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16 dic. 2013

Giorgio Manganelli - Un asesino a sueldo

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Aquel señor que ha comprado un impermeable usado, un sombrero flexible, que fuma nerviosamente, y pasea de un lado a otro de una miserable habitación de hotel que ha tenido que pagar de antemano, decidió, hace diez años, que cuando fuera mayor sería un asesino a sueldo. Ahora ya es mayor, y ningún hecho nuevo, ni amores, ni sanos desayunos por la mañana, ni himnos eclesiásticos, han modificado en absoluto su decisión, que no era un capricho infantil, sino una opción sabia y consciente. Ahora bien, un asesino a sueldo necesita pocas cosas, pero se trata de cosas peculiares. Precisa tener un arma a un tiempo prestigiosa y disimulada, una puntería perfecta, un cliente, y una persona a la que matar; el cliente, a su vez, precisa tener odio e interés, y mucho dinero. Lo difícil es hacerse con todas estas condiciones al mismo tiempo. Puesto que su temperamento oscila entre el fatalismo y la superstición, está persuadido de que un auténtico asesino a sueldo no podrá dejar de encontrarse en la situación prevista, pero que, siendo ésta una situación compleja y altamente improbable, únicamente puede suceder no sólo si el asesino a sueldo es competente, o el arma es exacta, o existe en alguna parte un gran odio o un interés terrible, o hay dinero para matar, sino si algo en los cielos, en las estrellas, tal vez en el propio Dios, en el caso de que exista, interviene y reúne esos acontecimientos dispersos y con frecuencia tan lejanos que no pueden encontrarse.

El quiere ser digno de una elección a la que no vacila en atribuir un carácter fatal. Así, pues, después de haberse elegido un vestido como un hábito, ha decidido convertirse en un tirador perfecto. Es un novicio, pero tiene la vocación del asceta. Se ha dado cuenta inmediatamente de un error en el que incurren todos los aspirantes a asesino a sueldo. Este principio, en sí mismo irrefutable, ha inducido al asesino a sueldo a unas cuantas conclusiones: ha establecido que debe aprender la puntería perfecta en condiciones perfectamente ascéticas. No debe herir, debe matar. No animales, que quieren ser muertos. ¿Hombres? Pero matar a un hombre si no es por dinero es fatuo exhibicionismo. Le queda una única solución, que sí es realmente ascética. Debe ejercitar la puntería contra sí mismo. Ahora ha colocado el arma en un rincón de la habitación, elevada, y ha atado el gatillo a una cuerda. El asesino a sueldo medita. Ahora se apuntará a sí mismo. ¿Y después? Si falla el tiro, se salvará, pero quedará descalificado como asesino a sueldo; si da en el blanco, alguien morirá: el asesino a sueldo. Titubea durante mucho rato: pero sabemos que al final prevalecerá su conciencia profesional.


En Centuria. Cien breves novelas-río
Traducción de Joaquín Jordá

6 ene. 2013

Giorgio Manganelli - El fantasma

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Giorgio Manganelli


El fantasma está asomado, distraídamente, a la grande y ruinosa ventana del castillo; es de noche, y contempla las abruptas pendientes, los estrechos valles, dominados por las ruinas de su castillo. En su prolongada soledad, el fantasma se ha acostumbrado a sí mismo, y no piensa en abandonar las ruinas que habita ni en hablar con otros fantasmas. Durante mucho tiempo, la desazón de no encontrar otros seres de su misma raza le ha angustiado. Le hubiera gustado encontrar a un determinado fantasma, alguien que había conocido —pero entonces su memoria ya era confusa— mucho antes de que él fuera fantasma —pero ¿existía realmente un tiempo en el que no había sido fantasma?—. Repentinamente, en la profundidad del valle, descubre algo vaporoso, semejante a él, que avanza lentamente, con cautela, tal vez pensativo: y he aquí que otro débil resplandor se va acercando a lo largo de un sendero empinado y lejano.

El fantasma se pregunta si, al cabo de los siglos, acuden precisamente a su encuentro otros dos fantasmas; se pregunta por qué vienen a verle, quién les ha movido o aconsejado; y finalmente, si vienen juntos o por separado, si son amigos o enemigos entre sí. Por primera vez después de muchos años, el fantasma conoce la ansiedad y el dolor. ¿Quién puede tener tantas ganas de hablar con él? ¿Y de qué manera, gracias al amor o al odio, le han descubierto, recluido en su castillo? Finalmente, ¿por qué han ido a buscarle en una misma noche? ¿Es posible que uno de ellos sea el fantasma Enemigo, y el otro el fantasma Amigo? ¿Y a cuál de los dos quería realmente ver? ¿Prefería aclarar el error que había generado el fantasma Enemigo, o reanudar el discurso, infinitamente imposible de terminar, con el Amigo? Lentamente, los dos fantasmas se acercan. ¿No había tal vez, se pregunta el fantasma que espera, un tercer ser, ni amigo ni enemigo, un mediador, ya no recuerda nada, quién era el tercero, acaso murió desgarrado entre los que ahora son fantasmas, quizás no se convirtió en fantasma, o no será que el tercero es precisamente él? Es decir, ¿cabe pensar que esta noche puede recomponerse, si no ha entendido mal lo que consigue recordar, si sus esperanzas no le han engañado, aquel triple discurso que le consumió hasta provocar su muerte? El fantasma se pregunta si será cierto lo que le contaron cuando niño; un encuentro como éste, que él deseaba intensamente, consume blandamente a los fantasmas, los apaga.


En Centuria. Cien breves novelas-río
Traducción de Joaquín Jordá

17 ago. 2012

Giorgio Manganelli - Rostro interrogativo

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La señora que, vestida con precisión y cauta fantasía, más confiada en el ritmo de los miembros que en la adornada contaminación de las ropas, esa mujer que cruza la calle, con la mirada atenta al número de un autobús que cree que debe tomar, aunque no esté segura, ya que la esperan muchos objetivos, esa mujer es bastante joven aunque yo me niegue a dirigirle cualquier pregunta, y por tanto, en el acto mismo con que cruza la calle, recogiendo la efímera y neutra complicidad de los semáforos, imágenes de su vida se le pegan al cuerpo. Tal vez no la llamaríais una mujer guapa, ya que sois sensuales y efímeros —¡odiosos semáforos!—, pero no podéis dejar de admirar el gesto pesado y al mismo tiempo cuidado con que deposita su cuerpo sobre la calle.

Esta mujer ha amado a cuatro hombres: y ahora administra una vida solitaria pero no desierta. Faltan trescientos metros para la parada. Amó a su primer hombre cuando, todavía joven, se descubrió a sí misma dialogando con un hombre de música. Vacilo en llamarlo músico. Tal vez un genio, pero sin duda vulgar, un genio vulgar y callejero. Largas conversaciones construidas como grandes casas de campo sosegaron su risa y pacificaron sus quijadas. Después de este primer habitante, conoció a un cibernético miope y paciente; si el primero era una figura apresuradamente dibujada en la pared, y por lo tanto descubrible al cabo de los años, éste era fatuo, vil, elocuente. Ella se detuvo por amor a la elocuencia. El cibernético le dijo: «Espérame» y cruzó la calle.

Al cabo de dos años, cierto día que la mujer buscaba una cremallera, tuvo una aventura: ignora si por amor, distracción, apresuramiento o imperfecta consulta de los vocabularios. ¿Extranjero? No está segura. Tuvo de él un hijo. Ahí está. Amó después con locura a un cultivador de tulipanes, que jugaba a la lotería y creía que Dios tenía hipo. El hombre contemplaba a aquel hijo con suspicacia, oh no, sin odio.

Ahora que la mujer ha muerto —ya ha tomado aquel autobús, pero ahora la cosa carece de importancia— camina por los laberintos del Seol e intenta comprender por qué su hijo, que le sobrevive, dolorido y solitario, en la extraña curvatura de la tierra, nació de la aventura con un hombre cuyo nombre no recuerda. Por esto tiene ese extraño y atormentado rostro interrogativo, el mentón saliente, y un barrunto de risa metido en las pupilas.


En Centuria
Traducción de Joaquín Jordá

30 jun. 2012

Giorgio Manganelli - La ciudad

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La ciudad es extremadamente pobre. Hace tiempo que sus habitantes han renunciado a modificar su propia condición, y viven una vida solitaria, cerrada, taciturna. Lentamente, la población disminuye, no ya porque alguno emigre —a nadie se le ocurre ir a «hacer fortuna», como se dice— sino porque los muertos no son sustituidos; si nace un niño, cosa que es muy rara, es ofrecido a las ciudades vecinas, donde se encuentra alguien que lo adopta. Las casas son viejas y están construidas con material que ya comienza a revelar los indicios de una continua y desde hace poco tiempo acelerada decadencia. No existen reales y auténticos trabajos, sino, de vez en cuando, a un cierto número de habitantes se le ordena transportar algunas piedras —tres, cinco— de una calle a otra. Si hay cinco piedras, acuden diez ciudadanos, y cada uno de ellos efectúa la mitad del recorrido; son pagados con monedas desgastadas, ilegibles, que no tienen curso en ninguna ciudad. No pocas veces las pierden, ya que en la ciudad no hay nada para comprar. Viven del miserable producto de los huertos cultivados por gente que no sabe y a la que no le gusta cultivar los huertos. Poseyendo esos huertos, nunca, o casi nunca, salen a la calle. Tienen la impresión de que, sea cual fuere el tiempo, está a punto de llover. No existen sastres, y las ropas se deterioran lentamente, pero dado que la utilización que se hace de ellas es mínima, bastarán hasta la total extinción de la ciudad. El origen de tanta miseria es desconocido. Tal vez deba ser atribuido a unas desordenadas crisis religiosas, terminadas en una mortal desorientación. O bien a una red de contemporáneas desilusiones amorosas, que aisló a hombres y mujeres, y empujó a algunos a la soledad, y a otros a matrimonios sin deseo y sin amor. En esta ciudad hace años que nadie se enamora, y aunque, en las largas horas vacías, se lean libros de amor, la cosa es considerada como un juego deshonesto. Al comienzo acudieron a visitar la ciudad equipos de estudio, para entender el mecanismo de tan increíble miseria. Fue enviado un circo que durante dos días actuó, gratuitamente, en la plaza de la ciudad. Acudió un solo hombre, un sordo que tenía la impresión de que se trataba de una ceremonia fúnebre-religiosa. Los restantes ciudadanos permanecieron encerrados en sus casas, sufriendo intensamente por aquellos fragores lujosos. No puede decirse que esperen su propio fin y el de la ciudad; saben oscuramente que ellos son el final.


En Centuria, cien breves novelas-río
Traducción de Joaquín Jordá


17 abr. 2012

Giorgio Manganelli - Un hurto inocuo

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Giorgio Manganelli


El señor ligeramente miope, con un defecto de pronunciación, que fuma en pipa, vive en el mismo edificio en que vive una señora taciturna, reservada, delgada y básicamente joven. El señor y la señora viven en una decorosa soledad, si bien la casa de la señora peca de exceso de orden, y la casa del señor de defecto. Se encuentran prácticamente todos los días, un encuentro rápido y casual, con una leve sonrisa, y un saludo entre dientes. Cada uno de ellos ha pensado de diferente manera en la presencia del otro. Sin fantasías, sin amor, y sin embargo prolongadamente. Cada uno se siente ligera, pero no desagradablemente, turbado por la presencia del otro. Ninguno de los dos ha pensado jamás que un conocimiento tan casual pudiera convertirse en un diálogo más específico y amistoso. En realidad, no desean conocerse ni hablarse. Sin embargo, el problema, absolutamente mínimo, que cada uno de los dos plantea al otro, no cesa de turbar, de manera despreciable pero constante, sus vidas. Cada uno de ellos, por consiguiente, ha intentado entender qué ha ocurrido, cómo ha comenzado esa abstracta relación, y qué significa esa molestia, esa desazón que cada uno representa, y sabe que representa, en la vida del otro. En efecto, cada uno sabe que el otro está en cierto modo tocado, rodado, y considera este contacto como un extraño enigma.

La señora ha decidido que el señor ligeramente miope tiene algunas características de una alucinación. Pensando atentamente, en silencio, en aquel rostro, en los andares, en el movimiento de las manos, hasta en determinada chaqueta, ha podido reconocer huellas de personas desaparecidas desde hace tiempo, irrecuperables y queridas; y se ha dicho, entre risas y lágrimas, que aquel hombre es un lugar de encuentro de tíos, padres, incluso de amigas de infancia y de un hombre que ella ha admirado y perdido. El señor ligeramente miope ha intentado cambiar de horarios, itinerarios, hábitos, para no encontrar de nuevo a la señora taciturna, y eso con la intención de interpretar su presencia. Ha sufrido intensamente, de manera desprovista de sentido. Pero le parece haber comprendido que está ligado a esa señora con un vínculo mínimo pero inextinguible, algo que anuda los lugares más apartados e ignorados de sus existencias. Ese vínculo no es amor, sino algo que está entre la vergüenza y la predilección. Ambos lo saben, pero no les está permitido saberlo; cada uno de sus encuentros casuales es un hurto inocuo, pero exige un perdón.


En Centruria, cien breves novelas-río
Traducción: Joaquín Jordá