Mostrando las entradas con la etiqueta Laiseca Alberto. Mostrar todas las entradas

6 jun. 2014

Alberto Laiseca - El checoslovaco

No hay comentarios. :



Ella estaba cada vez más gorda, decaída y vieja. Él, por el contrario, parecía con ello cobrar nuevos bríos. Podía tomárselo en cualquier jornada; ésta invariablemente lo hallaba más fuerte, saludable y coloradote que la precedente.

Él era checoslovaco. Hacía casi veinte años que había emigrado al país que lo aceptó. Trabajaba como ingeniero en una fábrica y era bastante competente. Se hizo amiguísimo del dueño; aprovechó esto para tratar de seducir a la hija, que no carecía de atractivos. Curiosamente, no logró enganchar a la homenajeada pero sí a su amiga, muchacha un poco gordita y no fea del todo, a quien él jamás miró ni intentó conquistar. Como de estúpido no tenía nada, comprendió que con la otra perdía su tiempo y no insistió más; cambió de ruta en un segundo, enfilando sus cañones sobre la menos guarnecida plaza, quien se le rindió con armas y bagajes sin intentar —no ya diré una defensa a ultranza sino—, ni siquiera un simulacro diversivo vía diplomática.

Se casaron tres meses después; de esto, hacía diecisiete años.

Comentaremos como curiosidad, que a él le decían el ingeniero del tornillo filoso. Vaya uno a saber la razón. Cierta vez el ingeniero del filoso tornillo fue al cine, a ver una película de terror. Quedó encantado. Siempre citaba ante sus escasos conocidos una frase de la cinta, que él atribuía al conde Drácula; Mi querido amigo: las mujeres no son un vicio, son una necesidad*.

El checoslovaco hablaba mal el idioma, pero no pésimo como a veces hacía creer. Cuando decidió matar a su esposa exclusivamente con armas secretas, en su arsenal contaba con el lenguaje; como si éste fuera la más letal e importante de sus ojivas nucleares de cabezas múltiples.

Se proponía el crimen perfecto; según él, por razones de estética. Así le llevase tres décadas, ella debía morirse mucho antes que él por acción de su deliberada voluntad y el crimen, anto y ontológico, bello e impune, permitirle adueñarse de todo. «Las mujeres de piernas gordas no deberían existir alegaba él ante sí mismo; ofenden a la naturaleza. Deben ser eliminadas por razones éticas, estéticas, místicas y eróticas». Diremos de paso que, curiosamente, si bien él hacía ya largo tiempo que manifestaba indiferencia sexual por su mujer, no bien se le ocurrió asesinarla con armas sutiles, sintió que sus apetencias dormidas despertaban feroces. Era como volver a estar enamorado.

Se mostraba hasta dulce con ella. Casi afectuoso. Solía pararse quince minutos silenciosamente a su espalda en la cocina, mientras ella pelaba papas para la comida. No bien lo sentía, empezaba a ponerse nerviosa. «No puede retener cáscara» decía con voz chirriante, mecánica, checoslovaca, en momentos en que ella no tenía ni la menor intención de permitir que algo se le cayera.

Aquí el texto...Justamente, Gloria procuraba corregir tres manijas que la observaban día y noche: su torpeza, puesto que chocaba los muebles, las cosas se le caían, calculaba mal la energía con que debía extender la mano para tomar un vaso y el contenido se derramaba sobre la mesa. Su gordura y el terror cerval a las enfermedades y la suciedad, constituían sus otros dos focos sépticos de neurosis. De estos tres ángeles del Apocalipsis, el que mejor controlaba era el primero. Con una gran fuerza de voluntad y poniendo mucha atención —era bastante distraída—, moviéndose lentamente los primeros meses, había llegado a suprimir el ochenta por ciento de sus choques con muebles y otros objetos —un fracaso la ponía histérica—, suprimiendo así esa in elegancia grotesca.

Por eso consideraba inoportuno e injustísimo que él removiera el avispero cuando se hallaba convaleciente de su torpeza. ¿A qué venía su «No puede retener cáscara»?

La mujer pegó un brinco, empezando a encresparse. Al rato ya le temblaban las manos. Renació su inseguridad. Para colmo, él agregó como subrayando: «Quien no puede retener cáscara, ella de mano cae».

Gloria sabía que él tenía dificultades idiomáticas; pero comprendía muy bien que la pésima sintaxis de la frase había sido exagerada a propósito. En estos casos había que oírlo hasta el final si se quería comprender el sentido completo de la oración, que no era revelado salvo con la última palabra. Nótese la expresión «ella de mano cae» en apariencia una inoperante deformación monstruosa, risible incluso. Pero era todo lo contrario, pues las palabras, así absurdas y troglodíticamente dispuestas, la puntuación y construcción gramatical arbitrarias, dislocadas, tenían toda la fuerza carismática de lo feo. Estaban destinadas a tocar los resortes ocultos de la mujer.

Era un plan perfecto y genial; Stepan, en efecto, estaba lleno de armas secretas. ¿Y por qué Gloria no se separaba? ¡Ah!: por inseguridad y masoquismo. Y él lo sabía a la perfección, así como no ignoraba ninguno de los otros puntos débiles de ella.

Luego, él adoptaba un tono comprensivo y condescendiente: «Pasa a cierta edad. Un amigo mío tiene mal de Parkinson y tiembla. Qué feo». Entonces, por fin las cosas se le caían: uno de esos cacharros de lata, por ejemplo, que hacen un ruido horrible y no hay forma de parados hasta que dan varias vueltas sobre sí mismos; existe la manera, por supuesto: agacharse en el acto y detenerlos con rapidez para que no giren, pero ello pone en claro la importancia que le damos al ruido, en momentos que uno sabe quién está detrás mirándolo todo: un verdugo atentísimo y lleno de sabiduría, alerta a cualquier reacción.

Cuando la maniobra se veía coronada por el éxito, él decía una de esas palabras solitarias que ella temía más que a sus frases mal construidas: «Lapislázuli». Después daba media vuelta y se iba. Era terrible el contraste entre el bello vocablo elegido, y el feísmo de la falta de coordinación motora que calificaba. Pero precisamente por ser bello es que lo escogía.

Él la acechaba para ver si iba al espejo. Entonces, cuando ella desolada no podía menos que tener en cuenta sus arrugas y otras, le decía aquello tan temido por ser como una expresión de su subconsciente que se materializara: «Me acuerdo cuando yo era joven, en Checoslovaquia, mi patria…». Y no decía nada más. Nunca nada directo. O sí. Según el momento. Todo dependía. Podía agregar con genuina ternura: «Petunia». Cuando ella empezaba a sonreír agradecida, aclaraba: «Petunia marchita».

Dentro de los instantes en que ella estaba bien arreglada y lista para salir, le decía con tono impersonal: «Pierna gorda. ¿No convendría un poco arriba el cuello adelgazar? Diente de oro pero boca arruinada. Qué estupidez. Lapislázuli». En estos casos, sus ataques sucesivos en diferentes sectores tenían como objeto que, al diversificar su agresión, ella no pudiera oponer una defensa organizada contra las distintas amenazas.

Gloria solía visitar a Julia, una de sus amigas. Con ella se confesaba mientras tomaban té sin masas en una confitería —la otra, que era flaca, no comía por razones de solidaridad—: «Julia, esta vez estoy segura: Stepan quiere matarme». «Calmate, ¿qué te hizo esta vez?». «Me dijo: “Pierna gorda”. “Una microbio y chaff. Kaput”. “Lapislázuli”». «Controlate, por favor, que no entiendo nada. Si no me contás los antecedentes no puedo comprender. Te dijo “Pierna gorda”. ¿Y qué más?». «Los otros días recibí por correo una caja llena de bombones deliciosos. Estaban a mi nombre pero no tenían remitente. Debe tratarse de uno de esos envíos de propaganda. Ya no saben qué hacer. Estos miserables no encontraron mejor cosa que mandarme a mí, que estoy a régimen, una caja repleta de bombones. Uno más rico que el otro. No me pude contener; empecé diciéndome que iba a comer nada más que uno, pero… Bueno, que te voy a explicar si vos sabés cómo son esas cosas. No, no sabes. Vos no sos gorda». «Bueno ¿y?». «Stepan me pescó justo cuando me había comido la mitad. Sonrió despreciativo con un costado de la boca, como hace él, y dijo: “Voraz. Voraz como un pájaro pichón gordo”. Pero eso no es todo. Vos sabés que tengo un problema circulatorio que me trato hace cinco años. Estaba viendo televisión lo más tranquila, con las piernas estiradas y arriba de un taburete para que descansasen. Él se puso a espaldas de mi sillón y dijo lleno de asco: “Fibrosa. Cuántas várices tiene usted. ¿No convendría curarlas? Mi madre se hizo una operación pero quedó peor. Caléndula”. ¿Eh?, ¿qué te parece?». «Buenoo…, supongo que la peculiaridad de su temperamento indica cierta propensión a la crueldad mental. Pero eso sucede con muchos hombres. Creo por otro lado que está un poco loco, ¿qué quiso decir con la palabra “caléndula”, que no tiene nada que ver? ». «¡Viste!, ¡viste!». «Sí, bueno, pero aparte de eso… Por lo demás todo lo último no es tan terrible; si conoce tu afección circulatoria, es lógico que desee que te hagas atender. No lo dijo con mala intención. Un poco torpe de su parte, si acaso». «Los otros días pasó al lado mío como si no me viera y dijo despacio pero con la suficiente fuerza como para que pudiese oído: “Pierna gorda, monstruo fibroso. Lapislázuli”. ¿Eso tampoco lo dijo con mala intención?». «Bueno, querida, vos sabés cómo es con las parejas que llevan mucho tiempo juntas. Se dan ciertos desajustes friccionales. Hay que ser tolerante y comprender. Con buena voluntad por ambas partes…».

«Julia, vos no entendés nada: él me quiere matar». «Ay, Gloria, por Dios, no seas exagerada y tremendista. Te convendría tener una conversación a fondo con él». «¿Vos te pensás que yo no intenté dialogar? Sabe mis obsesiones y me tortura con eso. Los otros días compré un libro nuevo, fantástico: es el sistema del doctor Guoches-Heink para adelgazar. Es un best seller que está ahora en todas las librerías. Parece que ese hombre es una eminencia. Pues bien, no había acabado de abrirlo cuando se me acercó Stepan por detrás, medio en bisel, y para desmoralizarme dijo con ese tono monótono y didáctico que a veces tiene:

“El problema con los tratamientos para no engordar es que uno desearía adelgazar ciertas partes. Desgraciadamente sólo enflaquece lo que ya estaba flaco”. Y se fue. Mirá si no será jodido y maldito.

Gloria suspende sus quejas un momento para tomar un sorbo de té, y luego prosigue:

Sabe que trato de controlar mi manía con la limpieza y el miedo a las enfermedades. En los últimos tiempos me estaba lavando las manos menos veces por día, e incluso utilizaba poco desinfectante para esterilizar ciertas cosas de uso diario. Estaba comiendo una presa de pollo doradita, con la mano, muy contenta. Stepan me miró de reojo y dijo mientras simulaba leer el diario: “Mucha gente muerta en Calcuta. Una microbio y chaff. Kaput”. No pude seguir comiendo. Me perseguí con la idea de que no me había lavado las manos y fui corriendo al bañó, pese a saber que por fuerza me las requetelavé dos o tres veces; aunque sea por automatismo.

Cierto día la llevó de picnic. Ella no lo podía creer. Bien había cómo era Stepan; sin embargo, él en un segundo la enganchaba. Se fueron con el auto y la casa rodante hasta el río. Acamparon. Al principio, todo lo más bien. Él se volvió intimista: “Me encanta este río. Muy caudaloso. Me recuerda al Moldava. De verdad cosa hermosa es, ver Moldava pasar bajo puentes de Praga. Muchas flores”».

Ella lo escuchaba incrédula. Por un momento había visto el agua y los puentes, en aquella ciudad lejana y exótica. Tenía ganas de decirle: «¡Pero Stepan!, ¡si fueses siempre así!».

El checoslovaco siguió diciendo: «Qué rica agua. En verano da gusto agacharse y tomar el agua del Moldava», dicho esto dio media vuelta y se fue, para hacer un fuego más allá de la casa rodante.

Ella, hechizada por la brevísima descripción, se inclinó para beber del río. El líquido estaba delicioso. Luego volvió hasta donde se encontraba Stepan.

Él preguntó —de espaldas a ella, en apariencia concentradísimo en la tarea de prender el fuego—:

«¿Estaba fresca el agua?». «¡Oh, sí!, ¡fue un deleite! Deberías probarla». Con tono impersonal: «No. Yo no tomo nunca agua de río. Se me fue la gana desde que médico amigo me contó una historia terrible». «¿¡Qué!?, ¿¡qué te contó!?» —preguntó ella asustada. «Parece que un matrimonio que él atendía se fue una vez de picnic. Era un día lindísimo y estaban muy contentos, pero a la tarde ella agonizaba. Llevaron rápido a sala de urgencia. Junta médica porque no sabían qué tenía. No daban pie con bola. Un médico viejito, de mucha experiencia, le pregunto al marido “¿Y por donde estuvieron ustedes?” “En el campo. Andábamos de picnic cerca del rio”. “Aaja. ¿Y su señora tomó agua del río?”. “Sí, ¿por qué?, ¿hizo mal?”. “¿Y usted bebió?”. “No”. Fueron a investigar y en el río, muy cerca de ahí, había una vaca muerta. Todo podrida. Esa noche la mujer se murió.

Septicemia. Infección generalizada. Fulminante. No hay cura, ni aunque agarren a tiempo».

A ella se le había arruinado el día. Él, por el contrario, parecía a sus anchas. Veíasele gozar a plenitud.

Algún tiempo después, Stepan cambió de táctica: empezó a hacerle el amor una vez por semana. Desde el comienzo del día en el cual pensaba realizar el coito con ella, la iba seduciendo con mucha ternura y habilidad. Empleaba armamentos pesados con objeto de erotizarla: tocaba con su lengua el agujero de la femenina oreja, le decía cosas increíbles, hablábale de que sus rodillas eran esto y aquello. Todo todo. Hasta que ella se olvidaba. La conducía a la cama y con mucha ternura comenzaba a desnudarla como el hombre más enamorado del mundo. Ya en pleno acto, y cuando ella totalmente entregada estaba a punto de lograr el éxtasis, él le susurraba una de esas palabras o frases tales como «fibrosa», «pierna gorda» o «várices», y la mujer quedaba rígida y helada; de ninguna manera podía gozar. Él, en cambio, al verla en ese estado, sentía que unos enormes deseos sexuales, unos deseos sexuales mayúsculos le acontecían y gozaba como nunca. Precisamente porque ella no podía.

Y todo así.

En una ocasión ella lo enfrentó. Le dijo con helada calma: «Te veo tan hijo de puta como esos nazis que asesinaron a los judíos. Sos un criminal de guerra frustrado. Esta casa es un campo de concentración. Por la cocina corren tus alambradas electrizadas y tus perros. Yo soy la prisionera y vos el SS. Sos un guacho». Él, muy lejos de sentirse herido, quedó contentísimo con la idea. Lo tomó como el mejor elogio que podían haberle hecho. Sin embargo, comentó:

«Nunca lo había visto de esa manera. Seamos completamente justos no obstante, pues no me quiero apropiar de glorias ajenas: ignoro si lo que dice es exacto, ya que jamás me molesté por estudiar caprichos, manías, preferencias o motivaciones, en alguien fuera de mí mismo. De cualquier manera comprendo a qué se refiere y, para contestarle con su mismo punto de vista, le diré que el SS es usted. Yo en todo caso sería un modesto auxiliar; uno de esos subordinados de ínfima categoría que entraban en las cámaras para sacarle los dientes de oro a los cadáveres. Y lo digo aunque constituya una humillación para mi orgullo».

Lo impresionante de este parlamento fue que lo dijo casi sin acento eslavo y con estructura gramatical pasable. Ella se quedó helada.

Cuando el médico le dijo que su mujer tenía cáncer y que no se lo dijese pues ello podría abreviarle la existencia, él hizo cuanto pudo para que jamás se enterase y hasta el fin creyera en su curación.

Ella agonizaba. Esa era la noche y la madrugada de su muerte. Estaba lúcida, no obstante. Él entró al cuarto en sombras con una vela en la mano. La miró largamente y dijo: «Notable. Qué delgada la puso la enfermedad. Está usted bellísima».

Y se fue, dejándole el cirio a los pies de la cama.


*En realidad a esto lo dijo otro personaje, en una versión inglesa de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Srevenson. No recuerdo el título del film.


En Matando enanos a garrotazos
Imagen: Fotograma del programa televisivo Cuentos de terror

20 ene. 2014

Alberto Laiseca - Ablandamiento metafísico

No hay comentarios. :



—Es posible que tenga razón —admitió el Kratos—. Justo días pasados pensaba algo con respecto al ablandamiento metafísico. Usted lo llama ideológico, pero es casi lo mismo. Fíjese: en este momento tiene lugar en todo el planeta una cosa denominada Mundial de football. Goria golea a Protelia; Protonia occidental le gana en su cancha a Protelia; Soria le llena la canasta de pepinos a Protonia Occidental; Soria y Protelia empatan. Nada que ver con nada. ¿Se da cuenta? El football es el recipiente de los desechos del Universo. Son como residuos karmáticos. Creo que el football es la única máquina capaz de burlar no sólo a la matemática y a la estadística, sino hasta al mismo Destino… ¡que es un Dios!… ¡Y un Dios casi invencible, además! Ese juego es la metafísica de los más vulgares. Pero la tragedia de nuestro mundo moderno es que la metafísica, la cosmovisión tradicional, también es un partido de football. Esto es: no sale de sí mismo. Es una mecánica perfecta pero inútil. Y los pensadores que se quieren librar de esta manija caen en el posmodernismo que es el resultado final a que apuntaba toda la mecánica cuántica de la pelotudez anterior.


En Los Sorias
Imagen: Sol Santarsiero

13 ene. 2013

Alberto Laiseca - Poemas chinos

No hay comentarios. :


Alberto Laiseca


La Gran Muralla

No es su costumbre,
pero la garza amarilla desplegó sus alas e inició anoche un vuelo nocturno.

No es frecuente en China;
pero a veces ocurre que alguien desarma la Gran Muralla
para que el corazón quede expuesto
y pueda volver a amar.

Yuan Ho. Dinastía Han.


Despedida flotante

Hace once años que partiste.
Nadie toca ese laúd pintado de rojo
pero yo todavía escucho su despedida flotante.
Los caballos pasaron ayer frente a la casa donde vivo;
sin embargo, el coral aún tintinea sobre mi mesa.
La tarde no ha terminado
y el campesino sigue empeñado en el arrozal.
Ni la más severa disciplina logró dispersar la niebla de la mañana,
que conservo en el hueco de mi mano.

Yang Ch'eng. Dinastía T'ang.


El rey Ch'in quema libros y contruye murallas

El rey Ch'in quema libros y contruye murallas;
pero la nieve de las cuatro montañas aún no se ha fundido,
pese al estío.
El rey Ch'in lleva un trozo de jade desde su nacimiento;
pero entre los cañaverales una mujer ha parido.
El rey Ch'in ha escrito la Historia, con finos caracteres,
sobre papel de arroz;
pero Confucio dijo: "Odio el color púrpura
porque se confunde con el color rojo".
Los emperadores Yao y Shun, sonríen.

Yen Ts'anglang. Dinastía Ch'i.


El recuerdo de tu sonrisa

El rocío aumenta el peso de mi túnica.
El sueño danza lejos de mí
ignorando la entrada que le proponen mis ojos.
Sin embargo es preciso que descanse esta noche,
pues mañana deberé cruzar ese desierto de bambúes de arena.

Casi no tengo agua,
pero el recuerdo de tu sonrisa
puede cambiar la desesperación y el destino.

Cho Tang. Dinastía Chin.


Ayer, no estabas

Oigo la abominable música de Cheng.
Su disonancia convierte mi alma en Reinos Combatientes.
No es música del cielo ni del mundo terrenal.
Detesto la pintura de Foh,
porque sus masas intencionalmente mal balanceadas
arrojan a un Mundo Amarillo.
Veo huecos fundidos
que con insolencia arguyen contra las formas.
Maldigo los excecrables poemas de Tut,
porque dan bríos al puñado de arena del centro del oasis;
así, la mancha en la cosecha crece
hasta tomar dimensiones gigantescas
y la pasta del fondo adquiere magisterio sobre el agua clara.
Ayer, no estabas.

Chung Tshia. Ducado de Ts'in.


El crecimiento de las grandes aguas

Por ti me he vuelto extravagante
como un diablo extranjero.
Miro tus ojos y veo florestas oscuras con algo de amarillo.
Senos infantiles pero de inmensos vértices;
pies diminutos y perfectos.
Entre tus piernas una pequeña Diosa China desnuda.
Cuán clamoroso el brote de bambú,
el marfil rosado,
con que la deidad se corona
como atributo divino.
Me fascina tu pelo negro
sobre la convulsión marrón de los tapices.
Pero Grandes Oídos captan el roce de los dedos
antes de que éstos lleguen a tocar la piel.
Te miro en público y mi corrección se altera.
Sé demasiado bien que múltiples ojos lo registran,
mientras las verdes aguas de la vergüenza
amenazan tragarnos.
No comprendo por qué,
a causa de mi condición femenina,
y de tu Origen Celestial,
sería mal visto si dijese
que eres encantadora.

Poema escrito por una cortesana desconocida del palacio de Nancia a la Reina.


Arreglos de paisajes en miniatura

Tomo un puñado de tierra y hago creer a quien mira,
que se trata de una montaña.
Ella toma una copa labrada, llena de agua,
y la convierte en un río.
Ayer la vi
y acordamos transformar algo entre los dos
para burlar a los Seis Demonios del desierto.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria.


Conociendo a una persona antes del momento adecuado

Pocas desgracias pueden ser tan formidables,
como la de estar deslizado en el tiempo.
Cinco años puede ser todo lo que hace falta
para la diferencia entre el horror y la felicidad.

Ho Yuan Chen. Dinastía Legendaria.


Pequeño gorrión

Mi amada no conoce jaulas;
va y vuelve cuando se le ocurre.
No te cantaré cuando te hayas ido,
pequeño gorrión salvaje.
Te canto ahora que me amas.

Shen Chin. Dinastía Wei


El trueno de la seda

Escucho el trueno de la seda,
miro el brillo deslumbrador de una piedra opaca,
y huelo las escamas del pez de madera.
Sin embargo, no supe sentir a tiempo tu corazón.

Lu Ch'iu. Dinastía Hsia.


Bajando el opuesto

Insinúas con tu actitud
que mi excesivo interés te inspira rechazo.
Pero el movimiento es siempre un punto de vista.
Yo digo que es la terraza la que baja su vuelo
alejándose de la grulla.

Tsé Fung Tsi. Reino de Chou


Tres años

Hay un momento donde más muerta está la ilusión
de eso que, desesperados, conseguimos en sueños.
No mucho después,
sino en el instante del despertar.
Abro los ojos luego de un sueño de tres años.

Cho Tang. Dinastía Chin.


En aguas bajas

Mis poemas antes tenían
toda la profundidad de la superficie.
Ahora tienen toda la superficialidad
de lo profundo.
Yo sé de la molicie que espera en las aguas bajas.

Shen Chin. Dinastía Wei.


La concubina

Ella, desnuda, se expone ante mí,
en una variedad de su invitación clásica.

Yen Ts'anglang. Dinastía Ch'i.


En Poemas Chinos, 1987

9 dic. 2012

Alberto Laiseca: La caída del Rey Nan

No hay comentarios. :





El rey Nan se despertó solo, naturalmente. ¿Quién iba a despertarlo si sus sirvientes habían huido? Siempre fue un hombre muy animoso que por las mañanas revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no tuviera utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían, incluso en aquella época. Obligábase a ello para evitar desmoralizaciones, propias y ajenas. Siempre se levantó de un salto, el último soberano de la dinastía Chou. El protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por el Mandarín del Despertar. Éste lo hacía, en efecto, claro que con miles de cuidados y gestos de disculpas: agitaba una campanilla de jade en su oreja, si esto no daba resultado apelaba a una campanilla más grande, y luego a otra aún mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de bronce, idónea para príncipes parranderos y remolones. Como es lógico, aquel instrumento de broncíneo acento no podía usarse así como así: este acto dramático requería poco menos que una consulta de Estado. Se recordaban por lo menos tres casos de Mandarines del Despertar que debieron —absolutamente horrorizados y lívidos— poner en funciones tan fastidioso e impopular instrumento. Uno de los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer el suplicio de la Arena del Viento de Mongolia y el tercero sufrió la legendaria Muerte de las Mil Heridas, ya citada por Confucio. Esta última constituye un fin de naturaleza tan atroz que evitaré detallarlo, a fin de que el lector no se horrorice por anticipado. Claro que todo esto no ocurrió con el rey Nan sino con otros monarcas Chou, sus predecesores; en primer lugar porque Nan siempre fue muy humano y jamás dio suplicio sin motivos o por un arrebato o un ataque de furia inspirado por faltas insignificantes (ni siquiera lo daba, muchas veces, cuando el otro lo merecía de sobra). En segundo lugar digamos que tenía el sueño muy ligero y acostumbraba levantarse solo, sin ayuda del Mandarín del Despertar, ni del de la Primera Colación, ni del Horóscopo del Día, ni de la Lectura de las Audiencias, ni del Ayudante de las Babuchas Imperiales u otras estupideces. Tales protocolos le parecían estúpidos, al menos. Sus faltas contra el ceremonial de la madrugada le trajeron no pocos problemas.

"El ritual abastece al príncipe en su concordia. Lo calma, lo comunica con los ancestros y así es como éstos pueden ayudarlo", decían sus Consejeros. Y él: "Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy en desacuerdo. Si mi destino es ser ayudado lo seré de todas formas. Los tiempos se aceleran. El enemigo se acerca". "Justo por eso, mi Señor. Más que nunca debes tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un bárbaro que lo primero que toca es su espada, no bien se despierta. Las armas pierden su filo con el transcurso del día. ¿No es más prudente acercarse a ellas por la tarde, para que así su poder se conserve intacto?" Pero él, con frialdad: "Ordena que traigan mis expedientes".

Y ahora, por fin había llegado su mañana postrera. Ya nadie lo importunaría por no haber esperado a la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan estaba casi vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las losas del piso y de la seda que ocultaba las paredes. Sólo su cama era roja y parecía una cuevita o la caparazón de una tortuga. Esto es: la cama constaba en la parte superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera, como ella, semejante a la defensa de un gliptodonte. En el centro del techo de la cámara, pintado, un fénix de oro: tan diminuto que para distinguirlo hubiera sido preciso treparse a un taburete. El azul descansa, el rojo potencia, el fénix protege.

Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan se despertó por última vez. Como siempre le costó salir de su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió de prisa. Los ladrones no se habían animado a entrar en la cámara, aunque nada demasiado valioso hubieran podido encontrar en ella, pero Nan no ignoraba que el resto del Palacio, a estas horas, estaría totalmente desvalijado. Salió al corredor gigantesco lleno de columnas y dragones. Ni risas de mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había hecho del cuchicheo de los eunucos, siempre charlatanes? El Palacio estaba tan desierto que parecía Gobi. Sobre el pavimento, Nan pudo ver sangre, ropas tiradas, porcelana rota y hasta el cabo de una lanza sin su punta de hierro. Muy cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta policromada del sector de las concubinas. La tarde anterior, antes de encerrarse en su aposento, el Emperador habló con sus mujeres a fin de explicarles la situación. Los ejércitos de Chou habían sido derrotados y las tropas de Chau Siang, Rey de Ch'in, se acercaban. Ignoraba si la intención del enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto era lo de menos: la dinastía estaba muerta. "No esperen clemencia. Ustedes, como mis esposas, serán maltratadas y usadas como pasto de tropa. Quizá las maten o las vendan como esclavas. A nada las obligo. La que quiera escapar al Este, y así sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo permaneceré aquí, pero nadie tiene por qué acompañarme a los Torrentes Amarillos (1). Quedan, como mis guardias y asistentes, liberadas del servicio. Sólo les recomiendo que tomen su decisión cuanto antes. Dejo veinte monedas de oro a cada una y mis últimos veinte hombres, que se harán matar con tal de abrirles paso hasta Chou Oriental. Allá gobierna mi pariente, pero no se hagan ilusiones pues él también está en grave peligro y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les digo adiós y que el Cielo las acompañe."

Cuando Nan terminó de hablar el escándalo estalló entre las mujeres. Algunas daban gritos, otras lloraban; las menos permanecían en silencio, pálidas, de rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan y le pidió sin aspavientos ni lágrimas: "Déjame permanecer contigo". Ciruelo Dorado era su favorita y, al ver su rostro de niña, él siempre se conmovia. La sola idea de suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una estratagema a fin de salvarla: "En mi hora final no necesito mujeres. Esta noche dormiré solo". Dio media vuelta y se marchó raudo, a fin de que su rostro no denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable, miró el diminuto fénix del techo de las concubinas.

Esa mañana, al ver la puerta de madera polícroma del gineceo, decidió entrar a fin de verificar si alguna se había quedado ganándose el derecho a morir con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo Dorado y otras siete se habían quitado la vida.

Ternura, horror y culpa. Por salvarlas perdió la felicidad final de morir juntos. Qué omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán como uno espera.

Una tos discreta, a su espalda, lo hizo volver. Era Li, su último mago fiel. Éste entendía todo sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa reverencia:

—Mi Señor. ya nada puedes hacer aquí. Salgamos al jardín pues quiero hablarte.

—Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo que deseaba quedarse, pero yo creí que podía...

—Cuando uno trata de mejorar ciertos destinos sólo consigue complicarlos. Vámonos de este sitio, te lo suplico.

Las puertas del Palacio estaban abiertas y también las del muro externo. El pasto de los jardines había sido cortado pocas jornadas atrás pero era tal la sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el espejismo de imaginarios yuyos se levantaba entre las junturas de las losas, al pie de las plantas frutales, los pinos y los macizos de flores. Nan y Li cruzaron un pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en una pequeña pradera esplendorosa. La persistencia enjoyada del pasto debíase a que los ladrones y la gente entrada en pánico no lo habían pisoteado. No por respeto, ciertamente, sino debido a una superstición. Las residencias reales, en China, siempre fueron descentralizadas. Los reyes europeos, y también muchos asiáticos, ordenaron para su gloria la erección de grandes edificios compactos, con cientos de habitaciones y poderosas murallas, capaces de resistir un asedio. En tal sentido se dan la mano los palacios asirios y egipcios, babilónicos e ingleses. Los chinos, en cambio, más individualistas y respetuosos de los distintos estadios del alma (que, a veces, desea estar sola), construyeron para sus Emperadores sistemas arquitectónicos discontinuos. Para ellos era inconcebible que las mujeres, los guardias, los eunucos, el Museo, las armas y el Tesoro Real estuviesen confundidos en el mismo edificio con el Hijo del Cielo, en un mazacote único, promiscuo, sin flores y sin belleza. Ríos artificiales y pequeños puentes separaban las distintas partes del todo. Si en el Palacio Imperial del último Chou el dormitorio del soberano era contiguo con el recinto de las concubinas, ello se debió a una orden de Nan a sus arquitectos. Darles tanta importancia y jerarquía a las mujeres, tanta como para desear tenerlas excesivamente cerca, fue una decisión muy criticada por los cortesanos. De todos los puentes que salían de la residencia propia de Nan, sólo uno estaba reservado con exclusividad al soberano. Por una curiosa superstición, muy difícil de explicar, los mismos que no se hicieron matar por él y que incluso robaron sus pertenencias en la huida respetaron en cambio el imperial Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña pradera esplendorosa de la cual hablamos pudo salvarse de la destrucción.

Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El mago había traído una diminuta caja de madera, en cuya tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin—Yang rodeado por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más voluminoso. Dejando la cajita a un lado procedió a desenvolver el paquete grande.

—Traje un poco de comida de mi casa, pues imaginé que en tu Palacio tan enorme los cobardes no habrían dejado ni un puñado de trigo con gorgojos. A ver. Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz con pollo, el Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te propongo que comamos sin más ceremonias. —Li peroraba a fin de distraerlo. No quería que el Hijo del Cielo muriese domesticado por el dolor. Miró de reojo a su Rey y prosiguió: Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá te ofende que haya violado el protocolo.

—Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me habrá querido tanto, si no soy más que un viejo?

—Y no era la única en quererte. Otras siete se mataron con ella.

—Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No tendrán funerales, pobres hermosas, ni tableta ancestral que las recuerde.

—Hazles funerales dentro de ti. Que tu propio corazón sea la tableta con ideogramas.

—Pronto arrasarán el Panteón de los Chou. Yo mismo padeceré en el otro mundo por falta de ofrendas, recién ahora se me ocurre.

—No es que te recomiende que lo hagas, pero es mi obligación recordarte que aún puedes huir al Este. Tengo caballos.

—Si huyo a Chou Oriental quedaré transformado en un Emperador irrisorio. Caeré cada vez más bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque ha llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría yo, huyendo, cuando hasta mis mujeres han tenido el valor de matarse. Estos cobardes han huido porque creen que Ch'in tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva como postre, para cuando tome todo Chou, incluyendo la parte del Este.

Más allá de la pradera esplendorosa, donde reposaban Nan y Li cruzando un riacho y al lado de un macizo de flores amarillas pisoteadas, al aire libre pero frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos cilíndricos de basalto negro: los famosos tambores de piedra de la dinastía Chou. Eran rocas con más o menos la apariencia de tambores. Allí estaban grabados setecientos ideogramas que daban cuenta de cierta expedición de caza que realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes de Nan. Esta expedición había sido importante, y sobre todo lo fue consignarla, pues así como se caza se guerrea. Las palabras comenzaban a borrarse pero aún eran legibles.

Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien Años en partes iguales, dijo Nan luego de tomar un sorbo de vino:

—Si no fuera por lo que pesan, esos bandidos se hubiesen llevado hasta los tambores de piedra.

—No te preocupes: ya se los llevarán los Ch'in a su Museo de la Guerra —comentó Li con indiferencia, tendiéndole la mitad del Huevo.

—Los Ch'in. Pensar que seis siglos atrás uno de mis antepasados nombró Duque de Ch'in a un tal Fei Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo. Sin duda mi antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre se tragarían a Chou como el gusano devora la manzana. Incluso es probable que el buen rey Chau Siang corte la cabeza de mi cadáver para construirse con ella una copa y tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres que tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros.

—Si quieres puedo quemar tu cabeza para que Chau no pueda darse ese gusto.

—No, nada de eso. No lo prives de ese placer. Después de todo se lo ha ganado. Ch'in esperó seiscientos años este glorioso momento. Pienso, en cambio, crearle una preocupación menor con los Nueve Tripodes Sagrados (2). Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en sus manos, pero lo hago para molestarlo.

En ese instante, del Oeste al Este pasó volando una grulla negra. El rostro de Nan ensombreció:

—Es la Grulla de Ch'in.

Li echó un rápido vistazo al ave y siguió comiendo y tomando cortos sorbos de vino sin hacer comentarios. Nan prosiguió:

—Me parece que por primera vez veo las cosas. Sonidos, colores. Con la realidad de los sueños pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona.

—¿Por qué "la realidad de los sueños"?

—Porque los sueños son violentos y reales, pero te dominan. Y este sitio es tan verdadero como un sueño pero incomparablemente superior. Durante cincuenta y ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni siquiera fue Rey...

—Has sido un gran Rey y quizás el más noble de todos los Emperadores Chou.

—Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes no se cumplían. Todo me salió mal y, aparte, el Dragón Negro de los Ch'in está muy alto en el Cielo. Pero no es de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de pacotilla que yo haya sido lo fui durante cincuenta y ocho años, y con las mismas obligaciones y servicios que un verdadero Hijo Celestial. Nunca tuve una mañana para mí. No hemos sido campesinos ni tú ni yo, Li.

—Yo sí.

—Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de Lu, lo mismo que Confucio.

—Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste, mi Señor.

—Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena que no fui campesino. Lamento no saber qué es la expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque. Sus sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima.

—Si te sirve de consuelo te diré que el campesino tampoco puede. No tiene tiempo.

—No lo había pensado. El campesino es una de las cosas que nunca miré. —El Rey (o quizás Emperador) Nan se quedó meditando. Luego preguntó: —¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China?

—Solamente los poetas. Esos que algunos tontos llaman desocupados, ociosos e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos, para que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian, pero es mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve. Las aguas del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber, las personas de dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un árbol mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta de nuestro país.

Nan miró el sol que seguía subiendo.

—¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase viajar al Oriente y salvar tu vida?

—Sentiría mucha pena porque nunca desobedecí una orden de mi Emperador. Me aterra la posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un acto tan reprochable.

Nan suspiró.

—Podríamos aún concedernos dos horas para hablar de las cosas buenas que vivimos: de las sopas de tortuga y nido de golondrina, de las codornices cocidas en queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la infancia y los juegos del amor... —recordó de pronto a Ciruelo Dorado y a las otras siete—. Pero todo ello haría más difícil la tarea inevitable. Es preciso entonces no vacilar y endurecer el corazón.

Li asintió y procedió a tomar la cajita de madera que tenía grabados el Pa Kua y el símbolo Yin—Yang. Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan su interior:

—Hay aquí dos perlas negras, tal como puedes ver. Las obtuve de las amapolas (3). Son una sustancia muy particular, que sirve para curar, apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin dificultades ni molestias. Caerás en un sueño cada vez más profundo. Al principio raro pero placentero. Después aparecerán algunos monstruos, pero no temas: no es más que la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende. Por último aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal de que falta poco. Para ese entonces la vida habrá dejado de luchar y los Torrentes te conducirán en forma placentera hacia el fondo. Toma esta perla y bébela con un poco de vino. —Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li prosiguió:— Mientras esperamos... aguarda un instante a que yo tome la otra... te contaré un cuento. Es uno que inventé para mi hijo, que cuando era pequeño tenía mucho miedo a la muerte. Tú ya seguramente recuerdas que murió catorce años atrás, como oficial tuyo, combatiendo contra Ch'in (4) ¡Cómo los derrotamos en aquella ocasión! Pero eran otros tiempos. El cuento se llama El Fantasma y el Dragón. Un hombre perdió la vida y su espectro dirigióse a los Torrentes Amarillos. Caminó y caminó por un páramo desolado, con cenizas de un metro de alto. Luego de vadear la ceniza se encontró con la horrenda Catarata que, oro y espectral, se precipitaba desde una enorme elevación. Parte de la ceniza del camino caía en copos, revoloteando como la nieve. El hombre, para cumplir con su muerte, se arrojó. Tardó cien años en llegar al fondo, tan profundo es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los Muertos, donde los esperaba el Príncipe  Yen. Hacía mucho frío. —Li vio de reojo que Nan, con los ojos cerrados, temblaba levemente—, y debieron atravesar ríos de mercurio a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron días y días. El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero sin responder a ninguno de sus comentarios. Caminaron meses y meses. El hombre empezó a cansarse de tanto silencio. "Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después de todo estás tan muerto como yo." El dragón lo observó con lástima y afecto. Se ve que no podía hablar. Caminaron años y años. El Castillo de los Muertos estaba cada vez más cerca. El umbral de la entrada solo era más alto que las montañas de la cordillera Tsinglin. "Pronto deberemos trepar el altísimo umbral y aún no te has dignado dirigirme la palabra. Quisiera saber, por ejemplo, los motivos de tus cambios de color. Cuando te encontré eras azul. Luego, al marchar, te tornaste negro, verde, rojo. Ahora eres como de plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es el misterio?" —Nan ya estaba inmóvil.— El dragón parecía a punto de hablar, pero justo en ese momento se oyeron tres fuertes golpes que conmovieron todo, hasta el Castillo de los Muertos. Las partículas doradas del dragón crecieron hasta ocupar su cuerpo, que se hizo de oro esplendente, como en fragua. El hombre despertó en su cama. A un lado vio a su mujer llorando de alegría y a cierto médico taoísta. "Estuviste sin sentido durante tres días y muerto por completo durante un minuto", dijo el médico. "Felizmente, luego de golpearte tres veces en el pecho, logré mutar el dragón a tiempo." Y le mostró un vaso lleno de líquido dorado. Cuatro días más tarde el hombre trabajaba otra vez en el arrozal.

Li auscultó a Nan y pudo verificar que el Hijo del Cielo estaba muerto. El mago, tal su intención, había tragado una falsa perla, inofensiva e inocua. Ahora, ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el opio verdadero y se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de vino.

El anciano Rey Chau Siang, de Ch'in, no tomó Lo, capital de Chou. Tal como Nan había predicho la "reservaban como postre": todo Chou cayó siete años después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador Chou. En cuanto a los Trípodes Sagrados de los Shang, que estuvieron nueve siglos en manos de la dinastía Chou, fueron capturados por Ch'in en el año 255 antes de la era cristiana (uno después del suicidio del glorioso rey Nan).


Notas

(1) Los Torrentes Amarillos o Las Nueve Fuentes Arnarillas: el Mundo de los Muertos, para los antiguos chinos.

(2) Los Nueve Trípodes Sagrados eran de bronce y fueron fabricados durante la dinastía Shang. En ellos estaban grabados los rnapas del Imperio y sus nueve divisiones. Los Chou los conservaron novecientos años en su poder, pues representaban el poder imperial. Quien no tenía los Trípodes no era reconocido como Hijo del Cielo.

(3) La introducción del opio, en China, es muy posterior a la muerte del rey Nan. El mago Li, con seguridad, descubrió la droga por su cuenta. En su casa tenía amapolas para sus magias.

(4) Si bien el Emperador Nan no se involucró directamente en ese conflicto, envió oficiales a luchar, disimuladamente, contra Ch'in. Este último Estado advirtió a Nan que la repetición de tales acciones bélicas encubiertas desembocaría en guerra franca.


En La mujer en la muralla
Buenos Aires, Planeta, 1990
Foto: gentileza de Ana Sanz 

23 mar. 2012

Alberto Laiseca - La serpiente Kundalini

No hay comentarios. :




Monitor, en su infinita sabiduría, tomó una decisión con respecto a un hombre. Dio la orden de torturarlo con el procedimiento más costoso que haya existido.

Para construir la máquina de suplicios debieron extraerse nada menos que cincuenta mil millones de metros cúbicos de tierra, arena y rocas; a sea: un poco más de cincuenta kilómetros cúbicos. Vigas de acero, planchas capaces de resistir altas presiones, cables, cemento, etc., integraban el cuerpo del cavernoso engendro.

Sólo el poderío tecnócrata podía lograrlo; sobre toda teniendo en cuenta el tiempo demorado en los trabajos de construcción, que no alcanzó a dos años.

El aparato consistía, entre otras cosas, en un pozo de dos mil metros de profundidad; en su fonda se abría un largo túnel de cinco mil kilómetros de largo, cuya característica radicaba en irse curvando imperceptiblemente hacia la izquierda. Así, al cabo de su recorrido, llegaba al principia trazando una circunferencia perfecta. Era como una serpiente mordiendo su cola.

Las paredes, tanto del pozo como del túnel, fueron al comienzo mucho más grandes, ya que resultó necesario reservar espacio para poner el cemento armado, las vigas y las planchas, encargadas de soportar las inmensas presiones.

Para comprender la dimensión gigantesca de la galería, no hay mejor cosa que pensar en lo amortiguado de su curvatura.

Se descendía por el largo pozo al túnel, con un ascensor provisto de baterías solares. Cualquiera que marchase por el largo pasillo de cinco mil kilómetros, haría que unas luces se fuesen encendiendo delante suyo y apagando por detrás. Así, el que caminaba, se movía constantemente en el centro de un volumen luminoso de cien metros de largo, y en continuo desplazamiento. La construcción de las luminarias había sido planeada en esta forma, para que el supliciado no pudiera darse cuenta de la curvatura del túnel; esto habría sucedido, no obstante lo leve de la deformación, si hubiese estado alumbrado en todo su extenso desarrollo.

Cada tantos metros había alimentos y recipientes con agua. Cuando el caminante estaba cansado y con sueño, simplemente podía echarse a dormir en el pasillo de tormentos.

El condenado, solo por completo, sentía sin embargo la presencia del Monitor. Como lo conocía bastante, tuvo razones para sospechar que, en cierto desconocido punto de la prolongada oquedad, lo estaría esperando alguna trampa: un callejón sin salida destructor de toda esperanza, o una cámara de tormentos donde aguardarían varios verdugos, o cualquier otra cosa. Todo ello podía esperarse de la mentalidad del Monitor, pero no creía que fuese exactamente así en este caso. "Con seguridad me hará caminar años, para que en un momento dado termine por descubrir que estoy otra vez en el principio y me vuelva loco". Se le había ocurrido por primera vez que podía estar marchando sobre el perímetro de una circunferencia. Un punto moviéndose sobre una sucesión elemental e inflexible de puntos. Según toda evidencia, para el Monitor él debía ser menos que una abstracción en ese momento. Esto sí coincidía con su idea del pensamiento total del Jefe de Estado cuando le daba por ser sutil.


"Todos los tramos de esta especie de mina de carbón son iguales; no obstante, al comer y beber iré dejando marcas", arguyó. Se imaginaba a sí mismo mucho después, pensando al ver restos en el suelo: "Parece que otro ha andado por aquí algunos meses atrás", equivocándose acerca de la verdadera manera de ser de la construcción; para, con el tiempo, llegar a descubrir algo que sólo él podía haber dejado y comprender con horror la naturaleza exacta de la pena. Todo esto lo supuso en una convulsión, ya sin caminar, inmóvil por el miedo ático que cubre con membranas.

Pretendió atarse los cordones de los zapatos, para dejar con disimulo su reloj en el piso. Si alguna vez retornaba como temía, lo habría de encontrar. Trató de llamar la atención sobre sí para apartarla del reloj, por si alguien lo estuviera vigilando.

Caminaba diez kilómetros por día. A veces enloquecía y marchaba a paso de ganso en un ataque de furia, hasta quedar exhausto. Otras, echaba a correr como si lo quisieran hervir vivo: lastimándose contra las paredes como el sobrino del profesor Otto Lidenbrock en el Viaje al centro de la Tierra de Verne. Tan posesionado estaba por el recuerdo de este libro que, mientras se llenaba de chichones la cabeza, gritaba lanzando espuma por la boca "¡Saknussemm! ¡Saknussemm!..."; cayendo por fin rendido. "Yo te adoro Graüben, ¿por que huyes?"

A veces negábase terminantemente a continuar. Sentado en el suelo, pletórico de electricidades mentales y haciendo masa, se proponía volver al punto de partida luego de un descanso, o bien permanecer allí per sécula. En estas ocasiones, a poco sentía dentro suyo la advertencia de que su única posibilidad de salvación era seguir; si se dejaba dominar por el nihilismo estaba perdido. Fue disciplinándose poco a poco, cosa que no había hecho durante su vida más que en forma ocasional. Además ¿para qué retroceder si ya se había comido y bebido todo el contenido de los recipientes? Quizá se los volviesen a llenar en caso de que diera toda la vuelta, pero no si ahora retrocedía. Por algo, el agua y la comida de los envases que agrupaba cada depósito era exactamente la que necesitaba para quedar satisfecho; pero no más.

Siguió caminando. Una idea lo sostenía ahora: encontrar su reloj para así probar que el pasillo se mordía la cola. O sea: logró dar vuelta la tortura; lo que estaba destinado a supliciarlo se transformó por obra de su voluntad, en su principal apoyo.

A los quinientos días de haber empezado a caminar, encontró su reloj. No pensó: "¿Y ahora que? "; no meditó en el largo túnel, con planchas de acero como las escamas de una serpiente que se muerde la cola. Descubrió, eso sí, que estaba en la casa de un Dios. Se sentó en el suelo e hizo la flor de loto frente a su joya. Alhajado platino midió el tiempo; la última fracción del definitivo segundo era una espiral de colores sobre discontinuos rieles blancos.

Alcanzó el estado de Samadi, o iluminación.

El Monitor, al verlo así, lo hizo sacar y le dio un alto cargo. Hasta el fin de la guerra,fue su Ministro de Propaganda.

Tecnocracia. Monitor. Triunfo.


En Matando enanos a garrotazos





13 ene. 2012

Alberto Laiseca - La momia del clavicordio

No hay comentarios. :




Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, eran egiptólogos y pertenecían a la raza discontinua de los bofes putrefactibles. Se encontraban haciendo excavaciones en el Valle de los Reyes de la Música, y también en Gizeh. Su objetivo era encontrar la tumba de Tutanchaikowsky. Sabían que ella, al igual que casi todos los grandes y pequeños monumentos funerarios, había sido desvalijada por los saqueadores de tumbas; muchas de éstas una escasa hora después de haberles puesto sus sellos los sacerdotes.

La leyenda hablaba de que si bien la tumba de Tutanchaikowsky había sido violada, volcados los objetos sagrados, robadas sus copas de oro y plata -y lo que era más sacrílego e inútil: quemada la momia por orden de los Reyes Pastores-, igual ella contenía un tesoro arqueológico de incalculable valor, que las sucesivas generaciones de ladrones no habían tocado por considerar despreciable: el clavicordio de Wolfgang Amadeus Mozart.

Como ya dije, prácticamente no había tumba que no hubiese sido visitada por esa gente excelente: la de Mendelssohn, Richard Strauss, Schumann. A este último compositor le habían sido cortadas las manos con una pistola de ultrasonido que lanzaba un la obsesivo, pues los hechiceros se las habían comprado a los saqueadores para preparar con ellas filtros mágicos.

Ni siquiera Ricardo Wagner pudo escapar a la depredación, pese a que se hizo construir una Gran Pirámide de dos kilómetros de altura, haciendo trabajar a latigazos a sus nibelungos y a los gigantes Fáfner y Fásolt durante veintisiete años: casi todo el largo reinado de este autócrata. Los esforzados ladrones, con una industria digna de mejor causa, se las habían ingeniado para practicar un túnel en la piedra hasta la Cámara del Rey. Pusieron sus manos sobre la Barca Solar Fantasma que el faraón Wagner utilizaba para viajar al País del Poniente; arrastraron y golpearon su momia por las galerías y también a la de Cósima, sacándolas al desierto. Allí, bajo la luz de la Luna y sobre la misma Barca Fantasma, quemaron aquellos combustibles sólidos.

Nietzsche, muy a su pesar, había sido emparedado junto con Wagner, como castigo por haber escrito Ecce Homo. Le dieron la misión de custodiar al compositor y defenderlo a través del largo camino. Para salvarse de la pena había iniciado una maniobra parlamentaria de obstrucción, pero fue inútil. Antes de que pusieran la última hilera de ladrillos, tapiando por completo el nicho donde se encontraba envuelto en vendas como Christopher Lee, los sacerdotes le entregaron Así hablaba Zarathustra.

La momia de Nietzsche protegió durante largo tiempo la tumba. Primero liquidó a una banda de mil ochocientos setenta saqueadores; cuarenta y cuatro años más tarde hizo cagar a otros catorce; pero, cuando veinticinco años después entraron en la tumba otros treinta y nueve, lo superaron y reventó apretado como sapo en la leñera. Se habían agotado sus potenciales, y además el horóscopo no era favorable a la momia aquel día. Buen susto se llevaron, no obstante, los que debieron enfrentarla.

Los ladrones de tumbas robaron absolutamente todo -una vez triunfantes-, y quemaron el resto. Sólo quedó el monumento y el gran sarcófago de piedra en la Cámara del Rey.

En lo de Tutanchaikowsky el suceso fue algo diferente, como ya adelanté, puesto que los violadores al menos dejaron el clavicordio.

Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, dieron orden a los obreros para que despejasen por completo de arena la entrada. Galíndez Faisán en persona rompió los sellos de los sacerdotes; estaban intactos puesto que los saqueadores habían entrado por otro lado.

Ya en el interior pudieron observar los estragos del pillaje: las mesas rotas, partidas las estatuas, el sarcófago de piedra rajado a martillazos y la parte del techo situada arriba suyo, ennegrecida por el humo que despidió la momia al quemarse.

Al fondo de un oscuro corredor, parcialmente obstruido por escombros de esfinges, se encontraba el clavicordio cuajado de jeroglíficos.

Los dos organizadores de la expedición, comenzaron a leer:

A quien toque en este clavicordio sin respeto
ni merecimiento, le caerá encima la maldición
de Tutanchaikowsky.

Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, se rieron muchísimo. No creían en maldiciones, en primer lugar; y aparte: si la maldición era tan poderosa ¿por qué no protegió a la tumba de los anteriores saqueadores? Además pensaban hacerse ricos y famosos con este clavicordio. ¡Como que había pertenecido a Mozart, nada menos!

Resultaba curioso que los depredadores hubieran respetado aquel objeto. Lógico habría sido que lo destrozaran junto a todo lo demás; para hacer daño, en todo caso. La suerte de los expedicionarios era increíble.

Galíndez Faisán puso en marcha su grabador, y comenzó a tocar en el antiquísimo instrumento musical. La gente le pagaría oro, con tal de tener placas discográficas con la reproducción de los sonidos del clavicordio legendario. En él ejecutaría composiciones del propio Mozart, previos arreglos orquestales, bajo el lema: "Mozart, pero no para exquisitos". Ya se lo imaginaba: "Al alcance del pueblo, mediante arreglos populares; y además... ¡con el genuino clavicordio, hallado luego de permanecer en un sepulcro miles de años protegido por el desierto!"

Pero lo que nadie sabía: ni antes los saqueadores de tumbas ni después los expedicionarios, era que dentro del clavicordio estaba la momia de Mozart, guardada como un arma secreta. Los sacerdotes le habían dado la orden mágica de no intervenir pasara lo que pasase, salvo que alguien tocara el instrumento; porque entonces, ése sí, la pagaría por todos. Así pues la momia, llena de furia e impotencia había asistido a las profanaciones sucesivas, e incluso a la quema de Tutanchaikowsky, sin reaccionar. Aguardaba el momento en que estuviese autorizada a echarle mano a uno de esos tipos, y torturarlo día y noche sin cesar un solo instante; ya que por esta misión, había postergado su propio viaje al País del Poniente. Con los agarrotados brazos cruzados sobre el pecho, oraba: "¡Oh, Osiris! ¡Señor del Amenti! ¡Permite que llegue pronto la hora de la venganza!".

Los dos chichis, hechos unos señorones, salieron de la tumba dando orden de poner el clavicordio en seguridad, y cuidando todo el tiempo que los porteadores no raspasen los ideogramas inscriptos sobre la caoba. Pero -y este fue sólo el primero de una larga serie de sucesos inexplicables-, Roberto Prescott, quien se había quedado un poco más atrás, desapareció tragado por un deslizamiento de toneladas de arena que tapó la entrada. No había explicación, ya que la excavación se había realizado con apuntalamiento suficiente.

A partir del desgraciado deslizamiento de arena y rocas citado, comenzó una extraña sucesión de catástrofes. Los miembros de la expedición murieron uno tras otro: enfermedades misteriosas; suicidios; tipos quienes decían que de noche los perseguían las momias; otros, a los cuales las paredes se les llenaban de sangre y debían pasarse la noche entera limpiándolas, etc.

Uno de los ayudantes: Azafrano Capitular Mileto, sumamente preocupado, fue a cierto lugar para que le hiciesen una carta astral. Según el astrólogo, las estrellas revelaban que moriría a causa de un perro. Azafrano pensó que tal cosa bien podía ser: vivía en un barrio lleno de esos animales, todos malísimos. Para protegerse, hasta el momento de la mudanza, fabricó un vaporizador cargado con aceite mineral y pimienta. Con él se consideraba seguro.

Cierta noche -pensaba mudarse dentro de pocas horas y por lo tanto extremaba precauciones- iba hacia su casa con el spray fuera de la cartuchera, como Flash Gordon, puesto que la siguiente puerta sería la de un edificio que tenía dos perros peores que Cerbero, los cuales en anteriores oportunidades le habían arrancado trozos de indumentaria. Caminaba, listo para la acción y soplando un silbato imaginario para que sus tropas invisibles avanzasen (Kirk Douglas. La patrulla infernal).

Sin embargo, los desaprensivos canes no daban señales de vida. Se los habría llevado la perrera o estarían durmiendo.

Azafrano Capitular Mileto suspiró aliviado. Precisamente en el momento en que dijo: "¡Ah! ¡gracias a Dios!", se desprendió una monstruosa gárgola de un edificio y le partió la cabeza. Casi no necesito decir que dicha gárgola tenía forma de perro.

Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, por su parte, hacía rato que había dejado de reírse. Transcurridos sólo dos meses desde la apertura de la tumba de Tutanchaikowsky, era el único que permanecía con vida. Donó el clavicordio a un museo para ver si se libraba de la maldición, pero no había caso: en su mansión, de noche, se oían gemidos y ruidos raros, tal como el rechinar de unos dientes gigantes, o alguien que arrastrara por los pasillos un enorme tenedor. No sabía por qué pensaba que se trataba de esto último y no de otro objeto cualquiera.

La venta de las placas discográficas lo había hecho rico y famoso, pero no las tenía todas consigo. Contrató diez guardaespaldas, encargados de cuidarlo día y noche; hacía revisar los frenos y la dirección del coche antes de salir, etc.

Cierta madrugada tuvo un brusco despertar. Alucinaba que sus guardias estaban dormidos. Se levantó para investigar y comprobó que así era. Resultaba tan profunda la conmoción estupefaciente de aquel sueño mágico, que no pudo alterarla ni pegándoles patadas.

Cagado de miedo intentó correr a su habitación y encerrarse con llave, pero, con esas manijas propias del terror, tropezaba continuamente con sus propios pies; así que tardó muchísimo en llegar y cerrar la puerta.

No había alcanzado a suspirar, cuando escuchó un susurro a su espalda. Se dio vuelta sofocado y, desde atrás de un cortinado rojo, apareció Mozart envuelto en vendas, con toda la potestad de su trenza: de la nuca, por entre las telas de lino, salía la famosa con un gran moño negro. Empuñaba un tenedor enorme en su mano derecha; la punta algo inclinada hacia el piso, en reposo, como un dios que descansa.

-¡La momia! -chilló Pedro Pecarí.

Mozart dijo lentamente:

-Hacía mucho tiempo que te quería agarrar, hijo de puta.

Luego de la frase anterior comenzó a desplazarse muy despacio, elevando con calma los dientes del tenedor. La momia parecía altísima, de tres metros, y sin embargo no sobrepasaba la altura que tuvo en vida.

Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán lanzó un gemido, estorbado por frenos y desgastes que no se alcanzaba a explicar. Era como si el aire se hubiese transformado en un fluido viscoso lleno de vidrios molidos, que imponían un roce y pesados vínculos. Lastimaba caminar. Incomodísimo, con dilación y tardanza, arribó por fin a la escalera que permitía el acceso a planta baja. Descendió por aquélla sin utilizar los escalones: flotando con suavidad sobre una delgada capa de aire pegajoso. Se movía, pero siendo cada minuto un lapso más dilatado que el anterior. Ya cerca del fin de la escalera se volvió algo para ver los progresos de su perseguidor. Esa pesadilla de momia se disponía, justo en ese momento, a ir tras él. Y ella bajó como debe hacerla la Pálida con sus grandes pies desnudos, y el largo sudario blanco pesado como el telón de un teatro de óperas; a veces parecía sonreír. Encendía y apagaba por turno el espejismo de una sonrisa, mediante el claroscuro alternado sobre las vendas. Vio a la momia en flotación, delgadísima y trotando sobre el viento, con el tenedor pelado. Volaba en silencio, semejante a las aves rock cuando planean moviendo grandes masas de aire; o empujando pesadamente las aguas, como una enorme manta detrás del hombre rana.

Pedro Pecarí Galíndez llegó al fin de la escalera y como polvo flotó sobre el pavimento del hall, y reinició su torpe marcha lunar. Las mismas invisibles emanaciones que lo sostenían a esa altura oscilante entre cinco y diez centímetros, eran las que lo pegoteaban estorbando su marcha.

Caminó sin rumbo, en figuras geométricas. Si él trazaba una elipse, la momia -siempre detrás suyo dibujaba un brazo de parábola. Si él construía una sinusoide, ella la limitaba entre las dos partes de una hipérbole. Una carcoide, tenía como inmediata respuesta una circunferencia perfecta y mortífera. Era como el final de Don Giovanni, sólo que a la inversa; en vez de venir el convidado de piedra en busca del amante, aquí la alegoría estaba invertida: la estatua de Don Juan se acercaba para matar al malvado y prejuicioso Comendador, justo cuando éste pensaba ingerir varias apetitosas viandas.

A veces, en sus marchas y contradanzas, Pecarí Galíndez Faisán bajaba hasta tocar el suelo; pero entonces era peor: parecía que llevara zapatos de metal, y por el pavimento pasase un poderoso campo electromagnético. De ninguna manera lograba entonces elevar su calzado. Sólo podía desplazarse arrastrando con pena sus pies.

Quería encontrar la puerta de calle, pero ésta se hallaba bloqueada por un muro blanco que lo hacía rebotar ante cada intento de aproximación.

Retrocedió trémulo y convulso, siempre confusamente vinculado al suelo. Sus piernas de títere grotesco no cesaban de importunarlo con su torpeza, al tiempo que el enemigo redoblaba su acoso de obsesión monstruosa y material.

Salió del hall, pasando así a otras regiones de la casa. Mediante lentos desplazamientos callejeó por los pasillos, transformados en formidables avenidas. Todas sus vueltas laberínticas y espirales, sólo sirvieron para traerlo otra vez al hall de entrada, al pie de la escalinata. Volvió a subirla, siempre perseguido por aquel Minotauro.

El corto trayecto de tres metros entre su habitación y el fin la escalera, se asemejó a una estremecedora autopista llena de coches. Reptó por ella, húmedo como un sapo, semi paralizado y jadeante. Al disponerse a cerrar la puerta, confirmó una vez más lo que ya sabía de sobra: era inútil buscar refugio allí, porque adentro lo esperaba el deslumbrador espejo de la muerte. El árbol del fin perdió sus cristales que descendieron con lentitud haciéndose trizas luminosas. Aquéllos, sus últimos días, bajaron hasta los bordes enjoyados y fastuosos límites, del sarcófago de la discontinuidad eterna. La principesca pobreza militar de la Muerte elevó marciales oriflamas, austeros estandartes de guerra, y negros, belicosos pendones. Las aguas de la consumación subieron. El batracio huyó seguido por blanco aletear de severa grulla. Andrógino chapoteó de un charco a otro, ya muy próximos cuatro colmillos de refulgente tigre. Mullido gordo tierno y fláccido, trotando sobre una delgada película de polvo astral; extendida sobre él fulgurante nívea pesada mano. Reverberaron delante suyo irisados mortuorios reflejos como de trampa que cierra. Creía pisar líquenes esteparios o los orientes de heladas joyas.

Una vez más bajó flotando la escalera, en trayectoria rectilínea. Comprendió que abajo lo esperaba la momia, pese a que segundos antes estaba a su espalda. Faisán descendió sobre las puntas del tenedor tetradentado, semejante a un proyectil cuyo curso alguien olvidó desviar. Con un violentísimo esfuerzo, modificó algo el rumbo. Tocó el suelo con los pies, luego que uno de los pinchos pasara a pocos milímetros de su tórax.

Así prosiguieron largo rato, de un lugar a otro y en ida y vuelta, sin que Faisán pudiera desprenderse de su perseguidor, ni la momia alcanzarlo.

Entendió cuán absoluto es el hecho de morirse en serio. No obstante era tan maldito que con una parte de su alma se alegraba. Él era el hombre que algún tiempo atrás había dicho "La vida es dura. Menos mal que uno tiene sus masoquismos para distraerse".

Distraete ahora, Soria.

Lo que quieren los masoquistas no es morirse sino que los castren y después los dejen tirados en un zanjón. Y vivir muchísimo, siempre quejándose. O que les corten las manos, o los dejen ciegos. O que los maten, en todo caso, pero que la muerte tarde en llegar. Es por eso que a la gente no hay que castrarla, hay que clavarle una horquilla.

-"Las muertes rápidas son las peores" -dijo Mozart, ya tocándolo.

Tratando de salvarse, en su desesperación, Faisán se fragmentó en ocho faisanes para ver si por lo menos uno podía escapar. Todos ellos aletearon inarmónicos y agarrotados, acosados por ocho momias. Se dividió entonces en veinte, treinta y cinco, ene pedros Pecarí de los Galíndez Faisán, y eran ene las torvas momias que los perseguían.

Y llegados que todos los faisanes fueron a la pared definitiva y última, la totalidad se fundió hasta quedar el único verdadero chichi, transformado en agitado y boqueante pollo. Y desde remotas distancias siderales, desde años luz fueron convergiendo sobre este solo punto, las ene alejadas momias, cada una empuñando un tenedor, y en las cercanías de su pecho se fueron uniendo unas con otras, y también lo hicieron las etéreas coordenadas sumables de las armas, hasta constituir un objeto sólido y letal. La materialización tuvo lugar a cuatro centímetros del pecho de Galíndez Faisán. Y el tenedor se acercó lentamente, y las puntas comenzaron a penetrarlo, al principio sin dolor, como si fueran humores helados.

Los dientes del tenedor se le clavaron como cuatro palabras mágicas, o cuatro óperas.

Terror y dolor. Terror y dolor para Faisán. Y lo traspasó como a un dorado pollo, dejándolo clavado contra la puerta de calle, ahora de madera, sin muro blanco, y que en su momento no pudo abrir.

Así lo encontraron al otro día. Con aquella inmensa pieza de plata, sosteniéndolo contra la puerta.


En Matando enanos a garrotazos

31 jul. 2011

Alberto Laiseca - Nuestro novelista

No hay comentarios. :





Mucho me temo que nuestro novelista fuera uno de ésos que se tomaron demasiado en serio Los caminos de la libertad, de Sartre. Pues, para no ser un burgués, buscó un trabajo de obrero. Creía mantener así su dignidad. Ignoraba por esa época, el infeliz y tonto, cuántas inmundicias, agachadas de cabeza y traiciones debe cometer para sobrevivir el hombre que está abajo. Los "indignos", que él había aprendido a despreciar, por lo menos hacían chanchadas para conservar algo que valiera la pena. El debía realizar mil bajezas para que no lo echasen de las proximidades de un fueguito en el Barrio de las Latas.

Es cosa de ver cuánta mala gente hay abajo. Tanta como arriba en proporción y, por ser más en número, las probabilidades azarosas de colisión o impacto aumentan hasta el infinito.

Hubiese aprendido del mismo Maestro Jean-Paul, quien legislaba en sus libros pero que en su vida real estaba de lo más rozagante, forrado en zapatitos y paseando en coche con la mar de gente. Extraño que, siendo escritor, nuestro amigo de la pensión no supiera que a los libros hay que escribirlos, no vivirlos. Nuestro amigo era un condenado idiota, en otras palabras, ignorante del hecho de que las novelas "dignas" son trampas caza-bobos, o minas electrónicas, como las que se usaban en Vietnam. Están hechas para engatusar a la gente y ganar dinero con ellas, pero quien las escribe, no debe tener ni en sueños la intención de tomárselas en serio. En el submundo de las drogas hay una ley no escrita: "El traficante austero es el que vive más. Si vas a venderlas, tú no las tomes".


En Aventuras de un novelista atonal



8 dic. 2010

Alberto Laiseca - El jardín de los monstruos magnetofónicos

No hay comentarios. :






Dionisios Kaltenbrunner fue el primero, en realidad, que inició estudios serios sobre plantas magnetofónicas. En una sección del campo de concentración que rigió durante breve lapso (nueve meses: el tiempo de la gestación), hizo instalar un pequeño jardín botánico y dio orden de que los interrogatorios, así como las vivisecciones de prisioneras o los experimentos científicos más exuberantes, tuviesen lugar en dicho jardín para que las plantas los oyesen. Además las sesiones fueron grabadas y, posteriormente, día y noche se las volvían a hacer escuchar a dichas plantas; así, en esa forma, les ocurriría lo mismo que a las gallinas, las cuales ponen más huevitos si oyen música clásica.

Los representantes del reino vegetal, terminaron por volverse magnetofónicos también ellos, y ya tenían las cintas magnéticas grabadas dentro suyo, por la ley de la equivalencia energética de los diferentes y comunicados sistemas mágicos.

Paralelamente a todo ello dieron a las plantas alimentos especiales para que sus savias corriesen más rápido; tal era idéntico a grabar a mayor velocidad: si aumenta el número de vueltas de la cinta por unidad de tiempo, más precisa obtenemos la voz; esto es: al incrementar en la savia el número de señales que se correspondiesen con sonidos -al agregar nuevas medidas- agigantaríase la precisión de lo escuchado por ley de errores de Gauss..

Así pues las plantitas, ya vueltas francamente magnetofónicas, proferían en medio de sus deleitados chillidos todo lo que les habían enseñado. Innecesario es decir, cada día estaban más altas y gordas, y los frutos jugosos, enormes y magníficos; hasta en las que tradicionalmente no los ofrecían, por su particular especie. Como los olmos, por ejemplo, que antes no daban.

Tuve una sola oportunidad para observar el meritísimo jardín del Teknocraciamonitor de las I doble E Dionisios Kaltenbrunner, aquel bienhechor. Yo le había rogado mucho; hasta el cansancio de ambos, lo reconozco: "Pero mi Teknocraciamonitor..." "Yo sería tan feliz si usted..." Por fin accedió, aunque no de la manera que yo imaginaba.

Furioso ante mi insistencia, extrajo de su uniforme una tenaza de enormes dimensiones. Me puse lívido. Comprendí al momento que se disponía a privarme de mis pudendos testiculines. No pude impedir que mi mano derecha descendiera en supuesta defensa, sobre la zona en litigio. El subconsciente, a veces es tonto y nos descubre.

Me equivocaba sin embargo y por suerte, ya que su intención no era la imaginada. No obstante esbozó una leve sonrisa al ver mi gesto automático y por un momento dudó. Para mi dicha su decisión consistió en no dejarse influenciar, ateniéndose a su primera idea: apretar con ferocidad y tenaza, una de mis orejas.

Así, en tan incómoda posición, fue llevándome -sin reparar en mis gritos y tropezones-, a dar con gran velocidad una vuelta por el lugar. Cada tanto me obligaba a detenerme ante una de sus preferidas, sin por ello soltarme, al tiempo que farfullaba "¿La ve? ¿la ve?", o si no: "¿Le gusta? ¿le gusta?" y, siempre con su tenaza enganchada en mi oreja, nos trasladábamos hasta la próxima acompañando el paseo con bofetadas, testarazos y cachetes, que aplicaba con su mano libre; o bien, cada tanto, recibía el homenaje de un disciplinario hecho con alambre de púa trenzado con ortigas, que solía llevar colgado de su cinturón. Cada golpe lo acompañaba vociferando alguna cosa -lo absurdo de las palabras utilizadas, me conmovían más que los latigazos-: "¡Gitanerías!, ¡cosquillas!, ¡embelecos!, ¡arrumacos!, ¡cucamonas y carantoñas!".

Ignoro cómo salí vivo. Pensé que iba a transformarme en magnetofónico a mí también.

Pese a la falta de bienestar promovida por la situación, algo vi y recuerdo. Una parte de las plantas eran altísimas, verdaderos árboles. Había otras diminutas. Todas ellas tenían algo en común: no es que comieran, exactamente -al menos no me consta-; más bien daban la impresión general de poder hacerlo. En los capullos de algunas, observé dientecillos.

Ciertas flores se expresaban mediante enormes volúmenes rojos. Otras propagaban amarillos resplandecientes, entre verdes cristalinos y hojas como agujas. No faltaban las completamente grises, de tonos monocordes, sostenidos y continuos, ausentes de ellas toda presencia terrenal; como si fueran plantas marcianas o de las selvas venusinas.

Vi una especie de maíz, con mazorcas marrones, trilobuladas, surgiendo entre espectrales  hojas de terciopelo azul.


Los aromas de todas ellas eran densos, como si pertenecieran a esencias concentradas. Jamás olí nada igual pero, cosa extraña, daban la sensación de algo familiar.

Mucho me habría gustado tomar unas instantáneas, pero esto fue imposible. "Saque fotos; saque, saque", me animaba el Teknocraciamonitor mientras proseguía llevándome de la oreja, transformada a esa altura en salchichón, si tenemos en cuenta su color, olor, sabor y volumen. "Saque fotos". No lo hice pues temí que con tanto traqueteo la imagen saliera movida. En fin. Mala suerte.

Muy condescendiente y ya fuera del vergel, me pregunto el comandante: "¿Desea algo mas?" "Sí: irme". Por suerte ese día estaba de un humor excelente y cedió con indulgencia ante mi requerimiento. Incluso me devolvió la oreja.

Ahora la tengo sobre mi mesa, como un pisapapeles; como hizo Stalin con el cráneo de Hitler. Temo que algún día manijeado la confunda con un orejón y me la coma.

Lamentable, la indigestión. Muy lamentable.


En Matando enanos a garrotazos