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4 may. 2012

Maurice Maeterlinck - El silencio

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Maurice Maeterlinck


¡Silence and Secrecy! exclama Carlyle, habría que erigirles altares de universal adoración. El silencio es el elemento en que se forman las grandes cosas, para que al fin puedan surgir, perfectas y majestuosas, a la luz de la vida que van a dominar. No es sólo Guillermo el Taciturno, son todos los hombres considerables que he conocido, y los menos diplomáticos y los menos estratégicos de estos hombres, los que se abstenían de hablar de lo que proyectaban y de lo que creaban. Y tú mismo, en tus pobres pequeñas perplejidades, prueba de retener tu lengua durante un día; y al día siguiente, ¡cómo tus ideas y tus deberes serán más claros! ¡Qué de restos y qué de escorias no han barrido en ti mismo esos obreros mudos, mientras que ya no entraban los ruidos inútiles!

La palabra es con sobrada frecuencia, no como lo decía el francés, el arte de ocultar el pensamiento, sino el arte de ahogarlo y suspenderlo, de suerte que ya no queda ninguno que ocultar. La palabra es grande también; pero no es lo más grande que hay. Como lo afirma la inscripción suiza: Sprechen ist Silbern, Schweigen ist Golder, la palabra es de plata, y el silencio es de oro, o, como mejor sería decirlo: La palabra es tiempo, y el silencio eternidad.

«Las abejas no trabajan más que en la obscuridad, el pensamiento no trabaja más que en el silencio, y la virtud en el secreto...»

No hay que creer que la palabra sirva jamás para las verdaderas comunicaciones entre los seres. Los labios o la lengua pueden representar al alma del mismo modo que una cifra o un número de orden representa una pintura de Memlinck, por ejemplo; pero desde el momento que tenemos verdaderamente algo que decirnos, nos vemos obligados a callar; y si en esos momentos resistimos a las órdenes invisibles y apremiantes del silencio, hemos hecho una pérdida eterna que los más grandes tesoros de la sabiduría humana no podrán reparar, porque habremos perdido la ocasión de escuchar otra alma y de dar un instante de existencia a la nuestra; y hay muchas vidas en que tales ocasiones no se presentan dos veces...

No hablamos más que en las horas en que no vivimos, en los momentos en que no queremos conocer a nuestros hermanos y en que nos sentimos a gran distancia de la realidad. Y en cuanto hablamos, algo nos previene que hay puertas divinas que se cierran en alguna parte. Por esto somos muy avaros del silencio y los más imprudentes de entre nosotros no se callan con cualquiera. El instinto de las verdades sobrehumanas que todos poseemos nos advierte que es peligroso callar con alguien a quien no se quiere conocer o a quien no se ama; porque las palabras pasan entre los hombres, mientras que el silencio, si ha tenido un momento la ocasión de ser activo, no se borra jamás; y la vida verdadera, la única que deja alguna huella, es toda silencio. Haced memoria, en este silencio a que hay que recurrir, a fin de que él mismo se explique por sí mismo; y si os es dado bajar un instante, en vuestra alma, a las profundidades habitadas por los ángeles, lo que ante todo recordaréis de un ser amado profundamente, no serán las palabras que dejó o los gestos que hizo, sino los silencios que vivisteis juntos; porque la calidad de esos silencios es la única que reveló la calidad de vuestro amor y de vuestras almas.

No me refiero aquí sino al silencio activo, porque hay un silencio pasivo, que no es más que el reflejo del sueño, de la muerte o de la no existencia. El silencio que duerme; y mientras dormita, es menos temible aún que la palabra; pero una circunstancia inesperada puede despertarla de pronto, y entonces es su hermano, el gran silencio activo, el que se entroniza.

Poneos en guardia. Dos almas van a encontrarse, las paredes van a ceder, los diques van a romperse, y la vida ordinaria va a hacer lado a una vida en que todo adquiere mucha gravedad, en que ya nada se atreve a reír, en que ya nada obedece, en que ya nada se olvida...

Y como no ignoramos ese sombrío poder y esos juegos peligrosos, tenemos un miedo profundo al silencio. Soportamos en rigor el silencio aislado, nuestro propio silencio; pero el silencio de varios, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de una multitud es una carga sobrenatural cuyo inexplicable peso temen las almas más fuertes. Empleamos gran parte de nuestra vida en buscar los lugares en que el silencio no reina. Tan pronto como dos o tres hombres se encuentran, no piensan más que en apartar el invisible enemigo, porque, ¡cuántas amistades ordinarias no tienen más fundamento que el odio al silencio! Y si, a pesar de todos los esfuerzos, logra deslizarse entre dos seres semejantes, estos seres volverán la cabeza con inquietud, hacia el lado solemne de las cosas que no se ven, y se irán luego, cediendo el puesto a lo desconocido, y se evitarán en lo porvenir, porque temen que la lucha secular resulte vana una vez más, y que uno de ellos quizá sea de los que abren en secreto la puerta al adversario...

La mayor parte de los hombres no comprenden, ni admiten el silencio más que dos o tres veces en su vida. No se atreven a acoger a este huésped impenetrable sino en circunstancias solemnes, pero entonces casi todos lo acogen dignamente, pues hasta los más míseros tienen en su existencia momentos en que saben obrar como si ya supiesen lo que saben los dioses. Recordad el día en que encontrasteis sin terror vuestro primer silencio. La hora espantosa había sonado, y él venía al encuentro de vuestra alma. Le visteis subir de los abismos de la vida de que no se habla, y de las profundidades del mar interior de belleza o de horror, y no huisteis... Era a un regreso, en el momento de una partida, en el curso de una grande alegría, al lado de un muerto o al borde mismo de una desgracia.

Acordaos de aquellos minutos en que todas las pedrerías secretas se revelaron y en que todas las verdades dormidas despertaron con sobresalto; y decidme si el silencio no era entonces bueno y necesario, si las caricias del enemigo sin cesar perseguido no eran caricias divinas. Los besos del silencio desgraciado —porque el Silencio nos besa sobre todo en la desgracia— no pueden olvidarse nunca; por esto valen más los seres que con más frecuencia los han conocido. Quizá son los únicos que saben sobre qué aguas mudas y profundas descansa la débil corteza de la vida cotidiana, han ido más cerca de Dios, y los pasos que han dado hacia las luces son pasos que ya no se pierden, pues el alma es una cosa que puede no subir; pero que nunca puede descender...

«¡Silencio, el gran Imperio del silencio!» exclama también Carlyle —que tan bien conoció ese imperio de la vida que nos sostiene— «¡más alto que las estrellas, más profundo que el reino de la Muerte!... ¡El silencio y los nobles hombres silenciosos!... Se hallan diseminados, acá y acullá, cada uno en su provincia, pensando en silencio, trabajando en silencio, y los periódicos de la mañana no hablan de ellos... Son la sal misma de la tierra, y el país que no tiene hombres de esa clase o que tiene demasiados pocos no va bien... es un bosque que no tiene raíces, que todo se ha convertido en hoja y en ramas, y que pronto debe marchitarse para dejar de ser un bosque...»

Pero el silencio verdadero, que es aún más grande y de un acceso más difícil que el silencio material de que nos habla Carlyle, no es uno de esos dioses que pueden abandonar a los hombres. Nos rodea por todas partes, es el fondo de nuestra vida sobrentendida, y cuando uno de nosotros llama temblando a una de las puertas del abismo, es siempre el mismo silencio atento el que abre esa puerta.

También aquí somos todos iguales ante la cosa sin medida; y el silencio del rey o del esclavo, en presencia de la muerte, del dolor o del amor, tiene el mismo aspecto, y oculta bajo su manto impenetrable tesoros idénticos. El secreto de ese silencio, que es el silencio esencial y el refugio inviolable de nuestras almas, no se perderá jamás, y si el primer hombre que nació encontrase al último habitante de la tierra, callarían de la misma manera en los besos, los terrores o las lágrimas; callarían de la misma manera en todo lo que debe ser oído sin mentiras, y a pesar de tantos siglos transcurridos, comprenderían al mismo tiempo, como si hubiesen dormido en la misma cuna, lo que los labios no aprenderán a decir antes del fin del mundo...

Cuando los labios duermen, las almas despiertan y empiezan a obrar; porque el silencio es el elemento lleno de sorpresas, de peligros y de felicidad, en el cual las almas se poseen libremente. Si queréis confiaros verdaderamente a alguien, callad; y sí tenéis miedo de callar con él —a menos de que ese temor sea el temor o la avaricia augusta del amor que espera prodigios— evitadlo, pues ya vuestra alma sabe a qué atenerse. Hay seres con quienes el más grande de los héroes no se atrevería a callar, y hay almas que, aunque nada tienen que temer, tiemblan de miedo de que ciertas almas las descubran. También los hay que no tienen silencio, y que matan al silencio en torno de ellos; y éstos son los únicos seres que pasan verdaderamente inadvertidos. No llegan a atravesar la zona reveladora, la gran zona de la luz firme y fiel. No podemos formarnos una idea exacta del que nunca calló. Diríase que su alma no tuvo fisonomía. «Aun no nos conocemos, me escribía alguien a quien yo quería en grado sumo, aun no nos hemos atrevido a callar juntos». Y era verdad; nos amábamos ya tan profundamente que teníamos miedo de la gran prueba sobrehumana.

Y cada vez que el silencio, ángel de las verdades supremas y mensajero de la incógnita especial de cada amor, descendía entre nosotros, nuestras almas parecían pedir gracia de hinojos e implorar algunas horas más de mentiras inocentes, algunas horas de ignorancia o algunas horas de infancia. .. Y sin embargo, es preciso que llegue su hora. Es el sol del amor y hace madurar los frutos del alma, como el otro sol los frutos de la tierra.

Pero no sin razón los hombres le temen, pues nunca se sabe cuál será la calidad del silencio que va a nacer. Si todas las palabras se parecen, todos los silencios difieren, y casi siempre todo un destino depende de la calidad de ese primer silencio que dos almas van a formar. Se efectúan mezclas, no se sabe dónde, porque los depósitos del silencio están situados muy por cima de los depósitos del pensamiento; y el brebaje imprevisto se vuelve siniestramente amargo o profundamente dulce. Dos almas admirables y de igual fuerza pueden crear un silencio hostil, y se harán en las tinieblas una guerra sin tregua, mientras que el alma de un presidiario vendrá a callar divinamente con el alma de una virgen.

No se sabe nada de antemano, y todo eso pasa en un cielo que nunca previene; por esto los seres que más se aman difieren con frecuencia el mayor tiempo posible la solemne entrada del gran revelador de las profundidades del alma...

Es que saben también —porque el amor verdadero conduce a los más frívolos al centro de la vida— que todo lo demás eran juegos de niños en torno del recinto, y que ahora es cuando las murallas caen y la existencia se abre. Su silencio valdrá lo que valen los dioses que encierran, y si no entienden en ese primer silencio, sus almas no podrán amarse, porque el silencio no se transforma. Puede subir o bajar entre dos almas; pero su naturaleza no cambiará jamás, y, hasta la muerte de los seres que se quieren, tendrá la actitud, la forma y la fuerza que tenía en el momento en que, por primera vez, entró en su estancia.

A medida que se avanza en la vida, se observa que todo acontece según no sé qué inteligencia previa de que no se habla una palabra, en la cual ni siquiera se piensa, pero de la cual se sabe sin embargo que existe en alguna parte, por cima de nuestras cabezas. El más ineficaz de los hombres sonríe, a los primeros encuentros, como si fuera el antiguo cómplice del destino de sus hermanos. Y en el dominio en que nos hallamos, los mismos que más profundamente saben hablar, sienten mejor que las palabras no expresan jamás las relaciones reales y especiales que hay entre dos seres. Si os hablo en este momento de las cosas más graves, del amor, de la muerte o del destino, no alcanzo a la muerte, al amor o al destino, y, a pesar de mis esfuerzos, subsistirá siempre entre nosotros una verdad que no se ha dicho, que no se tiene siquiera la idea de decir, y sin embargo esa verdad que no ha tenido voz será la única que habrá vivido un instante entre nosotros, y no hemos podido pensar en otra cosa. Esa verdad es nuestra verdad sobre la muerte, el destino o el amor; y no hemos podido entreverla sino en silencio. Y nada, a excepción del silencio, habrá tenido importancia. «Hermanas mías, dice un niño en un cuento de hadas, cada una de vosotras tiene su pensamiento secreto y yo quiero conocerlo.»

Nosotros también tenemos algo que todo el mundo quisiera conocer, pero se oculta mucho más alto que el pensamiento secreto; es nuestro silencio secreto. Mas las preguntas son inútiles. Toda agitación de un espíritu en guardia se convierte en un obstáculo para la segunda vida que vive en ese secreto; y para saber lo que existe realmente, hay que cultivar el silencio entre sí, pues sólo en él se entreabren un instante las flores inesperadas y eternas, que cambian de forma y de color según el alma al lado de la cual uno se encuentra. Las almas se posan en el silencio, como el oro y la plata se posan en el agua pura, y las palabras que pronunciamos no tienen sentido sino gracias al silencio en que se bañan. Si digo a una persona que la amo, no comprenderá lo que quizá he dicho a otras mil; pero el silencio que siga, si la amo en efecto, mostrará hasta dónde penetraron hoy las raíces de esta palabra, y hará nacer una certidumbre silenciosa a su vez, y ese silencio y esa certidumbre no serán dos veces los mismos en una vida...

¿No es el silencio el que determina y fija la sensación del amor? Privado del silencio, el amor no tendría sabor ni perfumes eternos. No hay silencio más dócil que el del amor y es verdaderamente el único que nos pertenece.

Todos los demás grandes silencios, los de la muerte, del dolor o del destino no están a nuestra disposición; a la hora por ellos elegida, salen del fondo de los acontecimientos y avanzan hacia nosotros, y las personas a quienes no encuentran no tienen ningún reproche que hacerse. Pero podemos salir al encuentro de los silencios del amor. Gracias a éstos, los que casi no han llorado pueden vivir con las almas tan íntimamente como los que fueron muy desgraciados; por esto los que amaron mucho saben secretos que otros ignoran; pues hay, en lo que callan los labios de la amistad y del amor profundos y verdaderos, millares y millares de cosas que otros labios nunca podrán callar...


En La inteligencia de las flores
Traducción: Juan B. Enseñat


30 oct. 2011

Maurice Maeterlinck - El Homero de los insectos

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J. H. Fabre es autor de una decena de volúmenes compactos, en los cuales, bajo el título de Recuerdos Entomológicos, ha consignado los resultados de cincuenta años de observaciones, estudios y experiencias sobre los insectos que más conocidos y familiares nos parecen: diversas especies de avispas y abejas silvestres, algunos mosquitos, moscas, escarabajos y orugas; en una palabra, todas esas pequeñas vidas vagas, inconscientes, rudimentarias y casi anónimas que nos rodean por todas partes y a las cuales dirigimos una mirada distraída, que ya piensa en otra cosa, cuando abrimos nuestra ventana para recoger las primeras horas de la primavera, o cuando, en los jardines y en las praderas, vamos a bañarnos en los días azules del estío.

  Cogemos al azar uno de esos copiosos volúmenes y, naturalmente, esperamos encontrar en él, desde luego, las muy sabias y bastante áridas nomenclaturas, las muy meticulosas y extrañas especificaciones de esas vastas y polvorientas necrópolis que forman, casi exclusivamente, todos los tratados de entomología hasta aquí recorridos. Abrimos pues la obra, sin ardor y sin exigencia; e inmediatamente, de entre las hojas, se eleva y desarrolla, sin vacilación, sin interrupción y casi sin flexión, hasta el fin de las cuatro mil páginas, la mágica trágica más extraordinaria que a la imaginación humana le sea posible, no diré crear o concebir, sino admitir y aclimatar en ella.

  En efecto, no se trata aquí de imaginación humana. El insecto no pertenecía a nuestro mundo. Los demás animales, y hasta las plantas, a pesar de su vida muda y de los grandes secretos que mantienen, no nos parecen totalmente extraños. A pesar de todo, sentimos en ellos cierta fraternidad terrestre. Sorprenden, maravillan a menudo; pero no trastornan totalmente nuestro pensamiento. El insecto ofrece algo que no parece pertenecer a las costumbres, a la moral y a la psicología de nuestro globo. Diríase que viene de otro planeta, más monstruoso, más enérgico, más insensato, más atroz, más infernal que el nuestro. Parece haber nacido en algún cometa salido de su órbita y muerto loco en el espacio. Por más que se apodere de la vida con una autoridad y una fecundidad que nada iguala en este mundo, no podemos acostumbrarnos a la idea de que exista un pensamiento de esa naturaleza del cual pretendemos ser los hijos privilegiados y probablemente el ideal a que tienden todos los esfuerzos de la tierra. El infinitamente pequeño ¿qué es, en el fondo? Un insecto que nuestros ojos no ven. Hay, sin duda, en ese asombro y en esa incomprensión, no sé qué instintiva y profunda inquietud que nos inspiran esas existencias incomparablemente mejor armadas, mejor provistas de lo necesario que las nuestras, esas especies de condensaciones de energía y de actividad en que presentimos nuestros más misteriosos adversarios.

  Pero ya es hora de penetrar, bajo la conducción de un admirable guía, entre los bastidores de nuestra magia, a fin de ver de cerca a los actores y a los comparsas, inmundos o magníficos, grotescos o siniestros, heroicos o espantosos, geniales o estúpidos, y siempre inverosímiles e ininteligibles.

  Y he aquí desde luego, entre los primeros que encontramos, uno de esos personajes, frecuentes en el Mediodía de Europa, donde se le puede ver girar en torno del abundante maná que el mulo esparce con indiferencia a lo largo de los caminos blancos y de los senderos pedregosos: es el Escarabajo Sagrado de los egipcios, o, más simplemente, el Escarabajo por antonomasia, grueso coleóptero, vestido de negro, cuya misión en este mundo consiste en formar con las partes más sabrosas del hallazgo una enorme bola que se trata de hacer rodar después hasta el comedor subterráneo en que debe tener su desenlace la increíble aventura. Pero el destino celoso de toda felicidad demasiado pura, antes de cederle el acceso de ese lugar de delicias, impone al grave y probablemente sentencioso escarabajo innumerables tribulaciones, que complica siempre la llegada de un malhadado parásito.

  Apenas ha empezado, con grandes esfuerzos del capirote y de las piernas torcidas, a hacer rodar, a reculones, la deliciosa esfera, cuando un colega poco delicado, que acechaba la conclusión del trabajo, se presenta ofreciendo hipócritamente sus servicios. El otro, sabiendo muy bien que aquí, ayuda y servicios, después de todo muy inútiles, se convertirán luego en reparto y expropiación, acepta sin entusiasmo la colaboración que se impone. Pero, invariablemente, para marcar bien los derechos respectivos, el legítimo propietario conserva su puesto primitivo, es decir que empuja de frente la bola, mientras que el inevitable invitado, por el lado opuesto, tira de ella hacia sí. Y así rueda entre los dos compadres, en medio de interminables peripecias, caídas aturdidas y tumbos grotescos, hasta el lugar elegido para ser el receptáculo del tesoro y la sala del festín. Una vez allí, el propietario se pone a excavar el refectorio, mientras que el gorrista finge dormirse inocentemente en lo alto de la bola. La excavación se ensancha y se ahonda rápidamente, y el primer escarabajo no tarda en desaparecer en ella. Es el instante que el solapado auxiliar acechaba. Este baja con presteza de la dichosa eminencia, y, empujándola con toda la energía que da una mala conciencia, procura huir con la presa. Pero el otro, bastante desconfiado para no estar alerta, interrumpe un momento sus laboriosas excavaciones, mira por encima de los bordes, ve el sacrílego robo y salta fuera del hoyo. Cogido in fraganti, el descarado socio procura engañar al dueño, rodea el orbe inestimable, y, empujándolo con esfuerzos falazmente heroicos, finge retenerlo desesperadamente en una pendiente que no existe. Se explican en silencio, gesticulan en abundancia con tarsos y mandíbulas, después de lo cual, de común acuerdo, se lleva la pelota a la excavación.

Se la juzga bastante espaciosa y cómoda. Se introduce el tesoro, se cierra la entrada del corredor, y, en las tinieblas propicias y la tibia y ligera humedad en que predomina el magnífico globo estercoral, se instalan frente a frente, para el festín, los dos comensales reconciliados. Entonces, lejos de las claridades y de las preocupaciones del exterior, y en el gran silencio de la sombra hipogeana, empieza solemnemente el más fabuloso de los festines cuyas absolutas beatitudes evocó jamás la imaginación del vientre.

  Durante dos meses enteros, permanecen enclaustrados, y, llenándose constantemente la panza con el desmoche de la inagotable esfera, arquetipos definitivos y soberanos símbolos de las delicias de la mesa y de los regocijos de la barriga, comen de continuo, sin interrumpirse un segundo, ni de día ni de noche; y, mientras se hartan, detrás de ellos, pausadamente, con un movimiento de reloj perceptible y constante, a razón de tres milímetros por minuto, se desarrolla y se alarga un interminable cordón sin ruptura que fija el recuerdo y computa las horas, los días y las semanas de la prodigiosa comilona.

  Después del Escarabajo, ese gracioso de la compañía, saludemos en el orden de los coleópteros, la pareja modelo del Minotauro Tífeo, bastante conocido y sumamente bonachón, a pesar de su nombre terrible. La hembra cava una inmensa madriguera, que tiene a veces más de metro y medio de profundidad y se compone de escaleras en espirales, mesetas, corredores y numerosas cámaras. El macho carga los escombros sobre el tridente que corona su cabeza, y los lleva a la entrada de su morada conyugal. Después va a recoger en el campo los inocentes vestigios que en él dejan las ovejas, los baja al primer piso de la cripta y, con su tridente, se pone a molerlos, en tanto que la madre, en el fondo, recoge la harina y la amasa formando enormes panes cilíndricos que servirán más tarde para alimentar a los hijos. Durante tres meses, hasta que las provisiones parezcan suficientes, sin ningún alimento, el desdichado esposo se extenúa realizando aquella tarea gigantesca. Al fin, cumplida su misión, sintiendo su fin próximo, a fin de no dejar en la casa el estorbo de un resto miserable, emplea sus últimas fuerzas en salir del subterráneo, se arrastra penosamente y, solitario y resignado, considerándose ya inútil, se va a morir lejos entre piedras.

He aquí, por otra parte, unas orugas bastante extrañas, las Procesionarias, que no son raras, y de las cuales, precisamente, un monomio de cinco o seis metros, procedente de mis pinos parasolados, se arrastra en este momento por las calles de mi jardín, tapizando de seda transparente, según costumbre de la raza, el camino recorrido. Sin hablar de los aparatos meteorológicos de una sensibilidad inaudita que llevan a la espalda, estas orugas tienen de notable, como es sabido, que no viajan aisladamente, sino en número más o menos grande y en fin, cogidas unas a otras, como los ciegos de Breughol o de la parábola, cada una de ellas siguiendo obstinadamente, indisolublemente a la que la precede; de modo que habiendo nuestro autor colocado un día la fila de orugas procesionarias sobre el reborde de un gran pilón de piedra, de circuito cerrado, durante ocho días enteros, durante una semana atroz, sufriendo frío, hambre y cansancio, la desdichada tropa, en su ronda trágica, sin tregua, sin reposo, sin misericordia, recorrió el implacable círculo hasta la llegada de la muerte.

  Pero observo que nuestros héroes son infinitamente demasiado numerosos y que es imposible detenerse a describirlos. A lo sumo, en la enumeración de los más considerables y de los más familiares, se podrá conceder a cada uno de ellos un rápido epíteto, a la manera del viejo Homero. ¿Citaré por ejemplo, al Leucospis, parásito de la Abeja Albañil, el cual, a fin de matar en sus cunas a sus hermanos y hermanas, se arma de un casco de cuerno y de una coraza arpada (que se quita inmediatamente después del exterminio), salvaguardia de un espantoso derecho de primogenitura? ¿Hablaré de la maravillosa ciencia anatómica del Taquito, del Cerceris, del Amófilo, del Esfex Languedociano y de tantos otros que, según que se trate de paralizar o matar la presa o el adversario, saben exactamente, sin equivocarse jamás, qué ganglios deben herir el dardo o las mandíbulas? ¿Hablaré del arte de la Eumenes, que transforma su fortaleza en un verdadero museo adornado con granos de cuarzo traslúcido y de conchas; de la magnífica muda del Grillo ceniciento, del instrumento de música del Grillo, cuyo arco cuenta ciento cincuenta prismas triangulares, que hacen vibrar a la vez los cuatro témpanos del élitro? ¿Celebraré el mágico nacimiento de la ninfa del Ontofagio, monstruo transparente, de hocico de toro y que parece esculpido en un bloque de cristal?...

  ¡Y los monstruos que pasan, tales como Bosch y Callot no los concibieron jamás! La larva de la Catonia, que aunque tiene patas debajo del vientre, marcha siempre sobre las espaldas; el Grillo de alas azules, más desgraciado aún que la mosca carnicera y que no posee, para perforar el suelo, evadirse de la tumba y ganar la luz, más que una vejiga cervical, una ampolla de flema; y la Empusa, que, con su vientre en forma de voluta, sus grandes ojos saltones, sus patas provistas de rodilleras y armadas de cuchillas, su alabarda y su mitra interminable, sería el fantasma más diabólico de la tierra, si a su lado, la Manta Religiosa no fuese tan horrible que su solo aspecto inmoviliza a sus víctimas cuando ante ellas adopta lo que los entomólogos han llamado «la actitud espectral».

  No es posible mencionar, ni siquiera de paso, las industrias innumerables y casi todas interesantísimas que se ejercen en la roca, bajo tierra, en las paredes, sobre las ramas, las hierbas, las flores, los frutos, y hasta en los cuerpos de los animales estudiados; pues se encuentran a veces, como en las Meloes, una triple superposición de parásitos, y se ve al Gusano mismo, el siniestro convidado de los supremos festines, nutrir con su substancia a una treintena de bandidos.

  Entre los Himenópteros, que, en el mundo que estudiamos, representan la clase más intelectual, el genio constructor de nuestra maravillosa abeja doméstica es ciertamente igualado, en otros órdenes de arquitectura, por el de más de una abeja silvestre y solitaria; principalmente por el Megachile Sastre, pequeña mosca de mísera apariencia, que fabrica, para poner sus huevos, alvéolos formados de una multitud de discos y elipses cortados, con una precisión matemática, en las hojas de ciertos árboles.

  Por falta de espacio no puedo, y lo siento muchísimo, citar las bellas y claras páginas que J. H. Fabre, con su conciencia habitual, consagra al profundo estudio de ese admirable trabajo; sin embargo, ya que la ocasión se presenta, escuchémosle, aunque no sea más que un instante y sobre un solo detalle:

  «Con las piezas ovales, la cuestión cambia de aspecto. ¿Qué guía tiene el Megachile para cortar en bellas elipses la fina tela del robinero? ¿Qué modelo ideal conduce sus tijeras? ¿Qué métrica le dicta las dimensiones? No parece sino que el insecto es un compás viviente, apto para trazar la curva elíptica por cierta flexión del cuerpo, de la misma manera que nuestro brazo traza el círculo girando sobre el apoyo del hombro. Un ciego mecanismo, simple resultado de la organización, parece ser el único agente en su geometría. Esta explicación me tentaría si las piezas ovales de grandes dimensiones no fuesen acompañadas, para colmar sus huecos, de otras piezas mucho menores, pero igualmente ovales. Un compás que, por sí mismo, cambia de radio y modifica el grado de curvatura según las exigencias de un plan, me parece un mecanismo que se presta a muchas dudas. Debe haber algo mejor que eso. Las piezas redondas de la tapa nos lo dicen.

  »Si, por la sola flexión inherente a su estructura, la cortadora de hojas llega a recortar óvalos, ¿cómo llega a cortar círculos? Para el nuevo trazado, de configuración y amplitud tan diferentes, ¿admitimos otros rodajes en la máquina? Bien que el nudo de la dificultad no está ahí. Esos círculos se adaptan, casi todos, a la boca del recipiente con una precisión casi rigurosa. Terminada la celdilla, la abeja vuela a centenares de pasos más lejos para hacer la tapa... Se posa sobre la hoja en que ha de recordar la pieza circular. ¿Qué imagen, qué recuerdo tiene del receptáculo que se trata de cubrir? Ninguno; no lo ha visto jamás, pues trabaja bajo tierra, en una profunda obscuridad. A lo sumo puede tener las indicaciones del tacto, no actuales, por cuanto el receptáculo ya no está allí, sino pasadas y sin eficacia en una obra de precisión. Sin embargo, la rodaja a recortar debe ser de un diámetro determinado: demasiado grande, no podría entrar; demasiado estrecha, cerraría mal, ahogaría el huevo bajando hasta la miel. ¿Cómo darle, sin modelo, las justas dimensiones? La abeja no vacila un instante. Con la misma celeridad que emplearía en cortar un lóbulo informe, recorta su disco, y este disco, sin más cuidados, resulta de las dimensiones que el depósito requiere. El que pueda explicar esa geometría que la explique. Para mí es inexplicable, aun admitiendo recuerdos proporcionados por el tacto y la vista...»

  Añadamos que el autor ha contado que se necesitaban, para formar las celdillas de un Megachile congénere, el Megachile Sedoso, exactamente mil sesenta y cuatro de esas elipses y de esos discos, que deben ser recogidos y dispuestos en el curso de una existencia que dura algunas semanas...

  No nos cansaríamos de coger a manos llenas preciosidades de esos inagotables tesoros. Por haber visto con tanta frecuencia sus telas extendidas por todas partes, creemos, por ejemplo, poseer nociones suficientes sobre el genio y los métodos de nuestras arañas familiares. Pero no es así; las realidades de una observación científica requieren un volumen entero en que se acumulan revelaciones de que no teníamos ninguna idea. Citaré simplemente, al azar, la armoniosa morada con arcadas de la araña Cloto, la asombrosa escapada funicular de los pequeñuelos de nuestra araña de los jardines, la campana de bucear del Argironeta, el verdadero hilo telefónico que pone en comunicación con la tela la pata de la Epeira oculta en su cabaña y le advierte que la agitación de sus lazos proviene de la captura de una presa o de un capricho de la brisa.

  Es, pues, imposible, a menos de disponer de páginas ilimitadas, dedicar más de dos palabras a los milagros del instinto maternal, que se confunden con los de la alta industria y forman el centro luminoso de la psicología del insecto. Sería necesario disponer también de varios capítulos para dar una idea sucinta de los ritos nupciales que constituyen los episodios más extraños y fabulosos de esas Mil y Una Noches desconocidas...

  En suma, las costumbres conyugales son espantosas, y, al revés de lo que pasa en todos los demás mundos, aquí es la hembra la que, en la pareja, representa la fuerza y la inteligencia al mismo tiempo que la crueldad y la tiranía que, al parecer, son su inevitable consecuencia. Casi todas las bodas concluyen con la muerte violenta o inmediata del esposo. Con frecuencia, la novia se come desde luego a cierto número de pretendientes. El tipo de esas uniones extrañas podría sernos ofrecido por los Escorpiones Languedocianos, que llevan, como es sabido, tenazas de cabrajo y una larga cola provista de un aguijón cuya picadura es en extremo peligrosa. Sirve de preludio a la fiesta un paseo de la pareja, tenazas dentro tenazas; luego, inmóviles, con los dedos siempre cogidos, se contemplan con beatitud, interminablemente, y transcurre el día sobre su éxtasis, y luego la noche, en tanto que permanecen frente a frente, petrificados de admiración. Luego, las frentes se acercan, se tocan, las bocas —si así puede llamarse el monstruoso orificio que se abre entre las tenazas— se unen en una especie de beso; después de lo cual traspasa al macho un aguijón mortal, y la terrible esposa se lo come y saborea con satisfacción.

  Pero la Manta, el insecto extático, el de los brazos siempre levantados en actitud de invocación suprema, la horrible Manta Religiosa hace más: se come a sus esposos (porque, insaciable, consume a veces siete u ocho seguidos), mientras éstos la estrechan apasionadamente contra su corazón. Sus inconcebibles besos devoran, no metafóricamente, sino de una manera espantosamente real, al desdichado elegido de su alma o de su estómago. Empieza por la cabeza, baja al tórax y no se detiene hasta las patas posteriores, que considera demasiado coriáceas. Rechaza entonces los infortunados restos, mientras un nuevo amante, que espera el fin del monstruoso festín, avanza heroicamente para sufrir la misma suerte.

  J. H. Fabre es verdaderamente el revelador de ese mundo nuevo, porque, por extraña que parezca la confesión en una época en que creemos conocer todo lo que nos rodea, la mayor parte de esos insectos, minuciosamente descriptos en las nomenclaturas, sabiamente clasificadas y bárbaramente bautizadas, casi nunca se los había observado en lo vivo, ni interrogado hasta el fin en todas las fases de sus apariciones evasivas y breves. Ha consagrado a la tarea de sorprender sus pequeños secretos, que son el reverso de los más grandes misterios, cincuenta años de una existencia solitaria, desconocida, pobre, con frecuencia vecina de la miseria; pero iluminada, cada día, por la alegría que aporta una verdad, que es la alegría humana por excelencia. ¡Pequeñas, verdades, se dirá, las que nos ofrecen las costumbres de una araña o de una langosta! No hay ya verdades pequeñas; no hay más que una, cuyo espejo, a nuestros ojos inciertos, parece roto; pero cada fragmento del cual, tanto si refleja la evolución de un astro como el vuelo de una abeja, contiene la ley suprema.

  Y esas verdades así descubiertas tenían la suerte de caer en un pensamiento que sabía comprender lo que ellas no pueden decir sino con palabras embozadas, interpretar lo que ellas tienen para callar, y comprender al mismo tiempo la trémula belleza, casi invisible para la mayor parte de los hombres, que resplandece un instante en torno de todo lo que existe, y sobre todo en torno de lo que aun permanece muy cerca de la naturaleza y sale apenas del santuario de los orígenes.

  Para que esos largos anales fuesen la abundante y deliciosa obra maestra que son y no el monótono y glacial repertorio de minúsculas descripciones y de actos insignificantes que amenazaban ser, se necesitaban dones diversos y, por decirlo así, enemigos. A la paciencia, a la precisión, a la minucia científica, a la ingeniosidad multiforme y práctica, a la energía de un Darwin en presencia de lo desconocido; a la facultad de expresar lo que es necesario, con orden, claridad y certeza, el venerable solitario de Serignan reúne varias de esas cualidades que no se adquieren, algunas de esas virtudes innatas de buen poeta que hacen de su prosa flexible, suave, segura, despojada de adornos añadidos y sin embargo adornada de atractivos sencillos y como involuntarios, una de las excelentes y duraderas prosas de nuestros tiempos, una de esas prosas que tienen su atmósfera propia, en que se respira con gratitud, con tranquilidad, y que no se encuentra sino en torno de las grandes obras.

  Necesitábase, en fin —y no era ésta la menor exigencia del trabajo—, un pensamiento siempre dispuesto a hacer frente a todos los enigmas que, entre esas pequeñas materias, se alzan a cada paso tan desmesurados como los que pueblan los cielos y quizá más imperiosos, más numerosos, más extraños, como si la naturaleza hubiese dado aquí más libre curso a sus últimas voluntades y más fácil salida a sus pensamientos secretos. Está a la altura de todas esas interrogaciones sin límites que nos hacen obstinadamente todos los habitantes de ese mundo mínimo en que los misterios se superponen más compactos, más desconcertadores que en ningún otro. Encuentra y afronta así sucesivamente las terribles cuestiones del instinto y de la inteligencia, del origen de las especies, de la armonía o de los azares del universo, la vida prodigada a los abismos de la muerte; sin contar los problemas no menos vastos, pero más humanos, si cabe decirlo, y que, en lo infinito de los demás, se inscriben al alcance, si no a la disposición, de nuestra inteligencia: la partenogénesis, la prodigiosa geometría de las avispas y de las abejas, la espiral logarítmica del caracol, el sentido antenal, la fuerza milagrosa, que, en el aislamiento absoluto, sin que nada del interior pueda introducirse en él, decupla sobre el terreno el volumen del huevo del Minotauro y nutre, durante siete u ocho meses, con un alimento invisible y espiritual, no la letargia, sino la vida activa del escorpión y de los pequeñuelos de la tarántula y de la araña Cloto. No intenta explicarla por medio de uno de esos sistemas acomodaticios, como el transformismo por ejemplo, el cual, después de todo, se limita a trasladar el plano de las tinieblas, y que, dicho sea de paso, sale bastante mutilado de esas confrontaciones severas con incontestables hechos.

  En espera de que un azar o un dios nos iluminen, se trata de guardar en presencia de lo desconocido el gran silencio religioso y atento que reina en absoluto en las mejores almas de hoy. A los que le dicen:

—Ahora que habéis recogido tantos detalles, deberíais hacer suceder la síntesis al análisis, y generalizar, en conjunto, el origen de los instintos.

  Él contesta, con la humilde y magnífica lealtad que ilumina toda su obra:

  —¿Por qué he removido algunos granos de arena en la orilla, me hallo en estado de conocer los abismos oceánicos? La vida tiene secretos insondables. El saber humano será borrado de los archivos del mundo antes de que hayamos arrancado a un mosquito su último secreto. El éxito es de los que meten ruido, de los afirmativos imperturbables. Sacudamos ese defecto y reconozcamos que, en realidad, no sabemos nada, si hay que conocer a fondo las cosas. Científicamente, la naturaleza es un enigma sin solución definitiva para la curiosidad del hombre. A la hipótesis sucede la hipótesis; los escombros de las teorías se amontonan y la verdad huye siempre. El saber ignorar podría ser la última palabra de la sabiduría.

  No hay duda que eso es esperar demasiado poco. En el abismo, en el remolino sin fondo en que giran esos hechos contradictorios que se resuelven en la obscuridad, sabemos apenas tanto como nuestros antepasados de las cavernas; pero, al menos, sabemos que no sabemos nada. Recorremos la negra faz de los enigmas, tratamos de calcular su número, ordenar sus tinieblas, adquirir una idea de su situación y de su extensión. Lo cual ya es algo mientras llega el día de los primeros resplandores; es hacer, en presencia de los misterios, todo lo que hoy puede hacer la inteligencia de buena fe, y es también lo que hace el autor de esa incomparable Ilíada. Los mira atentamente. Consagra su vida a sorprender sus secretos más minuciosos; les prepara en sus pensamientos y en los nuestros el espacio necesario para sus evoluciones. Eleva a su altura la conciencia de su ignorancia y enseña a comprender más profundamente que son incomprensibles.



En La inteligencia de las flores (1907)
Traducción de Juan B. Enseñat
Buenos Aires, Editorial Tor
Foto: Maurice Maeterlinck in New York (1940) © Bettmann-CORBIS

9 jul. 2007

Maurice Maeterlinck - Los destinos

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I

Es bastante inquietante comprobar que cada vez que la Naturaleza da un ser, que parece inteligente, el instinto so­cial, amplificando, organizando la vida en común, que tiene por punto de partida la familia, las relaciones de madre a hijo, es para conducirle, a medida que la asociación se perfecciona, a un régimen cada vez más severo, a una disciplina, a com­pulsiones, a una tiranía de las más intolerantes e intolerables, a una existencia de fábrica, de cuartel o de prisión, sin descan­so, sin tregua, utilizando implacablemente, hasta el agota­miento y hasta la muerte, todas las fuerzas de sus esclavos, exigiendo el sacrificio y la desgracia de todos sin provecho ni felicidad de nadie, para no llegar más que a prolongar, a re­novar y a multiplicar en el horizonte de los siglos una es­pecie de desesperación común. Se diría que estas ciudades de insectos, que nos preceden en el tiempo, han querido ofre­cernos una caricatura, una parodia anticipada de los paraísos terrestres hacia los cuales se encaminan la mayor parte de los pueblos civilizados; y se diría, sobre todo, que la Naturaleza no quiere la felicidad.

Pero he ahí millones de años en que los termes se elevan hacia un ideal que parece están a punto de alcanzar. ¿Qué pasará cuando lo hayan realizado enteramente? ¿Serán más felices, saldrán, al fin, de su prisión? Es poco verosímil, por­que su civilización, lejos de desplegarse en medio del día, se recluye bajo tierra a medida que se perfecciona. Tenían alas, y ya no las tienen; tenían ojos, y han renunciado a ellos; te­nían un sexo —los más atrasados, los Calotermes, por ejem­plo, lo tienen todavía—, y lo han sacrificado. En todo caso, cuando hayan alcanzado el punto culminante de su destino, acontecerá lo que siempre acontece cuando la Naturaleza ha sacado de una forma de vida todo lo que podía obtener de ella. Un ligero descenso de temperatura de las regiones ecua­toriales, que será igualmente un acto de la Naturaleza, des­truirá de un solo golpe, o en muy poco tiempo, toda la especie, de la cual no quedarán más que vestigios fosilizados. Y todo recomenzará, todo habrá sido, una vez más, inútil, a menos que en alguna parte no sucedan cosas, no se acumulen resul­tados de los cuales no tenemos la menor noción, lo que es po­co probable, pero, después de todo, posible. Si esto es posible, apenas experimentaremos los efectos de ello. Si consideramos las eternidades anteriores y los in­numerables cambios que han ofrecido a la Naturaleza, parece evidente que civilizaciones análogas o fácilmente superio­res a la nuestra han existido en otros mundos y quizás aún sobre esta tierra. ¿Se ha aprovechado de ellas nuestro ascen­diente, el hombre de las cavernas, y nosotros mismos hemos sacado alguna ventaja? Es posible; pero tan mínima y ente­rrada a tales profundidades en nuestro subconsciente, que es bien difícil darnos cuenta de ello. Pero aunque así fuese, no habría habido progreso, sino regresión, esfuerzos vanos y pérdidas sensibles.

Por otra parte, se puede pensar que si uno de estos mun­dos que pululan en los cielos hubiese alcanzado en los mile­narios transcurridos o alcanzase en este momento lo que apun­tamos, se sabría.

Los vivientes que lo habiten, a menos que fuesen monstruos de egoísmo, lo que no es apenas plausible cuando se es tan inteligente como sería menester que fuesen para llegar adonde suponemos que se encuentran, habrían tratado de ha­cernos sacar provecho de lo que hubiesen aprendido, y tenien­do una eternidad detrás de ellos, habrían llegado, sin duda, a ayudarnos, a sacarnos de nuestra sórdida miseria. Habiendo, probablemente, superado la materia, es muy verosímil que es­tos seres se muevan en regiones espirituales donde el tiempo y la distancia ni influyen ni ofrecen obstáculos. ¿No es razonable creer que si hubiese existido en el universo algo sobera­namente inteligente, bueno y feliz, las consecuencias hubiesen acabado por hacerse sentir de mundo en mundo? Y si esto no ha ocurrido nunca, ¿por qué vamos a esperar que ocurra?

Las más bellas morales humanas están todas fundadas sobre la idea de que es preciso luchar y sufrir para purificarse, elevarse y perfeccionarse; pero ninguna trata de explicar por qué es necesario empezar de nuevo sin cesar. ¿Dónde va, pues, en qué abismos infinitos se pierde, desde eternidades sin lími­tes, lo que se ha elevado en nosotros y no ha dejado vesti­gios? ¿Por qué si el Anima Mundi es soberanamente sabia ha querido estas luchas y estos sufrimientos que jamás han lle­gado y que, por consecuencia, jamás llegarán al fin? ¿Por qué no haber puesto, al primer esfuerzo, todas las cosas al punto de perfección a que nosotros creemos que tienden? ¿Por qué es preciso merecer su dicha? Pero ¿qué méritos pueden te­ner los que luchan o sufren mejor que sus hermanos, pues­to que la fuerza o la virtud que les anima no la tienen más que porque un poder exterior la ha puesto en ellos más pro­piciamente que en otros?

Evidentemente, no es la comejenera donde encontrare­mos respuestas a estas preguntas; pero ya es mucho que ella nos ayude a plantearlas.

II

El destino de las hormigas, de las abejas, de los termes, tan pequeño en el espacio, pero casi sin límites en el tiempo, es un hermoso resumen, es, en suma, nuestro destino entero que tenemos un instante, reunido por los siglos, en el hueco de la mano. Por esto es bueno escrutarlo. Su suerte prefigura la nuestra, y esta suerte, a pesar de los millones de años, a pesar de las virtudes, del heroísmo, de los sacrificios que en nosotros serían calificados de admirables, ¿se ha mejorado? Se ha estabilizado un poco y asegurado contra ciertos peli­gros, ¿pero es más feliz y el mezquino salario paga la inmen­sa pena? En todo caso, permanece sin cesar a la merced del menor capricho de los climas.

¿A qué tienden estos experimentos de la Naturaleza? Lo ignoramos, y ella misma no tiene trazas de saberlo, porque si tuviese un fin habría aprendido a lograrlo en la eternidad que precede a nuestro momento, visto que la que seguirá ten­drá el mismo valor o la misma extensión que la que ha trans­currido, o más bien, que las dos no forman más que una, que es un eterno presente en el cual todo lo que no ha sido al­canzado no lo será jamás. Cualesquiera que sean la duración y la amplitud de nuestros movimientos, inmóviles entre dos infinitos, permaneceremos siempre en el mismo punto en el espacio y en el tiempo.

Es pueril preguntarle adonde van las cosas y los mun­dos. No van a ninguna parte: han llegado ya. Dentro de cien mil millones de siglos, la situación será la misma que hoy, la misma que era hace otros cien mil millones, la misma que era desde un comienzo que, por otra parte, no existe y que existirá hasta un fin que no existe tampoco. En el uni­verso material o espiritual no habrá nada más, nada menos. Todo lo que podremos adquirir en todos los dominios científicos, intelectuales o morales, ha sido inevitablemente adqui­rido en la eternidad anterior, y todas nuestras adquisiciones nuevas no mejorarán más el porvenir que las que las han precedido han mejorado el presente. Simples partículas del todo, en los cielos, sobre la tierra, o en nuestros pensamientos, no serán semejantes, pero se encontrarán reemplazados por otras que habrán llegado a ser semejantes a las que han cam­biado y el total será siempre idéntico a lo que existe y a lo que existía.

¿Por qué no es todo perfecto, puesto que todo tiende a la perfección y ha tenido la eternidad para llegar a serlo? ¿Hay, pues, una ley más fuerte que todo, que jamás lo ha permitido y, por consecuencia, nunca lo permitirá en no im­porta cuál de los miles de mundos que nos rodean?

Porque si en uno solo de estos mundos el fin al cual tienden hubiese sido alcanzado, parece imposible que los otros no hubiesen sentido el efecto.

Se puede admitir la experiencia o la prueba que sirve para alguna cosa; pero no habiendo llegado nuestro mundo des­pués de la eternidad a ser más que lo que es, ¿no está demostrado que la experiencia no sirve de nada?

Si todas las experiencias recomienzan incesantemente, sin que nada llegue a su fin, en todos los astros que se cuentan por cientos de miles de millones, ¿es esto más razonable por­que es infinito e inconmensurable en el espacio y en el tiempo? ¿Es menos vano un acto porque carece de límites?

¿Qué decir contra esto? Casi nada, sino que no sabemos lo que pasa en la realidad, fuera, encima, debajo y aun den­tro de nosotros. En rigor, es posible que en regiones de las que no tenemos idea alguna, desde tiempos sin principio, todo se mejore, nada se pierda: de ello nunca nos damos cuenta en esta vida. Pero desde que nuestro cuerpo, que en­turbia los valores, no está mezclado en la cuestión, todo deviene posible, todo llega a ser ilimitado como la eternidad misma, todos los infinitos se compensan y, por consecuencia, todas las probabilidades renacen.

III

Para consolarnos diremos que la inteligencia es la facul­tad con ayuda de la cual comprendemos finalmente que todo es incomprensible, y consideramos las cosas desde el fondo de la ilusión humana. Esta ilusión es, quizás, también, des­pués de todo, una especie de verdad. En todo caso, es la única que podemos alcanzar; porque hay siempre, al menos, dos verdades: la una que está demasiado alta, que es demasiado inhumana, demasiado desesperada y no aconseja más que la inmovilidad y la muerte, y la otra que sabemos es menos ver­dadera, pero que poniéndonos anteojeras, nos permite mar­char rectos hacia adelante, interesarnos por la existencia y vivir como si la vida que debemos seguir hasta el fin pudiera conducirnos a otro lugar que a la tumba.

Desde este punto de vista es difícil negar que los ensayos de la Naturaleza, de los cuales hablamos en este momento, parecen aproximarse a un cierto ideal. Este ideal, que no es malo conocer a fin de despojarnos de algunas esperanzas da­ñosas o superfluas, no se manifiesta, en ninguna otra ocu­rrencia sobre esta tierra, tan claramente como en las repúbli­cas de los himenópteros y de los ortópteros. Dejando aparte los castores, cuya raza ha desaparecido casi y que apenas po­demos estudiar, de todos los seres vivos que está a nuestro alcance observar, las abejas, las hormigas y los térmites son los únicos que nos ofrecen el espectáculo de una vida inteli­gente, de una organización política y económica que, par­tiendo de la rudimentaria asociación de una madre con sus hijos, ha llegado gradualmente en el curso de una evolución, de la cual encontramos aún —como ya hemos dicho—, en las diversas especies, todas las etapas, a una cumbre elevadísima, a una perfección que desde el punto de vista práctico y estrictamente utilitario, desde el punto de vista de la ex­plotación de las fuerzas, de la división del trabajo y del ren­dimiento material, no hemos alcanzado todavía. Nos descu­bren también al lado de la que encontramos en nosotros mis­mos, pero que sin duda es demasiado subjetiva, una paz bastante inquietante del Anima Mundi, y es, en último aná­lisis, el interés verdadero de estas observaciones entomológi­cas que, privadas de este fondo, podrían parecer bastante pequeñas, ociosas y casi infantiles, enseñándonos, no obstan­te, a desconfiar de las intenciones del universo a nuestro modo de ver; tanto más, cuanto que todo lo que la ciencia nos, enseña nos impele solapadamente a reconciliarnos con estas intenciones que ella se jacta de descubrir. Lo que dice la cien­cia, es la Naturaleza o el universo quien se lo dicta; no puede ser otra voz, y esto no es tranquilizador, no es propio para dar confianza y seguridad, pues hoy día estamos demasiado inclinados a no escuchar más que a ella sobre puntos que no son de su dominio.

Los axiomas fundamentales de la ciencia actual afirman que es preciso subordinarlo todo a la naturaleza y singular­mente a la sociedad. Es muy natural pensar y hablar así. En el inmenso aislamiento, en la inmensa ignorancia en que nos debatimos, no tenemos otro modelo, otro punto de referencia, otra guía, otro maestro que la Naturaleza, y quien algunas veces nos aconseja apartarnos o rebelarnos centra ella, es también ella misma. ¿Qué sería de nosotros, adonde iríamos si no la escuchásemos?

Los termes se encontraron en el mismo caso. No olvide­mos que nos preceden en varios millones de años. Tienen un pasado incomparablemente más antiguo, una experiencia incomparablemente más vieja que la nuestra. Desde su punto de vista, en el tiempo, somos los últimos venidos, casi niños recién nacidos. ¿Objetaremos que los termes son menos inteligentes que nosotros? No tenemos derecho a suponerlo por­que no tengan locomotoras, transatlánticos, acorazados, ca­ñones, automóviles, aeroplanos, bibliotecas y alumbrado eléc­trico. Sus esfuerzos intelectuales, lo mismo que los de los grandes sabios del Oriente, han tomado otra dirección, he ahí todo. Si no se han inclinado, como nosotros, del lado de los progresos mecánicos y de la explotación de las fuerzas de la Naturaleza, es porque no tenían necesidad de ello, por­que dotados de una potencia muscular formidable, dos o tres­cientas veces superior a la nuestra, no entreveían la utilidad de expedientes para venir en ayuda de ella a multiplicarla. Es igualmente cierto que sentidos cuya existencia y extensión apenas suponemos, les dispensan de una multitud de auxilia­res, de los cuales no podemos nosotros prescindir. En el fondo, todos nuestros inventos no nacen más que de la necesidad de socorrer nuestras debilidades y dolencias. En un mundo en que todos gozasen de salud, donde jamás hubiese habido enfermos, no se encontraría huella alguna de una ciencia que, entre nosotros, ha superado a la mayor parte de las otras, queremos decir la medicina y la cirugía.

IV

Por otra parte, ¿es la inteligencia humana el único canal por donde pueden pasar, el único lugar por donde pueden abrirse paso las fuerzas espirituales o psíquicas del Universo? ¿Es a causa de la inteligencia por lo que estas fuerzas, las más grandes, las más profundas, las inexplicables y las menos materiales, se manifiestan en nosotros, que estamos conven­cidos de que ella misma es la corona de esta tierra y quizás de todos los mundos? ¿No es extraño y hostil a nuestra inteligencia todo lo que hay de esencial a nuestra vida hasta el fondo de la vida misma? Y esta inteligencia misma, ¿es otra cosa que el nombre que damos a una de las fuerzas espirituales que menos comprendemos?

Probablemente hay tantas especies o formas de inteligen­cia como hay seres vivos o más bien existentes, porque los que llamamos muertos viven tan bien como nosotros, y nada prueba sino nuestra jactancia o nuestra ceguera que una de ellas es superior a la otra. El hombre no es más que una bur­buja que se cree la medida del Universo.

Además, ¿nos damos cuenta de lo que han inventado los termes? Sin maravillarnos una vez más de sus construcciones colosales, de su organización económica y social, de su divi­sión del trabajo, de sus cortes, de su política, que va desde la monarquía a la oligarquía más flexible; de sus aprovisio­namientos, de su química, de sus instalaciones, de su calefac­ción, de su reconstitución del agua, de su poliformismo; como nos preceden en varios millones de años, nos preguntamos: ¿no habrán pasado por pruebas que probablemente tendre­mos a nuestra vez que vencer? ¿Sabemos si el trastorno de los climas en las épocas geológicas en que habitaban el Norte de Europa, puesto que sus huellas se encuentran en Inglaterra, en Alemania y en Suiza, no les ha obligado a adaptarse a la existencia subterránea que gradualmente condujo a la atro­fia de sus ojos y a la ceguera monstruosa de la mayor parte de ellos? ¿No nos aguardará la misma prueba dentro de algu­nos milenarios, cuando tengamos que refugiarnos en las en­trañas de la tierra a fin de buscar allí un resto de calor, y quién nos dice que no la venceremos tan ingeniosa y victorio­samente como ellos lo han hecho? ¿Sabemos cómo se entien­den y comunican entre sí; cómo, a continuación de algunas experiencias, de algunos tanteos, han llegado a la doble diges­tión de la celulosa? ¿Sabemos lo que es la clase de personali­dad, de inmortalidad colectiva, a la cual hacen sacrificios inauditos y de la que parecen gozar de una manera que ni siquiera podemos concebir? ¿Sabemos, en fin, cómo han ad­quirido el prodigioso polimorfismo que les permite crear, se­gún las necesidades de la comunidad, cinco o seis tipos de individuos tan diferentes, que no parecen pertenecer a la misma especie? ¿No es una invención que profundiza más en los secretos de la Naturaleza que la invención del teléfono o de la telegrafía sin hilos? ¿No es un paso decisivo en los misterios de la generación y de la creación? ¿Dónde estamos nosotros en este punto, que es el punto vital por excelencia? No solamente no podemos engendrar a voluntad un macho o una hembra, sino que, hasta el nacimiento del niño, igno­ramos completamente el sexo que tendrá, mientras que si su­piésemos lo que saben estos desgraciados insectos, produciría­mos a nuestro gusto atletas, héroes, trabajadores, pensado­res, que especializados hasta el extremo, desde antes de su concepción y verdaderamente predestinados, no serían com­parables a los que tenemos. ¿Por qué no hemos de lograr un día hipertrofiar el cerebro, nuestro órgano específico, nuestra sola defensa en este mundo, como los termes han logrado hipertrofiar las mandíbulas de sus soldados y los ovarios de sus reinas? Hay en eso un problema que no debe ser insoluble. ¿Sabemos lo que haría, hasta dónde iría un hombre que fuese no más que diez veces más inteligente que el más inteligente de nosotros, por ejemplo, diez veces más potente cerebralmente que un Pascal o un Newton? En algunas horas este hombre franquearía en todas nuestras ciencias etapas que nosotros ne­cesitaremos, sin duda, siglos para recorrer, y franqueadas estas etapas, comenzaría, quizás, a comprender por qué vivimos, por qué estamos sobre esta tierra, por qué son necesarios para llegar a la muerte tantos males, tantos sufrimientos; por qué creemos sin razón que tantas experiencias dolorosas son inú­tiles; por qué tantos esfuerzos realizados en eternidades ante­riores no han llegado a producir más que lo que vemos, es decir, una miseria sin nombre y sin esperanza. Por el mo­mento, ningún hombre en este mundo es capaz de dar a estas preguntas una respuesta que no sea irrisoria. Descubriría, qui­zás, de una manera tan cierta como se ha descubierto América, una vida sobre otro plano, esta vida de la cual tenemos el espejismo en la sangre y que todas las religiones han prometido sin poder aportar un comienzo de prueba. A pesar de lo débil que es al presente nuestro cerebro, nos sentimos algunas veces al borde de los grandes abismos del conocimiento. Un pe­queño empujón podría sumergirnos en ellos. ¿Quién sabe si en los siglos helados y sombríos que la amenazan, la huma­nidad no debería a esta hipertrofia su salud o, al menos, una prórroga a su condenación?

¿Pero quién nos asegura que tal hombre no haya existido jamás en algún mundo de la eternidad anterior, y, quizás, no diez, sino cien mil veces más inteligente? Si no hay límites para la extensión de les cuerpos, ¿por qué ha de haberlos para la del espíritu? ¿Por qué no sería esto posible? Siendo posible, ¿no se puede afirmar que ha existido? Y si ha exis­tido, ¿es concebible que no haya quedado huella de él? Y si no ha quedado huella de él, ¿por qué tener esperanza, o por qué lo que no ha sido o no habrá podido ser, tendría alguna probabilidad de existir jamás?

Es, por lo demás, probable que este hombre, cien mil veces más inteligente, columbraría el fin de la tierra, que, para nosotros, no es más que la muerte; pero el del universo, que no puede ser la muerte, ¿lo vería? Y este fin, ¿puede existir, puesto que no es alcanzado? Tal hombre hubiese estado muy cerca de ser Dios, y si Dios mismo no ha pedido hacer la feli­cidad de sus criaturas, hay motivo para creer que esto era imposible, a menos que la única felicidad que se pueda sopor­tar durante una eternidad no sea la nada o lo que nosotros llamamos así y que no es otra cosa que la ignorancia, la in­consciencia absoluta.

He ahí, sin duda, bajo el nombre de absorción en Dios, el último secreto, el gran secreto de las grandes religiones, el que ninguna ha confesado, por miedo de arrojar en la desesperación al hombre, que no comprendería que conservar su conciencia actual tal como es, hasta el fin de los fines de todos los mundos, sería el más cruel de todos los castigos.

V

No olvidemos nuestros termes. No se nos diga que la facultad de la cual hablábamos no la han encontrado en sí mismos, sino que les ha sido dada o al menos indicada por la naturaleza. En primer lugar, nada sabemos de esto, y por otra parte, ¿no es casi lo mismo y, a la vez, nuestro caso? Si el genio de la naturaleza ha podido impulsarles a este descu­brimiento, es que aparentemente le han abierto caminos que nosotros le hemos cerrado hasta aquí. Todo lo que hemos inventado no ha sido más que merced a indicaciones sumi­nistradas por la naturaleza; pero es imposible discernir cuál es la parte del hombre y cuál la de la inteligencia esparcida en el universo(1).

1-Recordemos aquí, como ya he dicho en El Gran Secreto, que Ernesto Kapp, en su Filosofía de la Técnica, ha demostrado perfectamente que todos nuestros inventos, todas nuestras máqui­nas, no son más que proyecciones orgánicas, es decir, imitaciones inconscientes de modelos suministrados por la naturaleza. Nues­tras bombas son la bomba de nuestro corazón; nuestras bielas son la reproducción de nuestras articulaciones; nuestro aparato foto­gráfico es la cámara obscura de nuestro ojo; nuestros aparatos telegráficos representan nuestro sistema nervioso; en los rayos X reconocemos la propiedad orgánica de la lucidez del sonámbulo que ve a través de los objetos, que lee, por ejemplo, el contenido de una carta lacrada y encerrada en una triple caja de metal. En la telegrafía sin hilos seguimos las indicaciones que nos había dado la telepatía, es decir, la comunicación directa de un pensa­miento, por medio de ondas espirituales análogas a las ondas hertzianas, y en los fenómenos de la levitación y de los desplaza­mientos de objetos sin contacto (por lo demás discutibles) se encuentra otra indicación de la cual no hemos sabido sacar parti­do, y que es de esperar que nos pondría en el camino del procedi­miento que quizás nos permitiría algún día vencer las terribles leyes de la gravitación que nos encadenan a esta tierra; porque parece seguro que estas leyes, en lugar de ser, como se creía, por siempre incomprensibles e impenetrables, son sobre todo magné­ticas, es decir, manejables y utilizables.

En La vida de los termes