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15 jul. 2014

Agota Kristof: Pienso

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Ahora me quedan pocas esperanzas. Antes buscaba, me desplazaba constantemente. Esperaba algo. ¿Qué? No tenía la menor idea. Pero pensaba que la vida no podía ser sino lo que era, es decir, nada. La vida debía de ser algo y yo esperaba que ese algo llegara, lo buscaba.
Ahora pienso que no hay nada que esperar, por eso permanezco en mi cuarto, sentado en una silla, sin hacer nada.
Pienso que allá afuera hay una vida; pero, en esa vida, no pasa nada. Nada que tenga que ver conmigo.
Para los demás, quizá pase algo, es posible, pero eso ya no me interesa.
Yo estoy aquí, sentado en una silla, en mi casa. Sueño un poco, no del todo. ¿Con qué podría soñar? Estoy aquí sentado, eso es todo. No puedo decir que esté bien, no es por mi bienestar que sigo aquí, al contrario.
Pienso que no saco nada bueno permaneciendo aquí, sentado, y que más temprano que tarde deberé levantarme forzosamente.
Experimento un vago malestar quedándome aquí sentado, sin hacer nada durante horas y horas, o acaso durante días enteros, no sé. Pero no encuentro ningún motivo para levantarme a hacer cualquier cosa. En modo alguno veo qué es lo que podría hacer.
Por supuesto, podría poner un poco de orden en lo que me rodea, limpiar un poco la casa, eso sí. Todo está bastante sucio, descuidado.
Al menos debería levantarme para abrir la ventana, todo huele a humo, a podrido, a cerrado.
Eso no me molesta. O me molesta un poco, pero no lo suficiente para que me levante. Estoy acostumbrado a esos olores, no los huelo, sólo que si, por casualidad, alguien entrase...
Pero «alguien» no existe.
Nadie entra.
Con tal de hacer cualquier cosa, me pongo a leer el periódico que está sobre la mesa desde hace algún tiempo, desde que lo compré. Desde luego que no me tomo el trabajo de coger el periódico. Lo dejo ahí, sobre la mesa, lo leo de lejos, pero nada entra en mi cabeza. Y dejo de hacer esfuerzos.
De todas maneras, yo sé que en la otra página del periódico hay un hombre joven, no demasiado joven, exactamente como yo, que lee el mismo periódico en una bañera circular empotrada, mirando los anuncios, las cotizaciones de la Bolsa, de lo más sosegado, con un whisky de buena marca al alcance de la mano, en el borde de la bañera. Tiene buena pinta, fino, inteligente, como si estuviera al corriente de todo.
Pensando en esa imagen, me veo obligado a levantarme y voy a vomitar en mi lavabo no empotrado, estúpidamente enganchado en la pared de la cocina. Y todo lo que sale de mí atasca este maldito lavabo.
Me quedo boquiabierto ante toda esa inmundicia cuyo volumen me parece el doble de lo que yo había podido comer en las últimas veinticuatro horas. Contemplando esa cosa innoble, soy presa de una nueva náusea y salgo precipitadamente de la cocina.
Me voy a la calle para olvidar, me paseo como todo el mundo pero no hay nada en las calles, sólo gente, tiendas, es todo.
A causa de mi lavabo atascado, no tengo ganas de volver a casa, tampoco tengo ganas de caminar, entonces me detengo en la acera, volviéndole la espalda a una gran tienda, miro a la gente que entra y sale, y pienso que los que salen deberían quedarse en el interior; y los que entran, deberían quedarse afuera; eso ahorraría no pocas fatigas y movimientos.
Ese sería un buen consejo que darles, pero no me escucharían. Por tanto, no digo nada, no me muevo, aquí no tengo frío, en la entrada, aprovecho la calefacción que se escapa de la tienda por las puertas constantemente abiertas, y me siento casi tan bien como hace un rato, sentado en mi cuarto.


En Ayer (1995)
Título Original: Hier
Traductor: Manuel Pereira
Foto 2004 © Sandro Campardo/Keystone/Corbis

15 mar. 2014

Agota Kristof: Hoy vuelvo a empezar

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La estúpida carrera. Me levanto a las cinco de la mañana, me lavo, me afeito, hago café, salgo, corro hasta la plaza Principal, subo al autobús, cierro los ojos, y todo el horror de mi vida actual me estalla en la cara.
El autobús se detiene cinco veces. Primero en los confines de la ciudad, y luego en cada uno de los pueblos que atravesamos. En el cuarto pueblo es donde está la fábrica en la que trabajo desde hace diez años.
Una fábrica de relojes.
Hundo el rostro entre mis manos como si durmiera, pero lo hago para ocultar las lágrimas. Lloro. No quiero saber nada del guardapolvo gris, no quiero fichar más, no quiero volver a poner en marcha mi máquina. No quiero trabajar más.
Me pongo el guardapolvo gris, ficho, entro en el taller.
Las máquinas están en marcha. La mía también. Sólo tengo que sentarme delante, coger las piezas, ponerlas en la máquina, apretar el pedal.
La fábrica de relojes es un inmenso edificio que domina el valle. Todos los que aquí trabajan viven en el mismo pueblo, menos algunos que, como yo, venimos de la ciudad. No somos muchos, el autobús casi siempre va vacío.
La fábrica produce piezas sueltas, piezas desbastadas para otras fábricas. Ninguno de nosotros podría ensamblar un reloj de pulsera entero.
En lo que a mí respecta, abro un agujero con mi máquina en una determinada pieza, el mismo agujero en la misma pieza desde hace diez años. Nuestro trabajo se reduce a eso. Poner una pieza en la máquina y apretar el pedal.
Con este trabajo ganamos justo lo suficiente para comer, para vivir en algún lugar, y sobre todo para poder reanudar el trabajo al día siguiente.
Esté el día soleado o nublado, las luces de neón permanecen constantemente encendidas en el inmenso taller. Una música suave se propaga por los altavoces. La dirección piensa que los obreros trabajan mejor con música.


Hay un hombrecillo, obrero también, que vende unas bolsitas con un polvo blanco, tranquilizantes que el farmacéutico del pueblo prepara para nosotros. No sé lo que es, pero a veces lo compro. Con ese polvo, la jornada transcurre más deprisa, y uno se siente un poco menos desdichado. El polvo no es caro, casi todos los obreros lo toman, está permitido por la dirección, y el farmacéutico del pueblo se enriquece.
A veces se arman escándalos, una mujer se levanta, aúlla:
—¡Ya no puedo más!
Se la llevan, el trabajo continúa, se nos dice:
—No es nada, le fallaron los nervios.
En el taller, cada uno está solo con su máquina. No podemos hablar entre nosotros, excepto en los lavabos, y aun así, no durante mucho tiempo, nuestras ausencias son contabilizadas, anotadas, registradas.
Por la tarde, al salir de la fábrica, tenemos justo el tiempo para hacer algunas compras, comer, y hay que acostarse muy temprano para poderse levantar a la mañana siguiente. A veces me pregunto si vivo para trabajar o si es el trabajo lo que me hace vivir.
¿Y qué clase de vida?
Trabajo monótono.
Salario miserable.
Soledad.
Yolanda.
Yolandas hay miles en el mundo entero.
Bellas y rubias, más o menos tontas.
Se escoge una y se usa.
Pero las Yolandas no llenan la soledad.
Las Yolandas no trabajan de buena gana en las fábricas, más bien trabajan en las tiendas donde sin embargo ganan todavía menos que en una fábrica. Pero las tiendas están más limpias, y allí se encuentran futuros maridos más fácilmente.
En la fábrica trabajan sobre todo las madres de familia. Salen corriendo a las once para preparar la comida. La dirección lo permite porque, de todas maneras, ellas trabajan a destajo. A la una regresan, como todos nosotros. Los niños y los maridos han comido. Han vuelto a la escuela o a la fábrica.
Todo sería más sencillo si todos comieran en el comedor de la fábrica, pero resulta demasiado caro para una familia. Yo puedo permitírmelo. Escojo el plato del día, que es el más barato. No es muy bueno, pero eso no me preocupa.
Después de comer, leo un libro que he traído de casa o juego al ajedrez. Solo. Los otros obreros juegan a las cartas, no me miran.
Al cabo de diez años sigo siendo un extranjero para ellos.


Ayer encontré un aviso en mi buzón: debía ir a buscar una carta certificada a Correos. El aviso precisaba: «Ayuntamiento; tribunal correccional».
Me dio miedo. Tuve ganas de huir, lejos, más lejos aún, más allá de los mares. ¿Sería posible que hubieran encontrado mi rastro de asesino después de tantos años?
Voy a buscar la carta a Correos. La abro. Estoy citado como intérprete para un proceso cuyo acusado es un refugiado de mi país. Me pagarán los gastos, mi ausencia en la fábrica quedará justificada.
A la hora señalada, me presento en el tribunal. La mujer que me recibe es muy bonita. Tan bonita que tengo ganas de llamarle Lina. Pero es demasiado severa. Me parece inaccesible.
Me pregunta:
—¿Todavía domina usted suficientemente su lengua materna como para traducir las declaraciones en un proceso?
Respondo:
—No he olvidado en absoluto mi lengua materna.
Ella dice:
—Debe usted prestar juramento y prometer que traducirá palabra por palabra lo que oiga.
—Lo juro.
Me hace firmar un papel.
Le pregunto:
—¿Vamos a beber algo?
Ella dice:
—No, estoy cansada. Venga a mi casa. Mi nombre es Eva.
Cogemos su coche. Ella conduce rápido. Se para delante de un chalet. Entramos en una cocina moderna. Todo es moderno en su casa. Me sirve una copa y nos instalamos en el salón, en un amplio sofá.
Ella deja su copa, me besa en la boca. Se desviste lentamente.
Es bella, más bella que todas las mujeres que he conocido en mi vida.
Pero no es Lina. Jamás será Lina. Nadie será nunca Lina.


Había toda una pandilla de compatriotas en el proceso de Iván. Su mujer también estaba presente.
Iván llegó aquí en noviembre del año pasado. Encontró un pequeño apartamento de dos habitaciones donde vivían amontonados él, su mujer y sus tres hijos.
Su esposa fue contratada como mujer de la limpieza por la compañía de seguros propietaria del inmueble. Limpiaba las oficinas todas las noches.
Al cabo de algunos meses, Iván también encontró trabajo, pero en otro pueblo, como camarero en un gran restaurante. Trabajó allí, y todos contentos con él.
Pero una vez por semana enviaba un paquete a su familia. Paquete que contenía comida robada de la cocina del restaurante. También está acusado de haber metido la mano en la caja registradora, pero eso él lo niega, y no ha sido probado.
En el proceso, aquel día, no se trató solamente de esos pequeños hurtos. El caso de Iván es mucho más grave. Encarcelado en la prisión de nuestra ciudad, a la espera de ser juzgado, una noche golpeó al guardia, se dio a la fuga, corrió hasta su casa. Su mujer estaba trabajando, los niños dormían. Iván esperó a su mujer para escaparse con ella, pero fueron los policías quienes llegaron primero.
—Usted está condenado a ocho años de prisión por agredir a un guardia.
Yo traduje. Iván me miró:
—¿Ocho años? ¿Está seguro de haberlo entendido bien? El guardia no está muerto. Yo no quise matarlo. Está aquí, vivito y coleando.
—Yo me limito a traducir.
—¿Y mi familia, qué va a ser de ellos durante ocho años? ¿Y mis hijos? ¿Qué será de ellos?
Yo digo:
—Crecerán.
Los guardias se lo llevaron. Su mujer se desmayó. Después del proceso, acompañé a mis compatriotas al bar que ellos frecuentaban desde que habían llegado. Es un bar popular y ruidoso del centro de la ciudad, no muy lejos de mi casa. Bebimos cervezas hablando de Iván.
—¡Hay que ser bruto para querer evadirse!
—Habría salido de ahí en unos cuantos meses.
—Probablemente lo habrían expulsado.
—Eso hubiera sido mejor que la cárcel.
Alguien dice:
—Yo vivo en el apartamento de arriba de Iván. Desde que ellos están ahí, oigo a su mujer llorar todas las noches cuando regresa del trabajo. Solloza durante horas. En su pueblo, tenía sus padres, sus vecinos, sus amigos. Yo creo que ahora ella va a regresar. No va a esperar a Iván ocho años, aquí, sola con sus niños.
Más tarde supe que, en efecto, la mujer de Iván había vuelto su país con los niños. A veces pienso que debería visitar a Iván en la cárcel, pero no hago nada.


Voy cada vez con más frecuencia al bar. Voy casi todas las noches. Me relaciono con mis compatriotas. Nos sentamos a una larga mesa. Una muchacha de nuestro país nos sirve las bebidas. Se llama Vera y trabaja aquí desde las dos de la tarde hasta medianoche. Su hermana Kati y su cuñado Paul son habituales. Kati trabaja en un hospital de la ciudad. Allí hay una guardería infantil donde puede dejar a su hijita de sólo unos meses. Paul trabaja en un garaje, está loco por las motos.
También he conocido ajean, un trabajador agrícola sin calificación, que me sigue a todas partes. Todavía no ha encontrado trabajo y, en mi opinión, jamás lo encontrará. Siempre anda sucio, mal vestido, todavía vive en el centro de refugiados.
Me voy haciendo amigo de Paul. Paso algunas noches en su casa. Su mujer regresa del trabajo, y encima debe preparar la comida, hacer la colada, ocuparse del bebé.
Paul dice:
—Me caigo de sueño, pero debo esperar a la medianoche para ir a buscar a Vera.
Su mujer dice:
—Ella puede regresar sola. Es una ciudad pequeña. No corre ningún peligro.
Yo les digo:
—Acuéstense. Yo me ocuparé de Vera.
Regreso al bar. Vera cuadra la caja con el patrón. Me ve en la entrada, me sonríe.
Yo le explico:
—Paul está cansado. Esta noche la acompaño yo.
Ella dice:
—Muy amable de su parte. Aunque puedo regresar sola, sabe usted. Pero Paul piensa que estoy bajo su responsabilidad.
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho.
—Es verdad que aún eres casi una cría.
—Exagera usted.
Salimos a la calle. Es medianoche pasada. La ciudad está desierta, completamente silenciosa. Vera me coge del brazo, se aprieta contra mí. Frente a la casa, me dice:
—Béseme.
La beso en la frente y la dejo.
Voy a buscarla otra noche. Me señala a un muchacho que permanece allí sentado, al final de la mesa, el último cliente.
—No hace falta que me espere. André me acompañará.
—¿Es paisano nuestro?
—No, es de aquí.
—Ni siquiera podrán entenderse.
—¿Y qué? No hace falta hablar. El besa bien.
Yo le había prometido a Paul que no dejaría sola a Vera. Por eso los seguí hasta la casa. Frente a la puerta, se besaron largamente.
Pienso que debería hablarle de esto a Paul pero no hago nada. Me limito a decirle que no puedo seguir yendo a buscar a Vera porque yo también debo acostarme temprano, a causa de mi trabajo.
Por tanto es Paul quien va al bar todas las noches y, en su presencia, no se vuelve a hablar más de André.


Un domingo por la tarde, en casa de Paul, hablamos de las vacaciones. Paul está feliz. Con sus ahorros se ha comprado una moto de segunda mano. Kati y él quieren hacer un viaje por el país. Dejarán al bebé en la guardería del hospital.
Yo pregunto:
—¿Y Vera? ¿Qué va a hacer ella sola durante dos semanas?
Vera dice:
—Yo no tengo vacaciones. Trabajaré como de costumbre. ¿Y usted, Sandor, qué va a hacer?
—Me iré una semana con Yolanda. Haremos cámping en la playa. La segunda semana podré ocuparme de ti.
—¡Oh, qué amable!
Paul interviene:
—No te preocupes, Sandor. Le pedí ajean que acompañe a Vera por las noches. De todas maneras, no tiene otra cosa que hacer. Le daré un poco de dinero para sus consumiciones.
Vera empieza a llorar:
—Gracias, Paul. ¿Acaso no pudiste encontrar mejor compañía para mí que ese campesino apestoso?
Ella sale de la cocina y la oímos sollozar en su cuarto. Nos callamos. Esquivamos nuestras miradas.
De regreso a casa, pienso que podría casarme con Vera. La diferencia de edad no es demasiado grande, ni siquiera llega a los diez años. Pero primero debo quitarme de encima a Yolanda. Tengo que decidirme a romper con ella. Durante las vacaciones. Eso me permitirá acortar esa estancia abominable, tan aburrida y desagradable como la del año pasado: ¡día y noche, toda una semana con Yolanda! Sin contar el calor, los mosquitos, la muchedumbre en el cámping.
Tal y como pensaba, la semana resulta larguísima. Yolanda se pasa todo el día acostada al sol sobre una toalla, porque para ella no hay nada más importante que regresar bronceada, ponerse vestidos blancos para resaltar su bronceado. Yo me paso el día leyendo debajo de la tienda y, por la noche, camino por la orilla del mar, la mayor cantidad de tiempo posible para estar seguro de que Yolanda estará dormida a mi regreso.
De romper no se habla ni media palabra, porque casi nunca conversamos.
De todas maneras, he renunciado a la idea de casarme con Vera. Por Lina, que puede llegar de un momento a otro.


Regresamos de las vacaciones un domingo por la noche. Yolanda reanuda su trabajo el lunes. La ayudo a descargar su pequeño coche, a colocar la tienda de campaña y los colchones en el desván. Yolanda está contenta, ha conseguido su bronceado, sus vacaciones son todo un éxito.
—Hasta el sábado por la noche.
Voy al bar. Tengo prisa por ver a Vera. Me siento a una mesa, un camarero viene a servirme. Le pregunto:
—¿No está Vera?
Se encoge de hombros:
—Hace cinco días que no viene.
—¿Está enferma?
—No sé nada.
Salgo del bar, corro hasta casa de Paul. Ellos viven en la segunda planta. Subo de dos en dos la escalera, toco el timbre. Golpeo la puerta. Una vecina me oye, me dice abriendo su puerta:
—No hay nadie. Están de vacaciones.
—¿La muchacha también?
—Le digo que no hay nadie.
Regreso al bar. Veo ajean, solo en una mesa. Lo sacudo por el hombro:
—¿Dónde está Vera?
Echa su silla hacia atrás:
—¿Por qué te exasperas? Vera se fue. Yo la acompañé las dos primeras noches y me dijo que no hacía falta que volviera porque se iba de vacaciones con unos amigos.
Enseguida pensé en André.
Pensé también: «¡Ojalá Vera regrese antes de que llegue Paul y ojalá que la readmitan en su trabajo!».
Los días que siguieron pasé varias veces por el bar, varias veces también por casa de Paul. Fue mucho más tarde cuando me enteré de lo que pasó.
Paul y Kati regresaron el sábado siguiente. Vera no estaba allí y su cuarto estaba cerrado con llave. Había un olor extraño en el apartamento. Kati abrió las ventanas y se fue a buscar al bebé a la guardería. Paul vino a mi casa, fuimos al bar donde nos encontramos con Jean. Discutimos, yo mencioné a André. Paul estaba furioso. Regresó a su casa y, como el extraño olor todavía no había desaparecido, derribó la puerta del cuarto de Vera. El cuerpo de Vera, ya en vías de descomposición, estaba tirado en la cama.
La autopsia demostró que Vera se había envenenado con somníferos.
Nuestra primera muerte.
Otras se sucederían poco después.
Robert se cortó las venas en su bañera.
Albert se colgó dejando sobre su mesa una nota escrita en nuestro idioma: «Quedáis despedidos».
Magda peló las patatas y las zanahorias, luego se sentó en el suelo, abrió el gas y metió la cabeza en el horno.
Cuando por cuarta vez se hace una colecta en el bar, el camarero me dice:
—Ustedes, los extranjeros, se pasan la vida haciendo colectas para comprar coronas, se pasan todo el tiempo en entierros.
Yo le respondo:
—Cada uno se entretiene como puede.


Por la noche, escribo.



En Ayer
Título Original: Hier
Traducción de Manuel Pereira
Barcelona 1998
Foto © Sandro Campardo-Keystone/Corbis - Suiza 1998

6 ene. 2014

Agota Kristof - La lluvia

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Ayer dormí largo y tendido. Soñé que estaba muerto. Veía mi tumba. Estaba abandonada, cubierta de malas hierbas.

Una vieja se paseaba entre las tumbas. Le pregunté por qué no cuidaban la mía.

—Es una tumba muy vieja —me dijo—. Fíjese en la fecha. Ya nadie sabe quién está aquí enterrado.

Miré la lápida. Era del año que corría. No supe qué responder.

Cuando desperté, ya era de noche. Desde mi cama veía el cielo y las estrellas. El aire era transparente y agradable.

  
Caminaba. No había nada que hacer salvo caminar, la lluvia, el fango. Mis cabellos, mis ropas estaban mojadas, no tenía zapatos, iba descalzo. Mis pies eran blancos, su blancura resaltaba con el barro. Las nubes eran grises. El sol aún no había salido. Hacía frío. La lluvia estaba fría. El fango también estaba frío.

Caminaba. Me encontraba con otros peatones. Todos caminaban en la misma dirección. Eran ligeros, cualquiera hubiera creído que carecían de peso. Sus pies sin raíces jamás se herían. Era el camino de los que han dejado su casa, de los que han dejado su país. Ese camino no conducía a ninguna parte. Era un camino recto y largo que no tenía fin. Atravesaba montañas y ciudades, jardines y torres, sin dejar huellas tras de sí. Cuando uno se volvía, había desaparecido. Sólo recto y hacia adelante, había camino. A ambos lados se extendían inmensos campos cenagosos.

  
El tiempo se desgarra. ¿Dónde reencontrar los territorios borrosos de la infancia? ¿Los soles elípticos coagulados en el espacio negro? ¿Dónde reencontrar el camino volcado en el vacío? Las estaciones han perdido su significado. ¿Mañana, ayer, qué quieren decir esas palabras? No existe sino el presente. Unas veces, nieva. Otras, llueve. Luego hay sol, viento. Todo eso es ahora. Eso no ha sido, no será. Eso es. Siempre. De una vez. Porque las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y, en mí, todo es presente.

Ayer fui a la orilla del lago. Ahora el agua está muy negra, muy lóbrega. Todas las noches, se embarcan entre las olas algunos días olvidados. Van hacia el horizonte como si navegaran en alta mar. Pero el mar está lejos de aquí. Todo está tan lejos...

  
Creo que pronto estaré curado. Algo se romperá dentro de mí o en algún rincón del espacio. Partiré hacia alturas inexploradas. Sobre la tierra no hay más que sembrados, una espera insoportable y un indecible silencio.


En Ayer
Traducción de Manuel Pereira
Imagen: © Sandro Campardo-Keystone-Corbis

22 abr. 2013

Agota Kristof: Ejercicio de endurecimiento del cuerpo/Ejercicio de endurecimiento del espíritu

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Ejercicio de endurecimiento del cuerpo

La abuela nos pega a menudo con sus manos huesudas, con una escoba o un trapo mojado. Nos tira de las orejas, nos da tirones del pelo.
Otras personas también nos dan bofetadas y patadas, no sabemos muy bien por qué.
Los golpes hacen daño, nos hacen llorar.
Las caídas, los arañazos, los cortes, el trabajo, el frío y el calor también son causa de sufrimiento.
Decidimos endurecer nuestro cuerpo para poder soportar el dolor sin llorar.
Empezamos por darnos bofetadas el uno al otro, después puñetazos. Viendo que llevamos la cara tumefacta, la abuela nos pregunta:
—¿Quién os ha hecho esto?
—Nosotros mismos, abuela.
—¿Os habéis pegado? ¿Por qué?
—Por nada, abuela. No te preocupes, es un ejercicio.
—¿Un ejercicio? Estáis completamente chiflados. Bueno, si eso os divierte...
Vamos desnudos. Nos golpeamos el uno al otro con un cinturón. Nos vamos diciendo, a cada golpe:
—No ha dolido.
Nos golpeamos fuerte, cada vez más y más fuerte.
Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho, y nos echamos alcohol en las heridas. Cada vez, nos decimos:
—No ha dolido.
Al cabo de un cierto tiempo, efectivamente, ya no sentimos nada. Es otro quien siente dolor, otro el que se quema, el que se corta, el que sufre.
Nosotros ya no lloramos.
Cuando la abuela está enfadada y grita, le decimos:
—No grites más, abuela, y péganos.
Y cuando ella nos pega, decimos:
—¡Más, abuela! Mira, ponemos la otra mejilla, como dice en la Biblia. Péganos en la otra mejilla, abuela.
Ella responde:
—¡Idos al diablo con vuestra Biblia y vuestras mejillas!


Ejercicio de endurecimiento del espíritu

La abuela nos dice:
—¡Hijos de perra!
La gente nos dice:
—¡Hijos de bruja! ¡Hijos de puta!
Otros nos dicen:
—¡Imbéciles! ¡Golfos! ¡Mocosos! ¡Burros! ¡Marranos! ¡Puercos! ¡Gamberros! ¡Sinvergüenzas! ¡Pequeños granujas! ¡Delincuentes! ¡Criminales!
Cuando oímos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos escuecen los ojos y nos tiemblan las rodillas. No queremos ponernos rojos, ni temblar. Queremos acostumbrarnos a los insultos y a las palabras que hieren.
Nos instalamos en la mesa de la cocina, uno frente al otro, y mirándonos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más y más atroces.
Uno:
—¡Cabrón! ¡Tontolculo!
El otro:
—¡Maricón! ¡Hijoputa!
Y continuamos así hasta que las palabras ya no nos entran en el cerebro, ni nos entran siquiera en las orejas.
De ese modo nos ejercitamos una media hora al día más o menos, y después vamos a pasear por las calles.
Nos las arreglamos para que la gente nos insulte y constatamos que al fin hemos conseguido permanecer indiferentes.
Pero están también las palabras antiguas.
Nuestra madre nos decía:
—¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados!
Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas.
Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla.
Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera.
Decimos:
—¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois toda mi vida...
A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa.


"El gran cuaderno" (1986) [frag.]
En Claus y Lucas (trilogía)
Traductor: Ana Herrera Ferrer
©1988, Agota Kristof
©2007, El Aleph Editores
Foto: Agota Kristof © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis

28 jul. 2012

Agota Kristof: Tres textos de "El gran cuaderno" (1986)

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El rebaño humano

Hemos ido a buscar nuestra ropa limpia a la rectoría. Comemos pan con mantequilla con la sirvienta en la cocina. Oímos gritos que proceden de la calle. Dejamos las rebanadas de pan y salimos. La gente está delante de sus puertas y mira en dirección a la estación. Unos niños emocionados corren y gritan:
—¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
En la esquina de la calle aparece un jeep militar con unos oficiales extranjeros. El jeep rueda lentamente, seguido por unos militares que llevan los fusiles en bandolera. Detrás, una especie de rebaño humano. Niños como nosotros. Mujeres como nuestra madre. Viejos como el zapatero.
Son doscientos o trescientos que van avanzando, rodeados por los soldados. Algunas mujeres llevan a sus niños pequeños a la espalda, encima de los hombros o apretados contra su pecho. Una de ellas cae; unas manos cogen al niño y a la madre y les ayudan, ya que un soldado les ha apuntado ya con su fusil.
Nadie habla, nadie llora: los ojos están fijos en el suelo. Solamente se oye el ruido de los zapatos claveteados de los soldados.
Justo delante de nosotros un brazo delgado sale de la multitud, se tiende una mano sucia, una voz pide:
—Pan.
La sirvienta, sonriente, hace el ademán de ofrecer el resto de su rebanada, la acerca a la mano tendida y después, con una risotada, se lleva el trozo de pan a la boca, lo muerde y dice:
—¡Yo también tengo hambre!
Un soldado que lo ha visto todo le da una palmada en las nalgas a la sirvienta, le pellizca la mejilla y ella le hace señas con el pañuelo hasta que no vemos más que una nube de polvo en el sol poniente.
Volvemos a la casa. Desde la cocina vemos al señor cura arrodillado delante del gran crucifijo de su habitación.
La sirvienta dice:
—Acabaos el pan.
Le decimos:
—Ya no tenemos hambre.
Nos vamos a la habitación. El cura se vuelve:
—¿Queréis rezar conmigo, hijos?
—No rezamos nunca, ya lo sabe. Queremos comprender.
—No podéis comprenderlo. Sois demasiado jóvenes.
—Pero usted no es demasiado joven. Por eso le preguntamos: ¿quién es toda esa gente? ¿Adónde se los llevan? ¿Por qué?
El cura se levanta, viene hacia nosotros. Dice, cerrando los ojos:
—Los caminos del Señor son inescrutables.
Abre los ojos, nos pone las manos en las cabezas:
—Es muy lamentable que os hayáis visto obligados a asistir a semejante espectáculo. Os tiembla todo el cuerpo.
—A usted también, señor cura.
—Sí, soy viejo, tiemblo.
—Y nosotros tenemos frío. Hemos venido con el torso desnudo. Vamos a ponernos una de las camisas que ha lavado su sirvienta.
Vamos a la cocina. La sirvienta nos tiende el paquete con nuestra ropa limpia. Cogemos una camisa cada uno. La sirvienta dice:
—Sois demasiado sensibles. Lo mejor que podríais hacer es olvidar lo que habéis visto.
—Nosotros no olvidamos nada, nunca.
Ella nos empuja hacia la salida.
—¡Venga, tranquilizaos! Todo esto no tiene nada que ver con vosotros. A vosotros nunca os pasará eso. Esa gente de ahí son como animales.


Nuestro primer espectáculo

La sirvienta canta a menudo. Canciones populares antiguas y canciones nuevas de moda que hablan de la guerra. Escuchamos las canciones, las repetimos con nuestra armónica. Pedimos también al ordenanza que nos enseñe canciones de su país.
Una noche, tarde, cuando la abuela ya se ha acostado, nos vamos al pueblo. Junto al castillo, en una calle vieja, llegamos a una casa baja. Ruido, voces y humo proceden de la puerta que se abre a una escalera. Bajamos los escalones de piedra y desembocamos en una bodega dispuesta como bar. Unos hombres, de pie o sentados en bancos de madera y toneles, beben vino. La mayor parte son viejos, pero también hay algunos jóvenes, así como tres mujeres. Nadie nos hace el menor caso.
Uno empieza a tocar la armónica y el otro a cantar una canción conocida, donde se habla de una mujer que espera a su marido que se fue a la guerra y que volverá pronto, victorioso.
La gente, poco a poco, se vuelve hacia nosotros: las voces se callan. Nosotros cantamos, tocamos cada vez más fuerte, oímos resonar nuestra melodía, hacer eco en la bóveda de la bodega, como si fuese otro el que tocase y cantase.
Una vez terminada nuestra canción, levantamos los ojos hacia los rostros cansados y vacíos. Una mujer ríe y aplaude. Un hombre joven a quien le falta un brazo dice con voz ronca:
—Seguid. ¡Tocad otra cosa!
Intercambiamos los papeles. El que antes tocaba la armónica se la pasa al otro, y empezamos otra canción.
Un hombre muy delgado se acerca a nosotros tambaleándose y nos grita a la cara:
—¡Silencio, perros!
Nos empuja brutalmente uno a la derecha y el otro a la izquierda; perdemos el equilibrio, se nos cae la armónica. El hombre sube por la escalera apoyándose en la pared. Le oímos gritar todavía desde la calle:
—¡Que se calle todo el mundo!
Recogemos la armónica, la limpiamos. Alguien dice:
—Está sordo.
Otro dice:
—No sólo está sordo. También está completamente loco.
Un viejo nos acaricia el pelo. Unas lágrimas salen de sus ojos hundidos, bordeados de negro.
—¡Qué desgracia! ¡Qué mundo de desgracias! ¡Pobres niños! ¡Pobre mundo!
Una mujer dice:
—Sordo o loco, el caso es que ha vuelto. Y tú también has vuelto.
Se sienta encima de las rodillas del hombre a quien le falta un brazo. El hombre dice:
—Tienes razón, guapa, he vuelto. Pero, ¿cómo voy a trabajar? ¿Con qué voy a sujetar las tablas para serrarlas? ¿Con la manga vacía de mi chaqueta?
Otro joven, sentado en un banco, dice, riendo:
—Yo también he vuelto. Sólo que estoy paralizado por abajo. Las piernas y todo lo demás. Ya no me empalmaré nunca más. Habría preferido morirme de golpe, mira, quedarme allí, de una vez.
Otra mujer dice:
—No estáis contentos nunca. Los que veo morir en el hospital dicen: «fuese cual fuese mi estado, me gustaría sobrevivir, volver a mi casa, ver a mi mujer, a mi madre, no importa cómo, vivir un poco más aún».
Un hombre dice:
—Tú, cierra el pico. Las mujeres no han visto nada de la guerra.
La mujer dice:
—¿Que no hemos visto nada? ¡Imbécil! Nosotras hacemos todo el trabajo, tenemos todas las preocupaciones: alimentar a los niños, cuidar a los heridos... Vosotros, una vez acaba la guerra, sois todos unos héroes. Muertos: héroes. Supervivientes: héroes. Mutilados: héroes. Y por eso habéis inventado la guerra vosotros, los hombres. Es vuestra guerra. Vosotros la habéis querido; ¡hacedla pues, héroes de mierda!
Todos se pusieron a hablar y a gritar. El viejo, cerca de nosotros, dijo:
—Nadie ha querido esta guerra. Nadie, nadie.
Nosotros salimos de la bodega; decidimos volver a casa.
La luna ilumina las calles y la carretera polvorienta que lleva a casa de la abuela.


El final de la guerra

Durante unas semanas vemos desfilar ante la casa de la abuela al ejército victorioso de los nuevos extranjeros, a los que ahora se llama el ejército liberador.
Tanques, cañones, carros, camiones atraviesan la frontera noche y día. El frente se aleja cada vez más y más al interior del país vecino.
En sentido inverso, llega otro desfile: los prisioneros de guerra, los vencidos. Entre ellos muchos hombres de nuestro país. Llevan todavía uniforme, pero no tienen armas ya, ni galones. Van a pie, con la cabeza baja, hasta la estación donde les embarcan en vagones. Hacia dónde y por cuánto tiempo, eso nadie lo sabe.
La abuela dice que se los llevan muy lejos, a un país frío y deshabitado donde les obligarán a trabajar tan duro que no volverá ninguno de ellos. Morirán todos de frío, de cansancio, de hambre y de todo tipo de enfermedades.
Un mes después de que nuestro país haya sido liberado, la guerra ha acabado en todas partes y los liberadores se instalan en nuestro país para siempre, según dicen. Entonces le pedimos a la abuela que nos enseñe su idioma. Ella dice:
—¿Cómo queréis que os lo enseñe? No soy profesora.
Nosotros le decimos:
—Es muy sencillo, abuela. Sólo tienes que hablarnos en ese idioma todo el día y acabaremos por entenderte.
Pronto sabemos lo suficiente para servir de intérpretes entre los habitantes y los liberadores. Aprovechamos para comerciar con los productos que el ejército posee en abundancia: cigarrillos, tabaco, chocolate. Los cambiamos por lo que poseen los civiles: vino, aguardiente, fruta.
El dinero ya no tiene valor, todo el mundo hace trueque.
Las chicas se acuestan con los soldados a cambio de medias de seda, joyas, perfumes, relojes y otros objetos que los militares han cogido en las ciudades que han atravesado.
La abuela no va ya al mercado con su carretilla. Son las damas bien vestidas las que vienen a casa de la abuela a suplicarle que les cambie una sortija o unos pendientes por un pollo o un salchichón.
Se distribuyen cartillas de racionamiento. La gente hace cola delante de la carnicería y la panadería desde las cuatro de la mañana. Las demás tiendas permanecen cerradas, a falta de mercancías.
A todo el mundo le falta de todo.
A la abuela y a nosotros no nos falta de nada.
Más tarde, tenemos de nuevo un ejército y un gobierno propio, pero son los liberadores quienes dirigen nuestro ejército y nuestro gobierno. Su bandera ondea en todos los edificios públicos. La foto de su líder aparece por todas partes. Nos enseñan sus canciones, sus bailes, proyectan sus películas en nuestros cines. En los colegios el idioma de los liberadores es obligatorio, mientras que las demás lenguas extranjeras están prohibidas.
Contra nuestros liberadores o contra nuestro gobierno no está permitida ninguna crítica ni broma. Con una simple denuncia se lleva a la cárcel a cualquiera, sin procesos y sin juicios. Hombres y mujeres desaparecen sin que se sepa por qué, y su familia no vuelve a tener nunca noticias suyas.
Reconstruyen la frontera. Ahora es infranqueable.
Nuestro país está bordeado de alambre de espinos; estamos totalmente separados del resto del mundo.


En Claus y Lucas (trilogía)
Traductor: Ana Herrera Ferrer
©1988, Agota Kristof
©2007, El Aleph Editores, S.A
Foto © Sophie Bassouls-Sygma-Corbis