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23 feb. 2013

Julian Barnes: El loro

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Para empezar, los loros son humanos; al menos etimológicamente. Perroquet es un diminutivo de Pierrot; parrot viene de Pierre; perico es un derivado de Pedro. Para los griegos, su capacidad de hablar era uno de los elementos utilizados en la discusión filosófica en torno a las diferencias entre el hombre y los animales. Eliano informa que «los brahmanes les honran más que a ningún otro pájaro. Y añaden que su actitud no puede ser más razonable; pues sólo el loro imita bien la voz humana». Aristóteles y Plinio observan que, cuando están borrachos, los loros son muy lascivos. De forma más pertinente, Buffon comenta que tienen propensión a la epilepsia. Flaubert estaba enterado de esta flaqueza fraternal: en las notas que tomó sobre los loros cuando preparaba Un coeur simple hay una lista de sus enfermedades: gota, epilepsia, aftas y úlceras de garganta.

Recapitulemos. Primero está Loulou, el loro de Félicité. Luego, los dos loros disecados, el del Hôtel-Dieu y el de Croisset; ambos pretenden ser el auténtico. Luego están los tres loros vivos, los dos de Trouville y el de Venecia; más el periquito enfermo de Antibes. Como posible fuente de Loulou podemos, en mi opinión, eliminar a la madre de una «espantosa» familia inglesa con la que se encontró Gustave en el barco que le llevaba de Alejandría a El Cairo: con la visera verde que llevaba sujeta a su sombrero, aquella mujer parecía «un loro viejo y enfermo».

En sus Souvenirs intimes, Caroline comenta que «Félicité y su loro eran reales», y nos dirige hacia el primer loro de Trouville, el del capitán Barbey, como auténtico antepasado de Loulou. Pero esto no da respuesta a la pregunta más importante: ¿cómo, y cuándo, llegó un simple (aunque magnífico) pájaro vivo de los años treinta del siglo pasado a convertirse en el loro trascendente y complicado de los años setenta? Probablemente jamás lleguemos a averiguarlo; pero podemos sugerir el momento en el que pudo haber comenzado la transformación.

La segunda parte de Bouvard et Pécuchet, que quedó sin concluir, iba a consistir fundamentalmente en lo que su autor llamaba «La Copie», un enorme fichero de rarezas, imbecilidades y citas autodescalificadoras, que los dos oficinistas tenían que copiar solemnemente para su propia edificación, y que Flaubert pensaba reproducir con intención sardónica. Entre los miles de recortes de prensa que coleccionó para su posible inclusión en ese fichero se encuentra esta noticia, recortada de L'Opinion nationale, el 20 de junio de 1863:

«En Gérouville, cerca de Arlon, vivía un hombre que poseía un loro magnífico. Era su único amor. De joven había sido víctima de una infortunada pasión. La experiencia le convirtió en un misántropo, y últimamente vivía solo con su loro. Le había enseñado a pronunciar el nombre de la novia que le había abandonado, y el loro lo repetía cientos de veces diariamente. Aunque esto fuese lo único que sabía hacer el pájaro, a los ojos de su propietario, el infortunado Henri K…, esta demostración de talento compensaba sobradamente sus limitaciones. Cada vez que oía el nombre sagrado pronunciado con la extraña voz del animal, Henri se estremecía de júbilo; para él, era como una voz proveniente del más allá, una voz misteriosa y sobrehumana.

»La soledad inflamó la imaginación de Henri K…, y poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación, era como un pájaro sagrado: al tocarlo lo hacía con profundo respeto, y se pasaba horas contemplándolo en éxtasis. El loro, devolviendo impávidamente la mirada de su amo, murmuraba la palabra cabalística, y el alma de Henri se empapaba del recuerdo de su felicidad perdida. Esta extraña vida duró bastantes años. Un día, sin embargo, la gente se fijó en que Henri K… parecía más sombrío que de costumbre; y que había en sus ojos un raro destello cargado de malignidad. El loro había muerto. 

»Henri K…, siguió viviendo solo, pero ahora del todo. No había nada que le vinculase al mundo exterior. Se enroscaba cada vez más en sí mismo, y hasta se pasaba varios días seguidos sin salir de su habitación. Comía cualquier cosa que le llevaran, pero no parecía enterarse de la presencia de sus vecinos. Poco a poco empezó a creer que se había convertido en un loro. Imitando al pájaro muerto, gritaba el nombre que tanto le gustaba oír; intentaba andar como un loro, se colgaba en lo alto de los muebles y extendía los brazos como si tuviese alas y pudiese volar. 

»En ocasiones se ponía furioso y comenzaba a romperlo todo; su familia decidió entonces enviarle a una maison de santé que había en Gheel. En el transcurso del viaje hacia allí, sin embargo, logró huir aprovechando la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente le encontraron encaramado a un árbol. Como era muy difícil convencerle de que bajase, alguien tuvo la idea de poner al pie de su árbol una enorme jaula de loro. En cuanto la vio, el infortunado monomaníaco bajó y pudo ser atrapado. Actualmente se encuentra en la maison de santé, de Gheel.»

Sabemos que a Flaubert le asombró esta historia encontrada en la prensa. A continuación de la línea que decía «poco a poco el loro comenzó a adquirir para él una extraña significación», Flaubert escribió lo siguiente: «Cambiar el animal: en lugar de un loro, que sea un perro.» Algún breve plan para una obra futura, no cabe duda. Pero cuando, finalmente, se puso a escribir la historia de Loulou y Félicité, no cambió el loro, sino su propietario.

Antes de Un coeur simple los loros aletean brevemente en la obra de Flaubert y en sus cartas. Cuando le explica a Louise la atracción que ejercen sobre él los países lejanos (11 de diciembre de 1846), Gustave escribe: «De niños deseamos vivir en el país de los loros y los dátiles confitados.» En otra ocasión, cuando intenta consolar a la triste y descorazonada Louise (27 de marzo de 1853), le recuerda que todos nosotros somos pájaros enjaulados, y que la vida pesa más sobre los que tienen las alas más grandes: «En mayor o menor grado, todos nosotros somos águilas o canarios, loros o buitres.» Rechazando la acusación de vanidad que le ha hecho Louise (9 de diciembre de 1852), establece la distinción entre Orgullo y Vanidad: «El Orgullo es una fiera salvaje que vive en una cueva y erra por el desierto. La Vanidad, en cambio, es un loro que salta de rama en rama y parlotea a la vista de todos.» Cuando le describe a Louise la heroica búsqueda del estilo que supone para él Madame Bovary (19 de abril de 1852), le explica: «Cuántas veces he caído de bruces, justo cuando creía que ya estaba al alcance de mi mano. No debo morir sin haberme asegurado de que el estilo que oigo en mi cabeza brota de ella como un rugido que acalla los gritos de los loros y las cigarras.» 

En Salammbô, como ya he dicho anteriormente, los traductores cartagineses llevan loros tatuados en el pecho (¿no es quizá un detalle más apropiado que auténtico?); en la misma novela, algunos bárbaros llevan «sombrillas en la mano o loros en el hombro»; por otro lado, en la terraza de Salammbô hay una pequeña cama de marfil cuyos almohadones están rellenos de plumas de loro, «el animal fatídíco que estaba consagrado a los dioses».

No aparecen loros en Madame Bovary ni en Bouvard et Pécuchet; no hay ningún artículo titulado Loro en el Dictionnaire des idées reçues; y sólo un par de breves referencias en La Tentation de saint Antoine. En Saint Julien l'hospitalier son raras las especies animales que se libran de la matanza durante la primera cacería de Julien -que le corta las patas de un tajo a un urogallo, y mata de un latigazo las grullas que vuelan bajo-. Pero el loro no es mencionado ni atacado. En la segunda cacería, sin embargo, cuando Julien pierde su destreza de cazador, cuando los animales le rehuyen y se convierten en seres amenazadores que vigilan a su agotado perseguidor, el loro hace acto de presencia. Los destellos de luz que surgen en el bosque, y que Julien toma por estrellas bajas, son en realidad los ojos de las fieras vigilantes: gatos monteses, ardillas, lechuzas, loros y monos.

Y no nos olvidemos del loro ausente. En L'Education sentimentale Frédéric pasea sin rumbo por un barrio de París marcado por las huellas de la insurrección de 1848. Encuentra barricadas en ruinas; ve charcos negros que seguramente son de sangre; las persianas cuelgan como trapos de las ventanas, sujetas por un solo clavo. Aquí y allá, en medio del caos, algunos objetos delicados han sobrevivido por casualidad. Frédéric se asoma al interior de una ventana. Ve un reloj de pared, algunos grabados…, y la percha de un loro.

Cuando erramos por el pasado nos encontramos en una situación bastante parecida. Perdidos, desorientados, temerosos, seguimos las escasas señales que quedan en pie; leemos los nombres de las calles, pero no estamos seguros de saber en dónde no encontramos. Nos rodean los escombros por todas partes. Aquí no cesó nunca la batalla. Luego vemos una casa; quizá la casa de un escritor. En la fachada se distingue una placa. «Gustave Flaubert, escritor francés, 1821-1880, vivió aquí cuando…», pero las letras siguientes se van encogiendo irremisiblemente, como en la consulta del oculista. Nos acercamos un poco más. Nos asomamos al interior de una ventana. Sí, es cierto; a pesar de la carnicería han sobrevivido algunos objetos delicados. Un reloj de pared sigue haciendo tictac. Los grabados de las paredes nos recuerdan que hubo un tiempo en el que en este lugar el arte era apreciado. Una percha de loro llama nuestra atención. Buscamos el loro. ¿Dónde está el loro? Todavía oímos su voz; pero no vemos más que la percha desnuda. El pájaro ha volado.



"El bestiario de Flaubert" 
El loro de Flaubert (1984), 4
Traducción de Antonio Mauri
Barcelona, Anagrama, 1994
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Foto: JB 1987 © Sophie Bassouls-Sygma/Corbis