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7 abr. 2015

Clarice Lispector - Las aguas del mar

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Clarice Lispector - Las aguas del mar


Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.
Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez.

El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navio, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.


En Silencio
Traducción: Cristina Peri Rossi

10 mar. 2015

Descarga - Clarice Lispector - La hora de la estrella

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Descarga - Clarice Lispector - La hora de la estrella

Esta novela contiene trece títulos, una muchacha nordestina llamada Macabea, un escritor desesperado de nombre Rodrigo S. M., una cartomante que fue prostituta, un médico que detesta su oficio, un novio impaciente, un gallo que inesperadamente canta en el puerto de Río de Janeiro.

Todas estas cosas están en la novela moduladas por la escritura singular de Clarice Lispector que logra incluir el silencio y el grito.

«Escribo para liberarme de mí misma» dijo Clarice, quien irrumpió en la vida literaria brasileña en 1943 con la novela «Cerca del corazón salvaje». Después vendrán varias novelas más («La araña», «La ciudad sitiada», «La pasión según G. H.» y «Un soplo de vida», entre otras), libros de cuentos («Lazos de familia», «Felicidad clandestina», «El vía crucis del cuerpo», «La bella y la bestia»), crónicas, libros infantiles y algunos inclasificables como «Agua viva».

«La hora de la estrella» es el último libro que Clarice Lispector publicó en vida, pocos meses antes de morir el 9 de diciembre de 1977. Como su personaje Macabea, ante la inminencia de la muerte, Clarice también supo darnos —con esta novela— su más poderoso resplandor.

29 ene. 2015

Clarice Lispector: Una tarde plena

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Clarice Lispector: Una tarde plena



El saguino* es tan pequeño como un ratón, y del mismo color.

La mujer, después de sentarse en el autobús y de lanzar una mirada tranquila de propietaria sobre los asientos, ahogó un grito: a su lado, en la mano de un hombre gordo, estaba lo que parecía un ratón inquieto y que en verdad era un vivísimo saguino. Los primeros momentos de la mujer versus el saguino se consumieron en intentar sentir que no se trataba de un ratón disfrazado.

Cuando hubo llegado a eso, comenzaron momentos deliciosos e intensos: la observación del animal. Todo el autobús, además, no hacía otra cosa.

Pero era privilegio de la mujer estar al lado del personaje principal. Desde donde estaba podía, por ejemplo, reparar en la pequeñez de la lengua del saguino: un trazo de lápiz rojo.

Y estaban los dientes, también: casi se podían contar millares de dientes dentro de la raya de la boca, y cada pedacito menor que el otro, y más blanco. El saguino no cerró la boca ni un instante.

Los ojos eran redondos, hipertiroideos, combinando con un ligero prognatismo, y esa mezcla, que le daba un aire extrañamente impúdico, formaba una cara medio desvergonzada de niño de calle, de esos que están permanentemente resfriados y que al mismo tiempo chupan un caramelo y sorben la nariz.

Cuando el saguino dio un brinco sobre el cuello de la señora, ésta contuvo un frisson, y el placer escondido de haber sido elegida.

Pero los pasajeros la miraron con simpatía, aprobando el acontecimiento, y, un poco ruborizada, ella aceptó ser la tímida favorita. No lo acarició porque no sabía si ése era el gesto que debía hacer.

Y sin embargo, el animal sufría de la falta de cariño. En verdad su dueño, el hombre gordo, sentía por él un amor sólido y severo, de padre a hijo, de amo a mujer. Era un hombre que, sin una sonrisa, tenía el llamado corazón de oro. La expresión de su rostro era hasta trágica, como si él tuviera una misión. ¿La misión de amar? El saguino era su cachorro en la vida.

El autobús, en la brisa, como embanderado, avanzaba. El saguino comió un bizcocho. El saguino se rascó rápidamente la redonda oreja con la pierna fina de atrás. El saguino gritó. Se colgó de la ventana, y espió lo más rápidamente que pudo, despertando en el autobús opuesto caras que se espantaban y que no tenían tiempo de averiguar lo que habían visto.

Mientras tanto, cerca de la mujer, una señora contó a otra señora que tenía un gato. Que el gato tenía actitudes amorosas, contó.

Fue en ese ambiente de familia feliz cuando un camión quiso adelantar al autobús, y casi ocurrió un accidente fatal. Hubo gritos. Todos saltaron deprisa.

La mujer, retrasada, a punto de llegar tarde, cogió un taxi.

Sólo en el taxi se acordó de nuevo del saguino.

Y lamentó con una sonrisa sin gracia que, estando los días que corrían tan llenos de noticias en los diarios que no la concernían, los acontecimientos se distribuyeran tan mal, al punto de que un saguino y casi un accidente sucedieran al mismo tiempo.

«Apuesto —pensó— a que nada más me ocurrirá durante mucho tiempo, apuesto a que ahora voy a entrar en la época de las vacas flacas.» Que era, en general, su tiempo.

Pero ese mismo día sucedieron otras cosas. Todas en la categoría de bienes declarables. Sólo que no eran comunicables. Esa mujer era, además, un poco silenciosa consigo misma y no se entendía muy bien a sí misma.

Pero así es. Y nunca se supo de un saguino que haya dejado de nacer, vivir y morir, sólo por no entenderse o no ser entendido. De todos modos fue una tarde embanderada.


Carta a Erico Veríssimo

No estoy de acuerdo con usted que dice: «Disculpen, pero no soy profundo».
Usted es profundamente humano; y ¿qué más se puede pedir de una persona? Usted tiene grandeza de espíritu. Un beso para usted, Erico.


(*) Especie de mono (Saguinus Edipo

En Silencio (1974)
Trad. Cristina Peri Rossi
Río de Janeiro, Editora Nova Fronteira
Buenos Aires, Grijalbo, 1988
Fuente foto

18 ene. 2015

Clarice Lispector - Mejor que arder

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Era alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros.

Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios. Obedeció.

Cumplía sus obligaciones sin protestar. Las obligaciones eran muchas. Y estaban los rezos. Rezaba con fervor.

Y se confesaba todos los días. Todos los días recibía la ostia blanca que se deshacía en la boca.

Pero empezó a cansarse de vivir sólo entre mujeres. Mujeres, mujeres, mujeres. Escogió a una amiga como confidente. Le dijo que no aguantaba más. La amiga le aconsejó:

—Mortifica el cuerpo.

Comenzó a dormir en la losa fría. Y se fustigaba con el cilicio. De nada servía. Le daban fuertes gripes, quedaba toda arañada.

Se confesó con el padre. Él le mandó que siguiera mortificándose. Ella continuó.

Pero a la hora en que el padre le tocaba la boca para darle la hostia se tenía que controlar para no morder la mano del padre. Éste percibía, nada decía. Había entre ambos un pacto mudo. Ambos se mortificaban.

No podía ver más el cuerpo casi desnudo de Cristo.

La madre Clara era hija de portugueses y, secretamente, se rasuraba las piernas velludas. Si supieran, ay de ella. Le contó al padre. Se quedó pálido. Imaginó que sus piernas debían de ser fuertes, bien torneadas.

Un día, a la hora del almuerzo, empezó a llorar. No le explicó la razón a nadie. Ni ella sabía por qué lloraba.

Y de ahí en adelante vivía llorando. A pesar de comer poco, engordaba. Y tenía ojeras moradas. Su voz, cuando cantaba en la iglesia, era de contralto.

Hasta que le dijo al padre en el confesionario:

—¡No aguanto más, juro que ya no aguanto más!

Él le dijo meditativo:

—Es mejor no casarse. Pero es mejor casarse que arder.

Pidió una audiencia con la superiora. La superiora la reprendió ferozmente. Pero la madre Clara se mantuvo firme: quería salirse del convento, quería encontrar a un hombre, quería casarse. La superiora le pidió que esperara otro año más. Respondió que no podía, que tenía que ser ya.

Arregló su pequeño equipaje y salió. Se fue a vivir a un internado para señoritas.

Sus cabellos negros crecían en abundancia. Y parecía etérea, soñadora. Pagaba la pensión con el dinero que su familia norteña le mandaba. La familia no se hacía el ánimo. Pero no podían dejarla morir de hambre.

Ella misma se hacía sus vestiditos de tela barata, en una máquina de coser que una joven del internado le prestaba. Los vestidos los usaba de manga larga, sin escote, debajo de la rodilla.

Y nada sucedía. Rezaba mucho para que algo bueno le sucediera. En forma de hombre.

Y sucedió realmente.

Fue a un bar a comprar una botella de agua Caxambú. El dueño era un guapo portugués a quien le encantaron los modales discretos de Clara. No quiso que ella pagara el agua Caxambú. Ella se sonrojó.

Pero volvió al día siguiente para comprar cocada. Tampoco pagó. El portugués, cuyo nombre era Antonio, se armó de valor y la invitó a ir al cine con él. Ella rehusó.

Al día siguiente volvió para tomar un cafecito. Antonio le prometió que no la tocaría si fueran al cine juntos. Aceptó.

Fueron a ver los dos una película y no pusieron la más mínima atención. En la película, estaban tomados de la mano.

Empezaron a encontrarse para dar largos paseos. Ella, con sus cabellos negros. Él, de traje y corbata.

Entonces una noche él le dijo:

—Soy rico, el bar deja bastante dinero para podernos casar. ¿Quieres?

—Sí —le respondió grave.

Se casaron por la iglesia y por lo civil. En la iglesia, el que los casó fue el padre, quien le había dicho que era mejor casarse que arder. Pasaron su luna de miel en Lisboa. Antonio dejó el bar en manos del hermano.

Ella regresó embarazada, satisfecha y alegre.

Tuvieron cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello.


En Cuentos reunidos
Traducción: Cristina Pieri Rossi
Imagen: Pedro Henb

2 dic. 2014

Clarice Lispector - Tanta mansedumbre

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Clarice Lispector


Pues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamaría alegría, alegría mansa. Estoy un poco desorientada como si me hubieran arrancado el corazón, y en lugar de él estuviera ahora la súbita ausencia, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado de oscuridad, de dolor. No estoy sintiendo nada. Pero es lo contrario del sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir.

Pero también estoy inquieta. Yo estaba organizada para consolarme de la angustia y del dolor. Pero cómo es que me arreglo con esa simple y tranquila alegría. Es que no estoy acostumbrada a no necesitar de mi propio consuelo. La palabra consuelo me llegó sin sentir, y no lo noté, y cuando fui a buscarla, ella se había transformado ya en carne y espíritu, ya no existía más como pensamiento.

Voy entonces a la ventana, está lloviendo mucho. Por hábito estoy buscando en la lluvia lo que en otro momento me serviría de consuelo. Pero no tengo dolor que consolar.

Ah, lo sé. Ahora estoy buscando en la lluvia una alegría tan grande que se torne aguda, y que me ponga en contacto con una agudeza que se parezca a la agudeza del dolor. Pero es una búsqueda inútil. Estoy frente a la ventana y sólo ocurre eso: veo con ojos benéficos la lluvia, y la lluvia me ve de acuerdo conmigo. Ambas estamos ocupadas en fluir. ¿Cuánto durará mi estado? Percibo que, con esta pregunta, estoy palpando mi pulso para sentir dónde está el latir dolorido de antes. Y veo que no está el latido de dolor.

Sólo eso: llueve y estoy mirando la lluvia. Qué simplicidad. Nunca creí que el mundo y yo llegáramos a este punto de acuerdo. La lluvia cae no porque me necesite, y yo la miro no porque necesite de ella. Pero nosotras estamos tan juntas como el agua de lluvia está ligada a la lluvia. Y no estoy agradeciendo nada. Si, después de nacer, no hubiera tomado involuntaria y forzadamente el camino que tomé, yo habría sido siempre lo que realmente estoy siendo: una campesina que está en un campo donde llueve. Sin siquiera dar las gracias a Dios o a la naturaleza. La lluvia tampoco da las gracias. No hay nada que agradecer por haberse transformado en otra. Soy una mujer, soy una persona, soy una atención, soy un cuerpo mirando por la ventana. Del mismo modo, la lluvia no está agradecida por no ser una piedra. Ella es la lluvia. Tal vez sea eso lo que se podría llamar estar vivo. No es más que esto, sólo esto: vivo. Y sólo vivo de una alegría mansa.


En Silencio
Traducción: Cristina Peri Rossi
Imagen: Clarice Lispector

20 nov. 2014

Clarice Lispector - Restos del carnaval

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Clarice Lispector - Restos del carnaval


No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí
.
No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha —yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable— y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga —respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel— decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto al hecho de que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser tan melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Ésta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron en seguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa —pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil—, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, entre serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé a la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de unos doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.


En Cuentos reunidos
Traducción: Cristina Peri Rossi
Imagen: s/d

31 oct. 2014

Clarice Lispector - Un caso complicado

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Clarice Lispector - Un caso complicado


Pues sí.

Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.

Pero me estoy confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo.

Pues la hija tuvo gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años, era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso —le dijeron— porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.

Y después de tres meses —como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del novio—, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos, inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que tiene miedo de la oscuridad: la muerte es muy oscura. O tal vez no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.

El novio era llamado por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir contando.

Bien. Esa mujer un día tuvo celos. Y... —tan perfecta como Nelson Rodrigues, que no olvida los detalles crueles. Pero, ¿dónde estaba yo, que me perdí? Voy a empezar todo de nuevo, y en otra línea y párrafo aparte, para hacerlo mejor.

Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con aquélla.

La mujer celosa cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse —¡adivinen con quién!—, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los defectos físicos.

¿Y qué sucedió? Pues que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.

Entretanto la muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor que siento.

Ahí es cuando entra el padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo amante de la mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?

El médico, que sabía que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.

No me puedo olvidar de un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en el frente un dientecito de oro. Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba, quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.

No sé qué destino tuvo esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y quizás ya ocurrieron muertes.

Agrego un dato importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del amante? No lo sé.

¿Y qué hacer con esta historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me siento curiosa y atenta.

Es sólo eso.


En Silencio
Traducción: Cristina Peri Rossi





21 oct. 2014

Descarga: Clarice Lispector - Cuentos reunidos

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Descarga: Clarice Lispector - Cuentos reunidos

Los cuentos de Clarice Lispector aquí reunidos constituyen la parte más rica y variada de su obra, y revelan por completo el trazo incandescente que dejó la escritora brasileña en la literatura iberoamericana contemporánea. En todo cuanto escribió está la misma angustia existencial, similar búsqueda de la identidad femenina y, más adentro, de su condición de ser humano. En sus cuentos hay, ciertamente, el vuelo ensayístico, la fulguración poética, el golpe chato de la realidad cotidiana, la historia interrumpida que podría continuar, como la vida, más allá de la anécdota. Leer a Clarice es identificarse con ella, desnudar su palabra, compartir una sensualidad casi física, entrar en el cuerpo de una obra que vibra y chispea, traducir a nuestro propio horizonte cultural su haz de preguntas lanzadas al viento, saber que, más allá de las letras, del espacio y el tiempo, hubo alguien, una mujer, que estuvo cerca del corazón salvaje y nos dejó, en su escritura y definitivamente, su soplo de vida.

17 sept. 2014

Descarga: Clarice Lispector - Silencio

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Poéticos e inquietantes, los cuentos de Clarice Lispector exploran otra dimensión más allá de la realidad cotidiana. Silencio, uno de los últimos libros que publicó en vida, revela en toda su madurez las dotes excepcionales de esta autora, que ha sido comparada a V. Woolf, Joyce, Chejov, Sartre y K, Mansfield. Clarice Lisperctor nació en Ucrania en 1920, emigrando poco después a Brasil con su familia. Su primera novela Cerca del corazón salvaje (1944) la sitúo inmediatamente en el primer plano de la literatura brasileña, lo que conformaron sus novelas posteriores y especialmente sus libros de cuentos. En 1976 recibió el Premio Literario Nacional. Murió en 1977.

2 jun. 2014

Clarice Lispector - El cuerpo

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Xavier era un hombre truculento y cruel. Muy fuerte el hombre. Le encantaban los tangos. Fue a ver El último tango en París y se excitó terriblemente. No comprendió la película: pensaba que se trataba de un filme de sexo. No descubrió que era la historia de un hombre desesperado.

En la noche en que vio El último tango en París los tres se metieron en la cama: Xavier, Carmen y Beatriz. Todo el mundo sabía que Xavier era bígamo: vivía con dos mujeres.

Cada noche le tocaba a una. A veces dos veces por noche. A la que no le tocaba se quedaba presenciando. Ninguna tenía celos de la otra.

Beatriz comía que daba gusto: era gorda y enjundiosa. En cambio Carmen era alta y delgada.

La noche del último tango en París fue memorable para los tres. En la madrugada estaban exhaustos. Pero Carmen se levantó por la mañana, preparó un opíparo desayuno —con cucharas llenas de crema espesa de leche— y lo llevó para Beatriz y para Xavier. Estaba somnolienta. Fue necesario darse un baño en la ducha helada para ponerse en forma nuevamente.

Ese día —domingo— almorzaron a las tres de la tarde. La que cocinó fue Beatriz, la gorda. Xavier bebió vino francés. Y se comió solito un pollo entero. Entre las dos se comieron el otro pollo. Los pollos estaban rellenos con masa de harina de mandioca con pasas y ciruelas, todo impregnado, rico.

A las seis de la tarde, los tres se dirigieron a la iglesia. Parecían un bolero. El bolero de Ravel.

Y por la noche se quedaron en casa viendo la televisión y comiendo. Esa noche no sucedió nada: los tres estaban muy cansados.

Y así era, día tras día.

Xavier trabajaba mucho para mantener a las dos mujeres y a sí mismo: las comidas eran abundantes. Pero a veces engañaba a ambas con una prostituta excelente. Pero en casa nada contaba, pues no estaba loco.

Pasaban los días, los meses, los años. Nadie moría. Xavier tenía cuarenta y siete años. Carmen tenía treinta y nueve. Beatriz ya había cumplido los cincuenta.

La vida les sonreía. A veces Carmen y Beatriz salían a comprar camisas llenas de imágenes de sexo. Compraban también perfume. Carmen era más elegante. Beatriz, con sus lonjas, escogía un bikini y un sostén minúsculo para los enormes senos que poseía.

Un día Xavier llegó ya muy tarde de noche: las dos estaban desesperadas. Apenas si sabían que estaba con la prostituta. Los tres en verdad eran cuatro, como los tres mosqueteros.

Xavier llegó con un hambre de nunca acabar. Abrió una botella de champaña. Estaba en pleno vigor. Habló animadamente con las dos, les contó que la industria farmacéutica de su propiedad iba bien de finanzas. Y les propuso a ambas que los tres fueran a Montevideo, a un hotel de lujo.

Fue tal el barullo por la preparación de las tres maletas.

Carmen se llevó todo su complicado maquillaje. Beatriz salió a comprar una minifalda. Viajaron en avión. Se sentaron en la fila de tres asientos: él en medio de las dos.

En Montevideo compraron todo lo que quisieron. Incluso una máquina de coser para Beatriz y una máquina de escribir para Carmen, que quería aprender. En verdad no necesitaba nada, era una pobre desgraciada. Llevaba un diario: anotaba en las páginas del grueso cuaderno empastado en rojo las fechas en que Xavier la buscaba. Le daba el diario a Beatriz para que lo leyera.

En Montevideo compraron un libro de recetas culinarias. Sólo que estaba en francés y ellas no entendían. Parecían más palabrotas que palabras.

Entonces compraron un recetario en castellano. Y se esmeraron en las sopas y en las salsas. Aprendieron a hacer rosbif. Xavier engordó tres kilos y su fuerza de toro aumentó.

A veces las dos se acostaban en la cama. Largo era el día. Y, a pesar de que no eran lesbianas, se excitaban una a otra y hacían el amor. Amor triste.

Un día le contaron ese hecho a Xavier.

Xavier se excitó. Y quiso que esa noche las dos se amaran frente a él. Pero, ordenado de esa manera, terminó todo en nada. Las dos lloraron y Xavier se encolerizó furiosamente.

Durante tres días no le dirigió la palabra a ninguna de las dos.

Pero, durante ese intervalo, y sin encargo, las dos fueron a la cama con éxito.

Al teatro los tres no iban. Preferían ver la televisión. O cenar fuera.

Xavier comía con malos modales: agarraba la comida con las manos, hacía mucho ruido al masticar, además de comer con la boca abierta. Carmen era más refinada, le daba asco y vergüenza. Beatriz tampoco tenía vergüenza, hasta desnuda andaba por la casa.

No se sabe cómo empezó. Pero comenzó.

Un día, Xavier llegó del trabajo con marcas de lápiz de labios en la camisa. No pudo negar que había estado con su prostituta preferida. Carmen y Beatriz agarraron un trozo de palo cada una y corrieron detrás de Xavier por toda la casa. Éste corría todo desesperado, gritando: ¡perdón!, ¡perdón!, ¡perdón!

Las dos, también cansadas, finalmente dejaron de perseguirlo.

A las tres de la mañana, Xavier tuvo ganas de poseer a una de las mujeres. Llamó a Beatriz porque era la menos rencorosa. Beatriz, lánguida y cansada, se prestó a los deseos del hombre que parecía un superhombre.

Pero al día siguiente le advirtieron que ya no cocinarían para él. Que se las arreglara con la tercera mujer.

Las dos de vez en cuando lloraban y Beatriz preparó para ambas una ensalada de patatas con mayonesa.

Por la tarde fueron al cine. Cenaron fuera y sólo regresaron a casa a medianoche. Encontraron a un Xavier abatido, triste y con hambre. El intentó explicar:

—¡Es porque a veces me dan ganas durante el día!

—Entonces —le dijo Carmen—, ¿por qué no regresas a casa?

Prometió que así lo haría. Y lloró. Cuando lloró, Carmen y Beatriz se quedaron con el corazón destrozado. Esa noche, las dos hicieron el amor delante de él y él se consumía de envidia.

¿Cómo es que empezó el deseo de venganza? Las dos eran cada vez más amigas y lo despreciaban.

Él no cumplió la promesa y buscó a la prostituta. Ésta lo excitaba porque le decía muchas obscenidades. Lo llamaba hijo de puta. Él aceptaba todo.

Hasta que llegó cierto día.

O mejor, una noche. Xavier dormía plácidamente como buen ciudadano que era. Las dos permanecieron sentadas junto a una mesa, pensativas. Cada una pensaba en su infancia perdida. Y pensaron en la muerte. Carmen dijo:

—Un día nosotros tres moriremos.

Beatriz replicó:

—Y así y punto.

Tenían que esperar pacientemente el día en que cerrarían los ojos para siempre. ¿Y Xavier? ¿Qué harían con Xavier? Éste parecía un niño durmiendo.

—¿Vamos a esperar que Xavier se muera de muerte natural? —preguntó Beatriz.

Carmen pensó, pensó y dijo:

—Creo que las dos debemos darle una ayudita.

—¿Qué ayuda?

—Todavía no lo sé.

—Pero tenemos que decidir.

—Déjalo de mi cuenta, yo sé lo que hago.

Y nada de nada. Dentro de poco tiempo sería de madrugada y nada habría sucedido. Carmen preparó para las dos un café bien fuerte. Y comieron chocolate hasta la náusea. Y nada, nada ocurrió realmente.

Encendieron la radio a pilas y oyeron una angustiante música de Schubert. Era piano solo. Carmen dijo:

—Tiene que ser hoy.

Carmen era la líder y Beatriz obedecía. Era una noche especial: llena de estrellas que las miraban brillantes y tranquilas. Qué silencio. Pero qué silencio. Se aproximaron las dos a Xavier para ver si se inspiraban. Xavier roncaba. Carmen realmente se inspiró.

Le dijo a Beatriz:

—En la cocina hay dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Pues que nosotras somos dos y tenemos dos cuchillos grandes.

—¿Y luego?

—Y luego, burra, nosotras dos tenemos armas y podremos hacer lo que necesitamos hacer. Dios lo manda.

—¿No sería mejor no hablar de Dios en este momento?

—¿Quieres que hable del diablo? No, hablo de Dios porque es el dueño de todas las cosas. Del espacio y del tiempo.

Entonces entraron en la cocina. Los dos cuchillos grandes estaban filosos, eran de fino acero pulido. ¿Tendrían fuerza?

Sí, la tendrían.

Salieron armadas. La habitación estaba oscura. Ellas dieron de cuchilladas erróneamente, apuñalando la manta. La noche era fría. Entonces lograron distinguir el cuerpo dormido de Xavier.

La sangre copiosa de Xavier escurría profusamente en la cama, por el suelo.

Carmen y Beatriz se sentaron junto a la mesa del comedor, bajo la luz amarilla del foco desnudo, estaban exhaustas. Matar requiere fuerza. Fuerza humana. Fuerza divina. Las dos estaban sudadas, mudas, abatidas. Si hubieran podido, no habrían matado a su gran amor.

¿Y ahora? Ahora tenían que deshacerse del cuerpo. El cuerpo era grande. El cuerpo pesaba.

Fueron entonces al jardín y con la ayuda de dos palas cavaron en la tierra una fosa.

Y, en la oscuridad de la noche, cargaron el cuerpo hasta el jardín. Era difícil porque Xavier muerto parecía pesar más que cuando estaba vivo, pues se le había escapado el espíritu. Mientras lo cargaban, gemían de cansancio y de dolor. Beatriz lloraba.

Colocaron el gran cuerpo dentro de la fosa, la cubrieron con la tierra húmeda y olorosa del jardín, tierra buena para las plantas. Después entraron en la casa, prepararon nuevamente el café y se restablecieron un poco.

Beatriz, que era muy romántica, se pasaba el tiempo leyendo fotonovelas en las que ocurrían amores contrariados o perdidos. Ella tuvo la idea de plantar rosas en esa tierra fértil.

Entonces salieron de nuevo al jardín, agarraron una matita de rosas rojas y la plantaron en la sepultura del llorado Xavier. Amanecía. El jardín impregnado de rocío. El rocío era una bendición al asesinato. Así pensaron ellas, sentadas en el banco blanco que había ahí.

Pasaron los días. Las dos mujeres compraron vestidos negros. Y apenas comían. Cuando anochecía, la tristeza recaía sobre ellas. No tenían ya gusto para cocinar. De rabia, Carmen, colérica, rompió el libro de recetas en francés. Guardó el de castellano: nunca se sabía si aún podría ser necesario.

Beatriz pasó a ocuparse de la cocina. Ambas comían y bebían en silencio. El pie de rosas rojas parecía haber pegado. Buena mano para plantar, buena tierra propicia. Todo resuelto.

Y así quedaría cerrado el caso.

Pero sucedió que al secretario de Xavier le extrañó su prolongada ausencia. Había papeles urgentes que firmar. Como la casa de Xavier no tenía teléfono, fue hasta allá. La casa parecía impregnada de mala suerte. Las dos mujeres le dijeron que Xavier había salido de viaje, que estaba en Montevideo. El secretario no las creyó del todo pero pareció que se había tragado la historia.

A la semana siguiente, el secretario fue a la delegación. Con la policía no se juega. Primeramente, los agentes de policía no quisieron darle crédito a la historia. Pero, ante la insistencia del secretario, decidieron perezosamente dar la orden de búsqueda en la casa del polígamo. Todo en vano: nada de Xavier.

Entonces Carmen habló de esta manera:

—Xavier está en el jardín.

—¿En el jardín? ¿Haciendo qué?

—Sólo Dios lo sabe.

—Pero nosotros no vimos nada ni a nadie.

Fueron al jardín: Carmen, Beatriz, el secretario de nombre Alberto, dos agentes de policía y dos hombres más que no se sabía quiénes eran. Siete personas. Entonces Beatriz, sin ninguna lágrima en los ojos, les mostró la fosa florida. Tres hombres abrieron la sepultura, destrozando el pie de rosas que sufrían por casualidad la brutalidad humana.

Y vieron a Xavier. Estaba horrible, deformado, ya medio carcomido, con los ojos abiertos.

—¿Y ahora? —dijo uno de los agentes.

—Y ahora hay que detener a las dos mujeres.

—Pero —dijo Carmen— que sea en la misma celda.

—Mire —dijo uno de los agentes frente al secretario atónito—, lo mejor es fingir que nada ha sucedido, si no va a haber mucho barullo, mucho papeleo escrito, muchos alegatos.

—Ustedes dos —dijo el otro agente de la policía—, preparen sus maletas y váyanse a vivir a Montevideo. No nos joroben más.

Las dos dijeron:

—Muchas gracias.

Pero Xavier no dijo nada. Nada había realmente que decir.


En Cuentos reunidos
Traducción: Cristina Peri Rossi
Imagen: Paulo Gurgel Valente

30 nov. 2013

Clarice Lispector: Tortura y gloria (2 de septiembre de 1967)

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Ella era gorda, baja, pecosa y de cabellos excesivamente crespos. Su busto se volvió enorme, mientras todas nosotras seguíamos chatas. Como si fuera poco, se llenaba los bolsillos de la blusa, por encima del busto, con caramelos. Pero tenía lo que todo niño devorador de historias querría tener: un padre librero.

De poco le valía. Y a nosotras menos todavía: incluso para los cumpleaños, en lugar de algún librito, ella nos entregaba una tarjeta postal de la librería de su padre. Y para colmo con el paisaje de Recife, donde vivíamos, con sus puentes. Atrás escribía con caligrafía ornamentada palabras como fecha de nacimiento y saudade.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Ella era pura venganza, chupando sus caramelos y haciendo ruido. Cuánto nos debía de odiar esa niña, a nosotras que éramos imperdonablemente bonitas, esbeltas, altas, con cabellos sedosos. Conmigo ejerció con calma ferocidad su sadismo. En mi ansia por leer, yo ni notaba las humillaciones a las que ella me sometía: seguía implorándole en préstamo los libros que ella no leía.

Hasta que llegó para ella el gran día de empezar a ejercer sobre mí una tortura china. Como sin querer, me informó que tenía As reinações de Narizinho.1

Era un libro grueso, Dios mío, un libro para vivir con él, comiéndolo, durmiendo con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que pasara por su casa al día siguiente y que ella me lo prestaría. Hasta ese día siguiente me transformé en la esperanza misma de la alegría: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave. Al día siguiente fui a su casa, literalmente corriendo. Ella no vivía en un sobrado2 como yo, y sí en una casa. No me invitó a entrar. Mirándome fijamente a los ojos, me dijo que le había prestado el libro a otra niña, y que volviese al día siguiente a buscarlo. Boquiabierta, me retiré despacio, pero pronto la esperanza de nuevo me invadía toda y yo retomaba la calle dando saltitos, que era mi modo extraño de andar por las calles de Recife. Esta vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, el día siguiente llegaría, los días siguientes eran toda mi vida, el amor por el mundo me esperaba, y seguí saltando por las calles como siempre sin caerme ni una vez.

Bueno, pero no acabó simplemente allí. El plan secreto de la hija del librero era frío y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, sonriente y con mi corazón latiendo. Para oír la fría respuesta: el libro todavía no estaba en su poder, que volviese al día siguiente. No sabía yo, como más adelante con el pasar de la vida, que el drama del día siguiente se repetiría con el corazón latiendo.

Y así siguió. ¿Cuánto tiempo? No sé. Ella sabía que era un tiempo indefinido, en tanto la hiel no se escurriese de su grueso cuerpo. Yo había empezado ya a adivinar que me había elegido para que sufriera, a veces adivino. Pero, incluso adivinándolo, a veces acepto: como si quien quiere hacerme sufrir necesitara que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Iba todos los días a su casa, sin faltar ni uno siquiera. A veces ella decía: pues al libro lo tuve ayer a la tarde, pero como no viniste, se lo presté a otra nena. Y yo, que no tenía ojeras, sentía que se me formaban bajo mis ojos espantados.

Hasta que un día, cuando estaba en la puerta de su casa, oyendo humilde y silenciosa su negativa, apareció su madre. Debía extrañarle la diaria y muda aparición de aquella niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco esclarecedoras. A la señora le parecía cada vez más raro el no poder entender. Hasta que esa buena madre comprendió. Se volvió hacia su hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡pero ese libro nunca salió de esta casa y tú nunca lo quisiste leer! Y lo peor para ella no era esa revelación, sino haber descubierto qué hija tenía. Con real horror nos observaba: la potencia de la perversidad de su hija desconocida, y la niña de pie en la puerta, exhausta, enfrentada al viento de las calles de Recife. Fue entonces que, rehaciéndose, dijo firme y calma a la hija: vas a prestarle ya mismo As reinações de Narizinho. Y me dijo todo lo que jamás me habría atrevido a imaginar. “Y tú te quedas con el libro el tiempo que quieras”. ¿Entienden? Era más que darme el libro: por el tiempo que yo quisiera es todo lo que una persona, pequeña o grande, puede querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada, y así recibí el libro en mis manos. Creo que no dije nada. Lo tomé. No, no me fui saltando como siempre. Me retiré caminando muy lentamente. Sé que sostenía el libro con ambas manos, que lo apretaba contra el pecho. Cuánto tiempo me llevó llegar a casa, poco importa. Mi pecho ardía, mi corazón estaba desmayado, pensativo.

Al llegar a casa, no empecé a leer. Fingía que no lo tenía, sólo para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas después lo abrí, leí algunas líneas, lo cerré de nuevo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más comiendo pan con manteca, fingí que no sabía dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por algunos instantes. Creaba las más falsas dificultades para aquello clandestino que era la felicidad. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había orgullo y pudor en mí. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca, me balanceaba con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en purísimo éxtasis. No era ya una niña con un libro: era una mujer con su amante.



Notas
1 Obra de 1931 de José Bento Monteiro Lobato (1882-1948), famoso escritor de textos para niños.
2 Piso de un edificio sobre una planta baja.


En Revelación de un mundo (Crónicas)
Selección, traducción y notas: Amalia Sato
©1984 Clarice Lispector
Fuente foto

8 sept. 2013

Clarice Lispector: La hora de la estrella (fragmento)

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Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria existía la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. No sé qué, pero sé que el universo jamás tuvo comienzo.

Que nadie se engañe, sólo consigo la simplicidad con mucho esfuerzo.

Mientras tenga preguntas y no tenga respuesta continuaré escribiendo. ¿Cómo empezar por el principio, si las cosas ocurren antes de ocurrir? ¿Si antes de la pre-pre-historia ya existían los monstruos apocalípticos? Si esta historia no existe, pasará a existir. Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos son yo que escribo lo que estoy escribiendo. Dios es el mundo. La verdad es siempre un contacto interior e inexplicable. Mi vida más verdadera es irreconocible, interior en extremo, y no tiene una palabra sola que la signifique. Mi corazón se ha vaciado de todo deseo y se reduce al mero último o primer latido. El dolor de muelas que penetra este relato fulguró en lo hondo de nuestra boca. Así es que canto, fuerte y aguda, una melodía sincopada y estridente: es mi propio dolor, yo que sobrellevo el mundo y la falta de felicidad. ¿Felicidad? Nunca supe de palabra más desdichada, inventada por las norestinas que andan por esos montes.

Como voy a decir ahora, este relato será el resultado de una visión gradual; hace dos años y medio que de a poco vengo descubriendo los porqués. Es la visión de la inminencia de. ¿De qué? Quién sabe si más tarde sabré. Como que estoy escribiendo en el momento mismo de ser leído. Pero no empiezo por el final que justificaría el comienzo —como la muerte parece hacer con la vida— porque necesito registrar los hechos precedentes.

Escribo en este instante con cierto pudor previo por estar invadiéndoles a ustedes con una narración tan exterior y explícita. De la que entre tanto hasta podrá, quién sabe, manar sangre palpitante de tan viva de vida, y después coagularse en cubos de gelatina trémula. ¿Un día será esta historia mi coágulo? Qué sé yo. Si hay veracidad en ella —y está claro que la historia es verdadera aunque sea inventada—, que cada uno la reconozca en sí mismo, porque todos somos uno y quien no es pobre de dinero es pobre de espíritu o de añoranza, porque le falta una cosa más preciada que el oro; hay quien carece de eso tan delicado que es lo esencial.

¿Cómo sé todo lo que seguirá y que todavía desconozco, ya que nunca lo he vivido? Porque en una calle de Río de Janeiro sorprendí en el aire, de pronto, el sentimiento de perdición en la cara de una muchacha norestina. Sin decir que de niño me crié en el Noreste. También sé cosas por estar vivo. Quien vive, sabe, aun sin saber que sabe. Así es que los señores saben más de lo que imaginan y se fingen tontos.

Me propongo escribir algo que no sea complejo, aunque esté obligado a usar palabras que ustedes rechazan. El relato —decido con falso libre arbitrio— va a tener unos siete personajes y yo soy uno de los más importantes, está claro. Yo, Rodrigo S. M. Cuento antiguo éste, porque no quiero ser modernista e inventar modismos por pura originalidad. Así que experimentaré, contra mis costumbres, una narración con principio, medio y «gran finale» seguido de silencio y de lluvia que cae.

Historia exterior y explícita, sí, pero llena de secretos, empezando por uno de los títulos. «En cuanto al futuro», que está precedido y seguido por un punto y aparte. No se trata de un capricho mío; al fin tal vez se entienda la necesidad de lo delimitado. (Muy mal veo ese fin que, si mi pobreza lo permite, quiero que sea grandioso.) Si en lugar de punto estuviese seguido de puntos suspensivos, el título quedaría abierto a posibles ejercicios de imaginación de ustedes, quizá hasta malsana y despiadada. Bien, es verdad que tampoco yo tengo piedad de mi personaje principal, la norestina: es un relato que quiero frío. Pero tengo el derecho de ser dolorosamente frío, y ustedes no. Por todo esto no les doy alternativa. No se trata de un relato, ante todo es vida primaria que respira, respira, respira. Material poroso, un día viviré aquí la vida de una molécula con su estruendo posible de átomos. Lo que escribo es más que una invención, es obligación mía hablar de esa muchacha, de entre millares de ellas. Es mi deber, aunque sea de arte menor, revelar su vida.

Porque tiene derecho al grito.

Entonces yo grito.

Grito puro que no pide limosna. Sé que hay chicas que venden el cuerpo, única posesión real, a cambio de una buena comida, en lugar de un bocadillo de mortadela. Pero la persona de quien hablaré ni aun tiene cuerpo que vender, nadie la quiere, es virgen e innocua, no le hace falta a nadie. Además —y lo descubro ahora— tampoco yo hago la menor falta; hasta lo que escribo lo podría escribir otro. Otro escritor, sí, pero tendría que ser hombre, porque una mujer escritora puede lagrimear tonterías. Como la norestina, hay millares de muchachas diseminadas por chabolas, sin cama ni cuarto, trabajando detrás de mostradores hasta la estafa. Ni siquiera ven que son fácilmente sustituibles y que tanto podrían existir como no. Pocas se quejan y, que yo sepa, ninguna reclama porque no sabe a quién. ¿Ese quién existirá?

Estoy calentando el cuerpo para empezar, restregándome las manos una con otra para tener ánimo. Ahora he recordado que hubo un tiempo en que, para calentarme el espíritu, rezaba: el movimiento es espíritu. Lo de rezar era un medio de llegar hasta mí mismo en silencio y oculto de todos. Cuando rezaba obtenía un resto de alma; y ese resto es todo lo que yo jamás pueda tener. Más de eso, nada. Pero el vacío tiene el valor de lo pleno y se asemeja a ello. Un medio de obtener es no buscar, un medio de tener es no pedir y sólo creer que el silencio que forjo en mí es respuesta a mi..., a mi misterio.

Pretendo, como he insinuado, escribir de un modo cada vez más simple. Aparte de que el material del que dispongo es parco y sencillo por demás, las informaciones sobre los personajes son pocas y no muy aclaratorias; informaciones, todas, que con esfuerzo me llegan de mí para mí mismo: es un trabajo de carpintería.

Sí, pero no hay que olvidar que para escribir no-importa-qué mi material básico es la palabra. Así es que esta historia estará hecha de palabras que se agrupan en frases, y de ellas emana un sentido secreto que va más allá de las palabras y las frases. Está claro que como todo escritor tengo la tentación de usar términos suculentos: conozco adjetivos esplendorosos, carnosos sustantivos y verbos tan esbeltos que atraviesan agudos el aire en vías de acción, ya que la palabra es acción, ¿están de acuerdo? Pero no voy a adornar la palabra porque si yo toco el pan de la muchacha, ese pan se convertirá en oro, y la joven (tiene diecinueve años), y la joven no podría masticarlo y se moriría de hambre. Así, pues, tengo que hablar con simpleza para captar su delicada y vaga existencia. Me limito humildemente —pero sin hacer ostentación de mi humildad, que ya no sería humildad—, me limito a contar las pobres aventuras de una chica en una ciudad hecha toda contra ella. Ella, que debería haberse quedado en el sertão de Alagoas con su vestido de algodón y sin nada de mecanografía, porque escribía muy mal, que sólo había hecho el tercero de básica. Por su ignorancia, cuando estudió mecanografía tenía que copiar, lenta, letra por letra; su tía era quien le había dado un curso escaso de máquina. Y la muchacha adquirió un título: por fin era mecanógrafa. Aun cuando, a lo que parece, no aprobaba que hubiera dos consonantes juntas en el lenguaje y copiaba la letra bonita y redonda de su querido jefe en la palabra «designar» tal como en la lengua hablada hubiese dicho «desiguenar».

Discúlpenme, pero voy a seguir hablando de mí, que soy mi desconocido, y al escribir me sorprendo un poco porque he descubierto que tengo un destino. Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?

Antes quiero afirmar que esa chica no se conoce sino a través de vivir a la deriva. Si fuese tan tonta como para preguntarse «¿quién soy yo?», se espantaría y se caería al mismo suelo. Es que el «¿quién soy yo?» provoca necesidad. ¿Y cómo satisfacer la necesidad? Quien se analiza está incompleto.

La persona de la que voy a hablar es tan tonta que a veces sonríe a los demás en la calle. Nadie responde a su sonrisa porque ni la miran.

Vuelvo a mí: lo que escribiré no puede ser absorbido por mentes de mucha exigencia y ávidas de cosas sublimes. Porque lo que diré será apenas algo desnudo. Aunque tenga como telón de fondo —y ahora mismo— la penumbra atormentada que siempre hay en mis sueños cuando de noche, atormentado, duermo. Que no esperen, pues, estrellas en lo que sigue: nada brillará, se trata de un material opaco y por su propia naturaleza despreciable para todos. Es que a este relato le falta la melodía cantabile. Su ritmo a veces resulta desacompasado. Y tiene hechos. De pronto me apasioné por los hechos sin literatura; los hechos son piedras duras y obrar me está interesando más que pensar, de los hechos no hay cómo huir.

Me pregunto si debería avanzar por delante del tiempo y esbozar en seguida un final. Pero ocurre que yo mismo todavía no sé bien cómo terminará esto. Y además entiendo que he de avanzar paso a paso, de acuerdo con un plazo determinado por las horas: hasta un animal lucha con el tiempo. Y ésta es también mi condición más primaria: la de avanzar paulatinamente a pesar de la impaciencia que tengo con respecto a esa muchacha.

Con esta historia me voy a sensibilizar, y bien sé que cada día es un día robado a la muerte. No soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos traspasados de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encaje, música de órgano transfigurada. Mal puedo pedir palabras a esa red vibrante y rica, mórbida y oscura, con el contrasonido del bajo continuo del dolor. Allegro con brio. Trataré de sacar oro del carbón. Sé que estoy retrasando la historia y que juego a la pelota sin pelota. ¿El hecho es un acto? Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta.

Pero sospecho que toda esta charla sólo sirva para retrasar la pobreza del relato, porque tengo miedo. Antes de surgir en mi vida esa mecanógrafa, yo era un hombre que incluso estaba un poco contento, a pesar de la falta de éxito de mi literatura. Las cosas, de alguna manera, iban tan bien que podían ponerse muy feas, porque lo que madura por completo puede podrirse.

Sin embargo, de pronto me fascinó transgredir mis propios límites. Y fue cuando pensé en escribir sobre la realidad, ya que me supera. Sea lo que sea lo que quiera decir «realidad». ¿Lo que he de contar será empalagoso? Tengo esa tendencia, pero ahora mismo seco y endurezco todo. Y por lo menos lo que escribo no pide favores a nadie y no implora socorro: se aguanta su presunto dolor con una dignidad de varón.

Sí. Parece que estoy cambiando mi modo de escribir. Pero pasa que sólo escribo lo que quiero, no soy un profesional; tengo que hablar de la norestina, porque si no, me ahogo. Ella me acusa y la forma de defenderme es escribir sobre ella. Escribo con los trazos vivos y ásperos de la pintura. Estaré luchando con hechos como si fuesen las piedras irremediables de que hablé. Ojalá que para animarme echen al vuelo las campanas mientras adivino la realidad. Y que los ángeles revoloteen como avispas translúcidas alrededor de mi cabeza ardiente, porque ella se quiere transformar en objeto-cosa, es más fácil.

¿Será verdad que la acción supera a la palabra?

Pero, al escribir, que se dé a las cosas su verdadero nombre. Cada cosa es una palabra. Y cuando no se la tiene, se la inventa. Ese Dios de ustedes que nos ha ordenado inventar.

¿Por qué escribo? Ante todo porque capté el espíritu de la lengua y así, a veces, la forma forja un contenido. Por tanto, escribo no a causa de la norestina sino por un grave motivo de «fuerza mayor», como se dice en los apercibimientos oficiales, por «fuerza de ley».

Sí, mi fuerza está en la soledad. No temo ni a las lluvias intempestivas ni a los grandes vientos desatados, porque yo también soy la oscuridad de la noche. Aunque no soporte bien oír un silbido en la oscuridad, y pasos. ¿Oscuridad? Me acuerdo de una amante: era una mujer joven y qué oscuridad dentro de su cuerpo. Nunca la olvidé: jamás se olvida a una persona con la que se ha dormido. El acontecimiento permanece grabado a fuego en la carne viva y todos los que perciben el estigma huyen con horror.

En este momento quiero hablar de la norestina. Es esto: ella, como una zorra vagabunda, era teleguiada sólo por sí misma. Porque se había reducido a sí misma. También yo, de fracaso en fracaso, me reduje a mí mismo, pero por lo menos quiero encontrar el mundo y su Dios.

Quiero agregar, a modo de información sobre la joven y sobre mí, que vivimos exclusivamente en el presente porque siempre y por la eternidad estamos en el día de hoy, y el día de mañana será un hoy, la eternidad es el estado de las cosas en este momento. He aquí que ahora, al poner estas palabras sobre la norestina, me siento receloso. La pregunta es: ¿cómo escribo? Advierto que escribo de oído, así como aprendí inglés y francés de oído. ¿Mis antecedentes de escritor? Soy un hombre con más dinero que quienes pasan hambre, cosa que de alguna manera hace de mí una persona deshonesta. Y sólo miento a la hora exacta de la mentira. Pero cuando escribo no miento. ¿Qué más? Sí, no tengo clase social, marginal como soy. La clase alta me tiene por un monstruo extravagante, la media me ve con la desconfianza de que pueda desequilibrarla, la clase baja nunca se me acerca.

No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan chispas y astillas como aceros pulidos.

Ah, el miedo de empezar sin saber siquiera el nombre de la chica. Sin mencionar que la historia me desespera por su enorme simpleza. Lo que me propongo contar parece fácil, a la mano de todos. Pero su elaboración es muy difícil. Porque tengo que dar nitidez a lo que está casi apagado, a lo que apenas veo. Con unas manos de dedos duros, enlodados, palpar lo invisible en el mismo lodo.

De una cosa estoy seguro; este relato tratará de algo delicado: la creación de una persona íntegra, que sin duda está tan viva como yo. Me he ocupado de ella pues sólo puedo mostrarla para que ustedes la reconozcan en la calle, al verla caminar con levedad por su flacura flotante. ¿Y si mi relato fuese triste? Claro que después escribiría algo alegre, aunque, ¿por qué alegre? Porque también soy hombre de hosannas y un día, quién sabe, cantaré bienaventuranzas, y no las dificultades de la norestina.

Por ahora quiero ir desnudo o harapiento, quiero experimentar al menos una vez esa falta de sabor que dicen que tiene la hostia. Comer la hostia será sentir la insulsez del mundo y bañarse en el no. Ése será mi valor, abandonar los sentimientos antiguos que ya resultaban cómodos.

Ahora no hay comodidad: para hablar de la muchacha tengo que dejar de afeitarme varios días y adquirir ojeras oscuras durmiendo poco, sólo dormitar de puro agotamiento, soy un obrero. Además, he de vestirme con ropa vieja y rota. Todo eso para estar en el mismo plano que la norestina. Aunque entre tanto sepa que tal vez tuviese que presentarme de un modo más convincente ante sociedades de tanta exigencia con quien ahora mismo está escribiendo a máquina.

Todo eso, sí, el relato es relato. Pero sabiendo antes, para no olvidarlo jamás, que la palabra es fruto de la palabra. La palabra tiene que parecerse a la palabra. Alcanzarla es el primer deber para conmigo. Y la palabra no puede ser adornada y artísticamente vana, tiene que ser sólo ella. Bien, es verdad que también quería lograr una sensación fina y que esa finura no se quebrara en una línea perpetua. Al mismo tiempo también busco llegar hasta el trombón más grave y profundo, hondo y terrenal, tan a cambio de nada que por el nerviosismo de escribir yo tuviese un acceso incontrolable de risa de pecho. Quiero aceptar mi libertad sin pensar en lo que muchos creen: que existir es cosa de locos, un caso de demencia. Porque lo parece. Existir no es lógico.

La acción de esta historia tendrá como resultado mi transfiguración en otro y mi materialización final en objeto. Sí, tal vez alcance la flauta dulce por la que me treparé en suave enredadera.



Título Original: A hora da estrela
Traductor: Ana Poljak
©1977, Clarice Lispector
©2000, Siruela
Retrato al óleo de Clarice Lispector pintado por Giorgio de Chirico, Roma, 1945

21 mar. 2013

Clarice Lispector: La quinta historia

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Esta historia podría llamarse «Las estatuas». Otro nombre posible es «El asesinato». Y también «Cómo matar cucarachas». Entonces haré por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas desmiente a la otra. Aunque una sola serían mil y una, si me dieran mil y una noches.

La primera, «Cómo matar cucarachas», comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora oyó mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclase en partes iguales azúcar, harina y yeso. La harina y el azúcar las atraerían, el yeso les quemaría lo de adentro. Así hice: murieron.

La otra historia es justamente la primera, y se llama «El asesinato». Comienza así: me quejé de las cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que sólo en abstracto me había quejado de las cucarachas, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y escalaban las cañerías del edificio hasta nuestro hogar. Sólo a la hora de preparar la mezcla fue cuando se volvieron también mías. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había invadido, un sentido de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el veneno de noche. Meticulosa, ardiente, preparaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería fríamente una cosa: matar cada cucaracha que existe. Las cucarachas suben por las cañerías mientras una, cansada, sueña. Y he aquí que la receta estaba lista, tan blanca. Como para cucarachas astutas como yo, esparcí hábilmente el polvo hasta que éste más parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el patio de servicio donde la oscuridad dormía, sólo un mantel despierto en la cuerda de la ropa. Desperté horas después en un sobresalto de atraso. Ya era de madrugada. Atravesé la cocina. Allí en el piso del patio estaban ellas, tiesas, grandes. Durante la noche yo las había matado. En nombre nuestro, amanecía. En el morro, un gallo cantó.

La tercera historia que ahora se inicia es la de «Las estatuas». Comienza diciendo que yo me había quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Prosigue hasta el punto en que, de madrugada, me despierto y todavía soñolienta atravieso la cocina. Más soñoliento que yo está el patio en su perspectiva de azulejos. Y en la oscuridad de la aurora, un tinte violáceo que distancia todo, distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se desparraman rígidas. Las cucarachas que se habían endurecido de dentro hacia afuera. Algunas con la barriga para arriba. Otras a la mitad de un gesto que no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy el primer testimonio del amanecer en Pompeya. Sé cómo fue esta última noche; sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez más penosos, habrán intensificado ávidamente las alegrías de la noche, tratando de huir de dentro de sí mismas. Hasta que se vuelven de piedra, en un espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de afligida censura. Otras, súbitamente asaltadas por el propio interior, sin siquiera haber tenido la intuición de un molde interno que se petrificaba: ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra es cortada de la boca: yo te... Ellas que, usando el nombre de amor en vano, en la noche de verano cantaban. Mientras aquella otra, la de antena marrón, sucia de blanco, habrá adivinado demasiado tarde que se había momificado justamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita del en vano: «Es que miré demasiado hacia adentro de mí; es que miré demasiado hacia adentro de...», desde mi fría altura de gente miro la destrucción de un mundo. Amanece. Una que otra antena de cucaracha muerta tiembla seca con la brisa. De la historia anterior canta el gallo.

La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: me quejé de las cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro hacia las cañerías, por donde esta misma noche ha de renovarse una población lenta y viva en fila india. ¿Renovaría entonces todas las noches el azúcar letal?, como quien ya no duerme sin la avidez de un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón?, en el vicio de ir al encuentro de las estatuas que mi noche sudada levantaba. Me estremecí de placer ruin ante la visión de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio de vivir que haría estallar mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: «Esta casa fue fumigada».

La quinta historia se llama «Leibniz y la trascendencia del amor en la Polinesia». Comienza así: me quejé de las cucarachas.


En La Legión Extranjera
Trad.: Juan García Gayó
Cuentos reunidos
©1974, Clarice Lispector
©2008, Siruela
Foto: CL, por Alair Gomes (1969)