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18 may. 2013

Descarga: Guy de Maupassant - Cuentos esenciales

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Descarga: Guy de Maupassant - Cuentos esenciales

El portentoso talento de Maupassant encontró su forma ideal en el cuento, género que consolidó, renovó y en el que no tiene rival. Realista, romántico, fantasmagórico, terrorífico, fantástico o poético, Maupassant transitó en sus cuentos por todos los caminos de la imaginación. La presente edición recoge el cuerpo esencial de su narrativa e incorpora muchas piezas no traducidas hasta ahora.

Guy de Maupassant (1850-1893) fue discípulo literario de Flaubert y miembro relevante del grupo de jóvenes escritores naturalistas que se formó alrededor de Zola. Está considerado el maestro del relato breve francés decimonónico, pero fue además autor de seis novelas, como Una vida o Bel Ami.

16 jul. 2012

Guy de Maupassant - La noche

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(Pesadilla)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarle a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer — ¿fue ayer?— Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año — no lo sé—. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿desde cuándo...? ¿Quién lo dirá? Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba, o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían arboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destelleantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez, sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château d'Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté: — ¿Amigo, qué hora es?

—¡Y yo que sé! — gruñó—. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer...

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?", me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic— tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar a la primera cochera. Toqué el timbre de cobre, que sonó en toda la casa; sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé... Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj... ya no sonaba... se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé... No oía la corriente bajo los arcos del puente... Unos escalones más... luego la arena... el fango... y el agua... hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría... casi helada... casi detenida... casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir... y que iba a morir allí abajo... yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.


En Cuentos Fantasticos Del XIX
Compilación de Italo Calvino
Imagen: © Bettmann/CORBIS

3 mar. 2012

Guy de Maupassant - El velatorio

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Había muerto sin agonía, tranquilamente, como una mujer de vida intachable; y descansaba ahora en su lecho, boca arriba, con los ojos cerrados, las facciones serenas, los largos cabellos blancos cuidadosamente peinados, como si se hubiera arreglado el pelo diez minutos antes de morir, el rostro pálido de difunta tan recogido, tan relajado, tan resignado, que se notaba perfectamente qué alma bondadosa había habitado ese cuerpo, qué vida sin perturbaciones había llevado aquella abuela serena, qué final sin agitaciones ni remordimientos había tenido aquella discreta mujer.

De rodillas, junto al lecho, su hijo, un magistrado de principios inflexibles, y su hija, Marguerite, en religión sor Eulalia, lloraban a lágrima viva. Desde la infancia ella los había armado de una moral muy rígida, enseñándoles una religión sin flaquezas, el deber sin componendas. Él, el varón, se había hecho juez y, esgrimiendo la ley, castigaba sin piedad a los débiles, a los vacilantes; ella, la hembra, totalmente imbuida de la virtud que había mamado en esa familia de austeras costumbres, se había casado con Dios, por rechazo hacia los hombres.

Apenas si habían conocido a su padre; sólo sabían que había hecho desgraciada a su madre, sin entrar en detalles.

La religiosa besaba como loca la mano colgante de la difunta, una mano de marfil parecida al gran crucifijo que yacía sobre el lecho. Del otro lado del cuerpo extendido, la otra mano parecía seguir sujetando el paño arrugado por ese gesto errático conocido como el pliegue de los moribundos; y en la sábana habían quedado unas pequeñas ondas de tela, como un recuerdo de esos últimos movimientos que preceden a la eterna inmovilidad.

Unos ligeros golpes en la puerta hicieron alzarse las dos cabezas sollozantes; y entró de nuevo el cura, que acababa de cenar. Estaba colorado, sin aliento, porque había empezado la digestión; había puesto bastante coñac en el café, para luchar contra la fatiga de las últimas noches pasadas y de la noche en vela que comenzaba.

Parecía triste, con esa fingida tristeza del eclesiástico para el que la muerte es un medio de ganarse el pan. Hizo la señal de la cruz, y, acercándose con gesto profesional, dijo:

—Hijos míos, vengo a ayudarles a pasar estas tristes horas.

Pero, de repente, sor Eulalia se levantó:

—Gracias, padre, pero mi hermano y yo desearíamos estar a solas con ella. Son los últimos momentos que pasaremos en su compañía, y quisiéramos estar los tres como en otro tiempo, cuando…, cuando éramos pequeños y nuestra po…, pobre mamá…

No consiguió terminar, tantas eran las lágrimas que derramaba, tanto el dolor que la oprimía.

Tranquilizado, el cura inclinó la cabeza, pensando ya en su cama.

—Como quieran, hijos.

Se arrodilló, se santiguó, oró, se volvió a levantar y salió despacito, murmurando:

—Era una santa.

Se quedaron solos, la muerta con sus hijos. Un reloj de pared oculto lanzaba en la oscuridad su tictac regular; y por la ventana abierta entraban los suaves olores del heno y del bosque, junto con una languideciente claridad de luna. Ningún ruido en los campos, salvo el croar lejano de los sapos y a veces un zumbido de insecto nocturno que entraba como una bala, chocando contra una pared. Una paz infinita, una divina melancolía, una silenciosa serenidad rodeaban a aquella muerta, parecían emanar de ella, difundirse en derredor, aplacar a la naturaleza misma.

Entonces el magistrado, que seguía estando de rodillas, con la cabeza hundida entre la ropa de la cama, gritó con una voz lejana, desgarradora, a través de las sábanas y las mantas:

—¡Mamá, mamá, mamá!

Y la hermana, tras dejarse caer sobre el entarimado, golpeando contra la madera su frente de fanática, convulsa, retorcida y vibrante, como en un ataque epiléptico, gimoteó:

—¡Jesús mío, Jesús mío, mamá, Jesús mío!

Y sacudidos ambos por un huracán de dolor, jadeaban, emitían estertores de agonizante.

Luego, poco a poco, la crisis se aplacó y reanudaron los lloros de modo más tranquilo, como los momentos de bonanza siguen a las borrascas en el mar agitado.

Al cabo de un buen rato, se levantaron y se pusieron a contemplar el querido cadáver. Y los recuerdos, aquellos recuerdos lejanos, ayer tan gratos, hoy tan atormentadores, asaltaban sus mentes con todos esos pequeños detalles, íntimos y familiares, que hacen revivir al ser desaparecido. Recordaban hechos, palabras, sonrisas, entonaciones de voz de aquella que nunca más hablaría con ellos. La volvían a ver feliz y tranquila, recordaban las frases que les decía, y un pequeño movimiento de la mano que hacía a veces, como para llevar el compás, cuando anunciaba cosas importantes.

La querían como nunca la habían querido. Y calibrando la magnitud de su desesperación, tomaban conciencia de cuánto la habían querido y lo solos que ahora se encontrarían.

Desaparecía su sostén, su guía, su entera juventud, toda la parte feliz de su vida, se ponía fin a su vínculo con la vida, la madre, la mamá, la carne engendradora, los lazos con los mayores. Pasaban a ser unos solitarios, aislados, no podían mirar ya tras de sí.

La monja le dijo a su hermano:

—¿Te acuerdas de que mamá releía siempre sus viejas cartas? Están todas ahí, en su cajón. ¿Y si también nosotros las leyésemos, si reviviésemos esta noche toda su vida, a su lado? Será como un vía crucis, una manera de conocer a la madre de mamá, a nuestros desconocidos abuelos, cuyas cartas tenemos y de los que tan a menudo nos hablaba, ¿recuerdas?

Cogieron del cajón una decena de pequeños fajos de cartas amarillentas, cuidadosamente atados y puestos unos sobre otros. Echaron sobre la cama esas reliquias y, eligiendo uno en el que había escrito la palabra «padre», lo abrieron y leyeron.

Eran esas viejísimas epístolas que se encuentran en los viejos secreteres de familia, epístolas que conservan el olor del pasado siglo. La primera decía: «Querida mía»; otra: «Mi niña hermosa»; luego otras: «Mi querida niña», y «Mi querida hija». De repente, la hermana comenzó a leer en voz alta, a releer a la muerta su historia, todos sus afectuosos recuerdos. Y el magistrado, con un codo apoyado en la cama y los ojos clavados en la madre, escuchaba. El cadáver inmóvil parecía feliz.

Sor Eulalia se detuvo de repente y dijo:

—Deberíamos meterlas en la tumba, hacer con ellas como un lienzo y enterrarla dentro de él.

Cogió otro paquetito en el que no había escrita palabra indicadora alguna. Comenzó, en voz alta:

—«Adorada mía: Te amo con locura. Desde ayer sufro como un condenado encendido por tu recuerdo. Siento tus labios contra los míos, tus ojos clavados en los míos, tu carne contra mi carne. ¡Te amo, te amo! Me has hecho enloquecer. Mis brazos se abren, jadeo con esfuerzo presa de un inmenso deseo de poseerte de nuevo. Todo mi cuerpo te llama, te quiere. He conservado en mi boca el sabor de tus besos…»

El magistrado se había incorporado; la religiosa se interrumpió; él le arrebató la carta de la mano, buscó la firma. No la había, sólo debajo de estas palabras: «El que te adora», el nombre: «Henry». Su padre se llamaba René. No era, pues, él. Entonces el hijo rebuscó con mano rápida en el paquetito de cartas, cogió otra y leyó: «Y no puedo vivir sin tus caricias…». Y de pie, severo como en su tribunal, miró a la muerta impasible. La religiosa, derecha como una estatua, con un resto de lágrimas en las comisuras de los ojos, mirando a su hermano, aguardaba. Entonces él cruzó la habitación a paso lento, ganó la ventana y, con la mirada perdida en la noche, se quedó pensativo.

Cuando se volvió, sor Eulalia, con los ojos ya secos, seguía de pie, cerca de la cama, con la cabeza gacha.

Se acercó, recogió las cartas con gesto rápido, tirándolas desordenadamente dentro del cajón; luego cerró las cortinas del lecho.

Y cuando la luz del día hizo palidecer las candelas que velaban sobre la mesa, el hijo lentamente dejó su sillón y, sin volver a mirar por última vez a su madre, que, condenada, había excluido de sus vidas, dijo parsimoniosamente:

—Ahora, vámonos, hermana.


En Cuentos esenciales
Traducción: José Ramón Monreal


20 jul. 2010

Guy de Maupassant - La cabellera

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Guy de Maupassant
por Francois Nicolas Augustin Feyen-Perrin


La celda tenía paredes desnudas, pintadas con cal. Una ventana estrecha y con rejas, horadada muy alto para que no se pudiera alcanzar, alumbraba el cuarto, claro y siniestro; y el loco, sentado en una silla de paja, nos miraba con una mirada fija, vacía y atormentada. Era muy delgado, con mejillas huecas, y el pelo casi cano que se adivinaba había encanecido en unos meses. Su ropa parecía demasiado ancha para sus miembros enjutos, su pecho encogido, su vientre hueco. Uno sentía que este hombre estaba destrozado, carcomido por su pensamiento, un Pensamiento, al igual que una fruta por un gusano. Su Locura, su idea estaba ahí, en esa cabeza, obstinada, hostigadora, devoradora. Se comía el cuerpo poco a poco. Ella, la Invisible, la Impalpable, la Inasequible, la Inmaterial Idea consumía la carne, bebía la sangre, apagaba la vida.

¡Qué misterio representaba este hombre aniquilado por un sueño! ¡Este Poseso daba pena, miedo y lástima! ¿Qué extraño, espantoso y mortal sueño vivía detrás de esa frente, que fruncía con profundas arrugas, siempre en movimiento?

El médico me dijo: —Tiene unos terribles arrebatos de furor; es uno de los dementes más peculiares que he visto. Padece locura erótica y macabra. Es una especie de necrófilo. Además, ha escrito un diario que nos muestra de la forma más clara la enfermedad de su espíritu y en el que, por así decirlo, su locura se hace palpable. Si le interesa, puede leer ese documento.

Seguí al doctor hasta su gabinete y me entregó el diario de aquel desgraciado.

—Léalo —dijo—, y deme su opinión.

He aquí lo que contenía el cuaderno:

Hasta los treinta y dos años viví tranquilo, sin amor. La vida me parecía sencillísima, generosa y fácil. Yo era rico. Me gustaban tantas cosas que no podía sentir pasión por ninguna en concreto. ¡Es estupendo vivir! Me despertaba feliz cada día, dispuesto a hacer las cosas que me gustaban, y me acostaba satisfecho, con la apacible esperanza de un mañana y un futuro sin preocupaciones.

Había tenido algunas amantes sin haber sentido nunca mi corazón enloquecido por el deseo o mi alma herida por el amor después de la posesión. Es estupendo vivir así. Es mejor amar, pero es terrible. Los que aman como todo el mundo deben experimentar una felicidad apasionada, aunque quizás menor que la mía, porque el amor vino a mí de una manera increíble.

Como era rico, buscaba muebles antiguos y objetos viejos; y a menudo pensaba en las manos desconocidas que habían palpado esas cosas, en los ojos que las habían admirado, en los corazones que las habían querido, ¡porque se quieren las cosas! A menudo permanecía durante horas y horas mirando un pequeño reloj del siglo pasado. Era una preciosidad, con su esmalte y su oro cincelado. Y seguía funcionando como el día en que lo compró una mujer, encantada de poseer esa fina joya. No había dejado de latir, de vivir su vida mecánica, y seguía siempre con su tictac regular, desde una época pasada.

¿Quién sería la primera en llevarlo sobre su pecho, entre los tejidos tibios, mientras el corazón del reloj latía junto a su corazón de mujer? ¿Qué mano lo habría tenido entre la punta de los dedos cálidos, mirándolo por ambas caras una y otra vez y limpiando luego los pastores de porcelana empañados un segundo por el trasudor de la piel? ¿Qué ojos habrían acechado en la esfera florida la hora esperada, la hora querida, la hora divina?

¡Cómo me habría gustado ver, conocer a aquella mujer que había elegido este objeto exquisito y raro! ¡Pero está muerta! ¡Estoy poseído por el deseo de las mujeres de antaño, amo, desde lejos, a todas aquellas que han amado! La historia de los cariños pasados me llena el corazón de pesar. ¡Oh, la belleza, las sonrisas, las jóvenes caricias, las esperanzas! ¿No debería ser eterno todo esto?

¡Cuánto he llorado, durante noches enteras, pensando en las pobres mujeres de otro tiempo, tan bellas, tan tiernas, tan dulces, cuyos brazos se abrieron para el beso, y ya muertas! ¡El beso es inmortal! ¡Va de boca en boca, de siglo en siglo, de edad en edad; los hombres lo recogen, lo dan y mueren!

El pasado me atrae, el presente me asusta porque el futuro es muerte. Lamento todo lo que se ha hecho, lloro por todos los que han vivido; quisiera detener el tiempo, detener la hora. Pero ella pasa, se va y me quita segundo tras segundo un poco de mí para la nada de mañana. Y no volveré a vivir nunca más.

Adiós, mujeres de ayer. Os amo.

Pero no tengo de qué quejarme. Encontré a aquélla a la que yo esperaba; y gracias a ella he disfrutado de placeres increíbles.

Una mañana soleada iba vagabundeando por París, con el alma alegre y el pie ligero, mirando las tiendas con un vago interés de paseante ocioso. De pronto, en una tienda de antigüedades vi un mueble italiano del siglo XVII. Era hermoso y muy raro. Se lo atribuí a un artista veneciano llamado Vitelli, muy famoso en su época.

Y seguí mi camino.

¿Por qué me persiguió el recuerdo de ese mueble con tanta fuerza, haciéndome volver atrás? Me detuve ante la tienda para verlo de nuevo y sentí que me tentaba.

La tentación es algo tan singular... Miramos un objeto y éste, poco a poco, nos seduce, nos turba, nos invade como lo haría un rostro de mujer. Su encanto entra en nosotros; extraño encanto que viene de su forma, de su color, de su fisonomía de cosa; y ya lo amamos, lo deseamos, lo queremos. Una necesidad de posesión nos invade, una necesidad débil al principio, como tímida, pero que crece, se hace violenta, irresistible.

Y los comerciantes parecen adivinar en la llama de la mirada ese deseo secreto y creciente.

Compré el mueble e hice que me lo llevaran inmediatamente a casa, poniéndolo en mi habitación.

¡Oh, cómo compadezco a quienes desconocen esa luna de miel entre el coleccionista y el objeto que acaba de comprar! Lo acaricia con la mirada y la mano como si fuera de carne; vuelve a su lado en cualquier momento, piensa siempre en él vaya donde vaya, haga lo que haga. Su recuerdo vivo le sigue en la calle, por el mundo, en todos los lados; y cuando vuelve a casa, antes incluso de quitarse los guantes y el sombrero, corre a contemplarlo con una ternura de amante.

Realmente, durante ocho días adoré ese mueble. Abría en todo momento sus puertas, sus cajones; lo tocaba extasiado, disfrutando de todos los placeres íntimos de la posesión.

Pero una tarde, mientras palpaba el espesor de un panel, me di cuenta de que debía de ocultar un escondite. Los latidos de mi corazón se aceleraron y me pasé la noche buscando el secreto sin llegar a descubrirlo.

Lo conseguí al día siguiente, al introducir la hoja de una navaja en una hendidura del entablado. Una plancha se deslizó y percibí, extendida sobre un fondo de terciopelo negro, una maravillosa cabellera de mujer. Sí, una cabellera: una enorme trenza de cabellos rubios, casi pelirrojos, que debían de haber sido cortados junto a la piel y estaban atados por una cuerda de oro.

¡Me quedé estupefacto, aturdido, temblando! Un perfume casi insensible, tan antiguo que parecía ser el alma de un olor, se escapaba del misterioso cajón y de la sorprendente reliquia.

La cogí, despacio, casi religiosamente, y la saqué de su escondite. Entonces se liberó, derramándose en un torrente dorado que cayó hasta el suelo, espeso y ligero, ágil y brillante como la cola de fuego de un cometa.

Una extraña emoción se apoderó de mí. ¿Qué era aquello? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué habían ocultado esos cabellos en el mueble? ¿Qué aventura, qué drama escondía ese recuerdo? ¿Quién los había cortado? ¿Un amante en un día de despedida? ¿Un marido en un día de venganza? ¿O la que los había llevado en su frente en un día de desesperación? ¿Fue antes de entrar en un convento cuando se arrojó ahí esa fortuna de amor, como una prenda dejada al mundo de los vivos? ¿Fue en el momento de cerrar la tumba de la joven y hermosa muerta cuando quien la adoraba se había quedado el cabello que embellecía su cabeza, lo único que podía conservar de ella, la única parte viva de su carne que no podía pudrirse, la única que podía amar todavía y acariciar y besar en sus momentos de rabia y de dolor? ¿No resultaba extraño que esa cabellera hubiera permanecido incólume, cuando ya no quedaba ni un ápice del cuerpo del que había nacido?

Fluía entre mis dedos, me hacia cosquillas en la piel con una caricia singular, una caricia de muerta. Me sentía conmovido, como si fuera a llorar.

La conservé largo tiempo entre mis manos, y me pareció que se movía como si una parte de su alma se hubiera quedado escondida en ella. Entonces la volví a poner sobre el terciopelo deslustrado por el tiempo, cerré el cajón y el mueble y me fui a recorrer las calles para soñar.

Caminaba siempre de frente, preso de tristeza, y también de desconcierto, de ese desconcierto que se nos queda en el corazón tras un beso de amor. Me parecía que ya había vivido antaño, que debía de haber conocido a aquella mujer

Y los versos de Villon subieron a mis labios como lo haría un sollozo.


Decidme dónde, en qué país está Flora, la bella romana

Archipiade y Taís que fue su prima hermana.

Eco, voz que lleva la fama

bajo río o bajo estanque ; cuya belleza fue más que humana.

Mas, ¿dónde están las nieves de antaño?

La reina Blanca como un lis

que cantaba con voz de sirena,

Berta la del gran pie, Beatriz, Alix

y Haremburgis, que obtuvo el Maine,

y Juana, la buena Lorena

que los ingleses quemaran en Ruán...

¿Dónde están, Virgen soberana?

Mas ¿dónde están las nieves de antaño!


Cuando regresé a casa, sentí un deseo irresistible de volver a ver mi extraño hallazgo; y lo cogí de nuevo, y sentí, al tocarlo, un largo escalofrío que me recorría el cuerpo.

Durante unos días, sin embargo, permanecí en mi estado habitual, aunque ya no me abandonaba el vivo recuerdo de aquella cabellera.

En cuanto volvía a casa, necesitaba verla y tocarla. Daba la vuelta a la llave del armario con ese estremecimiento que tenemos al abrir la puerta de nuestra amada, ya que sentía en las manos y en el corazón una necesidad confusa, singular, continua, sensual de bañar mis dedos en aquel arroyo encantador de cabellos muertos.

Luego, cuando había acabado de acariciarla, cuando había cerrado de nuevo el mueble, seguía sintiéndola allí como si fuera un ser viviente, escondido, prisionero; y la sentía y la deseaba otra vez; tenía de nuevo la necesidad imperiosa de volver a tocarla, de palparla, de excitarme hasta el malestar con aquel contacto frío, escurridizo, irritante, enloquecedor, delicioso.

Viví así un mes o dos, ya no lo sé. Ella me obsesionaba, me atormentaba. Estaba feliz y torturado, como en una espera de amor, como después de las confesiones que preceden al abrazo.

Me encerraba a solas con ella para sentirla sobre mi piel, para hundir mis labios en ella, para besarla, morderla. La enroscaba alrededor de mi rostro, la bebía, ahogaba mis ojos en su onda dorada, con el fin de ver el día rubio a través de ella.

¡La amaba! Sí, la amaba. Ya no podía pasar sin ella, ni estar una hora sin volver a verla.

Y esperaba... esperaba... ¿qué? No lo sabía. La esperaba a ella.

Una noche me desperté bruscamente con el pensamiento de que no me encontraba solo en mi habitación.

Sin embargo, estaba solo. Pero no pude volver a dormirme; y como me agitaba en una fiebre de insomnio, me levanté para ir a tocar la cabellera. Me pareció más suave que de costumbre, más animada. ¿Regresan los muertos? Los besos con los que la excitaba me hacían desfallecer de felicidad; y me la llevé a mi cama, y me acosté, oprimiéndola contra mis labios, como una amante a la que se va a poseer.

¡Los muertos regresan! Ella vino. Sí, la he visto, la he tenido entre mis brazos, la he poseído, tal como era cuando estaba viva antaño, alta, rubia, exuberante, los senos fríos, la cadera en forma de lira; y he recorrido con mis caricias esa línea ondeante y divina que va desde la garganta hasta los pies siguiendo todas las curvas de la carne.

Sí, la he tenido, todos los días y todas las noches. Ha vuelto, la Muerta, la bella Muerta, la Adorable, la Misteriosa, la Desconocida, todas las noches. Mi felicidad fue tan grande que no pude esconderla. Junto a ella experimentaba un arrobamiento sobrehumano, ¡la alegría profunda, inexplicable de poseer lo Inasequible, lo Invisible, la Muerta! ¡Ningún amante ha disfrutado nunca de gozos más ardientes, más terribles!

No supe esconder mi felicidad. La amaba tanto que ya no quería estar sin ella. La llevaba conmigo, siempre, a todas partes. La paseaba por la ciudad como si fuera mi esposa, y la llevaba al teatro en palcos con rejas, como si fuera mi amante... Pero la vieron... adivinaron... me la quitaron... Y me han metido en la cárcel, como un malhechor. Me la quitaron... ¡Oh! ¡Miseria!...«

El manuscrito se detenía ahí. Y de pronto, mientras dirigía una mirada despavorida hacia el médico, un grito espantoso, un aullido de furor impotente y de deseo exasperado se alzó en el manicomio.

—Escúchelo —dijo el doctor—. Hay que duchar cinco veces al día a ese loco obsceno. El sargento Bertrand no fue el único en amar a las muertas.

Balbuceé, emocionado de asombro, horror y piedad: —Pero... esa cabellera... ¿existe realmente?

El médico se levantó, abrió un armario lleno de frascos y de instrumentos y me lanzó, de una punta a otra de su gabinete, una larga centella de cabellos rubios que voló hacia mí como un pájaro de oro.

Me estremecí al sentir entre mis manos su tacto acariciador y ligero. Y me quedé con el corazón latiendo de repugnancia y de deseo, de repugnancia como al contacto de los objetos arrastrados en crímenes, de deseo como ante la tentación de algo infame y misterioso.

El médico prosiguió encogiéndose de hombros: —La mente del hombre es capaz de cualquier cosa.




Gil Blas, 13 de mayo de 1884