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3 feb. 2014

Luciano de Samósata (S. II a.JC) - Diálogos con los muertos

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La muerte de Faetón
(Júpiter y el Sol)

Júpiter.- ¿Qué has hecho, miserable Titán? Has destruido cuanto hay en la Tierra por haber confiado tu carro a un joven inexperto, que ha abrasado una parte por llevarlo muy cerca de la Tierra, y ha hecho que la otra perezca de frío por haber alejado demasiado el fuego, y, en una palabra, no ha habido cosa que no haya trastornado y confundido. Si no advierto yo lo que ocurría y le derribo con el rayo, no queda seguramente ni resto del género humano: tan excelente auriga y conductor nos pusiste al frente del carro.

Sol.- Reconozco mi falta, Júpiter; pero perdóname si he cedido a las reiteradas súplicas de mi hijo. ¿Cómo podía esperar que sobreviniese tal desastre?

Júpiter.- ¿Pues no sabías el exquisito cuidado que requiere el oficio, y que, a poco que uno se desvía del camino, todo está perdido? ¿Ignorabas acaso la fogosidad de los caballos, y que es preciso tenerlos fuertemente de las riendas? Si se les abandona, se desenfrenan al punto; y en efecto, como era de esperar, han llevado al conductor ya a la derecha, ya a la izquierda, atrás, arriba, abajo, y, en fin, adonde han querido, sin que el desdichado supiera qué hacer con ellos.

Sol.- Todo eso lo sabía; y por lo mismo me negué durante mucho tiempo a confiarle la dirección del carro; pero tantas fueron sus instancias y sus lágrimas, y tal también el empeño de su madre, Clymenes, que al fin le permití subir al carro, advirtiéndole cómo había de mantenerse firme; hasta qué punto debería dar rienda para vencer la subida y acortarla después en la bajada, y cómo había de dominar siempre las bridas sin abandonarlas jamás al ímpetu de los caballos; también le previne el gran peligro que corría si no marchaba en línea recta. Pero él, que es un niño, al verse sobre tanto fuego y en medio del profundo abismo que a su alrededor se abría, se aterrorizó, como es natural. Los caballos conocieron que no era yo quien los regía, y, burlándose del chiquillo, se salieron del camino e hicieron todas esas atrocidades. Y él temiendo caerse, a lo que yo presumo, soltó las bridas y se agarró a la delantera del carro. Mas ya pagó su cometido; y en cuanto a mí, oh Júpiter, satisfágate mi dolor.

Júpiter.- ¿Satisfágame tu dolor, dices, después de tan enorme atrevimiento? Por esta vez, sin embargo, te otorgo mi perdón; pero si en lo sucesivo cometes una falta semejante, o envías para que te sustituya un suplente por el estilo, has de experimentar bien pronto cuánto más abrasador que tu fuego es mi rayo. Ahora, que sepulten a ése sus hermanas a la orilla del Eridano, donde cayó cuando fue precipitado del carro; que viertan sobre él lágrimas de ámbar y que se transformen ellas mismas en álamos en conmemoración de este suceso. Y tú compón el carro, que está roto y tiene destrozada la lanza y una de las ruedas; engancha los caballos y continúa la carrera. Pero acuérdate bien de todo esto.



El juicio de las diosas
(Júpiter, Venus, Juno, Mercurio, Minerva y Paris o Alejandro)

Júpiter.- Mercurio, toma esta manzana y vete a Frigia en busca del hijo de Príamo, el pastor, que apacienta sus bueyes en el Gárgaro del Ida, y le dices: "Paris, Júpiter te manda, puesto que eres hermoso y perito en asuntos de amor, que decidas cuál de estas diosas es la más bella; y la que obtenga la victoria que reciba esta manzana como premio del certamen". Y vosotras, oh diosas, marchad también a la presencia de vuestro juez. Yo me eximo del arbitraje, porque a las tres os amo igualmente, y, si fuera posible, vería con gusto que todas tres salíais vencedoras. Pero de pronto sucedería necesariamente que al dar a una el premio de la hermosura había de incurrir de lleno en el odio de las demás. Por esto no soy yo el juez a propósito para vosotras; mas ese joven frigio, a cuya presencia vais, es de estirpe real, pariente de nuestro Ganimedes, sencillo, como acostumbrado a vivir en las montañas, y nadie podrá juzgarle indigno de una inspección de este género.

Venus.- Yo, Júpiter, aunque nos impusieses por juez al mismo Momo, iría con toda confianza a la prueba. ¿Qué podría censurar en mí? Pero es preciso que el árbitro sea también del agrado de éstas.

Juno.- Tampoco nosotras, Venus, abrigamos temor alguno, ni aunque tu Marte fuese el encargado de la decisión, y aceptamos a ese Paris, quienquiera que sea.

Júpiter.- ¿Y tú, hija mía, eres también del mismo parecer? ¿Qué dices? ¿Vuelves la cabeza y te poner colorada? Es natural que a las doncellas os causen rubor estas cosas. Pero estás conforme. Id, pues, y no os agraviéis contra el juez las que salgan vencidas, ni ocasionéis mal alguno a ese joven, porque no es posible que las tres seáis igualmente bellas.

Mercurio.- Marchemos rectamente a Frigia; yo os guiaré; seguidme vosotras sin dilación, y tened buen ánimo; yo conozco a ese Paris: es un joven hermoso, enamorado y muy a propósito para resolver estas cuestiones; seguramente que no será desacertado su juicio.

Venus.- Lo que dices de la justificación de nuestro juez es bueno y favorable para mí. ¿Pero es acaso soltero, o tiene en su compañía a alguna mujer?

Mercurio.- No es completamente soltero, Venus.

Venus.- ¿Cómo dices?

Mercurio.- Creo que vive con él una muchacha del Ida, no desagradable, aunque agreste y en extremo montaraz; mas no parece que se cuida mucho de ella. ¿Por qué me lo preguntas?

Venus.- Lo preguntaba sin objeto.

Minerva.- ¡Eh, tú! Estás faltando a los deberes de tu comisión hablando a solas con ésa.

Mercurio.- Nada de particular decíamos, Minerva, ni mucho menos perjudicial a vosotras; sino que me preguntaba si Paris es soltero.

Minerva.- ¿Y a qué viene esa curiosidad impertinente?

Mercurio.- No sé; dice que le ocurrió por casualidad y me lo preguntaba sin objeto.

Minerva.- Y qué: ¿es soltero?

Mercurio.- Parece que no.

Minerva.- Di: ¿y a las cosas de la guerra tiene afición? ¿Es amante de la gloria? ¿O es meramente un pastor?

Mercurio.- No podré decírtelo con seguridad; pero es de suponer que siendo joven tenga aspiraciones y quiera ser el primero en los combates.

Venus.- ¿Estás viendo? Yo no me incomodo ni te acrimino porque hables aparte con ella. No es del carácter de Venus el andar siempre con quejas.

Mercurio.- Me preguntaba casi lo mismo que tú: por lo cual no debes inquietarte ni creerte en condición menos ventajosa, porque le contestado con la misma sencillez que a ti. Pero con la conversación hemos caminado mucho y alejándonos tanto de las estrellas, que estamos ya casi en Frigia; y aún veo el Ida y todo el Gárgaro perfectamente; y, si no me engaño, distingo también a vuestro juez Paris.

Juno.- ¿Dónde está? Yo no lo veo.

Mercurio.- Mira por allí, Juno, a la izquierda, no en la cima del monte, sino en la ladera, donde ves una gruta y una manada de bueyes.

Juno.- Pero no veo los bueyes.

Mercurio.- ¿Qué dices? ¿No ves, siguiendo la dirección de mi dedo, aquellas terneras que salen de entre los riscos, y aquel hombre que corre desde lo alto de la roca con un cayado en la mano para impedir que el ganado se disperse?

Juno.- Ahora lo veo, si es que es aquél.

Mercurio.- Pues aquél es. Y ya que estamos cerca, bajémonos a Tierra, si os parece, y caminemos a pie, para no asustarle descendiendo ante su vista de improviso.

Juno.- Dices bien; así debemos hacerlo. Y cuando estemos abajo, a ti, Venus, te corresponde ir delante y enseñarnos el camino, porque es natural que conozcas bien el terreno, habiendo venido muchas veces, según voz pública, a visitar a Anquises.

Venus.- No me hacen gran efecto, oh Juno, tus provocaciones.

Mercurio.- Yo seré vuestro guía; he permanecido algún tiempo en el Ida cuando Júpiter estaba enamorado del jovencito frigio, y muchas veces vine aquí comisionado por él para espiar al niño; y cuando ya se transformó en águila, yo volaba a su lado y le ayudé a levantar su amada presa. De esta roca, si no recuerdo mal, le arrebató. Casualmente estaba en aquel momento tocando la flauta junto a su rebaño, cuando Júpiter, bajando su vuelo por detrás de él, le asió muy suavemente con las uñas, mordió con el pico el casquete que llevaba en la cabeza y remontó al pobre muchacho, que aturdido volvía sin cesar el cuello para mirarle. Yo entonces recogí la flauta que él de miedo había dejado caer. Pero nuestro juez está ya cerca: hablémosle.

-Salud, pastor.

Paris.- Igualmente, joven. ¿Quién eres y a qué vienes por aquí? ¿Quiénes son esas mujeres que traes contigo? Ciertamente que no han nacido para vivir en las montañas, tan bellas como son.

Mercurio.- Es que no son mujeres: tienes ante tu vista, oh Paris, a Juno, a Minerva y a Venus; y a mí, que soy Mercurio, enviado por Júpiter. Mas ¿por qué tiemblas? ¿Por qué palideces? Nada temas, no venimos a molestarte; sino que Júpiter ha ordenado que tú seas el juez de la hermosura de estas diosas. "Pues que tú eres hermoso -dice- y versado en los lances del amor, a ti remito el arbitraje". Ahora bien; el premio del certamen lo sabrás leyendo lo que hay escrito en esta manzana.

Paris.- Trae, veré lo que dice: "Recíbala la más hermosa". ¿Cómo, soberano Mercurio, podré yo, simple mortal e ignorante campesino, ser juez en un examen tan extraño y superior a lo que a un pastor puede alcanzársele? El resolver tales cuestiones es propio de hombres de más fino gusto, y educados en la elegancia de las ciudades; en cuanto a mí, podría cuando más discernir con algún conocimiento de la materia si una cabra o una ternera es más hermosa que otra. Además estas diosas son igualmente bellas, y no sé cómo podría separar los ojos de una para dirigirlos a otra; porque no quieren ceder fácilmente, sino que donde primero se inclinaron allí permanecen fijos y alaban lo que presencian; y si por acaso se vuelven a otra parte, ven allí otra hermosura igual y se detienen extasiados ante lo que contemplan; en una palabra, la hermosura de estas diosas me cautiva y me arrebata por completo, sintiendo verdaderamente no poder, como otro Argos, mirar con todo mi cuerpo. Me parece que el fallo más acertado sería dar la manzana a las tres. Por otra parte, sucede que ésta es hermana y esposa de Júpiter, y estas otras sus hijas. ¿Cómo, pues, no me será enojosa en tales circunstancias la resolución?

Mercurio.- No sé; pero no es posible eludir el mandato de Júpiter.

Paris.- Una sola cosa, oh Mercurio: aconséjales que no se incomoden conmigo las dos que salgan vencidas, sino que lo consideren exclusivamente como error de mis ojos.

Mercurio.- Así dicen que lo harán. Conque ya es tiempo de que procedas al juicio.

Paris.- Lo intentaremos, ¿qué remedio me queda? Pero antes deseo saber si bastará examinarlas, tal como están, o si convendría que se desnudasen para mayor escrupulosidad del examen.

Mercurio.- Eso tú, como juez, lo has de decir; ordena cómo quieres.

Paris.- ¿Cómo quiero? Quiero verlas desnudas.

Mercurio.- ¡Ah! ¡Vosotras, desnudaos! Tú examina; yo ya me vuelvo de espaldas.

Venus.- Bien, Paris; yo me desnudaré la primera para que veas que no tengo solamente los brazos blancos, ni me envanezco por tener los ojos grandes, sino que soy igualmente bella en todo y por todos.

Paris.- Desnúdate, pues, Venus.

Minerva.- Que se desnude, Paris, antes de quitarse el ceñidor, porque es hechicera y podría alucinarte con él; así como así, no debiera presentarse tan compuesta y enjabelgada de colorete, verdaderamente como una cortesana, sino mostrar su belleza tal como es.

Paris.- Dices bien en lo del cinturón; quítatelo.

Venus.- ¿Y por qué tú, Minerva, no te quitas también el capacete y muestras tu cabeza desnuda, sino que agitas el penacho y asustas a nuestro juez? ¿Es que temes que desagraden tus ojos azules, vistos sin la expresión de terror que les imprime el casco?

Minerva.- ¡Vamos! Ya me quité el casco.

Venus.- He aquí también el cinturón.

Juno.- Ea, desnudémonos.

Paris.- ¡Oh, Júpiter portentoso! ¡Qué espectáculo! ¡Qué hermosura! ¡Qué deleite! ¡Oh! ¡Qué doncella ésta! ¡Con qué esplendor tan regio, tan majestuoso, tan digno en realidad de Júpiter, se ostenta aquélla! ¡Cuán dulcemente mira esta otra, y qué tierna y seductoramente sonríe! Estoy completamente satisfecho; con todo, si lo lleváis a bien, quiero examinaros a cada una por separado, porque ahora me encuentro perplejo, y no sé adónde dirigir la vista, solicitados mis ojos por todas partes.

Venus.- Estamos a tus órdenes.

Paris.- Marchaos, pues, vosotras dos, y quédate tú, Juno.

Juno.- Me quedo; y luego que me hayas visto detenidamente, será ocasión de que consideres también si te serán gratos los dones con que he de recompensar tu voto a mi favor; pues si me declaras, oh Paris, la más hermosa, serás señor de toda el Asia.

Paris.- Yo no hago las cosas por expectativa del premio. Puedes retirarte: resolveré la cuestión según estime conveniente. Acércate tú, Minerva.

Minerva.- Heme aquí; y si me juzgas la más bella, Paris, nunca saldrás vencido en la batalla, sino siempre vencedor, pues he de hacerte guerrero, y guerrero invencible.

Paris.- No tengo necesidad, Minerva, de guerras ni de batallas; la paz, como ves, reina al presente en Frigia y en la Lidia, y están libres de enemigos los dominios de mi padre. Ten confianza, sin embargo; que no serás menospreciada, aunque al fallar no tenga en cuenta tus ofrecimientos. Vístete, pues, y ponte el casco, que ya te he visto lo bastante. Ahora toca el turno a Venus.
Venus.- A tu lado me tienes: examíname minuciosamente parte por parte sin pasar nada por alto, antes bien fijándote con detenimiento en cada uno de mis miembros. Y si te place, hermoso, oye lo que voy a decirte: desde que, hace tiempo, te vi joven y gallardo como no sé que haya otro en Frigia, celebro tu belleza, y te acrimino por no dejar esas breñas y estos riscis e irte a vivir a la ciudad en vez de consumir tu gentileza en este desierto. ¿Qué vas a adelantar en estas montañas? ¿De qué sirve a las vacas tu hermosura? Por otra parte, te convendría ya estar casado, no por cierto con una mujer agreste y zafia, como son las del Ida, sino con una de la Grecia, de Argos, de Corinto o espartana, como Helena, que es joven, hermosa, en nada inferior a mí y, lo que es más, enamoradiza. Con sólo que ella te viese, estoy segura de que, abandonándolo todo y entregada por completo a ti, te seguiría y viviría contigo. Pero seguramente has oído ya algo de ella.

Paris.- Nada, Venus; mas ahora escucharía con sumo gusto cuanto de ella me contares.

Venus.- Es hija de Leda, de la hermosa Leda, a quien Júpiter visitó convertido en cisne.

Paris.- ¿Y qué tal es de figura?

Venus.- Blanca, como es natural, habiéndola engendrado un cisne; delicada, como nutrida en un huevo; ejercitada en la gimnasia y hábil en la lucha; y de tal manera solicitada, que se originó una guerra por haberla robado Teseo, siendo aún muy niña. Después, cuando llegó a la flor de la edad, todos los príncipes de Grecia se apresuraron a pedir su mano, y fue preferido Menelao, de la familia de los Pelópidas. Ahora, si tú quieres, yo agenciaré tu boda con ella.

Paris.- ¿Qué dices? ¿Boda con una mujer casada?

Venus.- Eres niño y cándido, a fuer de campesino; yo sé cómo se conviene tratar el asunto.
Paris.- ¿Cómo? Yo también quiero saberlo.

Venus.- Tú emprenderás un viaje como para visitar la Grecia; y cuando llegues a Lacedemonia, Helena te verá. Lo demás corre de mi cuenta: yo haré que se enamore de ti y que te siga.

Paris.-Pero se me hace increíble que abandone a su marido y se decida a embarcarse con un extranjero, con un advenedizo.

Venus.- No te preocupes por eso. Tengo yo dos hijos, los dos a cual más hermosos, Deseo y Amor, que te entregaré para que sean tu guía en la expedición: Amor se apoderará por completo de ella y la obligará a amarte; y Deseo, rodeándose a ti, te hará, como él es, deseable e irresistible. Yo estaré también con vosotros, y rogaré además a las Gracias que nos acompañen. Y así, todos a una, persuadiremos a Helena.

Paris.- No sé cómo saldrá ello, Venus; pues es lo cierto que ya estoy enamorado de Helena; y no sé por qué arte pienso que la veo y que navego rectamente a la Grecia, y llego a Esparta, y vuelvo trayéndola conmigo; y me desespero porque no veo al punto realizado todo esto.

Venus.- No te enamores, oh Paris, antes de recompensar con tu voto a quien ha de ser tu agente y mediadora; conviene que os acompañe con la alegría de la victoria y que celebremos a la par tu casamiento y mi triunfo. De ti sólo depende el adquirir por esa manzana el amor, la hermosura, el matrimonio.

Paris.- Temo que te olvides de mí, una vez verificado el juicio.

Venus.- ¿Quieres que te lo jure?

Paris.- No; pero prométemelo otra vez.

Venus.- Prometo con verdad que he de entregarte a Helena por esposa; que ella ha de seguirte y marchar contigo a Troya, y que yo estaré presente e intervendré en todo.

Paris.- ¿Y llevarás a Amor, a Deseo y a las Gracias?

Venus.- Con toda seguridad; y a más llevaré también a Pasión y a Himeneo.

Paris.- Pues con tales condiciones te doy la manzana; recíbela con las mismas.



Traducción de D. Cristóbal Vidal y F. Delgado
Buenos Aires, 1954