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24 jun. 2013

Descarga: Pär Lagerkvist - El enano

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Descarga: Pär Lagerkvist - El enano

"Dvärgen (El enano / 1944)" es, en opinión de muchos críticos la mejor novela de Pär Fabien Lagerkvist, superior incluso a "Barabbas (Barrabás / 1950)", obra que le valió el Premio Nobel de Literatura de 1951. Situada la acción en una corte del renacimiento, "Dvärgen (El enano / 1944)" es tanto un estudio realista como un esbozo simbólico de la cuestión que más ha preocupado al novelista y poeta escandinavo: la eterna lucha entre lo humano y lo bestial, el conflicto suprahistórico entre el bien y el mal. Sobre el fondo magistralmente construido de la Italia artista y guerrera en la que empieza a gestarse la modernidad, el protagonista escribe la crónica de los errores y depravación de la naturaleza humana.

11 dic. 2011

Pär Lagerkvist: El enano (Dvärgen) - Fragmento II

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¡Qué vergüenza! ¡Qué deshonra! Jamás había sufrido ofensa igual a la que hoy se me ha infligido. Trataré de escribir lo que ha pasado, aunque preferiría olvidarlo.

El príncipe me había ordenado que fuera a buscar a maese Bernardo, que estaba trabajando en el refectorio de Santa Croce, pues el artista me necesitaba. Allá me dirigí, aunque me sentía vejado por verme tratado como un servidor de ese hombre tan altanero. Me recibió con extremada amabilidad y me contó que los enanos siempre le habían interesado mucho. Yo penséque todo tenía que interesarle a quien deseaba estar informado al mismo tiempo sobre las vísceras de Francesco y sobre los astros del firmamento. Pero sobre mí, el enano, no sabe nada, me dije para mí mismo. Después de otras frases tan amables como vacías, me dijo que quería hacer mi retrato. Al principio supuse que el príncipe se lo había encomendado y no podía dejar de sentirme halagado, pero, de todos modos, contesté que no quería posar.

-¿Por qué no? -me preguntó.

-Mi rostro me pertenece -le respondí con naturalidad.

La respuesta no le pareció rara, rió un poco, pero reconoció que no era absurda. -Aunque no haga el retrato -dijo-, un rostro pertenece a cualquiera que lo mire, es decir, a mucha gente.

Se trataba, simplemente, de un dibujo que mostraría cómo eran mis formas. Debía quitarme las ropas para que hiciera un estudio de mi cuerpo. Me sentí palidecer. No sé si estaba más enfurecido que atemorizado o más atemorizado que enfurecido, o si sentía ambas cosas a la vez, cólera y temor, y todo mi ser temblaba poseído por ambas emociones.

Él notó el intenso efecto que me producía su ofensa. Se puso a explicarme que no era una vergüenza ser enano ni el hecho de mostrarse tal como se es. Sentía siempre un profundo respeto ante la naturaleza, aun cuando ésta creara algo extraño y fuera de lo común. No, nada hay de humillante en mostrarse a los demás tal cual se es y nadie tiene la propiedad exclusiva de su yo.

-¡Yo sí! -grité loco de rabia-. ¡Usted no será dueño de sí mismo, pero yo sí!


Tomó mi reacción con mucha calma, y siguió observándome con una curiosidad tan intensa, que mi exasperación aumentó. Luego dijo que tenía que empezar, y se me aproximó.

-¡No soportaré ningún abuso con mi cuerpo! -grité fuera de mí.

Pero él no se incomodó, y, comprendiendo que no me quitaría las ropas de buen grado, hizo ademán de desvestirme él mismo. Conseguí sacar mi puñal de la vaina y pareció sorprendido al verlo brillar en mi mano. Me lo quitó y lo puso prudentemente a cierta distancia.

-Creo que eres peligroso -dijo, mirándome con aire intrigado, mientras me sentía objeto de esa burla.

En seguida comenzó a quitarme las ropas, descubriendo desvergonzadamente mi cuerpo. Yo me resistía y luchaba encarnizadamente, pero todo en vano porque era más fuerte que yo. Cuando hubo terminado su innoble tarea me colocó sobre una especie de estrado que se encontraba en medio de la pieza. Allí permanecí desnudo, desarmado, enloquecido de rabia. Y, a pocos pasos de mí, estaba él en tren de estudiarme y de observar mi deformidad con una despiadada frialdad. Yo estaba completamente librado al cinismo de su mirada que se apoderaba de mi indefensa persona como si le perteneciera. Estar así expuesto a los ojos de otro hombre me pareció un rebajamiento tan profundo que aún siento la vergüenza de haberlo soportado. Recuerdo siempre el ruido de su lápiz de plata sobre el papel; quizá fuera el mismo con que habría dibujado las cabezas de los criminales colgados ante las puertas del castillo, y tantas otras cosas abominables. Su mirada se había transformado, era penetrante como la punta .de un cuchillo, se diría que me traspasaba. Jamás he odiado tanto a los hombres como durante esa hora espantosa. Mi odio era tan intenso que temía desmayarme y a ratos todo se ensombrecía ante mis ojos. ¿Hay algo más vil que seres como ése, ni más dignos de ser odiados?

Justamente frente a mí, sobre el muro lateral, veía su gran cuadro del que se afirma que será su obra maestra. Estaba apenas comenzado, pero me parecía que representaba la Cena, el convite de amor de Cristo en medio de sus discípulos. Yo miraba como un loco esa gente de rostros puros y solemnes que se creían en el séptimo cielo porque rodeaban a su Señor, el hombre de la aureola sobrenatural. Con alegría pensaba que muy pronto éste iba a ser prendido, que Judas, agazapado, en un rincón, no tardaría en traicionarlo. ¡Él todavía es amado y honrado, pensaba, todavía se sienta a su mesa de amor... mientras que yo permanezco en mi vergüenza! ¡Pero su hora vendrá! Pronto dejará de estar sentado entre los suyos y será clavado sobre la cruz, solitario, traicionado por ellos. Y estará allí tan desnudo como yo, igualmente escarnecido. Expuesto a las miradas de todos, burlado e injuriado. ¿Por qué no? ¿Por qué no habría de ser tratado lo mismo que yo? Siempre ha estado rodeado de amor, alimentado de amor..., mientras que yo me alimentaba de odio. El odio ha sido mi alimento desde mi primer instante; he absorbido su savia amarga; he descansado sobre un seno materno lleno de hiel, mientras que a él lo alimentaba la dulce madonna, la más dulce, la más tierna de todas las mujeres, y bebía la leche más deliciosa que haya gustado jamás. Un ser humano. Allí está, sentado, inocente y bondadoso, sin imaginar que haya quien lo odie o quiera hacerle daño. ¿Por qué no? ¿Por qué a él no? Se cree amado por todos los hombres de la tierra por haber sido engendrado por su padre celestial. ¡Qué ingenuidad! ¡Qué infantil ignorancia! Por eso, precisamente, no lo aman. A la humanidad no le agrada ser dominada por Dios.

Yo lo miraba todavía cuando, librado de mi posición espantosamente ultrajante, me detuve un instante junto a la puerta de esa habitación infernal en la que había sido víctima de la más profunda humillación. "¡Pronto serás vendido por algunos escudos a las nobles y sublimes gentes -pensé-, lo mismo que yo!"

Y lleno de rabia, di un portazo sobre él y sobre su gran maestro Bernardo que, absorto en la contemplación de su obra tan apreciada, parecía haberse olvidado ya de mi existencia después de haberme hecho sufrir tan crueles tormentos.


Prefiero no acordarme de mi visita a Santa Croce, pero hay algo que no puedo olvidar. Mientras me vestía no pude dejar de ver algunos dibujos, diseminados por todas partes, que representaban los seres más extraños; monstruos que nadie ha visto y que tampoco pueden existir. Eran algo entre hombre y bestia, mujeres con grandes alas de murciélago extendidas entre sus dedos largos y velludos; hombres con rostro de lagarto y piernas y cuerpo de sapo; otros con cabeza de buitre y con garras en vez de manos, que saltaban como demonios; algunos que no eran ni hombres ni mujeres y parecían monstruos marinos con ondulantes tentáculos y ojos fríos y perversos como los de los hombres. Me sentía fascinado por esas imágenes espantosas cuyo recuerdo me persigue todavía. ¿Cómo puede su imaginación ocuparse de semejantes monstruos? ¿Por qué evoca esas repelentes figuras de pesadilla? ¿Responderá eso a una necesidad interior que le hace sentirse atraído por lo que justamente no existe en la naturaleza? No sé.

¿Cómo un ser bien equilibrado puede concebir cosas tan horribles y complacerse en ellas? Cuando se mira su rostro altanero, del que puede decirse que es a un mismo tiempo digno y refinado, no es posible pensar que sea el autor de esas imágenes, Y, sin embargo, así es. Semejante contraste inclina a la reflexión. Como todas las casas que ha creado, esos seres siniestros también deben estar dentro de él.

Tampoco puedo olvidar la expresión que tenía mientras hacía mi retrato. Parecía transformado en otro ser distinto, con una mirada hiriente y helada, y una cara cruel que le daba un aire demoníaco. No es, pues, tal como quisiera parecer. En eso se asemeja a los demás hombres.

Es inconcebible que pueda ser el mismo individuo que ha pintado el Cristo que allí está sentado, tan luminoso y puro, presidiendo esa cena de amor.



Diego Velázquez 
El enano Sebastián de Morra 1645
Museo del Prado



Transcripción de Dvärgen (El enano, 1944)
en versión de Fausto Tezanos Pinto
Buenos Aires, Emecé, 1953, pág. 28

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Foto Pär Lagerkvist: Entre Gulistan y Bostan


23 abr. 2009

Pär Lagerkvist: El enano (Dvärgen) - Fragmento

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¿Qué es la religión? Mucho he reflexionado sobre ello, pero en vano. Reflexioné sobre ello especialmente cuando fui obligado a oficiar como arzobispo, con todos los ornamentos sacerdotales, en una fiesta de carnaval, hace unos años, y a dar la santa comunión a los enanos de la corte de Mantua que su príncipe había traído para esa ocasión. Nos reunieron ante un pequeño altar que se levantó en una sala del castillo y alrededor de nosotros tomaron asiento, burlándose, todos los invitados, caballeros y nobles, entre los cuales figuraban algunos jóvenes fatuos ridículamente ataviados. Yo alcé el crucifijo y todos los enanos se pusieron de rodillas. "He aquí a vuestro salvador", declaré con firme voz y los ojos inflamados de pasión. "He aquí al salvador de todos los enanos, un enano él mismo, que sufrió bajo el gran príncipe Poncio Pilato, y fue suspendido sobre su pequeña cruz de juguete para gozo y alivio de todos los hombres de la tierra." Tomé el cáliz y se lo presenté: "He aquí su sangre de enano, con la que todos los grandes pecados quedan lavados, y todas las almas manchadas, blancas como la nieve." Y tomé la hostia y se la enseñé, y comulgué ante ellos bajo las dos especies, según la costumbre, explicándoles el sentido del misterio sagrado: "Yo como su cuerpo que era deforme como el vuestro. Es amargo como la hiel porque está lleno de odio. ¡Ojalá comierais de él todos vosotros! Yo bebo su sangre, y ella quema como un fuego que nada puede apagar. Es como si bebiera mi propia sangre. ¡Salvador de los enanos, pueda tu fuego consumir el mundo entero!" Y arrojé el vino sobre los asistentes que contemplaban con estupor y pálido semblante nuestra siniestra ceremonia.

No soy un profanador. Quienes estaban cometiendo una profanación eran ellos, no yo. Pero el príncipe me hizo engrillar durante varios días, porque se trataba de divertir a los huéspedes, y yo había perturbado, casi amedrentado.

(...)


Transcripción de Dvärgen (El enano, 1944)
en versión de Fausto Tezanos Pinto
Buenos Aires, Emecé, 1953, pág. 28



30 may. 2008

Pär Lagerkvist - Oración fúnebre

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Estás muerta.

Puedo mirarte en paz con toda facilidad. Tu frente es
pequeña y redonda. Antes no la había visto. Eres torpe.
Ahora veo que eres torpe.

Tienes pequeños ojos guiñadores. Ahora los veo. Todo
es pequeño y mezquino en tu casa. Tus cabellos son
rebeldes, gruesos, groseros. Ahora lo veo. Tu labio pende
como el de una muchacha de cocina.
Ahora todo lo veo.
Estás muerta. Tú no eres nada.

Tú sólo eras una muchacha de cocina, una sucia. Una
que debía morir.
Pero yo te amaba. Eso era.

Ahora esto ha concluido. Ahora tú has muerto.
Me agradaba acariciar tus cabellos tanto, cuando ellos
eran vivos. Yo amaba todo lo que había de feo
en tu casa, tanto cuando esa fealdad era viviente.

Ahora esto ha concluido. Ahora tú has muerto.
Yo acariciaba tu cabellera, aunque ella fuese gruesa,
grosera. Yo amaba tus pequeños ojos, cuando ellos
miraban delante de ellos en el mundo, la mañana.

Entonces yo amaba todo en tu casa.
Ahora esto ha concluido. Ahora tú has muerto.
Yo amaba tus grandes pies. Y tus manos agrietadas
las amaba también.
Ahora ellas están muertas. Ahora ya no existe nada.
Es preciso que continúe mi camino, que marche, que marche.
Tú, tú has muerto.
Ahora nada existe.
Ahora, tú, tú has muerto.
Ahora ya no existe nada en el mundo entero.


Versión de Ángel Cruchaga 
Fuente: A media voz 
Foto: Lennart Nilsson/ScanPix

12 abr. 2007

Pär Lagerkvist - El ascensor que descendió al infierno

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El señor contador Jonsson abrió la puerta del magnífico ascensor del hotel y, colocándose a un costado, mientras se cuadraba inclinándose con máxima elegancia, invitó a pasar a la deliciosa damas que lo acompañaba envuelta en pieles y perfumes delicados,. Se sentaron juntos en el mullido asiento y el ascensor empezó a descender. La joven dama estiró sus entreabiertos labios, aún húmedos de vino, y se besaron. Habían comido en la terraza, bajo las estrellas, y salían dispuestos a divertirse.
-Querido, ha sido magnífico –murmuró-. Ha sido realmente poético estar juntos allá arriba. Me parecía que estábamos en medio de las estrellas. Así se comprende lo que es el amor. Dime, ¿me quieres de verdad, me quieres mucho?
El señor contador le dio un largo beso por respuesta. Y el ascensor bajó.
-Estoy encantado de que hayas venido. De lo contrario, me hubiera vuelto loco.
-Sí, pero no te imaginas lo desagradable que se puso. En cuanto empecé a vestirme comenzó a preguntarme adónde iba. “Creo que puedo ir adonde me plazca”, le contesté. “Me parece que no soy tu prisionera”. Entonces se sentó y me estuvo mirando todo el tiempo mientras yo me arreglaba. Me decidí a estrenar este vestido beige. ¿Crees que me sienta bien? ¿Cuál te parece que me queda mejor? ¿El rosado, tal vez?
-A ti todo te queda bien, querida –afirmó el contador-. Pero nunca te he visto tan hermosa como esta noche.
Ella entreabrió el cuello de pieles de su tapado y se dieron un prolongado beso. El ascensor bajaba.
-Después, cuando estuve lista y me preparaba a salir, me tomó la mano y me la apretó tanto que todavía me duele, pero no me dijo nada. ¡No te imaginas qué torpe es! “Adiós”, le dije, y no me contestó. Es tan absurdo, tan desconsiderado... No puedo soportarlo...
-¡Pobrecita mía! –se compadeció el contador Jonsson.
-¡Como si no pudiera salir y distraerme un poquito! Pero, sabes, es el individuo más solemne que pueda existir sobre la tierra. Para él no puede haber nada natural ni sencillo. Interpreta las cosas como si todo fuera una cuestión de vida o muerte.
-¡Pobrecita, cuánto habrás tenido que sufrir!
-¡Ah, es terrible! ¡Es un verdadero suplicio! ¡Nadie ha conocido un tormento mayor que el mío! ¡Nunca he sabido lo que era el amor hasta que te conocí!
-¡Queridísima! –comentó Jonsson, abrazándola apretadamente. Y el ascensor seguía bajando.
Cuando el contador aflojó su abrazo y dejó de respirar, continuó:
-Ahora puedes ver lo que significa para mí haber estado a tu lado, allá arriba, contemplando las estrellas, soñando... Ha sido un momento que jamás olvidaré... Ves, Arvid es un hombre que no entiende de estas cosas; es siempre demasiado serio; no tiene en su alma ni una gota de poesía. ¡Es muy pesado!
-Eso es tremendo, mi querida.
-Sí, ¿verdad? –y dedicándole una sonrisa le entregó la mano-. Pero para qué vamos a pensar ahora en eso. ¡Ahora nos iremos a alguna parte y nos divertiremos! ¿De veras que me quieres mucho?
-¡Bien lo sabes! –replicó el contador, apretándola entre sus brazos hasta cortarle la respiración e inclinándose sobre ella para acariciarla. Ella se puso colorada. El ascensor continuaba descendiendo-. Vamos a amarnos esta noche... ¿más que nunca?... ¿Eh...? –susurró. Ella se apretó contra él, con los ojos entornados.
El ascensor descendía y descendía.
De repente Jonson se levantó, con la cara encendida.
-¡Pero qué pasa con el ascensor! –exclamó-. ¿Por qué no se detiene? Hace un largo rato que estamos sentados aquí ¿no es cierto?
-Sí, querido, así es. El tiempo pasa tan rápido.
-¡Por Dios, hace un siglo que estamos aquí! ¿Qué significa esto?
Miró a través de la reja y no vio más que la oscuridad. Y el ascensor descendía con una velocidad cada vez mayor, iba hundiéndose más y más.
-¡Pero qué es esto! Es como caer en el vacío. ¡Y estamos cayendo desde hace una eternidad!
Trataron de mirar hacia abajo, pero no vieron más que sombras. No había más que sombras. Estaban cayendo y cayendo en medio de las sombras.
-¡Oh, querido! –se lamentó la señora tomándole el brazo con fuerza-. ¡Aprieta el botón para que se pare!
Jonsson apretó el botón cuanto pudo, mas todo fue inútil. El ascensor continuaba cayendo rápidamente en las tinieblas.
-¡Es espantoso! –exclamó la señora-. ¡Qué vamos a hacer!
-Sí, qué diablos puede uno hacer –exclamó Jonsson-. ¡Es una locura!
La deliciosa señora se asustó mucho y rompió a llorar.
-No, no, querida, eso no. No debemos perder la serenidad. No podemos hacer nada. Ven, siéntate a mi lado, así, y ya veremos qué pasa. Alguna vez tendrá que pararse. –Se sentaron a esperar.
-¡Y pensar que algo tenía que suceder precisamente cuando salíamos a divertirnos un rato!
-Sí, es algo estúpido –corroboró Jonsson.
-¿Pero tú me quieres mucho, mucho?
-¡Tesoro mío! –dijo Jonsson apretándola contra su pecho. Y el ascensor bajaba y bajaba.
Por fin se detuvo, de golpe. Había una luz tan intensa que cegaba. Se encontraban en el Infierno. El Diablo abrió cortésmente la puerta.
-Buenas noches –dijo el Diablo, con una profunda reverencia. Era elegante y vestía una levita que le colgaba desde la punta de su cuello peludo como desde un clavo enmohecido. Jonson y la joven señora salieron del ascensor, vacilantes y aturdidos.
-¡Dios mío, dónde estaremos! –exclamaron, alarmados, ante la siniestra aparición.
El Diablo, un poquito molesto, les alumbró el camino y se apresuró a decirles:
-Pero no es tan horrible como parece. Espero que aquí pasen un rato agradable. Es por esta noche, nada más, ¿verdad?
-Sí, por cierto –repuso apresuradamente Jonson-. Nada más que por esta noche. No podemos quedarnos más.
La joven señora se colgó de su brazo, temblando. La luz de las llamas tenía un color amarillo verdoso y era tan intensa que casi no podían ver. Había un inconfundible olor de algo que estaba quemándose. Al cabo de un rato advirtieron que se encontraban en una plazoleta rodeada de casas cuyos zaguanes ardían intensamente en la oscuridad. Las ventanas estaban cerradas, pero a través de las grietas podían verse las llamas.
-Si no me equivoco, ¿ustedes son la pareja de enamorados? –les preguntó el Diablo.
-Sí, nos queremos mucho –contestó la señora dirigiendo a Jonson una dulce mirada.
-Entonces, por aquí. ¿Quieren hacer el favor de seguirme?
Caminaron unos cuantos metros por una de las oscuras calles de la plazoleta. Sobre una puerta grasosa y sucia colgaba un viejo farol destartalado.
-Es aquí, tengan la bondad de pasar –dijo el Diablo abriendo la puerta y dando un paso al costado.
Entraron. Allí fueron recibidos por una diablesa gorda y ridícula, de voluminosos pechos y maquillada con unos polvos violetas en torno de su boca barbuda. Les sonrió con una sonrisa de conocedora experta, respirando dificultosamente y mirándolos con suma amabilidad. Se había envuelto sus pelos de paja alrededor de los cuernos que le crecían sobre la frente y los había atado con una angosta cinta azul.
-¿El señor Jonsson y la señorita, no es así? ¿Quieren pasar al número ocho, por favor? –y les entregó una llave enorme. Subieron por una escalera sucia en medio de la oscuridad. Los peldaños eran muy resbalosos y tenían que subir dos pisos. Jonson encontró el número ocho y entraron. Era una habitación húmeda, de tamaño mediano. En el centro había una mesa con un mantel manchado, y contra la pared se hallaba una cama cuyas sábanas habían sido recientemente estiradas. A ellos les pareció agradable. Se quitaron los abrigos y se besaron.
Un hombre entró silenciosamente por la otra puerta. Estaba vestido como un camarero, pero su traje era limpio y en la pechera de su camisa blanca se reflejaba el brillo de las llamas. Caminaba silenciosamente, sin hacer ruido, con los movimientos mecánicos de quien se halla en trance. Su cara parecía de piedra y sus ojos miraban fijamente delante de sí. Tenía una palidez mortal y en la sien veíasele la herida de un balazo. Arregló un poco la habitación poniendo en orden el toallero y la loza.
Los enamorados no advirtieron su presencia, mas, cuando iba a retirarse, Jonsson dijo:
-Quisiéramos un poco de vino, tráiganos una media botella de Madeira. –El hombre se inclinó y desapareció.
Jonsson se quitó el saco y el chaleco. La deliciosa señora le dijo:
-Espera, va a volver.
-Oh, en un lugar como éste no importa. Quítate la ropa, querida.
Se sacó el vestido, se quitó pudorosamente los calzones, y se sentó en sus rodillas. Era algo encantador.
-Imagínate –murmuró-, estar sentados juntos aquí, tú y yo solos, en un lugar tan romántico como éste, tan poético... Nunca me olvidaré...
-¡Querida! –le contestó, y le dio un largo beso.
El hombre reapareció sin hacer ruido. Mecánicamente colocó los vasos sobre la mesa y los llenó de vino. La luz de la lámpara le iluminó la cara. Era una cara que no tenía nada de extraordinario como no fuera su palidez mortal y la herida en la sien. La joven señora se estremeció y gritó:
-¡Dios mío! ¡Arvid! ¡Eres tú! ¡Oh, Dios del cielo, ha muerto! ¡Se ha suicidado!
El hombre permaneció imperturbable. Miraba fijamente delante de sí. Su expresión no denotaba sufrimiento. Conservaba una inquebrantable seriedad.
-¡Pero Arvid, qué has hecho, qué has hecho! ¡Cómo has podido hacer eso! ¡Querido mío, si hubiera pensado algo semejante bien sabes que me hubiera quedado en casa! ¡Pero tú nunca hablas conmigo, nunca me dices nada, ni una palabra! ¡Cómo podía imaginar esto, si nunca me lo dijiste! ¡Ah, Dios mío!
La señora estaba temblando. El hombre la miraba como si se tratara de una desconocida, con una mirada gris y helada que atravesaba todas las cosas. Tenía el rostro pálido como iluminado; la herida no le sangraba, era sólo un agujero.
-¡Es espantoso, espantoso! –exclamaba la señora-. ¡No quiero quedarme! ¡Vámonos de aquí en seguida! ¡No puedo sufrir esto! –Tomó su vestido, su sombrero y su abrigo y, seguida por Jonsson, salió de la pieza, corriendo. Descendieron las escaleras, y la señora se sentó en medio de los salivazos y la ceniza de los cigarrillos. Abajo estaba la vieja diablesa sonriendo amablemente y sacudiendo sus cuernos. Una vez en la calle se calmaron un tanto. La deliciosa señora se vistió, se arregló y se empolvó la nariz. Jonsson la rodeó protectoramente con su brazo y le secó las lágrimas con sus besos. Era muy bueno. Se dirigieron a la plazoleta.
Allí se encontraron con el Gran Diablo, que se estaba paseando.
-¡Cómo, ya se van! –les dijo-. ¡Espero que hayan pasado un momento muy feliz!
-Ha sido terrible –dijo la señora.
-Oh, no, no diga eso, no hay que tomarlo así. ¡Tendría que haber visto cómo era antes. Era muy distinto. Ahora no hay de qué quejarse en el Infierno. Hemos tomado las medidas necesarias para que todas las cosas parezcan completamente naturales. De lo contrario, uno se sentiría demasiado feliz aquí.
-Sí –manifestó el señor Jonsson-, hay que reconocer que ahora se ha humanizado un poco.
-Sí –corroboró el Diablo-, esto se ha modernizado. Hemos tenido que cambiarlo por completo. Era imprescindible que nos pudiéramos de acuerdo con el progreso. Ya no tenemos más que las torturas espirituales.
-Gracias a Dios –suspiró la joven dama.
El Diablo los condujo cortésmente hasta el ascensor.
-Buenas noches –les dijo, inclinándose-. Siempre serán bienvenidos –y les cerró la puerta.
-Oh, me alegro de que esto haya terminado –suspiraron los dos, sentándose juntos.
-Sin ti nunca hubiera podido soportar eso –murmuró la señora. Jonsson la abrazó y la besó.
-¡Cómo puede haber hecho eso! ¡Pero tiene ideas tan raras! Nunca toma las cosas naturalmente, como realmente son. Para él todo es cuestión de vida o muerte.
-Eso es absurdo –dijo Jonsson.
-Si hubiera dicho algo me habría quedado en casa. Nosotros hubiéramos salido cualquier otra noche.
-Naturalmente –repuso Jonsson-. ¡Claro que sí!
-¿Pero, querido, de qué sirve pensar ahora en eso? –susurró ella, rodeándole el cuello con los brazos-. Ya pasó.
-Sí, tesoro mío, ya pasó.
La abrazó estrechamente, y el ascensor subió.


Extraído de Pär Lagerkvist, El verdugo
Traducción Fausto Tezanos Pinto
Buenos Aires, 1954