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6 jun. 2013

Descarga: Jacques Le Goff - La civilización del Occidente medieval

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Descarga: Jacques Le Goff - La civilización del Occidente medieval

Entre la leyenda negra de una «edad de las tinieblas» y la leyenda áurea de una belle époque medieval, se encuentra la realidad de un mundo de monjes, guerreros, campesinos, artesanos y mercaderes sacudidos por la violencia circundante, el ansia de paz, la fe en la revolución y la sed de expansión. Una sociedad atormentada por la obsesión de sobrevivir que logra dominar el espacio y el tiempo; roturar los bosques; agruparse en torno a los poblados, los castillos y las ciudades; e inventar ciertas máquinas, el reloj, la universidad y el concepto de nación. Este universo recio e impulsivo es la cuna de Occidente, un mundo de seres «primitivos» que transformaron la tierra manteniendo los ojos fijos en el cielo, introdujeron la razón en un universo simbólico, establecieron un equilibrio entre la palabra y la escritura e inventaron el purgatorio situándolo entre el paraíso y el infierno. Desde Escandinavia al Mediterráneo, desde el mundo celta al eslavo, el sistema feudal coloca en su lugar las estructuras, las mentalidades, las contradicciones y las inercias que la cristiandad latina ha legado a la sociedad y la civilización occidentales del mundo actual.

29 dic. 2007

Jacques Le Goff y Nicolas Truong - El sueño en la época medieval

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Los sueños bajo vigilancia

En la Antigüedad , la interpretación de los sueños era una práctica corriente. En las ferias, en los mercados, los adivinos populares ejercen su oficio, interpretan los sueños de los ciudadanos por una suma módica, un poco como las mujeres que leen la buena ventura y las personas que se dedican a las distintas mancias. En su domicilio, o incluso en el templo, una serie de intérpretes de oficio, como auténticos especialistas, daban a los hombres de la Ciudad la clave del significado de sus sueños. Los onirománticos no son tal vez tan estimados como los augures o los arúspices, esos sacerdotes que leen en las entrañas de las víctimas o en el vuelo de los pájaros, pero se los escucha y consulta corrientemente.

Apariciones, sombras o fantasmas, los sueños del paganismo griego y romano provienen del mundo de los muertos. Los sueños «falsos» y los «verdaderos» se distinguen cuidadosamente, como hace Homero en la Odisea , donde Penélope percibe las dos puertas del sueño, la de marfil de donde salen los sueños engañosos, la de cuerno de la que emanan los sueños que se cumplen. 0 Virgilio, que en la Eneida y en el surco de Homero distingue sueños engañosos y sueños premonitorios. Numerosas teorías oscilan entre valorización y denigración. Pitágoras, Demócrito y Platón creen en su veracidad. Diógenes y Aristóteles los devalúan y aconsejan la incredulidad respecto a ellos. Se establecen tipologías, como la de Cicerón, que en De divinatione (I, 64) distingue tres fuentes del sueño: el hombre, los espíritus inmortales y los dioses.

Los antiguos clasificaban asimismo los sueños según su naturaleza y establecían una jerarquía entre los soñadores. A finales del siglo IV, Macrobio (hacia 360- 422) proporciona a la cultura pagana su tratado de los sueños más logrado. En su Comentario del sueño de Escipión, el polígrafo y enciclopedista, miembro de un grupo de vulgarizadores de la ciencia y de la filosofía antigua, distingue cinco categorías de sueños: somnium, visio, oraculum, insomnium y visum. Dos de ellas no tienen «ninguna utilidad ni significación». La primera es el insomnium, el sueño turbado, que se convertirá con Ernest Jones - psicoanalista y biógrafo de Freud (1), en la pesadilla. La segunda es el visum, forma de fantasma, de vagabundeo onírico ilusorio. Son «falsos» sueños, para retomar las categorías de Homero y de Virgilio. Los otros tres anuncian el futuro. De forma velada en el caso del sueño enigmático, el somnium; de manera segura en la profética visio; por mediación de los parientes, de los sacerdotes o incluso de la divinidad que previenen claramente al durmiente acerca de un acontecimiento por venir en el sueño oracular (oraculum).

En el período en el que las interpretaciones paganas y cristianas se mezclan, es decir, del siglo II al IV, los hombres oscilan entre interés manifiesto (sueños de conversión, de contacto con Dios o de martirio), inquietud paciente e incertidumbre. Un «semiherético», Tertuliano, propone entre 210 y 213 el primer Tratado sobre los sueños del Occidente cristiano. Fiel a las interrogaciones de su tiempo, este no mans land en el que se encuentran un alma y un cuerpo perdido entre el sueño y la muerte lo inquieta. Pero rehúsa convertirlo en algo propio del hombre, ya que el sueño es para él un fenómeno humano universal del que no están exentos ni los niños ni los bárbaros: «¿Quién podría ser lo suficientemente ajeno a la condición humana como para no haber percibido una vez una visión fiel?», se pregunta en su De anima. Tertuliano elabora a continuación una tipología de los sueños que clasifica según su fuente: los demonios, Dios, el alma y el cuerpo. Los sueños que se producen según él al finalizar el sueño están vinculados con la posición del durmiente, así como con su alimentación. Una vida sobria favorece incluso los sueños de éxtasis.

Cuando el cristianismo se impone como la ideología dominante a partir del siglo IV, la cuestión del sueño, uno de los fenómenos más enigmáticos de la humanidad, no puede ya evitarla la religión en el poder. La herencia de la cultura pagana inquieta y angustia ante todo. En efecto, ya no hay demonios buenos y malos, como en la época grecorromana. Sólo ángeles y demonios, es decir, de un lado la milicia de Dios, del otro, la malicia del Diablo. Y es Satán en persona quien, con mayor frecuencia, envía estas «poluciones nocturnas» a los hombres, interfiere así entre Dios y la humanidad, cortocircuita la mediación eclesiástica. Indisociablemente relacionado con el cuerpo, el sueño se situará según el cristianismo triunfante del lado del Diablo.

Otro motivo para relegarlo: con la religión de Cristo instituida, el futuro ya no pertenece a los hombres ávidos de conocer sus desarrollos, como en la época del paganismo, sino a Dios, el único que sabe: «Que aquellos que observan los augurios o los auspicios, o los sueños o cualquier otro tipo de adivinación, según la costumbre de los paganos, o que introducen en sus casas a hombres para que lleven a cabo investigaciones por arte de magia…, que se confiesen y hagan penitencia durante cinco años», impone un canon del primer concilio de Ancira en 314. La demonización del sueño es una respuesta hábil a una cultura pagana de la interpretación de las verdades ocultas del más allá, que debe hacerse ahora con la mediación y el control de las autoridades eclesiásticas.

Finalmente, el sexo constituye uno de los motivos de sospecha más importantes de la Iglesia en relación con los sueños. Por la noche, la carne se despierta, cosquillea, aguijonea el cuerpo lujurioso. Tentaciones de las que san Antonio será víctima ejemplar y triunfante. Y malestar general frente a los sueños en los que san Agustín, protagonista, no obstante, del primer sueño de conversión en el célebre episodio del jardín de Milán, será una de las figuras indiscutibles. Desde luego, en la práctica, el pueblo recurre ciertamente a los intérpretes, magos - y charlatanes en su gran mayoría- , a fin de dar sentido a este desarreglo sensorial. Pero la noche de los sueños vigilados se abate sobre Occidente durante mucho tiempo. El francés medieval, que juega con la cercanía entre «songe» [sueño] y «mensonge» [mentira], refleja esta sospecha.

Condena moral, pero también distinción social. La igualdad ante el sueño no existe. Sólo una élite tiene «derecho» a soñar: los reyes y los santos y luego, como máximo, los monjes. En el Antiguo Testamento, donde se sueña mucho más que en el Nuevo, el faraón se entera por un sueño de que debe dejar partir a los judíos si quiere deshacerse de las siete plagas de Egipto. Constantino y Teodosio el Grande, los dos fundadores de la cristiandad, descifran las líneas de sus enemigos con la mediación de los sueños. «Por este signo vencerás», oye Constantino antes de librar batalla contra Majencio en el puente de Milvio, cuando ve en el cielo la cruz de Cristo y suena por la noche que Dios le conmina a hacer representar la cruz sobre una enseña. De la misma manera, el Carlomagno de La canción de Rolando sueña de manera profética en cuatro ocasiones, que son otros tantos momentos decisivos. Sueños reales, pero también sueños de santos se elevan al rango divino. Toda la vida de san Martín está, según sus hagiógrafos, marcada por los sueños. El primero será el de su conversión. La noche que sigue al reparto de la mitad de su manto con un pobre, Cristo se le aparece: «Lo que has hecho a un humilde, me lo has hecho a mí», le dice. El segundo marca el de su acción de misionero. Otro, contado por Sulpicio Severo, será el anuncio de su muerte, a fin de que pueda prepararse para ella. Los santos y, muy pronto, los monjes, esos héroes que intentan imitarlos, se benefician también de sueños significativos. Pero para el resto de la humanidad el sueño se desaconseja.

Sueños vigilados y cuerpos controlados: los hombres deben abstenerse de beber en exceso, ya que la embriaguez favorece las visiones pecadoras. Clérigos y laicos también deben evitar ingerir demasiados alimentos, ya que la indigestión alimenta las tentaciones. La forma corporal de la tentación es la visión, uno de los cinco sentidos más esenciales en la Edad Medía , ya que un sueño es un acto, un relato en el que uno ve. De hecho, la doctrina cristiana distingue la categoría inferior de los sueños, designados por el sustantivo somnium, que procede de la raíz latina sommus («sueño»), de las nobles «visiones» (visiones) que dejan entrever una verdad oculta, en estado de vela o de sueño. Por su parte, el francés medíeval sólo conoce para designar al sueño la palabra «songe», a la que se añade la palabra «réve» a partir del siglo XVII.

A partir del siglo XII se produce un giro decisivo, cuando se efectúa una democratización de los sueños. Revolución urbana y reforma gregoriana debilitan el aislamiento y el prestigio monásticos. Los sueños se escapan del recinto del claustro, se desacralizan, se convierten en un fenómeno humano. Los sueños vuelven a tomar cuerpo y basculan incluso del lado de la psicología y de la medicina. Es un renacimiento que se acompaña de teorías e interpretaciones nuevas.

Hildegard de Bingen, a la vez monja visionaria y médico, indica en su tratado titulado Causae et curae (Causas y remedios), que el sueño es el atributo normal del «hombre de buen humor». Portadora de una concepción del hombre y de la mujer en la que el espíritu no está separado del cuerpo, la abadesa rechaza sin embargo en su retórica la corporeidad del sueño, y a veces incluso el onirismo. Jean- Claude Schmitt ha inferido a la perfección el origen de este «rechazo del sueño» que figura en ciertos textos: «Era preciso que Hildegard, al ser una mujer, dijera y mostrara en imágenes que no había soñado, para que estas palabras fueran recibidas como auténticas, a pesar de ser una mujer» (2).

De todos modos, la nueva interpretación de los sueños se vincula a la teoría de los humores y a la fisiología de los soñadores. Contra los «fantasmas diabólicos», Hildegard de Bingen aconseja a los soñadores que «ciñan en cruz el cuerpo del paciente con una piel de arce y una piel de corzo, pronunciando palabras de exorcismo que ahuyentarán a los demonios y reforzarán las defensas del hombre» (3). Sueño y medicina, psicofisiología y psicopatología quedan así imbricados. «Incluso los sueños que parecen ilusorios enseñan mucho al hombre acerca de su estado futuro», avanza Pascal le Romain en su Libre du trésor caché, que testimonia el giro adoptado por el cristianismo en materia de interpretación de los sueños. La renaciente Edad Media enlaza de nuevo con el sueño, sin duda bajo la influencia de la cultura y la ciencia antigua transmitidas por los bizantinos, los judíos y los árabes. «Los hombres cuyos sueños son verdaderos son, sobre todo, los de una complexión templada», dice por ejemplo el filósofo árabe Averroes, retomado en lengua latina. Un mestizaje cuyo testimonio es la floración de «claves de los sueños» que vienen de Oriente.

Se trata de un renacimiento cuyo agente y testigo será la literatura. Así, el El libro de la rosa de Guillaume de Lorris y Jean de Meung (4) best- seller indiscutible de la Edad Media , es una novela onírica, que descansa en el sueño de un joven que desarrolla el hilo en primera persona: «En el vigésimo año de mi edad, en esa época en la que el amor reclama su tributo a los jóvenes, me acosté una noche como de costumbre, y dormía profundamente cuando tuve un sueño muy hermoso y que me agradó mucho, pero en este sueño no hubo nada que los hechos me hayan confírmado punto por punto. Os lo quiero contar para alegraros el corazón … ». Se trata de un artificio literario, pero significativo de un cambio de tono, de estatuto, de concepción.

La autobiografía onírica, que aparece en la Antigüedad y el mundo cristiano naciente con las Confesiones de san Agustín, hace su eclosión en la Edad Media a través de numerosos relatos, como los de las conversiones del monje Otloh de San Emerando (hacia 1010- 1070) y del joven oblato Guibert de Nogent (hacia 1055- 1125). 0 bien en los sueños de Helmbrecht padre, ese campesino modelo de la literatura alemana del siglo XIII, que intenta reconducir a su hijo delincuente hacia el recto camino a través de cuatro sueños «alegóricos» (es decir, enigmáticos sin el recurso de una interpretación culta), o «teoremáticos» (que hacen ver directamente lo que anuncian) (5) La introspección onírica se extiende, la «subjetividad literaria» (6) se afirma y el sujeto humano accede al reconocimiento.

La nueva atracción por el sueño no significa sin embargo el fin de un cuerpo concebido como el receptáculo del alma. Y El libro de la rosa también puede leerse como una advertencia contra el alma vagabunda que abandona el cuerpo dormido: «De este modo, muchas personas, en su locura, creen ser brujas que yerran por la noche con Dame Abonde; cuentan que los hijos terceros tienen la facultad de ir con ella tres veces a la semana; se lanzan por todas las casas, sin temer llaves ni barrotes, y entran por las hendiduras, orificios y gateras a través de casas y lugares extraños, y lo prueban diciendo que las extrañezas a las que han asistido no les sobrevinieron en sus camas, sino que son sus almas las que actúan y corren así por el mundo. Y hacen creer a la gente que si durante este viaje nocturno se les devolviera el cuerpo, el alma no podría volver a él. Pero esto es una locura horrible y una cosa imposible, ya que el cuerpo humano no es más que un cadáver cuando no lleva consigo un alma».

El Occidente medieval vuelve a enlazar con el onirismo del paganismo, modernizándolo y codificándolo. Poco a poco se va instaurando una gestualidad onírica. En la mayor parte de las imágenes medievales, el soñador se encuentra acostado en una cama sobre su lado derecho, con el brazo derecho bajo la cabeza. La postura del cuerpo dominado contra las imposturas del cuerpo desatado: el gesto del soñador está cuidadosamente codificado por la imaginería medieval, que expresa la espera de la intervención divina. Si las representaciones y las autobiografías de los soñadores abundan, cabrá esperar al siglo XVI y a la acuarela de Alberto Durero (1525) para que aparezca una imagen onírica, la de una pesadilla en la que el pintor vio un diluvio de agua abatirse sobre su región. «Cuando la primera tromba de agua batiéndose contra el suelo llegó muy cerca, se aplastó con una tal rapidez, con un tal estruendo, levantando una tal borrasca, que quedé aterrorizado y al despertar temblaba todo mi cuerpo, y tardé mucho tiempo en recuperarme. Al levantarme por la mañana, pinté lo que se ve encima tal lo vi. En cada cosa, Dios es perfecto», anota en la parte baja de su dibujo. Incluso humanizado y racionalizado entre el siglo XII y el XIII, el sueño es un Grial, cuya finalidad sigue siendo Dios. De hecho, será decisivo en la invención del purgatorio, intermediario entre el infierno y el paraíso, el tercer lugar inventado por el cristianismo en la segunda mitad del siglo XII, en el que una visión arrebata a los fieles.

Notas:

(1) Ernest Jones, Le Cauchemar, París, Payot, 1973.
(2) Jean- Claude Schmitt, Le Corps des images. Essais sur la culture visuelle au Moyen Áge, París, Gallimard, col. «Le temps des irnages», 2002.
(3) Jean- Claude Schrnitt, Le Corps, les rites, les réves, le temps. Essais d'anthropologie médiévale, París, Gallimard, col. «Bibliothéque des histoires», 2001.
(4) Guillaume de Lorris y Jean de Meung, Le Roman de la rose, versión de Armand Strubel, París, Le Livre de Poche, col. «Lettres gothiques», 1992; edición castellana: Biblioteca medieval, Editorial Siruela, Madrid, España.
(5) Jean- Claude Schmitt acaba de demostrar que, en el siglo XII, el opúsculo sobre la conversión de Hermann el Judío encadena el relato con el sueño: véase La Conversión d'Hermann le Juif: Autobiographie, histoire et fiction, París, Seufi, 2003.
(6) Michel Zink, La Subjectivité littéraire. Autour du siecle de Saint Louis, París, PUF, 1985

Fuente: ddooss

7 mar. 2007

Jacques Le Goff - Las globalizaciones tienden a violar la historia y la cultura

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Los procesos de globalización suelen mostrar claroscuros. El actual, como ocurrió en otros momentos del pasado, hace de la exclusión y de la destrucción de la memoria las marcas sociales más contundentes.

El conocimiento de las formas anteriores de globalización es necesario para comprender la que vivimos y para adoptar las posturas que conviene asumir frente a este fenómeno. Dos obras escritas en la década del setenta se refieren a una noción capital para el problema: la de economía-mundo. Estos dos libros son el del sociólogo estadounidense Immanuel Waller Stein, The Modern World System, publicado en 1974, y el del historiador francés Fernand Braudel, Le temps du monde de su civilisation matérielle. Economie et capitalisme, Xve-XVIIIe siècle, de 1979.

En el fenómeno actual de la globalización hay una primacía de lo económico, que emerge en Occidente con el capitalismo de los siglos XVI y XVII. Como la principal señal de la mundialización fueron los precios, conviene reflexionar en el hecho de que el dinero es un fenómeno esencial en el corazón de la globalización.

Pero Fernand Braudel insiste enérgicamente en el hecho de que pensar sólo en lo económico sería no sólo un error sino también un peligro. "La historia económica del mundo, escribe, es la historia entera del mundo, pero vista desde un solo observatorio, el observatorio económico. Elegir este observatorio es privilegiar una forma de explicación unilateral y peligrosa."

Subraya que, en toda globalización, hay cuatro aspectos esenciales que constituyen órdenes: un aspecto económico, un aspecto social, un aspecto cultural, un aspecto político. Insiste asimismo en el hecho de que estos órdenes, aun cuando son útiles para analizar el fenómeno, no funcionan y no deben ser considerados separadamente, sino que, en cierto modo, forman un sistema.


Desde los fenicios

Las globalizaciones históricas señaladas por Braudel son: la fenicia antigua, Cartago, Roma, la Europa cristiana, el islam, Moscovia, China e India. Estas globalizaciones, que adoptan también la forma de imperios, en un comienzo se presentaron como construcciones esencialmente políticas: es el caso de Roma, China y la guirnalda de países dependientes de que está rodeada, y de India.

El caso de Roma me parece especialmente interesante porque los romanos tenían el sentimiento y el proyecto de extender su dominio sobre el conjunto del mundo habitado. Había entonces allí una verdadera intención globalizadora. Retomaron el término griego para designar a este mundo habitado -la ecumene- y el imperio romano se presentaba como el gobierno de la ecumene.

Por otra parte, se podrían encontrar globalizaciones parciales, por ejemplo, la Hansa que, en la Edad Media, agrupaba toda una serie de ciudades y corporaciones en la Europa del norte. Aquí aparece otra noción importante cuando se habla de globalización: la noción de red. El fenómeno de la globalización tiende a constituir redes y a apoyarse sobre ellas. La globalización implica que hay un desarrollo y conquista de espacios y sociedades. Hay una respiración de la historia entre períodos de globalización/mundialización y períodos de fragmentación. Pero existe un hilo rojo más o menos continuo de perseverancia de la globalización como futuro de la historia.

Esta tendencia es estimulada por el progreso de las técnicas y los instrumentos de comunicación. Fernand Braudel subrayaba que la globalización capitalista modelaba el espacio político-geográfico. En torno a un centro, una ciudad o una sede de un organismo de impulso como la Bolsa, funcionaban "segundos brillantes" más o menos alejados, y la relación centro-periferia dominaba este sistema espacialmente jerarquizado. Estos fueron sucesivamente Amberes, Amsterdam, Londres, Nueva York. Yo creo más en la importancia de ciertos espacios y Estados económico-políticos. En la antigüedad, fue la Roma mediterránea; desde la Edad Media hasta el siglo XV, Europa; en la actualidad, Estados Unidos.

El dominio de la globalización exige una resistencia razonable y razonada a estas hegemonías. En el fenómeno de la globalización, hay una idea de éxito, de hacer triunfar algo: pero, si hay progresos, al mismo tiempo hay infortunios que están ligados a las globalizaciones históricas y que ponen de relieve los peligros de la actual.

¿Qué le aportó Roma a esta ecumene que dominó durante siglos? Le aportó paz -la pax romana es un elemento ligado a la globalización-. En consecuencia, el espacio de la globalización puede y debe ser considerado como un espacio pacífico.

Evidentemente, es necesario saber qué significa esta pacificación, cómo ha sido obtenida - desgraciadamente, con frecuencia lo ha sido a través de la guerra- y qué representa el dominio, por pacífico que sea, que ella trajo aparejado.

La globalización romana les llevó a los habitantes o, en todo caso, a la capa superior de los habitantes de este espacio mundial, el sentimiento de una ciudadanía universal -ciudadanos del mundo-. El ejemplo más conocido es el de Pablo de Tarso, san Pablo, este judío en vías de convertirse en cristiano, que afirmaba con fuerza: "Soy ciudadano romano".

Por otra parte, la globalización romana trajo consigo la formación de un espacio jurídico; hay, por lo tanto, nociones y prácticas de derecho que están vinculadas a esta pacificación y deben acompañarla.

Por último, hay un problema que todavía experimentamos hoy: el de la lengua, la unificación lingüística.


Peligros actuales

¿Qué hay que colocar en el débito de esta globalización? Al cabo de un período considerablemente largo -varios siglos-, la globalización romana se mostró incapaz de integrar o asimilar nuevos ciudadanos, aquellos a los que llamaba "bárbaros" y que, al no poder integrarse en el espacio y el sistema romanos, se sublevaron contra este espacio.

La globalización, en general, llama a la sublevación de aquellos para quienes ella deviene no ya un beneficio sino una explotación e incluso una expulsión.

La colonización relacionada con la expansión de Europa, y que terminará bajo las formas del capitalismo, comienza en los siglos XV-XVI y afecta sobre todo a Africa y América.

Un problema muy importante para lo que es la globalización es lo que ha ocurrido desde el punto de vista de la salud, el estado biológico de las poblaciones. En esto, el balance es también desigual.

En América, el resultado fue uno globalmente catastrófico. Los colonizadores llevaron consigo involuntariamente, salvo quizá indirectamente por la difusión del alcohol, sus enfermedades, sus microbios, sus bacilos, y perturbaron profundamente, y hasta destruyeron el equilibrio biológico de los pueblos globalizados. Pero también hace falta ver cómo esta colonización trajo aparejados avances en la higiene y la medicina.

Después, no creo ceder al mito de los colonizadores franceses, en particular los del siglo XIX y la III República, si digo que la globalización debe traer y a menudo trae aparejada la difusión de la escuela, el saber, el uso de la escritura y la lectura.

Naturalmente, sobre el otro platillo de la balanza, aparecen dos grandes males: lo que llamaría la violación de las culturas anteriores de los pueblos a través de una verdadera destrucción de estas culturas. En esto hay que hacer intervenir un componente de la globalización que es la religión. Me gustaría hablar de lo que, a riesgo de ser chocante, se podría denominar los peligros del monoteísmo.

La globalización ha adquirido un carácter universal con las religiones -dejando de lado el judaísmo que sólo se dirige a una sociedad particular-, y el cristianismo y el islam, con el monoteísmo, han traído consigo una idea que fácilmente derrapa hacia la intolerancia e incluso la persecución.

Por otra parte, uno advierte que, sobre todo desde que el aspecto económico se convirtió en primordial, la globalización desarrolla, crea o exacerba las oposiciones entre pobres y ricos o dominadores. La pauperización es un mal hasta ahora casi inevitable de las globalizaciones. En definitiva, éstas han violado no sólo las culturas sino la historia. "Pueblos sin historia": esta expresión inventada a menudo por los colonizadores afectó a poblaciones que, en realidad, tenían una historia, a menudo oral, una historia particular, y que fueron verdaderamente destruidas. La destrucción de la memoria, de la historia del pasado, es una marca terrible para una sociedad.



JACQUES LE GOFF - Seguimos viviendo en la Edad Media

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PARIS.– Discípulos y colegas llaman al francés Jacques Le Goff “el ogro historiador”. Es una referencia al desaparecido Marc Bloch, cofundador de l’Ecole des Annales, quien afirmaba que un buen historiador “se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa”.

De un ogro, Jacques Le Goff tiene la estatura y el apetito. También tiene una insaciable curiosidad que lo llevó a transformarse en una referencia mundial sobre la historia de la Edad Media, período al cual el hombre contemporáneo le debe muchas de sus conquistas, dice.
A los 82 años, Jacques Le Goff sigue trabajando, a pesar de la profunda tristeza que le provocó la reciente muerte de su esposa –después de casi 60 años de vida en común– y de una caída que desde 2003 lo mantiene recluido en su departamento de París.


Con cualquiera de sus libros –tantos que podrían formar una biblioteca– todo lector se siente inteligente y erudito.

Aún más que sus condiscípulos George Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie y François Furet, Le Goff recurrió a todas las disciplinas para estudiar la vida cotidiana, las mentalidades y los sueños de la Edad Media: antropología, etnología, arqueología, psicología? Sus obras mezclan conocimiento y perspectivas. Con ellas es posible introducirse en un medioevo fascinante, donde se estudiaba y se enseñaba a Aristóteles, Averroes y Avicenas, las ciudades comenzaban a forjarse una idea de la belleza y los burgueses financiaban catedrales que inspirarían a Gropius, Gaudi y Niemeyer. En esa Edad Media masculina, la mujer era respetada, las prostitutas, bien tratadas y hasta desposadas, y solía suceder que las jovencitas aprendieran a leer y a escribir.

-Los historiadores no consiguen ponerse de acuerdo sobre la cronología de la Edad Media. ¿Cuál es la correcta, a su juicio?

-Es verdad que no todos los historiadores coinciden en esa cronología. Para mí, la primera de sus etapas comienza en el siglo IV y termina en el VIII. Es el período de las invasiones, de la instalación de los bárbaros en el antiguo imperio romano occidental y de la expansión del cristianismo. Déjeme subrayar que Europa debe su cultura a la Iglesia. Sobre todo, a San Jerónimo, cuya traducción latina de la Biblia se impuso durante todo el medioevo, y a San Agustín, el más grande de los profesores de la época.

-Usted, gran anticlerical, jamás deja de destacar el papel de la Iglesia en los mayores logros de la Edad Media.

-¡Pero no es necesario ser un ferviente creyente para hablar bien de la Iglesia! También soy un convencido partidario del laicismo: principio admirable, establecido por el mismo Jesús cuando dijo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pero, volviendo a la cronología, la segunda etapa está delimitada por el período carolingio, del siglo VIII al X.

-El imperio de Carlomagno fue, para muchos, el primer intento verdadero de construcción europea?

-Falso. En realidad se trató del primer intento abortado de construcción europea. Un intento pervertido por la visión "nacionalista" de Carlomagno y su patriotismo franco. En vez de mirar al futuro, Carlomagno miraba hacia atrás, hacia el imperio romano. La Europa de Carlos V, de Napoleón y de Hitler fueron también proyectos antieuropeos. Ninguno de ellos buscaba la unidad continental en la diversidad. Todos perseguían un sueño imperial.

-Usted escribió que a partir del año 1000 apareció una Europa soñada y potencial, en la cual el mundo monástico tendría un papel social y cultural fundamental.

-Así es. Una nueva Europa llena de promesas, con la entrada del mundo eslavo en la cristiandad y la recuperación de la península hispánica, que estaba en manos de los musulmanes. Al desarrollo económico, factor de progreso, se asoció una intensa energía colectiva, religiosa y psicológica, así como un importante movimiento de paz promovido por la Iglesia. El mundo feudal occidental se puso en marcha entre los siglos XI y XII. Esa fue la Europa de la tierra, de la agricultura y de los campesinos. La vida se organizaba entre la señoría, el pueblo y la parroquia. Pero también entraron en escena las órdenes religiosas militares, debido a las Cruzadas y a las peregrinaciones que transformarían la imagen de la cristiandad. Entre los siglos XIII y XV, fue el turno de una Europa suntuosa de las universidades y las catedrales góticas.

-En todo caso, para usted, la Edad Media fue todo lo contrario del oscurantismo.

-Aquellos que hablan de oscurantismo no han comprendido nada. Esa es una idea falsa, legado del Siglo de las Luces y de los románticos. La era moderna nació en el medioevo. El combate por la laicidad del siglo XIX contribuyó a legitimar la idea de que la Edad Media, profundamente religiosa, era oscurantista. La verdad es que la Edad Media fue una época de fe, apasionada por la búsqueda de la razón. A ella le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa.

-Pero la Revolución Francesa fue en 1789. ¿No se considera que la Edad Media terminó con la llegada del Renacimiento, en el siglo XV?

-Para comprender verdaderamente el pasado, es necesario tener en cuenta que los hechos son sólo la espuma de la historia. Lo importante son los procesos subyacentes. Para mí, el humanismo no esperó la llegada del Renacimiento: ya existía en la Edad Media. Como existían también los principios que generaron la Revolución Francesa. Y hasta la Revolución Industrial. La verdad es que nuestras sociedades hiperdesarrolladas siguen estando profundamente influidas por estructuras nacidas en el medioevo.

-¿Por ejemplo?

-Tomemos el ejemplo de la conciencia. En 1215, el IV Concilio de Latran tomó decisiones que marcaron para siempre la evolución de nuestras sociedades. Entre ellas, instituyó la confesión obligatoria. Lo que después se llamó "examen de conciencia" contribuyó a liberar la palabra, pero también la ficción. Hasta ese momento, los parroquianos se reunían y confesaban públicamente que habían robado, matado o engañado a su mujer. Ahora se trataba de contar su vida espiritual, en secreto, a un sacerdote. Tanto para mí como para el filósofo Michel Foucault, ese momento fue esencial para el desarrollo de la introspección, que es una característica de la sociedad occidental. No hace falta que le haga notar que bastaría con hacer girar un confesionario para que se transformara en el diván de un psicoanalista.

-Usted habla de emancipación de la mujer en la Edad Media. ¿Pero aquella no fue una época de profunda misoginia?

-Eso dicen y, naturalmente, hay que poner las cosas en perspectiva. Yo sostengo, sin embargo, que se trató de una época de promoción de la mujer. Un ejemplo bastaría: el culto a la Virgen María. ¿Qué es lo que el cristianismo medieval inventó, entre otras cosas? La Santísima Trinidad, que, como los Tres Mosqueteros, eran, en realidad, cuatro: Dios, Jesús, el Espíritu Santo y María, madre de Dios. Convengamos en que no se puede pedir mucho más a una religión que fue capaz de dar estatus divino a una mujer. Pero también está el matrimonio: en 1215, la Iglesia exigió el consentimiento de la mujer, así como el del hombre, para unirlos en matrimonio. El hombre medieval no era tan misógino como se pretende.

-La invención del purgatorio, a mediados del siglo XII, parece haber sido también uno de los momentos clave para el desarrollo de nuestras sociedades actuales.

-Así es. Curiosamente, lo que comenzó como un intento suplementario de control por parte de la Iglesia, concluyó permitiendo el desarrollo de la economía occidental tal como la practicamos en nuestros días.

-¿Cómo es eso?

-La invención del purgatorio se produjo en el momento de transición entre una Edad Media relativamente libre y un medioevo extremadamente rígido. En el siglo XII comenzó a instalarse la noción de cristiandad, que permitiría avanzar, pero también excluir y perseguir: a los herejes, los judíos, los homosexuales, los leprosos, los locos... Pero, como siempre sucedió en la Edad Media, cada vez que se hacían sentir las rigideces de la época los hombres conseguían inventar la forma de atenuarlas. Así, la invención de un espacio intermedio entre el cielo y el infierno, entre la condena eterna y la salvación, permitió a Occidente salir del maniqueísmo del bien y del mal absolutos. Podríamos decir también que, inventando el purgatorio, los hombres medievales se apoderaron del más allá, que hasta entonces estaba exclusivamente en manos de Dios. Ahora era la Iglesia la que decía qué categorías de pecadores podrían pagar sus culpas en ese espacio intermedio y lograr la salvación. Una toma de poder que, por ejemplo, permitiría a los usureros escapar al infierno y hacer avanzar la economía. También serían salvados de este modo los fornicadores.

-Pero hasta la aparición del sistema bancario reglamentado, en el siglo XVIII, tanto la Iglesia como las monarquías sobrevivieron gracias a los usureros. ¿Por qué condenarlos al infierno?

-Porque así lo establecían las escrituras, como en la mayoría de las religiones. En el universo cristiano medieval, la usura era un doble robo: contra el prójimo, a quien el usurero despojaba de parte de su bien, pero, sobre todo, contra Dios, porque el interés de un préstamo sólo es posible a través del tiempo. Y como el tiempo en el medioevo sólo pertenecía a Dios, comprar tiempo era robarle a Dios. Sin embargo, el usurero fue indispensable a partir del siglo XI, con el renacimiento de la economía monetaria. La sed de dinero era tan grande que hubo que recurrir a los prestamistas. Entonces la escolástica logró hallarles justificaciones. Surgió así el concepto de mecenas. También se aceptó que prestar dinero era un riesgo y que era normal que engendrara un beneficio. En todo caso, y sólo para los prestamistas considerados "de buena fe", el purgatorio resultó un buen negocio.

-La Edad Media también inventó el concepto de guerra justa, vigente hasta nuestros días, como lo demostraron los debates en la ONU sobre la guerra en Irak. Curioso, ya que el cristianismo es portador de un ideal de paz. Hasta se podría decir que es antimilitarista.

-Es verdad. Ordenándole a Pedro que enfundara su espada, Cristo dijo: "Quien a hierro mate, a hierro morirá". Los primeros grandes teóricos cristianos latinos eran pacifistas. Pero todo cambió a partir del siglo IV, cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado.

-En otras palabras, los cristianos se vieron obligados a cristianizar la guerra.

-En esa tarea tendrá un papel fundamental San Agustín, el gran pedagogo cristiano. Para él, la guerra es una consecuencia del pecado original. Como éste existirá hasta el fin de los tiempos, la guerra también existirá por siempre. San Agustín propuso, entonces, imponer límites a esa guerra. En vez de erradicarla, decidió confinarla, someterla a reglas. La primera de esas reglas es que sólo es legítima la guerra declarada por una persona autorizada por Dios. En la Edad Media, era el príncipe. Hoy es el Estado, el poder público. La segunda regla es que una guerra es justa sólo cuando no persigue la conquista. En otras palabras: las armas sólo se toman en defensa propia o para reparar una injusticia. Esas reglas siguen perfectamente vigentes en nuestros días.

-¿Se podría decir que el hombre medieval trataba de preservar la cristiandad de todo aquello que amenazaba su equilibrio?

-Constantemente. Déjeme evocar como ejemplo el que para mí fue el aspecto más negativo de la época: la condena absoluta del placer sexual, simbolizado por el llamado "pecado de la carne". La alta Edad Media asumió las prohibiciones del Antiguo Testamento. Desde entonces, el cuerpo fue diabolizado, a pesar de algunas excepciones, como Santo Tomás de Aquino, para quien era lícito el placer en el acto amoroso. Frente a la opresión moral, la sociedad medieval reaccionó con la risa, la comedia y la ironía. El universo medieval fue un mundo de música y de cantos, promovió el órgano e inventó la polifonía.

-Hace un momento hizo referencia a los fornicadores que tuvieron un lugar en el purgatorio. ¿Cómo fue esto posible en una época de tanta represión sexual?

-Hay una anécdota que ilustra perfectamente la dualidad medieval. El rey Luis IX de Francia, que después sería canonizado como San Luis, tenía una vitalidad sexual desbordante. En los períodos en que las relaciones carnales eran lícitas (fuera de las fiestas religiosas), el monarca no se contentaba con reunirse con su esposa por las noches. También lo hacía durante el día. Esto irritaba mucho a su madre, Blanca de Castilla, que en cuanto se enteraba de que su hijo estaba con la reina intentaba introducirse en la habitación para poner fin a sus efusiones. Luis IX decidió entonces poner un guardián ante su puerta, que debía prevenirlo y darle tiempo de disimular su desenfreno. Ese hombre lleno de ardor tuvo once hijos y cuando partió a la Cruzada, en 1248, llevó a su mujer, a fin de no privarse de sus placeres sexuales. ¡No imaginará usted que la Iglesia podía enviar a San Luis a arder en el fuego eterno del infierno!

-¿También podríamos decir que la Edad Media inventó el concepto de Occidente?

-La palabra "Occidente" no me gusta. Pronunciada por los occidentales, tiene un contenido de soberbia para el resto del planeta.

-Pero entonces, ¿cómo definir, por ejemplo, a América, heredera de Europa?

-América ha dejado de ser la heredera de Europa. Lo fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto Estados Unidos como el resto del continente dejaron de tener al hombre como centro de sus preocupaciones.

-Usted es un apasionado estudioso de la imaginación colectiva de la Edad Media. ¿Por qué eso es tan importante?

-Felizmente, las nuevas generaciones de historiadores siguen cada vez más esa tendencia. La imaginación colectiva se construye y se nutre de leyendas, de mitos. Se la podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, de una civilización. Un sistema capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales. Y esto es fundamental para comprender los procesos históricos. La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas.

-¿Y cómo era esa imaginación medieval?

-Estaba constituida por un mundo sin fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo terrenal y lo celestial, entre la realidad y la fantasía. Si bien los cimientos medievales de Europa subsistieron, sus héroes y leyendas fueron olvidados durante el Siglo de las Luces. El romanticismo los resucitó, cantando las leyendas doradas de la Edad Media. Hoy asistimos a un segundo renacimiento gracias a dos inventos del siglo XX: el cine y las historietas. El medioevo vuelve a estar de moda con "Harry Potter", "La guerra de las galaxias" y los videojuegos. En realidad, la Edad Media tiene una gran deuda con Hollywood. Y viceversa. Pensé alguna vez que provocaría un escándalo afirmando que el medioevo se había prolongado hasta la Revolución Industrial. La verdad es que ha llegado hasta nuestros días.

-¿Se podría decir entonces que seguimos viviendo en la Edad Media?

-Sí. Pero esto quiere decir todo lo contrario de que estamos en una época de hordas salvajes, ignorantes e incultas, sumergidos en pleno oscurantismo. Estamos en la Edad Media porque de ella heredamos la ciudad, las universidades, nuestros sistemas de pensamiento, el amor por el conocimiento y la cortesía. Aunque, pensándolo bien, esto último bien podría estar en vías de extinción.


Por Luisa Corradini
Para LA NACION
ISAÍAS GARDE, textos en transición