Mostrando las entradas con la etiqueta McEwan Ian. Mostrar todas las entradas

12 dic. 2013

Ian McEwan - Las muñecas

No hay comentarios. :



Desde que tenía uso de razón, Peter había compartido el cuarto con Kate. La mayor parte del tiempo, eso no le importaba. Kate estaba bien. Le hacía reír. Y había noches en que Peter se despertaba con una pesadilla y se alegraba de que hubiera alguien más en la habitación, aunque fuera su hermana de siete años, que no servía de mucho frente a las criaturas pieles rojas y cubiertas de fango que lo perseguían en su sueño. Cuando se despertaba, esos monstruos se deslizaban tras las cortinas o se metían en el armario. Con Kate en la habitación, se le hacía más fácil salir de la cama y echar a correr hacia el dormitorio de sus padres.

Pero había veces en que sí le importaba compartir la habitación. Y a Kate también. Había largas tardes en que se sacaban mutuamente de quicio. A un desacuerdo seguía una rencilla, y a la rencilla una pelea, una pelea de verdad con puñetazos, arañazos y tirones de pelo. Como Peter era tres años mayor, estaba convencido de ganar esas batallas totales. Y, en cierto sentido, así era. Siempre podía contar con lograr que Kate llorara primero.

Pero ¿era eso verdaderamente ganar? Kate podía contener la respiración, aguantar unos instantes y conseguir que su cara adquiriera el color de una ciruela madura.

Entonces sólo necesitaba correr escaleras abajo y enseñarle a su madre «lo que Peter le había hecho». O podía echarse al suelo y hacer un ruido ronco con la garganta de manera que Peter pensara que se estaba muriendo. Entonces era él quien tenía que correr escaleras abajo para ir a buscar a su madre. Kate también podía gritar. Una vez, durante una de sus exhibiciones de ruidos, un coche que pasaba por delante de la casa se detuvo, de él salió un preocupado conductor que se puso a mirar a la ventana del dormitorio. Peter estaba justamente mirando por la ventana. El hombre cruzó corriendo el jardín, golpeó la puerta, convencido de que dentro estaba sucediendo algo terrible. Y así era. Peter le había cogido algo prestado a Kate y ella quería que se lo devolviera. ¡En el acto!

En tales ocasiones, era Peter el que se metía en problemas y Kate la que salía ganando. Así era como lo veía Peter. Cuando se enfadaba con Kate, tenía que pensárselo mucho antes de pegarle. A menudo lograban mantener la paz trazando una línea imaginaria que salía de la puerta y cruzaba todo el dormitorio. La parte de Kate a un lado, la de Peter a otro. A un lado, la mesa de dibujar y pintar de Peter, su muñeco de peluche, una jirafa con el cuello torcido, los juegos de química, electricidad e imprenta, que nunca eran tan divertidos como prometían las fotos de las tapas de las cajas, y el baúl de aluminio donde él guardaba sus secretos y que Kate siempre estaba intentando abrir.

Al otro lado, la mesa de dibujar y pintar de Kate, su telescopio, su microscopio y su juego de imanes, que eran tan divertidos como prometían las fotos de las tapas de las cajas, y por todas partes en su mitad de la habitación estaban las muñecas. Se sentaban en la repisa de la ventana con las piernas colgando despreocupadamente, se mantenían en equilibrio sobre su cajonera de la ropa y se apoyaban en su espejo, se sentaban en un cochecito de juguete, apretadas como viajeros del metro. Las que gozaban de favor se acercaban más a la cama. Eran de todos los colores, desde negro charol hasta blanco cadavérico, aunque la mayoría eran de un rosa intenso. Algunas estaban desnudas. Otras con sólo una prenda, un calcetín, una camiseta o un sombrero. Unas pocas iban de punta en blanco con trajes de baile, vestidos con encajes y faldas largas con grandes cintas. Todas eran bastante diferentes, pero todas tenían una cosa en común: todas tenían la misma mirada furiosa fija y alucinada. Se suponía que eran bebés, pero sus ojos lo desmentían. Los bebés nunca miraban a alguien así. Cuando pasaba junto a las muñecas, Peter se sentía observado, y cuando salía de la habitación, sospechaba que hablaban de él, las sesenta.

De todas formas, nunca le hicieron ningún daño y sólo había una que realmente le desagradara. La Muñeca Mala. Ni siquiera a Kate le gustaba. Le tenía miedo, le tenía tanto miedo que no se atrevía a tirarla, no fuera a ser que volviera en mitad de la noche y se vengara. Era posible reconocerla en el acto. Era de un rosa que ningún humano había visto nunca. Mucho tiempo atrás, la pierna izquierda y el brazo derecho habían sido arrancados y de lo alto de su cráneo lleno de pequeños agujeros salía un único mechón de pelo negro. Sus fabricantes habían querido darle una sonrisa dulce, pero algo había fallado en el molde porque la Muñeca Mala siempre dibujaba una mueca con los labios y fruncía el ceño como si intentara recordar la cosa más repugnante del mundo.

De todas las muñecas, sólo la Muñeca Mala no era ni niño ni niña. Era sencillamente un ser indefinido. Estaba desnuda y se sentaba lo más lejos posible de la cama de Kate, sobre una repisa desde donde contemplaba a todo el mundo. Kate la cogía veces e intentaba calmarla con murmullos, pero no pasaba mucho tiempo antes de que se estremeciera y volviera a dejarla en su sitio.

La línea invisible funcionaba bien cuando la recordaban. Tenían que pedir permiso para cruzar la mitad del otro. Kate no podía curiosear en el baúl secreto de Peter y Peter no podía tocar el microscopio de Kate sin pedir permiso. En realidad, funcionó bastante bien hasta que una lluviosa tarde de sábado tuvieron una discusión, una de las peores, acerca de por dónde pasaba exactamente la línea. Peter estaba convencido de que estaba bastante alejada de su cama. Esa vez, Kate no necesitó volverse de color púrpura ni fingir que se moría ni gritar. Le dio a Peter en la nariz con la Muñeca Mala. La cogió por su única pierna, rechoncha y rosa, y le golpeó en la cara. De modo que fue Peter quien corrió escaleras abajo gritando A decir verdad, la nariz no le dolía, pero sangraba y deseaba sacarle el mayor partido. Mientas bajaba, se restregó la sangre por la cara con el dorso de la mano y, al llegar a la cocina, se echó al suelo delante de su madre y lloró, gimió y se retorció. En efecto, Kate se había metido en un lío, en un buen lío.

Esa fue la pelea que llevó a sus padres a decidir que había llegado el momento de que Peter y Kate tuvieran habitaciones separadas. Poco después del décimo cumpleaños de Peter, su padre despejó lo que llamaban el «cuarto de las cajas», aunque no contenía ninguna caja, sólo marcos de cuadros y sillas rotas. Peter ayudó a su madre a decorar la habitación. Colgaron cortinas y metieron dentro una enorme cama con pomos de cobre.

Kate estaba tan contenta que ayudó a Peter a trasladar sus cosas al otro lado del rellano. Se acabaron las peleas. Y ella no tendría que escuchar más el desagradable borboteo agudo que su hermano hacía al dormir. Y Peter no paraba de cantar. A partir de entonces, ya tenía un lugar al que ir y, bueno, donde estar. Esa noche Peter decidió irse a la cama media hora antes con el fin de disfrutar de su propio lugar, sus propias cosas, sin que ninguna línea imaginaria atravesara la habitación. Tumbado en la semioscuridad pensó que era una suerte que al final hubiera salido algo bueno de esa vil monstruosidad, la Muñeca Mala.

Así pasaron los meses, y Peter y Kate se acostumbraron a tener sus cuartos propios y dejaron de darle importancia a ese hecho. Las fechas interesantes llegaron y pasaron: el cumpleaños de Peter la noche de los fuegos artificiales, Navidad, el cumpleaños de Kate y, luego, Semana Santa. Hacía dos días que había tenido lugar la familiar ceremonia de la búsqueda de los huevos de Pascua. Peter estaba en su habitación, sobre la cama, a punto de comerse el último huevo de chocolate. Era el más grande, el más pesado, por eso lo había conservado para el final. Le quitó el envoltorio azul y plateado. Era casi del tamaño de una pelota de rugby. Lo sostuvo con las dos manos, contemplándolo. Luego se lo acercó y presionó el cascarón con los pulgares. Cómo le gustaba el denso y mantecoso olor a cacao que brotaba de la negra cavidad interior. Se acercó el huevo a la nariz e inhaló. A continuación, empezó a comer.

Fuera, llovía. Quedaba todavía una semana de vacaciones. Kate estaba en casa de una amiga. No había nada que hacer, salvo comer. Veinte minutos más tarde, lo único que quedaba del huevo era el envoltorio. Peter se levantó, tambaleándose ligeramente. Se sentía mareado y aburrido, una combinación perfecta para una tarde lluviosa. Era extraño, tener un cuarto propio ya no le hacía ninguna ilusión.

—Harto de chocolate —suspiró mientras se dirigía a la puerta—. Harto de mi habitación.

Se quedó en el rellano, preguntándose si iría a vomitar. Pero, en lugar de dirigirse al cuarto de baño, fue hacia el cuarto de Kate y entró. Había vuelto centenares de veces, claro, pero nunca solo. Permaneció en el centro de la habitación, contemplado, como de costumbre, por las muñecas. Se sintió raro, todo parecía diferente. La habitación era más grande, y nunca se había dado cuenta de que el suelo hiciera pendiente. Parecía que había más muñecas que nunca con esas miradas vidriosas, y, al bajar la ligera pendiente hacia su antigua cama, creyó oír un sonido, un crujido. Creyó ver que algo se movía, pero cuando se dio la vuelta, todo estaba inmóvil.

Se sentó en la cama y pensó en los viejos tiempos en que dormía allí. ¡Era un niño en aquella época! ¡Nueve años! ¿Qué sabía entonces? Si su personalidad de diez años pudiera retroceder y explicarle a aquel tonto ingenuo cómo eran las cosas... Cuando llegabas a los diez años, empezabas a verlo todo, a ver cómo estaban conectadas las cosas, cómo funcionaban las cosas..., tenías una panorámica...

Peter estaba tan concentrado intentando recordar su ignorante personalidad de seis meses antes que no se percató de la figura que cruzaba la alfombra en dirección hacia él. Cuando lo hizo, soltó un grito de sorpresa, se encaramó a la cama y levantó las rodillas. Hacia él iba, con andar torpe pero decidido, la Muñeca Mala. Había cogido un pincel de la mesa de Kate y lo utilizaba como muleta. Cojeaba por la habitación soltando jadeos malhumorados y murmurando palabrotas no aptas ni siquiera para una muñeca mala. Se detuvo junto a la pata de la cama para recuperar el aliento. Peter se sorprendió al darse cuenta de lo sudorosos que tenía la frente y el labio superior. La Muñeca Mala apoyó el pincel contra la cama y se restregó el único brazo por la cara. Y luego, con una rápida mirada a Peter y aspirando profundamente, cogió la muleta y se puso a escalar la cama.

Subir tres veces la propia altura con un solo brazo y una sola pierna requiere paciencia y fuerza. La Muñeca Mala tenía poco de cada. Su pequeño cuerpo rosa temblaba del esfuerzo y la tensión, encaramado a mitad de camino de la pata, buscando un punto de apoyo para el pincel. Los jadeos y gruñidos se hicieron más fuertes y más lastimeros. Lentamente, la cabeza, más sudorosa que nunca, apareció ante los ojos de Peter. No le habría sido difícil tomar la criatura, alzarla y depositarla encima de la cama. Y, con la misma facilidad, habría podido tirarla al suelo de un manotazo. Pero no hizo nada. Todo era demasiado interesante. Quería ver qué sucedía. Mientras la Muñeca Mala avanzaba con gritos de «¡Maldita sea y por las fauces del infierno!», «¡Recórcholis de diantre!», «¡Mal sayo te parta!», Peter se dio cuenta de que las cabezas de todas las muñecas da la habitación estaban dirigidas hacia él. Los ojos de un azul puro resplandecían más abiertos que nunca y había un suave susurro sibilante como de agua deslizándose sobre rocas, un sonido que se convertía en un murmullo y luego en un torrente a medida que la excitación se apoderaba de las cinco docenas de espectadoras.

—¡Lo está logrando! —oyó Peter que decía una.

Y otra respondió:

—¡Tenemos espectáculo asegurado!

E incluso otra gritó:

—¡Lo que es justo es justo!

Y al menos veinte muñecas gritaron en señal de asentimiento:

—¡Sí!

—¡Eso es!

—¡Bien dicho!

La Muñeca Mala había puesto el brazo sobre la cama y había dejado su muleta. Se agarraba a la manta, intentando cogerse a algún sitio para acabar de subir. En ese mismo momento, del otro lado de la habitación se alzó una poderosa ovación y, de pronto, las muñecas, todas las muñecas, se pusieron en camino hacia la cama. Desde las repisas de las ventanas y lo alto del espejo, desde la cama de Kate y el cochecito de juguete, se acercaban saltando y brincando, invadiéndolo todo, tambaleándose y avanzando por la alfombra. Las muñecas con vestidos largos chillaban al tropezar y trastabillar, mientras que las muñecas desnudas, o las muñecas con un calcetín, se movían con horrible facilidad. Avanzaban, una marea marrón, rosa, blanca y negra, y en la mueca de cada boca moldeada el grito: «¡Lo que es justo es justo! ¡Lo que es justo es justo!» Y en cada ojo vidrioso y bien abierto estaba la rabia que Peter siempre había sospechado tras el hermoso azul celeste.

La Muñeca Mala había conseguido subirse a la cama y se había puesto de pie; agotada pero orgullosa, saludaba a la multitud reunida en el suelo. Las muñecas se agruparon, rugieron en señal de aprobación y levantaron hacia su jefe los brazos rechonchos y con hoyuelos.

—¡Lo que es justo es justo! —recomenzó la cantinela.

Peter retrocedió hasta la cabecera de la cama. Su espalda tocaba la pared, con los brazos se cogía rodillas. Todo era de lo más extraordinario. Seguramente su madre oiría el jaleo desde abajo y subiría a decir que se callaran.

La Muñeca Mala necesitaba recuperar el aliento, así que dejó que prosiguiera la cantinela. Entonces recogió el pincel y la muchedumbre de muñecas enmudeció de repente.

Con un guiño dirigido a sus partidarias, la muñeca tullida dio un salto o dos para acercarse más a Peter y dijo:

—Estás a tus anchas, ¿verdad?

El tono era educado, pero hubo algunas risas ahogadas en la multitud, y Peter supo que le estaban tendiendo una trampa.

—No estoy seguro de lo que quieres decir —dijo.

La Muñeca Mala se volvió hacia la multitud e hizo una buena imitación de la voz de Peter.

—No está seguro de lo que quiero decir. —Se volvió hacia Peter—. Quiero decir que si estás cómodo en tu nueva habitación.

—Ah, eso —dijo Peter—. Sí, mi habitación es fantástica.

Algunas de las muñecas de la alfombra se apresuraron a sacar partido de esa palabra y la repitieron una y otra vez «Fantástica... fantástica... fantástica...» hasta que llegó a parecer una palabra bastante idiota y Peter deseó no haberla utilizado.

La Muñeca Mala esperó pacientemente. Cuando se hizo de nuevo el silencio, preguntó:

—¿Qué? ¿Te gusta tener tu propia habitación?

—Sí —contestó Peter.

—¿Así que te gusta tener una habitación para ti solo?

—Sí. Ya te lo he dicho. Me gusta —dijo Peter.

La Muñera Mala se acercó un poco más de un salto. Peter tuvo la impresión de que estaba llegando a la cuestión fundamental. La Muñeca Mala alzó la voz.

—¿Y no has pensado nunca que alguien más podría querer esa habitación?

—Eso es absurdo —dijo Peter—. Mamá y papá comparten una habitación. Sólo quedamos Kate y yo...

Sus palabras quedaron ahogadas por un rugido de desaprobación de la multitud. La Muñeca Mala consiguió hacer equilibrios con su única pierna mientras levantaba la muleta en el aire para pedir silencio.

—Sólo vosotros dos, ¿eh? —dijo asintiendo hacia la multitud.

Peter se echó a reír. No se le ocurría nada que decir.

La Muñeca Mala se acercó aún más. Peter habría podido alargar el brazo y tocarla. Estaba seguro de que podía oler el chocolate de su aliento.

—¿No crees —dijo— que ya es hora de que le toque el turno a alguien más?

—Eso es absurdo —empezó a decir Peter—. Sólo sois muñecas...

Nada habría podido enfurecer más a la Muñeca Mala.

—Has visto cómo vivimos —gritó—. Somos sesenta hacinadas en una esquina de la habitación. Has pasado por delante de nosotras mil veces y ni siquiera te has fijado. Qué te importa si estamos apiladas unas encima de otras como ladrillos en una pared. No ves lo que tienes delante de las narices. ¡Míranos! No hay espacio, no hay intimidad, la mayoría ni siquiera tenemos cama. Ahora le toca a otra esa habitación. ¡Lo que es justo es justo!

Otro gran rugido surgió de la multitud y, de nuevo, se inició la cantinela.

—¡Lo que es justo es justo! ¡Lo que es justo es justo!

Y mientras duraba el bramido, las muñecas empezaron a escalar la cama, subiéndose a los hombros unas de otras para hacer escaleras con sus cuerpos. Al cabo de unos instantes, toda la banda jadeaba delante de Peter, y entonces la Muñeca Mala, que se había retirado a los pies de la cama, agitó su muleta desde detrás de la multitud y gritó:

—¡Ahora!

Sesenta pares de manos regordetas cogieron la pierna derecha de Peter.

—¡A la una, a las dos y a las tres! —jaleó la Muñeca Mala.

—¡A la una, a las dos y a las tres! —repitió la masa.

Y entonces sucedió algo extraño. La pierna de Peter se salió. Se salió completamente. Peter miró el lugar donde había estado la pierna y, en lugar de sangre, había un pequeño alambre enrollado que sobresalía de sus pantalones rotos.

Es curioso, pensó. Nunca habría imaginado...

Pero no tuvo mucho tiempo para pensar en lo curioso que era porque acto seguido las muñecas le cogieron el brazo derecho, empezaron a tirar al grito de «a la una, a las dos y a las tres», y el brazo también se desprendió y, sobresaliendo por su hombro, asomó otro pequeño muelle.

—¡Eh! —gritó Peter—. ¡Eso es mío!

Pero no hubo manera. El brazo y la pierna fueron pasados por encima de las cabezas de la multitud hasta la Muñeca Mala. Esta cogió la pierna y se la encajó. Perfecta. A continuación se puso el brazo. Ni que lo hubieran fabricado expresamente, ajustaba de maravilla.

Qué extraño, pensó Peter. Habría jurado que mi brazo y mi pierna serían demasiado grandes.

Mientras pensaba eso, las muñecas volvieron a echársele encima y, esta vez, se le subieron por el pecho, le arrancaron el pelo y le desgarraron la ropa.

—¡Fuera! —gritó Peter—, ¡Ay! ¡Me hacéis daño!

Las muñecas reían mientras le arrancaban casi todo el pelo. Sólo le dejaron un largo mechón que nacía de la mitad de la cabeza.

La Muñeca Mala le tiró a Peter su muleta y empezó a saltar para probar su pierna nueva.

—Ahora me toca a mí la habitación —gritó—. Y, en cuanto a él, puede subir allí arriba.

Y señaló la estantería con lo que Peter seguía pensando que era su brazo. La Muñeca Mala saltó ágilmente hasta el suelo, y la multitud se abalanzó para atrapar a Peter y llevarlo a su nuevo hogar. Y así habría acabado todo; pero, justo en ese momento, Kate entró en la habitación.

Ahora bien, intentad imaginar la escena desde donde ella estaba. Había vuelto a casa después de jugar con una amiga, había entrado en su dormitorio y allí estaba su hermano, tumbado sobre la cama libre, jugando con sus muñecas, con todas sus muñecas, moviéndolas de un lado a otro y haciendo sus voces. La única que no estaba en la cama era la Muñeca Mala, que yacía en la alfombra cercana.

Kate pudo haberse enfadado. A fin y al cabo, eso iba en contra de todas las reglas. Peter estaba en su habitación sin permiso y había sacado todas sus muñecas de sitio. Pero, en vez de eso, al ver a su hermano con sesenta muñecas amontonadas sobre él, Kate se echó a reír.

Nada más ver a Kate, Peter se incorporó rápidamente. Se ruborizó.

—Oh..., esto..., lo siento —musitó, e intentó escabullirse.

—Espera un momento —dijo Kate—. Podrías ayudarme a guardar todo esto. Cada una tiene su sitio, ¿sabes?

De modo que Kate le fue diciendo dónde iba cada una y Peter las fue colocando de nuevo en su lugar, sobre el espejo, la cajonera de la ropa, las repisas de las ventanas, la cama, el cochecito.

Parecía que no iba a acabar nunca de ordenarlas. La última en ser devuelta fue la Muñeca Mala. Mientras la colocaba en lo alto de la repisa, Peter estuvo seguro de oírle decir:

—Algún día, chaval, esa habitación será mía.

—¡Recórcholis de diantre! —le susurró Peter—. ¡Mal callo te parta!

—¿Qué has dicho? —preguntó Kate.

Pero su hermano ya había salido de la habitación.


En En las nubes
Traducción: Gabriel López Guix
Imagen: © Colin McPherson/Corbis


21 jun. 2012

Ian McEwan - El gato

No hay comentarios. :


Ian McEwan Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis


Cuando Peter se despertaba por la mañana, nunca abría los ojos hasta haber contestado dos sencillas preguntas. Siempre acudían a él en el mismo orden. Primera pregunta: ¿quién soy? Ah, si, Peter, diez años y medio. A continuación, con los ojos aún cerrados, segunda pregunta: ¿qué día de la semana es hoy? Y allí estaría ese hecho tan sólido e inamovible como una montaña. Martes. Otro día de escuela. Acto seguido se taparía la cabeza con las mantas, se hundiría en lo más hondo de su propia calidez y dejaría que lo engullera la agradable oscuridad. Casi podía fingir que no existía. Pero sabía que tendría que obligarse a salir. El mundo entero estaba de acuerdo en que era martes. La propia tierra, precipitándose a través del frío espacio, girando y moviéndose alrededor del sol, los había llevado a todos hasta el martes y no había nada que Peter, sus padres o el gobierno pudieran hacer para modificar ese hecho. Tendría que levantarse o perdería el autobús, llegaría tarde y se metería en un lío.

Qué cruel era entonces arrancar su cálido cuerpo amodorrado de ese nido y buscar la ropa, sabiendo que, menos de una hora después, estaría tiritando en la parada del autobús. Por la televisión, el hombre del tiempo había dicho que era el invierno más frío de los últimos quince años. Frío, pero no divertido. Ni nieve, ni escarcha, ni siquiera un charco helado en el que patinar. Sólo frío y gris, con un viento glacial que entraba en su dormitorio a través de una rendija de la ventana. Había veces en que le parecía que cuanto había hecho en la vida, y cuanto haría, era despertarse, levantarse e ir al colegio. Y el que todos los demás, incluidos los adultos, tuvieran que levantarse en esas oscuras noches invernales no facilitaba las cosas. Si todos pudieran ponerse de acuerdo para parar, a él también le sería más fácil hacerlo. Pero la tierra seguía dando vueltas, el lunes, el martes, el miércoles volvían otra vez, y todo el mundo seguía saliendo de la cama.

La cocina era una especie de casa intermedia entre su cama y el gran mundo exterior. Allí el aire estaba cargado del humo de las tostadas, el vapor del agua del té y los olores de beicon. Se suponía que el desayuno era una comida familiar, pero rara vez sucedía que los cuatro se encontraran sentados a la mesa al mismo tiempo. Los padres de Peter trabajaban, y siempre había alguien corriendo alrededor de la mesa presa del pánico, buscando un papel, una agenda o un zapato perdidos, y te tenías que sacar tú mismo lo que se estaba cocinando en el horno y buscarte un sitio en la mesa.

El lugar era cálido, casi tan cálido como la cama, pero menos tranquilo. El aire estaba lleno de acusaciones disfrazadas de preguntas.

¿Quién ha dado de comer al gato?
¿A que hora vuelves?
¿Terminaste los deberes?
¿Quién ha cogido mi maletín?

A medida que transcurrían los minutos, aumentaban la confusión y la urgencia. La familia tenía por norma que todo debía quedar ordenado antes de que nadie abandonara la casa. A veces, tenías que sacarte el trozo de beicon de la sartén antes de que alguien la inclinara sobre el cuenco del gato y quedara sumergida entre chisporroteos en el agua del fregadero. Los cuatro miembros de la familia corrían de un lado a otro con platos sucios y paquetes de cereales, chocando unos con otros, y siempre había alguien que murmuraba: «Voy a llegar tarde, voy a llegar tarde. ¡Es la tercera vez esta semana!»

Pero, en realidad, había un quinto miembro en la casa que nunca tenía prisa y que hacía caso omiso del barullo. Yacía estirado en lo alto de la repisa del radiador, los ojos medio cerrados, un bostezo ocasional como único signo de vida. Era un bostezo enorme, un bostezo insultante. La boca se abría en toda su extensión para mostrar una lengua limpia y rosada, y cuando por fin volvía a cerrarse, un confortable estremecimiento vibraba desde los bigotes hasta la cola: William, el gato, se preparaba para pasar el día.

Cuando Peter cogía apresuradamente la cartera y echaba una última mirada a su alrededor antes de salir corriendo de la casa, era a William a quien siempre veía. La cabeza apoyada en una pata, mientras la otra se balanceaba despreocupadamente sobre el borde de la repisa, chapoteando en el ascendente calor. Cuando por fin los ridículos humanos se iban, un gato podía dedicarse a dormir unas cuantas horas a pierna suelta. La imagen del gato adormilado atormentaba a Peter cuando salía de la casa y encontraba la helada ráfaga del viento del norte.

Hay que decir, por si alguien se extraña de que un gato pueda ser considerado un auténtico miembro de una familia, que William era más viejo que Peter y Kate juntos. Siendo un gato joven había conocido a su madre cuando todavía iba al instituto. Había ido con ella a la universidad y, cinco años más tarde, había asistido a su banquete de boda. Cuando Viola Fortune estaba esperando a su primer hijo y se echaba en la cama algunas tardes, el gato William solía formar un gran ovillo encima de ella, encima de lo que era Peter. Tras los nacimientos de Peter y Kate, desapareció de la casa durante días enteros. Nadie supo adonde ni por qué se fue. Había observado serenamente todas las penas y las alegrías de la vida familiar. Había visto cómo los bebés se convertían en niños que empezaban a andar e intentaban arrastrarlo de las orejas y había visto cómo los niños que empezaban a andar se convertían en niños que iban a la escuela. Había conocido a los padres cuando eran una joven y alocada pareja que vivía en una sola habitación. Ahora eran menos alocados en su casa con tres dormitorios. Y el gato William era también menos alocado. Ya no traía ratones o pájaros a la casa para depositarlos a los pies de humanos desagradecidos. Poco después de cumplir catorce años abandonó las peleas y ya no defendía orgullosamente su territorio. Peter consideraba indignante que el bravucón gato de los vecinos se apoderara del jardín, aprovechando que el viejo William no podía hacer nada para impedirlo. A veces, entraba en la cocina por la gatera y se zampaba la comida de William mientras el anciano gato lo contemplaba sin poder hacer nada. Sólo unos pocos años atrás ningún gato sensato se habría atrevido a poner una pata en el césped.

A William debió de afectarle la pérdida de sus fuerzas. Abandonó la compañía de otros gatos y se sentaba solo en la casa sumido en recuerdos y reflexiones. Pero, a pesar de sus diecisiete años, se mantenía lustroso y delgado. Era casi negro, con los pies y el pecho de un blanco deslumbrante, y una mancha blanca en la punta de la cola. A veces iba a buscarte allá donde estuvieras sentado y, tras pensarlo un momento, te saltaba a las rodillas y se quedaba ahí, despatarrado, mirándote fijamente a los ojos sin parpadear. A lo mejor ladeaba la cabeza, sin dejar de sostener la mirada, y maullaba, sólo una vez, y entonces sabías que te estaba diciendo algo importante y profundo que jamás lograrías comprender.

Nada le gustaba tanto a Peter como quitarse los zapatos y tumbarse junto al gato William frente a la chimenea de la sala en una tarde de invierno después de volver de la escuela. Le gustaba agacharse y ponerse al mismo nivel que William, colocar su cara junto a la del gato y ver qué extraordinario era, qué hermosamente no humano, con las púas de pelo negro que surgían formando un globo de la pequeña cara bajo el pelaje y los bigotes blancos con esa curva ligeramente descendente, los pelos de las cejas alzándose como antenas de radio y los pálidos ojos verdes con las hendiduras verticales, como puertas entreabiertas a un mundo en el que Peter jamás podría entrar. En cuanto se acercaba al gato, empezaba un ronroneo sordo y profundo, tan grave y fuerte que el suelo vibraba. Peter sabía que era bien recibido.

Fue una de estas tardes, un martes para ser más precisos, eran las cuatro y ya la luz disminuía, las cortinas estaban echadas y las luces encendidas, cuando Peter se echó en la alfombra junto al lugar donde William yacía ante el brillante fuego cuyas llamas envolvían un grueso tronco de olmo. Por la chimenea bajaba el gemido del helado viento que fustigaba los tejados. Peter había llegado con Kate corriendo desde la parada de autobús para mantenerse en calor. Ahora ya se encontraba a salvo en casa junto a su viejo amigo que estaba fingiendo ser más joven que él, rodando sobre el lomo y dejando que las patas delanteras colgaran inertes. Quería que le acariciara el pecho. Cuando Peter empezó a mover suavemente sus dedos entre el pelaje, el ronroneo se hizo más intenso, tan intenso que todos los huesos del viejo gato resonaron. Y, a continuación, William estiró una pata hacia los dedos de Peter e intentó llevarlos más arriba. Peter dejó que el gato le guiara la mano.

—¿Quieres que te acaricie la mejilla? —murmuró.

Pero no. El gato quería que lo tocara justo en la base de la garganta. Peter notó algo duro, que se movió al rozarlo. Algo se había enredado en el pelaje. Peter se apoyó sobre un codo para investigar. Separó el pelo. Al principio pensó que se trataba de una joya, una pequeña chapa de plata. Pero no había ninguna cadena y, al tocar y mirar más, descubrió que no era de metal, sino de hueso pulido, ovalado y plano en el centro, y, lo más curioso de todo, que estaba sujeto a la piel de William. El trozo de hueso se podía coger bien entre el índice y el pulgar. Apretó los dedos y dio un tirón. El ronroneo del gato William se hizo aún más intenso. Peter tiró de nuevo, hacia abajo, y esa vez notó que algo cedía.

Al mirar entre el pelo apartándolo un poco con la punta de sus dedos, vio que había abierto una pequeña hendidura en la piel del gato. Era como si estuviera cogiendo el tirador de una cremallera. Tiró de nuevo y logró una abertura de unos cinco centímetros de longitud. El ronroneo del gato William provenía de ahí. A lo mejor, pensó Peter, veré latir su corazón. Una pata volvió a empujar suavemente sus dedos. El gato William quería que continuara.

Y eso fue lo que hizo. Descorrió todo el gato desde garganta hasta la cola. Peter tenía ganas de apartar la piel para echar una ojeada dentro. Pero no quería parecer entrometido. Estaba a punto de llamar a Kate cuando se produjo un movimiento, una agitación en el interior del gato, y de la apertura del pelaje emergió un débil resplandor rosado que se fue haciendo cada vez más brillante. Y, de pronto, de dentro del gato William salió una, bueno, una cosa, una criatura. Pero Peter no estaba seguro de que pudiera tocarla, porque parecía hecha completamente de luz. Y aunque no tenía bigotes ni cola, ni ronroneo, ni siquiera pelo ni cuatro patas, todo en ella parecía decir «gato». Era la esencia misma de la palabra, el corazón de la idea. Era un silencioso, ceñido y ondulante pliegue de luz rosada y púrpura, y surgía del interior del gato.

—Tú debes de ser el espíritu de William —dijo Peter en voz alta—. ¿O eres un fantasma?

La luz no hizo ningún sonido, pero comprendió lo que él le decía. Pareció responder, sin decir en realidad ninguna palabra, que era esas dos cosas y muchas otras más.

Cuando salió del gato, que seguía tumbado sobre el lomo en la alfombra delante del fuego, el espíritu se deslizó por el aire y flotó hasta llegar al hombro de Peter, donde se detuvo. Peter no estaba asustado. Sentía el resplandor del espíritu en la mejilla. Y entonces la luz se le deslizó detrás de la cabeza, fuera de su campo de visión. Sintió que le tocaba la nuca, y un cálido escalofrío le recorrió la espalda. El espíritu del gato se apoderó de algo huesudo en la parte superior de su columna vertebral y tiró hacia abajo, a lo largo de la espalda, y, como si su propio cuerpo se abriera, Peter sintió el aire frío de la habitación cosquilleando la calidez de su interior.

Fue de lo más extraño, salir del propio cuerpo, abandonarlo y dejarlo tumbado en la alfombra como una camisa que te acabas de quitar. Peter vio su resplandor, que era púrpura y de un blanco purísimo. Los dos espíritus flotaron en el aire el uno frente al otro. Y entonces Peter supo lo que quería hacer, lo que tenía que hacer. Se deslizó hacia el gato William y se quedó suspendido en el aire. El cuerpo seguía abierto, como una puerta, y parecía tan atrayente, tan acogedor... Se dejó caer y entró. Qué fantástico, vestirte de gato. No era sofocante, como pensaba que tenían que ser todos los interiores. Era seco y cálido. Se tumbó de espaldas y deslizó sus brazos en las patas delanteras de William. A continuación, introdujo las piernas en las patas traseras de William. La cabeza le encajó perfectamente dentro de la cabeza del gato. Dirigió una mirada a su propio cuerpo justo a tiempo de ver cómo el espíritu del gato William desaparecía en él.

Con ayuda de las patas, Peter consiguió tirar el mismo del cierre con facilidad. Se incorporó y dio unos pasos. Qué delicia era caminar sobre cuatro almohadilladas patas blancas. Veía los bigotes que surgían a ambos lados de la cara y sentía la cola que se curvaba tras él. Su andar era ligero y el pelo era igual que el más cómodo de sus viejos jerséis de lana. A medida que aumentaba el placer de ser un gato, su corazón se henchía y una hormigueante sensación procedente de lo hondo de su garganta crecía tanto que hasta podía oírla. Peter estaba ronroneando. Era el gato Peter y a su lado estaba el niño William.

El niño se levantó y se desperezó. A continuación, sin dirigir una palabra al gato que estaba a sus pies, salió de la habitación.

—Mamá —oyó Peter que decía su antiguo cuerpo desde la cocina—, tengo hambre. ¿Qué hay de cenar?

Esa noche Peter se sintió demasiado agitado, demasiado nervioso, demasiado felino para dormir. Hacia las diez, se deslizó por la gatera. El helado aire nocturno no podía penetrar su grueso abrigo de piel. Se dirigió silenciosamente hacia el muro del jardín. Se alzaba ante él, pero, de un salto elegante y realizado sin esfuerzo aparente, se plantó arriba, dispuesto a controlar su territorio. Qué maravilloso era ver en la oscuridad, sentir todas las vibraciones del aire de la noche en sus bigotes y hacerse invisible cuando, a medianoche, apareció un zorro en el camino del jardín para hurgar en los cubos de la basura. Era consciente de la presencia de otros gatos a su alrededor, algunos vecinos, otros de más lejos, yendo y viniendo de sus ocupaciones nocturnas, a lo largo de itinerarios particulares. Después del zorro, un joven gato atigrado había intentado entrar en el jardín. Peter se lo impidió con un bufido y un movimiento de la cola. Había ronroneado interiormente cuando el joven gritó de asombro y emprendió la huida.

Poco después, mientras patrullaba por el elevado muro que se alzaba sobre el invernadero, se encontró cara a cara con otro gato, un intruso más peligroso. Era completamente negro, razón por la cual Peter no lo había visto antes. Era el gato de los vecinos, un ejemplar lleno de vigor y que casi lo doblaba en tamaño, con un cuello ancho y unas patas largas y poderosas. Sin pensarlo siquiera, Peter arqueó el lomo y erizó su pelo para parecer más grande.

—Eh, minino —bufó—, el muro en el que estás subido es mío.

El gato negro pareció sorprendido. Sonrió.

—Fue tuyo hace años, abuelo. ¿Qué piensas hacerme?

—Lárgate, antes de que te eche.

Peter se sorprendió de lo fuerte que se sentía. Ése era su muro, su jardín, y su trabajo era mantener alejados a los gatos hostiles.

El gato negro sonrió de nuevo, con frialdad.

—Escucha, abuelo. Hace mucho tiempo que este muro ya no es tuyo. Estoy pasando. Sal de mi camino o te arrancaré la piel.

Peter se mantuvo firme.

—Si das otro paso más, circo de pulgas ambulante, te ataré los bigotes alrededor del cuello.

El gato negro soltó un prolongado y sarcástico gemido de desprecio. Pero no dio otro paso. En torno a ellos, los gatos vecinos iban surgiendo de la oscuridad para observar el espectáculo. Peter oía sus voces.

¿Una pelea?

¡Una pelea!

¡El vejete ha enloquecido!

¡Como mínimo tiene diecisiete años!

El gato negro arqueó su poderosa columna vertebral y berreó de nuevo, una terrible nota ascendente.

Peter intentó mantener una voz impasible, pero sus palabras salieron con un bufido.

—Fffuera de aquí, fffanfffarrón, o probarás mis afffiladas zarpas.

El gato negro parpadeó. Los músculos de su grueso cuello se ondularon al lanzar una risotada que era también un grito de guerra.

En el muro de enfrente, un gemido de excitación recorrió la multitud, que seguía aumentando.

—El viejo Bill se ha vuelto majara.

—Ha buscado camorra con el gato equivocado.

—Escucha, borrego desdentado —dijo el gato negro con un bufido más penetrante que el de Peter—. Aquí, el jefe soy yo. ¿Te enteras?

El gato negro se dio la vuelta hacia la multitud, que murmuró su asentimiento. Peter pensó que los espectadores no parecían demasiado entusiasmados.

—Mi consejo —prosiguió el gato negro— es que te apartes. O esparciré tus tripas por todo el jardín.

Peter sabía que ya había ido demasiado lejos para echarse atrás. Sacó sus uñas para sostenerse con fuerza al muro.

—¡Rata pomposa! Este muro es mío, ¿me oyes? ¡Y tú no eres más que una diarrea de perro enfermo!

El gato negro dio un grito ahogado. Se oyeron risitas en la multitud. Peter era siempre un niño tan educado... Qué delicia era poder soltar esos insultos.

—Te voy a convertir en desayuno de los pájaros —advirtió el gato negro, y dio un paso hacia delante.

Peter inspiró profundamente. Por el viejo William tenía que ganar. Mientras pensaba eso, la pata del gato negro arremetió contra su cara. Peter tenía el cuerpo de un gato viejo pero la mente de un muchacho joven. Se agachó y sintió cómo la pata, con las uñas agresivamente sacadas, silbaba en el aire justo encima de sus orejas. Alcanzó a ver que el gato negro se sostenía momentáneamente en sólo tres patas. Aprovechó para lanzarse hacia delante y, con las dos patas delanteras, le dio un fuerte empujón en el pecho. No era ése el tipo de cosa que hiciera un gato en una pelea, por lo que sorprendió al gato negro. Con un gañido de asombro, resbaló y se tambaleó hacia atrás, se inclinó sobre el muro y cayó de cabeza a través del techo del invernadero situado más abajo. El helado aire nocturno se vio roto por el estrépito y el musical tintineo del cristal hecho trizas y por el estruendo más terrestre de las macetas quebrándose. Acto seguido, se produjo un silencio. La callada multitud de gatos se asomó desde su muro. Oyeron un movimiento, luego un gemido. Después, apenas visible en la oscuridad, vislumbraron la forma del gato negro cojeando a través del césped. Lo oyeron murmurar:

—No es justo. Las patas y los dientes, sí. Pero empujar así no es justo.

—La próxima vez —gritó Peter— pide permiso.

El gato negro no contestó, pero algo en su renqueante figura fugitiva dejó claro que había comprendido.

A la mañana siguiente, Peter estaba tumbado en lo alto del radiador con la cabeza apoyada en una pata, mientras los demás vagaban como perdidos en la creciente calidez. En torno a él, todo eran prisas y caos. Kate no encontraba su cartera. Las tostadas se habían quemado. El señor Fortune estaba de mal humor porque el café se había acabado y él necesitaba tres tazas cargadas para empezar el día. La cocina estaba hecha un lío, y el lío estaba envuelto en humo de tostadas. ¡Y era tarde tarde tarde!

Peter enroscó la cola alrededor de sus patas traseras e intentó no ronronear demasiado fuerte. En el extremo más alejado de la habitación, estaba su antiguo cuerpo con el gato William dentro, y ese cuerpo tenía que ir a la escuela. El niño William parecía confundido. Tenía el abrigo puesto y estaba listo para salir, pero llevaba sólo un zapato. El otro no aparecía por ningún sitio.

—Mamá —no dejaba de quejarse—, ¿dónde está mi zapato?

Pero la señora Fortune estaba en el pasillo discutiendo con alguien por teléfono.

El gato Peter entrecerró los ojos. Tras su victoria se sentía extremadamente cansado. Pronto la familia se habría ido. La casa quedaría en silencio. Cuando el radiador se hubiera enfriado, subiría al piso de arriba y buscaría la cama más cómoda. En recuerdo de los viejos tiempos, elegiría la suya.

El día transcurrió como había deseado. Durmiendo, bebiendo a lengüetazos un cuenco de leche, volviendo a dormir, comiendo un poco de comida para gatos que en realidad no era tan mala como cabía sospechar por su olor (se parecía bastante al pastel de carne sin puré). Luego, una pequeña siesta. Antes de que se hubiera dado cuenta, fuera, el cielo se oscurecía y los niños volvían de la escuela. El niño William parecía agotado después de un día de escuela y peleas de patio. El gato niño y el niño gato se tumbaron juntos frente a la chimenea del salón. Qué extraño era, pensó el gato Peter, ser acariciado por una mano que el día anterior había sido suya. Se preguntó si el niño William era feliz con su nueva vida de escuela y autobuses, y con tener una hermana, una madre y un padre. Pero la cara del muchacho no dejaba traslucir nada. Era tan lampiña, sin bigotes y sonrosada, con unos ojos tan redondos que era imposible saber lo que decían.

Al cabo de un rato, Peter subió a la habitación de Kate. Como de costumbre, estaba hablando con sus muñecas, les estaba dando una clase de geografía. Por la expresión fija de sus caras, estaba claro que no estaban demasiado interesadas en los ríos más largos del mundo. Peter saltó hasta su regazo y Kate empezó a acariciarlo distraídamente mientras hablaba. Si hubiera sabido que la criatura que tenía en las rodillas era su hermano... Peter se acomodó y ronroneó. Kate empezó una lista de las capitales del mundo que recordaba. Era tan intensamente aburrida que era justo lo que necesitaba para dormirse de nuevo. Sus ojos ya estaban otra vez cerrados cuando la puerta se abrió de golpe y entró el niño William.

—Eh, Peter —dijo Kate—, no has llamado antes de entrar.

Pero su gato-hermano no hizo caso. Atravesó la habitación, le quitó bruscamente a su hermano-gato y salió corriendo con él. A Peter no le gustaba que lo llevaran en brazos. Era algo indigno para un gato de su edad. Intentó luchar, pero el niño William lo agarró con más fuerza y se lanzó escaleras abajo.

—Chis —dijo—. No tenemos mucho tiempo.

William llevó al gato abajo y lo dejó en el suelo.

—Estate quieto —susurró el muchacho—. Haz lo que te diga. Túmbate de espaldas.

Poco pudo hacer el gato Peter, porque el muchacho lo tenía inmovilizado con una mano y buscaba entre su pelo con la otra. Encontró la pieza de hueso pulido y estiró de ella hacia abajo. Peter notó el aire frío penetrando en su interior. Salió del cuerpo del gato. El muchacho buscó en su propia nuca y descorrió el cierre. La luz púrpura y blanca de un gato de verdad emergió del cuerpo del muchacho. Durante un instante, los dos espíritus, el felino y el humano, quedaron suspendidos frente a frente sobre la alfombra. Bajo ellos, sus cuerpos yacían inmóviles, esperando, como taxis listos para partir con sus pasajeros. En el aire flotaba cierta tristeza.

Aunque el espíritu del gato no habló, Peter sintió lo que decía.

—Tengo que regresar —dijo—. Debo empezar una aventura. Gracias por dejarme ser un niño. He aprendido muchas cosas que me serán útiles en el futuro. Pero, sobre todo, gracias por luchar por mí mi última pelea.

Peter quiso decir algo, pero el espíritu del gato empezó a regresar a su propio cuerpo.

—Queda muy poco tiempo —pareció decir, mientras la luz púrpura y blanca se acomodaba dentro del cuerpo del gato.

Peter se deslizó hasta su propio cuerpo y se introdujo en él por la espalda, por la parte superior de la columna vertebral.

Al principio se sintió bastante raro. Ese cuerpo no acababa de encajarle. Era como llevar unas botas de lluvia cuatro números más grandes. Quizá su cuerpo había crecido un poco desde la última vez que lo había utilizado. Consideró mas seguro permanecer estirado unos momentos Mientras lo hacía, el gato William se dio la vuelta y muy lenta y rígidamente salió de la habitación sin dirigirle siquiera una mirada.

Mientras Peter permanecía tumbado, intentando acostumbrarse a su viejo cuerpo, se dio cuenta de algo curioso. El fuego seguía envolviendo el mismo tronco de olmo. Miró por la ventana. El cielo se oscurecía. Aún no se había hecho de noche, era todavía el final de la tarde. En el periódico que estaba tirado cerca de una silla vio que seguía siendo martes. Y pasó otra cosa curiosa. Su hermana Kate entró corriendo en la habitación, llorando. Y tras ella, con un aspecto muy sombrío, estaban sus padres.

—Oh, Peter —gritó su hermana—. Ha pasado algo espantoso.

—Se trata del gato William —explicó su madre—. Me temo que está...

—¡Oh, William!

El lamento de Kate ahogó las palabras de su madre.

—Ha entrado en la cocina —dijo su padre—, se ha subido a su repisa favorita encima del radiador, ha cerrado los ojos y ha... muerto.

—No ha sentido nada —dijo tranquilizadoramente Viola Fortune.

Kate siguió llorando. Peter se dio cuenta de que sus padres lo estaban mirando con inquietud, esperando ver cómo reaccionaba ante la noticia. De toda la familia, él era quien había estado más unido al gato.

—Tenía diecisiete años —dijo Thomas Fortune—. Ha vivido sus buenos años.

—Ha tenido una buena vida —dijo Viola Fortune.

Peter se incorporó lentamente. Dos piernas no parecían suficientes.

—Sí —dijo por fin—. Ha partido hacia otra aventura.

A la mañana siguiente, enterraron a William en el fondo del jardín. Peter fabricó una cruz con unos palos, y Kate hizo una corona con ramas y hojas de laurel. A pesar de que iban a llegar tarde a la escuela y al trabajo, toda la familia acudió junta hasta la tumba. Los niños pusieron las últimas paletadas de tierra. Y fue precisamente entonces cuando a través del suelo ascendió y quedó suspendida en el aire una brillante bola de luz rosada y púrpura.

—¡Mirad! —dijo Peter señalando.

—¿Que miremos qué?

—Aquí delante, justo enfrente.

—Peter, ¿de qué estás hablando?

—Ya está otra vez en las nubes.

La luz se alzó hasta quedar a la altura de la cabeza de Peter. No habló, por supuesto. Eso habría sido imposible. Pero Peter la oyó de todas maneras.

—Adiós, Peter —dijo, mientras empezaba a desvanecerse ante sus ojos—. Adiós, y gracias de nuevo.


En En las nubes
Traducción: Gabriel López Guix
Imagen: © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

12 oct. 2011

Ian McEwan: Expiación (Primera parte, I)

No hay comentarios. :




Briony escribió la obra —para la que ella misma había diseñado los carteles, los programas y las entradas, construido la taquilla con una cartulina doblada por un lado, y forrado la caja de recaudación con papel crepé rojo— en una tormenta compositiva que duró dos días y que le hizo saltarse un desayuno y un almuerzo. Cuando los preparativos hubieron terminado, no le quedó nada más por hacer que contemplar el borrador acabado y aguardar la aparición de sus primos del lejano norte. Sólo habría un día para ensayar antes de que llegara su hermano. Por momentos gélida, a ratos tristísima, la obra refería la historia de un alma cuyo mensaje, transmitido en un prólogo en verso, era que el amor que no asentaba sus cimientos en la sensatez estaba condenado. La temeraria pasión de la heroína, Arabella, por un malvado conde extranjero es castigada con el infortunio cuando ella contrae el cólera durante un avance impetuoso hacia una ciudad costera con su prometido. Abandonada por él y por casi todo el mundo, postrada en cama en una buhardilla, descubre que posee sentido del humor. La fortuna le ofrece una segunda oportunidad en forma de médico empobrecido: en verdad, se trata de un príncipe disfrazado que ha elegido ocuparse de los necesitados. Curada por él, esta vez Arabella elige sensatamente y obtiene la recompensa de la reconciliación con su familia y una boda con el príncipe médico, «un día ventoso y soleado de primavera».

La señora Tallis leyó las siete páginas de Las tribulaciones de Arabella en su dormitorio, ante su tocador, mientras los brazos de la autora le rodeaban el cuello. Briony examinó la cara de su madre en busca de cada rastro de emoción cambiante, y Emily Tallis correspondió con expresiones de alarma, risas de alegría y, al final, sonrisas de gratitud y gestos de juicioso asentimiento. Cogió a su hija en brazos, la sentó en su regazo —ah, aquel cuerpecito terso y cálido que ella recordaba de la infancia y que todavía no había perdido, no del todo— y dijo que la obra era «magnífica», y accedió al instante, cuchicheando en la tensa voluta de la oreja de la niña, a que esta palabra suya se citase en el cartel que habría en el vestíbulo, colocado sobre un caballete, junto a la taquilla. 

Briony difícilmente podía saberlo entonces, pero aquél era el punto culminante del proyecto. Nada igualaba aquella satisfacción, todo lo demás eran sueños y frustración. Había momentos en los anocheceres de verano, después de haber apagado la luz, en que, acurrucándose en la penumbra deliciosa de su cama doselada, hacía que el corazón le palpitase con luminosas y anhelantes fantasías, obras breves en sí mismas, en cada una de las cuales aparecía León. En una, su carota bondadosa se contraía de pena cuando Arabella estaba desesperada y sola. En otra la sorprendían, cóctel en mano en algún abrevadero de moda, alardeando ante un grupo de amigos: Sí, mi hermana pequeña, Briony Tallis, la escritora, sin duda habéis oído hablar de ella. En una tercera daba un puñetazo exultante en el aire cuando caía el telón, aunque no había telón ni posibilidad de que lo hubiera. Su obra no era para sus primos, era para su hermano, para celebrar su regreso, provocar su admiración y apartarle de su alegre sucesión de novias para orientarle hacia la clase idónea de esposa, la que le convencería de que volviese al campo, la que dulcemente pediría que Briony oficiase como dama de honor. 

Era una de esas niñas poseídas por el deseo de que el mundo fuera exactamente como era. Mientras que el cuarto de su hermana mayor era un desbarajuste de libros sin cerrar, ropas sin doblar, cama sin hacer, ceniceros sin vaciar, el de Briony era un santuario erigido a su demonio dominante: la granja en miniatura que se extendía a lo largo de un ancho alféizar contenía los animales habituales, pero todos miraban hacia un mismo lado —hacia su ama—, como si estuvieran a punto de cantar, y hasta las gallinas del corral estaban meticulosamente guardadas en el corral. De hecho, el cuarto de Briony era la única habitación ordenada de todas las del piso superior de la casa. Las muñecas, con la espalda rígida en su casa de muchas habitaciones, parecían haber recibido instrucciones severas de no tocar las paredes; las diversas figuras, del tamaño de un pulgar, colocadas de pie en el tocador —vaqueros, submarinistas, ratones humanoides— recordaban por el orden y la distancia que reinaba en sus filas a un ejército de ciudadanos a la espera de órdenes. 

El gusto por las miniaturas era un rasgo de un espíritu ordenado. Otro era la pasión por los secretos: en un precioso buró barnizado, en un cajón secreto que se abría presionando el extremo de un ingenioso ensamblaje a cola de milano, guardaba un diario cerrado con un broche y un cuaderno escrito en un código inventado por ella. En una caja de caudales de juguete, con una combinación de seis números secretos, guardaba cartas y postales. Tenía una vieja cajita de hojalata escondida debajo de una tabla suelta debajo de la cama. En la cajita había tesoros que databan de hacía cuatro años, desde su noveno cumpleaños, cuando empezó a coleccionar: una muíante bellota doble, pirita de hierro, un hechizo para provocar la lluvia comprado en una feria, una calavera de ardilla liviana como una hoja. 

Pero cajones secretos, diarios bajo llave y sistemas criptográficos no le ocultaban a Briony la sencilla verdad: que no tenía secretos. Su anhelo de un mundo organizado y armonioso le denegaba las posibilidades temerarias de una mala conducta. El tumulto y la destrucción eran, para su gusto, demasiado caóticos, y en su talante no había crueldad. Su estatuto, en la práctica, de hija única, y el relativo aislamiento de la casa Tallis, la apartaban, al menos durante las largas vacaciones del verano, de las intrigas femeniles con amigas. Nada en su vida era lo bastante interesante o vergonzoso para merecer un escondrijo; nadie sabía lo de la calavera de ardilla debajo de su cama, pero nadie quería saberlo. Nada de esto representaba para ella una congoja especial; o, mejor dicho, parecía representarlo sólo retrospectivamente, cuando se hubo encontrado una solución. 

A la edad de once años había escrito su primer relato; una tontería, una imitación de media docena de cuentos populares y desprovisto, como comprendió más tarde, de ese conocimiento vital de las cosas del mundo que inspira respeto a un lector. Pero esta torpe primera tentativa le enseñó que la imaginación era en sí misma una fuente de secretos: una vez empezada una historia, no se la podía contar a nadie. Fingir con palabras era algo demasiado inseguro, demasiado vulnerable, demasiado embarazoso para que alguien lo supiera. Hasta escribir los eya dijo y los y entonses le daba escalofríos, y se sentía una tonta al simular que conocía las emociones de una criatura imaginaria. Al describir la debilidad de un personaje era inevitable exponer la suya propia; el lector no podía no conjeturar que estaba describiéndose a sí misma. ¿Qué otra autoridad podía tener ella? Sólo cuando un relato estaba terminado, todos los destinos resueltos y toda la trama cerrada de cabo a rabo, de suerte que se asemejaba, al menos en este aspecto, a todos los demás relatos acabados que había en el mundo, podía sentirse inmune y en condiciones de agujerear los márgenes, atar los capítulos con un bramante, pintar o dibujar la cubierta e ir a enseñar la obra concluida a su madre o a su padre, cuando estaba en casa. 

Sus esfuerzos recibieron aliento. De hecho, fueron bien acogidos porque los Tallis empezaban a entender que la benjamina de la familia poseía una mente extraña y facilidad para las palabras. Las largas tardes que pasaba consultando diccionarios y tesauros explicaban construcciones que eran incongruentes, pero de un modo inquietante: las monedas que un maleante escondía en sus bolsillos eran «esotéricas», un matón sorprendido en el acto de robar un automóvil lloraba «con indecorosa autoexculpación»; la heroína a lomos de un semental pura sangre hacía un viaje «somero» en plena noche, la frente arrugada del rey era un «jeroglífico» de su desagrado. Briony era exhortada a leer sus narraciones en voz alta en la biblioteca, y a sus padres y a su hermana mayor les asombraba oír a la niña apacible leyendo con tanto aplomo, haciendo grandes gestos con el brazo libre, arqueando las cejas al hacer las voces, y levantando la vista de la página durante varios segundos a medida que leía, con el fin de mirar una tras otra las caras de todos y exigir sin el menor empacho la atención total de su familia mientras vertía su sortilegio narrativo. 

Aunque no hubiese contado con la atención, el aplauso y el placer evidente de sus familiares, habría sido imposible impedir que Briony escribiera. En cualquier caso, estaba descubriendo, como muchos escritores antes que ella, que no todo reconocimiento es útil. El entusiasmo de Cecilia, por ejemplo, parecía un poco exagerado, quizás teñido de condescendencia, y además entrometido; su hermana mayor quería que todas sus obras encuadernadas fueran catalogadas y colocadas en los anaqueles de la biblioteca, entre Rabindranath Tagore y Quinto Tertuliano. Si aquello pretendía ser una broma, Briony hizo caso omiso. Ya estaba encauzada, y había encontrado satisfacción en otros planos; escribir relatos no sólo entrañaba secreto, sino que también le brindaba todos los placeres de miniaturizar. Se podía construir un mundo en cinco páginas, y hasta más placentero que una granja en miniatura. La infancia de un príncipe mimado podía comprimirse en media página; un rayo de luz de luna sobre un pueblo dormido era una frase rítmicamente enfática; era posible describir el hecho de enamorarse con una sola palabra: una mirada. Toda la vida que contenían las páginas de un cuento recién terminado parecía vibrar en su mano. Su pasión por el orden también se veía satisfecha, pues se podía ordenar un mundo caótico. Se podía hacer que una crisis en la vida de una heroína coincidiera con granizo, vendavales y truenos, mientras que las ceremonias nupciales, por lo general, gozaban de buena luz y brisas suaves. El amor al orden configuraba asimismo los principios de la justicia, en los que la muerte y el matrimonio eran los motores para el gobierno de un hogar, el primero reservado en exclusiva para lo moralmente dudoso, y el segundo como premio postergado hasta la última página. 

La obra que había escrito para el regreso de León a casa era su primera incursión en el teatro, y el cambio de género le había parecido muy fácil. Era un alivio no tener que escribir eya dijo, ni tener que describir el clima, el comienzo de la primavera o la cara de la heroína; había descubierto que una variación infinita. Un universo reducido a lo que se decía en él representaba el orden, en efecto, casi hasta el extremo de la inanidad, y, para compensar, cada frase se enunciaba enfatizando al máximo un sentimiento u otro, al servicio de lo cual era indispensable el signo de admiración. Puede que Las tribulaciones de Arabella fuera un melodrama, pero su autora no conocía aún ese vocablo. La obra no se proponía inspirar risa, sino terror, alivio e instrucción, por este orden, y la inocente intensidad con que Briony emprendió el proyecto —los carteles, las entradas, la taquilla— la hacía especialmente vulnerable al fracaso. Le habría sido fácil recibir a León con otro de sus relatos, pero fue la noticia de la llegada de sus primos del norte lo que la había empujado a dar el salto hacia un género nuevo. 

A Briony debería haberle importado más que Lola, que tenía quince años, y los dos gemelos de nueve, Jackson y Pierrot, fuesen refugiados de una acerba guerra civil doméstica. Había oído a su madre criticar la conducta impulsiva de su hermana pequeña, Hermione, y lamentar la situación de los tres niños, y denunciar a su cuñado, Cecil, pusilánime y evasivo, que había huido a la seguridad de All Souls College, en Oxford. Briony había oído a su madre y a su hermana Cecilia analizar las últimas novedades y agravios, las acusaciones y las réplicas a éstas, y sabía que la visita de sus primos tendría una duración indefinida y que quizás se prolongase hasta el comienzo de las clases. Había oído decir que la casa podía absorber con facilidad a tres niños, y que los Quincey podrían quedarse tanto tiempo como quisieran, siempre que los padres, si les visitaban los dos al mismo tiempo, se abstuvieran de dirimir sus querellas en el hogar de los Tallis. Habían limpiado el polvo de dos habitaciones cercanas a la de Briony, habían colgado cortinas nuevas y trasladado muebles de otros cuartos. Normalmente, ella habría participado en estos preparativos, pero casualmente coincidieron con una racha de escritura de dos días y con la reconstrucción de la fachada. Vagamente sabía que el divorcio era una aflicción, pero no lo consideraba un tema apropiado, y no pensaba en ello. Era un desenlace mundano irreversible, y por lo tanto no ofrecía oportunidades a un narrador: pertenecía al reino del desorden. Lo bueno era el matrimonio o, mejor dicho, una boda, acompañada de la pureza formal de la virtud recompensada, de la emoción de la pompa y del banquete, y de la promesa de vértigo de una unión de por vida. Una buena boda era la representación inconfesada de lo que todavía era impensable: el gozo sexual. En las naves de iglesias rurales y de grandiosas catedrales urbanas, en presencia de una sociedad completa de familia y amigos que aprobaban el acto, las heroínas y los héroes de Briony alcanzaban sus climax inocentes sin necesidad de ir más lejos. 

Si el divorcio se hubiera presentado como la antítesis ruin de todo esto, habría sido fácil arrojarlo al otro platillo de la balanza, junto con la perfidia, la enfermedad, el robo, las agresiones y las mentiras. Pero ofrecía una faz nada atractiva de complejidad insípida y discusión incesante. Al igual que el rearme, la cuestión de Abisinia y la jardinería, lisa y llanamente no era un tema, y cuando, después de una larga espera la mañana del sábado, Briony oyó por fin el sonido de ruedas sobre la grava que había debajo de la ventana de su cuarto, y agarró al vuelo sus páginas y bajó corriendo las escaleras, cruzó el vestíbulo y salió a la luz cegadora del mediodía, no fue tanto la insensibilidad como la reconcentrada ambición artística la que la impulsó a gritar a sus aturdidos y jóvenes visitantes, apretujados con su equipaje junto al carruaje: «Ya he escrito vuestros papeles. ¡Primera función, mañana! ¡Los ensayos empiezan dentro de cinco minutos!»

Inmediatamente aparecieron su madre y su hermana para decretar un horario más flexible. Los recién llegados —los tres, pelirrojos y pecosos— fueron conducidos a sus habitaciones, sus cajas fueron acarreadas por Danny, el hijo de Hardman, hubo un refresco en la cocina, un recorrido por la casa, un baño en la piscina y el almuerzo en el jardín del sur, a la sombra de las parras. Durante todo ese tiempo, Emily y Cecilia Tallis mantuvieron un ajetreo que sin duda privó a los huéspedes de la comodidad que supuestamente debía conferirles. Briony sabía que si hubiese viajado trescientos kilómetros para llegar a una casa extraña, las preguntas inteligentes y los comentarios jocosos, y el que le dijeran de cien maneras distintas que era libre de elegir, la habrían envarado. Nadie comprendía, en general, que lo que más querían los niños era que les dejasen en paz. Sin embargo, los Quincey se esforzaron mucho en fingir que el recibimiento les divertía y les liberaba, lo cual era un buen presagio para Las tribulaciones de Arabella: estaba claro que el trío poseía el don de ser lo que no era, aunque se parecían bien poco a los personajes que iban a representar. Antes del almuerzo, Briony se escabulló a la sala de ensayos vacía —el cuarto de juegos— y deambuló de un lado a otro de los tablones pintados, considerando las opciones referentes al reparto. 

A la vista de aquello, era improbable que Arabella, que tenía el pelo tan moreno como Briony, descendiese de padres pecosos o se fugase con un pecoso conde extranjero, alquilase una buhardilla a un posadero con pecas, se enamorase de un príncipe pecoso y se casara ante un párroco con pecas ante una feligresía igualmente pecosa. Pero la cosa iba a ser así. La tez de sus primos era demasiado nítida —¡casi fluorescente!— para poder ocultarla. Lo mejor que se podía decir es que la cara sin pecas de Arabella era el signo —el jeroglífico, quizás Briony hubiese escrito— de su distinción. Su pureza de espíritu jamás se pondría en duda, aunque ella se moviese en un mundo mancillado. Había un problema adicional con los gemelos: nadie que no los conociese podía distinguirlos. ¿Estaba bien que el malvado conde se pareciese tanto al guapo príncipe, o que los dos se pareciesen al padre de Arabella y al párroco? ¿Y si Lola hacía de príncipe? Jackson y Pierrot tenían aspecto de ser los típicos niños afanosos que seguramente harían lo que les dijeran. ¿Pero su hermana interpretaría a un hombre? Tenía los ojos verdes, huesos prominentes en la cara y las mejillas hundidas, y en su reticencia había algo frágil que sugería una voluntad fuerte y un genio muy vivo. El mero ofrecimiento a Lola de aquel papel tal vez provocase un conflicto, y, a decir verdad, ¿podría Briony cogerle de la mano delante del altar mientras Jackson recitaba la fórmula solemne del rito anglicano? 

Hasta las cinco de aquella tarde no pudo congregar a su elenco en el cuarto de juegos. Había colocado tres taburetes en fila, y ella acomodó el trasero en una antigua trona: un toque bohemio que le dio la ventaja de altura de un arbitro de tenis. Los gemelos acudieron a regañadientes desde la piscina, donde habían estado tres horas seguidas. Estaban descalzos y llevaban camisetas encima de los bañadores que goteaban sobre el suelo de madera. También les caía por el cuello agua procedente de su pelo enmarañado, y los dos tiritaban y sacudían las rodillas para entrar en calor. La larga inmersión les había arrugado y blanqueado la piel, por lo que sus pecas reaparecieron a la luz relativamente tenue del cuarto. Su hermana, que se sentó entre ellos dos, con la pierna izquierda en equilibrio sobre la rodilla derecha, guardaba, por contraste, una compostura perfecta tras haberse asperjado profusamente de perfume y puesto un vestido de cuadros verdes para compensar sus otros colores. Sus sandalias mostraban una pulsera en el tobillo y las uñas de los pies pintadas de bermellón. Ver aquellas uñas produjo en el esternón de Briony una sensación opresiva, y supo al instante que no podía pedirle a Lola que interpretara al príncipe. 

Todo el mundo ocupaba su sitio y la dramaturga estaba a punto de empezar su pequeña alocución, resumiendo la trama y evocando la emoción de actuar ante un auditorio adulto la noche siguiente en la biblioteca. Pero fue Pierrot quien habló primero. 
—Odio las obras de teatro y todas esas cosas. 
—Yo también, y disfrazarme —dijo Jackson. 

Durante el almuerzo habían explicado que a los gemelos se les distinguía porque a Pierrot le faltaba un triángulo de carne en el lóbulo de la oreja izquierda, por culpa de un perro al que había atormentado cuando tenía tres años. 

Lola apartó la vista. Briony dijo, juiciosamente: 
—¿Cómo puedes odiar el teatro? 
—Sólo sirve para lucirse —dijo Pierrot, y se encogió de hombros mientras enunciaba esta evidencia. 

Briony supo que tenía razón. Por eso precisamente ella adoraba las obras de teatro, o por lo menos la suya; todo el mundo la adoraría a ella. Al mirar a sus primos, debajo de cuyas sillas se estaba encharcando agua que luego se filtraba por las grietas entre las tablas, supo que nunca comprenderían su ambición. La indulgencia suavizó su tono. 
—¿Tú crees que Shakespeare sólo quería lucirse? Pierrot miró hacia Jackson por encima de las rodillas de su hermana. Aquel nombre bélico le era vagamente familiar, con su tufillo a escuela y a certeza adulta, pero los gemelos se infundían valor mutuamente. 
—Todo el mundo sabe que sí. 
—Segurísimo. Cuando Lola hablaba, primero se dirigía a Pierrot y a mitad de la frase se volvía en redondo para terminarla dirigiéndose a Jackson. En la familia de Briony, la señora Tallis nunca tenía nada que comunicar que requiriese decírselo simultáneamente a las dos hermanas. Ahora Briony vio cómo se hacía.
—O actuáis en la obra u os lleváis un tortazo y después hablo con «los padres». 
—Si nos das un tortazo, nosotros hablaremos con «los padres». 
—O actuáis en esta obra o hablaré con «los padres». Que la amenaza hubiese sido claramente rebajada no pareció disminuir su poder. Pierrot se chupó el labio inferior. 
—¿Por qué tenemos que hacerlo? La pregunta lo concedía todo, y Lola trató de revolverle el pelo pringoso.
—¿Te acuerdas de lo que han dicho «los padres»? Somos invitados en esta casa y debemos portarnos..., ¿cómo debemos portarnos? Venga. Dime cómo. 
—Dócilmente —dijeron los gemelos a coro, compungidos, tropezándose apenas con la palabra rara. 
Lola se volvió hacia Briony y sonrió. 
—Por favor, cuéntanos tu obra. 

«Los padres». Cualquier poder institucional que encerrase este plural, fuera la que fuese, estaba a punto de desmoronarse o ya lo había hecho, pero por ahora no podían saberlo, y exigía valor hasta de los más jóvenes. Briony se avergonzó súbitamente del egoísmo de su conducta, pues no se le había ocurrido pensar que sus primos no quisieran representar sus personajes en Las tribulaciones de Arabella. Pero tenían sus tribulaciones, una catástrofe propia, y ahora, en su calidad de huéspedes en su casa, se creían obligados. Lo que aún era peor, Lola había dejado claro que ella también actuaría a disgusto. Estaba coaccionando a los vulnerables Quincey. Y, sin embargo —Briony se esforzaba en captar el difícil pensamiento—, ¿no había una manipulación allí, no estaba Lola utilizando a los gemelos para expresar algo en su nombre, algo hostil y destructivo? Briony sintió la desventaja de ser dos años más joven que la otra chica, de tener dos años menos de refinamiento, y ahora su obra le parecía algo deprimente y bochornoso. 

Evitando todo el rato la mirada de Lola, empezó a resumir la trama, pese a que la estulticia de la misma comenzaba a abrumarla. Ya no le quedaban ánimos para inventar para sus primos la emoción de la primera noche. 

En cuanto hubo terminado, Pierrot dijo: 
—Quiero ser el conde. Quiero ser un malvado. 
Jackson se limitó a decir: 
—Yo soy el príncipe. Siempre soy un príncipe. 
Briony habría podido atraerles hacia ella y besarles la carita, pero dijo: 
—De acuerdo, entonces. 
Lola descruzó las piernas, se alisó el vestido y se levantó, como si fuera a irse. Habló con un suspiro de tristeza o resignación. 
—Supongo que como tú has escrito la obra, serás Arabella... 
—Oh, no —dijo Briony—. No. Nada de eso. 

Decía que no, pero quería decir «sí». Por supuesto que ella interpretaba el papel de Arabella. A lo que objetaba era al «como tú» de Lola. No hacía de Arabella porque había escrito la obra, sino porque ninguna otra posibilidad se le había pasado por la cabeza, porque así era como León iba a verla, porque ella era Arabella. 

Pero había dicho que no, y ahora Lola decía dulcemente: 
—En ese caso, ¿no te importa que lo haga yo? Creo que lo haría muy bien. En realidad, de nosotras dos...
Dejó la frase en suspenso, y Briony la miró fijamente, incapaz de evitar una expresión de horror, incapaz de hablar. Sabía que le estaba arrebatando el papel, pero no se le ocurría nada que decir para recuperarlo. Lola aprovechó el silencio de Briony para apuntalar su ventaja. 
—Tuve una larga enfermedad el año pasado, así que también puedo hacer muy bien esa parte. ¿También? Briony no acertaba a ponerse a la altura de la chica más mayor. La desdicha de lo inevitable le enturbiaba el pensamiento. 
Uno de los gemelos dijo, con orgullo: 
—Y actuaste en la obra del colegio. 

¿Cómo decirles que Arabella no tenía pecas? Tenía la piel clara y el pelo negro, y sus pensamientos eran los de Briony. Pero ¿cómo iba a negárselo a una prima tan alejada de su hogar y cuya vida familiar había naufragado? Lola le leía la mente, pues entonces jugó su baza definitiva, el as irrecusable. 
—Di que sí. Es lo único bueno que me ha sucedido en meses

Sí. Incapaz de apretar la lengua contra esta palabra, Briony se limitó a asentir con la cabeza, y sintió al hacerlo un malhumorado escalofrío de aquiescencia autodestructiva que se le extendía por la piel y se expandía hacia fuera de ella, oscureciendo la habitación con sus pulsaciones. Tuvo ganas de marcharse, de tumbarse a solas, de bruces en su cama, para saborear el gusto repugnante del momento, y remontar las consecuencias ramificadas hasta el punto a partir del cual la destrucción había empezado. Necesitaba contemplar con los ojos cerrados toda la riqueza que había perdido, a la que había renunciado, y prever el nuevo régimen. No sólo había que tener en cuenta a León, sino ¿qué iba a pasar con el vestido antiguo de satén crema y melocotón que su madre tenía preparado para ella, para la boda de Arabella? No iban a dárselo a Lola. ¿Cómo iba su madre a negárselo a la hija que la había amado durante todos aquellos años? Al ver que el vestido se ajustaba perfectamente a los contornos de su prima y observar la sonrisa cruel de su madre, Briony supo que su única alternativa razonable sería en ese caso huir, vivir debajo de setos, comer bayas y no hablar con nadie hasta que un silvicultor la encontrase un amanecer de invierno, al pie de un roble gigantesco, hermosa y muerta y descalza, o tal vez con las zapatillas de ballet de cintas rosas...

Compadecerse a sí misma reclamaba toda su atención, y únicamente a solas podría infundir vida a los detalles lacerantes, pero en el instante en que asintió —¡cómo una simple inclinación de cabeza podía cambiar una vida!—, Lola ya había recogido del suelo el bulto del manuscrito de Briony y los gemelos se habían deslizado de sus sillas para seguir a su hermana al espacio central del cuarto que Briony había despejado la víspera. ¿Se atrevería a marcharse ahora? Lola deambulaba por las tablas con una mano en la frente mientras hojeaba las primeras páginas de la obra, murmurando las líneas del prólogo. Anunció que nada se perdía empezando por el principio, y ahora estaba designando a sus hermanos para que encarnasen a los padres de Arabella y les estaba describiendo la escena inaugural como si lo supiese todo sobre ella. El progreso de la dominación de Lola era implacable y tornaba extemporánea la piedad de Briony por sí misma. ¿O sería tanto más aniquiladoramente deliciosa? Briony, en efecto, ni siquiera había sido elegida para el papel de madre de Arabella, y sin duda era el momento de escabullirse del cuarto para derrumbarse de bruces en la oscuridad de la cama. Pero fue el dinamismo de Lola, su indiferencia por todo lo que no fuese su propio interés, y la certeza de Briony de que sus propios sentimientos no serían siquiera advertidos, y de que tampoco provocarían uno de culpa, lo que le dio la fuerza para resistir. 

Tras una vida protegida y, en general, placentera, hasta entonces nunca había tenido que enfrentarse con nadie. Ahora lo veía: era como bucear en la piscina a principios de julio; simplemente tenías que incitarte a hacerlo. Cuando se bajó de la silla alta y estrecha y caminó hasta donde estaba su prima, el corazón le aporreaba engorrosamente el pecho y le robaba el aliento. 

Le quitó de las manos la obra a Lola y, con un tono más cohibido y agudo que el habitual, dijo: 
—Si tú eres Arabella, entonces yo soy la directora, muchísimas gracias, y leeré el prólogo. 
Lola se tapó la boca con su mano pecosa. 
—¡Perdddón! —gritó—. Sólo quería empezar. 
Como Briony no sabía muy bien qué responder, se volvió hacia Pierrot y le dijo: 
—No te pareces mucho a la madre de Arabella. 

La contraorden al reparto decidido por Lola y la risa que suscitó en los chicos establecieron un cambio en el equilibrio de poder. Lola alzó de un modo exagerado sus hombros huesudos y se fue a mirar por la ventana. Quizás ella también luchaba contra la tentación de huir del cuarto. 

A pesar del combate de lucha libre que entablaron los gemelos, y de que su hermana presintió la aparición de una jaqueca, el ensayo dio comienzo. Fue un silencio tenso el que se hizo mientras Briony leía el prólogo.

He aquí la historia de la espontánea Arabella 
que se fugó con un tipo extrínseco. 
Afligió a los padres que su primogénita 
desapareciera del hogar para irse rumbo a Eastbourne 
sin su consentimiento... 

El padre de Arabella, flanqueado por su esposa, de pie ante las puertas de hierro forjado de su heredad, primero suplica a su hija que reconsidere su decisión y luego, desesperado, le ordena que no se vaya. Frente a él tiene a la triste pero terca heroína, con el conde a su lado, y los caballos, amarrados a un roble, relinchaban y piafaban de impaciencia. Era de suponer que los más tiernos sentimientos del padre harían temblar su voz cuando decía: 

Querida mía, eres joven y adorable 
pero eres inexperta, y aunque pienses 
que el mundo está a tus pies, 
puede levantarse y pisotearte. 

Briony colocó a los actores en sus sitios respectivos; ella se aferraba al brazo de Jackson, y Lola y Pierrot, cogidos de la mano, estaban a varios palmos de distancia. Cuando los chicos cruzaron las miradas les invadió un acceso de risa que las chicas silenciaron. Ya había habido bastantes problemas, pero Briony sólo empezó a entender la sima que media entre una idea y su ejecución cuando Jackson comenzó a leer su hoja con un afligido tono monocorde, como si cada palabra fuese un nombre en una lista de personas fallecidas, y era incapaz de pronunciar «inexperta» por muchas veces que le dijeran cómo se pronunciaba, y se dejó las dos últimas palabras de su parlamento: «puede levantarse y pisotearte». En cuanto a Lola, recitó sus líneas correcta pero negligentemente, y en ocasiones sonreía de un modo inoportuno como si pensara en algo suyo, resuelta a demostrar que su mente casi adulta estaba en todas partes. 

Y así continuaron los primos del norte durante media hora, estropeando gradualmente la creación de Briony, y fue una bendición, por consiguiente, que su hermana mayor entrara para llevarse a los gemelos al baño. 

Traducción de Jaime Zulaika 
Barcelona, Anagrama, 2002