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10 jun. 2015

Descarga: Henri Michaux - Un bárbaro en Asia (Traducción de Jorge Luis Borges)

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Descarga: Henri Michaux - Un bárbaro en Asia (Traducción de Jorge Luis Borges)

Hacia 1935 conocí en Buenos Aires a Henri Michaux. Lo recuerdo como un hombre sereno y sonriente, muy lúcido, de buena y no efusiva conversación y fácilmente irónico. No profesaba ninguna de las supersticiones de aquella fecha. Descreía de París, de los conventículos literarios, del culto, entonces de rigor, de Pablo Picasso. Con pareja imparcialidad, descreía de la sabiduría oriental. Todo esto se confirma en su libro Un barbare en Asie, que yo traduje al castellano no como un deber sino como un juego. Solía asombrarnos con noticias tristísimas de Bolivia, donde había residido un tiempo. Por aquellos años no sospechaba lo que el Oriente le daría o, de manera misteriosa, ya le había dado. Admiraba la obra de Paul Klee y la obra de Giorgio de Chirico.

A lo largo de su larga vida ejerció dos artes: la pintura y las letras. En sus últimos libros las combinó. La noción china y japonesa de que los ideogramas de un poema se componen no sólo para el oído sino también para la vista, le sugirió curiosos experimentos. Como Aldous Huxley exploró los alucinógenos y penetró en regiones de pesadilla que inspirarían su pincel y su pluma. En 1941, André Gide publicó un opúsculo que se llama Descubramos a Henri Michaux Hacia 1982 me visitó en París. Cambiamos algunas triviales palabras; estaba muy cansado. Presentí que aquel diálogo sería el último.

Las fechas de su nacimiento y de su muerte son 1899 y 1984.

JLB

7 jun. 2014

Henri Michaux - A las puertas de la ciudad

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A las puertas de la ciudad fui apresado por una extraña aglomeración.
Miles y miles de carniceros, el arma en alto, esperaban al primer bebé que llegara hasta ellos.
Unos cocheros en carruaje (se oía por todas partes el ruido de las ruedas sobre los adoquines), unos cocheros conducían hacia ellos a esos niñitos.
¡Y circulaban! ¡Oh, cómo circulaban! Sin embargo, ninguno llegaba hasta aquí.
Supongo que había caídas.
La ciudad era un pozo innumerable.

***

El rostro que tiene cadenas, aquí está.
El rosario de eslabones lo agarra de los ojos, se enrolla en torno a su cuello, cae, desgarra, lo hace sufrir con el peso de los eslabones unido al peso de la esclavitud.
La extensa sombra que proyecta hacia delante habla extensamente sobre ello.
¡Tiempo! ¡Oh, el tiempo! Todo el tiempo que es tuyo, que hubiera sido tuyo...

***

Demonios femeninos de la excitación de la tinta del deseo, rostro triangular como pelos de tentación, donde penetran, donde fluyen cien miradas de lluvia, cien miradas porfiadas, miradas por miradas retrospectivas. Pequeña araña negra, enana que lentamente escupe para detener por un instante el tiempo.

***

Dos bebés gigantes, profundamente embotados en una puja adormecida, se mantienen inmóviles.
Lento combate que dura años.
Uno rechaza la cabeza del otro con una mano poderosa y vacilante a la vez, que se apoya continuamente sobre la fontanela anterior y hunde su huella en el hueco dócil del cráneo gigantesco y blando, bajo el cual un cerebro reflexiona, laboriosamente, sin duda, en una remota respuesta.
Y todo flota en el agua de un plácido y poco profundo pantano.


En Antología poética
Traducción: Silvio Mattoni
Imagen: Eddie Novarro


27 ago. 2013

Henri Michaux: Los trabajos de Sísifo

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La noche es un gran espacio cúbico. Resistente. Extremadamente resistente. Acumulación de muros en todos los sentidos, que nos limitan, que quieren limitarnos. Cosa que no hay que aceptar.

Yo no salgo de allí. Sin embargo, cuántos obstáculos ya derribé.

Cuántos muros abatidos. Pero quedan. ¡Oh, falta para eso! En este momento le hago la guerra sobre todo a los techos.

Las bóvedas duras que se forman por encima de mí, cuando se presentan, las martillo, las machaco, las hago saltar, estallar, reventar, siempre se encuentran otras por detrás. Con mi enorme martillo que nunca se cansa, les asesto golpes como para matar a un mamut, si todavía quedara alguno... y estuviera allí. Pero no se hallan más que bóvedas, tenaces bóvedas, aun cuando es preciso romperlas y derribarlas. Se trata luego de despejar el lugar conquistado de los escombros que ocultan lo que hay más allá, cosa que por otra parte siempre adivino, pues me resulta evidente que aún hay una bóveda más lejana, más alta, que también habrá que derribar.

Lo que está duro debajo de mí no me molesta menos, obstáculo que no puedo, que no debo soportar, materia del mismo inmenso bloque detestado donde he sido puesto a vivir.

A golpes de pico, lo horado, y luego horado el siguiente.

De cueva en cueva, siempre desciendo, desmenuzando las bóvedas, arrancando los pilares.

Desciendo imperturbable, infatigable ante el descubrimiento de cuevas sin fin que hay en un número que desde hace tiempo dejé de contar, cavo, cavo siempre hasta que, una vez hecho un trabajo inmenso, me veo obligado a subir para darme cuenta de la dirección que seguí, porque uno termina cavando en espiral. Pero cuando llego arriba, me urge volver a bajar, llamado por la inmensidad de los recintos por desfondar que me esperan. Desciendo sin prestarle atención a nada, a zancadas de gigante, bajo escalones como si fueran siglos –y por último, más allá de los escalones, me precipito en el abismo de mis excavaciones, más rápido, más rápido, más desordenadamente, hasta chocar con el obstáculo final, momentáneamente final, y me pongo a demoler con renovados bríos, a demoler, a demoler, cavando en la masa de muros que no terminan y que me impiden partir a pie firme.

Pero un día la situación será diferente, quizás.



En Antología poética 1927-1986
Selección, traducción y prólogo: Silvio Mattoni
Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005
Imagen: Retrato de Henri Michaux por Jean Dubuffet 1947 
Art Institute Chicago

9 jun. 2013

Henri Michaux: Dos poemas de "A distancia" [póstumo]

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Traducción inédita: Silvio Mattoni


Puertas que dan al fuego

El agua ya no corre para mí
La vida no tiene más días para mí
Vasallo de un brazo roto, vivo insularmente

Mis puertas dan al fuego
Arrancada la ropa interior de mi carne, mi piel ya no me envuelve
Ya nada me envuelve
Furiosa batalla que se libra dentro de mis fronteras

¡Qué frágiles son las patas de los teros!
Pero les bastan

Como una herramienta caída de una carreta
me quedé en la ruta

Mis pájaros ya no vuelan
Un solo hueso roto apresó mi vida

Escucho los informes chillones de mi cuerpo
El dolor en mi herida sumerge su escorpión marino

Hospital y momias matinales
¡Oh, qué profundamente cerrado está todo!

Noches sin fin
Lentamente, lentamente las agujas convierten la noche en alba

Tiempo inexorable que debo recorrer sin perder un minuto
¿Quién me regalaría uno solo?
Noches como un toldo sobre una herida
Cuando el sufrimiento se refleja en sufrimientos
cuando el sufrimiento en mil espejos rebota y repercute
… y todos los grados que todavía le falta subir

Nada de cielo
Arrancamos las vendas

Una quilla caída, todas las quillas oscilan

Sufrimiento que sigue sin domesticar
su fanfarria loca
su trompeta desgarradora sólo para mí
entre nosotros, telones bajos

Sufrimiento que sobrevive a todo, como un culto inepto,
transmitido incomprendido,
al que seguimos estando sometidos
Brasa

Brasa y perforaciones
¡Qué horribles brasas!
Ahí estaba mi brazo, antes

Fuego. Fuego. Fuego. Fuego incesantemente fuego

La lengua fría del cuchillo de trinchar
vaga sola entre los labios del hombre solo

Abejas que están libando flores de hierro
Pájaros que vuelan entre árboles de hierro

Perros que muerden. Jaurías de perros
incesantes oleadas de perros

En pleno día, espero la salida del sol


Tachadores

Fustas de fuego, de cacheo, de hiel
fusta sobre los bienes y los males
sobre las órdenes y los ojos
sobre las manos que sostienen el mango

Brasa en la camisa del Rey
brasa en la boca del cura

Chasquido en los mil espejos
chasquido en los pantanos de laca

Matraca en la Musa
matraca en el coro de los ángeles
graznidos en las asambleas

Verrugas sobre las doctrinas
callos sobre las doctrinas
escupidas sobre las doctrinas

Tapón sobre la voz anónima
sobre la hinchazón de la voz anónima
sobre los molinos para hacer estrellas

Llagas en el acero
llagas en las estructuras
llagas en los planes del futuro

Tachadura

sobre los hermanos y los padres
y sobre los nuevos padres disfrazados de hijos

sobre la clase de paz
que vuelve acuarteladas a las almas

sobre las calles que espían
sobre las filas que aplauden

sobre las voces de terciopelo
sobre los lavamiserias
que preparan una más innoble miseria

sobre las voces de mando de la ciencia momentánea
sobre los liquidadores de Edipo

sobre los discípulos, los discípulos de discípulos
nacidos esclavos ávidos de otros esclavos

Tachón sobre los rasgos del rostro
sobre la huella del objeto
sobre el rastro del hecho

sobre los innumerables enemigos nunca bastante vomitados
tabla rasa hecha no una vez sino mil veces mil veces

sobre el origen
sobre los desarrollos
sobre lo proliferante
sobre el mejoramiento, pez piloto de la próxima negación

sobre uno mismo
sobre vos
sobre el eje

tachón
tachón
tachón

Catedrales del ansia
de la rabia
de la bosta
del abceso
de la injuria
de la herida interna
del ofidio traidor que se distiende como se suelta la flecha

del submarino que se hunde asfixiado
de la rata envenenada
del pene ardido
del anzuelo en la aorta

espinosas
verrugosas
apofiseadas
amorfas
polimorfas
locas
arrebatadas
inflamadas
Catedrales no benditas no salseadas

del absurdo
de la exasperación
del sufrimiento
del hambre en la fiera
de la sed en el traicionado
de la superación imposible
del rechinar de dientes
del grito
del grito
del grito
catedrales, ¿cuándo las veremos?

Por fin construidas
por fin a imagen de nuestra desmesurada medida
dominando vertiginosamente metrópolis y pueblos
unidos, ellas y nosotros, a pesar de su masa y su dureza
como hermanos gemelos pegados por la boca
por la rabia, por los riñones, por el ano
por la abyección común que no podemos olvidar
por todo lo que ha fracasado implacablemente desde el principio

por la mala posición
por todo el viejo pegamento reumático
por el nuevo emplazamiento más dañino
más deformante aún
y sin embargo por la inextinguible tendencia a sublimar

catedrales
monstruosamente caladas en la faz del cielo
nuestras catedrales
¿cuándo las veremos?



En A distancia (recopilación póstuma)
Paris, Mercure de France, 1997
Foto: Henri Michaux (1899-1984) por Eddie Novarro

7 may. 2013

Henri Michaux - Ideogramas en China

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Trazos en todas direcciones. En todos los sentidos comas, bucles, ganchos, acentos, al parecer, a cualquier altura, a cualquier nivel; desconcertantes matorrales de acentos.

Arañazos, quiebras, inicios que parecen haber sido detenidos de repente.

Sin cuerpos, sin formas, sin rostros, sin contornos, sin simetría, sin un centro, sin recordar nada conocido.

Sin regla aparente de simplificación, de unificación, de generalización.
Ni sobrios, ni depurados, ni despojados.
Cada cual como diseminado, así es el primer acceso. (1)

Ideogramas sin evocación.

Caracteres variados interminables.
La página que los contiene: un vacío lacerado.
Lacerado por múltiples vidas indefinidas.
Hubo, sin embargo, una época en la que los signos aún hablaban, o casi, alusivos ya, señalando más que cosas, cuerpos o materias, señalando grupos, conjuntos, exponiendo situaciones.

Tránsito.

El gusto por ocultar ha vencido. La reserva, la prudencia ha vencido, la discreción natural, la instintiva tendencia china a borrar sus huellas, a evitar estar al descubierto.


El placer de mantener oculto ha vencido. Así, lo escrito de ahora en adelante cobijado, secreto; secreto entre iniciados.
Secreto difícil, largo, costoso de compartir, secreto para formar parte de una sociedad dentro de una sociedad. Círculo que, durante siglos y siglos, se mantendrá en el poder. Oligarquía de los sutiles.

El placer de abstraer ha vencido.
El pincel permitió dar el paso, el papel facilitó el tránsito.
De lo real original, lo concreto y los signos que le eran próximos, podía uno a partir de entonces cómodamente abstraerse, abstraer, ir rápido, rápido por medio de bruscos trazos que se deslizan sin resistencia sobre el papel, permitiendo otra manera de ser chino.

Abstraerse había vencido.
Ser mandarín (2) había vencido.
Desaparecidos, los arcaicos caracteres que conmovían el corazón.
Desaparecidos, los signos sensibles que colmaban a sus inventores, que maravillaron a sus primeros lectores.
Desaparecida la veneración, la ingenuidad, la poesía primera, la ternura en la sorpresa del original "encuentro", desaparecido el trazado aún "piadoso", el calmado fluir. (Intelectuales ausentes y sus trazaos veloces, aún por venir, sus trazados de intelectuales… de escribas)

Cortados los puentes con el origen…
Primero, modificados con prudencia, en la naciente irreverencia y la alegría de ver que "aquello funcionaba", que uno seguía enterándose…
Arrebatados por la irresistible impudicia de la búsqueda, los inventores –los de un segundo tiempo- aprendieron a separar el signo de su modelo (a tientas deformándolo, sin todavía atreverse a cortar resueltamente lo que liga la forma con el ser, el cordón umbilical del parecido) y así se separaron de sí mismos, habiendo desechado lo sagrado de la primera relación "escrito-objeto" .

La religión en la escritura retrocedía. La irreligión de la escritura comenzaba.
Desaparecidos, los caracteres "sentidos", asomados a la realidad; desaparecidos del uso, de la lengua; no desaparecidos de la piedra de las antiguas tumbas ni de los vasos de bronce de antiguas dinastías, no desparecidos de los huesos adivinatorios.

Más tarde, buscados en todos los lugares del Imperio del Medio, los caracteres de antaño, cuidadosamente reunidos, copiados, fueron interpretados por los letrados. Un inventario, un diccionario de los signos originales vio la luz.

¡Recuperados!
y se recuperaba al mismo tiempo la emoción de las calmadas y serenas y tiernas primeras grafías.

Los caracteres resucitados en su intención primera revivían.
Bajo esta luz, cualquier página escrita, cualquier superficie cubierta de caracteres se volvía hormigueante y rebosante…llena de cosas, de vidas, de todo lo que hay en el mundo…en el mundo de China.

llena de lunas, llena de corazones, llena de puertas
llena de hombres que se inclinan
que se retiran, que se guardan rencor, que hacen las paces
llena de obstáculos
llena de manos derecha, de manos izquierda
de manos que se aprietan que se responden, que
se enlazan para siempre
llena de manos frente a frente,
de manos en guardia, de manos ocupadas
llena de mañanas
llena de puertas
llena de agua cayendo gota a gota de las nubes
llena de barcazas que atraviesan de una orilla a otra
llena de alzamientos de tierra
llena de crisoles
y de arcos y de fugitivos
y llena de calamidades
y llena de ladrones llevándose bajo el brazo los
objetos robados
y llena de codicias
y llena de mallas
y llena también de palabras sinceras y llena de reuniones
y llena de nichos nacidos de pie
y llena de agujeros en la tierra
y de ombligos en el cuerpo
y llena de cráneos
y llena de fosas
y llena de aves de paso,
y llena de recién nacidos -¡cuántos recién nacidos¡-
y llena de metales en las profundidades del suelo
y llena de tierras vírgenes
y de vapores que suben de los herbazales y de los
pantanos
y llena de dragones
llena de demonios vagando por los campos
y llena de todo lo que existe en el universo
tal cual o diferentemente ensamblado
elegido a propósito por el inventor de signos para
estar juntos
escenas para dar qué pensar
escenas de todo tipo
escenas para ofrecer un sentido, para ofrecer varios,
para proponérselos a la mente
para dejarlos emanar
grupos para que resulten ideas
o para que se resuelvan en poesía.


Una parte de tesoro primero seguía perdida. Quedan, sin embargo, suficientes etimologías fiables como para que en numerosos casos un letrado consumado reconozca de paso los orígenes y reciba, en el momento de trazar los caracteres en su forma actual, una inspiración venida de lejos.

Por muy alejado que esté del antiguo, el nuevo carácter puede reanimar el objeto por medio de la palabra.

Está movido a ello. Su grafismo intenta.


Sin ningún otro saber, ése bastaría –gracias a sus sutiles trazos matizados.

El chino, lengua hecha para la caligrafía (3). La que induce, que provoca el trazo inspirado.

El signo presenta, sin forzar, una ocasión de volver a la cosa, al ser que no tiene más que deslizarse dentro, de paso, expresión realmente expresante.

Durante mucho tiempo, los chinos habían, como en otros ámbitos, sucumbido al encanto del parecido: primero del próximo, luego del lejano parecido, después, de la composición con elementos parecidos.

Barrera también. Fue necesario saltarla.

Incluso la del parecido más lejano. Carrera sin retorno.
Parecido definitivamente atrás.

Los chinos estaban destinados a otra cosa.

Abstraer es liberarse, desatascarse.
El destino de los chinos en la escritura era la absoluta ingravidez.
Los caracteres evolucionados convenían más que los caracteres arcaicos a la velocidad, a la agilidad, a la viva gestualidad. Una determinada pintura china de paisaje requiere velocidad, no puede hacerse sino con la misma relajación súbita que la pata del tigre que se abalanza. (Para ello hace falta primero haber estado contenido, concentrado, sin tensión no obstante.) (4)
Asimismo el calígrafo debe recogerse primeo, cargarse de energía para liberarse de ella después, descargarse de ella. De un golpe. (5)

El saber, los "cuatro tesoros" de la cámara de literatura (el pincel, el papel, la tinta, el tintero) es considerable y complejo. Pero luego…

La mano ha de estar vacía a fin de no estorbar el influjo que le será comunicado. Debe estar lista para recibir el impulso más nimio tanto como el más violento. Soporte de efluvios, de influjos.

…En cierto modo semejante al agua, a lo que tiene de más fuerte y de más ligero, de menos perceptible, como lo son sus arrugas, que siempre fueron tema de estudio en China.


Imagen del desapego: el agua que no se apega, lista siempre para volver a irse al instante, agua que, antes de la llegada del budismo incluso, le hablaba al corazón del chino. Agua, vacío de forma.
Yi Tin, Yi Yang, che wei Tao
Un tiempo Yin, un tiempo Yang,
He aquí la vía, he aquí el Tao.

Vía de la escritura.
Ser calígrafo como se es paisajista. Mejorándolo.
Es el calígrafo, en china, la sal de la tierra.
En esta caligrafía –arte del tiempo, expresión del trayecto, de la carrera- lo que suscita la admiración (aparte de la armonía, de la vivacidad, y dominándolas) es la espontaneidad, la cual puede llegar incluso al estallido. Dejar de imitar la naturaleza. Significarla. Por medio de trazos, de impulsos.
Ascesis de lo inmediato, del relámpago.
Tales como son actualmente, alejados de su mimetismo de antaño, los signos chinos tienen la gracia de la impaciencia, la ligereza de la naturaleza, su diversidad, su manera inigualable de saber inclinarse, rebotar, volverse a erguir.
Al igual que la naturaleza, la lengua, en China, propone a la vista y no decide.

Su poca sin taxis que deja adivinar, recrear, que deja sitio a la poesía. De lo múltiple sale la idea.

Caracteres abiertos en varias direcciones.
Equilibrio.

Cualquier lengua es universo paralelo. Ninguna con mayor belleza que la china.

La caligrafía la exalta. Perfecciona la poesía; ella es la expresión que hace válido el poema, que avala al poeta.

Exacto equilibrio de los contrarios, el arte del calígrafo, curso y decurso, es mostrarse al mundo. –Cual un actor chino que saliendo a escena, dice su nombre, su lugar de origen, o que le ha pasado y lo que ha venido a hacer- es rodearse de razones de ser, justificarse. La caligrafía: hacer patente, por la manera de tratar los signos, que se es digno del saber que se posee, que se es realmente un letrado. A partir de ahí le justificarán …o no.


La caligrafía, su papel mediador, y de comunión, y de suspenso.

Una lengua, en Occidente, que habría tenido solamente una parcela de las posibilidades caligráficas de la lengua china, ¿qué habría pasado con ella? Las épocas barrocas que le habrían sucedido, y los hallazgos de os individualistas, las rarezas y extravagancias, excentricidades y originalidades de todo tipo…

La lengua china era capaz de ello. En todos los ámbitos da pie a la originalidad. Cada carácter suministra una tentación.

Si de diversos autores se saca, destacándolo del texto y de su contexto, un carácter, fácilmente reconocible, naturalmente bello y lleno de sentido, la palabra corazón por ejemplo, a pesar de
lo alejados que estén sus rasgos constitutivos de cualquier cosa que recuerde el corazón, éste, por su trazado, volverá a vivir, en todo escritor, una vida particular. Puede observársele, en uno, en otro, en cada uno él mismo y en todas partes diferente. Corazón generoso o valiente, o corazón que quiere embaucar, o corazón cerca del cual se está bien, corazón lleno de una paz profunda, o corazón benevolente y cálido, o corazón que no se problematiza con nada, que sale siempre de apuros, o corazón ligero que no se fijará, o temeroso, o corazón sometido, o bien corazón que con nada despega, o corazón toca-lo-todo, o corazón en espera, corazón que busca la aventura, o corazón seco, o plácido, o al contrario al que nada detiene, o corazón decididamente alerta, perfecto que, incluso sobre una fibrosa hoja de papel de arroz, podrá seguir viviendo durante siglos todavía y dejarse admirar.

A cualquier calígrafo se le ofrece la propiedad del corazón, la vida del corazón. Pero no para la originalidad, a no ser filtrada, y a quien tan sólo le está permitido transparecer.
Está mal visto, es bajo y vulgar exhibirse.

Sólo importa la "justa proporción", el "justo lugar".

Y la página perfecta es aquella que "parece haber sido trazada de un solo trazo"

La China virtuosa, empeñada en la armonía, no habría apreciado lo chusco.

La escritura debe tener una virtud tonificante. Es una conducta.
Mostrar un bello equilibrio, uno que sea ejemplar. Hasta los apasionados a quienes llamaron "locos por la caligrafía", y que perdían en su empeño las ganas de beber y de comer y el sueño y el equilibrio de una vida, cuando volvían a coger el pincel, trazaban caracteres exentos de desequilibrio, llenos, por el contrario, de un soberbio y nuevo equilibrio.
El orden superior es dinámico.
Así la escritura china, salvada a un tiempo del barroco (7) y de la rigidez, trampas de las caligrafías.

China, país en el que se meditaba en los trazados de un calígrafo de la misma manera que en otro país se medita en un mantra, en la substancia, el principio, o en la Esencia.

Caligrafía cerca de la cual, sencillamente, se está como cerca de un árbol, de una roca, de una fuente.


(1) Aquello que, pareciendo garrapatos, fue comparado con trayectos de insectos, con inconsistentes huellas de patas de pájaros en la arena, sigue sirviendo de soporte a la incambiada, siempre legible, comprensible, eficaz lengua china, la más vieja de las lenguas vivas del mundo.
(2) Con lo reducidos, lo deformes que son, estos caracteres ilegibles para cientos de millones de chinos no eran, sin embargo, para ellos, letra muerta. Mantenidos fuera del círculo de los letrados, los campesinos, ciertamente. los miraban sin comprenderlos, pero no sin sentir que les pertenecían a pesar de todo, estos signos ligeros, parientes de los techos curvos, de los dragones y los personajes de teatro; de los dibujos y las nubes también, y generalmente de los paisajes con ramas florecidas y hojas de bambú que habían visto en imágenes y que apreciaban.
(3) Más que caligrafía, arte de la escritura. En las demás lenguas, exceptuando el árabe, la caligrafía, cuando existe, no es sino la expresión o bien de un tipo psicológico, o bien, en las grandes épocas, la expresión de unos modales ideales a menudo religiosos. Hay rigidez, compostura rígida, uniformemente rígida, que hace líneas, no palabras, corsé uniforme de nobleza, de liturgia, de gravedad puritana.
(4) La meditación, el recogimiento ante el paisaje puede durar veinte horas y la pintura sólo unos diez minutos. Pintura que le deja sitio al espacio.
(5) La relajación del tigre, incluso en materia de religión. En el Ch'an, en el Zen, lo que llama la atención es la instantaneidad de la iluminación.
(6) Arrugas profundas, arrugas finas, arrugas del agua que correo que cae en casaca y que vuelve a salir gorgoteando a la superficie. Algunos pintores se han hecho célebres por sus arrugas de agua, y el mismo admirable Wang Wei lo es por haber hallado la arruga "de la lluvia y de la nieve".
(7) Caligrafía salvaje. En el Japón se han tomado últimamente muchas libertades y han hallado nuevos placeres de desmesura en la caligrafía. Esas libertades podrían -¿quién sabe?- emigrar cualquier día al Asia china.

Ideogramas en China (1971), en Escritos sobre pintura
Edit. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos técnicos de Murcia -2000-
Traducción Chantal Maillard , de Idéogrammes en Chine, Fata Morgana 1975
incluido en Affrontements, Gallimard, 1986
Foto: HM en Buenos Aires, ca. 1936/38 por Gisele Freund

17 feb. 2013

Henri Michaux: La India Meridional

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El hindú del sur, de raza drávidia, pequeño, vivaracho, colérico, no corresponde en lo más mínimo a la concepción que el europeo tiene del hindú.

Desde que se llega al Sur, la piel se oscurece, las gentes son casi negras —trajes en relación: desaparece el rosa para dejar lugar al rojo, al verde oscuro, al violeta.

La a, la o, la e abierta, de los idiomas del Norte, desaparecen, todo se empapa en consonantes en el malayalam, o se arquea en consonantes dobles en el tamil (el tamil, idioma más antiguo que el sánscrito, con el que nada tiene en común). Las personas dejan de ser «importantes». Miran con mirada sin intención. Ningún hipnotismo. Ya no son rumiantes. Si disponen de dos minutos, no se ponen en cuclillas. Algunos quedan de pie; otros hasta se echan a andar.

En los templos, los dioses están al frente, sus gopurams son bazares para los dioses, demonios y gigantes. Aquí todos los dioses son medio demonios. Ante ellos, las gentes se echan al suelo, rápidamente, sin gracia alguna. Delante de Ganeska, se dan dos golpes cerca de la oreja. Tienen preferencia Por los dioses de pequeña divinidad; por ejemplo, la diosa de la viruela boba. La religión pierde su belleza, su paz. Ya no tiene una hermosa voz. Son politeístas. A menudo, se convierten al culto católico. (Es la única parte de la India donde se hacen muchos cristianos.)

Gustaban entre otras cosas de la magia de las palabras.(1)

Sólo en una época (la de Sangham), se citan 192 poetas considerables, de los cuales 57 agricultores, 36 mujeres, 29 brahmanes, 17 montañeses, 13 guardabosques, 7 comerciantes, 13 reyes Pandyas, etcétera, un alfarero, un pescador.

* * *

Imposible volver de la India sin dejarse ganar por el comunismo. La cuestión social es tal vez de importancia relativa. Pero el envilecimiento, la falta de dignidad humana que resulta de una sociedad con dos pesas y dos medidas es tal que el hombre queda manchado en todo lo que es, dice y hace, y más que el envilecido, el honrado, los brahmanes y los rajas, y quizá todos nosotros.

* * *

No hay otro país donde, «para entrar en conversación», en un tren en cualquier parte, el nativo hable... de Jesucristo. De tal modo al hindú le es imposible concebir la indiferencia religiosa.

Los más aman sinceramente a Jesús, y lamentan que Él no se haya encarnado entre ellos. Lamentan que no se haya encarnado por segunda y tercera vez. Quisieran saber cómo se encuentra.

Y sin embargo, hasta un ateo europeo se siente herido por la familiaridad con que conversan de Jesucristo.

* * *

Mi compañero bengalí decía gentilmente de las mujeres del Sur: «Entre mil, ni una bonita». Debió decir: entre diez mil, ni una bonita (entre todas y por todo, he visto una).

En cuanto a los hombres, tienen caras obstinadas de herejes. Algunos perfiles y ojos de lagartijas (sobre todo los enfermos se parecen a las lagartijas). Nariz, ojos, boca amontonados, aplastados como por efecto de una maldición o de un cataclismo. Frentes bajas (una cinta frontal, debería decirse) y el cráneo de pelo tupido (afeitado hasta la mitad de la cabeza) contribuye a volverlos monos.

También muchas cabezas borbónicas, pero reducidas, afiebradas, que han perdido su fuerza, y con rodete.

Si uno de ellos pesca el menor dato sobre uno, que uno tiene treinta y dos años, por ejemplo, en seguida da la noticia a toda la vecindad, a todos los viajeros en la estación, a todos los que transitan por la ciudad. Lo interrogan de lejos. Y él responde triunfalmente: «Tiene 32 años. Viene a visitar la India». Y la asombrosa nueva corre como un reguero de pólvora.

Lo miran a uno como en el zoo se mira un recién llegado, un bisonte, un avestruz, una serpiente. La India es un jardín zoológico donde los nativos tienen ocasión de ver, de vez en cuando, ejemplares extranjeros.

Si un europeo es interrogado a su vuelta de la India, no titubea, contesta: «He visto Madrás, he visto esto, he visto aquello.» Pero no, ha sido visto, mucho más de lo que él ha visto.

* * *

Para hablar, el hindú se echa encima. Mezcla su aliento con el de uno. Nunca cree estar bastante cerca. Su gran cabeza de jupiterino y sus ojos desatinados llenan el horizonte.

Seguro así del auditorio, desenvuelve sus frases, declama. Todo eso para decir cosas perfectamente insignificantes. Pero una fuerza extraña lo empuja al discurso, al sermón y un simple dato tiene en seguida una importancia que el Universo debe conocer.

En las aldeas, los hindúes del Sur, si lo ven a uno quieto un momento, se agrupan alrededor, los ojos como ventosas, tan cerca que si uno tose alcanza a dos o tres.

Si uno habla, se acercan más todavía. El hindú del Norte declama, el hindú del Sur chilla. No sólo su canto (el de las poblaciones dravidias del Sur) es exasperado, ni su idioma. Del francés, si lo hablan, se forman en general la siguiente idea: es un idioma de cabeza, que sólo gracias a un gran esfuerzo y en las ansias de la agonía es posible extraer de lo alto del cráneo. Uno quisiera decirles: «Calma, calma, paciencia, ya va a salir». Pero la rabia que los domina los conduce irresistiblemente.

* * *

La lengua tamil está compuesta de palabras con un promedio de seis sílabas. Muchas tienen catorce. Menos de cuatro sílabas, no es palabra, sino un residuo. La lengua inglesa les parece en ruinas. ¿Qué significan todas esas pequeñas burbujas sin objeto, llamadas preposición, artículo, etcétera...?

El tamil es una lengua aglutinante. Se suelda todo lo posible. De tres palabras, una sola.

Así (el proceso real, les prevengo, es un poco más complicado), llega a diez o a catorce sílabas.

Esas palabras se despachan a la carrera. Se toca la primera sílaba y se parte al galope. Una vez concluidas, se puede descansar. Por eso hay una porción de lenguas en la conversación. Pero hay atolondrados (la mayoría) que no se detienen. Se escucha entonces ese mecanismo maravilloso que, con un paso sobrehumano, realiza, sin vacilar, su proeza natural. 

Pronuncian las palabras como en un arrebato.

Una precipitación desgraciada, y de subalterno, que también se percibe en la expresión de sus ojos fijos, aunque afanosos, afanosos de ver, afanosos de ver ¿qué? y destinados visiblemente a un fracaso, aunque no se sepa a cuál.

Cuando cantan, es una estrangulación. No cantan más que para ahorcarse y desde lo alto. Van derecho a las notas más inaccesibles, sin trampolín, se prenden como desesperados, oscilando entre dos o tres más altas, y así se quedan a llorar, y sufrir y ser desgraciados, listos a dejarse cortar en pedazos; pero ¿por qué? De golpe, se paran en seco, detienen como en alto esa loca desesperación, hay dos minutos de silencio, vuelven a subir o mejor dicho se encuentran de golpe allá arriba, más infinitamente desgraciados que nunca. Esas torturas duran a veces más de una hora.

Adoran también una especie de oscilación entre las notas bajas o medias. En una cadencia ya bastante rápida, introducen una cantidad de palabras inverosímiles, que son como una declamación multiplicada por cuatro. Nada mejor se había logrado en materia de movimiento, antes de la locomotora. Y todo eso que no es nada desagradable, termina en un pequeño alarde bastante mediocre, agrio y sin vuelo, muy de opereta.

* * *

Nadie les enseñará rapidez. En el drama que posee una variedad desconocida en Europa, entra todo, los nueve ingredientes. La obra dramática se sucede sin interrupción, en siete horas, a través de doscientas cincuenta escenas, y no sé cuántos cambios de decoración. Todo con un ritmo y gestos apenas indicados y pronto olvidados. El conjunto es divertido y lleno de agilidad.

El cinematógrafo no les ha enseñado nada. Ya, desde antes, iban mucho más rápido. Las réplicas son seguidas, en la sala, con grandes carcajadas, pronto masticadas, tragadas, desaparecidas. Descargas.

Hay dentro una fuerza que fustiga y dice: «Vamos, no arrastre, no redondee.» Se canta, se repite la misma canción en otro tono. Luego la melodía se rompe de pronto, y luego se vuelve a cambiar de tono. Los actores salen sin dejar atmósfera tras ellos. Las escenas pasan rápidamente en el orden cronológico natural muy seguido, y hasta un asno comprendería. Como no hay atmósfera, las interrupciones no cuentan. En el proscenio, un hombre reducido a una extrema miseria, implora la caridad. Un bromista (todos tienen el sentido de lo cómico. Muchas escenas son extraordinariamente estrambóticas), un bromista de la platea le tira un anna (un centavo), en seguida toda la sala se divierte echándole centavos. Eso duró, estoy seguro, ocho o diez minutos; luego siguió la función.

Otra vez, asistía a la última representación de una compañía teatral. Se daba un drama de tendencia moralizadora, movido y de argumento desgarrador.

Bueno, en medio de las respuestas, los espectadores subían al escenario, niños en general, en montón, para ofrecerles collares de flores que el actor se ponía al cuello, en el acto, y naranjas que se metía en los bolsillos, o guardaba en las manos, como podía, y la representación continuaba.

Una costumbre muy incómoda para el europeo. Los papeles de mujeres los representan hombres vestidos de mujer —especies de engendros, a veces con una hermosa voz de falso contralto.

«Estos papeles, me explicaba un espectador, no podrían ser representados por mujeres. Son demasiados difíciles (!). Los jóvenes que usted verá se han ejercitado, desde niños, en feminizarse. Y un; hombre, que se ejercita, va mucho más lejos que una mujer.» 

He aquí, me decía yo, las razones. Pero cuando vi los actores, no me desencantaron demasiado. Tenían realmente una porción de inflexiones femeninas, a cada momento, hasta en los apartes... de aquéllos que las mujeres descuidan, si se puede decir. Pero lo ficticio no vale lo genuino.

Después vi, en Madrás, a Sundarambd, la gran actriz tamil, maravillosa cantante, la única dravidia hermosísima que he visto, y de un gran talento. Parecía tener en el cuerpo, simultáneamente, sangre, aceite y petróleo. Cuando apareció, aplastó a las otras mujeres (que eran hombres). Antes de hacer un gesto (hacía muy pocos), antes de cantar. Tenía la salud femenina, la mujer hecha por las glándulas y por el alma. Las otras eran coquetas, pues el hombre no puede ser una mujer natural. Trataban de ser mujeres. Ella trataba de ser un ser humano. Lo conseguía, sin duda. Pero en ella subsistía ese algo esencialmente peculiar, más turbador, porque no le daba importancia, la feminidad.

* * *

Sería muy extraño que la raza hindú, exenta de dones psíquicos, se hubiera ocupado tanto del ocultismo.

Aunque muchos hindúes, que tienen una cultura europea, hayan perdido sus dones metapsíquicos, un buen número, sobre todo entre los subalternos, no habiendo estudiado nada, han sufrido en menor grado la deformación mental y los han conservado.

Había un empleado de South Indian Railway que curaba las picaduras de serpiente. Cuando alguien había sido picado, un pariente corría a la estación: «¿Dónde está el empleado tal?»

—¡Ah! está en el tren de la línea de...

Se le telegrafía: «Fulano, picado, serpiente». El telegrama corría de estación en estación al encuentro del tren y del hombre.

Se esperaba ansiosamente una respuesta. Al fin llegaba: «He will be all right». Y todos se regocijaban. Y el veneno ya no tenía efecto.

¿Qué hacía el empleado? Y bien, se recogía un instante en un compartimento. «En el nombre de... (un santo cualquiera) que el veneno no suba.» Luego volvía a perforar pasajes de tren.

Cientos de telegramas cambiados, y cientos de venenos hechos agua.

Dones psíquicos análogos se encuentran en todas las castas, en las más nobles y en las más despreciadas, hasta en los barberos y aun en los zapateros.

Se comprende que en un país semejante, las distinciones entre los imbéciles y los no-imbéciles sean poco satisfactorias.

El empleado en cuestión era tal vez un «imbécil» mental, o un amoral, como sucede con frecuencia. Pero, no obstante, utilizaba más completamente los recursos del ser total que sus jefes.

En la India, el espíritu crítico no es lo que cuenta.

¿Pero es lo principal ser un espíritu crítico?(2)

* * *

Cuanto más vida interior se tiene, tanto menos abordable se es.

Así el inglés, así el bengalí.

Cada vez que leo un escrito, a las diez líneas ya estoy interesado. Tiene el bengalí algo de verdadero, de genuinamente verdadero, y que no es ni la santidad, ni la verdad, sino la vida interior.

Cuando se lee un bengalí, no se puede menos que quererlo. Emociona, además es importante. Uno no tiene que rebajarse.


Notas


1. Magia en el sentido primero de la palabra; la lectura del Ramayana de Tulsi Das absuelve de todo pecado.
Ese Tulsi Das, que había escrito el Ramayana y las aventuras de Hanuman y del ejército de los monos, poeta como era, fue encarcelado por un rey.
Meditó en la prisión; de su meditación surgió Hanuman y un ejército de monos que saquearon el palacio y la ciudad, y lo liberaron. Bien, abramos un concurso: ¿Qué poeta europeo podría hacer lo mismo? ¿Quién sería capaz de hacer nacer un ratón para defenderlo? 

2. n. n. Ejemplo poco convincente, que debió impresionarme por lo raro, los hindúes parecen menos inclinados a las curaciones metanaturales que sus semejantes europeos.
En el país que más gusta de lo oculto y de lo maravilloso, donde decenas de operaciones parapsíquicas singulares han sido en todos los tiempos estudiadas y practicadas, ciertos conocimientos, faltos tal vez de discípulos, desaparecen. No hay nada permanente. 
Lo que las multitudes asombradas vieron todavía en el siglo XIX, las proezas de los faquires, no se encuentran ya.
¿Habría en ello progreso, búsqueda de un arado superior?
Lo que pasa a ser lo más célebre, lo más destacable, lo más buscado, es la presencia de ciertos hindúes que, con sólo verlos o acercarse a ellos, dan una especie de sosiego, o más bien de bonanza interior, que no deja que cuidados y preocupaciones se nos aparezcan.
Y algunos Maestros procuran el estado de Samadhi
Múltiples ejercicios de Hathayoga han encontrado también en este siglo disciplinado una nueva y casi universal extensión).




En Un bárbaro en Asia (1930/31)
Traducción Jorge Luis Borges
Barcelona, Tusquets Editores, 2001
Foto: HM en Buenos Aires ca 1936/38 por Gisèle Freund

30 jul. 2012

Brassaï, Conversaciones con Picasso (Henri Michaux, 11/12.XI.1943)

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Jueves 11 de noviembre de 1943

Ayer encontré a Henri Michaux en Montparnasse. Aunque tenía prisa, me acompañó parte del camino y juntos bajamos al bulevar Raspail.

HENRI MICHAUX.—Comprendo que a Picasso le haya impresionado su fotografía de la Cabeza de muerto. Da una nueva dimensión a su escultura. Su visión ha repercutido sobre el mismo objeto... Ya no lo podemos mirar de la misma manera que antes.

Nos separamos delante del Balzac de Rodin, quedando citados para hoy a las diez en el Café Danton.

Michaux está dentro, esperándome. Bebemos un infecto “café”, jugo de cebada con sacarina. La última vez no pudo ver las esculturas de Picasso. Pero esta mañana no me encuentro en forma. No tengo ganas de ir a casa de Picasso. ¿Cómo se lo diría? Quedaría decepcionado... Pero me dice que durmió mal anoche, que a él tampoco le apetece esta visita. “¿Y si lo dejamos para mañana?” Precisamente me lo quería proponer él. No se atrevía... Respiramos aliviados. De todas maneras no hubiéramos podido ver esta mañana a Picasso. Había olvidado que es jueves, y que los jueves Picasso nunca está en casa. Michaux, intrigado, me pregunta por qué.

YO.—El jueves es un día sagrado para él. Ni citas, ni visitas, ni amigos. Si, por casualidad, se le propone ese día, contesta: “Imposible, es jueves...” Debe de ser algo relacionado con un niño. Los jueves no hay colegio. Con Marie-Thérèse Walter, Picasso tuvo una niña, María o Maya. Debe de tener ahora diez o doce años. Supongo que pasa los jueves con su hija y Marie-Thérèse.

Bebemos un segundo jugo de cebada con sacarina. Michaux está sombrío. Tiene un aspecto abatido. Para animarlo, le cuento cosas... Son las once.

HENRI MICHAUX.—Desde hace unos días estoy de capa caída. Además, pierdo todo... Primero, la agenda de las direcciones. Después, el salvoconducto. Es la desbandada. He perdido también la estilográfica y ayer la cartilla de racionamiento. Cuando empiezo a perder algo, tengo miedo... Siempre es el principio de una serie fatídica.

YO.—Está usted demasiado ido, ausente...

HENRI MICHAUX.—¡Desde luego! Y las cosas se aprovechan. Sólo tienen una idea: ahuecar el ala lo antes posible.

Quedamos citados para mañana, en el mismo sitio y a la misma hora. Michaux se va. Veo, a través del cristal, alejarse su alta silueta y desaparecer por Saint-Germain. Nada más irse, descubro a mi lado un pañuelo de cuello, azul pálido. No cabe duda de que es el suyo. Acurrucado socarronamente en la banqueta, estaba a punto de abandonarlo para siempre.


Viernes 12 de noviembre de 1943

Henri Michaux me espera en el café con Marie-Louise, su mujer. Yendo por la calle de los Grands-Augustins, pasamos ante el Catalán, restaurante titular de Picasso. Está cerrado. El otro día hubo redada de los inspectores de abastecimientos. Sorprendieron a Picasso y a otros habituales en flagrante delito: comían chateaubriands a la parrilla en uno de los tres días sin carne de la semana. Han cerrado un mes el restaurante y el mismo Picasso ha tenido que pagar una multa.

HENRI MICHAUX.—Morirá de hambre, no cabe duda. ¿Fue aquí, no es así, donde Léon-Paul Fargue tuvo el ataque?

YO.—Sí. Creo que fue en el mes de abril. Estaba comiendo con Picasso. Se le cayó algo, se inclinó para recogerlo, pero el brazo no lo obedeció. Se quedó aterrado.

HENRI MICHAUX.—A cualquiera en su lugar le hubiera pasado lo mismo.

YO.—Como tardaba mucho en incorporarse, Picasso, inquieto, le preguntó: “Pero ¿qué te pasa?” Entonces se dio cuenta de que había cambiado la expresión de su cara. “¿Qué te pasa? ¡Estás fuera de registro!”, exclamó con su humor que nunca lo abandona. Llamaron a una ambulancia. Picasso avisó a Chériane, la mujer del poeta. Tuvo que coger el metro y se dijo: “Si veo a Picasso delante del Catalán, es que Fargue ha muerto”. Picasso la esperaba en la puerta del restaurante. Pero Fargue no había muerto. Yacía casi sin conocimiento, fulminado por un ataque de hemiplejía. Se lo llevó la ambulancia. Estuvo durante dos días entre la vida y la muerte. Después empezó a recuperarse. Me han dicho que está mejor.*

HENRI MICHAUX.—¿Mejor? Será por decir algo. Está paralítico de medio cuerpo, no puede mover un brazo ni abrir un ojo. Tiene la moral por los suelos... Está asustado... Vive con la aprensión de otro ataque. Y como yo siempre tengo miedo y temo por lo que me podría pasar, me quedé aterrado al verlo en ese estado. No sabía qué decirle... Y fue él quien trató de tranquilizarme. Fue muy penoso.

Picasso ha salido. Pero enseño el estudio a mis amigos. Michaux queda prendado sobre todo de una estatuilla: un campesino segando, con un gran sombrero de paja a la cabeza, redondo y luminoso como el sol del Midi. Aunque el sombrero sólo es un molde pequeño de pastel de carne, abollado, retorcido, evoca a Van Gogh, la Provenza, el cielo del Midi.

HENRI MICHAUX.—Ver una cosa tan bella como esta lo deja a uno contento para todo el día.

Cuando se marchan los Michaux, fotografío algunas esculturas. Hacia las once llega un joven con un cuadro bajo el brazo. Desembala un paisaje de la Provenza, en el que aparecen una tapia, una muela de molino y algunos árboles al fondo. “Vengo de Aix-en-Provence —dice—. Quisiera enseñar este lienzo al señor Picasso. Es un Cézanne. Creo que le interesará. No quiero venderlo, solamente saber su opinión.”

Examinamos el lienzo junto con Sabartés y Zervos, que acaba de llegar. ¿Un Cézanne? ¡Hum!... Somos escépticos. Aparece Picasso. La noticia de un Cézanne desconocido lo ha sacado de su escondrijo. No estaba fuera, como había dicho. Analiza atentamente el lienzo. “Es una pintura que tiene diversas cualidades, pero no es un Cézanne.” El joven insiste: “Se encontró en su estudio. Mi familia lo ha considerado siempre auténtico. Está fechado en la época de los Jugadores de cartas”.

PICASSO [enfadándose].—Puede usted tener mil razones y citarme mil pruebas. ¡Cézanne nunca pintó ese cuadro! Me consta. La firma es falsa, no cabe duda. Eso no quiere decir nada. Yo mismo he visto mis propios cuadros con la firma falsificada. ¡Una firma falsa no me impediría reconocer un auténtico Cézanne! Aquí no ocurre eso... Cézanne no tenía ningún don, ninguna habilidad para hacer pastiches. Cada vez que intentaba copiar a otros pintores, no hacía más que Cézannes. Puede usted volver a embalar su “Cézanne de familia”.

El joven se marcha, Picasso sigue refunfuñando: “¡Si conoceré yo a Cézanne! ¡Ha sido mi solo y único maestro! Aciertan ustedes si piensan que he analizado a fondo sus lienzos... He pasado años estudiándolos. ¡Cézanne! Era como el padre de todos nosotros. Él era quien nos protegía”.


Nota

* Léon-Paul Fargue describe así su ataque en el Catalán: “...Nadie miraba más allá del grupito donde nos encontrábamos. Picasso ofrecía a intervalos una paradoja como se saca de una pitillera un cigarrillo brasileño. Me saludó un médico. Vi pasar una ración de cordero. Y de pronto... Había sonado esa hora que cae de golpe con toda su tormenta elaborada minuto a minuto...” (En rampant au chevet de ma vie, 1946).


En Brassaï, Conversaciones con Picasso (1964)
Traducción de Tirso Echendía. Prólogo de Rafael Algullol
Madrid, Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2002
Foto: Brässai (Loengard’s Ode to the Age of Silver)

30 abr. 2012

Henri Michaux - Del carácter indio

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Un bárbaro en Asia


No se ha enfatizado bastante la lentitud del carácter indio.

 Es esencialmente lento, embridado.

 Sus frases, cuando se las oye decir, parecen deletreadas.

 El hindú no corre jamás, ni en la calle, ni el pensamiento en su cerebro. Camino, encadena.

 El hindú no quema sus etapas. Nunca es elíptico. Nunca sale de las filas. Su antípoda es el espasmo. Nunca es asombroso. En los 48.000 versos del Ramayana, en los 100.000 del Mahabharata, no hay un relámpago. El indio no tiene prisa. Razona sus sentimientos. Prefiere los encadenamientos.

 El sánscrito es la lengua más encadenada del mundo, indudablemente la más bella creación del espíritu indio. Una lengua panorámica, una lengua de razonadores, flexible, sensitiva y atenta, prevenida, hirviendo de casos y de declinaciones.

 El hindú es abundante, tiene esa abundancia en la mano. Le gustan los cuadros de conjunto y también sabe verlos.

 Tirona acaba de morir. Se lo anuncian a su padre Sin apresurarse, el padre, en 240 preguntas, bien lentas, bien detalladas, bien parejas, interroga si que nadie lo interrumpa.

 Después de todo eso, se desmaya. Lo abanican. Vuelve en sí. Vuelve al asunto. Nuevo lote de doscientas-trescíentas preguntas.

 Intervalo.

 Entonces, sin mayor prisa, y empezando por el diluvio, un general cuenta lo acontecido.

 Así se pasa alrededor de hora y media.

 Como hay muchas guerras cercanas y lejanas en el Mahabharata, muchas intervenciones de dioses y de héroes, se comprende que sus doscientos cincuenta mil versos basten apenas para dar un resumen del argumento.

 Su pensamiento es un trayecto, sin alterar el paso. Inútil decir que el centro del Mahabharata no se encuentra fácilmente. El tono épico no se abandona ni un instante. El tono épico, por otra parte, como el tono erótico, tiene algo de naturalmente falso, artificial, voluntario, y parece hecho para la línea recta.

 Cuando se ha comparado un soldado valiente a un tigre entre conejos, y a una manada de elefantes ante un bambú joven, y a un huracán barriendo las naves, se puede continuar diez horas en el mismo tono sin hacernos levantar la cabeza. En seguida se ha llegado a la cumbre, y se continúa en línea recta.

 Pasa lo mismo con las obras eróticas; después de dos o tres violaciones, algunas flagelaciones y actos contra natura, qué quieren ustedes, ya uno se asombra, y se sigue leyendo medio dormido. Es que no se es naturalmente épico, ni erótico. A menudo me he sorprendido de la facilidad con la cual los hindúes toman el tono sursum corda y el tono de los predicadores redentoristas.


En Un bárbaro en Asia
Traducción de Jorge Luis Borges
Imagen: Claude Cahun



7 sept. 2011

Emile Cioran: Michaux o la pasión de lo exhaustivo

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Hace unos quince años, acompañé a Michaux con cierta regularidad al Grand Palais, donde asistíamos a toda clase de filmes de carácter científico, algunos curiosos, otros técnicos, impenetrables. A decir verdad, lo que me intrigaba eran menos las proyecciones que el interés que suscitaban en él. No comprendía las razones de una atención tan obstinada. ¿Cómo, me preguntaba sin cesar, un espíritu tan vehemente, vuelto hacia sí mismo con perpetuo fervor o frenesí, puede apasionarse por demostraciones tan minuciosas, tan impersonales? Más tarde, reflexionando sobre sus exploraciones sobre la droga, comprendí a qué excesos de objetividad y de rigor podía llegar. Sus escrúpulos iban a conducirle al fetichismo de lo ínfimo, del matiz imperceptible, tanto psicológico como verbal, repetido indefinidamente con una insistencia jadeante. Llegar al vértigo a través de la profundización parece ser el secreto de su intento. Léase, en El infinito turbulento, la página donde dice de sí mismo que se halla «atravesado por lo blanco», donde todo es blanco, donde «incluso la duda es blanca», y no menos la «horripilación». Tras lo cual el blanco ya no existe, él lo ha azotado, lo ha aniquilado. Su obsesión por el fondo le hace feroz: liquida apariencia tras apariencia sin perdonar una sola, las extermina abismándose en ellas, persiguiendo su fondo precisamente, su fondo... inexistente, su insignificancia radical. A un crítico inglés esos sondeos le han parecido «terroríficos». Yo los encuentro, por el contrario, positivos y exaltantes, por su impaciencia de triunfar y de pulverizar, es decir de descubrir y de conocer, dado que la verdad, en todo, no es más que la culminación de un trabajo de zapa.

A pesar de que Michaux considera que forma parte de los seres «fatigados de nacimiento», desde siempre no ha hecho más que huir del engaño, ahondar, buscar. Es cierto que nada fatiga tanto como el esfuerzo hacia la lucidez, hacia la visión despiadada. A propósito de un célebre contemporáneo fascinado por la Historia esa gangrena universal , utilizó un día la expresión «ceguera espiritual». El es, por el contrario, alguien que ha abusado de la obligación de ver dentro y alrededor de sí mismo, de ir al fondo no solamente de una idea (lo cual es más fácil de lo que se piensa) sino de la menor experiencia o impresión: ¿acaso no ha sometido a cada una de sus sensaciones a un examen en el que entra de todo: tortura, júbilo, voluntad de conquista? Esa pasión por aprehenderse, esa toma de conciencia exhaustiva, se reduce a un ultimátum que no cesa de darse a sí mismo, a una incursión devastadora en las zonas más oscuras del ser. 

Su insurrección contra los sueños debe considerarse a partir de esta constatación, como también la necesidad que sintió, pese a la hegemonía del psicoanálisis, de minimizarlos, de denunciarlos, de ridiculizarlos. Decepcionado por ellos, decidió condenarlos, proclamar su vacío. Pero quizá la verdadera razón de su furor era menos su nulidad que la total independencia de él en que se producen, ese privilegio que tienen de eludir su censura, de ocultarse de él, burlándose y humillándolo con su mediocridad. Mediocres, sí, pero autónomos, soberanos. Si los incriminó y calumnió, si dirigió contra ellos una acusación en regla, verdadero deseo a los entusiasmos de la época, fue en nombre de la conciencia, de la toma de conciencia como exigencia y como deber, y también por orgullo herido. Desacreditando las hazañas del inconsciente, se deshacía una ilusión, la más preciosa, que lleva de moda más de medio siglo. 

Toda violencia interior es contagiosa; la suya más que cualquier otra. Nunca se acaba desmoralizando tras una conversación con él. E importa poco que se le vea con frecuencia o sólo de vez en cuando, desde el momento en que, en toda circunstancia esencial, podemos imaginar su reacción o sus palabras: solitario omnipresente, está siempre ahí..., definitivamente inseparable de todo lo que en una existencia es importante. Esa intimidad a distancia no es posible más que con un obseso capaz de imparcialidad, con un introvertido abierto a todo y dispuesto a hablar de todo (hasta de la actualidad). Sus opiniones sobre la situación internacional, sus diagnósticos en materia política, su apreciación del grado de fatalidad que existe en las relaciones de fuerza, son sumamente justos y en ocasiones proféticos. Poseer una percepción tan exacta del mundo exterior y a la vez haber llegado a aprehender el delirio desde dentro, haber logrado recorrer sus formas múltiples, habérselas apropiado por así decirlo, es una anomalía tan cautivadora, tan envidiable, que puede aceptarse como tal sin intentar comprenderla. Sin embargo, voy a sugerir una explicación, forzosamente aproximativa. Nada es más agradable, al menos para mí, que una conversación con Michaux sobre enfermedades. Se diría que las ha presentido y temido todas, que las ha esperado y huido: todos sus libros son un desfile de síntomas, de amenazas vislumbradas y en parte actualizadas, de dolencias pensadas y repensadas. Su sensibilidad para las diversas modalidades de desequilibrio es prodigiosa. La política, baja tentación prometeica, ¿qué es sino un desequilibrio permanente, exasperado, la maldición por excelencia de un simio megalómano? El espíritu menos neutro, el menos pasivo que conozco, no podría no interesarse por ella, aunque sólo fuese para ejercer su sagacidad o asco. Los escritores, cuando se ponen a comentar los acontecimientos, muestran en general una ingenuidad risible. Era importante, creo yo, citar una excepción. Sólo una vez me pareció sorprender a Michaux en flagrante delito no de ingenuidad (es fisiológicamente impropio a ella) sino de «buenos sentimientos», de confianza, de abandono, de algo que entonces traduje en términos que creo útil reproducir aquí: 

«Le admiraba por su clarividencia agresiva, por sus rechazos y sus fobias, por la suma de sus aversiones. Aquella noche, en la callejuela donde charlábamos desde hacía dos horas, me dijo, con una ligera emoción totalmente inesperada, que la idea de la desaparición del hombre le conmovía... 

»En ese momento me despedí de él, persuadido de que nunca le perdonaría semejante conmiseración, semejante debilidad». 

 Si extraigo de un cuaderno sin fecha esta nota, es para hacer ver que en aquella época apreciaba en él por encima de todo su lado incisivo, crispado, «inhumano», sus explosiones y sus sarcasmos, su humor de desollado vivo, su vocación de convulsionario y de gentleman. En realidad, me parecía secundario que fuese poeta. Recuerdo que un día me confesó que se preguntaba si lo era. Lo es, evidentemente, pero se puede concebir que hubiera podido no serlo

 Lo que Michaux es, aún más evidentemente que poeta, eso lo comprendí cuando supe que de joven, pensando ingresar en las órdenes, leía con pasión a los místicos. De hecho, presumo que, si no hubiera sido un místico, nunca se habría lanzado con tanto encarnizamiento y método a la búsqueda de estados extremos. Extremos más acá de lo absoluto. Sus obras sobre la droga proceden del diálogo con el místico que fue originariamente, místico inhibido y saboteado que esperaba su venganza. Si se reuniesen todos los pasajes de sus libros donde trata del éxtasis, y se suprimiesen en ellos las referencias a la mescalina o a cualquier otro alucinógeno, tendríamos la impresión de hallarnos ante experiencias propiamente religiosas, inspiradas y no provocadas, que merecerían figurar en un breviario de momentos únicos y de herejías fulgurantes. Los místicos no aspiran a abandonarse en Dios sino a superarlo, movidos por no se sabe qué lejano, por una voluptuosidad de lo último que se encuentra en todos aquellos a quienes el trance ha visitado y arrebatado. Michaux nos recuerda a los místicos por sus «ráfagas interiores», por su voluntad de acometer lo inconcebible, de forzarlo, de hacerlo estallar, de ir más allá sin detenerse nunca, sin recular ante ningún peligro. No teniendo ni la suerte ni la desgracia de anclarse en lo absoluto, se crea abismos, produce siempre abismos nuevos, se hunde en ellos y los describe. Esos abismos, se dirá, no son más que estados. Sin duda. Pero todo es estado, y sólo estado, para nosotros que nos hallamos condenados a la psicología desde que ya no nos está permitido extraviarnos en lo supremo. 

Místico verdadero, y sin embargo místico irrealizado. Comprendemos a Michaux en la medida en que ha hecho todo lo posible para no desembocar en nada, para conservar su ironía en los extremos mismos a los que sus investigaciones le han llevado. Cuando ha alcanzado alguna experiencia límite, algún «absoluto impuro» en el que, perplejo, vacila, nunca deja de recurrir a una expresión familiar o divertida para mostrar que aún es él mismo, que recuerda que está experimentando algo, que nunca se identificará completamente con ninguno de los instantes de su búsqueda. En tantos excesos simultáneos cohabitan los desbordamientos extáticos de una Angela de Foligno y los sarcasmos de un Swift. 

Resulta admirable que un hombre tan frágil y vulnerable haya acumulado los años sin perder la vivacidad. «Paseo al viejo..., a su maldito cuerpo, que flaquea, que tanto interesa a nuestro cuerpo único para los dos», escribe en 1962 en Vientos y polvos. Siempre en él ese intervalo entre la sensación y la conciencia, esa superioridad sobre lo que es y lo que sabe. De esa manera ha logrado en sus desasosiegos metafísicos, en sus desasosiegos sin más, permanecer, gracias a su obsesión por el conocimiento, exterior a sí mismo. Mientras que a nosotros nuestras contradicciones e incompatibilidades nos dominan y paralizan a la larga, él ha logrado dominar las suyas sin caer en la sabiduría, sin hundirse en ella. Toda su vida le ha tentado la India, pero afortunadamente sólo tentado, pues si por una metamorfosis fatal hubiera acabado hechizado, obnubilado por aquel país, habría sin duda abdicado de esa prerrogativa tan suya de poseer más de una de las taras que conducen a la sabiduría y ser a la vez profundamente refractario a ella. Si le hubiera cogido gusto al vedanta o al budismo, ¡habría sido una catástrofe para él! Hubiera perdido sus dones, su facultad de desmesura. La liberación le hubiese aniquilado como escritor: se le habrían acabado las «ráfagas», los tormentos, las hazañas. Si su trato resulta tan estimulante es justamente porque no se ha rebajado a ninguna fórmula de salvación, a ningún simulacro de iluminación. Michaux no propone nada, es como es, no posee ninguna receta de serenidad, continúa su camino, tantea como si estuviese comenzando. Y nos acepta, a condición de que nosotros tampoco le propongamos nada. Es lo contrario de un sabio, pero un contrario aparte. Me sorprende que no haya sucumbido a tanta intensidad. Su intensidad, es cierto, no se parece a esas otras accidentales, fluctuantes, que se manifiestan por sacudidas: constante, sin fallas, reside en sí misma, y se apoya en sí misma, es precariedad inagotable, «intensidad de ser», expresión que tomo prestada al lenguaje de los teólogos, el único que se ajusta para designar un éxito. 



Emile Cioran, Ejercicios de admiración, 1973
Fuente foto


25 jun. 2011

Henri Michaux: expresionismo y vanguardia en pintura

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1937. Gouache sobre fondo negro. 24 x 35 cm. Colección particular



1938. Gouache sobre fondo negro. 32 x 24 cm.
Musée National d'Art Moderne.
Centre Georges Pompidou. París. Francia



 1937. Gouache sobre fondo negro. 24 x 35 cm. Colección particular



1939. Acuarela sobre papel. 18 x 16 cm.
Colección galería Di Meo. París. Francia



 1939. Óleo sobre tela. 24 x 16 cm.
Colección Jean Hugues. París. Francia



1942. Acuarela sobre papel. 26 x 40 cm. Colección particular



1982. Óleo sobre tela. 40 x 33 cm. Colección particular.





Fuente: Ciudad de la pintura

18 jun. 2011

Henri Michaux - Nosotros dos aún

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Aire del fuego, no supiste jugar.


Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad en todas partes? Es la opacidad que cubrió mi cielo. ¿Qué es este silencio en todas partes? Es el silencio que hizo callar mi canto.


Para esperar me hubiera bastado con un hilo de agua. Pero te lo llevaste todo. El sonido que vibra me fue quitado.


No supiste jugar. Atrapaste las cuerdas. Pero no supiste jugar. Tapiaste todo en seguida. Rompiste el violín. Arrojaste una llama sobre la piel de seda para hacer un horrible pantano de sangre.


El bienestar reía en su alma. Pero era todo mentira. No fue largo el reír.


Ella estaba en un tren que rodaba hacia el mar. Estaba en un huso que hilaba sobre la roca. Se abalanzaba, aunque inmóvil, hacia la serpiente de fuego que iba a consumirla. Y fue allí, de pronto, cuando sorprendió a la confiada, mientras peinaba sus cabellos, contemplando, en el espejo, su felicidad.


Y cuando vio subir esa llama sobre ella, oh...


Al instante, la copa le fue arrancada. Sus manos ya no han sido nada más. Vio como se la apretaba en un rincón. Se detuvo allí arriba como un enorme tema de meditación por resolver antes que nada. Dos segundos más tarde, dos segundos demasiado tarde, huía hacia la ventana, pidiendo socorro.


Toda la llama entonces la rodeó.


Ella se encuentra ahora en una cama, y su sufrimiento sube hasta el cielo, sin encontrar a Dios... y su sufrimiento desciende hasta el fondo del infierno sin hallar al demonio.


El hospital duerme. La quemadura despierta. Su cuerpo, como un parque abandonado...


Defenestrada de sí misma, busca cómo volver a entrar. El vacío por donde deriva no responde a sus movimientos.


Lentamente, en la granja, su trigo arde.


Ciega, a través de la larga barrera del sufrimiento, durante un mes, remonta el río de la vida, natación atroz.


Paciente, en lo innombrable inflado, vuelve a trazar sus formas elegantes, teje de nuevo la camisa de su piel fina. La curación está allí. Mañana cae la última venda. Mañana...


Aire de la sangre, no supiste jugar. Tampoco tú supiste. Arrojaste súbitamente, estúpidamente, tu tonta piedrecilla obstructora a través de una aurora nueva.


Ella ya no encontró lugar en el tiempo. Le fue preciso volverse hacia la muerte.
Apenas si divisó la ruta. Un segundo abrió el abismo. El siguiente la precipitó en él.


Uno se ha quedado confundido de este lado. No ha habido tiempo para decir hasta luego. No ha habido tiempo para una promesa.


Ella había desaparecido del film de esta tierra.


Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.


No, no debe besarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te espacia hasta yo no sé qué milésima dilusión
buscas aún, nos buscas lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber sido informados mejor,
Alguien me escribe que tú, mártir, velarás ahora por mí.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, persistente en tu cuarto y tus objetos familiares que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que sería preciso proteger para siempre
Oh lo dudo, dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, dispuesta a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros precipitadamente
mientras tiritas
esperando en tu maravillosa confianza que yo venga a ayudarte a sacarte de allí, pensando "seguramente vendrá
Habrá podido tener algún percance pero no tardará
Vendrá, yo lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou..."


Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se había vuelto simple, ese gran asunto complicado. Se había vuelto simple a pesar del dolor.
Tu fragilidad: yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.


Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?


Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado su fin. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Se necesitaba un ciego como yo, se necesitaba tiempo, tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, se necesitaba esta claridad en ti, esta fe, para horadar por fin la pared de la apariencia de su autonomía.


Tarde lo vi. Tarde lo supe. Tarde, aprendí "juntos" aquello que no parecía estar en mi destino. Pero no demasiado tarde.
Los años han existido para nosotros, no contra nosotros.


Nuestras sombras respiraban juntas. Bajo nosotros, las aguas del río de los acontecimientos corrían casi en silencio.


Nuestras sombras respiraban juntas, y todo estaba por ellas recubierto.


Tuve frío con tu frío. Bebí sorbos de tu dolor. Nos perdemos en el lago de nuestros intercambios.


Rico de un amor inmerecido, rico que se ignoraba con la inconciencia de los poseedores, he perdido ser amado. Mi fortuna ha quebrado en un día.


Árida, mi vida continúa. Pero no me doy cuenta. Mi cuerpo permanece en tu cuerpo delicioso y en mi pecho hay antenas plumosas que me hacen sufrir con el viento del saqueado. La que ya no está se aleja, y su ausencia devoradora me invade y me consume.


Extraño los días de tu sufrimiento atroz en la cama del hospital, cuando yo llegaba por los corredores nauseabundos, atravesados por gemidos, hasta la momia espesa de tu cuerpo vendado y esperaba emerger de pronto, como el "la" de nuestra alianza, tu voz dulce, musical, contenida, resistiendo con valor la fealdad de la desesperación, cuando, a tu vez, escuchabas mis pasos y murmurabas, libre: "Ah, estás allí".


Yo apoyaba mi mano sobre tu rodilla, por encima del sucio cobertor, y todo desaparecía entonces: el hedor, la horrible indecencia del cuerpo tratado como un barril o como un albañal por seres extraños, atareados y recelosos, todo se deslizaba hacia atrás, dejando que nuestros dos fluidos, a través de los remedios, se encontraran de nuevo, se mezclaran en un aturdimiento del corazón, en el colmo de la amargura, en el colmo de la dulzura.


Las enfermeras, el interno, sonreían; tus ojos llenos de fe apagaban los de los otros.


Aquel que está solo, se vuelve de noche contra la pared para hablarte. Sabe lo que te animaba. Viene de compartir el día. Ha mirado con tus ojos. Ha escuchado con tus oídos. Siempre tiene cosas para ti.


¿No me responderás algún día?


Pero tal vez tu persona se ha vuelto como un aire del tiempo de la nieve, que entra por la ventana, que uno cierra, presa de escalofríos o de un malestar precursor del drama, como me ha ocurrido hace algunas semanas. El frío se echó de pronto sobre mis espaldas, yo me cubrí precipitadamente y me volví cuando eras tú quizás y la más cálida que pudieras darte, esperando ser bien recibida; tú, tan lúcida, no podías expresarte de otra manera. Quién sabe si en este mismo momento no esperas, ansiosa, que yo por fin comprensa, y vaya, lejos de la vida donde ya no estás, a reunirme contigo, pobremente, pobremente, es verdad, sin medios, pero nosotros dos aún, nosotros dos...




Versión de Raúl Gustavo Aguirre
Imagen: Henri Michaux, Paris, 1925 por Claude Cahun