en la sosegada vida del anfibio.

El amor deja de ser fuga y azar. Ya no es la hembra ese fiero gigante, que era preciso seguir al otro cabo del mundo: ésta se mantiene sumisa, sobre las algas ondulosas, para obedecer á su señor, convirtiendo su existencia en apacible y voluptuosa. Aquí, apenas se conoce el misterio. Los anfibios viven buenamente de panza al sol, y siendo muy numerosas las hembras, se reunen y constituyen un serrallo para sus machos. De la poesía salvaje hemos venido á parar á los hábitos vulgares, ó si se quiere, patriarcales, de los harto fáciles placeres. El gran patriarca, respetable por su enorme cabeza, sus bigotes y sus armas defensivas, reina entre Agar y Sara, Rebeca y Lía, que ama con ternura lo mismo que á sus hijuelos, los cuales constituyen un pequeño rebaño. En su vida, inmóvil, la gran fuerza de ese ser sanguíneo, empléase por completo en las ternezas familiares; abraza á los suyos con tierno amor, con orgullo, con cólera. Es valiente y está pronto á morir en su defensa. Pero ¡ay! poco le valen sus fuerzas ni su furor: su masa enorme le entrega al enemigo. Avergüénzase, se arrastra, quiere pelear y no puede, ¡aborto gigantesco, frustrado entre dos mundos, pobre Caliban desarmado!

La pesadez, fatal á la ballena, esto todavía más para los seres que nos ocupan. Reduzcamos aún el tamaño, aligeremos su gordura, ablandemos la espina, y sobre todo, suprimamos esa cola, ó más bien, dividamos la horquilla en dos apéndices carnosos que serán de mayor utilidad. El nuevo ser (foca), más ágil, buen nadador, pescador excelente, viviendo del mar, pero celebrando en tierra sus festines amorosos (la tierra es el pequeño paraíso de las focas), empleará su vida en el esfuerzo de volver á ella continuamente y llegar á la roca donde le convidan á estar su mujer y sus hijos, y donde les provee de pescado. Con la caza en el hocico, careciendo de las armas defensivas que ayudaban á trepar á la morsa, pone sus cuatro miembros arriba y abajo, agarrándose á los fucos, dilatando, dividiendo cada uno de ellos según puede, de suerte, que, ramificado á la larga, muestra cinco dedos.

Lo magnífico que tiene la foca, lo que conmueve al ver su cabeza redonda, es la capacidad del cerebro. Ningún otro ser, exceptuando el hombre, lo tiene tan desarrollado (Boitard). La impresión que uno siente es fuerte, mucho más que la que produce el mono, cuyas muecas nos son antipáticas. Nunca olvidaré las focas del Jardín Zoológico de Amsterdam, delicioso museo, tan rico y bien organizado, y uno de los sitios más encantadores que existen en el mundo. Era el día 12 de julio, y acababa de caer una lluvia huracanada: el aire era pesado; dos focas procuraban refrescarse en el fondo del agua, nadando y dando saltos. Al reposarse, fijaron en mí, inteligentes y simpáticas, sus suaves ojos aterciopelados. La mirada era un poco triste: tanto á ellas como á mí, nos faltaba el idioma intermedio para comprendernos. Cuando uno las mira, no puede despegar los ojos de ellas; siente que ha ya aquella barrera eterna entre alma y alma.

La tierra es su patria adorada ó del corazón: en ella nacen, allí tienen sus amores; heridas, á la tierra van á morir. A la tierra conducen sus hembras preñadas, las acuestan sobre las algas y las sustentan con pescado. Las focas son tímidas, excelentes vecinas y mutuamente se defienden; sólo que en la época del celo, se apodera de ellas una especie de delirio y se baten. Cada macho es dueño de tres ó cuatro compañeras, que instala en tierra sobre una roca musgosa suficientemente grande. Aquél es su dominio, no permitiendo que nadie lo usurpe y haciendo respetar su derecho de ocupación. Las hembras son más tímidas que los machos y están indefensas. Si se las daña, no saben más que llorar y agitarse dolorosamente lanzando miradas de desesperación.

Llevan nueve meses en sus entrañas el fruto de sus amores, y amamantan á su hijuelo otros cinco ó seis, enseñándole á nadar, á pescar, á elegir los alimentos más suculentos; y tendríalo más tiempo á su lado si el marido no se volviera celoso: éste le expulsa, temeroso de que la harto débil madre no le dé en él un rival.

Educación tan corta, ha limitado sin duda los progresos que hubiese podido hacer la foca. La maternidad sólo es completa entre los lamantinos, tribu excelente en que los padres no tienen ánimo para despedir al hijo. La madre lo conserva á su lado durante largo tiempo. Nuevamente preñada, y aun cuando amamanta un segundo hijo, vésela llevar consigo al primogénito, joven macho que el padre no maltrata, que también estima y deja á la madre. Esa ternura extrema, particular á los lamantinos, hase manifestado en la organización por un progreso físico. En la foca, nadador famoso, y en el elefante marino, tan pesado, el brazo es una nadadera, estando apretado y ligado al cuerpo, y no puede desprenderse. Mas el lamantín hembra, tímida mujer anfibia, mama di l'eau, como dicen los negritos de las colonias francesas, produce el milagro: todo se desliga, por un esfuerzo constante. La Naturaleza se ingenia con la idea que la atormenta de acariciar al pequeñuelo, abrazarlo y acercárselo á los pechos. Ceden los ligamentos, se dilatan, desprendiendo el antebrazo, y de ese brazo surge un pólipo aplanado.—Esta es la mano.

De manera que el lamantín goza de tan suprema dicha: con su mano abraza al hijuelo para estrecharlo contra su pecho, y, agarrándolo, colócalo sobre su corazón.

He aquí dos grandes cosas que podían llevar muy lejos á esos anfibios:

En ellos ya existe la mano, el órgano de la industria, el instrumento esencial para el trabajo venidero. Que se ablande y auxilie á los dientes, como entre los castores, y empezará el arte; primeramente el arte de abrigar á la familia.

Por otro lado, hácese posible la educación. El hijuelo colocado sobre el corazón de la madre, empápase lentamente en su vida, permaneciendo mucho tiempo á su lado y en la edad á propósito para aprender; todo esto es debido á la bondad del padre que no rechaza al inocente rival. Y ahí está el progreso.

Si hemos de dar crédito á ciertas tradiciones, el progreso no quedó limitado á esto. Desarrollados los anfibios, asemejados á la humana forma, habríanse trocado en semihombres, en hombres de mar, tritones ó sirenas. Sólo que, al revés de las melodiosas sirenas de la fábula, éstos hubieron permanecido mudos, impotentes para constituirse un lenguaje, para entenderse con el hombre y moverle á compasión. Talas razas han desaparecido, dícese, del mismo modo que vemos desaparecer al infortunado castor que si bien no puede hablar, llora.

Hase dicho con harta ligereza que aquellas extrañas figuras no eran otra cosa que focas. Mas, ¿cabe engaño en ello? Todas las especies de focas que existen son conocidas desde mucho tiempo atrás. En el siglo VII, en vida de San Columbano, ya se pescaba y se comía su carne.

Los hombres y mujeres de mar de que se hace referencia en el siglo XVI, fueron vistos no sólo rápidamente en medio del líquido elemento, sino que se les trajo á tierra, se les paseó por ella, y vivieron en grandes centros de población tales como Amberes y Amsterdam, en los palacios de Carlos V y Felipe II, y por lo tanto estuvieron bajo las miradas de Vesale y de los primeros sabios de aquella época. Se hace mención de una mujer marina que vivió luengos años en hábito religioso en un convento donde á todos era dado verla. No hablaba, pero sí se entretenía en hilar y en otros quehaceres. Con todo, el agua la atraía y empleaba toda su inteligencia para volver á su querido elemento.

Diráse: Si realmente han existido esos seres, ¿por qué fueron tan raros? ¡Ay! La respuesta nos viene á la mano. Eran raros porque se acostumbraba á matarlos.

Teníase por pecado dejarles la vida, «pues estaban clasificados entre los monstruos». Así se expresan las antiguas narraciones.

Todo cuanto se alejaba de las formas conocidas de la animalidad, y cuanto por el contrario se aproximaba á las del hombre, era reputado monstruo y se le daba pasaporte para el otro mundo. La madre, asaz desgraciada para dar á luz un hijo disforme, no podía librarlo: ahogábasele entre los colchones de la cama, suponiéndose ser hijo del diablo, una invención de su malicia para ultrajar á la Creación y calumniar á Dios. Por otra parte, á esos sirenos, demasiado análogos con el hombre, teníaselos con más razón por una ilusión diabólica, y tal era la abominación que causaban en la Edad Media, que su aparición señalábase cual un espantoso prodigio que Dios, en su justa cólera, permite para aterrorizar al pecado. Apenas nadie se atrevía á citarlos, apresurándose á hacerlos desaparecer. El siglo XVI, más atrevido, creíalos todavía «diablos disfrazados de hombre,» indignos de ser tocados más que con el arpón. Cada día se hacían más raros, cuando á algunos descreídos pasóles por la imaginación especular con ellos conservándolos y enseñándolos.

¿Nos ha quedado siquiera algún resto, alguna osamenta de ellos? Sabrémoslo cuando los museos de Europa comiencen á exponer todos sus inmensos depósitos. Falta espacio, no lo ignoro, y nunca habrá bastante, si para ello se requieren palacios. Empero el más sencillo abrigo, un vasto cobertizo (y nada costoso), permitiría poner á la vista de todo el mundo objetos tan sólidos como los de que aquí se trata. Hasta ahora sólo nos ha sido dado contemplar algunas muestras y ciertas piezas escogidas.

Añadamos que la exposición de los anfibios henchidos de paja, para ser verdadera debe presentar esos monstruos tan idénticos al hombre, de lado y en las posturas en que la ilusión sea más completa. Concededles esa honra, que bien merecida la tienen. Que la madre Foca á la madre Lamantina se ofrezca á mi vista sobre su roca cual sirena, en el primitivo uso de la mano y de las mamas, con su pequeñuelo sobre su seno.

¿Es decir que esos seres hubieran podido ascender hasta nosotros? ¿Acaso fueron los autores los ascendientes del hombre? Así lo supuso Mallet. Por lo que á mí toca, no lo creo verosímil.

No cabe duda que en el mar tuvo principio todo lo creado, empero no es de los animales marinos superiores que salió la serie paralela en las formas terrestres cuyo remate es el hombre. Estaban ya demasiado fijados, eran harto especiales para dar el blando bosquejo de una naturaleza tan distinta; pues habían llevado muy lejos, agotado casi la fecundidad de sus géneros. En tal caso, los primogénitos perecen; y sólo muy abajo, entre los obscuros segundones de alguna clase pariente, surge la nueva serie que ascenderá más arriba. (Véanse las notas al final del tomo.)

El hombre fué, no su hijo, sino su hermano, un hermano cruelmente enemigo suyo.

Helo aquí, el fuerte entre los fuertes, el ingenioso, el activo, el cruel rey del mundo. Mi libro se ilumina; mas, en cambio, ¿qué va á enseñarnos? ¡Cuántas cosas tristes he de traer á los resplandores de esa luz!

Ese creador, ese dios tirano, ha tenido el talento de fabricar una segunda Naturaleza en la Naturaleza misma. ¿Y qué hizo de la otra, la primitiva, madre y nodriza á la vez? Con los dientes que le diera, mordió su seno.

Tantos y tantos animales que vivían tranquilamente, se humanizaban y bosquejaban las artes; hoy día azorados, embrutecidos, hanse convertido en bestias. Los monos, reyes de Ceilán, cuya discreción tanta celebridad adquiriera en la India, son ahora unos salvajes horrorosos, ni más ni menos; el brahma de la Creación, el elefante, perseguido, esclavizado, queda reducido á una bestia de carga.

Los más libres entre los seres, en otro tiempo alegría del mar, las tiernas focas y las inofensivas ballenas, pacífico orgullo del Océano, huyeron á los mares polares, al temible mundo de los hielos. Empero no todos pueden sobrellevar tan ruda existencia, y no transcurrirán muchos años sin que desaparezcan por completo.

Una raza desgraciada, la de los campesinos polacos, ha visto brotar de su corazón el sentido, la inteligencia del desterrado mudo, refugiado en los lagos de la Lituania, habiendo pasado á ser proverbial entre ellos que «la persona que hace llorar al castor nunca será afortunada.»

El artista ha quedado relegado al rango de una bestia tímida que ni sabe ni puede nada. Los que habitan todavía la América, retrocediendo y huyendo siempre, no tienen ánimo para ninguna empresa. No ha mucho que un viajero encontró uno de esos animalillos que, tierra adentro, muy adentro, hacia los altos lagos, emprendía de nuevo, si bien con timidez, su oficio, quería fabricar el hogar de la familia, cortaba madera. Al divisar al hombre dejó escapar la madera, y ni siquiera tuvo ánimo para huir: sólo supo llorar.



En El Mar, XIII (1861)
Trad.: Roberto Robert
Buenos Aires, Biblioteca de la Nación, 1909
La ortografía no ha sido actualizada
Foto: Charles Reutlinger ca. 1870, New York Public Library Archives - Tucker Collection 


5 jun. 2010

Jules Michelet - La muerte de los dioses

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Algunos autores aseguran que, poco tiempo antes de la victoria del cristianismo, una voz misteriosa corría por las riberas del mar Egeo, diciendo: "El gran Pan ha muerto".

Había terminado el antiguo dios universal de la naturaleza Gran alegría. Se supuso que, al morir la natura- leza, iba a morir la tentación. Agitada durante tanto tiempo por el huracán, el alma humana va a descansar finalmente.

¿Se trataba simplemente del fin del culto antiguo, de su derrota, del eclipse de las antiguas formas religiosas? En modo alguno. Al consultar los primeros monumentos cristianos, encontramos a cada línea la esperanza de que desaparezca la naturaleza, se apague la vida, se llegue al fin del mundo. Es el final de los dioses de la vida, que por tanto tiempo han prolongado la ilusión. Todo cae, se desmorona, se hunde. El todo se convierte en nada: "El gran Pan ha muerto".

No era novedad que los dioses tenían que morir. Numerosos cultos antiguos se fundan, precisamente, en la idea de la muerte de los dioses. Osiris muere, Adonis muere, para resucitar, es verdad. En el teatro mismo, Esquilo lo denuncia expresamente por boca de Prometen, en dramas que se representan durante las fiestas de los dioses: algún día los dioses debían morir. Pero, ¿cómo? Vencidos y sometidos a los Titanes, a las potencias antiguas de la Naturaleza.

Aquí se trata de otra cosa. Los primeros cristianos, en conjunto y en detalle, en el pasado y en el porvenir, maldicen la Naturaleza misma. La condenan por entero, y hasta llegan a ver el mal encarnado, el demonio, en una flor. Que vengan pues, cuanto antes mejor, los ángeles que antes diezmaron las ciudades del mar Muerto. Que te lleven, que doblen como un velo la vana figura del mundo, que libren por fin a los santos de esta larga tentación.

El Evangelio dice: "Se acerca el día". Los Padres dicen: "Muy pronto". El desmoronamiento del Imperio y la invasión de los bárbaros llena de esperanzas a San Agustín: pronto no subsistirá más ciudad que la Ciudad de Dios. Pero, ¡cuán duro es este mundo para morir! ¡Cómo se obstina en vivir! Pide, como Ezequías, un aplazo, una vuelta de cuadrante. Bueno, que sea, hasta el año Mil. Pero después... ni un día más.

¿Es cierto, como se ha repetido tantas veces, que los antiguos dioses se eliminaron ellos mismos, aburridos, cansados de vivir? ¿Es verdad que, descorazonados, hayan dado casi su dimisión? ¿Es cierto que al cristianismo le bastó con soplar sobre estas vanas sombras?

Se exhiben estos dioses en Roma, se los muestra en el Capitolio, donde sólo han sido admitidos tras una muerte previa, quiero decir, abdicando lo que tenían de savia local, renegando de su patria, dejando de ser los genios representantes de las naciones. Es verdad que, para recibirlos, Roma había practicado una severa operación sobre ellos: los había enervado, empalidecido. Estos grandes dioses centralizados se habían convertido, en su vida oficial, en tristes funcionarios del Imperio Romano. Pero esta aristocracia del Olimpo, en su decadencia, no arrastró consigo a la multitud de dioses indígenas, el populacho de dioses instaurados aun en la inmensidad de las campiñas, los bosques, los montes, las fuentes, confundidos íntimamente con la vida de la comarca.

Estos dioses alojados en el corazón de los robles, en las aguas movedizas y profundas, no podían ser ex- pulsados.
                                         
Y ¿quién dijo esto? La Iglesia. La Iglesia se contradice brutalmente. Después de proclamar su muerte, se indigna de que estén vivos. Siglo tras siglo, a través de la amenazadora voz de los concilios los conmina a morir... ¿Cómo... entonces están vivos?

"Son demonios. . . " Viven, por lo tanto. Como no se puede llegar a nada, se deja que el pueblo inocente los vista, los disfrace. Por medio de la leyenda, el pueblo los bautiza, imponiéndolos a la misma Iglesia. ¿Se han convertido al menos? Todavía no .Se los sorprende subsistiendo sinuosamente en su naturaleza pagana.

¿Dónde están? ¿En el desierto, en la landa, en el bosque? Sí, pero en la casa sobre todo. Se mantienen en lo más íntimo de las costumbres domésticas. La mujer los guarda y los oculta en los enseres domésticos y hasta en el mismo lecho. Los dioses tienen allí lo mejor del mundo (mejor que el templo), el hogar.

Nunca ha habido una revolución tan violenta como la de Teodosio. En la Antigüedad no se encuentra huella semejante de la proscripción de un culto. El persa adorador del fuego en su pureza heroica, pudo ultrajar a los dioses visibles, pero los dejó subsistir. Fue favorable a los judíos, los protegió, los empleó. Grecia, hija de la luz, se burló de los dioses tenebrosos, de los barrigudos cabirios, pero los toleró, los adoptó como obreros, hasta el punto de hacer con ellos a su Vulcano. Roma, en su majestad, acogió no solamente a la Etruria, sino también a los dioses rústicos del antiguo trabajador italiano. Y persiguió a los druidas sólo porque constituían una peligrosa resistencia nacional.

El cristianismo vencedor quiso, creyó matar al enemigo. Arrasó la Escuela con la proscripción de la lógica y con la exterminación de los filósofos, que fueron masacrados bajo Valente. Arrasó o vació el templo, rompió los símbolos. La nueva leyenda hubiera podido ser favorable a la familia si el padre no hubiera sido anulado en San José, si la madre hubiera sido elevada como educadora, si moralmente hubiera engendrado a Jesús. Camino fecundo, dejado en seguida por la ambición de una elevada pureza estéril.

Así entró el cristianismo por el solitario camino que el mundo tomaba por sí solo: el celibato, combatido en vano por las leyes de los emperadores. Se presipitó por esa pendiente a través del monaquismo.

Pero ¿estaba solo el hombre en el desierto? Lo acompañaba el demonio, con todas sus tentaciones. Tenía mucho que hacer: debía recrear sociedades, ciudades de solitarios. Ya se conocen las negras aldeas de monjes que se formaron en Tebaida. Ya se sabe qué espíritu turbulento, salvaje los animaba, sus incursiones asesinas en Alejandría. Se decían enloquecidos, empujados por el demonio . . . y no mentían.

En el mundo se había hecho un enorme vacío. ¿Quién podía llenarlo? Los cristianos lo dicen: el demonio, por todas parte del demonio, Ubique daemon.

Grecia, como todos los pueblos, había tenido sus energúmenos, enloquecidos, poseídos por los espíritus. La semejanza es exterior ,de un parecido aparente, pero que no existe. Aquí ya no se trata de cualquier espíritu. Se trata de los negros hijos del abismo, ideal de la perversidad. Por todas partes se ve vagar a esos desdichados y melancólicos que se odian, tienen horror de sí mismos. Pensemos, en efecto, qué es sentirse doble, tener fe en ese otro, ese huésped cruel que va, viene, se pasea en nosotros, nos hace vagar por donde quiere, por los desiertos, por los precipicios. Flacura, debilidad creciente. Y cuanto más miserable y débil es un cuerpo, más agitado es por el demonio. La mujer, especialmente, está habitada, henchida, soplada por esos tiranos. Los demonios la llenan de aura infernal, crean con ella la borrasca y la tempestad, juegan a su capricho, la hacen pecar, la desesperan.

No somos nosotros solamente, ¡ay!, es toda la naturaleza que se vuelve demoníaca. Si el diablo está en una flor, ¡cuánto más estará en el sombrío bosque! La luz, que se creía tan pura, está llena de hijos de la noche. El
cielo repleto de infierno. . . ¡qué blasfemia! ¿Qué se ha hecho de la divina estrella de la mañana, cuyo centelleo sublime más de una vez aclaró a Sócrates, a Arquímedes o a Platón? . . . Es un diablo: el gran diablo Lucifer.

Por la noche se transforma en el diablo Venus, que me induce a tentación con sus muelles y suaves claridades.

No me sorprende que esta sociedad se haya vuelto terrible y furiosa. Indignada de sentirse tan débil contra los demonios, los persigue por todas partes en los templos, al principio en los altares del antiguo culto, des- pués en los mártires paganos. Basta de festines: pueden ser reuniones idólatras. Hasta la misma familia es sospechosa, pues la costumbre podía reunirla en torno de los antiguos lugares. Y ¿por qué una familia? El Imperio es un imperio de monjes.

Pero el individuo solo, el hombre mudo y aislado, mira todavía el cielo y en los astros encuentra y honra a sus antiguos dioses. "Es esto lo que trae las hambres - dice el emperador Teodosio- y todos los flagelos del im- perio". Terribles palabras que lanza sobre el pagano inofensivo la ciega cólera popular. La ley desencadena ciegamente todos los furores contra la ley.

Dioses antiguos, entrad al sepulcro. Dioses del amor, de la vida, de la luz, ¡apagaos! Poneos el capuchón de monjes. Vírgenes: sed religiosas. Esposas: abandonad a vuestros esposos; o, si conserváis la casa, sed para ellos como frías hermanas.

¿Es posible todo esto? ¿Quién tendrá el aliento bastante fuerte para apagar de un solo soplo la lámpara ardiente de Dios? Esta tentativa temeraria de piedad impía podrá hacer milagros extraños, monstruosos... ¡Temblad, culpables!

Muchas veces, en la Edad Media, volverá a presentarse la sombría historia de la novia de Corinto. Contada muy temprano por Flemón, el liberto de Adriano, volvemos a encontrarla en el siglo XII, otra vez en el XVI, como el reproche profundo, el indomable reclamo de la naturaleza.

"Un joven de Atenas va a Corinto, a visitar a quien le ha prometida su hija. El joven ha seguido siendo pagano e ignora que la familia en la cual cree entrar se ha hecho cristiana. Llega tarde. Todos están acostados, menos la madre, que le sirve la comida de la hospitalidad y lo deja dormir. El joven está muerto de fatiga. Apenas empieza a dormitar cuando una figura entra al cuarto. Es una muchacha vestida, velada de blanco; lleva en la frente una banda negra y dorada. Lo ve. Sorprendida, levanta su blanca mano:

"-¿Soy ya tan desconocida en esta casa?. . . ¡Ay, pobre reclusa!. . . Tengo vergüenza y me voy. Descansa.

"-Quédate, hermosa, aquí están Ceres, Baco y, contigo, el Amor. ¡No tengas miedo, no estés tan pálida!

"-Oh, aléjate, joven. Ya no pertenezco a la dicha. Por un voto de mi madre enferma, la juventud y la vida están ligadas para siempre. Los dioses han huido. Y los únicos sacrificios se hacen con víctimas humanas.

"-Y ¿qué? ¿Acaso serías tú una de esas víctimas? ¿Tú, mi querida novia, que me fue prometida desde la infancia? El compromiso de nuestros padres nos ligó para siempre bajo la bendición del cielo. ¡Virgen: debes ser mía!

"-No, amigo, yo no! Te darán mi hermana menor. Si lloro en mi fría cárcel, tú, entre los brazos de ella, piensa en mi, en mí, que me consumo y no pienso más que en ti, en mí, a quien la tierra va a cubrir.

"-No: reconozco esta llama: es la llama del himeneo. Vendrás conmigo a casa de mi padre. Quédate, amada.

"Como regalo de bodas, él ofrece una copa de oro. Ella le da su cadena, pero prefiere a la copa una mecha de los cabellos del joven.

"Es la hora de los espíritus; ella bebe, con sus labios pálidos, el vino color de sangre. Él bebe ávidamente, tras ella. Él invoca al Amor. El pobre corazón de ella se consume de anhelo y, sin embargo, resiste. Él se deses- pera y cae sollozando sobre el lecho. Entonces ella se echa junto a él.

"-¡Ah, tu dolor me hace tanto mal! Pero, ¡qué horror si me tocaras! Blanca como la nieve, fría como el hielo, así es tu novia.

"-Yo te daré calor. Ven a mí . . , cuando salgas de la tumba

"Se cambian besos y suspiros.

"-¿No sientes que ardo?

"El amor los atrae y los liga. Las lágrimas se mezclan al placer. Ella bebe, alterada, el fuego de su boca; la sangre fría se abrasa con el furor amoroso, pero el corazón no late en el pecho de ella.

"Entre tanto, la madre estaba allí, escuchando. Dulces palabras, quejas y gritos de voluptuosidad.

"-Chist . . . ¡Es el canto del gallo! . . . ¡Hasta mañana de noche! ¡Adiós, besos y besos!

"La madre entra indignada. ¿Qué ve? A su hija. El joven la oculta, la tapa. Pero ella se libera y crece desde el lecho hasta la bóveda.

"-Oh, madre, madre, me envidias esta hermosa noche y me echas de este lecho tibio. ¿No te bastaba con haberme envuelto  en el sudario y haberme llevado al sepulcro? Pero una fuerza iba levantado la piedra. Tus sacerdotes pueden cavar en la fosa.

¿Qué hacen la sal y el agua allí donde arde la juventud? La tierra no hiela el amor . . . Tú prometiste. Yo vengo a reclamar mi bien. . .

"Ven, amigo, es necesario que mueras. Aquí languidecerías, te secarías. Tengo tus cabellos, mañana serán blancos... Una última plegaria, madre: abre mi negro calabozo, levanta una hoguera y que la amante tenga el reposo de las llamas. ¡Que salte la chispa y se enrojezcan las cenizas! Iremos hacia nuestros antiguos dioses.”


En La bruja

28 dic. 2009

Jules Michelet – Los aquelarres, la misa negra

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Jules Michelet por Felix Nadar Jules Michelet por Felix Nadar

 

Hay que decir los aquelarres (sabbats). Esta palabra, evidentemente ha designado cosas muy diversas según la época. Nosotros no tenemos desgraciadamente descripciones detalladas hasta bastante tarde (en tiempos de Enrique IV).(1)

En este momento el sabbat no era más que una gran farsa libidinosa hecha bajo el pretexto de brujería. Pero, en las descripciones mismas de una cosa tan deformada, algunos rasgos muy antiguos testimonian las épocas sucesivas, las formas diferentes por las que había pasado el aquelarre.

*

Podemos partir de la idea, bien segura, de que, durante siglos el siervo llevó la vida del lobo y del zorro, que este hombre fue un animal nocturno, quiero decir, que actuaba lo menos posible durante el día, que verdaderamente no vivía más que de noche.

Hasta el año 1000, mientras el pueblo podía crear sus santos y sus leyendas, la vida durante el día no carecía de interés para el siervo. Sus sábados nocturnos no eran entonces más que un leve resto de paganismo. El hombre honraba, temía a la luna que influía sobre los bienes de la tierra. Las viejas le eran devotas y encendían pequeños cirios para Dianom (Diana-Luna-Hécate). Siempre las lupercales* perseguían a las mujeres y a los niños es verdad que ahora bajo la máscara, el negro rostro del resucitado Arlequín. Se festejaba exactamente el Pervigilium Veneris (o 1° de mayo). En la fiesta de San Juan se mataba el carnero de Príapo-Baco-Sabasio, para celebrar a los sabasios. No había burla alguna en todo esto. Éste era el inocente carnaval del siervo.

Pero, hacia el año 1000, la Iglesia quedó casi cerrada para el siervo a causa de la diferencia de idioma. En 1100 los oficios se volvieron ininteligibles. De los misterios que se representaban en los atrios de las iglesias, lo que el siervo recordaba mejor era el lado cómico, el buey y el asno, etcétera. Realizó así sus fiestas de Navidad, pero éstas eran cada vez más y más irrisorias (verdadera literatura sabática).

*

¿Puede creerse que las grandes y terribles rebeliones del siglo XII no tuvieron influencia en estos misterios y en esta vida nocturna del lobo, del lobizón, de esa presa salvaje, como lo llamaban los crueles barones? Esas rebeliones pudieron muy bien iniciarse en las fiestas nocturnas. Las grandes comuniones de rebeldía entre los siervos (en las que bebían unos la sangre de los otros, o comían la tierra en lugar de hostia) (2) pudieron muy bien celebrarse durante el aquelarre. La Marsellesa de esta época cantada de noche más que de día, es quizás el canto sabático:

“Somos hombres como ellos,

Tenemos un corazón igualmente grande,

Podemos sufrir igualmente”

Pero la piedra del sepulcro vuelve a caer en 1200. El papa se sienta encima, el rey se sienta encima y, con una pesadez enorme, confinan al hombre. ¿Tiene éste ahora alguna vida nocturna? Con tanto más motivo. Las antiguas danzas paganas debieron ser entonces mucho más furiosas. Nuestros negros de las Antillas, después de un día de horrible calor, fatigados, se van a bailar a seis leguas del lugar donde trabajan. Lo mismo hacían los siervos. Pero a las danzas debieron mezclarse alegrías de venganza, farsas satíricas, burlas y caricaturas del señor y del sacerdote. Surge así una literatura nocturna que no sabía ni una palabra de la literatura del día y mucho de las fábulas burguesas.

*

He ahí el sentido de los aquelarres antes de 1300. Para que los aquelarres tomaran la forma sorprendente de una guerra declarada al dios de ese tiempo, era necesario todavía mucho más. Eran necesarias dos cosas: no solamente descender al fondo de la desesperación, sino haber perdido todo respeto.

Esto sucedió en el siglo XIV, bajo el papado de Avignon y durante el Gran Cisma, cuando la Iglesia, con dos cabezas no parecía ser ya la Iglesia, cuando toda la nobleza y el rey, vergonzosamente prisioneros de los ingleses, exterminaron al pueblo para extraerle su rescate. Los aquelarres tienen entonces la forma grandiosa y terrible de la Misa Negra, del oficio al revés, donde se desafía a Jesús, donde se le ruega que destruya con el rayo si es que puede hacerlo. Este drama diabólico hubiera sido imposible en el siglo XIII, donde hubiera provocado horror. Y más tarde en el siglo XV, cuando todo estaba gastado, hasta el dolor, este surtidor no hubiera podido brotar. Nadie se hubiera atrevido a esta creación monstruosa. Esta creación pertenece al siglo de Dante.

*

Creo que esto se hizo de golpe; fue la explosión de una furia genial que hizo subir la impiedad a la altura de las cóleras populares. Para comprender lo que eran estas cóleras es necesario recordar que el pueblo criado, educado por el mismo clero en la creencia y en la fe de los milagros, bien lejos de imaginar la fijeza de las leyes de Dios, había aguardado, esperado un milagro durante siglos, y este milagro no se había producido jamás. El pueblo lo pedía en vano, en el día desesperado de la suprema necesidad. El cielo a partir de entonces se le apareció como aliado de sus feroces verdugos, y él mismo se convirtió en feroz verdugo.

De ahí la Misa Negra y la Jacquería.

*

En el cuadro elástico de la Misa Negra pueden colocarse mil variantes de detalle; pero la Misa Negra está firmemente construida y yo creo es de una sola pieza.

He logrado reencontrar este drama en 1857 (Historia de Francia). Lo he recompuesto en sus cuatro actos, cosa que no era muy difícil. Sólo que, en esa época, dejé demasiado los grotescos adornos que el aquelarre recibió en los tiempos modernos, y no precisé el viejo cuadro, tan sombrío y tan terrible.

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Este cuadro está fechado fuertemente por ciertos rasgos atroces de una edad maldita, pero también por el lugar dominante que tuvo en él la mujer,  gran personaje del siglo XIV.

La singularidad de este siglo está en que la Mujer, muy poco liberada, reina sin embargo de cien maneras violentas. En primer lugar ella heredaba feudos; ella aportaba reinos al rey. La Mujer reinaba aquí abajo, y todavía más reinaba en el cielo. María había suplantado a Jesús. San Francisco y Santo Domingo vieron los tres mundos en su seno. En la inmensidad de la Gracia, ella ahogaba el pecado; ¿qué digo? Ayudaba a pecar. (Véase la leyenda de la religiosa cuyo puesto en el coro ocupa la Virgen mientras la mujer visita a su amante).

En lo más alto, en lo más bajo, aparece la Mujer (Beatriz está en el cielo, en medio de las estrellas, mientras que Jean de Meung en el Romance de la Rosa, predica la comunidad de las mujeres). Pura, manchada, la Mujer está en todas partes. Se puede decir de ella lo que dijo de Dios Raimundo Lullo: “¿Qué parte es ésta del mundo? El todo”.

Pero en el cielo, en la poesía, la Mujer celebrada no es la madre fecunda, rodeada de sus hijos. Es la Virgen, es Beatriz estéril, y que muere joven.

Se dice que una hermosa doncella inglesa pasó por Francia hacia 1300 para predicar la redención de las mujeres. Ella misma se creía el Mesías.

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La Misa Negra, en su primer aspecto parecería ser esta redención de Eva, maldita por el cristianismo. La Mujer en el sabbat lo era todo. Ella era el sacerdote, ella era el altar, ella era la hostia con la que comulgaba todo el pueblo. En el fondo, ¿no era también Dios mismo?

*

Hay en el aquelarre muchas cosas populares y, sin embargo, no todo proviene del pueblo. El campesino sólo estima la fuerza, hace poco caso de la mujer. Esto se ve bastante en nuestras antiguas costumbres (véase mis Origines). El campesino no hubiera dado a la mujer el lugar dominante que ella ocupa en el aquelarre. Es ella quien lo tomó por su cuenta.

Yo creo de buena gana que el aquelarre en su forma de entonces fue obra de la mujer, de una mujer desesperada, como lo era entonces la bruja. Ella vio en el siglo XIV abrirse ante sí su horrible carrera de suplicios, trescientos, cuatrocientos años iluminados por las hogueras. A partir de 1300 su medicina fue juzgada maleficio, sus remedios castigados como venenos. El inocente sortilegio por el que los leprosos creían entonces mejorar su suerte, trajo como consecuencia la masacre de esos infortunados. El papa Juan XXII hizo desollar vivo a un obispo sospechoso de brujería. Bajo una represión tan ciega, atreverse poco, o atreverse mucho, era arriesgar lo mismo. La audacia creció por el peligro mismo. La bruja pudo atreverse a todo.

*

Fraternidad humana, desafío al cielo cristiano, culto desnaturalizado del dios naturaleza… éste es el sentido de la Misa Negra.

Se levantaba un altar para el gran siervo Rebelde, aquel a quien se le ha hecho mal, el antiguo proscrito, injustamente arrojado del cielo, "el Espíritu que creó la tierra, el amo que hace germinar las plantas". Bajo estos títulos lo honraban los luciferinos, sus adoradores y (según una opinión muy valedera) también los caballeros del Temple.

El gran milagro en estos tiempos miserables es que, para la cena nocturna, surgía la fraternidad que no se había encontrado durante el día. La bruja no sin peligro, hacía contribuir a los más acomodados, recogía sus ofrendas. La caridad, bajo forma satánica, como crimen y conspiración, era una forma de rebelión, Y tenía gran fuerza. Durante el día se robaban los alimentos, para la comida común de la noche.

*

Imaginemos, sobre una gran landa, con frecuencia cerca de un viejo dolmen celta, en el límite de un bosque, una doble escena: por un lado la landa iluminada, la comida del pueblo; por el otro, hacia el bosque, el coro de esa iglesia cuya cúpula es el cielo. Llamo coro a un otero que dominaba un poco la escena. Entre los dos, las hogueras resinosas de llama amarilla y de rojos braseros, un vapor fantástico.

En el fondo la bruja preparaba a su Satanás, un gran Satanás de madera, negro y velludo. Por los cuernos y el chivo que estaba junto a él hubiera podido ser Baco; pero, por los atributos viriles, era Pan y Príapo. Tenebrosa figura que cada uno veía diferente; los unos llenos de terror, los otros conmovidos por el orgullo melancólico en el que parecía absorto el eterno Exiliado.(3)

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Primer acto.- El Introito magnífico que el cristianismo tomó de la antigüedad (de esas ceremonias en las que el pueblo, circulando en largas filas bajo las columnas entraba al santuario), el viejo dios revivido, lo tomó para si. También tomó el lavado, tomado igualmente a las purificaciones paganas. Reivindicó todo esto por derecho de antigüedad.

La sacerdotisa era siempre la Vieja (título de honor); pero la sacerdotisa podía muy bien ser joven. Lancre habla de una bruja de diecisiete años, bonita, horriblemente cruel.

La novia del diablo no puede ser una niña; necesita tener treinta años, el rostro de Medea, la belleza de los dolores, los ojos profundos, trágicos v afiebrados, con grandes oleadas de serpientes descendiendo al azar; hablo de un torrente de negros, indomables cabellos. Tal vez encima de éstos, la corona de verbena, la hiedra de las tumbas, las violetas de la muerte.

La bruja ordenaba retirar a los niños (hasta el momento de la cena). Se inicia el servicio.

“Entraré en aquel altar... Pero, señor, sálvame del pérfido y del violento (del sacerdote, del señor)".

Después venía la negación de Jesús, el homenaje al nuevo amo, el beso feudal, como en las recepciones del Temple, en las que se daba todo sin reserva, el pudor, la dignidad, la voluntad; con el agravante ultraje de que al renegar del antiguo Dios “se amaba más el trasero de Satán”(4)

Correspondía a él consagrar a la sacerdotisa. El dios de madera la recibía corno la recibieron Pan y Príapo. Conforme a la costumbre pagana ella se entregaba a él, se sentaba un momento sobre él, como la Délfica en el trípode de Apolo. Ella recibía el aliento, el alma, la vida, la fecundación simulada. Después, no menos solemnemente, la bruja se purificaba. A partir de este momento se convertía en el altar vivo.

*

Ha terminado el Introito v el servicio interrumpido por el banquete. Al revés de lo que ocurre en el festín de los nobles en el que todos se sientan con la espada a su lado, aquí, en el festín de los hermanos, no hay armas. Ni siquiera un cuchillo.

Como guardián de la paz cada uno tiene una mujer. Sin mujer no se puede ser admitido. Parienta o no parienta, esposa o no esposa, vieja o joven, es necesaria una mujer.

¿Qué bebidas circulan? ¿Acaso el hidromiel? ¿La cerveza? ¿El vino? ¿La sidra espirituosa o pimentada? (ambas comenzaron en el siglo XII)

¿Los brebajes de la ilusión con su peligrosa mezcla de belladona aparecían ya en esta mesa? No es seguro, había niños presentes. Por otra parte, el exceso de turbación hubiera impedido la danza.

Esta danza giratoria, la famosa ronda del sabbat, bastaría por sí sola para completar este primer grado de embriaguez. La gente giraba espalda contra espalda, con los brazos hacia atrás, sin verse; pero con frecuencia las espaldas se tocaban. Nadie se conocía muy bien, ni conocía a la que tenía a su lado. La vieja, en este momento, ya no era vieja. Milagro de Satanás. La vieja era todavía una mujer, era deseable, confusamente amada.

*

Segundo acto.- En el momento en que la multitud unida en este vértigo sentía poseer un solo cuerpo, por el atractivo de las mujeres, y también no sé por qué vaga emoción de fraternidad, se retomaba el oficio en el momento del Gloria. El altar, la hostia aparecían. ¿Cuáles? La mujer misma. Con su cuerpo prosternado, con su persona humillada, en medio de la amplía seda negra de sus cabellos perdidos en el polvo, ella (la orgullosa Proserpina), ella, se ofrecía. Sobre los riñones oficiaba un demonio, decía el Credo, hacia la ofrenda.(5)

Esto fue más adelante impúdico. Pero, en medio de las calamidades del siglo XIV, en los tiempos terribles de la peste negra y de tantas hambres, en el tiempo de la Jacquería y de los bandidajes execrables de las Grandes Compañías, para este pueblo en peligro el efecto era mas que serio. La asamblea entera tenía demasiado que temer si era sorprendida. La bruja arriesgaba extremadamente, verdaderamente en este acto audaz ella daba su vida.

Más aún, ella desafiaba un infierno de dolores, torturas tales que apenas nos atrevemos a decirlas. A tenaceada y quebrada, con los senos arrancados, la piel lentamente desollada (como se hizo con el obispo brujo de Cahors). Quemada, con un lento fuego de brasas y miembro a miembro, ella arriesgaba una eternidad de agonía.

Todos seguramente estaban conmovidos cuando, sobre la criatura abnegada, entregada, humillada, se realizaba la plegaria y la ofrenda para la cosecha. Se presentaba trigo al Espíritu de la tierra, que hacía crecer el trigo. Los pájaros que volaban (probablemente surgidos del seno de la mujer) llevaban al Dios de la libertad el suspiro y el voto de los siervos. ¿Qué querían? Que nosotros, sus descendientes lejanos, nosotros, fuéramos liberados.(6)

¿Qué hostia distribuía la mujer? No la hostia de burla que veremos en tiempos de Enrique IV, sino verdaderamente esa confarreatío que hemos visto en los filtros, la hostia del amor, un pastel cocinado sobre ella, sobre la víctima que mañana podía pasar también por el fuego. Era su vida, su muerte lo que se comía. Se olía ya su carne quemada.

En último término se depositaban sobre ella dos ofrendas que parecían de carne, dos simulacros: la del último muerto de la comuna y la del último recién nacido. Ellos participaban del mérito de la Mujer, altar y hostia, y la asamblea (ficticiamente) comulgaba con el uno y con el otro, triple hostia, enteramente humana. Bajo la sombra vaga de Satanás el pueblo no adoraba más que al pueblo.

Aquí estaba el verdadero sacrificio. Se había cumplido. La Mujer, al entregarse para ser devorada por la muchedumbre, había terminado su obra. Se levantaba entonces, pero no se iba del lugar hasta haber orgullosamente visto y como constatado la legitimidad de todo por el llamado al rayo, por un desafío provocante al Dios destituido.

En burla de las palabras: Agnus Dei, etcétera, y de la ruptura de la hostia cristiana, la bruja se hacía traer un sapo vestido y lo hacía pedazos. Hacia girar luego los ojos aterradoramente, los volvía hacia el cielo y, decapitando al sapo, decía estas palabras singulares: “Ah, Felipe,(7)¡ sí te tuviera conmigo, te haría lo mismo!”.

*

Jesús no contestaba al desafío, no lanzaba el rayo y se le creía vencido. Un ágil grupo de demonios elegía este momento para sorprender a la gente con pequeños milagros que desconcertaban y aterraban a los crédulos. Los sapos, animales inofensivos pero que eran considerados muy venenosos, eran mordidos por ellos, deshechos a dentelladas. Las fogatas, los braseros eran saltados impunemente para divertir a la muchedumbre y hacer que se riera de los fuegos del infierno.

¿Reía el pueblo después de un acto tan trágico, tan audaz? No sé. La bruja, seguramente no reía; no reía ella, la primera que se había atrevido a aquello. Las fogatas debían parecerle las de la próxima hoguera. Correspondía a ella preparar el porvenir de la monarquía diabólica, crear la bruja futura.

 

 

* Lupercales, antiguas fiestas paganas, famosas por su licencia (N. del T.)

 

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1 La descripción menos mala es la de Lancre. Lancre es un hombre inteligente. Visiblemente estaba ligado a algunas jóvenes brujas y debía saberlo todo. Desgraciadamente su aquelarre está mezclado y sobrecargado con los adornos grotescos de la época. Las descripciones del jesuita Del Río y del dominico Michaelis, son dos piezas ridículas y tontas. En el relato de Del Río, se encuentran no se cuantas vaciedades, cuantas invenciones vanas. Sin embargo, en el total, pueden encontrarse algunas hermosas huellas de la antigüedad, que yo he podido aprovechar.

2 En la batalla de Courtrai. Véase también Grimm y mis Origenes

3 Este dato proviene de Del Río, pero no creo que sea exclusivamente español. Es un rasgo antiguo y marcado de la inspiración primitiva. Las bromas vinieron mas tarde.

4 Se suspendía sobre las nalgas del fetiche una máscara o segundo rostro. Lancre, Inconstance, pag. 68.

5 Este grave punto en que la Mujer era ella misma altar, en el que se oficiaba sobre ella, nos es conocido por el proceso de la Volsin que M. Ravaisson va a publicar junto con los otros Papiers de la Bastille. En estas imitaciones, recientes es verdad, que se hicieron del aquelarre para divertir a los grandes señores de la corte de Luis XIV, se reprodujeron sin duda alguna las formas antiguas y clásicas del sabbat primitivo, en el punto en que debieron ser abandonadas en los tiempos intermedios.

6 Esta encantadora ofrenda del trigo y de los pájaros se hacía particularmente en Francia (Jacquier, Flagellans, 51. Soldán, 225)

7 Lancre, 136. No he podido averiguar el porqué del nombre Felipe. Es tanto mas oscuro cuando se piensa que, cuando Satán nombra a Jesús lo llama Juancito o Janicot ¿Diría la bruja acaso el nombre odioso del rey que nos dio cien años de guerras inglesas y que en Crecy inició nuestras derrotas, y provocó la primera invasión? Después de una larga paz, pocas veces interrumpida, la guerra fue tanto mas horrible para el pueblo. Felipe de Valois, autor de esta guerra sin fin, fue maldecido y dejó tal vez en el ritual popular una maldición perdurable.

 

La Bruja

Traducción: Estela Canto

 

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1 ago. 2009

Jules Michelet – Posesión (Historia del satanismo y la brujería)

1 comentario :



La edad terrible es la edad del oro. Llamo así a la dura época en la que surgió el oro. Es el año 1300, bajo el reinado del hermoso rey que podemos imaginar de oro o de hierro, que no dijo jamás una palabra, el gran rey que parecía tener un demonio mudo, pero de brazos poderosos, lo bastante fuertes para quemar el Temple, bastante largos para llegar hasta Roma y, con su guante de hierro, dar una primera bofetada al Papa.
El oro se convirtió entonces en el gran papa, el gran dios. No sin razón. El movimiento había comenzado en Europa con las Cruzadas; no se estima como riqueza más que aquella que tiene alas y se presta al movimiento, a los cambios rápidos. El rey, para dar sus golpes a distancia, no necesita más que el oro. El ejército del oro, el ejército del fisco, se extiende por todo el país. El señor que trajo su ensueño de Oriente, desea siempre lo maravilloso, las armas adamasquinadas, los tapices, las especias, los caballos preciosos. Para todo esto es necesario el oro. Cuando el siervo trae su trigo, el señor lo rechaza con el pie. "Esto no es todo: quiero oro".
El mundo cambió ese día. Hasta entonces, en me- dio de todos los males, había, para el tributo, una seguridad inocente. Buen año, mal año. El tributo seguía el curso de la naturaleza, la medida de la cosecha. Si el señor decía: "Es poco", se le contestaba: "Monseñor, Dios no nos ha dado más".
Pero el oro, Dios mío, ¿dónde encontrarlo?... No contábamos con un ejército para tomarlo en las aldeas de Flandes. ¿Dónde agujerearemos la tierra para arrancarle su tesoro? ¡Oh, si fuéramos guiados por el Espíritu de los tesoros ocultos.'Mientras todos desesperaban, la mujer del duende está ya sentada sobre las bolsas de trigo, en la pequeña aldea vecina. Está sola. Los otros, en la aldea, deliberan todavía.
Ella vende al precio que quiere. Pero, hasta cuando las otras llegan todo va para ella; no sé qué magia atrae y conduce hacia ella. Nadie discute precios con ella. Su marido, antes del término, entrega su tributo en buena moneda sonante a la casa feudal. Todos dicen:
"¡Qué cosa sorprendente! ... Esa mujer tiene el diablo en el cuerpo".
Todos ríen. Ella no ríe. Está triste, tiene miedo. Reza por la noche. Cosquilleos extraños la agitan, turban
su sueño. Ve extrañas figuras. El Espíritu, tan pequeño, tan dulce, se ha vuelto imperioso. Es osado. Ella está inquieta, se indigna, quiere levantarse. Se queda, pero gime, se siente dependiente, dice: "Ya no, me pertenezco a mí misma".
"Bueno, tenemos por fin -dice el señor- un campesino razonable; paga por adelantado. Me gustas. ¿Sabes contar?”
"Un poco".
"Está bien; serás tú quien contará lo que trae esta gente. Todos los sábados, sentado bajo el olmo, recibirás el dinero. El domingo, antes de la misa, lo traerás al castillo'".
¡Gran cambio de situación! El corazón de la mujer late fuerte cuando, el domingo, ella ve a su pobre labriego, ese siervo, sentado como un pequeño señor bajo el follaje señorial. El hombre está un poco aturdido. Pero al fin se acostumbra; adquiere cierta gravedad. No es motivo de broma. El señor quiere ser respetado. Cuan- do sube al castillo, y los envidiosos fingen reírse e intentan hacerle alguna broma: "Mirad bien esa almena - dice el señor- veis la almena, pero no veis la cuerda que, sin embargo está lista. Al primero que lo toque se la echo al cuello, sin perder tiempo".
Estas palabras circulan, se repiten. Alrededor de ellas se crea como una atmósfera de terror. Todos se quitan el sombrero ante ellos, con mucho respeto. Pero también se apartan, se alejan cuando ellos pasan. Para evitarlos van por los caminos transversales, a ciegas, con la espalda doblada. Este cambio los enorgullece en el primer momento, después los entristece. Están solos en la comuna. Ella, tan fina, ella, ve perfectamente el desdén odioso del castillo, el odio temeroso de aquí abajo. Se siente entre dos peligros, en un aislamiento terrible. No tiene más protector que el señor o, mejor dicho, el dinero que dan al señor, pero para encontrar este dinero, para estimular la lentitud del campesino, para vencer la inercia que opone, para arrancar alguna cosa de allí de donde no hay nada, es necesario insistir, amenazar, es necesario el rigor. El hombre no estaba hecho para este trabajo. Ella lo impulsa, lo alienta, le dice: "Debes ser rudo. Si es necesario, cruel. Golpea. Si no, no cumplirás los términos. Y entonces estamos perdidos".
Éste es el diario tormento, pero es muy poco en comparación con los suplicios de la noche. La mujer ha perdido el sueño, se levanta, va, viene. Ronda alrededor de la casa. Todo está tranquilo; y, sin embargo, ¡qué cambiada está esta casa! Ha perdido su dulzura, su seguridad, su inocencia. "¿Qué está rumiando este gato junto al fuego, que finge dormir y entreabre sus ojos verdes? Y la cabra, de barba larga, es una persona discreta y siniestra, y sabe mucho más de lo que dice ... Y esta vaca, que la luna nos hace entrever en el establo, ¿por qué me ha lanzado esa mirada de reojo?... Todo esto no es natural".
Estremecida, la mujer vuelve junto a su marido. "¡Qué hombre dichoso, qué profundo sueño! ... Para mí, todo está terminado. Ya no puedo dormir, ya no dormiré jamás!" Sin embargo, se rinde a la larga. Luego, ¡cuánto sufre! El huésped inoportuno está junto a ella, exigente, imperioso. La trata sin consideraciones; si ella le aleja un instante haciendo el signo de la cruz o diciendo alguna plegaria, él vuelve bajo otra forma. "Atrás diablo, ¿cómo te atreves? ... Yo soy un alma cristiana ... No, esto no está permitido".
Para vengarse, él toma entonces formas asquerosas: se desliza como una culebra viscosa sobre su seno, con- vertido en sapo baila sobre su vientre o, en forma de murciélago, con un pico agudo, roba de su boca aterra- da horribles besos ... ¿Qué quiere? Llevársela a los extremos, hacer que, vencida, agotada, ceda y deje escapar el "sí". Pero ella resiste todavía. Se obstina en decir no. Se obstina en sufrir las luchas crueles de cada noche, el interminable martirio de este desolador combate.
"¿Hasta qué punto un Espíritu puede ser cuerpo al mismo tiempo? Estos asaltos, estas tentativas, ¿son una realidad? ¿Pecará la mujer carnalmente cediendo a la invasión de aquel que la ronda? ¿Será éste un adulterio real?..." Vuelta sutil con que él ablanda a veces, enerva su resistencia. "Si no soy nada más que un aliento, un humo, un aire ligero (como dicen muchos doctores), ¿qué temes, alma tímida, y qué importa esto a tu marido?”
El suplicio de las almas durante toda la Edad Media es que numerosas cuestiones, vanas para nosotros, de pura escolástica, agitan, aterran, atormentan, se traducen en visiones, a veces en debates diabólicos, en diálogos crueles en el interior del alma. El demonio, por furioso que se presente en los endemoniados, sigue siendo un espíritu, mientras perdura el Imperio Romano, y lo es todavía en tiempos de San Martín, en el siglo v. Pero, con la invasión de los bárbaros, se barbariza y toma cuerpo. Existe tanto que, a pedradas, se divierte en romper la campana del convento de San Benito. Cada vez más, para aterrorizar a los violentos invasores de ¡as riquezas eclesiásticas, se hace encarnar fuertemente al diablo; se inculca el pensamiento de que atormentará a los pecadores, no solamente de alma en alma, sino corporalmente, en la carne, se les dice que sufrirán los suplicios materiales, no de llamas ideales, sino que sufrirán en realidad los carbones ardientes, la parrilla o la espita roja, todo lo que éstos pueden dar en materia de exquisitos dolores.
La idea de diablos torturadores, que infligen a las almas de los mortales torturas materiales, fue para la Iglesia una mina de oro. Los vivos, lacerados de dolor, de piedad, se preguntaban: ¿Y si se pudiera rescatar, desde este mundo a esas pobres almas? ¿Aplicarles la expiación por medio de una multa o componenda, como se practica aquí, en la Tierra? El puente entre los dos mundos fue Cluny que, desde su nacimiento (hacia 900), se convirtió de repente en una de las órdenes más ricas.
Mientras Dios castigaba por sí mismo, haciendo sentir el peso de su mano, o golpeaba con la espada del ángel (según la noble forma antigua), había menos horror; esta mano era severa, era la mano de un juez, pero no dejaba de ser la de un padre. El ángel, al golpear, seguía siendo puro y neto, como su espada. Pero las cosas ya no fueron así cuando los demonios inmundos se encargaron de la ejecución. Los demonios no imita- ron en modo alguno al ángel que quemó a Sodoma, pero que salió de allí. Los demonios seguían, y su infierno es una horrible Sodoma, donde sus espíritus, más sucios que los de los pecadores que le son entregados, se deleitan con odioso placer por las torturas que infligen. Esta es la enseñanza que se encuentra en las ingenuas esculturas levantadas en los portales de las iglesias. Se aprende allí la horrible lección de la voluptuosidad y del dolor. Bajo el pretexto del suplicio los diablos hacían sufrir a sus víctimas los caprichos más repugnantes.
¡Concepción inmoral (y profundamente culpable) de una pretendida justicia que favorecía lo peor, que aumentaba su perversidad entregándole un juguete, justicia que corrompía hasta al mismo demonio!
¡Crueles tiempos! Sentimos a qué punto el cielo era negro y bajo, pesado sobre la cabeza del hombre. Vemos a los pobres niños, desde la temprana infancia, imbuidos de esas ideas horribles y temblando ya en la cuna. Está la virgen pura, inocente, que se siente conde- nada por el placer que le inflige el Espíritu. La mujer en el lecho conyugal se siente martirizada por los ataques y, sin embargo, por momentos, siente ya el Espíritu en ella ... ¡Cosa terrible que conocen los que padecen la tenia! Sentir como una vida doble, distinguir los movimientos del monstruo, a veces agitado, a veces de una blanda dulzura, ondulante, lo que turba todavía más, haciéndonos creer que estamos en medio del mar.
Entonces uno corre, enloquecido, horrorizado de sí mismo, quiere huir, morir...
Hasta en los momentos en que el demonio no la asediaba, la mujer, que comenzaba a sentirse invadida por él erraba llena de melancolía. Pues ya no había re- medio. Él penetraba invenciblemente, como un humo inmundo. Él es el príncipe de los aires, de las tempestades y, también de las tempestades interiores. Es esto lo que vemos expresado groseramente, enérgicamente, en los portales de la catedral de Estrasburgo. A la cabeza del coro de las Vírgenes locas, su guía, la mujer infame que las lleva al abismo, está repleta, henchida por el demonio, que se regodea innoblemente, y debajo de sus faldas sale en negra nube de espeso humo.
Esta hinchazón es un rasgo cruel de la posesión; es un suplicio y un orgullo. La mujer echa su vientre hacia adelante, ella, la orgullosa de Estrasburgo, lanza la cabeza hacia atrás. Triunfa de su plenitud, se regocija de ser un monstruo.
Peso la mujer que seguimos no es todavía un monstruo. Aun-que ya está henchida por el demonio, por su soberbia, por su fortuna nueva. Parece no pesar sobre la tierra. Gruesa y bella,60 con todo, va por la calle con la cabeza alta, despiadada de desdén. Se la teme, se la odia, se la admira.
Nuestra dama de la aldea dice, con la actitud y la mirada: "Yo debería ser la castellana ... ¿qué hace aquélla allá arriba, esa impúdica, esa perezosa, en medio de todos esos hombres, durante la ausencia de su mari- do?" Se establece la rivalidad. La aldea, que la detesta, se enorgullece. "Si aquélla es baronesa, está de aquí es reina... más que reina, es algo que no nos atrevemos a nombrar..." Belleza terrible y fantástica, cruel de orgullo y de dolor. El demonio mismo está en sus ojos.
Él la posee y no la posee aún. Ella es ella y seguirá siendo ella. Ella no es del diablo ni de Dios. El demonio puede muy bien invadirla, circular por ella como aire sutil. Todavía no tiene nada. Porque no tiene la voluntad. La mujer está poseída, endiablada, pero no pertenece al diablo. A veces él perpetra sobre ella horribles violencias y no saca nada. Le pone en el seno, en el vientre, en las entrañas, un carbón de fuego. Ella se en- cabrita, se retuerce, pero resiste todavía. "No, verdugo, seguiré siendo yo".
"Ten cuidado, te castigaré con un cruel látigo de víbora, te cortaré con tal tajo que después irás llorando y agujereando el aire can tus gritos".
A la noche siguiente él no se presenta. Por la mañana (es domingo) el hombre ha subido al castillo. Regresa deshecho. El señor ha dicho: "Un arroyo que marcha gota a gota no hace girar el molino... tú me traes escudo a escudo, y esto no sirve de nada ... Voy a partir dentro de quince días. El rey marcha a Flandes y no tengo siquiera un corcel de batalla. Mi caballo cojea desde el torneo. Arréglatelas. Necesito cien libras...”
"Pero, monseñor, ¿dónde encontrarlas?”
"Saquea toda la aldea, si quieres, te daré bastantes hombres... Di a tus rústicos que están perdidos si no llega el dinero... y tú el primero, tú morirás ... Estoy harto de ti. Tienes el corazón de una mujer, eres un cobarde, un perezoso. Perecerás, ya pagarás tu pereza, tu cobardía. Mira, es posible que ni siquiera desciendas... que te quedes aquí... se divertirán mucho si te ven desde abajo haciendo cabriolas entre las almenas".
El desdichado cuenta esto a su mujer, no espera nada, se prepara a la muerte, encomienda su alma a Dios. Ella, no menos aterrada, no puede acostarse ni dormir. ¿Qué hacer? La mujer se lamenta de haber rechazado al Espíritu. ¡Si volviera! Por la mañana, cuando el marido se levanta, ella cae agotada sobre el lecho. Apenas se ha echado, cuando siente un peso sobre el pecho; le falta el aliento, cree que se va a ahogar. El pe- so desciende, se agobia sobre su vientre y, al mismo tiempo, ella percibe, en sus brazos, cerro dos manos de acero.
"Me has deseado ... aquí estoy. Bueno, indócil, al fin ... al fin...al fin... ¿tengo ya tu alma?"
"Señor, ¿acaso mi alma me pertenece? Mi pobre marido... tú lo querías ... tú dijiste ... tú prometiste...” "¡Tu marido? ¿Acaso has olvidado?... ¿Estás segura de haberle guardado siempre fidelidad? Tu alma la pido porque ya la poseo.. .”
"No, señor -dice ella, todavía con un resto de orgullo, en medio de su angustia-. Esta alma mía, pertenece a mi marido. al sacramento...”
"¡Ah, pequeña, incorregible tonta! Aun hoy, bajo el aguijón, luchas todavía ... Yo he visto, conozco tu alma, a cada hora, medio de su angustia-. Esta alma mía, pertenece a mi marido, dolores, tus desesperaciones. He visto tu desaliento cuando decías a media voz: Nada es imposible, Después he visto tu resignación, has sido un poco castigada, y has gritado bien fuerte... Si te he pedido tu alma es porque ya la has perdido...
"Entre tanto tu marido va a perecer... ¿qué hacer?
Tengo piedad de vosotros... Yo te... pero quiero antes... es necesario que cedas, quiero el consentimiento de tu voluntad. De otro modo, él perecerá".
Ella contesta, en voz muy baja, adormecida:
"Ay, mi cuerpo y mi miserable carne, para salvar a mi pobre marido, tómalos... Pero no mi corazón. Nadie lo ha tenido nunca, y no lo quiero dar".
Entonces ella espera, ya resignada ...Y él le lanzó dos palabras:
"Recuérdalas. Son tu salvación". AL momento ella se estremeció y se sintió, con horror, empalada por una llama de fuego, inundada por un río de hielo ... Lanzó un gran grito. Se encontró en los brazos de su sorprendido marido, a quien inundó de lágrimas.
La mujer se separa violentamente, se levanta, teme olvidar las dos palabras tan necesarias. El marido está aterrado. Ella no lo ve siquiera, sino que lanza hacia las murallas la mirada aguda de Medea. Jamás ha sido más hermosa. En la pupila negra y en el blanco amarillo del ojo flamea un resplandor que no se puede enfrentar, el fuego sulfuroso de un volcán.
La mujer va directamente a la aldea. La primera palabra era verde. Ella ha visto, colgada a la puerta de un comerciante, un vestido verde (color del Príncipe del Mundo). Un vestido de viejo que, puesto sobre ella, se rejuvenecerá, deslumbrará. Y la mujer va, sin informarse, directamente a la puerta de un judío y golpea, con un gran golpe. Le abren con precaución. Este pobre judío, sentado en tierra, estaba sumergido en ceniza.
"Querido, ¡necesito cien libras!”
"Ah, señora, ¿de dónde sacarlas? El príncipe-obispo de la aldea, para hacerme decir dónde guardo el oro, me ha hecho arrancar todos los dientes. Mira mi boca en- sangrentada".
"Ya sé, ya sé. Pera vengo justamente a buscar en tu casa algo con qué destruir al obispo. Cuando se abofe- tea al Papa, el obispo no resiste. ¿Quién ha dicho esto? Toledo".El judío tiene la cabeza baja. Ella habla, murmura... pone allí toda su alma, y el diablo está detrás. Un calor extraordinario llena la habitación. Él mismo siente una fuente de fuego.
"Señora -dice-, señora -y la mira hacia abajo-, pobre, arruinado como estoy, tenía, sin embargo, algunos escudos en reserva para alimentar a mis pobres hijos". "No te arrepentirás, judío ... Voy a hacerte el gran juramento por el que se muere ... Lo que vas a darme lo recibirás dentro de ocho días, muy temprano, por la mañana ... Te lo juro por tu gran juramento, y por el mío, aún más: «Toledo».”
Ha pasado un año. La mujer se ha redondeado. Se ha hecho toda de oro. Todos se sorprenden de su fascinación. Todos ad-miran, obedecen. Por un milagro del diablo el judío, vuelto generoso, presta a la menor señal.
Y ella sola sostiene el castillo con su crédito en la ciudad, y de ahí el terror de la aldea a sus rudas extorsiones. El victorioso vestido verde iba, venía, cada vez más nuevo y bello. Ella misma adquiría una belleza colosal de triunfo y de insolencia. Una cosa natural aterraba. Todos decían: "A su edad, está creciendo".
Sin embargo, llega una noticia: el señor vuelve. La castellana, que desde hace tiempo no se atreve a descender para no encontrarse frente a frente con la mujer de aquí abajo, ha montado sobre su caballo blanco. Va al encuentro del señor, rodeada de todo su mundo, se detiene y saluda a su esposo.
Antes que nada dice: "¡Cuánto os he esperado!
¿Cómo dejáis así a la fiel esposa, tanto tiempo viuda y lánguida? ... Y sin embargo no puedo haceros sitio a mi lado esta noche, a menos que me otorguéis un don". "Pide, pide, hermosa -dice riendo el caballero-. Pero hazlo rápidamente... pues estoy apurado por abrazarte, mi dama... ¡Qué embellecida te encuentro!”
Ella le habla al oído y no se sabe qué le dice. Antes de subir al castillo el buen seno se apea del caballo ante la iglesia de la aldea, entra. Bajo el pórtico, a la cabeza de los notables, ve a una dama que no reconoce, pero a quien saluda profundamente. Con un orgullo incomparable, ella llevaba bien alto, más que todas las cabezas de los hombres, el sublime bonete de la época, el triunfante bonete del diablo. Se lo llamaba así con frecuencia, a causa del doble cuerno que lo adornaba. La verdadera dama se ruboriza, eclipsada, se empequeñece. Después, indignada, dice a media voz: "Ahí está, sin embargo, tu sierva. Todo ha terminado. Todo está al revés. Los as- nos insultan a los caballos.”
A la salida, el audaz paje, el favorito saca de su cintura un puñal afilado y hábilmente, de un solo golpe, corta sobre los riñones el hermoso vestido negro. La mujer casi se desmaya... La muchedumbre queda atónita. Pero comprende cuando ve que toda la casa del señor se lanza a la cacería... Rápidos y despiadados silban, caen los golpes de látigo... la mujer huye, pero no puede alejarse mucho... ya es un poco pesada. Apenas ha dado veinte pasos cuando se detiene. Su mejor amiga le ha puesto en el camino una piedra para hacerla tropezar... La gente ríe. La mujer aúlla, en cuatro patas. Pero los pajes despiadados la levantan a golpes de látigo. Los nobles y bonitos lebreles ayudan y muerden en los lugares más sensibles. La mujer llega al fin desesperada, seguida por este horrible cortejo, a la puerta de su casa. Está cerrada. Allí, con los pies y con las manos, golpea, grita... "Amigo mío, amigo mío... rápido, rápido... Ábreme... " Ella allí clavada como la miserable le- chuza que clavan a las puertas de una granja... Y los golpes en pleno siguen lloviendo... Adentro, todo está sordo. El marido, ¿dónde está? ¿O acaso, rico y aterra- do, se ha ido, por miedo de que la multitud saquee la casa?
La mujer ha sufrido tantas miserias, tantos golpes, tantas sonoras bofetadas que desfallece, se deshace. Sobre la fría piedra del umbral, se encuentra sentada, desnuda, casi muerta, cubriéndose con la camisa ensangrentada y las mechas de sus largos cabellos. Alguien del castillo dice: "Basta, no nos han pedido que muera".
La dejan. La mujer se oculta. Pero ve, en espíritu, la gran fiesta del castillo. El señor, un poco aturdido, dice sin embargo: "Lo lamento". El capellán dice dulcemente: "Si esta mujer está endiablada, como se dice, monseñor, debéis a vuestros buenos vasallos, debéis a toda la comarca, entregarla a la Santa Iglesia.
Es aterrador ver, después de esos asuntos del Temple y del Papa, los progresos que ha hecho el demonio. Contra él, sólo puede el fuego..." Y el dominico añade: "Vuestra Reverencia ha hablado excelentemente. La diablería es la herejía principal. Como el hereje, el endiablado debe ser quemado. Sin embargo, muchos de nuestros buenos padres ya no se fían ni siquiera del fuego. Quieren, sabiamente, que ante todo el alma sea largamente purgada, probada, sometida por los ayunos; que no se queme en su orgullo, que no triunfe en la hoguera. Señora, si vuestra piedad es tan grande, tan caritativa, que tomáis la tarea de trabajar sobre esta mujer, colocándola por algunos años en un in pace, en una buena fosa de la que vos sola tendréis la llave ... entonces podréis, por la constancia del castigo, hacer bien a su alma, avergonzar al diablo y entregarla finalmente, humilde y dulce, a la Iglesia".



En Historia del satanismo y la brujería, Cap. V
Retrato de Jules Michelet por Thomas Couture - Museé Carnavalet (Paris)

20 abr. 2009

Jules Michelet – La desesperación de la Edad Media

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Prohibido inventar, crear. Basta de leyendas, basta de nuevos santos. Ya hay bastantes. Prohibido innovar en el culto por medio de nuevos cantos; queda prohibida la inspiración. Los mártires que se descubran deben seguir modestamente en sus tumbas, esperando ser reconocidos por la Iglesia. Prohibido al clero, a los monjes, dar a los colonos, a los siervos, la tonsura que los libera.

"Sed como recién nacidos (quasi modo geniti infantes); sed pequeñitos, niños por la inocencia del corazón, por la paz, el olvido de las disputas, serenos, bajo la mano de Jesús".

Tal es el amable consejo que da la Iglesia a aquel mundo tan tempestuoso, al día siguiente de la gran caída. Dicho de otra manera: "Volcanes, restos, cenizas, lava, brotad. Campos quemados, cubríos de flores".

Es verdad que una cosa prometía la paz que renueva: todas las escuelas estaban terminadas, el camino de la lógica abandonado. Un método infinitamente simple dispensaba del razonamiento, brindaba a todos la fácil pendiente por la cual no se hace más que descender. Si el credo era oscuro, la vida estaba trazada en el sentido de la leyenda. La primera, la última palabra, fue la misma: imitación.

"Imitad, todo irá bien. Repetid y copiad". Pero ¿es éste el camino de la infancia verdadera, que vivifica el corazón del hombre, que le hace reencontrar las fuentes frescas y fecundas? Yo no veo en este mundo, que se hace pasar por joven y niño más que atributos de vejez, sutileza, servilismo, impotencia. ¿Qué es esta literatura frente a los sublimes monumentos de los griegos y de los judíos? Incluso, ¿qué es ante el genio romano? Es precisamente la caída literaria que se produce en la India entre el bramanismo y el budismo: una verborragia profusa después de la elevada inspiración. Los libros copian a los libros, las iglesias copian a las iglesias, y ya ni siquiera pueden copiarlas. Se roban las unas a las otras. Mármoles arrancados a Ravena adornan Aix-la-Chapelle. Así es esta sociedad. El obispo rey de una ciudad, el bárbaro rey de una tribu, copian a los magistrados romanos. Nuestros monjes, supuestamente originales, no hacen en sus monasterios más que renovar la villa (como dice muy bien Chateaubriand). No tienen la menor idea de hacer una sociedad nueva, ni de fecundar la antigua. Copistas de los monjes de Oriente, querrían en principio que sus servidores fueran también frailecitos trabajadores, un pueblo estéril. Es a pesar de ellos que se rehace la familia, que rehace al mundo.

Cuando se ve que estos viejos envejecen tan rápidamente, cuando en un siglo se pasa del sabio monje San Benito al pedante Benito de Aniane, sentimos perfectamente que estas gentes fueron inocentes de la gran creación popular que floreció sobre las ruinas: hablo de las vidas de los santos. Las escribieron los monjes, pero las hizo el pueblo. Esta joven vegetación puede hacer brotar hojas y flores entre las grietas de la vieja ruina romana convertida en monasterio pero no llega a su meta. Tiene su raíz profunda en el suelo: la siembra el pueblo, la familia la cultiva, todos meten mano, los hombres, las mujeres y los niños. La vida precaria, inquieta de esos tiempos de violencia volvían imaginativas a las pobres tribus, crédulas en sus propios sueños, que las tranquilizaban. Sueños extraños, ricos en milagros, en locuras encantadoras y absurdas.

Estas familias, aisladas en el bosque, en la montaña (como se vive aún hoy en el Tirol o en los Altos Alpes), descendían un día por semana, y no faltaban al desierto de las alucinaciones. Un niño había visto esto; una mujer había soñado aquello. Surgía entonces un nuevo santo. La historia corría por la campiña, coma una queja, rimada groseramente. Se la cantaba y se la bailaba por la noche, junto al roble de la fuente. El sacerdote, que venía a oficiar el domingo en la capilla de madera, encontraba ya esta canción legendaria en todas las bocas: Se decía: "Después de todo la historia es bella, edificante ... Hace honor a la Iglesia. Vox populi, vox Dei! Pero ¿dónde la descubrieron?”

Se le mostraban los testigos verídicos, irrecusables: el árbol, la piedra que habían visto la aparición, el milagro. ¿Qué contestar a esto?

Llevada a la abadía, la historia encontrará un monje, que no sirve para nada, que no sabe más que escribir, que es curioso, y que cree en todo, en todas las cosas maravillosas. El monje escribe la historia, la adorna con su chata retórica, la arruina un poco. Pero ya la tenemos consignada y consagrada, lista para ser leída en el refectorio, bien pronto en la iglesia. Copiada, cargada, a veces sobrecargada de ornamentos grotescos, la leyenda pasará de siglo en siglo hasta que, honorablemente, se coloque por fin en las filas de la Leyenda Dorada.

Todavía hoy en día, cuando leemos estas hermosas historias, cuando escuchamos las sencillas, ingenuas y graves melodías en que esas poblaciones rurales pusieron todo su corazón, no podemos menos de reconocer en ellas un gran aliento, y no podemos menos de enternecernos al pensar en su destino.

Habían tomado al pie de la letra el conmovedor consejo de la Iglesia: "Sed como recién nacidos". Pero lo aplicaron a lo que menos se hubiera supuesto. Mientras el cristianismo temía, odiaba a la naturaleza, ellos la amaron, la creyeron inocente, hasta la santificaron mezclándola con la leyenda.

Los animales, que la Biblia llama duramente peludos, los animales, de los que el monje desconfía, creyendo encontrar en ellos al demonio, intervienen en estas hermosas historias de la manera más conmovedora (por ejemplo, la cierva que da calor y consuela a Genoveva de Brabante).

Hasta fuera de la vida legendaria, en la existencia común, los humildes amigos del hogar, los valerosos ayudantes del trabajo, suben en la estima del hombre. Ellos tienen su derecho. Tienen sus fiestas. Si en la inmensa bondad de Dios hay lugar para los más pequeños, si Él parece tener por ellos una preferencia de piedad, "... ¿por qué? -dice el pueblo de los campos- mi burro no puede entrar a la iglesia? Sin duda tiene defectos, por lo cual todavía se me parece más. Es trabajador rudo, pero cabeza dura: es indócil, obstinado, terco, en fin, igual a mí".

De ahí esas fiestas admirables, las más hermosas de la Edad Media, la fiesta de los Inocentes, de los Locos, del Burro. Es el pueblo mismo quien, en el asno, arrastra su propia imagen y se presenta ante el altar feo, risible, humillado. ¡Conmovedor espectáculo! Traído por Balaam, entra solemnemente entre la Sibila y Virgilio, a dar testimonio. Si rebuzna contra Balaam es porque ve ante él la lanza de la antigua ley. Pero aquí la Ley está terminada, el mundo de la Gracia parece abrirse de par en par para los menores, para los simples. El pueblo lo cree, inocentemente. De ahí la sublime canción, en la cual dice al burro, como se diría a sí mismo:

"De rodillas y di Amén!
¡Basta ya de hierba y de heno!
¡Deja las cosas viejas y ven!
¡Lo nuevo se lleva lo viejo!
¡La verdad echa a la sombra!
¡La luz vence a la noche!"

¡Ruda audacia! ¿Era acaso esto lo que se os pedía, niños imbéciles, vehementes, cuando se os dijo que fuerais niños? Se ofreció leche. Bebisteis vino. Se os llevaba dulcemente, brida en mano, por el estrecho sendero. Dulces, tímidos, vacilabais al avanzar. Y, de pronto, se rompió la rienda... De un salto franqueasteis la carrera.

¡Oh, que imprudencia la de dejaros hacer vuestros santos, preparar el altar, adornarlo, cambiarlo, cubrirlo de flores! Ahora apenas se lo distingue. Y lo que se ve es la herejía antigua, condenada por la Iglesia: la inocencia de la naturaleza; ¿qué digo?, una herejía nueva que no terminará mañana: la independencia del hombre.

Escuchad y obedeced:

Prohibido inventar, crear. Basta de leyendas, basta de nuevos santos. Ya hay bastantes. Prohibido innovar en el culto por medio de nuevos cantos; queda prohibida la inspiración. Los mártires que se descubran deben seguir modestamente en sus tumbas, esperando ser reconocidos por la Iglesia. Prohibido al clero, a los monjes, dar a los colonos, a los siervos, la tonsura que los libera.

He aquí el espíritu viejo, tembloroso de la Iglesia carlovingia . Se desdice, se desmiente, dice a los niños: "¡Sed viejos!”

¡Qué caída! Pero. . . ¿es en serio? Se nos había dicho que fuéramos jóvenes. Oh, el sacerdote ya no es el pueblo. Se inicia un divorcio infinito, un abismo de separación. El sacerdote, señor y príncipe, cantará bajo un alero de oro, en la lengua soberana del gran Imperio que ya no existe. Nosotros, triste rebaño, que hemos perdido el idioma del hombre, el único idioma que Dios quiere oír, ¿qué nos queda sino mugir y balar, junto al inocente compañero que no nos desdeña, que en invierno nos calienta en el establo, nos cubre con su pelaje? Viviremos entre los mudos y seremos también mudos.

En verdad ya no tenemos ganas de ir a la iglesia. Pero ella no nos deja. Exige que vayamos a escuchar lo que ya no entendemos.

Una inmensa niebla, una niebla pesada, gris plomo, ha envuelto al mundo. ¿Por cuánto tiempo, por favor? Por una aterradora duración de mil años. Durante diez siglos enteros una languidez desconocida en todas las épocas anteriores se ha apoderado de la Edad Media, hasta en los últimos tiempos, dejándola en un estado intermedio entre la vigilia y el sueño, bajo el imperio de un fenómeno desolador, intolerable, la convulsión de aburrimiento que se llama el bostezo.

Si la infatigable campana resuena a las horas acostumbradas, bosteza; si un canto gangoso se repite en antiguo latín, se bosteza. Todo está previsto, nada se espera del mundo. Las cosas volverán a ser siempre iguales. El aburrimiento seguro del mañana nos hace bostezar hoy, y la perspectiva de los días, de los años de aburrimiento que llegan, pesan por adelantado, asquean de la vida. Desde el cerebro al estómago, del estómago a la boca, la automática y fatal convulsión va a distender las mandíbulas sin fin y sin remedio. Verdadera enfermedad que la devota Bretaña reconoce, atribuyéndola, es verdad, a la malicia del diablo. Él está escondido en los bosques, dicen los campesinos bretones; ante aquel que pasa y guarda las bestias el diablo canta vísperas y todos los oficios, haciéndolo bostezar hasta morir.

Ser viejo es ser débil. Cuando los sarracenos, los normandos nos amenazaban: ¿qué hubiera sido de nosotros si el pueblo hubiera sido viejo? Carlomagno llora, la Iglesia llora. La Iglesia reconoce que las reliquias contra los demonios bárbaros no protegen el altar! ¿No será necesario recurrir al brazo del niño indócil que se quería atar? ¿El brazo del joven gigante que se quería paralizar? Es un movimiento contradictorio, que llena el siglo noveno. Se contiene al pueblo, se lo lanza. Se lo teme y se lo llama. Con él, por él, apresuradamente, se hacen vallas, refugios que detendrán a los bárbaros, cubrirán a los sacerdotes y a los santos que se han escapado de las iglesias.

A pesar del emperador Calvo, que prohíbe que se construya, sobre la montaña se levanta una torre. Llega allí el fugitivo. "Recibidme en nombre de Dios, recibid por lo menos a mi mujer y a mis hijos. Yo acamparé con mis bestias en vuestra cintura exterior". La torre le da confianza y se siente hombre. Ella le da sombra. Él la defiende, protege a su protector.

Antes, por hambre, los pequeños habían sido dados a los grandes, como siervos. Ahora hay una gran diferencia. El hombre se da como vasallo, que quiere decir bravo y valiente.'Se da y se guarda, bajo reserva de renunciar. "Iré más lejos. La tierra es grande. Yo también, como cualquier otro, podré allá levantar mi torre . . . Si he defendido el exterior, sabré guardar el interior".

Tal el grande, el noble origen, del mundo feudal. El hombre de la torre recibía vasallos, pero diciéndoles: "Te irás cuando quieras, y yo te ayudaré, si es necesario; de tal modo que, si te empantanas, yo descenderé del caballo". Esta es, exactamente, la antigua fórmula.

Pero ¿qué he visto una mañana? ¿Acaso la vista me falla? El señor del valle hace su cabalgata alrededor, pone barreras infranqueables y hasta límites invisibles. "¿Qué es esto? . . . No comprendo nada". Esto quiere decir que el señorío está cerrado. "El señor, bajo puertas y goznes, lo tiene cerrado, desde el cielo hasta la tierra.”

¡Horror! ¿En virtud de qué derecho ese vassus (es decir, valiente), es retenido? Hay quien sostiene que vassus también quiere decir esclavo.

De la misma manera la palabra servus, que quiere decir servidor (muchas veces un servidor muy elevado, un conde o príncipe de Imperio), significa siervo para el débil, para el miserable cuya vida vale un denario.

Los hombres caen atrapados en esta red execrable.

Allá, sin embargo, hay en sus pagos un hombre que sostiene que su tierra es libre, un aleu, o feudo del sol. Y el hombre se sienta en una barrera, se encasqueta el sombrero, mira al señor, al emperador. "Sigue tu camino, pasa, emperador... Tú estás firme sobre tu caballo, pero más lo estoy yo sobre mi barrera. Tú pasas y yo no. Pues yo soy la libertad".

Pero no tengo el valor de decir en qué se convirtió este hombre. El aire se espesó a su alrededor, y empezó a respirar cada vez menos. Parece que estaba encantado. No puede moverse. Está como paralizado. Sus animales también enflaquecen, como si los hubieran hechizado. Sus servidores mueren de hambre. Su tierra ya no produce nada. Los espectros la arrasaron por la noche.

El hombre persiste: "Hombre pobre es rey en su casa".

Pero no lo dejan. Lo citan, debe responder ante la corte imperial. Se presenta como un espectro del viejo mundo, un espectro que ya nadie conoce. "¿Quién es?", dicen los jóvenes. "No es ni señor ni siervo ... ¿Quién es pues? ¿Nadie?”

"¿Quién soy?" ... Soy el que construyó la primera torre, el que os ha defendido; aquel que, dejando la torre, descendió valientemente al puente a esperar a los paganos normandos ... Más aún: cerré la costa, cultivé el aluvión. He creado la tierra misma, como Dios que la sacó de las aguas ... ¿Quién podrá echarme de esta tierra?

"No, amigo -dice el vecino- no te echarán. Cultivarás esa tierra... pero de manera distinta ... Acuérdate, amigo, que aturdidamente, joven todavía (hace cincuenta años de esto) te casaste con Jacqueline, pequeña sierva de mi padre... Recuerda la máxima: Quien monta a mi gallina, es mi gallo . Por lo tanto, perteneces a mi gallinero. Suéltate, tira la espada... A partir de hoy eres mi siervo".

No hay nada de invención en esto. La historia atroz vuelve una y otra vez en la Edad Media. ¡Oh, con qué lanza fue atravesado! Abrevio, suprimo, porque cada vez que lo cuento, el mismo acero, la misma aguda punta nos atraviesa el corazón.

Hubo uno que, al sufrir un ultraje semejante, fue presa de un furor tal que no tuvo ya palabras. Como Rolando cuando fue traicionado. Toda su sangre subió, le llegó a la garganta... Sus ojos relampaguearon, su boca muda, terriblemente elocuente, hizo palidecer a toda la asamblea... Retrocedieron ... Él había muerto. Sus venas habían estallado... sus arterias lanzaban sangre roja a la frente de sus asesinos. La incertidumbre de la condición humana, la pendiente horriblemente resbaladiza por la que el hombre libre se convierte en vasallo, el vasallo en servidor, y el servidor en siervo, es el terror de la Edad Media y el fondo de su desesperación. No hay medio de escapar. Porque el que da un paso está perdido. Se convierte en bien mostrenco, presa salvaje, en siervo o en muerto. La tierra viscosa retiene el pie, sujetando al que pasa. El aire contagioso lo mata, es decir, lo vuelve de mano muerta, un muerto, una nada, una bestia, un alma de cinco sueldos, cuya muerte se expiará con cinco sueldos.

He aquí los dos grandes rasgos generales, externos de la miseria de la Edad Media, los que la entregaron al diablo.


Jules Michelet, La bruja, libro primero, capítulo II
Retrato de JM por Francoise Sabatier (1871)