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21 sept. 2009

Franz Liszt – Virtuosismo de Chopin

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Franz Liszt Después de haber hablado del compositor, de sus obras vibrantes de sentimientos inmortales, en que su genio, en lucha con el dolor —este terrible elemento de la realidad que el arte tiene la misión de reconciliar con el cielo—, ha luchado con él, a veces vencedor, a veces vencido; de sus obras en que se han expandido como llantos de un lacrimatorio, todos los recuerdos de su juventud, todas las fascinaciones de su corazón, todos los transportes de sus aspiraciones y de sus arrebatos inexpresados; de sus obras, en que, traspasando los límites de nuestras sensaciones demasiado obtusas para su manera, de nuestras percepciones demasiado apagadas para su voluntad, hace incursión en el mundo de las dríades, de las oréades, de las oceánidas; nos quedaría el hablar de su talento de ejecución si tuviéramos el triste valor, si pudiéramos exhumar emociones entrelazadas a nuestros más íntimos recuerdos personales, para adornar su sudario con los colores que conviniera pintarlos. No nos sentimos con esa fuerza inútil, porque ¿qué resultados podrían obtener nuestros esfuerzos? ¿Se conseguiría hacer conocer a aquellos que no le han oído el encanto de una inefable poesía, encanto sutil y penetrante como uno de esos ligeros perfumes exóticos que sólo se exhalan en las habitaciones poco frecuentadas y se disipan, como espantados, entre las masas compactas, entre las cuales se enrarece el aire no guardando más que los aromas vivos de tuberosas en plena flor o de resinas en plena llama?

Chopin sabía que su talento, cuyo estilo e imaginación nos recordaban los de Nodier, por la pureza de su dicción, por sus relaciones con un mundo de irreales fantasías que murmuran a su oído sus más confidenciales quejas, sus sueños más insospechados. Chopin sabía —pensamos nosotros— que él no influía sobra la multitud ni podía llegar a las masas, porque, semejantes a un mar de plomo, sus olas maleables a todos los juegos, no son menos pesadas para remover y necesitan el brazo poderoso del obrero atleta para ser vaciadas en un molde en que el metal en fusión se convierte de repente en pensamiento y sentimiento bajo la forma que le imponen. Él sabía que no era del todo apreciado más que por esas reuniones, desgraciadamente poco numerosas en que todos los espíritus están preparados para seguirle y para transportarse con él a esas esferas en que los antepasados hacían entrar por una puerta de marfil rodeadas de pilastras de diamantes, sobremontadas por una cúpula en la cual convergen todos los rayos de un prisma sobre una de esas transparencias rojizas como las de los ópalos de Méjico, en que los salones calidoscópicos están escondidos en una bruma verdosa que les borra y les descubre a la vez; esferas en que todo es milagro encantador, loca sorpresa, sueño realizado, y en que Chopin se refugiaba y se complacía con tanto gusto. Así le decía un día a un amigo artista, al que se le ha oído mucho después: «Yo no soy a propósito para dar conciertos, el público me intimida, me siento asfixiado por su impaciencia precipitada, paralizado por sus miradas curiosas, mudo ante estas fisonomías desconocidas; pero usted está destinado a ello porque cuando no seduce al público lo domina.»

Teniendo así conciencia de las exigencias a que llevaba la naturaleza de su talento, raramente tocaba en público y salvo algunos conciertos al principio de su carrera, en que se hizo oír en Viena y Munich, no dio ninguno más que en París, porque no le era permitido viajar, a causa de su salud, que siendo tan débil la hacía estar casi moribundo durante meses enteros. Tras la única excursión que hizo por el mediodía francés, con la esperanza de que un clima más dulce le iría bien, su estado llegó a ser tan alarmante, que los hoteleros exigieron más de una vez el pago entero de la cama y los enseres que había utilizado, para quemarlos en seguida, creyéndole en ese período de tuberculosis propenso al contagio.

Sin embargo, si nos es permitido decirlo, nosotros creemos que estos conciertos fatigaban menos su constitución física que su irritabilidad de artista. Su voluntaria renunciación a los éxitos clamorosos ocultaba, a nuestro parecer, una herida interior. Tenía un sentimiento muy claro de su alta superioridad; pero tal vez no recibiese de fuera bastante eco y entusiasmo para tener la certeza de ser apreciado en todo su valer. ¿Le faltaría la aclamación popular preguntándose, sin duda, hasta qué punto pueden sustituir los salones de élite esos entusiasmos del aplauso público, este gran público que él evitaba? Pocos le comprendían; pero estos pocos ¿le comprendían suficientemente? Un descontento bastante indefinido —probablemente— de sí mismo, a lo menos en cuanto a su verdadera fuente de producción, le minaba sordamente. Se le veía casi extrañado por los elogios. Todos esos que por derecho podía pretender no le llegaban en grandes ráfagas, por lo que le contrariaban en cierto modo las alabanzas aisladas, un tanto enfadosas para él. Al través de las frases amables, las cuales apartaba a menudo, como cumplimientos inoportunos, era fácil advertir con alguna penetración que se juzgaba no sólo poco aplaudido, sino mal aplaudido, y que prefería en tal caso no ser molestado en su plácida soledad y sus sentimientos.

* * *

Demasiado fino conocedor de las burlas e ingenioso burlón él mismo para prestarse a blanco de sarcasmo, no se presentaba como genio desconocido. Bajo una aparente satisfacción del más gracioso buen gusto disimulaba tan completamente la herida de su legítimo orgullo, que apenas podía advertirse su existencia. Pero no sin razón podría atribuirse la resistencia gradualmente aumentada de prestarse a conciertos públicos[1], más aun al deseo que experimentaba de huir las ocasiones que no le rindiesen todos los tributos debidos a su debilidad sometida a tan rudas pruebas, por las lecciones que daba constantemente y las muchas horas que pasaba en el piano.

Es de lamentar que las indudables ventajas que dan al artista el no cultivar más que un público escogido, se encuentran disminuidas por la tibieza de su simpatía. Lo frío con que encubre la gracia de sus aprobaciones como el fruto de sus postres y la imperturbable calma que preside la expresión de sus más calurosos entusiasmos, no podían bastarle. El poeta arrancado de su inspiración solitaria no puede volverla a encontrar sino en el interés más que atento, vivo y animado de su auditorio. No llegará nunca a recogerla en las frías miradas de un areópago que se diría reunido para juzgarle. Es preciso hacerle sentir que él conmueve, que emociona a los que le escuchan, que sus sentimientos encuentran en ellos el acuerdo de los mismos instintos, que él les arrastra tras de sí en su transporte hacia el infinito, como el conductor de las tropas aladas, cuando da la señal de partida, es seguido por todos los suyos hacia más bellas regiones.

Pero aunque hubiera sido de otra manera, que Chopin hubiese recogido toda la parte de homenajes y admiraciones exaltadas que tanto merecía, hubiera sido oído, como tantos otros, por todas las naciones y en todos los climas; hubiera obtenido esos triunfos brillantes que crean un Capitolio por doquiera, en que las muchedumbres saludan al mérito como al honor o al genio; hubiera sido conocido y reconocido por millares en lugar de no serlo más que por centenares; nosotros, sin embargo, no nos detendríamos en esta parte de su carrera para enumerar sus éxitos.

¿Qué son los ramilletes para aquellos a quienes les son debidos laureles inmortales? Las efímeras simpatías, las alabanzas de ocasión no se mencionan apenas en presencia de una tumba que reclama más completas glorias. Las creaciones de Chopin están destinadas a llevar hacia países y años lejanos, esas alegrías, esos consuelos, esas bienhechoras emociones que las obra de arte despiertan en las almas doloridas, alteradas, decaídas o perseverantes y creyentes, a las cuales están dedicadas, estableciendo así un lazo continuo entre las naturalezas elevadas sobre cualquier lugar de la tierra, en cualquier período del tiempo que hayan vivido, mal adivinadas de sus contemporáneos cuando hayan guardado el silencio y a menudo mal comprendidas cuando han hablado.

«Hay diversas coronas —dijo Goethe—; las hay incluso que pueden cogerse cómodamente durante un paseo». Éstas pueden encantar algunos instantes por su frescura perfumada, pero no podríamos colocarla junto a las que Chopin se ha conquistado laboriosamente por un trabajo constante, ejemplar por un amor serio al arte, por un doloroso resentimiento de emociones que tan bien ha expresado.

Puesto que no ha buscado con mezquina avidez estas coronas fáciles de las que cualquiera de los otros modestamente se podría enorgullecer; puesto que ha vivido como hombre puro, generoso, bueno y compasivo, recogió en un solo sentimiento el más noble de los sentimientos terrestres, ese de la patria; puesto que él ha pasado entre nosotros como un fantasma consagrado a todo lo que Polonia tiene de poesía, guardémonos de faltar a reverenciar su tumba. No le pongamos guirnaldas de flores artificiales. No le pongamos coronas cocientes ni ligeras. Elevemos nuestros sentimientos frente a su féretro. Aprendamos de él a rechazar todo cuanto no pertenezca a las más selectas ambiciones, a concentrar nuestras inquietudes sobre los esfuerzos que trazan un surco más profundo que la reputación del día. Renunciemos también por nosotros mismos a los tristes días en que vivimos, a todo lo que no es digno del arte, a todo lo que no contiene las necesarias condiciones para la duración, a todo lo que no lleve en sí algo de la eterna e inmaterial belleza que el arte ha de hacer resplandecer, para resplandecer él mismo y acordémonos de la antigua oración de los Dorios, cuya simple fórmula era de tan piadosa poesía cuando pedían a los dioses que les concediera el bien por la belleza. En lugar de tanto esforzarnos en el trabajo para atraer oyentes y complacerles a toda costa, apliquémonos más bien, como Chopin, a dejar un celeste eco de lo que hemos experimentado, amado y sufrido. Aprendamos, en fin, de esta memoria a exigirnos nosotros mismos lo que concede categoría en la mística ciudad del arte, mejor que pedir al presente sin respeto al porvenir estas coronas fáciles que, apenas acumuladas, quedan incontinentemente marchitas y olvidadas.

En su lugar, las más hermosas palmas que el artista pueda recibir en su vida, han sido colocadas en la mano de Chopin por ilustres iguales, y una admiración entusiasta le era rendida por un público más compacto aun que la aristocracia musical que frecuentaba sus conciertos. Un conjunto de nombres célebres lo formaban, y estos nombres se inclinaban ante él como reyes de diversos imperios reunidos para agasajar a uno de ellos. Aquél le pagaba íntegramente el tributo que le era debido y eso había de ser así en esta Francia, cuya hospitalidad sabe discernir con tanto gusto la categoría de sus huéspedes.

Los espíritus más eminentes de París se han encontrado varias veces en el salón de Chopin; es verdad que no en esas reuniones de artistas de una periodicidad fantástica, tal como se las figura la ociosa imaginación de algunos círculos ceremoniosamente aburridos y como no han sido jamás, porque la amenidad, la ardiente imaginación, el ingenio, la vivacidad no llegan para nadie a hora fija y, posiblemente, menos que a nadie a los verdaderos artistas, todos más o menos atacados del mal sagrado, del que tienen que sacudir el embotamiento que paraliza, olvidar los fríos dolores para aturdirse y divertirse con estos juegos pirotécnicos que maravillan a los transeúntes embobados, a los cuales aparecen de tarde en tarde alguna candela romana, algún fuego de bengala completamente rosado, alguna cascada de llama, algún horroroso e inocente dragón. Por desgracia, la alegría y la animación son únicamente cosas da encuentro y de casualidad para los poetas y los artistas. Alguno de ellos, más privilegiado, tiene, es verdad, el don feliz de sobreponerse a este malestar interior, sea por llevar siempre ligeramente su carga y reírse con los compañeros de viaje de las molestias del camino, sea por conservar una serenidad benévola y dulce que, con un empeño tácito de esperanza y de consuelo, reanima, releva, envalentona a éstos y les devuelve, mientras que están en esta plácida atmósfera, una libertad de espíritu, cuya animación puede llegar a ser más fogosa cuanto más contraste haga con su decaimiento, su preocupación o su fastidio habituales.

Chopin no pertenecía precisamente ni a los unos ni a los otros; pero poseía esta gracia innata de la acogida polaca, que no solamente somete a los que se visita a las leyes y deberes de la hospitalidad, sino que a más les hacen abdicar toda consideración personal para obligarles a los deseos y placeres de aquellos a quienes recibe. Gustaba ir a su casa, porque en ella se encontraba uno encantado y en libertad y se estaba bien, porque él hacía a sus invitados dueños de todo poniéndose a sí mismo y cuanto poseía a sus órdenes y servicio. Munificencia sin reserva de la que el simple labrador de raza eslava no se aparta haciendo los honores de su cabaña, más alegremente solicitado que el árabe en su tienda y compensando todo cuanto falta al esplendor de su recepción con un adagio que no deja de repetir, que repite también el gran señor tras un banquete de exquisito lujo servido bajo candelabros dorados: «Czymbbohal, tym rad», y que se parafrasea así a los extranjeros: «Dignaos perdonar lo que es indigno de vos, pero es toda mi humilde riqueza la que pongo a vuestros pies»[2]. Esta fórmula es usada con una gracia y una dignidad nacionales para sus invitados por todo dueño de casa que conserva las minuciosas y pintorescas costumbres de los antiguos usos de Polonia.

Después de haber podido conocer a fondo los usos de la hospitalidad de su país, se da uno más cuenta de lo que nos hacía más expansivas las reuniones de Chopin, de ese laisser-aller, de esa animación de buena ley, que no deja ningún mal gusto desabrido o amargo y no provoca ninguna reacción de mal humor. Aunque evitaba muy sensiblemente la sociedad, era de una obsequiosidad encantadora cuando se hacía irrupción en su salón, donde, no pareciendo ocuparse de nadie, conseguía para cada uno lo que le fuese más agradable, haciendo a cada cual prueba de cortesía y de devota solicitud.

No sin vencer, con seguridad, repugnancias ligeramente misantrópicas, se llegaba a obtener de Chopin que abriese su puerta y su piano a aquellos a quienes una amistad tan respetuosa como leal les permitía pedírselo con insistencia. Más de uno de nosotros se acuerda, sin duda, aún de esta primera velada improvisada en su casa, a pesar de su oposición cuando vivía en la Chaussée d'Antin.

Su departamento, invadido por sorpresa, sólo estaba iluminado por algunas velas, reunidas en derredor de uno de estos pianos Pleyel que tan particularmente prefería por su sonoridad argentina un poco mate y su fácil pulsación que le permitía sacar de los sonidos que parecían pertenecer a una de esas armónicas, de las que la fantástica Alemania conservaba el monopolio y que sus antiguos maestros construían tan ingeniosamente enlazando el cristal y el agua.

Rincones dejados en la oscuridad aparentaban quitar todo límite a esta habitación, prolongándola a las tinieblas del espacio. En algún claroscuro se entreveía un mueble revestido de su funda blanquecina, de forma indistinta, alzándose como un espectro llegado para escuchar los acentos que le habían llamado. La luz concentrada alrededor del piano se reflejaba sobre el entarimado, resbalando por encima como una honda extendida y recogiendo las claridades incoherentes de la estancia de donde surgían de vez en cuando llamas anaranjadas, cortas y espesas como en gnomos curiosos atraídos por las palabras de su idioma. Un solo retrato, el de un pianista y de un amigo simpático y admirador, parecía invitado a ser el constante oyente de flujo y reflujo de tonos que venían a gemir, exaltar, murmurar y morir sobre las playas del instrumento, sobre el cual estaba colocado. El fondo reverberante del espejo, por una espiritual casualidad, no reflejaba para doblarlo a nuestros ojos más que el bello óvalo y sedosos bucles rubios que tantos pinceles han copiado y que leí buril acaba de reproducir para aquellos a quienes encanta una pluma elegante.

Reunidas en torno del piano, en la zona luminosa, estaban agrupadas varias figuras de esclarecido renombre: Heine, el más triste de los humoristas, escuchando con el interés de un compatriota las narraciones que le hacía Chopin sobre el misterioso país que su fantasía etérea veía con alucinación y en la que había explorado también los más deliciosos parajes. Chopin y él se entendían a media palabra y a medio sonido, y el músico respondía con sorprendentes narraciones a las preguntas que el poeta le hacía como en secreto sobre las regiones desconocidas y hasta sobre esta «ninfa riente»[3], de la cual le pedía noticias, informándose «si ella continuaba envolviendo su velo de plata sobre su verde cabellera con la misma exasperante coquetería». Al corriente de la charla y de la crónica galante de estos lugares, él quería saber: «Si este dios marino de larga barba blanca perseguía siempre una cierta náyade maliciosa y traviesa de su amor risible». Bien informado de todas las gloriosas fábulas que se ven allá lejos, allá lejos, preguntaba: «Si las rosas ardían con una llama siempre tan altiva; si al claro de la luna cantaban siempre los árboles tan armoniosamente”, Chopin respondía y ambos, después de haberse entretenido largo tiempo y familiarmente sobre esta patria etérea, se callaban tristemente atacados de ese mal del país del que Heine estaba tan afectado, comparándose a ese capitán holandés del «Buque Fantasma» eternamente deslizándose con su equipo sobre las frías olas y «suspirando en vano tras las tulipas, los Jacintos, las pipas de espuma de mar, las tazas de porcelana de Holanda... ¡Amsterdam!, ¡Amsterdam!, ¡cuándo volveremos a ver Amsterdam!, exclama mientras que la tempestad mugía en los aparejos de la nave y lo llevaba de acá para allá hacia el acuoso infierno». «Comprendo —añade Heine— la rabia con que un día el infortunado capitán exclamaba: ¡Oh, si yo vuelvo a Amsterdan, preferiría quedarme de piedra en el rincón de una de sus calles que dejarla más! ¡Pobre Van der Deken!” Heine sabía bien todo lo que había sufrido y lo que había pasado el pobre Van der Deken en su terrible e incesante carrera a través del océano que había clavado en sus garras en la madera de su barco incorruptible y le tenía arraigado a su suelo inestable por un ancla invisible de la que no podía encontrar nunca la forma de romperla. Cuando estaba de humor nos contaba los dolores, las esperanzas, las desesperanzas, las torturas, los abatimientos de los infortunados que pueblan este desgraciado navío porque él había subido a sus planchas malditas, guiado y llevado por la mano de alguna ondina amorosa que, los días en que el huésped de su bosque de coral y de su palacio de nácar se levantaba más moroso, más amargo, más cáustico aun que de costumbre, le ofrecía entre dos comidas, para aliviar su esplín, algún espectáculo digno de este amante que sabía soñar más prodigios que cuantos encerraba su reino.

Sobre esta imperecedera quilla había recorrido los polos donde la aurora boreal, brillante visitante de sus largas noches, mira su largo velo en las gigantescas estalactitas de los hielos eternos, y los trópicos en que el triángulo zodiacal sustituye con su luz inefable, en sus cortas oscuridades, a las llamas calcinantes que destila un sol doloroso. Él había atravesado las latitudes en que la vida es oprimida y aquellas en que es devorada aprendiendo a conocer, en el camino, todas las maravillas celestes que marcan la ruta de estos marineros que no alcanzan ningún puerto. Él había contemplado, apoyado sobre esta popa sin gobierno, desde las dos osas que dominan majestuosamente el norte hasta la brillante Cruz del Sur, tras la cual la región antartica comienza a extenderse sobre las cabezas como bajo los pies, no dejando al ojo deslumbrado nada que contemplar en un cielo vacío y sin faro, extendido por cima de un mar sin orilla. Él había seguido largo tiempo las fugaces estelas que dejan sobre el azul las estrellas errantes, luciérnagas de la altura y estos cometas de incalculables órbitas, temidos por su extraño esplendor, mientras que sus vagabundas y solitarias carreras no son más que tristes e inofensivas. Y Aldebarán, este astro distante, que como el siniestro brillo de una mirada enemiga parece acechar nuestro globo sin atreverse a aproximarse y estos radiantes planetas derramando al ojo errante que las busca una luz amiga y consoladora como una enigmática promesa.

Heine había visto todas estas cosas bajo las diferentes apariencias que toman en cada meridiano y había visto bastantes más también de las que nos amenizaba con vagas similitudes habiendo asistido a la cabalgata furiosa de Herodías, haciendo también sus entradas en la corte del rey de los hunos, y en el jardín de las Hespérides y en todos los lugares inaccesibles a los mortales que no han tenido por madrina alguna hada dedicada durante toda su vida a romper el maleficio, prodigándole sus tesoros.

En la noche de que hablamos, al lado de Heine estaba sentado Meyerbeer, sobre el que hace tiempo se han agotado todas las exclamaciones admirativas. Él, armonista de construcciones ciclópeas, pasaba largos ratos saboreando un deleitoso placer siguiendo el detalle de los arabescos que envuelven las improvisaciones de Chopin en una clara diafanidad.

Algo más lejos, Adolfo Nourrit, este noble artista, a la vez apasionado y ascético, católico sincero y casi austero que soñaba el porvenir con el fervor de la Edad Media, que en los últimos años de su vida rehusaba emplear su talento en cualquier escena de un orden de sentimientos superficiales y servía al arte con un respeto casto y entusiasta, no aceptándolo en sus diversas manifestaciones, no considerándole en ningún instante sino como un santo tabernáculo en que la belleza formaba el esplendor de la verdad. Sordamente minado por una melancólica pasión por lo bello, su frente parecía nimbarse de esta sombra marmórea fatal que el estallido de la desesperación aclara demasiado tarde a los hombres, tan curiosos para los secretos del corazón y tan ineptos para adivinarlos.

Hiller estaba también; su talento emparentaba con el de Chopin, del que era uno de sus más fieles amigos. Nos reuníamos frecuentemente en su casa, y escuchando las grandes composiciones que publicó por entonces, de las que la primera fue su notable oratorio la Destrucción de Jerusalén, escribió obras para piano, algunas de las cuales bajo el título de estudios, trazos vigorosos de un dibujo perfecto, recuerdan esos estudios de hojas en que los paisajistas traen a la memoria un pequeño poema de sombra y de luz con un solo árbol, una sola hoja, un solo motivo feliz y largamente tratado.

Eugenio Delacroix permanecía silencioso y absorto ante las apariciones que llenaban el aire y de las que nos parecía oír el roce. Se preguntaba qué paleta, qué pincel, qué tela tendría que emplear para darles la vida de su arte. Se preguntaba si era una tela hilada por Aracné, un pincel hecho de las pestañas de un hada y una paleta cubierta de vapores del arco iris que habría de descubrir y se complacía en sonreír en sí mismo estas suposiciones y a entregarse por completo a la impresión primera por el atractivo que experimentan algunos grandes talentos hacia aquellos con los cuales contrastan.

El que parecía entre nosotros más próximo a la tumba, el viejo Niencevicz, escuchaba los Cantos Históricos que Chopin traducía para ese sobreviviente de tiempos extinguidos en dramáticas ejecuciones, donde, junto a los textos tan populares del bardo polaco, se encontraban bajo sus dedos el choque de las armas, el canto de los vencedores, los himnos de las fiestas, las quejas de ilustres prisioneros, las baladas sobre los héroes muertos. Rememoraba conjuntamente esta larga serie de glorias, de victorias, de reyes, de reinas, y el viejo tomando el presente por una ilusión los creía resucitados, de tal manera cobraban vida estos fantasmas. Separado de todos los demás, callado y sombrío, Mickiewicz dibujaba su silueta inmóvil; Dante nórdico, parecía encontrar siempre «amarga la sal del extranjero, y su escalera penosa de subir».

Hundida en una butaca y apoyada en la consola, madame Sand escuchaba con curiosidad deliciosamente subyugada. Daba a esta audición todo el fulgor de su genio ardiente, ya que estaba dotada de la rara facultad, reservada exclusivamente a algunos elegidos, de percibir lo bello bajo todas las formas del arte y de la naturaleza y que podría tenerse como esa segunda vista que todas las naciones han reconocido a las mujeres inspiradas como dones superiores; magia de la mirada que hace caer ante ellas la superficie, la larva, la envoltura grosera de la forma para hacerlas contemplar en su esencia invisible el alma en ellas encarnada, el ideal que el poeta y el artista han conjurado bajo el torrente de las notas o los velos del colorido, las inflexiones del mármol, las alineaciones de la piedra y los ritmos misteriosos de las estrofas; facultad vagamente sentida por la mayor parte, pero cuya suprema manifestación revelándose en un oráculo adivinatorio, consciente del pasado y profético del porvenir es mucho menos común de lo que se pudiera suponer; facultad que dispensa a las organizaciones benditas que ilumina, del pesado bagaje de ciencia técnica con la cual marcha pesadamente hacia las regiones exotéricas que alcanzan de pronto; facultad que toma su impulso más bien en la frecuente familiaridad con la naturaleza que en los arcanos de la ciencia.

Con la costumbre de estos vis a vis, con la creación que forman el atractivo y la grandeza de la vida de campo, donde encanta mejor la palabra que oculta en las armonías infinitas de los contornos, de los sonidos, de las luces, de los ruidos y de los susurros, de los espantos y de las voluptuosidades; conjuntos aplastantes que, enfrentados y sondeados con un valor que no abate ningún misterio, que no causa ninguna lentitud, dejan percibir algunas veces la clave de analogía, de conformidades, de relaciones entre nuestro sentido y nuestro sentimiento y nos permiten conocer simultáneamente los ligamentos ocultos que unen de semejanzas aparentes, oposiciones idénticas, antítesis equivalentes a los abismos que separan de un estrecho pero infranqueable espacio lo que está destinado a juntarse sin confundirse, a parecerse sin mezclarse. Haber escuchado desde temprano, como madame Sand, los murmullos por los cuales inicia la naturaleza sus privilegios a sus místicos ritos es uno de los atributos del poeta; haber aprendido de ella a penetrar lo que el hombre sueña cuando crea a su vez y que maneja en sus obras igual que ella los ruidos y los susurros, los espantos y las voluptuosidades, es un don más sutil aun, que madame Sand, como mujer y como poetisa, posee con doble derecho por la intuición de su corazón y de su genio.

Después de haber citado a aquella cuya enérgica personalidad y fulgurante genio han inspirado a la débil y delicada naturaleza de Chopin una admiración que le consumía, como un vino demasiado fuerte destruye vasos demasiado frágiles, no sabríamos citar otros nombres del pasado, en el que flotan imágenes tan indecisas, tan indecisa simpatía, proyectos inciertos, inciertas creencias; en las cuales pudiera cualquiera de nosotros ver el perfil de algún sentimiento de origen envidiable. ¡Ay!, intereses, tendencias, deseos que han llenado una época durante la cual se han reunido fortuitamente algunas almas elevadas y luminosas inteligencias. ¿Cuántas serían aquellas que poseyeran un privilegio de vitalidad suficiente para hacerlas sobrevivir a todas las causas de muerte que rodean a cada idea, a cada sentimiento, como a cada individuo desde su cuna? ¿Cuántos habrán sido de los que en cualquier instante de su existencia, más o menos corta, no se hayan dicho estas palabras de una tristeza inigualada? ¡Dichoso si hubiera, muerto! ¡Más dichoso si no hubiera nacido! De tantos sentimientos como han hecho batir nobles corazones, ¿cuántos serán los que no hayan incurrido nunca en esta maldición suprema? Quizá no hay ni uno solo que si hubiese vuelto a hacer llama de su ceniza y salido de su tumba como el amante suicidado que en el poema de Mickiewicz vuelve en el día de los muertos para revivir su vida y volver a sufrir sus dolores, aparecería sin los estigmas, las cicatrices, las mutilaciones que desfiguraran su primitiva belleza y mancillaran su candor. Y entre estos lúgubres aparecidos, ¿cuántos se encontrarían en los que esta belleza y este candor hubieran tenido encantos bastante poderosos y suficiente irradiación celeste para que no tuvieran que temer después que hayan expirado, ser aprobados por aquellos a quienes hubieran dado la alegría y el tormento? ¿Qué sepulcral enumeración haría falta para evocarlos uno a uno y pedirles cuenta de lo que han producido de bueno y de malo en los corazones que les dieron asilo con tanta liberalidad, y en el mundo en que reinaban esos corazones que ellos han embellecido, agitado, iluminado, devastado a gusto de su suerte?

Pero si entre los hombres que han formado estos grupos, en que cada miembro ha atraído hacia sí la atención de muchas almas y llevado en su conciencia el aguijón de muchas responsabilidades, hay alguno que no se haya permitido dar al olvido lo que exista de más puro en el encanto natural que le sumía en un manojo refulgente; que extrayendo de sus recuerdos las fermentaciones de las que no son exceptuados los más suaves perfumes, no ha legado al arte más que el patrimonio intacto de sus más recogidas elevaciones y de sus más divinos transportes, reconozcamos en él uno de esos predestinados en quienes la poesía popular patentizaba la existencia por su fe en los buenos genios. Atribuyendo a estos seres, que suponía bienhechores para los hombres, una naturaleza superior a la del vulgo, ¿no ha sido magníficamente confirmada por un gran poeta italiano que definía el genio «el sello más fuerte de la divinidad»? Inclinémonos ante todos aquellos que hayan sido así más profundamente marcados por el sello místico; pero veneremos sobre todo con una íntima ternura aquellos quienes, como Chopin, no han empleado esta supremacía sino para dar vida y expresión a los más bellos sentimientos.


[1] Pasaron años sin que diera ninguno y nos parece que su concierto de 1844, en los salones de Pleyel, tuvo lugar diez años después del anterior.

[2] Los polacos conservan en su formulario de cortesía una gran influencia de las costumbres hiperbólicas de la lengua oriental. Los títulos de «muy poderoso» y «muy esclarecido Señor» están aún en vigor. Se usa constantemente en la conversación este de «bienhechor» (Dobrodzi)» y el saludo corriente entre hombres o de hombre a mujer es: «yo me rindo a sus pies» (Padam do nog): en el pueblo es una solemnidad y de una sencillez auténtica: «Gloria a Dios» (Slawa bohu).

[3] Heine, Salón. Chopin.

 

En Chopin

Traducción Carlos Bosch

Colección Austral

 

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