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6 abr. 2012

Amin Maalouf: Domesticar a la pantera

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Ni en las páginas anteriores de este ensayo ni en las que siguen pretendo abarcar todos los fenómenos —económicos, tecnológicos, geopolíticos...que están comprendidos en la idea de mundialización, como tampoco procuré, en los primeros capítulos, agotar el amplio concepto de identidad. Ahora también mi meta es mucho más modesta, y mucho más concreta: tratar de entender de qué manera esa mundialización exacerba los comportamientos relacionados con la identidad, y de qué manera podría un día reducir su potencial de muerte.

Mi reflexión parte de una constatación: cuando una sociedad ve en la modernidad "la mano del extranjero", tiende a rechazarla y a protegerse de ella. Ya me he referido largamente al mundo árabe-musulmán y a sus complicadas relaciones con todo lo que le viene de Occidente. Hoy podemos observar un fenómeno análogo en diversos rincones de la Tierra con respecto a la mundialización. Y si queremos evitar que ésta desencadene, en millones y millones de seres humanos, una reacción de rechazo sistemático, colérica y suicida, es esencial que la civilización global que está construyendo no parezca exclusivamente americana; es necesario que todos puedan reconocerse un poco en ella, identificarse un poco con ella, que nadie se vea inducido a pensar que le es irremediablemente ajena y, por tanto, hostil.También en este caso me parece útil la referencia al principio clave que es la "reciprocidad": hoy todos y cada uno de nosotros hemos de adoptar, necesariamente, innumerables elementos procedentes de las culturas más fuertes; pero es esencial que podamos comprobar que determinados elementos de nuestra propia cultura —personajes, modas, objetos artísticos, objetos cotidianos, músicas, platos, palabras... — se adoptan en todos los continentes, incluida América del Norte, y que a partir de ahora forman parte del patrimonio universal, común a toda la humanidad.

La identidad es en primer lugar una cuestión de símbolos, e incluso de apariencias. Cuando en una asamblea veo a personas cuyo apellido suena parecido al mío, que tienen el mismo color de piel o iguales afinidades, aun iguales enfermedades, puedo sentirme representado por esa asamblea. Me une a ella un "hilo de pertenencia", un hilo que puede ser fino o grueso pero cuya existencia advierten enseguida quienes tienen la identidad a flor de piel.

Lo que vale para una asamblea vale también para un grupo social, para una comunidad nacional y para la comunidad mundial. Estemos donde estemos, necesitamos esos signos de identificación, esos puentes tendidos hacia el otro —y es además la manera más "civil" de satisfacer la necesidad de identidad.

Algunas sociedades, que están pendientes de este tipo de detalles cuando se trata de reducir sus tensiones internas, lo están mucho menos cuando se trata de las relaciones entre las diversas culturas en el plano mundial. Estoy pensando obviamente en Estados Unidos. Quien allí se sienta ante el televisor, ya sea de origen polaco, irlandés, italiano, africano o hispánico, ve desfilar por la pantalla, inevitablemente, apellidos y rostros polacos, irlandeses, italianos, africanos o hispánicos. A veces es tan sistemático, está tan "fabricado", tan convenido, que llega a ser irritante. En las series policíacas, nueve de cada diez veces el violador es rubio y de ojos azules, para que no se piense que se da una visión negativa de las minorías; y cuando el delincuente es negro, y blanco el detective que lo persigue, se las arreglan para que el jefe de policía sea también negro.

¿Irritante? Tal vez. Pero si recordamos las viejas películas del oeste, en las que los indios caían abatidos a montones bajo los aplausos frenéticos de la chiquillería, diríamos que la actitud de hoy es un mal menor.Dicho esto, no querría tampoco conceder a esas prácticas de equilibrista más crédito del que merecen. Pues si en ocasiones ayudan a quitar fuerza a los prejuicios raciales, étnicos o de otro tipo, muchas veces contribuyen también a perpetuarlos. En nombre del mismo principio —"que ningún americano se sienta ofendido por lo que ve u oye"—, en la pantalla está casi prohibida cualquier unión entre un blanco y una negra, o entre una blanca y un negro, porque la opinión pública, se nos dice, no se siente cómoda con los mestizajes de ese tipo. Por eso todo se plantea de manera que cada uno "salga" con gente de su "tribu". Y también en este caso todo es tan sistemático, tan previsible, que resulta exasperante, insultante incluso.

Tales son los descarríos de esa búsqueda infantilizante de la unanimidad... Pero no impiden, a mi juicio, que sea justa esa sencilla idea, hoy vigente en Estados Unidos, según la cual todo ciudadano, y en especial todo ciudadano "minoritario", debe poder reconocerse, cuando ve la televisión, en los apellidos y los rostros que aparecen en la pantalla, y debe verse representado positivamente, para que no se sienta excluido de la comunidad nacional.

Ésa es una idea que merecería retomarse en un marco más amplio: como todo el planeta puede hoy tener acceso a las mismas imágenes, a los mismos sonidos, a los mismos productos, ¿no debería ser normal que esas imágenes, esos sonidos, esos productos fueran representativos de todas las culturas, que cada persona pudiera reconocerse en ellos y que nadie se sintiera excluido? En el plano mundial, al igual que en el seno de cada sociedad, nadie debería sentirse ridiculizado, minusvalorado, objeto de burla, "demonizado", hasta el extremo de verse obligado, para poder vivir en su entorno social, a disimular con vergüenza su religión, su color, su lengua, su apellido o cualquier otro componente de su identidad. Todos los seres humanos deberían poder asumir, con la cabeza alta, sin miedo y sin resentimiento, todas y cada una de sus pertenencias.

Sería un desastre que la mundialización que se está produciendo funcionara en una dirección única: por un lado, los "emisores universales", y por otro los "receptores"; por un lado "la norma", y por otro "las excepciones"; por un lado los que están convencidos de que el resto del mundo no puede enseñarles nada, y por el otro los que están seguros de que el mundo no va a querer escucharlos jamás.

Al escribir estas líneas no estoy pensando únicamente en la tentación hegemónica, sino también en esa otra tentación que se manifiesta en varias partes del mundo y que es en cierto modo la otra cara de la primera, o su imagen en negativo, y que me parece igualmente nefasta: la tentación del desprecio. Cuánta gente, presa del vértigo, renuncia a comprender lo que está pasando. Cuánta gente renuncia a aportar su contribución a la emergente cultura universal porque han decidido definitivamente que el mundo que los rodea es impenetrable, hostil, depredador, demencial, demoníaco. Cuánta gente siente la tentación de encastillarse en su papel de víctimas —víctimas de Estados Unidos, víctimas de Occidente, víctimas del capitalismo o del liberalismo, víctimas de las nuevas tecnologías, de los medios de comunicación, del cambio... No puede negarse que esas personas se sienten efectivamente expoliadas, y que sufren por ello; es su reacción lo que me parece un error. Encerrarse en una mentalidad de agredido es para la víctima aún más devastador que la propia agresión. Y por otra parte esto es tan aplicable a las sociedades como a los individuos. Se hacen un ovillo, levantan barricadas, se defienden de todo, se cierran, dan vueltas y vueltas a la situación, dejan de buscar, de explorar, de avanzar, le tienen miedo al futuro, y al presente, y a los demás. A los que así reaccionan siempre me gustaría decirles: ¡el mundo de hoy no es como la imagen que os habéis hecho de él! ¡No es verdad que esté dirigido por fuerzas oscuras y todopoderosas! ¡No es verdad que les pertenezca a los "otros"! Es indudable que la magnitud de la mundialización y la vertiginosa rapidez de los cambios nos producen a todos la sensación de que cuanto está pasando nos desborda, y de que somos incapaces de modificar el curso de las cosas. Pero es esencial recordar constantemente que ésa es una sensación muy compartida, también por aquellos a quienes estamos acostumbrados a ver en los puestos más altos de la escala.

En un capítulo anterior decía que, en nuestros días, todo el mundo se siente un poco minoría, un poco exiliado. Y es porque todas las comunidades, todas las culturas, tienen la sensación de que se miden con otras más fuertes que ellas, de que ya no pueden conservar intacto su legado cultural. Visto desde el Sur y el Este, es Occidente quien domina; visto desde París, quien domina es Estados Unidos; pero? qué se ve en Estados Unidos? Unas minorías que reflejan toda la diversidad del mundo, unas minorías que sienten la necesidad de afirmar su pertenencia de origen.

Y cuando hemos repasado la situación de esas minorías, cuando hemos oído decir mil veces que el poder está en manos de los varones de raza blanca, de los protestantes anglosajones, se escucha de repente una tremenda explosión en Oklahoma City, ¿Quiénes han sido? Justamente unos varones de raza blanca, anglosajones y protestantes, que también están convencidos de que son la más olvidada y agraviada de las minorías, de que la mundialización dobla las campanas por "su" América.

Vistos desde el resto del mundo, Timothy McVeigh y sus acólitos tienen exactamente el perfil étnico de los que se supone que dominan el planeta y tienen nuestro futuro en sus manos; tal como ellos se ven, no son más que una especie en vías de extinción a la que sólo le queda el arma del terrorismo más asesino. ¿A quién pertenece el mundo? A ninguna raza en particular, a ninguna nación en particular. Pertenece, más que en otros momentos de la Historia, a todos los que quieren hacerse un sitio en él. Pertenece a todos los que tratan de aprenderse las nuevas reglas del juego —por desconcertantes que sean— para utilizarlas en su provecho.

Que no se me entienda mal: no trato de cubrir con un púdico velo las vergüenzas del mundo en que vivimos; desde el principio de este libro no he hecho sino denunciar sus disfunciones, sus excesos, sus desigualdades, sus criminales descarríos; contra lo que me rebelo aquí, no sin pasión, es contra la tentación de la desesperanza, contra esa actitud tan frecuente entre los defensores de las culturas "periféricas" que consiste en instalar en la amargura, la resignación, la pasividad —para no salir de ahí más que mediante la violencia suicida.

Estoy convencido de que la mundialización es una amenaza para la diversidad cultural, en especial para la diversidad de lenguas y formas de vida; e incluso de que esa amenaza es infinitamente mayor que en el pasado, como tendré ocasión de reiterar en las páginas que siguen; pero el mundo actual les da también, a quienes quieren preservar las culturas amenazadas, los medios para defenderse. En vez de proseguir su declive y desaparecer después en la indiferencia como viene sucediendo desde hace siglos, esas culturas tienen hoy la posibilidad de luchar por su supervivencia; y? no sería absurdo no aprovechar esa posibilidad?

Los radicales cambios tecnológicos y sociales que se están produciendo a nuestro alrededor constituyen un fenómeno histórico de gran complejidad y amplitud, un fenómeno del que todo el mundo puede sacar provecho y que nadie es capaz de controlar —!ni siquiera Estados Unidos! La mundialización no es el instrumento de un "orden nuevo" que "algunos" tratarían de imponer al mundo; prefiero compararlo con un enorme campo de torneos, abierto por todos los lados, en el que se están celebrando simultáneamente gran número de justas, de combates, y en el que todos podemos entrar con nuestra propia cantinela, con nuestra propia armadura, en una irreductible cacofonía.

Internet por ejemplo, visto desde fuera y con un a priori de desconfianza, es un ectoplásmico monstruo planetario por medio del cual los poderosos de este mundo extienden sus tentáculos sobre toda la Tierra; visto desde dentro, es una formidable herramienta de libertad, un espacio razonablemente igualitario del que todos podemos servirnos a nuestro antojo y en el que cuatro astutos estudiantes pueden ejercer tanta influencia como un jefe de Estado o una compañía petrolífera.

Y aunque en él predomina de manera aplastante el inglés, la diversidad lingüística va ganando terreno día a día, favorecida por algunos avances de la traducción automática —avances aún tímidos, aún pobres, y que producen a veces un efecto hilarante, pero no por ello menos prometedores para el futuro. Más en general, los nuevos medios de comunicación ofrecen a muchísimos de nuestros contemporáneos, a personas que viven en todos los países y repre sentan todas las tradiciones culturales, la posibilidad de contribuir a la elaboración de lo que el día de mañana será nuestro futuro común.

Si queremos evitar la muerte de nuestra lengua, si queremos que se conozca en el mundo, que la cultura en la que nos hemos criado sea respetada y querida, si deseamos que la comunidad a la que pertenecemos conozca la libertad, la democracia, la dignidad y el bienestar, la batalla no está perdida de antemano. Ejemplos de todos los continentes demuestran que los que luchan con habilidad contra la tiranía, contra el oscurantismo, contra la segregación, contra el desprecio, contra el olvido, consiguen muchas veces salirse con la suya. Y también los que luchan contra el hambre, la ignorancia o las epidemias. Vivimos en una época asombrosa en la que todo el que tiene una idea, sea genial, perversa o innecesaria, puede hacerla llegar, en el mismo día, a decenas de millones de personas.

Si creemos en algo, si tenemos en nuestro interior suficiente energía, suficiente pasión y ganas de vivir, podemos encontrar en los recursos que nos ofrece el mundo actual los medios necesarios para hacer realidad algunos de nuestros sueños.

¿He querido decir, a través de esos ejemplos, que cada vez que la civilización actual nos enfrenta a un problema nos facilita, providencialmente, los medios para resolverlo? No creo que haya materia suficiente para formular ley alguna. No obstante, es cierto que el formidable poder que la ciencia y la tecnología modernas ofrece al ser humano puede utilizarse con fines opuestos, devastadores unos, reparadores otros. Así, nunca ha estado la naturaleza tan maltratada; pero estamos mucho mejor preparados que antes para protegerla, pues disponemos de medios para intervenir mucho más importantes, y también porque estamos mucho más sensibilizados que antes hacia ese problema.

Ello no quiere decir que nuestra acción reparadora esté siempre a la altura de nuestra capacidad de hacer daño, como por desgracia ponen de manifiesto muchos ejemplos —la capa de ozono o las muchas especies que aún corren peligro de extinción. Habría podido referirme a muchos otros campos además del medioambiental. Si he elegido éste es porque algunos de los riesgos que en él existen son análogos a los de la mundialización. En ambos casos, la diversidad está amenazada; a semejanza de esas especies que han vivido millones de años y hoy vemos extinguirse, muchas culturas que han logrado mantenerse durante cientos o miles de años podrían igualmente desaparecer ante nuestros ojos si no tomamos medidas para evitarlo.

Algunas ya están desapareciendo.

Hay lenguas que se dejan de utilizar con la muerte de sus últimos hablantes. Comunidades humanas que en el transcurso de la Historia habían forjado una cultura original, hecha de mil y un felices descubrimientos —formas de vestir, medicamentos, imágenes, músicas, gestos, artesanías, fórmulas culinarias, narraciones...—, corren hoy el peligro de perder su tierra, su lengua, su memoria, sus saberes, su identidad específica, su dignidad.

No me refiero únicamente a las sociedades que están desde siempre muy apartadas de las grandes corrientes de la Historia, sino a innumerables comunidades humanas de Occidente y de Oriente, del Norte como del Sur, en la medida en que todas tienen sus singularidades. A mi modo de ver, no se trata de fijarlas en un momento dado de su desarrollo, y aún menos de convertirlas en atracciones de feria; se trata de conservar nuestro patrimonio común de conocimientos y actividades, en toda su diversidad y en todas las latitudes, desde Provenza hasta Borneo, desde Luisiana hasta la Amazonía; se trata de dar a todos los seres humanos la posibilidad de vivir plenamente en el mundo de hoy, de sacar provecho plenamente de todos los avances técnicos, sociales e intelectuales sin que pierdan por ello su memoria específica ni su dignidad.

¿Por qué habríamos de preocuparnos menos por la diversidad de culturas humanas que por la diversidad de especies animales o vegetales? Ese deseo nuestro, tan legítimo, de conservar el entorno natural, ¿no deberíamos extenderlo también al entorno humano? Desde el punto de vista tanto de la naturaleza como de la cultura, nuestro planeta sería muy triste si sólo hubiera en él especies "útiles", más otras cuantas que nos parecieran "decorativas" o que hubieran adquirido un valor simbólico.

Al evocar todos esos aspectos de la cultura humana se pone claramente de manifiesto que ésta obedece simultáneamente a dos lógicas distintas: la de la economía, que cada vez tiende más a una competencia sin obstáculos, y la de la ecología, que es de vocación protectora. La primera, obviamente, es propia de los tiempos que corren, pero la segunda tendrá siempre su razón de ser. Hasta en los países más partidarios de la libertad económica absoluta se promulgan leyes protectoras para evitar, por ejemplo, que un enclave natural sea destrozado por los promotores inmobiliarios. En el caso de la cultura hay que recurrir a veces a esos mismos procedimientos para tomar precauciones, para evitar lo irreparable.

Pero esas medidas no pueden ser más que una solución provisional. A largo plazo será necesario que tomemos el relevo nosotros, los ciudadanos; la batalla por la diversidad cultural se ganará cuando estemos dispuestos a movilizarnos intelectual, afectiva y materialmente para defender una lengua en peligro de desaparición con tanta convicción como para impedir la extinción del panda o del rinoceronte.

Entre los diversos elementos que definen una cultura, y una identidad, he citado siempre la lengua, aunque no he insistido en que no se trata de un elemento más. Llegados a la última parte del libro, es quizás el momento adecuado para separarla de los demás y concederle el lugar que merece.

De todas las pertenencias que atesoramos, la lengua es casi siempre una de las más determinantes. Al menos tanto como la religión, de la que ha sido una especie de rival a lo largo de la Historia aunque a veces ha sido también su aliada. Cuando dos comunidades hablan lenguas distintas, su religión común no es suficiente para unirlas —católicos flamencos y valones,musulmanes turcos, kurdos o árabes, etc.—; tampoco la unidad lingüística, por otra parte, garantiza hoy en Bosnia la coexistencia entre ortodoxos serbios, católicos croatas y musulmanes. En todas las partes del mundo, muchos estados que se forjaron en torno a una lengua común se desintegraron después por causa de querellas religiosas, y muchos otros, forjados en torno a una religión común, fueron despedazados por querellas lingüísticas.

Esto en cuanto a la rivalidad. Al mismo tiempo, no cabe duda de que se han tejido "alianzas" seculares, por ejemplo entre el islam y la lengua árabe, entre la Iglesia católica y el latín, entre la Biblia de Lutero y el alemán. Y si los israelíes son hoy una nación, no es sólo por el vínculo religioso que los une, por muy fuerte que sea, sino también porque han conseguido dotarse, con el hebreo moderno, de una auténtica lengua nacional; una persona que viviera cuarenta años en Israel sin entrar ni una sola vez en una sinagoga no se encontraría, de entrada, al margen de la comunidad nacional; no podríamos decir lo mismo de alguien que viviera cuarenta años en el país sin querer aprender hebreo. Y sucede lo mismo en muchos otros países, en todas las zonas del mundo, y no hacen falta largos argumentos para constatar que un hombre puede vivir sin tener ninguna religión, pero no, evidentemente, sin tener ninguna lengua.

Otra observación igualmente obvia pero que conviene recordar cuando comparamos estos dos grandes componentes de la identidad es que la religión tiene vocación de exclusividad, y la lengua no. Es posible hablar simultáneamente el hebreo, el árabe, el italiano y el sueco, pero no es posible ser al mismo tiempo judío, musulmán, católico y luterano; además, aun cuando una persona se considerara creyente de dos religiones a la vez, esa actitud no sería aceptable para los demás.

Con esta lapidaria comparación entre religión y lengua no pretendo establecer una primacía, ni una preferencia. Quiero solamente llamar la atención sobre el hecho de que la lengua tiene la maravillosa particularidad de que es a un tiempo factor de identidad e instrumento de comunicación. Por eso, y contrariamente al deseo que formulaba en el caso de la religión, extraer lo lingüístico del ámbito de la identidad no me parece ni factible ni conveniente. Es vocación de la lengua seguir siendo el eje de la identidad cultural, y la diversidad lingüística el eje de toda diversidad.

Aunque no es mi intención estudiar con detalle un fenómeno tan complejo como las relaciones entre los seres humanos y las lenguas, sí me parece importante mencionar, en el marco tan delimitado de este ensayo, algunos aspectos que atañen concretamente al concepto de identidad.

Para constatar, en primer lugar, que todo ser humano siente la necesidad de tener una lengua como parte de su identidad; esa lengua es unas veces común a cientos de millones de personas, otras solo a algunos miles, y poco importa; a este nivel, lo único que cuenta es el sentimiento de pertenencia. Todos necesitamos ese vínculo poderoso y tranquilizador.

Nada hay más peligroso que tratar de cortar el maternal cordón que une a un hombre con su lengua. Cuando se corta, o se perturba gravemente, ello afecta de manera desastrosa a su personalidad entera. El fanatismo que ensangrienta Argelia se explica por una frustración que está aún más ligada a la lengua que a la religión; Francia apenas intentó convertir al cristianismo a los musulmanes argelinos, pero sí quiso sustituir su lengua por el francés, de manera expeditiva, y sin concederles a cambio una auténtica ciudadanía; por cierto, nunca he entendido cómo un Estado que se decía laico podía designar a algunos de sus nacionales como "franceses musulmanes" y privarlos de parte de sus derechos por la única razón de que eran de otra religión.

Pero cierro rápidamente el paréntesis, pues no era más que un trágico ejemplo como hay muchos; no tendría espacio suficiente para describir con pormenores todo lo que han de soportar los seres humanos, aún hoy y en todos los países, por el solo hecho de que se expresan en una lengua que suscita a su alrededor desconfianza, hostilidad, desprecio o burla.

Es esencial que se establezca claramente, sin la menor ambigüedad, y que se vigile sin descanso el derecho de todo ser humano a conservar su lengua propia y a utilizarla con plena libertad. Esa libertad me parece aún más importante que la libertad religiosa; ésta ampara a veces doctrinas que son hostiles a la libertad y contrarias a los derechos fundamentales de las mujeres y los hombres; yo personalmente tendría escrúpulos en defender el derecho de expresión de quienes abogan por la supresión de las libertades y por diversas doctrinas de odio y sometimiento; a la inversa, proclamar el derecho de toda persona a hablar su lengua no debería suscitar ninguna vacilación de esa naturaleza.

Lo que no quiere decir que ese derecho sea siempre fácil de llevar a la práctica. Una vez enunciado el principio, queda por hacer lo más importante. ¿Puede todo el mundo reivindicar el derecho de ir a una administración y hablar su lengua propia con la seguridad de que lo va a entender el funcionario que está en la ventanilla? Una lengua que ha estado mucho tiempo oprimida, o al menos desatendida, ¿puede legítimamente reafirmar su presencia a costa de las otras, y con el riesgo de instaurar otro tipo de discriminación? Evidentemente, no se trata aquí de examinar los diferentes casos particulares, que se cuentan por centenares, de Pakistán a Quebec, de Nigeria a Cataluña; se trata de entrar con sentido común en una época de libertad y de serena diversidad, dejando atrás las injusticias que se han cometido sin sustituirlas por otras, por otras exclusiones, por otras intolerancias, y reconociendo a todos el derecho de hacer coexistir, en su identidad, la pertenencia a varias lenguas.

Claro está que no todas las lenguas nacieron iguales. Pero diré de ellas lo que digo de las personas, y es que todas tienen el mismo derecho a que se respete su dignidad. Desde el punto de vista de la necesidad de identidad, el inglés y el islandés desempeñan exactamente el mismo papel; y es cuando contemplamos la otra función de la lengua, la de instrumento de relación entre las personas, cuando dejan de ser iguales.

Voy a dedicar unas páginas a esa desigualdad de las lenguas, por una razón que me toca de cerca y que ya he tenido ocasión de mencionar: en Francia, cuando percibo en algunas personas una inquietud por la marcha del mundo, reticencias ante tal o cual innovación tecnológica, ante esta o aquella moda intelectual, verbal, musical o alimentaria, cuando observo signos de pusilanimidad, de excesiva nostalgia o incluso de retrógrado apego al pasado, compruebo que esas preocupaciones están ligadas, de un modo u otro, a un resentimiento ante el continuo avance del inglés y a su actual condición de lengua internacional dominante. En determinados aspectos, esa actitud parece específicamente francesa.

Como la propia Francia tenía ambiciones universales en lo que toca a la lengua, fue la primera en padecer la extraordinaria ascensión del inglés; para los países que no tenían —o que habían dejado de tener— esas esperanzas, el problema de las relaciones con la lengua dominante no se plantea en los mismos términos, pero ¡vaya si se plantea! Tanto en los más pequeños como en los más grandes. Volvamos al caso del islandés, en el que, con sus trescientos mil hablantes escasos, parece que los datos del problema son bien sencillos: todos los habitantes de la isla hablan su lengua entre ellos, y para los contactos con el extranjero les interesa saber bien inglés. Da la impresión de que cada lengua tiene su espacio propio, claramente delimitado; no hay rivalidad en el exterior, pues el islandés no ha sido nunca una lengua de intercambios internacionales; y tampoco la hay en el interior, pues a ninguna madre islandesa se le ocurriría hablarle a su hijo en inglés.

Pero las cosas se complican cuando nos acercamos al vasto territorio del acceso al saber. Islandia se ve obligada a hacer constantes y costosos esfuerzos para que sus jóvenes sigan leyendo en islandés, y no en inglés, lo que se publica en el resto del mundo. Si no lo hace, si se relaja la vigilancia, si se limita a dejar actuar a la ley de los números y a la ley del mercado, en poco tiempo la lengua nacional sólo servirá para los usos domésticos, su ámbito se reducirá y acabará por convertirse en un vulgar dialecto local. Para que el islandés siga siendo una lengua en el pleno sentido de la palabra, y un elemento esencial de la identidad, el camino que se ha de seguir no es evidentemente el de plantar cara al inglés, batalla que estaría perdida de antemano, sino el del compromiso de todos con el mantenimiento y desarrollo de la lengua nacional, y también con el mantenimiento y el reforzamiento de las relaciones con las demás lenguas.

Cuando en Internet recorremos los sitios islandeses —que deben de figurar, en relación con el número de habitantes, entre los más numerosos del mundo-comprobamos tres cosas: que prácticamente todos están en islandés; que en la mayoría se ofrece la opción de pasar con una sola tecla a la versión en inglés y que en varios de ellos se ofrece asimismo la posibilidad de una tercera lengua, que suele ser el danés o el alemán. Personalmente me gustaría que se ofrecieran además otras lenguas, y de manera más sistemática, pero creo que el camino que han tomado es sensato.

Me explico: que para comunicarnos con el resto del planeta hoy sea necesario saber bien inglés es una evidencia que sería inútil discutir; pero sería igualmente inútil pretender que el inglés es suficiente. Aun cuando responda a la perfección a algunas de nuestras necesidades actuales, hay otras a las que no responde; sobre todo a la necesidad de identidad... Para los estadounidenses, los ingleses y algunos otros, el inglés forma parte de su identidad, claro está, pero para el resto de la humanidad, es decir, para nueve décimas partes de nuestros contemporáneos, no puede cumplir esa función, y sería peligroso hacer que la cumpliera salvo que queramos crear legiones de personas descentradas, extraviadas, de dislocada personalidad. Para que una persona pueda sentirse cómoda en el mundo actual es esencial que no se la obligue, para entrar en él, a abandonar la lengua que forma parte de su identidad.

Nadie debería verse forzado a "expatriarse" mentalmente cada vez que abre un libro, cada vez que se sienta ante una pantalla, cada vez que discute o reflexiona. Todos los seres humanos deberíamos poder apropiarnos de la modernidad, en lugar de tener constantemente la sensación de pedírsela prestada a otros.

Además, y ése es el aspecto que me parece más importante subrayar hoy, ya no basta con la lengua propia, la que forma parte de la identidad, y la lengua mundial. No pueden quedarse ahí los que tienen los medios, la edad y la capacidad necesarias. Que un francés y un coreano puedan comunicarse en inglés cuando están juntos, y discutir, y hacer negocios, constituye sin duda un avance en relación con el pasado; pero que un francés y un italiano sólo puedan hablarse en inglés es indiscutiblemente un retroceso, y un empobrecimiento de su relación.

Que en una biblioteca de Madrid haya muchos lectores capaces de apreciar a Faulkner o a Steinbeck en inglés es algo magnífico; pero sería lamentable que un día, en esa misma biblioteca, ya no quedara nadie capaz de leer a Flaubert, Musil[1], Pushkin o Strindberg[2] en su idioma original.

De estas observaciones trato de sacar una conclusión que es a mi juicio fundamental: en el caso de las lenguas, y aun en contra de lo que parece, limitarse al mínimo estrictamente necesario sería contrario al espíritu de nuestro tiempo. Entre la lengua propia y la lengua mundial hay mucho espacio, un espacio inmenso que hemos de saber llenar...

Para ilustrar mi tesis pondré esta vez un ejemplo sumamente complejo, y de enormes consecuencias: el de la Unión Europea. Tenemos una serie de países, cada uno con su propia trayectoria histórica, con su propia irradiación cultural, que se han empeñado en lograr la convergencia de sus destinos. Dentro de cincuenta años, ¿estarán federados, confederados, irreversiblemente unidos, o por el contrario dispersos? ¿Se extenderá la Unión hacia la Europa oriental, hacia el Mediterráneo, y hasta dónde? ¿Comprenderá los Balcanes? ¿El Magreb? ¿Turquía? ¿Oriente Próximo? ¿El Cáucaso? De las respuestas a estas preguntas dependerán muchas cosas en el mundo venidero, como por ejemplo las relaciones entre las diversas civilizaciones, entre las diversas religiones —el cristianismo, el islam y el judaísmo. Pero cualquiera que sea el futuro de la construcción europea, cualesquiera que sean la forma de la Unión y los países que la integren, hay una cuestión que ya nos planteamos hoy y que seguirán planteándose muchas generaciones:? cómo manejar la multiplicidad lingüística, cómo manejar una situación con decenas de lenguas? En muchas otras esferas se unifica, se adapta, se normaliza, al precio que sea; en ésta, sigue reinando la mayor precaución. El día de mañana podría haber incluso, además de la moneda única y de una legislación unificada, un mismo ejército, una misma policía y un mismo gobierno; pero si se intenta dejar fuera a la más minoritaria de las lenguas, se desencadenarán las reacciones más pasionales, más incontrolables. Para evitar la tragedia es preferible, por alto que sea el coste, traducir, traducir y traducir.

Entretanto se está produciendo una unificación de hecho, una unificación —irritante para muchos— que no ha sido decidida por nadie, sino impuesta por las realidades cotidianas. Cuando se reúnen para tomar una copa, un italiano, un alemán, un sueco y un belga, sean estudiantes, periodistas, hombres de negocios, sindicalistas o funcionarios, tienen que recurrir a una lengua común. Si la construcción europea se hubiera hecho cien años antes, cincuenta incluso, esa lengua habría sido el francés; hoy es el inglés.

¿Se logrará conciliar indefinidamente esas dos exigencias imperativas, es decir, la voluntad de que cada cual conserve su identidad específica y la necesidad de que los europeos hablen entre sí y se comuniquen en todo momento, con los menores escollos posibles? Para salir de ese dilema, para evitar que dentro de unos años se produzcan unos conflictos lingüísticos que serían amargos y sin salida, no basta con dejar que las cosas sigan como están, pues sabemos muy bien lo que eso va a significar.

El único camino posible es el de una acción deliberada que consolide la diversidad lingüística, que la incorpore a las costumbres, partiendo de una idea nada complicada: es obvio que, hoy, todo el mundo necesita tres idiomas. El primero es el que forma parte de su identidad; el tercero, el inglés. Entre ambos, es imprescindible fomentar el conocimiento de un segundo idioma, libremente elegido, que sería las más de las veces, aunque no siempre, otro idioma europeo. Para cada uno de nosotros ese segundo idioma sería, desde la escuela, la principal lengua extranjera, pero sería también mucho más que eso, sería la lengua del corazón, la lengua adoptiva, la lengua elegida, la lengua amada...

Nos podemos preguntar si el día de mañana las relaciones entre Alemania y Francia estarán en manos de los angloparlantes de uno y otro país o en las de los alemanes francoparlantes y los franceses germanoparlantes. No debería haber dudas sobre la respuesta. Y lo mismo podríamos decir de las relaciones entre España e Italia, o entre otros socios europeos. Bastaría con un poco de sentido común, un poco de lucidez, un poco de voluntad, para que las corrientes de intercambio, sea comercial, cultural o de otra naturaleza, estén principalmente en manos de los que sienten un interés especial por el otro interlocutor y así lo han demostrado comprometiéndose seriamente con su cultura —eligiendo su lengua; sólo ellos pueden dar un gran impulso a esa relación.

Habría así, en los años venideros, junto a los "generalistas" que sabrían únicamente su lengua materna e inglés, otros "especialistas" que tendrían, además de ese bagaje mínimo, su lengua favorita para comunicarse, una lengua que habrían elegido libremente conforme a sus afinidades individuales y mediante la cual lograrían su desarrollo personal y profesional. Siempre será una importante desventaja no saber inglés, pero lo será también, y cada vez más, saber únicamente inglés. Incluidos los que tienen el inglés como lengua materna.

Conservar la lengua propia, no dejar nunca que se quede atrás, para que los que la hablan no se vean obligados a abandonarla si quieren acceder a lo que les propone la civilización actual; generalizar sin reservas la enseñanza del inglés, tercera lengua, explicándoles sin descanso a los jóvenes hasta qué punto es a la vez necesaria e insuficiente; fomentar, al mismo tiempo, la diversidad lingüística, tender a que haya en cada país, mucha gente que domine el español, el francés, el portugués, el alemán, y también el árabe, el japonés, el chino y otras cien lenguas en las que la especialización es más infrecuente, y por tanto más valiosa tanto para el interesado como para la colectividad; tal me parece que es el camino de la sensatez para quien desee extraer del formidable desarrollo de las comunicaciones un enriquecimiento a todos los niveles, no empobrecimiento, no desconfianza generalizada, no confusión en los espíritus.

No negaré que la orientación que estoy sugiriendo para preservar la diversidad cultural exige una cierta dosis de voluntariedad. Pero si nos ahorramos ese esfuerzo, si dejamos que las cosas sigan yendo por donde van hoy, y si la civilización universal que se está fraguando ante nuestros ojos sigue manifestándose, en el futuro, como una civilización esencialmente americana, o incluso esencialmente occidental, creo que todo el mundo saldrá perdiendo. Estados Unidos, porque perdería una buena parte del planeta, que soporta mal la actual relación de fuerzas; los que representan a las culturas no occidentales, porque perderían gradualmente todo lo que constituye su razón de ser, y se verían arrastrados a una rebelión sin salida; y, quizás más que nadie, Europa, que perdería en los dos campos, pues sería la primera meta de los que se sintieran excluidos al tiempo que sería incapaz de mantener su propia diversidad lingüística y cultural.


Tendría que haberle dado a este ensayo un título doble: identidades asesinas, o cómo domesticar a la pantera. ¿Por qué a la pantera? Porque mata si se la persigue, mata si se le da rienda suelta, pero lo peor es dejarla escapar en la naturaleza después de haberla herido. Pero también a la pantera porque, precisamente, se la puede domesticar. Esto es en cierto modo lo que he pretendido decir en este libro con respecto al deseo de identidad. Que no debemos convertirlo en objeto ni de persecución ni de condescendencia, sino que hemos de observarlo, estudiarlo con serenidad, comprenderlo, y después amansarlo, domesticarlo, pues de lo contrario no podremos evitar que el mundo se convierta en una jungla, que el futuro se asemeje a las peores imágenes del pasado, que dentro de cincuenta o de cien años nuestros hijos se vean obligados todavía a asistir, impotentes como nosotros hoy, a matanzas, expulsiones y otras formas de "depuración" —a asistir a ellas y, en ocasiones, a padecerlas.

Y me he impuesto el deber de decir, cada vez que siento la necesidad de hacerlo, por qué medios se puede tener controlada a la "pantera". No es que esté en posesión de unas verdades que me lo permitan; sólo que me parecería irresponsable, una vez metido en esta reflexión, limitarme a hacer votos y enumerar imperativos. Tenía también que señalar, al hilo de las páginas, qué caminos me parecen prometedores y qué otros creo que están bloqueados.

Sin embargo, este libro no es una lista de remedios; tratándose de realidades tan complejas, y tan distintas, no hay ninguna fórmula que pueda trasladarse sin más de un país a otro.

He empleado deliberadamente la palabra "fórmula". En el Líbano aparece continuamente en las conversaciones para diseñar el sistema de reparto del poder entre las numerosas comunidades religiosas. Desde mi primera juventud la vengo oyendo a mi alrededor, en inglés, en francés, y sobre todo en árabe, sigha, término que evoca el trabajo de los orfebres.

En lo que tiene de más singular, la "fórmula libanesa" merecería por sí sola largas explicaciones, pero quiero traer ahora a colación precisamente su aspecto menos singular, más ejemplar, más revelador. No el inventario de una veintena de comunidades —denominadas aún "confesiones"— con sus itinerarios propios, sus miedos seculares, sus sangrientas disputas y sus sorprendentes reconciliaciones, sino simplemente la idea fundadora, según la cual el respeto de los equilibrios debe garantizarse mediante un minucioso sistema de cupos.

Para explicar mejor mis intenciones, comenzaré por esta pregunta: cuando los habitantes de un país empiezan a tener la sensación de que pertenecen a comunidades distintas —religiosas, lingüísticas, étnicas, raciales, tribales o de otro tipo—, ¿cómo hay que "manejar" esa realidad? ¿Hay que tener en cuenta esas pertenencias? ¿Y hasta qué punto? ¿O por el contrario hay que ignorarlas, hacer como si no existieran? El abanico de respuestas es amplio.

La que idearon los fundadores de Líbano moderno es, sin duda, una opción extrema. Es respetable en su reconocimiento formal de las múltiples comunidades, pero lleva hasta el exceso la lógica de esa actitud. Podría haber sido ejemplar, pero se ha convertido en todo lo contrario. En gran parte debido a las complejas realidades de Oriente Próximo, pero en parte también debido a las deficiencias de la propia fórmula, a sus rigideces, sus trampas, sus incoherencias.

No por ello, sin embargo, hemos de condenar la experiencia en su conjunto. He empezado por decir "respetable" porque lo es haber concedido un sitio a cada comunidad en vez de dejar todo el poder en manos de una de ellas, sentenciando a las demás a someterse o desaparecer; es respetable asimismo haber ideado un sistema de sutiles equilibrios que ha favorecido la eclosión de las libertades y el desarrollo de las artes en una región en la que predominan los estados de religión única de ideología única, de partido único o de lengua única y en la que los que no han tenido la fortuna de nacer en el lado bueno de la divisoria que separa a las comunidades no tienen más opciones que la sumisión, el exilio o la muerte. Por todas esas razones, sigo y seguiré diciendo que, pese a sus fracasos, la experiencia libanesa es para mí más estimable que otras experiencias de Oriente Próximo y de otros sitios que no han desembocado en una guerra civil o que no lo han hecho todavía pero que han basado su relativa estabilidad en la represión, la opresión, la "depuración" solapada y la discriminación de hecho.

Pese a haber nacido de una idea respetable, la fórmula libanesa se pervirtió. Fue una desviación ejemplar en el sentido de que pone claramente de manifiesto los límites del sistema de cupos, y de toda visión "comunitarista"[3]. La primera preocupación de los "inventores" de la fórmula libanesa era evitar que, en unas elecciones, se encontraran frente a frente un candidato cristiano y otro musulmán, y que entonces cada comunidad se movilizara espontáneamente en apoyo de "su hijo"; la solución que se adoptó fue repartir por anticipado los diferentes puestos, de manera que no se produjera nunca una confrontación entre dos comunidades, sino entre candidatos pertenecientes a la misma comunidad. Es, en teoría, una idea ingeniosa y sensata.

Pero cuando empezó a aplicarse a todos los ámbitos del poder, desde la presidencia de la República hasta el Parlamento y la función pública, lo que sucedió en realidad es que cada puesto importante pasó a ser ¡"propiedad" de una sola comunidad! En mi juventud alcé muchas veces mi voz contra ese sistema aberrante en el que, entre dos candidatos a desempeñar una función, no se elegía al más competente, sino a aquel cuya comunidad "tenía derecho" a ese puesto. Aún hoy, cuando se me brinda la ocasión, reacciono del mismo modo. La única diferencia es que cuando tenía diecinueve años me habría gustado sustituir ese sistema por cualquier otro. A los cuarenta y nueve, sigo pensando que debería sustituirse, pero no por cualquier cosa.

Al escribir estas líneas estoy mirando un poco más allá de Líbano. Aunque el sistema que se ha instaurado en este país ha resultado perverso, no creo que haya que extraer de esa realidad conclusiones aún más perversas. Como por ejemplo estimar que las sociedades integradas por múltiples comunidades "no están hechas para la democracia", y que en ellas sólo un poder muy fuerte sería capaz de mantener la paz civil.

Incluso a algunos demócratas les oímos con frecuencia este tipo de discurso, que pretende ser "realista" aunque los acontecimientos de estos últimos años hayan venido a contradecirlo. La democracia no siempre consigue resolver los llamados "problemas étnicos", pero no se ha demostrado nunca que la dictadura obtenga mejores resultados. ¿O es que el régimen yugoslavo de partido único era más capaz de mantener la paz civil que el multipartidismo libanés? Es posible que, hace treinta años, el mariscal Tito pudiera parecer un mal menor, pues el mundo no veía entonces cómo se mataban entre si los distintos pueblos. Hoy hemos descubierto que no se resolvió, antes bien al contrario, ningún problema de fondo.

Tenemos aún tan presente lo que acaba de ocurrir en la mayoría de los países del antiguo mundo comunista que no hace falta una larga exposición.Pero posiblemente no esté de más insistir en el hecho de que los poderes que impiden cualquier forma de vida democrática favorecen en realidad el reforzamiento de las pertenencias tradicionales; cuando en una sociedad se instala la sospecha, las últimas solidaridades que se mantienen son las más viscerales; y cuando se ponen trabas a todas las libertades políticas, sindicales o académicas, los lugares de culto son los únicos en los que la gente puede reunirse, puede discutir y sentirse unida frente a la adversidad.

Cuántos entraron en el universo soviético siendo "defensores del proletariado" e "internacionalistas" para salir de él más "religiosos" y "nacionalistas" que nunca. Con la distancia que nos ofrece el tiempo transcurrido, las dictaduras supuestamente "laicas" se muestran hoy como viveros del fanatismo religioso. Un laicismo sin democracia es un desastre tanto para la democracia como para el laicismo.

Aquí me quedo, pues ¿de qué sirve insistir en esta refutación? Para quien aspira a un mundo de libertad y de justicia, la dictadura no es en ningún caso una solución aceptable, y ni siquiera es necesario glosar concretamente su manifiesta incapacidad para resolver los problemas asociados a la pertenencia a una religión, a una etnia, o a la identidad. La elección sólo puede situarse en el marco de la democracia.

Lo único es que, dicho esto, no he avanzado demasiado. Pues no basta con decir "democracia" para que se instale la coexistencia en armonía. Hay democracias y democracias, y aquí las desviaciones no son menos dañinas que las de la dictadura. Hay dos caminos que me parecen especialmente peligrosos para la salvaguardia de la diversidad cultural y para el respeto de los principios fundamentales de la propia democracia: por supuesto, el del sistema de cupos llevado hasta el absurdo, y también el del sistema opuesto, el de un sistema que no respete más que la ley de los números, sin cautela alguna.

En el caso del primero de esos dos caminos, el ejemplo libanés es evidentemente uno de los más reveladores, aunque no es el único. Se reparte el poder entre las comunidades, de manera provisional se nos dice, con la esperanza de mitigar las tensiones, de ir llevando a la gente, poco a poco, hacia un sentimiento de pertenencia a la "comunidad nacional". Pero la lógica del sistema va en una dirección muy distinta: desde el momento en que se reparte el "pastel", cada comunidad tiende a pensar que la porción que le ha tocado es demasiado pequeña, que es víctima de una flagrante injusticia, y siempre hay políticos que hacen de ese resentimiento un tema permanente de su propaganda.

Poco a poco, los dirigentes que no se entregan a la demagogia se van viendo marginados. Se refuerza entonces, en vez de debilitarse, el sentimiento de pertenecer a las diversas "tribus", y retrocede, hasta desaparecer o casi, el sentimiento de pertenecer a la comunidad nacional. Siempre con amargura, y a veces con un baño de sangre. Si nos situamos en la Europa occidental, el resultado es Bélgica; si lo hacemos en Oriente Próximo, es Líbano.

Estoy simplificando un poco, pero es hacia esa situación hacia la que se tiende desde el momento en que se franquea, cuando se abordan los problemas "étnicos", una cierta línea, la que permite que las pertenencias comunitarias se transformen en identidades de sustitución en vez de englobarlas en una identidad nacional redefinida y ampliada.

Reconocer, en el seno de la colectividad nacional, la pertenencia a varias cosas —una lengua, una religión, una región, etc.— puede muchas veces mitigar las tensiones, y sanear las relaciones entre los diversos grupos de ciudadanos; pero es un proceso delicado que no se puede poner en marcha a la ligera, porque hace falta muy poco para que produzca el efecto contrario del que se persigue. Se pretendía favorecer la integración de una comunidad minoritaria y se descubre, veinte años después, que se la ha confinado en un gueto del que ya no consigue salir; y que en vez de sanear el clima entre los diversos grupos de ciudadanos, se ha instaurado un sistema de demagogias, de recriminaciones y de ásperas reivindicaciones que ya no podrá pararse, con políticos que han hecho de ello su razón de ser y su negocio.

Toda práctica discriminatoria es peligrosa, incluso cuando con ella se pretende favorecer a una comunidad que ha sufrido. No sólo porque así se sustituye una injusticia por otra, y se refuerza el odio y la sospecha, sino también por una razón de principio que a mi juicio es aún más grave: mientras el sitio de una persona en una sociedad continúe dependiendo de su pertenencia a esta o aquella comunidad, se seguirá perpetuando un sistema perverso que inevitablemente hará más profundas las divisiones; si se pretende reducir las desigualdades, las injusticias, las tensiones raciales, étnicas, religiosas o de otro tipo, el único objetivo razonable, el único objetivo honorable, es que cada ciudadano sea tratado como un ciudadano de pleno derecho, cualesquiera que sean sus pertenencias. Ese horizonte no puede alcanzarse de la noche a la mañana, por supuesto, pero ello no justifica que se tire del carro en la dirección contraria.

Los descarríos del sistema de cupos y del "comunitarismo" han provocado tantos dramas, en diversas regiones del mundo, que parecen dar la razón a la actitud contraria, la que prefiere ignorar las diferencias y remitirse, en todas las cosas, al juicio supuestamente infalible de la mayoría.

A primera vista, esta posición refleja aparentemente el sentido democrático puro: que entre los ciudadanos haya musulmanes, judíos, cristianos, negros, asiáticos, hispanos, valones, flamencos... es algo que se quiere ignorar, pues !todos tienen voto en las elecciones, y no hay mejor ley que la del sufragio universal! El problema de esta venerable "ley" es que deja de funcionar correctamente en cuanto el cielo se llena de negros nubarrones.

En la Alemania de comienzos de los años veinte, el sufragio universal servía para formar coaliciones gubernamentales que reflejaban el estado de la opinión; a comienzos de los treinta, ese mismo sufragio universal, ejercido en un clima de crisis social aguda y de propaganda racista, condujo a la abolición de la democracia; cuando el pueblo alemán pudo volver a expresarse con serenidad había ya decenas de millones de muertos. La ley de la mayoría no es siempre sinónimo de democracia, libertad e igualdad; a veces es sinónimo de tiranía, sometimiento y discriminación.

Cuando una minoría está oprimida, la libertad de voto no la saca necesariamente de su opresión, e incluso es posible que agrave su situación. Hay que ser muy ingenuo —o, a la inversa, muy cínico— para sostener que, al dejar el poder a una facción mayoritaria, se reducen los sufrimientos de las minorías. Se estima que, en Ruanda, los hutus representan alrededor del noventa por ciento de la población, y el diez por ciento los tutsis. Unas elecciones "libres" serían hoy lo mismo que un censo étnico, y si se tratara de aplicar la ley de la mayoría sin ninguna cautela, se llegaría inevitablemente a una matanza, o a una dictadura. No he citado este ejemplo al azar.

Si examinamos un poco más de cerca el debate político que acompañó a las matanzas de 1994 observaremos que en todo momento los fanáticos decían actuar en nombre de la democracia, llegando incluso a comparar su levantamiento con la Revolución Francesa de 1789,y el exterminio de los tutsis, con la eliminación de una casta de privilegiados, como habían hecho Robespierre y sus amigos en la época en que reinaba la guillotina. Incluso algunos sacerdotes católicos se dejaron convencer de que debían ponerse "del lado de los pobres" y "entender su cólera", hasta el extremo de hacerse cómplices de un genocidio.

Si tal argumentación me preocupa no es sólo porque trate de ennoblecer el despreciable gesto del que siega vidas humanas, sino también porque pone de manifiesto cómo pueden "desviarse" los más nobles principios. Las matanzas étnicas se llevan a cabo siempre con los más hermosos pretextos —justicia, igualdad, independencia, derechos de los pueblos, —democracia, lucha contra los privilegios. Lo que ha ocurrido en varios países estos últimos años debería hacernos desconfiar cada vez que un concepto de vocación universal se utiliza en el marco de un conflicto relacionado con la identidad.

Entre las comunidades humanas que sufren discriminación, algunas son mayoritarias en su país, como sucedía en Sudáfrica hasta que se abolió el apartheid. Pero lo más frecuente es lo contrario: son los minoritarios los que sufren, los que se ven privados de sus derechos más elementales, los que viven constantemente el terror y la humillación. A quien vive en un país en el que da miedo confesar que uno se llama Pierre, o Mahmoud, o Baruch, y en el que esa situación existe desde hace cuatro generaciones, o cuarenta; a quien vive en un país en el que ni siquiera es necesaria esa "confesión" porque ya se lleva en el rostro el color de la pertenencia, porque se forma parte de lo que en algunas zonas se llama "las minorías visibles", no le hacen falta largas explicaciones para entender que los términos "mayoría" y "minoría" no siempre pertenecen al vocabulario de la democracia. Para que se pueda hablar de democracia es preciso que el debate ideo lógico pueda desarrollarse en un clima de relativa serenidad; y para que unas elecciones tengan sentido, es necesario que el voto fundamentado, el único que puede considerarse una expresión libre, haya sustituido al voto automático, al voto étnico, al voto fanático, al voto por la identidad. Cuando se sitúa en una lógica comunitarista, o racista, o totalitaria, el papel de los demócratas, en todas las partes del mundo, ya no consiste en hacer prevalecer las preferencias de la mayoría, sino en hacer respetar los derechos de los oprimidos, si es necesario contra la ley de los números.

En la democracia, lo que es sagrado son los valores, no los mecanismos.
Lo que ha de respetarse de manera absoluta y sin la menor concesión es la dignidad de los seres humanos, de todos los seres humanos, mujeres, hombres y niños, cualesquiera que sean sus creencias y el color de su piel, y también cualquiera que sea su importancia numérica; las diversas legislaciones electorales deben adaptarse a esa exigencia.

Si el sufragio universal puede ejercerse libremente sin que desemboque en demasiada injusticia, tanto mejor; si no, hay que tomar precauciones. En un momento u otro, todas las democracias tradicionales han recurrido a esas medidas de cautela. En el Reino Unido, donde el voto mayoritario es soberano, cuando se ha querido resolver el problema de la minoría católica en Irlanda del Norte se han ideado fórmulas electorales diferentes, que no tienen en cuenta sólo la implacable ley de los números. En Francia se ha establecido hace poco, para Córcega, donde está planteado un problema específico, una modalidad electoral regional que es distinta de la que se aplica en el resto del país.

En Estados Unidos, Rhode Island, con un millón de habitantes, tiene dos senadores, igual que los treinta millones de californianos —una transgresión de la ley de los números introducida por los padres fundadores para evitar que los estados más grandes aplastaran a los más débiles.

Me gustaría volver ahora, muy brevemente, sobre Sudáfrica. Porque allí se esgrimió hace poco un eslogan que puede prestarse a confusión, el de majority rule o gobierno de la mayoría.

En el contexto del apartheid era una simplificación comprensible, siempre que se precisara, como hizo entre otros Nelson Mandela, que el objetivo no era sustituir un gobierno blanco por un gobierno negro, ni sustituir una discriminación por otra, sino dar a todos los ciudadanos, con independencia de su origen, los mismos derechos políticos, la posibilidad de elegir libremente a los dirigentes que más les gustaran, fueran de ascendencia africana, europea, asiática o mixta. Y nada impide pensar que un día un negro sea elegido presidente de los Estados Unidos y un blanco presidente de Sudáfrica. No obstante, una posibilidad de ese tipo sólo parece imaginable al cabo de un eficaz proceso de armonización interna, de integración y de maduración, cuando finalmente cada candidato pueda ser juzgado, por sus conciudadanos, por sus cualidades humanas y sus opiniones, no por las pertenencias que ha heredado.

Es evidente que aún no es el caso.

En ningún sitio, realmente. Ni en Estados Unidos, ni en Sudáfrica, ni en ningún otro lugar. Las cosas van mucho mejor en unos países que en otros; pero por mucho que busco en el mapamundi no encuentro ni uno solo en el que la pertenencia de todos los candidatos a una religión o a una etnia les resulte indiferente a sus electores.

Hasta en las democracias más antiguas se mantienen ciertas rigideces.

Creo que hoy aún sería difícil que un "católico romano" llegara a primer ministro en Londres. En Francia no hay prejuicio alguno contra la minoría protestante, cuyos miembros, creyentes o no, pueden aspirar a las más altas funciones sin que el electorado tenga en cuenta nada que no sean sus méritos personales y sus opciones políticas; en cambio, de las alrededor de seiscientas circunscripciones metropolitanas, ninguna ha elegido a un musulmán para la Asamblea Nacional. Las elecciones no hacen sino reflejar la visión que una sociedad tiene de sí misma y de sus diversos componentes. Pueden ayudar a establecer el diagnóstico, pero nunca son por sí solas el remedio.

Quizá no debería haberme referido tan extensamente, en las páginas anteriores, a los casos de Líbano, Ruanda, Sudáfrica o la antigua Yugoslavia. Las tragedias que han ensangrentado estos países en los últimos años han ocupado tanto espacio en los medios de comunicación que todas las demás tensiones podrían parecer en comparación benignas, insignificantes incluso. Sin embargo —¿hace falta insistir?—, no existe hoy ni un solo país donde no sea necesario reflexionar sobre la forma de que puedan vivir juntas unas poblaciones distintas, sean locales o inmigradas. En todas partes hay tensiones, más o menos hábilmente contenidas, y que por lo general tienden a agravarse. Muchas veces, además, el problema se plantea a varios niveles al mismo tiempo; en Europa, por ejemplo, la mayoría de los Estados tiene a la vez problemas regionales o lingüísticos, problemas relacionados con la presencia de comunidades de inmigrados y también problemas "continentales", que son hoy menos graves pero que se irán manifestando a medida que avance la integración de los países de la Unión, pues también en ese caso habrá que organizar la "vida común" de veintitantas o treintaitantas naciones, cada una de ellas con su historia, su lengua y sus susceptibilidades propias. Hay que mantener, claro está, el sentido de la proporción. No todas las fiebres son anuncio de la peste. Pero no hay tampoco ninguna fiebre ante la que podamos encogernos de hombros. ¿Acaso no nos preocupamos por la propagación de la gripe, no vigilamos constantemente cómo evolucionan los virus? Es obvio que no todos los "pacientes" necesitan el mismo tratamiento.

En algunos casos deben establecerse "cautelas" institucionales, y a veces se precisa incluso, en los países que tienen "antecedentes graves", una supervisión activa de la comunidad internacional, a fin de impedir las matanzas y las discriminaciones y de preservar la diversidad cultural; en la mayoría de los demás basta con correctivos más sutiles, orientados sobre todo a sanear el clima social e intelectual. Pero en todas partes se deja sentir la necesidad de una reflexión serena y global sobre la mejor manera de domesticar a la bestia de la identidad.


Notas
[1] Robert Musil (Klagenfurt, 1880 — Ginebra, 1942) fue un escritor austríaco. Su obra más conocida es El hombre sin atributos, novela que constituye una de las obras narrativas más ambiciosas del siglo XX, en la que se discuten mil teorías, y consagró póstumamente a su autor, como un escritor que en sus obras combinó de una manera excepcional la ironía con la utopía, para analizar la gran crisis espiritual de su época y la descomposición del Imperio austro-húngaro.
[2] Johan August Strindberg (Estocolmo, 1849 — ibídem, 1912) fue un escritor y dramaturgo sueco. Considerado como uno de los escritores más importantes de Suecia y reconocido en el mundo, principalmente, por sus obras de teatro; se le considera el renovador del teatro sueco y precursor o antecedente del teatro de la crueldad y teatro del absurdo. Su carrera literaria comienza a los veinte años de edad y su extensa y polifacética producción ha sido recogida en más de setenta volúmenes que incluyen todos los géneros literarios.
[3] El comunitarismo ideológico es una ideología que subraya el derecho de la mayoría a tomar decisiones que afecten a la minoría. Se considera "de izquierdas" en los asuntos económicos y "de derechas" en lo social

Identidades asesinas, Cap. IV 
Título original: Les identités meurtriéres 
Traductor: Fernando Villaverde 
Madrid, Alianza Editorial, 1999 

7 nov. 2011

Amin Maalouf - Cuando la modernidad lleva la marca del "Otro",

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Cuando la modernidad lleva la marca del "Otro", no es de extrañar que algunas personas enarbolen los símbolos del arcaísmo para afirmar su diferencia. Lo vemos hoy en algunos musulmanes, hombres y mujeres, pero el fenómeno no es exclusivo de ninguna cultura ni de ninguna religión.

En Rusia, por ejemplo, hubo que esperar a la revolución bolchevique para que se renunciara finalmente al viejo calendario juliano. Porque parecía que sumarse al empleo del calendario gregoriano significaba reconocer que, en el forcejeo casi milenario entre la religión ortodoxa y la católica, era ésta quien había tenido la última palabra.

¿Era sólo un símbolo? En la Historia todo se explica con símbolos.

La grandeza y la sumisión, la victoria y la derrota, la felicidad, la prosperidad, la miseria. Y, más que ninguna otra cosa, la identidad. Para que se acepte un cambio no basta con que éste se ajuste al espíritu de la época. Es necesario también no herir en el plano simbólico, no darles a quienes se quiere hacer cambiar la impresión de que reniegan de sí mismos.

En Francia vengo observando desde hace unos años, entre algunos de mis amigos más próximos, una cierta tendencia a considerar la mundialización como una plaga. Ya no hablan tan maravillados de la "aldea global", y se apasionan sólo moderadamente con Internet y los últimos avances de las comunicaciones. Y es porque para ellos mundialización es sinónimo de americanización; se preguntan por el lugar que ocupará Francia el día de mañana en este mundo que se está uniformizando aceleradamente, qué va a ser de su lengua, su cultura, su prestigio, su irradiación exterior, su estilo de vida; se irritan cuando en su barrio se instala un fastfood, echan pestes contra Hollywood, la CNN, Disney y Microsoft, y rastrean en los periódicos los más mínimos giros sospechosos de anglicismo.

Si he puesto este ejemplo es porque revela, a mi juicio, de qué manera, incluso en Occidente, incluso en un país desarrollado en la cultura abierta y universalmente respetada, la modernización se hace sospechosa desde el momento en que se percibe como el caballo de Troya de una cultura extranjera dominante.

Es fácil imaginar entonces, a fortiori, lo que han podido sentir los diversos pueblos no occidentales para los que, desde hace ya muchas generaciones, cada paso que dan en su existencia está acompañado por un sentimiento de capitulación y de negación de sí mismos. Han tenido que reconocer que su técnica estaba superada, que todo lo que producían no valía nada en comparación con lo que se producía en Occidente, que seguir practicando la medicina tradicional era muestra de superstición, que su poderío militar no era más que un recuerdo del pasado, que sus grandes hombres a los que habían aprendido a venerar, los grandes poetas, los sabios, los soldados, los santos, los viajeros, no significaban nada para el resto del mundo, que su religión era sospechosa de barbarie, que sólo unos cuantos especialistas estudiaban ya su lengua mientras que ellos tenían que estudiar las lenguas de los demás si querían sobrevivir, trabajar y mantenerse en contacto con el resto de la humanidad... Cuando hablan con un occidental, es siempre en la lengua de él, nunca en la suya propia; en el sur y en el este del Mediterráneo hay millones de personas que saben inglés, francés, español o italiano. En la otra orilla, ¿a cuántos ingleses, franceses, españoles o italianos les ha parecido útil estudiar árabe o turco? Si, en cada paso que dan en la vida chocan con una decepción, una desilusión, una humillación. ¿Cómo no van a tener la personalidad magullada?  ¿Cómo no van a sentir que su identidad está amenazada? ¿Cómo no van a tener la sensación de que viven en un mundo que les pertenece a los otros, que obedece a unas normas dictadas por los otros, un mundo en el que ellos tienen algo de huérfanos, de extranjeros, de intrusos, de parias? ¿Cómo evitar que algunos tengan la impresión de que lo han perdido todo, de que ya no tienen nada que perder, y lleguen a desear, al modo de Sansón, que el edificio se derrumbe, !oh, Señor!, sobre ellos y sus enemigos? No sé si muchos de los que adoptan posturas extremistas se hacen este razonamiento de una manera consciente.

En realidad no lo necesitan. No hace falta describir una herida para sentir el dolor que produce.

Fue hacia finales del siglo XVIII cuando el mundo musulmán mediterráneo empezó a cobrar conciencia de su marginación y de la distancia que lo separaba de Occidente. Nunca es fácil fechar algo tan vago como una toma de conciencia, pero se suele aceptar que fue después de la campaña de Napoleón en Egipto, en 1799, cuando mucha gente, intelectuales o responsables políticos, empezó a hacerse preguntas como éstas: ¿por qué hemos acumulado tanto retraso?, ¿por qué Occidente está hoy tan avanzado?, ¿cómo lo ha conseguido?, ¿qué tenemos que hacer para alcanzarlo? Para Muhammad Alí, virrey de Egipto, la única manera de alcanzar a Europa era imitarla. Y fue muy lejos por ese camino: llamó a médicos europeos para que fundarán una facultad en El Cairo, introdujo a marchas forzadas las nuevas técnicas en la agricultura y en la industria, y hasta llegó a confiar el mando del ejército a un antiguo oficial de Napoleón; acogió incluso a los utopistas franceses -los sansimonianos- para que probaran en la tierra de Egipto las audaces experiencias que Europa no quería. En unos cuantos años logró hacer de su país una respetada potencia regional.

La voluntarista occidentalización por él promovida había empezado indudablemente a dar sus frutos. Con tanta decisión como Pedro el Grande, aunque con algo menos de brutalidad y encontrando mucha menos resistencia, este antiguo dignatario del imperio Otomano estaba construyendo en Oriente un Estado moderno digno de ocupar un sitio en el concierto de las naciones.

Pero el sueño se romperá, y los árabes no guardarán de esta experiencia más que un recuerdo amargo. Todavía hoy, intelectuales y dirigentes políticos evocan con tristeza, y con rabia, aquella cita a la que no acudieron, y a la menor ocasión le recuerdan a quien quiere oírles que las potencias europeas, para las cuales Muhammad Alí se había convertido en un personaje demasiado peligroso y demasiado independiente, se coaligaron para frenar su ascenso y llegaron incluso a enviar contra él una expedición militar común. Acabó su vida vencido y humillado.

En realidad, cuando se observa desde la distancia histórica todo el juego militar y diplomático que se desarrolló en torno a esta "cuestión de Oriente", cabe pensar razonablemente que se trataba de un episodio más de las relaciones de fuerzas entre las potencias. Inglaterra prefería, en la ruta de la India, a un imperio Otomano debilitado y enfermo antes que a un Egipto vigoroso y moderno. En el fondo, esta actitud no era distinta de la que había llevado a la propia Inglaterra a oponerse unos años antes a Napoleón y a promover una coalición capaz de desmantelar el imperio que éste acababa de construir. Pero el Egipto del siglo XIX no puede compararse con Francia; ésta era ya una gran potencia, y podía verse derrotada, aparentemente aniquilada, para levantarse una generación después próspera y conquistadora. En 1815, Francia estaba vencida y ocupada; en 1830, sólo quince años después, estaba ya lo bastante recuperada para lanzarse a la conquista de la inmensa Argelia. Egipto no gozaba de tanta salud. Estaba saliendo de una larga, larguísima somnolencia, y acababa precisamente de iniciar su modernización; el golpe que se le asestó en la época de Muhammad Alí resultaría fatal.

Nunca jamás se le volvería a presentar una ocasión como aquella de alcanzar al pelotón de cabeza.

La conclusión que los árabes extrajeron y aún extraen de aquel episodio es que Occidente no quiere que los demás se le parezcan; quiere sólo que lo obedezcan. En la correspondencia del señor de Egipto con las cancillerías hallamos pasajes desgarradores en los que no duda en subrayar la "acción civilizadora" que había iniciado; tras afirmar que siempre había respetado los intereses de los europeos, se preguntaba por qué querían sacrificarlo.

"No soy de su religión -escribe-, pero también soy un hombre, y se me ha de tratar humanamente".

Lo que revela el ejemplo de Muhammad Alí es que, en el mundo árabe, la modernización se percibió muy pronto como una necesidad, como una urgencia incluso. Pero que nunca pudo abordarse con serenidad. No sólo había que quemar etapas, mientras que Europa había podido asumir sus propios lastres culturales, sociales y religiosos, sino que además tenían que occidentalizarse y al mismo tiempo defenderse de un Occidente en plena expansión, insaciable y a menudo despreciativo.

He hablado de Egipto, pero podría haberlo hecho de China, que sufrió por esa misma época la infame "guerra del opio", en nombre de la libertad de comercio, porque se negaba a abrirse al lucrativo tráfico de la droga. Y es que el progreso de Occidente, cuya aportación a la humanidad entera fue incomparable, tuvo también -¿hace falta recordarlo?- sus aspectos poco gloriosos. Los acontecimientos en que se fundó el mundo moderno fueron también unos acontecimientos devastadores.

Sobrado de energía, consciente de su nueva fuerza, convencido de su superioridad, Occidente se lanzó a la conquista del mundo en todas las direcciones y en todos los ámbitos a la vez, extendiendo los efectos bienhechores de la medicina y las técnicas nuevas, y los ideales de la libertad, pero practicando al mismo tiempo la matanza, el saqueo y la esclavitud. Y suscitando por todas partes tanto rencor como fascinación.



En Identidades asesinas
Traducción: Fernando Villaverde
Imagen: © Eric Fougere/VIP Images/Corbis