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24 abr. 2013

Doris Lessing: Su larga cabellera ondeando al viento

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La leyenda dice que Apolo, en un momento de solaz, volvió la mirada hacia aquellos pequeños seres terrenales que perseguían afanosamente sus destinos, como es nuestro deber. Al ver a Casandra, joven y deliciosa, le dijo: «Y bien, ¿qué tal uno rápido? No vas a perder nada. Es más, te daré el poder de la profecía». «No me importa tenerlo», repuso ella, pero una vez supo que podía predecir el futuro no hizo honor a su palabra. Apolo se enfadó. Y además era vengativo, una cualidad admirada por aquel entonces. «Al menos déjame besarte», le dijo, y ella accedió. Con ese beso le quitó la mitad de su regalo; podría profetizar, sí, pero nadie la creería. Algunas versiones dicen que Apolo le insufló su aliento en la boca; otras, no menos remilgadas, que «le quitó el aliento». Lo que en verdad sucedió, al parecer, fue que le escupió en la boca, como una serpiente. Los orígenes de Casandra se entrelazan con serpientes. Sus padres eran borrachos y olvidadizos; un día, después de una juerga, la abandonaron junto con su hermano gemelo en un santuario. Cuando, llena de arrepentimiento, la pareja regresó en busca de sus niños, «las serpientes sagradas del santuario les lamían los oídos». Ésta es una versión del modo en que Casandra recibió el poder de profetizar.

Con «su cabellera ondeando al viento», Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, advirtió a su padre de la desastrosa guerra que se avecinaba, pero nadie le hizo caso. Troya, a su vez, también contribuyó a iniciar la guerra, pues cometió algunos desaciertos; no se puede echar toda la culpa a la bella Helena. Ambos bandos actuaron como si fuese lo indicado para que la contienda resultase inevitable. Empezó porque tenía que empezar. Luego siguió su curso.

No faltó lo que nosotros llamaríamos colaboracionismo. La propia Casandra, hija del rey de Troya, tuvo dos hijos con Agamenón, rey de las fuerzas agresoras. En cuanto a Helena, hay que decir que se trata de un caso interesante. En las versiones resumidas de la historia, o en versiones infantiles, se nos presenta pasiva, pasada de mano en mano, jugada a los dados, codiciada, disputada, inocente de todo ello; como una muñeca, o una estatua sonriente imbuida de santidad. Por ser la hija de Zeus, se la consideraba divina. ¿Era bella porque era divina, o divina porque era bella? Se decía que toda Troya estaba enamorada de ella; parecería la Virgen María de algunos países. Pero resulta mucho más atractivo creer que fue irresistiblemente bella.

Y ciertamente no fue pasiva.

Tanto ella como Casandra a menudo reflejaban diferentes facetas del mismo atributo; uno de los epítetos o alabanzas con que se bautizó a Casandra fue: «la que enreda a los hombres».

A Casandra la enviaron de regreso a Micenas con el botín de guerra, como propiedad de Agamenón. Clitemnestra, celosa de ella, la condenó a muerte. Casandra se enteró del complot para acabar con la vida de ella y de Agamenón; podía «oler la sangre». Ciertamente, aun sin el olor a sangre no era muy difícil adivinar que la esposa de su amante pudiese estar enfadada. Se negó a entrar en la habitación donde Agamenón, su amante, su enemigo, el padre de sus dos hijos, estaba siendo degollado. Si no lo hubiesen matado, ella, por supuesto, habría seguido, en sus momentos de mayor desasosiego, haciendo sus inteligentes predicciones con su cabellera suelta y ondeando libre.

Y nadie le habría hecho el mínimo caso.

Ahora es otra cosa. Hemos cambiado, y también nuestra opinión sobre los dioses ha cambiado. (En cualquier momento nuestra visión de éstos puede compararse con un papel de tornasol, o un contador Geiger, una medida de nuestro desarrollo, o nuestra fase en la evolución.) Ya no son vengativos ni malhumorados ni seres caprichosos que juegan con el destino de los hombres, apareándose cuando les viene en gana con cualquier bonita mortal, dados a payasadas y vergonzosas bromas pesadas. Podemos imaginarlos rumiando su preocupación por los desatinos humanos, preguntándose cuándo, si acaso alguna vez, sus protegidos aprenderán a tener sentido común. «Si sólo pudiesen lograr una pizca de Nuestro nous! ¿No es ya hora de que absorban Nuestro sentido de la previsión, del futuro, la habilidad de prever el resultado de lo que hacen, de lo que piensan? Siempre estamos haciendo cuanto podemos para prevenir esta o aquella estupidez; aunque, por supuesto, pocas veces reconocen Nuestra intervención en sus asuntos, ya que son demasiado engreídos. Ponemos ideas en sus mentes y ellos las creen propias. Así es, hacemos tanto como nos permiten hacer. Y siempre hay un grupito, gente maravillosa que trata de acercarse a Nosotros, ser como Nosotros, absorber Nuestra sabiduría; y es a través de ellos que logramos ejercer alguna influencia sobre el destino de los hombres. Pero les falta aprender la primera regla: saber cuándo hablar y cuándo callar. El problema está en que varios de ellos, cuando apenas alcanzan a percibir cómo somos, pierden la cabeza y creen saberlo todo; se sueltan el pelo y siguen la corriente. No quieren andar el largo y aburrido camino de la preparación de sí mismos para estar a la altura de tener una conversación con Nosotros, nada de eso, en su lugar corren de un lado a otro, balbuceando cosas sobre la Perspicacia y la Intuición, imbuidos de sí mismos, suministrando fragmentos de información inoportuna, fuera de contexto y de momento: santos, profetas, mártires...»

Lo que me gustaría saber es quién, además de Casandra, estuvo hablando de la inminente guerra en el palacio de Príamo. ¿Sólo Casandra? Por supuesto que no. Probablemente fueran unos cuantos, una minoría considerable para la cual el nombre de Casandra constituía un símbolo. Era una princesa enloquecida, de largas trenzas, que no paraba de lamentarse; pero en las cocinas, las viejas esposas que ya lo habían visto todo murmuraban entristecidas. Un pordiosero que había sido soldado, lisiado en una guerra anterior, y que frecuentaba las almenas de Troya, tomaba por el brazo a cuanta persona pasaba por allí y le gritaba (pues era un poco sordo por una herida de lanza): «Esta guerra será una calamidad para todos nosotros, no sólo para los griegos». El pobre había perdido el juicio, y todos sabían que Casandra era demasiado histérica para su propio bien.

En un tiempo muy remoto existieron personas especiales, individuos con talento para profetizar. Había unos pocos en cada palacio, poblado o granja. Ahora son una multitud. En estos días Casandra no es un ser inspirado por los dioses, ni una vieja llorona abandonada en una esquina, ni un soldado veterano que lo perdió todo en alguna guerra. Casandra es un grito de alerta que viene de todas partes, en particular de los científicos, cuya función es saber qué puede suceder, de la gente de todas partes que se preocupa por los asuntos públicos, de cualquier ser pensante. Podría decirse que todo el mundo se ha convertido en Casandra, pues no queda nadie que no vea el desastre que se avecina. Todos los desastres son evitables, es decir, evitables si en verdad controlásemos nuestro destino, como creemos que hacemos, o como se supone que pensamos que hacemos, a juzgar por lo que decimos.

Todos sabemos, o hablamos como si supiéramos, que no debemos destruir las selvas tropicales del mundo, ni deforestar las laderas de las montañas, donde las corrientes de agua pueden arrastrar la valiosa capa orgánica y llevarla hasta el océano, ni favorecer la extensión de los desiertos (que por otra parte lleva siglos, milenios). No deberíamos envenenar los océanos, ni liberar radiactividad, puesto que hace inhabitables regiones enteras del mundo. No deberíamos fabricar armas nucleares; somos una raza imprudente e irresponsable. No deberíamos ir a ninguna guerra, hay otras formas más sensatas de arreglar las diferencias. No deberíamos..., no deberíamos..., no deberíamos... Y deberíamos, deberíamos, deberíamos...

Sentada en una colina que domina Sydney, vi el cielo oscurecerse sobre los campos, como si una nube de langostas lo cubriese. Pensé en langostas pues de joven a menudo vi esa franja baja y oscura sobre el horizonte hacerse más grande y alta, hasta cubrir la mitad del cielo, y luego el cielo entero; pero no, era polvo, era la tierra de miles de granjas llevada por el viento sobre Sydney y hasta el mar, millones de toneladas de capa vegetal perdidas para siempre a causa de la deforestación. Australia ha cortado un tercio de sus árboles, sabiendo, no hace falta decirlo, que con eso contribuye a la extensión de los desiertos.

Este año hemos visto el accidente de Chernobyl, ya Suiza envenenando el Rin; ambas catástrofes son como las que Casandra sabía que sucederían, aun cuando los expertos lo ignorasen. Y volverán a ocurrir. Una vez y otra.

Hace poco, Paul Erlich (uno de los que han alertado sobre el invierno nuclear) decía que la verdadera pregunta que la humanidad debía formularse era: «¿Por qué seguimos haciendo cosas que todos sabemos que nos hacen daño, quizá de forma irreversible? ¿Qué nos está pasando a todos?». Claro que ha habido otros que se han hecho esa pregunta, Koesder entre ellos.

Resulta divertido imaginar (por lo improbable del caso) una conferencia secreta convocada por las naciones, donde éstas acordaran dejar de lado sus lemas y gritos de guerra, así como la búsqueda de mejores posiciones (sólo durante la conferencia), para preguntarse: «¿Qué nos está pasando? ¿Cuál es ese defecto humano que no nos permite escuchar a Casandra? Parece que el mundo, que nosotros, estuviésemos siendo arrastrados por una resaca de estupidez demasiado fuerte para resistirse a ella, y de repente unos frenéticos y desesperados gritos de alerta aparecen en escena revoloteando como gaviotas centelleantes para luego bajar y desaparecer gritando: “Si hacéis esto, sucederá aquello”. Seguro que tiene que haber algo que podamos hacer, todos juntos, quizás aprender a escuchar...»

Probablemente cuando asesinaron a Casandra en las afueras del grandioso palacio de Agamenón, no fue sólo porque era la favorita del rey, sino porque todos sabían que iba a seguir profetizando calamidades, y no querían escucharla. Sabían que no podían evitar hacerlo.

Pero ¿por qué nosotros no podemos dejar de hacerlo?

Lo ignoramos.

Sin embargo, a lo largo del camino hay claves y señales que reflejan nuestras actitudes y propensiones.

Cuando le preguntaron a Velikovsky cómo era posible que no recordásemos todas las terribles catástrofes que él situaba en las bases de nuestra historia, o que si las recordábamos era sólo en tanto que mitos o leyendas, respondió: «Olvidamos las catástrofes. No podemos hacer perdurar en la memoria los males que han sucedido, planetas o meteoritos que chocan contra nosotros, cambios bruscos de clima, el nivel del mar que sube repentinamente acabando con ciudades enteras, con civilizaciones...»

Recuerdo que mientras leía a Velikovsky pensaba: «Pero ¿qué dice? ¿Es cierto que olvidamos? Nuestros libros de historia son crónicas del desastre: guerras, hambrunas, epidemias. No sólo recordamos lo sucedido sino que, además, en ocasiones acompañamos los recuerdos con una nota de solemnidad satisfecha, de fruición, una verdadera nota musical de conmemoración placentera. ¿Y dices que olvidamos? ¿Qué pruebas tienes?».

Consideremos lo siguiente: la Primera Guerra Mundial dejó cuatro millones de muertos, una cifra modesta si la comparamos con los horrores que vendrían poco después. La colectivización forzada impulsada por Stalin mató entre siete y nueve millones de campesinos rusos. En los gulags murieron unos veinte millones de personas. El Gran Salto Hada Delante aniquiló a veinte millones poco más o menos. La Revolución Cultural dejó un saldo de alrededor de sesenta millones de muertos. No obstante, éstos fueron asesinatos deliberados, el resultado de políticas criminales planeadas y llevadas a cabo. Los cuatro millones de muertos de la Primera Guerra Mundial no fueron planeados ni deseados; sucedieron, sencillamente. En su momento fue terrible, impensable, tremendo; toda Europa estaba estremecida por la cantidad de muertos, pues quizá sentía que marcaban el inicio de nuestro ocaso. Se reconoció la posibilidad del desastre provocado por el hombre y con ella el desasosiego y los malos presagios. Sin embargo, cuando terminó la guerra, con sus cuatro millones de muertos, llegó una calamidad mucho mayor, la epidemia de gripe española, que arrasó al mundo entero y acabó con la vida de veintinueve millones de personas. Los años 1918, 1919, 1920 fueron horribles, pero no sólo por la gran epidemia, sino también por los refugiados, los lisiados, la devastación y la pobreza que la guerra había dejado a su paso. La gente moría. De hecho, murieron muchos millones más que los cuatro que desde entonces recordamos. Nadie supo de dónde ni por qué vino la terrible epidemia de gripe española. También hubo una epidemia de la enfermedad del sueño, igualmente misteriosa y, por suerte, menos agresiva. (Mucho después de que todo el mundo la olvidase, se revivió el recuerdo de esta epidemia en el libro del doctor Oliver Sacks, Despertares, sobre gente que vivió en el vacío por décadas, sobrevivientes.) La Primera Guerra Mundial ha sido recordada, debatida, analizada. Se han escrito historias sobre ella, se ha rendido homenaje a sus héroes, y una vez al año nos ponemos firmes y lamentamos tantos muertos. Pero la gran epidemia de gripe española que mató siete veces más gente raramente se menciona.

En The Chronology of the Modem World se lee, en el registro correspondiente al año 1918: «Epidemia de gripe (mayo, junio y octubre)». En el de 1919: «Severa epidemia de gripe (marzo)». Cualquiera que hojee este libro de consulta impulsado por la curiosidad de conocer algo del progreso de la humanidad tendrá por fuerza que ir mucho más allá de estos dos registros. Todos los años hay epidemia de gripe. Incluso hemos tenido algunas «severas». Podemos leer un titular que rece: «Severa epidemia de gripe en el centro de Inglaterra: 79 personas han muerto». Pero ¿veintinueve millones de personas? Uno jamás llegaría a pensar en esa cantidad con un comentario así, ni en ese libro de consulta ni en cualquier otro.

Hace poco, un joven de talento me pidió que fuese a ver una película que él había realizado sobre el año 1919. Enseguida le pregunté: «¿Es acerca de la gran epidemia de gripe?». «¿Qué epidemia de gripe?» fue su respuesta. Ni siquiera había oído hablar de ella. Mucha gente preparada no tiene la menor idea del drama que se abatió sobre el mundo por espacio de tres años, y del que aún podemos oír hablar a algún anciano sobreviviente de la época, con esa mirada perdida que acompaña el recuerdo de cierta clase de desastres que nadie puede entender ni prevenir ni predecir, y que rápidamente se olvidan como si alguien los borrase de la mente de la gente, de su memoria.

Quizá debiéramos preguntamos: «¿Por qué hemos olvidado esta terrible calamidad? ¿Qué otras calamidades hemos decidido olvidar? ¿Qué tienen esos desastres que nublan la mente humana?».

Se pueden leer historias sobre la calamitosa campaña de Napoleón a Rusia sin encontrar nada que indique que la mayoría de la tropa murió de tifus, disentería y cólera. A los generales Nieve y Hielo se les conmemora abundantemente. Guerra tras guerra, las fuerzas decisivas han sido el tifus, la disentería y el cólera, y aun la peste negra. Pero la historia muy pocas veces los menciona.

¿Será que nuestra mente está preparada para asimilar un tipo de calamidades y no otros? ¿Acaso sólo podemos recordar aquello de lo que somos responsables, como la guerra? ¿Significa esto que a medida que aprendamos a relacionar las causas con los efectos, recordaremos cada vez más?

Casandra no hubiera podido alertamos sobre la epidemia de gripe española, ni ahora podría alertarnos diciendo: «Si sois lo bastante estúpidos para desatar guerras, entonces sufriréis epidemias». A la Primera Guerra Mundial la siguieron la gripe y la enfermedad del sueño, pero no hubo epidemias mundiales después de la Segunda Guerra Mundial, ni de la guerra de Corea, Vietnam, Camboya, o cualquiera de las otras guerras menores.

He escuchado a gente mayor que al recordar la gripe española dice: «Dios nos estaba castigando por la maldad de la guerra». De ser así, Dios a veces castiga y a veces no.

Las epidemias son imposibles de predecir, pero es cierto que varías catástrofes nos esperan en el camino.

Hace muy poco que empezamos a preparamos para hablar de las alteraciones en el nivel del mar, que en el pasado tomaban a todos por sorpresa.

Y seguirá tomándonos por sorpresa, pues parece que no hemos aprendido nada.

Si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar», los científicos señalarían que quizá comience la semana próxima, o en mil años. De hecho (dicen ellos) estamos atrasados en lo que al período glaciar se refiere. Toda la historia, lo que nos hemos contado mutuamente desde Egipto hasta Babilonia, desde China hasta las grandes civilizaciones que una vez florecieron en las islas frente a las costas del norte de Europa, todo ello sucedió en el breve y cálido intervalo entre dos violentos ataques glaciales que cubrieron casi toda Europa alterando el clima del resto del mundo y cambiando la faz de la Tierra. Cuando esto vuelva a pasar, estaremos indefensos ante ello. ¿Cómo podremos huir a zonas más cálidas superpobladas con gente que estará luchando contra las nuevas condiciones climáticas? De ninguna manera, pues sin duda moriríamos. El hielo cubrirá nuestras ciudades, nuestros logros, nuestras civilizaciones, nuestros jardines y bosques, nuestros campos y huertos, nos cubrirá a nosotros. Quién sabe en qué forma sobrevivirán las civilizaciones que logren subsistir, y cómo reaparecerá la vida cuando el hielo se retire de nuevo descubriendo las tundras de Europa.

De modo que si dijéramos: «Nos corresponde otro período glaciar» la gente haría como que no nos oye. Cuando lo dicen los científicos, la reacción es de fastidio, como si se tratase de una broma de deliberado mal gusto.

En la historia de Casandra hay pasajes donde parece que la gente no quisiera reconocer la evidencia, como si «los dioses la hubiesen cegado a la verdad» (y así se dice en ocasiones).

Hay una escena muy curiosa en el palacio de Príamo. El caballo de Troya está ahí, inmóvil en medio del gran patio, después de introducirlo en la ciudad tras muchas discusiones. Se oye el sonido del choque de armaduras dentro del caballo. Casandra, para variar, exclama entre lágrimas: «¡Pobres de nosotros! Hay hombres armados en su interior». Pero predominan los optimistas. Casi se les puede oír razonando amigablemente: «La verdad es que ese ruido no parece de hombres armados, y si así fuese, probablemente se trata de amigos. Es un error ver una amenaza en todo». Mientras tanto, algo más sucedía. Casandra no era la única que observaba el caballo. También estaba Helena. Helena no era pitonisa ni ciega, y sin embargo sabía que dentro del caballo había hombres, porque los oía. Se divertía dando vueltas alrededor del caballo a la vez que lo golpeaba e imitando las voces de sus esposas llamaba a los griegos que estaban en el interior de éste. ¿En qué se parece esta imagen de Helena con la doliente bella y eterna de la leyenda? La acompañaba quien entonces era su marido, Deífobo, un individuo de carácter sombrío de quien se podía decir que se había casado con Helena en un intento por hacer de ella una mujer decente. Recordemos que había estado casada (o el equivalente de entonces) con Aquiles, con Teseo, con Menelao y con París. Toda Troya estaba enamorada de ella, y los ancianos temblaron cuando la vieron caminando por las almenas.

Se reunieron y escogieron a uno de ellos para hablarle. «Escucha, debes verlo desde nuestro punto de vista. Se trata de un asunto de orden público. ¿Por qué no te limitas a conseguir un anillo de boda?», le dijo con tono áspero, como si estuviese enfadado y deprimido a la vez, igual que un hombre cuando le gusta la mujer indebida, Helena rió y repuso: «Como mejor os parezca».

Poco después del episodio del caballo de Troya, Helena colocó una luz en su ventana para guiar a los griegos que aún no habían llegado al patio central a matar a sus amigos, a sus amantes, a sus anfitriones, con quienes obviamente había convivido amistosamente durante años. Odiseo y Menelao mataron a Deífobo, su amante marido, y luego ella marchó a Egipto, donde vivió con el segundo.

Sin duda, durante el episodio del caballo de Troya los dioses, por alguna oscura razón que sólo ellos conocen, cegaron a los hombres a la verdad.

¿O acaso a los troyanos les disgustaba vivir allí, o estaban tan agotados por la tensión de la espera (la guerra siempre es una cuestión de esperar, esperar, esperar el desastre) que lo único que querían era que terminase, ponerle fin a cualquier precio? Quizá muchos de ellos pensasen que todo aquello era, al fin y al cabo, absurdo. ¿Para qué estaban combatiendo? Si Grecia era tan horrible, ¿qué hacía Casandra teniendo dos hijos con su rey, los cuales probablemente pertenecerían a una clase gobernante que reinaría sobre ambos estados y acabaría por poner fin a la reyerta?

¿Y los hijos de Helena? ¿Tuvo alguno? Seguramente. Era esa clase de mujer. Puede que fuera divina, pero en su aspecto terrenal fue una conciliadora famosa. La imagino como una mujer saludable, sensible, práctica, rodeada de crios y animales, reinando en su jardín o en su cocina, dirigiendo a sus criadas en la destilación de podones y elixires. Todas ellas ríen y hacen bromas que los hombres no deben escuchar.

O la imagino con Casandra, en las almenas batidas por el viento, y abajo, en el patio central, la figura del caballo de Troya. Pronto saldrán los hombres de su interior. Helena conduce a Casandra fuera del patio y suben a lo alto del castillo; cree que un poco de aire fresco le hará bien a esa pobre chica enloquecida.

Casandra está histérica y no se deja aplacar.

Ahí está, en las almenas, temblando, sollozando, dando un espectáculo lamentable. Casandra y Helena son muy distintas físicamente. La troyana es delgada, pálida, delicada, con grandes ojos negros y una cabellera oscura y abundante que luce opaca y sin vida a la sombra, pero que ahora, debido al sol y el viento, es un torrente de un negro iridiscente, como el petróleo.

«Oh Helena —se lamenta Casandra—, si sólo hubiese mantenido mi trato con Apolo, si sólo hubiese usado la cabeza y aceptado la sabiduría que se me ofrecía, si hubiese aprendido de los dioses en qué momento hablar y cuándo callar, si sólo, si sólo... Pero tema que ser una ciega, sencillamente una pitonisa, y ahora mira lo que me ha pasado: estoy condenada a vivir para siempre domeñando mi despeinada cabellera y gritando advertencias que nadie escucha, y si no fíjate en lo que está sucediendo: el caballo está lleno de griegos, me lo dice mi sexto sentido, y ¿alguien me hace caso? ¡No! lodo es por mi culpa. Si hubiese mantenido mi trato con los dioses, quizá no habría estallado esta guerra ni las negras naves de los griegos estarían tras la colina, cargadas de hombres armados y listos para arrasar con este palacio y todos sus habitantes hasta hacerlo desaparecer.»

Así deliraba Casandra, mesándose los cabellos.

Helena, con el codo apoyado en la almena, está inclinada sobre ella. Esboza una sonrisa, mientras cavila sobre si se habrá equivocado al no dejar nunca su rubia cabellera suelta y flotando en nubes hermosas y brillantes. Lleva el cabello recogido, arreglado en moños sencillos o elaborados, y todos los días ella y las doncellas que la arreglan se divierten imaginando que cada hombre que la vea ese día soñara con el placer de deshacerle ese moño dorado, lentamente, mechón a mechón. No, decide Helena, ha hecho lo correcto al llevarlo siempre bien arreglado, su cabello es pesado, grueso, nunca volaría al viento, como el fino cabello de Casandra.

Helena escucha distraídamente a Casandra. Está de perfil, mirando las negras naves que, a lo lejos, se acercan despacio; no tardaran en llegar a la playa, y esa noche, en cuanto oscurezca, vomitarán su carga de hombres armados. Ella es una mujer fuerte, hermosa, rebosante de salud, capaz de despertar una fascinación que no se explica por su mera apariencia, alta, fuerte, bien formada, cabello rubio y ojos pardos (y todo lo demás). Incluso en este momento, cuando la mayoría de los habitantes del palacio se lamenta en sus habitaciones reforzadas —porque no todo el mundo es ciego y sordo, ni incapaz de asociar los ruidos que proceden del interior del caballo con la inminente ronda de muerte, violaciones e incendios que se aproxima—, Helena se cuida de mantener su rostro bajo el velo, no permite tampoco que sus preciosos brazos escapen desnudos de los pliegues de su traje blanco; sabe que su belleza se realza al escondería, debe mostrarse sólo en provocativos instantes. Quizás alguien esté mirando, oculto tras los contrafuertes.

Encuentra a Casandra todavía en su delirio y, aunque siente cariño por ella, le molesta que sea tan insistente. ¡Qué egoísta! ¡Qué egocéntrica! Por la cosa más insignificante se pone a cantar y a bailar, ¡de verdad! Como en el caso de las serpientes; a menudo Helena se escapa a alguno de los muchos santuarios cercanos a Troya; va a visitar a los dioses (sus parientes y amigos), y las sierpes sagradas se acercan a saludarla, se enroscan en su cuello y sus brazos, lamen sus párpados y sus labios, le susurran noticias de ese otro mundo que nos cubre sin ser visto, pero no por eso hay que contarlo una y otra vez como hace Casandra. Casandra sigue con la misma cantinela. «Sangre, sangre, veo mucha sangre...»

«Natural», piensa Helena, y se pregunta si Menelao alcanzará a divisarla allá arriba, en las torres.

Suavemente comienza a cantar, sonriendo. Es una canción que le gusta mucho. Una canción muy antigua. Helena ignora su origen, tampoco lo conocen los habitantes de Troya o de Grecia, que también la cantan con cariño.

Hay una leyenda que cuenta cómo Troya fue saqueada una vez en el pasado; Helena supone que la canción se remonta a aquella época. Cerrad las puertas, ¡oh!, hombres de Troya [o Grecia, o Esparta, o lo que sea].

Se acercan las negras naves del enemigo.
Corren como lobos hacia nosotros,
Como lobos negros de brillantes colmillos...

De hecho, Troya ha sido levantada, saqueada y reducida a cenizas en seis ocasiones. (La Troya de Homero es la séptima.) Helena ignora que este rosario de calamidades ha sido difuminado para mostrarlo como una sola calamidad genérica. En estas tierras los relatos históricos sólo son verbales, la memoria de los hombres ha tomado la forma de leyendas, de canciones, y así se transmite de generación en generación. «Escuchad, pequeños, os cantaré nuestra historia, el pasado de nuestra gloriosa ciudad, Troya la de los vientos, la joya de estas costas, donde todo hombre es valiente y toda mujer bella. Escuchad, reinaban entre nosotros la felicidad, la bonanza y la paz, pero entonces aparecieron las naves negras de nuestros enemigos armados tras la colina, y como lobos...». Saquearon la ciudad. Una vez. No seis veces, no una vez tras otra. Resulta casi vergonzoso llevar una relación de estos sucesos, una y otra vez. Y otra más. Como si nuestros gloriosos ancestros no hubiesen tenido ni rastro de sentido común entre ataque y ataque para impedir que volviera a suceder. Y volviera a repetirse. Cualquiera pensaría que con una vez sería suficiente, ¿no?

De modo que en el pasado Troya fue saqueada una vez, lo explican nuestros cuentos y leyendas. Fue saqueada, ay de mí, y las negras naves...

Preguntémonos qué responde Helena si le dicen: «Troya, esta ciudad donde has estado cautiva durante diez años, ya ha sido saqueada y quemada seis veces. ¿Qué te parece?». Ni siquiera lo asimila de inmediato. Significa descubrir el tiempo anterior a ella, el pasado se hace largo, lejano, no puede ver su final. Hasta ese momento casi ha creído que el pasado no va mucho más allá de su propia existencia. «Seis veces —piensa Helena, las almenas parecen temblar bajo sus pies—. Esta ciudad se ha levantado seis veces sobre el polvo de su propia versión anterior... y yo no estaba aquí». Helena controla el pánico, hace un esfuerzo para sonreír y, asintiendo con la cabeza, dice: «Sí, así es la vida. ¿Acaso ha habido algo duradero en mi vida, algo que no haya sido causado y después destruido por la guerra?». No, ciertamente no está sorprendida.

Imaginemos que además le dicen algo así como: «Helena, cuando esta séptima destrucción termine, Troya volverá a levantarse, y será sitiada y quemada tres veces más; diez Troyas en total, y al final habrá un montón de escombros que el viento enterrará en el polvo». Esto la impresiona todavía más. De verdad cree que su cuerpo, fuerte y hermoso, es inmortal, aun cuando su inteligencia le dice lo contrario. «Tres veces más, y yo no estaré aquí, no seré parte de ello...». Se estremece, siente frío en la tarde cálida, aunque comienza a refrescar a medida que se acerca la noche, esa noche que verá en llamas a la séptima Troya. La repentina certeza de su mortalidad le resulta intolerable. Opta por olvidarlo, recupera su pulso suave y pausado y piensa: «La desaparición de Troya quizás esté cerca, pero la mía está muy lejos».

Está segura de tener una vida muy larga por delante. Una nueva etapa está a punto de comenzar, esta noche. En pocas horas. Casandra sigue delirando: «Las naves negras están esperando en las costas de Troya». El viento alborota su negra cabellera. «Ay, cuántos muertos, muchos muertos se amontonarán en estas mismas almenas, ay, la sangre correrá a raudales de cada portal del palacio de mi padre... Ay de mí, ay de mí...»

Helena vuelve su hermosa cabeza hacia ella, suspirando. Mira a Casandra largamente y sonríe. Es una sonrisa íntima, taimada, llena de recuerdos. Está pensando en la noche en que la robaron del castillo de su padre para traerla aquí, y en la sensación de aquel momento, en la excitación. Está pensando de qué manera, luego, cuando anochezca, pondrá la lámpara en la ventana de su habitación. Falta poco para que en el palacio, ahora en silencio y después aturdido de terror, se oigan los gritos de los hombres al salir atropelladamente desde el interior del caballo de madera, el choque de sus armaduras, los alaridos y el clamor de los otros griegos ganando la playa desde las naves negras hasta las puertas que esperan abiertas gracias a la ayuda de los aliados secretos. ¡El tumulto! Los gritos acompañando el derramamiento de sangre, y luego el olor acre del humo y el crepitar de las llamas. Helena saldrá con frío aplomo de su habitación, pasará por encima del cadáver de su esposo, sonreirá a Menelao y a Odiseo, quienes lo habrán matado. El olor de la sangre hará latir su corazón y dilatará sus pupilas. Cuando los tres salgan para huir deprisa por una escalera secreta que los llevará fuera del palacio y de ahí a la playa y las naves, Helena pondrá por un instante la mano sobre la de Odiseo y rozará con sus labios la boca de Menelao; éste soltará un gemido, aquél una carcajada...

Helena, sonriendo, se pasará suavemente la lengua por los labios. Esa sonrisa... Casandra la ve. De verdad la ve; ve a Helena de pie, sonriendo. Casandra interrumpe sus lamentos. Se queda mirando fijamente a esta mujer, durante largo rato, en silencio, Helena, su amiga, su enemiga. Helena se estremece. Oculta la cara.


En El viento se llevará nuestras palabras, Primera parte
Título original: The Wind Blows Away Our Words
Traducción: José Arconada Rodríguez
© Doris Lessing, 1987
Madrid, Suma de Letras, 2003
Foto 1993 © Inge Morath © The Inge Morath Foundation/Magnum Photos

10 ene. 2013

Doris Lessing - La brujería no se vende

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Doris Lessing @Roger Mayne


Cuando nació Teddy, los Farquar llevaban muchos años sin tener hijos; les conmovió la alegría de los sirvientes, que les llevaban aves, huevos y flores a la granja cuando acudían a felicitarlos por la criatura, y exclamaban con deleite ante su aterciopelada cabeza y sus ojos azules. Felicitaban a la señora Farquar como si hubiera alcanzado un gran logro, y ella lo sentía como si así fuera: dedicaba una sonrisa cálida y agradecida a los nativos, que persistían en su admiración.

Más adelante, cuando cortaron el pelo a Teddy por primera vez, Gideon, el cocinero, recogió del suelo los suaves mechones dorados y los sostuvo en una mano con aire reverente. Luego sonrió al niño y dijo: «Cabecita Dorada». Ese fue el nombre que los nativos otorgaron al niño. Gideon y Teddy se hicieron muy amigos desde el principio. Cuando Gideon terminaba su trabajo, alzaba a Teddy sobre sus hombros y lo llevaba a la sombra de un árbol grande, donde jugaba con él y le hacía curiosos juguetes con ramitas y hojas y hierba, o moldeaba el barro húmedo del suelo para darle formas de animales. Cuando Teddy aprendió a andar, era Gideon quien solía agacharse ante él y chascaba la lengua para estimularlo, lo recogía cada vez que se caía y lo lanzaba al aire hasta que los dos quedaban sin aliento de tanto reír. La señora Farquar tomó cariño a su anciano cocinero por lo mucho que éste quería al niño.

No hubo más hijos y un día Gideon dijo:

–Ah, señorita, señorita, el Señor le envió a éste. Cabecita Dorada es lo mejor que tenemos en esta casa.

El plural de «tenemos» provocó un cálido sentimiento de la señora Farquar hacia el cocinero: a fin de mes le subió la paga. Ya llevaba con ella unos cuantos años; era uno de los pocos nativos que tenía a su mujer e hijos en el complejo y nunca quería irse a su aldea, que estaba a cientos de kilómetros. A veces se veía a un negrito que había nacido en la misma época que Teddy mirando desde los matorrales, asombrado ante la visión de aquel chiquillo con su milagroso cabello claro y sus nórdicos ojos azules. Los dos niños intercambiaban miradas abiertas de interés y una vez Teddy alargó una mano con curiosidad para tocar el pelo y las mejillas negras del otro niño.

Gideon los estaba mirando y, tras menear la cabeza reflexivamente, dijo:

–Ah, señorita, ahí están los dos niños; de mayores, uno se convertirá en baas y el otro en sirviente.

La señora Farquar sonrió y respondió con tristeza:

–Sí, Gideon, estaba pensando lo mismo. –Suspiró.

–Es la voluntad de Dios –dijo Gideon, que se había criado en las misiones.

Los Farquar eran muy religiosos y aquel sentimiento compartido de lo divino acercó aún más al sirviente y sus señores.

Teddy tendría unos seis años cuando le regalaron una moto y descubrió la intoxicación de la velocidad. Se pasaba el día volando en torno a la granja, se metía en los parterres, ponía en fuga a las gallinas alarmadas entre graznidos y a los perros irritados y trazaba un amplio arco mareante para terminar su carrera ante la puerta de la cocina. Entonces, solía gritar:

–¡Mírame, Gideon!

Gideon se reía y decía:

–Muy listo, Cabecita Dorada.

El hijo menor de Gideon, que ahora se cuidaba del ganado, acudió desde el complejo a propósito para ver la moto. Le daba miedo acercarse, pero Teddy se exhibió para él.

–¡Negrito! –le gritaba–. ¡Apártate de mi camino!

Se puso a trazar círculos alrededor del muchacho hasta que éste, asustado, echó a correr hacia los matorrales.

–¿Por qué lo has asustado? –preguntó Gideon, en grave tono de reproche.

Teddy contestó desafiante:

–Sólo es un negrito.

Y se rió. Luego, cuando Gideon se apartó de él sin hablarle, Teddy se quedó serio. Al poco rato entró en la casa, buscó una naranja, se la llevó a Gideon y le dijo:

–Es para ti.

No era capaz de decir que lo sentía; pero tampoco podía resignarse a perder el afecto de Gideon. Este aceptó la naranja de mala gana y suspiró.

–Pronto irás al colegio, Cabecita Dorada –dijo, asombrado–. Y luego te harás mayor. –Meneó la cabeza con amabilidad y añadió–: Así son nuestras vidas.

Parecía estar poniendo distancia entre su persona y Teddy, no por resentimiento, sino al modo de quien acepta algo inevitable. Aquel niño había descansado en sus brazos y lo había mirado con una sonrisa en la cara; aquella pequeña criatura había colgado de sus hombros, había pasado horas jugando con él. Ahora Gideon no permitía que su carne tocara la carne del niño blanco. Era amable, pero apareció en su voz una formalidad grave que arrancaba pucheros de Teddy y lo hacía retroceder, enfurruñado. También lo ayudó a hacerse hombre: era educado con Gideon y se comportaba con formalidad, y si entraba en la cocina para pedirle algo lo hacía como cualquier blanco al dirigirse a un sirviente, esperando que se le obedeciera.

Pero el día que Teddy apareció en la cocina tambaleándose y frotándose los ojos, aullando de dolor, Gideon soltó la olla de sopa caliente que tenía entre manos, se acercó al niño y le apartó los dedos.

–¡Una serpiente! –exclamó.

Teddy había estado montando su moto, se había parado a descansar y había apoyado el pie junto a una cuba para las plantas. Una serpiente, colgada del techo por la cola, le había escupido a los ojos. La señora Farquar llegó corriendo en cuanto oyó la conmoción.

–¡Se volverá ciego! –sollozó, abrazando con fuerza a Teddy–. ¡Gideon, se volverá ciego!

Los ojos, a los que tal vez quedara apenas media hora de visión, se habían hinchado ya hasta alcanzar el tamaño de puños: la carita blanca de Teddy estaba distorsionada por grandes protuberancias moradas y supurantes.

–Espere un momento, señorita. Voy a buscar medicamentos –dijo Gideon.

Salió corriendo hacia los matorrales.

La señora Farquar llevó al niño a la casa y le lavó los ojos con permanganato. Apenas había oído las palabras de Gideon; sin embargo, cuando vio que sus remedios no surtían efecto y recordó haber conocido algunos nativos que habían perdido la vista por culpa del escupitajo de una serpiente, empezó a anhelar el regreso del cocinero, pues recordaba haber oído hablar de la eficacia de las hierbas de los nativos. Permaneció junto a la ventana, sosteniendo en brazos al niño, que no paraba de sollozar, y mirando desesperada hacia los matorrales. Habían pasado pocos minutos cuando vio regresar a Gideon a saltos, con una planta en la mano.

–No tenga miedo, señorita –dijo Gideon–. Esto curará los ojos de Cabecita Dorada.

Arrancó las hojas de la planta y dejó a la vista su raíz blanca, pequeña y carnosa. Sin lavarla siguiera, se llevó la raíz a la boca, la mordisqueó con vigor y luego conservó la saliva entre los labios mientras arrancaba a Teddy a la fuerza de los brazos de su madre. Lo sostuvo entre las rodillas y apretó con las yemas de los pulgares los ojos hinchados del niño hasta que éste empezó a gritar y la señora Farquar protestó:

–¡Gideon, Gideon!

Pero él no hizo caso. Se arrodilló sobre el niño, que se contorsionaba, y forzó los inflados párpados hasta que se abrió una ranura rasgada por la que aparecía el ojo, y entonces escupió con fuerza, primero en un ojo y luego en el otro. Al fin dejó al niño en brazos de su madre y afirmó:

–Sus ojos se curarán.

Sin embargo, la señora Farquar lloraba de terror y apenas pudo darle las gracias; era imposible creer que Teddy fuera a conservar la vista. Al cabo de un par de horas la inflamación había desaparecido. El señor y la señora Farquar fueron a la cocina a ver a Gideon y le dieron las gracias una y otra vez. Estaban desesperados de gratitud; parecían incapaces de expresarla. Le dieron regalos para su mujer y sus hijos, así como un gran aumento de sueldo, pero nada de eso podía pagar la curación total de los ojos de Teddy. La señora Farquar dijo:

–Gideon, Dios te ha escogido como instrumento de su bondad.

Y Gideon contestó:

–Sí, señorita, Dios es muy bueno.

En fin, cuando ocurre algo así en una granja, no pasa mucho tiempo antes de que se entere todo el mundo. El señor y la señora Farquar se lo contaron a sus vecinos y la historia fue tema de conversación de un extremo al otro del distrito. El monte está lleno de secretos. Nadie puede vivir en África, o al menos en las zonas mesetarias, sin aprender pronto que hay una antigua sabiduría de las hojas, de la tierra y de las estaciones –así como de los rincones más oscuros de la mente humana, acaso más importantes– que pertenece a la herencia del hombre negro. La gente contaba anécdotas por todos los rincones del distrito, recordándose unos a otros cosas que les habían ocurrido.

–Pero te digo que lo vi con mis propios ojos. Fue un mordisco de cobra bufadora. El brazo del africano estaba inflado hasta el codo, como una vejiga negra y brillante. Al cabo de medio minuto estaba grogui. Se estaba muriendo. Entonces, de repente, salió un africano del monte con las manos llenas de una cosa verde. Le frotó el brazo con algo y al día siguiente el muchacho volvía a trabajar y no se le veían más que dos pequeños pinchazos en la piel.

Así era lo que se contaba. Y siempre con una cierta exasperación, porque aunque todos sabían que hay valiosos medicamentos escondidos en la oscuridad de los matorrales africanos, en las cortezas de los árboles, en hojas de apariencia simple, en raíces, resultaba imposible que los nativos les contaran la verdad.

La historia llegó finalmente a la ciudad: tal vez fuera en alguna fiesta al atardecer, o en alguna función social por el estilo, donde un médico que estaba allí por casualidad rechazó su valor:

–Tonterías –dijo–. Estas historias se exageran por los cuentos. Cuando buscamos información por una historia como ésa, nunca encontramos nada.

En cualquier caso, una mañana llegó un extraño coche a la granja y salió de él un trabajador del laboratorio de la ciudad con cajas llenas de probetas y productos químicos.

El señor y la señora Farquar estaban aturullados, complacidos y halagados. Invitaron a comer al científico y contaron su historia entera de nuevo, por enésima vez. El pequeño Teddy también estaba y sus ojos azules refulgían de salud para probar la autenticidad de la historia. El científico explicó que la humanidad podría beneficiarse de aquel nuevo medicamento si se pusiera en venta, cosa que complació aun más a los Farquar. Eran gente simple y amable y les gustaba creer que gracias a ellos se descubriría algo bueno. Pero cuando el científico empezó a hablar del dinero que podría ganarse, se sintieron incómodos. Sus sentimientos al respecto del milagro (pues pensaban en el suceso en esos términos) eran tan fuertes, profundos y religiosos que les parecía de mal gusto relacionarlo con el dinero. El científico, al ver sus caras, regresó al primer argumento, que era el progreso para la humanidad. Tal vez fue demasiado superficial: no era la primera vez que acudía en pos de algún secreto legendario de los matorrales.

Al fin, cuando terminó el almuerzo, los Farquar llamaron a Gideon al cuarto de estar y le explicaron que aquel baas era un Gran Doctor de la Gran Ciudad y que había recorrido todo aquel camino para verlo a él. Al oírlo, Gideon pareció asustarse; no lo entendía. La señora Farquar le explicó enseguida que el Gran Baas se había presentado allí por su maravillosa intervención con los ojos de Teddy.

Gideon miró al señor Farquar, y luego a la señora, y luego al niño, que se daba aires de importancia por la ocasión. Al fin, dijo a regañadientes:

–¿El Gran Baas quiere saber qué medicina usé?

Hablaba con incredulidad, como si no pudiera concebir semejante traición de sus viejos amigos. El señor Farquar empezó a explicar que de aquella raíz podía extraerse un medicamento muy necesario, y que podría ponerse a la venta de modo que miles de personas, blancas y negras, en todo el continente africano, dispondrían de salvación cuando aquella serpiente bufadora les escupiera su veneno en los ojos. Gideon escuchó con la mirada clavada en el suelo y la piel de la frente tensa por la incomodidad. Cuando el señor Farquar hubo terminado, no contestó. El científico, que había permanecido hasta entonces recostado en su silla, bebiendo tragos de café y exhibiendo una sonrisa de escéptico buen humor, intervino y se lo volvió a explicar todo, con palabras distintas, acerca de la fabricación de medicamentos y del progreso de la ciencia. Además, ofreció un regalo a Gideon.

Tras esta última explicación hubo un momento de silencio y luego Gideon replicó con indiferencia que no podía recordar de qué raíz se trataba. Tenía una expresión huraña y hostil en el rostro, incluso cuando miraba a los Farquar, a quienes solía tratar como si fueran viejos amigos. Ellos empezaban a molestarse; esa sensación anuló la culpa que había nacido tras las primeras acusaciones de Gideon. Empezaban a pensar que su comportamiento era muy poco razonable. Sin embargo, en ese momento se dieron cuenta de que no iba a ceder. La droga mágica permanecería en su lugar, desconocido e inservible salvo para los escasos africanos que la conocieran, nativos que tal vez se dedicaran a cavar zanjas para el Ayuntamiento, con sus camisas rasgadas y sus pantalones cortos remendados, pero que habían nacido para la curación, herederos de otros curanderos por ser hijos o sobrinos de antiguos brujos, cuyas feas máscaras, huesos y demás burdos objetos de magia parecían ahora signos externos de poder y sabiduría reales.

Los Farquar podían pisotear aquella planta cincuenta veces al día de camino entre la casa y el jardín, del sendero de las vacas a los campos de maíz, pero nunca se iban a enterar.

Sin embargo siguieron discutiendo y trataron de persuadirlo con toda la fuerza de su exasperación; y Gideon siguió diciendo que no se acordaba, o que nunca había existido tal raíz, o que no se encontraba en aquella estación del año, o que no era la raíz por sí misma, sino su saliva, lo que había curado los ojos de Teddy. Dijo todas esas cosas, una detrás de otra, y no pareció importarle que fueran contradictorias. Estuvo rudo y tozudo. Los Farquar apenas reconocían a su simpático y amable sirviente en aquel africano ignorante, perversamente obstinado, que permanecía ante ellos con la mirada baja y retorcía el delantal entre los dedos mientras repetía una y otra vez cualquiera de las estúpidas negativas que le viniera a la mente.

De pronto, pareció que cedía. Alzó la cabeza, dedicó una larga y rabiosa mirada al círculo de blancos, que para él tenían el aspecto de una ronda de perros ladradores en torno a él, y dijo:

–Les voy a enseñar la raíz.

Echaron a andar en fila india desde la casa por un sendero. Era una tarde abrasadora de diciembre y el cielo estaba lleno de calurosas nubes de lluvia. Todo estaba caliente: el sol parecía una placa de bronce que diera vueltas en el aire, los campos refulgían de calor, el suelo ardía bajo sus pies y el viento, cargado de polvo, les soplaba en la cara, rasposo y acalorado. Era un día terrible, destinado a tumbarse en el porche con una bebida helada, como normalmente harían a esas horas.

De vez en cuando, recordando que el día de la serpiente a Gideon le había costado sólo diez minutos encontrar la raíz, alguien preguntaba:

–¿Tan lejos queda, Gideon?

Éste miraba hacia atrás y respondía, con molesta educación:

–Estoy buscando la raíz, baas.

Efectivamente, a menudo se agachaba de lado y pasaba la mano entre las hierbas, con un gesto tan mecánico que resultaba ofensivo. Los hizo caminar entre los matorrales por senderos desconocidos durante dos horas, bajo aquel calor derretido y destructor, hasta que rompieron a sudar y les dolió la cabeza. Iban todos muy callados; los Farquar porque estaban enfadados y el científico porque una vez más se demostraba que tenía razón: la planta no existía. Su silencio era muy diplomático.

Al fin, a unos diez kilómetros de la casa, Gideon decidió de pronto que ya había suficiente; o tal vez su enfado se evaporó en aquel instante. Sin esforzarse por aparentar nada ajeno a la casualidad, recogió un puñado de flores azules entre la hierba, las mismas flores que abundaban en los caminos que habían recorrido.

Se las dio al científico sin mirarlo siquiera y echó a andar a solas de vuelta a la casa, dejando que lo siguieran si así querían hacerlo.

Cuando llegaron a la casa, el científico se fue a la cocina y dio las gracias a Gideon: se comportaba con mucha educación, pero mantenía la burla en la mirada. Gideon se había ido. Tras tirar las flores en la parte trasera del coche sin darles ninguna importancia, el eminente visitante se fue de vuelta a su laboratorio.

Gideon regresó a la cocina a tiempo para preparar la cena, pero estaba muy huraño. Habló con la señora Farquar como un sirviente malcarado. Pasaron días antes de que volvieran a llevarse bien.

Los Farquar interrogaban a sus trabajadores acerca de aquella raíz. A veces recibían miradas desconfiadas por toda respuesta. A veces, los nativos decían: «No lo sabemos. Nunca hemos oído hablar de esa raíz». Uno de ellos, el muchacho que cuidaba el ganado, que llevaba mucho tiempo con ellos y les tenía cierta confianza, dijo:

–Pregúntenle al que trabaja en la cocina. Ese es todo un médico. Es el hijo de un famoso curandero que solía vivir por aquí y no hay enfermedad que no pueda curar. –Luego, añadió con educación–: Por supuesto, no es tan bueno como el médico de los blancos, eso ya lo sabemos, pero para nosotros sí que sirve.

Al cabo de un tiempo, cuando ya había desaparecido la amargura entre los Farquar y Gideon, empezaron a bromear:

–¿Cuándo nos vas a enseñar la raíz de las serpientes, Gideon?

Él se reía, meneaba la cabeza y, con cierta incomodidad, contestaba:

–Pero si ya se la enseñé, señorita, ¿no se acuerda?

Al cabo de mucho tiempo, cuando Teddy ya iba al colegio, entraba en la cocina y le decía:

–Gideon, viejo gamberro. ¿Recuerdas aquella vez que nos engañaste a todos y nos hiciste caminar no sé cuántos kilómetros por la meseta para nada? Llegamos tan lejos que mi padre me tuvo que traer en brazos.

Y Gideon se partía de risa educadamente. Después de reír mucho rato, se incorporaba, se secaba los ojos y miraba con tristeza a Teddy, quien lo contemplaba maliciosamente desde el otro lado de la cocina:

–Ah, Cabecita Dorada, cuánto has crecido. Pronto serás mayor y tendrás tu propia granja...


En Relatos africanos
Traducción: Enrique de Hériz
Imagen: Roger Mayne

10 sept. 2011

Doris Lessing - El sol entre los pies

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La carretera que salía de la parte trasera de la estación iba a la Misión Católica, donde se terminaba el camino porque quedaba en medio de una reserva nativa. La misión era pobre y tan sólo tenía un camión, de modo que la carretera siempre estaba desierta, una pista de arena entre hierbas cortas o largas. En la estación, en cambio, siempre había bullicio de trenes y de gente y en los campos que se extendían ante ella se habían instalado muchos colonos blancos, pero el territorio que quedaba tras ella estaba en desuso porque era tierra de rocas graníticas, afloramientos silvestres y arena. El ganado suelto de la reserva solía pastar allí. No se veía ningún ser humano. Desde el sendero las colinas rocosas parecían tan empinadas, tan llenas de parras y malas hierbas, que no podía haber espacio para circular por ellas. Sin embargo, era posible abrirse camino y una vez allí parecía claro que en el pasado la gente había encontrado el modo de obtener algún uso de la tierra salvaje. Por ejemplo, se veían los restos de las defensas de tierra y piedra construidas por los mashona contra los matabele, cuando éstos atacaban en expediciones para robarles el ganado y las mujeres, hasta que Rhodes puso fin a todo eso. Además, las superficies inferiores de las grandes rocas estaban cubiertas de pinturas de los bosquimanos. Tras trepar y sortear pasos estrechos durante un centenar de metros aparecía una pista de arena lisa y luego emergían las rocas de nuevo. En aquel espacio, en la época de los ataques, se escondían las mujeres y el ganado mientras los hombres se apostaban en las defensas de los alrededores. Allí, en la época de los bosquimanos, los pequeños cazadores usaban las arcillas de colores, la tierra y la savia de las plantas para sus pinturas.

La noche anterior había llovido: aún notaba la humedad de la hierba, poco crecida, a la altura de mis tobillos, y el sol tempranero no había secado todavía la arena. En medio de aquel espacio sobresalía abruptamente una roca. La roca estaba mojada y yo sentía que su calor húmedo se escabullía por mis piernas desnudas.

Mientras permanecía allí sentada, los montones de rocas que me rodeaban parecían montañas, tras las cuales se elevaba el cielo en un horizonte alto. Las rocas eran de un gris oscuro, pero tenían manchas de liquen. Los árboles que crecían entre las rocas eran escuálidos y algunos habían sido fulminados por rayos, convertidos en poco más que esqueletos negros. Era la tierra del hambre, de la arena creciente, la hierba escasa, las rocas y el calor. El sol caía con fuerza entre las rocas, que conservaban su ardor. Al cabo de una hora de sol, la arena mostraba entre la hierba una superficie seca, limpia y brillante, mientras que la oscura humedad permanecía soterrada.

El ganado de la reserva debía de haberse desplazado allí tras la lluvia de la noche anterior, pues se veía un rastro de bosta de vaca fresca sobre la hierba. Las grandes moscas azuladas exclamaban y se lanzaban sobre las boñigas, partiendo la costra que el sol había secado en su superficie. El zumbido de las moscas, la minúscula vibración del calor y el zureo de los pichones componían el silencio de la mañana.

Calor y silencio; no había más movimiento que el de las moscas, pues si soplaba algún viento debía de hacerlo más allá de aquel lugar refugiado.

Pronto hubo más movimientos. Dos escarabajos se pusieron a trabajar allí donde las moscas habían partido la costra de la boñiga más cercana. Eran escarabajos pequeños, polvorientos, negros, de cuerpo redondo. Uno había apoyado las patas negras sobre un fragmento de boñiga y tiraba de ella como si hiciera palanca. El otro, con un rápido movimiento de rodeo, igual que la gallina empolla los huevos con sus plumas, usaba su propio cuerpo para formar una bola, pese a que aún no había liberado su fragmento del resto de la materia. En cuanto la pieza quedó liberada, los dos escarabajos la asaltaron con las patas y con todo su cuerpo y le dieron forma a toda prisa, frenéticos de creación, atrapándola entre sus negras patas traseras, girándola, haciéndola rodar bajo sus cuerpos, empujándola y tirando de ella a través de los pesados y espesos tallos de hierba que se alzaban sobre ellos como árboles del bosque hasta que al fin la bola rodó y se alejó hacia una llanura, un claro, un espacio de tierra de pocos centímetros. Los dos escarabajos deambularon entre los tallos, en busca de su propiedad. Estaban a punto de volver a empezar con la boñiga original cuando uno de ellos vio la pelota en campo abierto y ambos echaron a correr tras ella.

En toda la extensión de hierba que rodeaba a las bostas de vaca, los escarabajos peloteros trabajaban, las moscardas revoloteaban y zumbaban y al llegar la noche toda aquella hierba procesada por el trabajo del estómago de las vacas habría desaparecido, volando o rodando, para alimentar a las moscas, a los escarabajos, o a la tierra nueva. Salvo que volviera a llover mucho, en cuyo caso los golpes de la lluvia lo esparcirían todo.

Sin embargo, no había señales de lluvia. El cielo exhibía el lento azul claro de las mañanas africanas después de una noche de tormenta. Mis dos escarabajos contaban con la ayuda del cielo. Tenían todo el día por delante.

Según los libros, los escarabajos peloteros forman una pelota de excremento, depositan en ella sus huevos, buscan una cuesta leve, ruedan la bola por ella y luego la dejan caer desde allí, para que al rodar «la bolita se vuelva compacta».

¿Por qué ha de ser compacta la bolita? Se supone que es para que los ataques del sol y de la lluvia no la partan en pedazos. ¿Para qué sirve toda esa complicación de rodar arriba y abajo?

En fin, no nos corresponde criticar los procesos de la naturaleza, así que me senté en el saledizo de roca para mirar a los escarabajos, que se acercaban rodando su bola. La alcanzaron tras unos minutos de trabajo y se instalaron a sus pies; los escarabajos y la bola. La inercia los llevó unos pocos centímetros cuesta arriba, pero resbalaron y tanto la bola como los escarabajos cayeron a la parte baja de nuevo.

Me bajé de la roca y me senté detrás de ellos en la hierba para contemplar el ascenso desde su mismo punto de vista.

La roca mediría algo más de un metro de largo y casi un metro de alto. Era un saledizo de granito, con los perfiles limados por la lluvia y el viento. Los escarabajos, aferrando la bola con el vientre y las patas, veían ante sí una montaña salvaje cuyas faldas parecían una invitación al ascenso. Rodaron la pelota, que ahora estaba ya rebozada de tierra, hasta un pequeño remonte bajo las colinas y empezaron a subir, esta vez con mucho cuidado, de remonte en remonte, de un liquen incrustado al siguiente. Un escarabajo encima, y el otro debajo, subían con mimo la pelota. Pronto llegaron a la obstrucción que los había derrotado en el ascenso anterior: una hinchazón repentina en la pared de la montaña. Esta vez, uno de ellos permaneció debajo de la pelota, sosteniéndola con sus patas traseras, mientras el otro se desplazaba de lado para buscar un camino más fácil. Regresó, agarró la bola con sus patas traseras y los dos reanudaron su avance dificultoso, arrastrándose de lado para rodear aquel bulto por un pequeño valle que llevaba a la segunda gran etapa del ascenso, o eso parecía. Aquel valle era una trampa, pues lo recorría una grieta. La montaña estaba hendida. El calor y el frío la habían partido hasta la base y la estrecha grieta descendía hacia un lago montañoso lleno de pura agua caliente, sobre un lecho de hojas y hierbas llevadas allí por el viento. La pelota de bosta resbaló por el borde de la grieta, se metió en el golfo y rodó suavemente hasta el lago, en cuya orilla la sujetó un pequeño brote de liquen. Los escarabajos echaron a correr tras ella. Uno de ellos, lanzando tijeretazos desesperados desde una balsa de juncos en la orilla, evitó que la bola se hundiera en las profundidades del lago. El otro, agarrándose fuertemente con las patas delanteras a un espeso lecho de semillas en la orilla, asió la bola con las traseras y entre los dos arrastraron y empujaron la preciosa boñiga para sacarla del agua y llevarla de nuevo al valle. Sin embargo, ahora las paredes de la montaña se alzaban a ambos lados y la bola quedaba atrapada entre ellas. Los escarabajos se quedaron quietos un momento. La bola se había desprendido de la tierra y estaba suave y resbalosa.

Lo debatieron. De nuevo uno permaneció en guardia mientras el otro exploraba y regresaba para anunciar que si rodaban la bola por el fondo de la hendidura, llegaría un punto en que ésta se estrecharía y, sirviéndose de sus patas, hombros y espaldas, podrían subirla por la grieta hasta más arriba en la montaña, donde, tras cruzar otro recodo peligroso, alcanzarían una cuesta cubierta de hierbas que llevaba a la cumbre. Lo intentaron. Sin embargo, al llegar al recodo peligroso ocurrió un desastre. La bola, resbalosa por el agua del lago, se les escapó y cayó montaña abajo hasta  la base, al mismo punto en que habían comenzado una hora antes. Los dos escarabajos se lanzaron tras ella y de nuevo emprendieron el lento y dificultoso ascenso. Una vez más la bola cayó por la hendidura, rodó hasta el lago, la volvieron a rescatar y, con enorme gasto de medios y de paciencia, la subieron otra vez por el valle, volvieron a intentar pasarla rodando por el recodo y una vez más cayó al pie de la montaña y saltaron tras ella.

«El escarabajo pelotero, Scarabaeus o Aleuchus sacer, deposita sus huevos en una pelota de bosta, luego escoge una suave pendiente y compacta la bola rodándola hacia arriba, caminando marcha atrás sobre las patas traseras, y dejándola caer para llegar finalmente al lugar de depósito.»

Seguí sentada en la hierba baja y cálida, sintiendo el sol primero en la espalda, luego fuerte en los hombros y después directamente en la cabeza. El aire ya estaba seco, toda la humedad de la noche se había desvanecido. El cielo estaba cubierto de nubes bajas. Incluso el charquito de la roca se estaba evaporando. Encima, el vapor temblaba en el aire. Cuando los escarabajos perdieron su pelota por tercera vez en el lago de la montaña ya no era un lago, sino una marisma esponjosa, y sacarla de allí ya no implicaba peligro ni dificultad alguna. Ahora la bola estaba pegajosa, había perdido su forma y tenía trocitos de hojas y de hierba incrustados.

Al cuarto intento, cuando la bola rodó de nuevo al punto de partida y los escarabajos se lanzaron tras ella, ya había pasado el mediodía, me dolía la cabeza por el calor y cogí una hoja larga, la deslicé por debajo de la pelota de bosta y de los escarabajos, lo levanté todo y lo aparté a un lado, lejos de la imposible y destructiva montaña.

Sin embargo, cuando quité la hoja, descansaron un momento en aquel nuevo territorio, exploraron hacia uno y otro lado entre los tallos de hierba, se ubicaron y de inmediato echaron a rodar su bola hacia el pie de la montaña, donde se prepararon para un nuevo ascenso.

Mientras tanto, los demás escarabajos y las moscas habían deshecho las bostas de vaca de la hierba. No quedaban más que algunos fragmentos grasientos y unas manchas marrones polvorientas entre los tallos. Cesó el zumbido de las moscas. El calor acalló a los pichones. A lo lejos retumbaban los truenos y de vez en cuando sonaba el chirrido de un tren en la estación, o los bufidos y repiqueteos de los motores que iban y venían.

Los escarabajos subieron de nuevo la pelota por el barranco y esta vez no echó a rodar hacia una marisma, sino hacia un lecho húmedo de hojas. Se quedaron allí descansando un poco entre el vapor del calor.

Sagrados escarabajos éstos, sagrados escarabajos de Egipto, sosteniendo el símbolo del sol entre sus estúpidos y ajetreados pies. Atareados, tontos escarabajos, subiendo con mimo su bola de bosta una y otra vez por la montaña, cuando una marcha de apenas unos pocos minutos hubiera bastado para rodearla.

De nuevo los levanté, escarabajos y pelota a la vez, los alejé del precipicio para dejarlos en un claro donde pudieran escoger entre una docena de oportunas pendientes leves, pero rodaron pacientemente la pelota hasta el pie de la montaña.

«Se escoge la pendiente –dice el libro– en función de un hermoso instinto para que la pelota se detenga en un lugar adecuado para la crianza de la nueva generación de insectos sagrados.»

El sol había abandonado ya su posición del mediodía y me lucía en la cara. Sudaba a mares. El aire vibraba de calor. El cielo por el que se iba a poner el sol estaba cubierto hasta arriba de nubes oscuras. Aquellos escarabajos tenían que apresurarse si no querían terminar ahogados.

Siguieron rodando su bosta montaña arriba, rescatándola del lecho seco del lago y abriéndose camino hasta el recodo, ya seco. Se les caía y saltaban tras ella. Una vez y otra, y otra, y otra, mientras la pelota se convertía en una andrajosa estructura seca de hierba fragmentada, con grumos de bosta. Pasó la tarde. El sol ya estaba bajo. Apenas alcanzaba a ver a los escarabajos y la pelota por el fulgor de un grupo de nubes negras cuyos bordes se teñían de rojo por el sol, que se iba poniendo tras ellas. Los chorros de luz descendían y los escarabajos negros y su pelota de bosta, en la ladera de la montaña, parecían disolverse en una luz chisporroteante.

Llovía en las colinas lejanas. El tamborileo de la lluvia y el rodar de truenos se acercaba. Veía las temblorosas lanzas del ejército de la lluvia pasar apenas medio kilómetro más allá, detrás de las rocas. Cayeron a mi lado unas pocas gotas grandes y brillantes, y sisearon al contacto con la arena quemada y con la abrasadora ladera de la montaña. Los escarabajos seguían trabajando.

El sol se puso tras las piedras apiladas y entonces el claro quedó sumido en una luz fría y gastada, rodeado por los árboles negros y las piedras negras, esperando la lluvia y la noche. Los escarabajos estaban de nuevo en la montaña. Sostenían la pelota entre las patas, se agarraban a los líquenes, se asían a la pared de la roca y a su tesoro con la desesperación propia de la estupidez.

Cuando desapareció aquel brillo rojizo, pudieron ver con más claridad. Resultaba difícil imaginar el planeta perfecto y brillante que había sido la pelota; ya no era más que un pedazo de deshechos. Resonó un trueno. La hierba silbó y se cimbreó, movida por una ráfaga que llegó veloz del cielo. El viento golpeó la pelota de bosta, que cayó a un lado sobre un trozo de hierba polvorienta, y los escarabajos salieron disparados en su busca por la superficie de la roca.

La lluvia desfiló hacia nosotros y llegó a las piedras con su envoltura de humedad. Las grandes gotas brillantes, avanzadilla del ejército de la lluvia, alcanzaron a los escarabajos que se habían escondido bajo el precipicio por el que, al día siguiente, cuando hubiera cesado de llover y llegara el ganado a pastar y saliera el sol, se pondrían a trabajar de nuevo y tendrían una pelota de bosta fresca.


En Relatos africanos
Traducción: Enrique de Hériz
Imagen: © Bettmann/CORBIS


21 nov. 2007

Doris Lessing - Premio Nobel de Literatura 2007

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12 oct. 2007

Doris Lessing, ganadora del Premio Nobel : “No se lo pueden dar a un muerto, por eso me lo dieron"

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La Academia Sueca señaló que Lessing es una autora capaz de retratar “la épica de la experiencia femenina”, y destacó el “escepticismo y fuerza visionaria con la que examinó una civilización dividida”. Pero, fiel a su fama, la autora de 87 años retrucó que “los hombres y las mujeres no son tan diferentes”.

Por Silvina Friera

A la bisabuela de las letras británicas, como prefiere que la llamen, casi se le salen de la cara esos hermosos ojos verdes por la sorpresa y la emoción. Hay que tratar de imaginar la escena para entender el impacto. Una dama menuda y enérgica, de 87 años, con fama de beligerante, incluso de agresiva –mascaradas con las que esconde a la mujer encantadora, amante de los animales, enamorada de la cocina, la vida doméstica y guardiana recelosa de su intimidad–, regresa en taxi a su casa en West Hampstead, límite entre la ciudad y el campo en el noroeste de Londres, después de haber acompañado a su hijo al hospital. Quizá está apuradísima porque la espera Yum-Yum, su gata gorda y vieja que alguna vez fue “una bella y esbelta princesa”. De pronto observa un montón de cámaras y personas en la puerta y piensa que deben estar grabando un programa de TV. Un periodista se acerca y le dice que acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura. “¡Oh, Dios!”, exclama Doris Lessing al bajarse del taxi, vestida con una vieja pollera y una chaqueta desteñida. “Me gané todos esos malditos premios que hay en Europa, que estoy muy contenta de haber ganado”.

Así se enteró la escritora británica de que era la undécima mujer en ganar el premio. El secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl, había declarado que no había podido comunicarse con ella. “Tengo miedo de que esté dando un paseo y la gente la aborde para darle la noticia”, añadió. Para festejar, y a modo de anticipo de su cumpleaños 88 –el 22–, la autora de El cuaderno dorado, considerado la Biblia del feminismo británico, alzó un vaso de agua para hacer un brindis. “Es ginebra”, bromeó. La Academia Sueca señaló que Lessing es una autora capaz de retratar “la épica de la experiencia femenina”, al tiempo que destacó el “escepticismo y fuerza visionaria con la que examinó una civilización dividida”. La ganadora, rechazando la argumentación, confesó que no sabía a qué se referían. “Los hombres y las mujeres no son tan diferentes”, dijo Lessing, que en 2001 obtuvo el Príncipe de Asturias, “el Nobel español”. A Lessing, lo que más le gustó de haber ganado el Nobel es que Gabriel García Márquez la llamó para felicitarla. “Para mí es algo maravilloso, es un escritor magnífico al que admiro profundamente”, agregó.

Engdahl dijo que el trabajo de Le-ssing fue de gran importancia para otros escritores y para la literatura toda. “Ella fue objeto de discusión por algún tiempo, y ahora era el momento. Podríamos decir que es una de las decisiones más cuidadosamente considerada en la historia del premio”, sostuvo el secretario. En declaraciones posteriores, Lessing recordó que, en los ’60, los organizadores enviaron un representante para decirle que no les gustaba y que “nunca” ganaría el premio. “Así que ahora decidieron dármelo. ¿Y por qué les gusto más ahora que antes?”, se preguntó, y dijo que pensaba que quizás tuviera que ver con su edad. “No le pueden dar un Nobel a alguien muerto, así que probablemente pensaron que mejor me lo daban ahora”. Lessing, la única candidata sólida al Nobel que tenía Gran Bretaña, sabe disparar con munición gruesa: sobre Tony Blair dijo que es “un fantasioso chico de los ’60 que cree en la magia” y que “posiblemente no sea muy brillante”.

Hija de un oficial del ejército británico que perdió una pierna en la guerra y se enamoró de su enfermera, Doris May Taylor nació el 22 de octubre de 1919 en Kermanshah, en Persia (actual Bajtarán, en Irán). A los seis años la familia se trasladó a Rodhesia del Sur, actual Zimbabwe, en busca de mejores condiciones de vida. Su infancia en la granja fue reflejada en su novela Dentro de mí, de 1994. En una reciente entrevista se preguntó cuál sería el sentido de volver. “¡Todo el país se fue por la cloaca! Ya casi no me quedan amigos vivos y mis hijas se mudaron a Sudáfrica. Además, en Zimbabwe ya no encontraría el cielo de noches estrelladas que tanto extraño de mi niñez, lo tapó la polución. En Inglaterra tampoco es posible, pero cuando viajé a la Argentina hace años, en el Norte, lo encontré igualito. También me gustó ir al Hipódromo en Buenos Aires y ver a toda esa gente rica que tuvo niñeras inglesas, ¿se puede creer? Tengo amigos allí, me gustaría volver.”

A los 14 años dejó el colegio de monjas y se dedicó a todo tipo de trabajos, incluido el de periodista. Autodidacta, como tantas mujeres del sur de Africa que nunca terminaron la educación secundaria (entre ellas Olive Schreiner y Nadine Gordimer), Lessing se formó con los libros que llegaban de Londres. Sus primeras lecturas fueron Dickens, Scott, Stevenson, Kipling; luego descubrió a D. H. Lawrence, Sten-dhal, Tolstoi, Dostoievski. También absorbió los recuerdos amargos que su padre tenía de la guerra. “Todos estamos moldeados por la guerra, retorcidos por ella, pero lo olvidamos”, señaló la escritora. A los diecinueve años se casó con Frank Wisdom y tuvo dos hijos. Pocos años después, al sentirse atrapada en una persona que temía la destruiría, dejó la familia. Pronto se asoció al grupo de lectura del club comunista Left Book. En 1945 se casó con Gottfried Lessing, un judío alemán a quien conoció en una organización marxista en lucha contra el racismo en Ro-dhesia. Ese año ingresó al Partido Laborista de Rodhesia del Sur y en 1949, tras divorciarse, se trasladó a Londres, donde comenzó su carrera como escritora.

Su primera novela, Canta la hierba (1949), sobre una mujer sofocada por el racismo de un pueblo, tuvo una repercusión muy favorable de público y prensa. A raíz de sus recuerdos de infancia, su compromiso con la política y sus preocupaciones sociales, Lessing escribió sobre los conflictos entre culturas, las injusticias y la desigualdad racial. Así como también sobre los elementos contradictorios de la personalidad, y el conflicto entre la conciencia individual y el bien colectivo. Las historias y novelas que publicó en los ’50 y ’60, ambientadas en Africa, condenan el desposeimiento de los africanos negros por los colonos blancos y exponen la esterilidad de la cultura blanca en Sudáfrica. Entre 1952 y 1956 militó en el Partido Comunista, hasta que lo abandonó decepcionada por la evolución del estalinismo, y en ese tiempo participó en campañas antinucleares y contra el régimen racista de Sudáfrica, por lo que tuvo vetada su entrada entre 1956 y 1995. En 1956 fue declarada “persona no grata” en Rodhesia del Sur, y hasta 1982 no pudo regresar al país que la vio crecer. Lessing admite que se volvió intolerante con las ideologías. “Pertenezco a una generación de grandes sueños, de utopías de sociedades perfectas, y lo que ocurrió es que hubo mucha sangre. He observado a gente de mi generación que tenía grandes esperanzas y ahora la veo muy rezagada respecto de sus expectativas. Ya no creo en esos sueños perfectos y maravillosos”.

Entre 1952 y 1969 escribió la pentalogía con tintes autobiográficos Hijos de la violencia –versión modernizada de los folletines del siglo XIX, conocida como Martha Quest por el nombre de su protagonista–, que se desarrolla gran parte en Africa. Esta serie es, según la Academia Sueca, “innovadora en su forma de representar el pensamiento y condiciones de vida de la mujer emancipada”. Su obra más conocida es El cuaderno dorado –publicada en 1962 y por la que obtuvo el Premio Médicis de Francia a la mejor novela extranjera–, que convirtió a Lessing en icono del movimiento feminista para su gran sorpresa, “lo cual prueba que uno escribe algo y nunca sabe en qué va a terminar”. No es que ahora sea antifeminista: Lessing cree que las feministas tienen objetivos equivocados. “La revolución sexual de la década del ’60 está muy bien”, aseguró, pero “el feminismo de los años ’60 se disolvió en cháchara inútil”.

“Los escritores somos mercancía, como los libros que vendemos”, escribió. Y a la pregunta de si se consideraba también una mercancía, contestó: “Lo creo de verdad. Los editores nos usan para vender nuestros libros”. Lessing plantea que el escritor sufre una especie de doble personalidad. “Nos gusta estar en casa, con jeans y una camisa ancha, rodeados de libros y escribiendo. Pero nadie te salva de ponerte una sonrisa cuando hay que promocionar el libro. Entonces el escritor se convierte en una especie de reina madre”. Lessing es autora de Un hombre y dos mujeres (1963), En busca de un inglés (1965), Instrucciones para un viaje al infierno (1974), El último verano de Mrs. Brown (1974), La costumbre de amar (1983), Cuentos africanos (1984), Diario de una buena vecina (1987), La buena terrorista (1987), Si la vejez pudiera (1988, bajo el seudónimo Jane Somers) y El quinto hijo (1989), y los más recientes Las abuelas (2005) y El sueño más dulce (2006). En el prólogo de esta novela, que iba a ser el tercer volumen de su autobiografía, la escritora confiesa que espera “haber sido capaz de recrear el espíritu de la década de los sesenta, una época que, vista retrospectivamente y comparada con lo que vino después, parece sorprendentemente inocente”. Y agrega: “Hubo en ella poco de la maldad de los setenta o de la fría codicia de los ochenta”.

Escribió además varios trabajos sobre gatos, obras teatrales, y en 1997 colaboró con el estadounidense Phillip Glass en el libreto operístico The marriages between zones three, four and five. En 2001 participó en el Proyecto Biblia de la editorial germana Fischer, donde una serie de comentaristas, entre ellos la autora británica de libros policíacos P. D. James y el músico Nick Cave, ofrecieron una singular visión de la Biblia. El año pasado, en el Hay Festival, en Segovia, habló de su última novela, The cleft (“La hendidura”), obra de ciencia ficción que trata de imaginar lo que ocurre en un mundo sólo de mujeres en el que de pronto aparecen los hombres. Lessing señaló que los hombres son introducidos para “animar” al mundo perezoso de las mujeres. “En mi opinión es para lo que sirven. El cromosoma Y vale para animarlo todo.” Cuando le preguntaron si creía que los hombres hacen las guerras, la escritora respondió: “No noto que las mujeres, cuando llegan a primeras ministras, sean particularmente pacíficas. Nos gusta pensar que son maternales y amables y que no van a ir a la guerra, pero no es cierto, ¿no es así?”, ironizó. “Nosotros tuvimos una primera ministra, la señora Thatcher, que condujo con gran éxito una guerra contra Argentina. Es una idea absurdamente sentimental pensar que las mujeres pueden hacer más por la paz que los hombres. No hay pruebas históricas. Siempre hubo mujeres muy guerreras y racistas”.

Fuente: http://tinyurl.com/3bsdpy