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18 dic. 2014

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La obra poética, narrativa y ensayística de José Lezama Lima (1910-1976), bien conocida en la isla, fue descubierta fuera de Cuba —tardíamente— por editores y críticos gracias a la irrupción de una novela que forzaba los límites del género, se reía de gramáticas y de preceptivas, e imponía al fin su verbo inagotable y su mundo poderoso: Paradiso (1966).

Julio Cortázar, que puso de relieve con tanta pasión e inteligencia la importancia literaria de Paradiso ante lectores miopes, se hubiera visto en un aprieto, sin embargo, en el trance de defender los cuentos de Lezama. El escritor argentino supo demostrar que Paradiso, aunque traspasaba las fronteras de lo novelesco para ser también un «tratado hermético» y una «poética», terminaba reafirmándose como una gran novela.

7 oct. 2014

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José María Andrés Fernando Lezama Lima, conocido como José Lezama Lima, fue un escritor cubano nacido en La Habana el 19 de diciembre de 1910, y fallecido en la misma ciudad el 9 de agosto de 1976. Aunque se dedicó sobre todo a la poesía y al ensayo, se le recuerda sobre todo por su faceta de novelista, en concreto por su obra Paradiso, publicada en 1966 y de gran repercusión internacional. De estilo barroco, y considerado uno de los autores más importantes de la literatura hispanoamericana, ha influido en una gran cantidad de escritores de su época y posteriores.

20 ene. 2014

José Lezama Lima - El guardián inicia el combate circular

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Lo hecho para perseguirse comienza con un maullido. Y la esterilidad de los vacilantes senadores descorre ese maullido como trasciende la joven cabeza de tortuga entre la yerba antediluviana. Así de sus senos, de sus cinturones blanduchos, almibarados, fluye una simpatía discreta, como un suspiro entre dos columnas, como la joven tortuga entre dos yerbazales indios, techo movedizo arañado por una sierra de carpintero de mano dura y labios suaves, apuntalados por un violín y acabados por una almeja.

No se le despierte confianza ni ponga su mano en el carapacho de una guitarra que barre las baldosas de la luna circunspecta. Un alambre electrizado, en el arco de círculo golpeado por un tamborilero asustado, rueda por las hojas en los días de lluvia, cuando la lluvia pone su gusano sobre las hojas, y las hojas quieren saltar la emoliente cabalgadura del gusano, y no puede. Jamás. Retrocede y no puede. Ícaro, sapo, no y escóndete, vuelve y empieza, no toques nada, sapo, Ícaro. Como la fatalidad que cae con su lágrima en un ostión, si respiro una flor tiendo a la obesidad, y si no, tiendo a la melancolía.

Un animal prolongado, de hocico felino y brillantez escamosa, inicia su fuga con cierta elegancia desorbitada. Ha estado en las grutas donde los peces por los descensos de los mares se han ido incrustando en los paredones, y sus uñas de madera raspan despiadadamente aquellos cuerpos volcados con hondura insaciable sobre las piedras, pero donde todavía una espina, un ojo rebanado guardan una cultura marina con celo y ardor. Durante algunos días se esconde en la copa del árbol resinoso, tan molesto e hiriente como la casa con el esqueleto del pez incrustado en las paredes, y ve un oso hormiguero ya sin dientes, que por costumbre, pues ha perdido la totalidad de su útil sin hueso, lanza un soplido malicioso en los agujeros azucarados donde las hormigas, los cundeamores, pedazos de uvas caletas y de madera de cornisa con polvos de murciélago, son volteados al aire, como el borracho homenajea a la noche lanzando sus medias en una espiral silbada, y por la mañana el oso hormiguero y la media sonríen en su grupo escultórico. La lengua del oso hormiguero esclavizándose, penetrando, es tan imponente como la media que el exceso lanza flemático y solemne.

Pero otro animal, de músculos encordados y disparados, se cree el guardián. Vigila la gruta, y no entra. Mira incesantemente la copa de los árboles, y no salta. Despanzurra al oso hormiguero sobre las rocas y desprecia los peces imposibles que quieren subirse a los manglares. Con su collar, su mandíbula, vigila los caprichos del otro. En los cristales donde se columpia el halcón del alcohol, saltando de botella en botella, aunque no se le vea, se le niegue la mirada y el cuerpo desmemoriado afirme secamente que no hay ningún vitral que deje pasar la mirada y que si pasó y no saludó es que ha estado pasando inmemorialmente como una banda china, como los pescadores portando resinas alrededor del náufrago que tiene en el ombligo condecoraciones ablandadas y estrellitas de mar. La primera vez, miró sobresaltado, contento de sentirse perseguido; la segunda, con indiferencia; la tercera, con asco.

Mientras que el agónico de tercer día se mueve persiguiendo una mosca más pesada que sus brazos, la hija menor de la protestante, descorre suavemente las cortinas, comprueba el cuerpo endurecido y la lenta espesura de sus brazos, y sonríe dejando caer el cortinón. Se acoge a la sonrisa y el gesto donde los oscuros se confunden y donde todo fluye indistinto. Y entre los animales anteriores comienza una tenebrosa batalla de círculos veloces, entrecruzados por lluvia y escarcha. O por lentos terrones que hunden un hocico, precisan un alfiler o fijan con un dedo a la mariposa hasta hacerla sangrar (sangre de sueño blanco, de ausencia asquerosa y de sanguinolento picadillo de cresta de gallo).

De pronto, aparece como un mortero vegetativo, formado por láminas de troncos de palma, unidas por saliva gorda, formado también por una arena sucia que forma la arena al frotar la montura del carey. Sin embargo, su círculo está formado tan diestramente que sólo un tornero mostrando su habilidad sobre troncos podridos podría conquistar una redondez tan considerable, un despacioso abismo hecho a voluntad en el abullonamiento de una nube nutrida con las cenizas de una grulla líquida, jovial, pero pastosa.

El final esperado del animal que mira y no salta, y el que contempla la espina dorsal introducida en los terrones solitarios, debiera ser la penetración de una pezuña en una entraña, de un pie golpeando una cabeza recostada en largas velas como almohadas. Pero continúan su desdicha tenebrosa. Marcha y timbal en repiqueteos escandalosos que abren una larga continuidad de campanillas. Un remolino que no deja escapar hasta perder la raíz de las fuentes de Roma. Los maullidos continúan pasando a escape por la Villa Médicis, un remolino que eleva el círculo de los dos animales, pero que no prolonga sus brazos indefinidamente ni abre su boca para comprobar su adolescencia. Si se mira una espina dorsal p se mira la copa de los árboles, la persecución es inmemorial y no se introduce una espina en la ceniza de la grulla pastosa.

No se puede comprobar el animal perseguido como un gato, aunque sus instintos son gatunos. No se puede comprobar como un gato aunque la persecución no se inició en un tejado ni el puño escondía la bola sedosa de un laberinto. Llegaron hasta los límites del bosque, ninguna brigada vislumbraba. El animal que raspa la espina dorsal y el que mira y no salta, se han constituido en Gran Armada de devoradoras humaredas. No se sienten unas aguas pausadas, que ruedan, que podrían separarlos para que cada uno hincara su destino. El círculo se rompe porque el de la espina puede saltar.

Salta dentro del mortero de vegetales. Cree que ya recabará su innombrable. Su quietud es su salvación. Y empieza a sentir la voluptuosidad húmeda. Su humedece como ante un espejo carnal. Y espera que el que no puede saltar gire como un cántaro sobre su propia ruptura. Después de todo es un pedazo de blanduras, no una flor firme y pellizcada. Y ya empieza a lamer las hojas del tronco de las palmas, como si la saliva y la humedad se comprendieran desde lejos, como de cerca se aprisionan y disminuyen.

Ah, el que no puede saltar, el que no puede ser bailarín. El que de noche está inutilizado como los labios por la madrugada. Y su ronda es espantosa, porque en cada casa que quiere penetrar le rindan cerveza, le escuchan y le vendan el ojo traicionado que habló a destiempo y recordó figuras golosas que se colaban por las axilas como las arenas en la digestión asustada del esturión.

Pero el que no salta penetra. El que no baila recuesta la frente en las dos manos cruzadas y suelta como una pólvora un vals demorado sobre cada sospecha. Ah, no bailo en homenaje a la claridad comunicante, pero mi sueño es espeso, incomprensible en su apagamiento, en su despedida. El que espera, el que no puede saltar, suda perplejo.

La Gran Armada vacila y la brigada anterior sueña con refuerzos que nunca llegarán. El hocico del animal segundo se hunde frenético en el tronco vaciado de las palmas. Lleva por la cabeza al animal guardián de las espinas hasta el paredón inexorable y lo suena innumerables veces en innumerables muertes. La boca grande ha triunfado sobre el hocico. El que busca la espina dorsal es más débil que el que no puede saltar a la copa de los árboles, pero la sombra que cubrirá lo que tiene que ser mirado para siempre es pavorosa. El cuadro último es una desviación de la luz que aclara la sombra húmeda de las láminas del tronco de las palmas. Así se forma un grupo tenebroso que reemplaza al misterio vinoso del cuerpo aislado. La amistad sometida a la humedad, a la mejor interpretación del rocío vegetal, quiere crear un nuevo misterio capaz de nutrir el baile de una nueva figura. La furia del que no puede saltar, penetrando las láminas húmedas y alzando en su cólera siniestra el devoto de las grutas espinosas, quiere crear una nueva posibilidad de zozobra. Asoma por encima del mortero una cabeza afilada en una noche cautelosa de artificios. Después, su cuerpo se pierde en un vacío momentáneo. Pero otro cuerpo que ha traspasado la resistencia del tronco de la palma penetra insaciablemente. Aquel centro desmesurado ha servido para formar una nueva defensa voluptuosa; el círculo se ha roto para favorecer la penetración del que no puede saltar, pero puede penetrar la humedad resistiendo en el tronco de las palmas, el hocico fino, de fiebre escamosa que mira la cultura marina raspando la espina dorsal aplastada en los paredones. Un gruñido continúa apuntalando al que no puede saltar. Sorprendedle, se entretiene en hacer nuevas figuras para que sobre ellas el paredón que se derrumba, como una aprobación que aplasta los morteros que vencen al círculo, por una penetración tan rápida como el fuego ponga en parábola y el halcón cae sobre el toro penoso en la bodega del barco.


En Poesía completa

14 sept. 2013

José Lezama Lima - Pensamientos en la Habana

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José Lezama Lima - Pensamientos en la Habana


Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan asesinatos
mientras los visitadores señalan la ardilla
que con el rabo se ajusta las medias.
Si un estilo anterior sacude el árbol,
decide el sollozo de dos cabellos y exclama:
my soul is not in an ashtray.

Cualquier recuerdo que sea transportado,
recibido como una galantina de los obesos embajadores de antaño,
no nos hará vivir como la silla rota
de la existencia solitaria que anota la marea
y estornuda en otoño.
Y el tamaño de una carcajada,
rota por decir que sus recuerdos están recordados,
y sus estilos los fragmentos de una serpiente
que queremos soldar
sin preocuparnos de la intensidad de sus ojos.
Si alguien nos recuerda que nuestros estilos
están ya recordados;
que por nuestras narices no excogita un aire sutil,
sino que el Eolo de las fuentes elaboradas
por las que decidieron que el ser
habitase en el hombre,
sin que ninguno de nosotros
dejase caer la saliva de una decisión bailable,
aunque presumimos como las demás hombres
que nuestras narices lanzan un aire sutil.
Como sueñan humillarnos,
repitiendo día y noche con el ritmo de la tortuga
que oculta el tiempo en su espaldar:
ustedes no decidieron que el ser habitase en el hombre;
vuestro Dios es la luna
contemplando como una balaustrada
al ser entrando en el hombre.
Como quieren humillarnos, le decimos
the chief of the tribe descended the staircase.

Ellos tienen unas vitrinas y usan unos zapatos.
En esas vitrinas alternan
el maniquí con el quebrantahuesos disecado,
y todo lo que ha pasado por la frente del hastío
del búfalo solitario.
Si no miramos la vitrinas charlan
de nuestra insuficiente desnudez
que no vale una estatuilla de Nápoles.
Si la atravesamos y no rompemos los cristales,
no subrayan con gracia que nuestro hastío
puede quebrar el fuego
y nos hablan del modelo viviente
y de la parábola del quebrantahuesos.
Ellos que cargan con sus maniquíes a todos los puertos
y que hunden en sus baúles un chirriar
de vultúridos disecados.
Ellos no quieren saber que trepamos
por las raíces húmedas del helecho
-donde hay dos hombres frente a una mesa;
a la derecha, la jarra
y el pan acariciado-,
y que aunque mastiquemos su estilo,
we don't choose our shoes in a show-window.

El caballo relincha cuando hay un bulto
que se interpone como un buey de peluche,
que impide que el río le pegue en el costado
y se bese con las espuelas regaladas
por una sonrosada adúltera neoyorquina.
El caballo no relincha de noche;
los cristales que exhala por su nariz,
una escarcha tibia, de papel;
la digestión de las espuelas
después de recorrer sus músculos encristalados
por un sudor de sartén.
El buey de peluche y el caballo
oyen el violín, pero el fruto no cae
reventado en su lomo frotado
con un almíbar que no es nunca el alquitrán.
El caballo resbala por el musgo
donde hay una mesa que exhibe las espuelas,
pero la oreja erizada de la bestia no descifra.

La calma con música traspiés
y ebrios caballos de circo enrevesados,
donde la aguja muerde porque no hay un leopardo
y la crecida del acordeón
elabora una malla de tafetán gastado.
Aunque el hombre no salte, suenan
bultos divididos en cada estación indivisible,
porque el violín salta como un ojo.
Las inmóviles jarras remueven un eco cartilaginoso:
el vientre azul del pastor
se muestra en una bandeja de ostiones.
En ese eco del hueso y de la carne, brotan unos bufidos
cubiertos por un disfraz de telaraña,
para el deleite al que se le abre una boca,
como la flauta de bambú elaborada
por los garzones pedigüeños.
Piden una cóncava oscuridad
donde dormir, rajando insensibles
el estilo del vientre de su madre.
Pero mientras afilan un suspiro de telaraña
dentro de una jarra de mano en mano,
el rasguño en la tiorba no descifra.

Indicaba unas molduras
que mi carne prefiere a las almendras.
Unas molduras ricas y agujereadas
por la mano que las envuelve
y le riega los insectos que la han de acompañar.
Y esa espera, esperada en la madera
por su absorción que no detiene al jinete,
mientras no unas máscaras, los hachazos
que no llegan a las molduras,
que no esperan como un hacha, o una máscara,
sino como el hombre que espera en una casa de hojas.
Pero al trazar las grietas de la moldura
y al perejil y al canario haciendo gloria,
l'etranger nous demande le garçon maudit.

El mismo almizclero conocía la entrada,
el hilo de tres secretos
se continuaba hasta llegar a la terraza
sin ver el incendio del palacio grotesco.
¿Una puerta se derrumba porque el ebrio
sin las botas puestas le abandona su sueño?
Un sudor fangoso caía de los fustes
y las columnas se deshacían en un suspiro
que rodaba sus piedras hasta el arroyo.
Las azoteas y las barcazas
resguardan el líquido calmo y el aire escogido;
las azoteas amigas de los trompos
y las barcazas que anclan en un monte truncado,
ruedan confundidas por una galantería disecada que sorprende
a la hilandería y al reverso del ojo enmascarados tiritando juntos.

Pensar que unos ballesteros
disparan a una urna cineraria
y que de la urna saltan
unos pálidos cantando,
porque nuestros recuerdos están ya recordados
y rumiamos con una dignidad muy atolondrada
unas molduras salidas de la siesta picoteada del cazador.
Para saber si la canción es nuestra o de la noche,
quieren darnos un hacha elaborada en las fuentes de Eolo.
Quieren que saltemos de esa urna
y quieren también vernos desnudos.
Quieren que esa muerte que nos han regalado
sea la fuente de nuestro nacimiento,
y que nuestro oscuro tejer y deshacerse
esté recordado por el hilo de la pretendida.
Sabemos que el canario y el perejil hacen gloria
y que la primera flauta se hizo de una rama robada.

Nos recorremos
y ya detenidos señalamos la urna y a las palomas
grabadas en el aire escogido.
Nos recorremos
y la nueva sorpresa nos da los amigos
y el nacimiento de una dialéctica:
mientras dos diedros giran mordisqueándose,
el agua paseando por los canales de los huesos
lleva nuestro cuerpo hacia el flujo calmoso
de la tierra que no está navegada,
donde un alga despierta digiere
incansablemente a un pájaro dormido.
Nos da los amigos que una luz redescubre
y la plaza donde conversan sin ser despertados.
De aquella urna maliciosamente donada,
saltaban parejas, contrastes y la fiebre
injertada en los cuerpos de imán
del paje loco sutilizando el suplicio lamido.
Mi vergüenza, los cuernos de imán untados de luna fría,
pero el desprecio paría una cifra
y ya sin conciencia columpiaba una rama.
Pero después de ofrecer sus respetos,
cuando bicéfalos, mañosos correctos
golpean con martillos algosos el androide tenorino,
el jefe de la tribu descendió la escalinata.

Los abalorios que nos han regalado
han fortalecido nuestra propia miseria,
pero como nos sabemos desnudos
el ser se posará en nuestros pasos cruzados.
Y mientras nos pintarrajeaban
para que saltásemos de la urna cineraria,
sabíamos que como siempre el viento rizaba las aguas
y unos pasos seguían con fruición nuestra propia miseria.
Los pasos huían con las primeras preguntas del sueño.
Pero el perro mordido por luz y por sombra,
por rabo y cabeza;
de luz tenebrosa que no logra grabarlo
y de sombra apestosa; la luz no lo afina
ni lo nutre la sombra; y así muerde
la luz y el fruto, la madera y la sombra,
la mansión y el hijo, rompiendo el zumbido
cuando los pasos se alejan y él toca en el pórtico.
Pobre río bobo que no encuentra salida,
ni las puertas y hojas hinchando su música.
Escogió, doble contra sencillo, los terrones malditos,
pero yo no escojo mis zapatos en una vitrina.

Al perderse el contorno en la hoja
el gusano revisaba oliscón su vieja morada;
al morder las aguas llegadas al río definido,
el colibrí tocaba las viejas molduras.
El violín de hielo amortajado en la reminiscencia.

El pájaro mosca destrenza una música y ata una música.
Nuestros bosques no obligan el hombre a perderse,
el bosque es para nosotros una serafina en la reminiscencia.
Cada hombre desnudo que viene por el río,
en la corriente o el huevo hialino,
nada en el aire si suspende el aliento
y extiende indefinidamente las piernas.
La boca de la carne de nuestras maderas
quema las gotas rizadas.
El aire escogido es como un hacha
para la carne de nuestras maderas,
y el colibrí las traspasa.

Mi espalda se irrita surcada por las orugas
que mastican un mimbre trocado en pez centurión,
pero yo continúo trabajando la madera,
como una uña despierta,
como una serafina que ata y destrenza en la reminiscencia.
El bosque soplado
desprende el colibrí del instante
y las viejas molduras.
Nuestra madera es un buey de peluche;
el estado ciudad es hoy el estado y un bosque pequeño.
El huésped sopla el caballo y las lluvias también.
El caballo pasa su belfo y su cola por la serafina del bosque;
el hombre desnudo entona su propia miseria,
el pájaro mosca lo mancha y traspasa.
Mi alma no está en un cenicero.


En Poesía completa
Imagen: Iván Cañas

22 jul. 2013

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Paradiso fue la única novela publicada en vida por José Lezama. El hilo argumental, la infancia y juventud de José Cemí, tiene una evidente raíz autobiográfica y sirve de base para la construcción de un mundo poético en el que la realidad, el mito y la fantasía logran, bajo el denominador común de una asombrosa erudición, un perfecto entramado cuya unidad refuerza un magistral dominio de la lengua. Esta obra compleja, oceánica y barroca representa la suma de una lenta labor de elaboración que se prolongó a lo largo de gran parte de su vida, hasta entonces conocido únicamente por su excepcional talento como poeta y ensayista. La aparición en 1966 de Paradiso suscitó la entusiasta y admirativa respuesta de un selecto grupo de críticos y escritores. Entre otros, de Julio Cortázar. Precisamente esta edición de Paradiso reproduce el texto, revisado y autorizado por Lezama Lima, que publicó en México Ediciones Era, en 1968, al cuidado de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis. Cortázar valoró Paradiso como ' una ceremonia, algo que preexiste a toda lectura con fines y modos literarios… Una obra así no se lee; se la consulta, se avanza por ella línea a línea, jugo a jugo, es una participación intelectual y sensible tan tensa y vehemente como la que desde esas líneas y esos jugos nos busca y nos revela ' . Mario Vargas Llosa, por su parte, situó a Paradiso entre las novelas ' más ambiciosas, válidas y renovadoras de la literatura moderna '.

5 feb. 2012

José Lezama Lima - Cangrejos, golondrinas

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Eugenio Sofonisco, herrero, dedicaba la mañana del domingo a las cobranzas del hierro trabajado. Salía de la incesancia áurea de su fragua y entraba con distraída oblicuidad en la casa de los mayores del pueblo. No se podía saber si era griego o hijo de griegos. Sólo alcanzaba su plenitud rodeado por la serenidad incandescente del metal. Guardaba un olvido que le llevaba a ser irregular en los cobros, pero irreductible. Volvía siempre silbando, pero volvía y no se olvidaba. Tenía que ir a la casa del filólogo que le había encargado un freno para el caballo joven del hijo de su querida, y aunque el ayuda de cámara le salía al paso, Sofonisco estaba convencido de que el filólogo tenía que hacer por la mano de su ayuda de cámara los pagos que engordaban los días domingos. Para él, cobrar en monedas era mantener la eternidad recíproca que su trabajo necesitaba. 

Mientras trabajaba el hierro, las chispas lo mantenían en el oro instantáneo, en el parpadeo estelar. Cuando recibía las monedas, le parecía que le devolvían las mismas chispas congeladas, cortadas como el pan. Agudo y locuaz, le gustaba aparecer como lastimero y sollozante. El domingo que fue a casa del filólogo se entró al ruedo, oblicuo como de costumbre, y al atravesar el largo patio que tenía que recorrer antes de tocar la primera puerta, vio en el centro del patio una montura con la inscripción de ilustres garabatos aljamiados. Ilustró la punta de sus dedos recorriendo la tibiedad de aquella piel y la frialdad de los garabatos en argentium de Lisboa. Apoyado en su distracción avanzaba convencido, cuando la voz del mayordomo del filólogo llenó el patio, la plaza y la villa. Insolencia, decía, venir cuando no se le llama, nos repta en el oído con la punta de sus silbidos y se pone a manosear la montura que no necesita de su voluptuosidad. Orosmes, soplillo malo. No vienes nunca y hoy que se te ocurre, mi señor el filólogo fue a desayunar a casa del tío de un meteorólogo de las Bahamas que nos visita, y no está ni tiene por qué estar. Usted viene a cobrar y no a acariciar la plata de las monturas que no son suyas. Empieza por hacer las cosas mal, y después acaricia su maldad. Un herrero con delectación morosa. Te disfrazas de distraído amante del argentium, pero en el puño se te ve el rollo de los cobros, las papeletas de la anotación cuidadosa. Te finges distraído y acaricias, pero tu punto final es cerrar el pañuelo con arena aún más sucia y con las monedas en que te recuestas y engordas. No te quiero ver más por aquí, te presentas en el instante que sólo a ti corresponde, alargas la mano y después te vas. No tienes por qué acariciar la plata de ninguna montura. La voz se calló, desaparecieron los carros de ese Ezequiel, y Sofonisco saltó de su distracción a una retirada lenta, disimulada. 

El domingo siguiente se levantó con una vehemencia indetenible para volver a repetir la cobranza en casa del filólogo. Se sentía avergonzado de los gritos del mayordomo, vaciló, y le dijo a su mujer la urgencia de aquel cobro y el malestar que lo aguantaba en casa. La mujer de Sofonisco se cambió los zapatos, se alisó, mientras adoptaba la dirección de la casa del filólogo. Se le olvidó acariciar la montura antes de que su mano cayese tres veces en el aldabón. 

No le salió al paso el mayordomo, sino la esposa del filólogo. Insignificante y relegada cuando su esposo estaba en casa, si éste viajaba adquiría una posición rectificadora y durante la ausencia del esposo presumía de modificar y humillar al mayordomo. Le había mandado que ayudase a fregar la loza, que abandonase el plumerillo y sus insistentes acudidas a la más lejana insinuación a su presencia, llenada con mimosas vacilaciones. Había visto la humillación de la noble distracción de Sofonisco, anonadado por la crueldad y los chillidos del mayordomo. Y ahora quería limpiarle el camino, reconciliarse. 

A la presentación del deseo de cobranza, contestó con muchas zalemas que su esposo continuaba las visitas dominicales al meteorólogo de las Bahamas, ya que tenían mucho que hablar acerca de la influencia de la literatura birmana en el siglo II de la Era Cristiana. Ella no tenía dinero en casa, pero se afanaría por hacer el pago en cualquier forma. Sorprendió una indicación lejana. Ah, sígame, le dijo. La traspasó por pasadizos hasta que llegaron como a un oasis de frío, estaban en la nevera de la casa. Le enseñó colgada una buena pierna de res. Es suya, le dijo, se la cambio por el recibo. No tengo por ahora otra manera de pagarle. Quizás el domingo siguiente el mayordomo le entregue unas cuantas monedas que le envía mi esposo el filólogo. Pero no, dijo como iluminada, prefiero pagarle yo ahora mismo. Es suya, llévesela como quiera, pero no la arrastre, requiere un buen hombro. Vaya a buscar a su esposo. Las puertas quedarán abiertas para que no se moleste. Dispense, adiós. 

Al llegar a su casa el herrero descansó la pierna de la res cerca del baúl, indeciso ante la situación definitiva del nuevo monumento que se elevaba en su cámara. Tenía unos fluses que nunca usaba, esperando una solemnidad que nunca lo saludaba, los empapeló y los llevó hasta una esquina donde fueron desenvueltos en un cromatismo xántico. Izó la pierna y la situó en el respeto de una elevación que no evitase la tajada diaria al alcance de la mano, y salió a airearse, el olor penetrante de la res le había comunicado una respiración mayor que necesitaba de la frecuencia de los árboles en el aire que él iba a incorporar. 

La esposa se desabrochó, esperando el regreso del herrero para hacer cama. Desnuda se acercó a la pierna de la res, la contempló, acariciándola con los ojos desde lejos. La pierna trasudó como una gota de sangre que vino a reventar contra su seno. No reventó; al golpe duro de la gota de sangre en el seno sintió deseos de oscurecer el cuarto antes de que regresase el herrero. Sintió miedo de verse el seno y miedo de ver al esposo. El sueño, uno al lado del otro, los distanció por dos caminos que terminaban en la misma puerta de hierro con inscripciones ilegibles. Cierto que ella era analfabeta; él, había comenzado a leer en griego en su niñez; a contar los dracmas limpiando calzado en Esmirna y había hecho chispas en los trabajos de la forja colada en la villa de Jagüey Grande. Cuando dormía, después que había penetrado con su cuerpo en su esposa, diversificaba su sueño, ocurriéndosele que recibía un mensaje de Lagasch, alcalde de Mesopotamia, comprando todas sus cabras. Al terminar el sueño, soñaba que estaba en el principio de la noche, en el sitio donde se iniciaba la inscripción de los soplos benévolos. 

Al despertar la esposa tuvo valor para contemplarse el seno. Había brotado una protuberancia carmesí que trató de ocultar, pero el tamaño posterior la llevó a hablar con Sofonisco de la nueva vergüenza aparecida en su cuerpo. Él no le dijo lo que tenía que hacer. Se sintió tan indeciso, después consideró la aparición de algo sagrado, luego respetaba más que nunca a su mujer, pero no la tocaba ya. Todos los vecinos le hablaron del negro Tomás, cuyo padre había alcanzado una edad que los abuelos del pueblo en su niñez ya lo recordaban como viejo. Había curado viruelas, andaba con largo cayado de rama de naranjo, cuando se tornaban negras, abrazándose con blancas. Allí fue y el negro le habló con sílaba lenta, de imprescindible recuerdo: me alegra el herrero y me voy a entretener en devolverle a su esposa como un metal. Hay que hacer primero túnel y después salida. Yo tengo el aceite del túnel, no preveo la salida que Dios tiene que ayudar. Hay un aceite de nueces de Ipuare, en el Brasil, que es caliente y abre brecha e inicia el recorrido. Con esa dinamita aceitada su pelota desaparecerá, no desaparecer, va hacia dentro, buscando una salida. Se lo pone una semana, dejando caer la gota de aceite hirviendo a la misma altura donde cayó la gota de sangre. Después, vuelva. Algo tiene que ocurrir. Ya no se espera que algo ocurra. Antes, cuando tocaban la puerta, se sentía que podía ser Dios. Ahora se piensa que sea un cobrador y no se abre. Mientras se aplica el aceite hirviendo, tiene que tocarla su esposo todos los días. Ya tiene túnel, ahora espere salida.

Se sentía penetrada, la penetración estaba en tan mínima dosis en su recorrido que no sentía dolor. El topo seguido de la comadreja, el oso hormiguero seguido de una larga cadena la recorrían. Buscaban una salida, mientras sentía que la protuberancia carmesí se iba replegando en el pozo de su cuerpo. Un día encontró la salida: por una caries se precipitó la protuberancia. Desde entonces empezó a temblar, tomar agua —orinar— tomar agua, se convirtió en el terrible ejercicio de sus noches. Estaba convencida que había sanado. ¿Acaso no había visto ella misma la protuberancia caer en el suelo y desaparecer como una nube que nunca se pudo ver? Tuvo que ir de nuevo a ver al negro Tomás. Hubo túnel y salida, le dijo, ésta la ganó usted. Yo no podía prever que una caries sería la puerta. Ahora le hace falta no el aceite que quema, sino el que rodea la mirada. Yo no podía ver a una caries como una puerta, pero conozco ese aceite de calentura natural que se va apoderando de usted como un gato convertido en nube. Vaya a ver al negro Alberto, y él, que ya no baila como diablito, le ofrecerá los colores de sus recuerdos, las combinaciones que le son necesarias para su sueño. Usted fue recorrida por animales lentos, de cabeceo milenario. Ahora salga, siga con sus pasos la lección que le va a dictar su mirada. Tiene que convertir en cuerda floja todo cuanto pise. 

Fue a ver al negro Alberto. Vivía en una casa señorial de Marianao, la casa solariega de los Marqueses de Bombato había declinado lentamente hacia el solar. En 1850, los Marqueses daban fiestas nocturnas, maldiciendo la llegada de la aurora. En 1870, se había convertido en una casona gris de cobrar atribuciones. En 1876, era el estado ciudad de un solar de Marianao. Ahora se guardaba una colilla para ser fumada tres horas después, en el blasón de una puerta de caoba. La pila bautismal recibía diariamente la materia que hace abominables a las pajareras. El negro Alberto estaba sentado en una pieza que tenía la destreza de trabajo de un sillón de Voltaire con la destreza simbólica de un sillón Flaubert. Al verla se levantó para otorgarle las primeras palmatorias. 

¿Ya hubo túnel?, le preguntó con una solemnidad jacarandosa. Con una elasticidad madura que guardaba la enseñanza de sus gestos. 

Lo hubo y la caries sirvió de puerta. Pero a pesar de que yo vi, estaba muy despierta, rebotar la bolita contra el suelo que todos los días abrillanto, no me siento bien y sufro. 

Alberto había sido diablito en su juventud. Cuando era adolescente bailaba desnudo, a medida que recorría los años iba aumentando su colección de túnicas. Cuando se retiró, mostraba sus colecciones a los enviados por el negro Tomás con fines curativos. Transcurría diseñando los vestidos que ya no podía ponerse para ninguna fiesta, y su mujer costurera copiaba como si en eso consistiese su fidelidad. Algunos se complicaban en laberintos de hilos, sedas y cordones, que rememoraban a Nijinsky entrevisto por Jacques Emile Blanche. Otros se aventuraban en el riesgo sigiloso de dos colores contrastados con una lentitud de trirreme. Los fue entreabriendo en presencia de la esposa de Sofonisco. Las correas con campanillas que ceñían sus brazos y piernas estaban invariablemente resueltas siguiendo las vetas de oro en el fondo verde oscuro del cobre. Las más retorcidas combinaciones dejaban impávida a la mujer del griego. Parecía que ya Alberto tocaría el final de su colección de túnicas y ni él se intranquilizaba ni la visitante mostraba la serenidad que había ido a rescatar. Por fin, mostró entre las últimas túnicas, la lila que mostraba grabada en sus espaldas una paloma. Los collares que ceñían sus brazos y sus piernas ya no eran circulares. En la boca de la paloma no se observaban ramas de trigo o aceitunas, sino muy roja, mostraba su boca en doble rojez. Alberto anotó fríamente en su memoria: blanco, lila y rojo. Como quien vuelve del sueño aparta los pañuelos que se le tienden, la esposa del herrero dijo: ya estoy en la orilla. 

Fue a pagarle los servicios suntuosos del negro Alberto. Recordó lo horrible que era para ella cobrar, llevar a su casa aquella enorme pierna de res. Pensó que pagar era como lanzar una maldición a un rostro que no la había provocado. 

No busque, le dijo Alberto, coja el hueso de la pierna y entiérrelo. Recuérdelo, pero no lo mire. La ironía del túnel es la paloma, siempre encuentra salida. Yo creí que había que despertarla, pero su propia sangre la llevaba a poner la mano en un cuerpo blanco. La paloma blanca y la lengua roja colocan su mirada en lo cotidiano de la mañana. 

Sin embargo, le contestó, el negro Tomás me aconsejaba que Sofonisco me tocara y yo comprendía que él me tenía miedo. Me pasaban cosas extrañas y él huía. Me abrazaba, pero mostraba en el fondo de sus averiguaciones carnales una indiferencia, como si me hubiese convertido en una imagen desatada de la carne. Ahora me recordará con más precisión y podré caber de nuevo dentro de él sin atemorizarlo. Entonces se sacó del seno un hilo que el negro Alberto, siempre avisado, fue tirando, cuando todo el hilo estaba desconcertado por el suelo, lo cogió y lo lanzó en la saya de su mujer que seguía cosiendo, recorriendo mansamente sus diseños. 

Habían pasado los años que ya mostraba el hijo de Sofonisco y el pitagórico siete se mostraba con el ritmo que golpeaba la pelota contra el suelo. Su frenesí lo llevaba a golpear tan rápidamente que parecía que en ocasiones la pelota buscaba su mano como si fuera un muro, con la confianza de ser siempre interrumpida. Otras veces, después de tropezar con el suelo la pelota se levantaba como si fuese a trazar la altura de un fantasma imposible. La madre contemplaba con una lánguida extrañeza aquel frenesí de su hijo. Crecía, se volvía rojo como cuando el padre martillaba las chispas. Parecía estar ciego en el momento en que le pegaba a la pelota contra el suelo y luego, casi con indiferencia, no recobraba el orgullo de la mirada al ver la altura alcanzada. Al alcanzar una altura increíble para el golpe de su pequeña mano, alcanzó una altura misteriosa que ya más nunca podría rebasar. La pelota vaciló, recorrió una canal invisible y al fin se quedó dormida en la pantalla de grueso cartón verde que cubría el bombillo. La madre del nuevo Sofonisco, se movilizó jubilosa para entregarle a su hijo la alegría del reencuentro. Como si hubiese resuelto la invención de poblar el aire de peces, fue al patio y cogió la vara que alzaba a la tendedera lo más alto posible de las manchas de la tierra. Le dio un golpe muy ligero a la pelota para ver que rodase por la pantalla. No pudo prever la velocidad devoradora que adquiriría la pelota, muy superior a la huida de sus piernas. Le cayó en la nuca. El niño escondió la pelota para que llenase el mismo tiempo que le estaba dedicado al día siguiente. El herrero se fue a dormir, sus músculos estaban muy espesos por su ración diaria de martillazos y necesitaba del aceite flexible del sueño. El niño necesitaba esconder algo para dormirse. Ella ocupó su lugar: dormir sin despertar al que estaba a su lado. Soñó que por carecer de piernas, circulizada, se movía pero sin poder definir ningún camino. Con una lentitud secular soñó que le iban brotando retoños, después prolongaciones, por último, piernas. Cuando iba a precisar que caminaba se encontró la entrada de un túnel. Ya ella sabía, el sueño era de fácil interpretación llevado por sus recuerdos y se sintió fatigada al sentirse la más aburrida de las aburridas. 

Dejó el sueño en el momento en que entraba en el túnel, pero al despertar se llevó la mano a la nuca y allí estaba de nuevo la protuberancia carmesí. Ya está ahí, dijo, como quien recibe lo esperado. 

Viene como siempre, contestó Sofonisco despertándose, a hacer su mal y lo peor es que tenemos que salir con él. Cualquiera que se quede sin el otro hasta el último momento, hasta entrar, es el que no podrá recordar. 

Hay que averiguarlo, seguirlo, dijo ella, ya es la segunda vez y ahora viene a destruir como quien trabaja sobre un cuerpo relaxo que no tiene prolongaciones para atraer o rechazar. Puerta, túnel, caries, la paloma encuentra salida, todo eso está ya desinflado. Y no sé si el negro Tomás, al surgir el nuevo hecho en la misma persona no se distraerá, fingirá que se pone al acoso para descansar. Yo misma he borrado la posibilidad de la sorpresa que mi cuerpo recién lavado puede ofrecer. Me veo obligada a recorrer un camino donde los deseos están cumplidos. 

Sí, dijo Sofonisco, que ya no se rodeaba de un halo de chispas, pero eso sucede delante de mí y no puedo contemplar un espectáculo tan terrible cuando estoy dormido y siento que te acuestas a mi lado. 

Entonces, dijo ella, tengo que buscar tu salud y aunque estoy ya convertida en cristal, tengo que girar para que tus ojos no se oscurezcan. 

De pronto, cuando llega el cangrejo, dijo el herrero tiritando, me veo obligado a retroceder y ya no puedo tocarte. Cuando tú luchas con esas contradicciones que te han sido impuestas, me asomo y veo que lo que me transparentaba se borra, que es necesario reencontrarlo después de un paréntesis peligroso. Aunque tú ya no tengas curiosidad, me es necesario comprender una destreza, la forma que tú adquieres para caer en tu separación de mi cuerpo. Esa monotonía que tú esbozas, esa impertinencia para comprobar tus deseos, revela un endurecimiento que yo disculpo, pues en los caminos que te van a imponer, requieres una gran opacidad, ya que la luz te iría reduciendo, descubriéndote en un momento en que ya tú no puedes ser conocida por nadie. 

Ah, tú, silabeó la esposa, ahora es cuando surges y ya no necesitas tocarme. Cuando surge ese escorpión sobre mi cuerpo te entretienes con los esfuerzos que yo hago para quitármelo de encima. Cuando veas que ya no puedo quitármelo entonces empezará tu madurez. Al día siguiente, con la flor del aretillo sobre el seno, fue a ver al negro Tomás. 

Atravesó la bahía. El negro la situó entre una esquina y un farol que se alejaba cinco metros. 

Precipitadamente le dejó el frasco con aceite y el negro se hizo invisible. La esposa del herrero distinguió círculos y casas. El semicírculo de la línea de la playa, el círculo de los carruseles que lanzaban chispas de fósforo y latigazos, y más arriba las casas en rosa con puertas anaranjadas y las verjas en crema de mantecado. Negros vestidos de diablito avanzaban de la playa a los carruseles y allí se disolvían. Empezaban desenrollándose acostados en el suelo, como si hubiesen sido abandonados por el oleaje. Se iban desperezando, ya están de pie y ahora lanzan gritos agudos como pájaros degollados. Después solemnizan y cuando están al lado de los carruseles las voces se han hecho duras, unidas como una coral que tiene que ser oída. Los carruseles como si mascasen el légamo de ultratumba cortan sus rostros con cuchilladas que dejan un sesgo de luna embetunada con hollín y calabaza. La calabaza fue una fruta y ahora es una máscara y ha cambiado su ropa ante nuestro rostro como si la carne se convirtiese en hueso y por un rayo de sol nocturno el esqueleto se rellenase con almohadas nupciales. Aquellas casas girando parecen escaparse, y golpean nuestro costado. Es lo insaciable; los diablitos avanzan hasta los carruseles y éstos los rechazan otra vez y otra hasta la playa. Los soldados momificados soportan aquella lava. Uno saca su espada y surge una nalga por encantamiento y pega como un tambor. Un negrito de siete años, hijo de Alberto el de las túnicas, vestido de marinero veneciano, empina un papalote para conmemorar la coincidencia de la espada y la nalga. La esposa, portadora del cangrejo, acostumbrada a las chispas del herrero griego, retrocede de la esquina hasta el farol. Cuando los diablos son botados hasta la playa, ella avanza cautelosamente hasta la esquina. Cuando los diablitos llegan hasta los bordes del carrusel, ella retrocede hasta el farol. Sintió pánico y la voz le subía hasta querer romper sus tapas, pero el cangrejo que llevaba en la nuca le servía de tapón. Las grandes presiones concentradas en los coros de los negros se sintieron un poco tristes al ver que nada más podían trasladarla de la esquina hasta el farol. Y a la limitación, a la encerrona de su pánico oponían la altura de sus voces en un crescendo de mareas sinfín. Después supo que un poeta checo que asistía para hacer color local, acostumbrado a los crepúsculos danzados en el Albaicín, había comenzado a tiritar y a llorar, teniendo un policía que protegerlo con su capota y llevarlo al calabozo para que durmiese sin diablos. Al día siguiente, las páginas de su cuaderno lucían como pétalos idiotas entre el petróleo y la gelatina de las tambochas, devueltas por los pescadores eruditos a las aguas muertas de la bahía. 

Y más allá de los carruseles, las casas pobladas hasta reventar, con las claraboyas cerradas para evitar que la luz subdivida a los cuerpos. Bailándole a las esquinas, a los santos, al fango tirado contra cualquier pared, en cada casa apretada se repite la caminata de la playa hasta el carrusel. De pronto, un cuerpo envuelto en un trapo anaranjado es lanzado más allá de las puertas. Los soldados enloquecidos lanzan tiros como cohetes. Pero las casas cerradas, llenas hasta reventar, desdeñan el fuego de la fiesta. Recibe una claridad, la mañana comienza a acariciarla. Empieza a sentir, a recuperar y sorprende que el frasco de aceite del Brasil hierve queriendo reventar. Cree que aún separa a los grupos, pide permiso y nadie la rodea. La lancha que la devuelve como única tripulante, le permite un sueño duro que galopa en el petróleo. Sale de la lancha con pasos raudos, como si la fuese a tripular de nuevo. Cuando llega a su casa percibe a su esposo y a su hijo respetuosos de las costumbres de siempre. Y lleva el aceite hirviendo hasta su nuca. Ya encontró camino, le dice de nuevo el negro Tomás cuando lo visita, y saldrá más allá del túnel. Por la mañana lanza de nuevo la protuberancia carmesí. Ahora ha saltado por el túnel de la cuenca del ojo izquierdo. Pero la zozobra que la continúa es insoportable. El esposo alejado de ella, en una soledad duplicada se lleva de continuo el índice a los labios. Y aunque está solo y muy lejos de ella, repite ese gesto, que la vecinería a su vez comenta y repite. Y el hijo, más huraño, antes de entrar en el sueño, se obstaculiza a sí mismo en tal forma que la pelota rueda como si fuese agua muerta o una cucaracha despreciada cuyo vuelo es seguido con indiferencia. 

¿Qué les pasa a ustedes?, dice después de la sobremesa, lanzándole la pelota a su hijo, que la deja correr, importándole nada su desenvolvimiento. 

Estás en vacaciones, ahora se dirige al esposo, para ver si tiene mejor suerte, no quieres hacer nada y las monturas de hierro van formando por toda la casa una negrura que será imposible limpiar cuando nos mudemos. 

Nos mudaremos, le contesta casi por añadidura y los hierros se quedarán, ya con ellos no se puede hacer ni una sola chispa. Me gusta más ver una luciérnaga de noche que arrancarles una chispa a esos hierros de día. 
Ahora, le decía días más tarde el negro Tomás, no puedo predecir el combate de la golondrina y la paloma. Ni en qué forma le hablarán. Sé que la golondrina no puede penetrar en la casa y conozco la sombra de la paloma. Sin embargo, una golondrina se obstinará en penetrarla y la paloma le hará daño. Siempre que pelean la golondrina y la paloma se hace sombra mala. 

Buscaba la huida de su casa. Con un paquete a su lado, por si tenía que permanecer en los parques a la noche, mostraba aún sobre su seno la flor del aretillo. En varias ocasiones la flor rodaba, queriendo escapársele, pero su indiferencia aún podía extender la mano y recuperarla. Su atención fue indicando los carros de golondrinas que borraban las nubes. No era su intención, hasta donde su mirada podía extenderse, poner la mano en el cuello de ninguna de ellas. El verso de Pitágoras, domésticas hirundines ne habeto, que aconseja no llevar las golondrinas a la casa, existía para ella. Observaba sus perfectas escuadras, sus inclinaciones incesantes y geométricas. Apenas pudo hacer un vertiginoso movimiento con la mano derecha para ahuyentar a una golondrina que se apartaba de la bandada y había partido como una flecha marcada a hundirse en su rostro. Rechazada, volvió un instante a la estación de partida como para no perder la elasticidad que la lanzaba de nuevo, como el rayo se hace visible mientras la nube retrocede. Aterrorizada asió a la golondrina por el cuello y comenzó a apretarla. Cuando sintió la frialdad de las plumas, asqueada abrió las manos para que se escapase. Entontada, el ave ya no tenía fuerza para alejarse y la rondaba a una distancia bobalicona. Le hacía señas y gritos a la golondrina para que huyese, pero ella insistía, idiotizada como en las caricias de un borracho. Tuvo que huir volviendo el rostro para asegurar que el ave ya no tenía fuerzas para perseguirla. A la otra mañana, como sucede siempre en la vergüenza de la conciencia, repasó aquel sitio donde se había manifestado el conjuro. Al lado del paquete, la golondrina lucía con sofocada torpeza la última frialdad. Pudo oír los comentarios de las esquinas que le indicaban que la golondrina había hecho esfuerzos contrahechos para acercarse al paquete. Esa misma noche soñó, mientras el herrero y su hijo guardaban de ella una distancia regida por la prudencia: la golondrina era de cartón mojado; el rocío había traspasado los papeles del paquete y algodonado los cordeles que lo custodiaban. Dentro, un niño gelatinoso, deshuesado en una herrería que manipulaba con martillos de agua, ofrecía un ombligo con una protuberancia carmesí para que abrevase el pico de caoba de la golondrina. 

Después de tanto guerrear había ido volviendo a sus paseos del crepúsculo. Tuvo deleite de atar dos recuerdos, entremezclándolos y separándole después sus pinzas irónicas. Creían que la habían dejado serena, no la huían, pero ya a su lado nada se le ponía en marcha para su destino. Creía recordar las cosas que pasaban a su lado con una dureza de arañazo. Alejaba tanto el rostro que se le acercaba o la mano que se le tendía que los gozaba como una estampa borrosa. Podía reducir el cielo al tamaño de una túnica y la paloma que le echaba la sombra a la otra inmovilizada con su lengua de rojez contrastada en la túnica lila. Gozaba de una sombra que enviaba la paloma que no se acerca nunca tanto como la golondrina cuando está marcada. La luz la iba precisando cuando ya el herrero y su hijo no sentían el paseo del cangrejo por su nuca o por el seno que había impulsado con levedad acompasada la flor del aretillo. El cangrejo sentía que le habían quitado aquel cuerpo que él mordía duro y que creía suyo. Le habían quitado aquel cuerpo que él necesitaba para lo propio suyo, semejante al enconado refinamiento de las alfombras cuando reclaman nuestros pies.



Cuentos
Editorial Letras Cubanas, 1987 
Edición: Miriam Martínez 
Foto: Lezama Lima por Iván Cañas circa 1969

25 dic. 2011

José Lezama Lima - Fugados

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No era un aire desligado, no se nadaba en el aire. Nos olvidábamos del límite de su color, hasta parecer arena indivisible que la respiración trabajosamente dejaba pasar. Llovía, llovía más, y entre lluvia y lluvia lograba imponerse un aire mojado, que aislaba, que hacía que nos enredásemos en las columnas, o que mirásemos a los hombres iguales que pasaban a nuestro lado durante muchos días y en muchos cuerpos distintos. Hubo una pausa que fue aprovechada por Luis Keeler, para dirigirse a la escuela apresurando el paso, no obstante se detuvo para contemplar cómo el agua lentísima recorriendo las letras de un escudo que anunciaba una joyería había recurvado hacia la última letra, pareciendo que allí se estancaba, adquiría después una tonalidad verde cansado, se replegaba, giraba asustada, sin querer bordear el contorno del escudo, donde tendría que esperar que la brisa se dirigiese –podía también coger otro rumbo– directamente al escudo, cuyas letras desmemoriadas surgían ya con esfuerzo, ante la nivelación impuesta por la brisa y por las lluvias, y por último la gota después de recorrer las murallas y los desiertos desdibujados del escudo saltaba desapareciendo.

Armando Sotomayor había aprovechado también la pausa colocada entre las lluvias, para dirigirse al colegio, que ofrecía un aspecto deslustrado, como si la voz de los profesores hubiera ido formando una costra húmeda que separaba la pared de las miradas. El recuerdo de la lluvia y del agua enfermiza que saltaba de las casas al suelo azafranado, donde se iba borrando, como si la suela de los zapatos limpiase las caras inverosímiles grabadas sobre el asfalto blanduzco. Era como si una idea se dirigiese recta a adivinar el objeto enfrentado, y al encontrar las paredes, verde, amarillo–escamoso, del colegio, saltase al mar para borrarse a sí misma.

Luis y Armando se miraron. Armando observó que al mismo tiempo que ya empezaba a sentir la humedad del agua evaporándose de su chaqueta azul oscuro, con rayas blancas, desde lejos grises, vio como también asomaban con nuevos colores que se secaban lentamente, como después de pensarlo mucho, dejando en las paredes mareadas, patas de moscas, caras viejas, casi resquebrajadas. Armando ya no miraba las paredes húmedas, mareadas, como si la lluvia se hubiese entretenido en extender sobre las paredes piel estirada de gamo, soplado estrellas, trazando una esfumada cartografía sideral. Los ojos de Armando giraron lentamente, los dejó caer sobre Luis que llegaba. Sin saludarlo le dijo: No entremos, en el malecón las olas están furiosas, quiero verlas.

Luis, más joven, alegre por la primera palabra de Armando, lo saludó primero con alegría disimulada, después rápidamente respondió: Vamos.

La humedad persistía, se notaba más que en los zapatos húmedos, en el sudor de la cara de Luis. La última gota se demoraba en el escudo de la joyería, hasta que al fin caía tan rápidamente que la absorción de la tierra daba un grito. Luis parecía fijarse en el peligro de la próxima lluvia, en la disculpa que daría en su casa si sus padres descubrían el improvisado paseo. Aunque cualquier pregunta de Armando fuese demasiado brusca, no se fijaba en la cara de él, como quien goza la presencia de un espejo empañado o se imagina muy espesa la atmósfera lunar o demora la papilla de puré en la lengua. La emoción de escaparse del colegio tenía demasiada importancia para dirigir su mirada a la cara de Armando, aunque es casi seguro que la fijase en sus ojos. Sin embargo, cada palabra de éste era una mirada, hasta casi pensaríamos que hablaba para encontrar en los ojos de Luis la colmación de sus palabras, más que necesaria respuesta.

No deberíamos, pensaba, nada más que ir al colegio por la mañana, todo lo demás sobra. Es cierto que las mañanas casi siempre son húmedas, que ablandan las cosas, que inutilizan las palabras. Cuando veo venir a mi tía, oleaginosa blancura y humedad de la mañana, con los ojos pinchados, con la ropa bruscamente lanzada contra el cuerpo inmóvil, me parece que la veo llegar montando en una vaca y descendiendo muy lentamente –como si quitásemos paños sudorosos de una estatua de yeso– del globo de la mañana. La contemplación del café con leche mañanero produce una voluptuosidad dividida, que se convierte en poca cosa cuando los garzones van penetrando en las academias. Un sabor espeso va penetrando por cada uno de los poros que se resisten, una paloma muere al chocar con la columna de humo de un cigarro, las aguas algosas van alzando el cadáver de un marinero ciego que deja caer pesadamente las manos, ostentando en las narices tatuadas el esfuerzo por querer sobrevivir en aquellas aguas espesadas por las salivas y por los papeles mojados.

Habían llegado ya al lugar esperado, las olas entraban por la mirada, luego se producía una desesperada oquedad ocupada rápidamente por las nubes. El paisaje estrenaba una apariencia distinta frente al estilo o la manera distinta de las miradas. Las olas saltaban aceradas alrededor de un puño que les prestaba un esqueleto férreo y algoso. Se formaba el público que sobra siempre en las ciudades para bostezar en los incendios, para encender un quinqué en las inundaciones. Luis y Armando habían llegado frente a las olas un tanto desmemoriados, aquello parecía no ser su finalidad. Momentáneamente había servido, pero les golpeaba un secreto más escurridizo. Las huidas del colegio son el grito interior de una crisis, de algo que abandonamos, de una piel que ya no nos disculpa. Habían perdido una tarde de colegio, ahora dejaban caer las manos, ladeaban un poco la cabeza, todos corrían y Luis se dejaba mojar los zapatos sin levantar la mirada de la próxima ola. Comprendía que el día era gris, que se habían fugado de la escuela, que Armando estaba a su lado ocupando un espacio maravilloso, doblemente cerrado, espacio rítmico, pues de vez en cuando se llevaba la mano a los cabellos como para obligarlos a mantener una postura irreal, movediza. Los cabellos le desobedecían, huían, como si aquél no fuese el sitio indicado para su sueño, rehusando el dominio de la mano que no reconocían como suya. Luis adivinaba que unas cuantas gotas eran poca cosa para sus zapatos. No había oído los gritos, los menudos papeles blanquísimos que al huir le tiraban a la ola, que cortés volvía después a olvidar y a recogerlos. La curvatura de las olas, la grosera asimilación de la ola por otra ola producía una onda de vapores exenta de recuerdos. Como si las nubes se fuesen extendiendo entre ellos y convirtiesen a los niños fugados en unos archipiélagos húmedos. Un barco los golpea suavemente y se ve lentamente rechazado por las manecillas de un reloj. Cambiaron de rumbo, la finalidad que los había unido se perdía invisiblemente. Se iban a mantener más tensas y secretas las palabras que los enlazaban. Los dos se fueron replegando, ignorándose. Se alejaban de las olas creyendo que cansadas de estilizar el litoral se perderían en una aventura más comprometedora. Más que ver las olas las habían adivinado entrando en la atmósfera acuosa que desalojaban, les llegaba un ruido lejano, una ola empujaba a la otra, impulsando curvados sonidos que se adelgazaban para penetrar en la bahía algodonosa de los oídos. Ya habían decidido pasear. La incitación primera se había convertido en el tedio llevadero del tener que pasear. Armando se fijaba en uno de los dos botones que se apartaban de la coloración azul con rayas blancas del traje de Luis, invariablemente uno le parecía distinto, después empezaba el nuevo agrado descubriendo que los dos eran iguales. Ya no esperaba la próxima ola, sino la cambiante atracción de los botones azulosos, iguales, desiguales, aparecían, se sumergían. La ola que se tendía, después la fijeza de uno de los botones, el otro era tan improbable. La mirada humedecida alargaba peces asfaltados. Era como si una grulla, ave blanda, fuese absorbida por el asfalto exigente que podía lucir así su nueva marca de grulla asfaltada. Todo tan diluido que no se diría la grulla escudo sobre el asfalto, como aquel que demoraba la última gota en el anuncio de la joyería. Luis se estremeció, como si hubiese chocado con una nube o como si se hubiese despertado. Se oyó una voz más espesa, menos infiltrada de humedad. Se sintió aterrorizado como cuando nos enteramos que el escaro, pescado exquisito, sólo tiene los intestinos comestibles. Luis sentía la humedad invisible en su paseo con Armando. Ningún punto fijo podía obligarlo, cualquier línea clareadora era tan alargada que moría en el agua electrizada. Verde de luna palustre, adivinando verdor de juncos enlunados. Había surgido Carlos –la obligación con el nombre, la esclavitud a la línea y al punto–, mayor que Armando, diciéndole imperiosamente, era esa la palabra que Luis no decía, pero que sentía, pero que oía desgarrándole: ¿No habíamos quedado en ir al cine? Todavía podemos ir. Armando, secamente, sin mirar a Luis, que ha tomado una figura insignificante, le dice: Adiós, me voy. Secamente, sin la mirada decisiva, sin intentar por última vez discriminar el colorido de los botones de su chaqueta azul con rayas blancas. Nuevos pájaros nevados dejan caer sus picos sobre las mandolinas que silabean numeradas elegías. El sueño se va espesando en el recuerdo de aquella última ola que definitivamente se marmolizó. La ola es el monstruo que busca el tazón de alabastro cuando dos manos viajeras deciden desembarcar a la misma hora.

Siguió con la mirada la curva de los paredones, que parecían inútiles, pues las olas desmemoriadas se detenían en un punto prefijado, trazado en el vértice de la ola y de la gaviota. Vio también cómo su brazo giraba, se perdía, hasta que adormecido lentamente se iba curvando, obligado por el girar de las gaviotas que trazaban círculos invisibles, no tan invisibles, pues al querer extender el brazo sentía las picadas de los peces–arañas, y al alzar los ojos veía a la gaviota esconderse en un punto geométrico, o entrar como flecha albina en un gran globo de cristal soplado. Ya no podía aislar el recuerdo de los peces–arañas, ni el brazo lentamente curvado de la mansa compasión de las gaviotas. No podía aislar en su cajita de níquel cromo los fósforos de las agujas. Ni el libro de las preguntas de las respuestas madreselvas, de los grupos de corales, de las más podridas anémonas. Las nubes se abrían rápidamente mostrando el castillo que se desangraba. Las nubes destetadas hacían un poco más rosado el nácar de aquella agonía. Siguiendo las vueltas de las gaviotas aparecían una docena de adolescentes ocultando en las arenas sus flautas cremosas, dejando en recuerdo sus orejas enterradas. En el centro de la pecera se ven flotar, diminutos, otra docena de guerreros romanos.

Se sentó en el muro, el agua ya no rebotaba en las piedras. Se dirigía a los oídos con pasos secretos, rebotando contra el castillo, sin timbre o lebrel que partiesen aquella humedad, que avivasen la oportunidad de aquel secreto oleaje. Vio como la uniformidad marina se abría en un remolino somnoliento, vislumbró un alga verde cansado, gris perla, adivinanza congelada, secreto que fluye. Llegaba una olita, fabricada por los juncos tejidos, guiada tan sólo por el ruido que forman los peces al virarse para pellizcarse el cuello; parecía que avisada el alga, ya empezaba a oír su nombre indistinto, iba a incrustarse en la piedra. Insatisfecho momento y el alga diferenciada, un tanto mareada, volvía a ocupar el mismo sitio. Luis Keeler sintió la fijeza del alga, sintió también su carrera invisible hacia el paredón musgoso. Quedando así el alga, como una corona que desciende hasta la raíz del castillo que se desangra sobre el río. El alga clamaba por la monarquía del sueño interminable. Entre los pasos de la codorniz y la raíz del castillo, la fotografía tomada a la sombra del húmedo ruido y a la ligereza, podía garantizar el surgimiento de las algas diferenciadas.

Cuando el alga rebotó por última vez contra la piedra ablandada, Luis Keeler se fue hundiendo en el sueño. Un sueño blando, rodeado de algas, algodones, de manos que tocan blandamente un saco de arena y de puntillas. Cartas persas, las codornices de servicios domésticos, las peceras volcadas después del crimen. En su afán de buscar la última palabra y el nivel del sueño la codorniz tiraba desesperadamente de los labios. En el paraíso el agua corría de nuevo y se fabrica el cielo. La línea del paredón se alargaba, y él fue también estirando, adelgazando. Sintió que el pensamiento se le escapaba como había sentido los pasos de la codorniz, para ocupar el centro de aquella alga nombrada, diferente, que podía ostentar su orgullo y sus voluntarios paseos. El tacto insatisfecho ya no podía prolongarse en la mirada o en aquel último fragmento de sus labios. Espeso sueño como de quien pudiese hablar con la boca llena de agua. Absolutista alga que separaba el cristal de la divagación de los recuerdos y de las nubes.

Traspasó una línea marinera, que había sido trazada por los juncos antes de convertirse en pájaromoscas. La última se extendió por el cuerpo de Luis Keeler, quedando también adormecida en la arborescencia de sus nervios. Uno de sus ojos, traspasando el globo de porcelana, que había sido traído junto con el taladro de los granates, se fijó en la punta del dedo de un bandolero agilísimo. Triunfó, una ruedecilla recorría la distancia que separaba la mirada del objeto ceniciento.

Después el otro ojo se fijó en la condecoración dejada por el carapacho de las aguas quemantes, de las lavas y de los punzones. Puesto ya de pie, todas las algas huidas y borrado el límite de los paredones, la noche le empapaba las entrañas, creciendo como un árbol que sacude la tinta de sus ramas. Hubiera sido decoroso dar un grito, pero en aquel momento se vaciaba la jaula de los cines y de la vida clamante de las algas había surgido un absoluto sistema de iluminación. Dar un grito le hubiera costado partirse un pie o adivinar los últimos cabeceos de las algas o cómo circula la sangre en los granates.


29 sept. 2011

José Lezama Lima - Para un final presto

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Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.


La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas de líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos en aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.



Publicado por primera vez en Literatura . Revista Popular, Núm. 4, febrero, 1944.



1 ago. 2010

José Lezama Lima - El patio morado

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El paño morado de una prolongada tristeza colgaba de los largos patios, de las cámaras abullonadas que formaban el palacio del obispado. En el centro el gran patio cuadrado parecía inundado de amistosas sombras desde la muerte de Monseñor. Los pasos fríos de los sacerdotes, que parecían contados por una eternidad que se divierte, lo atravesaban como el eco baritonal de un sermón fúnebre. Siempre había sido un palacio melancólico, no como son todos los palacios, sino con la melancolía que nos invade más que nos posee cuando contemplamos un surtidor de escarcha. Ahora era algo más que un palacio melancólico, una tristeza fuerte e invasora pesaba no como una sombra, sino como el crepúsculo que va quemando sus diminutos címbalos, sus últimas llamas ante la invasión de la lluvia tenaz. El patio en el centro del palacio, y en el patio, esquinado, el loro. La humedad era imborrable: el que por allí pasaba después recordaba aquella frialdad en el calambre que ocupaba la punta de un dedo o que rociaba un buen fragmento de su espalda. Las paredes de aquel patio parecían intentar asimilar cada una de las lagartijas que manchaban su epidermis; gigantescos sumandos de colas de lagartijas habían depositado un blando tegumento parecido al sudor del caballo. Todo lo contrario sucedía en las plumas del loro: la humedad picada en uno de sus puntos por la tangente del rayo de luz producía un vicioso deslumbramiento.

La capa blanducha depositada en las paredes tendría el mismo espesor que lentas pisadas, en ocasiones rapidísimas, había ido depositando sobre el suelo. Estas pisadas tenían tanta relación con la aparición de ciertos pensamientos, como el desenvolvimiento de la figura en el tiempo. Si es un paso lento, fraguado laboriosamente, un pensamiento espeso, impenetrable, le va dictando casi en ondas marmóreas su continuidad inalterable. Cuando el paso se hace más ligero, el pensamiento se detiene, busca apoyarse en los objetos. En ocasiones no logra apoyarse, sólo roza al pasar, o los roza tan sólo con la mirada. Las cosas decisivas y concretas –la jarra con heliotropos o el pájaro que conduce al girasol en su pico rosado–, tendrían que ser barridas con el tacto. ¿Una mirada es insuficiente para congelarlos en su carrera? No es la mirada enteramente lineal la que los detiene, logrando sólo producir una invisible malla que como el tufo del plomo detiene la oxidación de la sangre. El paso podía ser raudo, o casi inmóvil, pero las baldosas se contentaban con crujir como el misal que aun apretado levemente suena como la seda cuando el cuchillo la pulimenta sin rasgarla.
–«Las alondras del obispo»– exclamaban los muchachos cuando penetraban furtivamente en el patio. Después muy cerca formaban una turbadora conversación. De pronto, se apartaba lentamente uno de los muchachos como si sintiera que lo llamaban del patio del obispado. Era algún encargo: traería agua con limón, o iría un poco más lejos a comprar hilo morado. Dos o tres de esos ociosos donceles muy raras veces prorrumpían en el patio, pero el eco diciéndonos que esa visita no era deseada, se decidía a imponerles la separación. En realidad el patio estaba ocupado por tres misterios de indudable atracción: el eco, peligrosa divinidad, el loro y una jaula conteniendo las alondras del Obispo, situada frente a las babilónicas llamas que lanzaba el plumaje del loro. En la tarde, un hombre abundante de las células estrelladas que forman el tejido adiposo, con su voz como la de barítono castrado, abría la portezuela de la jaula. Alguna de las alondras, a las que los años de prisión habían casi cegado, permanecían inalterables, pero las más jóvenes buscaban codiciosas la luz. La más reciente de las alondras se apartaba de las que no deseaban salir de la jaula y del grupo más numeroso de las que se reunían para la hora de paseo que les concedía aquel hombre gordo, rojizo, reiterado, que era como la caricatura que las sombras producían al apoyar sus pantuflas en los palios y en las cortinas moradas. La alondra marcada con un pequeño lazo amarillo para distinguirla de las demás, saltaba para posarse en los palos cruzados donde se apacentaba el loro. Era una fiesta veneciana, un paisaje de arrozales en Ceylán, el momento en que el sol se subdividía en tal forma que parecía como si los dos animales, uno al lado del otro, rodeados por un halo de agua tornasol, soltasen diminutas fuentes, donde la maravilla no fuese el líquido chorro ascensional, sino la ascensión de los peces ocultos en el mismo chorro.
Otras veces el peligro era inverso. El loro se introducía momentáneamente en el centro de la jaula de las alondras. Entonces todo el color se iba reconcentrando en un punto que aumentaba hasta reventar. A su alrededor cada alondra parecía nadar en su canto, prescindiendo de aquel bulto de tan mal gusto que el loro colocaba; colocándose en el centro de todas las alondras.
Esto hacía que el que entraba con precipitación en el patio del obispado, dudase, sobre todo cuando el sol se entretenía en sus cegadores manotazos, de la verdadera situación del loro y de la verídica extensión del canto de las alondras.
Un día de atmósfera tibia el loro se mecía tranquilamente, cuando un grupo de muchachos penetró en el patio. El portero observaba con sus ojos de refracción acuosa. Era el intermediario entre la inmovilidad del palacio y las cosas que pasaban en la esquina o en el café de la otra esquina; primero que nadie sabía cuándo había habido una reyerta en el café «El triunfo de Babilonia», o cuándo la policía, esto lo comentaba muy secretamente, se había llevado a dos muchachos que él conocía desde pequeños, por consumidores de drogas. No era que fuera un hombre de aventuras, sus maneras lentas y circulares le impedían los largos paseos. Conocía su barrio como Champollion un papiro egipcio. Y en él se revelaba todos los días un maestro silencioso que podría desenvolverse gracias a que nadie sabía donde estaba escondido ese enemigo delicioso. Inmóvil gustaba de contemplar cómo los más pequeños muchachos del barrio no se decidían a prolongar sus juegos, dejando en la misma mañana más sobrantes para las palabras transparentes, o las más rápidas comprensiones.
Aquel día los muchachos jugaban con un pequeño anillo de hierro donde habían engastado un pedazo de vidrio morado que la tarde anterior había saltado de una ventana, cuando ésta había recibido la visita intempestiva de una pelota en cuyo interior sonreía una tripita de pato. Ya el portero estaba acostumbrado a verlos entrar en el patio, al principio muy despaciosos, como si siguiesen con el oído los pasos de una codorniz atravesada en su garganta por la tangente del rayo de sol, viéndose al fondo las tubas del órgano del obispado. A esa hora la luz luchando con la humedad lograba una matización violeta, morado marino, sumando por partes desiguales una figuración plástica que le provocaría un sueño glorioso a un primitivo. Aunque el portero permaneció inmóvil, permanecer inmóvil era su ocupación predilecta –gimnasia difícil a la que únicamente había llegado después de haber vigilado durante más de veinte años el patio del obispado. Se había dado cuenta de que algo raro se hinchaba ante sus ojos, por lo menos su cara reflejó la extraña sensación que se apoderaría de ella el día en que leído el testamento del Obispo otorgándole un chapín, o aquellas flores de oro, que él sabía que no eran de oro, pero que colocadas en las paredes de su alcoba vinieron a ser como la pelusilla suave de una mano que nunca le había envuelto en las pesadillas ni en la más comúnicas venturas.
Le poseía la agradable visión de que los muchachos no penetraban en el patio más allá de aquel punto invisible pero nunca cambiable en el que de pronto retrocedían y partían hacia la calle. Para su vida serenísima un pellizco adquiría la dimensión de un globo de fuego y una jarra que oscilara y cayera como un volcán que le hacía pensar con espanto sagrado lo que se derivaría si él hubiese tenido familia en esa no precisada ciudad italiana. Pero no sólo prosiguieron su marcha, sino que a partir de aquellas columnas de Hércules de su prudencia, su marcha adquirió una finalidad determinada por días de anteriores meditaciones.
Dos infantes se destacaron del grupo. Dispensadme esta descripción rápida e imprecisa. Uno de ellos existía tan sólo por sus ojos que parecían fijarse constantemente en el vértice de su ángulo de visión, pero aunque su haz de rayos visuales –cuya esperada coincidencia le comunica una espléndida alegría al trabajo de los ópticos–, convergía en el punto apetecido a semejanza de todos los humanos, los haces en este caso especial estaban tan tensos que sufrían la influencia de la oscilación impuesta por la marcha. De tal manera que como sus pasos eran incesantes y violentas las necesidades de la carrera, sus miradas parecían de continuo agitadas y refractadas. Cosa para ser vista pero difícil de comunicar, muy semejante a los temblores que una pequeña caja de cristal, llena de alfileres y agujas, aun situada en la última pieza de la casa, siente cuando pasa el tranvía. El otro muchacho existía por su voz, de igual calidad que la perfección de sus años, un tanto burlona con la indecisión, con la falta de continuidad de la voz de los adolescentes. Voz que no parecía producida por las entrañas, sino por los extraños oficios de la fluidez de un río breve y domesticado aunque se sabe de ajena y misteriosa pertenencia. El portero continuaba inmutable con la misma pesadez de la nube que mezcla a dosis iguales el barro y el esmalte blanco. Al principio los muchachos lo miraron de reojo, ahora lo colocaban en la categoría de la verja pintada de blanco para los bautizos, o de los escaparates toscos donde se guardaban las casullas de los días de ceremonia mayor, una de ellas, de seda blanca combinada en tal forma con hilos plateados que producía al ser contemplada una sensación cremosa, enviada por León XIII. Los dos muchachos ya no miraban hacia atrás, empezaba una labor donde la punta de los dedos estaba impulsada por la rapidez de las miradas. Junto con el anillo de hierro enarbolaban una finísima tira de lino. Rápidos los dedos apresaban las paticas del loro que estaba en su trono de mediodía –las dos maderas cruzadas eran suficientes para construirle un albergue señorial–, ostentando una siesta impenetrable, único momento en el que no miraba la jaula de las alondras, para poner allí después de todo un poco de necesaria confusión. Mientras uno de los muchachos procuraba estirar la fina pata de loro, el otro lograba hacer un lazo con la tira de lino de donde pendía el anillo de hierro. Miraban al portero no para ser impedidos, sino para comprender qué haría después que ellos se hubieran retirado. Permanecía el portero inmóvil, sin asentir ni reaccionar. No se sonreía, pero tampoco se levantaría para sujetar entre sus manos aquella bruñida pata de loro y deshacer con una grasosa decisión, toda la labor breve pero conducida por una graciosa indecisión. Unos golpes leves, una mano que convierte en escala las paticas apresadas, cae el anillo de hierro y la tira de lino lo retiene. Significaba ese pequeño lazo en la vida del loro una perspectiva ilimitada. La tira de lino del loro se había enroscado en el palo que lo sostenía, adquiriendo una nueva feria de diversión. Daba un pequeño salto aventurero, y caía en tal forma que el anillo de hierro se le introducía en una de las patas, mientras que con un golpe de ala lograba asirse totalmente de la tira. Era un movimiento violento, no lo podría prolongar mucho tiempo, pero se podía observar que tenía el loro un regusto en aventurarse, en acometer aquella pequeña travesura. Con ese pequeño riesgo borraba la monotonía de las tardes, pues el sol en constante refracción sobre las plumas del loro, provocaba breves incendios de coloreada plenitud, que le impedían quedarse adormecido, sin que instantáneamente viese cómo precisos alfileres venían a revolar primero –cartografía impresionista–, y a clavarse después –estructurada saeta del Chirico–, con la precisión de un corolario en una tumba de hielo, más que en la carne, en aquel delicioso abultamiento que rodeaba el globo óptico del loro. Se encogía con movimientos tardos que sólo el calor tornaba disculpable, caía sobre la pequeña tira de lino, de la misma manera que un anciano cuya adolescencia transcurre entre elegante competencia de natación y que ya en la hora de su muerte al apoyarse en la eternidad, le naciera una vejiga natatoria que favorecía su entrada en un mundo desconocido pero suavizado por el recuerdo de sus gestas marinas, de tal modo que su alma no sentía la violencia de la despedida de su cuerpo, si no siguiese apoyándose en un punto intermedio de líquido equilibrio y buscando un punto final de reposo en la misma y última dirección de la ola.
Uno de sus atrevimientos más vistosos, mostrado casi siempre antes de irse volando a la jaula de las alondras, consistía en dejar repentinamente el tosco trapecio en que se apoyaba, buscando alcanzar el anillo que colgaba de la tira de lino. Cuando lo realizaba lo apretaba entre sus dedos y prorrumpía en un grito mate. A causa de la sacudida nerviosa perdía aislados grupos de plumas, pero lucía con obstinación furiosa el anillo apretado, y después desentumecía, lo soltaba como si sus dedos se hubiesen rodeado de un fango blanco, y esbozaba, desinflando sus plumas un gesto de entonada satisfacción. Otras, las menos, no lograba que al cerrar los ojos y saltar sus dedos apresaran el anillo, cayendo al suelo, marchándose cubriendo la silenciosa ebullición de sus plumas de escoriaciones, de adherencias arcillosas, como si de pronto desapareciese en una civilización antigua el culto al sol porque unos guerreros enanos y zambos, distrajesen sus noches fabricando unos ídolos con el fango sagrado de un río ancestral. Pero manchadas sus plumas, sonando como la palabra de un reloj su risa espesa de delantal con viandas groseras, tendría que salvarse en el collarín de carne fatigada que rodeaba su ojo, ya que al refractarse con la tangente del rayo de sol, avivaba el carbunclo de sus plumas, logrando el rebrillo necesario para producir la visión. Su ojo de carne desgastada y venerable, el alba de sus plumas que aún guardaba adheridas gotas de fango, hasta el momento en que las patas se crispaban, eran su lujo principal. Y de pronto el genio solar pulverizando, destruyendo momentáneamente aquella ave sin gracia, transfigurándola, quedando tan sólo después de ese deslumbramiento su nariz que cae y sus dedos crispados que han fracasado de nuevo, que no han encontrado en el abismo el anillo de asidero.
El mismo sol al lanzarse sobre unos rastrojos que crecen en las paredes del patio, produce un círculo donde predominan paradojalmente los colores de la humedad, acentuando los islotes violetas, pequeños pinares y florecillas de alambre pascual.
Así continuaba aquel juego y así también todos los días visitaba el café de la esquina, a una hora especial alejada de las vulgares del desayuno o de la merienda. El hombre que sin ser leproso se tapaba la cara con un periódico; el que realizaba el milagro extraordinario, pero cotidiano y humilde de ingerir el líquido posando sus labios sobre un cristal; el que intentaba leer el periódico por encima del hombro de su vecino, sacudiendo indolentemente la ceniza de su cigarro sobre una consumida taza de café; el que cuenta mentalmente los pasos de un balcón cerrado y pregunta la hora con sílabas largas. Todos juntos en una hora especial convirtiendo el vulgar café de la esquina en el barco fantasma o en el trirreme, que con la proa incendiada, hace más de cien años que continúa su travesía.
Atravesaba el patio, la rapidez con que lo hacía borraba la sensación de deslizarse, lo que recuperaba por el silencio con que ganaba la gran puerta, aumentándola después cuando ya en la calle no entornaba los ojos ante la soberbia de la luz. Seguía su deslizamiento ante la tediosa linealidad de la calle que se insinuaba frente a él, pero no sentía ningún afán de apoderamiento, de justificación. Llegaba hasta el café. Los extraños y divertidos personajes que allí se encontraban no se movían ni estaban ansiosos de integrar nuevas combinaciones. Helados, muertos dentro de un témpano, podían parecer vikingos, bretones, normandos, que seguían los rasgos en la nieve de una expedición perdida. El hastío formaba la niebla espesa y metálica y la ceniza que se fracturaba del cigarro igual podía ser una orden de muerte, que una manera brusca de abandonar aquella piedra del hastío, en un lago de fango blanco. Entraba el portero en aquella inmóvil fauna, cambiaba unas palabras rápidas con el hombre que servía y penetraba de nuevo en el patio. En ese momento el loro lucía sus ojos blandamente cerrados y dos niños de túnica bermeja penetraban en el patio para ver furtivamente el lenguaje de las manecillas del reloj. Extraño personaje que también ocupaba aquel patio, pero con una solemnidad tan superficial que nos gana la mención, pero no la mención honorífica que reservamos íntegra para el loro y para el portero, frenético amante de los secretos inútiles.
A veces en sus pasos demasiado ligeros se esbozaba la sombra de una expiación. Sus vesperales excursiones al café estaban unidas a un deslumbramiento: a una hora fija esperaba un blando cometa amable. Un suave crujir de sedas y morados rebrillos y por la escalera lateral descendía Monseñor. En ocasiones el descenso era solitario, pero casi siempre algún acompañante obstinado en cuchichear al oído de su Eminencia le acompañaba. Al pasar por su lado, él se curvaba radicalmente. Monseñor, con una voz semiapagada, le decía: «Puedes ir.» Esas palabras lo impulsaban, no se ponía en marcha hacia el café con el paso mascullado de las otras ocasiones cuando esa palabra no caía en sus oídos agrandándose como el apacible ocio de una flauta. Cuando se acercaba el atardecer, esperaba siempre esa visión. Se repetía con continuidad esa sensación tibia y perfecta, y entonces su intranquilidad se mantenía pensando en los días desolados y venideros cuando Monseñor pasaría por su lado sin decirle la frase que lo colmaba. Dos o tres días en que la para él cegadora visión olvidaba decir su frase, y el día en que la oía de nuevo le parecía que entraba en un sublimado paraíso regalado. Pero esa visión llegaba a límites extremos y curiosos, cuando coincidía con la entrada del loro en la jaula de las alondras. Llegaba entonces con el «puedes ir» pegado a la oreja como una tapa sometida a las leyes de la ebullición, al café de la esquina. Esas sensaciones superpuestas al principio, y después agitadas y confundidas, le producían la agradable atmósfera de vivir un secreto inexistente, sin principio ni fin, rocío o grosera adherencia, bastante a producir en el dormido una locuacidad progresiva y peligrosa, hasta que lentamente vuelve a caer en su clausura de interminable extensión.
Ya era la tarde y el portero se dirigía de nuevo al café de la esquina, que era, como ya dijimos anteriormente, para un portero guardador del patio morado de un obispado como convertirse en el tripulante último del buque fantasma. «Puedes ir, café de la esquina, tira de lino, anillo de hierro», se habían convertido en él en ásperas y zumbadoras mitologías, en carretas trasladadoras de ciudades. Aislaba siempre la magnificencia de ese «puedes ir», como un filósofo que subraya el acierto de los patronímicos homéricos: «el domador de potros, el de la larga nariz, el que ciñe la tierra». Vio como por el extremo de la calle avanzaba una inundación, que los infantes furtivos que entraban en el patio a ver la hora o a colocar en la pata bruñida del loro la tira de lino, se zambullían, saltaban, parecían ir desarrollando la inundación, prolongándola en fragmentos menos peligrosos, o ya peinando las aguas que avanzaban, levantaban cortos remolinos. Abrió la boca al sentir la extraña descarga que receptaba y se desplomó. Ágiles y silenciosos los muchachos lograron arrastrarlo hasta la gran puerta que protege el patio morado. En la otra esquina otro grupo se reía lenta y suficientemente. Después por la noche lucía en las habitaciones inferiores la iluminación que era de ritual. Solamente lograron encontrarle una manta ya vieja, que sin haber sido nunca usada parecía haberse consumido en muchos otoños secretos.
Pero fue otra la suerte de la cotorra. Sus miembros se desperezaron, aún más crujieron algunas articulaciones. Creía que su fuerza para el vuelo sólo le duraría lo suficiente para llegar hasta la jaula de las alondras. La inundación avanzaba sin sobresaltos, ocupando el gran molde que le estaba señalando, con la misma tranquilidad con que un artesano vierte sin medidas previas la suficiente cantidad de bronce en el molde que va adquiriendo la curvatura de un brazo o el torneado de un pie que puede ser de una Diana o de una galga rusa. Las nubes eran impulsadas por un viento que las obligaba a tomar figuras groseras: un coche, un establo, una barcaza de Sorolla. El viento que al llegar al patio del obispado se arremolinaba y parecía jugar con los manteos, convirtiéndolos en la tienda de un circo visto el único día del año que el elefante furioso rompe todos los postes sostenedores, descansando después en una inconfundible calma, sin ver siquiera los destrozos causados. Una estremecida potencia recorría al loro otorgándole un poderoso don de vuelo. Durante tres noches la impulsión no cesaba, sin contemplar siquiera que ya sólo volaba sobre una extensión ocupada por un cono de rocas y sobre un mar apagado donde las olas se sucedían a las olas como los invisibles lamentos de una naturaleza enfriada. El ave sin gracia caía en el momento en que la envoltura de la ola la recogía suavemente. Todo parecía indicar que aquella sucesión de elegantes curvaturas la depositaría en un banco de arena hasta el final de sus días. El cuerpo de la cotorra un tanto relajado por la violencia frenética de la marcha impuesta, había perdido sus coloraciones y se había declarado impotente para refractar la esbeltez del rayo de sol. Calzaba de su pata, más morada por la falta de circulación que bruñida por el cuidado del portero, la misma tira de lino que sostenía el mismo anillo de hierro. Recordaba que había sido un sostén y un inicio de juego cuando saltaba para apresar en sus dedos el anillo, cayéndose, pero mostrándolo en otras ocasiones acompañado de un grito mate, ridículo y aplastado, mientras su ojo se irisaba con todos los cambiantes de una furia tenebrosa. Podía comenzar de nuevo su diversión, sólo que las rocas en torno vendrían a reemplazar la jaula de las alondras. La experiencia del largo vuelo le acuciaba la temeridad. Sostener tan sólo entre sus dedos el anillo de hierro le parecía pequeña proeza al alcance de cualquier Walhalla. La decoración imponente exigía la variabilidad respetable, un hecho que a todos convenciese. Dio su salto de siempre, con poca destreza y estirando sus dedos para aprisionar el objeto en la brevedad de aquel espacio saltado, introdujo el cuello en el anillo, y como antes en apretarlo entre sus dedos, quería ahora el garbo de su cuello a través de aquel límite de hierro. Sus músculos, sus definiciones, la brevedad de su cuello tenía que lucir aquella última adquisición. Pensaba que su cuello estaba hecho para el anillo, dada la tendencia de sus patas para crisparse. Aquella tramoya wagneriana hecha con grandes armaduras de cartón requería el sacrificio de su cuello para atrapar el anillo caído. Como un rey que se inclina quedaría el anillo en su cuello. No resonó el acostumbrado grito mate después de cada una de sus proezas. La curva del oleaje fue modificada por la ola siguiente, conduciendo el cuerpo inservible del ave retadora, depositándola en el coro de las rocas. La continuidad indeterminable de la espuma en aquel confín frío e inanimado ha venido a reemplazar a la jaula de las alondras que antaño atolondrara el loro, manchando la callada perfección que de noche lucía el patio del obispado.

Editorial Letras Cubanas, 1987