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27 jul. 2013

Jean Meslier (1664 - 1729): Similitud entre los supuestos milagros del cristianismo y del paganismo

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No les falta razón, efectivamente, cuando consideran los supuestos milagros como mentiras y falsedades, pues resulta muy sencillo comprobar que los supuestos milagros han sido inventados a imitación de las fábulas y ficciones de los poetas paganos. Se puede comprobar fácilmente por la similitud existente entre unos y otros. Si los cristícolas dicen, por ejemplo, que Dios concedía a los santos la facultad de hacer los milagros que aparecen relatados en sus Vidas, los paganos e idólatras decían igualmente que las hijas de Onio, gran sacerdote de Apolo, habían recibido del dios Baco la capacidad y el poder de convertir lo que quisiesen en trigo, vino, aceite, etc.

Decían asimismo, considerándolo como la pura verdad, que Júpiter dio a las ninfas que cuidaron de su educación un cuerno de la cabra que le había dado de mamar en su niñez, cuerno que tenía la propiedad de suministrarles abundantemente de todo cuanto les viniera en gana. ¿No son milagros estupendos? Si los cristícolas dicen que sus supuestos santos resucitaban a los muertos y tenían revelaciones divinas, los paganos tuvieron antes que ellos a un hijo de Mercurio, Atálides, que recibió de su padre el don de poder vivir, morir y resucitar cuando quisiera, con la particularidad, además, de que sabía lo que ocurría en este mundo y en el otro.

De igual manera, decían que Esculapio, hijo de Apolo, resucitó a los muertos, y entre ellos a Hipólito, hijo de Teseo, a petición de Diana, y sostenían también que Hércules resucitó a Alcestes, la mujer de Admeto, rey de Tesalia, para devolvérsela a su marido. Si los cristícolas aseguran que Jesucristo nació milagrosamente de una virgen que no conoció varón, los paganos también habían dicho antes que ellos que Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, habían nacido milagrosamente de una virgen vestal llamada Ilia, Silvia o Rea Silvia. También habían dicho que Marte, Discordia y Vulcano, entre otros, habían sido engendrados por Juno sin conocimiento de varón; y habían dicho asimismo que Minerva, diosa de las ciencias, fue engendrada en el cerebro de Júpiter y que salió totalmente armada cuando el dios se dio un puñetazo en la cabeza.

Si los cristícolas aseguran que sus santos hacen brotar fuentes de las rocas, los paganos habían dicho también que Minerva hizo que brotara una fuente de aceite como recompensa por un templo que habían erigido en su honor.

Si los cristícolas se enorgullecen de haber recibido milagrosamente imágenes del cielo, por ejemplo las de Nuestra Señora de Loreto y Nuestra Señora de Liesse, y de que recibieron otros presentes como la supuesta santa ampolla de Reims, la casulla blanca recibida por san Ildefonso de la Virgen María y otras cosas del mismo estilo, los paganos también se enorgullecían de haber recibido del cielo un escudo sagrado como señal de protección de la ciudad de Roma, y los troyanos de haber recibido de los cielos el Paladio o efigie de Palas, el cual, según decían, descendió del cielo para ocupar el lugar que le habían asignado en el templo erigido en honor de la diosa.

Si los cristícolas dicen que los apóstoles vieron a Jesucristo ascender a los cielos y que muchas almas de santos fueron vistas cuando los ángeles las transportaban al cielo, los paganos romanos habían dicho antes que ellos que Rómulo, el fundador de la ciudad, fue visto en toda su gloria después de muerto.

Decían de igual modo que Ganímedes, hijo de Tros, rey de Troya, fue transportado al cielo por Júpiter para que le sirviera de escanciador. Decían también que la cabellera de Berenice fue transportada al cielo cuando la consagraron en el templo de Venus. Lo mismo decían de Casiopea, Andrómeda y el asno de Sileno.

Si los cristícolas dicen que muchos santos fueron conservados milagrosamente de la corrupción una vez muertos, y que los cuerpos fueron encontrados por revelación divina después de haber transcurrido mucho tiempo sin saber dónde se hallaban, los paganos aseguraban lo mismo del cuerpo de Orestes, que fue encontrado gracias a una indicación del oráculo.

Si los cristícolas dicen que los siete hermanos durmientes durmieron milagrosamente durante 177 años encerrados en una caverna, los paganos dicen que también el filósofo Epiménides durmió 57 años en la cueva en que se había dormido.

Si los cristícolas dicen que muchos santos hablaron milagrosamente después de que les cortaran la cabeza o la lengua, los paganos ya habían dicho que la cabeza de Gabieno cantó un largo poema después de haber sido separada del cuerpo.

Si los cristícolas se enorgullecen de que sus iglesias y templos se hallan adornados con cuadros y ricas ofrendas que muestran las curaciones milagrosas realizadas mediante la intercesión de los santos, también pueden verse, o se podían ver en su tiempo, cuadros y ricas ofrendas en el templo de Esculapio en Epidauro, que daban testimonio de las curaciones realizadas al invocar a ese dios.

Si los cristícolas dicen que muchos santos fueron preservados de sufrir la más mínima quemadura en el cuerpo ni en sus ropas pese a encontrarse en medio de las llamas, los paganos podían decir lo mismo de los sacerdotes de Diana, que caminaban descalzos sobre carbones ardiendo sin quemarse ni herirse los pies. Podían decir lo mismo también de los sacerdotes de la diosa Feronia y de los hirpianos, que caminaban descalzos sin quemarse sobre las brasas ardientes de las hogueras encendidas para honrar a Apolo.

Si los ángeles, como dicen los cristícolas, edificaron una capilla en honor de san Clemente en el fondo del mar, los paganos decían que también la cabaña de Baucis y Filemón fue convertida milagrosamente en un soberbio templo como recompensa a su piedad. Si los cristícolas dicen y presumen de tener santos protectores entre los que se encuentran algunos como Santiago y san Mauricio, que se presentaron muchas veces en medio de sus ejércitos armados de pies a cabeza y montados a caballo para combatir a sus enemigos, los paganos ya habían dicho antes que ellos que Cástor y Pólux también se aparecieron muchas veces para combatir con los romanos y contra sus enemigos.

Si los cristícolas dicen que un macho cabrío apareció milagrosamente para ser sacrificado por Abrahán en lugar de su hijo Isaac, los paganos dicen también que la diosa Vesta envió milagrosamente una ternera para ser sacrificada en lugar de Metela, hija de Metelo. También dicen que Diana envió milagrosamente a una cierva en lugar de Ifigenia cuando se encontraba en la hoguera a punto de ser inmolada, por lo que Ifigenia pudo ser rescatada milagrosamente.

Si los cristícolas dicen que san José huyó a Egipto al recibir un aviso del cielo transmitido por un ángel, los paganos dicen también que el poeta Simónides evitó muchos peligros mortales gracias a los avisos milagrosos que recibió.

Si Moisés hizo que brotara una fuente de una roca con sólo golpearla con su cayado, el caballo Pegaso habría hecho lo mismo, al decir de los paganos, pues cuando golpeó una roca con uno de sus cascos hizo brotar una fuente.

Si los cristícolas dicen que san Vicente Ferrer resucitó a un muerto que había sido despedazado, y cuyos despojos fueron cocidos y asados a partes iguales, los paganos dicen que Pélope, hijo de Tántalo, rey de Frigia, fue cortado también en pedazos por su padre para ser ofrecido como comida a los dioses, y que éstos, al conocer la bárbara crueldad cometida por el padre con su hijo, recogieron los pedazos, los juntaron y le devolvieron la vida.

Si los cristícolas dicen que sus crucifijos y muchas otras imágenes santas hablaban milagrosamente y respondían a las preguntas que les hacían, los paganos dicen también que sus oráculos hablaban por intervención divina y que proporcionaban respuestas a las preguntas que se les hacían. Dicen también que las cabezas de Orfeo y de Policrato proporcionaban oráculos después de muertos. Si Dios dio a conocer que Jesucristo era su hijo gracias a una voz que bajó del cielo, como aseguran los evangelistas, el dios Vulcano mostró que Céculo era realmente su hijo haciendo que apareciera una llama milagrosa.

Si los cristícolas dicen que muchos de sus santos han amansado la crueldad y ferocidad de las fieras más crueles y sanguinarias, los paganos dicen que Orfeo también atraía, gracias a la dulzura de su canto y la armonía de sus instrumentos, a leones, osos y tigres, amansando la ferocidad de las fieras más crueles y sanguinarias gracias a una dulzura tan armónica. De igual manera, dicen que atraía a las rocas y los árboles, y que incluso los ríos detenían su curso para escucharle cantar.

Finalmente —por abreviar y prescindir de cantidad de ejemplos semejantes que podría dar aquí—, si los cristícolas dicen que las murallas de Jericó cayeron milagrosamente a tierra debido a las trompetas que hicieron sonar sus sitiadores, los paganos cuentan algo mucho más sorprendente, pues aseguran que las murallas de Tebas fueron construidas por el sonido armonioso de los instrumentos de música que tocaba Anfión, lo que resulta más admirable y milagroso que un simple derrumbamiento de murallas.

Vemos pues, realmente, que existe una gran similitud entre unos milagros y otros, es decir, entre los de los cristícolas y los de los paganos. Pero no hay más apariencia de autenticidad en unos que en otros, por lo cual, si es una gran tontería dar crédito a los supuestos milagros del paganismo, también es una tontería muy grande dar crédito a los del cristianismo, ya que unos y otros proceden del mismo principio de error y del mismo principio de quimeras, mentiras e imposturas.

Por esta razón, los maniqueos y arrianos, casi en los comienzos del cristianismo, se burlaban de esos supuestos milagros hechos por invocación de los santos y censuraban a quienes los invocaban después de muertos y veneraban sus reliquias. Parece que el difunto señor de Fénelon, antiguo arzobispo de Cambrai, no tuvo en cuenta los supuestos milagros y no parecía creer siquiera en ellos, puesto que no les dedicó una sola palabra en su libro De l’Existence de Dieu, libro en el que pretende reunir precisamente las pruebas más importantes que pueda haber de la existencia de Dios. Pues bien, si no menciona en él los milagros —que de ser ciertos habrían constituido, con toda seguridad, una de las pruebas más importantes—, hay que considerar eso como una señal inequívoca de que no los tenía en cuenta ni daba crédito a nada de lo que se dice acerca de ellos. Por tanto, la prueba que los cristícolas quieren extraer de esos supuestos milagros para mostrar la verdad de su religión es una prueba muy débil.


No son más creíbles unos que otros

Para descubrir mejor la futilidad, falsedad y ridículo que encierran los supuestos milagros del cristianismo, los examinaremos minuciosamente para ver si responden al fin principal que se habría propuesto al realizarlos un ser dotado de una bondad soberana, una sabiduría soberana y un poder soberano, y si resulta verosímil que un Dios infinitamente bueno e infinitamente sabio se haya empeñado en algo tan insignificante como hacer milagros para unos hombres ¡a los que habría redimido con su propia sangre!

Pero para juzgar como es debido hay que tener en cuenta necesariamente y no perder de vista lo que los cristícolas tienen por principio fundamental de su doctrina y de toda su religión. Porque sólo si se examina de cerca este principio se podrá establecer si los supuestos milagros responden realmente al fin principal que se habrían propuesto su Dios y su divino salvador Jesucristo al crear al hombre, y si resulta verosímil que haya querido obstinarse en hacer semejantes milagros. Ya que, si los supuestos milagros no se hallan en perfecta consonancia con el fin principal que se habría propuesto un Dios infinitamente bueno e infinitamente sabio al hacerlos, no resulta verosímil que se hayan realizado ni que hayan podido ser realizados por la omnipotencia de un Dios.

Pues bien, el principio fundamental de la doctrina, la fe y, en suma, la religión de los cristícolas consiste en que su divino Jesucristo, al que denominan su divino Salvador, es un Dios todopoderoso, hijo eterno de un Dios todopoderoso que se habría hecho hombre por su amor infinito y su infinita bondad hacia los hombres para redimirlos y salvar a todos ellos, es decir, para librarles de la condenación eterna a la que se habrían hecho acreedores debido a sus pecados y principalmente al que cometió su primer padre Adán. Y no sólo para redimirlos de sus pecados y de la condenación eterna sino para reconciliarlos completamente con Dios, su padre todopoderoso, y restituirlos a su gracia así como para procurarles, después de esta vida, la felicidad y la bienaventuranza eterna en el cielo. Eso es lo que dicen los cristícolas que hizo realmente Jesucristo al dar su vida por todos los hombres y morir vergonzosamente en la cruz por su salvación.

De ahí que el propio Jesucristo dijera sobre este principio fundamental que aparece en uno de los supuestos santos Evangelios que su padre había amado tanto al mundo que le dio a su único hijo, y que quien creyera en él no perecería jamás y tendría la vida eterna. Porque Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo sino para que fuera salvado por él (Juan, 3,17). «Yo soy el buen pastor —dijo en otra ocasión—. El buen pastor da su vida por las ovejas» (Juan, 10,11). Y en otra parte dijo que había venido para buscar y salvar lo que estaba perdido (Mateo, 18,11). Y como los hombres estaban condenados, según la doctrina de los cristícolas, por eso vino al mundo a salvarlos, de acuerdo con el principio fundamental de la misma. Por esa razón, los supuestos santos Evangelios dicen, según el principio fundamental de su doctrina, que Jesucristo eliminará el pecado del mundo (Juan, 1,29) y que ha venido para destruir las obras del diablo, que no son otras que los vicios, los pecados y toda clase de injusticias y maldades. De ahí que se diga en sus supuestos libros santos que la gracia de Jesucristo, el Salvador, fue mostrada a todos los hombres para enseñarles a renunciar a la impiedad y a las tentaciones del mundo, para enseñarles a vivir sobria, justa y religiosamente mientras aguardan la bienaventuranza y la venida de Jesucristo glorioso, su gran Dios y el salvador de sus almas, el cual se entregó a los hombres, según dicen, para redimirlos de sus pecados y, al purificarlos, construir un pueblo querido e inclinado a las buenas obras (Tito, 2, 12). Y en otra parte de esos mismos libros se dice que el mismo Jesucristo amó tanto a su Iglesia, es decir, a su pueblo o a los miembros de su secta, que se entregó a ella para santificarla purificándola con el agua del bautismo y mediante la palabra de vida para volverla gloriosa, sin arruga, mancha ni defecto alguno, en resumen, para que, por el contrario, fuese santa e irreprochable (Efesios, 5,25-27). Por eso cantamos todos los días en nuestros supuestos santos misterios las palabras que simbolizan nuestra fe: «Que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo»; y también estas otras: «Tú que quitas el pecado del mundo, atiende nuestra súplica».

De modo que el fin principal que se habrían propuesto Dios y su hijo Jesucristo —el primero enviando a su divino hijo a este mundo y el segundo haciéndose un hombre semejante a los demás hombres—, su propósito principal, habría sido salvar al mundo, como digo, y para ello su fin principal habría consistido, según se ha dicho, en eliminar el pecado del mundo y destruir por completo la obra del demonio, es decir, en erradicar el pecado del mundo acabando con los vicios, las malignidades, las iniquidades y las maldades. La intención principal habría sido, según se ha dicho, salvar a todos los hombres que se hallaban perdidos en el vicio y el pecado. Su fin principal habría sido, según se ha dicho, santificar a un pueblo para que no tuviera ni arruga ni mancha, es decir, para que no tuviera vicio alguno ni pecado. Y por último (lo que viene a ser lo mismo), su principal fin o intención habría consistido en salvar las almas despojándolas del infeliz estado de pecado y redimiéndolas de la condenación eterna para procurarles una vida eterna venturosa. Los cristícolas no pueden negar que en eso consisten los principales fines que su Dios y su divino salvador Jesucristo se habrían propuesto, este último haciéndose un hombre semejante a los demás hombres y ofreciéndose a morir, según dicen, por amor a ellos. No pueden negar, insisto, que el fin principal del hijo y el fin principal de Dios, su padre todopoderoso, consiste en eso, ya que así aparece consignado en sus Escrituras presuntamente santas.

Pues bien, no se ve por ninguna parte efecto alguno ni manifestación real alguna de la presunta redención del hombre, no se ve señal alguna de que el pecado haya sido erradicado de este mundo, como hubiera debido serlo, ni siquiera que haya disminuido de alguna manera. Por el contrario, parece más bien que haya aumentado y se haya multiplicado y se esté multiplicando cada día, porque los hombres son cada día más viciosos y malos, y parece que se ha abatido un diluvio de vicio e iniquidad sobre este mundo. No parece que los cristícolas tengan motivos para vanagloriarse de ser más santos, más sabios y más virtuosos, ni tampoco más ordenados en sus costumbres y conducta que los demás pueblos de la Tierra. Por último, tampoco parece haber constancia de que haya más almas salvadas de las que pudo haber antes de la presunta redención, pues no parece que haya más almas que estén tomando el camino del cielo ni menos que estén tomando el del infierno si, según aseguran los cristícolas, la virtud es el camino para el cielo y el pecado el camino para el infierno.

Resulta evidente, por tanto, que los supuestos milagros no responden al fin principal que se habría trazado Dios todopoderoso al hacerlos en su soberana bondad y su soberana sabiduría. No resulta creíble que un Dios que quiso hacerse hombre para salvar a todos los hombres se haya entretenido en hacer toda clase de milagros sin haber realizado el principal, para el cual se habría hecho hombre debido a un exceso de amor.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso infinitamente bueno e infinitamente sabio, que se habría convertido en un hombre mortal por amor a los hombres, y que por un exceso de amor hacia ellos habría querido derramar hasta la última gota de su sangre para salvarlos, ¿habría hecho uso obstinadamente de su bondad, su sabiduría y su omnipotencia para curar únicamente unas cuantas enfermedades y dolencias del cuerpo, y eso sólo en aquellos enfermos que le habrían sido presentados, mientras que, en cambio, no habría querido emplear su omnipotencia, su soberana bondad y su soberana sabiduría para curar a todos los hombres de todas las enfermedades y padecimientos del alma? Es decir, ¡que no habría querido curar y librar a los hombres de sus vicios y maldades, que son mil veces peores que todas las enfermedades del cuerpo! No, no resulta creíble.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y sabio, ¿habría querido preservar milagrosamente unos cuantos cadáveres de la corrupción y la podredumbre, y no habría querido emplear su omnipotencia y sabiduría para preservar del contagio y la corrupción del vicio y el pecado las almas de una multitud de personas que habría venido a redimir y santificar por medio de la gracia, pagándolo con su sangre? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso, tan bueno y sabio que habría querido devolver la vista a unos cuantos ciegos, la audición a unos cuantos sordos y el habla a unos cuantos mudos, que habría hecho caminar a unos cuantos cojos y habría curado a unos cuantos paralíticos, ¿no habría querido iluminar, sin embargo, a los pecadores con las luces de su divina gracia, según dicen los cristícolas? ¿Ni habría querido apartarlos eficazmente de sus errores y extravíos por la senda del vicio a fin de devolverlos felizmente al camino de la virtud, haciéndoles caminar rectamente por la vía de sus divinos mandamientos? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio, ¿habría querido resucitar, por especial intervención de su gracia, a unos cuantos muertos para mantenerlos durante algún tiempo en una vida mortal y llena de miserias, y no habría querido, sin embargo, ni quiere todavía hoy, apartar de la muerte eterna del pecado a una multitud de almas a las que habría creado, sin embargo, para el cielo y a las que habría debido, como he dicho, santificar con su gracia, habiéndolas redimido, además, como las redimió con su sangre? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio ¿habría querido apartar o preservar milagrosamente a unas cuantas personas de los naufragios en las aguas del mar y los ríos y, sin embargo, no habría querido ni quiere apartar y preservar todavía hoy del naufragio del infierno a una multitud de almas que caen desdichadamente en él todos los días, tal como dicen los cristícolas? No resulta creíble de ningún modo.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso tan bueno y tan sabio, ¿habría querido preservar de los daños del fuego, por una especial intervención de su gracia, los cuerpos de algunos de sus santos e incluso sus ropas y hasta sus pelos y cabellos cuando se hallaban inmersos en las llamas y atrapados en incendios y, sin embargo, no habría querido ni quiere todavía hoy preservar de las llamas terribles y eternas del infierno a multitud de almas que habría venido a redimir con su sangre? No resulta creíble de ningún modo pues, como dice el apóstol san Pablo (Romanos, 8,32), si Dios no preservó a su propio hijo sino que quiso entregárselo a los hombres para salvarlos, ¿cómo no iba a darles todo lo que necesitaban para su salvación? Y si el supuesto hijo de Dios quiso dar su vida por la salvación de los hombres, ¿cómo iba luego a negarles la gracia y todos los bienes que hiciera falta?

¡Cómo! ¿Habría deseado morir por un exceso de amor para salvar a los hombres y no habría querido concederles un solo guiño favorable de su gracia? ¡Imposible! Eso cae por su propio peso.

¡Cómo! Un Dios todopoderoso que hizo que repicaran milagrosamente las campanas, ora de una ciudad ora de otra, para honrar la muerte o la sepultura de unos cuantos cuerpos muertos, y que utilizó su omnipotencia para saciar milagrosamente con un poco de pan y pescado a unos cuantos miles de personas que le seguían, y que utilizó también su omnipotencia para atraer milagrosamente a las fieras salvajes, a los pájaros e incluso a los peces del mar y los ríos para que escuchasen la prédica de algunos de sus santos, y que utilizó asimismo —para abreviar— su omnipotencia en miles y miles de asuntos vanos y muchas veces insignificantes para cambiar el orden y el curso ordinario de la naturaleza; un Dios capaz de hacer todo eso, ¿no habría querido hacer nada, ni quiere hacerlo hoy día, para llevar a cabo eficazmente la conversión, santificación y salvación eterna de tantos miles e incluso de tantos miles de millones de pecadores, que le habrían alabado y bendecido eternamente en el cielo con que sólo hubiese querido o quisiera mirarles favorablemente con los ojos de su gracia, es decir, con que hubiese querido moverles benévolamente el corazón y abrirles caritativamente los ojos del espíritu para hacerles conocer y amar el bien?

No, de ningún modo resulta creíble que un Dios todopoderoso infinitamente bueno e infinitamente sabio haya podido actuar de esta manera con unos hombres a los que habría querido tanto como para dar su sangre y su vida por ellos. No resulta creíble de ningún modo que haya podido descuidar la parte principal y más importante de sus designios para dedicarse a las partes más accesorias, como serían las supuestas curaciones milagrosas de algunas enfermedades corporales y otros supuestos milagros del mismo estilo, que no tienen excesivo alcance si los comparamos con el que tiene la parte principal o el fin principal, que no es otro sino la destrucción completa del pecado y la salvación del hombre.

¿Habría bajado del cielo este supuesto hijo divino de Dios, y supuesto salvador divino del hombre, habría bajado del cielo, repito, y venido a la Tierra sólo o principalmente para curar a unos cuantos enfermos de las dolencias de sus cuerpos? ¿Habría venido sólo o principalmente para devolver la vista a unos cuantos ciegos? ¿Para devolver la facultad de oír a unos cuantos sordos? ¿Para devolver el habla a unos cuantos mudos? ¿Para devolver la capacidad de caminar a unos cuantos cojos y unos cuantos paralíticos? ¿Habría venido sólo o principalmente para devolver la salud del cuerpo a unos cuantos enfermos y para resucitar a unos cuantos muertos? ¿Habría venido sólo o principalmente para preservar a unos cuantos cadáveres de la podredumbre y la corrupción? ¿Y para hacer que repicaran solas unas cuantas campanas? ¿Habría venido, por último, sólo y principalmente para que no se quemaran milagrosamente las ropas, los pelos y los cabellos de quienes se encontraban en medio de las llamas? Pues bien, podríamos preguntarnos lo mismo respecto a todos los vanos y supuestos milagros a los que, sin embargo, se presta tanta atención. ¿Habría venido sólo para esto el divino salvador?

¿No habría venido más bien para curar a los hombres de todas las enfermedades y padecimientos del alma, así como para curarlos de todas las enfermedades del cuerpo? ¿No habría venido más bien para liberarlos de la esclavitud del vicio y del pecado? ¿No habría venido más bien para hacerlos más sabios y virtuosos y para santificarlos, habida cuenta de que habría venido principalmente para redimirlos y salvarlos a todos?

Un día este supuesto salvador divino daba testimonio de haberse compadecido de que no tuvieran nada para comer aquellos que le seguían: «Me compadezco de esta gente, ya llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer. Si los despido a casa en ayunas, desfallecerán por el camino» (Marcos, 8,2). Y para preservarlos de semejante trance quiso, según dicen los cristícolas, ofrecerles una muestra milagrosa de su omnipotencia multiplicando milagrosamente unos panes para que se saciasen e impedir así que desfalleciesen por el camino. ¿Y no habría querido, ni quiere hoy, ofrecer otra muestra similar de su milagrosa omnipotencia santificando a los pecadores y salvándolos? ¿Está viendo cada día su debilidad y sus enfermedades y no quiere fortificarlos con el socorro eficaz de su todopoderosa gracia para impedir que caigan en el vicio y el pecado? ¿Les ve caer todos los días a millares en las terribles llamas del aciago infierno y no da muestras de tener compasión alguna por su perdición, por una perdición tan terrible y espantosa como ésta? No resulta creíble en ningún modo, y parece hasta indigno pensar todo esto de un ser infinitamente bueno e infinitamente sabio.

Su milagro principal, el más grande y más glorioso para él y, al mismo tiempo, el más necesario y ventajoso para unos hombres a los que acababa de redimir, habría sido, seguramente, curarlos verdaderamente de esas enfermedades y esos padecimientos del alma que son los vicios y las bajas pasiones. Su milagro principal, el más hermoso y más admirable, tendría que haber sido convertir a los hombres en seres virtuosos, sabios y perfectos tanto de cuerpo como de alma. Su primer milagro, el principal, habría tenido que consistir en eliminar y desterrar por completo del mundo los vicios, los pecados, las injusticias, las iniquidades y las maldades. Su primer milagro, el más hermoso, habría tenido que ser santificar realmente a los hombres y salvarlos efectivamente haciendo que fuesen venturosos así en la tierra como en el cielo. Ése tendría que haber sido, señores cristícolas, el primer milagro, el más hermoso, el más grande, el más glorioso, el más ventajoso, el principal y más necesario de todos los supuestos milagros que tenía que haber hecho vuestro supuesto divino salvador, ya que bajó del cielo y vino a este mundo para eso, como dijo él mismo, según dice el Evangelio: «Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan, 12,32).

Y fue, efectivamente, elevado de la tierra, aunque lo fue de dos maneras diferentes, según aseguran nuestros cristícolas: fue elevado en la cruz a la que lo habían clavado y lo fue cuando subió al cielo. Pues bien, poco importa que se refiriese a una forma de elevarse o a otra, e incluso a las dos; el primer milagro que habría tenido que hacer, como ya he dicho, el más hermoso, el más grande, el más deseable, el más glorioso y más favorable que hubiese podido hacer o que tenía que haber hecho, según sus propias palabras, habría debido ser haberse llevado a todos consigo cuando se elevó de la tierra. Y como también se dice en las famosas Escrituras que vino para eliminar el pecado del mundo, para destruir la obra del demonio, para santificar a los hombres, para encontrar y salvar todo lo que se había perdido, en resumen, para recoger a los pecadores, redimir a todos los hombres del pecado y de la condenación eterna y salvarlos, procurándoles una vida eternamente venturosa en el cielo, por esto el primer milagro que habría tenido que hacer, repito, el más grande, más hermoso, más glorioso y más ventajoso, el más deseable, más necesario y, al mismo tiempo, más importante, el milagro principal, en suma, que hubiese podido hacer o que tenía que haber hecho, según su principal y primer designio, habría debido consistir en erradicar el pecado del mundo, habría tenido que consistir en erradicar los vicios, las injusticias, las iniquidades, las maldades y los escándalos. Pero como resulta claro y evidente que no hizo esos milagros, los verdaderamente importantes, no hay nada que permita creer que él, sus apóstoles y los supuestos santos hicieron alguno de esos otros milagros de los que tanto se habla.

Por ello resulta pueril que los cristícolas pretendan probar la autenticidad de su religión basándose en la realidad de sus supuestos milagros, puesto que, como he dicho, son sólo errores, quimeras, mentiras e imposturas. Lo que acabo de exponer lo demuestra de una manera lo bastante clara como para que no pueda caber duda alguna, y constituye la segunda prueba demostrativa de lo que afirmé anteriormente sobre la futilidad y falsedad de todas las religiones.



En Memoria contra la religión (Segunda prueba: 19 y 20)
Memoria de los pensamientos y sentimientos de Jean Meslier, cura de Etrépigny y de Balaives, acerca de ciertos errores y falsedades en la guía y gobierno de los hombres, donde se hallan demostraciones claras y evidentes de la vanidad y falsedad de todas las divinidades y religiones que hay en el mundo, memoria que debe ser entregada a sus parroquianos después de su muerte para que sirva de testimonio de la verdad, tanto para ellos como para sus semejantes. In testimoniis illis, et gentibus. 

Título original: Mémoire des pensées et des sentiments de Jean MeslierTraducción: Javier Mina Astiz
Epílogo de Julio Seoane Pinilla
Pamplona, Editorial Laetoli, 2010
Drawing: Jean Meslier by J.A.M., daughtsman

17 sept. 2011

Jean Meslier: Crítica de la religión y del Estado (dos fragmentos)

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Todas las religiones no son más que errores, ilusión e imposturas 

Sabed pues, amigos míos, sabed que todo lo que se declara y todo lo que se practica en el mundo para el culto y la adoración de los dioses no son más que errores, abusos, ilusiones e imposturas; todas las leyes y las órdenes que se publican bajo el nombre y la autoridad de Dios, o de los dioses, verdaderamente sólo son invenciones humanas, al igual que todos estos bellos espectáculos de fiesta y de sacrificios, o de oficios divinos, y todas estas otras prácticas supersticiosas de religión y de devoción que se hacen en su honor; todas estas cosas, repito, sólo son invenciones humanas que han sido, como ya he observado, inventadas por políticos refinados y astutos, cultivadas además y multiplicadas por falsos seductores e impostores, después recibidas ciegamente por ignorantes y luego, finalmente, mantenidas y autorizadas por las leyes de los príncipes y de los grandes de la tierra, que se han servido de esta clase de invenciones humanas para sujetar así con mayor facilidad a los hombres en general y hacer de ellos lo que quieran. Pero en el fondo todas estas invenciones no son más que infundios, como decía el señor de Montaigne (Essais), pues sólo sirven para contener el espíritu de los ignorantes y de los simples; los sabios no se sujetan, ni se dejan sujetar, porque en efecto sólo es de ignorantes y simples poner fe en ello y dejarse guiar así. Y lo que digo aquí en general de la vanidad y de la falsedad de las religiones del mundo, no lo digo únicamente de las religiones paganas y extrañas que ya consideráis falsas» sino lo digo igualmente de vuestra religión cristiana, porque, en efecto, no es menos vana ni menos falsa que cualquier otra, e incluso podría decir en un sentido que tal vez es más vana aún y más falsa que ninguna otra, porque no hay ninguna cuyos principios sean tan ridículos, ni tan absurdos, ni que sea tan contraria a la naturaleza misma y al sano juicio. Esto es lo que os digo, amigos míos, a fin de que en lo sucesivo no os dejéis engañar por las bellas promesas que se os hacen de las pretendidas recompensas eternas de un paraíso imaginario y que hagáis descansar también a vuestros espíritus y vuestros corazones contra todos los vanos temores que se os dan de los supuestos castigos eternos de un infierno que no existe; pues todo lo que se os dice de tan bello y tan magnífico de lo uno y de tan terrible y tan espantoso de lo otro no es más que fábula; no se puede esperar ningún bien ni temer ningún mal tras la muerte; aprovechad pues sabiamente el tiempo, viviendo bien y gozando sobria, pacífica y alegremente si podéis de los bienes de la vida y de los frutos de vuestros trabajos, pues es lo que os pertenece y el mejor partido que podéis tomar ya que la muerte, al poner fin a la vida, también pone fin a todo conocimiento y a todo sentimiento del bien y del mal. 

Pero como no es el libertinaje (como podría pensarse) lo que me hace entrar en estos sentimientos, sino que es únicamente la fuerza de la verdad y la evidencia del hecho lo que me hace convencerme de ello, y no pido ni quiero tampoco que nadie de vosotros, ni ningún otro, me crea sólo por mi palabra en una cosa que sería de tan gran importancia, y deseo, por el contrario, haceros conocer por vosotros mismos la verdad de todo lo que acabo de decir mediante razones y mediante pruebas claras y convincentes voy a proponeros aquí algunas tan claras y convincentes como no pueda haber en ningún tipo de ciencia, y trataré de hacéroslas tan claras e inteligibles que por poco talento que tengáis comprenderéis sin dificultad que efectivamente estáis en el error y que se os imponen muchos con respecto a la religión y que todo lo que se os obliga a creer como fe divina no merece que le adhiráis ninguna fe humana. 
[T. I (pp. 39-43) O. C. De la primera prueba] 


Debilidad y vanidad de los pretendidos motivos de credibilidad, para establecer ninguna verdad religiosa

Pero es fácil refutar todos estos vanos razonamientos y hacer ver claramente la vanidad de todos estos supuestos motivos de credibilidad, y de todos estos supuestos milagros tan grandes y prodigiosos que nuestros cristícolas llaman testimonios claros y seguros de la verdad de su religión. Pues, primero, es un error evidente pretender que argumentos y pruebas que pueden igual y tan fácilmente servir para establecer o confirmar la mentira y la impostura, como para establecer o confirmar la verdad, puedan ser testimonios seguros de la verdad. Luego, los argumentos y pruebas que nuestros cristícolas extraen de sus pretendidos motivos de credibilidad, pueden igual y tan fácilmente servir para establecer y confirmar la mentira y la impostura, como para establecer y confirmar la verdad. Prueba de lo cual es que efectivamente no hay religiones, por falsas que sean, que no pretendan apoyarse sobre semejantes motivos de credibilidad, ni hay ninguna que no pretenda tener una doctrina sana y verdadera, no hay ninguna que al menos no pretenda a su manera condenar todos los vicios y recomendar la práctica de todas las virtudes, no hay ninguna que no haya tenido doctos y celosos defensores, que han sufrido rudas persecuciones e incluso la muerte, para el mantenimiento y la defensa de sus religiones. Y finalmente no hay ninguna que no pretenda tener milagros y prodigios que han sido hechos en su favor. Los mahometanos, por ejemplo, los alegan a favor de su falsa religión, así como los cristianos a favor de la suya; los indios los alegan a favor de la suya y todos los paganos alegan también una infinidad a favor de sus falsas religiones, testigo todas estas pretendidas metamorfosis maravillosas y milagrosas de las que habla Ovidio, metamorfosis que son como tantos milagros grandes y prodigiosos que se habrían hecho a favor de las religiones paganas. Si nuestros cristícolas se amparan de los oráculos y de las profecías que pretenden haberse realizado a su favor, a favor de su religión, ocurre lo mismo en las religiones paganas y así la ventaja que se podría esperar poder extraer de estos pretendidos motivos de credibilidad se encuentra casi de igual modo en toda clase de religiones; esto es lo que ha dado lugar al juicioso señor de Montaigne a decir que «todas las apariencias son comunes a todas las religiones, esperanza, confianza, acontecimientos, ceremonias, penitencias, mártires... (Essais).

«Dios —dice— recibe y toma en su origen el honor y la reverencia que los hombres le rinden, bajo cualquier rostro, bajo cualquier nombre, de la manera que sea. Este celo — dice— ha sido universalmente visto desde el cielo con buen ojo. Todas las políticas —agrega— han sacado fruto de sus devociones, los hombres, las acciones impías, han tenido por doquier sucesos convenientes. Las historias paganas reconocen —dice— la dignidad, orden, justicia de los prodigios y de los oráculos empleados para su provecho e instrucción, en sus religiones fabulosas (Essais). Augusto — dice—, como ya he observado, tuvo más templos que Júpiter y fue servido con igual religión y creencia de milagros» (Id.). En Delfos, ciudad de Beocia, antaño había un templo muy célebre dedicado a Apolo, donde éste profería sus oráculos y por esto era frecuentado por todas las partes del mundo, enriquecido y ornado con infinitas plegarias y ofrendas de un gran valor (Dic. Hist.). Paralelamente, en Epidauro, ciudad del Peloponeso, en Dalmacia, había antaño un templo muy célebre dedicado a Esculapio, dios de la medicina, donde éste profería sus oráculos y donde los romanos acudieron a él cuando se hallaron afligidos por la peste, haciendo transportar a este dios en forma de dragón a su ciudad de Roma y en su templo de Epidauro se veían infinidad de cuadros en los que se representaban los curas y las curaciones milagrosas que se decía que había hecho... (Dict. Hist.). Y varios otros ejemplos parecidos, que sería demasiado largo referir aquí. Siendo así, como lo demuestran todas las historias y la práctica de todas las religiones se deduce que todos estos supuestos motivos de credibilidad, de los que nuestros cristícolas tanto quieren valerse, generalmente se encuentran en todas las religiones, y, por consiguiente, no pueden servir de pruebas, ni de testimonios seguros de la verdad de su religión, como tampoco de la verdad de ninguna otra. La consecuencia de ello es clara y evidente. 

[T. I (pp. 89-93) O. C. De la segunda prueba.] 


Acerca de Jean Meslier

Fue uno de los mejores espías de la Historia. Educado en la religión católica, sacerdote desde los 22 años hasta su muerte a los 65, en 1729, Meslier se atrevió a romper el gran tabú: dijo alto y claro que Dios no existe, que la religión es una fantasía, una mentira, inventada para oprimir y explotar al pueblo. El autor de Memoria contra la religión fue considerado por los pensadores del siglo XVIII como un revolucionario y entró en los libros de Historia como el padre del ateísmo. Durante más de 40 años, en su parroquia de Etrépigny, al norte de Francia, Meslier escuchó con paciencia las confesiones de los supuestos pecados de los fieles. Sus maneras eran poco ortodoxas y la nobleza local solía quejarse de él, aunque nadie se había imaginado la doble vida de este hombre de Dios. Nada más quitarse la sotana que vestía de día, Meslier aprovechaba las noches para leer todo lo que se alejaba de la Biblia. Desmenuzaba a Montaigne, Pascal, Séneca, Descartes y Fénelon −teólogo de referencia de la Francia de los siglos XVII y XVIII−, y escribía su testamento con un solo objetivo: que la gente alcance "la razón y la verdad" para "vivir felizmente". Meslier va al grano: la religión es "una invención e una institución puramente humana"; en la religión "está la verdadera fuente, el verdadero origen de los males que perturban el bien dentro de la sociedad humana y que hace que los hombres sean infelices". Y no se olvida de los sacerdotes, que "engañan y despojan astutamente de sus bienes" al pueblo. La obra podría parecer un panfleto lleno de soflamas escritas con el rencor de un hombre que se arrepiente de su vida. Pero Memoria contra la religión no es nada de eso. Son más de 700 páginas (en la edición publicada por Laetoli) que desconstruyen uno por uno, con argumentos teológicos, filosóficos cita a Platón, analiza los Evangelios los fundamentos de la fe.


Edición a cargo de Menene Gras Balaguer 
Ediciones Península 
Primera edición: enero de 1978 
Antología de textos extraída de las Oeuvres Completes publicadas por Editions Anthropos de París, 1970.
Traducción de Menene Gras Balaguer 
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