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5 mar. 2010

Diógenes Laercio – Vida de Heráclito

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1. Heráclito, hijo de Blisón, o según algunos, de Heración, fue efesino, y floreció hacia la Olimpíada LXIX. Sentía en las cosas muy elevadamente, como consta de sus escritos, donde dice: «El aprender muchas cosas no instruye la mente.» Y que enseñó a Hesíodo, a Pitágoras y aun a Jenófanes y a Hecateo;[1] pues la verdadera y única sabiduría es conocer la mente,[2] que puede disponer o gobernar todas las cosas por medio de todas las cosas. Decía que Homero era digno de ser echado de los certámenes y de ser abofeteado, y lo mismo Arquíloco. Que los ímpetus de una injuria deben apagarse más que un incendio, y que el pueblo debe defender las leyes lo mismo que los muros.

 

Heraclito - Peter Paul Rubens Heráclito – Peter Paul Rubens

 

2. Reprendió vivamente a los efesinos porque habían echado a su compañero Hermodoro, diciendo: «Todos los efesinos adultos debieran morir, y los impúberes dejar la ciudad, entendido de aquellos que expelieron a Hermodoro, su bienhechor, diciendo: Ninguno de nosotros sobresalga en merecimientos; si hay alguno, váyase a otra parte y esté con otros.» Como le pidiesen que les pusiese leyes, lo omitió por causa de que la ciudad estaba ya depravadísima en las costumbres y mal gobierno, y retirándose al templo de Diana, jugaba a los dados con los muchachos. A los efesinos que estaban a su alrededor les dijo: «¿Qué os admiráis, perversos? ¿No es mejor hacer esto que gobernar la república con vosotros?»

3. Finalmente, fastidiado de los hombres, se retiró a los montes y vivió manteniéndose de hierbas; pero acometiéndole de resultas una hidropesía, regresó a la ciudad, y preguntaba enigmáticamente a los médicos «si podrían de la lluvia hacer sequía». Como ellos no lo entendiesen, se enterró en el estiércol de una boyera, esperando que el calor del estiércol le absorbiera las humedades. No aprovechando nada esto, murió de sesenta años. Mi epigrama a él es como sigue:

 

Me admiré muchas veces

de que viviese Heráclito otro tiempo

sufriendo tantos males y miserias,

para después morirse.

Regando al fin su cuerpo

con enfermas y malas humedades,

extinguió de sus ojos

la luz y los llenó de oscuras sombras.[3]

 

Pero Hermipo asegura que Heráclito dijo a los médicos que «si alguno podía sacar humedad oprimiendo la tripa»; y respondiendo que no, se puso al sol y dijo a los muchachos que lo cubriesen y emplastasen con estiércol; con lo cual se apresuró la vida y murió al día siguiente, y fue enterrado en el Foro. Neantes Ciziceno dice que no pudiendo quitarse el estiércol ni eximirse de él, permaneció allí y se lo comieron los perros, no habiéndolo conocido por causa del disfraz del estiércol.

4. Fue admirado desde niño, y siendo mancebo decía «que no sabía cosa alguna»; pero cuando llegó a la edad perfecta decía que «lo sabía todo». De nadie fue discípulo, sino que él mismo se dio a las investigaciones, y decía haberlo aprendido todo por sí mismo. Sin embargo, dice Soción que algunos lo hacen discípulo de Jenófanes, y que Aristón asegura, en el libro De Heráclito, que curó de su hidropesía y murió de otra enfermedad. Esto mismo dice también Hipoboto.

5. El libro que de él nos queda, por su contenido se intitula De la naturaleza, bien que está dividido en tres discursos, a saber: Del Universo, De política y De Teología. Lo depositó en el templo de Diana; y, según algunos, lo escribió de industria oscuro para que sólo lo entendiesen los eruditos, y por vulgar no fuese desestimado. Píntalo también Timón diciendo:

 

Y entre ellos se me erguía y engreía

el cuclillo importuno,

murmurador del pueblo,

Heráclito, inventor de quisicosas.

 

Teofrasto dice que la melancolía le hizo dejar sus escritos, unos a medio hacer y otros a veces muy ajenos de verdad. La señal de su grandeza de ánimo, dice Antístenes en las Sucesiones, es haber cedido el reino a su hermano.[4] Su libro se hizo tan célebre, que llegó a tener secuaces, llamados heraclitanos.

6. Sus opiniones en común son las siguientes: «Todas las cosas provienen del fuego, y en él se resuelven. Todas las cosas se hacen según el hado,[5] y por la conversión de los contrarios se ordenan y adaptan los entes. Todo está lleno de almas y de demonios.» Acerca de las mudanzas que acontecen en el estado de las cosas del mundo, sintió así: «Que el sol es tan grande cuando aparece.» Afírmase también que dijo que «la naturaleza del alma no hay quien la pueda hallar por más camino que ande: ¡tan profunda es esta cuestión!» Al amor propio lo llamaba «mal de corazón,[6] y que la vista y aspecto engañan».

7. En su obra habla algunas veces clara y sabiamente; tanto, que cualquiera, aun duro de entendimiento, lo entiende fácilmente y conoce la elevación de su ánimo. La brevedad y gravedad de sus interpretaciones es incomparable.

8. Sus dogmas en particular son como se sigue: «Que el fuego es elemento, y que todas sus vicisitudes o mutaciones se hacen por raridad y densidad.» Pero nada de esto expone distintamente. «Que todas las cosas se hacen por contrariedad, y todas fluyen a manera de ríos. Que el universo es finito. Que el mundo es único, es producido del fuego y arde de nuevo de tiempo en tiempo alternadamente todo este evo. Que esto se hace por el hado. Que de los contrarios, aquel que conduce las cosas a generación se llama guerra y lucha o contención, y el que al incendio, concordia y paz. Que la mutación es un camino hacia arriba y hacia abajo, y según éste se produce el mundo. Que el fuego adensado se transforma en licor, y adquiriendo más consistencia para en agua. Que el agua condensada se vuelve tierra, y éste es el camino hacia abajo. Liquídase de nuevo la tierra y de ella se hace el agua, de lo cual provienen casi todas las demás cosas», refiriéndolo a la evaporación del mar. «Éste es —dice— el camino de abajo arriba. Que las evaporaciones o exhalaciones se hacen de la tierra y del mar unas perspicuas y puras, otras tenebrosas. De las puras se aumenta el fuego; de las otras, el agua.»

9. Lo que encierra la circunferencia no lo explica; pero dice «hay allá unos como cuencos, vuelta hacia nosotros la parte cóncava, en los cuales, acopiándose las exhalaciones puras y perspicuas, forman las llamas, que son los astros. Que la llama del sol es clarísima y calidísima; los demás astros están muy distantes de la tierra, y por ello lucen y calientan menos. Que la luna, estando más cercana a la tierra, anda por paraje no puro; pero el sol está en lugar resplandeciente y puro, y dista de nosotros conmensuradamente; ésta es la causa de calentar más y dar mayor luz. Que se eclipsan el sol y la luna cuando sus cuencos se vuelven hacia arriba, y que las fases mensuales de la luna se hacen volviéndose poco a poco a su cuenco. Que el día, la noche, los meses, las estaciones anuales y los años, las lluvias, los vientos y cosas semejantes se hacen según la diferencia de exhalaciones, pues la exhalación pura inflamada en el círculo del sol hace el día, y cuando obtiene la parte contraria hace la noche. Que de la luz, aumentándose el calor, se hace el estío, y de sombra crece la humedad y se hace el invierno». Consecuentemente a éstas disputa de las demás causas. Sobre cuál sea la tierra nada dice ni tampoco de los referidos cuencos. Hasta aquí sus dogmas.

10. Cuál fuese el parecer de Sócrates acerca de Heráclito, habiendo visto un libro suministrado por Eurípides, como dice Aristón, lo dijimos en la Vida del mismo Sócrates. Seleuco Gramático dice que un tal Crotón escribe en su Buzo que un cierto Crates fue el primero que trajo este libro a Grecia y que dijo que «necesita uno de un nadador delio para no ahogarse en él». Algunos lo intitulan Musas; otros, De la naturaleza; Diodoto, Exacto gobernalle para el nivel de la vida. Otros, Gnomon de las costumbres, y complemento y ornato de una cierta medida para todas las cosas. Dicen que preguntado por qué callaba, respondió: «Porque vosotros habláis.» Aun Darío deseó su compañía, y le escribió en esta forma:

 

«EL REY DARÍO, HIJO DE HISTASPIS, AL SABIO HERÁCLITO EFESINO: ALEGRARSE.

«Publicaste un libro difícil de comprender y de explicar. En algunos lugares, si se entiende a la letra, parece encierra cierta fuerza de especulación de todo el mundo y de cuanto en él se hace, lo cual está constituido en el movimiento divinísimo; pero muchas cosas tienen asenso;[7] y así, aun los que han leído mucho, quedan dudosos del recto sentido que parece quisiste dar a todo. El rey Darío, hijo de Histaspis, quiere ser uno de tus oyentes y participar de la erudición griega. Ven, pues, en breve a nuestra vista y real palacio, pues los griegos, por lo común, no acostumbrando distinguir los varones sabios, menosprecian las cosas que éstos demostraron dignas de que se oigan y aprendan con estudio y diligencia. Conmigo tendrás el primer lugar, cada día una comunicación grave y honesta, y una vida sujeta a tus exhortaciones.»

«HERÁCLITO EFESINO AL REY DARÍO, HIJO DE HISTASPIS: ALEGRARSE.

«Cuantos viven en estos tiempos huyen de la verdad y de practicar lo justo, dándose todos a la insaciabilidad y vanagloria por falta de juicio; mas yo, por cuanto doy al olvido toda injuria y declino de toda familiar envidia; asimismo, porque huyo de vanidad y fasto, no pasaré a Persia, contentándome con mi cortedad, que es lo que me acomoda.» Tal fue este varón para con el rey.

11. Demetrio dice en sus Colombroños que también menospreció a los atenienses por la excesiva opinión que de sí tenía; y aunque desestimado de los efesinos, eligió el vivir con ellos. Hace también memoria de él Demetrio Falereo en la Apología de Sócrates. Hubo muchos que interpretaron su libro, como son Antístenes, Heráclides Póntico y Esfero Estoico, a quienes se añaden Pausanias el llamado Heraclitista, Nicodemes y Dionisio, y de los gramáticos Diodoto, el cual dice que aquel escrito no es de física, sino de política, pues lo que trata de física es allí por modo de ejemplo. Jerónimo dice que Escitino, poeta yámbico, emprendió el poner en verso dicho libro.

12. Corren muchos epigramas escritos a él, de los cuales es uno el que se sigue:

 

Soy Heráclito, sí, necios e ignaros;

¿qué me estáis abatiendo?

No he trabajado, no, para vosotros,

sino para los sabios y peritos.

Váleme por tres mil un hombre solo,

e infinitos, ninguno.

Esto digo también a Proserpina.

 

Y otro:

 

No en breve desenvuelvas hasta el eje[8]

el volumen de Heráclito Efesino;

es para ti camino muy impervio,

lleno de oscuridad densa y opaca;

pero si mente sabia te dirige,

aún más claro que el sol lo verás todo.

 

13. Hubo cinco Heráclitos. El primero, éste. El segundo, un poeta lírico de quien hay un Encomio de los doce dioses.[9] El tercero, un poeta elegiaco natural de Halicarnaso, a quien Calimaco compuso los versos siguientes:

 

Uno tu muerte, Heráclito, me dijo,

y me sacó las lágrimas al punto.

Me acordé de cuantas veces

solíamos pasar soles y soles

en sabias juglerías; pero ahora,

Halicarnasio amigo, eres ceniza.

Moriste, sí, moriste;

pero la melodía de tu canto

vivirá eternamente. Y aunque Pluto

se lo arrebate todo,

no alcanzarán sus manos a tu fama.

 

El cuarto fue lesbio, y escribió la Historia de Macedonia. Y el quinto, un truhán, el cual, de citarista que era, se dio a este modo de vida.

 


[1] Por prolepsis (según entiendo, e indica el aoristo I, que pone Laercio), pues éstos eran ya muertos.

[2] Casaubono interpreta por Dios la palabra Gnomen, Mente. Tengo por legítima esta interpretación, por razón de lo que añade Laercio de nuestro filósofo y lo que de él escriben algunos Santos Padres.

[3] Parece hacen alusión a la oscuridad de los escritos de Heráclito.

[4] Reino, decimos, aunque también esta voz ordinariamente significa cierta magistratura de Éfeso, que presidía a los sacrificios, y allí tenía este nombre, como entre los romanos Rex sacrificulus. o Rex sacrorum. Su mujer se llamaba Regina, y su palacio, Regia.

[5] Porque Heráclito decía que “la esencia del hado, es una razón trascendental a la naturaleza del universo”, según escribe Plutarco, lib. I, cap. XXVIII, De las opiniones de los filósofos.

[6] En latín, sacrum morbum.

[7] Sigo la versión común de los intérpretes; pero no dudo debe traducirse así: pero en muchas cosas se debe suspender el asenso. Éste es el significado filosófico de la correspondiente voz griega.

[8] Los latinos decían: ad umbilicum usque. Eran los cabitos torneados, con su botoncito, del palo en que se arrollaban los que llamaban, volúmenes.

[9] Los doce dioses principales de los gentiles, llamados dioses consentes, seis machos y seis hembras. Ennio los incluye en estos versos:

 

Juno, Vesta, Minerva, Ceresque, Diana, Venus, Mars,

Mercurius, Jovis, Neptunus, Vulcanus, Apollo

Vidas de los filósofos más ilustres

Traducción del griego: José Ortiz y Sanz
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950

 

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5 jun. 2009

Diogenes Laercio - Epiménides (Vida de filósofos más ilustres)

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1. Epiménides, según Teopompo y otros muchos, fue hijo de Festio; según otros, de Dosiado; y según otros, de Agesarco. Fue cretense, natural de Gnosa: pero no lo parecía por ir con el pelo largo. Enviólo una vez su padre a un campo suyo con una oveja, y desviándose del camino, a la hora del mediodía se encontró en una cueva, y durmió allí por espacio de cincuenta y siete años[1]. Despertado después de este tiempo, buscaba la oveja, creyendo haber dormido sólo un rato; pero no hallándola se volvió al campo, y como lo viese todo de otro aspecto, y aun el campo en poder de otro, maravillado en extremo, se fue a la ciudad. Quiso entrar en su casa; y preguntándole quién era halló a su hermano menor, entonces ya viejo, el cual supo de su boca toda la verdad. Conocido por esto de toda Grecia, lo tuvieron todos por muy amado de los dioses.

2. Padecían peste los atenienses, y habiendo respondido la pitonisa que se lustrase la ciudad, enviaron a Creta con una nave a Nicias, hijo de Nicerato, para que trajesen a Epiménides. Vino, en efecto, en la Olimpiada XLVI, expió la ciudad, y ahuyentó la peste de la forma siguiente: tomó algunas ovejas negras y blancas, las condujo al Areópago, y las dejó para que de allí se fuesen a donde quisiesen, mandando a los que las seguían que donde se echase cada una de ellas las sacrificasen al dios más vecino al paraje. De esta manera cesó el daño. Desde entonces se hallan por los pueblos de los atenienses diferentes aras sin nombre[2], en memoria de la expiación entonces hecha.

3. Otros dicen que la causa de la peste fue la maldad de Cilonio; y refieren el modo con que se libertó, que fue muriendo los dos jóvenes, Cratino y Clesibio, con lo cual cesó la calamidad. Los atenienses le dieron un talento y una nave con que regresase a Creta; pero él no admitió el dinero, antes hizo confederación entre los gnosios y atenienses; y volviéndose a su casa murió de allí a poco de edad de ciento cincuenta y siete años, según dice Flegón en el libro De los que vivieron mucho[3]. Los cretenses dicen que murió de doscientos noventa y nueve años, pero Jenófanes Colofonio afirma haber oído decir que de ciento cincuenta y cuatro.

4. Compuso cinco mil versos sobre la generación de los curetes y coribantos, y sobre la de los dioses, y seis mil quinientos sobre la construcción de la nave Argos, y expedición de Jasón a Colcos. Escribió también en prosa acerca de los sacrificios y de la República de Creta; como también de Minos y Radamanto hasta unos cuatro mil versos. Erigió en Atenas un templo a las Euménides[4], como dice Lobón Argivo en el libro De los poetas. Dicen fue el primero que lustró las habitaciones y los campos, y el primero que fundó templos[5] Hay quien afirma que no durmió, sino que se entretuvo algún tiempo en cortar raíces. Corre una carta suya a Solón legislador, que trata de la República cretense, ordenada por Minos; bien que Demetrio de Magnesia, en su libro De los poetas y escritores colombroños o de un mismo nombre, se esfuerza en sostener que esta carta es moderna; ni va escrita en dialecto cretense, sino ático moderno. Yo he hallado otra carta suya, que es como sigue:

Epiménides a Solón

5. «Buen ánimo, amigo, porque si la invasión tiránica de Pisístrato hubiese hallado a los atenienses hechos a la servidumbre, o sin buenas leyes, sería largo su dominio, pero como esclaviza a hombres nada cobardes, y que, acordándose de las amonestaciones de Solón, gimen avergonzados, no tolerarán verse tiranizados. Y aunque Pisístrato tenga ocupada la ciudad, espero que su imperio no pasará a sus hijos, pues es muy difícil perseveren esclavos hombres que se vieron libres y se gobernaron por leyes excelentes. Tú no te aflijas, sino vente cuanto antes a estar conmigo en Creta, donde no tendrás monarca que te moleste, pues si andando vago cayeres en manos de sus amigos, temo te venga algún daño.» Hasta aquí la carta de Epiménides.

6. Dice Demetrio, según escriben algunos, que Epiménides recibía la comida de mano de las ninfas, y que la guardaba en una uña de buey; que la iba tomando de allí poco a poco, de manera que no necesitaba excrementar, ni jamás hubo quien lo viese comer. Hace memoria de él Timeo en su segunda[6]. Dicen algunos que los cretenses le ofrecen sacrificios como a Dios. Dicen, asimismo, que tuvo sumo conocimiento de las cosas venideras, pues habiendo visto en Atenas el puerto de Muniquia, dijo a los atenienses que «no sabían cuántos daños les había de acarrear el lugar aquel, pues a saberlo, lo devorarían con sus dientes». Esto predijo tanto tiempo antes que sucediese.

7. Refieren que él mismo se llamaba Eaco; que predijo a los lacedemonios habían de ser prisioneros de los arcades, y que aparentó muchas veces que resucitaba. Escribe Teopompo, en su libro De las cosas admirables, que cuando construía el templo de las ninfas, se oyó una voz del cielo que decía: «Epiménides, no lo dediques a las ninfas, sino a Júpiter». También predijo a los cretenses el estrago que los arcades habían de hacer en los lacedemonios, según arriba dijimos; y, efectivamente, fueron derrotados junto a Orcomeno. Añade Teopompo que envejeció en tantos días como años había dormido[7]. Mironiano dice en sus Símiles que los cretenses lo llamaban Curete. Guardan su cuerpo los lacedemonios, avisados por un oráculo, como asegura Sosibio Lacedemonio. Hubo otros dos Epiménides: el uno, escritor de genealogías; y el otro, de la Historia de Rodas, en dialecto dórico.


[1] Plinio, lib. VII, cap. LII, dice lo mismo por estas palabras: "La cual (Fábula) se cuenta de Epimédes gnosio, en una cosa semejante. Dicen que siendo muchacho, cansado del camino y calor, se entró en una cueva, donde durmió cincuenta y siete años; y que después le causó grande admiración la mudanza que halló en las cosas, creyendo que se había despertado al día siguiente. Después en solos cincuenta y siete días se hizo viejo: pero prolongó su vida hasta los ciento cincuenta y siete años. Plutarco y Varrón dicen que sólo durmió cincuenta años; Pausanías, cuarenta.

[2] Una de estas pudo a ver sido la que vió San Pablo, como se dice en los actos de los Apóstoles, cap. XVII, y, 23. Hace también memoria de ellas Pausanías, lib. I, cap. I y lib. V, cap.XIV; y Luciano en uno de sus Diálogos.

[3] Existe todavía de esta obra de Flegón (que fue liberto del emperador Adriano) un fragmento de la historia de las Olimpíadas, en la cual habla de las tinieblas acaecidas en la muerte de nuestro redentor y alguna otra cosilla.

[4] Es muy probable que Vitrubio libro V. Cap. IX, por porticus Euminice quiso entender los pórticos de este templo, como muy anchos y espaciosos. En mis comentarios a Vitrubio no tuve presente este lugar de Laercio, ni hallé quien lo haya advertido hasta ahora.

[5] Sería fácil demostrar por la historia que los atenienses tuvieron templos antes de Epiménides: y, por consiguiente es falso lo que dice Laercio. San Clemente Alejandrino, en su Exhortación a los gentiles, dice que Epiménides fundó en Atenas templos a la Contumelia y a la Impudicia.

[6] El texto no dice más, y no es fácil averiguar qué segunda obra era ésta de Timeo, ni aun qué Timeo sea éste, habiendo habido muchos.

[7] En cincuenta y siete días, como arriba dijimos.


Traducción del griego: José Ortiz y Sanz

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950


6 may. 2009

Diogenes Laercio - Vida de Anacarsis Escita

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1. Anacarsis Escita, hijo de Gnuro y hermano de Caduida, rey de Escitia, nació de madre griega, por cuya razón supo ambos idiomas. Escribió sobre las leyes de los escitas, y sobre lo conducente a la frugalidad de la vida de los griegos. Escribió también de la guerra hasta unos ochocientos versos. Su libertad en el decir dio motivo al proverbio de hablar escítico. Sosícrates dice que Anacarsis vino a Atenas en la Olimpíada XLVII, siendo arconte Eucrates; y Hermipo, que fue a casa de Solón, y mandó a uno de los familiares de éste dijese a su amo estaba allí Anacarsis, y si quería gozar de su vista y hospedaje. Que el criado dio el recado a Solón, el cual respondió que «los huéspedes son los que están en su patria»[1]. Con esto entró Anacarsis, diciendo que él estaba entonces en su patria, y por tanto, le pertenecía hacer huéspedes a otros. Admirado Solón de la prontitud, lo recibió y lo hizo su grande amigo.

2. Pasado algún tiempo, volvió a Escitia, y pareciendo quería reformar las leyes patrias y establecer las griegas, lo mató dicho su hermano andando de caza, con una flecha. Murió diciendo que «por su elegancia en el decir había vuelto salvo de Grecia, y que moría en su patria por envidia». Algunos dicen que murió estando sacrificando al uso griego. Mi epigrama es el siguiente:

Vuelto a Escitia Anacarsis,

quiso enmendar errores de su patria,

procurando viviese al uso griego:

Mas no bien pronunciada su sentencia,

cuando un volante dardo en un momento

lo trasladó a los dioses inmortales.

3. Decía que «la cepa lleva tres racimos: el primero, de gusto; el segundo, de embriaguez; y el tercero, de disgusto». Admirábase mucho de que entre los griegos se desafiasen los artistas y juzgasen de las obras los que no eran artífices. Preguntado de qué forma se haría uno abstemio o aguado, respondió: «Mirando los torpes gestos de los borrachos». Decía también que «se maravillaba de cómo los griegos, que, ponían leyes contra los que injuriaban a otros, honraban a los atletas que se hieren mutuamente». Habiendo sabido que el grueso de las naves no es más de cuatro dedos, dijo: «Tanto distan de la muerte los que navegan». Llamaba al aceite «medicamento de frenesí, pues ungidos con él los atletas se enfurecían más unos contra otros». Decía: «¿Cómo es que los que prohíben el mentir mienten abiertamente en las tabernas?» Admirábase también de que «los griegos al principio de la comida bebiesen en vasos pequeños, y después de saciados en vasos grandes»[2]. En sus retratos anda esta inscripción: «Se debe refrenar la lengua, el vientre y la carne».

4. Preguntado de si en Escitia había flautas, respondió: «Ni tampoco cepas». A uno que le preguntó qué naves eran más seguras, le respondió: «Las que están en el puerto»[3]. Decía había visto en Grecia una cosa que lo admiraba, a saber: que se dejaban el humo en el monte y traían la leña a casa[4]. Preguntándole uno si eran más los vivos que los muertos, respondió: «¿En qué clase de esas dos pones los navegantes?» A un ateniense que le objetaba el que era escita, respondió: «A mí me deshonra mi patria; pero tú eres el deshonor de la tuya». Preguntado qué cosa era buena y mala en los hombres, respondió: «La lengua». Decía que «mejor era tener un amigo ilustre que muchos ordinarios». Llamaba al foro «lugar destinado para mutuos engaños y fraudes». Habiéndole injuriado de palabra un joven en un convite, dijo: «Mancebo, si ahora que eres joven no puedes sufrir el vino, cuando envejezcas sufrirás el agua». Según algunos, inventó para el uso de la vida humana las áncoras y la rueda de alfar. Escribió esta carta:

Anacarsis a Creso

5. «Me fui a Grecia, oh rey de Lidia, a fin de aprender sus costumbres y disciplina. No necesito oro alguno, y me basta si vuelvo a Escitia más instruido; no obstante, pasaré a Sardes, pues tengo en mucho ser tu conocido.»


[1] Huéspedes en propiedad se llaman los que hospeden en sus casas a los forasteros; pero la costumbre ha hecho llamar también huéspedes a los hospedados. Las palabras siguientes de Anacarsis suelen interpretarse variamente, queriendo unos significase por ellas que, hallándose en casa de Solón, su amigo y sabio, se consideraba en su casa propia, y que con esta satisfacción echó aquella que él tuvo por gracia. Otros pretenden que la respuesta fue decir a Solón que, pues estaba en su casa, a él tocaba hospedar a Anarcasis forastero.

[2] Filón, Ateneo y otros hacen memoria de esta costumbre griega.

[3] Ateneo. Lib. VIII, atribuye este dicho al músico Estratónico.

[4] Algunos lo entienden del carbón; otros, de la leña tostada que usaron los antiguos y aun usan algunas ciudades de Italia.

En Vida de los filósofos más ilustres

Traducción de José Ortiz y Sanz

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950




11 mar. 2009

Diógenes Laercio - Vida de Tales de Mileto

3 comentarios :

1. Tales, según escriben Heródoto, Duris y Demócrito, tuvo por padre a Examio, y por madre a Cleobulina, de la familia de los Telidas, que son fenicios muy nobles descendientes de Cadmo y de Agenor, como dice también Platón. Fue el primero que tuvo el nombre de sabio, cuando se nombraron así los siete, siendo arconte[1] en Atenas Damasipo, según escribe Demetrio Falero en el Catálogo de los arcontes. Fue hecho ciudadano de Mileto, habiendo ido allá en compañía de Neleo, que fue echado de Fenicia; o bien, como dicen muchos, fue natural de la misma Mileto y de sangre noble.

2. Después de los negocios públicos se dio a la especulación de la Naturaleza. Según algunos, nada dejó escrito; pues la Astrología náutica qué se le atribuye dicen es de Foco Samio. (Calímaco le hace inventor de la Ursa menor, diciendo en sus Yambos:

Del Carro fue inventor, cuyas estrellas

dan rumbo a los fenicios navegantes.)

Pero, según otros, escribió dos cosas que son: Del regreso del sol de un trópico a otro, y Del equinoccio; «lo demás –dijo– era fácil de entender.» Algunos, son de parecer fue el primero que cultivó la Astrología, y predicó los eclipses del sol y mudanzas del aire, como escribe Eudemón en su Historia astrológica; y que por esta causa lo celebraron tanto Jenófanes y Heródoto. Lo mismo atestiguan Heráclito y Demócrito.

3. Tiénenlo muchos por el primero que defendió la inmortalidad del alma; de este número es el poeta Querilo. Fue el primero que averiguó la carrera del sol de un trópico a otro; y el primero que, comparando la magnitud del sol con la de la luna, manifestó ser ésta setecientas veinte veces menor que aquél, como escriben algunos. El primero que llamó triaka/da (triacada) la tercera década del mes[2]; y también el primero, según algunos, que disputó de la Naturaleza. Aristóteles e Hipias dicen que Tales atribuyó alma a cosas inanimadas, demostrándolo por la piedra imán y por el electro. Pánfilo escribe que habiendo aprendido de los egipcios la Geometría, inventó el triángulo rectángulo en un semicírculo, y que sacrificó un buey por el hallazgo. Otros, lo atribuyen a Pitágoras[3], uno de los cuales es Apolodoro logístico[4]. También promovió mucho lo que dice Calímaco en su Yambos haber hallado Euforbo Frigio, a saber, el triángulo escaleno, y otras cosas concernientes a la especulación de las líneas.

4. Parece que en asuntos de gobierno fueron su; consejos muy útiles; pues habiendo Creso enviado embajadores a los de Mileto solicitando su confederación en la guerra contra Ciro, lo estorbó Tales, lo cual, salido Ciro victorioso, fue la salvación de Mileto. Refiere Clitón que fue amante de la vida privada y solitaria como leemos en Heráclides. Dicen algunos que fue casado, y que tuvo un hijo llamado Cibiso; otros, afirman que vivió célibe, y adoptó un hijo de su hermana y que preguntado por qué no procreaba hijos, respondió que «por lo mucho que deseaba tenerlos»[5]. Cuéntase también que apretándole su madre a que se casase, respondió que «todavía era temprano»; y que pasados algunos años, urgiendo su madre con mayores instancias, dijo que «ya era tarde». Escribe Jerónimo de Rodas, en el libro II De las cosas memorables, que queriendo Tales manifestar la facilidad con que podía enriquecerse, como hubiese conocido que había de haber presto gran cosecha de aceite, tomó en arriendo muchos olivares, y ganó muchísimo dinero.

5. Dijo que «el agua es el primer principio de las cosas; que el mundo está animado y lleno de espíritus». Fue inventor de las estaciones del año, y asignó a éste trescientos sesenta y cinco días. No tuvo maestro alguno, excepto que viajando por Egipto se familiarizó con los sacerdotes de aquella nación. Jerónimo dice que midió las pirámides por medio de la sombra, proporcionándola con la nuestra cuando es igual al cuerpo. Y Minies afirma que vivió en compañía de Trasíbulo, tirano de Mileto.

6. Sabido es lo del trípode que hallaron en el mar unos pescadores, y el pueblo de Mileto lo envió a los sabios. Fue el caso que ciertos jóvenes jonios compraron a unos pescadores de Mileto un lance[6] de red, y como en ella sacasen un trípode[7], se movió controversia sobre ello, hasta que los milesios consultaron el oráculo de Delfos, cuya deidad respondió:

¿A Febo preguntáis, prole milesia,

cúyo ha de ser el trípode? Pues dadle

a quien fuere el primero de los sabios.

Diéronlo, pues, a Tales; Tales lo dio a otro sabio; éste a otro, hasta que paró en Solón; el cual, diciendo que «Dios era el primer sabio», envió el trípode a Delfos[8].

7. De otra manera cuenta esto Calímaco en sus Yambos, como tomado de Leandrio Milesio. «Cierto arcade –dice– llamado Baticles, dejó una taza para que se diera al primero de los sabios. Habiéndola dado a Tales, y vuelta al mismo hecho el giro de los demás sabios, la dio a Apolo Didimeo, diciendo, según Calímaco:

Gobernando Nileo a los milesios

hizo a Dios Tales este don precioso

que dos veces había recibido.»

Lo cual, narrado en prosa, dice: «Tales Milesio, hijo de Examio, dedicó a Apolo Délfico este ilustre don que había recibido dos veces de los griegos». El que llevó la taza de unos sabios a otros era hijo de Batilo, y se llamaba Tirión, como dice Eleusis en el libro De Aquiles, y Alejo Mindio en el nono De las cosas fabulosas.

8. Eudoxo Cnidio y Evantes Milesio dicen que Creso dio una copa de oro a cierto amigo para que la regalase al más sabio de Grecia, y que habiéndola dado a Tales, de uno en otro sabio vino a parar a Quilón. Preguntado Apolo «quién fuese mas sabio que Quilón, respondió que Misón. De éste hablaremos más adelante. Eudoxo pone a Misón por Cleóbulo, y Platón lo pone por Periandro. La respuesta de Apolo fue:

Cierto Misón Eteo, hijo de Queno,

en la ciencia sublime es mas perito.

Quien hizo la presunta fue Anacarsis. Démaco Plateense y Clearco dicen que Creso envió la taza a Pítaco, y de él giró por los otros sabios; pero Andrón; tratando del trípode afirma que los argivos pusieron el trípode por premio de la virtud al más sabio de los griegos y habiendo sido juzgado tal Aristodemo Esparciata, éste lo cedió a Quilón.

Hace Alceo memoria de Aristodemo en esta forma:

Pronunció el Esparciata Aristodemo

aquella nobilísima sentencia:

«El rico es sabio; el pobre, nunca bueno.»

9. Algunos dicen que Periandro envió a Trasíbulo tirano de Mileto, una nave cargada, y habiendo zozobrado en los mares de Cos, hallaron después el trípode, unos pescadores. Pero Fanódico escribe que fue hallado en el mar de Atenas, remitido a la ciudad, y por decreto público enviado a Biante. El porqué se dirá cuando tratemos de Biante. Otros dicen que lo fabricó Vulcano, y lo regaló a Pélope el día de sus nupcias; que vino a quedar en poder de Menelao; que lo robó Alejandro con Helena, y, finalmente, Lácenas lo arrojó al mar de Cos, diciendo que sería causa de discordia. Después, habiendo unos de los pescadores un lance de red y cogido el trípode, se movió contienda sobre ello. Llegaron a Cos las querellas; pero como nada se decidiese, dieron parte a Mileto, que era la capital. Enviaron los milesios comisionados para que ajustasen aquel negocio, pero no habiendo podido conseguirlo, tomaron las armas contra Cos. Viendo que morían muchos de una y otra parte dijo el oráculo «se diese el trípode al varón más sabio»,y ambas partes convinieron en darlo a Tales. Éste, después que circuyó por los demás y volvió a su mano lo dedicó a Apolo Didimeo. A los de Cos les dio oráculo esta respuesta:

No cesará de Cos y de Mileto

la famosa contienda, mientas tanto

que ese trípode de oro (que Vulcano

tiró al mar) no sacáis de vuestra patria

y llega a casa del varón que sepa

lo pasado, presente y venidero.

Y a los milesios, dijo:

¿A Febo preguntáis, prole milesia...?

como ya dijimos. Pero de esto ya basta.

10. Hermipo en las Vidas atribuye a Tales lo que otros refieren de Sócrates. «Decía -escribe Hermipo- que por tres cosas daba gracias a la fortuna: la primera, por haber nacido hombre y no bestia; segunda, varón y no mujer; tercera, griego y no bárbaro.» Refiérese que habiéndole una vieja sacado de casa para que observase las estrellas, cayó en un hoyo, y como se quejase de la caída, le dijo la vieja: «¡Oh, Tales, tú presumes ver lo que está en el cielo, cuando no ves lo que tienes a los pies!» Ya notó Timón que fue muy aplicado a la Astronomía, y le nombra en sus Sátiras[9], diciendo:

Así como el gran Tales

astrónomo fue y sabio entre los siete.

No escribió más, según dice Lobón Argivo, que hasta unos doscientos versos[10]; y que a su retrato se pusieron éstos:

Tales es el presente a quien Mileto

en su seno nutrió; y hoy le dedica,

como el mayor astrónomo, su imagen.

Entre los versos adomenos[11], éstos son de Tales:

Indicio y seña de ánimo prudente

nos da, quien habla poco.

Alguna cosa sabía,

alguna cosa ilustre elige siempre:

Quebrantarás así locuacidades.

11. Por suyas se cuentan estas sentencias: «De los seres, el más, antiguo es Dios, por ser ingénito; el más hermoso es el mundo, por ser obra de Dios; el más grande es el espacio, porque lo encierra todo; el más veloz es el entendimiento, porque corre por todo; el más fuerte es la necesidad, porque todo lo vence; el más sabio es el tiempo, porque todo lo descubre». Dijo que «entre la muerte y la vida no hay diferencia alguna»; y arguyéndole uno diciendo:

«Pues ¿por qué no te mueres tú?», respondió: «Porque no hay diferencia». A uno que deseaba saber qué fue primero, la noche o el día, respondió: «La noche fue un día antes que el día». Preguntándole otro si los dioses veían las injusticias de los hombres, respondió: «Y aun hasta los pensamientos». A un adúltero que le preguntó si juraría no haber adulterado, respondió: «Pues ¿no es peor el perjurio que el adulterio?»

12. Preguntado qué cosa es difícil, respondió: «El conocerse a sí mismo». Y también, qué cosa es fácil, dijo: «Dar consejo a otros». ¿Qué cosa es suavísima? «Conseguir lo que se desea». ¿Qué cosa es Dios? «Lo que no tiene principio ni fin». ¿Qué cosa vemos raras veces? «Un tirano viejo». ¿Cómo sufrirá uno más fácilmente los infortunios? «Viendo a sus enemigos peor tratados de la fortuna». ¿Cómo viviremos mejor y más santamente? «No cometiendo lo que reprendemos en otros». ¿Quién es feliz? «El sano de cuerpo, abundante en riquezas y dotado de entendimiento». Decía que «nos debemos acordar de los amigos ausentes tanto como de los presentes. Que no el hermosear el exterior es cosa loable, sino el adornar el espíritu con las ciencias». «No te enriquezcas -decía también- con injusticias; ni publiques secreto que se te ha fiado. El bien que hicieres a tus padres, espéralo de tus hijos. Fue de opinión que las inundaciones del Nilo son causadas por los vientos etesios que soplan contra la corriente.

13. Dice Apolodoro, en sus Crónicas, que Tales nació el año primero de la Olimpíada XXXV, y murió el setenta y ocho de su edad, o bien el noventa, habiendo fallecido en la Olimpíada LVIII, como escribe Sosícrates. Vivió en los tiempos de Creso, a quien prometió le haría pasar el río Halis sin puente, esto es, dirigiendo las aguas por otro álveo.

14. Demetrio de Magnesia, en la obra que escribió de los Colombroños[12], dice hubo otros cinco Tales. El primero fue un retórico calanciano, imitador despreciable; el segundo, un pintor sicionio muy ingenioso; el tercero, fue muy antiguo y del tiempo de Hesíodo, Homero y Licurgo; el cuarto, lo nombra Duris en su Libro de la Pintura; y el quinto, es moderno y de poco nombre, del cual hace memoria Dionisio en su Crítica.

15. Tales el sabio murió estando en unos espectáculos gimnásticos, afligido del calor, sed y debilidad propia, por ser ya viejo. En su sepulcro se puso este epigrama:

Túmulo esclarecido, aunque pequeño,

es éste; pues encierra la grandeza

de los orbes celestes, que abreviados

tuvo en su entendimiento el sabio Tales.

Otro hay mío en el libro I de los Epigramas, o Colección de metros[13], y es:

Las gimnásticas luchas observando

atento en el estadio el sabio Tales,

arrebatóle Júpiter Eleo.

Bien hizo en acercarle a las estrellas,

cuando por la vejez ya no podía

las estrellas mirar desde la tierra.

De Tales es aquella sentencia: «Conócete a ti mismo», aunque Antístenes, en las Sucesiones, dice es de Femonoe, y se la arrogó Quilón.

16. De los siete sabios, cuya memoria en general es digna de este lugar, se dice lo siguiente: Damón Cirineo, que escribió De los filósofos, los censura a todos; pero en especial a los siete. Anaxímenes dice que más fueron afectos a la poesía que otra cosa. Dicearco, que no fueron sabios ni filósofos, sí sólo unos hombres expertos y legisladores. Dice también haber leído el Congreso de los siete sabios en presencia de Cipseto, que escribió Arquétimo Siracusano. Euforo refiere que se congregaron todos siete en presencia de Creso, excepto Tales. Otros dicen que también se hallaron juntos en Panionio[14], en Corinto y en Delfos. Hay igualmente: variedad de opiniones sobre sus dichos o sentencias atribuyéndose unas mismas a diferentes, v gr., la siguiente:

Dijo el sabio Quilón Lacedemonio:

«Todo exceso es dañoso: obrar a tiempo

es el mejor obrar y más laudable.»

 

17. Dispútase también de su número; pues Leandrio pone a Leofante Gorsiada, natural de Lebedo o de Éfeso, y a Epiménides Cretense, en vez de Cleóbulo y Misón; Platón, en su Protágoras, pone a Misón por Periandro. Eforo, por Misón a Anacarsis; otros añaden a Pitágoras. Dicearco, por consentimiento general, pone cuatro, que son: Tales, Biante, Pítaco, Solón. Luego nombra otros seis: Aristodemo, Pánfile, Quilón Lacedemonio, Cleóbulo, Anacarsis y Periandro, de los cuales elige tres. Algunos añaden a Acusilao y a Caba o Escabra Argivo. Hermijo, en su tratado De los sabios, pone diecisiete, y deja que el lector elija de ellos los siete que quiera. Son éstos: Solón, Tales, Pítaco, Biante, Quilón, Cleóbulo, Periandro, Anacarsis, Acusilao, Epiménides, Leofanto, Ferecides, Aristodemo, Pitágoras, Laso (hijo de Carmantides o de Simbrino, o bien, según dice Aristoxeno, hijo de Cabrino Hermioneo) y Anaxágoras. Finalmente, Hipoboto, en su libro De los filósofos, los pone en el orden siguiente: Orfeo, Lino, Solón, Periandro, Anacarsis, Cleóbulo, Misón, Tale, Biante, Pítaco, Epicarmo y Pitágoras.

18. Atribúyense a Tales las epístolas siguientes:

Tales a Ferécides

«He sabido eres el primer jonio que estás para publicar en Grecia un escrito acerca de las cosas divinas. Acaso será mejor consejo publicar estas cosas por escrito que no fiarlas a algunos pocos que no hagan mucho caso del bien común. Quisiera, si tienes gusto, me comunicaras lo que escribes; y aun si lo permites, pasaré a Sirón a verte, porque cierto no somos tan estólidos yo y Solón Ateniense, que habiendo navegado a Creta a fin de hacer nuestras observaciones, y a Egipto para comunicar con los sacerdotes y astrónomos, lo dejemos de hacer ahora para ir a verte. Irá, pues, Solón conmigo, si gustas, ya que tú, enamorado de ese país, pocas veces pasas a Jonia, ni solicitas la comunicación con los forasteros; antes bien, según pienso, el escribir es tu única ocupación. Nosotros, que nada escribimos, viajamos por Grecia y Asia.»

Tales a Solón

19. «Si te vas de Atenas, creo puedes habitar con mucha comodidad en Mileto, como que es colonia vuestra, pues en ella no sufrirás molestia alguna. Si abominas los tiranos de Mileto, como ejecutas con todos los demás tiranos, podrás vivir alegre en compañía de nosotros tus amigos. Biante te envió a decir pasases a Priena; si determinas vivir en Priena, iremos también nosotros a habitar contigo.»


[1] Arconte fue entre los atenienses la dignidad suprema y cuasi real, como entre los romanos el dictador. Eran nueve los arcones; pero sólo el primer arconte tomaba el nombre de rey o príncipe; y de éste se entiende cuando se cita el arcontado de alguno.

[2] Los griegos dividían los días del mes en tres décadas o decenas, a saber: Comenzante o Incipiente, Media y Declinante o Terminante. Así la voz triacada de Tales fue tanto como decir tercera década; y siendo cumplida, es el día 30 del mes.

[3] Cicerón, Vitrubio y otros antiguos atribuyen este hallazgo a Pitágoras. Acaso pueden conciliarse ambas opiniones diciendo que Pitágoras inventó la escuadra, según la describe Vitrubio, lib. IX, cap. II, y Tales demostró que en triángulo inscrito en un semicírculo, cuyo diámetro sea la hipotenusa de aquél, el ángulo a la circunferencia es siempre recto, lo cual es cosa diversa.

[4] Logístico, esto es, computador o contador.

[5] Otra lección dice todo lo contrario, a saber: Porque no deseaba tenerlos. Me parece muy probable el sentir de Issac Casaubono; el cual dice que “Tales en esta respuesta quiso jugar de la frase ambigua, cuya variación es insensible al pronunciarse en griego”.

[6] A saber, todo lo que sacasen en una vez que echasen la red al agua, fuese poco o mucho; jactus rectis. (Véase Valerio Máximo, lib. IV, capítulo I.)

[7] Era un banquillo de oro, con tres pies. Valerio Máximo lo llama aurea mensa. Plutarco, Vida de Solón.

[8] A Apolo Délfico.

[9] Como eran versos satíricos, traduzco Sátiras.

[10] Se entiende versículos o renglones de la obra.

[11] Versos muy largos, semejantes a la prosa, como muchos de Plauto, con los cuales escribían los antiguos filósofos algunas sentencias útiles y deleitables.

[12] Esta obra de Demetrio se intitulaba: De los poetas que tuvieron un mismo nombre.

[13] Otras veces traduzco Miscelánea métrica.

[14] Panionio fue una ciudad y templo de la Jonia: Heródoto, Estrabón, Vitrubio, Mela, Estéfano, Diodoro, etc.

En Vida de los filósofos más ilustres

Traducción del griego: José Ortiz y Sanz

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950

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30 oct. 2008

Diógenes Laercio - Hiparquia

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1. También Hiparquia, hermana de Metrocles, se dejó llevar por los discursos de Crates: ambos eran naturales de Maronea. Agradábale tanto la vida y conversación de Crates, que ninguna ventaja de sus pretendientes, las riquezas, la nobleza ni la hermosura, la pudo apartar de su propósito, pues Crates era todas estas cosas para ella. Aun amenazaba a sus padres que se quitaría la vida si no la casaban con él. Finalmente, como sus padres rogasen a Crates que la removiese de su resolución, hizo éste cuanto pudo, mas nada consiguió. Sacó, por último, todos sus muebles a su presencia, y le dijo: «Mira, éste es el esposo y éstos sus bienes; consulta contigo misma, pues no podrás ser mi compañera sin abrazar mi instituto.» Eligiólo ella al punto, y tomando su vestido, andaba con Crates usando públicamente del matrimonio, y concurriendo ambos a las cenas.

2. Hallóse, pues, en un convite que dio Lisímaco, en que también estaba Teodoro, el apellidado Ateo, al cual propuso el argumento siguiente: «Lo que pudo hacer Teodoro sin reprensión de injusto, lo puede hacer Hiparquia sin reprensión de injusta; hiriéndose Teodoro a sí mismo no obró injustamente; luego tampoco Hiparquia obra injustamente hiriendo a Teodoro.» A esto nada opuso Teodoro, contentándose con tirarla de la ropa; pero ella no se asustó ni se turbó como mujer, sino que como Teodoro le dijese:

¿Eres la que dejaste

la tela y lanzadera?

respondió: «Yo soy, Teodoro. ¿Te parece por ventura, que he mirado poco por mí en dar a las ciencias el tiempo que había de gastar en la tela?»[1] Estas y otras muchas cosas se refieren de esta filósofa.[2]

3. De Crates corre un libro de Cartas, en las cuales filosofa excelentemente, y el estilo se acerca mucho al de Platón. Escribió también Tragedias por un estilo elevadísimo y filosófico; por ejemplo, estos versos:

No es mi patria una torre o una casa;

si que todos los pueblos de la tierra

me sirven de mansión y de triclinio.

Murió muy viejo y fue enterrado en Beocia.

 


[1] Parece alude esto a la respuesta que da a Cadmo su hija Agrave en la tragedia de Eurípides intitulada Las Bacantes.

[2] Soy del sentir de Kühnio acerca de que estas dos Vidas de Metrocles e Hiparquia son parte de la de Crates, como el mismo contexto manifiesta. Menagio, para separarlas, hace varias correcciones en el texto absolutamente arbitrarias. En la Vida de Zenón Estoico también se incluyen la de Aristón, la de Herilo y la de Dionisio.

 

En Vidas de los filósofos más ilustres

Trad. del griego José Ortiz y Sanz

31 ago. 2008

Diógenes Laercio – Heráclides

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1. Heráclides, hijo de Eutifrón, fue natural de Heraclea, en el Ponto, y hombre rico. Pasó a Atenas, donde primero oyó a Espeusipo, luego a los pitagóricos, e imitaba a Platón, y, finalmente, fue discípulo de Aristóteles, como dice Soción en las Sucesiones. Usaba vestido muy blando y era tan hinchado de cuerpo, que los atenienses no lo llamaban Póntico, sino Pómpico. Su andar era modesto y grave.

 

2. Nos quedan de él bellas y excelentes obras. Primeramente sus Diálogos, de los cuales los morales son: tres De la justicia, uno De la templanza, otro De la piedad, otro De la fortaleza, otro De la virtud en común, otro De la felicidad, otro Del principado, otro De las leyes y de otras cosas análogas a éstas. Un libro acerca de los nombres, otro intitulado Pactos, otro el Involuntario amoroso y Clinias. Los físicos son: De la mente, Del alma. Del alma en particular, De la naturaleza y de los simulacros, Contra Demócrito, De lo que hay en el cielo, De lo que hay en el infierno; dos libros de Vidas, uno intitulado Causas de las enfermedades, otro De lo bueno, Contra Zenón, y otro Contra Metrón. Los libros gramáticos son: dos acerca de la edad de Homero y Hesíodo, y dos De Arquíloco y Homero. Los de música son: tres De cosas contenidas en Eurípides y Sófocles, dos De música, dos De soluciones homéricas, uno Teoremático, otro De los tres poetas trágicos, otro intitulado Caracteres, otro De la poesía y poetas, otro De la conjetura, otro De la previsión, cuatro De narraciones acerca de Heráclito, uno De narraciones acerca de Demócrito, dos De soluciones en las controversias, uno intitulado Axiomas, otro De las especies, otro intitulado Soluciones, otro Amonestaciones, otro A Dionisio. Sobre la Retórica escribió: Del orar, o sea Protágoras. Y de Historia escribió acerca de los pitagóricos y de los inventos. Algunas de estas obras las compuso por estilo cómico; verbigracia, la Del deleite y la De la prudencia. Otras por estilo trágico, como la De lo que hay en el infierno, la De la piedad y la Del poder. Usa también cierta medianía en el lenguaje, a imitación de los filósofos, capitanes y ciudadanos que comunican entre sí. Existen además obras suyas De Geometría y Dialéctica. En todas ellas es su estilo vario y conciso, y muy poderoso para captar los ánimos.

 

3. Parece también que libertó a su patria tiranizada, quitando la vida al tirano, según afirma Demetrio de Magnesia en sus Colombroños, el cual trae la historia siguiente. Dice que crió un dragón desde pequeñito hasta la magnitud justa, y hallándose ya cercano a la muerte, llamó a un confidente suyo y le encargó que luego que muriese, escondiese su cadáver y pusiese el dragón en la cama, para que pareciese había él ascendido a los dioses. Ejecutóse todo. Luego después, al sacar a entierro los ciudadanos a Heráclides, y celebrando su buena memoria, como el dragón oyó las voces, salió de entre la ropa y asustó a muchos. Últimamente se descubrió todo, y Heráclides compareció, no como creía, sino como era. Hay unos versos míos a él, que dicen así:

 

Dejar querías a los hombres todos

opinión, oh Heráclides,

que muriendo en dragón te transformaste;

mas saliste engañado, pues la bestia

dragón era, por cierto

y tú la bestia fuiste antes que sabio.

Esto lo refiere también Hipoboto.

 

4. Pero Hermipo dice que, afligiendo el hambre a la provincia de Heraclea, consultaron los heracleotas a la pitonisa para el remedio. Que Heráclides corrompió con dinero a los consultores del oráculo, y aun a la misma profetisa a fin de que dijesen que el daño cesaría si coronaban a Heráclides, hijo de Eutifrón, con una corona de oro. vivo todavía entre ellos, y después de muerto lo honraban como a héroe. Vino finalmente el oráculo, pero nada ganaron los que lo fingieron, pues luego que fue coronado Heráclides en el teatro, le dio una apoplejía, y los consultores del oráculo se cayeron muertos. Aun la misma pitonisa, habiendo ido al ádito[1] en aquella misma hora y puesto el pie sobre un dragón, fue mordida de él y murió luego. Esto es cuanto se refiere acerca de la muerte de Heráclides.

 

5. Aristójeno, músico, dice que también componía tragedias y las publicaba con el nombre de Tespis. Camaleón dice igualmente que Heráclides le robó a él lo que escribió sobre Hesíodo y Homero. No menos Autodoro lo carga contradiciéndole a lo que escribió de la justicia. Finalmente, habiendo Dionisio, el llamado Desertor (o según algunos, Espintaro), escrito su Partenopeo, y publicándolo con el nombre de Sófocles, lo creyó de este Heráclides, y en algunos lugares de sus Comentarios se sirve de las autoridades de él como verdadero escrito de Sófocles. Advirtiendo esto Dionisio, avisó del hecho a Heráclides; mas como éste lo negase y no quisiese creerlo, le escribió aquél los primeros versos, cuyas letras iniciales decían Pagka/lwv (Pagcalos). Este Pancalo era bardaja de Dionisio. Como todavía no lo creyese, y dijese podía haber ello sido obra del acaso, le volvió a escribir Dionisio diciendo que también hallaría en la misma obra lo siguiente:

 

No se coge con lazo mona vieja;

y si acaso se coge,

se coge con trabajo y mucho tiempo.

 

Como también hallaría en los mismos versos:

Heráclides no conoce las letras, y no se avergüenza.

6. Hubo catorce Heráclides: el primero, este de quien hablamos; el segundo, paisano suyo, el cual compuso pirriquias y cosas de poca monta; el tercero fue cumeo, y escribió en cinco libros las cosas de Perita; el cuarto, también cumeo, fue retórico y escribió de este arte: el quinto fue calaciano o alejandrino, el cual escribió las Sucesiones en seis libros, y la Oración lembéutica, por la cual era llamado Lembo; el sexto fue alejandrino y escritor de los idiomas pérsicos;[2] al séptimo fue bargileíta, y escribió contra Epicuro; el octavo, médico hicesio; el noveno, médico empírico, natural de Taranto, el décimo escribió reglas de poesía; el undécimo fue escultor foceo; el dudodécimo, un hábil poeta epigramático; el decimotercero fue de Magnesia, y escribió las cosas de Mitrídates, y el decimocuarto escribió de astrología.

 


[1] Al lugar secreto del santuario, de donde daba los oráculos.

[2] Otros traducen De las propiedades pérsicas.

En Vidas de los filósofos más ilustres

Trad. del griego José Ortiz y Sanz