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11 sept. 2012

Richard Leakey: De mitos y moléculas

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Homo erectus, la especie del joven turkana, representaba un punto crucial en la evolución humana. Más o menos todo cuanto había precedido a Homo erectus había sido claramente simiesco en aspectos importantes: parte de su anatomía, su ciclo biológico, su comportamiento. Y todo cuanto vino después de erectus fue ya clara y distintamente humano. El joven turkana formaba parte de una mutación crucial en la evolución humana, cuando las semillas de la condición humana que sentimos hoy dentro de nosotros arraigaron firmemente. Además de cambios importantes en la forma global del cuerpo y en las pautas de vida, Homo erectus estuvo en la vanguardia de un nuevo desarrollo del tamaño del cerebro, un avance en la capacidad mental.

Estoy convencido de que estuvo en el verdadero origen del germen de la compasión, la moralidad y la conciencia, que hoy consideramos señas de nuestra identidad.

Hay que ver este giro decisivo desde una perspectiva temporal y biológica, tomando en consideración tanto la época en que apareció por primera vez la familia humana como los debates en torno a la fecha de esos orígenes.

El «relato» de los orígenes humanos es más o menos el siguiente: Érase una vez, hace muchos, muchos años, una especie de simio un tanto insólito de África que tuvo que abandonar su bosque tradicional porque un clima más frío había reducido regular y sistemáticamente la capa forestal. Nuestro simio, pleno de recursos, se aferró a esta oportunidad ecológica y en su nuevo habitat, ahora completamente abierto, empezó enseguida a experimentar una serie de cambios evolutivos. Poco a poco logró mantenerse erguido y desplazarse sobre dos Patas, en lugar de cuatro; empezó a hacer y utilizar útiles y armas de piedra; A aducir el tamaño de sus afilados dientes caninos y a aumentar el tamaño de su cerebro.

Se estableció un sistema de retroalimentación positiva, donde cada desarrollo llevaba al siguiente: cuanto más erguido, más podía usar sus manos; cuanto más usaba sus manos, más erguido tenía que mantenerse; cuanto más inteligente, tanto más podía confiar en su tecnología lítica. Poco a poco llegó a convertirse en una versión primitiva de nosotros, erguido e inteligente, un hábil fabricante de útiles, un experto cazador. Se erguía triunfante en las llanuras de África, dejando que simios menos hábiles permaneciesen escondidos en las mermadas zonas boscosas, en pleno retroceso.

Esta fue la fantasía -y utilizo la palabra con plena conciencia- que predominó en antropología durante mucho tiempo, sobre todo porque parecía plausible. Los principales elementos de la historia son dos: primero, alcanzar la condición humana requería iniciativa y esfuerzo, y los simios siguieron siendo simios porque no se emplearon a fondo. Segundo, la transformación evolutiva de simio a humano tuvo que ser instantánea, porque las tres cualidades que, en nuestra opinión, nos separan de los simios -el bipedismo, la fabricación de útiles, y una gran inteligencia- empezaron a emerger desde el mismísimo principio. En otras palabras, el primer miembro de nuestra familia ya fue semejante al moderno ser humano, aunque con una forma primitiva. Estos dos elementos, creo, nos dicen mucho sobre nosotros mismos, sobre lo que significa el tema de los orígenes humanos para profesionales y no profesionales.

El primer elemento de la fantasía -la idea de la iniciativa y el esfuerzo en la evolución humana- estaba explicitado en los libros de antropología de las primeras décadas de nuestro siglo, pero por suerte hoy ya no es tan evidente. Aunque los antropólogos actuales ya no piensan en términos de iniciativa y esfuerzo como parte del proceso evolutivo, todavía persiste un cierto recelo a la hora de aceptar que todo el proceso estuvo regido por el azar y la circunstancia. La desaparición del segundo elemento — que el primer homínido ya era humano en aspectos fundamentales- es mucho más reciente. Sólo la evidencia del registro prehistórico obligó finalmente a reconocer que ser homínido no equivale automáticamente a ser humano, por muy primitivo que sea.

Un ensayo publicado en 1922 por el profesor de biología de la Universidad de Princeton, Edward Grant Conklin, nos da una idea concisa y clara de lo que significaba evolución en aquella época: «La lección del pasado evolutivo nos enseña que no puede haber progreso de ningún tipo sin lucha». Grafton Elliot Smith, un eminente antropólogo británico de la misma época, escribió que nuestros antepasados «se vieron obligados a salir de sus bosques y a buscar nuevos recursos alimentarios y un nuevo medio abierto donde poder obtener lo necesario para vivir». Elliot Smith también caracterizó la evolución humana como «la incesante lucha del hombre por alcanzar su destino», sin dejar resquicio de duda acerca del hecho de que llegar a ser humano era un premio a ganar por méritos; e, incidentalmente, de que había un objetivo precioso -su destino- en juego.

Esto por lo que se refiere a los humanos, pero ¿qué hay de nuestros primos hermanos los simios? Los antropólogos de la época no albergaban dudas acerca de las diferencias con respecto a nosotros. «¿Por qué, entonces, el azar evolutivo ha tratado a ambos, al hombre y al simio, de forma tan distinta? -preguntaba Arthur Keith, un contemporáneo de Elliot Smith-. El uno se ha quedado en la oscuridad de su jungla nativa, en tanto que el otro ha experimentado un glorioso éxodo hacia el dominio de la tierra, el mar y el cielo.» La explicación de Elliot Smith era tan inequívoca y mordaz como un mal informe de final de curso escolar: «Mientras el hombre evolucionaba a través de la lucha contra las condiciones adversas, los antepasados del gorila y del chimpancé renunciaron a la lucha por la supremacía mental porque estaban satisfechos con sus circunstancias». Es decir, los simios tuvieron la misma oportunidad evolutiva que nosotros, pero la echaron a perder por indolentes. ¡A quien madruga Dios le ayuda! Si bien estos sentimientos pueden parecer hoy ridículos, no hay que olvidar que eran moneda corriente, y muy seria, entre los más eminentes científicos de la época. Su postura se apoyaba en dos tipos de supuestos, unos científicos, otros sociales. Los científicos se formaron a partir de un registro fósil incompleto. Ahora sabemos que la mejor manera de describir la historia evolutiva de la mayoría de los grupos -como los homínidos o los grandes mamíferos- es mediante un árbol genealógico, con muchas ramas que terminan en puntos muertos. Estos puntos muertos son las especies que se extinguieron en distintos momentos.

Lo importante a destacar aquí es que la probabilidad de que una especie determinada se extinga viene determinada tanto por factores externos, por ejemplo por un cambio cataclísmico de habitat, como por factores internos, por ejemplo su nivel de adaptación o de complexión corporal. Asimismo, la posibilidad de que una especie concreta inicie una divergencia evolutiva, produciendo dos especies-hijas, también viene determinada por las circunstancias externas y por las propiedades de la especie madre.

De ahí puede inferirse que la supervivencia y los cambios de una especie a lo largo del tiempo vienen condicionados tanto por la buena suerte como por los buenos genes. 

Pero aunque un paleontólogo consiguiera obtener muestras de, digamos, sólo un 10 por 100 de las especies que realmente existieron dentro de un mismo grupo, obtendría una imagen incompleta del árbol evolutivo, porque parecería como si hubiera habido tendencias unívocas en el tiempo, tendencias como el aumento del tamaño del cuerpo, la longitud de la dentadura, y el tamaño de las astas o cuernos. El ejemplo clásico es la historia evolutiva del caballo, considerada durante muchísimo tiempo como el resultado de tendencias unidireccionales hacia el aumento de su tamaño corporal, hacia la reducción del número de uñas, el cambio de su estructura dental, etc. Actualmente, un registro fósil más completo evidencia que la historia evolutiva del caballo no fue una tendencia inexorable, sino el clásico árbol, una serie de especiaciones y extinciones fortuitas. No es infrecuente, por ejemplo, que el tamaño corporal disminuya en algunas de las ramas, y éstas acaben, también fortuitamente, por extinguirse.

Las tendencias, reales o imaginarias, poseen un poderoso y atractivo sentido de inevitabilidad. Dan la impresión de que el rasgo anatómico en cuestión es conducido hacia una dirección determinada. Si a ello añadimos la importancia que Elliot Smith y sus colegas otorgaban al medio social en la evolución humana, resulta una perspectiva muy particular. El contexto social, a finales del siglo pasado y principios de éste, en pleno auge del expansionismo victoriano y eduardino, implicaba necesariamente el éxito mediante el esfuerzo. Había grandes recompensas en la nueva era industrial, pero no para los indolentes, sino sólo para aquellos que verdaderamente se lo ganaran a pulso. La misma ética social se insinuaba en el pensamiento científico, especialmente en el campo de la evolución.

William King Gregory, una de las figuras más importantes de la antropología en las primeras décadas de este siglo, leyó con cierto escepticismo los escritos de Elliot Smith y de otros sobre el supuesto lugar elevado que ocupaba el hombre en la naturaleza. En 1928 escribió:

La posición erecta que ha permitido al hombre mirar hacia el mundo inferior de los cuadrúpedos bien pudiera ser una de las bases del colosal e inexpugnable complejo de superioridad del hombre. La noción contraria, la de que el hombre es todavía un animal a cuatro patas parcialmente readaptado, es hasta el momento considerada impía e incluso blasfema por parte de muchos portavoces acreditados de millones de personas en Boston, Dayton y algunos puntos en el oeste y en el sur.

Gregory, del Museo Norteamericano de Historia Natural, fue uno de los pensadores con mayor visión de futuro de su tiempo y nunca se cansó de luchar contra su jefe en el museo, Henry Fairfield Osborn, quien no podía aceptar que los simios tuvieran algo que ver en la evolución humana. Los comentarios de Gregory sobre el origen de nuestro complejo de superioridad -el hecho de andar sobre dos pies- tienen su mérito. Porque lo que estaba en juego entonces era la intrusión de la ética victorianoeduardina del trabajo en las teorías científicas. Pero poco a poco este concreto baño social que recubría la explicación científica fue desapareciendo. Pero aunque la fraseología más florida de Elliot Smith y sus contemporáneos desapareció de los textos antropológicos, algo quedó en ellos de su esencia, como la sonrisa del gato de Cheshire.

Los simios ya no aparecían descritos como fracasos debido a la falta de esfuerzo, pero se consideraba implícitamente que habían llegado a un punto y aparte en términos de evolución. David Pilbeam, hoy en la Universidad de Harvard, lo explicaba así: «Todo el mundo aceptaba que los grandes simios estaban estrechamente relacionados entre sí, primitivos de alguna manera, y que los humanos habían hecho todo el camino evolutivo a partir del último antepasado común, mientras que los simios apenas habrían cambiado». En otras palabras, mira un chimpancé y verás una versión viviente de nuestro lejano y remoto antecesor. Pero es una premisa incorrecta.

Lo primero que se aprende trabajando durante muchos años con fósiles es que las especies cambian en el tiempo, unas veces mediante cambios sutiles, otras mediante cambios espectaculares. Y lo segundo que se aprende es que las criaturas del pasado no son simples versiones primitivas de especies existentes o supervivientes. Alan Walker trabajó hace poco en una especie fósil que ilustra perfectamente este principio paleobiológico. El fósil es el de Procónsul, una criatura parecida al simio que vivió en África hace 18 millones de años. Mi madre encontró el espécimen original, un cráneo exquisito, en 1948, en la isla Rusinga, en el lago Victoria. Desde entonces se han recuperado muchas partes del esqueleto, y muchos esqueletos diferentes, y aquí radica el interés de la historia. Dice Alan:

Tal vez Procónsul fuera un antepasado de los futuros simios de África, pero no es un simio en el sentido habitual que damos hoy al término. Por ejemplo, algunos huesos del tobillo son finos y típicamente de mono, pero el dedo gordo del pie es robusto y típicamente de simio. La misma pauta híbrida se aprecia en la pelvis: el ilion, o parte superior, es la de un mono del Viejo Mundo, mientras que el acetábulo [el lugar de la articulación con la cabeza del fémur] es ancho y poco profundo, como en los grandes simios. La muñeca es similar a las muñecas de los monos del Viejo Mundo, mientras que el hombro y el codo son claramente simiescos.

En otras palabras, este animal presentaba un mosaico de rasgos que ahora encontramos en dos grupos completamente separados -dos superfamilias diferentes, en jerga biológica-, además de alguna que otra novedad anatómica que le era propia. La implicación evidente, como señala Alan, es que «Procónsul no encajaba en el molde anatómico concreto de un simio moderno, ni tampoco su conducta fue la de éste».

La lección aquí es que, si queremos especular acerca de cómo fueron los antepasados inmediatos de los humanos y de los grandes simios modernos, no podemos esperar a que un día se encuentre un modelo viviente concreto, un fósil viviente. Dejarse guiar por la anatomía moderna sí, pero sin que nos limite. Charles Darwin y su amigo y defensor Thomas Henry Huxley reconocieron vínculos anatómicos entre los humanos y los simios africanos, el chimpancé y el gorila. Estos son nuestros parientes más próximos, dijeron, por lo tanto hay que empezar por ellos. Pero aun así, no es oro todo lo que reluce. Existen matices en la formación de las estructuras anatómicas que sólo ahora empezamos a comprender. Y sin una comprensión global de estas sutilezas, siempre cabrá la posibilidad de error a la hora de inferir estrechas relaciones evolutivas entre especies que comparten una misma estructura anatómica. Y es incontestablemente cierto, claro, que los paleontólogos sólo pueden estudiar las estructuras anatómicas de «las partes duras» de las especies, es decir, los esqueletos. Sabemos que la piel y el cabello, especialmente su color y textura, suelen ser diferentes entre especies que poseen una estructura ósea similar, o incluso idéntica. Es un hecho con el que nosotros, los que tratamos sólo con huesos fosilizados, tenemos que convivir.

Una vez identificado un vínculo entre los simios africanos y los humanos, Darwin aventuró la hipótesis de que la familia humana emergió en África. Tenía razón. Todas las especies homínidas más antiguas se han descubierto en África, y sólo en África. Sólo con Homo erectus nuestros antepasados fueron más allá del continente africano. Una razón de más para considerar a Homo erectus como un hito importante en la historia de la evolución humana.

Darwin también formuló la noción de que un conjunto de características de tipo humano -bipedismo, fabricación de útiles y un cerebro más grande- evolucionaron a la vez y concertadamente. Este es el segundo de los dos elementos primordiales de la fantasía antropológica de la última generación, según la cual desde el mismísimo principio, los homínidos ya fueron esencialmente humanos en sus aspectos fundamentales. En 1871 Darwin escribía en su Descent of Man and Selection in Relation to Sex:

Si era una ventaja para el hombre tener las manos y los brazos libres y poder sostenerse firmemente de pie, de lo cual no cabe duda alguna dado su éxito preeminente en su lucha por la vida, entonces no veo razón para que no fuera igualmente ventajoso para los progenitores del hombre desarrollar esa cualidad erguida. Las manos y los brazos no habrían podido liberarse ni llegar a ser lo suficientemente perfectos para poder fabricar armas, o útiles de piedra y venablos con una finalidad concreta, si hubieran tenido que seguir cargando con todo el peso del cuerpo… o asegurando la vida en los árboles.

Nuestro pequeño antepasado bípedo, productor de armas y cazador de la sabana, pudo desarrollar una mayor inteligencia gracias a una interacción social más intensa, dijo Darwin. Y los grandes caninos también acabarían desapareciendo.

Los primitivos antepasados masculinos del hombre tuvieron probablemente… grandes dientes caninos; pero a medida que fueron adquiriendo la costumbre de usar piedras, palos u otras armas para luchar contra sus enemigos o rivales, utilizaron cada vez menos sus mandíbulas y dientes. Y las mandíbulas y los dientes acabarían disminuyendo de tamaño.

En ausencia casi completa de evidencia fósil, Darwin había elaborado unas líneas generales plausibles, enfatizando los atributos principales de la humanidad como motores fundamentales de la transición de simio a humano. «Para Darwin, el primer paso evolutivo divergente de nuestros antepasados respecto del último antepasado común de hombres y simios ya contenía todo lo que más tarde se identificaría -y valoraría- como "humano" -dice David Pilbeam-. Resultaba tan plausible, la imagen era tan fuerte, que persistió hasta hace muy pocos años.» La persistencia de este poderoso acervo evolutivo desempeñó un rol importante en un debate, hoy famoso en los anales de la búsqueda del origen del hombre, entre los antropólogos y los bioquímicos acerca del origen de la familia humana. David estuvo muy implicado en este debate, al principio como uno de los antropólogos más destacados, luego como paladín de los bioquímicos. Su cambio de posición tuvo importantes consecuencias para nuestra disciplina, al legitimar lo que podríamos llamar la antropología molecular.

Desde que se creó nuestra disciplina, los antropólogos nos hemos basado en la evidencia fósil para reconstruir la historia de la evolución humana. Sabemos que la evidencia fósil no siempre es fácil de interpretar. Existen problemas evidentes de interpretación en nuestras teorías cambiantes sobre la historia humana y en nuestras diferencias de opinión sobre fósiles concretos. Pero los fósiles han supuesto siempre nuestro vínculo más directo con el pasado. Luego, en los años sesenta, se introdujo otra línea de investigación: los datos moleculares de los genes y de las proteínas de criaturas vivas, como nosotros o como nuestros parientes más próximos, los simios africanos.

La idea de utilizar evidencia molecular para verificar cuestiones de parentesco o afinidad genéticos es básicamente honesta. Una vez que un antepasado común inicia una divergencia, y se divide en dos especies hijas, su material genético irá acumulando gradualmente errores, o mutaciones, y las especies se irán diferenciando gradualmente cada vez más entre sí. Cuanto más lejana en el tiempo se halle la divergencia evolutiva inicial, tanto mayor será la diferencia genética acumulada. Y como las mutaciones se acumulan regularmente a lo largo del tiempo, aparece lo que los bioquímicos llaman un reloj molecular: los cambios en el tiempo producidos por la acumulación de mutaciones. Midiendo el grado de diferencia genética acumulada entre dos especies emparentadas, puede calcularse el momento en que empezaron a divergir una de otra.

A principios de los años sesenta, Morris Goodman, de la Universidad Estatal de Wayne, introdujo este tipo de evidencia molecular en la antropología al demostrar la estrecha relación genética existente entre los humanos y los simios africanos, los chimpancés y los gorilas, y la distancia entre los humanos y el gran simio asiático, el orangután. Pero fueron los bioquímicos de Berkeley, Alian Wilson y Vincent Sarich, quienes llamaron realmente la atención de la comunidad antropológica al sugerir en 1967 que la evidencia molecular mostraba que los humanos y los simios habían divergido unos de otros hace unos cinco millones de años. En aquellos años, los antropólogos creían que esta divergencia había tenido lugar mucho antes, al menos hace unos quince o hasta incluso treinta millones de años.

Sarich dijo en un momento dado de forma un tanto provocadora: «Ya no es posible considerar homínido a un espécimen fósil de más de ocho millones de años, independientemente de su apariencia». Su lógica era tan sencilla como retadora: cualquier parecido de un fósil con más de cinco millones de años (más un par de millones de años como margen de seguridad) con rasgos anatómicos homínidos tiene que ser meramente accidental. Un fósil de estas características podía parecer un homínido, pero no lo era, afirmó, porque era demasiado arcaico.

A ningún científico le gusta que le digan que la opción de su enfoque científico es inútil, y menos por alguien exterior a la profesión. Es lógico, por consiguiente, que las palabras de Sarich fueran recibidas con muy poco entusiasmo por parte de la mayoría de antropólogos. Durante más de una década se estableció una abierta hostilidad entre ambas disciplinas científicas, durante la cual los antropólogos atacaron virulentamente el trabajo de Sarich y de Wilson, y se negaron a incorporarlo a los modelos de los orígenes humanos. «Durante todos aquellos años los paleoantropólogos hicieron como si no existiéramos», se lamenta Wilson. «Fuimos desatendidos por casi todo el mundo -añade Sarich-, o bien denigraron nuestros resultados y métodos.» La primera vez que oí hablar a Vince Sarich fue en 1983, en una conferencia sobre dieta y evolución humanas impartida en Oxnard, a unos cien kilómetros al norte de Los Ángeles. Todo lo que había oído sobre él parecía ser verdad. Es un hombre enorme — en estatura, en voz, en ego. Y tiene una habilidad especial para irritar a los paleontólogos como yo. «La clave del pasado es el presente», espetó, lo que evidentemente era un guante lanzado directamente contra la utilidad de los fósiles, mis indispensables útiles profesionales. «¿Cómo podemos pretender comprender el pasado sin estudiar los fósiles?», quise saber. Sarich contestó con una versión de uno de sus famosos aforismos: «Yo sé positivamente que mis moléculas tuvieron antepasados, pero ustedes los paleontólogos sólo pueden hacer conjeturas acerca de la posible y esperada descendencia de sus fósiles». Este es, en resumen, el debate en el que Sarich, Wilson y la comunidad antropológica estaban enfrascados desde hacía casi veinte años.

La cuestión fundamental que dividía a antropólogos y a bioquímicos -¿cuándo apareció el primer miembro de la familia humana?- parece bastante simple. Pero la cuestión práctica para los antropólogos era cómo reconocer este tipo de fósil en una excavación. «Lo reconocíamos -o creíamos reconocerlo- cuando veíamos parte del acervo darwiniano -explica David-. A partir de una evidencia fósil fragmentaria construimos un retrato completo del primer homínido. Dijimos que probablemente fue bípedo, que probablemente fabricaba útiles, que era social y que probablemente también cazaba.» El fósil en que se basaba todo este discurso era un fragmento de la mandíbula superior de un primate. El rasgo crucial era que los dientes caninos eran pequeños, claramente distintos de los de un simio, pero semejantes a los humanos. Había también otros rasgos que parecían vincular el fósil al pasado humano, tales como la forma de los premolares, el grosor del esmalte de los dientes, y la supuesta forma de la propia mandíbula.

«Cuanto se necesitaba en un fósil eran caninos pequeños y la convicción de que se trataba de un homínido, v todo lo demás venía por añadidura» -explica David ahora-.

Esta visión global reflejaba la creencia de que el primer homínido ya fue una criatura muy especial, bien situado en el camino humano. Es sobre todo un animal cultural.» Esta pequeña mandíbula fósil, llamada Ramapithecus, la encontró en 1932 un joven investigador, G. Edward Lewis, en depósitos de quince millones de años de edad, en la India. Pero hasta 1961 Ramapithecus no saltaría a la fama como el primer miembro putativo de la familia humana. Elwyn Simons, entonces en la Universidad de Yale, volvió a estudiar el fósil de Lewis, y concluyó que Ramapithecus era un homínido, y publicó un artículo histórico en este sentido. Muy pronto David se unió a Elwyn en Yale y durante una década sus nombres estuvieron inextricablemente unidos en la promoción del Ramapithecus como el primer miembro de la familia humana que, decían, evolucionó hace por lo menos quince millones de años, o tal vez treinta. La tesis Simons-Pilbeam pronto se convirtió en ciencia infusa entre la profesión y, como la mayoría de mis colegas, yo la apoyé. Luego Vince Sarich y Alllan Wilson entraron en escena y declararon que Simons y Pilbeam y el resto de nosotros, los antropólogos, estábamos completamente equivocados.

El final de la historia es hoy de todos conocido. Los antropólogos nos vimos obligados a admitir que nos habíamos equivocado y que Sarich y Wilson estaban más próximos a la verdad de lo que cualquiera de nosotros había podido imaginar. Las estimaciones genéticas practicadas en los años que siguieron a la famosa publicación de Wilson y Sarich en 1967, a veces utilizando proteínas, otras veces con diversas formas de ácido nucleico, apuntaban todas ellas a una divergencia de fecha reciente, próxima a los cinco millones de años, tal vez un poco antes. Actualmente suele decirse que la fecha se sitúa «en algún punto entre los cinco y los diez millones de años», con los 7,5 millones de años de media. En 1980 y en 1982 importantes descubrimientos de simios fósiles procedentes de Turquía y de Pakistán encajaban con los argumentos con que Sarich y Wilson nos habían estado bombardeando durante trece años. Recuerdo haber dicho en una conferencia en la Royal Institution de Londres: «Me asombra pensar que no hace ni un año hice las afirmaciones que hice sobre la evidencia del reloj molecular». Yo no había sido tan franco como mis colegas, pero había sido indudablemente negativo. «Creo que los moleculares están más cerca de la verdad de lo que nosotros estábamos dispuestos a reconocer», añadí, aún en un tono un tanto conservador.

Para David Pilbeam, la experiencia fue difícil pero también saludable. En 1983 escribió:

Soy menos optimista que antes acerca de la información que los fósiles pueden proporcionar sobre la secuencia y cronología de la evolución de la divergencia [humano-simio]. Uno se siente mucho más cómodo utilizando evidencia molecular si quiere estar seguro de la localización y cronología de los puntos de divergencia. Y resulta difícil admitir algo así para alguien que fue educado en la creencia de que todo cuanto necesitábamos saber sobre la evolución podía encontrarse en los fósiles. La evidencia fósil es importante, claro, pero sólo es útil para abordar algunas de las cuestiones que tenemos planteadas.

Lo que le indujo a error en Ramapithecus, dice David, fue la semejanza anatómica. 

«Vimos unos pocos rasgos anatómicos que parecían implicar relación, y los aceptamos acríticamente.» David y Elwyn cayeron en una trampa que nos amenaza a todos en nuestra profesión: anatomía similar no siempre implica estrecha relación evolutiva. En la evolución, una anatomía idéntica puede aparecer en dos grupos sin relación entre sí cuando se adaptan a presiones idénticas de selección natural. El episodio de Ramapithecus sirvió para que muchos de nosotros fuéramos mucho más conscientes de la trampa. Pero al revés que David, yo todavía confío mucho en nuestra capacidad para reconstruir acontecimientos evolutivos basados únicamente en los fósiles. Tal vez esta actitud refleja la testarudez de alguien para quien la anatomía es mucho más familiar que la biología molecular. Pero, aunque resulta difícil, estoy convencido de que podremos identificar las relaciones genéticas invisibles contenidas en la anatomía que tenemos delante.

Vincent Sarich cree que el episodio nos dice mucho sobre la naturaleza de nuestra meta -comprender el lugar de los humanos en el universo de las cosas- y también sobre la metodología científica.

Tal como yo lo veo, el problema básico no tiene nada que ver con la evidencia, ya sea molecular o paleontológica, sino con la dificultad que la mayoría de nosotros tenemos para aceptar la realidad de nuestra propia evolución -dice Sarich-. Hemos desarrollado suficiente madurez intelectual como para que un rechazo abierto de la realidad de la evolución humana sea imposible. Su aceptación positiva, empero, es más fácil cuanto mayor es la distancia en el tiempo que nos separa de nuestros supuestos antepasados.

Sospecho que el argumento tiene cierto valor. A pesar de la racionalidad que caracteriza al ser humano, encontramos efectivamente difícil -emocionalmente, en todo caso- vincularnos a nosotros mismos al mundo de los simios a través de una cadena continua de herencia genética. En el marcado ambiente antievolucionista que prevalece en gran parte de los Estados Unidos, sería sorprendente que los antropólogos profesionales no se sintieran aludidos de alguna forma, o que al menos no intentaran inconscientemente hacer más aceptable el hecho de nuestra evolución alargando la cadena el máximo posible, alejando a los humanos del resto de la naturaleza. El resultado de estos últimos veinticinco años de antropología biológica y molecular es que contamos con un hito fundamental en la evolución humana: el origen de la familia homínida, hace unos 7,5 millones de años, más o menos. Cuando el joven turkana emergió a la vida hace 1,6 millones de años, la familia humana ya hacía tiempo que poblaba aquellos parajes.


En Nuestros orígenes (1992)
Barcelona, Crítica-Grijalbo, 1994