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2 mar. 2007

Daniel Link: La vida, parque temático

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Los equipos científicos del mundo coinciden en que el diluvio universal que arrasará con las especies animales ya está ocurriendo bajo la forma de deforestación, lluvia ácida, cambios climáticos y matanzas. Eso ha modificado sustancialmente el objetivo de los zoológicos: a la conocida exposición de animales detrás de vidrios y barrotes, se suman tareas primordiales como la fertilización asistida, la estimulación, la rehabilitación, el seguimiento satelital y, sobre todo, la conservación de material genético. Radar recorrió los zoo de Buenos Aires, La Plata y Luján, y el flamante parque temático Temaikèn para relevar cómo trabajan en los lugares donde se espera que pase el diluvio y el mundo vuelva a ser un lugar habitable.

Por Daniel Link


La pregunta “¿Por qué miramos a los animales?” es inmemorial y ha recibido muchas respuestas. Miramos a los animales (y hasta llegamos a amarlos) porque nos traen noticias de otra parte. El animal guarda el secreto (lo calla) de la naturaleza del hombre y por eso lo interrogamos sin obtener nunca confirmación sobre nuestra propia naturaleza. Lo que el animal le devuelve al hombre es su propio vacío (o, lo que es lo mismo, el vacío de sentido de su origen, del cual el animal, por principio, debía resultar una mediación).

De modo que el obstinado silencio de los animales es lo que siempre ha garantizado, por un lado, la diferencia, la distancia del animal, su exterioridad respecto del hombre y, por el otro, su lento camino hacia la Nada. Algunos de éstos son los argumentos que John Berger escribió en un artículo de 1977 (incluido luego en Mirar y algunos de cuyos fragmentos se reproducen por separado).

Pero en los últimos treinta años nuestra relación con lo viviente ha dado un vuelco, de modo que conviene volver a los parques zoológicos, esas arcas de lo que está a punto de desaparecer, a ver qué nos dicen sobre nuestra cultura.
Qué extraños resultan los paseos a través de los parques zoológicos actuales, poblados de especies que (como los monstruos) no pueden ser considerados ni materia prima (la vaca, la vicuña), ni herramientas (el caballo, el halcón, el perro) y cuya única razón de existencia en esos espacios de lo heterogéneo es construir la colección (imposible) de lo Otro.



¿Por qué se extinguen los animales?

Los animales entraron por primera vez en la imaginación de los hombres como mensajeros y promesas: había algo más allá de la “humanidad” del hombre y los animales venían a mediar entre nosotros y ese más allá desconocido. Fue lógico que al principio el hombre divinizara las diferentes especies animales y que, más tarde, les otorgara un rasgo (pero sólo uno) de humanidad: la astucia, al zorro; la fidelidad, al gato; la laboriosidad, a la abeja; la sumisión, a la hormiga. Pero, perdido ese carácter mitológico (sagrado), los animales comenzaron a desaparecer de la faz de la Tierra, incapaces de seguir reproduciéndose (o desinteresados por hacerlo).

Si los animales hoy se extinguen al ritmo alucinante de una especie cada tres minutos es porque tienen una relación tan inmediata con su entorno que no pueden ya reproducirse por sí mismos y, en algunos casos, ni siquiera son capaces de llevar adelante sus vidas, dominadas por comportamientos monotemáticos: el oso panda y el koala tienen una dieta exclusiva (brotes de bambú, hojas de eucalipto), la jirafa no puede dormir porque si se cae se muere, los ciervos responden al miedo estrellándose contra piedras, cercos y barrotes o lanzándose al vacío. Incluso el instinto reproductor de los animales (que comparado con el de la especie humana siempre fue muy módico) hoy prácticamente ha desaparecido y los animales deben ser asistidos por el hombre.

En los zoológicos, mientras los biólogos se dedican a la fertilización asistida, los cuidadores y los miembros del equipo de Recreación y Enriquecimiento Ambiental tratan de estimular sensorialmente a las bestias para sacarlas de su embotamiento. Juan Manuel Stagnaro integra uno de esos equipos preocupados por “promover el bienestar animal en entornos controlados” en el Zoo de Buenos Aires. Él les pasa películas (de chimpancés) a los chimpancés, y cuenta con orgullo cómo estimularon, también mediante películas (de orangutanes), a una orangutana que, habiendo parido, no sabía qué hacer con su cría.

Desaparecida la naturaleza de la faz de la Tierra, los animales, apáticos y desinteresados de todo, dependen de los hombres hasta para no aburrirse. Situación paradójica como pocas, si se piensa que en ellos se inspiró Darwin para pronunciar su célebre sentencia sobre la adaptación de las especies. Si miramos a los animales es, también, por su inadecuación (o su incomodidad) en relación con la cultura del presente.


El triángulo de la vida


Las diferentes opciones de parques zoológicos de que dispone el habitante de la vasta megalópolis que es Buenos Aires tienen una distribución espacial armónica: al sur, el Zoológico de La Plata (también hay uno en Florencio Varela); al oeste, el Zoo Luján (también hay uno en Hurlingham); y al norte, en Escobar, Temaikèn.
En el centro de ese triángulo, el Zoo de Buenos Aires, fundado en 1888 y desde 1998 administrado por la Corporación Interamericana de Entretenimientos Rock and Pop (los bienes y los animales, sin embargo, son de la Ciudad de Buenos Aires, que sólo concesiona la explotación). Si cada zoológico se postula como un mapa viviente del mundo, la red que ellos mismos trazan en la hoja de rutas bonaerense es en algún sentido una red cultural, un informe del tiempo y del espacio.

El Zoo de Buenos Aires es probablemente uno de los paseos más populares de la Ciudad. Si hay que creerle a Clemente Onelli, su segundo director, ya en 1906 sus visitantes equivalían a la totalidad de los habitantes de la Ciudad, y así sigue siendo (ver tabla). Declarado su patrimonio edilicio de interés histórico, los actuales administradores del Zoo hacen lo posible por adecuar las características del parque a las recomendaciones de los organismos internacionales y, al mismo tiempo, para conservar los falsos edificios étnicos que contiene (todavía está en el aire el escándalo de la desaparición de la Biblioteca Pública que funcionaba en el lugar, hoy desguazada y perdida para siempre).

Diseñado en sus comienzos, como todo Palermo, como un parque parisino, hoy el Zoológico es un atiborrado paseo en el que predomina una mezcolanza de estilos, tanto en lo arquitectónico como en lo estrictamente vegetal: las especies arborícolas, más allá de las necesidades de ambientación, no responden a ninguna dirección determinada y parecen más la obra del capricho que del diseño: al kitsch clásico se suma ahora la cursilería post-pop. Uno de los problemas más difíciles de tratar en el Zoo porteño es la limpieza de sus aguas, dado que todas las lagunas y cursos se conectan entre sí, sobre un suelo más bien pantanoso, a pocos metros del arroyo Maldonado. Aun cuando los biólogos insistan en que la claridad prístina de las aguas no es un requisito importante ni para el bienestar de los habitantes del zoo ni para su calificación como centro de investigación y pedagogía, las aguas turbias escandalizan siempre a los visitantes, porque parecería que algo se sustrae a sus ávidas miradas.

De todos modos, la actual gestión ha hecho lo posible por adecuar el parque a las exigencias del público moderno, sobre todo en lo que se refiere a la transformación de los recintos de los animales (hoy hay mucho más vidrio donde antes había barrotes). Los osos polares, por muchas razones los animales estrella de todos los zoológicos del mundo (no debe ser la menor de ellas que se trate del único animal que verdaderamente gusta de la carne humana), reciben una dieta baja en calorías, lo que disminuye su capa de grasa y les permite resistir nuestras canículas, y tienen una pileta de agua transparente y helada a la que próximamente se le agregará un pasillo de visión subacuática, lo que (independientemente de lo que los osos crean) causará sensación entre los visitantes.



Florida al alcance de todos

Al sur, el Zoológico de la Plata recién comienza a ser modernizado, con lo cual conserva el aire levemente aristocrático y decadente que supo tener el de Buenos Aires hasta la privatización de su gestión. De hecho, uno podría decir que pasar del Zoológico de La Plata al de Buenos Aires es como atravesar un yacimiento temporal para ingresar en otro y, siguiendo por el mismo eje, Temaikèn, al norte, es ya un zoológico del futuro.

“Temaikèn no es un zoológico, es un parque temático”, aclara Vanesa Astore, bióloga del de Buenos Aires. ¿La diferencia? “Un zoológico presupone colección, mientras que un parque temático puede especializarse. En lo demás, trabajamos para el mismo lado.”

De hecho, Temaikèn “fue concebido como un parque con animales silvestres”, muy al estilo del famoso parque de Tampa, Bush Gardens, pero sin montañas rusas y juegos acuáticos. Si alguien tiene de pronto la impresión de estar en Florida (Estados Unidos), que no se censure: esa impresión es inevitable, es justa, es necesaria (hacia allí parece ir la cultura argentina de los últimos tiempos).
La parquización de Temaikèn es impecable (“hay un equilibrio tan perfecto en todo”, dijo una señora de cincuenta años, con acento vagamente parecido al de China Zorrilla): abundan las especies silvestres, están muy bien distribuidas, y contribuyen a crear escenografías diversas para las diferentes especies que el Parque alberga. Aun cuando el kitsch sea, en este tipo de paseos, inevitable, lo mismo puede decirse de los recintos y de la selección de especies.
Particularmente espectacular para los niños es el recinto de los hipopótamos, con una pileta de vidrio transparente que los muestra como elegantísimas ballerinas gordas. Pero mucho más incitan a la meditación los recintos de los murciélagos gigantes y de los excavadores patagónicos. Las madrigueras bajo tierra de la comadreja, la vizcacha, la mulita y el tuco tuco sólo podrían compararse en la fascinación que provocan con la pecera de aguavivas del Zoológico de Berlín.


La Fundación Temaikèn, como se sabe, está emparentada de algún modo con el grupo Pérez Companc. Además de la gestión del parque, participa de proyectos de conservación y proyectos educativos. En lo que al parque se refiere, “nos regimos por los estándares de la World Zoo Organization (estrategia mundial para los Parques Zoológicos del 2005). En el 2002, junto a los Parques Zoológicos y establecimientos afines de Buenos Aires, conformamos la Asociación que nos agrupa (AZBA). Dentro de sus objetivos se encuentra la cooperación entre los Parques”, informa Aldo Massó, uno de los responsables de la comunicación institucional de Temaikèn. Pero, como no podía ser de otra manera, la Fundación participa además en el proyecto de conservación del cóndor andino (ver aparte) mediante la recuperación y rehabilitación de animales y la administración de la base de datos satelital. También contribuye a financiar la plataforma de liberación en sus ambientes naturales.

Además de la inclusión de algunas vedettes (el casal de hipopótamos y la cría nacida en el parque mismo, los tigres blancos y amarillos, etc.), Temaikèn reconstruye, como lo aconsejan las directivas internacionales, ecosistemas autóctonos. Uno de sus muchos méritos es la cuidada presentación de la Patagonia. “La Patagonia argentina es un ecosistema muy rico que nos permite desarrollar programas educativos (incluyendo las adaptaciones de mamíferos acuáticos) y reproductivos sobre especies en peligro o vulnerables, tal es el caso de choiques, cóndores y pudúes. Tenemos pensado a mediano plazo la incorporación de un ecosistema que represente nuestra Mesopotamia, con la incorporación de nuevas especies, seleccionadas de acuerdo con el plan de colección, que tomará en cuenta variados items para dicha elección: Status, en programa Nacional de recuperación, de utilidad especial para la Educación, con posibilidades reales de reproducción, con potencial de investigación, etcétera.”

Es que hay mucho nacionalismo, aun tratándose de lo viviente en general, como en este caso. Imposibilitados como se encuentran hoy los zoológicos de realizar capturas en sus ambientes naturales y prácticamente prohibido por convenios internacionales el tráfico internacional de especies autóctonas amenazadas, cada país deberá hacerse cargo de salvar su propia fauna.



África mía

Si en los zoológicos lo que se privilegia es la mirada, Temaikèn lleva la posibilidad de mirar –y la idea de distancia asociada con ella– a un más allá directamente massmediático. El magnífico acuario, ,en el que se presentan tres sistemas acuáticos distintos (55 especies, 3300 ejemplares), ofrece vistas frontales, pero también cenitales. Al entrar y salir del enorme recinto, el visitante tiene la posibilidad de pasar por debajo de las rayas y los tiburones que nadan en las prístinas aguas (“¡Qué pedazo de dorado!”, exclamó un niño obviamente no educado en los estándares del conservacionismo sino en los de la pesca).

Pero pareciera que ya ni la posibilidad de verlos garantiza la existencia de los animales (para eso, los documentales del cable), y por eso los visitantes de los zoológicos buscan la experiencia directa de la animalidad.

El tercer vértice del triángulo zoológico lo ocupa el Zoo Luján (un “parque recreativo y cultural” que depende de la Fundación Ecológica Zoo Luján), que no parece ni un zoológico ni un parque temático sino más bien una feria de campo (dibujada por Molina Campos) con exhibición de tractores, autos viejos, máquinas en desuso y, por supuesto, fieras. “Es un zoológico abierto, ya que la mayoría de los animales –y por el necesario respeto y seguridad entre ellos y las personas– viven en corrales con dimensiones de potrero, en grandes jaulas, o bien pasean en absoluta libertad dentro del perímetro de la institución. Casi todos los animales son accesibles a la gente, y acercarse a ellos es posible.” Quienes visitan el Zoo Luján lo hacen para poder acariciar leones, tigres y monos, y poder montarse a los dos elefantes que, como autómatas, dan una vuelta de calesita en los fondos del predio.

Jorge Semino, director del Zoo, explica los criterios de una connivencia semejante: “Los animales, incluso los cachorros de león africano, son absolutamente mansos y están controlados sanitariamente para evitar la transmisión de cualquier enfermedad. Pero necesitan ser respetados. Ellos tienen sus tiempos de alimentación y descanso. Por eso nos limitamos a realizar alguna demostración de mansedumbre, con la participación de un guía y algún chico del público”. Lo cierto es que los visitantes son invitados a acercarse a las crías y también a los animales adultos.

“No le toques la cabeza”, recomienda un cuidador. “¿Por qué?”, pregunta la madre del niño que se apresta a posar para su foto-con-felino. “Porque no les gusta”, contesta el empleado.

En las jaulas de monos y leones hay, además de personas, perros. Unos cuzcos más bien insignificantes, pero con una función fundamental: transmitir docilidad a las fieras, tal como explica el director del Zoo: “Los pequeños compartirán su recinto con otros amiguitos, unos cachorros perritos que ayudarán a formarles un carácter mas tranquilo”.

Los esfuerzos que en el Zoo de Buenos Aires, en el de La Plata o en Temaikèn realiza personal especializado para “estimular el normal comportamiento de la especie”, en el Zoo Luján se traduce en “formación de carácter”, y el artífice de semejante transformación es el mejor amigo del hombre (una razón más, si hiciera falta, para odiar los perros).



¿Hay clases entre los animales?

Si se tuviera en cuenta el valor de la entrada (ver tabla), habría que oponer Temaikèn y el Zoológico de La Plata en dos extremos alejadísimos (como en el mapa). En cantidad de especies, Buenos Aires es el Zoo más opulento y comparte con La Plata el tratamiento “científico” de lo viviente.

Pero si se tuviera en cuenta sólo la infraestructura, Temaikèn, con sus ventiladores que lanzan al público agua pulverizada para contrarrestar los calores, sus glorietas, sus miradores y su estación de cría con incubadoras, podría oponerse a Zoo Luján, donde el olor a fiera golpea como un yunque macizo y la concentración de moscas es superior a la usual, donde los jabalíes retozan en el barro mientras en la pileta de los lobos marinos hacen sus gracias... niños de todas las edades.

Pero, además de oponerse por los estímulos sensoriales que suministran (la mirada, en oposición al olor y el tacto), Temaikèn y el Zoo Luján responden a diferentes filosofías de vida: aparentemente los visitantes del Zoo Luján gustan de acampar entre las fieras y el Parque ofrece la posibilidad de hacerlo. El melancólico coro de rugidos de los felinos al anochecer seguramente dispara la fantasía de los acampantes y es otro mundo en el que de pronto se imaginan: un mundo en el que la Naturaleza todavía no tiene la forma de un Parque Jurásico y las fieras amenazan al hombre. Un mundo en el que la televisión no habla del agotamiento de los combustibles fósiles como causa de guerras inminentes.



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La vida está en otra parte
Cómo funciona el zoológico invisible


Por D. L.


“Los jardines zoológicos son, por definición, parques públicos en los que se exhiben animales cautivos, principalmente para recreación y educación. El cautiverio de animales salvajes data de la antigüedad. Hace 3000 años, el emperador chino Wen Wang hizo construir un gran Parque de la Sabiduría, donde exhibía rinocerontes, tigres, ciervos, antílopes, aves y serpientes”, cuentan Juan J. Morrone y Adrián Fortino de la Universidad Nacional de La Plata. En todos los lugares del mundo, tan pronto como abandonaron la vida nómada, los pueblos organizaron alguna forma de jardín zoológico. En la América prehispánica, Moctezuma Xocoyotzin, hijo de Azcayatl y nieto de Moctezuma Ichuicamina, en la Gran Tenochtitlán, mandó construir el primer zoológico de América y uno de los primeros del mundo. Esa Casa de las Fieras, para solaz del emperador y su corte, contaba con una gran cantidad de especies silvestres, organizadas en cuatro departamentos: cuadrúpedos feroces de Anahuac (lobos, coyotes, jaguares), aves de rapiña, serpientes y otros reptiles, y anfibios. Había además estanques para aves acuáticas y recintos para ciervos y antílopes y una espléndida colección de pájaros de América Central (quetzales, cardenales, chachalacas, codornices). En 1519, los españoles descubren el gran Palacio de Moctezuma, que arrasarán sin piedad poco después.



El oro de los tigres
Creados en principio como monumentos que celebran la victoria humana sobre la Naturaleza, los jardines zoológicos se han transformado en los últimos treinta años en instituciones educativas donde la gente aprende rudimentos de corrección política: lo que hoy sabemos es que la victoria sobre la Naturaleza se traduce en la inminente aniquilación de la diversidad de lo viviente, y esa victoria pírrica es el signo de los zoológicos contemporáneos, cuya mayor preocupación es precisamente garantizar la reproducción de las especies (y formar grupos reproductivos antes que completar la colección).

Si antes podía pensarse que los zoológicos eran un símbolo del poder del hombre sobre las bestias, o de las metrópolis sobre sus colonias (y abominar, por lo tanto, de ellos), hoy funcionan primordialmente como centros de conservación de fauna en peligro de extinción. Y salvo el caso de los animales que funcionan como materia prima, herramientas o mascotas (o los que se convierten en plagas), en peligro de extinción está toda la fauna silvestre del planeta. Como gustan de recordarnos los biólogos: “Cada tres minutos una especie silvestre desaparece del planeta y seis hectáreas de selva tropical se desmontan para uso humano”.


El cóndor pasa

Llevado lo viviente a un umbral de transformación sin precedentes, los zoológicos son la única herramienta que las culturas modernas tienen a su alcance para preservar algo del desastre que la misma modernidad ha desencadenado. “La importancia de un zoológico se mide hoy no tanto por la cantidad de especies y ejemplares que albergue sino por la cantidad de proyectos de conservación que desarrolle”, señala Adrián Sestelo, biólogo del zoológico palermitano.

El Zoo de Buenos Aires, el Zoológico de La Plata y la Fundación Temaikén, por ejemplo, coordinan sus esfuerzos en el Proyecto Cóndor Andino, uno de cuyos objetivos es asistir a la reproducción y conservación del cóndor en Sudamérica. Vanesa Astore es una de las biólogas que trabajan en el Zoo de Buenos Aires y, además, una conservacionista fanática (fundadora de la Fundación BioAndina Argentina). “Sí –confiesa cuando se le pide que repita algún dato–, a veces la gente me pregunta en una fiesta qué hago y yo no puedo parar de hablar.” Lo que ella hace junto con su equipo es asistir a la reproducción de cóndores, criarlos en cautiverio (con diversos dispositivos que involucran el uso de títeres, para que ese carroñero de los Andes no se acostumbre a ver personas) y luego reinsertarlos en su hábitat natural. El procedimiento parece tan sencillo como criar gallinas, pero no lo es. En gran parte de Sudamérica el cóndor se ha extinguido por completo, de modo que además de conseguir material genético e inducir patrones de comportamiento, los biólogos deben realizar un seguimiento del vuelo de cada cóndor liberado para asegurarse de su supervivencia. Y como los cóndores tienen la peculiaridad de volar a alturas de jet, lo que les permite atravesar la cordillera, no hay transmisor de radio que permita seguirlos. Por eso, la NASA participa del Proyecto Cóndor Andino, suministrando las lecturas satelitales de los dispositivos que las aves llevan de aquí para allá. La información se vuelca en mapas, lo que informa no sólo dónde está el cóndor sino también qué está haciendo. Liberado en su hábitat natural, la fiera alada depende, sin embargo, de la tecnología de punta para su supervivencia. Entre los muchos méritos del Proyecto Cóndor Andino se cuentan la liberación de ejemplares en Catamarca, en Chile (pero el animalito cruzó la cordillera y volvió a suelo argentino) y en Venezuela, donde no quedaba un solo ejemplar. Con el tiempo, se entusiasman los biólogos, podrá restituirse el cóndor incluso en el litoral patagónico, de donde se extinguió hace tiempo.

En las condoreras argentinas (cuya localización precisa los biólogos guardan como un secreto de alta seguridad biológica, y tienen razón) hay más animales que en el resto de Sudamérica y de ahí el papel rector que los zoológicos locales tienen en la preservación de la especie y el reconocimiento internacional que ha recibido el proyecto.

Pero es sólo una, y las que están amenazadas son tantas que Vanesa Astore se desespera. A ella le gustaría poder trabajar también en la conservación del oso de anteojos (parecido a un mapache, se lo puede ver en Temaikén) o el aguará guazú (como un perro, pero con las patas demasiado largas, que tiene recinto propio en el Zoo de Buenos Aires), especies ambas prácticamente condenadas a la desaparición. Cuando cae el sol, cuenta Vanesa, ella juega con el aguará en su jaula (la noche y los días de lluvia son los que el seudo perro, originario de los pantanos de la Mesopotamia, más disfruta).


Cita con Rama

¿Y qué animales de los que ahora carecen querrían tener los biólogos que trabajan en el Zoo? Porque, por ejemplo, oso anteojudo en Buenos Aires no hay. “Sí que hay –salta Luis Jácome, director general del proyecto ARCA (Asistencia a la Reproducción y Conservación Animal)–, está en los termos.” Además del zoológico visible hay otro invisible, donde descansa el material genético de las especies en peligro de extinción. “A lo mejor dentro de ciento cincuenta años se puede hacer algo para recuperarlos”, dice Jácome.

Suena a conspiración científica, suena a “Colotordoc”, pero lo cierto es que los biólogos del mundo, conscientes de que el diluvio ya fue y está siendo (no bajo la forma de la lluvia sin fin, sino de la tala indiscriminada, la desertificación, las modificaciones climáticas y las matanzas), se dedican a recolectar material genético de aquí y de allí (los zoológicos trabajan en redes, responden a pautas globales, realizan diagnósticos y acciones en conjunto) y a enfriarlo con nitrógeno líquido a la espera de... ¿de qué? “A la espera de que cuando pase el `diluvio’ que hemos desatado, exista alguna forma de devolver las especies a la naturaleza”, dicen los científicos con total seriedad y confianza que tal vez muchos no compartan.

Para Jácome, “la extinción de especies animales y vegetales es uno de los síntomas más preocupantes del deterioro ambiental en el mundo, ya que constituye un proceso irreversible que nos priva para siempre de un material genético único e irreemplazable y pone en riesgo la supervivencia misma de la especie humana. Frente a este nuevo diluvio universal, el hombre debe ensayar soluciones y provocar cambios culturales que permitan asegurar la continuidad de la vida en la Tierra. En la actualidad los esfuerzos de conservación de vida silvestre se llevan a cabo, principalmente, a través de dos estrategias básicas: la conservación in situ y la conservación ex situ. La primera involucra todas las acciones desarrolladas en ambientes naturales, basada principalmente en la creación y manejo de áreas protegidas, como son los parques y reservas naturales. En tanto que la conservación ex situ involucra todas las acciones que se pueden desarrollar para apoyar la supervivencia de las especies silvestres, fuera de su lugar de origen, principalmente a través de Zoológicos y criaderos”.

La Estrategia Mundial de la Conservación en Zoológicos, iniciativa de la Unión Internacional de Directores de Parques (Iudzg), la Organización Mundial de Zoológicos y el Grupo de Especialistas de Cría en Cautiverio (CBSG) de la Unión Mundial de la Conservación (IUCN), que son los organismos líderes de los que los zoológicos del mundo participan (La Plata, Buenos Aires y Temaikén siguen puntualmente sus recomendaciones) reconocen que el uso de las técnicas para la reproducción artificial puede mejorar el manejo ex situ de las poblaciones silvestres y puede ayudar a la retención de la máxima variabilidad genética.

En ese contexto, el Zoo de Buenos Aires creó en 1996 el Proyecto Arca, cuyo más espectacular desarrollo es el frozen zoo que guarda las especies a 195,8 grados centígrados bajo cero en estado de animación suspendida.


Miro a Vanesa Astore como si fuera un personaje de Jurassic Park y se lo digo. “Para nada”, contesta, y agrega: “El conservacionismo está en contra de la clonación y la manipulación genética, dado que a los fines del Proyecto ARCA lo que interesa conservar es la diversidad genética original de las especies silvestres”.

De modo que en algún lugar del Zoo de Buenos Aires y de otros zoológicos del mundo (también por razones de seguridad los emplazamientos son secretos y la información que coleccionan se duplica), los biólogos han comenzado a guardar en termos con nitrógeno líquido un Banco de Recursos Genéticos, tal como sucedía en la fantasía futurista de Arthur Clarke, Cita con Rama (una nave-arca alienígena que atravesaba el espacio repleta de material genético en animación suspendida).
Jácome continúa explicando: “Las ventajas del Banco son evidentes, en él es posible almacenar un alto número de células reproductivas y somáticas, de variadas especies silvestres, que resultan significativas para asegurar la variabilidad genética de las mismas. Además, cada ejemplar, genéticamente único e irrepetible, puede sobrevivir en el tiempo en formaindefinida, aumentando la cantidad de descendencia que él mismo puede dar, aún después de muerto. Así mismo el Banco maximiza el uso del espacio, que siempre resulta ser una limitante importante en las acciones de conservación ex situ, dando cabida a un gran número de especies e individuos. Y por último, resulta más práctico y seguro transportar el material reproductivo en termos de nitrógeno, que a los ejemplares silvestres a través de grandes distancias para realizar intercambios genéticos”.

Ya no hablamos de especies vivientes, hablamos de material genético, y es de su supervivencia de lo que se ocupan los zoológicos actuales. “Además –agrega Vanesa Astore–, en el caso de muchas especies el material genético está tan deteriorado que no vale la pena continuar con esfuerzos de reproducción. Es el caso del guepardo. La endogamia (todos los animales en cautiverio son más o menos parientes) impide obtener material genético usable. Cuando examinamos los espermatozoides tienen tres cabezas o no tienen cola...”

Más que de conservación, hoy conviene hablar de crioconservación (laboratorio a cargo de Adrián Sestelo), y es por eso que el Zoo de Buenos Aires puede jactarse de tener en su colección hasta ejemplares de animales que no pueden mirarse: el venado de las pampas, el oso de anteojos, el yaguareté, el ciervo del Padre David (extinto en China, de donde es oriundo), el pudú, el mono araña negro, el mono carayá, el mono caí, el tigre, el chimpancé, la cabra africana, el ciervo dama (en sus variedades albino, melánico y pintado), la llama, la corzuela parda, el ciervo colorado, el ciervo japonés, el aruí, el muflón, el lince, el mono patas, el aguará guazú, tucanes, iguanas, hienas.

Ya no hay vida silvestre y dentro de poco (por la resistencia o la incapacidad de las especies animales para reproducirse en cautiverio) tampoco quedará más vida en los zoológicos que la que guardan los tubos de ensayo. Una vida latente, en suspenso, hipotética. Marx decía que el capitalismo destruye la fuerza de trabajo. Hoy sabemos que es mucho más siniestro porque destruye (porque ha destruido) las condiciones de posibilidad de lo viviente. Es probable que nuestra cultura no consiga sobrevivir como tal sin el enigma de la diferencia y la diversidad, dramáticamente encarnada en el espejo vacío que son los animales para nosotros. En el ara sacrificial del progreso hemos perdido la Naturaleza, los mitos y toda posibilidad no utilitaria de relacionarnos con los animales. La transformación actual de las Casas de Fieras en Laboratorios de Alta Tecnología Biológica instala en otro nivel lo que ya había señalado John Berger: los animales siguen sin devolvernos la mirada, pero ahora ya ni siquiera podemos verlos.


¿Por qué miramos a los animales?
por John Berger

Los zoológicos públicos aparecieron al inicio del período que vería desaparecer a los animales de la vida cotidiana. Esos zoológicos, adonde va la gente para encontrarse con los animales, para observarlos, para verlos, son, en realidad, monumentos a la imposibilidad de tales encuentros. Los zoológicos modernos constituyen el epitafio a una relación que era tan antigua como el hombre. No suelen verse desde esta perspectiva porque nadie se cuestiona adecuadamente su existencia.

En el momento de su fundación, el zoológico de Londres, en 1828; el Jardin des Plantes, en 1793; el zoológico de Berlín, en 1844; aportaron un prestigio considerable a estas capitales. Tal prestigio no era muy diferente del que se había otorgado a las Casas de Fieras privadas de la realeza. Estas casas de fieras, junto con el oro, la arquitectura, las orquestas, los artistas, los muebles, los enanos, los bufones, los uniformes, los caballos, el arte y la comida, habían sido demostraciones del poder y la riqueza del emperador o del rey. Del mismo modo, en el siglo XIX, los zoológicos públicos suponían una confirmación del moderno poder colonial. La captura de los animales era una representación simbólica de la conquista de todas aquellas tierras lejanas y exóticas. Los “exploradores” demostraban su patriotismo enviando a la patria un tigre o un elefante. La donación de un animal exótico al zoológico de la metrópoli se convirtió en una muestra simbólica de la subordinación en las relaciones diplomáticas.

Sin embargo, como todas las demás instituciones públicas del siglo XIX, el zoológico, por mucho que respaldara la ideología del imperialismo, iba a exigir una función cívica independiente. Pretendía así ser un tipo más de museo, cuyo fin era fomentar el conocimiento y la ilustración públicas. Por eso, los primeros interrogantes que plantean los zoológicos pertenecen a la historia natural; se creía entonces que era posible estudiar la vida natural de los animales incluso en unas condiciones tan poco naturales. Un siglo más tarde, otros zoólogos más sofisticados, como Konrad Lorenz, se plantean cuestiones conductistas y etiológicas cuyo presunto objetivo era descubrir algo más sobre las fuentes del comportamiento humano a través del estudio de animales bajo condiciones experimentales.

Mientras tanto, los zoológicos eran visitados cada año por millones de personas, llevadas por una curiosidad que es al mismo tiempo tan vasta, tan imprecisa y tan personal que es difícil de expresar en una sola pregunta. Y esta pregunta, no profesional e implícita, es la que merece la pena contestar.

El zoológico es un lugar en el que se reúnen el mayor número posible de especies y variedades animales, a fin de que puedan ser vistas, observadas, estudiadas. En principio, cada jaula es un marco que encuadra al animal alojado dentro. Los visitantes acuden al zoológico a mirar a los animales. Pasan de una jaula a otra, de un modo no muy diferente de como lo hacen los visitantes de una galería de arte, que se paran delante de un cuadro y luego avanzan hasta el siguiente o el que está situado después de éste. No obstante, en el zoológico la visión siempre es falsa. Como si se tratara de imágenes desenfocadas.

Se lo mire como se lo mire, aun cuando el animal esté de pie contra los barrotes, a veinte centímetros de nosotros, mirando hacia el público, lo que estamos viendo es algo que ha pasado a ser absolutamente marginal; y toda la concentración que podamos reunir nunca será suficiente para volverlo a poner en el centro.
Los zoológicos, los juguetes realistas de temática animal, la extensa difusión comercial de la imaginería animal, todo ello comenzó cuando los animales empezaron a ser retirados de la vida cotidiana.

Los animales desaparecen de todas partes; en los zoológicos, constituyen un monumento vivo a su propia desaparición. El fin público de los zoológicos es ofrecer a los visitantes la oportunidad de mirar a losanimales. No obstante, la mirada del intruso no encontrará la de animal alguno en todo el zoológico. Como máximo, los ojos del animal vacilan y luego pasan de largo. Miran de lado. Miran sin ver más allá de los barrotes. Escudriñan mecánicamente. Están inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un lugar central en su interés.
Aquí reside la consecuencia última de su marginación. Aquella mirada entre el hombre y el animal, que probablemente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la sociedad humana y con la que, en cualquier caso, habían vivido todos los hombres hasta hace menos de un siglo, esa mirada se ha extinguido.


Suplemento Radar - Página 12Suplemento Radar, Página 12, febrero 2003