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2 ago. 2012

Lin Yutang - Cristiano, chino y griego

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Lin Yutang


Hay varios puntos de vista de la humanidad: el teológico cristiano tradicional, el pagano griego, y el taoísta-confucianista chino. (No incluyo el punto de vista budista porque es demasiado triste.) Más profundamente, en su sentido alegórico, estos puntos de vista, después de todo, no difieren tanto uno de otro, especialmente cuando el hombre moderno, con mayores conocimientos biológicos y antropológicos, les da una interpretación más amplia. Pero existen estas diferencias en sus formas originales.

El punto de vista cristiano original, ortodoxo, era que el hombre fue creado perfecto, inocente, tonto y feliz, y que vivía desnudo en el Jardín del Edén. Vino después el conocimiento y la sabiduría, y la Caída del hombre, a la cual se deben los sufrimientos del hombre, notablemente (1°) trabajarás con el sudor de tu frente, para el varón, y (2°) los dolores del parto, para la mujer. En contraste con la inocencia y la perfección originaria del hombre, se introdujo un nuevo elemento para explicar su actual imperfección, y ese elemento es, claro está, el Diablo, que trabaja sobre todo a través del cuerpo, mientras su carácter más elevado trabaja por el alma. No sé cuándo se inventó el "alma" en la historia de la teología cristiana, pero esta "alma" llegó a ser un algo más que una función, una entidad más que una condición, y separó decididamente al hombre de los animales, que no tienen almas dignas de salvar. Aquí se detiene la lógica, porque el origen del Diablo tuvo que ser explicado, y cuando los teólogos medievales procedieron con su acostumbrada lógica escolástica a encarar el problema, se vieron en un aprieto. No les caía muy bien admitir que el Diablo, que era No-Dios, viniera de Dios, ni podían convenir muy bien en que en el universo original el Diablo, un No-Dios, fuera co-eterno con Dios. Por eso, desesperados, convinieron en que el Diablo debió ser un ángel caído, lo cual viene a plantear la cuestión del origen del mal (porque debe haber habido aun otro Diablo que tentara a este ángel caído), y esto es, por ende, poco satisfactorio; pero tuvieron que dejar las cosas así. No obstante, de todo ello resultó una curiosa dicotomía del espíritu y la carne, una concepción mítica que todavía hoy predomina bastante y es poderosa en cuanto afecta a nuestra filosofía de la vida y nuestra felicidad.

Vino después la Redención, que derivaba aún del concepto corriente del cordero de sacrificio, y que se remontaba todavía más, a la idea de un Dios que deseaba el olor de la carne asada y no podía perdonar si no se le daba algo. En esta Redención se encontró de un golpe el medio por el cual se podían perdonar todos los pecados, y así se halló de nuevo un camino a la perfección. El aspecto más curioso del pensamiento cristiano es la idea de la perfección. Como esto ocurrió durante la decadencia de los mundos antiguos, surgió la tendencia a acentuar la postvida, y la cuestión de la salvación reemplazó a la cuestión de la felicidad, o de la vida misma. La noción era la de cómo salir con vida de este mundo, un mundo que aparentemente se hundía en la corrupción y el caos, y estaba condenado. De ahí la agobiante importancia asignada a la inmortalidad. Esto representa una contradicción de la historia original del Génesis, donde se lee que Dios no quería que el hombre viviera siempre. El relato que hace el Génesis de la razón por la cual Adán y Eva fueron echados del Jardín del Edén no dice que fue por haber comido del Árbol del Conocimiento, como se concibe popularmente, sino por temor de que desobedecieran por segunda vez y comieran del Árbol de la Vida y vivieran para siempre:

Y el Señor dijo: He aquí que el hombre se ha hecho como uno de nosotros, que conoce el bien y el mal: y ahora, paca que no extienda la mano, y tome también de! árbol de la vida, y coma y viva por siempre;

Por lo tanto, el Señor Dios le echó del Jardín del Edén, para que labrara la tierra de donde fue tomado.

Y así echó al hombre; y colocó al Oriente del Jardín del Edén unos querubines, y una flamígera espada que se volvía a todos lados, para cuidar el camino del árbol de la vida,

El Árbol del Conocimiento parecería estar en el centro del jardín, pero el Árbol de la Vida estaba cerca de la entrada oriental, donde, por cuanto podemos saber, todavía se hallan los querubines para evitar la aproximación de los hombres.

En suma, todavía hay una creencia en la depravación total, en que el goce de esta vida es pecado y maldad, en que para estar cómodo hay que ser virtuoso, y que en definitiva el hombre no puede salvarse sino por un poder mayor y externo. La doctrina del pecado es todavía la presunción básica del Cristianismo, como se le practica en general hoy, y los misioneros cristianos que tratan de lograr conversos comienzan en general por llevar a quienes quieren convertir la impresión de una conciencia del pecado y de la maldad de la naturaleza humana (que es, claro está, el sine qua non para la necesidad del remedio primario que tiene guardado el misionero). En suma, no se puede hacer cristiano a un hombre antes de convencerlo de que es un pecador. Alguien ha dicho con cierta crueldad: "La religión en nuestro país se ha reducido tanto a la contemplación del pecado, que un hombre respetable ya no se atreve a mostrar la cara en la iglesia."

El mundo griego pagano era un mundo diferente, por sí, y por lo tanto su concepción del hombre era también muy diferente. Lo que más me llama la atención es que los griegos hicieron a sus dioses como hombres, en tanto que los cristianos desearon hacer a los hombres como dioses. Esa compañía olímpica es por cierto jovial, amorosa, cariñosa, embustera, discutidora e irrespetuosa de sus votos; un grupo de personas que aman la caza, que dirigen sus carros y arrojan sus jabalinas como los mismos griegos; y personas que se casaban y que tenían una cantidad increíble de hijos ilegítimos. Por cuanto atañe a la diferencia entre dioses y hombres, los dioses apenas tenían poderes divinos para lanzar centellas en el cielo y hacer crecer la vegetación en la tierra; eran inmortales, y bebían néctar en lugar de vino... las frutas eran casi las mismas. Y uno siente que puede tener intimidad con esta gente, que puede ir de caza, con una mochila a la espalda, en compañía de Apolo o Atena, o detener a Mercurio a su paso y conversar con él como con un mensajero telegráfico, y si la conversación se hace demasiado interesante, podemos imaginar a Mercurio diciendo:, "Sí. Claro. Lo siento, pero tengo que correr a entregar este mensaje a la calle tal." Los hombres griegos no eran divinos, pero los dioses griegos eran humanos. ¡Qué diferentes del perfecto Dios cristiano! De modo que los dioses no eran más que otra raza de hombres, una raza de gigantes, dotados de inmortalidad, que no tenían los hombres de la tierra. De este ambiente salieron algunas de las narraciones más inefablemente bellas, las de Démeter y Proserpina y Orfeo. La creencia en los dioses se daba por sentada, porque hasta Sócrates, cuando estaba por beber la cicuta, propuso una libación a los dioses para que le apresuraran el viaje de este mundo al próximo. Una actitud muy parecida a la de Confucio. Era menester que así fuese en aquel período; desgraciadamente, no hay modo de saber qué actitud hacía el hombre y hacia Dios tomaría el espíritu griego en el mundo moderno. El mundo griego pagano no era moderno, y el moderno mundo cristiano no es.griego. Esa es la lástima.

En total, los griegos aceptaban que la suerte del hombre era una suerte mortal, sujeta a veces a un Destino cruel. Una vez aceptado eso, el hombre era bastante feliz tal como se consideraba, porque los griegos amaban esta vida, y este universo, y les interesaba comprender lo bueno, lo verdadero y lo hermoso en la vida, además de estar plenamente ocupados en la comprensión científica del mundo físico. No había un mítico "Período de Oro", en el sentido del Jardín del Edén, ni una alegoría de la Caída del Hombre; los mismos helenos no eran más que criaturas humanas transformadas de las piedras recogidas y arrojadas sobre el hombro por Deucalíon y su esposa Pyrrha, cuando bajaban a la llanura después del Gran Diluvio. Las enfermedades y los males se explicaban cómicamente; se producían por el irrefrenable deseo de una joven por abrir y ver una caja de joyas: la Caja de Pandora. La fantasía griega era hermosa. Tomaban el carácter humano casi como era: los cristianos podrían decir que estaban "resignados" a una suerte mortal. ¡Pero era tan bello ser mortal!; había lugar para el ejercicio de la comprensión, y del espíritu libre, especulativo. Algunos de los sofistas pensaban que la naturaleza del hombre era buena, y algunos pensaban que la naturaleza del hombre era mala, pero no existía la aguda contradicción de Hobbes y Rousseau. Finalmente, en Platón, se veía al hombre como un compuesto de deseos, emociones y pensamientos, y la vida humana ideal consistía en vivir juntos, en la armonía de esas tres partes del ser, bajo la guía de la sabiduría o la verdadera comprensión.

Platón pensaba que las "ideas" eran inmortales, pero las almas individuales eran bajas o nobles, según amaran la justicia, el conocimiento, la temperancia y la belleza, o no. El alma también adquiría una existencia independiente e inmortal en Sócrates; nos lo dice en Phaedro: "Cuando el alma existe por sí, y queda librada del cuerpo, y el cuerpo queda librado del alma, ¿qué es eso sino la muerte?" Evidentemente, la creencia en la inmortalidad del alma es algo que los puntos de vista cristiano, griego, taoísta y confucianista tienen en común. Es claro, nada hay en ello para que salten los modernos creyentes en la inmortalidad del alma. La creencia de Sócrates en la inmortalidad no significaría nada, probablemente, para un moderno, porque muchas de sus premisas en apoyo de tal creencia, como la reencarnación, no pueden ser aceptadas por el hombre moderno.

El punto de vista chino sobre el hombre también llegó a la idea de que el hombre es el Señor de la Creación ("Espíritu de las Diez Mil Cosas"), y en el criterio confucianista el hombre figura como igual del cielo y la tierra (en el "Trío de Genios"). El ambiente era anímista: todo estaba vivo o habitado por un espíritu, las montañas, los ríos, y todo lo que llegaba a una gran edad. Los vientos y el trueno eran espíritus también; cada una de las grandes montañas y cada río estaba regido por un espíritu que era prácticamente su dueño: cada clase de flor tenía en el cielo un hada que atendía a las estaciones y al bienestar de la flor, y había una Reina de Todas las Flores cuyo cumpleaños caía en el duodécimo día de la segunda luna; cada sauce, pino, ciprés, zorro o tortuga que llegaba a una gran edad, digamos unos centenares de años, adquiría por ese mismo hecho la inmortalidad y se convertía en un "genio".

Con este ambiente animista, es natural que el hombre sea considerado también una manifestación del espíritu. Este espíritu, como toda la vida en el universo entero, es producido por la unión del principio masculino, activo, positivo, o yang, y el principio femenino, pasivo, negativo, o yin, lo cual, en realidad, no es más que una conjetura afortunada y sagaz sobre la electricidad positiva y negativa. Cuando este espíritu se encarna en un cuerpo humano se le llama p'o; cuando no está sujeto a un cuerpo y flota como espíritu, se le llama hwen. (Un hombre de poderosa personalidad, o "espíritu", se dice en China, tiene mucho p´oli o energía p'o.) Después de la muerte, ese hwen sigue ambulando. Normalmente no molesta a la gente, pero si nadie sepulta y ofrece sacrificios al extinto, el espíritu se convierte en un "espectro errante", por cuya razón se establece un Día de Todas las Almas en el decimoquinto día de la séptima luna para un sacrificio general a aquellos que se ahogaron en el agua o murieron en alguna tierra extraña y no fueron sepultados. Además, si el extinto fue asesinado o murió sufriendo un daño que se le infería, el sentido de la injusticia, en el espectro, le obliga a vagar siempre y causar molestias hasta que se venga el daño y se satisface el espíritu. Entonces, todos los inconvenientes se detienen.

Mientras vive, el hombre, que es espíritu hecho forma en un cuerpo, tiene necesariamente ciertas pasiones, deseos, y un flujo de "energía vital", o en lenguaje de más fácil comprensión, "energía nerviosa". En y por sí mismas, estas características no son buenas ni malas, sino apenas algo que se ha dado a la vida humana y es inseparable de ella. Todos los hombres y las mujeres tienen pasiones, deseos naturales y nobles ambiciones, y también una conciencia; tienen sexo, hambre, temor, enojo, y están sujetos a enfermedades, dolores, sufrimientos y muerte. La cultura consiste en producir en armonía la expresión de estas pasiones y deseos. Este es el punto de vista confucianista, que cree que viviendo en armonía con esta naturaleza humana que se nos ha dado, podemos llegar a ser los iguales del cielo y de la tierra. Los budistas, sin embargo, consideran los deseos mortales de la carne esencialmente como los cristianos medievales: son una molestia de la que hay que librarse. Hombres y mujeres demasiado inteligentes o inclinados a pensar en demasía, aceptan a veces este punto de vista y se hacen monjes o monjas; pero, en conjunto, el buen sentido confucianista lo veda. Asimismo, y con un toque taoísta, se considera que las jóvenes hermosas y talentosas que sufren una suerte áspera son "hadas caídas", a quienes se castiga por tener pensamientos mortales o haber descuidado sus deberes en el cielo, y se las envía a esta tierra a vivir una predestinada suerte de sufrimientos mortales.

El intelecto del hombre es considerado como una corriente de energía. Literalmente, este intelecto es "espíritu de un genio" (chingshen), pero tomándose esencialmente la voz "genio" en el sentido en que hablamos de genios de los bosques, genios de las rocas. El equivalente más cercano en este idioma es, como lo he indicado, "vitalidad" o "energía nerviosa", que sube y baja a diferentes momentos del día y de la vida de la persona. Todo hombre nacido en este mundo comienza con ciertas pasiones y deseos y esa energía vital, los cuales siguen su curso en diferentes ciclos durante la niñez, la juventud, la madurez, la ancianidad y la muerte. Confucio dijo: "Cuando joven, cuídate de pelear; cuando fuerte, cuídate del sexo; cuando viejo, cuídate de las posesiones", lo cual significa sencillamente que al niño le gusta pelear, al joven le gustan las mujeres y al viejo le gusta el dinero.

Frente a este compuesto de bienes físicos, mentales y morales, como frente al hombre mismo y a todos los demás problemas, el chino toma una actitud que puede resumirse en la frase: "Seamos razonables". Esta actitud es de no esperar demasiado, ni muy poco. El hombre, digamos, está colocado entre el cielo y la tierra, entre el idealismo y el realismo, entre pensamientos elevados y pasiones muy bajas: tal es la esencia misma de la humanidad; es humano tener sed de conocimientos y sed de agua, amar una buena idea y un buen plato de cerdo con gajos de bambú, y admirar una frase hermosa y una mujer hermosa. Por ser éste el caso, el mundo es necesariamente un mundo imperfecto. Es, claro que existe la probabilidad de encargarse de la sociedad humana y mejorarla, pero los chinos no esperan la paz perfecta ni la felicidad perfecta. Hay una narración que ilustra este punto de vista. Había un hombre que estaba en el Infierno, a punto de ser reencarnado, y dijo al Rey de la Reencarnación: "Si quieres que vuelva a la tierra como ser humano, iré solamente según mis condiciones". "Y, ¿cuáles son?", preguntó el Rey. El hombre respondió: "Debo nacer como hijo de un ministro del gabinete y como padre de un futuro «primer graduado literario» (el estudioso que sale primero en los exámenes nacionales). Debo tener diez mil acres de tierra en torno a mi casa, y estanques con peces, y frutas de todas clases y una bella esposa y bonitas concubinas, todas buenas y amantes, y habitaciones llenas hasta el techo de oro y de perlas, y sótanos repletos de cereal, y arcas atestadas de dinero, y yo mismo debo ser un Gran Canciller o un Duque de Primer Rango, y gozar honores y prosperidad, y vivir hasta los cien años". Y el Rey de la Reencarnación respondió: "Si en la tierra pudiese haber una suerte así, ¡pues me reencarnaría yo y no lo dejaría para tí!"

La actitud razonable existe, desde que tenemos esta naturaleza humana: comencemos con ella. Además, no hay modo de escapar. Las pasiones y los instintos son, en su origen, buenos o malos, pero no se gana mucho hablando de ellos, ¿verdad? Por otra parte, hay peligro de que nos esclavicen. Quedemos en el medio del camino. Esta actitud razonable crea una especie de filosofía tan llena de perdón que, al menos para un estudioso culto, de amplio criterio, que vive según el espíritu de la razonabilidad, todo error o mal comportamiento humano, sea legal o moral o político, que pueda clasificarse como "naturaleza humana común" (más literalmente, "pasiones normales del hombre"), es excusable. Los chinos llegan a presumir que el Cielo, o el mismo Dios, es un ser bastante razonable; que si se vive razonablemente, según las mejores luces de cada uno, no se tiene nada que temer; que la paz de la conciencia es el más grande de todos los dones, y que un hombre con la conciencia limpia no tiene por qué temer ni siquiera a los espectros. Con un Dios razonable que vigila los asuntos de seres razonables, y algunos irrazonables, todo está bastante bien en el mundo. Los tiranos mueren; los traidores se suicidan; se ve al avaro vender sus propiedades; se ve a los hijos de un poderoso y rico coleccionista de curiosidades (de quien se cuentan hechos de codicia y de extorsión por la fuerza) cuando venden la colección por la cual perdió el padre tanto tiempo y dinero, y esas mismas curiosidades se dispersan entre otras familias; se descubre a los asesinos, y hay venganza para los muertos, para las mujeres engañadas. A veces, pero muy raras veces, una persona oprimida clama: "¡El Cielo no tiene ojos!" (La justicia es ciega.) Eventualmente, tanto en el taoísmo como en el confucianismo, la conclusión y la meta suprema de esta filosofía es una completa comprensión de la naturaleza y una armonía con ella, resultante en lo que puedo llamar "naturalismo razonable", si hemos de buscar un término de clasificación. Un naturalista razonable se allana, pues, a esta vida con una especie de satisfacción animal. Ya lo dicen las mujeres analfabetas de China: "Otras nos dieron a luz, y nosotras damos a luz a otras. ¿Qué más hemos de hacer?"

Hay una terrible filosofía en esa frase: "Otras nos dieron a luz y nosotras damos a luz a otras". La vida se hace una procesión biológica, y la misma cuestión de la inmortalidad queda soslayada. Porque ese es el sentimiento exacto del abuelo chino que tiene a su nieto de la mano y va a las tiendas a comprar dulces, con la idea de que a los cinco o diez años volverá al seno de la tierra o a sus antepasados. Lo mejor que podemos esperar de esta vida es que nuestros hijos y nietos no lleguen a avergonzarnos. Todo el patrón de la vida china se organiza de acuerdo con esa única idea.


En La importancia de vivir
Traducción de Román A. Jiménez

7 ago. 2011

Lin Yutang - De los sueños

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El descontento, dicen, es divino; estoy muy seguro, de todos modos, de que el descontento es humano. El mono fue el primer animal malhumorado, porque jamás he visto una cara verdaderamente triste, en los animales, salvo en el chimpancé. Y a menudo he pensado que se trataba de un filósofo, ¡porque la tristeza y el pensar son tan semejantes! .Hay algo en una cara así que me dice que su dueño está pensando. Las vacas no parecen pensar, al menos no parecen filosofar, porque siempre se muestran tan satisfechas. . . y aunque los elefantes suelen exteriorizar un furor temible, la eterna agitación de sus trompas parece ocupar el lugar del pensamiento y proscribir toda cavilación de descontento. Sólo un mono puede parecer plenamente aburrido de la vida. ¡Grande en verdad es el mono!

Acaso, después de todo, la filosofía comenzó con el sentido del tedio. De cualquier manera, es característica de los humanos tener un anhelo triste, vago e inquieto por un ideal. El hombre vive en un mundo real, pero tiene la capacidad y la tendencia a soñar con otro mundo. Probablemente la diferencia entre el hombre y los monos es que los monos están simplemente aburridos, en tanto que el hombre posee aburrimiento más imaginación. Todos nosotros tenemos el deseo de salir de un viejo surco, y todos nosotros deseamos ser alguna otra cosa, y todos nosotros soñamos. El soldado sueña con ser cabo, el cabo con ser capitán y el capitán sueña con ser mayor o coronel. Un coronel, si vale lo que pesa, no piensa que ser coronel es mucho. En frases más galanas, lo llama tan sólo una oportunidad para servir a sus semejantes. Y en realidad no es mucho más. Lo cierto es que Joan Crawford piensa menos de Joan Crawford, y Janet Gaynor piensa menos de Janet Gaynor que lo que piensa el mundo de ellas. "¿No son ustedes notables?", dice el mundo a todos los grandes, y los grandes, si son grandes de verdad, responden siempre: "¿Qué es lo notable?" El mundo, pues, es muy parecido a un restaurante a la carta. donde todos piensan que la comida que han pedido en la mesa vecina es mucho más gustosa y deliciosa que la propia. Un profesor chino contemporáneo ha pronunciado este aticismo, en punto a deseabilidad: "Las mujeres son siempre mejores si son las de otros, y lo que se escribe es siempre mejor si es de uno". En este sentido, pues, no hay en el mundo nadie completamente satisfecho. Todos quieren ser alguien, en tanto ese alguien no sea él mismo.

Este rasgo humano se debe indudablemente a nuestro poder de imaginación y a nuestra capacidad de soñar. Cuanto mayor es el poder imaginativo de un hombre, tanto más perpetuamente está insatisfecho. Por eso es que un niño imaginativo es siempre un niño más difícil de tratar: está más a menudo triste y malhumorado como un mono, que feliz y contento como una vaca. Además, el divorcio debe ser necesariamente más común entre los idealistas y las personas más imaginativas que entre los inimaginativos. La visión de un deseable e ideal compañero de la vida tiene una fuerza irresistible, que nunca sienten los menos imaginativos y los menos idealistas. En conjunto, la humanidad es llevada por mal camino, así como es llevada hacia arriba, por esta capacidad para el idealismo, pero no se puede pensar siquiera en el progreso humano sin este don imaginativo.

El hombre, se nos dice, tiene aspiraciones. Es cosa muy laudable, porque las aspiraciones se clasifican en general como nobles. Y ¿por qué no? Sea como individuos o como naciones, todos soñamos y procedemos más o menos de acuerdo con nuestros sueños. Algunos sueñan un poco más que los otros, así como en cada familia hay un niño que sueña más y quizá uno que sueña menos. Y debo confesar un secreto cariño por el que sueña. Generalmente es el más triste, pero no importa: también es capaz de tener mayores alegrías, y emociones, y alturas de éxtasis. Porque creo que estamos constituidos como un aparato receptor para ideas, como están equipados los aparatos de radio para recibir música del aire. Algunos aparatos con una recepción más fina recogen las ondas cortas más finas, que se pierden para los otros aparatos, y es claro que la música más bella, más distante, es tanto más preciosa, aunque sólo sea porque es menos fácil percibirla.

Y esos sueños de nuestra niñez no son tan irreales como podríamos pensar. En cierto modo permanecen con nosotros durante toda la vida. Por eso es que, si yo tuviera la facultad de ser cualquier autor del mundo, sería Hans Christian Andersen con preferencia a todos los demás. Escribir el cuento de La Sirena, o aun ser la Sirena, tener los pensamientos de la Sirena y aspirar a crecer para llegar a la superficie del agua, es haber sentido uno de los deleites más agudos y más hermosos de que es capaz la humanidad.

Y así, en el patio, en la bohardilla, o en el granero, o tendido junto al arroyo, un niño sueña siempre, y los sueños son reales. Así soñó Thomas Edison. Así soñó Robert Louis Stevenson. Así soñó Sir Walter Scott. Los tres soñaron en su niñez. Y del material de esos sueños mágicos tejieron algunas de las telas más finas y más hermosas que jamás hemos visto. Pero esos sueños son compartidos también por niños de menor cuantía. Los deleites que obtienen son tan grandes, aunque sean diferentes las visiones o contenidos de sus sueños. Todo niño tiene un alma que anhela, y lleva un anhelo en su falda y se va a dormir con él, esperando encontrar su sueño hecho realidad cuando despierte en la mañana. A nadie habla de esos sueños, porque esos sueños son suyos, y por esa razón son parte de su más íntimo yo en crecimiento. Algunos de estos sueños de niños son más claros que otros y tienen una fuerza que exige su realización; en cambio, con la mayor edad se olvidan los sueños menos claros, y todos vivimos a través de la vida tratando de contar esos sueños de nuestra niñez, y "a veces morimos antes de encontrar el lenguaje".

Y así sucede también con las naciones. Las naciones tienen sus sueños y los recuerdos de tales sueños persisten a través de generaciones y siglos. Algunos de ellos son sueños nobles, y otros malignos e innobles. Los sueños de conquista y de ser más fuerte y más grande que todos los demás han sido siempre malos sueños, y esas naciones tienen que preocuparse siempre más que las otras que tienen sueños más pacíficos. Pero hay otros sueños, sueños mejores, sueños de un mundo mejor, sueños de paz y de naciones que viven en paz unas con otras, y sueños de menos crueldad, injusticia, y pobreza y sufrimiento. Los malos sueños tienden a destruir los buenos sueños de la humanidad, y hay una lucha y un combate entre estos sueños buenos y malos. Las gentes pelean por sus sueños tanto como pelean por sus posesiones terrenales. Y así descienden los sueños del mundo de las visiones ociosas y entran en el mundo de la realidad, y se convierten en fuerza real en nuestra vida. Por vagos que sean, los sueños tienen un modo de ocultarse y no dejarnos paz hasta que se han traducido en realidad, como semillas que germinan bajo la tierra, y que han de brotar en su busca del sol. Los sueños son cosas muy reales.

Existe también el peligro de que tengamos sueños confusos, y sueños que no correspondan a la realidad. Porque los sueños son también escapes, y un soñador sueña a menudo escapar del mundo presente, pero sin saber dónde. El Pájaro Azul atrae siempre la fantasía del romántico. Hay tal deseo humano de ser diferente de lo que somos, de salir de los surcos presentes, que todo lo que ofrezca un cambio tiene siempre una enorme atracción para el común de la humanidad. Una guerra es siempre atractiva porque ofrece al empleado de oficina la oportunidad de vestir uniforme y usar polainas y de viajar gratis, en tanto que un armisticio o la paz es siempre deseable al cabo de tres o cuatro años en las trincheras porque ofrece al soldado una oportunidad para volver a su casa y usar, una vez más, ropa de civil y una corbata del color que le gusta. La humanidad necesita evidentemente algo de esta excitación, y si se ha de evitar la guerra, los gobiernos bien podrían reclutar a las personas de veinte a cuarenta y cinco años, según un sistema de conscripción, y enviarlas en jiras europeas para ver una u otra exposición, una vez cada diez años. El Gobierno Británico gasta cinco mil millones de libras esterlinas en su Programa de Rearme, .una suma suficiente para enviar a todos los ingleses en viaje a la Rivíera. Es claro que se argumenta que los gastos para la guerra son una necesidad, en tanto que los viajes son un lujo. Me siento inclinado a disentir: los viajes son una necesidad, mientras la guerra es un lujo.

Hay también otros sueños. Sueños de utopía y sueños de inmortalidad. El sueño de la inmortalidad es enteramente humano —nótese su universalidad— aunque es vago como el resto, y pocas personas saben qué van a hacer cuando se encuentren con la eternidad pendiente de las manos. Al fin y al cabo, el deseo de inmortalidad es muy parecido a la psicología del suicidio, su exacta oposición. Ambos presumen que el mundo presente no es bastante bueno para nosotros. ¿Por qué no es bastante bueno para nosotros el mundo presente? Más nos sorprendería la pregunta que cualquier respuesta a ella, si hubiéramos salido a visitar el campo en un día de primavera.

Y así ocurre también con los sueños de utopía. El idealismo es simplemente ese estado de ánimo que cree en otro orden del mundo, cualquiera sea la especie de ese orden, en tanto difiera del actual. El liberal idealista es siempre el que piensa que su país es el peor país posible, y la sociedad en que vive la peor de todas las formas de sociedad. Es todavía el tipo del restaurante a la carta que piensa que los pedidos en la mesa vecina son mejores que los suyos. Como lo dice el cronista de "Tópicos" en The New York Times, sólo el Dique de Dniéper en Rusia es un verdadero dique a juicio de esos liberales, y las democracias jamás han construido un dique. Y, es claro, sólo los Soviets han construido un subterráneo. Por el otro lado, la prensa fascista dice a sus pueblos que solamente en su país ha descubierto la humanidad la única forma de gobierno sensata, cabal y aplicable. En esto radica el peligro de los liberales utópicos, tanto como el de los jefes de propaganda fascista; como correctivo muy necesario, no puede tener nada mejor que un sentido del humor.


En La importancia de vivir
Imagen: © CORBIS



27 nov. 2010

Lin Yutang – De fumar y del incienso

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El mundo se divide hoy en fumadores y no fumadores. Es cierto que los fumadores causan alguna molestia a los no fumadores, pero tal molestia es física, en tanto que la molestia que los no fumadores causan a los fumadores es espiritual. Hay, claro está, muchos no fumadores que no tratan de entrometerse con los fumadores, y se puede adiestrar a las esposas hasta que toleren que sus maridos fumen en cama. Este es el signo más seguro de un matrimonio feliz y afortunado. Se presume a veces, sin embargo, que los no fumadores son moralmente superiores, y que tienen algo de qué enorgullecerse, sin comprender que les falta uno de los grandes placeres de la humanidad. Estoy dispuesto a admitir que fumar es ana debilidad moral, pero por otra parte debemos precavernos del hombre sin debilidades morales. No se puede confiar en él. Es fácil que sea siempre sobrio y no cometa un solo error. Seguramente sus costumbres han de ser regulares, su existencia más mecánica, y su cabeza mantendrá siempre la supremacía sobre su corazón. Por mucho que me gusten las personas razonables, odio a los seres completamente racionales. Por esa razón estoy siempre atemorizado e incómodo cuando entro en una casa donde no hay ceniceros. Suele ocurrir entonces que la habitación sea demasiado limpia y ordenada, que los almohadones estén en su debido lugar y que la gente sea correcta y no emotiva. E inmediatamente debo asumir mi mejor comportamiento, lo cual significa el comportamiento más incómodo.

Los beneficios morales y espirituales no han sido apreciados jamás por estas almas correctas y rígidas e inemotivas y poco poéticas. Pero como los fumadores somos atacados generalmente por el aspecto moral, y no el artístico, debo empezar con una defensa de la moral del fumador, que es, en conjunto, más alta que la del no fumador. El hombre que tiene una pipa en la boca es el hombre que atrae mi corazón. Es más afable, más sociable, tiene más indiscreciones íntimas que revelar, y a veces es muy brillante en la conversación, y de cualquier modo se me ocurre que gusta de mí tanto como yo gusto de él. Estoy en un todo de acuerdo con Thackeray, que escribió: "La pipa extrae sabiduría de los labios del filósofo, y cierra la boca del tonto; genera un estilo de conversación que es contemplativo, pensativo, benevolente y llano".

Un fumador puede tener las uñas más sucias, pero esto no importa cuando su corazón es cálido; y de cualquier manera, un estilo de conversación contemplativo, pensativo, benevolente y llano es algo tan raro que uno está dispuesto a pagar alto precio por gozarlo. Y, lo más importante, un hombre que tiene una pipa en la boca es siempre feliz y, al fin y al cabo, la felicidad es la más grande de las virtudes morales. Maggin dice que "ningún fumador de cigarros se ha suicidado jamás", y es aun más cierto que ningún fumador de pipa disputa jamás con su esposa. La razón es perfectamente clara: no se puede tener una pipa entre los dientes y gritar a la vez a todo lo que da la voz. Jamás se ha visto a nadie hacer tal cosa. Porque uno habla naturalmente en voz baja cuando fuma en pipa. Lo que ocurre cuando un marido fumador se enoja, es que enciende inmediatamente un cigarrillo o una pipa y queda malhumorado. Pero no le durará mucho. Porque su emoción ha encontrado ya un escape, y aunque quiera seguir pareciendo enojado a fin de justificar su indignación o su idea de haber sido insultado, no puede hacerlo, porque el suave humo de la pipa es demasiado agradable y calmante, y al dejar escapar el humo también parece que deja salir, aliento tras aliento, su furor almacenado. Por eso, cuando una esposa que es prudente ve que su marido está por ser dominado por la rabia, debe ponerle suavemente una pipa en la boca y decirle: "¡Vamos! No te acuerdes más". Esta fórmula siempre da resultado. Una esposa puede fallar, pero una pipa nunca.

El valor artístico y literario de fumar puede ser apreciado mejor solamente cuando imaginamos lo que pierde un fumador al dejar de fumar por un breve período. Todo fumador, en algún momento alocado, ha intentado abjurar de su lealtad a la Señora Nicotina, y después de cierta lucha con su imaginaria conciencia, ha recobrado los sentidos. Una vez cometí la tontería de dejar de fumar durante tres semanas, pero al fin de ese período mi conciencia me instó irresistiblemente a que tomara otra vez el buen camino. Juré que jamás reincidiría, que seguiría siendo un devoto de su altar hasta mi segunda niñez, en que puede concebirse que seré presa de algunas señoras de la Sociedad de Templanza. Cuando llega esa desgraciada ancianidad, es claro, ya no es uno responsable de sus acciones. Pero en tanto me quede cierta fuerza de voluntad y sentido moral, no lo intentaré de nuevo. Como si no hubiera visto la tontería de una cosa así, la absoluta inmoralidad de tratar de negarse la fuerza espiritual y el sentido de bienestar moral que da este útil invento. Porque, según Haldane, el gran bioquímico inglés, fumar se cuenta como uno de los cuatro inventos en la historia de la humanidad que han dejado una honda influencia biológica en la cultura humana.

La historia de esas tres semanas en que hice el juego del cobarde ante mi mejor yo, y me negué voluntariamente algo que sabía era de gran fuerza de elevación del alma, es por cierto una historia vergonzosa. Ahora que puedo recordarlo en una forma desaprensiva y racional, me resulta imposible comprender cómo duró tanto ese ataque de irresponsabilidad moral. Si fuera a detallar mi odisea espiritual de día y de noche durante esas tres semanas, a la manera de Joyce, estoy seguro de que podría llenar tres mil buenas líneas homéricas en verso, o ciento cincuenta páginas de prieta impresión en prosa. Es claro que, para empezar, era ridículo el objeto. ¿Por qué, en nombre de la raza humana y del universo, no ha de fumar uno? No puedo responder ahora. Pero ocurren al hombre a veces estos ataques de irresponsabilidad, supongo yo, cuando desea hacer algo contra la corriente tan sólo por el placer de vencer una resistencia, y en esta forma emplea un momentáneo exceso de energía moral. Fuera de ello, no puedo explicar mi repentina e impía resolución de dejar de fumar. En otras palabras, me sometí a una prueba moral, muy a la manera de esa gente que se dedica a la gimnasia sueca, o sea el movimiento por el movimiento mismo, sin cumplir un trabajo útil para la sociedad. Fue, aparentemente, esta especie de lujo moral el que yo me di, y eso fue todo.

Es claro que en los tres primeros días tuve una extraña sensación de acoquinamiento en algún sitio del canal digestivo, especialmente en la parte superior. Para aliviar esa extraña sensación tomé goma de mascar de menta doble, buen té de Fukien, y pastillas de lima. Vencí y maté a esa sensación en tres días, exactamente. Esa fue la parte física de la batalla, y por lo tanto la más fácil y, a mi juicio, la más despreciable. La gente que cree que en eso reside toda la impía lucha contra el tabaco, no tiene idea de lo que dice. Olvida que fumar es un acto espiritual, y quienes no tienen una idea de la significación espiritual de fumar no deben meterse jamás en estas cosas. Al cabo de tres días llegué a la segunda etapa, en la cual comenzó la verdadera batalla espiritual. Se me cayó la venda de los ojos y vi que había dos razas de fumadores, una de las cuales no merece siquiera el nombre. Para estas gentes, la segunda etapa no ha existido jamás. Comencé a comprender por qué oímos hablar de "fáciles conversiones" de muchos fumadores que parecen haber abandonado el tabaco sin lucha alguna. El hecho de que han podido detener ese hábito tan fácilmente como si se tratara de tirar un cepillo de dientes gastado, demuestra que nunca aprendieron a fumar de verdad. Se les atribuye una "gran fuerza de voluntad", y lo cierto es que estas personas nunca son verdaderos fumadores, y jamás lo han sido en su vida. Para ellos, fumar es un acto físico, como lavarse la cara y los dientes todas las mañanas: una costumbre física, animal, sin ninguna cualidad que satisfaga al alma. Dudo que esta raza de gente común sea capaz de entonar el alma en extática respuesta al Skylark de Shelley o al Nocturno de Chopin. Estas gentes no pierden nada si dejan de fumar. Es probable que sean más felices leyendo las Fábulas de Esopo con sus esposas, que pertenecen a la Sociedad de Templanza.

Pero para nosotros, los verdaderos fumadores, existe un problema del que no tienen siquiera sospecha las señoras de la Sociedad de Templanza o sus maridos lectores de Esopo. Para nosotros, como en mi caso, pronto se hace aparente la injusticia que cometemos con nosotros mismos, y la insensatez de la resolución. En mí, el buen sentido y la razón pronto empezaron a rebelarse y a preguntar: ¿por qué razón, social, política, moral, fisiológica o financiera, ha de emplear uno conscientemente la fuerza de voluntad para impedirse el logro del completo bienestar espiritual, de esa condición de percepciones agudas, imaginativas, y de plena y vibrante energía creadora, una condición necesaria para que gocemos perfectamente de la conversación con un amigo a la vera del fuego, o para crear verdadero calor en la lectura de un libro antiguo, o para producir esa perfecta cadencia de palabras y pensamientos del alma que conocemos como buena literatura? En esos momentos, uno siente instintivamente que buscar un cigarrillo es la única cosa moralmente justa que se puede hacer, y que meterse un trozo de goma de mascar en la boca sería criminalmente perverso. De esos momentos, sólo unos pocos puedo relatar aquí.

Mi amigo B. . . había llegado de Peiping para visitarme. No nos habíamos visto durante tres años. En Peiping, que entonces se llamaba Pekín, solíamos charlar y fumar durante toda la noche, discutiendo de política y filosofía y arte moderno. Y ahora había llegado junto a mí y nos dedicábamos a la fascinadora tarea de reunir reminiscencias. Discutimos todo el grupo de profesores, poetas y chiflados que solíamos tratar en Peiping. A cada frase feliz yo buscaba mentalmente un cigarro, pero en lugar de hacerlo me inhibía y sólo me levantaba y me volvía a sentar. Mi amigo, en cambio, parloteaba entre el humo de su cigarro, con perfecto contento. Le había dicho que había dejado de fumar, y tenía suficiente amor propio como para no renunciar a mi renuncia en su presencia. Pero en lo hondo de mi corazón sabía que yo no estaba bien, y que me obligaba injustamente a parecer frío y racional, cuando deseaba compartir la plena comunión de las dos almas con una rendición completa de las emociones. La conversación siguió, algo unilateral, pues sólo la mitad de mi yo estaba allí, y por fin se fue mi amigo. Yo había resistido con cierta tristeza. Según esa ficción de "la fuerza de voluntad" había "vencido", pero sólo sabía que era desgraciado. Unos pocos días más tarde, mi amigo, ya en viaje, me escribió que no había encontrado en mí al viejo yo, vibrante, extático, y sugería que quizá hubiera algo de culpa en vivir en Shanghai. Hasta hoy, no me he perdonado por no fumar aquella noche.

Otra noche había en un club una reunión de ciertos "intelectuales", que, por lo común, daba ocasión para fumar furiosamente. Después de la copiosa cena, alguno de nosotros leía generalmente un trabajo. Esta vez el orador era C.... y hablaba sobre "Religión y Revolución", un trabajo salpicado de muchas frases brillantes. Una era la de que mientras Feng Yüshiang se había unido a la Iglesia Metodista Septentrional, Chiang Kai-Shek había escogido la Iglesia Metodista Meridional. Alguien sugería, pues, que no pasaría mucho tiempo antes de que Wu Peifu se uniera a los metodistas occidentales. Mientras giraban estas frases crecía la densidad del humo, y me pareció que la misma atmósfera estaba cargada de pensamientos perversos, fugitivos. El poeta H. . . estaba sentado en el centro y trataba de enviar sucesivos anillos de humo al aire recargado, casi como un pez que echa burbujas de aire por el agua, perdido aparentemente en sus pensamientos, y feliz. Yo era el único que no fumaba, y tenía la impresión de ser un pecador olvidado por Dios. Cada vez era más aparente para mí la insensatez de lo que hacía. En ese momento de clara visión advertí que era un loco al no fumar. Traté de pensar en las razones por las cuales había decidido dejar de fumar, y no se me ocurrió ninguna valedera.

Después, mí conciencia empezó a roerme el alma. Porque, me dije, ¿qué es el pensamiento sin la imaginación, y cómo puede echarse a vuelo la imaginación con las alas cortadas de un alma sombría que no fuma? Por fin, una tarde visité a una señora. Ya estaba mentalmente preparado para la reconversión. No había nadie más que nosotros, y al parecer íbamos a tener un verdadero tete-á-tete. La señora, joven, estaba fumando con un brazo apoyado en la rodilla cruzada, un poco inclinada hacia adelante, y parecía ávida de conversar en su mejor estilo. Sentí que había llegado el momento. Me ofreció la caja, y saqué un cigarrillo, firmemente, lentamente, sabiendo que con este acto me había recobrado de mi ataque temporal de degradación moral.

Volví a casa e inmediatamente envié a mi sirviente a que me comprara una caja de Capstan Minum. Del lado derecho de mi escritorio había una marca regular, quemada en la madera por mi costumbre de colocar cigarrillos encendidos en el mismo sitio. Yo había calculado que se necesitarían de siete a ocho años para quemar el espesor de la madera, y había lamentado observar que después de mi vergonzosa resolución, sólo permanecía quemado hasta medio centímetro. Con gran deleite, pues, tuve el placer de poner otra vez el cigarrillo encendido en la vieja marca, y allí está trabajando felizmente ahora, tratando de reanudar su largo viaje adelante.

En contraste con el vino, hay comparativamente pocos elogios del tabaco en la literatura china, porque la costumbre de fumar recién fue introducida, por los marineros portugueses, hacia el siglo XVI. He recorrido toda la literatura china desde ese período, pero sólo he encontrado unas pocas líneas dispersas e insignificantes, indignas por cierto de la fragante hoja. Tiene que provenir evidentemente de algún graduado de Oxford una oda en alabanza del tabaco. El pueblo chino, no obstante, tuvo siempre un alto sentido del olfato, como se evidencia en su aprecio por el té y el vino y la comida. En ausencia del tabaco ha desarrollado el arte de quemar incienso, que en la literatura china se clasifica siempre en la misma categoría, y se menciona en el mismo plano que el té y el vino. Desde la época más temprana, ya en la Dinastía Han, cuando el Imperio Chino extendía su dominio a Indochina, el incienso, traído como tributo desde el sur, se empleaba en la corte y en las casas de hombres ricos. En los libros sobre el arte de vivir se han dedicado siempre algunas secciones a una discusión de las variedades y la calidad y la preparación del incienso. En el capítulo respectivo del libro K'aop'an Yüshih, escrito por T'u Lung, tenemos la siguiente descripción del goce del incienso:

Los beneficios del uso del incienso son múltiples. Los sabios reclusos y muy inteligentes, dedicados a sus discusiones sobre la verdad y la religión, sienten que quemar una ramita de incienso les despeja la mente y les complace el espíritu. En la cuarta división de la noche, cuando pende del cielo la luna solitaria y se siente uno frío y desprendido de la vida, el incienso emancipa el corazón y permite silbar con holganza. Cuando uno examina viejas muestras de caligrafía ante una ventana clara, o canta ociosamente una poesía con un matamoscas en la mano, o cuando lee de noche a la luz de la lámpara, el incienso ayuda a desterrar el Demonio del Sueño. Se le puede llamar, pues, "el antiguo companero de la luna". Cuando está uno junto a una dama de rojo pijama, y se la tiene de la mano junto al incensario, y se murmuran mutuos secretos, el incienso enciende el corazón e intensifica el amor. Se le puede llamar, pues, "el antiguo estimulante de la pasión". O cuando ha despertado uno de la siesta de la tarde y está sentado frente a una ventana cerrada en un día de lluvia, y practica caligrafía y prueba el suave sabor del té, el incensario empieza a calentar y su sutil fragancia flota en torno y rodea al cuerpo. Aun mejor es cuando uno despierta de un festín de bebidas y luce una luna llena en la clara noche, y mueve uno de los dedos a través de las cuerdas, o da un silbido en una torre vacía, a plena vista las verdes colinas en la distancia, y el humo apenas visible de la brasa restante flota junto a la cortina de la puerta. También es útil para dispersar los malos olores y la maligna influencia de un pantano: es útil en todas y en cualquier parte adonde uno vaya. El de mejor calidad es chianan, pero es difícil obtenerlo, pues no es accesible para el hombre que vive en las montañas. Después de ése está el áloe, o madera de águila, que es de tres grados. El grado superior tiene un perfume demasiado fuerte, que tiende a ser acre y punzante; el grado inferior es demasiado seco, y demasiado lleno de humo también; el grado mediano, que cuesta alrededor de seis o siete centavos la onza, es el más calmante y fragante, y se le puede considerar exquisito. Después de haber hecho una taza de té se puede utilizar el carbón en brasas y ponerlo en el incensario y dejar que el fuego lo caliente con lentitud. En ese satisfactorio momento uno siente como si le transportaran a la morada celestial en compañía de los inmortales, del todo olvidado de la existencia humana. ¡Ah, grande es el placer, por cierto! La gente carece hoy de apreciación para la verdadera fragancia, y se dedica a nombres extraños y exóticos; cada uno trata de ser mejor que el prójimo con mezclas de diversas clases, sin comprender que la fragancia del áloe es enteramente natural, y que el mejor de su clase tiene una sutileza y una suavidad indescriptibles.

Mao Pichíang, en sus Reminiscencias de mi concubina. cuando describe el arte de la vida de este rico poeta y su amante, tan ilustrada y comprensiva, da varias descripciones del goce del incienso, una de las cuales es la que sigue:

Mi concubina se sentaba a menudo conmigo en su fragante alcoba para probar o juzgar inciensos famosos. El "incienso de palacio" es de seductora calidad, en tanto que la manera popular de preparar el áloe es vulgar. Las personas ordinarias ponen a menudo el áloe en medio del fuego, y su vapor fragante se apaga muy pronto por la resina que arde. De este modo, no solamente se impide que salga toda la fragancia, sino que se deja un olor humoso, ahogante, en torno a nuestro cuerpo. La especie dura, con vetas horizontales, llamada hengkoch'en, tiene una fragancia soberbia; es una de las cuatro clases de áloes, pero se distingue porque tiene fibras horizontales. Hay otra variedad de esta madera, conocida como p'englaihsiang, que es del tamaño de un hongo y de forma cónica, pues aun no se ha desarrollado del todo. Teníamos todas estas variedades y ella las quemaba sobre arena muy fina, con fuego lento, de manera que no era visible el humo. El sutil perfume llenaba la cámara como el perfume de la madera de chianan dispersado por una brisa, o el de las rosas cubiertas de rocío, o de un trozo de ámbar calentado por fricción, o de un licor fragante que se vierte en una taza de cuerno. Cuando la ropa de la cama se perfuma según este método, su fragancia se funde con la de la carne de la mujer, dulce y embriagadora hasta en sueños.


En La importancia de vivir

4 jun. 2010

Lin Yutang - De las colinas y el agua

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De todas las cosas del universo, las que conmueven más profundamente al hombre son: la luna en el cielo, el ch'in en la música, el cuclillo entre los animales y el sauce entre las plantas.

Preocuparse por la luna a causa de las nubes, preocuparse por los libros a causa de la polilla, preocuparse por las flores a causa de las tormentas y preocuparse por los hombres de talento y las mujeres hermosas a causa del duro destino, es tener el corazón de un Buda.

Sin pesares muere uno si en el mundo entero hay "un amigo del alma", o uno que "conoce su corazón".

Un escritor antiguo dijo que si no hubiera flores ni luna ni mujeres hermosas no querría nacer en este mundo, y yo podría agregar que si no hubiera pluma ni tinta ni ajedrez ni vino, no tendría objeto nacer como hombre.

La luz de las colinas, el sonido del agua, el color de la luna, la fragancia de las flores, el encanto de los hombres de letras y la expresión de las mujeres hermosas son todas cosas elusivas e indescriptibles. Hacen que no podamos dormir por soñar con ellos y no podamos comer por pensar en ellos.

La nieve nos recuerda un estudioso muy inteligente; la flor nos recuerda damas hermosas; el vino nos recuerda buenos espadachines; la luna nos recuerda buenos amigos, y las colinas y el agua nos recuerdan buena poesía y buena prosa que complacen al mismo autor.

Hay panoramas en la tierra, panoramas en la pintura, panoramas en los sueños y panoramas en el pecho. La belleza de los panoramas en la tierra reside en la profundidad y la irregularidad de sus contornos; la belleza de los panoramas en la pintura reside en la libertad y el lujo de acción del pincel y la tinta; la belleza de los panoramas en los sueños reside en sus vistas que cambian extrañamente, y la belleza de los panoramas en el corazón reside en que todo está en su debido lugar.

Para los lugares que pasamos durante nuestros viajes, no tenemos que ser exagerados en nuestras exigencias artísticas; pero debemos serlo para los lugares en que vamos a instalarnos.

El brote de bambú es un fenómeno entre las verduras: el lich'i es un fenómeno entre las frutas; el cangrejo es un fenómeno entre los animales acuáticos; el vino es un fenómeno entre nuestras comidas y bebidas; la luna es un fenómeno en el firmamento; el Lago Occidental es un fenómeno entre colinas y aguas, y los versos Sung (ts'e) y los poemas dramáticos Yüan (ch'ü) ton fenómenos en la literatura.

A fin de ver colinas y ríos famosos, hay que tener suerte predestinada; a menos que haya llegado el momento fijado, no tiene uno tiempo para verlos aunque estén situados a una docena de millas.

Las imágenes en un espejo son retratos en colores, pero las imágenes (sombras) bajo la luz de la luna son esbozos a pluma. Las imágenes en un espejo son pinturas con sólidos contomos, pero las imágenes bajo la luz de la luna son "pinturas sin huesos". Las imágenes de las colinas y las aguas en la luna son geografía del cielo, y las imágenes de las estrellas y la luna en el agua son astronomía sobre la tierra.

En La importancia de vivir 
Traducción Román A. Jiménez
Editorial Sudamericana




11 sept. 2009

Lin Yutang – De las flores

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Lin Yutang LOS "JARRONES DE FLORES' DE YÜAN CHUNGLANG

Probablemente el mejor tratado sobre la forma de arreglar flores fue el que escribió Yüan Chunglang, uno de mis autores favoritos por otros motivos, que vivió a fines del siglo XVI. Su libro sobre el arreglo de flores en jarrones, llamado P'ingshih, es altamente considerado en el Japón, y se sabe que hay una Escuela Yüan de arreglo de las flores. Este autor comenzó su prefacio señalando que como las colinas y el agua y las flores y los bambúes están afortunadamente fuera del alcance de quienes luchan por la fama y el poder, y además, como las gentes ocupadas en sus empresas no tienen tiempo para gozar de las colinas y el agua y las flores y bambúes, el estudioso que se recluye puede aprovechar esta oportunidad y monopolizar ese goce para sí. Explicaba, no obstante, que no debe considerarse jamás como normal el goce de los jarrones de flores, sino a la sumo solamente como un sustituto temporal para la gente que vive en las ciudades, y su goce no debe hacernos olvidar la felicidad mayor, el goce de las colinas y de los lagos.

Partiendo de la consideración de que es preciso tener cuidado cuando se admiten flores como adorno en el estudio, y que es mejor no tener flores que admitir variedades promiscuas, seguía describiendo los diversos tipos de jarrones de bronce y porcelana que se debían emplear. Se distinguen dos tipos. Quienes son ricos y poseen antiguos vasos de bronce de la dinastía Han y disponen de grandes salones, deben tener flores grandes y ramas muy altas, puestas en jarrones enormes.

En cambio, los sabios deben tener ramas de flores más pequeñas, con jarrones menores, que también deben ser cuidadosamente elegidos. Las únicas excepciones que se permiten son la peonía y el loto que, por ser flores grandes, deben colocarse en vasos grandes.

Cuando se colocan flores en los jarrones:

Uno debe evitar que sean demasiado profusas o demasiado magras. A lo sumo, se pueden colocar en un jarrón dos o tres variedades, y sus alturas relativas y su arreglo deben tender a la composición de un buen cuadro. Al colocar floreros, se debe evitar su colocación en pares, o uniformes, o en una recta fila. También se debe evitar la costumbre de atar flores con cordel. Porque la nitidez de las flores reside exactamente en su irregularidad y en la naturaleza de su manera, como la prosa de Su Tungp'o, que fluye o se detiene según le place, o como los poemas de Li Po, que no van necesariamente en pareados. Esto es verdadera nitidez. ¿Cómo se puede hablar de nitidez cuando las ramas y las hojas solamente hacen juego una con otra y se mezcla el rojo con el blanco? Esto semeja los árboles en el patio de un funcionario provincial de menor cuantía o las puertas de piedra que conducen a una tumba.

Al elegir y quebrar las ramas, debe uno elegir las gráciles y exquisitas y no ponerlas juntas en gran número. Se debe usar solamente una clase de flores, a lo sumo dos, y las dos deben ser arregladas de tal modo que parezcan salir de una sola rama. . . Generalmente las flores deben hacer juego con los jarrones, y pueden ser cuatro o cinco pulgadas más altas que el jarrón mismo. Para un recipiente de dos pies de altura, ancho en el centro y en el fondo, las flores deben tener dos pies y seis o siete pulgadas desde la boca del vaso. . . Si el jarrón es alto y delgado, se debe disponer de dos ramas, una larga y una corta, y tal vez curvadas, y en este caso es mejor que las flores sean unas pocas pulgadas más cortas que el vaso mismo. Lo que más se ha de evitar es que las flores sean demasiado delgadas para 'el jarrón. También se debe evitar la profusión, como, por ejemplo, cuando se atan las flores juntas como un manojo, carentes de todo encanto. Al poner flores en jarrones pequeños, se debe dejar que las flores salgan dos pulgadas más cortas que el cuerpo del jarrón. Por ejemplo, un vaso estrecho de ocho pulgadas de altura debe tener flores de sólo seis o siete pulgadas. Pero si los vasos son de aspecto robusto, las flores pueden ser dos pulgadas más largas que ellos.

La habitación en que se colocan las flores debe contener una sola mesa y un lecho de cañas. La mesa debe ser ancha y gruesa, y de fina madera, y de pulida superficie. Se deben eliminar todas las mesas de laca con márgenes adornados, los divanes dorados y los pedestales con dibujos florales coloreados.

Con respecto al "baño" de las flores, o sea a su riego, el autor demuestra una amante visión de los modos y sentimientos de las mismas flores:

Porque las flores tienen sus temperamentos de felicidad y de pena, y sus horas para dormir. Si se baña a las flores en su mañana y su atardecer, a la hora debida, el agua es para ellas como una buena lluvia. Un día de nubes ligeras y sol suave, y el atardecer y la luna hermosa, constituyen la mañana para las flores. Una fuerte tormenta, una lluvia torrencial, un sol ardoroso y el frío intenso, son su atardecer. Cuando se entibian al sol y sus cuerpos delicados están protegidos del viento, las flores tienen temperamento feliz. Cuando parecen ebrias o quietas y fatigadas y cuando el día está brumoso, las flores tienen el temperamento pesaroso. Cuando sus ramas se inclinan y descansan a un lado como incapaces de mantenerse erguidas, es porque las flores sueñan dormidas. En su "mañana", se las debe colocar en un pabellón vacío o una casa grande; en su "noche", se las debe poner en una habitación pequeña o una cámara retraída; cuando están contentas han de sonreír y gritar y hacerse bromas una a otra; durante su sueño han de bajar las cortinas, y una vez que despiertan han de atender a su tocado. Todo esto se hace para complacer su naturaleza y regular sus horas de levantarse y acostarse. Bañar las flores en su "mañana" es lo mejor; bañarlas cuando están dormidas es lo segundo, y bañarlas cuando se sienten felices es lo último. En cuanto a bañarlas durante su "noche" o durante sus pesares, más bien parecería esto una forma de castigar a las flores.

La forma de bañar las flores consiste en emplear agua fresca y dulce de un manantial y derramarla gentilmente en pequeñas cantidades, como un breve chaparrón que despierta a un hombre ebrio, o como el suave rocío que solía penetrarles el cuerpo. Se debe evitar tocar las flores con las manos, o arrancarlas con los dedos, y esta tarea no puede ser confiada a sirvientes estúpidos o doncellas sucias. Las flores de ciruelo deben ser bañadas por sabios reclusos, el hait'ang por huéspedes encantadores, la peonía por jóvenes bellamente vestidas, la flor de granado por hermosas esclavas, la casia por niños inteligentes, el loto por fascinadoras concubinas, el crisantemo por personas notables que aman a los antiguos, y el ciruelo de invierno por un grácil monje. Por otra parte, las flores que se abren en la estación fría no deben ser bañadas, sino protegidas con una delgada gasa de seda.

Según Yüan, ciertas flores se acompañan por ciertas flores como si fueran sus menores o "mucamas" en un jarrón. Como las doncellas personales que atendían a una dama durante toda su vida eran una institución en la vieja China, se llegó a la noción de que las damas hermosas parecían perfectas cuando tenían al lado a sus bonitas doncellas, como accesorios necesarios. Tanto las damas como las doncellas debían ser hermosas, pero hay un je ne sais quoi que marca la distinción de la belleza entre la doncella y su ama. Las doncellas que no estaban en armonía con sus amas eran como establos que no hacen juego con la casa principal. Llevando la idea a las flores, Yüan vio que, como "doncellas" en su jarrón, las flores de ciruelo deben tener camelias, el hait'ang debe tener flores de manzano y lilas, la peonía debe tener rosas, la peonía albiflora debe tener margaritas y girasoles de Szechuen, la flor de granado debe tener mirtos rizados e hibiscus syriacus, el loto debe tener lirios blancos, la casia debe tener hibiscus mutabilis, el crisantemo debe tener "haif ang de otoño", y el ciruelo de invierno debe tener narcisos. Cada doncella es exquisita a su modo, y todas difieren en sus encantos voluptuosos o elegantes, como sus amos. No es que se pretendiera disminuir a estas flores-doncellas, pues eran comparables a las famosas doncellas de la historia: etéreo hasta lo más profundo el narciso, como Liang Yüch'ing, la doncella de la Hilandera en el cíelo; la camelia y la rosa frescas y juveniles como las doncellas Hsiangfeng y Chingwan de las familias Shih y Yang (de la Dinastía Chin) ; la flor de shuntan limpia y "romántica" como la doncella de la trágica monja-poetisa Yü Hsüanch'i; grácil la lila, fresco el lirio blanco, y tímido el "hait'ang de otoño", pero con el sabor de un poco de pedantería, como la doncella de Cheng K'anch'- eng (estudioso de la Dinastía Han y profuso comentador de clásicos confucianos).

Atenido a su idea central de que todo el que logre resultados notables en una línea, aunque sea en jugar al ajedrez, debe amarla hasta el punto de la locura, Yüan desenvuelve la misma idea con respecto al amor a las flores como pasatiempo:

He comprobado que las personas tediosas en su conversación, y poco atractivas al mirarles la cara, son las que no tienen pasatiempos. . . Cuando las personas de antaño que tenían debilidad por las flores oían decir que había alguna variedad notable, viajaban a través de altas montanas y hondas gargantas en busca de las flores, sin conciencia de la fatiga corporal, del frío amargo o el calor sofocante, de sus cuerpos llenos de barro y su tez resquebrajada. Cuando estaba por abrirse una flor, movían sus camas y sus almohadas para dormir bajo ellas, para mirar cómo pasaban las flores de la infancia a la madurez y finalmente caían y morían. O las plantaban de a miles en sus huertos para estudiar cómo variaban, o guardaban apenas unas pocas en sus cuartos para agotar su interés. Algunos podían decir qué tamaño tenían las flores con sólo oler sus hojas, y algunos podían decir, por las raíces, el color de las flores. Estas eran las personas que amaban verdaderamente a las flores y que en realidad tenían debilidad por ellas.

Con respecto al "goce" (o shang) de las flores, se ha señalado especialmente que: Gozarlas con el té es lo mejor; después, gozarlas con la conversación, y tercero, gozarlas con el vino. En cuanto a todas las formas de ruidoso comportamiento y de parloteo vulgar y común, son un insulto para el espíritu de las flores. Debería uno sentarse, quieto y callado como un tonto, antes que ofenderlas. Hay un lugar y un momento adecuados para el goce de las flores, y gozar de ellas sin respeto por las circunstancias debidas seria un sacrilegio. En la estación fría se debe gozar de las flores al comenzar una nevada, o cuando se ha despejado el cielo después de nevar, o durante la luna creciente, o en una habitación tibia. Se debe gozar de las flores en la estación templada (primavera) en un día claro o en un día levemente frío, en un salón hermoso. Las flores de verano deben ser gozadas después de la lluvia, en una brisa refrescante, a la sombra de árboles bellos, debajo de los bambúes, o en una terraza con estanque. Las flores de la estación fresca (otoño) deben ser gozadas bajo una luna fresca, al atardecer, al borde de un salón con piso de piedra, en el musgoso sendero de un jardín o en las vecindades de ásperas rocas rodeadas de viejas lianas. Si uno mira a las flores sin parar mientes en el viento y el sol y el lugar, o cuando vagan los pensamientos y no tienen relación con las flores, ¿qué diferencia hay entre ello y ver flores en casas de canciones y tabernas de vino?

Finalmente, Yüan expone las catorce condiciones "placenteras" para las flores, y las "veintitrés"  condiciones vergonzosas o humillantes para las flores, que van a continuación:

 

CONDICIONES QUE COMPLACEN A LAS FLORES

Una ventana clara. Un cuarto limpio.

Trípodes antiguos.

Tinteros de piedra Sung.

"Ondas de pinos" y sonidos de río.

El amo que ama pasatiempos y poesía.

Un monje de visita que comprende el té.

Un natural de Chichow llega con vino.

Los huéspedes en el cuarto son exquisitos.

Muchas flores abiertas.

Ha llegado un amigo despreocupado.

Copiar libros sobre cultivo de flores.

La tetera canta muy tarde en la noche.

La esposa y las concubinas que corrigen historias de flores.

 

CONDICIONES HUMILLANTES PARA LAS PLORES

El dueño que recibe huéspedes constantemente.

Un sirviente estúpido que pone ramas de más y trastorna el arreglo.

Monjes ordinarios que hablan zen.

Perros que pelean ante la ventana.

Niños cantores de la Calleja de Lientsé.

Tonadas de Yiyang (Kiangsi).

Mujeres feas que recogen flores y se adornan los cabellos con ellas.

Discutir promociones y descensos oficiales de la gente.

Falsas expresiones de amor.

Poemas escritos por cortesía.

Flores en plena floración antes de que uno haya pagado sus deudas.

La familia que pide cuentas.

Escribir poemas consultando diccionarios de la rima.

Libros en mal estado que se dejan al descuido en cualquier parte.

Agentes de Fukien.

Pinturas espúreas de Kiangsu.

Excrementos de ratones y ratas.

Las huellas sucias que dejan los caracoles.

Sirvientes tendidos cerca de las flores.

Cuando se termina el vino después de haber empezado los juegos de vino.

Vecindad de una venta de vinos.

Un trozo de escritura con frases como el "purpúreo aire matinal" (común en las loas imperiales) sobre el escritorio.

 

DE FLORES Y MUJERES

Uno no debería ver cómo se agostan las flores, cómo se hunde la luna bajo el horizonte, o cómo mueren en su juventud las mujeres bellas.

Debe uno ver las flores cuando están en flor, después de plantarlas; la luna cuando es llena, después de esperarla; un libro cuando está terminado, después de empezar a escribirlo, y las mujeres bellas cuando están alegres y felices. De lo contrario, nuestro propósito es fallido.

Se debe mirar a las mujeres bellas en su arreglo matinal, después de que se han empolvado.

Hay caras que son feas pero a las que se puede mirar, y otras caras que no pueden ser miradas, aunque no son feas; hay escritos que son hermosos aunque no gramaticales, y hay otros escritos que son muy gramaticales, pero repugnantes. Esto es algo que no puedo explicar a personas superficiales.

Si uno ama lis flores con el mismo corazón que ama a las mujeres bellas, siente un especial encanto en ellas; si uno ama a las mujeres bellas con el mismo corazón que ama a las flores, siente una especial ternura y un afecto protector.

Las mujeres hermosas son mejores que las flores porque comprenden el lenguaje humano, y las flores son mejores que las mujeres hermosas porque irradian fragancia; pero si no se puede tener ambas cosas a la vez, se debe renunciar a las fragantes y tomar las que hablan.

Al poner flores en jarrones de color de hígado, se las debe arreglar de modo que el tamaño y la altura del jarrón hagan juego con los de las flores, y que hagan contraste con ellas el matiz y la profundidad de su color.

Casi todas las flores seductoras y hermosas no son fragantes, y son casi siempre mal formadas las flores que tienen capa tras capa de pétalos. ¡Ay, rara es una personalidad perfecta! Sólo el loto combina ambas cosas.

La flor de ciruelo hace que el hombre se sienta inteligente, la orquídea hace que el hombre se sienta recluido, el crisantemo hace que el hombre tenga el corazón sencillo, el loto hace contento al hombre, el haifang  de primavera hace apasionado al hombre, la peonía hace caballeresco al hombre, el bambú y el bananero hacen encantador al hombre, el hait'ang de otoño hace gracioso al hombre, el pino hace que el hombre se sienta como un recluso, el wut'ung (sterculia platanifolia) hace limpio de corazón al hombre, y el sauce hace sentimental al hombre.

Si una belleza tiene cara de flor, voz de pájaro, alma de luna, expresión de sauce, encanto de un lago en otoño, huesos de jade y piel de nieve, y corazón de poesía, yo estaría perfectamente satisfecho. (¡Ya lo creo!, Lin Yutang)

Si no hay libros en este mundo, nada queda por decir, pero como los hay, es preciso leerlos; si no hay vino, nada queda por decir, pero como lo hay, es preciso beberlo; si no hay montañas famosas, nada queda por decir, pero como las hay, es preciso visitarlas; si no hay flores ni luna, nada queda por decir, pero como las hay, es preciso gozarlas y "jugarlas"; si no hay hombres de talento y mujeres hermosas, nada queda por decir, pero como los hay, es preciso amarlos y protegerlos.

La razón por la cual el espejo no llega a ser enemigo de las mujeres feas es que no tiene sentimientos; si los tuviera, se habría roto en pedazos.

Siente uno ternura hasta por una flor en maceta cuando la acaba de comprar; ¡cuánto más tierno ha de ser hacia una "flor que habla"!

Sin vino y poesía no tendría propósito la existencia de las colinas y el agua; sin la compañía de mujeres hermosas se desperdiciarían las flores y la luna. Los hombres de talento que son guapos a la vez, y las mujeres hermosas que a la vez saben escribir, no podrán vivir largo tiempo. Esto no es solamente porque los dioses tengan celos de ellos, sino porque este tipo de personas no es sólo el tesoro de una generación sino el tesoro de todas las edades, de modo que el Creador no quiere dejarlas demasiado tiempo en este mundo, por temor al sacrilegio.

 

En La importancia de vivir

Traducción de Román A. Jiménez

Editorial Sudamericana

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8 abr. 2009

Lin Yutang – De tenderse en la cama

2 comentarios :

 

Parece que estoy en camino de ser un filósofo de mercado, pero no lo puedo remediar. La filosofía, en general, me parece la ciencia de hacer que las cosas sencillas sean difíciles de comprender, pero puedo concebir una filosofía que sea la ciencia de hacer sencillas las cosas difíciles. A pesar de nombres como "materialismo", "humanismo", "trascendentalismo", "pluralismo" y todos los otros "ismos" muy largos, sostengo que esos sistemas no son más profundos que mi propia filosofía. La vida, después de todo, está hecha de comer y dormir, de encontrar y decir adiós a los amigos, de reuniones y fiestas de despedida, de lágrimas y risas, de hacerse cortar el cabello una vez cada dos semanas, de regar la flor en una maceta y ver cómo cae desde el techo la del vecino; y vestir nuestras nociones relativas a estos simples fenómenos de la vida con una jerga académica, no es más que una treta para ocultar una extrema escasez o una extrema vaguedad de ideas por parte de los profesores universitarios. La filosofía, por lo tanto, ha pasado a ser una ciencia por cuyo medio empezamos cada vez más a comprender cada vez menos lo que somos. Lo que han conseguido los filósofos es esto: cuanto más hablan, más confusos quedamos.

Sorprende ver cuan pocas personas tienen conciencia de la importancia del arte de tenderse en cama, aunque en realidad, a mi juicio, las nueve décimas partes de los descubrimientos más importantes del mundo,-tanto científicos como filosóficos, son realizados cuando el hombre de ciencia o el filósofo se halla acostado en su cama, a las dos o a las cinco de la mañana.

Algunos se acuestan de día y otros se acuestan de noche. Me refiero a la vez a acostarse, a tumbarse o tenderse física y moralmente, porque los dos aspectos coinciden. He notado que quienes convienen conmigo en la creencia de que estar tendido en cama es uno de los más grandes placeres de la vida, son los hombres honestos, en tanto que quienes no creen en la bondad de tenderse en cama, son mentirosos, y en realidad están mucho tiempo tumbados de día, moral y físicamente. Quienes se tienden de día son los que persiguen la elevación moral, los maestros de Jardín de infantes y los lectores de las Fábulas de Esopo, en tanto que quienes admiten francamente que se debe cultivar conscientemente el arte de tenderse en cama son los hombres honrados, que prefieren leer cuentos sin moraleja, como Alicia en el País de las Maravillas. ¿Cuál es, pues, el significado de tenderse en cama, física y espiritualmente? Físicamente, significa retirarse consigo mismo, cerrarse al mundo exterior, cuando uno asume la postura física más indicada para el descanso y la paz y la contemplación. Hay cierto modo adecuado y lujoso de estar tendido en la cama. Confucio, ese gran artista de la vida, "nunca yacía derecho" en la cama "como un cadáver", sino doblado hacia un lado.  Creo que uno de los mayores placeres de la vida es enroscar o cruzar las piernas en la cama. La postura de los brazos es también muy importante, a fin de lograr el más alto grado de placer estético y poder mental. 'Creo que la mejor postura no consiste en tenderse largo a largo en la cama, sino en apoyarse en grandes y suaves almohadones a un ángulo de treinta grados, con uno o los dos brazos colocados detrás de la nuca. En esta postura, cualquier poeta puede escribir poesía inmortal, cualquier filósofo puede revolucionar el pensamiento humano, y cualquier hombre de ciencia puede realizar descubrimientos que hagan.

Es sorprendente ver cuan pocas personas se hallan advertidas del valor de la soledad y la contemplación. El arte de estar tendido en la cama significa algo más que el descanso físico después de haber pasado un día de esfuerzo, y de completo aflojamiento de los nervios después de que toda la gente que ha encontrado uno, todos los amigos que han de decir chistes tontos, y todos los hermanos y hermanas que han tratado de corregir el comportamiento de uno y de llevarle al cielo, le han arruinado del todo los nervios. Es todo eso, lo admito. Pero es algo más. Si se cultiva debidamente este arte, debe resultar una especie de limpieza mental. En realidad, muchos hombres de negocios que se vanaglorian de marchar a gran paso por la mañana y la tarde, y de tener siempre ocupados tres teléfonos en el escritorio, no alcanzan a comprender que podrían ganar el doble de dinero si se dieran una hora de soledad, despiertos, en la cama, a la una o aun a las siete de la mañana. ¿Qué importa, aunque se quede uno en cama hasta las ocho? Mil veces mejor sería que se proveyera de una buena caja de cigarrillos sobre la mesita de noche, y que dedicara mucho tiempo a levantarse de la cama y a resolver todos sus problemas del día antes de limpiarse los dientes. Allí, cómodamente estirado o encogido, en pijama, libre de la picante ropa interior de lana o la irritación del cinturón o los tiradores, y de la sofocación de los cuellos y los duros zapatos de cuero, cuando los dedos de los pies están emancipados y han recobrado la libertad que pierden inevitablemente durante el día, puede pensar la verdadera cabeza de los negocios, porque solamente cuando están libres los dedos de los pies se halla libre la cabeza, y solamente cuando está libre la cabeza es posible pensar de verdad. En esa cómoda posición puede ponderar sobre sus aciertos y errores de ayer, y desbrozar lo importante de lo trivial en el programa del día que tiene por delante. Sería más conveniente llegar a las diez a la oficina, dueño de sí mismo, que aparecer puntualmente a las nueve, o aun un cuarto de hora antes para vigilar a sus subordinados como un patrón de esclavos, y "atarearse por nada", como dicen los chinos.

Pero para el pensador, el inventor y el hombre de ideas, significa aun más tenderse tranquilamente en la cama durante una hora. Un escritor puede obtener más ideas para sus artículos o su novela en esta posición que sentándose tercamente ante el escritorio toda la mañana y la tarde. Porque allí, libre de los llamados telefónicos y de los visitantes bien intencionados y las comunes trivialidades de la vida cotidiana, ve la vida a través de un cristal o de una cortina de cuentas, diríamos, y se tiende una aureola de poética fantasía en torno al mundo, al que imparte una mágica belleza. Allí ve la vida, no en su crudeza, sino transformada de pronto en un cuadro más real que la vida misma, como las grandes pinturas de Ni Yünlin o Mi Fei.

Lo que realmente ocurre en la cama es esto: Cuando uno está en la cama los músculos descansan, la circulación se hace más suave y más regular, la respiración cobra tranquilidad, y todos los nervios ópticos, auditivos y vasomotores se encuentran más o menos en descanso completo, produciendo una quietud física más o menos total, y con ello se,, hace más absoluta la concentración mental, sea sobre las ideas o sobre las sensaciones. Aun con respecto a las sensaciones, las olfativas o auditivas por ejemplo, nuestros sentidos están más agudizados en ese momento. Toda buena música debe ser escuchada tendido en cama. Li Liweng dice en su ensayo sobre "Sauces" que se debe aprender a escuchar tendido en la cama el canto de los pájaros al amanecer. ¡Qué mundo de belleza nos espera si aprendemos a despertarnos al alba y escuchar el celestial concierto de los pájaros! En verdad, hay una profusión de música de los pájaros en casi todas las ciudades, aunque estoy seguro de que muchos residentes no lo notan. Por ejemplo, esto es lo que he escrito sobre los sonidos que escuché una mañana en Shanghai:

Esta mañana desperté a las cinco después de dormir muy bien y escuché un glorioso festín de sonidos. Lo que me despertó fue el sonido de las sirenas de las fábricas en una gran variedad de tonos y de fuerza. Al rato oí un distante repiqueteo de cascos de caballos: debía ser una fuerza de caballería que pasaba por la calle de Yuyuen; y en ese tranquilo amanecer me causó más deleite estético que una sinfonía de Brahms. Hubo luego algunos gorjeos tempranos de cierta especie de pájaros. Lamento no conocer la ciencia de los pájaros, pero gocé lo mismo de los gorjeos.

Hubo otros sonidos, es claro: el "boy" de algún extranjero, seguramente al cabo de una noche de juerga, apareció a eso de las cinco y media y comenzó a golpear una puerta. Se oyó después a un basurero que barría una calleja vecina con el bisbiseo de su escoba de bambú. De pronto, un pato salvaje, supongo, surcó el cielo, dejando ecos de su ku.ng-tu.ng en el aire. A las seis y veinticinco escuché el distante trueno de la máquina del tren de Shanghai-Hangchow que llegaba a la Estación Jessfield. Hubo uno o dos sonidos de los niños que dormían en el cuarto vecino. Empezó a agitarse entonces la vida y un distante murmullo de actividades humanas en la vecindad cercana y lejana aumentó gradualmente en volumen e intensidad. En la planta baja de la casa se habían levantado ya los sirvientes. Se abrían las ventanas. Se colocaba un gancho en una puerta. Una tosecilla. Un suave ruido de pisadas. Un golpeteo de tazas y platillos. Y de pronto el bebé gritó: "¡Mamá!"

Este fue el concierto natural que escuché aquella mañana en Shanghai.

Durante toda la primavera, aquel año, mi mayor placer fue escuchar a una especie de ave que se llama, probablemente, codorniz o perdiz en este idioma. Su llamado de amor consiste en cuatro notas (do . mi : re \ — : — . si), de las cuales el re dura dos o tres compases y termina en el medio de un compás, seguido por un si abrupto, entrecortado, en la octava más baja. Es la canción que yo solía escuchar en las montañas daban los lugares comunes confucianos. Sucedió, empero, que se tradujo la frase "estilo familiar" por una frase china que significa "estilo cachaciento". Esta fue la señal para un ataque del campo comunista, y ahora tengo la indiscutible reputación de ser el más ocioso de todos los escritores ociosos de China y, por ende, el más imperdonable, "mientras vivimos este período de humillación natural".

Admito que me apoltrono en las salas de mis amigos, pero los demás también lo hacen.

¿Para qué son los sillones, de todos modos, sino para que se apoltrone la gente? Si los caballeros y las damas del siglo XX tuvieran que sentarse erguidos todo el tiempo, con absoluta dignidad, no habría sillones en las salas modernas, sino que nos sentaríamos en tiesos muebles de madera, y los pies de la mayoría de las señoras colgarían a buena distancia del suelo.

En otras palabras, hay una filosofía en repantigarse en el asiento. La mención de la palabra "dignidad" explica exactamente el origen de la diferencia en los estilos de sentarse que tenía la gente de antaño y la moderna. La gente de antes se sentaba con el fin de parecer digna, mientras la gente moderna se sienta a fin de estar cómoda. Hay un conflicto filosófico entre las dos porque, según las nociones antiguas que existían hace medio siglo, la comodidad era un pecado, y estar cómodo era ser irrespetuoso. Aldous Huxley la ha expuesto con suficiente claridad en su ensayo sobre "Comodidad". La sociedad feudal que hizo imposible el nacimiento del sillón hasta los días modernos, según la describe Huxley, era exactamente lo mismo que la que existió en China hasta hace una generación. Hoy, todo hombre que se diga amigo de otro no debe tener miedo de poner las piernas sobre el escritorio en el cuarto de su amigo, y tomamos esto como muestra de familiaridad, en lugar de falta de respeto, aunque poner las piernas sobre el escritorio en presencia de un miembro de la generación mayor sería cosa diferente.

Hay una relación más íntima de lo que sospechamos entre la moral y la arquitectura y la decoración de interiores. Huxley ha señalado que las damas occidentales no se bañaban frecuentemente porque temían verse el cuerpo desnudo, y este concepto moral postergó durante siglos el nacimiento de las modernas bañaderas esmaltadas. Podemos comprender por qué en el diseño del antiguo moblaje chino se prestaba tan poca consideración a la comodidad humana, sólo cuando advertimos el ambiente confuciano en que vivía la gente. Los muebles chinos de caoba fueron ideados para que la gente se sentara erguida, porque ésa era la única postura aprobada por la sociedad. Hasta los emperadores chinos tenían que sentarse en un trono en el cual yo no querría quedarme más de cinco minutos, y en cuanto a eso los reyes ingleses no lo pasaban mejor. Cleopatra solía andar por ahí reclinada en un canapé llevado por sirvientes, porque, al parecer, jamás había oído hablar de Confucio. Si Confucio le hubiese visto hacer tal cosa, de seguro que le habría "golpeado los tobillos con un bastón", como hizo con uno de sus viejos discípulos, Yüan Jang, a quien encontró sentado en una postura incorrecta. En la sociedad confuciana en que vivíamos, las damas y los caballeros tenían que mantenerse perfectamente erguidos, al menos en ocasiones formales, y el menor intento de levantar una pierna habría sido interpretado en seguida como muestra de vulgaridad y falta de cultura. Es más: para demostrar mayor respeto, al ver a un funcionario superior, uno tenía que sentarse delicadamente en el borde de la silla, haciendo un ángulo oblicuo, lo cual era una muestra de respeto y la cumbre de la cultura. Hay también una íntima conexión entre la tradición confuciana y las incomodidades de la arquitectura china, pero no entraremos ahora en eso.

Gracias al movimiento romántico de final del siglo XVIII y principios del XIX, esta tradición de clásico decoro se ha perdido, y estar cómodo ya no es pecado. En cambio, ha ocupado su lugar una actitud más veraz hacia la vida, debida tanto al movimiento romántico como a una mejor comprensión de la psicología humana. El. mismo cambio de actitud que obligó a que se cesara de considerar inmorales las diversiones teatrales, y "bárbaro" a Shakespeare, ha hecho posible también la evolución de los trajes de baño de las mujeres, de las bañaderas limpias y de los sillones y divanes cómodos, y un estilo de vivir y de escribir más veraz y a la vez más íntimo. En este sentido hay una verdadera relación entre mi costumbre de apoltronarme en un sofá y mi intento de introducir una escritura más íntima y fácil en el moderno periodismo chino.

Si admitimos que la comodidad no es un pecado, debemos admitir también que cuanto más cómodamente se disponga •un hombre en un sillón, en la sala de un amigo, tanto mayor respeto muestra por su huésped. Después de todo, estar como en su casa y parecer cómodo en casa ajena no es más que ayudar al dueño o dueña de la casa a que tenga feliz éxito en el difícil arte de la hospitalidad. ¡Cuántas dueñas de casa han temido, han temblado ante la posibilidad de una fiesta en que los invitados no se muestren dispuestos a estar a sus anchas! Siempre he ayudado a los dueños de casa, poniendo una pierna sobre una mesita de té, o cualquier otro objeto cercano, y de ese modo he obligado a todos los demás a desprenderse de la capa de falsa dignidad.

Yo he descubierto una fórmula relativa a la comparativa comodidad de los muebles. Esta fórmula puede ser expuesta en términos muy sencillos: cuanto más baja es una silla, tanto más cómoda resulta. Muchas personas se habrán sentado en cierta silla de la casa de un amigo, extrañados de que fuera tan cómoda. Antes del descubrimiento de esta fórmula solía pensar yo que los peritos en decoración interior tenían probablemente una fórmula matemática que les daba la proporción entre la altura y el ancho y el ángulo de inclinación de las sillas, para procurar el máximo de comodidad a los que se sientan. Desde el descubrimiento de esta fórmula he visto que era más sencillo. Tómese cualquier mueble de pino de China y córtesele unos centímetros de las patas, e inmediatamente se hace más cómoda; y si se le cortan otros pocos centímetros, más cómoda aun se hace. La conclusión lógica es, claro está, que uno se siente más cómodo cuando está tendido en cama. Sí, es tan sencillo como eso.

Desde este principio fundamental podemos ir al corolario de que cuando nos vemos sentados en una silla demasiado alta y a la que no le podemos cortar las patas, todo lo que tenemos que hacer es buscar algún objeto sobre el cual podamos descansar las piernas y disminuir así teóricamente la diferencia de nivel entre las caderas y los pies. Uno de los sistemas más comunes que empleo es el de abrir un cajón del escritorio y apoyar en él los pies. Pero dejo al sentido común de cada uno la aplicación inteligente de este corolario.

Para corregir cualquier falsa idea de que acostumbro a estar repantigado durante la dieciséis horas que paso despierto en el día, debo apresurarme a explicar que soy capaz de estarme empecinadamente sentado ante el escritorio o frente a una máquina de escribir durante tres horas seguidas. Cuando quiero exponer claramente que el aflojamiento de nuestros músculos no es necesariamente un crimen, no pretendo decir que debemos tener los músculos flojos todo el tiempo, o que es la postura más higiénica que podemos asumir durante todo el día. Muy otra es mi intención. Al fin y al cabo, la vida humana se cumple en ciclos de trabajo y de juego, de tensión y aflojamiento. La energía cerebral del hombre y su capacidad para el trabajo se presenta en ciclos mensuales, como el cuerpo de la mujer. William James dijo que cuando se ajusta demasiado la cadena de una bicicleta no se consigue que corra mejor, e igual ocurre con la mente humana. Todo, al fin y al cabo, es cuestión de costumbre. En el cuerpo humano hay una capacidad infinita para nuevos ajustes. Los japoneses, que tienen la costumbre de sentarse en el piso con las piernas cruzadas, deben sufrir calambres, supongo, si se les hace sentar en sillas. Sólo si alternamos entre la postura absolutamente erecta, del trabajo en las horas de oficina, y la postura de tendernos en un sofá después de un duro día de trabajo, podemos lograr la más alta sabiduría de la vida.

Una palabra para las señoras: cuando no hay nada cerca para descansar los pies, pueden encoger las piernas y enroscarlas sobre un sofá. Nunca parecen ustedes tan encantadoras como cuando están en esa actitud.

 

La importancia de vivir, capítulo IX

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