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30 may. 2011

Stanislaw Lem - Do yourself a book

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La historia del auge y fracaso de Do yourself a book es muy aleccionadora. Aquel tumor maligno del mercado editorial suscitó polémicas tan violentas, que su propia exacerbación hizo pasar a un segundo plano el fenómeno mismo. Por consiguiente, los factores que causaron el hundimiento de la empresa quedan poco claros hasta hoy. Nadie se propuso efectuar un sondeo de la opinión pública respecto al caso. Tal vez con razón; tal vez el público que había decidido la suerte de la empresa lo hizo sin saber qué hacía.

El invento estaba en el aire desde hace unos veinte años y sólo hay que sorprenderse de que no haya sido realizado antes. Recuerdo muy bien los primeros ejemplares de aquella «construcción novelística». Era una caja con el formato de un libro bastante grande, que contenía unas instrucciones, un índice y un conjunto de «elementos de construcción». Esos elementos eran unas tiras de papel de anchura desigual, con fragmentos de prosa impresos en ellas. Cada tira tenía en el margen unos agujeritos, que servían para la encuademación, y unas cifras de varios colores. Ordenando todas las tiras conforme a la numeración en color «básico», negro, se obtenía un «texto inicial», compuesto casi siempre por dos obras de la literatura mundial, adecuadamente abreviadas. Si todo el juego hubiera tenido que servir sólo
para esa reconstrucción, hubiese carecido de sentido y de valor comercial. Lo tenía, empero, gracias a la posibilidad de barajar los elementos. Las instrucciones solían indicar unos ejemplos de variantes de recombinación, determinadas por las cifras de color en los márgenes. La patente del invento fue sacada por la «Universal», utilizando libros cuyos derechos de autor ya habían caducado. Eran obras de clásicos tales como Balzac, Tolstoi o Dostoievski, abreviadas para el caso por un equipo anónimo de la editorial. Es de suponer que los inventores dirigían esas mezcolanzas a cierta clase de gente, capaz de divertirse deformando y adulterando las versiones originales de las obras de arte. Coges Crimen y Castigo o Guerra y Paz y haces con sus personajes lo que se te antoje. Natasha puede acostarse con quien quieras antes de la boda y después de ella; Svidrigailov, casarse con la hermana de Raskolnikov; este último, escapar a la justicia y marcharse con Sonia a Suiza; Anna Karenina engañará al marido no con Vronski sino con un lacayo, etc. La crítica atacó al unísono este vandalismo; el editor se defendió como pudo, incluso con cierta destreza.

Las instrucciones incluidas en la caja afirmaban que el juego enseñaba el manejo de las reglas de la composición del material novelístico («¡Ideal para los escritores novatos!»), que podía ser utilizado como test psicológico de carácter proyectivo («Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres»). En una palabra, lo presentaban como un «trainer» para los candidatos a escritores y una diversión para todos los aficionados a las bellas letras.

No era difícil percatarse de que las intenciones de los editores no eran tan nobles. Las instrucciones de la «Universal» advertían al comprador del peligro de las combinaciones «impropias». Se referían a las inversiones de los fragmentos de un texto que conferían un sentido perverso a escenas originalmente blancas como la nieve. Si se intercalaba una sola frase, una conversación inocente entre dos mujeres adquiría matices lesbianos, y se podía conseguir incluso que en las dignas familias de Dickens se practicara el incesto: en fin, cualquier cosa. La «advertencia» era, naturalmente, un aliciente para hacer lo «prohibido», pero estaba formulada de una manera que impedía cualquier acusación al editor por atentado contra el pudor. Claro, él avisaba en las instrucciones que aquello no debía hacerse...

Enfurecido ante la falta de recursos (el asunto era legalmente inatacable, los editores supieron organizarse muy bien), el conocido crítico Ralph Summers escribió en aquel entonces: «Por lo visto, la pornografía actual ya no es suficiente. Hay que envilecer analógicamente todas las obras anteriores, no solamente desprovistas de intenciones sucias, sino abiertamente contrarias a ellas. Ese triste sucedáneo de la Misa Negra que cada uno puede celebrar en su casa, pagando cuatro dólares, sobre el cuerpo indefenso de los clásicos asesinados, es una auténtica ignominia.»

Sin embargo, pronto se vio que Summers había exagerado en su papel de Casandra: el negocio era menos próspero de lo previsto por los editores. Fue lanzada, pues, al mercado una variante nueva de la «construcción»: un tomo compuesto de hojas en blanco, en las que se podían enganchar las tiras impresas sin ninguna preparación previa, ya que tanto éstas como las páginas del tomo iban recubiertas por una fina película magnética monomolecular. Gracias al nuevo invento, el trabajo de «encuademación» se simplificó notablemente. Pero esta innovación tampoco tuvo éxito. ¿Se habría negado el público —como suponían algunos idealistas (ya muy escasos hoy día)— a colaborar con los «verdugos de las obras de arte»? Yo creo que la búsqueda de razones tan elevadas carece, por desgracia, de justificación. Al emprender el negocio, los editores se basaron en su esperanza de encontrar muchas personas que disfrutarían con el nuevo juego. Lo indican ciertos párrafos de las «instrucciones», del estilo, por ejemplo, de éste: «¡El Do yourself a book te ofrece un poder casi divino sobre el destino humano, el mismo que hasta ahora era privilegio exclusivo de los mayores genios del mundo!» Ralph Summers lo interpretó así en uno de sus artículos más combativos: «¡Podrás rebajar al instante lo que era elevado y manchar lo que estaba limpio. Tendrás al mismo tiempo la agradable sensación de libertad de no hacer caso de las teorías de un Balzac o un Tolstoi cualquiera, puesto que tú mismo serás dueño de arreglarlas a tu antojo!»

A pesar de todo —cosa sorprendente— los candidatos a «mancilladores» eran pocos. Summers preveía el florecimiento de «un sadismo nuevo, entendido como agresión a los valores constantes de la cultura», y, sin embargo, los Do yourself a book apenas se vendían. Hubiera sido agradable poder creer que la reacción del público se debía a «aquella dosis natural de sano juicio y rectitud que unos tráfagos subculturales querían eliminar» (L. Evans en «Christian Science Monitor»). El que escribe estas líneas no comparte —¡y le hubiera gustado hacerlo!— la opinión de Evans.

¿Qué ha pasado, pues? Algo mucho más sencillo, según creo. Para Summers, Evans, para mí, unos centenares de críticos escondidos en las revistas trimestrales universitarias y para unos cuantos miles más de cráneos ovoides del país, Svidrigailov, Vronski, Sonia Marmeladov, o bien Vautrin, Anita de la Colina Verde, Rastignac... son personajes bien conocidos, íntimos, incluso a veces más corpóreos que muchas relaciones de carne y hueso. Para el gran público son sonidos huecos, unos nombres que no designan a nadie. Por lo tanto, a Summers, Evans, a mí, la unión de Svidrigailov con Natasha nos horrorizaría, mientras que al público le importaría lo mismo que la unión de Fulano con Mengana. Al no poseer para el gran público el valor de símbolos estables —tanto de la nobleza de sentimientos como de la maldad depravada— esos personajes no incitaban a ningún juego, perverso o no. Eran, simplemente, del todo neutros. No interesaban a nadie. Los editores, a pesar de su cinismo, no se dieron cuenta de esa circunstancia, porque no calibraron correctamente la situación de la literatura en el mercado. Si alguien ve un valor enorme en un libro, el uso de este libro para restregarse en él los pies le parecerá no sólo un acto de vandalismo, sino una especie de Misa Negra, tal como lo sentía y escribía Summers.

Pero la indiferencia hacia esta clase de valores culturales ha ido en nuestro mundo mucho más allá de lo que imaginaban los promotores de la empresa. Nadie quería jugar a Do yourself a book, no porque se negara noblemente a depravar los tesoros de la literatura, sino porque no veía ninguna diferencia entre el libro de un escritorzuelo de cuarta fila y la épica obra de Tolstoi. Ambos le tenían totalmente sin cuidado. Aun si el público tuviera «ganas de pisotear», desde su punto de vista «no había nada interesante por pisotear».

¿Comprendieron los editores esa singular lección? En cierto sentido, sí. No creo que se hayan percatado del estado de cosas siguiendo la línea de razonamiento que acabo de exponer, pero —guiados por el instinto, el olfato y el presentimiento— empezaron a sacar al mercado unas variantes de la «construcción» que se vendían mejor, porque no pretendían nada más que la composición de textos puramente pornográficos y obscenos. Los últimos supervivientes de la especie de los espíritus elevados respiraron con alivio al ver que por fin se dejaba en paz los venerables restos mortales de las obras maestras. El problema dejó de interesarles y de las columnas de las revistas literarias de élite desaparecieron los artículos donde los críticos se rasgaban las vestiduras y esparcían ceniza sobre sus cabezas (ovoides). Era lógico, ya que todo lo que ocurre en la zona literaria no perteneciente a la élite no importa nada en absoluto al Olimpo de las Bellas Artes y a sus diosecillos.

El Olimpo se despertó una vez más cuando Bernard de la Taille construyó, a partir de un juego llamado The Big Party y traducido al francés, una novela que recibió el «Prix Femina». Hubo, además, un escándalo, porque el sagaz francés no había advertido al jurado que su novela no era totalmente original y que procedía de una «composición». Por otra parte, la novela de De la Taille (Guerra a ciegas) no está desprovista de valores. Es evidente que su construcción exigía capacidades y nociones que los compradores de Do yourself a book normalmente no suelen poseer. Ese caso aislado dejó la situación tal como estaba. Se veía claramente desde el principio que la empresa oscilaba entre la farsa tonta y la pornografía comercial. Do yourself a book no trajo fortuna a nadie. Los espíritus elevados, acostumbrados al minimalismo, están ahora llenos de alegría porque los protagonistas de novelones sensacionalistas ya no entran en los salones tolstoianos y las doncellas de alma pura y noble, como la hermana de Raskolnikov, ya no tienen que acostarse con los depravados tipos del hampa.

En Inglaterra vegeta todavía una versión humorística de Do yourself a bookSe editan allí unos juegos de construcción que sirven para componer textos cortitos según las reglas del pure nonsense. El literato de estar por casa se divierte mucho cuando en su micronovela vierten en una botella toda una reunión de gente en vez de zumo de fruta, cuando Sir Galahad tiene una aventura amorosa con su caballo, o cuando el sacerdote juega en el altar, durante la misa, con trenes eléctricos, etc. Se ve que los ingleses se entretienen con estas cosas, ya que algunos periódicos tienen incluso una sección fija dedicada a esas elucubraciones. En el continente, en cambio, los Do yourself a book prácticamente dejaron de existir. Para terminar, citaré aquí la opinión de un crítico suizo cuya explicación del fracaso de la empresa es diferente de la mía: «El público —dice— es ya demasiado perezoso como para tener ganas de violar, desnudar o atormentar a alguien personalmente. Para eso hay profesionales. Los Do yourself a book hubieran tenido éxito, tal vez, si hubiesen aparecido unos sesenta años atrás. Al nacer demasiado tarde, murieron en el parto.» ¿Qué podemos añadir a esta constatación, fuera de un hondo suspiro?


En Vacío perfecto


7 mar. 2011

"No soy del todo indecente". Entrevista a Stanislaw Lem por Stanislaw Berés

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—Su deseo de darle un trato especial a Golem y dedicarle más atención que a los demás libros, revela que le otorga usted una particular importancia.
—He de reconocer que el esfuerzo que empleé en escribir este libro es incomparable con el esfuerzo de haber escrito cualquier otro. Sin embargo, a la vez, me quedé con la sensación de cierta carencia, sobre todo en lo que respecta a la segunda parte que intenté disimular mediante el epílogo. Allí permití que se insultara y despreciara a Golem, que sus abismales divagaciones fueran injuriosamente bautizadas como un delirio paranoico de una monstruosa mente en descomposición. Fue un truco cuyo objetivo era asegurar mejor mis flancos.

Lo cierto es que este terraplén de defensa pudo haberse reforzado mediante referencias a la propia construcción de Golem. El libro consiste, al igual que algunos de los conocidos sistemas filosóficos, en fragmentos que han de constituir una unidad. Contamos con la conferencia inaugural, la conferencia XLIII, así como con los comentarios. Habría bastado, simplemente, con escribir cuarenta y una conferencias y la sensación de carencia se habría equilibrado.
—He de decirle que en mis cuadernos dispongo de fragmentos de varias conferencias -así como de una conferencia íntegra de Golem- dedicadas a las matemáticas. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de que en este caso existía cierta desproporción que consistía en que mi competencia en las más atrevidas manifestaciones de la matemática contemporánea es insuficiente y que, por otro lado, aún con toda su insuficiencia, sería totalmente indigerible para mucha gente. El hecho de incluir conferencias de este carácter, habría llevado a una dicotomía: para muchos de los destacados matemáticos la propuesta habría sido insuficiente y, para los demás lectores, incomprensible en su totalidad. Se trata de tal cantidad de hermenéutica endemoniada que no me atreví a enviar ese material a la imprenta, aunque me consta que el editor sí lo habría publicado. Como ve, no soy del todo indecente... sin mencionar la moderación y la piedad hacia mis lectores, calidades que poseo. Además, tengo una profunda sensación de que se trata de un asunto cerrado al que no merece la pena volver.

—¿Y de dónde proviene este convencimiento?
—Considero que sería prescindible intercalar cualquier conferencia de Golem entre la primera y la última. No solamente a causa de mi incompetencia sino, sobre todo, por pura intuición, algo imposible de justificar con nada. Esto ocurre a veces cuando uno escribe libros: ¡basta!, ya he escrito todo lo que quería decir. Es necesario decirse: ¡fin!. No está bien excavar sobre un terreno que ya está, más o menos, controlado.

—De acuerdo, no se puede luchar contra la intuición. Le preguntaré por otra cosa: ¿está usted dispuesto a considerar Golem un compendio de sus actuales conocimientos sobre el mundo y sus reglas internas?
—No sin importantes restricciones. O sea que sí. Quiero decir que algunas de las cosas tuve que hacerlas tal y como las hice porque me importaba obtener efectos simplemente escénicos. En el libro, tuve que crear la sensación de una mente mayor de que la que realmente poseo. Por tanto, ciertos asuntos que no eran para mí del todo claros, están disimulados en la novela.
Cuando uno se plantea explicar su filosofía de vida, debería hacerlo de manera totalmente honesta y confesar honradamente: esto lo sé, esto no; aquí tengo mis dudas y aquí no las tengo. Para mí como autor era imposible fragmentar el discurso de forma tan radical porque tuve que suponer que, si Golem se quedaba sin decide algo a la gente era porque, o bien no quería, o bien porque se trataba de algo tan sabio que nadie lo entendería.
A nivel general diría lo siguiente: en cuanto a la casualidad de la creación del hombre, muchas de las ideas que expresa Golem están en concordancia con mis convicciones, con la diferencia de que están pronunciadas con gran énfasis. Golem considera que es necesario rechazar por completo la vida sentimental del hombre, incluidos los principios del Evangelio. Yo, por supuesto, no lo pienso. Golem es abogado de una idea según la cual el hombre debería "abandonar al hombre" con el fin de convertirse en un ser más simpático y más listo. Por supuesto yo nunca he postulado semejante programa y, para decir verdad, es imposible de llevar a cabo en serio. Del mismo modo, la teoría sobre la relación del código genético entre determinados individuos y especies que, según Golem, tan sólo fortalecen este código, es mi propia teoría, sólo que aquí está expuesta con bastante exageración. Podemos observar una particular polarización y cambio de posturas, sin embargo algunas de las consideraciones de Golem son mías propias.
Si lleváramos el libro a nivel de un acontecimiento donde Golem se despide de la humanidad, tampoco habría que tomarlo muy en serio. Soy un misántropo, pero no tan grande como Golem. El libro es una especie de proyector que traslada las imágenes bastante ampliadas. Si disminuyéramos considerablemente las proporciones, resultaría que ahora ya se trata de mis ideas.

—¿Y sabe usted por dónde pasa la línea de demarcación entre el autor y su creación? ¿Es capaz de separar con precisión a Lem de Golem y viceversa?
—Es bastante difícil contestar a esta pregunta. Tendría el mismo sentido preguntar al campeón mundial de saltos de pértiga qué parte del éxito corresponde a sus logros personales y qué es indiscutiblemente propio de cualquier salto.
Tengo cierta idea de lo que yo llamo la razón, pero ni siquiera soy capaz de articularla plenamente. Habitualmente se manifiesta, de modo indirecto, cuando escribo precisamente este tipo de libros. Este concepto puede resultar inadmisible para un montón de personas cuya inteligencia está al mismo nivel que la mía. Al contrario que Golem, a quien desprovee de toda personalidad, supongo que yo sí la poseo, por tanto mis predilecciones han tenido que resultar permeables al "protagonista" de manera imperceptible para mí.

—¿Se refiere a que, en contra de la voluntad y declaraciones de Golem, le fue contagiando usted de la "humanidad" de su propio pensamiento?
—Verá usted, yo no soy ninguna mente "libre", sólo he fabricado algunas imitaciones. Es como si intentara falsificar los billetes de forma que no se puedan distinguir de los auténticos. Sin embargo, el hecho de que alguien falsifique el dinero no significa que esté convencido de estar fabricando originales. No estoy seguro de que mis propios convencimientos en muchas materias se conviertan en territorios fronterizos, vagos e inciertos. Como Lem no sería capaz de formular semejantes constataciones de manera igualmente categórica y apodíctica que Golem. El hecho de que Golem puede hablar con tanta agudeza se debe a que falsifiqué la seguridad de sus afirmaciones.

—Entonces, ¿no teme que Golem se convierta en una trampa para usted y que le sea difícil separarse de sus ideas? Llevamos tiempo hablando y yo sigo teniendo la sensación de que, una y otra vez, volvemos a este libro en concreto y que, en realidad, estamos dando vueltas como arañas en la red de Golem. El horizonte de ideas que propuso usted en este libro, puede llegar a ser un territorio del que le será difícil escaparse hacia nuevas perspectivas.
—Las ideas que posee una persona en un momento determinado de su vida, suelen parecer definitivas. (...) Quiero decir que las ideas que, desde la perspectiva de un determinado momento histórico y vital, parecen estables, pueden dar un salto cualitativo. No obstante, teniendo en cuenta que se trata de la fase final de mi vida, es difícil considerar que yo pueda cambiar sustancialmente mis ideas. Sin embargo, la manera de presentarlas en caso de Golem es un efecto de elaboración artística. Esto desempeña un papel muy importante. Fíjese que, en el momento en el que Golem empieza a hablar, de forma automática se decide una cuestión -de ninguna manera es tan obvia- que la inteligencia "artificial" puede superar la humana. En el libro se supone que esto es posible, así que aquí ya no se puede entrar en discusiones de ningún tipo. Verá, entonces, que en mi razonamiento hay más puntos de interrogación que en el razonamiento de Golem, pero por motivos de construcción y literarios, fue imposible rendir cuentas exactas de ello. El propio carácter literario del texto resolvió muchas de estas cuestiones de antemano.
Reasumiendo, pues, diré que Golem no cierra ni agota nada. No contiene la totalidad de mis convencimientos sobre los asuntos más destacados del género humano y del cosmos.
Tampoco considero que Golem nos dé derecho a estar en posesión de la verdad absoluta. No es ningún "Lem en polvo" cuya disolución en agua nos proporcionará toda una paleta de respuestas. Nada de eso.

—El libro del que estamos hablando, se caracteriza por una "densidad" importante del discurso y un elevado nivel de teorización. A ratos nos da la sensación de que tenemos que ver con un texto estrictamente científico. ¿No se planteó otorgarle a este libro una mayor diferenciación literaria? Si hubiese desarrollado más, por ejemplo, el plano de los acontecimientos que, de forma eficaz, habría evidenciado las posibilidades intelectuales de los gigantes de máquinas y, mediante la trama e ilustración, pudo haber convertido el libro en menos "pesado". Seguro que me dirá enseguida que no le interesaba ni lo más mínimo.
—No, para nada diré que lo que acaba de decir no se pudo haber hecho. Tampoco diría que este factor no esté presente en ningún grado. Pude haber extendido a toda la trama los intentos de atentados y la historia de la desaparición referidos en el epílogo, pero no me "pegaba" porque habría supuesto trasladar los acentos que yo, de ninguna manera, quería trasladar. Al fin y al cabo, es uno de mis treinta y cinco libros, por tanto nadie que lee a Lem está únicamente condenado a Golem. Además, durante el simposio llamado Instrat, dedicado a mi obra (que tuvo lugar en Berlín del Oeste), escuché una propuesta contraria, es decir: abstraer del texto algunos de los conceptos futuristas creíbles. Por tanto, diferentes personas esperan cosas diferentes. Yo partí del convencimiento, creo que racional, de que si alguien iba a querer leer sobre todo historias sensacionales, no pasaría ni siquiera de la parte de las conferencias que le resultarían una ración excesiva de lastre indigesto.

—Está hablando como si nunca lo hubiera hecho. Sobre todo está usted construyendo una dicotomía que para nada es necesaria. A mí me gusta más una tarta con pasas, piña y cobertura de chocolate, que una tarta desprovista de todas estas delicias. ¿Es que por culpa de estos suculentos ingredientes la tarta perderá sus propiedades básicas?
—Tendrá usted razón, por supuesto, pero es una cuestión subjetiva. Si un libro así cayera en mis manos yo, en primer lugar, quisiera saber qué es lo que este tipo electrónico quiere decirme. El mito sobre la aparición de un supercerebro electrónico lleva vagando por el mundo desde hace mucho tiempo. Y, dado que no he oído ni dos palabras seguidas razonables, pronunciadas por esta bestia electrónica, pensé que ya lo sabía todo sobre cómo semejante cerebro había maltratado a la humanidad y viceversa. Al igual que me sabía muchas otras historias que la ciencia ficción está cocinando constantemente, pero, en aquel momento, únicamente quería escuchar lo que él tenía que decirme a mí. Simplemente me dije: "Que este ordenador empiece a hablar de una vez, lo demás no importa". Por tanto, surgió a raíz de una petición formulada a la literatura (...) de forma muy intensa y categórica y, dado que no encontré allí ni una sola palabra con sentido, la petición volvió hacia mí por rebote y ya no pude escaquearme. (...)

—En cualquier caso, Golem es una máquina. Piensa, pero está desprovisto de personalidad.
—Es cierto que está desprovisto de personalidad, pero, de forma sugerente, puede guardar las apariencias de poseerla. Semejante aparato, por sí sólo, puede, pues, jugar a multitud de juegos. Sin embargo, Golem opina que dice la verdad. No tiraniza al hombre para disgustarlo. Creo que la intencionalidad del ámbito del sadismo o de la agresión le es ajena por completo. Pero tampoco considero que, incluso un ser impersonal, tenga que estar desprovisto de la intencionalidad aunque sólo sea porque ésta constituya una norma y una base de pensamiento de carácter universal. Al menos es lo que yo pienso de la Mente Elevada. Finalmente, no existe una razón para que esta mente no posea el sentimiento de, digamos, misión.

—Por fin ha reconocido que el concepto de Mente, pronunciado por Lem, se basa en un alto nivel de ética que se manifiesta en una actitud cognitiva desinteresada que, en la misma medida, funciona hacia dentro que hacia fuera.
 —¿Y por qué no? Él dice que es un filósofo al ataque, que está desprovisto del elemento humano y que su elección es libre. Pero, en su fascinación por el misterioso universum, se topa con el hombre. El pensamiento de ilustración que él en algún grado manifiesta, puede ser de carácter particular de las mentes que están justo por encima del nivel cero, o sea, nivel humano. No es hasta un nivel superior, cuando esto puede desaparecer por completo.
Si Golem posee la libertad de elección, y ésta es mayor que la de cualquier humano, puede también tener antojos. ¿Por qué no iba a tener antojos? De nuevo, esto puede ser un juego, al igual que el ajedrez. ¿Para qué sirve? ¡Para nada! Para mí se trata de una cuestión, en gran medida, autotélica. Su manera de hablar claramente indica que Golem se divierte a escondidas con la idea de haber sustituido todos los seres como Buda, Jesucristo y Dios. No porque quiera posicionarse aquí, sino porque en la jerarquía no existe un papel superior. Ahora él será el profeta. ¿Por qué no?

—Cada vez con mayor fuerza Stanisław Lem se abre el paso a través de Golem.
—No es el resultado de mis ambiciones personales. Efectivamente, esto tiene más que ver con Lem que con Golem. Si digo algo no es porqué esté dispuesto a compartirlo, o porque me suponga un beneficio, o lo vayan a tener los demás... No soy capaz de explicar esta presión. Pienso que estaré más satisfecho si consigo comunicar algo -incluso si no se comentará o no será comprendido- antes de introducirlo en una botella cargada de plomo y arrojarlo al abismo. Aquí, sin duda, se entrelazan diferentes cuestiones. Sin embargo, no soy capaz de cortar del todo el cordón umbilical que me une con Golem. Soy consciente de que no es ninguna aclaración, ni justificación, sino más bien rendir cuentas del estado de las cosas.

—Naturalmente este concepto altruista de la Razón me desarma, pero ¿no cree que realmente pueda trasladarse a los super ordenadores?
—Creo que no se trata del altruismo en el sentido estricto de la palabra. Golem podría ser destructor, pero no lo es. Incluso llegué a considerar un abanico de temibles armas que él podría haber inventado para acabar con el género humano, pero no se me ocurrieron motivos que le llevarían a hacerlo. Si no es un ser humano, no puede ser particularmente malicioso. ¿Por qué iba a desear un mal a la gente, en vez del bien? Esto es lo que entrelaza con mi concepto de Razón que acaba de mencionar y según el cual ninguna Razón tiene motivos para disfrutar con el sufrimiento y desgracia ajenos. Da igual de quién sea.
Hasta donde me conozco, nunca intento hacer desinteresadamente el mal a nadie quien no me molesta. Puedo aplastar una mosca, pero sólo si me importuna. No me tiro encima de los perros, de los gatos, ni de las hormigas. No me tiro encima de nadie. No voy a serrar un árbol para disgustarlo, sino porque necesite una tabla. La razón es inseparable de la idea del racionalismo. No hay ningún motivo para que yo haga sufrir a nadie. Al contrario. Seguro que recuerda un precioso fragmento de los Diarios de Gombrowicz donde él está tumbado en una playa y se dedica a poner boca abajo a los incontables escarabajos para que no sufran. Él teme el sufrimiento y lo hace sin tener constancia de que su ayuda les aporte algo a esas criaturas. Lo entiendo perfectamente. Estoy pensando, que una impronunciada hipótesis de mi libro, sería una determinada característica de la racionalidad. Sin embargo, le advierto que, como dice el propio Golem, no se trata de una característica que abarque todos los tipos de la razón.

—Reconozco que la tarea de identificarse con Golem, un ser monstruoso en cuanto al intelecto y difícil de dominar, no es una bagatela. En este libro eligió usted una encarnación patético-profética con fuertes toques de charlatanería. Las posibilidades del destinatario condicionan habitualmente la elección del modelo erístico. ¿Realmente el público multifacultativo de Golem se dio cuenta de este modelo?
—(...) Golem no puede hablar de forma que él mismo hubiese querido porque nadie le entendería. Tiene que contenerse y auto-limitarse. Cuando baja de la montaña de su sabiduría para encontrarse con los mediocres, no les puede transmitir todo lo que se le ha ocurrido en las alturas. Ha de "sintonizar" su voz a un determinado nivel en el que se mantendrá consecuentemente.

—Este truco me resulta comprensible y, de alguna manera, natural en caso de las obras con esta construcción, pero me parece que Golem es exageradamente parlanchín, ampuloso y coqueto en la capa lingüística.
—Es cuestión de gustos. Aún no tengo una actitud definitiva hacia el último discurso de Golem, pero el primero de ellos lo escribí hace tanto tiempo que soy, más bien, capaz de distanciarme a la hora de leer. Lo considero conseguido y las personas con cuya opinión cuento especialmente, también piensan lo mismo. Por desgracia, bastante calidad de este lenguaje se ha perdido en las traducciones. Lo cierto es que autorizo los textos, pero este trabajo tiene sus limitaciones. Si Golem utiliza ciertas expresiones de Adam Mickiewicz, habría que rebuscar en toda la obra de Goethe para encontrar el equivalente en alemán y en la de Shakespeare para reflejarlo en inglés. Volviendo a la versión polaca, sé que hay unos cuantos sitios que dejan de ser tesis legibles, sino que son su mistificación, dado que yo no sabía lo que, en determinados momentos, debería saber Golem. Pero no pienso descubrir estos apartados, que cada lector se esfuerce bajo el lema: "buscad y encontraréis".
Desde el punto de vista de fraseología y estilo es, naturalmente, un juego; no mío, sino de una máquina que, por otro lado, tampoco lo esconde, sino que subraya que se viste con preciosas ropas bordadas, etcétera. Sin embargo las ropas son una simple ornamentación exterior. Se trata del contenido que metí dentro de la forma y este contenido me satisface plenamente. Probablemente si esta sabia fábula cobrara un cuerpo, no sería capaz de comprender el auténtico discurso del auténtico Golem. De todas formas, los fragmentos de otras conferencias que taché eran meritoriamente más difíciles de descifrar y justo por ese motivo, prescindí de ellos, pero también porque quise ser comedido en las hipótesis que presenta la máquina. Empleé la moderación de forma intuitiva, la única posible.

— (...) No pretendo cuestionar este camino, pero lleva hacia los horizontes que Tadeusz Peiper llamó en su momento "el arte para doce". En este caso se trata de "doce" científicos.
—Realmente es una pena que tan sólo un especialista de alto rango sea capaz de darse cuenta de lo que en mis trabajos está articulado de manera totalmente seria, aunque metido dentro de un contexto que desprovee al contenido de la seriedad universitaria. Un inexperto de ningún modo puede descubrirlo, por tanto todo le parece extraño y, si su actitud es más favorable, percibe en ello una especie de juegos locos y zancadas dentro del vacío del significado.
En una ocasión, en las páginas de una de las revistas más serias de Alemania del Oeste dedicadas a la ciencia ficción, dos jóvenes intentaron hablar de Golem, pero resultó que, por carecer de una preparación especializada, no fueron capaces de trazar la frontera entre lo que merecía la pena considerar una hipótesis y lo que había que tomar por una especie de juego fantástico que Lem se había inventado para epatar.

—En fin, es el precio que hay que pagar por la elección de un campo de actividad como este.
—De acuerdo, pero a veces me parece increíble cuando pienso en mí mismo, que hay miles de millones de personas con imaginación y competentes dentro del marco de creación de hipótesis, pero nadie se dedica a lo que yo hago. ¿Cómo es posible que sólo haya un loco que se esfuerza en solitario en un rincón perdido del territorio eslavo, entre el Polo Norte y los Balcanes? Incluso, desde mi preferido punto de vista estadístico, se deduce que en el mundo debería haber al menos unos cuantos Quasi-Lems, Anti-Lems, Para-Lems o Proto-Lems, pero la realidad es que no.
Afortunadamente esto me estimula y pretendo, a medida de mis posibilidades biológicas en decrecimiento, lograr algo más en mi pequeña isla. Pero he de hacerlo desde el convencimiento de que nadie quiera sustituirme en ella.

—(...) La suposición general de Golem es la convicción de que el pensamiento, por tanto la consciencia, puede llegar a ser un atributo no sólo del ser humano. ¿En qué se basa?
—Es cierto que Golem sugiere que puede plantearse una bifurcación de la fuerza intelectual y de la existencia personal. Quiere decir que no todas las personas que son increíblemente listas han de ser Alguien. Es posible ser un Don Nadie Muy Listo. Me parece posible aunque dispongo de muy pocos datos para apoyar este convencimiento. El hecho de ocuparse de las cuestiones de la inteligencia y plantearlas únicamente en términos de razonamiento, nos hace llegar a la conclusión de que nos hallamos al límite del razonamiento y no podemos dar más de sí. Pero si lo miramos desde una perspectiva, nos daremos cuenta de que el grado de habilidad de ingeniería que demuestra el cerebro del mejor ingeniero del mundo es mucho menor que, por ejemplo, el grado de habilidad de ingeniería que representa la pata de un elefante o el trasero de una abeja. Allí simplemente se han invertido unos colosales conocimientos tecnológicos que nosotros no solamente no podemos alcanzar, sino ni tan siquiera copiar. Pero sabemos que eso existe, esto es incuestionable y si ha podido existir puede que consiga adaptarse. En la actualidad la polémica en este campo reside en plantear la duda: ¿en qué grado es necesario considerar el factor de tiempo en el proceso de adaptar los tesoros tecnológicos de habilidad conseguidos mediante evolución natural? La mayoría de los investigadores considera que, si la evolución ha necesitado mil millones de años de ensayo y error, es imposible coger ningún atajo real.

—¿Cómo les contesta?
—Yo no puedo contraponer nada más, aparte de una débil, pero desesperada esperanza de que no es así. Si no se puede hacer nada sin este factor de miles de millones de años, todo está perdido.

—¿Por tanto, en qué basa esta débil esperanza? ¿No será que en un pensamiento ilusorio?
—Cuento con que simplemente sabemos muy poco y vamos en dirección equivocada. En Summa Technologiae presenté un neblinoso boceto de la sistemática de las sucesivas aceleraciones. A modo de ejemplo: ¿para qué construir siguientes generaciones de ordenadores reales si podemos construirlos matemáticamente dentro de un gran ordenador? Este ordenador se convertiría en una placenta dentro de la cual se crearían esquemas matemáticos de las siguientes generaciones. Al cabo de un tiempo dispondríamos de una red de ordenadores: una red dentro de la cual se producirá un "embarazo" informático-tecnológico que durará hasta el momento en el que, desde sus adentros, nazca algo que será el primer "protagolem". A día de hoy, nadie puede decir que esto sea imposible.
Es el único consuelo que me queda. Hay cosas que ni siquiera me planteo, la ciencia ficción se ha hartado de machacar, como, por ejemplo los "viajes en el tiempo". En estas fantasías se esconde el convencimiento de que todo lo que la ciencia considera barreras absolutas (como la barrera lumínica), es posible de superar. No, yo no soy tan optimista. Es preciso distinguir entre un fantaseo irresponsable y el razonamiento, moviéndose por un camino sin barreras de portazgo de las prohibiciones o leyes naturales establecidas y consideradas definitivas. No existe ninguna ley natural -al menos hasta el momento- que diga que la mayor eficiencia que pueda alcanzar un sistema de información y análisis equivalga precisamente a la que pueda alcanzar la mente humana.

—En sus palabras percibo un deseo increíblemente fuerte de "agujerear" el muro que la biología ha construido sobre nuestro pensamiento. Esta insistencia en golpear el "techo" de su propia eficacia mental y el deseo de salir al exterior es para mí un testimonio estremecedor de una profunda disonancia entre usted, como hombre biológico, y usted como substancia "pensante".
—A modo de respuesta le leeré algo que debería interesarle. Es un fragmento de carta que me envió Stanisław Mrożek después de la lectura de Golem. Le entregué un ejemplar del libro por ser un viejo amigo, sin esperar que se lo fuese a leer. Pero volvió a sorprenderme y escribió lo siguiente: "Leí Golem estando aún en Varsovia [...]. La tristeza de este libro me es cercana. No sé si los reseñadores se han fijado en ella. Pero si se han fijado, no se trata de la misma tristeza que yo reconocí en ella [...]. Supongo que los problemas de Golem son, en cierta medida, tus problemas. Con el agravante adicional de que tú eres un hombre verdadero y Golem no lo era. Si digo que la tristeza del libro me es cercana, no es porque tenga algo que ver con Golem. Tú eres un poco Golem, no yo, y al mismo tiempo que te envidio mucho por ello, sé que no tengo por qué, ya que es una vida muy dura. Tan sólo estoy hablando de la tristeza que surge al chocarse con los límites con los que, por mucho que quiera engañarme, no puedo.
Ahora, si nos preguntamos de qué límites se trata y dónde están, no tiene ninguna importancia. En lo que a mí respecta, más bien me vuelvo a alejar de los límites, en lugar de intentar superarlos. Vale ya con esta inutilidad."


Nota
De Conversaciones de Stanisław Bereś con Stanisław Lem (Wydawnictwo Literackie, 2002. Cracovia, Polonia). Traducción: Joanna Orzechowska.


Foto: El País