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1 oct. 2012

Naguib Mahfuz - Pimienta

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Naguib Mahfuz por Micheline Pelletier


En el café “La Felicidad” hay muchas cosas interesantes. Una de ellas, Pimienta, un chico de doce años o poco más. Su verdadero nombre es Taha Sanqar, pero se le conoce por Pimienta. Está en el café desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, para acercar la candela a los que quieren fumar un narguilé.

Ya se sabe que los motes no son injustificados, pero éste está especialmente bien puesto: el muchacho es vivo, ágil, acude como una avispa antes de que el cliente haya acabado de llamarlo. No para en todo el tiempo de moverse ni de hablar.

Trabaja allí desde hace un año por una piastra al día, además de su narguilé, y una taza de té por la mañana y otra después de la comida. Con esto está más que satisfecho. Se siente orgulloso cada vez que piensa que se gana el sustento y puede disponer de una piastra; así que, como él dice: “Yo, feliz y contento”.

No por eso cree que está todo hecho. Su meta inmediata está en el día en que el patrón lo autorice a llenar y servir los narguilés, trabajo que supone el ascenso de “chico” a “mozo”… después… ¡Quién puede predecir adónde llegará!

Consecuente con su ambición, ejercita sin parar sus cuerdas vocales, voceando las consumiciones. Y es que en un café popular una buena garganta es tan importante como en una academia de canto.

Una de las cosas que más le gustan a Pimienta del café “La Felicidad ” es la tertulia de estudiantes que se reúne allí las tardes de los días de fiesta y en vacaciones. Se acomodan en un rincón. Charlan. Juegan al chaquete. Beben té y jengibre. Son gentes del pueblo, pobres, igual que los demás clientes, pero los estudios se les han subido a la cabeza; se sienten superiores y mantienen las distancias. Han dejado de vestir el yillab, aunque alguno siga llevando calzado de madera.

Se reúnen a pasar el rato. Mientras sorben su té o su jengibre, uno cualquiera de ellos lee en alto un periódico vespertino. Los otros lo escuchan. A continuación se lanzan a comentarlo y discutirlo larga y apasionadamente.

Una tarde Pimienta entendió por primera vez lo que decían, y se llevó una gran alegría. Acababan de leer, entre otras cosas, la noticia del juicio incoado contra un alto funcionario acusado de corrupción.

Automáticamente se encendieron los comentarios…

- ¡Éste ha caído en manos de la ley por casualidad! ¡Hay otros muchos que deberían estar en la cárcel, pero la justicia hace la vista gorda!

…y fueron haciéndose más directos y menos contenidos:

- El mal no está sólo en los funcionarios; hay otros… ya me entienden, peores y todavía más canallas. ¡En este país, si estuviera bien equilibrada la balanza de la Justicia, estarían llenas las cárceles y vacíos los palacios!

Rivalizaban en sacar a relucir nombres, en despellejarlos y en rebozarlos por el lodo, con voces alteradas, fuera de sí:

- Fíjense en Fulano, sin ir más lejos… ¿saben cómo ha amasado su inmensa fortuna?… (y acto seguido enumeraban los atropellos y los robos con que había conseguido hacer dinero. Se daban tantos detalles que parecía estar contándolo el propio secretario o administrador del interesado).

No dejaron de hacer la disección de ningún personaje importante. Las vidas se interpretaban a gusto del consumidor. Se barajaban defectos. La frase que servía de trampolín era:

- ¿Y saben cómo ha amasado su fortuna Fulano?…

Todo lo demás salía después.

Uno de ellos concluyó, furibundo:

- ¡En este país el robo está permitido!

Pimienta entendió la frase sin dificultad, aunque había sido dicha en lengua culta. Le gustó. Una pasión enterrada revivió en su interior: ¡Qué bien suena eso de que éste es un país de ladrones! ¡Caramba, de modo que el robo está permitido aquí! Pimienta… lleva lo de robar en la sangre; ha sido criado a pechos del robo. Es a lo que está acostumbrado desde la cuna: su madre, que trabaja como vendedora de manzanas, se dedica en los ratos libres a “encontrar” alguna que otra gallina “perdida”, y su padre, el tío Sanqar, vendedor ambulante de cacahuetes, es muy aficionado a llevarse la ropa tendida en los patios, y tiene una habilidad especial para escurrir el bulto. A pesar de todas estas “ayudas”, la familia no prospera.

Aquella noche tuvo un final desagradable para Pimienta. Cuando volvió a su casa, mejor dicho a la habitación donde vivían todos, encontró a su madre levantada todavía, preocupada y desconsolada, rodeada de sus hijas, llorosas. El chico se asustó al encontrarse con aquello. Antes de darle tiempo a preguntar, su madre le explicó: “Un policía se ha llevado a tu padre”. Pimienta comprendió la situación. Se acercó a su hermana mayor, y ésta le dijo algo más: que lo habían denunciado por robar unas camisas y unos calzones, y que se lo habían llevado a la comisaría. Después de un momento de silencio añadió que, por lo menos, tenía cárcel para unos cuantos meses, o quizá años.

Pimienta no veía a su padre casi nunca: por la noche ya estaba dormido cuando éste volvía de sus vagabundeos, y por la mañana salía para el café antes de que su padre se hubiese levantado. A pesar de esto, contagiado por el ambiente, se puso triste y lloró.

De pronto recordó lo que había oído por la tarde y se acercó a contárselo a su madre:… que el país estaba lleno de ladrones, y que el robo era legal… La mujer no estaba para fantasías; lo apartó, le chilló agriamente que se callara, y acabó pegándole una bofetada.

Al despertar a la mañana siguiente, Pimienta había olvidado el día anterior; como si hubiese nacido de nuevo.

Se fue para el café, con su paso rápido, sin distraerse.

No era la primera vez que metían a su padre en la cárcel.


Imagen: Micheline Pelletier

25 jun. 2012

Naguib Mahfuz - El traje del prisionero

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Naguib Mahfuz © Reza/Webistan/Corbis


El Buche, el cerillero, llegaba antes que nadie a la estación de al-Zagazig cuando iba a pasar el tren. Recorría los andenes incomparablemente ligero, ojeando a los clientes con sus ojos pequeños y expertos. Si alguien hubiese preguntado al Buche por su trabajo, el Buche habría echado pestes de él. Porque el Buche, como la mayoría de la gente, estaba harto de su vida, descontento con su suerte. Si hubiese sido dueño de elegir, hubiera preferido ser chófer de algún rico y vestir ropa de effendi y comer lo mismo que el bey y acompañarle a sitios selectos en todo tiempo, una manera de ganarse la vida que parecía diversión, placer. Tenía además otros motivos particulares y razones sutiles para desear un trabajo como aquel; lo deseaba desde un día en que vio cómo el Fino, el chófer de uno de los Importantes, paraba a la Nabawiyya, la criada del comisario, y la requebraba, descarado y seguro. Incluso, una vez, oyó que le decía frotándose las manos satisfecho: "Pronto vendré con el anillo…" Y vio que la joven sonreía con arrumaco mientras levantaba el borde de la milaya como si lo estuviese arreglando (lo que quería es que se viera su pelo negrísimo y abrillantinado). Vio aquello y el corazón se le inflamó y los celos le mordieron dolorosamente; los ojos de ella eran sus dolores y sus enfermedades. La siguió a poca distancia y en una calleja le salió al paso aquí y allí e hizo volver a sus oídos lo que le había dicho el Fino: "Pronto vendré con el anillo". Pero ella torció la cabeza, frunció la frente y dijo desdeñosa: "Mejor cómprate unos zuecos". Y él se miró los pies como si fueran una sima de significados misteriosos, su galabeyya sucia, su taqiyya mugrienta y se dijo: "Este es el motivo de mi miseria y el ocaso de mi estrella", y envidió al Fino, su trabajo y su suerte… Sólo que estas esperanzas, en lugar de apartarle de su oficio le hacían enfrascarse en él con mayor afán y satisfacer sus esperanzas con sueños.

Aquella tarde subió a la estación con su caja a atender al tren del crepúsculo que todavía no era más que una nube de humo en el horizonte, pero que avanzaba, se acercaba. Ya se distinguían las distintas unidades y se percibía el estrépito; ya está parado junto a los andenes… Al lanzarse a los vagones vio el Buche con sorpresa que en las puertas había centinelas y que por las ventanillas asomaban caras extrañas con ojos ausentes, rotos. Preguntó y le enteraron de que eran prisioneros italianos que habían caído a montones en manos del enemigo y que les conducían a campos de concentración.

El Buche se quedó perplejo pasando los ojos por los rostros polvorientos, y luego le tomó la desilusión; cuando estuvo cierto de que aquellas caras pálidas, hundidas en la miseria y la necesidad difícilmente podrían saciar su ansia de cigarrillos… Se dio cuenta de que devoraban su caja y les repelió con una mirada irritada y desdeñosa. Pensaba darles la espalda y volver por donde había venido cuando oyó que una voz le gritaba en árabe con acento europeo: "cigarrillos". Le echó una mirada sorprendida y desconfiada, luego frotó el dedo índice con el pulgar: "¿hay dinero?". El soldado comprendió y contestó afirmativamente con la cabeza. El Buche se acercó cauteloso y se detuvo fuera del alcance de las manos del soldado, El soldado se quitó calmosamente la guerrera y le dijo mostrándosela: "Este es mi dinero". El Buche quedó deslumbrado y escudriñó la guerrera gris con botones dorados entre sorprendido y ávido. Le había ganado el corazón, pero como no era un cándido ni un palurdo disimuló lo que se había levantado en él para sacar ventaja de la avidez del italiano. Con estudiada parsimonia exhibió una cajetilla y extendió el brazo para recoger la chaqueta. El soldado frunció la frente y le gritó: "¿Una cajetilla por la guerrera?… ¡Diez!" El Buche dio un respingo y se echó para atrás; su deseo recedió. Iba a irse por otro lado, pero el soldado le gritó: "Una cosa razonable… nueve… ocho…" El Buche sacudió la cabeza negando tercamente. "Entonces, siete." Pero él sacudió la cabeza como antes y fingió que se iba. El soldado se dio por satisfecho con seis y luego bajó a cinco. El Buche hizo un gesto con la mano: nada que hacer. Se volvió hacia un banco y se sentó. El soldado le gritó enloquecido: "Ven… me conformo con cuatro…" Ni se dio por aludido, y para demostrar su falta de interés encendió un cigarrillo y se puso a fumar paladeándolo pausadamente. La desazón del soldado aumentó, se puso rabioso, parecía que el único fin de su existencia era conseguir cigarrillos. Bajó su demanda a tres, luego a dos. El Buche siguió sentado, dominando sus violentas ganas y su dolorosa impaciencia. Pero cuando el soldado hubo bajado a dos no pudo evitar un movimiento delator. El soldado, nada más verlo, extendió la mano con la guerrera: "Toma", y el Buche no tuvo más remedio que levantarse, acercarse al tren, recoger la guerrera y dar al soldado las dos cajetillas. Escudriñó la guerrera con ojos alegres y satisfechos y rompió sus labios una sonrisa triunfante. Dejó la caja en el banco y se puso la guerrera y la abotonó. Le quedaba ancha, pero no le importó.

Estaba maravillado, feliz. Recogió la caja y empezó a cortar el andén orgulloso, transportado. Evocó la imagen de Nabawiyya envuelta en su milaya y murmuró: "Si me viese ahora". Sí, a partir de ahora no me evitará ni me apartará la cara con desdén, y el Fino no tendrá motivo de qué presumir delante de mí. Aquí recordó que el Fino llevaba uniforme completo, no una simple guerrera. ¿Cómo conseguir los pantalones? Caviló un tiempo, luego echó una mirada de inteligencia a las cabezas de los prisioneros que asomaban por las ventanillas del tren. El deseo le jugaba en el corazón y le inquietaba el alma cuando casi la tenia satisfecha. Se lanzó al tren pregonando decidido: "Cigarrillos, cigarrillos. Un pantalón la cajetilla si no hay dinero. Un pantalón la cajetilla". Repitió el pregón por segunda y tercera vez. Temiendo que no comprendiesen lo que pretendía, señaló la guerrera que llevaba puesta y mostró una cajetilla. Su gesto produjo el efecto apetecido: un soldado no vaciló en quitarse la guerrera. El Buche corrió hacia él y le hizo gestos de que fuese despacio y le indicó los pantalones. El soldado se encogió de hombros desdeñoso, se quitó los pantalones y el cambio se completó. La mano del Buche se engarfió en los pantalones; casi volaba de gozo. Volvió al banco de antes y se puso los pantalones en un santiamén: estaba hecho todo un soldado italiano… ¿o le faltaba algo?… Era una auténtica pena que estos soldados no llevaran tarbús… ¡Pero llevan botas! Las botas le son indispensables para estar a la altura del Fino, que le amarga la vida. Cargó con la caja y se abalanzó al tren gritando: "Cigarrillos… un par de botas la cajetilla". Como la otra vez, se ayudaba de gestos… Pero antes de que diera con un cliente el tren hizo oír su pito; iba a arrancar. Se produjo una ola de agitación entre los centinelas. El manto de la sombra había cubierto los rincones de la estación; el pájaro de la noche planeaba en el espacio. El Buche se detuvo desconsolado, en los ojos una mirada de aflicción y rabia. Cuando el tren se puso en marcha le vio el centinela del vagón delantero y la exasperación apareció en su cara. Le gritó, primero en inglés, luego en italiano: "Sube ligero. Tú, preso, al tren". El Buche no entendió lo que decía y quiso consolarse remedándole, seguro de que no podía hacerle nada. El centinela gritó otra vez mientras el tren se alejaba lentamente: "Sube, te lo advierto, sube". El Buche apretó los labios desdeñoso y le volvió la espalda dispuesto a marcharse. El centinela crispó el puño que esgrimió amenazante, apuntó su fusil contra el inocente Buche y disparó. A la detonación, que atronó los oídos, sucedió un grito de dolor y de espanto. El cuerpo del Buche perdió el movimiento, la caja se le cayó de las manos y se desparramaron las cajetillas de cigarros y cerillas. Luego, la cara del Buche se mudó en la de un cuerpo exánime.


En Cuentos ciertos e inciertos
Traducción: Marcelino Villgas y María J. Viguerra
Imagen: © Reza/Webistan/Corbis

18 feb. 2012

Naguib Mahfuz - El único hombre

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Permítanme que me presente. Mi nombre es Satán. Sólo con eso debería bastar. Conocen mi historia desde la Antigüedad. Y, en efecto, la fama de mi misión resplandece con tanto brillo como el sol que con seguridad me abrasará el Día del Juicio.

Sin embargo, estoy aturdido y confuso desde que me he enterado de que, a pesar de todas las protestas en sentido contrario, existe aún un hombre honorable en su país. Para evitar cualquier malentendido, permítanme decirles con franqueza que no puedo aceptar ninguna responsabilidad por la marea de maldades que actualmente inunda la tierra. No obstante, acepto complacido esas ideas nuevas y desviadas que nunca se me habían ni siquiera ocurrido en los tiempos antiguos. Siempre he aceptado mi destino, que es luchar por hacer que el hombre tropiece, y después tomarme el tiempo necesario para ver los resultados. Pero las innovaciones de esta generación sobrepasan de largo las de todas las que la precedieron. Desde tiempo inmemorial, el arte de tentar a un solo hombre o una sola mujer me absorbía por completo, y recurría a mi amplio repertorio de trucos y prestidigitaciones en mi esfuerzo por hacerlos caer en la trampa. Pero ahora, simplemente contemplo cómo la humanidad entera se lanza locamente al abismo. Grupos y pueblos enteros caen en el pozo sin que una palabra pase por mis labios, sin que haga movimiento alguno. Todos ellos se hunden juntos en el lodazal, mientras yo me aparto un poquito y espero, intrigado y perplejo, golpeando una mano contra la otra. ¡Cuánto he deseado ser yo la causa, la persona que puso todo en movimiento, el que tenía derecho a alardear de que era obra suya!

Pero ¿qué sucede de verdad? ¿De dónde procede toda esta corrupción?

Una vez más he de confesar que los tiempos han cambiado. Cada día asistimos a un nuevo milagro o maravilla en el mundo. Y, en efecto, me doy cuenta de que hoy es necesario estudiar economía y política, propaganda y oratoria, y aprenderlo todo sobre ciencia y tecnología, así como sobre contratistas y agentes y comisionistas, y las maneras y modos de la inmigración ilegal. Tengo que hacerme más culto y cambiar mis viejas formas si no quiero que mi causa sea derrotada, perder mi auténtica razón de existir. De otro modo, mi rebelión inmortal se desvanecerá estérilmente en el vacío sin dejar ninguna huella.

Estaba sumido en este estado de frustración y aturdimiento cuando mis espías me informaron de que todavía quedaba un hombre íntegro en estas tierras.

—Se llama Muhammad Zayn —me dijeron—. Es juez de profesión, vive en la calle Zayn al-Abidin número 15.

Inmediatamente, empecé a vigilar con especial cuidado a aquel hombre. Reside en una casa vieja, poco adecuada a su posición. Pero allí es donde creció con su familia hasta que quedó para él conforme iban falleciendo todos los de su linaje. No obstante, se considera una gran merced del Señor en una época en la que la gente vive en tumbas y tiendas de campaña. Está casado, tiene un hijo en la universidad y otro hijo y una hija que estudian secundaria. Va solo andando hasta el autobús del tribunal cada mañana, se baja una parada antes para que la gente no le vea andar confundido entre la muchedumbre, y lleva bien apretada la cartera bajo el brazo. Empieza las sesiones del tribunal a la hora prevista, continúa con el testimonio de la fiscalía, de la defensa y de los testigos con sorprendente concentración e interés. Aparte de eso, prácticamente nunca sale de su casa si no es por necesidad, algunas veces para estudiar los informes legales o para pagar sus facturas. Transmite a sus hijos el espíritu del trabajo duro y la austeridad, y ninguno de ellos se eleva por encima de los vástagos de los pobres. En conjunto, la familia se ajusta a un aspecto de sencilla modestia en la conducta, el modo de vestir e incluso en la comida. La esposa, sin embargo, sobrelleva todo esto con poca paciencia, y desahoga sus sentimientos quejándose y maldiciendo de vez en cuando los tiempos que le han tocado.

—Pongo mi sueldo entero en tus manos —le dice el juez—. No puedo convertir en oro los metales corrientes. No especulo con el coste brutal de la vida, porque vivo temeroso de Dios, que ha de preservarme de la perdición hasta que exhale el último suspiro.

Un gran hombre, pero pecador de todas formas. Las tentaciones le acechan por todas partes, como el agua o el viento. Descubrí que un ansia de conquista se había apoderado de mí, porque justo delante tenía a su mujer y su familia. Aún más: era un grupo familiar perfectamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Aquí tienen una conversación que nos muestra las diferencias entre un marido y su esposa:

—¿Qué clase de mundo es éste? —preguntaba ella—. ¿Hemos de ser condenados a todo este tormento simplemente porque somos buenos?

Él la cortó con firmeza:

—Ésta es la suerte del honrado en tiempos de pecado.

—Son todos unos ladrones, como sabes muy bien —declaró ella.

—Sí, son... todos son unos ladrones.

—¿Y cómo terminará todo?

—No tengo más posesión que mi paciencia —le replicó él.

Este ejemplo era tanto una objeción a la forma en que andaban las cosas como un reproche a la virtud de su marido.

La hija escucha con mucha atención; lee la prensa cada día y reflexiona bastante sobre los asuntos del mundo. ¿Debería celebrarse su matrimonio en condiciones tan espantosas? No me arrugué a la hora de enviarle a un joven seductor, ni tampoco a una colega mía muy competente para encontrar pisos amueblados, pero de todos modos la joven pareja logró echar el freno al borde del pecado.

—Los sinvergüenzas se sienten seguros, y circulan como si estuvieran por encima de la ley —declaró la hija—. Y mientras tanto, la propia ley es miserable, y sólo se aplica contra los miserables.

—A sus hijos se les abren todas las puertas —dijo uno de los hijos del propio Muhammad—. Y sólo hay buenas oportunidades para ellos.

—A nosotros todo lo que nos toca es sufrimiento, y mentiras envueltas en miel.

—Nuestro padre es un hombre honorable. Un juez honrado... ¡pero más débil que un delincuente con dinero!

Estaba encantado con lo que oía y me preparé para el trabajo. En mi existencia todo se efectúa en cosa de segundos. Mi tarea parecía extremadamente fácil. Decidí dejar al hombre solo para que se concentrase en sus hijos. Si uno quiere someter una fortaleza, debe buscar primero un punto débil en sus murallas. Y allí es donde ha de aplicar con más intensidad su esfuerzo.

El éxtasis que precede al triunfo iluminó mi corazón. Pronto, sin embargo, se mezcló con otra cosa, y —¡oh, qué deprisa y de qué extraño modo!— esta cosa semejaba un olor de origen dudoso. La euforia se disipó como una ola que acaricia la orilla. Caí en un estado de lasitud, una modorra parecida a una sensación de fracaso, como si me avergonzara de mí mismo por primera vez en toda mi bien arraigada historia. Vacilé, cuando nunca antes había vacilado. Me acobardé, cuando nunca antes me había acobardado. Por muchos deseos que hubiera albergado de entrar en batalla, mi victoria sólo podía ser motivo de burla, y una derrota acarrearía indudablemente vergüenza.

No, Satán; no se trata de mera indolencia, es renunciación. Nunca antes había tenido semejante contretemps. Le dejaré a usted, señor Muhammad, con su trabajo intachable, con sus duras circunstancias personales y toda la gente retorcida que tiene a su cargo. No es usted feliz, pero, aun así, le tienen envidia. No sucumbe ante ellos, de modo que intentan provocarle. Nadie le ama. Nadie se identifica con usted. Le tienen inquina y conspiran sin cesar para mortificarle con el peor de los deseos.

Ahora le diré adieu. Seguiré desde lejos sus noticias. Porque usted será una mancha negra en mi ser, ya para siempre. Si alguna vez me preguntan por usted, responderé:

—Es un hombre que impidió al diablo hacer su trabajo.



En El séptimo cielo, relatos de lo sobrenatural
Traducción: Mariano Antolín Rato


29 oct. 2011

Naguib Mahfuz - El bosque embrujado

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Una y otra vez me lo señalan y me advierten:

—No te acerques al bosque —dicen—. ¡Está embrujado por los demonios!

El bosque se encuentra en el borde sur del desierto del Cumpleaños del Profeta, en Abbasiya. Desde la distancia parece una montaña con muchos picos de un verde sombrío, de tres paradas de tranvía de largo y casi otro tanto de ancho. Por arriba, el cielo quizás se pinte de las rayas del humo que trae la brisa desde el vertedero donde la basura arde permanentemente. ¿De qué clase son estos árboles altivos, y cuál es la razón de su presencia en este lugar? ¿Quién los plantó aquí, y por qué? El desierto del Cumpleaños del Profeta es el lugar al que va a jugar al fútbol toda la gente joven de Abbasiya y donde entrena al mismo tiempo un buen número de equipos de aficionados. Cuando terminamos nuestros partidos amistosos, nos ponemos la galabiya sobre la ropa deportiva de diario y luego regresamos al barrio rodeando el bosque.

La niñez da paso a la adolescencia. Nuevas pasiones se encienden dentro de mí, incluido el amor a la lectura. En mi alma alborea una iluminación espiritual que celebra todo lo que es reciente y novedoso al tiempo que muchos viejos mitos se borran de mi cabeza. Ya no creo en los demonios del bosque... aunque no logro librarme por completo de los posos del miedo que siguen latentes en lo más profundo. Con frecuencia solía retirarme a solas al desierto, en especial durante las vacaciones de verano, a leer, meditar y fumar cigarrillos lejos de cualquier mirada censora. Contemplaba de lejos la floresta, y sonreía sarcásticamente con mis recuerdos. Aun así, guardaba las distancias. Al final acabé exasperado por mi actitud y sentí el impulso de desafiarla preguntándome: ¿No es hora ya de descubrir la verdad sobre el bosque?

Tras una deliberación nada corta, decidí muy audaz hacer algo al respecto. Resolví actuar a media tarde, a plena luz del día, puesto que la noche no sería segura en ningún caso. El sitio en el que solía sentarme estaba cerca de la estación de bombeo de agua, por la que pululaban trabajadores e ingenieros. Una vez saludé a uno de ellos y le pregunté por el secreto del bosque. Me dijo que pertenecía al complejo de la estación. Dijo que lo habían plantado hacía mucho tiempo, para sacar provecho de la abundancia de agua. No se había extendido más lejos, quizá, a causa de la conmemoración anual del nacimiento del Profeta que se celebraba justo al lado.

—Dicen —le comenté— que el bosque está lleno de 'afarit, de malos espíritus.

—Los únicos demonios son los seres humanos —me replicó.

Por primera vez, me encaminé al bosque. Me detuve en la linde, atisbé hacia el interior y vi los árboles gigantescos formando filas bien ordenadas, como batallones de soldados, y las hierbas que tapizaban el suelo con su verdor exquisito, en su punto. Un canal cortaba a lo ancho por en medio, y brillaban las acequias que se ramificaban a partir de él. Una vez familiarizado con todo, avancé sin sobresaltos. No encontré ningún ser humano, pero acabé embriagado de soledad y tranquilidad. «Qué despilfarro —pensé—. Tanto tiempo perdido... que Dios haga sufrir a quienes imaginan que el paraíso es un refugio de demonios.» Más o menos en el centro del bosque llegó a mis oídos una risa, y a decir verdad se me estremeció el corazón. Pero mi temor se desvaneció en un instante, pues no había duda de que eran risas que procedían de un descendiente de Adán. Inspeccioné los alrededores con cuidado y descubrí a lo lejos a un pequeño grupo de jóvenes. Rápidamente me di cuenta de que no eran extraños, sino vecinos y compañeros del colegio. Me dirigí hacia ellos aclarándome la garganta... Sus cabezas se giraron en mi dirección, así que les saludé y me detuve, sonriente. Tras un silencio, uno de ellos dijo:

—Bienvenido. ¿Qué afortunada coincidencia te trae por aquí?

—¿Y qué os ha traído a vosotros? —pregunté a mi vez.

—Como puedes ver, charlamos, o leemos, o mantenemos discusiones serias.

—¿Hace mucho tiempo que lo hacéis?

—No poco, desde luego.

Tras un cierto titubeo, me ofrecí:

—Me encantaría unirme a vosotros, si no os importa.

—¿Te gustan los estudios y el debate?

—Los adoro con toda mi alma.

—Entonces, si lo deseas, eres bienvenido.

A partir de entonces empecé una nueva vida, que quizás podría llamar la vida del bosque. Durante todas las vacaciones de verano pasaba al menos dos horas al día en aquel círculo, pues, como el canto de los pájaros, pensamientos y opiniones descendían de lo alto. El mundo había cambiado, había cambiado totalmente. Aquello no era un mero juego, una diversión o un ejercicio intelectual sin más. Más bien nos conducía a un viaje, una aventura... una experiencia que abarcaba todas las cosas posibles.

Por costumbre, solía sentarme con mi padre y mi madre después de cenar. Oíamos música en el fonógrafo, hablábamos. Yo venía escondiendo el secreto del bosque, sin revelárselo a nadie, y mis padres eran las últimas personas a las que podía imaginar que se lo contaría. Hace muchísimo tiempo —ya ni recuerdo cuánto— los dos partieron hacia el descanso eterno y se les concedió así una paz eterna. Mi padre nunca se emociona, salvo que le incite alguna noticia política, lo único que le anima a seguir y comentar. Un día concluyó su conversación exclamando:

—¡Cuántas maravillas hay en este país!

—¡Maravillas sin fin! —me apresuré a afirmar.

Me lanzó una mirada inquisitiva.

—Deja que te cuente algunas de las ideas que circulan en nuestra sociedad —le dije.

Hablé con concisión, muy concentrado. Me escuchó con bastante confusión.

—¡Dios me asista! —clamó a voces—. Quienes sostienen esos puntos de vista no son humanos, ¡son demonios!

Y entonces lo comprendí: me había convertido en uno de los demonios del bosque embrujado.


En El séptimo cielo



18 ago. 2011

Naguib Mahfuz - Olvido

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Mi ardiente imaginación, por más que el flujo de sus olas rompiese en todas direcciones, nunca habría podido hacerse idea de la ciudad interminable, que ocupaba toda la extensión que el ojo abarca. Era como un alborotado gigante de tamaño infinito que agitase sus miles de miembros y apéndices. Por encima se alzaban innumerables filas de edificios colosales del estilo altivo y arrogante de la época. Los de otro tipo, de colores desvaídos, estaban claramente a merced de las violentas garras del tiempo, y había una tercera clase a punto de derrumbarse, de sucumbir, mientras sus residentes resistían con desesperada resignación. En todos los barrios había ruidosos altercados entre la gente, se enfrentaban unos con otros en tumultos enloquecidos. Autobuses, coches, carros de caballos, camellos y carretillas se perseguían unos a otros, y el ruido que producían confluía en medio de los innumerables accidentes, el estruendo de las bodas, los chirridos de los funerales, las discusiones encendidas, los abrazos calurosos y las gargantas que pregonaban mercaderías a oriente y a occidente, al norte y al sur, los gemidos de dolor mezclados con los gritos más suaves de alabanza y complacencia. 

El hogar comunal de los inmigrantes de nuestro pueblo era como un chaleco salvavidas en medio de una tormenta marina. El jeque de la tribu reasentada me recibió diciendo 

—Nuestro nuevo hijo... Bienvenido a tu familia. 

—Gracias, tío —respondí, y le besé la mano. 

También encontré un sitio esperándome en el instituto. Yo estaba bien considerado, de modo que el viaje fue coronado por el éxito. Ocupé un puesto en el Departamento de Inspecciones del gobierno y pensé: «El trabajo duro tiene su recompensa». Y después del trabajo me acercaba hasta el café para ver a mis amigos, aunque no me atrevía a gastar lo que gastaban otros parroquianos. Tenía la cabeza llena de fantasías, igual que un hombre que cuando ayuna sueña con comida y bebida, porque en nuestra residencia había muchas florecillas jóvenes que justamente empezaban a abrirse. 

La rueda de las mañanas, las tardes y las noches siguió girando hasta que algo nada llamativo aconteció: un sueño efímero, de esos que igual se recuerdan que se olvidan. Algo, sin embargo, debía de traslucirse en mi expresión, algo que no escapó a la aguda mirada del jeque. Estaba sentado con las piernas cruzadas en su otomana y recitaba las oraciones del rosario cuando me dijo: 

—Hay algo que te distrae. 

—Un hombre se ha acercado a mí en sueños —le confesé—. Me previno contra el olvido. 

El jeque se quedó un rato pensativo y luego me explicó: 

—Es para recordarte que no malgastes tu juventud. 

Consideré seriamente lo que me decía. En nuestra morada del exilio urbano no se ponían obstáculos entre un hombre y los deseos de su corazón, pues la nuestra era una tribu caritativa y fraterna. Una habitación era tan adecuada para una pareja como para una persona sola. La novia estaba ya esperando, y numerosos gestos y actos de amabilidad ayudaban a hacer más fácil el camino. 

—Mantengámonos fieles a nuestras sagradas tradiciones —dijo el jeque—, con la bendición de Dios. 

La habitación estaba recién pintada y también amueblada de manera adecuada. Y así, esa ciudad que no para mientes en nadie dio la bienvenida a la nueva pareja de recién casados. La vida en nuestro hogar lejos del hogar se enraizaba en la solidaridad: había muchos recursos ideados para vencer  las penalidades de los tiempos. Rebosante de felicidad, pensé para mis adentros: «Nuestro camino fue pavimentado para nosotros por tantos antepasados gloriosos...». 

Enfrascado en el amor y el matrimonio, en la paternidad y en el trabajo, un día le dije al jeque: 

—Todo esto es gracias a Dios, y a usted. 

—Nuestra casa —me contestó afablemente— es como el arca de Noé en medio del diluvio furioso que nos engulle a todos. 

—Tío —le dije—, la gente nos mira con malos ojos..., nos tienen envidia. 

—Eso sólo se hace más grande conforme pasa el tiempo —me repuso. 

Una noche me desperté sobresaltado porque había vuelto aquel sueño. El mismo hombre me prevenía contra el olvido. Lo vi exactamente con la misma apariencia de la primera vez, o así me lo pareció. El hombre era el mismo hombre, y sus palabras fueron las mismas palabras. 

El jeque me escuchó con preocupación. 

—Nos hemos ido acostumbrado a que sueñes con tus miedos —fue su conclusión. 

—Yo tengo plena confianza. No tengo miedos. 

—¿De verdad? —inquirió—. ¿No estás preocupado por el futuro de tu familia? 

—Felices hoy son aquellos que se preparan para el último día —farfullé como en protesta. 

—¿Qué harías mañana si las cargas que la vida te exige aumentasen mucho para ti? —me preguntó. 

Me quedé un rato sumido en una turbación silenciosa. 

—Haz lo que están haciendo muchos otros —me aconsejó—. Busca un trabajo extra. 

Gracias a su influencia, conseguí ingresar en un centro de formación para aprender el oficio de fontanero. Lo hacía estupendamente, todo eran elogios, de modo que por las tardes, después de salir del trabajo del gobierno, empecé a aprovechar la experiencia que iba adquiriendo. Mis ganancias no dejaban de crecer y mis ahorros también. El jeque contemplaba mis éxitos con satisfacción. 

—No hay duda de que esto es mejor que las ganancias ilícitas —dijo—. ¡Estos tiempos nos exigen ser como los gatos y tener siete vidas! 

Una energía fantástica impregnaba todos mis miembros. Me enamoré perdidamente de la vida, sin hacer caso del caos que reinaba a nuestro alrededor. Todo aquello me impulsó a alquilar un apartamento por el que pagué un depósito considerable. Mi tío me invitó a desayunar y me dijo: 

—Así es como son las cosas en estos tiempos.

Yo pensaba que ningún ser humano podía tener seguridad si no tenía trabajo y dinero, y lo más sólido que podemos conseguir en este mundo es un futuro del que nos podamos fiar. Yo mantenía costumbres austeras en la medida de lo posible; las únicas novedades en mi vida eran los cigarrillos, las comidas grasas y los dulces orientales. Mis hijos e hijas obtuvieron sus títulos en colegios de lengua extranjera, y el paso del tiempo sólo me traía cosas buenas. En medio de toda aquella deliciosa abundancia, una noche aquel viejo sueño regresó por tercera vez. El hombre me previno contra el olvido, como había hecho antes. Lo vi justo tal y como las dos veces anteriores, o eso me pareció: el hombre era el mismo hombre, y las palabras, las mismas palabras. 

Asombrado, no me lo tomé a la ligera. Por desgracia, no tenía al jeque a mano para comentarlo con él. Como estaba tan absorto en mis negocios, había dejado de verlo hacía algún tiempo y no soportaba la idea de visitarle para nada que no fuese un mero saludo. Aun así, me atenazaba una sensación de malestar que impregnaba cuanto hacía. Como sufría muchísimo por ello, mi mujer me riñó: 

—La bondad viene de Dios y la maldad de nosotros mismos. 

—¿Es que es algo más que un sueño? —dije despectivo. 

—Yo no veo que olvides ninguna cosa —repuso ella. 

Sin embargo, no podía escapar del influjo que aquella visión sorprendente ejercía sobre mí. Me perseguía incesantemente, ocupaba mis pensamientos. Bajo su dominio, salía corriendo de la acera para cruzar la calle sin prestar atención al tránsito de vehículos. De repente, sin darme cuenta, me encontré delante de un coche que no pudo frenar a tiempo. Me golpeó, me lanzó por el aire como una pelota. Perdí totalmente el conocimiento y lo recuperé en el hospital, donde supe que no tenía la menor esperanza de recuperarme. 

 * * * 

 Mirando atrás con tristeza y compasión, el jeque nos diría más tarde: 

Lo llevaron al hospital envuelto en las negras nubes de la muerte. Allí le operaron a la desesperada, mientras la investigación y el testimonio de los testigos oculares del accidente confirmaron que había salido corriendo en la calzada como si quisiese terminar con su vida. El conductor del coche, por consiguiente, fue declarado inocente de toda culpa. Estaba sentado junto al lecho de mi sobrino, sabiendo que no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir, cuando apareció el conductor para ofrecer su humilde consuelo y brindar la ayuda que pudiera. Se quedó allí un rato y después se marchó solo. Una vez se hubo ido, los párpados de mi sobrino se agitaron y vi en su cara una expresión que conocía. Incliné la cabeza y acerqué el oído a su boca. 

—¡Ése era el hombre! —murmuró débilmente—. ¡El hombre del sueño! 

Ésas fueron las últimas palabras que salieron de sus labios. 



En El séptimo cielo, relatos de lo sobrenatural
Imagen: © Reza/Webistan/Corbis


17 jun. 2011

Naguib Mahfuz - El mal adorado

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Antes de que el primer rey ocupara el trono de Egipto, el gran valle del Nilo estaba dividido en regiones independientes, cada una de ellas con su propio dios, su religión y su gobierno. Una de esas regiones, llamada Janum, era famosa por su suelo fértil, su clima templado y su abundante población. No obstante, su destino estaba cruelmente marcado por desgracias y tristezas porque mientras los opulentos vivían entregados al placer, los campesinos se morían de hambre. A consecuencia de la depravación, sobrevinieron enfermedades y epidemias que hicieron estragos entre los más débiles. Los responsables del gobierno de la región, dirigidos por el juez Sumer, el guardián del orden público Ram y el médico Toheb, se apresuraron a dictar reformas, y su intenso esfuerzo en erradicar el crimen y la depravación se convirtió en un modelo de empeño, honestidad y firmeza.

Durante una de las generaciones que sucedieron en aquella región, llegó un forastero: era un anciano con la cabeza y la cara afeitadas, según la costumbre de los sacerdotes egipcios, alto y delgado. Su mirada era aguda, a pesar de su edad avanzada, e irradiaba la luz de la inteligencia y la sabiduría. Era un hombre verdaderamente raro. En cuanto llegaba a un sitio, la gente empezaba a preguntar extrañada: «¿Quién es ese hombre? ¿De qué región procede? ¿Qué quiere? ¿Cómo es que va de un sitio para otro, cuando debería quedarse tranquilo, esperando el momento de pasar al mundo de Osiris?».

Su excentricidad no tenía límites: dejaba tras de sí un ambiente de discordia y escándalo allá por donde pasaba. Rondaba por los zocos y los templos participando en las fiestas -aunque no conociera a los organizadores-, metiéndose en asuntos que no le importaban. Hablaba a los maridos de sus esposas y a éstas de sus maridos, y a los padres les hablaba de sus hijos. Entablaba conversación con los hombres más relevantes y también con los criados y los esclavos, dejando tras de sí una profunda y poderosa influencia que provocaba una desafiante revolución en sus almas, aumentando las disputas y la hostilidad.

La forma de vida del forastero provocó el recelo de Ram, el guardián del orden público. Le seguía como su sombra, observando todos sus movimientos y sospechando de sus intenciones, hasta que finalmente le detuvo y le llevó ante el juez para que éste examinara el extraño caso.

Sumer, el juez, era un hombre de avanzada edad y amplia experiencia: había pasado cuarenta años de su ilustre vida luchando heroicamente bajo las banderas de la justicia y la verdad. Había mandado ejecutar a cientos de rebeldes, había llenado las cárceles con miles de maleantes y criminales y trabajaba sincera y honradamente para limpiar la región de los enemigos de la paz y la tranquilidad. Pero cuando el forastero se presentó ante él, Sumer se quedó extrañado y confuso. Se preguntó qué habría hecho aquel anciano decrépito. Luego, mirándole de forma penetrante, le preguntó con su voz grave:

—¿Cómo te llamas, anciano?

El hombre no respondió. Movió la cabeza como si no quisiera hablar o no supiera qué decir.
El juez, extrañado por el inexplicable silencio, le preguntó con severidad:

—¿Por qué no respondes? Dime tu nombre.

El hombre contestó en voz baja, con una sonrisa en los labios:

—No lo sé, señor.

El enfado del juez aumentó. —¿De verdad no sabes tu nombre? —le preguntó.

—No, señor, lo he olvidado.

—¿Quieres decir que has olvidado tu nombre, el nombre por el que la gente te llama?

—Nadie me llama: mi familia y mis amigos murieron y yo he pasado mucho tiempo vagando de un lado para otro, sin que nadie me llamara. Nadie se dirige a mí por mi nombre y, como tengo la cabeza llena de ideas y sueños, lo he olvidado.

El juez acusó al anciano de necedad y desvarío. Luego se dirigió al guardián del orden público y le preguntó:

—¿Por qué has traído a este hombre aquí?

A lo que Ram respondió:

—Señor, este hombre no descansa ni deja descansar a los demás. Importuna a la gente, polemiza con ella sobre el bien y el mal y no para hasta provocar la discordia.

El juez se volvió hacia él y le preguntó:

—¿Y qué pretendes con eso?

El anciano le dirigió una mirada penetrante y, con voz grave y a la vez trémula por su avanzada edad, le replicó:

—Quiero reformar este desagradable mundo, señor.

El juez sonrió y le preguntó:

—¿Acaso no hay quien dedica su vida a esta noble tarea, estando capacitado para ello? ¿Qué hacen el juez, el guardián del orden público y el médico? Tranquilízate, anciano, y no cargues con una responsabilidad que tu avanzada edad te impide asumir. Hay otros más capaces para hacerlo.

El hombre movió la cabeza con terquedad y dijo:

—Todos los que has mencionado existen desde el principio de los tiempos, pero no han sido capaces de cambiar esta fealdad que desfigura el mundo. Todavía seguimos viendo en todos los rincones de la tierra a los heraldos del mal y las huellas del crimen.

—¿Y tú vas a triunfar, cuando todas esas fuerzas coordinadas han fallado?

—Sí, señor. Concédeme un plazo y verás.

El juez sonrió con desdén y le preguntó:

—¿Y qué medios posees que ellos no tengan?

—Señor, ellos persiguen el mal, curan las enfermedades y vendan las heridas, pero mi método consiste en eliminar el mal. El mal está refugiado en su escondite, y los demás sólo se preocupan por los síntomas. Yo lo he examinado con atención y he descubierto que el estómago es el origen del mal en esta región. He encontrado a muchos que no pueden llenarlo y aúllan de hambre. Y a la vez, hay otros que lo llenan todo lo que quieren. Y de la mutua atracción y repulsión entre esos estómagos surgen el saqueo, el pillaje y la muerte. Por eso, tanto el mal como su curación están claros.

—Todo lo contrario —dijo el juez—, el mal que has diagnosticado no tiene cura.

—Eso es lo que dicen, señor. Y lo dicen sólo porque carecen de algo esencial para Nuestro Señor: la fe en Él y la creencia en el bien. No creen de verdad en el bien. Luchan por su causa usando instrumentos pasivos sin sentimientos y actúan por dinero, honor y gloria. Pero en privado se mueren por aquello que manifiestan odiar. Ése es su oficio, señor. En cambio, yo creo de verdad en el bien y éste me impulsa a seguir mi método y a proceder con calma.

Las palabras del hombre provocaron la cólera del guardián del orden público por considerar que le había insultado en su presencia. Pero el juez, que era más tolerante y más bondadoso, restó importancia a lo que había dicho el anciano, y al no encontrar en sus acciones nada que mereciera castigo, le amonestó y le dejó en libertad.

El hombre salió de la sala de justicia sintiendo el júbilo de la victoria. Seguro de poder realizar su misión, caminaba con la energía de un rebelde, hablaba con el entusiasmo de un joven y rebosaba el optimismo de un profeta. Sus palabras provocaban una especie de magia, a la que no se resistían ni siquiera los hombres de edad avanzada, y en un breve espacio de tiempo consiguió conquistar los oídos de todos, encantar su corazón, provocar sus buenos sentimientos y dirigirlos por donde él quería. Los pobres le seguían, los ricos le obedecían y los rebeldes se sometían a él. La base de su llamamiento era la belleza y la moderación, bajo cuya sombra el pobre podía vivir satisfecho y el rico, sólo con lo que necesitaba. Aquella sociedad enferma encontró en él a un médico eminente y digno de confianza, por eso siguió su ejemplo y adoptó sus principios. Los resultados fueron deslumbrantes: se erradicaron el crimen y el mal, se remediaron todas las enfermedades y la felicidad reinó en la región. Los gobernantes se alegraron y depositaron su confianza en el hombre del que previamente habían desconfiado. Todos se sintieron felices por haber logrado el noble fin al que habían dedicado en vano sus vidas.

El tiempo transcurría lentamente, en un ambiente de tranquilidad desconocido para la gente. Las autoridades fueron las primeras en sentir el comienzo de una nueva época: se encontraron sin nada que hacer, y el ocio sólo resulta placentero para quienes trabajan. Las horas ociosas se les hacían cada vez más pesadas, mientras veían irritados como su fama y su poder se desvanecían y su luz se transformaba en sombra.

En el pasado, el guardián del orden público tenía un poder que provocaba el pánico por donde pasaba, pero ahora se había convertido en algo que la gente miraba desafiante y con desprecio, como si fuera un ídolo caído.

Y el juez, que había ejercido su poder sagrado con una dignidad divina, ahora se había convertido en un personaje triste y sombrío que había dejado de escuchar saludos y ruegos, y que ignoraba a quienes se dirigían a él. No sentía más que soledad, hasta que se convirtió en una especie de templo abandonado en el desierto.

El médico, por su parte, sin dejar de quejarse en silencio, permaneció recluido en su casa, sin visitar a nadie y sin recibir visitas. Antes guardaba el dinero en un puchero, pero ahora gastaba su ahorros con todo el dolor de su corazón.

En la región, todos se sentían seguros y disfrutaban de bienestar, excepto los que se consideraban «artífices del bien». Ahora estaban perplejos y desesperados, y por más que lo intentaban, no encontraban una salida a su situación. El guardián del orden público era el que más sufría porque, aunque era el más osado, temía manifestar sus preocupaciones a oídos sordos y a corazones entregados al bien. Finalmente, perdió la paciencia y en una reunión con sus hermanos y otros parientes, preguntó con algo de temor:

—¿Qué haremos si mañana el gobernador prescinde de nuestros servicios?

Todos palidecieron. Uno de ellos preguntó tartamudeando:

—¿De verdad es probable que prescinda de nosotros?

Ram se encogió de hombros con desdén y dijo:

—¿Y qué podemos hacer para merecer quedarnos?

El efecto de esas palabras fue como si se levantara la tapa de un caldero lleno y se saliera todo lo que había dentro. Uno de ellos dijo:

—Esta situación no se puede silenciar.

Otro añadió, apretando el puño:

—Ese viejo chocho ha echado a perder la región.

Otro argüyó:

—Destruye la elevada capacidad humana con su llamada corrupta que impide el progreso y aniquila las preocupaciones.

El secreto se propagó y todos revelaron sus sentimientos, excepto el juez, que en silencio miraba el horizonte lejano, sin prestar atención a lo que pasaba a su alrededor.

Su presencia hacía perder a muchos la esperanza de que les fuera a ayudar, pero Ram les dijo:

—No os preocupéis por el juez. Su corazón está con nosotros. Lo que sucede es que su lengua, acostumbrada a hablar de justicia, no le obedece en seguir nuestro propósito.

Todos estuvieron de acuerdo con esta afirmación.

Una mañana, al despuntar el sol, el extraño hombre había desaparecido. Sus seguidores le buscaron por todas partes, inspeccionando todos los rincones de la región, pero no encontraron ni rastro de él.

Su desaparición produjo una inquietante sorpresa y provocó opiniones diversas. Algunos dijeron que se había marchado a otra región, tras asegurarse de que su doctrina estaba bien arraigada. Otros creyeron que había ascendido a los cielos, tras haber concluido su misión. La tristeza invadió a todos los habitantes de la región, excepto a los que habían gozado de posiciones privilegiadas, los cuales respiraron aliviados recobrando las esperanzas y soñando con recuperar la gloria y el bienestar perdidos, aunque no dejaban de sentir inquietud al observar que la gente continuaba aferrada a sus creencias y recordaba sin cesar al extraño anciano.

Lleno de rabia, el guardián del orden público exclamó:

—Esta situación no puede continuar.

Todos le miraron con esperanza. Al percibirlo, Ram continuó:

—Conozco a una bailarina en la región de Ptah a la que los dioses han dotado de una irresistible belleza. ¿Por qué no la traemos durante unos meses? Estoy seguro de que el gobernador de esa región está deseando desprenderse de ella porque su belleza provoca mucho revuelo allí. Que la región de Janum la acoja durante algún tiempo, y ella sin duda provocará enfrentamientos entre los hermanos y entre los esposos, hasta que los opulentos deseen romper las cadenas que se han puesto sumisamente en el cuello. Esperad un poco y veréis los resultados. Ram puso en marcha su plan. Con ojos chispeantes de alegría, vieron desmoronarse la obra del anciano. El estómago volvió a su trono, imponiendo su gobierno, y la tranquila Janum recobró su antigua vida depravada, llevándose la paz que había prevalecido en la región. Los miembros del gobierno emprendieron su tarea de nuevo luchando por el bien, la justicia y la paz.


En Voces de otro mundo
Imagen: © VERNIER JEAN BERNARD/CORBIS SYGMA


12 mar. 2007

Entrevista a Naguib Mahfuz por Volkhard Windehur

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"Los derechos humanos son conciliables con el islam".

Desde la categoría literaria de haber ganado el Nobel y desde la sabiduría de sus 94 años, el escritor egipcio Naguib Mahfuz defiende en esta entrevista la libertad de expresión, los valores universales y la convivencia entre las culturas musulmana y cristiana. Este intelectual que fue perseguido por sus ideas laicistas reivindica que el islam y la democracia son compatibles. BABELIA - 11-03-2006

El premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz, de 94 años, habla sobre la rivalidad entre los distintos valores religiosos, la libertad de expresión y las ventajas de un sistema social secularizado.



PREGUNTA. Señor Mahfuz, el mundo islámico se muestra indignado por las caricaturas del profeta Mahoma. Su libro

Hijos de nuestro barrio también fue incluido en el índice de publicaciones prohibidas confeccionado por eruditos en islamismo de la Universidad cairota de Azhar. ¿Puede ser blasfema la literatura?

RESPUESTA. Ese libro fue publicado en Líbano hace ya muchos años y ahora lo puede encontrar prácticamente en cualquier quiosco de prensa de Alejandría. La prohibición ya no se toma en serio y eso es lo que importa.

P. La lucha por la libertad de expresión entre Oriente y Occidente se ha recrudecido de nuevo. La condena a muerte del escritor Salman Rushdie decretada por el líder revolucionario Jomeini aún sigue presente en la memoria de todos. En su opinión ¿dónde están las fronteras de la libertad de expresión?

R. Yo defiendo el derecho de todo individuo a expresar libremente lo que piensa. En caso de injurias o ataques contra las religiones y sus símbolos que hieran los sentimientos de mucha gente, existen los tribunales. Ahora bien, en este contexto no hay lugar para sentencias de muerte.

P. En el mundo árabe-islámico rigen valores distintos de los occidentales. ¿Cree que se llegará a resolver algún día este problema básico?

R. La existencia de diversas culturas es un hecho histórico y es evidente que esta diversidad no se limita a los estilos arquitectónicos o a los trajes regionales. Nosotros los egipcios hemos desarrollado una de las culturas más antiguas, si no la más antigua, de la historia del género humano, a lo largo de un proceso que ha abarcado milenios y que ha desembocado en determinadas normas y formas de ver el mundo que nos diferencian de otras naciones. Las concepciones y las máximas vitales de, por ejemplo, los babilonios o, más tarde, los griegos y los romanos eran de carácter diferente. Pero la diversidad de valores ha sido frecuentemente un elemento enriquecedor, algo positivo.

P. Aunque también es cierto que los principios religiosos enfrentados han desembocado en guerras espantosas. Ha sido el factor explosivo que ha desencadenado terribles derramamientos de sangre.

R. En ese caso estamos ante una malinterpretación deliberada de los valores religiosos. Las religiones que llevan la voz cantante en esta parte del mundo son el islam y el cristianismo, al menos en lo que respecta a su proporción numérica. Si analizamos la situación cada vez que se produce un enfrentamiento, veremos que los valores anclados en el islam y el cristianismo no fomentan el conflicto de ningún modo, sino todo lo contrario, ambas religiones hacen un llamamiento a la convivencia pacífica.

P. Nadie lo diría a la vista de un conflicto como la guerra civil libanesa, ni tampoco parecen traslucir nada semejante los llamamientos al asesinato por parte de los extremistas islámicos en Irak y Afganistán.

R. Hasta ahora los extremistas religiosos, sean del signo que sean, nunca se han distinguido por ser guardianes de los valores fundamentales del ser humano. Es algo que hemos podido constatar no sólo en Líbano, sino también en otros muchos lugares. Los valores religiosos han sido manipulados para justificar la injusticia. Las religiones no son congruentes entre sí pero, por lo que respecta a su concepción de los valores básicos, no soy capaz de detectar diferencias de peso, y menos aún contraposiciones, entre el islam y el cristianismo.

P. Casi la mitad de los más de 6.000 millones de personas que pueblan nuestro planeta no son ni musulmanes ni cristianos. La ONU ha definido una serie de derechos humanos que son válidos para toda la humanidad...

R. ...y esos derechos humanos rigen tanto para los musulmanes como para los cristianos, por un motivo de lo más concluyente: los derechos humanos definidos por la ONU son plenamente conciliables con los valores del islam y el cristianismo.

P. No todos los eruditos musulmanes comparten su opinión.

R. No obstante, las cosas son así. Ése es el motivo por el que todos los Estados islámicos han aceptado los derechos humanos promulgados por Naciones Unidas. "Libertad, igualdad, fraternidad", las exigencias de la Revolución Francesa de 1789, son máximas que hoy siguen conservando toda su validez y que para mí son de obligado cumplimiento.

P. Predicadores y políticos islamistas rechazan el estado secular que usted defiende.

R. Sí, algunos lo hacen porque equiparan el concepto de "secularismo" con el de "ateísmo" o incluso creen que implica una actitud antirreligiosa. Pero lo hacen por pura ignorancia, porque no han profundizado lo suficiente. Ahora bien, también existe una minoría que hace todo lo posible para que la gente tenga la impresión de que el sistema secular supone un desafío a la religión. Por supuesto, eso es un disparate. Son personas que no desean el diálogo, a pesar de que el diálogo es la clave para resolver todos los problemas.

P. En Egipto también hay gente que condena las ideas laicistas. ¿Qué propone para solucionar este conflicto?

R. La democracia es la única solución. Tenemos que abrirnos. Cuantas más ventanas se abran, más logrará imponerse la voluntad del pueblo.

P. En ese terreno el mundo islámico tiene mucho pendiente por hacer.

R. Pero lo conseguiremos.

P. ¿Son compatibles el islam y la democracia?

R. Lo son, y yo diría que mucho. Egipto optó por la vía de la sociedad civil -condición previa indispensable para una democracia- ya en la primera mitad del siglo XIX, con el virrey Mohammed Alí.

P. Pero entonces, ¿por qué muchos islamistas lo único que asocian al concepto de democracia es la invasión cultural sacrílega por Occidente?

R. No existe semejante invasión. Lo que hace cualquier cultura es tomar de otros círculos culturales aquello que da por bueno. Siempre ha sido así y así seguirá siendo en el futuro. ¿Qué perjuicio puede depararme el análisis de las obras de Shakespeare y de Goethe?

P. ¿Cuánto tiempo habrá que esperar aún hasta ver consolidada la democracia en el mundo islámico?

R. Probablemente ocurrirá antes de lo que muchos escépticos piensan. Las elecciones democráticas limpias celebradas en Palestina son un buen indicio que apunta en ese sentido.

P. Sólo que han sido ganadas precisamente por el grupo islamista Hamás, que en Occidente está desacreditado por ser organización terrorista.

R. Los palestinos han votado en unas elecciones libres, tal y como prescriben las reglas de juego democráticas. Y eso es algo que debe ser respetado. Por muy embrollada que parezca estar la situación en estos momentos, de lo que no me cabe la menor duda es de que los palestinos y los israelíes sólo podrán superar su problema a través del diálogo y la democracia.

P. Cuando vuelve la vista atrás y repasa su larga vida en una región sometida a tantas tensiones políticas, ¿no se pregunta a veces qué es lo que ha conseguido con su obra?

R. Mi escritura no ha sido fruto de la asunción de determinados objetivos políticos. Ahora bien, me sentiría muy satisfecho si, al final, resulta que he contribuido a impulsar el desarrollo social de mi país.


Traducción de News Clips. © Der Spiegel.


ISAÍAS GARDE, textos en transición