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11 jun. 2015

Descarga: Thomas Mann - La montaña mágica

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«La montaña mágica» (Der Zauberberg, en el original alemán) es una novela de Thomas Mann que se publicó en 1924. Es considerada la novela más importante de su autor y un clásico de la literatura en lengua alemana del siglo XX que ha sido traducido a numerosos idiomas. Thomas Mann comenzó a escribir la novela en 1912, a raíz de una visita a su esposa en el Sanatorio Wald de Davos en el que se encontraba internada. La concibió inicialmente como una novela corta, pero el proyecto fue creciendo con el tiempo hasta convertirse en una obra mucho más extensa. La obra narra la estancia de su protagonista principal, el joven Hans Castorp, en un sanatorio de los Alpes suizos al que inicialmente había llegado únicamente como visitante. La obra ha sido calificada de novela filosófica, porque, aunque se ajusta al molde genérico de la novela de aprendizaje, introduce reflexiones sobre los temas más variados, tanto a cargo del narrador como de los personajes (especialmente Naphta y Settembrini, los encargados de la educación del protagonista). Entre estos temas ocupa un lugar preponderante el del «tiempo», hasta el punto de que el propio autor la calificó de «novela del tiempo», pero también se dedican muchas páginas a discutir sobre la enfermedad, la muerte, la estética, la política, etc.

19 may. 2015

Descarga: Thomas Mann - Ensayos sobre música, teatro y literatura

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El presente volumen reúne una selección de los ensayos de Thomas Mann, sin duda una de las figuras centrales de la literatura del siglo XX. Poco conocida en España, la ingente obra ensayística de este autor —los volúmenes publicados después de su muerte suman más de dos mil páginas— constituye un análisis penetrante e imaginativo de la cultura europea. Alrededor de este tema central se agrupan otros como la relación del artista con la sociedad, la complejidad de la realidad y del tiempo o las seducciones de la espiritualidad, el eros y la muerte. Los textos que aquí presentamos suponen una eficaz aproximación al ideario estético de Mann en campos como la música —«la pasión por la fascinante obra de Wagner acompaña mi vida desde que la vislumbré por primera vez»—, el teatro, «patria de toda espiritualidad sensual y de toda sensualidad espiritual», y la literatura. Es en este último apartado donde se encuentran algunos de los ensayos más perceptivos y profundos de su autor, en torno a grandes figuras de la literatura universal: desde un «Viaje por mar con Don Quijote» —genial comentario de la obra de Cervantes escrito en el barco que le llevaba a Estados Unidos en 1934 huyendo de los nazis hasta el conmovedor ensayo sobre Chéjov, pasando por Goethe, Zola o la Anna Karenina de Tolstói.

28 dic. 2012

Thomas Mann: El duelo de Jacob

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¿Es menos brutal una seña que una palabra? La cosa es harto discutible. Judá adoptaba el punto de vista del portador de espanto, cuyas preferencias van al signo que hace superflua la palabra. Pero ¿y el que recibe la noticia? Con toda la fuerza de su ignorancia, puede rechazar la palabra, pisotearla, tachándola de mentira, de afrentosa invención, y arrojarla al infierno de los absurdos inconcebibles, único lugar que le cuadra - por lo menos así le hace ver su radiosa y potente convicción -, hasta que el desdichado se da cuenta exacta de que la palabra tiene derecho a vivir en la luz del día. No entra en sí mismo, sino lentamente. Al principio le parece incomprensible. ¿Cómo atrapar el sentido, conferirle una realidad? Esta sacudida, que va a trastornar vuestro cerebro y vuestro corazón, queda un momento a merced de uno, para ser devuelta al mensajero, para prolongar la ignorancia y la vida y figurarse que el interlocutor es un loco. "¿Qué has dicho? - podéis preguntarle -. ¿Estás en tus cabales? Ven, voy a cuidarte, a hacerte tomar algo que te tonifique; después continuarás hablando y tratarás de hacerte entender." Estas palabras serían capaces de ofenderle, pero, siendo él dueño de la situación, se siente lleno de indulgencia, y, poco a poco, su mirada razonable y compadecida os hace titubear. No soportáis esta mirada, comprendéis que la inversión de papeles que queríais establecer, por instinto de conservación, es inadmisible, y que mejor seria que lo que ofrecíais al otro, para tonificarle, lo tomarais vosotros mismos...

Así la palabra permite la lucha para retrasar la verdad en marcha. Nada de esto es posible cuando la señal entra en juego; su condensada crueldad no admite ficción ni demora. Excluye todo equívoco y no hay necesidad de que se conceda una realidad, siendo la realidad misma. La señal es tangible, no condesciende a darse una apariencia incomprensible y no deja escapatoria. Os fuerza a imaginar en vosotros mismos lo que echaríais como una locura al oírlo expresado en palabras, y os obliga o a creeros insensatos, o a comprender la verdad. En la palabra, como en la señal, lo directo y lo indirecto se entrecruzan y no se sabría decir cuál de las dos cosas es más brutal. La señal es muda, por la única razón de que, siendo la cosa significada, no tiene necesidad de expresarse para ser comprendida. En silencio, os hace caer.

Que Jacob, al ver la vestidura, cayó de espaldas, conforme se preveía, es un hecho incontestable. La escena, sin embargo, no tuvo testigos. Los hombres de Dotaín, dos pordioseros de obtusa inteligencia, que a cambio de cierta cantidad de lana y de leche agriada habían aceptado el encargo, se alejaron a toda prisa del lugar, tan pronto como lanzaron su embuste, sin cuidarse del resultado.

Habían dejado a Jacob, el hombre de Dios, de pie y con los resecos guiñapos en las manos, en el lugar donde le habían encontrado, delante de su tienda de pelo de animal, y se habían ido, primero a grandes zancadas lentas, luego a todo correr. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció Jacob allí, contemplando lo poco que le quedaba - hubo de convencerse despacio - de José en este mundo, Y después cayó para atrás, y en esta posición le hallaron las mujeres que pasaban, las esposas de sus hijos, la siquemita Buna, mujer de Simeón, y la de Leví, a la que decían nieta de Heber. Espantadas, lo alzaron y llevaron a su tienda. Los jirones que tenía entre sus manos las convencieron pronto de la causa de su caída.

No era un síncope ordinario, sino una especie de rigidez que invadía cada músculo, cada fibra; tanto, que no se podía doblar una articulación sin quebrarla, y todo el cuerpo parecía petrificado. Este fenómeno, bastante raro, es a veces la reacción de la naturaleza contra los golpes extraordinarios del destino, una especie de sobresalto de defensa, una barrera desesperada, tenaz, que se opone a lo inaceptable, pero que, pasadas unas horas, tendrá que ceder necesariamente a la presión de la implacable realidad, capitular y dejar libre paso a la aflicción.

Las gentes del dominio, hombres y mujeres llamados de todas partes y reunidos en torno a Jacob, observaban con temor la progresiva debilidad de aquella estatua de sal, que poco a poco retornaba a ser un hombre dolorido y azotado por el sufrimiento. Aún no salía de su garganta la voz, cuando ya respondía a los emisarios partidos hacía largo tiempo: "Sí, ésta es la vestidura de mi hijo". Y luego, con una voz terrible que el horror hacia estridente, gritó: "Un animal feroz lo ha devorado, una bestia furiosa ha despedazado a José". Y como si esta palabra: despedazado, le sugiriera lo que debía hacer, comenzó a hacer pedazos sus vestiduras.

Como estaban en lo más caluroso del estío, las vestiduras de Jacob no resistieron demasiado a los desgarrones. Pero, aunque lo hacía con toda la fuerza de su miseria, la desgarradura duró bastante tiempo, por la manera inquietante y silenciosamente metódica como la llevaba a cabo. Aterrados, tratando en vano de evitar aquello, los circunstantes le vieron no sólo despojarse de su túnica, sino - obedeciendo claramente a un insensato deseo - lacerar todo lo que sobre él llevaba, echar los andrajos a sus pies y quedar completamente desnudo. Para los que le rodeaban, habituados a respetar la repulsión que inspiraba a aquel hombre pudibundo todo lo que fuera ver desnudeces, pareció aquel gesto hasta tal punto extraordinario y degradante, que no pudieron soportar el espectáculo y se volvieron de espaldas entre quejumbrosas protestas, y salieron de la tienda tapándose las caras con las manos.

Para explicar su fuga, la palabra "pudor" no sería propia y justa sino tomada en su acepción intrínseca, universalmente olvidada: esto es, como representativa del horror que suscita la naturaleza primitiva cuando se manifiesta a través de las capas de civilización que la recubren, cuando por regla general no aparece en la superficie sino en forma alusiva y bajo la apariencia debilitada de los símbolos. Para expresar una alusión de este género, formulada según las exigencias de la civilidad, se desgarraban las vestiduras con motivo de un gran duelo. Hay que ver aquí la atenuante burguesa del uso primitivo, o, mejor dicho, de lo que era anterior a todos los usos, y que consistía en despojarse de los vestidos para indicar que el indumento, señal distintiva de la dignidad humana en este punto destruida, es desdeñado por el exceso de dolor que reduce al individuo al estado de criatura desnuda. Así lo hizo Jacob. En la agonía de su sufrimiento, volvió al punto de partida de la costumbre, pasando del símbolo a la cosa simbolizada, a la espantosa acción original. Hizo "lo que no se debe hacer" y aquí es donde hay que buscar el origen de aquel horror que inspiró. Los estratos más bajos ascienden. Y si para expresar la hondura de su miseria le hubiera venido a las mientes balar como un carnero, la gente que le rodeaba no se hubiera sentido más impresionada por esto.

Púdicamente, emprendieron la fuga. Le abandonaron. Es dudoso que el deplorable anciano se sintiera complacido con la partida. ¿Tal vez era su más secreto anhelo suscitar horror, y no encontró bien que le dejaran solo, dedicado a sus transportes? Por lo demás, no estaba solo y sus transportes no requerían testigos humanos para conservar su carácter y su voluntad de producir horror. En cuanto a saber hacia quién - o mejor, contra quién - subía su queja desgarradora, a quién se proponía aterrorizar demostrándole, por medio de un expresivo retorno a la primitiva naturaleza, cuan salvajemente se había conducido, al modo de los habitantes del desierto, el desesperado padre lo sabía muy bien y los suyos acabaron por comprenderlo a su vez; particularmente Eliécer, "el más antiguo servidor de Abraham", que le asistió; Eliécer, aquel anciano que era una institución y que decía "yo" de tan singular manera, aquel en busca del cual había ido la tierra.

La terrible noticia, confirmada por la prueba irrefutable, de que el hijo de la Derecha, su hermoso y hábil alumno, había sido víctima de un animal feroz cuando iba de camino, le había herido en el corazón; pero su naturaleza de rara impersonalidad, el sentimiento singularmente extenso que de sí mismo tenía, le permitieron recibir el golpe con cierta flema. Por añadidura, el cuidado que le inspiraba Jacob, el lloroso, le hizo descuidar su propia pena. Eliécer fue quien sustentó a su dueño, aunque Jacob rehusó alimentarse durante varios días; él fue quien le decidió a pasar por lo menos la noche bajo la tienda, tendido en el lecho, mientras que él velaba a la cabecera. Durante el día, Jacob se colocaba sobre un montón de tizones y cenizas, en un rincón sin sombra, apartado de la gente. Desnudo, apretando en sus manos los restos del velo, con los cabellos, las barbas y los hombros cubiertos de ceniza, se rascaba el cuerpo de vez en cuando con un tizón expresamente escogido, como si estuviera cubierto de llagas y de úlceras. Gesto puramente simbólico, porque no tenía úlceras ni mucho menos, pero la rascadura también formaba parte de los signos dirigidos a quien fuera.

La vista del pobre cuerpo macerada, era bastante miserable y digna de compasión, aun sin las dolorosas huellas que le infligía para ilustrar su dolor, y todos, exceptuando al mayordomo, se apartaron con temor y respeto de aquel espectáculo de abandono. El cuerpo de Jacob no era ya el del mozo alerto, delicado, que había luchado en Jabbok contra el extranjero de ojos bovinos, sin sucumbir, y pasado la noche tempestuosa con la que no era la Derecha; ni el cuerpo de aquel que más tarde había procreado a José, en el seno de la Derecha. Unos setenta años habían pasado por él, aunque no se había llevado la cuenta exacta; dichos años no habían dejado de obrar ni de producirle las deformaciones conmovedoras o repugnantes de la edad, que hacían penosa la visión de su desnudez. La juventud se muestra muy de grado y generosamente sin velos, consciente de su belleza, que le sirve de excusa. La edad sabe por qué se envuelve en pudor juntamente con su dignidad. Aquel pecho enrojecido por el calor, cubierto de vellos blancos, cuyas formas se feminizaban, tal como sucede con el pasar de los años, aquellos brazos debilitados, aquellos muslos, los pliegues del vientre fláccido, nadie tenía que verlos, salvo Eliécer, que tomaba con calma el espectáculo y no ponía objeción alguna que turbara las demostraciones de su señor.

Y no era tampoco hombre que impidiera a Jacob tomar las otras medidas que no sobrepasaran las de un duelo severo: en particular, sentarse sobre un montón de inmundicias y ensuciarse constantemente con cenizas que se mezclaban con su sudor y lágrimas. Estas prácticas eran loables y Eliécer se limitó a construir un improvisado cobertizo en el lugar en que Jacob hacía penitencia, para evitar que, en las horas cálidas, el sol de Tammuz le hiriera demasiado cruelmente. A pesar de esta precaución, el rostro lamentable de Jacob, con su boca abierta, el maxilar inferior que pendía entre las barbas, sus ojos que se movían constantemente hacia el cielo, en una mirada venida desde insospechables abismos de aflicción, aquel rostro estaba lastimado por el calor y la prueba. El mismo se complacía en comprobarlo, como hacen los seres conscientemente sensibles que tienen la preocupación de sus diversos estados y que creerían hacerles daño si no los expresaran con palabras.

- Mi rostro - dijo con voz temblorosa - está rojo e hinchado a fuerza de llorar. Doblado por la aflicción, me siento para llorar y las lágrimas chorrean por mi cara.

No era ésta su manera de hablar habitual. Podía notarse inmediatamente. Según ciertos cantos antiguos, Noé había usado ya, a propósito del Diluvio, un lenguaje semejante o aproximado, y Jacob se lo apropiaba. Es bueno, consolador y cómodo para una humanidad presa del sufrimiento tener a su disposición fórmulas lamentosas que daten de las edades primitivas, hechas ya, y capaces de ser adaptadas a la actualidad posterior, como si hubieran sido creadas para ella, fórmulas que consuelan tanto como las palabras pueden consolar en el dolor. De este modo, cualquiera puede servirse de tales lenitivos y confundir su propio sufrimiento con el sufrimiento pasado, aún presente. Jacob no podía tributar mayor homenaje a su aflicción que comparándola con el diluvio universal y usando las palabras que se aplicaron a dicho cataclismo.

Su desesperación se expresaba por medio de fórmulas más o menos consagradas; especialmente, su grito de sufrimiento: "Un animal feroz ha devorado a José... ¡José ha sido desgarrado!", llevaba hasta cierto punto la huella de una herida de otrora, aunque no haya por esto que poner en duda su espontaneidad. ¡No le faltaba espontaneidad a Jacob, a pesar del uso de frases tradicionales!

- El cordero y la oveja han sido degollados - salmodiaba como una letanía, balanceándose y vertiendo amargas lágrimas -. ¡Primero la madre, y ahora el cordero! ¡La oveja ha dejado al corderino a una escasa distancia del albergue; y he aquí que también el corderillo se ha extraviado, se ha perdido! ¡No, no, no! ¡Es demasiado, es demasiado! ¡Ay de mí, ay de mí! Mi lamentación se alza sobre el hijo querido, sobre el arbusto arrancado de raíz, mi esperanza, arrancado como un joven retoño, mi lamentación de duelo. ¡Oh mi Damu, hijo mío! ¡Ya el mundo inferior es tu morada! ¡No comeré más pan, ni beberé más agua, puesto que ha sido desgarrado, José ha sido desgarrado!

De rato en rato, Eliécer le limpiaba el rostro con un paño húmedo, se asociaba a sus quejas cuando éstas se ajustaban a las fórmulas establecidas, o por lo menos le acompañaba, con un murmullo, en el estribillo perpetuo, o en el grito "¡Desdicha!", o cuando decía "¡Desgarrado, desgarrado!" Todo el dominio se lamentaba con Jacob. La gente tenía que haberlo hecho así, aunque la tristeza que le causara la desaparición del amable niño de la casa hubiese sido menos sincera: "¡Hoi achí, hoi adón! ¡Lloremos a nuestro hermano! ¡Llorémosle en el Señor!", cantaban a coro. El son de sus palabras llegaba hasta Jacob y Eliécer; oían, aunque no estuviera expresada en los términos propios, la decisión de no tomar alimento alguno, ni bebida, porque el retoño había sido arrancado y la hierba secada por el viento del desierto.

La costumbre es buena y el hábito benéfico cuando, por medio de prescripciones, canalizan el dolor y la alegría para que no degeneren, errando a la aventura, y para que les sea preparado un lecho quieto donde puedan ser vertidos. Como cualquier otro, Jacob comprendió el beneficio y utilidad de las tradiciones que le ligaban con el pasado. Empero, el nieto de Abraham era un carácter demasiado original, y los sentimientos de orden general se juntaban en él, de manera demasiado vivaz, con las ideas personales, para que este conformismo pudiera satisfacerle. También se lamentaba libremente, forjando él mismo nuevas fórmulas, mientras que Eliécer seguía enjugándole el rostro, echando aquí o allá una palabra de aquiescencia para tranquilizarle, o bien una contradicción destinada a llamarle al orden.

- Lo que yo había temido - articulaba Jacob con su voz disminuida, medio ahogada, en la que ponía el sufrimiento notas agudas -, lo que yo me temí ha caído sobre mí. ¿Te das cuenta de esto, Eliécer, puedes comprenderlo? No, no, no, no; no se puede comprender que lo que se ha temido suceda. Si yo no hubiera temido, y la calamidad me hubiese azotado sin sospecharla, creería en ello y diría a mi corazón: Has pecado por imprevisión, no has prevenido el mal, no lo has tenido en cuenta a tiempo para mantenerle a distancia. La sorpresa es plausible. Pero que se produzca la calamidad que se ha temido de antemano, que ose presentarse a pesar de mis presentimientos, es una abominación a mis ojos, y contraria a lo que fue estipulado.

- Nada ha sido estipulado en materia de pruebas - respondía Eliécer.

- Según el derecho, no. Pero según la sensibilidad humana, si. ¡Y esta sensibilidad tiene también sus razones y sus rebeldías! ¿Para qué habrá recibido el hombre el sentimiento del temor y de la previsión, sino para conjurar el mal y apartar al destino de sus ideas maliciosas, y pensarlas él mismo? El destino se irrita con esto, ciertamente, pero se siente avergonzado y se dice: "¿Son éstas aún mis ideas? Si son las del hombre, no quiero tener más que ver con ellas". ¿Y qué sucedería con el hombre si la previsión y el presentimiento no le sirvieran de nada y si sus temores son vanos, o mejor dicho, fundados? ¿Cómo podrá vivir el hombre si no puede tener la certeza de que las cosas sucederán de otro modo distinto a como él se figura?

- Dios es libre - dijo Eliécer.

Jacob apretó sus labios. Cogió el tizón que había, dejado caer, y se rascó de nuevo sus úlceras simbólicas. Hacía esto cada vez que se pronunciaba el nombre de Dios. Continuó diciendo:

- ¡Cuánto he temido y temblado ante el pensamiento de que una bestia feroz de las marañas asaltara un día a mi niño y le hiciera mal! He soportado que mi angustia fuera objeto de burla para las gentes, que llegaban a decir de mí: "¡Vaya, vaya con la vieja nodriza!" Me he cubierto de ridículo como un hombre que va repitiendo: "¡Estoy enfermo, estoy muriéndome!", pero que tiene siempre buena cara y no se muere; al fin, nadie lo toma en serio, ni siquiera él mismo; un día se lo encuentran muerto, y todos lamentan sus burlas y dicen: "¡Ven, no estaba tan loco!" ¿Podrá gozar el hombre de su confusión? No, porque estará muerto. Y hubiera preferido pasar por loco a sus ojos, a los ojos de aquellos que se burlaban, que ser disculpado de esta manera, de la que no puede satisfacerse. Y yo estoy sentado en un montón de inmundicias, con el rostro hinchado y surcado por el llanto, que chorrea por mis mejillas mezclado con cenizas. ¿Puedo alegrarme porque el mal previsto ha sucedido? No, puesto que ha sucedido; estoy muerto porque José ha muerto, desgarrado, desgarrado...

"Mira, Eliécer; toma y ve: los restos del velo bordado de imágenes. Fue el que quité a la Derecha y la Mejor Amada, en la cámara nupcial, ofreciéndole la flor de mi alma. Y sucedió que era la No-Derecha, por una trampa que me hizo Labán; y mi alma quedó sucia e indeciblemente desgarrada por largo tiempo, hasta el día que, entre crueles sufrimientos, la Derecha me dio al niño Dumuzi; mi todo. Ahora, él también está despedazado y las delicias de mis ojos ya no existen. ¿Se puede creer tal cosa? ¿Es aceptable esta prueba? No, no, no, no; quiero dejar de vivir. ¡Deseo que mi alma vaya al espacio y mi cuerpo a la muerte!

- ¡No peques, Israel!

- ¡Ah, Eliécer! ¡Enséñame a temer a Dios y adorar su infinito poder! El se ha hecho pagar regiamente por el nombre y la bendición, por las lágrimas amargas de Esaú. Fija el precio a su gusto y lo exige sin regateo. No regateó conmigo, ni me dejó en lo que estaba más allá de mis medios. Me tasa según su estimación y quiere conocer mejor que yo la capacidad de resistencia de mi alma. ¿Puedo discutir con él de igual a igual? Sentado en las cenizas, me raspo mis úlceras. ¿Qué más quiere? Mis labios dicen: "Lo que ha hecho el Señor, bien hecho está". ¡Que se ajuste a lo que dicen mis labios! Lo que yo pienso en mi corazón no le interesa a nadie sino a mí. - Pero él lee también en los corazones.

- ¡Y qué quieres que haga yo! El ha creado los corazones de manera que puede leer en ellos. Yo no. Hubiera hecho mejor en dejar al hombre un refugio ante su infinito poder, para que el hombre pudiera murmurar contra lo inaceptable y hacer sus reflexiones sobre la justicia. Mi corazón era su asilo y su tabernáculo predilecto. Cuando lo visitaba, lo hallaba barrido, con el lugar de honor preparado. Ahora este corazón no tiene más que cenizas mezcladas con lágrimas y es el albergue de la miseria. Que se aparte de mi corazón para evitar ensuciarse y se mantenga en mis labios.

- ¡Trata de no pecar, Jacob-ben-Yitzchak!

- No trilles las palabras en tu era, viejo servidor, porque no son sino pajas huecas. Interésate por mí y no por Dios, pues su grandeza infinita se ríe de tu solicitud, mientras que yo no soy más que un amasijo de miseria. No me hables desde afuera, háblame en el lenguaje del corazón, pues no puedo soportar otro. ¿Sabes tú y has comprendido que José ya no existe y que ya no volverá nunca, nunca? Pensando en esto podrás hablar el lenguaje de mi corazón y no aventar pajas vacías en la era; con mi propia boca, yo le ordené ese viaje, diciéndole: Parte para Shekem, prostérnate delante de tus hermanos para que regresen y para que Israel no sea como un tronco despojado de su ramaje. Yo se lo impuse, yo me lo exigí, yo nos traté duramente, insistiendo en que viajara solo, sin escolta; pues reconocía que su locura era la mía y no me disimulaba mis faltas, conocidas por Dios. Pero Dios me ha disimulado lo que sabía y sus crueles designios. Esta es la fidelidad del Dios poderoso y he aquí cómo devuelve sinceridad por sinceridad.

- ¡Conserva, al menos, tus labios puros, hijo de la legítima!

- Mis labios están hechos para que yo escupa lo que es imposible tragar. ¡Que tus palabras no vengan de afuera, Eliécer, sino de adentro! ¿En qué piensa Dios al imponerme un sacrificio que hace que mis ojos se revuelvan y que se extravíe mi espíritu, porque no es a mi medida? ¿Tengo yo la resistencia de las piedras y es mi carne de bronce? ¡Si, en su sabiduría, me hubiera hecho de bronce!... Pero tal como soy, el sacrificio es demasiado grande para mí. ¡Mi niño, mi Damu! ¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó! ¡Si no me lo hubiera dado! ¡O si no me hubiera sacado del seno maternal, ni a mí ni a nada! ¿Qué pensar, Eliécer, a dónde volverse, en esta miseria? Si yo no existiera, yo no sabría nada y no sucedería nada. Pero desde el momento que existo, de todas maneras es preferible que José haya muerto en vez de que no haya existido, pues así algo me queda: mi dolor. ¡Ah, Dios ha querido que no se le pueda llevar la contraria y que uno se vea obligado a decir sí, en el mismo instante en que está diciendo no! ¡Sí, se lo dio a mi vejez, glorificado sea su nombre! ¡Lo moldeó con sus manos y lo hizo encantador y amable! Como la leche lo hizo, formó su cuerpo bien construido, revistiendo sus miembros de carne y de piel, derramando sobre él sus gracias. Cuando el niño me cogió por las orejas, riendo, y me dijo: "¡Padrecito, dámela!", yo se la di, porque no soy de bronce ni de piedra. Y cuando lo llamé y le hice ver la obligación de que partiera para ese viaje, él exclamó: "¡Listo estoy!", y saltó sobre sus talones. ¡Cuando pienso en esto, mi queja brota de mi como el agua del manantial! Es como si, habiéndole cargado la leña del sacrificio, lo hubiera conducido de mi mano, llevando yo mismo el fuego y el cuchillo. Oh Eliécer: de esto habría yo sido incapaz, lo he reconocido delante de Dios y lo he confesado con contrición, lealmente. ¿Crees tú que ha agradecido mi humildad y aceptado compasivamente mi confesión? No; sopló fuego por sus narices y dijo: "Que se cumpla el sacrificio de que tú eres incapaz, y si a ti te falta valor para darme a tu hijo, yo lo tomaré". ¡He aquí a Dios! Mira la vestidura y los restos de la vestidura llenos de sangre. Esta es la sangre de sus venas que el animal feroz ha desgarrado junto con su carne. ¡Horror, horror! ¡Oh pecado de Dios, oh ciega e irrazonable felonía! ¡Yo he exigido demasiado de él, Eliécer, he exigido demasiado del niño! Se habrá extraviado de camino, perdido en el desierto, y el monstruo ha caído sobre él para devorarle, sin que le detuviera su terror. ¿Quizás gritó el niño, llamándome, quizás llamó a su madre, que murió cuando él era pequeño? Nadie le ha oído, Dios veló por esto. ¿Crees tú que ha sido un león el que le ha devorado? ¿O un cerdo salvaje, con los pelos erizados, que lo habrá destrozado con sus colmillos?

Jacob tembló, callóse y se sumió en la meditación. Inevitablemente, por una asociación de ideas, la palabra "cerdo" trasladaba la tragedia espantosa, única, que había desgarrado su corazón, al plano superior, antiguo y trazado de antemano, al plano del eterno presente sometido al movimiento giratorio; le señalaba, de cierto modo, su lugar entre las estrellas; el verraco, el jabalí irritado, era el fratricida Set, el asesino del dios, era el Rojo, era Esaú, al que por excepción él, Jacob, había sabido enternecer, llorando a los pies de Elifas, pero que, según el prototipo, despedazaba a su hermano. ¿Quién sabe si ese cerdo no podría manifestarse en el plano terrestre bajo una forma fragmentaria, repartida en diez entidades diversas? En este momento, una especie de sospecha, sugerida por la tradición, estuvo a punto de ascender desde las profundidades de su ser, donde, desde que Jacob recibió los sangrientos jirones, se había movido y trataba de alzarse hasta la conciencia del padre: obscuramente, Jacob presintió cuál era el jabalí maldito que había desgarrado a José. Pero, aun antes de que este pensamiento saliera a superficie, lo dejó caer en las tinieblas y se dedicó cuanto pudo a hundirlo y dominarlo. Por un fenómeno singular, lo apartaba, se defendía contra una hipótesis que, no obstante, le hubiera permitido identificar en el plano inferior el acto antaño llevado a cabo en el plano superior; si una sospecha se hubiera instalado en él, hubiérase revuelto contra él mismo. Su valor y su amor a la verdad eran lo bastante grandes para que, habiéndose reconocido solidario con las faltas de José, se impusiera apartarla de sí. Empero, por una excusable debilidad, este valor y este amor a la verdad no llegaban hasta hacerle asumir la responsabilidad que fatalmente habría dejado aparecer una sospecha que tuviera que ver con el hermano o, mejor dicho, con los hermanos. ¿Cómo? ¿Convenir que él era el jabalí, y que, gracias a su loco cariño borracho de sí mismo, había hecho caer a José? Era pedirle demasiado: y, en su amargo dolor, arrojaba fuera de sí esta idea. Esta sospecha inconfesada, desterrada en las tinieblas, era lo que daba a su sufrimiento un gusto de hiel y le incitaba a mostrar su aflicción ante Dios.

La idea de Dios obsesionaba a Jacob. Estaba detrás de todo y allí se fijaban sus ojos meditativos, ahogados en lágrimas, desesperados. León o jabalí, Dios había querido, permitido, llevado a cabo, en resumen, aquel horror, y Jacob sentía cierta satisfacción, corriente en el hombre, de que su desesperación le diera licencia para entrar a discutir con Dios. Estado elevado, en suma, que contrastaba singularmente con aquellas muestras de humildad, la desnudez y las cenizas. Cierto es que para entrar en discusión con Dios era indispensable la humillación. Jacob, flagelando su aflicción, se autorizaba para hablar sin rodeos y no tener cuenta con sus labios.

- ¡Eso es Dios! - se repetía con un temblor acentuado -. ¡El Señor no me ha interrogado, Eliécer! No me ha dicho: "¡Ofréceme a tu amado hijo!" ¿Quién sabe si mi valor no hubiera sido mayor de lo que esperaba mi humildad? Quizás yo habría conducido al niño a Moría, a pesar de sus preguntas sobre el cordero del sacrificio, quizás hubiera podido oírle sin desfallecer, y osado alzar el cuchillo sobre Isaac, confiando en el carnero; ¡el Señor me hubiera puesto a prueba! Pero no lo ha hecho así, Eliécer, no lo ha hecho así. No me ha juzgado digno de la prueba. Cuando reconozco que no soy completamente ajeno a las disensiones entre los hermanos, se sirve de esto para atraer al hijo de mi corazón y hacerle errar a la ventura, de modo que un león se eche sobre él o que un puerco salvaje hunda sus colmillos en su carne y hoce en sus entrañas. Ese animal lo devora todo, tú lo sabes, y lo ha devorado. Ese animal ha llevado a su guarida, a sus pequeños lechones salvajes, pedazos de José. ¿Se puede creer y admitir tal cosa? No, eso no se puede hacer. La escupo, como el pájaro escupe la broza. Mírala, ahí está por los suelos. Dios hará de ella lo que quiera, que yo, por mi parte, no la quiero conmigo.

- ¡Vuelve en ti, Israel!

- No, mayordomo, ¡no soy dueño de mí! Dios ha extraviado mis sentidos, y ahora ha de oír mis palabras. El es mi creador, ya lo sé. Me ha colado como leche y me ha elaborado como queso. Estoy conforme. Pero ¿qué sería El, y dónde estaría, si no fuera por mis padres y por mi? ¿Tan poca memoria tiene? ¿Ha olvidado el tormento y la pena que el hombre se ha tomado por El, y cómo Abraham lo ha descubierto y realizado por el pensamiento, tan bien, que tuvo ganas de besarse las puntas de los dedos juntos, exclamando: "En fin, ya voy a ser llamado Maestro y Todopoderoso"? Yo me pregunto: ¿ha olvidado el pacto, ya que se conduce como si yo fuera un enemigo? ¿En qué he desmerecido yo? Que me lo haga ver. ¿He quemado incienso a los baalim del país o enviado besos a los astros? Nada criminal había en mí, y mi oración era pura. ¿Por qué soy objeto de violencia, en lugar de hallar la equidad? Que me aniquile entonces, en seguida, y me precipite en la tumba a su gusto, que esto le costaría poco trabajo, aun sin motivo, porque no pido más que dejar de vivir, ya que la violencia es ley. ¿Es para burlarse del espíritu humano por lo que hunde a los buenos y a los malvados? ¿Pero dónde estaría El sin el espíritu humano? Eliécer, el pacto ha sido roto. No me preguntes por qué, pues sufriría yo al responderte. Dios no ha caminado al mismo paso que nosotros, ¿me comprendes bien? Dios y el hombre se habían escogido mutuamente y habían concluido una alianza, para que cada uno pudiera llevarse a cabo y santificarse en el otro. Pero el hombre ha adquirido delicadeza, se ha afinado en Dios, su alma se ha pulido, y he aquí que Dios le manda una prueba, una abominación del desierto que no sabría admitir y que escupiría forzosamente diciendo: "¡Esto no es para mí!" Entonces, Eliécer, es necesario deducir que Dios no ha ido al paso con nosotros en la vía de la santificación, que se ha quedado atrás, aun en el estado de demonio.

Tales frases causaban en Eliécer el espanto consiguiente. Imploraba al cielo para que fuera indulgente con su amo, que no era dueño de sí. Le regañaba:

- Usas un lenguaje impío que no se debe oír, y, contra todo bien, pisoteas un pedazo del manto del Señor. Yo soy quien te lo dice; yo, que, por la gracia de Dios, vencí con Abraham a los reyes de Oriente, y que vi a la tierra alzarse y venir a mi encuentro cuando fui en embajada matrimonial. Reprochas a Dios ser un demonio del desierto y te la das de delicado y refinado frente a El; pero es en tus palabras donde aúlla el desierto, y decepcionas y apartas la lástima que inspira tu gran dolor, dejando degenerar así tu aflicción, y tomándola como pretexto para permitirte una horrible libertad de expresión. ¿Quieres discutir sobre la justicia y la injusticia, y constituirte en juez por encima de Aquel que no solamente ha creado a Behemoth, cuya cola se erige como un cedro, y a Leviatán, con sus dientes rodeados de terror y sus escamas semejantes a escudos de bronce, sino también a Orión, las Pléyades y el alba matutina, y las serpientes y el Abubu del polvo? ¿No te ha dado, acaso, la bendición de Isaac, con preferencia a Esaú, algo mayor que tú, y confirmado magníficamente su promesa en Beth-el, por la visión de la escala? Bien te has acomodado colocándote, cuando no tienes nada que decir a esto, en el punto de vista del espíritu humano delicado y refinado, pues todo eso respondía a tus deseos. ¿No te enriqueció en casa de Labán, y no descorrió los cerrojos polvorientos para que pudieras huir con los tuyos? ¿No fue Labán ante ti como un cordero, en las montañas de Galaad? Y ahora que te sucede una desgracia, muy pesada de llevar, nadie lo duda, te encabritas, mi amo, te comportas como un asno testarudo, arrojas tus vestiduras como un libertino y dices que Dios se ha dejado sobrepasar por el hombre. ¿Estás tú libre, pues, de pecado, tú que estás hecho de carne; estás seguro de que toda tu vida has practicado la justicia? ¿Pretendes comprender lo que es demasiado elevado para ti, sondear las profundidades de la vida y sus misterios, para que alces tu voz humana diciendo: "Esto no es para mi y yo soy más santo que el Señor"? En verdad, yo no debía de haber escuchado esas palabras, ¡oh hijo de la legítima! 

 - Sí, tú, Eliécer - respondió Jacob dejándose llevar por la ironía -. ¡Tú estás en lo cierto y ahí puedes quedarte! Tú has ingurgitado la verdad a grandes cucharadas y la exudas por todos tus poros. Es verdaderamente edificante tu manera de echarme una reprimenda y de insinuar que tú has dispersado, en compañía de Abraham, a los reyes, lo cual es sencillamente imposible. Pues hay motivo para suponer, según toda apariencia de razón, que tú eres mi hermanastro, nacido de una sirvienta en Damasco, y tus ojos han visto tan poco a Abraham como los míos. ¡Mira, éste es el caso que yo hago de tus discursos edificantes, en mi miseria! Yo era puro, pero Dios me ha hundido hasta el cuello en el fango, y los hombres en mi situación se afianzan a su razón; no teniendo más que hacer de los piadosos ornamentos de la verdad, la dejan ir desnuda. Por lo demás, dudo, igualmente, de que la tierra fuera a tu encuentro. ¡Y hemos terminado!

- Jacob, Jacob, ¿qué haces? Destruyes el universo en el exceso de tu aflicción; lo rompes en pedazos y lo arrojas a la cabeza de quien te exhorta (que prefiero no decir a qué cabeza lo lanzas, hablando propiamente). ¿Eres el primero a quien ha llegado el sufrimiento, y no tiene derecho el dolor a golpearte sin que tu vientre se hinche de blasfemias, sin que te rebeles y embistas, cabeza baja, contra Dios? ¿Piensas que las montañas cambiarán de lugar por tu causa y que las aguas cambiarán la dirección de sus corrientes? ¿Estás dispuesto a reventar de rabia ahora mismo, llamando impío al Señor y tratando de inicuo al Sublime?

- Cállate, Eliécer. ¡Te lo ruego; no hables de mí así, a troche y moche, que el dolor pone mi sensibilidad a lo vivo y no lo soportaría más! ¿Ha sido Dios el que se ha visto obligado a echar a su hijo único como pasto de los jabalíes y los jabatos en su manida, o he sido yo? ¿Por qué ha de ser El a quien reconfortes y por qué has de tomar su partido? Tú no comprendes ni gota y quieres hablar en nombre de Dios. ¡Ah, defensor de Dios, él te lo agradecerá y te recompensará por haberle protegido, magnificando astutamente sus actos, porque es Dios! Pero lo que yo quiero decir es esto: te romperá los dientes. Porque tú lo defiendes en falso, tratas de engañarle como se engaña a un hombre tratando de agradarle secretamente. Eres un hipócrita; El no te querrá por haberte puesto así de su parte y defender servilmente su causa cuando me ha hecho esto que clama al cielo, echando a José como aumento a los jabatos. Yo podría usar también tu lenguaje, pues tengo tanto sentido común como tú. Pero yo, que me expreso de manera tan diferente, estoy más cerca de él que tú. Pues uno se encuentra obligado a defender a Dios contra sus defensores y a protegerlo contra los que le buscan excusas. ¿Si pensaras que es un hombre, aunque dotado de un poder infinito, te pondrías de parte de El, contra mí que soy un gusano? Al decir que El es eternamente grande, malgastas tus palabras, si no sabes que Dios está por encima de Dios, que se sobrepasa eternamente y que te castigará desde las alturas, donde El es mi refugio y mi salud, y donde tú no estarás si te pones entre El y yo.

- Nosotros somos todos carne corrompida y estamos desnudos ante el pecado - respondió dulcemente Eliécer -. Cada uno debe abundar en el sentido de Dios, en la medida que lo comprende y hasta donde sus facultades se lo permiten, pues nadie puede alcanzar su altura. Admitamos que hemos usado un lenguaje inconveniente. Ahora, ven, querido señor, vuelve a entrar en tu morada, que ya te has dedicado por bastante tiempo a las prácticas que comporta el duelo, llevándolas al paroxismo. Tu rostro está hinchado por el calor que hace sobre este montón de tizones, y eres demasiado frágil, demasiado delicado, para soportar tales manifestaciones de dolor.

- ¡Por las lágrimas, por las lágrimas tengo el rostro inflamado e hinchado, de tanto llorar al amado!

Jacob, después de decir esto, siguió a Eliécer y se dejó conducir a su tienda. El también había terminado de interesarse por las basuras, por la desnudez y por el rascar sus llagas simbólicas, pues todo esto no había tenido más objeto que permitirle discutir abundantemente con Dios.


En José y sus hermanos (Cap. VII "El descuartizado")
Traducción de José María Souviron
Ediciones Guadarrama, Barcelona, España, 1977
Foto: Thomas Mann Holding Small Figurine ca. 1930s © Corbis

8 ene. 2012

Thomas Mann - La muerte

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 10 de septiembre

Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo...

El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo...

12 de septiembre

He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño.

Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas.

Mientras volvíamos me alegró al ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar.

15 de septiembre

Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda.

¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre...

18 de septiembre

Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable.

Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besé a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico!

21 de septiembre

He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce años que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo.

La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente.

¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? !Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el doce de octubre ... ?

23 de septiembre

Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida.

¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo Miedo, Pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce octubre.

27 de septiembre

El viejo doctor Gudehus víno de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo.

—Es necesario —dijo, mientras se comía media pollo —que haga usted ejercicio, señor conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, !je, je!

Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor.

30 de septiembre

—¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8.460.

No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? !Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil, y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte!

2 de octubre

Estoy profundamente conmovido, y en mí emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco.

Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por esto evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió?

Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar?

¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas...

3 de octubre

Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos.

¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea...

¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre...

5 de octubre

Pienso continuamente en ello, y me ocupa completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día.

Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte. 

7 de octubre

El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra.

Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies.

Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido?

8 de octubre

He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo?

Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación ... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad.

9 de octubre

Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: ¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío.

10 de octubre

¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, Pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras.

"!Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción.

11 de octubre (a las 11 de la noche)

¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Creedme, lo comprendo!

Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba.

—¡La señorita—exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida!

Y yo fui en seguida, No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus.

—Ha sido un ataque cardíaco —dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese palurdo y loco hacía como si de veras hubiera sabido algo!

Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella —fuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea—, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche, y sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? !Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas!

¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí fuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir-. "Es mejor que acabemos pronto"...


En Señor y perro y otros relatos
Traducción de F. Payarais y Oliver Brachfeld
Imagen: © dpa/Corbis


14 jun. 2010

Thomas Mann - De los celos divinos (José y sus hermanos, T. I)

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Tales son las historias de Jacob, inscritas en sus rasgos de anciano, como se desarrollaron a sus ojos ensimismados, cuyas miradas se prendían a las pestañas cuando caía en solemnes meditaciones, ya solo, ya en público. Las gentes, a quienes su expresión inspiraba un terror sagrado, se daban codazos murmurando: "¡Silencio, Jacob está recordando sus historias!" Acabamos de relatar unas cuantas y de rectificarlas definitivamente incluso aquellas que se remontan a muy lejana época, aun el regreso de Jacob a occidente y el tiempo que estuvo allí. Pero queda por llenar un período de diecisiete años, rico en historias y en variados sucesos, en los cuales el doble matrimonio de Jacob con Lía y Raquel y el nacimiento de su hijo Rubén fueron el punto culminante.

Rubén era hijo de Lía, no de Raquel. Lía dio a luz el primogénito de Jacob, que más tarde perdió su derecho de primogenitura a causa de sus ligerezas, pues era como un torrente de agua viva. No fue Raquel quien le concibió y llevó en su seno; Jacob no le recibió de la esposa de su corazón; y, según la voluntad de Dios, tampoco fue ella la que dio el día a Simeón, Leví, Dan y Judá, ni a ninguno de los diez hijos hasta Zabulón.

Pasada la semana de fiestas, al quinto día Jacob dejó a Lía y, habiéndose refrescado un poco con las cacerías de aves a las que acompañó a los invitados, le fue llevada Raquel; y no volveremos a esto, pues ya hemos contado cómo Jacob acogió a Raquel. Como consecuencia de la maquinación del demonio de Labán, había poseído una primera vez, en la persona de Lía, a Raquel, pues fue realmente un doble matrimonio el que aquella noche se consumó, compartiendo el lecho de las dos hermanas, ambas presentes, la una en realidad, la otra en pensamiento. ¿Y qué significa la palabra realidad? Considerado desde este punto de vista, Rubén era el hijo de Raquel, concebido por ella. Empero, ella seguía estéril, a pesar de su celo y diligencia; mientras que Lía, cada día más fuerte, cruzaba con aire satisfecho sus manos sobre sus formas redondeadas, la cabeza inclinada a un lado con humildad, los ojos bajos para velar su bizquera.

En cuclillas sobre ladrillos, parió con la mayor facilidad: fue cuestión de pocas horas, un verdadero placer. Rubén salió como un torrente. Cuando Jacob, avisado a toda prisa, volvió del campo donde dirigía la recolección del sésamo, el recién nacido estaba ya bañado, frotado en sal y vendado. Posó Jacob su mano sobre él y dijo ante todos los de la casa: "Mi hijo".

Labán le felicitó, exhortándole a estar tan alerto para aquello como él lo había estado, haciéndose un nombre en tres años consecutivos; y la parturienta, feliz, gritaba en su lecho que deseaba ser fecundada doce años seguidos, sin interrupción. Raquel la oyó.

No se apartaba de la cuna, un mecedor suspendido por cuerdas al techo; desde su cama, Lía no tenía más que alargar la mano para ponerla en movimiento. Raquel, sentada al otro lado, contemplaba al niño. Cuando éste lloraba, ella lo levantaba y se lo pasaba a su hermana, hacia su inflado pecho, estriado de azules venas. No dejaba de ver a Lía nutriendo al recién nacido que se ponía más rojo y mofletudo a medida que se saciaba. Y mientras le miraba, apretaba con sus manos su propio seno frágil.

- Pobrecita - decía Lía -, no te atormentes, tu vez te llegará. Tus posibilidades son mucho mayores que las mías; sobre ti se posan los ojos de nuestro señor; y por una noche que viene hacia mí, pasa junto a ti cuatro o seis. ¿Cómo habrá de faltarte el resultado?

Las ocasiones estaban del lado de Raquel; pero Lía no quedaba en menos, según la voluntad de Dios. Apenas restablecida de su primer parto, se halló, de nuevo, encinta; y mientras portaba a Rubén a su espalda llevaba en su seno a Simeón. Apenas sufría cuando su embarazo comenzaba a desarrollarse y no profería la menor queja. Valiente y de buen humor hasta el fin, trabajaba en el vergel de Labán hasta la hora en que, con los rasgos un poco alterados, ordenaba ella misma que le prepararan los ladrillos. Simeón hizo su aparición con facilidad, estornudando. Todo el mundo lo admiraba, Raquel más que los otros, pero su admiración le hacía daño. No era como para con el primer niño: esta vez Jacob lo había procreado a sabiendas, con conocimiento de causa, y con Lía, que podía reivindicarlo sin equívoco posible.

¿Y Raquel? ¿Qué le pasaba a esta muchacha? ¡Con qué mirada cargada de seriedad y alegría había acogido a su primo lleno de valor gracioso y de ardor de vivir! ¡Con qué confianza había deseado y presentido que le daría hijos a su imagen y a veces hasta mellizos! Y he aquí que seguía estéril, cuando Lía acunaba su segundo hijo. ¿Cómo era eso posible?

Para explicar este triste fenómeno, no podemos más que atenernos a la tradición: porque Lía no tenía ningún valor a los ojos de Jacob fue por lo que el Señor la hizo fecunda e hirió a Raquel de esterilidad. Exactamente. Este ensayo de glosa vale por otro. Tiene un carácter hipotético más que afirmativo; no poseemos testimonio directo y decisivo de El-Shaddai sobre el motivo de la determinación, y, con toda verosimilitud, no existía; ignoramos si el castigo recaía sobre Jacob o sobre algún otro; estaríamos, sin embargo, dispuestos a no considerar esta interpretación si conociéramos alguna mejor; pero como éste no es el caso, sino al contrario, la creemos exacta en substancia.

La substancia es que la sanción divina no iba dirigida contra Raquel, o al menos en modo principal; y que no se proponía favorecer a Lía; el castigo infligido a Jacob para hacerle ver que la tierna y parcial glorificación de su amor, el orgullo que ponía en hacer gala de ella y afirmarla, no tenían la aprobación de Elohím. Empero, esta tendencia a elegir un ser entre todos y a señalarlo con preferencia exaltada, ese sentimiento que se substraía a todo juicio extraño exigiendo que el mundo lo admitiera con fervor, no eran sino la imitación de un modelo en el plano terrestre. ¿Fue castigado Jacob porque ese sentimiento soberano era una imitación? Precisamente. Aquí conviene ser circunspecto. Pero aún después de un escrupuloso examen de lo que antecede, no subsistiría una duda sobre el motivo supremo que dictó la sanción. Elohím se sintió celoso de un privilegio que él quería caracterizar como suyo propio, humillando el amor orgulloso de Jacob. Quizá nuestra interpretación sea objeto de una crítica; escapará difícilmente al reproche de invocar un motivo mezquino dictado por la pasión, tal como los celos, para explicar la decisión divina. Pero las susceptibilidades enfurecidas serán capaces, sin embargo, de considerar estos celos que las ofuscan como un elemento que todavía no había sufrido la depuración del espíritu, un residuo de épocas primitivas cuando el principio divino aún estaba en formación, un estado muy antiguo, que asciende hasta el principio total - sobre el que se ha arrojado alguna luz, empero -, cuando Jahú, el señor de la guerra y las intemperies, reinaba sobre una tropa bronceada de hijos del desierto que se titulaban guerreros, cuando se presentaba bajo temibles rasgos, más que bajo el aspecto de la santidad.

La alianza del principio divino con el espíritu humano encarnado en Abraham, el emigrante, se proponía su santificación recíproca. Era una alianza en la cual las mutuas necesidades de lo humano y de lo divino dependían tan estrechamente unas de otras, que no se sabría decir de qué parte vino la iniciativa de la Colaboración. Salió de ello, en todo caso, la santificación de la esencia divina y la depuración de la humana, que formaron un doble proceso íntimamente ligado. Si no, ¿para qué hubiera existido el pacto?




José y sus hermanos
Tomo I: Las historias de Jacob (Cap, VI - Las hermanas)
Traducción de José María Souviron
Madrid 1993




2 oct. 2009

Thomas Mann - El duelo de Jacob (José y sus hermanos, Tomo II)

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Thomas Mann en familia



¿Es menos brutal una seña que una palabra? La cosa es harto discutible. Judá adoptaba el punto de vista del portador de espanto, cuyas preferencias van al signo que hace superflua la palabra. Pero ¿y el que recibe la noticia? Con toda la fuerza de su ignorancia, puede rechazar la palabra, pisotearla, tachándola de mentira, de afrentosa invención, y arrojarla al infierno de los absurdos inconcebibles, único lugar que le cuadra - por lo menos así le hace ver su radiosa y potente convicción -, hasta que el desdichado se da cuenta exacta de que la palabra tiene derecho a vivir en la luz del día. No entra en sí mismo, sino lentamente. Al principio le parece incomprensible. ¿Cómo atrapar el sentido, conferirle una realidad? Esta sacudida, que va a trastornar vuestro cerebro y vuestro corazón, queda un momento a merced de uno, para ser devuelta al mensajero, para prolongar la ignorancia y la vida y figurarse que el interlocutor es un loco. "¿Qué has dicho? - podéis preguntarle -. ¿Estás en tus cabales? Ven, voy a cuidarte, a hacerte tomar algo que te tonifique; después continuarás hablando y tratarás de hacerte entender." Estas palabras serían capaces de ofenderle, pero, siendo él dueño de la situación, se siente lleno de indulgencia, y, poco a poco, su mirada razonable y compadecida os hace titubear. No soportáis esta mirada, comprendéis que la inversión de papeles que queríais establecer, por instinto de conservación, es inadmisible, y que mejor seria que lo que ofrecíais al otro, para tonificarle, lo tomarais vosotros mismos...

Así la palabra permite la lucha para retrasar la verdad en marcha. Nada de esto es posible cuando la señal entra en juego; su condensada crueldad no admite ficción ni demora. Excluye todo equívoco y no hay necesidad de que se conceda una realidad, siendo la realidad misma. La señal es tangible, no condesciende a darse una apariencia incomprensible y no deja escapatoria. Os fuerza a imaginar en vosotros mismos lo que echaríais como una locura al oírlo expresado en palabras, y os obliga o a creeros insensatos, o a comprender la verdad. En la palabra, como en la señal, lo directo y lo indirecto se entrecruzan y no se sabría decir cuál de las dos cosas es más brutal. La señal es muda, por la única razón de que, siendo la cosa significada, no tiene necesidad de expresarse para ser comprendida. En silencio, os hace caer.

Que Jacob, al ver la vestidura, cayó de espaldas, conforme se preveía, es un hecho incontestable. La escena, sin embargo, no tuvo testigos. Los hombres de Dotaín, dos pordioseros de obtusa inteligencia, que a cambio de cierta cantidad de lana y de leche agriada habían aceptado el encargo, se alejaron a toda prisa del lugar, tan pronto como lanzaron su embuste, sin cuidarse del resultado.

Habían dejado a Jacob, el hombre de Dios, de pie y con los resecos guiñapos en las manos, en el lugar donde le habían encontrado, delante de su tienda de pelo de animal, y se habían ido, primero a grandes zancadas lentas, luego a todo correr. Nadie sabe cuánto tiempo permaneció Jacob allí, contemplando lo poco que le quedaba - hubo de convencerse despacio - de José en este mundo, Y después cayó para atrás, y en esta posición le hallaron las mujeres que pasaban, las esposas de sus hijos, la siquemita Buna, mujer de Simeón, y la de Leví, a la que decían nieta de Heber. Espantadas, lo alzaron y llevaron a su tienda. Los jirones que tenía entre sus manos las convencieron pronto de la causa de su caída.

No era un síncope ordinario, sino una especie de rigidez que invadía cada músculo, cada fibra; tanto, que no se podía doblar una articulación sin quebrarla, y todo el cuerpo parecía petrificado. Este fenómeno, bastante raro, es a veces la reacción de la naturaleza contra los golpes extraordinarios del destino, una especie de sobresalto de defensa, una barrera desesperada, tenaz, que se opone a lo inaceptable, pero que, pasadas unas horas, tendrá que ceder necesariamente a la presión de la implacable realidad, capitular y dejar libre paso a la aflicción.

Las gentes del dominio, hombres y mujeres llamados de todas partes y reunidos en torno a Jacob, observaban con temor la progresiva debilidad de aquella estatua de sal, que poco a poco retornaba a ser un hombre dolorido y azotado por el sufrimiento. Aún no salía de su garganta la voz, cuando ya respondía a los emisarios partidos hacía largo tiempo: "Sí, ésta es la vestidura de mi hijo". Y luego, con una voz terrible que el horror hacia estridente, gritó: "Un animal feroz lo ha devorado, una bestia furiosa ha despedazado a José". Y como si esta palabra: despedazado, le sugiriera lo que debía hacer, comenzó a hacer pedazos sus vestiduras.

Como estaban en lo más caluroso del estío, las vestiduras de Jacob no resistieron demasiado a los desgarrones. Pero, aunque lo hacía con toda la fuerza de su miseria, la desgarradura duró bastante tiempo, por la manera inquietante y silenciosamente metódica como la llevaba a cabo. Aterrados, tratando en vano de evitar aquello, los circunstantes le vieron no sólo despojarse de su túnica, sino - obedeciendo claramente a un insensato deseo - lacerar todo lo que sobre él llevaba, echar los andrajos a sus pies y quedar completamente desnudo. Para los que le rodeaban, habituados a respetar la repulsión que inspiraba a aquel hombre pudibundo todo lo que fuera ver desnudeces, pareció aquel gesto hasta tal punto extraordinario y degradante, que no pudieron soportar el espectáculo y se volvieron de espaldas entre quejumbrosas protestas, y salieron de la tienda tapándose las caras con las manos.

Para explicar su fuga, la palabra "pudor" no sería propia y justa sino tomada en su acepción intrínseca, universalmente olvidada: esto es, como representativa del horror que suscita la naturaleza primitiva cuando se manifiesta a través de las capas de civilización que la recubren, cuando por regla general no aparece en la superficie sino en forma alusiva y bajo la apariencia debilitada de los símbolos. Para expresar una alusión de este género, formulada según las exigencias de la civilidad, se desgarraban las vestiduras con motivo de un gran duelo. Hay que ver aquí la atenuante burguesa del uso primitivo, o, mejor dicho, de lo que era anterior a todos los usos, y que consistía en despojarse de los vestidos para indicar que el indumento, señal distintiva de la dignidad humana en este punto destruida, es desdeñado por el exceso de dolor que reduce al individuo al estado de criatura desnuda. Así lo hizo Jacob. En la agonía de su sufrimiento, volvió al punto de partida de la costumbre, pasando del símbolo a la cosa simbolizada, a la espantosa acción original. Hizo "lo que no se debe hacer" y aquí es donde hay que buscar el origen de aquel horror que inspiró. Los estratos más bajos ascienden. Y si para expresar la hondura de su miseria le hubiera venido a las mientes balar como un carnero, la gente que le rodeaba no se hubiera sentido más impresionada por esto.

Púdicamente, emprendieron la fuga. Le abandonaron. Es dudoso que el deplorable anciano se sintiera complacido con la partida. ¿Tal vez era su más secreto anhelo suscitar horror, y no encontró bien que le dejaran solo, dedicado a sus transportes? Por lo demás, no estaba solo y sus transportes no requerían testigos humanos para conservar su carácter y su voluntad de producir horror. En cuanto a saber hacia quién - o mejor, contra quién - subía su queja desgarradora, a quién se proponía aterrorizar demostrándole, por medio de un expresivo retorno a la primitiva naturaleza, cuan salvajemente se había conducido, al modo de los habitantes del desierto, el desesperado padre lo sabía muy bien y los suyos acabaron por comprenderlo a su vez; particularmente Eliécer, "el más antiguo servidor de Abraham", que le asistió; Eliécer, aquel anciano que era una institución y que decía "yo" de tan singular manera, aquel en busca del cual había ido la tierra.

La terrible noticia, confirmada por la prueba irrefutable, de que el hijo de la Derecha, su hermoso y hábil alumno, había sido víctima de un animal feroz cuando iba de camino, le había herido en el corazón; pero su naturaleza de rara impersonalidad, el sentimiento singularmente extenso que de sí mismo tenía, le permitieron recibir el golpe con cierta flema. Por añadidura, el cuidado que le inspiraba Jacob, el lloroso, le hizo descuidar su propia pena. Eliécer fue quien sustentó a su dueño, aunque Jacob rehusó alimentarse durante varios días; él fue quien le decidió a pasar por lo menos la noche bajo la tienda, tendido en el lecho, mientras que él velaba a la cabecera. Durante el día, Jacob se colocaba sobre un montón de tizones y cenizas, en un rincón sin sombra, apartado de la gente. Desnudo, apretando en sus manos los restos del velo, con los cabellos, las barbas y los hombros cubiertos de ceniza, se rascaba el cuerpo de vez en cuando con un tizón expresamente escogido, como si estuviera cubierto de llagas y de úlceras. Gesto puramente simbólico, porque no tenía úlceras ni mucho menos, pero la rascadura también formaba parte de los signos dirigidos a quien fuera.

La vista del pobre cuerpo macerada, era bastante miserable y digna de compasión, aun sin las dolorosas huellas que le infligía para ilustrar su dolor, y todos, exceptuando al mayordomo, se apartaron con temor y respeto de aquel espectáculo de abandono. El cuerpo de Jacob no era ya el del mozo alerto, delicado, que había luchado en Jabbok contra el extranjero de ojos bovinos, sin sucumbir, y pasado la noche tempestuosa con la que no era la Derecha; ni el cuerpo de aquel que más tarde había procreado a José, en el seno de la Derecha. Unos setenta años habían pasado por él, aunque no se había llevado la cuenta exacta; dichos años no habían dejado de obrar ni de producirle las deformaciones conmovedoras o repugnantes de la edad, que hacían penosa la visión de su desnudez. La juventud se muestra muy de grado y generosamente sin velos, consciente de su belleza, que le sirve de excusa. La edad sabe por qué se envuelve en pudor juntamente con su dignidad. Aquel pecho enrojecido por el calor, cubierto de vellos blancos, cuyas formas se feminizaban, tal como sucede con el pasar de los años, aquellos brazos debilitados, aquellos muslos, los pliegues del vientre fláccido, nadie tenía que verlos, salvo Eliécer, que tomaba con calma el espectáculo y no ponía objeción alguna que turbara las demostraciones de su señor.

Y no era tampoco hombre que impidiera a Jacob tomar las otras medidas que no sobrepasaran las de un duelo severo: en particular, sentarse sobre un montón de inmundicias y ensuciarse constantemente con cenizas que se mezclaban con su sudor y lágrimas. Estas prácticas eran loables y Eliécer se limitó a construir un improvisado cobertizo en el lugar en que Jacob hacía penitencia, para evitar que, en las horas cálidas, el sol de Tammuz le hiriera demasiado cruelmente. A pesar de esta precaución, el rostro lamentable de Jacob, con su boca abierta, el maxilar inferior que pendía entre las barbas, sus ojos que se movían constantemente hacia el cielo, en una mirada venida desde insospechables abismos de aflicción, aquel rostro estaba lastimado por el calor y la prueba. El mismo se complacía en comprobarlo, como hacen los seres conscientemente sensibles que tienen la preocupación de sus diversos estados y que creerían hacerles daño si no los expresaran con palabras.

- Mi rostro - dijo con voz temblorosa - está rojo e hinchado a fuerza de llorar. Doblado por la aflicción, me siento para llorar y las lágrimas chorrean por mi cara.

No era ésta su manera de hablar habitual. Podía notarse inmediatamente. Según ciertos cantos antiguos, Noé había usado ya, a propósito del Diluvio, un lenguaje semejante o aproximado, y Jacob se lo apropiaba. Es bueno, consolador y cómodo para una humanidad presa del sufrimiento tener a su disposición fórmulas lamentosas que daten de las edades primitivas, hechas ya, y capaces de ser adaptadas a la actualidad posterior, como si hubieran sido creadas para ella, fórmulas que consuelan tanto como las palabras pueden consolar en el dolor. De este modo, cualquiera puede servirse de tales lenitivos y confundir su propio sufrimiento con el sufrimiento pasado, aún presente. Jacob no podía tributar mayor homenaje a su aflicción que comparándola con el diluvio universal y usando las palabras que se aplicaron a dicho cataclismo.

Su desesperación se expresaba por medio de fórmulas más o menos consagradas; especialmente, su grito de sufrimiento: "Un animal feroz ha devorado a José... ¡José ha sido desgarrado!", llevaba hasta cierto punto la huella de una herida de otrora, aunque no haya por esto que poner en duda su espontaneidad. ¡No le faltaba espontaneidad a Jacob, a pesar del uso de frases tradicionales!

- El cordero y la oveja han sido degollados - salmodiaba como una letanía, balanceándose y vertiendo amargas lágrimas -. ¡Primero la madre, y ahora el cordero! ¡La oveja ha dejado al corderino a una escasa distancia del albergue; y he aquí que también el corderillo se ha extraviado, se ha perdido! ¡No, no, no! ¡Es demasiado, es demasiado! ¡Ay de mí, ay de mí! Mi lamentación se alza sobre el hijo querido, sobre el arbusto arrancado de raíz, mi esperanza, arrancado como un joven retoño, mi lamentación de duelo. ¡Oh mi Damu, hijo mío! ¡Ya el mundo inferior es tu morada! ¡No comeré más pan, ni beberé más agua, puesto que ha sido desgarrado, José ha sido desgarrado!

De rato en rato, Eliécer le limpiaba el rostro con un paño húmedo, se asociaba a sus quejas cuando éstas se ajustaban a las fórmulas establecidas, o por lo menos le acompañaba, con un murmullo, en el estribillo perpetuo, o en el grito "¡Desdicha!", o cuando decía "¡Desgarrado, desgarrado!" Todo el dominio se lamentaba con Jacob. La gente tenía que haberlo hecho así, aunque la tristeza que le causara la desaparición del amable niño de la casa hubiese sido menos sincera: "¡Hoi achí, hoi adón! ¡Lloremos a nuestro hermano! ¡Llorémosle en el Señor!", cantaban a coro. El son de sus palabras llegaba hasta Jacob y Eliécer; oían, aunque no estuviera expresada en los términos propios, la decisión de no tomar alimento alguno, ni bebida, porque el retoño había sido arrancado y la hierba secada por el viento del desierto.

La costumbre es buena y el hábito benéfico cuando, por medio de prescripciones, canalizan el dolor y la alegría para que no degeneren, errando a la aventura, y para que les sea preparado un lecho quieto donde puedan ser vertidos. Como cualquier otro, Jacob comprendió el beneficio y utilidad de las tradiciones que le ligaban con el pasado. Empero, el nieto de Abraham era un carácter demasiado original, y los sentimientos de orden general se juntaban en él, de manera demasiado vivaz, con las ideas personales, para que este conformismo pudiera satisfacerle. También se lamentaba libremente, forjando él mismo nuevas fórmulas, mientras que Eliécer seguía enjugándole el rostro, echando aquí o allá una palabra de aquiescencia para tranquilizarle, o bien una contradicción destinada a llamarle al orden.

- Lo que yo había temido - articulaba Jacob con su voz disminuida, medio ahogada, en la que ponía el sufrimiento notas agudas -, lo que yo me temí ha caído sobre mí. ¿Te das cuenta de esto, Eliécer, puedes comprenderlo? No, no, no, no; no se puede comprender que lo que se ha temido suceda. Si yo no hubiera temido, y la calamidad me hubiese azotado sin sospecharla, creería en ello y diría a mi corazón: Has pecado por imprevisión, no has prevenido el mal, no lo has tenido en cuenta a tiempo para mantenerle a distancia. La sorpresa es plausible. Pero que se produzca la calamidad que se ha temido de antemano, que ose presentarse a pesar de mis presentimientos, es una abominación a mis ojos, y contraria a lo que fue estipulado.

- Nada ha sido estipulado en materia de pruebas - respondía Eliécer.

- Según el derecho, no. Pero según la sensibilidad humana, si. ¡Y esta sensibilidad tiene también sus razones y sus rebeldías! ¿Para qué habrá recibido el hombre el sentimiento del temor y de la previsión, sino para conjurar el mal y apartar al destino de sus ideas maliciosas, y pensarlas él mismo? El destino se irrita con esto, ciertamente, pero se siente avergonzado y se dice: "¿Son éstas aún mis ideas? Si son las del hombre, no quiero tener más que ver con ellas". ¿Y qué sucedería con el hombre si la previsión y el presentimiento no le sirvieran de nada y si sus temores son vanos, o mejor dicho, fundados? ¿Cómo podrá vivir el hombre si no puede tener la certeza de que las cosas sucederán de otro modo distinto a como él se figura?

- Dios es libre - dijo Eliécer.

Jacob apretó sus labios. Cogió el tizón que había, dejado caer, y se rascó de nuevo sus úlceras simbólicas. Hacía esto cada vez que se pronunciaba el nombre de Dios. Continuó diciendo:

- ¡Cuánto he temido y temblado ante el pensamiento de que una bestia feroz de las marañas asaltara un día a mi niño y le hiciera mal! He soportado que mi angustia fuera objeto de burla para las gentes, que llegaban a decir de mí: "¡Vaya, vaya con la vieja nodriza!" Me he cubierto de ridículo como un hombre que va repitiendo: "¡Estoy enfermo, estoy muriéndome!", pero que tiene siempre buena cara y no se muere; al fin, nadie lo toma en serio, ni siquiera él mismo; un día se lo encuentran muerto, y todos lamentan sus burlas y dicen: "¡Ven, no estaba tan loco!" ¿Podrá gozar el hombre de su confusión? No, porque estará muerto. Y hubiera preferido pasar por loco a sus ojos, a los ojos de aquellos que se burlaban, que ser disculpado de esta manera, de la que no puede satisfacerse. Y yo estoy sentado en un montón de inmundicias, con el rostro hinchado y surcado por el llanto, que chorrea por mis mejillas mezclado con cenizas. ¿Puedo alegrarme porque el mal previsto ha sucedido? No, puesto que ha sucedido; estoy muerto porque José ha muerto, desgarrado, desgarrado...

"Mira, Eliécer; toma y ve: los restos del velo bordado de imágenes. Fue el que quité a la Derecha y la Mejor Amada, en la cámara nupcial, ofreciéndole la flor de mi alma. Y sucedió que era la No-Derecha, por una trampa que me hizo Labán; y mi alma quedó sucia e indeciblemente desgarrada por largo tiempo, hasta el día que, entre crueles sufrimientos, la Derecha me dio al niño Dumuzi; mi todo. Ahora, él también está despedazado y las delicias de mis ojos ya no existen. ¿Se puede creer tal cosa? ¿Es aceptable esta prueba? No, no, no, no; quiero dejar de vivir. ¡Deseo que mi alma vaya al espacio y mi cuerpo a la muerte!

- ¡No peques, Israel!

- ¡Ah, Eliécer! ¡Enséñame a temer a Dios y adorar su infinito poder! El se ha hecho pagar regiamente por el nombre y la bendición, por las lágrimas amargas de Esaú. Fija el precio a su gusto y lo exige sin regateo. No regateó conmigo, ni me dejó en lo que estaba más allá de mis medios. Me tasa según su estimación y quiere conocer mejor que yo la capacidad de resistencia de mi alma. ¿Puedo discutir con él de igual a igual? Sentado en las cenizas, me raspo mis úlceras. ¿Qué más quiere? Mis labios dicen: "Lo que ha hecho el Señor, bien hecho está". ¡Que se ajuste a lo que dicen mis labios! Lo que yo pienso en mi corazón no le interesa a nadie sino a mí.

- Pero él lee también en los corazones.

- ¡Y qué quieres que haga yo! El ha creado los corazones de manera que puede leer en ellos. Yo no. Hubiera hecho mejor en dejar al hombre un refugio ante su infinito poder, para que el hombre pudiera murmurar contra lo inaceptable y hacer sus reflexiones sobre la justicia. Mi corazón era su asilo y su tabernáculo predilecto. Cuando lo visitaba, lo hallaba barrido, con el lugar de honor preparado. Ahora este corazón no tiene más que cenizas mezcladas con lágrimas y es el albergue de la miseria. Que se aparte de mi corazón para evitar ensuciarse y se mantenga en mis labios.

- ¡Trata de no pecar, Jacob-ben-Yitzchak!

- No trilles las palabras en tu era, viejo servidor, porque no son sino pajas huecas. Interésate por mí y no por Dios, pues su grandeza infinita se ríe de tu solicitud, mientras que yo no soy más que un amasijo de miseria. No me hables desde afuera, háblame en el lenguaje del corazón, pues no puedo soportar otro. ¿Sabes tú y has comprendido que José ya no existe y que ya no volverá nunca, nunca? Pensando en esto podrás hablar el lenguaje de mi corazón y no aventar pajas vacías en la era; con mi propia boca, yo le ordené ese viaje, diciéndole: Parte para Shekem, prostérnate delante de tus hermanos para que regresen y para que Israel no sea como un tronco despojado de su ramaje. Yo se lo impuse, yo me lo exigí, yo nos traté duramente, insistiendo en que viajara solo, sin escolta; pues reconocía que su locura era la mía y no me disimulaba mis faltas, conocidas por Dios. Pero Dios me ha disimulado lo que sabía y sus crueles designios. Esta es la fidelidad del Dios poderoso y he aquí cómo devuelve sinceridad por sinceridad.

- ¡Conserva, al menos, tus labios puros, hijo de la legítima!

- Mis labios están hechos para que yo escupa lo que es imposible tragar. ¡Que tus palabras no vengan de afuera, Eliécer, sino de adentro! ¿En qué piensa Dios al imponerme un sacrificio que hace que mis ojos se revuelvan y que se extravíe mi espíritu, porque no es a mi medida? ¿Tengo yo la resistencia de las piedras y es mi carne de bronce? ¡Si, en su sabiduría, me hubiera hecho de bronce!... Pero tal como soy, el sacrificio es demasiado grande para mí. ¡Mi niño, mi Damu! ¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó! ¡Si no me lo hubiera dado! ¡O si no me hubiera sacado del seno maternal, ni a mí ni a nada! ¿Qué pensar, Eliécer, a dónde volverse, en esta miseria? Si yo no existiera, yo no sabría nada y no sucedería nada. Pero desde el momento que existo, de todas maneras es preferible que José haya muerto en vez de que no haya existido, pues así algo me queda: mi dolor. ¡Ah, Dios ha querido que no se le pueda llevar la contraria y que uno se vea obligado a decir sí, en el mismo instante en que está diciendo no! ¡Sí, se lo dio a mi vejez, glorificado sea su nombre! ¡Lo moldeó con sus manos y lo hizo encantador y amable! Como la leche lo hizo, formó su cuerpo bien construido, revistiendo sus miembros de carne y de piel, derramando sobre él sus gracias. Cuando el niño me cogió por las orejas, riendo, y me dijo: "¡Padrecito, dámela!", yo se la di, porque no soy de bronce ni de piedra. Y cuando lo llamé y le hice ver la obligación de que partiera para ese viaje, él exclamó: "¡Listo estoy!", y saltó sobre sus talones. ¡Cuando pienso en esto, mi queja brota de mi como el agua del manantial! Es como si, habiéndole cargado la leña del sacrificio, lo hubiera conducido de mi mano, llevando yo mismo el fuego y el cuchillo. Oh Eliécer: de esto habría yo sido incapaz, lo he reconocido delante de Dios y lo he confesado con contrición, lealmente. ¿Crees tú que ha agradecido mi humildad y aceptado compasivamente mi confesión? No; sopló fuego por sus narices y dijo: "Que se cumpla el sacrificio de que tú eres incapaz, y si a ti te falta valor para darme a tu hijo, yo lo tomaré". ¡He aquí a Dios! Mira la vestidura y los restos de la vestidura llenos de sangre. Esta es la sangre de sus venas que el animal feroz ha desgarrado junto con su carne. ¡Horror, horror! ¡Oh pecado de Dios, oh ciega e irrazonable felonía! ¡Yo he exigido demasiado de él, Eliécer, he exigido demasiado del niño! Se habrá extraviado de camino, perdido en el desierto, y el monstruo ha caído sobre él para devorarle, sin que le detuviera su terror. ¿Quizás gritó el niño, llamándome, quizás llamó a su madre, que murió cuando él era pequeño? Nadie le ha oído, Dios veló por esto. ¿Crees tú que ha sido un león el que le ha devorado? ¿O un cerdo salvaje, con los pelos erizados, que lo habrá destrozado con sus colmillos?

Jacob tembló, callóse y se sumió en la meditación. Inevitablemente, por una asociación de ideas, la palabra "cerdo" trasladaba la tragedia espantosa, única, que había desgarrado su corazón, al plano superior, antiguo y trazado de antemano, al plano del eterno presente sometido al movimiento giratorio; le señalaba, de cierto modo, su lugar entre las estrellas; el verraco, el jabalí irritado, era el fratricida Set, el asesino del dios, era el Rojo, era Esaú, al que por excepción él, Jacob, había sabido enternecer, llorando a los pies de Elifas, pero que, según el prototipo, despedazaba a su hermano. ¿Quién sabe si ese cerdo no podría manifestarse en el plano terrestre bajo una forma fragmentaria, repartida en diez entidades diversas? En este momento, una especie de sospecha, sugerida por la tradición, estuvo a punto de ascender desde las profundidades de su ser, donde, desde que Jacob recibió los sangrientos jirones, se había movido y trataba de alzarse hasta la conciencia del padre: obscuramente, Jacob presintió cuál era el jabalí maldito que había desgarrado a José. Pero, aun antes de que este pensamiento saliera a superficie, lo dejó caer en las tinieblas y se dedicó cuanto pudo a hundirlo y dominarlo. Por un fenómeno singular, lo apartaba, se defendía contra una hipótesis que, no obstante, le hubiera permitido identificar en el plano inferior el acto antaño llevado a cabo en el plano superior; si una sospecha se hubiera instalado en él, hubiérase revuelto contra él mismo. Su valor y su amor a la verdad eran lo bastante grandes para que, habiéndose reconocido solidario con las faltas de José, se impusiera apartarla de sí. Empero, por una excusable debilidad, este valor y este amor a la verdad no llegaban hasta hacerle asumir la responsabilidad que fatalmente habría dejado aparecer una sospecha que tuviera que ver con el hermano o, mejor dicho, con los hermanos. ¿Cómo? ¿Convenir que él era el jabalí, y que, gracias a su loco cariño borracho de sí mismo, había hecho caer a José? Era pedirle demasiado: y, en su amargo dolor, arrojaba fuera de sí esta idea. Esta sospecha inconfesada, desterrada en las tinieblas, era lo que daba a su sufrimiento un gusto de hiel y le incitaba a mostrar su aflicción ante Dios.

La idea de Dios obsesionaba a Jacob. Estaba detrás de todo y allí se fijaban sus ojos meditativos, ahogados en lágrimas, desesperados. León o jabalí, Dios había querido, permitido, llevado a cabo, en resumen, aquel horror, y Jacob sentía cierta satisfacción, corriente en el hombre, de que su desesperación le diera licencia para entrar a discutir con Dios. Estado elevado, en suma, que contrastaba singularmente con aquellas muestras de humildad, la desnudez y las cenizas. Cierto es que para entrar en discusión con Dios era indispensable la humillación. Jacob, flagelando su aflicción, se autorizaba para hablar sin rodeos y no tener cuenta con sus labios.

- ¡Eso es Dios! - se repetía con un temblor acentuado -. ¡El Señor no me ha interrogado, Eliécer! No me ha dicho: "¡Ofréceme a tu amado hijo!" ¿Quién sabe si mi valor no hubiera sido mayor de lo que esperaba mi humildad? Quizás yo habría conducido al niño a Moría, a pesar de sus preguntas sobre el cordero del sacrificio, quizás hubiera podido oírle sin desfallecer, y osado alzar el cuchillo sobre Isaac, confiando en el carnero; ¡el Señor me hubiera puesto a prueba! Pero no lo ha hecho así, Eliécer, no lo ha hecho así. No me ha juzgado digno de la prueba. Cuando reconozco que no soy completamente ajeno a las disensiones entre los hermanos, se sirve de esto para atraer al hijo de mi corazón y hacerle errar a la ventura, de modo que un león se eche sobre él o que un puerco salvaje hunda sus colmillos en su carne y hoce en sus entrañas. Ese animal lo devora todo, tú lo sabes, y lo ha devorado. Ese animal ha llevado a su guarida, a sus pequeños lechones salvajes, pedazos de José. ¿Se puede creer y admitir tal cosa? No, eso no se puede hacer. La escupo, como el pájaro escupe la broza. Mírala, ahí está por los suelos. Dios hará de ella lo que quiera, que yo, por mi parte, no la quiero conmigo.

- ¡Vuelve en ti, Israel!

- No, mayordomo, ¡no soy dueño de mí! Dios ha extraviado mis sentidos, y ahora ha de oír mis palabras. El es mi creador, ya lo sé. Me ha colado como leche y me ha elaborado como queso. Estoy conforme. Pero ¿qué sería El, y dónde estaría, si no fuera por mis padres y por mi? ¿Tan poca memoria tiene? ¿Ha olvidado el tormento y la pena que el hombre se ha tomado por El, y cómo Abraham lo ha descubierto y realizado por el pensamiento, tan bien, que tuvo ganas de besarse las puntas de los dedos juntos, exclamando: "En fin, ya voy a ser llamado Maestro y Todopoderoso"? Yo me pregunto: ¿ha olvidado el pacto, ya que se conduce como si yo fuera un enemigo? ¿En qué he desmerecido yo? Que me lo haga ver. ¿He quemado incienso a los baalim del país o enviado besos a los astros? Nada criminal había en mí, y mi oración era pura. ¿Por qué soy objeto de violencia, en lugar de hallar la equidad? Que me aniquile entonces, en seguida, y me precipite en la tumba a su gusto, que esto le costaría poco trabajo, aun sin motivo, porque no pido más que dejar de vivir, ya que la violencia es ley. ¿Es para burlarse del espíritu humano por lo que hunde a los buenos y a los malvados? ¿Pero dónde estaría El sin el espíritu humano? Eliécer, el pacto ha sido roto. No me preguntes por qué, pues sufriría yo al responderte. Dios no ha caminado al mismo paso que nosotros, ¿me comprendes bien? Dios y el hombre se habían escogido mutuamente y habían concluido una alianza, para que cada uno pudiera llevarse a cabo y santificarse en el otro. Pero el hombre ha adquirido delicadeza, se ha afinado en Dios, su alma se ha pulido, y he aquí que Dios le manda una prueba, una abominación del desierto que no sabría admitir y que escupiría forzosamente diciendo: "¡Esto no es para mí!" Entonces, Eliécer, es necesario deducir que Dios no ha ido al paso con nosotros en la vía de la santificación, que se ha quedado atrás, aun en el estado de demonio.

Tales frases causaban en Eliécer el espanto consiguiente. Imploraba al cielo para que fuera indulgente con su amo, que no era dueño de sí. Le regañaba:

- Usas un lenguaje impío que no se debe oír, y, contra todo bien, pisoteas un pedazo del manto del Señor. Yo soy quien te lo dice; yo, que, por la gracia de Dios, vencí con Abraham a los reyes de Oriente, y que vi a la tierra alzarse y venir a mi encuentro cuando fui en embajada matrimonial. Reprochas a Dios ser un demonio del desierto y te la das de delicado y refinado frente a El; pero es en tus palabras donde aúlla el desierto, y decepcionas y apartas la lástima que inspira tu gran dolor, dejando degenerar así tu aflicción, y tomándola como pretexto para permitirte una horrible libertad de expresión. ¿Quieres discutir sobre la justicia y la injusticia, y constituirte en juez por encima de Aquel que no solamente ha creado a Behemoth, cuya cola se erige como un cedro, y a Leviatán, con sus dientes rodeados de terror y sus escamas semejantes a escudos de bronce, sino también a Orión, las Pléyades y el alba matutina, y las serpientes y el Abubu del polvo? ¿No te ha dado, acaso, la bendición de Isaac, con preferencia a Esaú, algo mayor que tú, y confirmado magníficamente su promesa en Beth-el, por la visión de la escala? Bien te has acomodado colocándote, cuando no tienes nada que decir a esto, en el punto de vista del espíritu humano delicado y refinado, pues todo eso respondía a tus deseos. ¿No te enriqueció en casa de Labán, y no descorrió los cerrojos polvorientos para que pudieras huir con los tuyos? ¿No fue Labán ante ti como un cordero, en las montañas de Galaad? Y ahora que te sucede una desgracia, muy pesada de llevar, nadie lo duda, te encabritas, mi amo, te comportas como un asno testarudo, arrojas tus vestiduras como un libertino y dices que Dios se ha dejado sobrepasar por el hombre. ¿Estás tú libre, pues, de pecado, tú que estás hecho de carne; estás seguro de que toda tu vida has practicado la justicia? ¿Pretendes comprender lo que es demasiado elevado para ti, sondear las profundidades de la vida y sus misterios, para que alces tu voz humana diciendo: "Esto no es para mi y yo soy más santo que el Señor"? En verdad, yo no debía de haber escuchado esas palabras, ¡oh hijo de la legítima!

- Sí, tú, Eliécer - respondió Jacob dejándose llevar por la ironía -. ¡Tú estás en lo cierto y ahí puedes quedarte! Tú has ingurgitado la verdad a grandes cucharadas y la exudas por todos tus poros. Es verdaderamente edificante tu manera de echarme una reprimenda y de insinuar que tú has dispersado, en compañía de Abraham, a los reyes, lo cual es sencillamente imposible. Pues hay motivo para suponer, según toda apariencia de razón, que tú eres mi hermanastro, nacido de una sirvienta en Damasco, y tus ojos han visto tan poco a Abraham como los míos. ¡Mira, éste es el caso que yo hago de tus discursos edificantes, en mi miseria! Yo era puro, pero Dios me ha hundido hasta el cuello en el fango, y los hombres en mi situación se afianzan a su razón; no teniendo más que hacer de los piadosos ornamentos de la verdad, la dejan ir desnuda. Por lo demás, dudo, igualmente, de que la tierra fuera a tu encuentro. ¡Y hemos terminado!

- Jacob, Jacob, ¿qué haces? Destruyes el universo en el exceso de tu aflicción; lo rompes en pedazos y lo arrojas a la cabeza de quien te exhorta (que prefiero no decir a qué cabeza lo lanzas, hablando propiamente). ¿Eres el primero a quien ha llegado el sufrimiento, y no tiene derecho el dolor a golpearte sin que tu vientre se hinche de blasfemias, sin que te rebeles y embistas, cabeza baja, contra Dios? ¿Piensas que las montañas cambiarán de lugar por tu causa y que las aguas cambiarán la dirección de sus corrientes? ¿Estás dispuesto a reventar de rabia ahora mismo, llamando impío al Señor y tratando de inicuo al Sublime?

- Cállate, Eliécer. ¡Te lo ruego; no hables de mí así, a troche y moche, que el dolor pone mi sensibilidad a lo vivo y no lo soportaría más! ¿Ha sido Dios el que se ha visto obligado a echar a su hijo único como pasto de los jabalíes y los jabatos en su manida, o he sido yo? ¿Por qué ha de ser El a quien reconfortes y por qué has de tomar su partido? Tú no comprendes ni gota y quieres hablar en nombre de Dios. ¡Ah, defensor de Dios, él te lo agradecerá y te recompensará por haberle protegido, magnificando astutamente sus actos, porque es Dios! Pero lo que yo quiero decir es esto: te romperá los dientes. Porque tú lo defiendes en falso, tratas de engañarle como se engaña a un hombre tratando de agradarle secretamente. Eres un hipócrita; El no te querrá por haberte puesto así de su parte y defender servilmente su causa cuando me ha hecho esto que clama al cielo, echando a José como aumento a los jabatos. Yo podría usar también tu lenguaje, pues tengo tanto sentido común como tú. Pero yo, que me expreso de manera tan diferente, estoy más cerca de él que tú. Pues uno se encuentra obligado a defender a Dios contra sus defensores y a protegerlo contra los que le buscan excusas. ¿Si pensaras que es un hombre, aunque dotado de un poder infinito, te pondrías de parte de El, contra mí que soy un gusano? Al decir que El es eternamente grande, malgastas tus palabras, si no sabes que Dios está por encima de Dios, que se sobrepasa eternamente y que te castigará desde las alturas, donde El es mi refugio y mi salud, y donde tú no estarás si te pones entre El y yo.

- Nosotros somos todos carne corrompida y estamos desnudos ante el pecado - respondió dulcemente Eliécer -. Cada uno debe abundar en el sentido de Dios, en la medida que lo comprende y hasta donde sus facultades se lo permiten, pues nadie puede alcanzar su altura. Admitamos que hemos usado un lenguaje inconveniente. Ahora, ven, querido señor, vuelve a entrar en tu morada, que ya te has dedicado por bastante tiempo a las prácticas que comporta el duelo, llevándolas al paroxismo. Tu rostro está hinchado por el calor que hace sobre este montón de tizones, y eres demasiado frágil, demasiado delicado, para soportar tales manifestaciones de dolor.

- ¡Por las lágrimas, por las lágrimas tengo el rostro inflamado e hinchado, de tanto llorar al amado!

Jacob, después de decir esto, siguió a Eliécer y se dejó conducir a su tienda. El también había terminado de interesarse por las basuras, por la desnudez y por el rascar sus llagas simbólicas, pues todo esto no había tenido más objeto que permitirle discutir abundantemente con Dios.



En Capítulo VII: El descuartizado
Traducción de José María Souviron
Ediciones Guadarrama, Barcelona, España, 1977