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14 jun. 2012

Francois Mauriac - Los demonios de María Magdalena

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Francois Mauriac © Bettmann/CORBIS


Un rasgo nos inclina a confundir a la penitente de los cabellos lacios con María Magdalena: porque a ésta se refieren siempre los Evangelios como a la mujer que el Señor libró de siete demonios. Pues bien, la pecadora que entra en la sala con sus perfumes, no es una desconocida para el Hijo del Hombre. Hubiera podido no decirle, como a las demás: "Tus pecados te serán perdonados…" Porque dicho perdón ha sido ya obtenido. La criatura bañada en lágrimas es, sin duda alguna, una mujer entregada a los demonios desde hace ya bastante tiempo; parece como si hubiera alcanzado entonces, en el camino del regreso, aquel lugar del camino en donde el alma, a la luz del amor, descubre a la vez la multitud de sus crímenes y los penetra uno a uno en su horror, les sigue paso a paso hasta lo más hondo de las almas arrastradas y mancilladas, se pierde y confunde en la red sin fin del escándalo, en las ramificaciones de la responsabilidad.

Ignoraremos siempre cómo esa mujer poseída por el amor con una fuerza más poderosa que la de los siete demonios, había pasado de una posesión a otra, pues el Evangelio nada dice sobre esto. ¿Fue rápido o largamente disputado el combate? Quisiéramos saber si el maestro de toda carne usó de su poder de Dios para yugular aquélla o si, por el contrario, la dejó libre y fiaba en el amor que, ante su llamada, comenzaba a brotar a través de tantos escombros, lavando todas las manchas y cubriendo toda vergüenza.

Conocemos esta vergüenza, esta mancha. El fariseo menospreciaba a la mujer llorosa e hincada de rodillas, porque a los ojos de los puros era una intocable. Los siete demonios de María Magdalena caben muy bien en un único demonio. No existe más que un demonio tal como existen mil, y todas las posibilidades del mal fructifican en esa lujuria cuyo nombre, por sí solo, cubre de púrpura la faz de los santos.

No se trata aquí de pobres flaquezas, de faltas a las que toda criatura está sujeta, de miserias que humillan a los adolescentes y cubren de vergüenza a los hombres de edad; sino de una posesión de la que algunos son víctimas: los que en el sentido absoluto están enloquecidos por su cuerpo, cuya razón de estar en el mundo no consiste más que en buscar lo absoluto en la carne. Éstos son verdaderamente los poseídos por los siete demonios, a los que damos el nombre de los siete pecados.

Primero, el orgullo: una criatura prostituida saborea hasta la locura su poder sobre los corazones, esta licencia de hacerlos sufrir, de entregarlos indefensos a los celos, de separarlos de cuantos aman. En este plano, ¿qué es peor: la crueldad femenina o la vanidad del varón? Hemos recibido alguna vez tal o cual confidencia, proferida con el tono más desenfadado: "Él murió por mí… Ella se mató por mí…"
Asesinos. Y si todos los lujuriosos no vertieron la sangre de su cuerpo adulto, todos aniquilaron, en el acto desviado de su fin natural, las almas que hubieran podido nacer. Y destruyeron otras ya nacidas.

El instinto de no perderse solo, se halla arraigado en las entrañas de los seres carnales; los que forman esa muchedumbre que Cristo nos muestra apretujándose, agolpándose en la anchurosa carrera de la perdición, no están reunidos allí como por azar; se estaban buscando y se hallaron; cómplices y culpables, unos necesitan a los otros para condenarse. Como los animales se agrupan según su especie, ellos se clasifican según sus vicios. Cada vicio particular lleva distintivo sobre el ganado de sus fieles. El día del juicio les sorprenderá juntos y no será preciso hacer sonar la trompeta para llamarles desde los cuatro puntos del globo: el sombrío racimo de cada enjambre está ya formado de antemano, y al Ángel negro sólo le bastará apoderarse de ellos.

Aun cuando el cemento de un vicio común les una hasta confundirlos, la envidia, los celos, el odio excavan entre ellos verdaderos abismos. Y su locura consiste no en sentirse victoriosos, sino en la tortura que se infligen unos a otros.

Demonios menores, se arrastran por el surco de esa lujuria odiosa y homicida. La gula que inspira burlas inocentes, debía de ser en María Magdalena, como en todos los grandes pecadores, no el gusto de un sabor pasajero, sino la búsqueda de un estado duradero, de una beatitud desarmada. Mujeres que odiarían el alcohol, la poseían como un filtro… Y, de súbito, los últimos guardianes del alma se adormecen, la vergüenza se aleja, llevándose consigo el recuerdo de los seres queridos; las barreras se abren una a una: el alcohol, los estupefacientes, entregan a sus fieles las llaves del reino de esta tierra.

La pecadora de cabellera lacia, puesto que fue liberada de siete demonios, es sin duda María Magdalena. Y procuramos imaginarnos el milagro: su paso de un mundo a otro mundo. "¡Qué estado y qué otro estado!", exclama Bossuet. Para decir verdad, acaso no hubo ninguna "escena". Cuanto se pueda contar de los actos de Cristo no es nada comparado con lo que realizó en el interior de las almas. Ya el Hijo del Hombre vivía y obraba como vive y obra el Cristo invisible. La historia de María Magdalena se realiza en nuestro fuero interno, o podría haberse realizado en él. Nuestra propia liberación, o nuestro encadenamiento nos ayudan a representarnos lo que fue la liberación de aquella mujer poseída.

Porque se trataba en efecto de una posesión: "María Magdalena, de quien Él había expulsado siete demonios." La prostituta estaba poseída. ¿No sería, pues, la lujuria un pecado como los otros? La impotencia de curarse de que se lamentan los impuros, incluso los que se sienten atraídos por Dios, ese perpetuo retorno a la náusea, ¿sería el signo, no de una tentación ordinaria, sino de una ocupación: ocupación del individuo, ocupación de la raza?

Existe un texto atroz de Saint-Cyran en que el heterodoxo nos muestra, en el seno de una misma familia, la sucesión casi ininterrumpida de los condenados, de padres a hijos. Aquel hombre temible pudo concebir una especie de condena hereditaria, sin que la fe cediera ante tamaño horror. Sin embargo, es muy verdad que el misterio de la herencia nos obliga a creer en un correspondiente misterio de misericordia: existen razas poseídas. La muerte de un ser caído no destruye el germen de su caída. Todos los hijos de su carne son asimismo los hijos de su concupiscencia, encargados de transmitir la horrible antorcha a quien salga de ellos.

Para huir de esta pesadilla, basta con contemplar el alma penitente liberada de los siete demonios. María Magdalena triunfó de las fatalidades de la carne. El amor, no pudiendo ser vencido más que por el amor, encendió el contrafuego. Lo mismo que en el día en que la criatura era toda su vida, el mundo entero se aniquilaba para ella en torno de un solo ser (y éste es, en efecto, el misterio más trivial del amor humano, ese formidable desprecio de todo lo demás, esa insignificancia de todo cuanto existe fuera del objeto de nuestra pasión), hoy Cristo se beneficia de tamaña locura. De nuevo el mundo se aniquila, pero esta vez en torno a un hombre que es Dios. Y la carne misma de esa mujer queda comprendida en este aniquilamiento. El viejo deseo muere. La pureza y la adoración se juntan, se reconcilian en el corazón apaciguado. María Magdalena entra en la sala en donde Jesús está sentado ante una mesa, y se dirige hacia Él, sin mirar a los demás convidados. No existe ya más que Jesús en el mundo, y ella que ama a Jesús. Y he aquí que su amor se ha convertido en su Dios.

Es una penitente. Los que se asombran ante su propia impotencia de perseverar, buscan en la conversión una fuente de delicias. Pero en un alma fecundada con la semilla de los siete demonios, la cizaña, apenas destruida, vuelve a brotar si la tierra no se cava, labra y trabaja en el esfuerzo y el llanto.

En aquella hora de su vida, María Magdalena debía de pasar por el momento en que la criatura, ya enteramente entregada a Dios, oye aún a veces la vieja pasión que aúlla de hambre. Magdalena murió para lo que había abandonado. Nada la separó ya de Aquel a quien venía buscando de criatura en criatura.

Según me parece, sigue algo perpleja a Jesús por dondequiera que vaya, y no se detiene sino cuando Él mismo, clavado en la cruz con tres clavos, ya no podrá avanzar más, no podrá dar ni un paso más, ni siquiera en el sufrimiento. Entonces María Magdalena, inmovilizada a su vez frente a la meta, por fin alcanzada, contra aquel árbol lleno de sangre, lo abrazará estrechamente; hasta que el cuerpo desgarrado de su Dios haya sido descendido y le hayan encerrado, en el cuerpo sagrado, incluso sin vida, nada se ha perdido para ella, porque cree acaso que Jesús sólo aparenta estar muerto. Apenas se aleja de la tumba el tiempo justo para ir a comprar perfumes. Y desde el alba, hela allí de nuevo, ante el sepulcro, con Salomé, la madre de Santiago. Sólo entonces se despierta, ante aquel agujero que parece bostezar, ante la puerta desenmascarada del vacío. ¡Se llevaron a su Señor! ¡No sabe adónde lo llevaron! Corre en busca de ayuda, se dirige al jardinero e ignora que es Él (según la frase que debía oír el autor de la "Imitación": "Cuando creéis estar lejos de mí, frecuentemente estoy más cerca de vosotros…").

Cada personaje envuelto en el drama de la Redención aparece como un prototipo con cuyas múltiples réplicas aún nos codeamos hoy en la vida. Las almas acuñadas según la efigie de María Magdalena no han dejado de llenar este mundo desde que ella pasó por él. A partir de entonces, los más pecadores saben bien que les corresponde ser los más amados por haber sido entre todos los que más han pecado. María Magdalena establece entre el grado de rebajamiento de donde Cristo consiguió algunas de sus criaturas y el amor que le deben, una proporción que, de ser consentida, suscitará la santidad de la infamia misma.

Se puede afirmar, sin pecar de temerario, que entre los impúdicos ninguna vergüenza hacía retroceder a una meretriz, y que no existe para ella gradación alguna del rebajamiento. Su vocación consistía en no decir no a nada de lo que inventa el hombre complicado en esa persecución de lo infinito, en esa búsqueda de lo absoluto a través de lo sensible. ¡Inimaginable vuelta! María Magdalena permanece fiel a su vocación: continuará no rehusando nada, pero esta vez será a Dios y ya no a los hombres. Reemprenderá la misma búsqueda incansable, mas esta vez siguiendo los pasos de su Señor y de su Dios. Virgen siempre loca, la locura de la cruz sustituye a la del cuerpo, entregada como antaño a todos los excesos en un plano en que todo exceso queda de ahora en adelante permitido y donde la superación de sí mismo por sí mismo ya no conoce regla alguna, en donde no existe ningún otro límite para la pureza ni para la perfección, sino la misma pureza y perfección del Padre que está en el cielo.


En Vida de Jesús
Traducción de F. Oliver Brachfeld
Imgen: © Bettmann/CORBIS