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28 may. 2012

Primo Levi - Azufre

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Primo Levi por Martin Argles


Lanza sujetó la bicicleta al bastidor de hierro, selló su cartulina, entró en el cuarto de la caldera, puso en marcha la mezcladora y le dio al fuego. El chorro de nafta pulverizada se encendió con un estallido violento y una pérfida llamarada surgió detrás. (Pero Lanza, que ya conocía aquel horno, se había retirado a tiempo.) Luego siguió ardiendo con un fragor respetable, tenso y pleno, como un trueno continuo que se superponía al pequeño zumbido de los motores y las transmisiones. Lanza estaba todavía muerto de sueño y del frío que acompaña a los despertares repentinos. Se quedó acurrucado frente a la caldera, cuya llama roja, en un sucederse de fugaces resplandores, hacía bailar su sombra enorme y agitada contra la pared de atrás, como en un cine antiguo.

Después de media hora, el termómetro empezó a moverse en condiciones. La aguja de acero bruñido, resbalando como una babosa sobre el cuadrante amarillento, fue a pararse en los 95°. También esto marchaba bien, porque el termómetro marcaba siempre cinco grados menos. Lanza se quedó contento, y oscuramente en paz con la caldera, con el termómetro y, en fin, con el mundo y consigo mismo, porque todas las cosas que tenían que pasar pasaban, y porque de toda la fábrica era él el único que sabía que el termómetro marcaba de menos. Seguramente otro habría atizado el fuego o se habría puesto allí mismo a pensar sabe Dios qué para hacerlo subir hasta 100°, como decía en el programa de elaboración.

El termómetro se quedó un buen rato quieto en los 95°, y luego siguió subiendo. Lanza estaba cerca del fuego y comoquiera que, a tenor de la cálida temperatura, el sueño empezaba de nuevo a hacer presa en él, le permitió invadir dulcemente alguna de las estancias de su conciencia. Pero no aquella que estaba situada detrás de los ojos y vigilaba el termómetro. Ésa tenía que permanecer espabilada.

Con un compuesto de azufre, nunca se sabe, pero de momento todo marchaba normalmente. Lanza saboreaba el dulce reposo, y se abandonaba al baile del pensamiento e imágenes que preceden al sueño, procurando evitar, sin embargo, dejarse dominar por él. Hacía calor y Lanza veía su pueblo; veía a su mujer, a su hijo, su campo, la taberna. El aura cálida de la taberna, el aliento denso del establo. En el establo se colaba agua después de las tormentas, un agua que venía de arriba, del pajar, o tal vez de alguna grieta del muro; del tejado no, porque las tejas estaban todas sanas, por Pascua las había revisado él en persona. Sitio para otra vaca se podía hacer, pero… (y aquí se ofuscó toda su mente, tras una niebla de cifras y cálculos esbozados e inconclusos). Por cada minuto de trabajo diez liras que se metía en el bolsillo. Ahora le parecía que el fuego crepitaba para él, y que la mezcladora giraba para él, como una máquina de hacer dinero.

Arriba, Lanza, hemos llegado a los 180°, hay que desatrancar la tapadera y echar dentro el B41; que, además, bien mirado, es una tontería enorme tener que seguir llamándolo B41, cuando todos en la fábrica saben que es azufre; y en tiempo de guerra, cuando faltaba de todo, más de uno se lo llevó a casa para vendérselo de estraperlo a los campesinos que lo usaban para echarlo en la vid. Pero, en fin, el doctor es el doctor y hay que tenerlo contento.

Apagó el fuego, puso más baja la mezcladora, desatrancó la tapadera y se puso la máscara protectora, con lo que se sintió mitad topo mitad jabalí. El B41 ya había sido pesado y estaba en tres cajas de cartón. Lo echó dentro con cautela, y a pesar de la máscara, que tal vez perdía un poco, percibió inmediatamente el olor sucio y triste que se desprendía de la cocción, y pensó que a lo mejor tenía razón el cura cuando decía que el infierno huele a azufre. Un olor que, por otra parte, no les gusta ni a los perros, es cosa bien sabida. Cuando terminó, volvió a cerrar la tapadera y puso nuevamente todo en marcha.

A la tercera noche, el termómetro había llegado a 200°. Era el momento de hacer el vacío. Levantó la manivela y el alto agrio estrépito de bomba centrífuga se sobrepuso al profundo trueno del quemador. La aguja del medidor de vacío, que estaba vertical marcando el cero, empezó a inclinarse deslizándose hacia la izquierda. Veinte grados, cuarenta grados; ya. A estas alturas del asunto puede uno encender un pitillo y quedarse tranquilo por una hora.

Hay quien tiene el sino de hacerse millonario y quien tiene el sino de morir por accidente. Su destino, el de Lanza (y bostezó ruidosamente para hacerse un poco de compañía), era hacer de la noche día. Anda, que si lo hubieran sabido, seguro que cuando la guerra le hubieran metido a hacer aquel importante oficio de pasarse la noche subido a los tejados para abatir a los aeroplanos del cielo.

Se puso en pie de un golpe, con las orejas tensas y todos los nervios en estado de alarma. El estrépito de la bomba se había vuelto de pronto más lento y más amortiguado, sonaba como esforzándose. Y en efecto, la aguja del medidor de vacío, como un dedo que amenazaba, volvía a subir hacia el cero y he aquí que, grado a grado, empezaba a oscilar hacia la derecha. No había nada que hacer, la presión de la caldera estaba subiendo.

«Apaga y escapa.» «Apágalo todo y escapa.» Pero no escapó. Agarró una llave inglesa y se puso a dar golpes a todo lo largo del tubo del vacío. Tenía que estar obstruido, no había otra explicación. Dale que te pego, y nada; la bomba seguía trabajando en el vacío, y la aguja bailoteaba en torno a un tercio de atmósfera.

Lanza se sentía con todos los pelos de punta, como la cola de un gato furioso. Y estaba furioso, lleno de una furia sanguinaria y desatinada contra la caldera, contra aquel pedazo de bestia reacia sentada en el fuego que mugía como un toro; incandescente, como un enorme erizo de espinas tiesas, que no sabe uno por dónde atacarlo ni cogerlo, y entrarían ganas de echarse encima de él a patadas. Con los puños apretados y la cabeza caliente, Lanza andaba dándole vueltas a un desvarío: el de abrir la tapadera para dejar que la presión se desahogase. Fue empezar a aflojar los tornillos y ya estaba brotando por la hendidura, entre chirridos de fritanga, unos espumarajos amarillentos con vaharadas de humo pestilente. La caldera debía estar llena de espuma. Lanza volvió a cerrar precipitadamente, con una ganas horribles en el cuerpo de agarrarse al teléfono y llamar al médico, llamar a los bomberos, llamar al espíritu santo, para que surgiesen de la noche a echarle una mano o a darle un consejo.

La caldera no estaba hecha para aquella presión y podía estallar de un momento a otro. Por lo menos eso es lo que pensaba Lanza, y seguramente si no hubiera sido de noche y no hubiera estado solo, no se le habría pasado por la cabeza. Pero el miedo se había convertido en cólera, y cuando la cólera se apaciguó, le dejó la cabeza fría y despejada. Y entonces se le ocurrió la cosa más obvia: abrió la válvula del ventilador de aspiración, la puso en movimiento, cerró el «rompevacíos» y paró la bomba. Con alivio y orgullo, porque había dado en el clavo, vio cómo la aguja volvía a subir hasta cero, como una oveja perdida vuelve al redil, y se inclinaba de nuevo dócilmente hacia la parte del vacío.

Miró alrededor; sentía la necesidad de reírse y de contarlo, y una impresión de ligereza en todos sus miembros. Vio en el suelo su cigarrillo reducido a un cilindro largo y fino de ceniza; se había fumado él solo. Eran las cinco y veinte, despuntaba el alba por detrás del cobertizo de los barriles vacíos, el termómetro marcaba 210°. Sacó una muestra de la caldera, la dejó enfriar y la trató con el reactivo. La probeta permaneció transparente durante unos segundos y luego se puso blanca como la leche. Lanza apagó el fuego, paró la mezcladora y el ventilador y abrió el interruptor de vacío; se oyó un largo y rabioso silbido, que poco a poco se fue aplacando en un crujido, en un murmullo, hasta que se calló. Atornilló el tubo de extracción, puso en marcha el compresor y gloriosamente, en medio de una humareda blanca y del consabido olor acre, el denso flujo de la resina fue a remansarse a la bacinilla recolectora, en un negro espejo brillante.

Lanza se dirigió a la verja y se encontró con Carmine, que entraba en aquel momento. Le dijo que todo iba bien, le pasó las consignas de trabajo y se puso a hinchar los neumáticos de la bicicleta.



En El sistema periódico
Traducción de Carmen Martín Gaite
Imagen: Martin Argles