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14 jul. 2014

Ingeborg Bachmann: Salmo (bilingüe)

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1

¡Callad conmigo, como callan todas las campanas!

En la placenta de los horrores
buscan las sabandijas alimento nuevo.
Públicamente, cuelga los Viernes Santo una mano
en el firmamento, le faltan dos dedos,
y no puede jurar que todo,
todo, no haya sido y que nada
será. Se hunde en las nubes pardas,
arroba a los nuevos asesinos
y sale absuelta.

De noche, sobre esta tierra,
forzar ventanas, darle para atrás a las sábanas,
que quede al descubierto el embozo de los enfermos,
una llaga llena de alimento, infinitos dolores
para todos los gustos.

Enguantados contienen los carniceros
el aliento de los desembozados,
la luna en la puerta cae al suelo,
no recojas los fragmentos, la cinta de la que colgó...

Todo estaba preparado para la extremaunción.
(El sacramento no puede llevarse a cabo).


2

Qué vanidad de vanidades.
Arrastra una ciudad hasta ti,
levántate del polvo de esa ciudad,
toma posesión de un cargo
y enmascárate
para no ser desenmascarado.

Cumple las promesas
delante de un espejo ciego en el aire,
delante de una puerta cerrada en el viento.

Intransitados están los caminos sobre la pared a plomo del cielo.


3

Oh ojos, que la tierra, almacén solar, quemó,
con la carga de lluvia de todos los ojos cargados,
cubiertos ahora de hilos, de telas
hiladas por las arañas trágicas
del presente...


4

En la cuenca de mi mudez
pon una palabra
y levanta grandes bosques a ambos lados,
que mi boca
entera quede en la sombra.



Psalm

1

Schweig mit mir, wie alle Glocken schweigen!

In der Nachgeburt der Schrecken
sucht das Geschmeiß nach neuer Nahrung.
Zur Ansicht hängt karfreitags eine Hand
am Firmament, zwei Finger fehlen ihr,
sie kann nicht schwören, daß alles,
alles nicht gewesen sei und nichts
sein wird. Sie taucht ins Wolkenrot,
entrückt die neuen Mörder
und geht frei.

Nachts auf dieser Erde
in Fenster greifen, die Linnen zurückschlagen,
daß der Kranken Heimlichkeit bloßliegt,
ein Geschwür voll Nahrung, unendliche Schmerzen
für jeden Geschmack.

Die Metzger halten, behandschuht,
den Atem der Entblößten an,
der Mond in der Tür fällt zu Boden,
laß die Scherben liegen, den Henkel …

Alles war gerichtet für die letzte Ölung.
(Das Sakrament kann nicht vollzogen werden.)


2

Wie eitel alles ist.
Wälze eine Stadt heran,
erhebe dich aus dem Staub dieser Stadt,
übernimm ein Amt
und verstelle dich,
um der Bloßstellung zu entgehen.

Löse die Versprechen ein
vor einem blinden Spiegel in der Luft,
vor einer verschlossenen Tür im Wind.

Unbegangen sind die Wege auf der Steilwand des Himmels.


3

O Augen, an dem Sonnenspeicher Erde verbrannt,
mit der Regenlast aller Augen beladen,
und jetzt versponnen, verwebt
von den tragischen Spinnen der Gegenwart...


4

In die Mulde meiner Stummheit
leg ein Wort
und zieh Wälder groß zu beiden Seiten,
daß mein Mund
ganz im Schatten liegt.



Ingeborg Bachmann: Die gestundete Zeit, 1953
© Piper Verlag GmbH, München 1978
En El tiempo postergado
Versión de Arturo Parada (1991)
Foto: IB, Roma, Campo di Fiori, 1954 © Herbert List/Magnum Photos

9 feb. 2014

Pablo Picasso: 28 de noviembre XXXV (poema)

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Lengua de fuego abanica su cara en la flauta la copa
que cantándole roe la puñalada del azul
tan gracioso
que sentado en el ojo del toro
inscrito en su cabeza adornada con jazmines
espera que hinche la vela el trozo de cristal
que el viento envuelto en el embozo del mandoble
chorreando caricias
reparte el pan al ciego y a la paloma color de lilas
y aprieta de toda su maldad contra los labios del limón ardiendo
el cuerno retorcido
que espanta con sus gestos de adiós la catedral
que se desmaya en sus brazos sin un ole
estallando en su mirada la radio amanecida
que fotografiando en el beso una chinche de sol
se come el aroma de la hora que cae
y atraviesa la página que vuela
deshace el ramillete que se lleva metido entre el ala
           que suspira
y el miedo que sonríe
el cuchillo que salta de contento
dejándole aún hoy flotando como quiere y de cualquier
           manera
al momento preciso y necesario
en lo alto del pozo
el grito de la rosa
que la mano le tira
como una limosnita




Publicado en español en Cahiers d’Art No. 5 y 6
Selección y traducción: César Moro
Editor Pablo Mora
Mexico, UNAM, 2010
Imagen: Pablo Picasso in front of The Kitchen (La cuisine, 1948) 
in his rue des Grands-Augustins studio. Photo by Herbert List-Magnum Photos

20 jul. 2013

Peter Bowles: El ciervo y la novia

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Cuando España gobernaba el Chemel, sus oficiales gustaban de la caza del ciervo. Los animales eran escasos, y más pequeños que los que acostumbraban a cazar en España. Se les enviaron ciervos de los Pirineos a través del Mediterráneo hasta Melilla, y los soltaron en las montañas, donde merodeaban, y, mezclándose con las manadas nativas, pronto produjeron una especie más grande y fuerte.
Los habitantes del Chemel no podían poseer armas de fuego bajo la férula de los españoles. Cuando los españoles volvieron a sus casas y los marroquíes tomaron el relevo, la ley siguió siendo la misma que antes.
Entonces empezó una época de tribulaciones para la gente que vivía en las lejanas zonas arboladas. Comenzaron a circular por el país informes de accidentes mortales. En el pasado, los venados huían de la presencia del hombre; ahora los solían buscar y les atacaban, y los hombres no tenían medios para defenderse.
Si Abdelaziz, próspero granjero de Tchar Serdioua, tenía cuatro hijos cuyas edades oscilaban entre los dieciséis y los veinte años. Aún estaban solteros, pues durante los últimos años había estado ocupado y no tuvo tiempo de buscarles esposa.
Cuando hubo acumulado cierta suma, empezó a visitar otras aldeas de la región con el fin de elegir una doncella para su hijo mayor.
Se dio la circunstancia de que llegara a un acuerdo con el padre de una doncella, quienes vivían en un tchar situado a unas dos horas de camino del valle. Si Abdelaziz no pudo verla personalmente, pero su familia le aseguró que gozaba de una excelente salud y estaba en perfectas condiciones para el matrimonio.

Tras ajustar los detalles del acuerdo sobre el precio de la novia, pagó al hombre y volvió a Tchar Serdioua satisfecho con la transacción.
A su hijo primogénito, Mohammed, le dijo: Tienes una esposa. Las bodas se celebrarán el séptimo día después del Mouloud.
El hijo eligió su wazzara entre los jóvenes del tchar, el que pintaría sus manos con tinte de aleña, construiría el muro de cañas y arbustos frente a la casa de su padre, y finalmente iría a recoger a la novia a su aldea.
La víspera de la boda, Mohammed y su wazzara aún no habían completado el muro. Trabajaron del alba al crespúsculo y lo tuvieron todo terminado salvo una pequeña parte, que Mohammed dijo terminaría solo en cuanto los demás se hubieran ido para traer a la doncella.
La procesión salió del valle poco después de medianoche, al son de rhaitas y tambores. Si Abdelaziz, que les acompañaba, dijo que volverían al romper el día.
A corta distancia de la casa había un torrente bordeado a ambos lados por una densa vegetación. Mohammed hizo varios viajes hasta allí, recogiendo brazadas de verdes arbustos con los que entretejer el inacabado muro. Ya era tarde para cuando terminó. Corrió una vez más hasta el río para bañarse y orar antes de echarse a esperar la llegada de la comitiva nupcial.
Las mujeres de la casa fueron despertadas por el furioso bramar de un ciervo, un sonido que todo el mundo en el tchar había aprendido a temer. Llamaron a Mohammed, pero éste no respondió. Los hombres de una granja cercana habían oído la llamada del animal, y acudieron corriendo. Mientras se acercaban a la casa de Si Abdelaziz, el ciervo volvió a bramar.
Primero vieron las blancas vestiduras de Mohammed moviéndose en el suelo a medida que el ciervo las pisoteaba y hurgaba en ellas con sus astas. Luego vieron a Mohammed tumbado en un costado, con los intestinos fuera y arrastrándose por el polvo. El ciervo bramó una vez más, dio media vuelta y desapareció en la oscuridad. Llevaron el cuerpo a la casa y lo cubrieron.
Había luz cuando la gente de Tchar Serdioua oyó, por primera vez, los agudos sonidos de la comitiva nupcial que descendía hasta el valle. Un grupo de hombres corrió por el camino para salir a su encuentro y darle a Si Abdelaziz las malas noticias. La comitiva llegó a la casa en silencio.
Tras el entierro de Mohammed, los tres hijos menores conferenciaron entre sí. Eran de la opinión de que el ciervo había venido a matar a Mohammed porque sabía que estaba a punto de desposar a la doncella. Eso les llevó a concluir que todo hombre lo bastante loco como para desposarla sufriría el mismo destino.
Habiendo pagado por la novia, Si Abdelaziz no tenía intención de enviarla de vuelta a casa. Llamó al mayor de los tres hijos restantes y le dijo que era para él. El joven rehusó al instante.
Si Abdelaziz probó con el siguiente hijo, y luego con el más joven, pero ninguno quiso aceptarla. La chica lo supo y suplicó que la llevaran de vuelta a su aldea. El anciano anunció en un rapto de ira que él mismo la desposaría.
Los tres jóvenes rehusaron hablar con su nueva madre. Esperaban al ciervo. Cada vez que su padre entraba en los bosques prestaban atención para oír la voz del asesino.
El ciervo nunca apareció. Si Abdelaziz murió en la cama un año después y la chica quedó libre de regresar como viuda a su propio tchar.


En Cuentos reunidos
Traducción: Rodrigo Rey Rosa, Nicole d’Amonville Alegría y Héctor Silva
Alfaguara, 2010
Foto: PB, Morocco,1956 por Herbert List/Magnum Photos
Sitio oficial

17 jun. 2013

Pier Paolo Pasolini: Las hermosas banderas

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Los sueños de la mañana:
cuando el sol ya reina
en una madurez
que conoce sólo el vendedor ambulante,
el que ha caminado ya tantas horas por las calles
con una barba de enfermo
sobre las arrugas de su pobre juventud:
cuando el sol reina
en realmes de verdor caliente, en toldos
cansados, en muchedumbres
cuyas ropas conocen obscuramente la miseria
—y centenares de tranvías han ido y venido
por los rieles de las calzadas que ciñen la ciudad,
indeciblemente perfumadas,

los sueños de las diez de la mañana
en el durmiente solitario
como un peregrino en su cubil,
un desconocido cadáver
—aparecen en lúcidos caracteres griegos
y, en la sacralidad simple de dos o tres sílabas,
plenas del blancor del sol triunfante—
adivinan una realidad
madurada en lo hondo, madura ya como el sol,
que puede dar alegría o terror.

¿Qué cosa me dice el sueño matutino?
“Con enormes y lentos oleajes de mieses azules, el mar
se abate, trabajando con furor uterino,
irreductible,
casi feliz —porque da felicidad
el constatar también el acto más atroz del destino—
resquebraja tu isla, ahora
reducida a pocos metros de tierra…”

¡Auxilio, que avanza la soledad!

No importa si sé que la he elegido, como un rey.

En el sueño y en mí un niño mudo se espanta,
clama piedad, se afana corriendo a los refugios
con una agitación
que “la virtud obliga”, pobre creatura.
Lo aterra la idea
de estar solo
como un cadáver en lo hondo de la tierra.

¡Adiós, dignidad en el sueño, aunque sea matutino!
Quien debe llorar llora,
quien debe aferrarse a las faldas de ropas ajenas
se aferra, y tira de ellas, y tira,
para que se vuelvan esas caras color de fango
y lo miren en los ojos aterrorizados
y conozcan así su tragedia
¡para que comprendan lo espantoso de su estado!

La blancura del sol, sobre todo,
como un fantasma que la historia
aprieta sobre los párpados
con el peso de mármoles barrocos o románicos...

Elegí mi soledad.
Por un proceso monstruoso
que quizás podría revelar
sólo un sueño soñado dentro de un sueño...

Mientras tanto, estoy solo,
perdido en el pasado.
(Porque el hombre sólo tiene una época en su vida).

De pronto mis amigos poetas
—que comparten como yo el fiero blancor
de los años Sesenta,
hombres y mujeres, casi todos
de mi misma edad— están allá, en el sol.

Yo siempre he carecido de ingenio
para estar junto a ellos —en la sombra de una vida
que se desenvuelve demasiado apegada
a la desidia radical de mi alma.

La vejez, luego, ha hecho
de mi madre y de mí dos máscaras
que, por lo demás, nada han perdido
de la ternura matutina
—la antigua representación
se repite
en la autenticidad
que sólo soñando dentro de un sueño
tal vez podría llamar por su nombre.

Todo el mundo es mi cuerpo insepulto.
Atolón desmenuzado
por los golpes de las mieses azules del mar.

¿Qué hacer en la vigilia sino tener dignidad?
Tal vez ha llegado la hora del
exilio: la hora en que un antiguo habría dado realidad
a la realidad
y la soledad madurada a su alrededor
habría tenido la forma de la soledad.

En cambio yo —como en el sueño—
porfío haciéndome ilusiones, penosas,
de lombriz paralizada por fuerzas incomprensibles:
“¡pero no! ¡Pero no! ¡Es sólo un sueño!
¡Afuera está
la realidad, en el sol triunfante,
en las calzadas y los cafés vacíos,
en la afonía suprema de las diez de la mañana,
un día igual a todos los días, con su cruz!”

Mi amigo del mentón pontificio,
mi amigo con ojos cafecitos…
mis queridos amigos del Norte,
aliados por afinidades electivas, dulces como la vida
—están allá, en el sol.

Elsa también, con su rubio dolor;
ella —corcel herido, derribado,
sangrante— allá está.

Y mi madre junto a mí…
pero allende todo límite de tiempo:
somos dos sobrevivientes en uno.
Los suspiros de ella, acá, en la cocina,
sus malestares en cada sombra de noticia degradante,
en toda sospecha de que vuelva a desatarse
el odio de la pandilla de rapaces que se mofan
bajo mi cuarto de agonizante
—no son sino la naturaleza de mi soledad.

Como una mujer acompañando al rey en la hoguera
o sepultada con él
en una tumba que se va, como una barquilla
hacia los milenios, la fe de los años Cincuenta
aquí está, conmigo, un poco más allá de los límites del tiempo,
también desmoronándose
ante la paciencia furibunda de las azules mieses del mar.

Y…
mis amores de pura sensualidad
repetidos en los valles sagrados de la libídine
sádica, masoquista; los pantalones
con su alforja tibia
donde está señalado el destino de un hombre
—son actos que cumplo solamente
en el mar fastuosamente revuelto.

Despacio, despacio, los millares de gestos sacros,
la mano sobre la hinchazón tibia,
los besos, cada vez a una boca distinta,
siempre más virginal,
siempre más cercana al encanto de la especie,
a la norma que hace de los hijos tiernos padres,
despacio, despacio
han venido convirtiéndose en monumentos de piedra
que por millares se agolpan en mi soledad.

Esperan
que una nueva oleada de racionalidad,
o un sueño soñado en un sueño, allí hable.
Vuelvo a despertarme
una vez más:
y me visto, voy a la mesa de trabajo.
La luz del sol sigue madurando,
lejos andan los vendedores ambulantes;
sigue agriándose la tibieza del verdor en los mercados del mundo,
por las calzadas de indecible perfume,
en las orillas de los mares, al pie de los volcanes.
Todo mundo está en el trabajo, en su época futura.

Pero aquel algo “blanco”
que en letras griegas
me presentó el sueño conocedor, irrevocable
sigue encima de mí —vestido,
en la mesa de trabajo.
Mármol, cera o cal
en los párpados, en los ángulos de los ojos:
el blancor del sol en el sueño, gozosamente
románico, perdidamente barroco.

De ese blancor fue el sol verdadero,
de ese blancor fueron los muros de las fábricas,
de ese blancor
fue el mismo polvo (en las tardes secas, cuando
el día anterior lloviznó un poco),
de ese blancor fueron los harapos de lana,
las chamarritas pardas y los pantalones deshilachados
de los obreros
que hubieran podido ser aún camaradas:
de ese blancor
fue el bochorno de la nueva primavera,
oprimida por el recuerdo de otras primaveras
sepultadas por siglos
en esos mismos pueblos y suburbios
—y listas ¡oh Dios!
listas para renacer
en esas tapias, en esos caminos.

En esas tapias, en esos caminos,
impregnados de extraño perfume,
en la tibieza donde florecían, rojos,
manzanos y cerezos: y su color rojo
era obscuro, como hundido
en un aire de caliente temporal,
un rojo casi marrón, cerezas como ciruelas,
manzanas como prunas, atisbando
entre las brunas, intensas
tramas del follaje calmo, como si la primavera
no tuviera prisa
y gozara en esa tibieza en que alentaba el mundo,
ardiendo, en la vieja esperanza, por una esperanza nueva.

Y, por encima de todo, el flamear,
el humilde y perezoso flamear
de las banderas rojas. ¡Dios, las hermosas banderas
de los años Cuarenta!
¡Flameando una sobre, otra, en una multitud
de telas pobres, empurpuradas de un rojo verdadero
transparentando la brillante miseria
de los harapos de seda, de los bordados de las familias obreras
—y con el fuego de las cerezas, de las manzanas,violáceo
por la humedad, sanguíneo por un poco de sol que lo hería,
ardiente rojo aglomerado y tembloroso
en la heroica ternura de una estación inmortal!


De Poesía en forma de rosa
Antología Breve. Selección y traducción: Guillermo Fernández
México, UNAM, 2009
Foto: PPP en Trastevere (Roma) 1953 © Herbert List-Magnum Photos

12 abr. 2013

Ingeborg Bachmann: Nada de Delikatessen

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Ya nada me gusta.

¿Debo
ataviar una metáfora
con una flor de almendro?
¿crucificar la sintaxis
sobre un efecto de luz?
¿Quién se romperá la cabeza
por cosas tan superfluas-?

He aprendido a ser sensata
con las palabras
que hay
(para la clase más baja)

hambre
     deshonra
          lágrimas
y
               tinieblas.

Con los sollozos no depurados,
con la desesperación
(y desespero de desesperación)
por tanta miseria,
por el estado de los enfermos, el coste de la vida,
me las arreglaré.

No descuido la escritura,
sino a mí misma.
Los otros saben
dios lo sabe
qué hacer con las palabras.
Yo no soy mi asistente.

¿Debo
aprisionar un pensamiento
llevarlo a la iluminada celda de una frase?
¿Alimentar oídos y ojos
con bocados de palabras de primera?
¿investigar la líbido de una vocal,
averiguar el valor de amateur de nuestras consonantes?

¿Tengo que
con la cabeza apedreada,
con el espasmo de escribir en esta mano,
bajo la presión de trescientas noches
romper el papel
barrer las urdidas óperas de palabras,
destruyendo así: yo tú y él ello lo

Nosotros vosotros?

(Que sea. Que sean los otros.)

Mi parte, que se pierda.


Keine Delikatessen

Soll ich
eine Metapher ausstaffieren
mit einer Mandelblüte?
Die Syntax kreuzigen
auf einen Lichteffekt?
Wer wird sich den Schädel zerbrechen
über so überflüssige Dinge -

Ich habe ein Einsehen gelernt
mit den Worten,
die da sind
(für die unterste Klasse)

Hunger
     Schande
          Tränen
und
               Finsternis

Mit dem ungereinigten Schluchzen,
mit der Verzweiflung
(und ich verzweifle noch vor Verzweiflung)
über das viele Elend,
den Krankenstand, die Lebenskosten,
werde ich auskommen.

Ich vernachlässige nicht die Schrift,
sondern mich.
Die anderen wissen sich
weißgott
mit den Worten zu helfen.
Ich bin nicht mein Assistent.

Soll ich
einen Gedanken gefangennehmen,
abführen in eine erleuchtete Satzzelle?
Aug und Ohr verköstigen
mit Worthappen erster Güte?
erforschen die Libido eines Vokals,
ermitteln die Liebhaberwerte unserer Konsonanten?

Muß ich
mit dem verhagelten Kopf,
mit dem Schreibkrampf in dieser Hand,
unter dreihundertnächtigem Druck
einreißen das Papier,
wegfegen die angezettelten Wortopern,
vernichtend so: ich du und er sie es

wir ihr?

(Soll doch. Sollen die andern.)

Mein Teil, es soll verloren gehen.


Ingeborg Bachmann, Últimos poemas
Versión de Cecilia Dreymüller y Concha García
Fuente poema en alemán
Foto: IB, Berlín Oeste, 1959 © Herbert List/Magnum Photos

8 sept. 2012

Ingeborg Bachmann - Dos poemas

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Una especie de pérdida

Usados en común: estaciones del año, libros y una música.
Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una
cama.
Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados,
gastados.
Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y
siempre alargada la mano.

De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he
enamorado.
De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama.
Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado
irrevocables,
he adornado un algo y he sido devota delante de una nada,

(-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del
papel con un apunte)
impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama.

De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable.
Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis
vecinos.
Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi
cabello tenía su color más intenso.
La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría.

No te he perdido a ti,
sino al mundo.

De Invocación a la Osa Mayor
Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
Ediciones Hiperión 2001

Eine Art Verlist

Gemeinsam benutzt: Jahreszeiten, Bücher und eine Musik.
Die Schlüssel, die Teeschalen, den Brotkorb, Leintücher
und ein Bett.
Eine Aussteuer von Worten, von Gesten, mitgebracht,
verwendet, verbraucht.
Eine Hausordnung beachtet. Gesagt. Getan. Und immer
die Hand gereicht.

In Winter, in ein Wiener Septett und in Sommer habe ich
mich verliebt.
In Landkarten, in ein Bergnest, in einen Strand und in ein Bett.
Einen Kult getrieben mit Daten, Versprechen für
unkündbar erklärt,
angehimmelt ein Etwas und fromm gewesen vor einem Nichts,

( - der gefalteten Zeitung, der kalten Asche, dem Zettel
mit einer Notiz)
furchtlos in der Religion, denn die Kirche war dieses Bett.

Aus dem Seeblick hervor ging meine unerschöpfliche Malerei.
Von dem Balkon herab waren die Völker, meine Nachbarn,
zu grüßen.
Am Kaminfeuer, in der Sicherheit, hatte mein Haar seine
äußerste Farbe.
Das Klingeln an der Tür war der Alarm für meine Freude.

Nicht dich habe ich verloren,
sondern die Welt.



Vuelo nocturno

Nuestro campo es el cielo,
arado con el sudor de los motores,
frente a la noche,
bajo la intervención del sueño.

Soñado sobre calvarios y piras,
bajo el tejado del mundo, cuyas tejas
se ha llevado el viento -y ahora, lluvia, lluvia, lluvia
en nuestra casa y en los molinos
los ciegos vuelos de los murciélagos.
¿Quién vivía allí? ¿Quién tenía límpidas las manos?
¿Quién resplandecía en la noche,
fantasma a los fantasmas?

Al abrigo del plumaje de acero, interrogan
instrumentos el espacio, relojes y escalas,
la maleza de nubes, y roza el amor
el lenguaje olvidado de nuestro corazón:
corto y largo largo... Durante una hora
bate granizo el tímpano del oído,
que, desafecto a nosotros, escucha y distorsiona.

No ha desaparecido el sol ni la tierra,
solo se han movido como astros, irreconocibles.

Nos hemos remontado de un puerto
en que no cuenta el retorno,
ni la carga ni la pesca.
Las especias de la India y las sedas del Japón
les pertenecen a los comerciantes,
como los peces a las redes.

Pero se percibe un olor
que se anticipa a los cometas,
y el tejido del aire
desgarrado por el cometa caído.
Llámalo estado de los solitarios
en que se lleva a cabo el asombro.
Nada más.

Nos hemos remontado, y los conventos están vacíos
desde que toleramos, una orden, que no salva ni enseña.
Actuar no es asunto de los pilotos. Tienen la vista fija
en las bases y extendido sobre las rodillas
el mapa de un mundo al que nada hay que añadir.

¿Quién vive ahí abajo? ¿Quién llora...?
¿Quién pierde la llave de la casa?
¿Quién no encuentra su cama, quién duerme
sobre los umbrales? ¿Quién, cuando llega la mañana,
se atreve a interpretar la estela de plata: mirad, por encima de mí...?
Cuando el agua impulsa de nuevo la rueda del molino,
¿quién se atreve a recordar la noche?


De El tiempo postergado
Versión de Arturo Parada
Ediciones Cátedra S. A. 1991
Nachtflug

Unser Acker ist der Himmel,
im Schweiß der Motoren bestellt,
angesichts der Nacht,
unter Einsatz des Traums -
geträumt auf Schädelstätten und Scheiterhaufen,
unter dem Dach der Welt, dessen Ziegel
der Wind forttrug – und nun Regen, Regen, Regen
in unserem Haus und in den Mühlen
die blinden Flüge der Fledermäuse.
Wer wohnte dort? Wessen Hände waren rein?
Wer leuchtete in der Nacht,
Gespenst den Gespenstern?
Im Stahlgefieder geborgen, verhören
Instrumente den Raum, Kontrolluhren und Skalen
das Wolkengesträuch, und es streift die Liebe
unseres Herzens vergessene Sprache:
kurz und lang lang … Für eine Stunde
rührt Hagel die Trommel des Ohrs,
das, uns abgeneigt, lauscht und verschwindet.
Nicht untergegangen sind Sonne und Erde,
nur als Gestirne gewandert und nicht zu erkennen.
Wir sind aufgestiegen von einem Hafen,
wo Wiederkehr nicht zählt
und nicht Fracht und nicht Fang.
Indiens Gewürze und Seiden aus Japan
gehören den Händlern
wie die Fische den Netzen.
Doch ein Geruch ist zu spüren,
vorlaufend den Kometen,
und das Gewebe der Luft,
von gefallenen Kometen zerrissen.
Nenn’s den Status der Einsamen,
in dem sich das Staunen vollzieht.
Nichts weiter.
Wir sind aufgestiegen, und die Klöster sind leer,
seit wir dulden, ein Orden, der nicht heilt und nicht lehrt.
Zu Handeln ist nicht Sache der Piloten. Sie haben
Stützpunkte im Aug und auf den Knien ausgebreitet
die Landkarte einer Welt, der nichts hinzuzufügen ist.
Wer lebt dort unten? Wer weint …
Wer verliert den Schlüssel zum Haus?
Wer findet sein Bett nicht, wer schläft
auf den Schwellen? Wer, wenn der Morgen kommt,
wagt’s den Silberstreifen zu deuten: seht über mir …
Wenn das Wasser von neuem ins Mühlrad greift,
wer wagt’s, sich der Nacht zu erinnern?


Fuente versiones en español
Foto: © Herbert List/Magnum Photos: IB en Campo di Fiore, 1954