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7 jun. 2014

Henri Michaux - A las puertas de la ciudad

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A las puertas de la ciudad fui apresado por una extraña aglomeración.
Miles y miles de carniceros, el arma en alto, esperaban al primer bebé que llegara hasta ellos.
Unos cocheros en carruaje (se oía por todas partes el ruido de las ruedas sobre los adoquines), unos cocheros conducían hacia ellos a esos niñitos.
¡Y circulaban! ¡Oh, cómo circulaban! Sin embargo, ninguno llegaba hasta aquí.
Supongo que había caídas.
La ciudad era un pozo innumerable.

***

El rostro que tiene cadenas, aquí está.
El rosario de eslabones lo agarra de los ojos, se enrolla en torno a su cuello, cae, desgarra, lo hace sufrir con el peso de los eslabones unido al peso de la esclavitud.
La extensa sombra que proyecta hacia delante habla extensamente sobre ello.
¡Tiempo! ¡Oh, el tiempo! Todo el tiempo que es tuyo, que hubiera sido tuyo...

***

Demonios femeninos de la excitación de la tinta del deseo, rostro triangular como pelos de tentación, donde penetran, donde fluyen cien miradas de lluvia, cien miradas porfiadas, miradas por miradas retrospectivas. Pequeña araña negra, enana que lentamente escupe para detener por un instante el tiempo.

***

Dos bebés gigantes, profundamente embotados en una puja adormecida, se mantienen inmóviles.
Lento combate que dura años.
Uno rechaza la cabeza del otro con una mano poderosa y vacilante a la vez, que se apoya continuamente sobre la fontanela anterior y hunde su huella en el hueco dócil del cráneo gigantesco y blando, bajo el cual un cerebro reflexiona, laboriosamente, sin duda, en una remota respuesta.
Y todo flota en el agua de un plácido y poco profundo pantano.


En Antología poética
Traducción: Silvio Mattoni
Imagen: Eddie Novarro


27 ago. 2013

Henri Michaux: Los trabajos de Sísifo

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La noche es un gran espacio cúbico. Resistente. Extremadamente resistente. Acumulación de muros en todos los sentidos, que nos limitan, que quieren limitarnos. Cosa que no hay que aceptar.

Yo no salgo de allí. Sin embargo, cuántos obstáculos ya derribé.

Cuántos muros abatidos. Pero quedan. ¡Oh, falta para eso! En este momento le hago la guerra sobre todo a los techos.

Las bóvedas duras que se forman por encima de mí, cuando se presentan, las martillo, las machaco, las hago saltar, estallar, reventar, siempre se encuentran otras por detrás. Con mi enorme martillo que nunca se cansa, les asesto golpes como para matar a un mamut, si todavía quedara alguno... y estuviera allí. Pero no se hallan más que bóvedas, tenaces bóvedas, aun cuando es preciso romperlas y derribarlas. Se trata luego de despejar el lugar conquistado de los escombros que ocultan lo que hay más allá, cosa que por otra parte siempre adivino, pues me resulta evidente que aún hay una bóveda más lejana, más alta, que también habrá que derribar.

Lo que está duro debajo de mí no me molesta menos, obstáculo que no puedo, que no debo soportar, materia del mismo inmenso bloque detestado donde he sido puesto a vivir.

A golpes de pico, lo horado, y luego horado el siguiente.

De cueva en cueva, siempre desciendo, desmenuzando las bóvedas, arrancando los pilares.

Desciendo imperturbable, infatigable ante el descubrimiento de cuevas sin fin que hay en un número que desde hace tiempo dejé de contar, cavo, cavo siempre hasta que, una vez hecho un trabajo inmenso, me veo obligado a subir para darme cuenta de la dirección que seguí, porque uno termina cavando en espiral. Pero cuando llego arriba, me urge volver a bajar, llamado por la inmensidad de los recintos por desfondar que me esperan. Desciendo sin prestarle atención a nada, a zancadas de gigante, bajo escalones como si fueran siglos –y por último, más allá de los escalones, me precipito en el abismo de mis excavaciones, más rápido, más rápido, más desordenadamente, hasta chocar con el obstáculo final, momentáneamente final, y me pongo a demoler con renovados bríos, a demoler, a demoler, cavando en la masa de muros que no terminan y que me impiden partir a pie firme.

Pero un día la situación será diferente, quizás.



En Antología poética 1927-1986
Selección, traducción y prólogo: Silvio Mattoni
Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2005
Imagen: Retrato de Henri Michaux por Jean Dubuffet 1947 
Art Institute Chicago

14 jun. 2013

Guy Goffette: Elogio para una cocina de provincia

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El intenso verano

El vecino murió pero la escalera
ha quedado contra el árbol que se hunde
con el sol en la carne firme
de las manzanas y la garganta de los pequeños merodeadores.
Ellos hacen leña del árbol caído
y se burlan de la muerte
como manzanas que aplastan
una tras otra, sin remordimiento
trepando por el último escalón de la alegría.


***


Al final del pasillo

El anillo de oro demasiado estrecho para contener el amor
y las promesas de los primeros tiempos
todos los cuartos de ahora en más se mueven
como peces, y las lágrimas, los gritos
las risas del mundo ahí descargan
el eco endurecido en el horno de palabras
que es el mismo siempre y finalmente para todos
–pero el viento oficia como ayer sin más
oyentes que el árbol los altos cereales
y tal vez sólo él ahora escucha
al final del pasillo los pasos que se pierden cada vez más rápido
ve en su mano desarticulada fundirse el oro
el anillo abriéndose para casarse con la noche.


***


Celos

Con más y más frecuencia le pasa que a la noche
baje hasta la cocina
donde fuman en silencio con la luna
las estatuas que el día relega entre los muebles
los hábitos, bajo el montón de cosas
traídas de afuera y destinadas al olvido.
No prende uno pero se sienta ante su luz
como un cliente asiduo en medio de las chicas
y les habla con voz triste y suave
de su mujer que se entrega allá arriba, en su propia pieza
a grandes caballeros invisibles y mudos
–Y yo soy el que les cuida los caballos, dice
mostrando la gruesa crin de oro enrollada
en su anular.


***


Bella

     Bella tenía solamente un año cuando vino a vivir a mi casa. Bella tiene dientes de sílex, corazón de ensalada. Bella que me comía todo mi tiempo en la mano, me golpeaba corriendo, me doblaba las páginas de la noche…
      Ahora que ha vuelto al canil de la perrera, nado en mis días como en un suéter demasiado grande.


***


Cocina es palabra de lluvia para nenitas de sombrero rojo
que pintan el cielo de verde y las praderas de azul
convierten al lobo en cordero
y mezclan las frutillas silvestres con el follaje de los árboles del mar
con la excusa de salvar lo que aún se pueda antes
de que la cocina vuelva a ser esa isla en la casa
con todos los aromas sabiamente ordenados en frascos sobre el estante
todos los colores encerrados bajo las anchas palmeras del papel desteñido que se despega
todos los caminos situados alrededor de la mesa gastada
y los sueños lavados y doblados en cuatro en el fondo del aparador
donde ya no hay nenitas
salvo algunos días de lluvia cuando la grieta del pulgar
vuelve a abrirse bajo la lámina (o el dique de los ojos ante la cebolla dorándose)
entonces, el reloj se detiene y ellas entran en cortejo
con la violencia de frutillas aplastadas en la boca
y un olor a lobo bajo el abrigo
que sólo las mujeres que se quedan ante la canilla domestican en silencio
mientras el día se deshoja en la ventana
y adentro, en el campo invariablemente azul del ojo,
el cielo empieza a echar atrás sus lámparas.


***


Qué cosa resiste bajo el puño de palabras
como una sombra que el deseo ya no inflama
para que quiera celebrar toda la mujer aunque
sea el miedo a enfrentar el mismo río
o la tierra que se escapa bajo el pie
tan sólo evocándolo como si se tratara
de entrar desnudo en el vientre materno no sé
pobre de sentido de pronto descubriendo la lengua viuda
por decir te amo más allá de la orilla del cuerpo
como si siempre entre la mano usurera
y la curva de las caderas fluyese la Estigia




En Elogio para una cocina de provincia
Traducción: Silvio Mattoni
Título original: Éloge pour une cuisine de province
Champ Vallon, 1988 - Paris, Gallimard, 2000
Foto original color © Eric Robert-Sygma Corbis


Guy Goffette nació en un pueblo de Bélgica en 1947. Ha publicado una veintena de libros de poesía desde 1971, entre ellos: Quotidien rouge, Nomadie, Huit muses neuves et nues, Solo d’ombres, Prologue à une maison sans murs, Éloge pour une cuisine de province (de donde se tomaron estos poemas), La vie promise, Le pêcheur d’eau, Icarus, Un manteau de fortune. También es autor de dos novelas, de biografías noveladas y de dos libros sobre Paul Verlaine y sobre W. H. Auden (N. de T.).

9 jun. 2013

Henri Michaux: Dos poemas de "A distancia" [póstumo]

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Traducción inédita: Silvio Mattoni


Puertas que dan al fuego

El agua ya no corre para mí
La vida no tiene más días para mí
Vasallo de un brazo roto, vivo insularmente

Mis puertas dan al fuego
Arrancada la ropa interior de mi carne, mi piel ya no me envuelve
Ya nada me envuelve
Furiosa batalla que se libra dentro de mis fronteras

¡Qué frágiles son las patas de los teros!
Pero les bastan

Como una herramienta caída de una carreta
me quedé en la ruta

Mis pájaros ya no vuelan
Un solo hueso roto apresó mi vida

Escucho los informes chillones de mi cuerpo
El dolor en mi herida sumerge su escorpión marino

Hospital y momias matinales
¡Oh, qué profundamente cerrado está todo!

Noches sin fin
Lentamente, lentamente las agujas convierten la noche en alba

Tiempo inexorable que debo recorrer sin perder un minuto
¿Quién me regalaría uno solo?
Noches como un toldo sobre una herida
Cuando el sufrimiento se refleja en sufrimientos
cuando el sufrimiento en mil espejos rebota y repercute
… y todos los grados que todavía le falta subir

Nada de cielo
Arrancamos las vendas

Una quilla caída, todas las quillas oscilan

Sufrimiento que sigue sin domesticar
su fanfarria loca
su trompeta desgarradora sólo para mí
entre nosotros, telones bajos

Sufrimiento que sobrevive a todo, como un culto inepto,
transmitido incomprendido,
al que seguimos estando sometidos
Brasa

Brasa y perforaciones
¡Qué horribles brasas!
Ahí estaba mi brazo, antes

Fuego. Fuego. Fuego. Fuego incesantemente fuego

La lengua fría del cuchillo de trinchar
vaga sola entre los labios del hombre solo

Abejas que están libando flores de hierro
Pájaros que vuelan entre árboles de hierro

Perros que muerden. Jaurías de perros
incesantes oleadas de perros

En pleno día, espero la salida del sol


Tachadores

Fustas de fuego, de cacheo, de hiel
fusta sobre los bienes y los males
sobre las órdenes y los ojos
sobre las manos que sostienen el mango

Brasa en la camisa del Rey
brasa en la boca del cura

Chasquido en los mil espejos
chasquido en los pantanos de laca

Matraca en la Musa
matraca en el coro de los ángeles
graznidos en las asambleas

Verrugas sobre las doctrinas
callos sobre las doctrinas
escupidas sobre las doctrinas

Tapón sobre la voz anónima
sobre la hinchazón de la voz anónima
sobre los molinos para hacer estrellas

Llagas en el acero
llagas en las estructuras
llagas en los planes del futuro

Tachadura

sobre los hermanos y los padres
y sobre los nuevos padres disfrazados de hijos

sobre la clase de paz
que vuelve acuarteladas a las almas

sobre las calles que espían
sobre las filas que aplauden

sobre las voces de terciopelo
sobre los lavamiserias
que preparan una más innoble miseria

sobre las voces de mando de la ciencia momentánea
sobre los liquidadores de Edipo

sobre los discípulos, los discípulos de discípulos
nacidos esclavos ávidos de otros esclavos

Tachón sobre los rasgos del rostro
sobre la huella del objeto
sobre el rastro del hecho

sobre los innumerables enemigos nunca bastante vomitados
tabla rasa hecha no una vez sino mil veces mil veces

sobre el origen
sobre los desarrollos
sobre lo proliferante
sobre el mejoramiento, pez piloto de la próxima negación

sobre uno mismo
sobre vos
sobre el eje

tachón
tachón
tachón

Catedrales del ansia
de la rabia
de la bosta
del abceso
de la injuria
de la herida interna
del ofidio traidor que se distiende como se suelta la flecha

del submarino que se hunde asfixiado
de la rata envenenada
del pene ardido
del anzuelo en la aorta

espinosas
verrugosas
apofiseadas
amorfas
polimorfas
locas
arrebatadas
inflamadas
Catedrales no benditas no salseadas

del absurdo
de la exasperación
del sufrimiento
del hambre en la fiera
de la sed en el traicionado
de la superación imposible
del rechinar de dientes
del grito
del grito
del grito
catedrales, ¿cuándo las veremos?

Por fin construidas
por fin a imagen de nuestra desmesurada medida
dominando vertiginosamente metrópolis y pueblos
unidos, ellas y nosotros, a pesar de su masa y su dureza
como hermanos gemelos pegados por la boca
por la rabia, por los riñones, por el ano
por la abyección común que no podemos olvidar
por todo lo que ha fracasado implacablemente desde el principio

por la mala posición
por todo el viejo pegamento reumático
por el nuevo emplazamiento más dañino
más deformante aún
y sin embargo por la inextinguible tendencia a sublimar

catedrales
monstruosamente caladas en la faz del cielo
nuestras catedrales
¿cuándo las veremos?



En A distancia (recopilación póstuma)
Paris, Mercure de France, 1997
Foto: Henri Michaux (1899-1984) por Eddie Novarro

17 abr. 2013

Georges Bataille: El dedo gordo

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El dedo gordo del pie es la parte más humana del cuerpo humano, en el sentido de que ningún otro elemento del cuerpo se diferencia tanto del elemento correspondiente del mono antropoide (chimpancé, gorila, orangután o gibón). Lo que obedece al hecho de que el mono es arborícola, mientras que el hombre se desplaza por el suelo sin colgarse de las ramas, habiéndose convertido él mismo en un árbol, es decir, levantándose derecho en el aire como un árbol, y tanto más hermoso en la medida en que su erección es correcta. De modo que la función del pie humano consiste en darle un asiento firme a esa erección de la que el hombre está tan orgulloso (el dedo gordo deja de servir para la prensión eventual de las ramas y se aplica al suelo en el mismo plano que los demás dedos).

Pero cualquiera que sea el papel desempeñado en la erección por su pie, el hombre, que tiene la cabeza ligera, es decir, elevada hacia el ciclo y las cosas del cielo, lo mira como un escupitajo so pretexto de que pone ese pie en el barro.

Aun cuando dentro del cuerpo la sangre fluye en igual cantidad de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, se ha tomado el partido de lo que se eleva y la vida humana es considerada erróneamente como una elevación. La división del universo en infierno subterráneo y en cielo completamente puro es una concepción indeleble. El barro y las tinieblas son los principios del mal del mismo modo que la luz y el espacio celeste son los principios del bien: con los pies en el barro pero con la cabeza cerca de la luz, los hombres imaginan obstinadamente un flujo que los eleva sin retorno en el espacio puro. La vida humana implica de hecho la rabia de ver que se trata de un movimiento de ida y vuelta, de la basura al ideal y del ideal a la basura, una rabia que resulta fácil dirigir hacia un órgano tan bajo como un pie.

El pie humano es sometido generalmente a suplicios grotescos que lo vuelven deforme y raquítico. Es imbécilmente destinado a los callos, a las durezas y a los juanetes; y si sólo tenemos en cuenta costumbres que están en vías de desaparecer, a la suciedad más repugnante: la expresión campesina "tiene las manos tan sucias como los pies", que ya no es válida hoy para toda la colectividad humana, lo era en el siglo XVII. 

El secreto espanto que le provoca al hombre su pie es una de las explicaciones de la tendencia a disimular en la medida de lo posible su longitud y su forma. Los tacos más o menos altos según el sexo le quitan al pie una parte de su carácter bajo y plano. 

Además tal inquietud se confunde frecuentemente con la inquietud sexual, lo que es particularmente sorprendente entre los chinos quienes, tras haber atrofiado los pies de las mujeres, los sitúan en el punto más excesivo de sus desviaciones. El mismo marido no debe ver los pies desnudos de su mujer y en general es incorrecto e inmoral mirar los pies de las mujeres. Los confesores católicos, adaptándose a esa aberración, les preguntan a sus penitentes chinos "si no han mirado los pies de las mujeres".

Idéntica aberración se da entre los turcos (turcos del Volga, turcos del Asia Central) que consideran inmoral mostrar sus pies desnudos e incluso se acuestan con medias.

Nada similar puede citarse con respecto a la antigüedad clásica (aparte del uso curioso de las altas plataformas en las tragedias). Las matronas romanas más púdicas dejaban ver constantemente sus dedos desnudos. En cambio, el pudor del pie se desarrolló excesivamente durante los tiempos modernos y no desapareció sino hasta el siglo XIX. Salomon Reinach expuso ampliamente ese desarrollo en el artículo titulado "Pies púdicos"(*), insistiendo sobre el papel de España donde los pies de las mujeres fueron objeto de la preocupación más angustiada y también causa de crímenes. El simple hecho de dejar ver el pie calzado sobrepasando la falda era juzgado indecente. En ningún caso era posible tocar el pie de una mujer, familiaridad excesiva que era, salvo una excepción, más grave que ninguna otra. Por supuesto, el pie de la reina era objeto de la prohibición más terrible. Así, según Mme. D'Aulnoy, estando el conde de Villamediana enamorado de la reina Isabel, pensó en provocar un incendio para tener el placer de llevarla en sus brazos: "Se quemó casi toda la casa que valía cien mil escudos, pero él se consoló cuando aprovechó una situación tan favorable, tomó a la soberana en sus brazos y la cargó por una pequeña escalera. Allí le robó algunos favores y, lo que se destacó mucho en aquel país, tocó incluso su pie. Un paje lo vio, le informó al rey y éste se vengó matando al conde con un disparo de pistola."

Es posible ver en esas obsesiones, como lo hace Salomon Reinach, un refinamiento progresivo del pudor que poco a poco pudo conquistar la pantorrilla, el tobillo y el pie. Aunque en parte es fundada, esta explicación sin embargo no es suficiente si pretendemos dar cuenta de la hilaridad comúnmente provocada por la simple imaginación de los dedos del pie. El juego de los caprichos y los ascos, de las necesidades y los extravíos humanos es en efecto tal que los dedos de las manos significan las acciones hábiles y los caracteres firmes, los dedos de los pies la torpeza y la baja idiotez. Las vicisitudes de los órganos, la pululación de estómagos, laringes, cerebros que atraviesan las especies animales y los innumerables individuos, arrastran la imaginación a flujos y reflujos que no sigue de buen grado por odio a un frenesí todavía perceptible, aunque penosamente, en las palpitaciones sangrientas de los cuerpos. El hombre se imagina gustosamente semejante al dios Neptuno, imponiendo con majestad el silencio a sus propias olas: y sin embargo las olas ruidosas de las vísceras se hinchan y se vuelcan casi incesantemente, poniendo un brusco fin a su dignidad. Ciego, tranquilo no obstante y despreciando extrañamente su oscura bajeza, un personaje cualquiera dispuesto a evocar en su mente las grandezas de la historia humana, por ejemplo cuando su mirada se dirige hacia un monumento que atestigua la grandeza de su país, es detenido en su impulso por un atroz dolor en el dedo gordo porque el más noble de los animales tiene sin embargo callos en los pies, es decir que tiene pies y que esos pies, independientemente de él, llevan una existencia innoble.

Los callos en los pies difieren de los dolores de cabeza y de muelas por su bajeza, y sólo son ridículos en razón de una ignominia explicable por el barro donde los pies se sitúan. Como por su actitud física la especie humana se aleja tanto como puede del barro terrestre -aunque por otra parte una risa espasmódica lleva la alegría a su culminación cada vez que su impulso más puro termina haciendo caer en el barro su propia arrogancia- se piensa que un dedo del pie, siempre más o menos deforme y humillante, sería análogo psicológicamente a la caída brutal de un hombre, vale decir, a la muerte. El aspecto repulsivamente cadavérico y al mismo tiempo llamativo y orgulloso del dedo gordo corresponde a ese escarnio y le da una expresión agudizada al desorden del cuerpo humano, obra de una discordia violenta de los órganos.

La forma del dedo gordo no es sin embargo específicamente monstruosa: en eso es diferente de otras partes del cuerpo, el interior de una boca abierta por ejemplo. Sólo deformaciones secundarias (aunque comunes) han podido darle a su ignominia un valor burlesco excepcional. Pero la mayoría de las veces conviene dar cuenta de los valores burlescos por una extrema seducción. Aunque estamos obligados a distinguir aquí categóricamente dos seducciones radicalmente opuestas (cuya confusión habitual ocasiona los más absurdos malentendidos de lenguaje).

Si hay un elemento seductor en un dedo gordo del pie, es evidente que no se trata de satisfacer una aspiración elevada, por ejemplo el gusto completamente indeleble que en la mayoría de los casos induce a preferir las formas elegantes y correctas. Al contrario, si escogemos por ejemplo el caso del conde de Villamediana, podemos afirmar que el placer que obtuvo al tocar el pie de la reina estaba en relación directa con la fealdad y la inmundicia representadas por la bajeza del pie, prácticamente por los pies más deformes. De modo que aun suponiendo que el pie de la reina haya sido totalmente lindo, sin embargo tomaba su encanto sacrílego de los pies deformes y embarrados. Siendo una reina a priori un ser más ideal, más etéreo que ningún otro, era humano hasta el desgarramiento tocar lo que en ella no difería mucho del pie transpirado de un soldado raso. Es experimentar una seducción que se opone radicalmente a la que causan la luz y la belleza ideal: los dos órdenes de seducción a menudo se confunden porque nos agitamos continuamente entre uno y otro, y dado ese movimiento de ida y vuelta, ya sea que tenga su término en un sentido o en el otro, la seducción es tanto más intensa en la medida en que el movimiento es más brutal.

En el caso del dedo gordo, el fetichismo clásico del pie que culmina en el lamido de los dedos indica categóricamente que se trata de baja seducción, lo que da cuenta de un valor burlesco que se vincula siempre más o menos a los placeres reprobados por aquellos hombres cuyo espíritu es puro y superficial.

El sentido de este artículo parte de una insistencia en cuestionar directa y explícitamente lo que seduce, sin tener en cuenta la cocina poética, que en definitiva no es más que un rodeo (la mayoría de los seres humanos son naturalmente débiles y no pueden abandonarse a sus instintos sino en la penumbra poética). Un retorno a la realidad no implica ninguna aceptación nueva, pero esto quiere decir que somos seducidos bajamente, sin ocultamiento y hasta gritar, con los ojos desorbitados: así desorbitados ante un dedo gordo.


* En La antropología, 1903, pp. 733-736; reimpreso en Cultos, mitos y religiones, r. I, 1 905, pp. 105-1 10.

Georges Bataille, Diccionario Crítico
Incluido en La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939
Trad.: Silvio Mattoni
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2003
Foto: Georges Bataille © adoc-photos Corbis