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10 feb. 2013

Jean-Marie Gustave Le Clézio - La montaña del dios viviente

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Jean-Marie Gustave Le Clézio © Pascalito/Corbis


El monte Reydarbarmur estaba al este del camino de tierra. Bajo la luz del 21 de junio, se veía muy alto y ancho, dominaba la región de las estepas y el gran lago frío, y Jon no veía otra cosa. Sin embargo, no era la única montaña. Un poco más lejos, estaban el macizo de Kalfstindar, los grandes valles hundidos hasta el mar y, al norte, la masa oscura de los guardianes de los glaciares. Pero Reydarbarmur era el más hermoso de todos, parecía más grande, más puro por la suave línea que lo recorría sin interrupción desde la base hasta la cima. Tocaba el cielo, y las volutas de las nubes pasaban por encima de él como el humo de un volcán.

Jon caminaba hacia Reydarbarmur ahora. Había dejado su bicicleta nueva apoyada en un talud, al borde del camino, y caminaba a través del campo de brezos y líquenes  No sabía muy bien por qué se dirigía a Reydarbarmur. Conocía esta montaña desde siempre, la veía todas las mañanas, desde su infancia y, sin embargo, hoy era como si Reydarbarmur se le hubiera aparecido por primera vez. La veía también cuando se iba a pie a la escuela, a lo largo de la carretera pavimentada. No había un solo lugar en el valle desde donde no se la pudiera ver. Era como un castillo sombrío que culminaba por encima de las extensiones de musgo y de liquen, por encima de las pasturas de los corderos y de los pueblos, y que miraba toda la región.
Jon había apoyado su bicicleta contra el talud húmedo. Hoy, era el primer día que salía con su bicicleta, y haber luchado contra el viento, a lo largo de la pendiente que llevaba al pie de la montaña, lo había dejado sin aliento, y tenía las mejillas y las orejas muy coloradas.

Tal vez era la luz lo que le había dado ganas de ir hasta Reydarbarmur. Durante los meses del invierno, cuando las nubes se deslizan a ras del suelo y arrojan granizo, la montaña parecía muy lejos, inaccesible. Algunas veces, estaba rodeada de relámpagos, toda azul en el cielo negro, y la gente de los valles tenía miedo. Pero Jon no le tenía miedo. La miraba y era un poco como si ella también lo mirara, desde el fondo de las nubes, por encima de la gran estepa gris.

Hoy, quizá lo había llevado hasta la montaña esta luz del mes de junio. La luz era hermosa y suave, a pesar del frío del viento. Mientras caminaba sobre el musgo húmedo, Jon veía los insectos que se movían a la luz, los mosquitos y los moscardones que volaban alrededor de las plantas. Las abejas salvajes circulaban entre las flores blancas y, en el cielo, los pájaros delgados movían las alas a toda velocidad, suspendidos encima de los charcos de agua, luego, desaparecían de golpe en el viento. Eran los únicos seres vivos.

Jon se detuvo para escuchar el ruido del viento. Hacía una música extraña y hermosa en los huecos de la tierra y en las ramas de los arbustos. También se oían los gritos de los pájaros ocultos en el musgo; su piar sobreagudo aumentaba en el viento, después se ahogaba.

La hermosa luz del mes de junio iluminaba bien la montaña. A medida que Jon se acercaba, percibía que era menos regular de lo que parecía de lejos; salía en bloque de la llanura de basalto, como una gran casa en ruinas. Había partes muy altas, otras quebradas por la mitad y unas fallas negras que como huellas de golpes dividían los muros. Al pie de la montaña corría un arroyo.

Jon nunca había visto nada igual. Era un arroyo común, del color del cielo, que se deslizaba lenta y sinuosamente a través del musgo verde. Jon se acercó lentamente, palpando el suelo con la punta del pie, para no caerse en una ciénaga. Se arrodilló al borde del arroyo.

El agua azul corría canturreando, muy lisa y pura como el vidrio. El fondo del arroyo estaba cubierto de pequeñas piedras y Jon sumergió el brazo para tomar una. El agua estaba helada y era más profunda de lo que él creía y tuvo que meter el brazo hasta la axila. Agarró con los dedos una sola piedra blanca un poco transparente, en forma de corazón.

De repente, una vez más, Jon tuvo la impresión de que alguien lo observaba. Se levantó con un escalofrío, tenía la manga de la camisa empapada de agua helada. Se dio vuelta, miró a su alrededor. Pero hasta donde alcanzaba su vista, no había nada más que el valle que descendía levemente, la gran llanura de musgo y de liquen, por donde soplaba el viento. Ahora, ya ni siquiera había pájaros.

Al pie de la ladera, Jon percibió la mancha roja de su bicicleta nueva apoyada contra el musgo del talud y eso lo tranquilizó.

No era exactamente una mirada lo que había notado cuando se inclinó sobre el agua del arroyo. Era también algo así como una voz que habría pronunciado su nombre, muy suavemente, al oído, una voz ligera y dulce que no se parecía a nada conocido. O tal vez una onda, que lo había envuelto como la luz y que lo había hecho estremecerse, como una nube que se aparta y muestra el sol.

Jon siguió por un instante el arroyo, buscando un vado por donde cruzar. Lo encontró más arriba, a la salida de un meandro, y cruzó. El agua formaba una cascada sobre las piedras planas del vado y unas matas de musgo verde arrancado de la orilla se deslizaban sin hacer ruido, descendían. Antes de continuar su camino, Jon se arrodilló una vez más al borde del arroyo y bebió unos cuantos sorbos de la hermosa agua helada.

Las nubes se apartaban, se volvían a cerrar, la luz cambiaba constantemente. Era una luz extraña, que parecía no deberle nada al sol; flotaba en el aire, alrededor de los muros de la montaña. Era una luz muy lenta y Jon comprendió que duraría todavía meses, sin debilitarse día tras día, sin dejar lugar a la noche. Ahora había nacido, había salido de la tierra, permanecía encendida en el cielo entre las nubes, como si fuera a vivir siempre. Jon sintió que le entraba por toda la piel de su cuerpo y de su cara. Quemaba y penetraba los poros como un líquido caliente, impregnaba la ropa y los cabellos. De repente, tuvo ganas de desnudarse. Eligió un lugar donde el campo de musgo formaba una hondonada al abrigo del viento y se quitó rápidamente la ropa. Luego, se revolcó sobre el suelo húmedo, mientras frotaba las piernas y los brazos contra el musgo. Las matas elásticas crujían bajo el peso de su cuerpo, lo cubrían de gotas frías. Jon permanecía inmóvil, recostado sobre la espalda, con los brazos abiertos, mirando el cielo y escuchando el viento. En ese momento, por encima de Reydarbarmur, las nubes se abrieron y el sol bronceó el rostro, el pecho y el vientre de Jon.

Jon volvió a vestirse y retomó el camino hacia la ladera de la montaña. Su cara estaba caliente y los oídos le zumbaban como si hubiera tomado cerveza. El musgo mullido rebotaba bajo sus pies y era un poco difícil caminar derecho. Al final del campo de musgo, Jon comenzó a escalar las montañas más bajas. El terreno se volvía caótico, bloques de basalto oscuro y caminos de piedras pómez que crujían y se pulverizaban al pisarlas.

Frente a él, se elevaba la pared de la montaña, tan alta que no se veía la cima. No había manera de escalar hasta ese lugar. Jon rodeó la muralla, volvió a subir hacia el norte, buscando un pasaje. De pronto lo encontró. Hasta ese momento, la muralla lo había protegido del viento, pero, de repente, lo golpeó con fuerza, haciéndolo titubear hacia atrás. Frente a él una larga falla separaba la roca negra y formaba una puerta gigantesca. Jon entró.

Entre las paredes de la falla, se habían desmoronado grandes bloques de basalto y era necesario subir lentamente, ayudándose en cada entalladura, en cada fisura. Jon escalaba los bloques uno tras otro sin tomar aliento. Había en él una especie de prisa, quería llegar a lo alto de la falla lo más rápido posible. Varias veces estuvo a punto de caer para atrás, porque los bloques de piedra estaban húmedos y cubiertos de liquen. Jon se aferraba con las dos manos y, en un momento dado, la uña del dedo índice se le rompió sin sentir ningún dolor. El calor seguía circulando por su sangre, a pesar del frío de la sombra.

En la cima de la falla, se dio vuelta. El gran valle de lava y de musgo se extendía hasta donde llegaba la vista y el cielo era inmenso, atravesado por nubes grises. Jon nunca había visto nada tan hermoso. Era como si la tierra se hubiera vuelto lejana y vacía, sin hombres, sin animales, sin árboles, tan grande y solitaria como el océano. En ciertos lugares, por encima del valle, una nube estallaba y Jon veía los rayos oblicuos de la lluvia y los haces de luz.

Jon miró la llanura sin moverse, con la espalda apoyada contra el muro de piedra. Buscó con la mirada la mancha roja de su bicicleta y la forma de la casa de su padre, al otro lado del valle. Pero no pudo verlos. Todo lo que conocía había desaparecido, como si el musgo verde hubiera subido y recubierto todo. Sólo, al pie de la montaña, el arroyo brillaba, como una larga serpiente azul. Pero, a lo lejos, también desaparecía, como si fluyera en el interior de una gruta.

De repente, Jon miró fijamente la falla sombría por encima de él y se estremeció; no se había percatado mientras escalaba los bloques, pero cada pedazo de basalto formaba un peldaño de una enorme escalera.

Entonces, una vez más, Jon sintió la extraña mirada que lo rodeaba. La presencia desconocida le pesaba sobre la cabeza, sobre la espalda, sobre todo el cuerpo, una mirada sombría y poderosa que cubría toda la tierra. Jon levantó la cabeza. Por encima de él, en el cielo, había una luz intensa que brillaba de un horizonte a otro de un solo resplandor. Jon cerró los ojos, como frente a un rayo. Luego, las grandes nubes bajas, semejantes al humo, se volvieron a unir, cubriendo la tierra de sombra. Jon permaneció largo rato con los ojos cerrados, para no sentir el vértigo. Escuchó el ruido del viento que se deslizaba sobre las rocas lisas, pero la voz extraña y suave no pronunció su nombre. Solamente susurraba, incomprensible, en la música del viento.

¿Era el viento? Jon oía sonidos desconocidos, voces de mujeres refunfuñando, ruidos de alas, ruidos de olas. A veces, desde el fondo del valle subían extraños zumbidos de abejas, ronroneos de motores. Los ruidos se mezclaban, retumbaban como un eco en los límites de la montaña, fluían como el agua de los manantiales, se hundían en el liquen y en la arena.

Jon abrió los ojos. Sus manos se aferraron a un lado de la roca. Le sudaba un poco el rostro, a pesar del frío. Ahora estaba como encima de un navío de lava, que vibraba lentamente rozando las nubes. Con ligereza, la gran montaña se deslizaba sobre la tierra, y Jon sentía el movimiento pendular del balanceo. En el cielo, las nubes se desplegaban, huían como inmensas olas, haciendo parpadear la luz.

Eso duró largo tiempo, tanto como un viaje hacia una isla. Y Jon sintió entonces que la mirada se alejaba de él. Se soltó de la roca. Por encima de él, la cima de la montaña aparecía nítidamente. Era una gran cúpula de piedra negra, inflada como una pelota, lisa y brillante bajo la luz del cielo.

Las coladas de lava y de basalto formaban una ligera pendiente a los lados de la cúpula y Jon decidió continuar su ascenso por ese lado. Subía a pasos cortos, zigzagueando como una cabra, con el pecho inclinado hacia delante. Ahora, el viento era libre, lo golpeaba con violencia, le hacía ruido en la ropa. Jon apretaba los labios, tenía los ojos borrosos por las lágrimas. Pero no tenía miedo, ya no sentía vértigo. Ahora la mirada desconocida no le pesaba. Al contrario, le sostenía el cuerpo, empujaba a Jon hacia arriba, con toda su luz.

Jon nunca había tenido tal impresión de fuerza. Alguien que lo quería caminaba a su lado, a su paso, respirando al mismo ritmo. La mirada desconocida lo atraía hacia lo alto de las rocas, lo ayudaba a trepar. Alguien que venía de lo más profundo de un sueño, su poder crecía sin cesar, se hinchaba como una nube. Jon apoyaba los pies sobre las placas de lava, exactamente allí donde era preciso, porque seguía quizás huellas invisibles. El viento frío lo hacía jadear y le nublaba la vista, pero no necesitaba ver. Su cuerpo se conducía solo, se orientaba y metro a metro se levantaba a lo largo de la curva de la montaña.

Estaba solo en medio del cielo. A su alrededor, ahora, ya no había tierra, horizonte, solamente el aire, la luz, las nubes grises. Jon avanzaba embriagado hacia lo alto de la montaña, y sus gestos se volvían más lentos como los de un nadador. A veces, sus manos tocaban la losa lisa y fría, su vientre la rozaba y él sentía los bordes cortantes de las fisuras y las huellas de las venas de lava. La luz inflaba la roca, inflaba el cielo, crecía también en su cuerpo, vibraba en su sangre. La música de la voz del viento llenaba sus oídos, sonaba en su boca. Jon no pensaba en nada, no miraba nada. Subía con un único esfuerzo, todo su cuerpo subía, sin detenerse, hacia la cima de la montaña.

Llegó poco a poco. La pendiente de basalto se hizo más suave, más larga. Jon estaba ahora como en el valle, al pie de la montaña, pero en un valle de piedra, hermoso y vasto, extendido en una amplia curva hasta el comienzo de las nubes.

El viento y la lluvia habían gastado la piedra, la habían pulido como una lima. En algunos lugares, brillaban cristales de rojo sangre, estrías verdes y azules, manchas amarillas que parecían ondularse a la luz. Más arriba, el valle de piedra desaparecía entre las nubes; se deslizaban en él dejando caer filamentos, ondas, y cuando se fundían, Jon veía nuevamente la línea pura de la curva de piedra.

Luego, Jon llegó a la cima de la montaña. No se dio cuenta inmediatamente, porque había ocurrido progresivamente. Pero cuando miró a su alrededor, vio ese gran círculo negro del cual él era el centro y comprendió que había llegado. La cima de la montaña era esa meseta de lava que tocaba el cielo. Allí, el viento soplaba ya no a ráfagas, sino continuo y potente, tendido sobre la piedra como un filo. Jon dio algunos pasos, titubeante. El corazón le latía muy fuerte en el pecho, empujaba la sangre hacia las sienes y el cuello. Durante un instante le faltó el aire, porque el viento presionaba su nariz y sus labios.

Jon buscó un refugio. La cima de la montaña estaba desnuda, sin una hierba, sin un hueco. La lava resplandecía duramente, como el asfalto, resquebrajada en algunos lugares, donde la lluvia cavaba sus goteras. El viento levantaba un poco de polvo gris que se escapaba del caparazón, en breves humaredas.

Aquí reinaba la luz. Ella lo había llamado, cuando caminaba al pie de la montaña y por eso había dejado tirada su bicicleta en el talud de musgo, al borde del camino. La luz del cielo se arremolinaba aquí, completamente libre. Surgía sin cesar del espacio y golpeaba la piedra, luego rebotaba hasta las nubes. Esta luz, pesada, profunda como el mar en verano había penetrado la lava negra. Era una luz sin calor, que venía de lo más lejano del espacio, la luz de todos los soles y de todos los astros invisibles, y ella volvía a encender las antiguas brasas, hacía renacer los fuegos que habían ardido en la tierra hacía millones de años. La llama brillaba en la lava, en el interior de la montaña, resplandecía bajo el soplo del viento frío. Jon veía ahora frente a él, bajo la piedra dura, todas las corrientes misteriosas que se movían. Las venas rojas reptaban, como serpientes de fuego; las burbujas lentas, petrificadas en el corazón de la materia relucían como los fotógenos de los animales marinos.

El viento cesó de repente, como el aliento que se retiene. Entonces Jon pudo caminar hacia el centro de la llanura de lava. Se detuvo delante de tres marcas extrañas. Eran tres hondonadas cavadas en la piedra. Una de las hondonadas estaba llena de agua de lluvia y las otras dos contenían musgo y un delgado arbusto. Alrededor de las hondonadas, había piedras negras dispersas y polvo de lava roja que rodaba por las ranuras.

Era el único refugio. Jon se sentó al borde de la hondonada en la que estaba el arbusto. Aquí, el viento nunca parecía soplar muy fuerte. La lava era suave y lisa, entibiada por la luz del cielo. Jon se apoyó hacia atrás sobre los codos y miró las nubes.

Nunca había visto las nubes tan de cerca. A Jon le gustaban mucho las nubes. Abajo, en el valle, las había mirado a menudo, recostado boca arriba detrás del muro de la granja. O escondido en una caleta del lago, se había quedado largo rato con la cabeza inclinada hacia atrás hasta sentir los tendones del cuello endurecidos como sogas. Pero aquí, en la cima de la montaña, no era lo mismo. Las nubes llegaban rápido, al ras de la llanura de lava, abriendo sus inmensas alas. Tragaban el aire y la piedra, sin ruido, sin esfuerzo, apartaban sus membranas desmesuradamente. Cuando pasaban por la cima de la montaña, todo se volvía blanco y fosforescente, y la piedra negra se cubría de perlas. Las nubes pasaban sin sombra. La luz brillaba con más fuerza; volvía todo de color nieve y espuma. Jon se miraba las manos blancas, las uñas semejantes a piezas de metal. Inclinaba la cabeza y abría la boca para beber las finas gotas mezcladas con la luz que encandilaba. Sus ojos bien abiertos miraban el reflejo plateado que llenaba el espacio. Ahí ya no había montañas, ni valles de musgo, ni poblados, ya no había nada; nada más, salvo el cuerpo de la nube que huía hacia el sur, que colmaba cada hueco, cada ranura. El vapor fresco giraba durante largo rato en la cima de la montaña, cegaba el mundo. Luego, muy rápidamente, tal como había llegado, la nube se iba, rodaba hacia el otro extremo del cielo.

Jon estaba feliz de haber llegado aquí, cerca de las nubes. Le gustaba su país, tan alto, tan lejos de los valles y de los caminos de los hombres. El cielo se hacía y se deshacía sin cesar, alrededor del círculo de lava, la luz del sol intermitente se movía como los haces de luz de los faros. Quizá, no había realmente ninguna otra cosa. Quizá ahora todo se movería continuamente, humeando, grandes torbellinos, nudos chorreantes, velas, alas, ríos pálidos. La lava negra se deslizaba también, se expandía y descendía, la lava fría muy lenta que desbordaba los labios del volcán.

Cuando las nubes se iban, Jon miraba sus dorsos redondos que corrían por el cielo. Entonces la atmósfera reaparecía, muy azul, vibrante a la luz del sol y los bloques de lava volvían a endurecerse.

Jon se tendió boca abajo y tocó la lava. De pronto vio una piedra extraña, al borde de la hondonada llena de agua de lluvia. Se acercó en cuatro patas para examinarla. Era un bloque de lava negra, probablemente se había desprendido por la erosión. Jon quiso darlo vuelta, pero no lo consiguió. Estaba soldado al suelo por un peso enorme que no correspondía a su tamaño.

Entonces, Jon sintió el mismo escalofrío que un momento antes, cuando escalaba los bloques del valle. La piedra tenía exactamente la forma de la montaña. No había ninguna duda: era la misma base ancha, angulosa y la misma cima hemisférica. Jon se aproximó más y distinguió claramente la falla por donde había subido. En la piedra, formaba solamente una fisura, pero dentada como los peldaños de la enorme escalera que había subido.

Jon acercó la cara a la piedra negra, hasta que la vista se le nubló. El bloque de lava se agrandaba, llenaba toda su mirada, se extendía a su alrededor. Jon sentía poco a poco que perdía su cuerpo y su peso. Ahora flotaba, acostado sobre el dorso gris de las nubes y la luz lo atravesaba de un lado a otro. Veía por encima de él, las grandes placas de lava brillantes por el agua y el sol, las manchas roídas por el liquen, los círculos azules de los lagos. Lentamente, se deslizaba bajo la tierra, pues se había vuelto semejante a una nube, ligero y de forma cambiante. Era un humo gris, un vapor, que se aferraba a las rocas y dejaba caer sus gotas finas.
Jon no dejaba de mirar la piedra. Estaba feliz así, acariciaba largamente la superficie lisa con las manos abiertas. La piedra vibraba bajo sus dedos como si fuera de piel. Sentía cada joroba, cada fisura, cada marca pulida por el tiempo y el suave calor de la luz formaba un tapiz ligero, semejante al polvo.

Su mirada se detuvo en la parte superior de la piedra. Allí, sobre la superficie redondeada y brillante, vio tres agujeros minúsculos. Era una embriaguez extraña ver el lugar donde se encontraba. Jon miró con una atención casi dolorosa las marcas de los huecos, pero no pudo ver el extraño insecto negro que se mantenía inmóvil en lo más alto de la piedra.

Se quedó largo rato mirando el bloque de lava. Por su mirada sintió que se escapaba poco a poco de sí mismo. No perdía el conocimiento, pero su cuerpo se ponía cada vez más pesado. Sus manos se enfriaban, apoyadas a cada lado de la montaña. Su cabeza buscó descanso con el mentón contra la piedra y sus ojos se quedaron fijos.

Durante ese tiempo, el cielo alrededor de la montaña se despejaba y cambiaba de forma. Las nubes se deslizaban sobre la planicie de lava, las gotitas caían sobre la cara de Jon, se aferraban a sus cabellos. El sol brillaba cada tanto, con grandes resplandores ardientes. El soplo del viento circulaba alrededor de la montaña, largamente, a veces en una dirección, otras veces en otra.

Luego Jon oyó los latidos de su corazón, pero lejanos, en el interior de la tierra, lejos, en el fondo de la lava, hasta las arterias del fuego, hasta los zócalos del glaciar. Los golpes sacudían la montaña, vibraban en las venas de lava, en el yeso, sobre los cilindros de basalto. Retumbaban en el fondo de las cavernas, en las fallas y el ruido regular habría de recorrer los valles de musgo hasta las casas de los hombres.

«Dom-dom, dom-dom, dom-dom, dom-dom, dom- dom, dom-dom.»

Era el ruido pesado que transportaba a otro mundo, como el día del nacimiento y Jon veía frente a él la gran piedra negra que palpitaba a la luz. Con cada pulsación, toda la claridad del cielo oscilaba, agravada por una descarga fulgurante. Las nubes se dilataban, cargadas de electricidad, fosforescentes como las que rondan alrededor de la luna llena.

Jon percibió otro ruido, un ruido de mar profundo que raspaba pesadamente, un ruido de vapor que brota y eso también lo llevaba más lejos. Era difícil resistir al sueño. Otros ruidos surgían sin cesar, ruidos nuevos, vibraciones de motores, graznidos de pájaros, chirridos de tornos, trepidaciones de líquidos hirvientes.

Todos los ruidos nacían, venían, se alejaban, volvían una vez más y todo eso producía una música que transportaba lejos. Jon, ahora, no hacía más esfuerzos por volver. Completamente inerte, sintió que bajaba hacia alguna parte, hacia la cima de la piedra negra quizá, junto a los huecos minúsculos.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio inmediatamente al niño de rostro claro que estaba parado sobre la losa de lava, frente al estanque de agua. Alrededor del niño, la luz era intensa, pues ya no había más nubes en el cielo.

«¡Jon!», dijo el niño. Su voz era suave y frágil, pero su rostro claro sonreía.

«¿Cómo sabes mi nombre?», preguntó Jon.

El niño no contestaba. Seguía inmóvil al borde de la hondonada de agua, ligeramente de lado como si estuviera a punto de huir.

«¿Y tú, cómo te llamas», preguntó Jon.

«No te conozco.» No se movía, para no asustar al niño.

«¿Por qué has venido? Nunca viene nadie a la montaña.»

«Quería contemplar la vista que hay desde aquí», dijo Jon. «Creía que se veía todo desde muy arriba, como los pájaros.»

Vaciló un momento, luego dijo:

«¿Vives aquí?».

El niño seguía sonriendo. La luz que lo rodeaba parecía salir de sus ojos y sus cabellos.

«¿Eres pastor? Vistes como los pastores.»

«Vivo aquí», dijo el niño. «Todo lo que ves aquí es mío.»

Jon miró la extensión de lava y el cielo.

«Te equivocas», dijo. «Esto no pertenece a nadie.»

Jon hizo ademán de levantarse. Pero el niño se hizo a un lado, como si fuera a irse.

«No me muevo», dijo Jon para tranquilizarlo. «Quédate, no voy a levantarme.»

«No debes levantarte ahora», dijo el niño.

«Entonces ven a sentarte junto a mí.»

El niño dudó. Miraba a Jon como si intentara adivinar sus pensamientos. Luego, se acercó y se sentó con las piernas cruzadas junto a Jon.

«No me has respondido. ¿Cómo te llamas?», preguntó Jon.

«No tiene importancia, puesto que no me conoces», dijo el niño. «Yo no te he preguntado tu nombre.»

«Es cierto», dijo Jon. Pero sintió que debería haberse sorprendido.

«Dime, entonces, ¿qué haces aquí? ¿Dónde vives? No he visto ninguna casa al subir.»

«Todo esto es mi casa», dijo el niño. Sus manos se movían lentamente, con gestos graciosos que Jon nunca había visto.

«¿De verdad vives aquí?», preguntó Jon. «¿Y tu padre, tu madre? ¿Dónde están?»

«No tengo.»

«¿Tus hermanos?»

«Vivo solo, acabo de decírtelo.»

«¿No tienes miedo? Eres muy pequeño para vivir solo.»

El niño volvió a sonreír.

«¿Por qué iba a tener miedo? ¿Tú tienes miedo en tu casa?»

«No», dijo Jon. Pensaba que no era lo mismo, pero no se atrevió a decirlo.

Permanecieron en silencio durante un momento, luego el niño dijo:

«Hace mucho tiempo que vivo aquí. Conozco cada piedra de esta montaña mejor de lo que tú conoces tu habitación. ¿Sabes por qué vivo aquí?».

«No», dijo Jon.

«Es una larga historia», dijo el niño. «Hace mucho, mucho tiempo, vinieron unos hombres, instalaron sus casas en las orillas, en los valles y las casas se convirtieron en poblados y los poblados se convirtieron en ciudades. Hasta los pájaros huyeron. Incluso los peces tenían miedo. Entonces, yo también abandoné las orillas, los valles y vine a esta montaña. Ahora tú también has venido a esta montaña y los otros vendrán detrás de ti.»

«Hablas como si fueras muy viejo», dijo Jon. «Sin embargo, no eres más que un niño.»

«Sí, soy un niño», dijo el niño. Miraba a Jon fijamente y su mirada azul estaba tan llena de luz que obligó a Jon a bajar la vista.

La luz del mes de junio era más bella todavía. Jon pensó que tal vez venía de los ojos del pastor y que se extendía hasta el cielo, hasta el mar. Por encima de la montaña, el cielo se había vaciado de nubes y la piedra negra estaba suave y tibia. Ahora, Jon ya no tenía sueño. Miraba con todas sus fuerzas al niño sentado junto a él. Pero el niño miraba hacia otra parte. Había un intenso silencio y el viento no soplaba.

El niño se volvió de nuevo hacia Jon.

«¿Sabes tocar algo de música?», preguntó. «Me gusta mucho la música.»

Jon sacudió la cabeza, luego recordó que llevaba un pequeño birimbao. Sacó el objeto y se lo mostró al niño.

«¿Puedes tocar música con esto?», preguntó el niño. Jon le dio el birimbao y el niño lo examinó un momento.

«¿Qué quieres que toque?», preguntó Jon.

«¡Lo que sepas, no importa! Me gustan todas las músicas.»

Jon tomó el birimbao e hizo vibrar con su dedo índice la lengüeta de acero. Tocó una melodía que le gustaba, Draumkvaedi, una vieja melodía que su padre le había enseñado hacía tiempo.

Los sonidos nasales del birimbao resonaban lejos en la extensión de lava y el niño escuchó con la cabeza inclinada hacia un lado.

«Es bonito», dijo el niño cuando Jon terminó. «Toca un poco más, por favor.»

Sin comprender bien por qué, Jon se sintió feliz de que su música agradara al pequeño pastor.

«También sé tocar Manstu ekki vina», dijo Jon. «Es una canción de otro país.»

Al tiempo que tocaba, marcaba el compás con el pie sobre la losa de lava.

El niño escuchaba y sus ojos brillaban de satisfacción.

«Me gusta tu música», dijo por fin. «¿Sabes tocar otras músicas?»

Jon se quedó pensativo.

«Mi hermano me presta a veces su flauta. Tiene una flauta muy bonita, toda plateada, y me la presta a veces para jugar.»

«Me gustaría oír también esa música.»

«Trataré de pedirle la flauta la próxima vez», dijo Jon. «Quizá quiera venir también, y tocar para ti.»

«Me gustaría», dijo el niño.

Luego, Jon volvió a tocar el birimbao. La lengüeta de metal vibraba fuerte en el silencio de la montaña, y Jon pensaba que tal vez lo oirían hasta el fondo del valle, hasta la granja. El niño se acercó a él. Movía las manos siguiendo la cadencia, inclinaba un poco la cabeza. Sus ojos claros brillaban y se echaba a reír, cuando la música se volvía realmente demasiado nasal. Entonces, Jon ralentizaba el ritmo, hacía sonar notas largas que temblaban en el aire y la cara del niño se ponía grave, los ojos volvían a tomar el color del mar profundo.

Al final, se detuvo, sin aliento. Le dolían los dientes y los labios.

El niño aplaudió y dijo:

«¡Es hermoso! Sabes tocar una música hermosa».

«También sé hablar con el birimbao», dijo Jon.

El niño parecía sorprendido.

«¿Hablar? ¿Cómo puedes hablar con ese objeto?»

Jon se puso nuevamente el birimbao en la boca y, muy lentamente, pronunció algunas palabras mientras hacía vibrar la lengüeta de metal.

«¿Lo has entendido?»

«No», dijo el niño.

«Escucha mejor.»

Jon volvió a empezar, todavía más lentamente. El rostro del niño se iluminó.

«Has dicho: ¡hola, amigo!»

«Así es.»

Jon explicó:

«Allí abajo, en el valle, todos los muchachos saben hacer esto. Cuando llega el verano, vamos al campo, detrás de las granjas y hablamos así a las muchachas, con nuestros birimbaos. Cuando encontramos una chica que nos gusta, vamos detrás de su casa, por la noche, y le hablamos así para que sus padres no lo entiendan. A las chicas les gusta mucho. Ellas sacan la cabeza por la ventana y escuchan lo que les decimos, con la música».

Jon mostró al niño cómo se decía «te amo, te amo, te amo» con sólo rasgar la lengüeta de hierro del birimbao y moviendo la lengua.

«Es fácil», dijo Jon. Dio el instrumento al niño, que intentó a su vez hablar rasgando la lengüeta de metal. Pero no se parecía en absoluto a un lenguaje y juntos se echaron a reír.

El niño ya no sentía ninguna desconfianza. Jon le mostró también cómo tocar aires musicales y los sonidos nasales resonaron largo rato en la montaña.

Luego la luz declinó un poco. El sol bajó muy cerca del horizonte, rodeado de una bruma roja. El cielo se iluminó extrañamente, como si hubiera un incendio. Jon miró la cara de su compañero y le pareció que había cambiado de color. Su piel y sus cabellos se ponían grises como la ceniza y sus ojos tomaban el tinte del cielo. El dulce calor disminuía poco a poco. El frío llegó como un estremecimiento. En un momento, Jon quiso levantarse para irse, pero el niño le puso la mano en el brazo.

«No te vayas, por favor», dijo simplemente.

«Tengo que bajar ahora, ya debe de ser tarde.»

«No te vayas. La noche va a ser clara, te puedes quedar aquí hasta mañana.»

Jon vaciló.

«Mi madre y mi padre me esperan en casa», dijo.

El niño se quedó pensando. Sus ojos grises brillaban con fuerza.

«Tu padre y tu madre están durmiendo», dijo; «no se despertarán hasta mañana por la mañana. Puedes quedarte aquí.»

«¿Cómo sabes que duermen?», preguntó Jon. Pero comprendió que el niño decía la verdad. El niño sonrió.

«Tú sabes tocar música y hablar con la música. Yo sé otras cosas.»

Jon tomó la mano del niño y la apretó con fuerza. No sabía por qué, pero nunca se había sentido tan feliz.

«Enséñame más», dijo; «¡sabes tantas cosas!»

En lugar de responder, el niño se levantó de un salto y corrió hasta el estanque. Tomó un poco de agua con sus manos ahuecadas y se la llevó a Jon. Acercó sus manos a la boca de Jon.

«¡Bebe!», dijo.

Jon obedeció. El niño vertió suavemente el agua entre sus labios. Jon nunca había bebido un agua como ésa. Estaba dulce y fresca, pero densa y pesada también, y parecía recorrer todo su cuerpo como un manantial. Era un agua que saciaba la sed y el hambre, que se movía en las venas como una luz.

«Está rica», dijo Jon. «¿Qué agua es ésta?»

«Viene de las nubes», dijo el niño. «Nadie la ha mirado nunca»

El niño estaba parado frente a él sobre la losa de lava.

«Ven, te voy a mostrar el cielo ahora.»

Jon le dio la mano al niño y caminaron juntos por la cima de la montaña. El niño andaba con ligereza, un poco hacia adelante, sus pies descalzos rozaban apenas el suelo. Caminaron así hasta el final de la planicie de lava, donde la montaña dominaba la tierra como un promontorio.

Jon miró el cielo abierto delante de ellos. El sol había desaparecido completamente detrás del horizonte, pero la luz seguía iluminando las nubes. Abajo, muy lejos, en el valle, había una ligera sombra que cubría el relieve. Ya no se veía el lago, ni las colinas, y Jon no podía reconocer el lugar. Pero el cielo inmenso estaba lleno de luz y Jon vio todas las nubes, largas, color humo, extendidas en el aire amarillo y rosa. Más arriba, el azul comenzaba, un azul profundo y oscuro que también vibraba de luz, y Jon percibió el punto blanco de Venus, que brillaba solo como un faro.

Juntos se sentaron en un saliente de la montaña y miraron el cielo. No corría nada de viento, no había ruido ni movimiento. Jon sintió que el espacio entraba en él e hinchaba su cuerpo, como si contuviera la respiración. El niño no hablaba. Estaba inmóvil, con el torso derecho, la cabeza un poco inclinada hacia atrás y miraba el centro del cielo.

Una por una, las estrellas se encendieron, separando sus ocho rayos agudos. Jon sintió nuevamente el pulso regular en su pecho y en las arterias de su cuello, pues eso venía del centro del cielo a través de él y retumbaba en toda la montaña. La luz del día luchaba también, muy cerca del horizonte, respondiendo a las palpitaciones del cielo nocturno. Los dos colores, uno oscuro y profundo, el otro claro y cálido, estaban unidos en el cenit y se desplazaban con un mismo movimiento pendular.

Jon retrocedió sobre la piedra y se acostó boca arriba, con los ojos abiertos. Ahora, oía con nitidez el ruido, el gran ruido que venía de todos los puntos del espacio y se reunía por encima de él. No eran palabras, ni siquiera música, y sin embargo le parecía entender lo que quería decir, como palabras, como frases de una canción. Oía el mar, el cielo, el valle que gritaban como animales. Oía los sonidos pesados prisioneros de los abismos, los murmullos escondidos en el fondo de los estanques, en el fondo de las fallas. Desde algún lugar al norte, el ruido continuo y liso de los glaciares, el rozamiento que avanza y cruje en la base de las piedras. El vapor surgía de las solfataras, lanzando gritos agudos y las altas llamas del sol tronaban como fraguas. Por todas partes, el agua corría, el barro hacía estallar las nubes de burbujas, los granos duros se partían y germinaban bajo la tierra. Las vibraciones de las raíces, el goteo de la savia en los troncos de los árboles, el canto eólico de las hierbas filosas. Luego llegaban otros ruidos, que Jon conocía mejor, los motores de las camionetas y de las bombas, el chasquido de las cadenas de metal, las sierras eléctricas, el martilleo de los pistones, las sirenas de los barcos. Un avión desgarraba el aire con sus cuatro turborreactores, lejos, por encima del océano. Una voz de hombre hablaba, en algún lugar en el aula de una escuela, pero ¿seguro que era un hombre? Era, más bien, el canto de un insecto que se transformaba en un sonido sibilante grave, en borborigmo, o que se dividía en silbidos estridentes. Las alas de las aves marinas ronroneaban encima de los acantilados, las gaviotas graznaban. Todos los ruidos transportaban a Jon, su cuerpo flotaba por encima del bloque de lava, se deslizaba como en una balsa de espuma, daba vueltas en invisibles remolinos, mientras en el cielo, en el límite del día y la noche, las estrellas brillaban con su resplandor fijo.

Jon permaneció largo rato así, boca arriba, mirando y escuchando. Luego, los ruidos se alejaron, se debilitaron, uno tras otro. Los latidos de su corazón se hicieron más suaves, más regulares y la luz se envolvió en una nube gris.

Jon se puso de costado y miró a su compañero. En la losa negra, el niño estaba acostado con las rodillas contra el pecho y la cabeza apoyada en el brazo. Su pecho subía y bajaba lentamente y Jon comprendió que se había quedado dormido. Entonces, cerró los ojos también y esperó el sueño.

Jon se despertó cuando el sol apareció en el horizonte. Se sentó y miró a su alrededor, sin comprender. El niño ya no estaba ahí. Lo único que se veía era la extensión de lava negra y, hasta donde alcanzaba la vista, el valle en el que empezaban a dibujarse las primeras sombras. El viento soplaba nuevamente, barría el espacio. Jon se puso de pie y buscó a su compañero. Siguió la pendiente de lava hasta los huecos. En el estanque, el agua era color metal, ondulada por las ráfagas del viento. En su agujero cubierto de musgo y liquen, el viejo arbusto disecado vibraba y temblaba. En la losa, la piedra en forma de montaña seguía en el mismo lugar. Entonces Jon se detuvo un instante en la cima de la montaña y llamó varias veces, pero ni siquiera el eco respondía:

«¡Ohé!».

«¡Ohé!»

Cuando Jon comprendió que no volvería a ver a su amigo, lo invadió una profunda soledad y sintió un dolor en el centro de su cuerpo, como una punzada. Comenzó a descender la montaña, tan rápido como pudo, saltando por encima de las rocas. Apresurado, buscó la piedra donde se encontraba la escalera gigantesca. Se deslizó por las grandes piedras mojadas, bajó hacia el valle, sin darse vuelta. La hermosa luz crecía en el cielo, era completamente de día cuando llegó abajo.

Luego, comenzó a correr por el musgo y sus pies rebotaban y lo empujaban hacia delante con mayor rapidez. Cruzó de un salto el arroyo color de cielo, sin mirar las balsas de musgo que descendían por los remolinos. No muy lejos, vio un rebaño de ovejas que huía balando y comprendió que estaba de nuevo en el territorio de los hombres. Cerca del camino de tierra, lo esperaba su bonita bicicleta nueva, con el manillar cromado lleno de gotas de rocío. Jon montó en su bicicleta y comenzó a bajar por el camino de tierra, siempre más abajo. No pensaba, sólo sentía el vacío, la soledad ilimitada, mientras pedaleaba a lo largo del camino de tierra. Cuando llegó a la granja, Jon apoyó su bicicleta contra la pared y entró sin hacer ruido, para no despertar a su padre y a su madre que todavía dormían.



En Mondo y otras historias
Traducción: Vera Waksman
Imagen: © Pascalito/Corbis

7 jul. 2012

Jean Marie Gustave Le Clezio: Asesinato de una mosca

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Cuando me acerqué a la mesa, la vi. Era de noche, a eso de las once menos cuarto más o menos. La bombita eléctrica brillaba con fuerza sobre la mesa, y la luz era amarilla, un poco sucia. La miré un momento: a la mosca posada sobre la mesa. Estaba inmóvil justo en el medio de la portada de un número de Time. Estaba instalada sobre el dibujo un poco verde y azul que representaba una cabeza de hombre de perfil. En lo alto de la portada, junto a una faja roja, estaba escrito, en letras blancas,

TIME 
 The Weekly Magazine

Casi no se la veía, minúscula mancha negra confundida con los colores glaucos del dibujo. Si hubiese habido un poco más de sombra, ahí, sobre el papel ilustración, o si hubiese sido un número de duelo nacional, yo no la habría visto. Unos segundos más tarde se habría volado, habría ido a posarse en el cable de la lámpara, fuera de alcance.

Pero era demasiado tarde. La había visto. Sin hacer ruido, fui a buscar un diario doblado y regresé, esperando que ya no estuviese allí. Pero ahí estaba.

La contemplé un instante, con el diario en la mano, sin moverme. Vi su cuerpo lleno de vida, alas finas y brillantes, la pelusa en su vientre. Miré su cabeza, también, la pequeña bola rojiza que no era otra cosa que un ojo. Sentí la inmensidad de la habitación vacía, a mi alrededor, la habitación de oscuros rincones, de muebles gigantes, de techo pálido, de ventanas grandes como el cielo. Ella vivía aquí conmigo, compartía este camarote en este instante, en esta noche. Había posado en ella sus patas microscópicas, había bebido las diminutas gotas de humedad, y había mojado su trompa delicada en las migas de mermelada caídas en el parqué. Un poco aquí y allá, había puesto sus huevos, en el polvo, contra la muerte.

Sobre la portada del diario, la mosca dio algunos pasos. Caminó hacia la izquierda, primero; después se detuvo y volvió a partir hacia la derecha.

La luz de la bombita eléctrica refulgía sobre sus alas, sobre la portada de papel abigarrado, y sobre el borde de la mesa, intensamente, suciamente.

El mundo era plano y silencioso, y la mosca estaba posada en ese sitio. Era como si hubiese estado allí desde hacía años, en esa habitación, delante de mí, en esa hora precisa y calma. Nunca nacida, de nunca acabar.

Luego sentí que alzaría vuelo. La amenaza y la ira se volvieron tan fuertes, tan espesas, de repente, en la habitación, que era imposible que ella no comprendiera.

Y era en mí donde todo se había endurecido tan abominablemente. Era en mi brazo, en mi mano derecha que alzaba lenta, lentamente el arma. Sobrevino entonces como un meteoro de vida y de drama, ahí, ante mis ojos, acantonado en la portada chillona del diario. Un punto negro y doloroso que me veía y me sentía inclinado hacia él. Yo era la montaña repentina, la montaña de carne bruta que ataca y mata.

Di un golpe seco. Luego tomé el diario en el que el grano negruzco con el vientre abierto daba vueltas remando con las patas y las alas desgarradas.

Lo arrojé por la ventana.

La idea de la felicidad es el tipo mismo del malentendido.

¿Por qué la felicidad? ¿Por qué sería preciso que fuésemos felices? ¿De qué se podría nutrir un sentimiento tan general, tan abstracto, y sin embargo tan ligado a la vida cotidiana? Cualquiera sea la idea que uno se haga de ella, la felicidad es simplemente un acuerdo entre el mundo y el hombre; es una encarnación. Una civilización que hace de la felicidad la principal de sus búsquedas está consagrada al fracaso y a las palabras bellas. No hay nada que justifique una felicidad ideal, así como no hay nada que justifique un amor perfecto, absoluto, o un sentimiento de fe total, o un estado de santidad perpetua. Lo absoluto no es realizable: esa mitología no resiste a la lucidez. La única verdad es estar vivo, la única felicidad es saber que uno está vivo.

El absurdo de las generalizaciones, de los mitos y de los sistemas, cualesquiera sean, es la ruptura que suponen con el mundo viviente. Como si ese mundo no fuese suficientemente vasto, suficientemente trágico o cómico, suficientemente insospechado para satisfacer las exigencias de las pasiones y de la inteligencia. Los pobres medios de comunicación del hombre, es preciso además que él los desnaturalice y que haga de ellos fuentes de mentira.

Al engañarse así, ¿a quién quieren engañar? ¿¡Para qué gloria, para qué manual de filosofía o qué diccionario elaboran sus bellas teorías, sus sistemas abstractos y pomposos, que nada encierran, en los que nada es preciso, pero donde todo flota, suprimido, decapitado, en el vacío absoluto de la inteligencia con, de tanto en tanto, las olas nebulosas del conocimiento, de la cultura y de la civilización!?

Hay que resistir para no ser arrastrado. Es tan fácil: uno se procura un maestro de pensar, elegido entre los más insólitos y los menos conocidos. Después uno levanta, uno reedifica el edificio que el cinismo había hecho desplomar, y se sirve de los mismos elementos. La historia del pensamiento humano es, en sus nueve décimas partes, la historia de un vano juego de cubos en el que las piezas no dejan de ir y venir, desgastadas, estropeadas, falseadas, ajustando mal. ¡Cuánto tiempo perdido! ¡Cuántas vidas inútiles! Cuando, para cada hombre, tal vez la aventura ha de rehacerse enteramente.

Cuando cada minuto, cada segundo que pasa cambia tal vez por completo el rostro de la verdad. Nada, nada está jamás resuelto. En el movimiento vertiginoso del pensamiento, no hay final, no hay comienzo. No hay SOLUCIÓN, porque evidentemente no hay problema. Nada está planteado. El universo no tiene clave; ni razón. Las únicas posibilidades ofrecidas al conocimiento son las de los encadenamientos. Dan al hombre la posibilidad de percibir el universo, no de comprenderlo.

Pero el hombre no querrá aceptar nunca este papel de testigo. Jamás podrá resignarse a los límites. Así que continuará induciendo, para luchar contra la nada a la que cree hostil, contra la vida, contra la muerte de la que ha hecho una enemiga.

Para admitir los límites, le haría falta admitir, brutalmente, que no ha dejado de equivocarse durante siglos de civilización y de sistema, y que la muerte no es otra cosa que el final de su espectáculo. Tendrá que admitir también que la gratuidad es la única ley concebible, y que la acción de su conocimiento no es una libertad sino una participación condicionada.

No tendrá nunca la fuerza para renunciar al poder embriagador de la finalidad. Tal vez adivina confusamente que si renegara de esta energía directriz, mataría al mismo tiempo lo que es en él potencia de vuelo, progresión.

Porque después de todo es aquí donde ocurren las cosas. Si tuviera elección, si tuviera libertad, tendría también la descomposición; al dejar retornar al mundo el espesor opaco de la inmovilidad, de lo inmóvil, de lo inexpresable, se volvería sordo al entendimiento con el mundo. Su inverso está ahora en estado de hipnosis bajo su mirada; pero que baje los ojos un instante, y el caos volverá a caer sobre él y lo engullirá.

Que deje de ser el centro del mundo de los hombres, un día, y los objetos se engordan, las palabras se desmigajan, las mentiras ya no sostienen el edificio que se desploma.

Ilusionista. Ilusionista. Un día tal vez vacilarás entre la desdicha y la muerte. Y elegirás la muerte.

Y espectadores encadenados a sus asientos, que han visto el terrible film desarrollarse ante ellos, que lo han vivido también, cuando llega el momento en que se escribe la palabra "FIN", ¿por qué no quieren partir, simplemente, sin hacer historias? ¿Por qué permanecen enganchados a sus asientos, desesperadamente, esperando siempre que sobre la pantalla oscurecida vuelva a comenzar otro espectáculo, aun más bello, aun más terrible, y que, esta vez, no terminará jamás?

En nosotros, replegada, luego abierta, a la medida de nuestros cuerpos, sosteniendo cada uno de nuestro pensamientos, siempre despierta en cada fuerza, en cada deseo, como una corriente venida de lo más profundo del espacio desconocido cuyo punto de partida no cesa de huir, adelante, atrás, a nuestro lado, nuestra verdadera ruta, nuestra verdadera fe, la única forma de la esperanza presente en nosotros, con la vida, la desdicha.

Luchamos, nos arrancamos al lodo, nos herimos por algunos segundos infinitos de libertad. Pero está allí. Su abismo está en todas partes. Sus bocas son incontables, abiertas por todos lados, para englutirnos. Adelante, atrás, a la izquierda, a la derecha, arriba, abajo, el porvenir está petrificado.

Todas las rutas regresan. Todos los caminos conducen al antro que nunca está saciado. Mañana es el día. Ayer es el día. Lejos, largo tiempo, al revés, en el fondo están las ventosas del mal. La única paz está en el silencio y en la detención.

Pero es efímera; no se puede permanecer mucho tiempo inmóvil. Tarde o temprano, hay que dar un paso adelante, o un paso atrás, y el monstruo vacío que esperaba este instante no te deja escapar. Te atrapa, te hace conocer de nuevo el infierno del tiempo, del espacio, de las voluntades hostiles.

La alegría no es duradera; el amor no es duradero; la paz y la confianza en Dios no son duraderas; la única fuerza que dura es la de la desdicha y la duda.

La conciencia y la lucidez no son paisajes claros. Son extensiones siempre cambiantes, llenos del enfrentamiento de la luz y de la sombra, y todo lo que hay allí no existe de una sola manera, sino de cien, mil formas posibles. Nada de lo que es pensado, es decir nada de lo que se encuentra en los límites de los sentidos, escapa a la ley de la duda. Es como si, a partir de cierto nivel de desempeño físico, el espíritu tuviera entera libertad de acción, de enmarañamiento, de análisis, de asociación o de disociación. El tipo primero del pensamiento deductivo, ¿no es el de considerar los "contrarios"?

Prueba de lo blanco por lo negro, del pensamiento por el ser, de la luz por la noche, de la verdad por la mentira. La prueba suprema, a saber del objeto por el objeto, no existe; o al menos, es sentida como insuficiente por nuestro espíritu racionalista. Escapa al orden. Inquieta. Y los teólogos cristianos no encontraron mejor prueba de la existencia de Dios que el hábil (e inútil) "Y si no es Dios, ¿quién es?"

Es posible que el pensamiento no esté tan alejado de las formas más bajas de la vida. Su ley es tal vez la misma. La vida está en el combate, en el despilfarro de las fuerzas en vista de la suprema inutilidad. Esta grandiosa, esta heroica belleza de la acción vana, yo la percibo también en el espíritu del hombre. Me parece que va, así, de combate interior en combate interior, que no se eleva sino para mejor volver a caer, que se gasta, que se periclita y que muere según el mismo movimiento que su cuerpo. Para nada, siempre para nada. Pero esa nada del alma no es más despreciable que la de las células. De hecho, es la misma nada, la misma ausencia-presencia, el mismo círculo que lo ahoga y lo absuelve. Puesto que el espíritu del hombre no puede ir de infinito en infinito, como él lo sueña, va, absolutamente, sobre sí mismo, enrollándose alrededor del centro invisible hasta agotarse.

Y uno y otro están ligados. El espíritu y la vida son dos formas hermanas salidas del ser que responden a las mismas señales. Así la desdicha está anclada en lo más profundo de nosotros mismos, y la duda, y la errancia. Son las indicaciones continuas, imprecisas, de que estamos EN MARCHA, y de que sobrevivimos.

No hay paz. No puede haber paz, ni para nuestro cuerpo ni para nuestro pensamiento. Y lo sabemos secretamente, desde que se abre para nosotros el campo infinito de las imaginaciones, y desde que nos percatamos de que estamos empeñados en la lucha. Identidad perfecta de nosotros y de nosotros mismos. Identidad que nos sumerge en lo trágico, sin posibilidad de desactivar. Humillante y mágica identidad. Levantamos las murallas de nuestros sistemas, de nuestras bellas frases y de nuestros paraísos imaginarios; habitamos nuestras moradas de ilusión, buscamos el lugar que no se mueve, que no quiere nada, que no conoce el mal. Pero está ahí, lo sabemos: no escaparemos. Jamás seremos vencedores. No encontraremos asilo. No nos queda más que aprender, explorar, reconocer lentamente nuestro dominio del dolor.

Y por encima de todo, un día, tal vez, la inmovilización hecha posible. La tragedia revelada hasta el más mínimo detalle, la vida de un solo golpe presente ante nosotros como una obra.

Cada sombra fijada, cada luz brillando intensamente en su claridad inmutable.

Sí, un día, tal vez, aquello vendrá hacia nosotros, a causa de nosotros mismos, o a causa de otra cosa, y sabremos lo que es la entrada de la felicidad en la desdicha. El inmenso campo de las batallas y de los males será nuestro paisaje iluminado, nuestra fuerza. El caos se retirará repentinamente de todas las cosas, y veremos por fin que, desaparecido éste, todo habrá permanecido semejante.

Nada se ha movido. Los objetos, los duros objetos de los dramas, las aglomeraciones de las dudas y de los deseos insatisfechos, las imágenes trascendentes que no habían alcanzado nada seguro, todo ello habrá cedido el lugar a la paz, a la inmensa bondad.

La claridad estará presente sin interrupción, y las ideas ya no serán armas contra el mundo. Y estaremos allí, armoniosamente en la realidad, en el mismo plano que ella, comunicando, derramados, habitados. Sabremos todo, sin esperanza, sin desesperación, pero tranquilamente, tranquilamente.

La vida correrá sin dolor, sin ira, y con ella el espíritu permanecerá fijo en su espectáculo, nunca saciado, sin buscar jamás en otra parte lo que finalmente se ofrece allí ante él. Un panel de montaña calcárea, alzada, fulminante de blancura, y a tal punto yerta, estable, que todos los movimientos y todas las duraciones parecen haber entrado en su superficie abrupta. Éste es el espectáculo que nos espera tal vez uno de estos días. El admirable espectáculo de la materia reunida, que nos guía dulcemente hacia una suerte de sueño exacto. Ya no tendremos nada que esperar. Moraremos en el centro del jeroglífico, en el corazón mismo del enigma, y toda la pregunta se borrará de ella misma. En ese momento, la vanidad será una virtud.



Traducción de Ariel Dilon
En El éxtasis material (1967), inédito en castellano
Gulliver nº1, noviembre 2005
Fuente
Foto AFP

27 nov. 2011

Jean Marie Gustave Le Clezio: La rueda de agua

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El sol todavía no ha salido sobre el río. Por la angosta puerta de la casa, Juba mira las aguas planas que ya espejean, al otro lado de los campos grises. Se incorpora en la cama, aparta la sábana que lo envuelve. El aire frío de la mañana le da escalofríos. En la casa oscura, hay otras formas enrolladas en las sábanas, otros cuerpos dormidos. Juba reconoce a su padre, al otro lado de la puerta, a su hermano y, al fondo, a su madre y a sus dos hermanas muy juntas bajo la misma sábana. Un perro ladra largamente, en alguna parte, con una voz extraña que canta y luego se estrangula. Pero no hay muchos ruidos en la tierra, ni en el río, pues el sol todavía no ha salido. La noche está gris y fría, lleva el aire de las montañas y del desierto y la luz pálida de la luna.

Juba mira la noche temblando, sin moverse de su cama. A través de la manta de juncos trenzados, el frío de la tierra sube y se forman gotas de rocío sobre el polvo. Fuera, las hierbas brillan un poco, como filos húmedos. Las acacias grandes y delgadas están negras, inmóviles en la tierra resquebrajada.

Juba se levanta sin hacer ruido, dobla la sábana y enrolla la estera, luego camina sobre el sendero que atraviesa los campos desiertos. Mira el cielo, al este, y adivina que el día aparecerá de un momento a otro. Siente la llegada de la luz en el fondo de su cuerpo, y la tierra también lo sabe, la tierra labrada de los campos y la tierra polvorienta entre los arbustos de espinos y los troncos de acacias. Es como una inquietud, como una duda que viene desde el cielo, recorre el agua lenta del río y se propaga a ras de la tierra. Las telas de araña tiemblan, los pastos vibran, los moscardones sobrevuelan las charcas, pero el cielo está vacío, pues los murciélagos se han ido y todavía no han llegado los pájaros. Bajo los pies descalzos de Juba, el sendero es duro. La vibración lejana camina al mismo tiempo que él, y los grandes saltamontes grises comienzan a brincar por los pastos. Lentamente, mientras Juba se aleja de la casa, el cielo se aclara río abajo. La bruma desciende entre las orillas, a la velocidad de una balsa, estirando sus membranas blancas.

Juba se detiene en el camino. Mira un instante el río. Sobre las orillas de arena, los juncos mojados están inclinados. Un gran tronco negro oscila en la corriente, se hunde y saca sus ramas como el cuello de una serpiente que nada. La sombra está todavía sobre el río, el agua es pesada y densa, fluye formando pliegues lentos. Pero más allá del río, ya aparece la tierra seca. El polvo es duro bajo los pies de Juba, la tierra roja está quebrada como las vasijas viejas, los surcos zigzaguean, semejantes a antiguas fisuras.

La noche se abre poco a poco, en el cielo, sobre la tierra. Juba cruza los campos desiertos, se aleja de las últimas casas de campesinos, ya no ve el río. Sube un montículo de piedras secas de donde cuelgan algunas acacias. Juba recoge del suelo algunas flores de acacia que mastica al escalar el montículo. El jugo se esparce en su boca y disuelve el embotamiento del sueño. Al otro lado de la colina de piedras esperan los bueyes. Cuando Juba llega cerca de ellos, los grandes animales patean cojeando y uno de ellos echa la cabeza hacia atrás para mugir.

«¡Tttt! ¡Uta, uta!», dice Juba y los bueyes lo reconocen. Sin dejar de chasquear con la lengua, Juba les quita las trabas y los conduce hacia lo alto de la colina de piedras. Los dos bueyes avanzan con dificultad, cojeando, porque las trabas han entumecido sus patas traseras. El vapor sale de su hocico.

Cuando llegan frente a la noria, los bueyes se detienen. Se agitan y tiran para atrás, hacen ruidos con la garganta, las pezuñas golpean el piso y despiden piedras. Juba ata los bueyes en el extremo de un largo madero. Mientras ajusta las bestias en el yugo, sigue chasqueando la lengua contra el paladar. Las moscas comienzan a volar alrededor de los ojos y el hocico de los bueyes y Juba ahuyenta las que se posan en su cara y en sus manos.

Los animales esperan junto al pozo, el pesado timón de madera cruje y rechina cuando dan un paso adelante. Juba tira de la cuerda atada al yugo y la rueda comienza a gemir, como un barco que se sacude. Los bueyes grises caminan pesadamente por el sendero circular. Las pezuñas se apoyan sobre las huellas del día anterior, cavan los antiguos surcos en la tierra roja, entre las piedras. En el extremo del largo madero está la gran rueda que gira al mismo tiempo que los bueyes y cuyo eje impulsa el engranaje de la otra rueda vertical. La larga correa de cuero baja hasta el fondo del pozo, llevando los cubos hasta el agua.

Juba excita a las bestias haciendo chasquear la lengua continuamente. También les habla, en voz baja, suavemente, porque la oscuridad envuelve aún los campos y el río. La pesada máquina de madera rechina y cruje, se resiste, vuelve a empezar. Los bueyes se detienen cada tanto, y Juba tiene que correr tras ellos, darles un latigazo en las nalgas, empujar el timón. Los bueyes retoman su marcha circular, la cabeza gacha y resoplando.

Cuando el sol sale por fin, ilumina de una vez los campos. La tierra roja está llena de surcos, muestra sus bloques de greda seca, sus piedras agudas que brillan. Sobre el río, al otro lado de los campos, la bruma se rasga, el agua se ilumina.

Una bandada de pájaros surge brutalmente de las orillas, entre los juncos, estalla en el cielo claro lanzando su clamor. Son las gangas, las perdices del desierto, y sus gritos agudos sobresaltan a Juba. De pie sobre las piedras de los pozos, las sigue por un instante con la mirada. Los pájaros suben alto en el cielo, pasan frente al disco del sol, luego se inclinan nuevamente hacia la tierra y desaparecen en las hierbas del río. Lejos, al otro lado de los campos, las mujeres salen de las casas. Encienden los braseros, pero la luz del sol es tan nueva que no llega a empañar el brillo rojo del carbón de madera que está ardiendo. Juba oye gritos de niños, voces de hombres. Alguien, en alguna parte, llama y su voz aguda resuena largo rato en el aire: «Ju-uuu-baa».

Ahora los bueyes caminan más rápido. El sol recalienta sus cuerpos y les da fuerzas. El molino gime y rechina, cada diente del engranaje cruje al encajar en el otro, la correa de cuero, tensa por el peso de los cubos, produce una vibración continua. Los cubos suben hasta el brocal del pozo, se derraman por la canaleta de chapa, vuelven a bajar golpeando las paredes del pozo. Juba mira el agua que fluye haciendo olas a lo largo de la canaleta, corre por la acequia, baja a espacios regulares hacia la tierra roja de los campos. El agua corre como tragos lentos y la tierra seca bebe ávidamente. El barro invade el fondo del foso y el flujo regular avanza, metro a metro. Juba no se cansa de mirar el agua, sentado sobre una piedra en el borde del pozo. Junto a él, la rueda de madera gira muy lentamente, crujiendo, y el zumbido continuo de la correa sube por el aire, los cubos golpean contra la canaleta de chapa, uno después de otro, derraman el agua que fluye sibilante. Es una música lenta y llorosa como una voz humana, llena el cielo vacío y los campos. Es una música que Juba reconoce día tras día. El sol se eleva lentamente por encima del horizonte, la luz del día vibra sobre las piedras, sobre los tallos de las plantas, sobre el agua que fluye en la acequia. Los hombres caminan a lo lejos, en la curva del campo, siluetas negras en el cielo pálido. El aire se calienta poco a poco, las piedras parecen inflarse, la tierra roja brilla como una piel de hombre. Hay gritos, de un extremo a otro de la tierra, gritos de hombres y ladridos de perros, y que retumban en el cielo sin fin, mientras la rueda de madera gira y cruje. Juba ya no mira más a los bueyes. Les da la espalda, pero oye el aliento que les raspa la garganta, que se aleja, que vuelve. Las pezuñas de los animales golpean siempre las mismas piedras en el camino circular, se hunden en los mismos huecos.

Entonces Juba envuelve su cabeza en la tela blanca y ya no se mueve. Mira a lo lejos, tal vez, al otro lado de los campos de tierra roja, al otro lado del río metálico. No oye el ruido de la rueda que gira, no oye el ruido del pesado timón de madera que gira alrededor de su eje.

«¡Eh-oh!»

Canta en su garganta, lentamente, él también, con los ojos entrecerrados.

«¡Eeeeh-oooh, oooh-ooooh!»

Con las manos y el rostro ocultos bajo la tela blanca y el cuerpo inmóvil, Juba canta al mismo tiempo que la rueda que gira. Abre apenas la boca y su canto sale largamente de su garganta, como el aliento de los bueyes, como el zumbido continuo de la correa de cuero.

«¡Eeh-eeh-eyaah-oh!»

El aliento de los bueyes se aleja, vuelve, gira sin cesar a lo largo del camino circular. Juba canta para sí mismo y nadie lo puede oír, mientras el agua fluye a borbotones a lo largo de la acequia. La lluvia, el viento, el agua pesada del gran río que desciende hacia el mar, están en su garganta, en su cuerpo inmóvil. El sol sube sin prisa en el cielo, el calor hace vibrar las ruedas de madera y el timón. Quizá sea el mismo movimiento que mueve el astro hacia el centro del cielo, mientras los bueyes avanzan pesadamente a lo largo del camino circular.

«¡Eya-oooh, eya-oooh, oooh-oh-ooo-oh!»

Juba oye el canto que sube en él, que atraviesa su vientre y su pecho, el canto que viene de la profundidad del pozo. El agua fluye en olas, del color de la tierra, y desciende hacia los campos desnudos. El agua gira también, lentamente, rodea los ríos, rodea los muros, rodea las nubes alrededor del eje invisible. El agua fluye estallando, crujiendo, fluye sin cesar hacia el abismo oscuro del pozo donde los cubos vacíos la vuelven a tomar.

Es una música que no puede terminar, pues está en todo el mundo, en el mismo cielo, donde asciende lentamente el disco solar, a lo largo de su camino curvo. Los sonidos profundos, regulares, monótonos, suben de la gran rueda de madera de engranajes plañideros, el torno gira alrededor de su eje haciendo su queja, los cubos de metal descienden hacia el pozo, la correa de cuero vibra como una voz y el agua sigue fluyendo por la canaleta, en oleadas, inunda el canal de la acequia. Nadie habla, nadie se mueve y el agua cae en cascadas, crece como un torrente, se expande en los surcos, en los campos de tierra roja y de piedras.

Juba inclina un poco la cabeza hacia atrás y mira el cielo. Ve el lento movimiento circular que deja sus huellas fosforescentes, ve las esferas transparentes, los engranajes de la luz en el espacio. El sonido de la rueda de agua llena toda la atmósfera, gira interminablemente con el sol. Los bueyes caminan al mismo ritmo, con la frente inclinada, la nuca tiesa bajo el peso del yugo. Juba oye el ruido sordo de sus pezuñas, el ruido de su aliento que va y viene, y les sigue hablando, les dice palabras graves que duran mucho, palabras que se mezclan con el quejido del timón, con los ruidos de esfuerzo de los engranajes de las ruedas, con el tintineo de los baldes que suben sin cesar, derraman el agua.

«¡Eeeya-ayaaah, eyaaa-oh! ¡Eyaaa-oh!»

Luego, mientras el sol sube lentamente, arrastrado por la rueda y por los pasos de los bueyes, Juba cierra los ojos. El calor y la luz forman un torbellino suave que lo transporta en esa corriente, a lo largo de un círculo tan vasto que parece que nunca se volverá a cerrar. Juba está sobre las alas de un buitre blanco, muy alto en el cielo sin nubes. Se desliza sobre sí mismo, a través de las capas del aire, y la tierra roja da vueltas lentamente bajo sus alas.

Los campos desnudos, los caminos, las casas de techos de hojas, el río de color metal, todo gira alrededor del pozo, haciendo un ruido que cruje y se desvencija. La música monótona de las ruedas de agua, el aliento de los bueyes, el gorgoteo del agua en la acequia, todo eso da vueltas, lo transporta, lo levanta. La luz es grande, el cielo está abierto. Ahora no hay más hombres, han desaparecido. Solamente hay agua, tierra, cielo, planos móviles que pasan y se cruzan, cada elemento semejante a una rueda dentada que muerde un engranaje.

Juba no duerme. Ha abierto nuevamente los ojos y mira frente a él, más allá de los campos. No se mueve. La tela blanca cubre su cabeza y su cuerpo y respira suavemente.

Entonces aparece Yol. Yol es una ciudad extraña, muy blanca en medio de la tierra desierta y de las piedras rojas. Sus altos monumentos todavía se mueven, indecisos, irreales, como si no hubieran sido terminados. Son semejantes a los reflejos del sol en los grandes lagos de sal.

Juba conoce bien esta ciudad. La ha visto a menudo, a lo lejos, cuando la luz del sol está muy fuerte y un velo de fatiga cubre los ojos. La ha visto a menudo, pero nadie se ha acercado, por los espíritus de los muertos. Un día, le preguntó a su padre el nombre de la ciudad, tan bella y tan blanca, y su padre le dijo que se llamaba Yol, y que no era una ciudad para los hombres sino solamente para los espíritus de los muertos. Su padre también le habló de aquel que reinaba en esta ciudad, hace mucho tiempo, un joven rey que había venido del otro lado del mar y que llevaba el mismo nombre que él.

Ahora, en la música lenta de las ruedas, en la luz cegadora, cuando el sol está en lo más alto del cielo, Yol ha aparecido, una vez más. Crece delante de Juba y él ve claramente sus grandes edificios temblar en el aire caliente. Hay altas torres sin ventanas, casonas blancas en medio de jardines de palmeras, palacios, templos. Los bloques de mármol brillan como si acabaran de ser cortados. La ciudad gira lentamente alrededor de Juba y la música monótona de la rueda de agua se parece al rumor del mar. La ciudad flota sobre los campos desiertos, liviana como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal y, frente a ella, fluye el agua del río Azan como un camino de luz. Juba escucha el rumor del mar, al otro lado de la ciudad. Es un ruido muy pesado, que se mezcla con los redobles del tambor y con los bramidos de las bocinas y de las tubas. El pueblo de Himyar se amontona en las calles de la ciudad. Hay esclavos negros llegados de Nubia, cohortes de soldados, caballeros de capas rojas con cascos de cuero, los niños rubios de los habitantes de las montañas. El polvo sube por el aire, por encima de los caminos y de las casas, forma una gran nube gris que se arremolina en las puertas de las murallas.

«¡Eya! ¡Eya!», grita la multitud, mientras Juba avanza a lo largo de la vía blanca. Es el pueblo de Himyar que lo llama, que le tiende los brazos. Pero él avanza sin mirarlos, a lo largo de la vía real. En lo alto de la ciudad, por encima de las casas y de los árboles, el templo de Diana es inmenso, sus columnas de mármol parecen troncos petrificados. La luz del sol ilumina el cuerpo de Juba y lo embriaga, y él oye crecer el rumor continuo del mar. La ciudad a su alrededor es liviana, vibra y se ondula como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. Juba camina y sus pies no parecen tocar el suelo, como si lo transportara una nube. El pueblo de Himyar, los hombres y las mujeres caminan con él, la música escondida resuena en las calles y en las plazas y, a veces, el rumor del mar queda cubierto por los gritos que llaman:

«¡Juba! ¡Eya! ¡Ju-uuu-baa!».

La luz aparece de repente, cuando Juba llega a lo alto del templo. Es el mar inmenso y azul que se extiende hasta el horizonte. El lento movimiento circular traza la línea pura del horizonte y la voz monótona de las olas retumba contra las rocas.

«¡Juba! ¡Juba!»

Las voces del pueblo de Himyar gritan y su nombre suena en toda la ciudad, por encima de las murallas color tierra, en los peristilos de los templos, en los patios de los palacios blancos. Su nombre llena los campos rojos, hasta los límites del río Azan.

Entonces Juba sube los últimos peldaños del templo de Diana. Está vestido de blanco, sus cabellos negros están atados con una cinta de hilo dorado. Su bello rostro color cobre señala la ciudad y sus ojos oscuros miran, pero es como si vieran a través del cuerpo de los hombres, a través de los muros blancos de los edificios.

La mirada de Juba atraviesa las murallas de Yol, va más allá; sigue los meandros del río Azan, pasa la extensión de los campos desiertos, va hasta los montes Amour, hasta el manantial de Sebgag. Ve el agua clara que surge entre las rocas, el agua preciosa y fría que fluye haciendo su ruido regular.

La multitud se calla ahora, mientras Juba mira con sus ojos sombríos. Su rostro se parece al de un joven dios y la luz del sol parece multiplicada en sus ropas blancas y en su piel color cobre.

La música surge nuevamente, como un clamor de pájaros, reverbera entre los muros de la ciudad. Hincha el cielo y el mar, su onda se aleja largamente.

«Soy Juba», piensa el joven rey, luego dice en voz alta, con fuerza:

«¡Soy Juba, el hijo de Juba, el nieto de Hiempsal!».

«¡Juba! ¡Juba! ¡Eya-oooh!», grita la multitud.

«¡Soy Juba, vuestro rey!»

«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!»

«¡He regresado hoy y Yol es la capital de mi reino!»

El rumor del mar sigue creciendo. Ahora, por los escalones del templo sube una joven mujer. Es hermosa, lleva un vestido blanco que se mueve con el viento y sus cabellos claros están cargados de chispas. Juba toma su mano y camina con ella hasta el templo.

«¡Cleopatra Selene, hija de Antonio y de Cleopatra, vuestra reina!», dice Juba.

El ruido de la multitud cubre la ciudad. La joven mira sin moverse las casonas blancas, las murallas y la extensión de tierra roja. Tiene una leve sonrisa.

Pero el lento movimiento de las ruedas continúa y el ruido del mar es más fuerte que las voces de los hombres. En el cielo, el sol desciende poco a poco, en su camino circular. Su luz cambia de color en los muros de mármol, alarga las sombras de la columnas.

Es como si ahora estuvieran solos, sentados en lo alto de los escalones del templo, junto a las columnas de mármol. A su alrededor, la tierra y el mar giran mientras emiten su quejido regular. Cleopatra Selene mira el rostro de Juba. Admira el rostro del joven rey, la frente alta, la nariz aguileña, los ojos alargados rodeados por el dibujo negro de las pestañas. Ella se inclina hacia él y le habla suavemente en una lengua que Juba no puede comprender. Su voz es suave y su aliento perfumado. Juba, a su vez, la mira y dice:

«Todo es hermoso aquí, hace tanto tiempo que deseo volver. Cada día, desde mi infancia, pensaba en el momento en que podría volver a ver todo esto. Quisiera ser eterno, para no abandonar nunca esta ciudad y esta tierra, para ver esto siempre».

Sus ojos sombríos brillan por el espectáculo que lo rodea. Juba no deja de mirar la ciudad, las casas blancas, las terrazas, los jardines de palmeras. Yol vibra a la luz de la tarde, ligera e irreal como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El viento que sopla mueve los cabellos de Cleopatra Selene, el viento lleva hasta la parte más alta del templo el rumor monótono del mar. La voz de la joven lo interroga, pronunciando simplemente su nombre:

«¿Juba... Juba?».

«Mi padre murió vencido aquí mismo», dice Juba.

«Me llevaron como un esclavo a Roma. Pero hoy esta ciudad es bella y quiero que sea aún más bella. Quiero que no haya una ciudad más bella sobre la Tierra. Se enseñará la filosofía, la ciencia de los astros, la ciencia de las cifras, y los hombres vendrán de todos los puntos del mundo para aprender.»

Cleopatra Selene escucha las palabras del joven rey sin comprender. Pero también mira la ciudad, escucha el rumor de la música que gira alrededor del horizonte. Su voz canta un poco cuando lo llama:

«¡Juba! ¡Eyaaa-oh!».

«En la plaza, en el centro de la ciudad, los maestros enseñarán la lengua de los dioses. Los niños aprenderán a venerar el conocimiento, los poetas leerán sus obras, los astrólogos predecirán el porvenir. No habrá tierra más próspera ni pueblo más pacífico. La ciudad resplandecerá por los tesoros del espíritu, por esta luz.»

El hermoso rostro del joven rey brilla en la claridad que rodea el templo de Diana. Sus ojos ven lejos, más allá de las murallas, más allá de las colinas, hasta el centro del mar.

«Los hombres más sabios de mi nación vendrán aquí, a este templo, con los escribas, y yo estableceré con ellos la historia de esta tierra, la historia de los hombres, de las guerras, de los grandes hechos de la civilización, y la historia de las ciudades, de los cursos de agua, de las montañas, de las orillas del mar, desde Egipto hasta el país de Cerné.»

Juba mira a los hombres del pueblo de Himyar que se amontonan en las calles de la ciudad, alrededor del templo, pero no oye el ruido de sus voces, escucha solamente el rumor monótono del mar.

«No he venido por venganza», dice Juba.

Mira también a la joven reina sentada a su lado.

«Mi hijo Ptolomeo va a nacer», sigue diciendo. «Reinará aquí, en Yol, y sus hijos reinarán después de él, para que nada se termine.»

Luego, se pone de pie, en la plataforma del templo, completamente frente al mar. Una luz cegadora está sobre él, la luz que viene del cielo, que hace resplandecer los muros de mármol, las casas, los campos, las colinas. La luz viene del centro del cielo, inmóvil sobre el mar.

Juba ya no habla. Su rostro parece una máscara de cobre y la luz brilla en su frente, en la curva de su nariz, en sus pómulos. Sus ojos sombríos ven lo que hay más allá del mar. A su alrededor, las paredes blancas y las estelas de calcita tiemblan y vibran como los reflejos del sol en los grandes lagos de sal. El rostro de Cleopatra Selene está inmóvil también, iluminado, apaciguado como el rostro de una estatua.

Juntos, de pie el uno contra el otro, el joven rey y su esposa están sobre la plataforma del templo y la ciudad gira lentamente a su alrededor. La música monótona de las grandes ruedas ocultas llena sus oídos y se confunde con el ruido de las olas sobre las rocas de la orilla. Es como un canto, como una voz humana que grita de muy lejos, que llama:

«¡Juba! ¡Ju-uuu-baa!».

Las sombras se agrandan en la tierra, mientras el sol baja poco a poco hacia el oeste, a la izquierda del templo. Juba ve los edificios temblar y deshacerse. Se deslizan como nubes y, en el cielo y en el mar, el canto de las ruedas se vuelve más grave, más quejumbroso. Hay grandes círculos blancos en el cielo, grandes ondas que nadan. Las voces humanas disminuyen, se alejan, se desvanecen. A veces, todavía, se oyen los acentos de la música, los sonidos de las tubas, las flautas agrias, el tambor. O los gritos guturales de los camellos, cerca de las puertas de las murallas. La sombra gris y malva se extiende bajo las colinas, avanza en el valle del río. Sólo el templo está iluminado por el sol, se levanta sobre la ciudad como un navío de piedra.

Ahora Juba está solo en las ruinas de Yol. Las ondas lentas pasan sobre los mármoles quebrados, agitan la superficie del mar. Las columnas descansan en el fondo del agua, los grandes troncos petrificados perdidos entre las algas, las escaleras devoradas. No quedan hombres ni mujeres aquí, no hay más niños. La ciudad se asemeja a un cementerio que tiembla en el fondo del mar, y las olas vienen a golpear los últimos peldaños del templo de Diana, como un escollo. Siempre está el ruido monótono, el rumor del mar. Es el movimiento de las grandes ruedas dentadas que rechinan todavía, que gimen, mientras el par de bueyes atados al timón hace más lenta su marcha circular. En el cielo azul oscuro, la luna creciente ha salido y brilla con su luz sin calor.

Entonces Juba se quita el velo blanco que cubre su cabeza. Tiembla, porque el frío de la noche llega rápido. Sus miembros están entumecidos y tiene la boca seca. En el hueco de su mano, toma un poco de agua de un cubo inmóvil. Su bello rostro está muy oscuro, casi negro, por todo el calor del sol. Sus ojos miran la extensión de los campos rojos, donde ahora no hay nadie. Los bueyes se detienen en su camino circular. Las grandes ruedas de madera ya no giran, pero crujen y rechinan y la larga correa de cuero vibra todavía.

Sin prisa, Juba deshace los nudos de los bueyes, separa la pesada viga de madera. La noche avanza al otro lado de la tierra, río arriba. Cerca de las casas, los fuegos de brasas están encendidos y las mujeres están paradas frente a los braseros.

«¡Ju-uuu-baa! ¡Ju-uuu-baa!»

Es la misma voz que llama, aguda y musical, en alguna parte al otro lado de los campos desiertos. Juba se da la vuelta y mira por un instante, luego desciende el montículo de piedras guiando a los bueyes por la correa. Cuando llega al pie del montículo, Juba anuda las trabas a los jarretes de los bueyes. El silencio en el valle del río es inmenso, ha cubierto la tierra y el cielo como un agua calma donde no se mueve ni una ola. Es el silencio de las piedras.

Juba mira a su alrededor, largo rato, escucha el ruido de la respiración de los bueyes. El agua ha dejado de fluir por la acequia, la tierra bebe las últimas gotas, en las fisuras de los surcos. La sombra gris ha cubierto la ciudad blanca de los templos livianos, las murallas, los jardines de palmeras. ¿Queda, quizás, en alguna parte, un monumento en forma de tumba, una cúpula de piedras partidas, donde crecen las hierbas y los arbustos, no lejos del mar? Tal vez mañana, cuando las grandes ruedas comiencen de nuevo a girar, cuando los bueyes vuelvan a empezar, lentamente resoplando, por su camino circular, tal vez entonces la ciudad aparezca nuevamente, muy blanca, temblorosa e irreal como los reflejos del sol. Juba gira un poco sobre sí mismo, mira solamente la extensión de los campos que descansan de la luz bañadas por el vapor del río. Luego, se aleja, avanza rápidamente por el camino, hacia las casas donde esperan los vivos.


En Mondo y otras historias 
Trad.: Vera Waksman
Barcelona, Tusquets, 2010



9 nov. 2011

Jean Marie Gustave Le Clezio: La cuarentena (fragmento)

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Marsella, a finales de agosto de 1980

Todavía sigo pensando en él. Lo recuerdo, tenía yo diez u once años, mi abuela me había hablado de lo que había sucedido aquella noche, en la taberna de Saint-Sulpice, me había leído fragmentos de Le bateau ivre, y yo le pregunté: «Pero ese Rimbaud del que hablas, ¿es como una especie de tío para mí?». Yo pensaba que lo habían ocultado, expulsado, sólo porque era un golfo, porque se había ido y había abandonado a todo el mundo, como Léon.

Así pues, he querido ir al último lugar en que había vivido, como quien va a visitar el panteón familiar. Para ver lo que él había visto, para sentir lo que él había sentido. En Marsella todavía estamos en pleno verano. A las nueve de la mañana, al apearme del tren, el aire abrasaba, flotaba sobre la ciudad un olor como de incendio.

No he querido tomar un taxi. Con la ayuda del plano de la ciudad, he tratado de encontrar el camino que él había seguido, en coche de caballos, desde la estación Saint–Charles hasta la Conception. Había espaciosas avenidas, túneles. Nada de todo esto existía por entonces.

He recorrido la larga Rue Saint–Pierre, que pasa, sinuosa, por entre lo que los alemanes dejaron en pie del casco antiguo de Marsella. Edificios vetustos de tres plantas, ventanas enrejadas, puertas cocheras. En los bares oscuros, olor a anís, música oriental. Me parecía oír cómo rebotaba contra las casas el martilleo de los cascos del caballo que tiraba del coche que iba camino del hospital con las cortinillas corridas. Tal vez estuviera ya inconsciente. El camino le resulta conocido. Es la tercera vez que lo recorre. La primera vez, al desembarcar del Amazone, el viernes 20 de mayo, y luego exactamente dos meses después, para tomar otra vez el tren del norte. Y ahora... Avanzo por la calle estrecha, y tengo la sensación de estar a punto de llegar a la meta, de que todo va a aclararse. De que voy a encontrar al Desaparecido, algún rastro suyo, una señal, una flor que se estremece al viento en un patio, un árbol bajo el que se hubiera sentado, un nombre grabado en una piedra. Cada casa, cada ventana, cada puerta es testigo.

Al final de la calle, junto a la antigua cárcel de los condenados a trabajos forzados, convertida ahora en archivo o en museo, se levantan las altas paredes de hormigón blanco del hospital, construidas encima del polvo del derribo. Del antiguo hospital no subsiste nada, nada en absoluto. He deambulado sin rumbo por los pasillos, por lo que queda del jardín entre dos aparcamientos. He leído la inscripción: «Aquí el poeta... concluyó su aventura terrestre». El aula Arthur Rimbaud. En la sala de los pasos perdidos, un árabe, vestido con un pijama sudadera y con zapatillas deportivas sin calcetines, camina con el oído pegado al transistor. Tiene el rostro demacrado, con los rasgos marcados por el dolor. Él también lleva bigotito, el cabello muy corto, como un presidiario. Escucha su música, y su mirada es muy dulce, soñadora, como si estuviera lejos de aquí, en los montes de Aurés. «Allah Kerim!»

Y él, el otro, ¿fue cojeando hasta los grandes plátanos de la entrada, apoyándose en la muleta, para sentarse a la sombra fresca? ¿Caminó, cogido del brazo de Isabelle, mordiéndose el labio para no gritar, hasta el extremo del jardín, para contemplar el mar a lo lejos, entre los tejados de la ciudad y las colinas, confundido con el velo lechoso del cielo?

Ese mismo verano, hace de ello ochenta y nueve años, Léon y Suryavati se borraron de la memoria de los Archambau, como si entraran en otro mundo, al otro lado de la vida, y me separa de ellos una delgada piel que los vuelve invisibles. Nunca han estado tan cerca de mí como en este instante.

Estaba hambriento. Me sentía libre, respiraba el aire tórrido, disfrutaba con la sombra ligera de los grandes plátanos centenarios. Al salir del hospital, he comprado un panecillo en Paniol, y he ido bajando por la larga calle que serpentea hasta la estación de ferrocarril.



Trad.: Thomas Kauf
Barcelona, Tusquets, 1998
Foto: Pascalito-Corbis