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27 sept. 2014

Charles Baudelaire: Un viaje a Citerea [1852] (bilingüe)

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Mi corazón, como un pájaro, voltigeaba gozoso
Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
El navío rolaba bajo un cielo sin nubes,
Cual un ángel embriagado de un sol radiante.

¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,
Nos dicen, país celebrado en las canciones,
El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.

—¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
De la antigua Venus, soberbio fantasma
Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
Que satura los espíritus de amor y languidez.

Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
Venerada eternamente por toda nación,
Donde los suspiros de los corazones en adoración
Envuelven como incienso sobre un rosedal

Donde el arrullo eterno de una torcaz
-Citerea no era sino un lugar de los más áridos,
Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!

No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;

Pero, he aquí que rozando la costa, más de cerca
Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
Vimos que era una horca de tres ramas,
Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.

Feroces pájaros posados sobre su cebo
Destruían con saña un ahorcado ya maduro,
Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;

Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
A picotazos lo habían absolutamente castrado.

Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
Una bestia más grande en medio se agitaba
Como un verdugo rodeado de ayudantes.

Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
Silenciosamente tú soportabas estos insultos
En expiación de tus infames cultos
Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.

Ridículo colgado, ¡tus dolores son los míos!
Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
Como una náusea, subir hasta mis dientes,
El caudal de hiel de mis dolores pasados;

Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
He sentido todos los picos y todas las quijadas
De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.

—El cielo estaba encantador, la mar serena;
Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
El corazón amortajado en esta alegoría.

En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido
Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
—¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!


Un Voyage à Cythère

Mon coeur, comme un oiseau, voltigeait tout joyeux
Et planait librement à l'entour des cordages;
Le navire roulait sous un ciel sans nuages;
Comme un ange enivré d'un soleil radieux.

Quelle est cette île triste et noire? — C'est Cythère,
Nous dit-on, un pays fameux dans les chansons
Eldorado banal de tous les vieux garçons.
Regardez, après tout, c'est une pauvre terre.

— Île des doux secrets et des fêtes du coeur!
De l'antique Vénus le superbe fantôme
Au-dessus de tes mers plane comme un arôme
Et charge les esprits d'amour et de langueur.

Belle île aux myrtes verts, pleine de fleurs écloses,
Vénérée à jamais par toute nation,
Où les soupirs des coeurs en adoration
Roulent comme l'encens sur un jardin de roses

Ou le roucoulement éternel d'un ramier!
— Cythère n'était plus qu'un terrain des plus maigres,
Un désert rocailleux troublé par des cris aigres.
J'entrevoyais pourtant un objet singulier!

Ce n'était pas un temple aux ombres bocagères,
Où la jeune prêtresse, amoureuse des fleurs,
Allait, le corps brûlé de secrètes chaleurs,
Entrebâillant sa robe aux brises passagères;

Mais voilà qu'en rasant la côte d'assez près
Pour troubler les oiseaux avec nos voiles blanches,
Nous vîmes que c'était un gibet à trois branches,
Du ciel se détachant en noir, comme un cyprès.

De féroces oiseaux perchés sur leur pâture
Détruisaient avec rage un pendu déjà mûr,
Chacun plantant, comme un outil, son bec impur
Dans tous les coins saignants de cette pourriture;

Les yeux étaient deux trous, et du ventre effondré
Les intestins pesants lui coulaient sur les cuisses,
Et ses bourreaux, gorgés de hideuses délices,
L'avaient à coups de bec absolument châtré.

Sous les pieds, un troupeau de jaloux quadrupèdes,
Le museau relevé, tournoyait et rôdait;
Une plus grande bête au milieu s'agitait
Comme un exécuteur entouré de ses aides.

Habitant de Cythère, enfant d'un ciel si beau,
Silencieusement tu souffrais ces insultes
En expiation de tes infâmes cultes
Et des péchés qui t'ont interdit le tombeau.

Ridicule pendu, tes douleurs sont les miennes!
Je sentis, à l'aspect de tes membres flottants,
Comme un vomissement, remonter vers mes dents
Le long fleuve de fiel des douleurs anciennes;

Devant toi, pauvre diable au souvenir si cher,
J'ai senti tous les becs et toutes les mâchoires
Des corbeaux lancinants et des panthères noires
Qui jadis aimaient tant à triturer ma chair.

— Le ciel était charmant, la mer était unie;
Pour moi tout était noir et sanglant désormais,
Hélas! et j'avais, comme en un suaire épais,
Le coeur enseveli dans cette allégorie.

Dans ton île, ô Vénus! je n'ai trouvé debout
Qu'un gibet symbolique où pendait mon image...
— Ah! Seigneur! donnez-moi la force et le courage
De contempler mon coeur et mon corps sans dégoût!



Las flores del mal (Poema 116 de la edición 1861)
Versión E. M. S. Danero
Imagen: Retrato de Baudelaire por Henri Matisse

7 oct. 2013

6.XII.1933: "Ulises" de James Joyce eximido de la acusación de obscenidad

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H. Matisse: Grabado para Ulises (1935)


La extraordinaria sentencia de la corte de distrito de los Estados Unidos 
pronunciada el 6 de diciembre de 1933 por el honorable John M. Woolsey 
levantando la prohibición que pesaba sobre la circulación del libro Ulises


Demandante:
Corte de Distrito de los Estados Unidos Distrito del Sud de Nueva York Estados Unidos de América

Reclamante:
Un libro llamado «Ulises» de Random House, Inc.

Fallo:
A. 110-59

Las cuestiones contradictorias originadas por un decreto de confiscación acompañado por una requisitoria —descrita más abajo— presentada por los Estados Unidos contra el libro Ulises, de James Joyce, comprendidas en las disposiciones de la Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930, título 19 del Código de los Estados Unidos, por ser dicho libro obsceno dentro del significado de esa Sección y, por lo tanto, no permitiéndosele su entrada en los Estados Unidos, sujeto a embargo, decomiso, confiscación y destrucción. Fiscal de los Estados Unidos —señor Samuel C.

Coleman y el señor Nicolás Atlas, consejero —en representación del Ministerio Público de los Estados Unidos, sosteniendo la legalidad de un decreto de confiscación y oponiéndose a un pedido de revocatoria del decreto que prohíbe la circulación.

Los señores Greembaum, Wolff y Ernst —por el señor Morris L. Ernst y el señor Alejandro Lindey como consejero—, apoderados del reclamante Random House, Inc., pidiendo una declaratoria de ilegalidad del decreto que ordena la confiscación del libro Ulises. Woolsey, J.

El pedido de la declaratoria de ilegalidad es acordado y, en consecuencia, la medida del Gobierno decretando el decomiso y la confiscación es denegada.

Por consiguiente, un fallo invalidando ese decreto sin costas puede ser pronunciado en este caso.

I — La práctica seguida en este asunto está de acuerdo con la tesis sostenida por mí en el caso de: Estados Unidos v. Un libro intitulado «Anti-Concepción», 51 F. (2°) 525 y es como sigue:

Después que la cuestión quedara debidamente planteada y abierta la causa, se llegó a un acuerdo entre el Fiscal de los Estados Unidos y los apoderados del reclamante, proveyendo:

1) Que el libro Ulises, en su integridad literaria y tal como ha sido escrito, informa la materia de este juicio y ha sido incorporado al proceso.
2) Que los litigantes desistieron de su derecho a un juicio por jurado.
3) Que cada litigante se reserva el derecho de formular las peticiones a su favor que creyera justas.
4) Que sobre las cuestiones contradictorias la Corte decidirá toda cuestión de hecho y derecho y pronunciará un latido general sobre el mismo.
5) Que sobre la decisión de tales impedimentos, el decreto de la Corte podrá ser incoado como una sentencia pronunciada en juicio. Me parece que un procedimiento de esta clase es altamente apropiado a resoluciones sobre confiscación de libros como el que nos ocupa. Es un procedimiento especialmente ventajoso en el presente caso, pues en virtud de la extensión del libro Ulises y la dificultad que ofrece su lectura, un juicio por jurado hubiera sido un método en extremo desacertado, por no decir imposible de llevar a cabo.

II — He leído Ulises una vez en su totalidad y varias veces los pasajes de los cuales el Gobierno se queja en forma particular. De hecho, durante muchas semanas he dedicado mi tiempo libre a la consideración del fallo que mi deber me exigía en este asunto. Ulises no es un libro fácil de leer o comprender. Pero se ha escrito mucho sobre él y para acercarse con propiedad a su consideración es conveniente leer cierto número de libros que ahora se han convertido en sus satélites. El estudio de Ulises es, en consecuencia, una, pesada tarea.

III — La reputación de Ulises en el mundo literario justificaba, empero, mi decisión de emplear todo el tiempo que fuera necesario para compenetrarme a mi entera satisfacción de la intención con que el libro fue escrito, pues, desde luego, en todos los casos en que un libro es tachado de obsceno, primero se debe determinar si la intención del autor al escribirlo fue lo que comúnmente se llama pornografía; es decir, escribir con el propósito de explotar la obscenidad. Si se llega a la conclusión de que el libro es pornográfico, habrá terminado la consulta y el decomiso deberá hacerse. Pero en Ulises, a pesar de su franqueza inusitada, no encuentro en ningún lugar el propósito equívoco del sensualista. Sostengo, por consiguiente, que no es pornográfico.

IV — Al escribir Ulises, Joyce trató de hacer un experimento serio en un género literario nuevo, si no enteramente inédito. Toma a personas de la más modesta clase media, que viven en Dublín en 1904 y trata no solamente de describir lo que hicieron cierto día, a comienzos del mes de junio, mientras iban y venían por la ciudad empeñadas en sus ocupaciones habituales, sino que también trata de contar lo que muchas de ellas pensaron entretanto. Joyce ha intentado —con éxito asombroso, según creo— mostrar cómo la pantalla de la conciencia, con sus impresiones calidoscópicas siempre fugaces, lleva, cual si fuese un palimpsesto plástico, no solamente lo que queda de las cosas que suceden a su alrededor en el foco de observación de una persona, sino también los residuos de impresiones pasadas que quedan en una zona de penumbra y que surgen por asociación de ideas desde las profundidades del subconsciente. Luego muestra cómo cada una de esas impresiones influye en la vida y en la conducta del personaje que está describiendo. Lo que él trata de conseguir no difiere del resultado de una doble exposición sobre una película cinematográfica o, si ello es posible, de una exposición múltiple que diera un primer plano claro sobre un fondo visible pero algo borroso, y fuera de foco en grados constantemente variables.

Tener que explicar con palabras un efecto que evidentemente se presta más para una técnica gráfica, es causa principalísima, según creo, de la obscuridad con que tropieza el lector de Ulises. Y también justifica otro aspecto del libro que debo, además, considerar, o sea la sinceridad de Joyce y su honesto esfuerzo para mostrar con exactitud cómo operan las mentes de sus personajes.

Si Joyce no intentara ser honesto desarrollando la técnica que ha adoptado en Ulises, el resultado sería psicológicamente falso e infiel, por lo tanto, a la técnica elegida. Tal actitud sería artísticamente imperdonable. Y es porque Joyce se ha mantenida leal a su técnica y no ha intentado evadirse de sus necesarias implicaciones, sino que ha tratado honestamente de contar con plenitud lo que sus personajes piensan, que ha sido objeto de tantos ataques y que la finalidad por él perseguida ha sido tan a menudo mal entendida y mal interpretada. Pues su propósito de realizar sincera y lealmente el móvil propuesto le exigió usar incidentalmente ciertas palabras que en general son consideradas sucias y lo ha llevado a veces a lo que muchos consideran una preocupación demasiado acentuadamente sexual en los pensamientos de sus personajes. Las palabras tildadas de sucias son viejos términos sajones, conocidos por casi todos los hombres y, me arriesgo a decir, por muchas mujeres, y son las palabras que emplearía natural y habitualmente, creo yo, la clase de gente cuya vida física y mental Joyce está tratando de describir. Respecto a la reaparición insistente del tema del sexo en la mente de los personajes, no se debe olvidar que éstos actúan en un ambiente céltico y en plena temporada primaveral.

Que a uno le agrade o no una técnica como la que usa Joyce, es cuestión de gusto y sobre la cual toda discusión es inútil. Pero pretender someter esa técnica a los puntos de vista de otras técnicas me parece punto menos que absurdo. 

Por consiguiente, sostengo que Ulises un libro sincero y honesto, y pienso que las críticas quedan enteramente compensadas por su razonada exposición.

V — Además, Ulises un asombroso tour de force si se considera el éxito que ha obtenido, en principio, con un objeto tan difícil como el que Joyce se había propuesto. Como ya he dicho, Ulises no es un libro de fácil lectura. Es brillante y aburrido, inteligible y oscuro alternativamente. En muchos pasajes me resulta desagradable; pero, aunque contiene —como ya he mencionado— muchas palabras consideradas vulgarmente sucias, no he hallado nada que denote complacencia en tal suciedad. Cada palabra del libro contribuye como un trozo de mosaico al detalle del cuadro que Joyce está tratando de ofrecer a sus lectores.

Si uno no desea asociarse con gente como la que Joyce pinta, es asunto que queda librado al criterio personal. Para evitar contactos indirectos como esos personajes, uno puede no desear la lectura de Ulises; eso es bastante comprensible. Pero si un verdadero artista de la palabra, como Joyce lo es indudablemente, intenta trazar una imagen real de la clase media más baja de una ciudad europea, ¿debe ser legalmente imposible para el público norteamericano ver esa imagen?

Para contestar a esta pregunta no es suficiente llegar a la conclusión, como lo he hecho más arriba, de que Joyce no escribió Ulises con lo que vulgarmente se llama «intención pornográfica». Debo esforzarme por aplicar un criterio más objetivo a su libro a fin de determinar su efecto, prescindiendo de la intención con que fue escrito.

VI — La ley en la cual el decreto está comprendido, solamente pena, en lo que nos concierne, la introducción en los Estados Unidos de cualquier libro obsceno proveniente de cualquier país extranjero. (Sección 305 de la Ley de Impuestos de 1930. Título 19, Código de los Estados Unidos, pág. 1305.) No esgrime contra los libros la amenaza de los adjetivos condenatorios que generalmente se hallan en leyes que tratan asuntos de esta índole. Se requiere de mí, por lo tanto, únicamente que determine si Ulises es obsceno dentro de la definición legal de dicha palabra.

El significado de la palabra «obsceno», como la definen legalmente las Cortes, es: Tendiente a excitar los impulsos sexuales o a inducir a pensamientos sexualmente impuros y sensuales. Dunlop v. Estados Unidos, 165 U. S. 486, 501; Estados Unidos v. Un libro intitulado Amor conyugal, 48 F. (2°) 821, 824; Estados Unidos v. Un libro intitulado Anti-Concepción, 51 F. (2°) 525, 528; y compárese Dysart v. Estados Unidos, 272 U. S. 622, 657; Swearingen v. Estados Unidos, 161 U. S. 446, 450; Estados Unidos v. Dennett, 39 F. (29) 564, 568 (C. C.A. 2); El Pueblo v.

Wendling, 258 N. Y. 451, 453. Si un determinado libro tendiera a excitar tales impulsos y pensamientos, tendría que ser probado por la Corte, en cuanto a su efecto, en una persona de instintos sexuales normales —lo que los franceses llaman l’homme moyen sensuel—, que desempeña en esta rama de investigaciones legales el mismo papel de reactivo hipotético que el «hombre razonable» en la Ley de Agravios y «el hombre entendido en arte» respecto a cuestiones de invención en la Ley de Patentes.

El riesgo involucrado en el uso de tales reactivos surge de la tendencia inherente del examinador de hechos, por imparcial que intente ser, de subordinar demasiado su reactivo a su propia idiosincrasia. Aquí he intentado evitar esto en lo posible y hacer mi reactivo más objetivo de lo que hubiese podido ser de otra manera, adoptando el siguiente proceder:

Después de haber tomado mi decisión acerca de ese aspecto de Ulises que ahora se considera, confronté mis impresiones con las de dos amigos míos, que en mi opinión reunían los requisitos arriba mencionados para mi reactivo.

Estos asesores literarios —como bien podría llamarlos— fueron visitados separadamente y ninguno sabía que yo había consultado al otro. Son ellos hombres cuya opinión sobre la literatura y la vida valoro muy altamente. Los dos habían leído Ulises y, desde luego, estaban completamente desvinculados de esta causa.

Sin hacer saber a ninguno de mis asesores cuál era mi decisión, di a cada uno la definición legal de «obsceno» y le pregunté si en su opinión Ulises era «obsceno» dentro de esa definición.

Me interesó comprobar que ambos estaban de acuerdo con mi opinión: Que Ulises, leído en su integridad, como un libro debe ser leído en una prueba como ésta, no tendía a excitar impulsos sexuales o pensamientos sensuales, sino que su efecto sobre ellos era solamente el de un comentario algo trágico y muy poderoso sobre la vida íntima de hombres y mujeres.

La ley concierne únicamente a personas normales. Un ensayo tal como el que he descrito, es, por lo tanto, la única prueba apropiada de «obscenidad» en el caso de un libro como Ulises, que es un intento sincero y serio de crear un nuevo método literario para la observación y descripción de la humanidad.

Me doy perfecta cuenta de que, debido a alguna de sus escenas, Ulises es un trago más bien fuerte para ser gustado por algunas personas sensibles, aunque normales; pero mi opinión, madurada tras larga reflexión, es que mientras en muchos pasajes el efecto que Ulises produce sobre el lector es indudablemente algo emético, en ninguna parte tiende a ser un afrodisíaco.

Por lo tanto, Ulises puede ser admitido en los Estados Unidos.

Jorris M. Woosley
Juez de Distrito de los EE.UU.
6 de diciembre de 1933


Advertencia

El Juez John M. Woolsey ha eximido a Ulises de la acusación de obscenidad, emitiendo una opinión que promete convertirse en un acontecimiento de importancia en la historia de la lucha por la libre expresión. La obra maestra de James Joyce, por cuya circulación la gente ha sido tildada de criminal, puede ahora entrar libremente en este país.

Sería difícil sobreestimar la importancia de la decisión del juez Woolsey. Durante décadas los censores han luchado por mutilar la literatura. Han tratado de exaltar las sensibilidades de los melindrosos como un criterio para la sociedad, han procurado reducir el material de lectura de los adultos al nivel; de los adolescentes y personas subnormales, y han fomentado evasiones y santurronerías.

El caso de Ulises marca un punto decisivo. Es un golpe para los censores. La necesidad de hipocresía y circunloquios en literatura ha sido eliminada. Los escritores no necesitan más buscar refugio en eufemismos. Pueden ahora describir las funciones humanas sin temor a la ley.

El caso de Ulises tiene una triple significación. La definición y el concepto de obscenidad nos han molestado durante mucho tiempo. El juez Woolsey nos ha dado una fórmula que es lúcida, racional y práctica. Al proceder así, no solamente ha definido un concepto laberíntico de la ley, sino que ha sentado una opinión que lo eleva al nivel del antiguo juez de la Corte Suprema Oliver Wendell Holmes como maestro de la prosa jurídica. Su servicio a la causa de las letras libres no ha sido de menor importancia. Pero tal vez su mayor servicio ha sido para la sociedad. El precedente que ha establecido, hará mucho para liberar el pábulo mental del público, de los censores que se han esforzado por convertirlo en un hecho definido.

La primera semana de diciembre de 1933 pasará a la historia por dos revocaciones: la de prohibición y la de compulsión legal por remilgos en la literatura. No es inconcebible que estas dos hayan estado íntimamente ligadas en un reciente pasado, y que las represiones sexuales encontraran desahogo en la intemperancia. Sea como fuere, podemos ahora conocer libremente el contenido de las botellas y de los libros.

Puede ser que, en el futuro, la derogación del tabú sexual en las letras resulte de la mayor importancia. Tal vez la intolerancia que cerró nuestras destilerías fue la intolerancia que decretó que las funciones humanas básicas debían ser tratadas en los libros en forma furtiva. Felizmente, ambas cosas fueron ahora repudiadas.

El caso Ulises es la culminación de una prolongada y porfiada lucha contra los censores, que data de la victoria sobre la New York Vice Society en el caso Mademoiselle de Maupin, en 1922, y en los casos de The Well of Loneliness, el caso Dennet, los casos de los libros del Dr. Stopes, el caso Casanova’s Homecoming, el caso Frankie and Johnnie y el caso de God’s Little Acre, de Erskine Caldwell, que han servido para liberalizar la ley de la obscenidad. La victoria de Ulises contribuye a la saludable marcha de nuestros tribunales.

Desde el caso de Ulises debe de aquí en adelante ser imposible a los censores sustentar legalmente un ataque contra ningún libro de integridad artística, por franco y crudo que resulte. Hemos recorrido un largo trecho desde los días de Bowdler y Mrs. Grundy y Comstock. Podemos regocijarnos del resultado.

Jorris L. Ernst
Nueva York, diciembre 11, 1933


Incluido en Carl Gustav Jung: Quién es "Ulises" (1930)
Edición: Santiago Rueda (1944), Luis A. Hernández R. (2013)
Traducción: Santiago Rueda
Imagen: Grabado de Henri Matisse (1935) para Ulises de James Joyce

6 mar. 2007

Henry Matisse interrogado por Guillaume Apollinaire

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He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de Francia: la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades.

No hay relación entre la pintura y la literatura, y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica.

Cuando yo vine hacia usted, Matisse, las gentes lo miraban y, como ellos reían, usted sonrió.

Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla.

Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable.

“Yo trabajé”, me dijo usted, “para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu. Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica.”

Después, luego de servirme ese vino rancio que usted trajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo de todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar en el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se está en su búsqueda.

“Después” usted decía “crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tomé por una repetición, que sólo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera fuesen los diversos estados de ánimo por los que pasaba.”

El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconciencia natural. Pero esta operación se producía en determinado momento.

¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos a un destino!

Usted me dijo: “Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mí mismo cuando las dificultades me arredraban: ‘Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza’. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica”.

Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado uno de los trabajos más difíciles: dar existencia plástica a los cuadros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones.

La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la combinación de colores y líneas. Esa combinación es la que contribuye al arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto.

Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores.

Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artista es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida.

A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de su sinceridad y las dudas que lo angustiarán pasarán a ser la razón de su curiosidad.

“Jamás he evitado la influencia de los otros”, me dijo Matisse. “Yo hubiera considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ése y no otro era su destino”.

En consecuencia todas las escrituras plásticas: los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los artistas peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado, pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, H. Matisse cuya personalidad tan rica hubiera podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue.

Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de todas las razas humanas, H. Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa.

Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo sólo son especias para nuestro espíritu. Así H. Matisse consideró a Giotto, a Piero della Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para conocer el camino que habría de seguir confiadamente su espíritu triunfador.

No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que ella se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento.

Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, nosotros podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla.


Extraído de Henri Matisse: Reflexiones sobre el Arte, Buenos Aires, 1977

factorserpiente

3 mar. 2007

H. Matisse en conversación con G. Apollinaire

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(Henri Matisse, La Phalange, Nº 2, 15-18 diciembre 1907)



He aquí un tímido ensayo sobre un artista en quien se combinan, creo, las más tiernas calidades de Francia: la fuerza de su simplicidad y la dulzura de sus claridades.
No hay relación entre la pintura y la literatura, y he tratado en este aspecto de no provocar confusión alguna. Es que en Matisse la expresión plástica es la meta, así como para el poeta lo es la expresión lírica.
Cuando yo vine hacia usted, Matisse, las gentes lo miraban y, como ellos reían, usted sonrió.
Veían un monstruo, ahí donde se elevaba una maravilla.
Yo lo interrogaba y sus respuestas traducían las causas del equilibrio de su arte razonable.
Yo trabajé”, me dijo usted, “para enriquecer mi cerebro satisfaciendo las diferentes curiosidades de mi espíritu. Me esforzaba en conocer los distintos pensamientos de maestros antiguos y modernos de la plástica. El trabajo fue también material porque trataba al mismo tiempo de comprender su técnica.”
Después, luego de servirme ese vino rancio que usted trajo de Collioure, quiso volver al tema de las peripecias de ese peligroso viaje hacia el descubrimiento de la personalidad. Se va de la ciencia a la conciencia, es decir el olvido completo de todo lo que no estaba en usted mismo. ¡Qué dificultad! El tacto y el gusto son aquí los únicos gendarmes que pueden alejar para siempre lo que no hay que volver a encontrar en el camino. El instinto no guía. Se ha alejado, y se está en su búsqueda.
Después” usted decía “crecí al considerar mis primeras obras. Raramente engañan. Encontré en ellas una similitud que al principio tomé por una repetición, que sólo agregaba monotonía a mis cuadros. Era la manifestación de mi personalidad, que aparecía, cualesquiera fuesen los diversos estados de ánimo por los que pasaba.”El instinto resurgía. Usted sometía, finalmente, su conciencia humana a la inconciencia natural. Pero esta operación se producía en determinado momento.
¡Qué imagen para un artista: los dioses omnipotentes, todopoderosos, pero sometidos a un destino!
Usted me dijo: “Yo me he esforzado en desarrollar esta personalidad contando sobre todo con mi instinto y volviendo a menudo a los principios, y me decía a mí mismo cuando las dificultades me arredraban: ‘Tengo colores y una tela, y debo expresarme con pureza’. Debería hacerlo sumariamente poniendo, por ejemplo, cuatro o cinco manchas de colores, trazando cuatro o cinco líneas, que dieran una expresión plástica”.
Muchas veces se le reprochó esa expresión sumaria, mi querido Matisse, sin pensar que usted había realizado uno de los trabajos más difíciles: dar existencia plástica a los cuadros sin el concurso del objeto, salvo para provocar sensaciones.
La elocuencia de sus obras proviene, ante todo, de la combinación de colores y líneas. Esa combinación es la que contribuye al arte del pintor y no, como lo creen aún ciertos espíritus artificiales, la simple reproducción del objeto.
Henri Matisse bosqueja sus concepciones, construye sus cuadros mediante colores y líneas hasta darles vida a sus combinaciones, hasta que sean lógicas y formen una composición cerrada, donde no se podría quitar ni un color ni una línea sin reducir el conjunto a la búsqueda azarosa de algunas líneas y algunos colores.
Ordenar un caos, he ahí la creación. Y si la meta del artista es crear, hace falta un orden, en el que el instinto será la medida.
A quien trabaje así, la influencia de otras personalidades no podrá anularlo. Sus certezas son íntimas. Provienen de su sinceridad y las dudas que lo angustiarán pasarán a ser la razón de su curiosidad.
Jamás he evitado la influencia de los otros”, me dijo Matisse. “Yo hubiera considerado esa actitud como una cobardía y una falta de sinceridad frente a mí mismo. Creo que la personalidad del artista se desenvuelve, se afirma, por las luchas que tiene que librar contra otras personalidades. Si el combate le es fatal, si su personalidad sucumbe, ése y no otro era su destino”.
En consecuencia todas las escrituras plásticas: los egipcios hieráticos, los griegos refinados, los camboyanos voluptuosos, las producciones de los artistas peruanos, las estatuillas de los negros africanos, proporcionadas de acuerdo con las pasiones que los han inspirado, pueden interesar a un artista y ayudarlo a la vez a desarrollar su personalidad. Al confrontar sin cesar su arte con las otras concepciones artísticas, al no cerrar su espíritu a las manifestaciones vecinas a las artes plásticas, H. Matisse cuya personalidad tan rica hubiera podido crecer tal vez aisladamente, se enriqueció y adquirió esa grandiosidad, esa dignidad que lo distingue.
Pero, curioso de conocer las capacidades artísticas de todas las razas humanas, H. Matisse permaneció antes que nada devoto de la belleza de Europa.
Europeos, nuestro patrimonio va de los jardines bañados por el Mediterráneo a los mares sólidos del Norte. Encontramos allí los alimentos que amamos y las sustancias aromáticas de otras partes del mundo sólo son especias para nuestro espíritu. Así H. Matisse consideró a Giotto, a Piero della Francesca, a los primitivos sieneses, a Duccio, menos poderosos en volumen pero más ricos en espíritu. Y en seguida meditó sobre Rembrandt. Y colocándose en este punto de confrontación de la pintura, se observó a sí mismo para conocer el camino que habría de seguir confiadamente su espíritu triunfador.
No estamos en presencia de una tentativa desmedida: lo propio del arte de Matisse es ser razonable. Que esta razón sea a veces apasionada, a veces tierna, no impide que ella se exprese con tanta pureza como para que se la entienda. La conciencia de Matisse es el resultado del conocimiento de otras conciencias artísticas. Matisse debe la novedad de su plástica a su instinto o a su propio conocimiento.
Cuando hablamos de la naturaleza, no debemos olvidar que formamos parte de ella, y que debemos considerarnos con tanta curiosidad y sinceridad como cuando estudiamos un árbol, un cielo o una idea. Ya que hay una relación entre nosotros y el resto del universo, nosotros podemos descubrirla y posteriormente no intentar sobrepasarla.


Extraído de H. MATISSE: Reflexiones sobre el Arte, Buenos Aires, 1977

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