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13 oct. 2014

Herta Müller - Mi familia

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Mi madre es una mujer que va siempre embozada.

Mi abuela ha perdido la visión. En un ojo tiene cataratas, y en el otro, glaucoma.

Mi abuelo tiene una hernia escrotal.

Mi padre tiene otro hijo de otra mujer. No conozco a la otra mujer ni al otro hijo. El otro hijo es mayor que yo, y la gente dice que por eso yo soy de otro hombre.

Mi padre le hace regalos de Navidad al otro hijo y le dice a mi madre que el otro hijo es de otro hombre.

El cartero siempre me trae cien leis en un sobre por Año Nuevo y dice que me los manda Papá Noel. Pero mi madre dice que yo no soy de otro hombre.

La gente dice que mi abuela se casó con mi abuelo por sus tierras y que estaba enamorada de otro hombre con el que hubiera sido mejor que se casara porque su parentesco con mi abuelo es tan cercano que aquello fue un cruzamiento consanguíneo.

La otra gente dice que mi madre es hija de otro hombre y mi tío es hijo de otro hombre, pero no del mismo otro hombre, sino de otro.

Por eso el abuelo de otro niño es abuelo mío, y la gente dice que mi abuelo es el abuelo de otro niño, pero no del mismo otro niño, sino de otro, y que mi bisabuela murió muy joven, aparentemente a consecuencia de un catarro, pero que aquello fue algo muy distinto de una muerte natural, que realmente fue un suicidio.

Y la otra gente dice que fue algo muy distinto de una enfermedad y de un suicidio, que fue un asesinato.

Al morir ella, mi bisabuelo se casó en seguida con otra mujer que ya tenía un hijo de otro hombre con el que no estaba casada, pero que a la vez también era casada y que después de ese otro matrimonio con mi bisabuelo tuvo otro hijo del que también dice la gente que es de otro hombre, no de mi bisabuelo.

Mi bisabuelo viajaba cada sábado, año tras año, a una pequeña ciudad que era un balneario.

La gente dice que en esa ciudad se juntaba con otra mujer.

Hasta se le veía en público llevando de la mano a otro niño con el que incluso hablaba otro idioma.

Nunca se le veía con la otra mujer, pero, según la gente, ésta sólo podía ser una prostituta del balneario, ya que mi bisabuelo nunca se dejaba ver con ella en público.

La gente dice que hay que despreciar a un hombre que tenga otra mujer y otro hijo fuera del pueblo, que aquello no es mejor que el incesto puro y simple, que aquello es aún peor que el cruzamiento consanguíneo, que aquello es pura y simple ignominia.


En En tierras bajas
Traducción: Juan José del Solar
Foto Cato Lein


29 jun. 2014

Herta Müller - El hombre de la caja de fósforos

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El fuego consume la aldea cada noche. Primero arden las nubes.

Cada verano se lleva un granero. Los graneros se incendian siempre en domingo, cuando la gente baila y juega a las cartas. El crepúsculo rueda por las calles como un intestino grueso. Luego arde lentamente allá en el fondo, entre la paja y el entramado de tallos. Y sólo uno lo sabe, el hombre de la caja de fósforos, que ventila su odio por las plantaciones de patatas, detrás de los maizales. En ese huerto arrastraba sacos y escardaba remolachas cuando era un niño enclenque. Dormía en el establo de esa casa, y en ella fue llamado peón por una niña de su misma edad que tenía trenzas rubias y lisas y en invierno comía naranjas y le salpicaba la cara con el fragante zumo de las mondas vacías. Ahora se interna por el maizal, y el susurro que oye a sus espaldas le hace creer que él mismo es el viento.

En la calle, el hombre gordo aún lo sigue con sus ojillos duros, y en la taberna se sienta a otra mesa y sólo de vez en cuando le mira la cara a través del ángulo que forma su brazo.

Y ya empieza a propagarse el fuego, ya se revuelca con sus ardientes faldas rojas y sube hasta los tejados. Y en el cielo de la aldea tiembla ya el incendio.

Fuego, grita alguien, luego chillan dos y al final braman todos la misma palabra, y la aldea entera se agita sobre la colina. Los hombres acuden con cubos.

Llegan los bomberos de su fiesta gremial con una bomba de incendios pintada de rojo que tiende hacia los árboles un brazo chillón y oscilante. Todo crepita y relumbra en torno al gran henil en llamas. Luego se oye un crujido, y las vigas se quiebran y caen a tierra. Y la caldera hierve, y las caras se ponen rojas y negras y se hinchan de miedo.

Me quedo de pie en el patio, y las piernas me brotan del cuello. No tengo sino este nudo en la garganta. Mi gaznate brinca por encima de las vallas.

El fuego me tortura con sus tenazas. El fuego se va acercando, y mis piernas son ya madera negra carbonizada.

Yo he prendido el fuego. Sólo los perros lo saben. Cada noche trasguean por mi sueño. No contarán nada, dicen, pero me ladrarán hasta que muera.

A nuestro patio fueron llegando hombres que vaciaban la leche en el huerto y se llevaban los cubos, y tiraban de la manga de mi padre diciéndole ven, tú también eres bombero y tienes un gorro precioso y un uniforme rojo oscuro. Papá se hizo eco de su clamor y salió detrás de ellos. Papá advirtió su terror en los ojos. Y su uniforme rojo oscuro echó a andar delante de él por el empedrado. Y a cada paso su gorro precioso le comía un trozo de su espesa cabellera. Un sudor cálido me bañaba la frente, las ondas rojas me quemaban el nervio óptico bajo los párpados.

Corro por la pradera. Allí está la multitud boquiabierta.

Y yo.

Siento sus penetrantes ojos en mi nuca.

Y a mi lado está siempre el hombre de la caja de fósforos.

Su codo, al lado mismo de mi brazo está su codo. Es duro y puntiagudo.

De sus zapatos caen trocitos de tierra del huerto. Nadie me mira. Todos no son más que espaldas y talones y lazos de delantal y puntas de pañuelos. Todos callan. Y aún hoy siguen callando, pero me excluyen.
Y él gana el juego de cartas el domingo. Y baila fabulosamente, el hombre de la caja de fósforos.



En En tierras bajas
Traducción: Juan José del Solar

1 abr. 2014

Herta Müller - El parque negro

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Quedarse en el bloque de viviendas, metida entre las cuatro paredes, escuchando cómo el viento remece las puertas, y prestar oído sólo porque la puerta no cierra.

Creer siempre que va a llegar alguien, y luego ver que anochece y ya es demasiado tarde para esa visita.

Mirar siempre cómo se hincha la cortina, como si una pelota gigantesca se metiera en el cuarto.

En los floreros las flores forman ramos tan grandes que ya no son sino espesura, una hermosa maraña, como si aquello fuera una vida.

Y el esfuerzo que nos cuesta esa vida.

Pasar sobre botellas que aún siguen en la alfombra desde ayer. La puerta del armario de par en par, como en una cripta yace en su interior la ropa, tan vacía como si su dueño no existiera.

El otoño para los perros en el parque, para las bodas tardías en los jardines de verano en noviembre, con dinero prestado y grandes flores de un rojo encendido y palillos en las aceitunas.

La comarca llena de novias en coches prestados, la ciudad llena de fotógrafos con gorras a cuadros. Tras los vestidos de novia se rompe la película.

Muchacha arrugada de ojos azules ¿adonde vas tan de mañana atravesando todo ese asfalto? Años y años cruzando el parque negro.

Cuando dijiste ya llega el verano, no pensaste en el verano. ¿Por qué hablas ahora del otoño, como si no fuera de piedra esta ciudad, como si alguna hoja pudiera secarse en ella?

Tus amigos tienen sombras en el pelo y te observan cuando estás triste, y se acostumbran y se resignan a ello. Eso es lo que eres ¿Qué puede uno hacer cuando, sea cual sea el tema de conversación, se habla siempre de perder? ¿Qué puede aún ser útil cuando el miedo en las copas de vino ayuda a combatir el miedo y la botella se va vaciando más y más?

Cuando la carcajada es estentórea, cuando se descoyuntan de risa, cuando se ríen hasta morir, ¿qué puede aún ser útil?

Y eso que aún somos jóvenes.

Y ha vuelto a caer un dictador, y la mafia ha vuelto a matar a alguien, y un terrorista agoniza en Italia.

No puedes beber, muchacha, para combatir tu miedo. Vas vaciando a sorbos esa copa como todas las mujeres que no tienen una vida, que no tienen cabida en este jaleo. Ni tampoco en el suyo propio.

Aún te lo pasarás mal, muchacha, dicen tus amigos.

Hay un vacío en tus ojos. Hay algo vacío y rancio en tus sentimientos. Lástima por ti, muchacha, lástima.


En En tierras bajas
Traducción: Juan José del Solar

2 feb. 2014

Herta Müller - La lágrima

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Amalie salió del patio del peletero. Echó a andar por la hierba llevando la cajita en su mano. La olió.

Windisch vio el ribete de la falda de Amalie proyectar su sombra sobre la hierba. Sus pantorrillas eran blancas. Windisch vio que Amalie mecía las caderas.

La caja estaba atada con una cinta plateada. Amalie se paró ante el espejo. Se miró en él. Buscó en el espejo la cinta plateada y tiró de ella. «La caja estaba en el sombrero del peletero», dijo.

En el interior de la caja crujió un papel de seda blanco. Sobre el papel blanco había una lágrima de vidrio. Tenía un agujero en la punta. Y una ranura en su interior. Bajo la lágrima había una hojita de papel. Rudi había escrito en ella: «La lágrima está vacía. Llénala de agua. Agua de lluvia, si es posible».

Amalie no podía llenar la lágrima. Era verano, y el pueblo se había quedado seco. Y el agua de pozo no era agua de lluvia.

Amalie acercó la lágrima a la luz de la ventana. Por fuera era rígida. Pero por dentro, a lo largo de la ranura, temblaba.

El cielo ardió siete días hasta vaciarse por completo. Se había desplazado hasta el extremo del pueblo. Ya en el valle, miró hacia el río. Y el cielo bebió agua. Y volvió a llover.

En el patio corría el agua sobre los adoquines. Amalie se paró con la lágrima junto al canalón. Vio cómo el agua iba llenando el vientre de la lágrima.

En el agua de lluvia también había viento. Un viento que impulsaba campanas de cristal por entre los árboles. Eran campanas opacas, en cuyo interior se agitaban remolinos de hojas. La lluvia cantaba. También había arena en la voz de la lluvia. Y cortezas de árbol.

La lágrima se llenó. Amalie la llevó a su habitación con las manos mojadas y los pies descalzos y llenos de arena.

La mujer de Windisch cogió la lágrima en su mano. El agua refulgía en su interior. Había una luz dentro del vidrio. El agua de la lágrima goteaba entre los dedos de la mujer de Windisch.

Windisch estiró la mano. Cogió la lágrima. El agua le empezó a chorrear por el codo. La mujer de Windisch se lamió los dedos húmedos con la punta de la lengua. Windisch la vio lamerse el dedo viscoso que se había sacado del pelo aquella noche tempestuosa. Miró la lluvia fuera. Sintió el flujo en la boca. El nudo del vómito le oprimió la garganta.

Windisch puso la lágrima sobre la mano de Amalie. La lágrima goteaba. Y el nivel del agua en su interior no bajaba. «Es agua salada. Te quema en los labios», dijo la mujer de Windisch.

Amalie se lamió la muñeca. «La lluvia es dulce», dijo. «La sal viene del llanto de la lágrima.»


En El hombre es un gran faisán en el mundo
Traducción: Juan José del Solar
Imagen: © Arne Dedert


7 sept. 2013

Herta Müller: Poemas de "Los pálidos señores con las tazas de moca"

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1

en la pequeña playa allí venían de nuevo
los finos socios juntos el
director general el putero y
su supuesta tita, el narigón
de mal sueño el
taxista liebre-miedoso el
inaudito probador de pieles el
flautista de zapatos blancos el
descansado doctor de reuma el
representante del zoo y algo más tarde
dos soldados que cada lunes
tenían permiso cuando se les contaba
en el comedor faltaba uno
el pantalón comprado demasiado pequeño estaba
allí sobre el banco su dueño era
un carpintero de veranda puede ser
que se ahogara


2

uno de los vecinos murió dos veces en la cama en enero
el mismo día incluso en este y en el siguiente
año el otro estaba sentado con su tablero de ajedrez
delante de la casa se quitó la gorra de borla y el tiempo
grande fuera rió desconcertado para que la atmósfera se pusiera
mejor yo por mi parte no me preocupé mucho casi menos
que vosotros de mí así de joven sólo tiró de la
cortina y corrió a través de la ventana al entierro
como música de acompañamiento tuve que llorar al
sochantre goteó mi nariz en el zapato hasta
que le pareció demasiado y entonces desgarró uno de sus cantos fúnebres
de su cuaderno musical me lo dio como pañuelo
y dijo cuando se seque me lo quedo de nuevo
está claro?


3

Madre se convirtió en una ortiga
Padre se convirtió en un álamo
en lugar de esto me dijo uno
durante la cena
todo amor se nos convierte en lampazo
yo sé en lo que él se convirtió
y cómo yo me empaqueto
pero me gustaría ser la espuma
en la boquilla del clarinete
el penumbroso dinero de los ladrones
o el flaco ladrido de los perros
contra la marca de las costillas de una chaqueta.


4

A mediodía llegó este cliente con la
pesada cabeza de madera pelada se sentó relajado delante
en el taburete y dijo al señor Klenk que
le cortara el pelo él iba a pagar toda la cuenta
y después iría en coche a una
boda
el señor Klenk dijo estamos de acuerdo
detrás del hombre comenzó con diez encorvados
dedos a viajar a través de lo vacío y con
la boca a zumbar como una herramienta


5

Conozco el fresno ese el
borde del día y la cesta con dos
ruedas conozco también
en mirada redonda el
cuadrado de residencia cuando nadie
mira entonces cambiamos atolondrada
mente la piel


6

Y nada acaba
en el alfabeto de la angustia
tan cabezacaninamente pesado
y a la vez lagartijamente delicado
como el presente


1

am kleinen Strand da kamen wieder
die feinen Mitglieder zusammen der
Hauptvorsteher der Fremgeher und
dessen sogenante Tante der langnasige
Schlafgestörte der
angsthasige Taxifahrer der
unerhörter Pelzprobierer der
weissbeschuhte Flötenspieler der
ausgeruhte Rheumadoktor der
Zoovertreter und etwas später
zwei Soldaten die jeden Montag
Urlaub harren als man sie
beim Essen zählte fehlte einer
die su klein gekaufte Hose lag
dort auf der Bank ihr Herr war
ein Verandaschreiner kann sein
dass er ertrank


2

der eine Nachbar starb zweimal im Bett im Januar
am selben Tag sogar in diesem und in nächsten
Jahr der andere sass mit seinem Schachbrett
vorm Haus zog die Quastenmütze und die Zelt
gross raus lachte verwirrt damit das Wetter besser
wird ich wiederum hielt eh nicht viel schier weniger
als ihr von mir So derart jung zog nur den
Vorhang an und lief durchs Fenster zur Beerdigung
zum Begleitmusik musste ich weinen dem einen
Kantor tropfte meine Nase auf den Shuh bis
es ihm zu wider war da riss er eins der Grablieder
aus seinem Notenbuch gab es mir als Taschentuch
und sagte wenns trocken ist krieg ich es wieder
ist das klar


3

Mutter wurde eine Nessel
Vater wurde eine Pappel
stattdessen sagte einer
mir beim Abendessen
alle Liebe wird uns mal zur Klette
weiss ich was er wurde
und wie ich mich verpacke
aber ich wäre gern der Schaum
am Lippenstück der Klarinette
das dämmerige Geld der Diebe
oder das magere Gebell der Hunde
gegen das Rippenmuster einer Jacke


4

zur Mittagsstunde kam dieser Kunde mit dem
schweren holzkahlen Kopf setzte sich locker vorn
auf den Hocker und sagte Herrn Klenk er
solle ihn scheren er wolle die volle Rechnung
bezahlen und dann zu einer Hochzeit
Fahren
Herr Klenk sagte wir sind uns im Klaren
begann hinter de Mann mit zehn krummen
Fingern durchs Leere zu fahren und mit
dem Mund wie ein Werkzeug zu brummen


5

die Esche kenn ich die den
Tagrand und die gehtasche die
zwei räder hat kenne ich auch
im runde Blick das
Bleibquadrat wenn niemand
schaut dann tauschen wir Hals
über Kopf die Haut


6

und nichts gerät
im Alphabet der Angst
so hundeköpfig plump
und gleichzeitig eidechsig zart
wie die Gegenwart



Traducción de José Luis Reina Palazón
Málaga, Eda Libros, 2010
Cortesía Tinta China
Foto original color: Kim Manresa

20 ago. 2013

Descarga: Herta Müller - El hombre es un gran faisán en el mundo

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Descarga: Herta Müller - El hombre es un gran faisán en el mundo

En esta obra la autora refleja la resignación y desesperanza interior de los años previos a su exilio. Aborda el destino de una familia de origen alemán que espera con ansiedad la autorización para abandonar Rumanía. Los personajes, asfixiados por unas fronteras no solamente geográficas, trazadas por los aparatos represivos de la dictadura, reflejan una gran tensión en sus vidas. 

«He escrito un libro titulado El hombre es un gran faisán en el mundo. Ése es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir “He vuelto a ser un faisán”, que significa: “He vuelto a fracasar”, “No lo he logrado”. O sea, en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina.» Herta Müller.

16 jul. 2013

Descarga: Herta Müller - La bestia del corazón

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Descarga: Herta Müller - La bestia del corazón

Un grupo de cuatro amigos que se resisten a ser anulados por el sistema, ven en el suicidio de Lola, una joven estudiante del sur de Rumanía que intenta escapar de la pobreza durante el régimen de Ceausescu, una razón para continuar resistiéndose. Porque La bestia del corazón nos habla de la resistencia que se ha de tener para que no destruyan nuestra individualidad. Y habla también de la corrupción y la asimilación social, de la violación de las normas, del hastío del mundo, de ser «un error para nosotros mismos». Herta Müller nos describe en esta sobrecogedora novela, llena de poesía, una sociedad que excava su propia tumba a través de la supresión y de las privaciones materiales: «Si nos mantenemos en silencio, nos odiamos a nosotros mismos. Si hablamos, nos volvemos ridículos»

7 jun. 2013

Herta Müller: La bestia del corazón (comienzo)

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Cuando callamos, nos tornamos desagradables, dijo Edgar. Cuando hablamos, nos tornamos ridículos.
Llevábamos demasiado rato en el suelo, delante de las fotos. Se me habían dormido las piernas de estar sentada.
Con las palabras en la boca aplastamos tantas cosas como con los pies sobre la hierba. Pero también con el silencio.
Edgar guardó silencio.
Aún hoy no puedo imaginarme una tumba. Sólo un cinturón, una ventana, una nuez y una soga. Cada muerte es para mí como un saco.
Si te oyen decir eso, dijo Edgar, te tomarán por loca.
Y cuando pienso en ello, tengo la sensación de que cada muerto deja tras de sí un saco repleto de palabras. Siempre me acuden a la mente el barbero y la tijera de manicura, porque los muertos ya no los necesitan. Y también se me ocurre que los muertos ya nunca más perderán un botón.
Tal vez intuyen cosas distintas a nosotros, dijo Edgar, quizás intuyen que el dictador es un error.
Poseían la prueba, pues también nosotros éramos un error para nosotros mismos. Porque en este país nos veíamos obligados a andar, comer, dormir y amar con miedo hasta que volvíamos a necesitar al peluquero y la tijera de manicura.
Alguien que sólo por el hecho de andar, comer, dormir y amar hace cementerios, dijo Edgar, es un error aún mayor que nosotros. Es un error para todos, un error dominante.
La hierba despunta sobre la cabeza. Cuando hablamos queda segada. Pero también cuando callamos. Y entonces, la segunda y la tercera hierba crecen a su antojo. Y pese a todo, somos afortunados.
Lola procedía del sur del país, y se advertía en ella una tierra que no había logrado salir de la miseria. No sé dónde se advertía, tal vez en los pómulos, en la comisura de los labios o en el centro de los ojos. Resulta difícil afirmarlo con seguridad, se trate de una tierra o de un rostro. Todas las tierras del país habían quedado sumidas en la miseria, también todos los rostros. Pero la tierra de Lola, ya se detectara en los pómulos, las comisuras de los labios o el centro de los ojos, era aún más pobre quizás. Más tierra que paisaje.
La aridez todo lo devora, escribe Lola, salvo las ovejas, los melones y las moreras.
Pero no fue la aridez lo que empujó a Lola a la ciudad. Lo que aprendo nada le importa a la aridez, escribe Lola en su cuaderno. La aridez no nota cuánto sé. Sólo lo que soy, o sea quien soy. Convertirme en alguien en la ciudad, escribe Lola, y regresar al pueblo al cabo de cuatro años. Pero no abajo, al camino polvoriento, sino arriba, a las ramas de las moreras.
También en la ciudad había moreras. Pero no en las calles, sino en los patios. Y no en muchos. Sólo en los patios de los ancianos había moreras. Y bajo el árbol había una silla de asiento acolchado y tapicería de terciopelo. Pero el terciopelo aparecía salpicado de manchas y desgarrado. Y alguien había rellenado el agujero desde abajo con paja. La paja estaba aplastada por el peso de quienes se sentaban, y pendía bajo el asiento como una trenza.
Si te acercabas a la silla desechada, podías distinguir las briznas de la trenza. Y comprender que algún día habían sido verdes.
En los patios con moreras, la sombra caía como un manto de tranquilidad sobre un rostro anciano sentado en la silla. Como un manto de tranquilidad, porque yo entraba en aquellos patios para mi propia sorpresa y raras veces regresaba. Y en aquellas raras ocasiones, un hilillo de luz que descendía en línea recta desde la copa del árbol sobre el rostro anciano mostraba una tierra lejana. Un escalofrío me recorría la espalda, porque aquella tranquilidad no procedía de las ramas de la morera, sino de la soledad de los ojos. No quería que me vieran en aquellos patios. Que alguien me preguntara qué hacía allí. No hacía nada más de lo que veía. Contemplaba las moreras durante largo rato. Y entonces, antes de marcharme, me volvía una vez más hacia el rostro de la silla. En aquel rostro había una tierra. Veía un muchacho o una muchacha abandonar aquella tierra con un saco en el que llevaba una morera. Veía todas las moreras traídas a la ciudad.
Más tarde leí en el cuaderno de Lola: lo que se saca de la tierra se lleva en el rostro.
Lola quería estudiar cuatro años de ruso. El examen de ingreso había sido fácil, pues las plazas no escaseaban ni en la universidad ni en las escuelas rurales. Poca gente quería estudiar ruso. Los deseos son difíciles, escribe Lola, los objetivos resultan más sencillos. Un hombre que estudia, escribe Lola, lleva las uñas limpias. Dentro de cuatro años vendrá conmigo, pues este tipo de hombres sabe que será un señor en el pueblo. Que el barbero vendrá a su casa y se descalzará antes de entrar. Nunca más ovejas, escribe Lola, nunca más melones, sólo moreras, pues todos tenemos hojas.
Un pequeño cubículo por habitación, una ventana, seis chicas, seis camas, bajo cada una de ellas una maleta. Junto a la puerta un armario empotrado, en el techo sobre la puerta un altavoz. Los coros obreros cantaban del techo a la pared, de la pared a las camas hasta que caía la noche. Sólo entonces callaban, como las calles ante la ventana y el parque desgreñado por el que ya nadie paseaba. En cada residencia había cuarenta de aquellos cubículos.
Alguien dijo que los altavoces ven y oyen todo lo que hacemos.
La ropa de las seis chicas estaba apretujada en el armario. Lola era quien menos ropa tenía. Se ponía los vestidos de todas las demás. Las medias de las chicas se guardaban en las maletas que yacían bajo las camas.
Alguien cantó:

Mi madre dice
que me dará
cuando me case
veinte cojines grandes
llenos de mosquitos
veinte cojines pequeños
llenos de hormigas
veinte cojines blandos
llenos de hojas podridas

y Lola se sentó en el suelo, junto a la cama, para abrir su maleta. Rebuscó entre las medias y levantó un amasijo de piernas, dedos y talones. Dejó caer las medias al suelo. Le temblaban las manos, y parecía tener más de dos ojos en el rostro. Tenía las manos vacías, más de dos manos en el aire. Casi tantas manos en el aire como medias en el suelo.
Ojos, manos y medias no se soportaban en una canción que se cantaba a dos camas de distancia. Que se cantaba desde una cabeza pequeña que se mecía con una arruga de pesar en la frente. Una canción de la que la arruga desaparecía de inmediato.
Bajo cada cama había una maleta llena de medias de algodón enredadas. En todo el país recibían el nombre de medias estándar. Medias estándar para chicas que querían medias lisas y transparentes. Y también querían laca, rímel y esmalte de uñas.
Bajo las almohadas de las camas había escondidas seis cajitas de rímel. Seis chicas escupían en la caja y removían el tizne con palillos hasta que la pasta negra se adhería a ellos. Luego abrían los ojos de par en par. El palillo les arañaba los párpados, las pestañas se tornaban negras y espesas. Pero al cabo de una hora se abrían lagunas grises en las pestañas. La saliva se secaba, y el tizne se desplomaba sobre las mejillas.
Las chicas querían tizne en las mejillas, rímel en el rostro, pero nunca más el hollín de las fábricas. Sólo un montón de medias transparentes, porque se hacían carreras en seguida, y las chicas tenían que atraparlas en los tobillos y en los muslos. Atraparlas y sellarlas con esmalte de uñas.
Costará mantener blancas las camisas de un señor. Será mi amor cuando al cabo de cuatro años regrese conmigo a la aridez. Si consigue deslumbrar a los paseantes del pueblo con muchas camisas blancas, será mi amor. Y si es un señor a cuya casa acude el barbero y se descalza antes de entrar. Costará mantener blancas las camisas con toda esa porquería infestada de pulgas.
Pulgas incluso en las cortezas de los árboles, dijo Lola. No son pulgas, contestó alguien, sino piojuelos. Lola escribe en su cuaderno: Los piojuelos son peores aún. Alguien dijo, no atacan a la gente, porque la gente no tiene hojas. Lola escribe, lo atacan todo cuando quema el sol, incluso el viento atacan. Y todos tenemos hojas. Las hojas caen cuando dejamos de crecer, porque la niñez ha terminado. Y las hojas vuelven cuando nos marchitamos, porque el amor ha terminado. Las hojas crecen a su antojo, escribe Lola, como la hierba alta. Dos o tres niños del pueblo no tienen hojas y viven una gran niñez. Son hijos únicos cuyos padres son personas cultas. Los piojuelos convierten a los niños mayores en niños pequeños, a un crío de cuatro años en uno de tres, a uno de tres en uno de un año. Y en uno de medio año, escribe Lola, y en un recién nacido. Y cuantos más hermanos crían piojuelos, más pequeña es la niñez.


Título original: Herztier
Traductor: Bettina Blanch Tyroller
©1994, Herta Müller
©2009, Siruela
Foto © Soeren Stache - EPA

28 ene. 2013

Herta Müller: La lechuza joven

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Hace ya una semana que la lechuza joven está en el valle. La gente la ve cada tarde al volver de la ciudad. Un crepúsculo gris envuelve los rieles. Unos maizales negros, extraños, ondean al paso del tren. La lechuza joven se instala entre los cardos marchitos como si fueran nieve.

La gente se apea en la estación. Nadie habla. Hace una semana que el tren no pita. Todos llevan sus bolsos pegados al cuerpo. Vuelven a sus casas. Si se encuentran con alguien en el camino de vuelta, dicen: «Este es el último respiro. Mañana llegará la lechuza joven, y con ella, la muerte».

El cura manda al monaguillo a lo alto del campanario. La campana repica. Al cabo de un rato, el monaguillo vuelve a bajar a la iglesia totalmente pálido. «Yo no tiraba de la campana, sino ella de mí»? dice. «Si no me hubiera agarrado de la viga, hace rato que habría volado por los aires.»

El repique de las campanas confunde a la lechuza joven, que regresa al campo. Hacia el sur. Siguiendo el Danubio. Vuela hasta la zona de las cascadas, donde están los soldados.



En El hombre es un gran faisán en el mundo (1986)
Traducción: Juan José del Solar
Madrid, Ediciones Siruela, 1992
Foto: Ekko von Schwichow

6 sept. 2012

Herta Müller - Sobre los dolores fantasmas del reloj de cuco

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Herta Müller © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis


Una noche del verano del segundo año vimos colgado de la pared, encima del cubo de hojalata del agua potable, justo al lado de la puerta, un reloj de cuco. No conseguimos averiguar cómo había llegado hasta allí. Así que pertenecía al barracón y al clavo del que pendía, a nadie más. Pero nos molestaba a todos y a cada uno de nosotros. En la tarde vacía se oía el tictac, ya fueses, vinieses, durmieses en tu cama o te limitases a permanecer tumbado, enfrascado en ti mismo o esperando porque estabas demasiado hambriento para quedarte dormido y demasiado débil para levantarte. Pero la espera no traía nada, salvo el tictac en la úvula, duplicado por el tictac del reloj.

Para qué necesitábamos allí un reloj de cuco. Para medir el tiempo, no nos hacía falta. No teníamos nada que medir: por las mañanas, el himno que sonaba por el altavoz del patio nos despertaba, y por la noche, nos mandaba a la cama. Siempre que nos necesitaban iban a buscarnos y nos sacaban del patio, de la cantina, del sueño. Las sirenas de la fábrica eran un reloj, al igual que la nube blanca de la torre de refrigeración y las campanitas de las baterías de coque.

Seguramente el reloj de cuco lo había traído Kowatsch Anton, el tamborilero. A pesar de que juraba que no tenía nada que ver con el asunto, le daba cuerda a diario. Si está colgado debe de funcionar, aducía.

Era un reloj de cuco normal y corriente, pero lo que no era normal era el cuco. Salía a menos cuarto y daba la media hora, y a los cuartos, la hora entera. A la hora en punto lo olvidaba todo o se equivocaba, duplicando la hora o dividiéndola por dos. Kowatsch Anton aseguraba que el cuco funcionaba perfectamente con respecto al horario de otras zonas del mundo. A Kowatsch Anton le enloquecía el reloj entero: el cuco, sus dos férreas pesas en forma de piña y el ágil péndulo. Le habría encantado hacer anunciar al cuco durante toda la noche sus otras zonas del mundo. Pero el resto del barracón no quería permanecer en vela ni dormir en las zonas del mundo del cuco.

Kowatsch Anton era tornero en la fábrica, y en la orquesta del campo, percusionista y tamborilero de la Paloma, que se bailaba plegado. Se había fabricado sus instrumentos en el torno del taller de cerrajería, era un manitas. Quería regular el cuco cosmopolita adaptándolo a la disciplina diurna y nocturna rusa. Estrechando la glotis en el mecanismo del cuco, pretendía incorporar a éste una voz nocturna breve y sorda, una octava más baja, y un canto diurno más prolongado y agudo. Sin embargo, antes de que llegase a dominar las costumbres del cuco, alguien lo arrancó del reloj. La puertecita del cuco colgaba, torcida, de su bisagra. Y cuando el mecanismo de relojería quería animar al pájaro a cantar, la puertecita se abría a medias, pero en lugar del cuco salía de la casita un trocito de goma que parecía una lombriz de tierra. El trozo de goma vibraba y se oía un cencerreo lamentable similar a las toses, carraspeos, ronquidos, pedos, suspiros que se producían durante el sueño. Así la lombriz de goma protegió nuestro descanso nocturno.

A Kowatsch Anton le entusiasmó tanto la lombriz de tierra como el cuco. Él no era solamente un manitas, también sufría por no tener en la orquesta del campo ningún compañero de swing, como antes en Karansebesch, en su Big Band. Por la noche, cuando el himno que brotaba del altavoz nos conducía hacia el barracón, Kowatsch Anton, con un alambre doblado, adaptaba el trocito de goma al cencerreo nocturno. Siempre se quedaba un rato junto al reloj, observando su rostro en el cubo de agua y esperando como hipnotizado el primer cencerreo. En cuanto se abría la puertecita, se agachaba un poco y su ojo izquierdo, algo más pequeño que el derecho, brillaba con absoluta precisión. Una vez, después del cencerreo, dijo más para sí que para mí: Uy, la lombriz ha heredado del cuco bastantes dolores fantasmas.

A mí el reloj me gustaba.

Pero no el cuco loco, ni la lombriz, ni el péndulo ágil. Sin embargo, me encantaban las dos pesas, las piñas de abeto. Eran lento hierro pesado, y a pesar de ello me recordaban los bosques de abetos de las montañas de mi tierra. Altas, por encima de la cabeza, muy juntas, las capas de pinocha de un negro verdoso; por debajo, en rigurosa disposición hasta donde alcanza la vista, las piernas de madera de los troncos, que se detienen cuando estás parado, caminan cuando caminas y corren cuando corres. Pero de un modo completamente distinto al tuyo, como un ejército. Entonces, cuando el corazón se te sube a la garganta de miedo, sientes bajo tus pies la brillante piel de pinocha, esa calma luminosa con piñas diseminadas. Te agachas y coges dos: te guardas una en el bolsillo del pantalón y conservas la otra en la mano, y ya no estás solo. Ella te devuelve la cordura: el ejército no es más que un bosque y la soledad dentro de él, un simple paseo.

Mi padre se esforzó mucho, quiso enseñarme a silbar y a interpretar la procedencia del eco cuando silba alguien que se ha perdido en el bosque. Y cómo encontrarlo silbando a tu vez. Entendí la utilidad del silbido, pero no aprendí a expulsar el aire de la boca a través de los labios fruncidos. Yo los fruncía equivocadamente hacia dentro, de forma que se me hinchaba el pecho en lugar del tono en los labios. Nunca aprendí a silbar. Por más que intentaba enseñarme, yo sólo pensaba en lo que veía, que en los hombres los labios brillan por dentro, como cuarzo rosa. Él me decía que ya lo comprobaría, que comprendería su utilidad. Se refería a los silbidos. Pero yo pensaba en la piel cristalina de los labios.

En realidad el reloj de cuco pertenecía al ángel del hambre. Porque en el campo lo que importaba no era nuestro tiempo, sino la pregunta: Cuco, cuánto viviré todavía.


En Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Imagen: © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

29 jul. 2012

Herta Müller - Cuadernos rayados

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Herta Müller © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

Al día siguiente era domingo. Estrené el cuaderno rayado. El primer capítulo se titulaba: Prólogo. Empezaba con la frase: Me entenderás, signo de interrogación.

El tuteo iba dirigido al cuaderno. Y en siete páginas trataba de un hombre llamado T. P. Y de otro con el nombre A. G. Y de un K. H. y un O. E. De una mujer con el nombre B. Z. A Trudi Pelikan le di el nombre supuesto de Cisne. Escribí el nombre de la planta, Koksokhim Zavod, y de la estación del ferrocarril minero, Jasinovataia. También los nombres Kobelian e Imaginaria-Kati. Mencioné asimismo a su hermano pequeño Piold y su momento de lucidez. El capítulo terminaba con una larga frase:

Al amanecer, después de lavarme, se desprendió de mis cabellos una gota que resbaló por la nariz hasta la boca como una gota de tiempo, lo mejor será que me deje crecer una barba trapezoidal, para que nadie más en la ciudad me reconozca.

En las semanas siguientes amplié el prólogo con tres cuadernos más.

Omití que, en el viaje de regreso, Trudi Pelikan y yo subimos sin previo acuerdo a diferentes vagones de ganado. Silencié mi vieja maleta de gramófono. Describí con exactitud mi nueva maleta de madera, mis nuevas ropas: las balétki, la gorra de visera, la corbata y el traje. Oculté mi llanto convulsivo durante el regreso, al llegar al campo de acogida de Sighetul Marmatiei, la primera estación de ferrocarril rumana. También la cuarentena de una semana en un almacén de mercancías al final de la vía de la estación. Yo me derrumbé por dentro por miedo a mi deportación, a la libertad y a su precipicio más cercano, que cada vez acortaba más el camino a casa. Con mi nueva carne, mis nuevas ropas y las manos levemente hinchadas, permanecía entre la maleta del gramófono y la maleta de madera nueva como si estuviese en un nido. El vagón de ganado no estaba precintado. La puerta se abrió de par en par, el tren entró rodando en la estación de Sighetul Marmatiei. Una nieve fina cubría el andén, caminé sobre azúcar y sal. Los charcos grises estaban helados, el hielo arañado como el rostro de mi hermano cosido.

Cuando el policía rumano nos tendió los salvoconductos para el viaje de regreso, recogí la despedida del campo y sollocé. Hasta casa, con dos transbordos en Baia Mare y Klausenburg, mediaban a lo sumo diez horas. Nuestra cantante Loni Mich se arrimó al abogado Paul Gast, dirigió sus ojos hacia mí y creyó susurrar. Pero yo entendí todas y cada una de sus palabras: Mira cómo llora ése, algo lo supera, dijo.

He reflexionado con frecuencia sobre esta frase. Después la escribí en una página en blanco. Al día siguiente la taché. Al otro volví a escribirla debajo. Volví a tacharla, volví a escribirla. Cuando la hoja estuvo llena, la arranqué. Eso es el recuerdo.

En lugar de mencionar la frase de la abuela, sé que volverás, el pañuelo blanco de batista y la leche saludable, describí durante páginas, con estilo triunfal, el pan propio y el pan de mejilla. A continuación, mi tesón en el intercambio de salvación con la línea del horizonte y las carreteras polvorientas. Con el ángel del hambre me entusiasmé, como si en lugar de torturarme me hubiera salvado. Por eso taché Prólogo y escribí encima Epílogo. Era el gran fiasco interior de estar ahora en libertad irremisiblemente solo y ser un testigo falso para mí mismo.

Escondí mis tres cuadernos rayados en mi nueva maleta de madera, que yacía bajo mi cama y era mi armario ropero desde mi regreso al hogar.


En Todo lo que tengo lo llevo conmigo
Traducción: Rosa Pilar Blanco
Imagen: © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

17 mar. 2012

Herta Müller: Peras podridas

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Los huertos son de un verde penetrante. Las vallas nadan en pos de sombras húmedas. Los cristales de las ventanas se deslizan desnudos y fulgurantes de casa en casa. El campanario da vueltas, la cruz de los héroes da vueltas. Los nombres de los héroes son largos y borrosos. Käthe lee esos nombres de abajo arriba. El tercero desde abajo es mi abuelo, dice. Al llegar a la iglesia se santigua. Frente al molino brilla el estanque. Las lentejas de agua son ojos verdes. En el juncal vive una serpiente gorda, dice Käthe. El guardián nocturno la ha visto. De día come peces y patos. Por la noche se arrastra hasta el molino y come salvado y harina. La harina que deja queda impregnada por su saliva. Y el molinero la tira al estanque, porque es venenosa.
Los campos están boca abajo. Arriba, entre las nubes, los campos están cabeza abajo. Las raíces de girasoles encordelan las nubes. Las manos de papá van girando el volante. Veo el pelo de papá por la ventanita, tras la caja de tomates. La camioneta avanza rápido. El pueblo se hunde en el azul. Pierdo de vista el campanario. Veo la pierna de mi tía pegada a la pernera de papá.
Al borde de la carretera van pasando las casas. Casas que no son pueblos, porque yo no vivo aquí. Por las calles deambulan con aire extraño unos hombrecillos de perneras borrosas. Sobre puentes estrechos y susurrantes se agitan faldas de mujeres desconocidas. Veo niños solitarios de piernas flacas y desnudas, sin calzoncillos, de pie bajo muchos árboles grandes. Tienen manzanas en las manos. No comen. Hacen señas y llaman con la boca vacía. Nadie les hace una breve seña y desvía la mirada. Yo les hago señas un buen rato. Miro largo tiempo sus piernas flacas hasta que se difuminan y ya sólo veo los árboles grandes.
La llanura queda al pie de las colinas. El cielo de nuestro pueblo sostiene las colinas, que no caen a la llanura por entre las nubes. Ahora ya estamos lejos, dice Käthe y bosteza hacia el sol. Papá tira una colilla encendida por la ventanilla. Mi tía agita las manos y habla.
Entre las vallas, las ciruelas son verdes y pequeñas. En el pastizal, las vacas rumian y miran el polvo de las ruedas. La tierra trepa entre la hierba sobre piedras peladas, raíces y cortezas. Käthe dice: esos son cerros y las piedras son rocas.
Junto a las ruedas de la camioneta, los arbustos siguen la corriente de aire. De sus raíces brota agua. El helecho bebe y sacude su tejido de encajes. La camioneta avanza por caminos grises y angostos. Se llaman serpentines, dice Käthe. Los caminos se enmarañan. Nuestro pueblo queda muy por debajo de los cerros, digo yo. Käthe se ríe: los cerros están aquí en las montañas, y nuestro pueblo está allí, en la llanura, me dice.
Los postes kilométricos me miran, blancos. La media cara de papá se yergue sobre el volante. Mi tía coge a papá de la oreja.
Los pajarillos saltan de rama en rama. Se pierden en el bosque. Sus piulidos son breves. Cuando no tocan las ramas, vuelan con las patitas pegadas al vientre y no pían. Käthe tampoco sabe cómo se llaman.
Käthe hurga en la caja de pepinillos y saca uno puntiagudo. Lo muerde frunciendo la boca y escupe las mondas.
El sol cae detrás del cerro más alto. El cerro tiembla y devora la luz. Donde vivimos el sol se pone detrás del cementerio, le digo.
Käthe me dice, mientras se come un gran tomate: en la montaña oscurece más temprano que donde vivimos. Käthe pone su delgada mano blanca en mi rodilla. La camioneta tiembla entre la mano de Kaihe y mi rodilla. En la montaña el invierno también llega antes que donde vivimos, le digo.
La camioneta husmea con sus faros verdes la orilla del bosque. El helecho esparce sus tejidos de encaje en las tinieblas. Mi tía apoya la mejilla en el cristal y se duerme. El cigarrillo de papá brilla sobre el volante.
La noche devora las cajas en la camioneta, devora la verdura en las cajas. En medio de las montañas los tomates huelen más que en casa. Käthe ya no tiene brazos ni cara. Su cálida mano me acaricia la rodilla fría. La voz de Käthe está sentada a mi lado y me habla desde lejos. Me muerdo en silencio los labios para que la noche no me deje sin boca.
La camioneta se para en seco. Papá apaga los faros verdes, se apea y exclama: hemos llegado. La camioneta está frente a una gran casa iluminada por bombillas. El tejado es negro como el bosque. Mi tía cierra la portezuela y le entrega a papá un camisón de dormir. Con su índice curvo señala la oscuridad y dice: el pueblo queda allá arriba. Yo sigo la dirección que señala su índice y me topo con la luna.
Aquí está el molino de agua, dice Käthe. Papá se pone el camisón bajo el brazo y le entrega una llave a mi tía. Mi tía abre la puerta verde de la casa. Käthe dice: la vieja vive arriba, en la aldea, en casa de su hermana.
Mi tía desaparece tras una puerta negra. Es su habitación, dice papá. Él sube por la angosta escalera de madera y cierra tras de sí la trampilla. Käthe y yo nos acostamos en el vestíbulo, en una cama angosta bajo una ventanita negra con cortinas de encaje blanco. A través de la pared se filtra un rumor de agua. Käthe dice: es el arroyo.
El pelo de Käthe cruje en mi oído. Ante la ventanita negra está la luna suspendida entre las negras fauces de las nubes. Allí queda el pueblo.
Las piernas de Käthe se han hundido más que las mías. La cabeza de Käthe está más arriba que la mía. De la barriga de Käthe sale aire caliente. Bajo mi cuerpo pequeño y delgado cruje el saco de paja.
Detrás de la puerta negra rechina la cama. Detrás de la trampilla cruje el heno.
El aire caliente que sale de la barriga de Käthe huele a peras podridas. La respiración de Käthe murmura en sueños. De las cortinas de encaje blanco crecen macizos de flores húmedas con tallos rastreros y hojas serpenteantes.
Un chirrido cae escaleras abajo. Levanto la cabeza y la dejo caer de nuevo. Papá baja siguiendo el chirrido. Está descalzo. Con sus grandes dedos palpa la puerta negra. La puerta no chirría. Los dedos de los pies de papá crujen y el candado de la puerta negra se cierra tras él en silencio. Mi tía suelta una risita y dice: pies fríos. Papá hace chasquear los labios y dice: ratones y heno. La cama rechina. La almohada respira ruidosamente. La manta se encabalga en largas sacudidas. Mi tía gime. Papá jadea. La cama da breves sacudidas sobre su armazón.
Detrás de la casa balbucea el arroyo. El guijarro apremia, las piedras oprimen. La mano de Käthe se agita en sueños. Mi tía suelta una risita, papá susurra algo. Tras la ventana negra revolotea una hoja redonda.
El candado de la puerta negra chirría. Papá sube la angosta escalera descalzo, sin apoyar los talones. Lleva la camisa abierta. Su andar huele a peras podridas. La trampilla chirría y se cierra lentamente. Käthe gira la cabeza en sueños. Las piernas de papá rechinan en el heno.
El arroyo balbucea entre mis ojos: he hecho cosas deshonestas, he visto cosas deshonestas, he oído cosas deshonestas, he leído cosas deshonestas. Hundo las manos bajo la manta. Con los dedos dibujo serpentines en mis muslos. Sobre mi rodilla está nuestro pueblo. La barriga le tiembla a Käthe en sueños.
Los macizos de flores inclinan sus tallos blancos. La ventana negra tiene una grieta gris. De las nubes cuelgan montones de cordoncitos rojos. Los abetos reverdecen en la punta de sus ramas.
En la puerta negra aparece la cara desmadejada de mi tía. Bajo su camisón de dormir tiemblan dos melones. Mí tía dice algo sobre unas nubes rojas y el viento. Käthe bosteza abriendo su boca grande y colorada y levanta los brazos ante la ventanita. La trampilla gimotea. Papá baja la escalera angosta agachado. Tiene la cara mal afeitada y dice: ¿habéis dormido bien? Yo digo: sí. Käthe asiente con la cabeza. Mi tía se abotona la blusa. Entre los melones el botón resulta muy pequeño y se le sale del ojal. Mi tía mira a papá a la cara y repite su frase sobre el viento y las nubes rojas. Papá se apoya contra la escalera de madera y se peina. Del peine grasiento hace rodar un nido de pelo negro por la escalera. A las dos vendremos a buscaros, dice. Mi tía mira sonríendo la puerta verde y dice: Käthe ya sabe. La camioneta arranca. Mi tía se sienta junto a papá. Se peina con el peine grasiento. Tiene canas detrás de las orejas.
Miro los anchos tejados rojos. Käthe dice: allá arriba está el pueblo. Yo pregunto: ¿es grande? Käthe dice: pequeño y feo.
Me tumbo en la hierba. Käthe se sienta en una piedra junto al arroyo.
Veo los calzoncitos azules de Käthe con la mancha amarilla de peras podridas entre sus muslos. Käthe deja resbalar su falda entre las piernas. Käthe azota el agua bajo las piedras con un palo. Yo miro el agua y le pregunto: ¿eres ya una mujer? Käthe tira guijarros al agua y dice: sólo la que tiene un marido es una mujer. ¿Y tu madre, qué?, le pregunto partiendo una hoja de abedul con los dientes. Käthe deshoja una margarita y va diciendo: me quiere, no me quiere. Käthe arroja al agua el corazón amarillo de la margarita: pero mi madre tiene hijos, dice. La que no tiene marido, tampoco tiene hijos.
¿Dónde está él?, pregunto. Käthe deshoja un helecho: me ama, muerto, no me ama. Pregúntale a tu madre si no me crees. Me pongo a coger margaritas. La vieja Elli no tiene hijos, digo. Nunca ha tenido un marido, dice Käthe. De una pedrada aplasta una rana con manchas pardas. Elli es una solterona, dice Käthe. El pelo rojo se hereda. Yo miro el agua. Sus gallinas también son rojas, y sus conejos tienen ojos rojos, digo. De las margaritas salen pequeños insectos negros que corren por mi mano. Elli canta en el huerto por las tardes, digo. Käthe se para sobre un tocón y exclama: canta porque bebe. Las mujeres tienen que casarse para dejar de beber. ¿Y los hombres?, le pregunto. Beben porque son hombres, dice Käthe saltando sobre la hierba. Son hombres aunque no tengan mujer. ¿Y tu novio?, le pregunto. También bebe, porque todos beben, dice Käthe. ¿Y tú?, le pregunto. Käthe pone los ojos en blanco. Yo me casaré, dice. Lanzo una piedra al agua y digo: pues yo no bebo ni pienso casarme. Käthe se ríe: aún no, pero más tarde sí, todavía eres muy pequeño. ¿Y si no quiero?, digo. Käthe se pone a coger fresas salvajes. Ya querrás cuando seas grande, dice.
Tumbada en la hierba, Käthe come fresas salvajes. Tiene arena roja pegada entre los dientes. Sus piernas son largas y pálidas. La mancha en los calzoncitos de Käthe es húmeda y de color marrón oscuro. Käthe va tirando los tallitos vacíos de las fresas por encima de su cara y canta: y me lo traerá aquel al que amo como a nadie, y que me hace feliz. Y su lengua roja gira y acaba colgada de un hilo blanco en su cavidad bucal. Eso es lo que Elli canta en su huerto por las tardes, digo. Käthe cierra la boca. ¿Cómo sigue?, le pregunto. Käthe se arrodilla en la hierba y hace señas. La camioneta llega rodando desde los anchos tejados. Sobre ella traquetean las cajas vacías.
Papá se apea de la camioneta y cierra con llave la puerta verde de la casa. Mi tía se queda sentada junto al volante y cuenta dinero. Käthe y yo nos trepamos a la camioneta, que arranca en seguida. Käthe va sentada a mi lado, sobre una caja de pepinillos vacía.
La camioneta va deprisa. Veo cuan profundos son los bosques. Los pajarillos sin nombre revolotean sobre el camino. Las manchas de sombra de las lunas festonean la cara de Käthe. Sus labios tienen bordes cortantes y oscuros. Sus pestañas son espesas y puntiagudas como pinochas.
Por las aldeas no se ven hombres ni mujeres. Bajo los grandes árboles no hay niños desnudos. Entre los grandes árboles hay fruta marchita. Perros de pelaje hirsuto corren ladrando tras las ruedas.
Las colinas se diluyen en campos espaciosos. La llanura yace sobre su negro vientre. No sopla viento. Käthe dice: pronto llegaremos a casa. Va tirando de las ramas de acacia al pasar. Con sus manos blancas arranca las flores de los tallos y se queda sin cara. Su voz dice muy quedo: me ama, no me ama. Käthe mordisquea el tallo desnudo.
Detrás del campo se yergue un campanario gris: aquella es nuestra iglesia, dice Käthe. El pueblo es llano y negro y mudo. A la entrada del pueblo cuelga Jesús en la cruz. Tiene la cabeza inclinada y enseña las manos. Los dedos de sus pies son largos y descarnados. Käthe se santigua.
El estanque brilla negro y vacío. La gran serpiente come salvado y harina en el molino. El pueblo está vacío. La camioneta se detiene ante la iglesia. No veo el campanario. Veo las largas paredes gibosas detrás de los álamos.
Käthe se aleja con mi tía por la calle negra. La calle no tiene dirección. No veo el empedrado. Me siento junto a papá. El asiento aún guarda el calor de las piernas de mi tía y huele a peras podridas.
Papá conduce y conduce. Se pasa la mano por el pelo, se pasa la lengua por los labios. Papá conduce con las manos y los pies por el pueblo vacío.
Detrás de una ventana sin casa oscila una luz. Papá atraviesa la sombra del portón y entra en el patio. Estira el toldo sobre la camioneta.
Mamá está sentada al borde de la mesa, bajo la luz. Está zurciendo un calcetín de lana gris sin talón. La lana se desliza suavemente de su mano. Mamá clava la mirada en la americana de papá. Y sonríe. Su sonrisa es débil y renquea al borde de sus labios.
Papá empieza a contar unos billetes azules sobre la mesa. Diez mil, dice en voz alta. ¿Y mi hermana?, pregunta mamá. Papá dice: ya le he dado su parte. Y ocho mil son para el ingeniero. Mamá pregunta: ¿de aquí? Papá niega con la cabeza. Mamá coge el dinero con ambas manos y lo lleva al armario.
Estoy en mi cama. Mamá se inclina hacia mí y me da un beso en la mejilla. Sus labios son duros como sus dedos. ¿Cómo dormisteis allí?, me pegunta. Cierro los ojos: papá arriba, entre el heno, mi tía en su habitación y Käthe y yo en el vestíbulo, le digo. Mamá me da un besito en la frente. Sus ojos tienen un brillo frío. Da media vuelta y se marcha.
En la habitación, el tic-tac del reloj repite: he oído cosas indecentes. Mi cama está en la llanura, entre un río poco profundo y un bosque de hojas cansadas. Tras la pared de la habitación, la cama da breves sacudidas. Mamá gime. Papá jadea. Sobre la llanura cuelgan una infinidad de camas negras y peras podridas.
La piel de mamá es fláccida. Sus poros están vacíos. Las peras podridas vuelven a replegarse en la piel. El sueño es negro bajo los párpados.


En tierras bajas 
Trad. Juan José del Solar
Foto: © Rafael Del Rio/ Dpa/dpa/Corbis

30 abr. 2011

Herta Müller - Tango opresivo

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El liguero de mamá le deja marcas profundas en la cintura y le encabalga el estómago sobre el bajo vientre encorsetado. El liguero de mamá es de damasco azul claro con tulipanes descoloridos y tiene dos verrugas de goma blancas y dos hebillas de alambre inoxidable.

Mamá pone las medias de seda negra sobre la mesa. Las medias de seda tienen pantorrillas gruesas y transparentes de cristal negro. Las medias de seda tienen talones redondos y opacos y dedos afilados y opacos de piedra negra.

Mamá se sube las medias de seda negra. Los tulipanes descoloridos nadan desde las caderas sobre el vientre de mamá. Las verrugas de goma se vuelven negras y las hebillas se cierran.

Mamá introduce sus dedos de piedra, mamá comprime sus talones de piedra dentro de los zapatos negros. Los tobillos de mamá son dos gaznates de piedra negra.

Severa y ronca, la campana tañe la misma palabra. Su tañido llega desde el cementerio. La campana dobla a muerto.

Mamá lleva la oscura corona de ramos de abeto y crisantemos blancos. La abuela desgrana el susurrante rosario de cuentas blancas con la imagen redonda de la Virgen sonriente y la descolorida inscripción de la monarquía en húngaro: Szüz Mária, Köszönöm. El rosario se columpia bajo el índice de la abuela, colgando de su menuda falange enrojecida.

Yo llevo un manojo de helechos enmarañados, de nervaduras muy finas, y un puñado de velas tan blancas y frías como mis dedos.

El vestido de mamá forma pliegues negros. Los zapatos de mamá taconean en pasitos cortos. Los tulipanes de mamá nadan en torno a su vientre.

La campana repite la misma palabra en su tañido. El eco la sigue y la precede y no se extingue. Con sus pantorrillas de cristal y sus tobillos de piedra avanza mamá a pasitos cortos hacia el eco de la palabra, internándose en el tañido.

Ante los pasos de mamá camina el pequeño Sepp con una corona de siemprevivas y crisantemos blancos.

Yo avanzo entre la oscura corona de ramos de abeto y el rosario susurrante de cuentas blancas. Voy detrás de mi helecho enmarañado.

Atravieso la puerta del cementerio y tengo la campana ante mi cara. Tengo el tañido de la campana debajo del pelo. Tengo el tañido en la sien, junto a los ojos, y en las blandas articulaciones de mi mano, bajo el helécho enmarañado; tengo el nudo bamboleante del cordón de la campana en la garganta.

El índice de mi abuela tiene manchas azulinas en la raíz de la uña y está muerto. La abuela cuelga su rosario susurrante de cuentas blancas en la lápida, sobre la cara de papá. Donde están los ojos hundidos de papá está ahora el rojo corazón descarnado de la Virgen sonriente. Donde están los labios duros de papá está ahora la inscripción húngara de la monarquía.

Mamá se ha inclinado sobre la oscura corona de ramos de abeto. Su estómago le encabalga el bajo vientre. Los crisantemos blancos se enrollan sobre las mejillas de mamá. Su vestido negro ondea al viento que vaga por entre las tumbas. El pie de cristal negro de mamá tiene una grieta angosta y blanca que le sube por las piernas hasta la verruga de goma, hasta el vientre de mamá, sobre el cual nadan los tulipanes.

La abuela pellizca con su índice muerto el helecho enmarañado que está al borde de la tumba. Yo introduzco las velas blancas por entre las nervaduras y horado la tierra con las frías puntas de mis dedos.

El fósforo vacila azul en la mano de mamá. Los dedos de mamá tiemblan y la llama tiembla. La tierra devora las falanges de mis dedos. Mamá pasea la llama alrededor de la tumba y dice: no hay que horadar la tierra de las tumbas con los dedos. La abuela estira su índice muerto y señala el corazón rojo y descarnado de la Virgen sonriente.

En las escaleras de la capilla aguarda el cura. Sobre sus zapatos cuelgan unos pliegues negros. Los pliegues suben por su vientre y llegan hasta la barbilla. Detrás de su cabeza oscila la cuerda de la campana, el grueso nudo. El cura dice: recemos por las almas de los vivos y los muertos, y junta las manos huesudas sobre su barriga.

Los ramos de abeto doblan sus pinochas, el helecho curva sus enmarañadas nervaduras. Los crisantemos huelen a nieve, las velas huelen a hielo. El aire se pone negro sobre las tumbas y murmura una oración: y tú, Dios nuestro, Señor de los ejércitos celestiales, libéranos de este exilio. Sobre la torre de la capilla, la noche es tan negra como los pies de cristal de mamá.

Las velas destilan una maraña chorreante de su dedos. La maraña chorreante se pone tiesa como mis costillas al contacto con el aire. El pabilo, deshecho y carbonizado, no aguanta las llamas. Por entre las velas quebradas rueda un terrón bajo el helecho.

Mamá tiene en su frente los crisantemos enrollados y dice: no hay que sentarse sobre las tumbas. La abuela estira su índice muerto. La grieta en la pierna de mamá es tan ancha como el índice muerto de la abuela.

El cura dice: mis queridos fieles, hoy es el día de Todos los Santos; nuestros queridos difuntos, las almas de nuestros muertos, celebran hoy una fiesta de alegría. Es su día de fiesta.

El pequeño Sepp, con las manos cruzadas sobre la corona de siemprevivas, está junto a la tumba vecina: libéranos de este exilio, oh Señor. Su cabello canoso tiembla bajo la luz trémula.

Con su acordeón rojo, el pequeño Sepp acompaña a las blancas y ondulantes novias por el pueblo; acompaña a las parejas de invitados a la boda con sus blancos lazos de cera en torno al altar, bajo el corazón rojo y descarnado de la Virgen sonriente; acompaña la torta de vainilla con las dos palomas blancas de cera encima y la deja ante la cara de la novia. Con su acordeón rojo, el pequeño Sepp toca el tango opresivo para los brazos y las piernas de los hombres y las mujeres.

El pequeño Sepp tiene dedos cortos y zapatos cortos. Con sus dedos cortos bien estirados presiona las teclas. Las teclas anchas son de nieve, las teclas angostas, de tierra. El pequeño Sepp presiona muy poco las teclas angostas. Cuando las presiona, la música se enfría.

Los muslos de papá se pegan al vientre de mamá, en torno al cual nadan los tulipanes descoloridos.

La novia ondulante es la vecina. Hace señas con el índice. Me corta un trozo de tarta y, sonriendo tímidamente, me pone sobre la mano las blancas palomas de cera.

Cierro la mano. Las palomas se calientan como mi piel y sudan. Meto las blancas palomas de cera en una albóndiga de carne y en un pan al que le hinco el diente. Engullo el pan y escucho el tango opresivo.

Mamá pasa bailando con los tulipanes que nadan en los muslos de mi tío junto al borde de la mesa. Tiene los crisantemos enrollados en torno a la boca y dice: con la comida no se juega.

El cura levanta sus manos huesudas en nombre del Señor: libéranos de este exilio. De sus manos asciende una chorreante maraña de humo que flota en torno al nudo del cordón de la campana y sube hasta la torre.

La tumba se ha hundido, dice mamá. Hay que echarle dos carretadas de tierra y una de estiércol fresco para que crezcan las flores. El zapato negro de mamá cruje en la arena. Es algo que bien puede hacer tu tío por tu hermano muerto, dice mamá.

La abuela se cuelga el rosario de cuentas blancas en su índice muerto.

Los ojos hundidos de papá miran el pie de cristal negro de mamá con la grieta blanca. Los zapatos negros de mamá van sorteando toperas entre tumbas desconocidas.

Atravesamos la puerta del cementerio. El pueblo se hunde en sí mismo y huele a ramos de abelo y helecho, a crisantemos y maraña de cera.


Ante mis pasos va el pequeño Sepp.

El pueblo es negro. Las nubes son de damasco negro.

La abuela desgrana su rosario de cuentas blancas. Mamá me aprieta los dedos en su mano.
Papá es nuestra alma muerta. Papá tiene hoy su día de fiesta y pasa bailando a la orilla del pueblo.

El liguero de mamá le deja marcas profundas en la cintura. Papá pega sus muslos contra una nube de damasco negro mientras baila un tango opresivo.





En tierras bajas
Traducción del alemán de Juan José del Solar